San José

San José: El hombre al que Dios llamaba padre

San José nunca será conocido y venerado por nosotros como es debido si lo consideramos sólo como al pobre carpintero de Galilea, repitiendo así en nuestra época, veintiún siglos después, la triste ceguera de los habitantes de Nazaret.
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Hay ciertos hombres a lo largo de la Historia cuya grandeza ultrapasa cualquier leyenda y agota incluso la imaginación más fértil. Hombres que parecen ser objeto de una especial predilección de un Dios complacido en adornar cuidadosamente sus almas con el brillo de las virtudes y de rarísimos dones.

Hombres predestinados desde el nacimiento, cuya vida se desarrolla entre aventuras extraordinarias y asombrosas que favorecen el desempeño de su misión, o bien se levantan como escollos infranqueables, dando motivo a peripecias de confianza y audacia que hacen a sus personas todavía más admirables.

El Antiguo Testamento ofrece a cada paso narraciones de este género. Nos arrebata el poder de Moisés, que con el simple gesto de levantar su bastón dividió las aguas del mar en dos gigantescas murallas líquidas; o la serena autoridad de Josué, que no titubeó en dar órdenes al sol para que detuviera su curso.

Más adelante impresiona la fuerza de Sansón, que cargó en sus hombros las puertas de Gaza, o el celo abrasador del profeta Elías, que hizo cesar la lluvia durante tres años. A todos, la Providencia Divina les concedió el dominio sobre la naturaleza, esa fe que mueve montañas y las hace saltar como cabritos…

Tales prodigios acentuaban el poder justiciero del Creador y, sobre todo, querían educar a una humanidad manchada con el pecado original y sobre la que aún no se habían derramado los beneficios de la Redención.

Una nueva economía de la gracia

Llegada la plenitud de los tiempos, las manifestaciones de la omnipotencia divina, lejos de menguar, alcanzaron un apogeo de profundidad y esplendor. Pero en el Nuevo Testamento la grandeza muchas veces se esconde bajo el velo de una existencia humana común, algo que Dios permite para aumentar nuestros méritos y a crisolar nuestra fe.

El ejemplo paradigmático de esta nueva economía de la gracia lo ofrece un varón cuya vida transcurrió en la humildad y el silencio, pero que mereció oír de los labios del Hombre-Dios el dulce nombre de padre.

Sin duda que Moisés, separando el mar en dos mitades, o Josué, haciendo detenerse el sol, dejaron una huella imborrable en las futuras generaciones.

Pero, ¿qué es haber sujetado los elementos de la naturaleza, seres inanimados, comparado al honor supremo de ser obedecido por Aquel de quien canta el salmista: “Más que los bramidos de las aguas tumultuosas, más que los furores del mar, es magnífico el Señor en las alturas” (Sal 93, 4), y al que más tarde vio Malaquías cuando dijo: “Para vosotros, los que teméis mi Nombre, se alzará un sol de justicia que traerá en sus alas la salud” (Mal3, 20)?

¿Qué significa haber cargado las puertas de Gaza en comparación a la gloria de estrechar en los brazos al que dijo de sí mismo: “Yo soy la puerta de las ovejas” (Jn 10, 7)? ¿Cabe alguna comparación entre el profeta que detuvo la lluvia y el patriarca cuyas oraciones hicieron “que las nubes derramen la justicia” (cf. Is 45, 8)?

Una de las vocaciones más altas de la Historia

San José, el hombre justo por excelencia, glorioso esposo de María y padre legal del Hijo de Dios, es seguramente uno de los santos más venerados por la piedad popular; y, sin embargo, las referencias casi exclusivas que se hacen de él son “el carpintero de Nazaret” o “el patrono de los trabajadores”, títulos muy legítimos, por supuesto, pero también muy lejanos a expresar la santidad culminante que Dios quiso concederle.

San José no será nunca debidamente conocido y venerado si nosotros, repitiendo en nuestra época la triste ceguera de los habitantes de Nazaret, lo consideramos solamente como el pobre carpintero de Galilea.

Para no ser culpables de un error que bien cabría denominar “calumnia hagiográfica”, procuremos analizar la verdad sobre este varón destinado a una de las vocaciones más altas de Historia.

Dios siempre elige lo más hermoso

Dios Todopoderoso –para el que “nada es imposible” (Lc 1, 37) y que todo lo gobierna con sabiduría infinita– posee lo que pudiéramos llamar “su única limitante”: al crear no puede hacer nada que no sea bello y perfecto, o que no se destine a su gloria.

Cuando determinó la Encarnación del Verbo desde la eternidad, el Padre quiso que la llegada de su Hijo al mundo estuviera revestida con la suprema pulcritud que conviene a Dios, no obstante los aspectos de pobreza y humildad a través de los cuales habría de mostrarse.

Dispuso que naciera de una Virgen, concebida a su vez sin pecado original y reuniendo en sí misma las alegrías de la maternidad y la flor de la virginidad. Pero, para completar el cuadro, se imponía la presencia de alguien capaz de proyectar en la tierra la “sombra del Padre”.

Fue la misión que Dios destinó a san José, el que bien merece las palabras dichas por la Escritura sobre su ancestro David: “El Señor se ha buscado un hombre según su corazón” (1 Sam13, 14).

Varón justo por excelencia

Tomando en cuenta el axioma latino nemo summus fit repente (“nada grande se hacede repente”) y aquella certera frase de Napoleón, “la educación de un niño empieza cien años antes de nacer”, es probable que en vista de su misión y de su rol como educador del Niño Dios, José haya sido santificado en el claustro materno al igual que san Juan Bautista en el vientre de santa Isabel; una tesis defendida por muchos autores y que puede sintetizarse en las palabras de san Bernardino de Siena:

“Siempre que la gracia divina elige a alguien para un favor especial o para algún estado elevado, le concede todos los dones necesarios para su misión; dones que lo adornan abundantemente”.

El Evangelio traza la alabanza de José en una sola y breve frase: era justo. Talelogio, a primera vista de un laconismo desconcertante, no es nada mediocre. El adjetivo “justo”, en lenguaje bíblico, designa la reunión de todas las virtudes. El Antiguo Testamento llama justo al mismo que la Iglesia concede el título de santo: justicia y santidad expresan la misma realidad.

El mismo silencio de las Escrituras a su respecto revela una faceta primordial de su perfección: la contemplación. San José es el modelo del alma contemplativa, más ansiosa de pensar que de actuar, aunque su oficio de carpintero le hiciera consagrar bastante tiempo al trabajo. Vemos realizada en él la enseñanza de santo Tomás: la contemplación es superior a la acción, pero más perfecta es la unión de una y otra en una misma persona.

Al serrar la madera, fabricar un mueble o un arado, José conservaba siempre su espíritu orientado al aspecto más sublime de las cosas, considerándolo todo bajo el prisma de Dios. Sus gestos reflejaban la seriedad y la altísima intención con que siempre actuaba, y esto contribuía a la excelencia de los trabajos ejecutados.

Su humilde condición de trabajador manual no le quitaba su nobleza, antes bien, reunía admirablemente ambas clases sociales.

Como legítimo heredero del trono de David, mostraba en su porte y semblante la distinción y donaire propios de un príncipe, pero a ellos añadía una alegre sencillez de carácter. Más que la nobleza de la sangre, le importaba aquella otra que se alcanza con el brillo de la virtud; y esta última la poseía ampliamente.

Sin embargo, la Providencia lo destinaba al honor más alto que pueda recibir una criatura concebida en pecado original, colocándole en desproporción con el resto de los hombres. San Gregorio Nacianceno dice: “El Señor conjugó en José, como en un sol, todo cuanto los demás santos reunidos tienen de luz y esplendor”.

Todas las glorias se acumulaban en este varón incomparable, cuya existencia terrena avanzó en una sublimidad ignorada por sus conocidos y compatriotas, en silencio y oscuridad casi totales.

Admirable consonancia entre dos almas vírgenes

Todo indica que para entonces los padres de María habían fallecido y ella vivía bajo la tutela de algún pariente. Sin consultarla opinión de la joven, su tutor simplemente le comunicó que había aceptado la petición de un pretendiente para convertirse en su marido.

Se sabe que María había consagrado su virginidad al Señor desde la infancia. No obstante, acostumbrada a obedecer, se inclinó ante la decisión de sus parientes tomándola como manifiesta voluntad de la Providencia.

Si algún recelo guardaba todavía, debió disiparse al saber que el elegido era José, el noble descendiente de la estirpe de David, en cuya alma había visto, con su aguzado don de discernimiento, las altísimas cualidades puestas por Dios.

María necesitaba dar a conocer a su novio el voto de virginidad antes de las nupcias; en caso contrario el enlace sería nulo.

Lo hizo de forma seria y decidida, hablando con toda la sinceridad de su inocente corazón. José pensó estar oyendo una voz del Cielo y reconoció, emocionado, la mano de la Providencia atendiendo sus plegarias. Es imposible hacerse una idea del grado de concordia entre estas dos almas cuando se revelaron mutuamente sus más íntimos misterios.

Desde aquel instante José se transformó en modelo perfecto del devoto de María Santísima. Cabe pensar que desde ese primer encuentro, la gracia lo tocó de manera especial y lo hizo consagrarse como esclavo de amor a quien, más que esposa, ya consideraba señora y reina.

Proporcional con Jesús y María

Matrimonio San Jose y Virgen María

En el Antiguo Testamento la virginidad no gozaba del prestigio que llegó a disfrutar en la era cristiana; muy al contrario, el que no formaba familia o estaba impedido de tener hijos era considerado un maldito de Dios.

“La espera del Mesías dominaba los espíritus a tal grado, que despreciar el matrimonio equivalía a una deshonrosa negativa de cooperar en la venida de Aquel que debía restaurar el reino de Israel” 1.

De acuerdo a la opinión generalizada, José, llevado por una especial moción del Espíritu Santo, tomó la decisión de permanecer virgen toda la vida, pero, evitando individualizarse al contrariar las costumbres de su tiempo, se resignó a tomar esposa convencido de que el mismo Señor que había inspirado el buen propósito, lo ayudaría a llevarlo a cabo.

Así fue como, cediendo a las exigencias sociales, decidió pedir la mano de María, a la cual probablemente conocía dado que ambos pertenecían a la misma tribu y habitaban en la misma aldea.

El contrato matrimonial debía pactarse entre ambas familias. Un punto al que se solía dar una escrupulosa importancia, sobre todo entre personas de noble linaje, era la igualdad de condiciones. Tanto María como José eran de la tribu de Judá y descendientes de David.

Sin embargo, sobre ese matrimonio, más que cualquier requisito social, se cernía un designio divino. Para el cumplimiento de la voluntad del Altísimo, el esposo debía guardar proporción con la esposa, el padre con el hijo, a fin de sustentar con toda dignidad el honor de ser padre adoptivo de Dios.

Y hubo un solo hombre creado y preparado para tal misión, con toda la altura para ejercerla: san José. Él era proporcional a Jesucristo y a María Santísima.

Para hacernos una idea exacta sobre la magnitud de su personalidad, debemos imaginarlo como una versión masculina de la Virgen María, el hombre dotado con la sabiduría, fortaleza y pureza necesarias para gobernar a las dos criaturas más excelsas que hayan salido de manos de Dios: la Humanidad santísima de Nuestro Señor y la Reina de ángeles y hombres.

En Israel los desposorios equivalían jurídicamente al matrimonio moderno. A partir de dicha ceremonia –en la que el novio colocaba un anillo de oro en el dedo de su prometida diciendo: “Este es el anillo por el cual tú te unes a mí delante de Dios, según el rito de Moisés”– ambos pasaban a tener posesión mutua e irrevocable uno de otro, y a partir de entonces se consideraban esposos.

No obstante, la cohabitación se retrasaba por un año, generalmente, para que la esposa tuviera tiempo de completar el ajuar y el marido de preparar la casa.

María y José, fieles cumplidores de la Ley, se atuvieron a todas estas formalidades. Pero un secreto divino cubría su caso concreto, secreto que ninguno de los testigos del acto –parientes y amigos– llegó a sospechar. Ahí estaban dos almas vírgenes que se prometían fidelidad mutua, fidelidad consistente en que ambos guardarían la virginidad” 2.

El héroe de la fe

El desconcierto de José no consistía, como pensaron algunos Padres antiguos, en dudar de la fidelidad de su esposa. Esta conjetura golpea nuestra piedad, puesto que desmerece la perfección eminente alcanzada por el santo Patriarca y, además, Dios no permitiría que el honor virginal de María fuera herida por una sospecha en el espíritu de José. El texto del Auctor imperfecti expresacon hermosas palabras su postura frente al hecho:

“¡Oh inestimable alabanza de María! San José creía más en la castidad de su esposa que en lo que veían sus ojos; más en la gracia que en la naturaleza. Veía claramente que su esposa era madre y no podía creer que fuese adúltera; creyó que era más posible a una mujer concebir sin varón que María pudiera pecar” 3.

Su angustia se hacía más lacerante ante el resplandor de virtud en el rostro angelical de María. Por un lado, la evidencia le saltaba a los ojos y, por otro, consideraba impensable que esa criatura tan inocente hubiera cometido un pecado.

Si la concepción de María era obra sobrenatural, ¿qué hacía él ahí? ¿No estaría ofendiendo a Dios al entrometerse en un misterio que le resultaba incomprensible y absolutamente divino? ¿No sería un intruso que obstaculizaba los planes de Dios?

José no juzgó. Suspendió el juicio de la carne ante los inescrutables designios divinos. Sometió la razón humana a la fe inalterable y buscó una salida. Desde un comienzo descartó la idea de denunciarla, como lo exigía el Deuteronomio, tras lo cual la mujer debía sufrir la pena de lapidación. Una posibilidad que lo estremecía, convencido como estaba de la inocencia de María.

Existía también la opción del repudio: la Ley de Moisés permitía que el hombre expulsara a su mujer dándole el libelo de divorcio. Pero esta posibilidad le repelía, pues atentaría contra la reputación de la Virgen Santa.

En una pequeña aldea donde todos se conocían, una actitud como ésa daría cabida a sospechassobre la conducta de María: ¿por qué motivo el marido la alejaba de repente? En el futuro, la Virgen llevaría siempre la marca de una mujer repudiada.

La solución encontrada por José no se hallaba en los libros de la Ley, pero salió de su corazón: Resolvió abandonarla en secreto” (Mt 1, 19). Actuando así salvaguardaba la fama de su esposa, que sería vista como una pobre joven abandonada por la crueldad de un hombre sin palabra. Toda la culpare caería sobre él.

En este paso de su vida, José reveló el brillo rutilante de su noble alma, su sabiduría y su humildad llevadas al grado heroico. Le podríamos dedicar las palabras de un autor francés:

“El héroe es un gran corazón que se ignora, un alma grande que se olvida de sí misma. […] Todas las miserias de nuestra pobre naturaleza humana se concentran sobre ese egoísmo que convierte a cada uno encentro del universo. El héroe ha roto este círculo estrecho en donde todas las naturalezas, hasta las más dotadas, vegetan o languidecen. El “yo” que en algunos reina, en él permanece como esclavo la vida entera” 4.

Se olvidó por completo de sí mismo, prefiriendo desacreditarse ante la opinión pública antes que ver manchado el nombre de María.

Además, renunciaba a su propia felicidad: iba a dejar a María, el tesoro más grande dela tierra. Aquello era un sufrimiento inmenso, porque la vida con María representaba para él un verdadero Paraíso.

Había aprendido con ella lecciones excelsas de sabiduría y bondad en los gestos más simples; al contemplarla se sentía más cerca de Dios. ¡Ahora estaba obligado a sacrificar lo que más apreciaba en la vida! Sus días pasarían lejos, venerando un misterio que no había podidoentender.

José maduró su decisión durante algunos días, decidido a llevarla acabo. Una brumosa noche sin luna encontró la ocasión favorable; preparó sus pobres pertenencias y se recostó para reunir fuerzas antes de la partida. Poco a poco, por una acción angelical, su corazón afligido se apaciguó, y se durmió profundamente.

Tal como sucedió con Abraham, el Señor había esperado el último momento para detener el golpe fatal. A mitad de la noche se apareció un ángel en sueños, anunciándole:

“José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de todos sus pecados” (Mt 1, 20-21).

“Los que siembran entre lágrimas, cosecharán con alegría” (Sal 125, 5)

Es imposible medir el regocijo de José al despertar. A poco de amanecer corrió al encuentro de su esposa.

¡Qué lleno se sentía de veneración y ternura, sentimientos que culminaban el ardoroso deseo de servirla! Ciertamente no dijo nada a María, pero la alegre expresión de su semblante era más elocuente que las palabras. De rodillas adoró a Dios en el seno virginal de su Madre, primer tabernáculo en el que se había dignado habitar sobre la tierra.

Un Dios que era también su hijo. La frase del ángel era clara en manifestar la autoridad que sela había otorgado sobre el fruto de su esposa: “un hijo a quien pondrás el nombre de Jesús”.

Una criatura dando consejos al Creador...

¿Cuántas veces tuvo en brazos san José al Divino Infante? El día entero viviendo con el Niño Jesús, observándolo rezar, hablar, hacer todos los actos de su vida común… En esa contemplación continua, para la que tenía un alma maravillosamente apta, recibía gracias extraordinarias y se dejaba moldear.

A veces, el Niño se detenía frente a él para decirle: “Te pido un consejo: ¿cómo debo hacer tal cosa?” San José se conmovía, considerando que quien estaba pidiéndole un consejo ¡era el propio Hijo de Dios!

Era el hombre al que la Providencia había dado los labios suficientemente puros y una humildad lo bastante grande para algo tanformidable como responder a Dios. ¡La criatura plasmada por las manos del Creador le daba consejos!

Era el predestinado a ejercer una verdadera autoridad sobre la Santísima Virgen y el Niño Jesús, el privilegiado que alcanzó una altísima intimidad con Jesús y María, el bienaventurado a quien se otorgó la gracia de expirar entre los brazos de Dios, su Hijo, y de la Madre de Dios, su Esposa.

Notas:

1) Michel Gasnier, José el silencioso, Quadrante, S. Paulo, 1995, p. 42.
2) Id., op. cit., p. 49.
3) Federico Suárez, José, el esposo de María, Ed. Prumo, Lisboa, 1986, p. 45.
4) Guy de Robien, L’idéal français dans un cœur breton, Plon, 1917.

Comentarios

Santos

A primera vista, y sobre todo para el que no está habituado a contemplar los ilimitados horizontes de la fe, la vida de San Francisco Javier parece, en cierto sentido, frustrada.
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diciembre 6, 2021

El cuerpo de San Francisco extenuado se consumía en los ardores de la fiebre, pero su mirada profunda y viva revelaba un espíritu de fuego.

Soplaba con persistencia el frío viento del norte y las olas del océano rompían cada vez más violentas en esa playa que parecía desierta. El cielo cubierto de nubes grises se oscurecía rápidamente, presagiando una larga y tormentosa noche.

No muy lejos de la orilla se levantaba una mísera cabaña, hecha con algunas planchas de madera carcomida, cuya cubierta de paja seca era agitada por el aire gélido. El alma del santo reflejaba la eternidad… Moría el Apóstol de Oriente, Francisco Javier.

Inicio de San Francisco Javier.

El 6 de mayo de 1542, luego de un azaroso viaje de trece meses, hacía puerto en la remota y legendaria India el hijo predilecto de san Ignacio de Loyola. Las puertas de Asia se abrían frente a ese sacerdote de tan sólo 35 años de edad.

Su primer campo de operaciones fue la ciudad de Goa, principal colonia portuguesa en Oriente, donde los europeos, olvidados de su misión civilizadora, se dedicaban a un lucrativo comercio y se dejaban arrastrar por la sensualidad y los vicios del mundo pagano.

En pocas semanas la ciudad pudo sentir los benéficos efectos de la acción de presencia, los sermones y el activo celo del nuevo misionero: “Tantos eran los que venían a confesarse que, si me dividieran en diez partes, cada una debería atender confesiones”, escribió en septiembre de 1542 a los jesuitas de Roma.

"En un mes bauticé a más de diez mil personas".

Después de pasar algunos meses en esa ciudad, marchó San Francisco a tierras todavía más distantes. Recorrió toda la costa sur de la península india. A partir de entonces, su vida se convirtió en un ininterrumpido peregrinaje por tierras, mares e islas lejanas, ensanchando sin cesar las fronteras del Reino de Jesús.

En carta de enero de 1544 dijo a sus hermanos de vocación: «Tanta es la multitud de los que se convierten a la fe de Cristo en esta tierra por donde camino, que muchas veces ocurre que se me cansan los brazos de tanto bautizar […]. Hay días en que bautizo a todo un poblado».

Un año después San Francisco relata nuevas maravillas realizadas por Dios en esos parajes: “Noticias de estas partes de la India: les hago saber que Dios nuestro Señor movió a muchos, en un reino en el cual estoy, para hacerse cristianos, de modo que en un mes bauticé a más de diez mil personas. […]

Después de bautizarlos, mando derrumbar las casas donde tenían sus ídolos y ordeno que rompan las imágenes de los ídolos en pequeñas partes. Acabado de hacer esto en un lugar, me dirijo a otro, y de este modo voy de lugar en lugar haciendo cristianos”.

San Francisco Javier en el Imperio del Sol Naciente.

Así, infladas las velas de su alma por el soplo del Espíritu Santo, con heroica generosidad San Francisco Javier hizo de su existencia un continuo “fiat mihi secundum verbum tuum”, arrojándose siempre de osadía en osadía a la conquista de más almas, para la mayor gloria de Dios.

Cierto día, estando en la ciudad de Malaca, le presentaron un hombre de ojos rasgados y mirada inteligente, que había recorrido centenares de leguas con el único propósito de encontrar al célebre y venerable occidental que perdonaba los pecados… Su nombre era Hashiro y su tierra natal, Japón.

Inmediatamente vislumbró Francisco la riqueza que significaría para la Iglesia si el pueblo representado en ese intrépido neófito fuera santificado por las aguas del Bautismo.

Escribió entonces a su fundador en enero de 1549: “No dejaría yo de ir al Japón por lo mucho que he sentido al interior de mi alma, aunque poseyera la certeza de que debería pasar los mayores peligros de mi vida, porque tengo gran esperanza en Dios nuestro Señor de que en esas tierras ha de crecer mucho nuestra santa fe. No podría describir cuánto consuelo interior siento en hacer este viaje al Japón”.

San Francisco Javier vuelve a India.

San Francisco, luchando contra adversidades de todo orden, pasó más de dos años en el remotísimo Imperio del Sol Naciente, fundando iglesias, anunciando la verdadera fe a príncipes y nobles, a pobres campesinos e inocentes niños. En carta de noviembre del mismo año, declaró a sus hermanos residentes en Roma: “Por la experiencia que tenemos de Japón, les hago saber que su pueblo es el mejor de los descubiertos hasta ahora”.

No obstante, con el objetivo de conseguir más misioneros para esa prometedora tierra, se fue de vuelta a India, dejando en Japón, que no lo vería más, una robusta y floreciente cristiandad.

¡Siempre más!

Luego de recorrer el Lejano Oriente en todas direcciones durante diez años, y habiendo levantado la Cruz en el archipiélago nipón, el corazón de Francisco, insaciable de gloria para Dios, se lanzó a la conquista de nuevos pueblos para su Rey y Señor: en adelante, su gran meta sería China. Por la importancia del imperio chino, por su incalculable población y, sobre todo, por su prestigio y riqueza cultural, comprendió que, si hacía correr las aguas bautismales en él, toda el Asia se postraría a los pies del Divino Redentor.

En enero de 1552 le escribió a su padre, Ignacio de Loyola: “Este año espero ir a China, por el gran servicio a nuestro Dios que allá podrá obtenerse”. Y refiriéndose a esa nación, aquel mismo año comunicó a sus hermanos de vocación los anhelos y esperanzas de su alma de misionero: “Vivimos con mucha esperanza en que, si Dios nos diera diez años más de vida, veremos grandes cosas en estas regiones. Por los méritos infinitos de la Muerte y Pasión de Dios nuestro Señor, espero que Él me dará la gracia de hacer este viaje a China”.

El último viaje de San Francisco Javier

Habiendo regresado de Japón, poco tiempo se detuvo San Francisco en India; sólo lo suficiente para atender las necesidades de la Compañía de Jesús en esas tierras y preparar el ansiado viaje a China.

Un dedicado amigo del infatigable misionero, llamado Diogo Pereira, aplicó toda su fortuna fletando un navío, cargándolo de espléndidos regalos para el emperador de China y adquiriendo magníficos paramentos de seda y de damasco, junto a toda clase de ricos ornamentos para celebrar la misa con gran pompa, y así dar a los chinos una noción de la grandeza de la verdadera religión que iba a serles anunciada.

Antes de viajar, el santo escribió al rey de Portugal, en abril de 1552: “Parto de aquí a cinco días a Malaca, que es el camino a China, para ir desde allá, en compañía de Diogo Pereira, a la corte del emperador de China. Llevamos ricos obsequios comprados por Diogo Pereira.

Y de parte de Su Alteza llevo uno que nunca fue enviado por ningún rey ni señor a ese emperador: la Ley verdadera de Jesucristo nuestro Redentor y Señor”. Así, el 17 de abril de 1552 se embarcó en la nave Santa Cruz para conquistar el imperio de sus sueños.

"Desamparado de todo humano favor"

Sin embargo, a los pocos días de navegación se desencadenó una terrible tempestad. La tripulación del navío, espantada con la violencia de los elementos y habiendo perdido toda esperanza de salvación, pedía a grandes voces el sacramento de la Penitencia.

San Francisco Javier, imperturbable, se recogió en profunda oración; e inmediatamente –como otrora las aguas del Lago de Genezaret se calmaron ante la voz del Divino Salvador– el viento dejó de soplar y las olas se hicieron suaves y tranquilas, por la fe y las plegarias de ese humilde conquistador de imperios.

Pero a partir de ese momento, los infiernos no cesaron de poner obstáculos y de contrariar el viaje. “Ten- por cierto y no duden que de modo alguno quiere el demonio que los de la Compañía de Jesús entren a China”, escribió en noviembre de 1552 a los padres Francisco Pérez y Gaspar Barzeo.

Llegando a la ciudad de Malaca, última escala antes de ingresar en aguas chinas, inesperadamente el capitán portugués de dicho puerto – que, por si fuera poco, debía su cargo a los buenos oficios y recomendaciones de Francisco– impidió la continuación del viaje, alegando ser el único al que cabía comandar una expedición a China…

Habiendo sido inútiles todas las súplicas y ruegos, Francisco Javier empleó un último recurso: presentó la bula papal que lo nombraba legado pontificio, la que hasta entonces nunca había utilizado, y exigió la plena libertad de viajar a China en nombre del Papa y del Rey de Portugal.

Además, anunció al obstinado capitán que caería en excomunión si acaso seguía impidiendo la partida del navío. Pero también eso fue inútil; la ambición y la codicia de aquel infeliz lo llevaron al extremo de insultar y maltratar al peregrino de la gloria de Dios.

Finalmente, luego de varias semanas de retraso, la nave Santa Cruz pudo surcar las aguas en dirección a China, pero bajo el comando de hombres nominados por el capitán portugués, el mismo que murió poco tiempo después, excomulgado y corroído por la lepra.

Con el corazón partido, San Francisco reveló al P. Gaspar Barzeo en julio de 1552: “No podríais creer cuán perseguido fui en Malaca. Voy hacia las islas de Cantón, en el imperio de China, desamparado de todo humano favor”.

A la espera del barco, mirando sin cesar hacia la meta.

La inhóspita isla de Shangchuan (que los ibéricos llamaban Sancião o Sancián), a 180 kilómetros de la ciudad de Cantón, recibía la visita habitual de las naves europeas, en busca del comercio con los chinos. Ahí desembarcó el santo misionero en octubre de 1552.

Los portugueses se afanaron buscando entre los numerosos mercaderes chinos, a alguno que se dispusiera a llevar a San Francisco hasta Cantón. Pero todos se excusaban; estaba prohibido por las leyes imperiales, y los transgresores se exponían a perder todos sus haberes e incluso la propia vida. Pero finalmente uno de ellos, decidido a correr el riesgo, accedió a transportar a Francisco en una pequeña embarcación, a cambio del pago de 200 cruzados.

“Los peligros que corremos en esta empresa son dos, según la gente de la tierra: el primero es que el hombre que nos lleve, luego de recibir los doscientos cruzados, nos abandone en una isla desierta o nos arroje al mar; el segundo, que al llegar a Cantón el gobernador nos envíe al suplicio o al cautiverio”, escribió Javier al P. Francisco Pérez.

Tales peligros, sin embargo, no eran algo que temiera el infatigable apóstol, seguro como estaba de que “sin el permiso de Dios, los demonios y sus secuaces nada pueden contra nosotros”.

En la sola compañía de dos auxiliares, un indio y un chino, se quedó en la Isla de Shangchuan aguardando el regreso del comerciante, que se había comprometido a transportarlo. Celebraba diariamente ahí el santo sacrificio del altar, mirando sin cesar al continente por el que suspiraba con tanto ardor. Pero pasaron los días y las semanas, y Francisco esperó en vano el regreso del chino: infelizmente, nunca más volvió.

Últimas palabras de un santo.

Las fuerzas físicas del ardoroso misionero llegaron entonces a su fin. Una altísima fiebre lo obligó a buscar cobijo en su improvisada cabaña, en donde –desamparado por los hombres y padeciendo frío, hambre y toda clase de privaciones– habría de pasar los últimos días de su existencia terrenal.

A ese varón que no sabía de cansancio, a ese apóstol que con su palabra arrastraba a las multitudes, a ese taumaturgo que había superado grandes obstáculos realizando milagros prodigiosos, el Señor del Cielo y la Tierra había reservado la más heroica y gloriosa de las muertes: a ejemplo de su Maestro Divino, Francisco Javier moría en el colmo del abandono y de la aparente contradicción.

Algunos días antes de entregar su espíritu comenzó a delirar, revelando entonces la magnitud del holocausto pedido por la Providencia: continuamente hablaba de China, de su vehemente deseo de convertir ese imperio y de la gloria que se ganaría para Dios si se atrajera ese pueblo a la Santa Iglesia Católica…

Y en las primeras horas de la madrugada del 3 de diciembre de 1552, Francisco Javier expiró dulcemente en el Señor, sin una sola queja ni reclamo, divisando a lo lejos aquella China que no pudo conquistar y que tanto quiso depositar a los pies de su Rey, Nuestro Señor Jesucristo.

Sus últimas palabras fueron estas frases de un canto de gloria: In te Domine, speravi. Non confundar in æternum . “En ti espero, Señor. ¡No me abandones para siempre!”

La mayor gloria de Dios.

A primera vista, y sobre todo para el que no está habituado a contemplar los ilimitados horizontes de la fe, la vida de San Francisco Javier parece, en cierto sentido, frustrada.

¡Cuántas almas no se habrían salvado y cuánta gloria no habría recibido la Santa Iglesia si el inmenso y superpoblado imperio chino hubiera sido evangelizado por ese apóstol de fuego!

Sin embargo, cuando finalmente se hallaba ante las puertas de esa nación, después de haber pasado dificultades y combates de todo orden, se hizo oír el llamado de Dios: “Francisco, hijo mío, acaba tu lucha y ven a Mí”. ¡Oh misterio del Amor Infinito! De Francisco, Dios no quería China… sino a Francisco.

Y el intrépido conquistador respondió sin titubeos, al igual que Jesús en el Huerto de los Olivos: “Señor, hágase tu voluntad y no la mía. ¡Sí, Redentor mío, que se cumplan, antes que nada y por encima de todas las cosas, tus perfectísimos designios y así, sólo así, ¡se te dará la mayor gloria en esta tierra y por toda la eternidad!”.

(Revista Heraldos del Evangelio, Nov/2005, n. 47, pag. 20 a 23)

Historia y Creación

La civilización será tanto más verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más sea claramente cristiana.
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noviembre 6, 2021

La Iglesia, al predicar a Cristo crucificado, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 23), vino a ser la inspiradora y principal promotora de la civilización; y la ha difundido por todos los lugares donde predicaron sus apóstoles, conservando y perfeccionando los buenos elementos de las antiguas civilizaciones paganas, arrancando de la barbarie y educando para una convivencia civil a los nuevos pueblos que se refugiaban en su seno maternal, y dándole a la sociedad entera, aunque poco a poco, pero con un trazo seguro y cada vez más progresivo, esa marcada huella que aún hoy se conserva universalmente.

La civilización del mundo es civilización cristiana; tanto más es verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más es claramente cristiana; tanto más decadente, con un inmenso daño del bien social, cuanto más se aleja del ideal cristiano.

La paz se establecería en el mundo si en él se realizara el ideal de la civilización cristiana

Así que por la fuerza intrínseca de las cosas, la Iglesia se convirtió efectivamente en la guardiana y defensora de la civilización cristiana. Tal hecho fue reconocido y admitido en otros siglos de la Historia y hasta formó el fundamento inquebrantable de las legislaciones civiles. En ese hecho estribaron las relaciones entre la Iglesia y los Estados, el reconocimiento público de la autoridad de la Iglesia en todos los asuntos que de algún modo afecten a la conciencia, la subordinación de todas las leyes del Estado a las divinas leyes del Evangelio, la concordia de los dos poderes, civil y eclesiástico, procurando de tal modo el bien temporal de los pueblos, que el eterno no padeciera quebranto.

No hace falta deciros, Venerables Hermanos, qué prosperidad y bienestar, qué paz y concordia, qué respetuosa sumisión a la autoridad y qué acertado gobierno se lograría y se mantendría en el mundo si se pudiera realizar íntegro el perfecto ideal de la civilización cristiana.

Mas, dada la continua lucha de la carne contra el espíritu, de las tinieblas contra la luz, de Satanás contra Dios, no es de esperar tal felicidad, al menos en su extensión. De ahí que a las pacíficas conquistas de la Iglesia se van haciendo continuos ataques, tanto más dolorosos y funestos cuanto más la humana sociedad tienda a regirse por principios adversos al concepto cristiano y, aún más, a separarse totalmente de Dios.

Restaurarlo todo en Cristo, incluso la civilización

No por eso se ha de perder el ánimo. La Iglesia sabe que contra ella no prevalecerán las puertas del infierno; pero también sabe que en este mundo sufrirá presiones, que sus apóstoles son enviados como corderos entre lobos, que sus seguidores serán siempre el blanco del odio y del desprecio, como de odio y desprecio fue víctima su divino Fundador. No obstante, la Iglesia marcha adelante imperturbable y, mientras propaga el Reino de Dios en donde todavía no ha sido predicado, procura por todos medios reparar las pérdidas sufridas en el Reino ya conquistado.

«Restaurarlo todo en Cristo» ha sido siempre el lema de la Iglesia y es principalmente el Nuestro en los perturbados tiempos que atravesamos. Restaurarlo todo, no de cualquier manera, sino en Cristo: «Recapitular en Cristo todas las cosas del Cielo y de la tierra» (Ef 1, 10), agrega el Apóstol; restaurar en Cristo no sólo cuanto propiamente pertenece a la divina misión de la Iglesia, que es guiar las almas a Dios, sino también, como ya hemos explicado, todo cuanto se ha derivado espontáneamente de aquella divina misión, esto es, la civilización cristiana con el conjunto de todos y cada uno de los elementos que la constituyen.

Y por hacer un alto en esta última parte de la anhelada restauración, bien veis, Venerables Hermanos, cuánto ayudan a la Iglesia aquellas falanges de católicos que precisamente se proponen reunir todas sus fuerzas vivas para combatir por todos los medios justos y legales contra la civilización anticristiana; reparar a toda costa los gravísimos desórdenes que de ella provienen; introducir de nuevo a Jesucristo en la familia, en la escuela, en la sociedad; restablecer el principio de la autoridad humana como representante de la de Dios; tomar sumamente en serio los intereses del pueblo, particularmente los de la clase obrera y agrícola, no sólo infundiendo en el corazón de todos la verdad religiosa, único verdadero manantial de consuelo en los trances de la vida, sino cuidando de enjugar sus lágrimas, suavizar sus penas, mejorar su condición económica con medidas bien concertadas; trabajar por conseguir que las leyes públicas se acomoden a la justicia y se corrijan o se destierren las que le son contrarias; defender, finalmente, y mantener con ánimo verdaderamente católico los derechos de Dios y los no menos sagrados derechos de la Iglesia. […]

Adaptación a lo que es contingente, fidelidad a lo que es inmutable

Conviene notar que no todo lo que en los siglos pasados pudo ser útil, o incluso únicamente eficaz, sea posible restablecerlo hoy en la misma forma, pues radicales son los cambios que con el correr de los tiempos se introducen en la sociedad y en la vida pública y tantas las nuevas necesidades que las circunstancias cambiantes suscita continuamente.

Pero la Iglesia, en el largo curso de su historia, ha demostrado siempre luminosamente que poseía una maravillosa virtud de adaptación a las variables condiciones de la sociedad civil, de suerte que, salvada siempre la integridad e inmutabilidad de la fe y de la moral, así como sus sacrosantos derechos, fácilmente se adapta y se ajusta, en todo cuanto es contingente y accidental, a las vicisitudes de los tiempos y a las nuevas exigencias de la sociedad.

La piedad, dice San Pablo, se acomoda a todo, pues posee las promesas divinas, así en orden a los bienes de la vida actual como a los de la futura: «La piedad aprovecha para todo. Tiene la promesa de la vida, la presente y la futura» (1 Tim 4, 8). ◊

Fragmentos de: SAN PÍO X.
Il fermo proposito, 11/6/1905.

Espiritualidad

Cuántas veces somos movidos por un ímpetu de entusiasmo, de buenos deseos y propósitos, y no sabemos explicar de dónde proceden.
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octubre 20, 2021

Cuántas veces somos movidos por un ímpetu de entusiasmo, de buenos deseos y propósitos, y no sabemos explicar de dónde proceden. En otras ocasiones, por el contrario, nos sentimos ácidos o desanimados y, de pronto —sin ninguna acción de nuestra parte—, nos invade una profunda consolación. En ambas circunstancias, tales impulsos interiores proceden del Espíritu Santo, que actúa sobre nuestras almas como otrora sobre los Apóstoles, predisponiéndonos a la práctica del bien y haciéndonos capaces, por el poder de su fuerza transformadora, de alcanzar incluso la heroicidad.

En el Espíritu Santo nos hacemos divinos.

Espiritu Santo

Son conocidas las palabras de Tertuliano: “O testimonium animæ naturaliter christianæ (¡Oh testimonio del alma, que es naturalmente cristiana!) 1”, las cuales expresan una gran verdad, ya que cada alma ha sido creada en función de Jesucristo. Sin embargo, antes de recibir las aguas regeneradoras del Bautismo, sin poseer la vida divina, de su naturaleza manchada por la culpa original brotan el egoísmo, el exclusivo cuidado consigo mismo y una desmedida preocupación por sus intereses, de donde dimanan las amargas experiencias que nos proporciona la convivencia humana, en el transcurso de nuestros años.

Por lo tanto, es preciso que el hombre “nazca de agua y de Espíritu” (Jn 3, 5). Lleno de fe, esperanza y caridad, adquiere una profunda comprensión de los panoramas sobrenaturales, que se refleja después en el empeño de hacer el bien y de entregarse, si fuera necesario, a un verdadero holocausto en favor de los demás. Así es la vida de la gracia, mantenida, desarrollada y robustecida por la acción del Espíritu Paráclito. En ese sentido, dice San Agustín: “El Dios Amor es el Espíritu Santo. Cuando este Espíritu, Dios de Dios, se da al hombre, le inflama en amor de Dios y del prójimo, pues Él es amor”.2

¿Cómo se verifica esa participación en la vida divina?

¿Cómo se verifica esa participación en la vida divina? En el Hombre Dios, modelo supremo de toda la Creación, el Verbo sirve de soporte —del griego ὑπόστασις (hipóstasis)— para la unión de la naturaleza humana con la divina. Algo semejante y misterioso se opera en nuestro interior, por la acción de la gracia santificante recibida en el Bautismo: guardando las debidas proporciones, el papel que desempeña la segunda Persona de la Santísima Trinidad en Jesús lo ejerce en nosotros la tercera Persona, haciéndonos partícipes de la vida increada de Dios y pertenecientes al Cuerpo Místico de Cristo.

Adoptados como hijos de Dios.

Entonces podemos afirmar que por el Bautismo pasamos a formar parte de la familia divina. Mientras que Jesucristo, en lo que respecta a su origen es el Unigénito de Dios, engendrado por el Padre desde toda la eternidad, nosotros, aunque no fuimos engendrados en la Trinidad, por la gracia nos convertimos en hijos de Dios por adopción.

Para facilitar la comprensión de tan elevada verdad, analicemos, por ejemplo, la diferencia que existe entre ser adoptado por alguien de condición modesta o por una persona acomodada.

Sin duda, si nos dieran a elegir, la gran mayoría de las personas optaría por la segunda posibilidad, pues significaría un aumento de proyección social y una herencia mucho mayor. Ahora bien, ser recibido por Dios como hijo es algo infinitamente más que conquistar cualquier dignidad o poseer bienes materiales. Esta adopción sobrenatural no se efectúa a la manera humana, registrada en una notaría: mientras que los padres no pueden dar su vida biológica a sus hijos adoptivos, Dios, por el contrario, nos confiere una participación física y formal en su propia vida.

A diferencia de lo que ocurre con el vestuario, que varía de acuerdo con los gustos y las ocupaciones de cada uno, cambiando la apariencia exterior de la persona, pero sin alterar su organismo, la gracia ennoblece el interior, revistiendo nuestra alma y configurándonos con Cristo, conforme las palabras del Apóstol: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga. 2, 20)

Revista Heraldos del Evangelio nº 118, Mayo de 2013; pp.13-14

Notas:

1- TERTULIANO. Apologeticum XVII: ML 1, 377.

2 SAN AGUSTÍN. De Trinitate. L. XV, c. 17, n.o 31. In: Obras. 3.a ed. Madrid: BAC, 1968, v. V, p. 716.

Espiritualidad

El 2 de noviembre la Iglesia conmemorará a los Fieles Difuntos, siendo una oportunidad para orar de modo especial por aquellos que nos han precedido en el camino hacia el cielo.
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noviembre 14, 2021

 El  2 de noviembre la Iglesia conmemorará a los Fieles Difuntos, siendo una oportunidad para orar de modo especial por aquellos que nos han precedido en el camino hacia el cielo y en el encuentro en la Casa del Padre. Una manera de interceder por ellos es a través de la sana oración por las benditas Almas del Purgatorio.

Pero ¿Qué dice la Iglesia al respecto?

El Catecismo de la Iglesia Católica en el capítulo tercero de la Primera Parte, referido a La Profesión de la Fe, habla de la purificación final o Purgatorio que los difuntos han de pasar antes de llegar al cielo.

«Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo», dice el Catecismo.

También recuerda que la Iglesia ha dado por nombre «Purgatorio» a aquella purificación final que han de pasar los hijos de Dios fallecidos que sí están en amistad con Dios, que es muy diferente al Infierno al que llegan los condenados quienes mueren en enemistad con Dios.

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3)», dice la doctrina de la fe relativa al Purgatorio, según los Concilios de Florencia y de Trento.

Asimismo, el Catecismo se refiere a la sana práctica de la oración por los fieles difuntos, recordando que desde los primeros tiempos la Iglesia ha honrado su memoria y ofrecido sufragios en su favor, de modo especial, el santo sacrificio de la Eucaristía, «para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios».

No en vano una de las Obras de Misericordia,  es la de orar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Además de esto, la Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y obras de penitencia en favor de los fallecidos.

La visión mística de Santa Gertrudis

También, de acuerdo con una tradición, en una visión mística que tuvo Santa Gertrudis la Grande -religiosa benedictina propagadora de la devoción al Sagrado Corazón-, Nuestro Señor Jesucristo se le presentó entregándole una oración y señalándole que quien la rece podrá librar mil almas del Purgatorio.

Esta es la oración:

Padre eterno, yo te ofrezco la preciosísima sangre de tu Divino Hijo Jesús, en unión con las Misas celebradas hoy día a través del mundo por todas las benditas ánimas del purgatorio por todos los pecadores del mundo. Por los pecadores en la iglesia universal, por aquellos en propia casa y dentro de mi familia. Amén.

Autor : Gaudium Press

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