Misiones

Encuentro de Jóvenes en Feriado de Carnaval

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Los Caballeros de la Virgen organizaron un Encuentro de jóvenes en Riobamba por ocasión del feriado de Carnaval en la Casa de Retiros del Instituto de Hermanas Franciscanas Misioneras de la Inmaculada

El objetivo de este encuentro se basó en ayudar a los jóvenes en su formación espiritual, a  que aprendan a seguir el camino de la virtud, a practicar el bien y rechazar el mal y las tentaciones, pidiendo la ayuda y auxilio de la Santísima Virgen.

Siempre en un ambiente de alegría y respeto, los jóvenes participaron de varias actividades como: Eucaristías, Charlas, Rosario procesional, Juegos y una excursión a la montaña.

Uno de los momentos más especiales fue en la ceremonia de cierre y clausura del Encuentro. Se preparó un homenaje a la Santísima Virgen y se entregaron como recuerdo un bonito cuadro de Nuestra Señora con el Niño Jesús en los brazos.

Así se vivieron estos días inolvidables que lo recordaran con el pasar de los años. 

Comentarios

Historia y Creación

Transmitida y respetada de generación en generación, la “Ley de pureza” promulgada en 1516 se convirtió en una condición indispensable para la preparación de una cerveza arquetípica.
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septiembre 12, 2021

Una de las características más curiosas de las cosas denominadas modernas es que después de algunos años -si no meses o días- dejan de ser modernas… Tras una existencia agitada y efímera, acaban por ser descartadas u olvidadas casi con tanto ímpetu como fueron aceptadas. Así, mucho de lo que hace cincuenta años era considerado la fina punta de la modernidad hoy es calificado de retrógrado. Retrógrado, nótese, y no antiguo, porque lo antiguo posee valores perennes que el tiempo no logra destruir.

Lo simple y lo perenne.

No faltan, sin embargo, en nuestro entorno, ejemplos de cosas que permanecen tras haber sido acrisoladas por el paso de los siglos. Suelen ser confiables, estables y, sobre todo, simples. Dispensando adornos superfluos, poseen características propias que se sitúan por encima de los aspectos meramente utilitarios.

Consideremos, a título de ejemplo, ciertas construcciones romanas, en particular algunos puentes. Son simples, robustos y venerables en su longeva autenticidad. Tras haber enfrentado guerras y tormentas durante decenas de siglos, continúan en pie con envidiable solidez, soportando altaneros el peso y las vibraciones de los actuales vehículos a motor, inimaginables para los ciudadanos del Imperio.

Esta relación entre lo simple y lo perenne no es fortuita, sino un reflejo del Ser por excelencia, que Santo Tomás de Aquino define en la Suma Teológica como «absolutamente simple».1

Estas consideraciones nos vienen al espíritu a propósito de un hecho sin vínculo aparente con ellos: la fabricación de la cerveza.

Un país con tradición cervecera.

El surgimiento de esta bebida parece haber ocurrido de forma concomitante en varias partes del mundo antiguo. Se encuentran vestigios de su preparación en la antigua Mesopotamia y en Egipto. Los romanos la llamaban cerevisia y los celtas korma. En la Edad Media existían distintos tipos con un contenido alcohólico bastante bajo, incluso apto para los niños.

Hoy, es una de las bebidas más consumidas en el mundo y forma parte de la cultura de muchos pueblos. Pero en pocos se fundió de mane ra más íntima y armónica con la sociedad y sus tradiciones como en el mundo germánico, más específicamente en Baviera. Una bebida para todas las edades y clases sociales, era elaborada para niños, adultos y ancianos, campesinos, estadistas, nobles y clérigos.

Las abadías y conventos de la región solían fabricar cerveza para consumo propio, variando la forma de preparación según las diversas temporadas del año. Así, por ejemplo, la Paulaner Salvator era hecha por la Orden de los Mínimos -Paulaner Orden, en alemán- con vistas al ayuno de los monjes durante la octava de la fiesta del fundador. Como esta bebida, aunque muy nutritiva, no rompía el precepto, su consumo ayudaba a sustentar a los religiosos en los períodos de penitencia.

Muchos monasterios benedictinos también producían su propia cerveza, y no sólo para su consumo. La abadía de Weltenburg, situada en las márgenes bávaras del Danubio, es la que posee la destilería más antigua, fundada en 1050. Desde entonces viene produciendo ininterrumpidamente la misma variedad de cerveza, y transcurrido un milenio su calidad, sin duda, no defrauda, porque consta que se ha servido regularmente en la mesa de Benedicto XVI.

El Decreto de pureza de 1516.

Ahora bien, para producir una cerveza como la de Weltenburg, los ingredientes no podían ser más simples: lúpulo, malta de cebada y agua.2 Casi cinco siglos después, esos tres elementos fueron sancionados en un decreto promulgado el 23 de abril de 1516 por el duque Guillermo IV de Baviera: el Reinheitsgebot o «ley de pureza». Además de estipular los precios del líquido dorado entre las fiestas de San Jorge y de San Miguel, el decreto prescribe:

«Es nuestro deseo enfatizar que en el futuro, en todas las ciudades, mercados y en el campo, los únicos ingredientes usados para la elaboración de cerveza deberán ser cebada, lúpulo y agua. Quienquiera que conociéndola no obedeciera o ignorara esta ordenanza, será castigado por las autoridades, confiscando dichos barriles de cerveza, sin falta».

La simplicidad y candidez de este dispositivo legal no podía dejar de llamar la atención en nuestros días, tan pródigos en conservantes, estabilizantes, colorantes, espesantes, acidulantes, aromas artificiales y demás aditivos, usados a veces en tales proporciones que hacen difícil distinguir el sabor real de lo que está siendo degustado.

Transmitido y respetado de generación en generación, el procedimiento de fabricación de la cerveza alemana, muchas veces artesanal, se ha impuesto a lo largo de los tiempos como condición indispensable para la preparación de una cerveza arquetípica. Hasta el punto de que muchos embalajes ostentan con orgullo la indicación. «Fabricado de acuerdo con la Ley de pureza de 1516».

Patrimonio de la humanidad.

Al final del año pasado, la Asociación de Cerveceras de Alemania pidió a la UNESCO el reconocimiento de la cerveza así fabricada como patrimonio de la humanidad. La decisión podrá ser tomada en el 2016, cuando se conmemorará el V Centenario de la promulgación del mencionado decreto.

Algunos productores, incluso alemanes, han objetado que dicha ley condena a la inmovilidad algo que podía ser perfeccionado. En suma: es retrógrada. Pero basta analizar la cuestión con un poco de imparcialidad para constatar cómo está errado ese posicionamiento. Actualmente existen, por ejemplo, en Bélgica, excelentes cervezas hechas según otros métodos que añaden ingredientes tan poco ortodoxos como la cereza.

No se trata de prohibir las mejoras, sino de proteger de la vorágine moderna una tradición venerable que, se quiera o no, está en la esencia de una de las bebidas más populares de nuestros días.

P. Antonio Jakoš Ilija, EP

Notas:

1 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q.3, a.7.
2 Cabe destacar que la levadura de cerveza no era conocida en esa época.

Santos

A primera vista, y sobre todo para el que no está habituado a contemplar los ilimitados horizontes de la fe, la vida de San Francisco Javier parece, en cierto sentido, frustrada.
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diciembre 6, 2021

El cuerpo de San Francisco extenuado se consumía en los ardores de la fiebre, pero su mirada profunda y viva revelaba un espíritu de fuego.

Soplaba con persistencia el frío viento del norte y las olas del océano rompían cada vez más violentas en esa playa que parecía desierta. El cielo cubierto de nubes grises se oscurecía rápidamente, presagiando una larga y tormentosa noche.

No muy lejos de la orilla se levantaba una mísera cabaña, hecha con algunas planchas de madera carcomida, cuya cubierta de paja seca era agitada por el aire gélido. El alma del santo reflejaba la eternidad… Moría el Apóstol de Oriente, Francisco Javier.

Inicio de San Francisco Javier.

El 6 de mayo de 1542, luego de un azaroso viaje de trece meses, hacía puerto en la remota y legendaria India el hijo predilecto de san Ignacio de Loyola. Las puertas de Asia se abrían frente a ese sacerdote de tan sólo 35 años de edad.

Su primer campo de operaciones fue la ciudad de Goa, principal colonia portuguesa en Oriente, donde los europeos, olvidados de su misión civilizadora, se dedicaban a un lucrativo comercio y se dejaban arrastrar por la sensualidad y los vicios del mundo pagano.

En pocas semanas la ciudad pudo sentir los benéficos efectos de la acción de presencia, los sermones y el activo celo del nuevo misionero: “Tantos eran los que venían a confesarse que, si me dividieran en diez partes, cada una debería atender confesiones”, escribió en septiembre de 1542 a los jesuitas de Roma.

"En un mes bauticé a más de diez mil personas".

Después de pasar algunos meses en esa ciudad, marchó San Francisco a tierras todavía más distantes. Recorrió toda la costa sur de la península india. A partir de entonces, su vida se convirtió en un ininterrumpido peregrinaje por tierras, mares e islas lejanas, ensanchando sin cesar las fronteras del Reino de Jesús.

En carta de enero de 1544 dijo a sus hermanos de vocación: «Tanta es la multitud de los que se convierten a la fe de Cristo en esta tierra por donde camino, que muchas veces ocurre que se me cansan los brazos de tanto bautizar […]. Hay días en que bautizo a todo un poblado».

Un año después San Francisco relata nuevas maravillas realizadas por Dios en esos parajes: “Noticias de estas partes de la India: les hago saber que Dios nuestro Señor movió a muchos, en un reino en el cual estoy, para hacerse cristianos, de modo que en un mes bauticé a más de diez mil personas. […]

Después de bautizarlos, mando derrumbar las casas donde tenían sus ídolos y ordeno que rompan las imágenes de los ídolos en pequeñas partes. Acabado de hacer esto en un lugar, me dirijo a otro, y de este modo voy de lugar en lugar haciendo cristianos”.

San Francisco Javier en el Imperio del Sol Naciente.

Así, infladas las velas de su alma por el soplo del Espíritu Santo, con heroica generosidad San Francisco Javier hizo de su existencia un continuo “fiat mihi secundum verbum tuum”, arrojándose siempre de osadía en osadía a la conquista de más almas, para la mayor gloria de Dios.

Cierto día, estando en la ciudad de Malaca, le presentaron un hombre de ojos rasgados y mirada inteligente, que había recorrido centenares de leguas con el único propósito de encontrar al célebre y venerable occidental que perdonaba los pecados… Su nombre era Hashiro y su tierra natal, Japón.

Inmediatamente vislumbró Francisco la riqueza que significaría para la Iglesia si el pueblo representado en ese intrépido neófito fuera santificado por las aguas del Bautismo.

Escribió entonces a su fundador en enero de 1549: “No dejaría yo de ir al Japón por lo mucho que he sentido al interior de mi alma, aunque poseyera la certeza de que debería pasar los mayores peligros de mi vida, porque tengo gran esperanza en Dios nuestro Señor de que en esas tierras ha de crecer mucho nuestra santa fe. No podría describir cuánto consuelo interior siento en hacer este viaje al Japón”.

San Francisco Javier vuelve a India.

San Francisco, luchando contra adversidades de todo orden, pasó más de dos años en el remotísimo Imperio del Sol Naciente, fundando iglesias, anunciando la verdadera fe a príncipes y nobles, a pobres campesinos e inocentes niños. En carta de noviembre del mismo año, declaró a sus hermanos residentes en Roma: “Por la experiencia que tenemos de Japón, les hago saber que su pueblo es el mejor de los descubiertos hasta ahora”.

No obstante, con el objetivo de conseguir más misioneros para esa prometedora tierra, se fue de vuelta a India, dejando en Japón, que no lo vería más, una robusta y floreciente cristiandad.

¡Siempre más!

Luego de recorrer el Lejano Oriente en todas direcciones durante diez años, y habiendo levantado la Cruz en el archipiélago nipón, el corazón de Francisco, insaciable de gloria para Dios, se lanzó a la conquista de nuevos pueblos para su Rey y Señor: en adelante, su gran meta sería China. Por la importancia del imperio chino, por su incalculable población y, sobre todo, por su prestigio y riqueza cultural, comprendió que, si hacía correr las aguas bautismales en él, toda el Asia se postraría a los pies del Divino Redentor.

En enero de 1552 le escribió a su padre, Ignacio de Loyola: “Este año espero ir a China, por el gran servicio a nuestro Dios que allá podrá obtenerse”. Y refiriéndose a esa nación, aquel mismo año comunicó a sus hermanos de vocación los anhelos y esperanzas de su alma de misionero: “Vivimos con mucha esperanza en que, si Dios nos diera diez años más de vida, veremos grandes cosas en estas regiones. Por los méritos infinitos de la Muerte y Pasión de Dios nuestro Señor, espero que Él me dará la gracia de hacer este viaje a China”.

El último viaje de San Francisco Javier

Habiendo regresado de Japón, poco tiempo se detuvo San Francisco en India; sólo lo suficiente para atender las necesidades de la Compañía de Jesús en esas tierras y preparar el ansiado viaje a China.

Un dedicado amigo del infatigable misionero, llamado Diogo Pereira, aplicó toda su fortuna fletando un navío, cargándolo de espléndidos regalos para el emperador de China y adquiriendo magníficos paramentos de seda y de damasco, junto a toda clase de ricos ornamentos para celebrar la misa con gran pompa, y así dar a los chinos una noción de la grandeza de la verdadera religión que iba a serles anunciada.

Antes de viajar, el santo escribió al rey de Portugal, en abril de 1552: “Parto de aquí a cinco días a Malaca, que es el camino a China, para ir desde allá, en compañía de Diogo Pereira, a la corte del emperador de China. Llevamos ricos obsequios comprados por Diogo Pereira.

Y de parte de Su Alteza llevo uno que nunca fue enviado por ningún rey ni señor a ese emperador: la Ley verdadera de Jesucristo nuestro Redentor y Señor”. Así, el 17 de abril de 1552 se embarcó en la nave Santa Cruz para conquistar el imperio de sus sueños.

"Desamparado de todo humano favor"

Sin embargo, a los pocos días de navegación se desencadenó una terrible tempestad. La tripulación del navío, espantada con la violencia de los elementos y habiendo perdido toda esperanza de salvación, pedía a grandes voces el sacramento de la Penitencia.

San Francisco Javier, imperturbable, se recogió en profunda oración; e inmediatamente –como otrora las aguas del Lago de Genezaret se calmaron ante la voz del Divino Salvador– el viento dejó de soplar y las olas se hicieron suaves y tranquilas, por la fe y las plegarias de ese humilde conquistador de imperios.

Pero a partir de ese momento, los infiernos no cesaron de poner obstáculos y de contrariar el viaje. “Ten- por cierto y no duden que de modo alguno quiere el demonio que los de la Compañía de Jesús entren a China”, escribió en noviembre de 1552 a los padres Francisco Pérez y Gaspar Barzeo.

Llegando a la ciudad de Malaca, última escala antes de ingresar en aguas chinas, inesperadamente el capitán portugués de dicho puerto – que, por si fuera poco, debía su cargo a los buenos oficios y recomendaciones de Francisco– impidió la continuación del viaje, alegando ser el único al que cabía comandar una expedición a China…

Habiendo sido inútiles todas las súplicas y ruegos, Francisco Javier empleó un último recurso: presentó la bula papal que lo nombraba legado pontificio, la que hasta entonces nunca había utilizado, y exigió la plena libertad de viajar a China en nombre del Papa y del Rey de Portugal.

Además, anunció al obstinado capitán que caería en excomunión si acaso seguía impidiendo la partida del navío. Pero también eso fue inútil; la ambición y la codicia de aquel infeliz lo llevaron al extremo de insultar y maltratar al peregrino de la gloria de Dios.

Finalmente, luego de varias semanas de retraso, la nave Santa Cruz pudo surcar las aguas en dirección a China, pero bajo el comando de hombres nominados por el capitán portugués, el mismo que murió poco tiempo después, excomulgado y corroído por la lepra.

Con el corazón partido, San Francisco reveló al P. Gaspar Barzeo en julio de 1552: “No podríais creer cuán perseguido fui en Malaca. Voy hacia las islas de Cantón, en el imperio de China, desamparado de todo humano favor”.

A la espera del barco, mirando sin cesar hacia la meta.

La inhóspita isla de Shangchuan (que los ibéricos llamaban Sancião o Sancián), a 180 kilómetros de la ciudad de Cantón, recibía la visita habitual de las naves europeas, en busca del comercio con los chinos. Ahí desembarcó el santo misionero en octubre de 1552.

Los portugueses se afanaron buscando entre los numerosos mercaderes chinos, a alguno que se dispusiera a llevar a San Francisco hasta Cantón. Pero todos se excusaban; estaba prohibido por las leyes imperiales, y los transgresores se exponían a perder todos sus haberes e incluso la propia vida. Pero finalmente uno de ellos, decidido a correr el riesgo, accedió a transportar a Francisco en una pequeña embarcación, a cambio del pago de 200 cruzados.

“Los peligros que corremos en esta empresa son dos, según la gente de la tierra: el primero es que el hombre que nos lleve, luego de recibir los doscientos cruzados, nos abandone en una isla desierta o nos arroje al mar; el segundo, que al llegar a Cantón el gobernador nos envíe al suplicio o al cautiverio”, escribió Javier al P. Francisco Pérez.

Tales peligros, sin embargo, no eran algo que temiera el infatigable apóstol, seguro como estaba de que “sin el permiso de Dios, los demonios y sus secuaces nada pueden contra nosotros”.

En la sola compañía de dos auxiliares, un indio y un chino, se quedó en la Isla de Shangchuan aguardando el regreso del comerciante, que se había comprometido a transportarlo. Celebraba diariamente ahí el santo sacrificio del altar, mirando sin cesar al continente por el que suspiraba con tanto ardor. Pero pasaron los días y las semanas, y Francisco esperó en vano el regreso del chino: infelizmente, nunca más volvió.

Últimas palabras de un santo.

Las fuerzas físicas del ardoroso misionero llegaron entonces a su fin. Una altísima fiebre lo obligó a buscar cobijo en su improvisada cabaña, en donde –desamparado por los hombres y padeciendo frío, hambre y toda clase de privaciones– habría de pasar los últimos días de su existencia terrenal.

A ese varón que no sabía de cansancio, a ese apóstol que con su palabra arrastraba a las multitudes, a ese taumaturgo que había superado grandes obstáculos realizando milagros prodigiosos, el Señor del Cielo y la Tierra había reservado la más heroica y gloriosa de las muertes: a ejemplo de su Maestro Divino, Francisco Javier moría en el colmo del abandono y de la aparente contradicción.

Algunos días antes de entregar su espíritu comenzó a delirar, revelando entonces la magnitud del holocausto pedido por la Providencia: continuamente hablaba de China, de su vehemente deseo de convertir ese imperio y de la gloria que se ganaría para Dios si se atrajera ese pueblo a la Santa Iglesia Católica…

Y en las primeras horas de la madrugada del 3 de diciembre de 1552, Francisco Javier expiró dulcemente en el Señor, sin una sola queja ni reclamo, divisando a lo lejos aquella China que no pudo conquistar y que tanto quiso depositar a los pies de su Rey, Nuestro Señor Jesucristo.

Sus últimas palabras fueron estas frases de un canto de gloria: In te Domine, speravi. Non confundar in æternum . “En ti espero, Señor. ¡No me abandones para siempre!”

La mayor gloria de Dios.

A primera vista, y sobre todo para el que no está habituado a contemplar los ilimitados horizontes de la fe, la vida de San Francisco Javier parece, en cierto sentido, frustrada.

¡Cuántas almas no se habrían salvado y cuánta gloria no habría recibido la Santa Iglesia si el inmenso y superpoblado imperio chino hubiera sido evangelizado por ese apóstol de fuego!

Sin embargo, cuando finalmente se hallaba ante las puertas de esa nación, después de haber pasado dificultades y combates de todo orden, se hizo oír el llamado de Dios: “Francisco, hijo mío, acaba tu lucha y ven a Mí”. ¡Oh misterio del Amor Infinito! De Francisco, Dios no quería China… sino a Francisco.

Y el intrépido conquistador respondió sin titubeos, al igual que Jesús en el Huerto de los Olivos: “Señor, hágase tu voluntad y no la mía. ¡Sí, Redentor mío, que se cumplan, antes que nada y por encima de todas las cosas, tus perfectísimos designios y así, sólo así, ¡se te dará la mayor gloria en esta tierra y por toda la eternidad!”.

(Revista Heraldos del Evangelio, Nov/2005, n. 47, pag. 20 a 23)

Santos

Destacándose entre las más arrebatadoras páginas de la Sagrada Escritura, el noble holocausto del protomártir de la Iglesia se reviste de un brillo aún mayor, al ser considerado a la luz de estos tocantes comentarios del Dr. Plinio.
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diciembre 28, 2021

Después de conmemorar las alegrías radiantes de la Navidad, la Iglesia celebra el 26 de diciembre la memoria de San Esteban, su primer mártir. El holocausto de este extraordinario héroe de la fe es así narrado por los Hechos de los Apóstoles:

En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y de fortaleza, hacía prodigios y grandes milagros entre el pueblo. Algunos de la sinagoga, llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban. Pero no pudieron resistir a la sabiduría y al Espíritu que lo inspiraba. (…)

Oyendo estas palabras, sus corazones fueron heridos por el odio y rechinaban los dientes de rabia. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, elevó los ojos al Cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: «Veo el Cielo abierto y al Hijo del Hombre de pie a la derecha de Dios».

Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él. Y arrastrándolo afuera de la ciudad, lo apedrearon. Los testigos, dejando sus capas a los pies de un hombre llamado Saulo, se pusieron también a apedrear a Esteban, que rezaba y decía: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Luego, cayendo de rodillas, gritó con voz fuerte: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y con estas palabras, durmió en el Señor.

Prodigios que suscitan el odio de los malos

Esta narración es de una extrema belleza, y cada frase merecería un comentario propio, pues la escena se desarrolla en lances sucesivos, con significados peculiares.

El primer hecho es que Esteban obra maravillas, definidas por el Libro Sagrado con un lenguaje tan lleno de imponderables, que nos deja encantados. Ya en el inicio encontramos una bonita expresión, empleada para indicar la virtud del santo: «lleno de gracia y de fortaleza».

Es decir, era un hombre en la plenitud de su vigor – no sólo de ánimo, sino también sobrenatural, de la gracia que actúa en él -, realizando prodigios y milagros entre el pueblo. Ahora bien, en vista de esos hechos espectaculares, la pertinacia de los que deseaban perseguir a Esteban está bien señalada en los Hechos de los Apóstoles: tomados de odio, se levantaron para discutir sofísticamente con él y atacarlo. Es el segundo lance.

San Esteban
San Esteban - Catedral de San Julián - Le Mans - Francia

Sin embargo, sus opositores no pudieron resistir a la sabiduría y al Espíritu con los cuales Esteban hablaba. De tal modo que, después de haber obrado prodigios, él también argumentó de forma maravillosa, confundiendo completamente a los malos y dejándolos sin palabras con qué replicar. Y los que odiaban los milagros, detestaron aún más sus argumentos.

Se trataba, pues, de una ira creciente, a medida que San Esteban iba manifestando las excelencias depositadas por Dios en su alma. Como vimos, la primera manifestación de esa grandeza maravillosa son sus hechos prodigiosos, contra los cuales se declaró la saña de los adversarios en forma de discusión. Habiendo argumentado el santo de forma incontestable, les aumenta el rencor gratuito con relación al bien en cuanto bien.

No es otra la razón de esa rabia. Se engañaría quien pensase que la misma surgía porque San Esteban fue inhábil, porque cometió algún equívoco o porque no entendieron algo de lo que dijo.

Ellos comprendieron perfectamente, se dieron cuenta de las maravillas que Esteban obraba y oyeron argumentos contra los cuales no tenían respuesta. Entonces lo odiaron, porque era bueno y sin error.

A propósito, es semejante el procedimiento de muchos fautores del mal. Atacan el bien y la verdad porque no pueden soportarlos. Y entre más grande sea la manifestación de la verdad y del bien, mayor es el odio que suscita en los malos. Esos que se mostraron hostiles a San Esteban eran de la misma laya de los que decidieron la muerte de Nuestro Señor, de los que prefirieron a Barrabás al Cordero inmaculado; el ladrón, el facineroso fue considerado más simpático, más atrayente y agradable que Nuestro Señor, por causa del amor al mal.

En estos episodios se hace patente la iniquidad y la malicia del pecado de aquellos a los cuales la Escritura llama de «hijos de las tinieblas», de los que no cometen la falta por flaqueza o debilidad, sino scienter et volenter.

De aquellos que aborrecen el bien que no observan y se complacen con el mal que practican, y profesan una doctrina mala en virtud de la cual detestan la buena causa, porque saben que es benéfica.

¿San Esteban habría sido imprudente?

Martirio San Esteban (Parroquia La Concepcion) La Orotava - Spain Canarias Tenerife
Martirio San Esteban (Parroquia La Concepción) La Orotava - España

Prosiguiendo, la narración sagrada nos evoca la actitud de San Esteban, que «elevó los ojos al Cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús, de pie a la derecha de Dios, y dijo: «Veo el Cielo abierto y al Hijo del Hombre de pie a la derecha de Dios».

Es interesante hacer aquí una composición de lugar, e imaginar el modo como San Esteban exteriorizó esa magnífica afirmación. Pudo haber sido de tal manera que los oyentes percibieran toda su veracidad, y vieran que él tenía razón. ¡Relucía en él tal reflejo de lo que decía, una evidencia tan elevada de la autenticidad de lo que hablaba, que sus palabras eran irrechazables!

Ese hecho nos hace acordar de otro, ocurrido en el siglo XIX y comentado por Dom Chautard. Cuenta él que un abogado estuvo en Ars para asistir a un sermón de San Juan Bautista Vianney. Después, al ser interrogado por sus amigos acerca de lo que había presenciado en esa ciudad, exclamó: «Vi a Dios en un hombre».

¡Ahora bien, si eso se dio con San Juan Vianney, imaginemos cómo San Esteban, en el momento de su éxtasis, estaría rebosante de sobrenatural! Fue un resplandecimiento de gracia mística tan inmenso que sus perseguidores no lo pudieron soportar, y crecieron en odio al punto de resolver matarlo.

Se podría preguntar si San Esteban no fue imprudente al enfrentar de ese modo la ira de los malos.

¿No hubiese obrado mejor si se hubiese ido, sin forzar, por así decir, a aquella gente a cometer un asesinato sacrílego? Él, por el contrario, cada vez se afirmó más, aumentando la rabia de sus contendores, hasta que llegaron al homicidio.

Este crimen no ocurriría y Esteban no perdería su vida de apóstol, si hubiese huido. ¿No habría procedido, por lo tanto, de forma más sapiencial si se hubiese quedado quieto y tratase de escapar?

La primera respuesta a esa pregunta la encontramos en la propia Escritura: San Esteban estaba lleno del Espíritu Santo. Por lo tanto, actuaba correctamente, bajo la inspiración divina. El hecho es que él estaba involucrado en una lucha cuyo desenlace era incierto. En esa pugna, él intentaba con insistencia penetrar en aquellas almas por medio de una nueva maravilla que obraba. Para conmoverlas y conquistarlas, él fue afirmando verdades cada vez más elevadas. Cuando alcanzó el ápice de su apostolado, sus interlocutores, empedernidos en rechazar lo que San Esteban decía o hacía, cometieron el asesinato.

El método apostólico que él empleó fue perfecto. Trató de tocar esos corazones, de iluminar aquellas inteligencias. A cada rechazo, él respondía con una misericordia más grande, dejaba rebosar de lo íntimo de su ser una gracia más intensa, expresaba un argumento más fulgurante, realizaba un prodigio más admirable. Hasta el punto en que ellos rechazaron todo.

Su actitud fue altamente sabia y apostólica. Él podría haber convertido a aquellos hombres si ellos hubiesen abierto sus almas al efecto de la acción saludable de la santa víctima.

Sin embargo, no quisieron ceder a la bondad y la virtud de Esteban. Se irguieron contra él y sólo callaron cuando perpetraron el ignominioso asesinato.

La muerte plácida de los justos

San Esteban
San Esteban - Basílica de Ntra. Sra. de Luján - Argentina

Lo cometieron – describen los Hechos de los Apóstoles – después de lanzar grandes gritos y de «taparse los oídos», como se acostumbraba a hacer frente a alguien que profiriese una blasfemia. Y con un odio que los movía a todos, se lanzaron contra San Esteban, apedreándolo mortalmente. Podemos imaginar que la saña de los malhechores crecía a medida que el primer mártir de la Iglesia tomaba actitudes cada vez más sublimes, mientras las piedras caían sobre él.

Un detalle curioso destacado por la Escritura es que «los testigos dejaron sus capas a los pies de un hombre llamado Saulo». Saulo, el futuro San Pablo, era en aquel tiempo un fariseo y perseguidor encarnizado de los cristianos.

La vida de San Esteban se va extinguiendo bajo la brutalidad de la lapidación.

Tratemos de imaginar esa escena maravillosa. Él, cual segundo Cordero de Dios, con los ojos vueltos hacia el cielo, herido y vertiendo sangre por todo su cuerpo, con contusiones horrorosas, hace apenas esta oración: «Señor Jesús, recibe mi espíritu», «Señor Jesús, recibe mi espíritu».

¡Qué impresión extraordinaria debía causar esa actitud en las almas buenas!

Y «luego, cayendo de rodillas, gritó con voz fuerte: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado».

Por lo tanto, la primera oración – «Señor Jesús, recibe mi espíritu» – él la dijo de pie. Pero, naturalmente, encorvado por la violencia de las pedradas, no pudo mantenerse más erecto.

Cayó de rodillas, y en esa postura tan supremamente conveniente para la oración, pidió a Nuestro Señor que no les tuviese en cuenta ese pecado. O sea, todavía con voz fuerte, rogaba el perdón para sus propios agresores. En el auge de la tragedia dice una frase de una simplicidad y de una serenidad sublimes.

«Y con estas palabras, durmió en el Señor.»

Todo se acabó y llegó la muerte plácida de los justos. La tormenta se había transformado en un sueño, el martirio estaba consumado, él dormía en Dios. Al exhalar el último suspiro, aquel hombre todo ensangrentado, ciertamente habrá tenido una expresión fisionómica tranquilísima. Su alma subía al Cielo.

¡Cómo ese martirio es digno de ser el primero de la Historia de la Iglesia, ejemplo para los demás holocaustos de los que murieron dando testimonio de su fe en Cristo Jesús, Señor Nuestro!

Autor : Plinio Corrêa de Oliveira

San José

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diciembre 26, 2021

San José, guardián de los tesoros de Dios.

De la misma manera que Dios constituyó a aquel José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto, a fin de que no le faltara el sustento a su pueblo, así, cumplida la plenitud del tiempo, cuando iba a mandar a la tierra a su Hijo unigénito, Salvador del mundo, escogió a otro José, del cual el primero era una figura, y lo erigió señor y príncipe de su casa y de sus bienes, y lo eligió como guardián de sus principales tesoros.

En efecto, tuvo por esposa a la Inmaculada Virgen María, de la cual, por obra del Espíritu Santo, nació Nuestro Señor Jesucristo, quien ante los hombres se dignó ser considerado hijo de José, al que estuvo sometido.

Y Aquel a quien tantos reyes y profetas anhelaron ver, este José no sólo lo vio, sino que convivió con Él, y con paternal afecto lo abrazó y besó; y además con una solicitud sin igual alimentó a Aquel a quien el pueblo fiel habría de comer como pan bajado del Cielo para conseguir la vida eterna.

Por esta sublime dignidad, que Dios confirió a su fidelísimo siervo, la Iglesia ha venerado siempre con sumo honor y alabanza al bienaventurado José, después de la Virgen Madre de Dios, su esposa, e implorado su intercesión en los momentos de dificultad.

San José, Patrono de la Iglesia.

Ahora bien, ya que en estos tristísimos tiempos la misma Iglesia por todas partes es atacada por sus enemigos, y oprimida por tan graves calamidades que los impíos piensan que finalmente las puertas del infierno han prevalecido contra ella, los venerables obispos de todo el orbe católico dirigieron al Sumo Pontífice sus súplicas y las de los fieles que están bajo su cargo solicitándole que se dignara constituir a San José Patrono de la Iglesia Católica.

Y habiendo renovado luego más insistentemente sus peticiones y sus votos en el Sacro Concilio Ecuménico Vaticano, nuestro Santo Padre, el Papa Pío IX, conmovido por la luctuosa situación de los tiempos actuales, poniéndose a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del Santo Patriarca José, quiso satisfacer los votos de los excelentísimos obispos y lo declaró solemnemente Patrón de la Iglesia Católica.

 

Sagrada Congregación de Ritos. Fragmento del Decreto «Quemadmodum Deus», 8/12/1870 ASS 6 (1870), 193-194

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