Espiritualidad

Almas del Purgatorio

A nosotros, todavía peregrinos en este valle de lágrimas, nos cuesta entender la inmensidad de tal dolor.
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noviembre 21, 2021

Sobre el Purgatorio, Jesús ya decía:

Muéstrate conciliador con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel.

«Te lo aseguro: no saldrás de allí hasta que pagues el último centavo” (Mt 5,  25-26).

Jesús hablaba a los apóstoles acerca de los castigos que esperan a los pecadores después de la muerte. Antes se había referido al fuego de la gehena –el Infierno–, una prisión eterna. Pero aquí habla de una cárcel de la que se puede salir, siempre que se haya pagado la deuda hasta el último céntimo.

Esa prisión temporal –un estado de purificación para los que mueren cristianamente sin alcanzar la perfección– es el Purgatorio. Prisión misteriosa y temible, pero donde reina la esperanza y los quejidos de dolor se mezclan con himnos de amor a Dios.

Estimado lector, aquí tenemos un asunto del que poco se habla pero cuyo conocimiento es vital para nosotros y nuestros seres queridos que dejaron esta vida.

Lo invito a repasar conmigo diversos aspectos de este importante tema.

La fiesta de difuntos

El 2 de noviembre, la sagrada liturgia se acuerda de forma especial de los fieles difuntos. Después de regocijarse el día anterior, en la fiesta de Todos los Santos, por el triunfo de sus hijos que ya alcanzaron la Gloria del Cielo, la Iglesia dedica su maternal desvelo a los que sufren en el Purgatorio y claman con el salmista: “Saca mi alma de la cárcel para que pueda alabar tu nombre. Me rodearán los justos en corona cuando te hayas mostrado propicio a mí” (Sal 141, 8). La génesis de esta fiesta está en la orden benedictina de Cluny, cuando su quinto abad san Odilón, instituyó en el calendario litúrgico cluniacense la “Fiesta de los Muertos”, dando a sus monjes la ocasión de interceder por los difuntos y ayudarlos a entrar en la bienaventuranza. A partir de Cluny esta fiesta se fue extendiendo entre los fieles hasta su inclusión en el Calendario Litúrgico de la Iglesia, volviéndose una devoción habitual del mundo católico.

¿Por qué existe el Purgatorio?

En primer lugar debemos considerar que después de nuestra muerte no seremos juzgados según nuestro criterio personal, pues “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, porque el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 Sam 16, 7) Estaremos ante la presencia de un Juez sumamente santo y perfecto, y en su Reino “nada impuro puede entrar” (Ap 21, 27) En efecto, ante la presencia de Dios, de su Luz purísima, el alma percibe en sí cualquier pequeño defecto, juzgándose ella misma indigna de tal majestad y grandeza. ¿Qué son estas manchas que deben purificarse en la otra vida? Son resquicios de apego exagerado a las criaturas, es decir, las imperfecciones y los pecados veniales, así como la deuda temporal de los pecados mortales ya perdonados en el sacramento de la Reconciliación. San Francisco de Sales nos dice que las almas en este estado “se purifican voluntariamente, amorosamente, porque Dios así lo quiere” y “porque están seguras de su salvación, con esperanza inigualable».

La pena del Purgatorio

Los dolores sufridos en ese lugar de purificación son “tan intensos que la mínima pena del Purgatorio excede a la mayor de esta vida” (Suma Teológica, Supl., q. 71, a. 2). Incluso así, san Francisco de Sales pondera que “el Purgatorio es un feliz estado, más deseable que temible, ya que las llamas que hay en él son llamas de amor».

¿Cómo entender que ese terrible sufrimiento esté al mismo tiempo traspasado de amor? Verdaderamente, el mayor tormento de las almas del Purgatorio –la “pena de daño”– es causado por el amor. Dicha pena consiste en el aplazamiento de la visión de Dios. El hombre, creado para amar y ser amado, descubre al abandonar esta tierra la inefable belleza de la Luz divina, y a ella tiende con todas sus fuerzas, como el ciervo sediento corre en dirección a la fuente de las aguas. Sin embargo, viendo en sí el defecto del pecado, queda privado temporalmente de tan pura presencia.

Entonces, lejos de Aquel que es la suprema y única felicidad, el alma padece sufrimiento incalculable.

A nosotros, todavía peregrinos en este valle de lágrimas, nos cuesta entender la inmensidad de tal dolor. Vivimos sin ver a Dios aunque creamos en él. Somos como ciegos de nacimiento, nunca hemos visto el Sol de Justicia, que es Dios, y aunque sintamos su calor, no podemos hacernos idea de su resplandor y grandeza.

Sin embargo, las almas benditas del Purgatorio, al abandonar el cuerpo inerte, disciernen la inefable y purísima belleza de Dios, sin que la puedan poseer inmediatamente. Santa Catalina de Génova emplea una metáfora muy expresiva para explicar este dolor: “Supongamos que en el mundo entero no hay más que un solo pan para saciar el hambre de todas las criaturas, y que con sólo verlo quedan satisfechas.

Disposición de las almas en el Purgatorio

Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, aconseja con vehemencia: “Esforcémonos por hacer penitencia en esta vida. ¡Qué dulce será la muerte de quien de todos sus pecados la tiene hecha, y no ha de ir al Purgatorio!” Sin embargo, su discípula santa Teresita del Niño Jesús formula de manera sorprendente su actitud frente al Purgatorio: “Si tuviera que ir al purgatorio me sentiré muy dichosa; haré como los tres hebreos en la hoguera, caminaré entre las llamas entonando el canto del amor».

Una actitud no se contrapone a la otra, más bien se completan. Incluso si tuviéramos que pasar por un sitio tan doloroso, conservemos una confianza ilimitada en la bondad divina.

De cualquier modo, la Santa Iglesia coloca maternalmente a nuestra disposición las indulgencias, para librarnos de las penas del purgatorio. Pero esta temática puede quedar para otro artículo.

Ayudemos a las benditas almas del purgatorio

No debemos pensar sólo en nuestro destino personal; preguntémonos también cómo ayudar a las almas que allí están en espera de su liberación. Ellas no pueden hacer nada por sí mismas, pues están privadas de alcanzar méritos, y dependen de nosotros. Interceder por ellas es una bellísima y valiosa obra de misericordia, pues en cierto modo, nadie hay más desamparado que estas benditas almas. La costumbre de rezar por las almas de los difuntos viene del Antiguo Testamento. Diversos Padres de la Iglesia fomentaron también esta práctica, como san Cirilo de Jerusalén, san Gregorio de Nisa, san Ambrosio y san Agustín. El Concilio de Lyon enseñaba en el siglo XIII: “para aliviar estas penas, [a las almas] les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, es decir, el sacrificio de la Misa, las oraciones, limosnas y otras obras de piedad que, según las leyes de la Iglesia, han acostumbrado hacer unos fieles por otros». ¡Cuán bella es la devoción a las benditas almas del Purgatorio! Agradable a Dios, y nos aprovecha también a nosotros, transportándonos a la verdadera dimensión cristiana de la existencia, que nos hace vivir en contacto y comunión con lo sobrenatural, con lo futuro en el sentido más pleno de la palabra. ¡Cuánto nos serán agradecidas estas pobres almas al recibir nuestro interés y nuestro auxilio! Podrán ser nuestros parientes, o hasta nuestros padres. Quizás sea incluso alguien a quien no conozcamos, pero de quien recibiremos una afectuosísima acogida en la eternidad. En el Cielo, y mientras todavía estén en el purgatorio, rezarán con ahínco por nosotros, porque Dios así se los permite. A modo de conclusión, quisiera hacer una propuesta al lector: ore por estas almas necesitadas, ofrezca la Santa Misa, dé limosna, bríndeles sacrificios y haga que otros se vuelvan devotos fervorosos de las benditas almas. ¿Sabe quién será el más beneficiado? ¡Usted mismo!

Fuentes documentales sobre el Purgatorio

La doctrina católica sobre el Purgatorio fue definida en especial durante en los Concilios de Florencia (1438-1445) y de Trento (1545-1563) tomando como base la Escritura (2 Mac 12, 42-46; 1 Cor 3, 13-15) y la Tradición, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1030-1031).

La Constitución Dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, aborda la cuestión en su número 50.

En su solemne profesión de fe titulada Credo del Pueblo de Dios, realizada el 30 de ju­nio de 1968, el Papa Pablo VI incluye a las almas “que deben purificarse todavía en el fuego del Purgatorio” (n. 28).

El Papa Juan Pablo II se refiere al Purgatorio en varios documentos: – Mensaje al Cardenal Penitenciario Mayor de Roma, 20/3/98; – Carta al obispo de Autum, Châlon y Mâcon, Abad de Cluny, 2/6/98; – Audiencia General del 22/7/98; – Audiencia General del 4/8/99; – Mensaje a la Superiora General del Instituto de las Hermanas Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio, 2/9/2002.

Padre Carlos Werner Benjumea, EP

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Santos

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septiembre 12, 2021

Teresa de Cepeda y Ahumada nació el 28 de marzo de 1515, en Gotarrendura, provincia de Ávila, en el seno de una familia numerosa de la pequeña nobleza castellana.

Desde muy niña se interesaba por episodios de la vida de los santos, y cuando supo de los hechos de los primeros mártires, pensó que ese camino era una línea derecha al Cielo. Entonces decidió huir con su hermanito Rodrigo a “tierra de moros”, para entregar allí sus vidas en defensa de la fe. Estaban ya bastante lejos de la ciudad cuando un tío suyo consiguió alcanzarlos y devolverlos a casa.

Al haber perdido a su madre con tan sólo 14 años, Teresa se entregó en las manos de la Virgen, tomándola como única Madre.

Santa Teresa ingresa al Carmelo.

A los 20 años ingresó en el monasterio carmelita de la Encarnación, en Ávila —al principio contra la voluntad de su padre—, donde un año después hizo sus votos. Allí vivían casi doscientas religiosas bajo la regla mitigada de la Orden del Carmen. Sor Teresa recibió una espaciosa celda, junto con la libertad de recibir visitas a cualquier hora e ir a la ciudad por el motivo que fuere. Era habitual que las monjas estuvieran horas charlando en el locutorio, convertido en una especie de centro de reuniones sociales.

En el crisol de las probaciones.

Sin embargo, la cruz, elemento esencial de la grandeza, no tardó en presentarse a esa alma escogida. Poco después de su profesión religiosa, su salud se debilitó tanto que su padre, Alonso de Cepeda, consiguió permiso para llevarla al pueblo de Becedas, donde vivía una mujer cuyos tratamientos médicos tenían fama de eficaces.

Durante el viaje, Teresa conoció la oración mental a través del libro Tercer alfabeto espiritual, del P. Francisco de Osuna, sintiéndose invitada a la vida de contemplación.

De regreso a la casa paterna, una contracción muscular fortísima la dejó sin sentido durante casi cuatro días. La habrían enterrado si su padre no se hubiese opuesto. Incluso en esas condiciones, Teresa deseaba volver pronto al convento. Su alma, como la de Job (cf. 2, 10), se encontraba en excelentes disposiciones: “Estaba muy conforme con la voluntad de Dios, aunque me dejase así siempre. Paréceme que toda mi ansia era de sanar para estar a solas en oración como estaba acostumbrada”.

Después de tres años de parálisis, sus oraciones a San José le obtuvieron la curación y a partir de ese momento la devoción al santo Patriarca se volvió primordial en su vida.

La Vida Mística de Santa Teresa

“Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles”, fueron las palabras que oyó Teresa en el primer éxtasis que le concedió la gracia divina. “Desde aquel día yo quedé tan animosa para dejarlo todo por Dios como quien había querido en aquel momento —que no me parece fue más— dejar otra a su sierva”.

Al par de las pruebas, ahora Cristo continuaba hablándole con frecuencia y parecía andar siempre a su lado: “Ninguna vez que me recogiese un poco, o no estuviese muy distraída, podía ignorar que estaba cabe mí”. No era raro, en esas intimidades con Jesús, sentir en su alma el fuego del amor divino.

En más de una ocasión llegó a tener su corazón transverberado por un ángel, dejándole las marcas físicas de una perforación: “Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí […]. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarlo, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios”.

Reforma Carmelita

Sobre todo, veía la necesidad de reformar el Carmelo y sentía la llamada de la Providencia para realizar esta misión. Deseaba comunidades que no fueran mero refugio de almas contemplativas, preocupadas en fruir y gozar de la convivencia divina, sino verdaderas antorchas de amor ocupadas en reparar el mal que era hecho a la Iglesia. “Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo. […] No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia”.

Santa Teresa... Ayer y Hoy

Finalmente, con las debidas autorizaciones, el 24 de agosto de 1562 se celebró la primera Misa en el Monasterio de San José, el primogénito de los Carmelos reformados. En la más estricta pobreza y clausura, Teresa se puso a instruir a sus monjas, mostrándoles la fuerza de la vida comunitaria bien llevada, en la obediencia y en la alegría. Siempre les recordaba el principal motivo por el cual habían consagrado sus vidas: “Y si en esto podemos algo con Dios, estando encerradas peleamos por Él, y daré yo por muy bien empleados los trabajos que he pasado por hacer este rincón, adonde también pretendí se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección que se comenzó”.

Transcurridos 450 años de la fundación del primero de esos monasterios, el Papa Benedicto XVI creyó conveniente recordar la coyuntura en la cual vivió la santa mística y cómo aquella situación nos parece familiar. Para el Santo Padre, la reflexión de la santa carmelita permanece muy actual, luminosa e interpelante. “También hoy, como en el siglo XVI, y entre rápidas transformaciones, es preciso que la plegaria confiada sea el alma del apostolado, para que resuene con meridiana claridad y pujante dinamismo el mensaje redentor de Jesucristo.

Desde la Eternidad...

Ese radical modo de vivir atrajo enseguida a muchas jóvenes vocaciones. Cuando Santa Teresa entró en la eternidad, en 1582, había dejado fundados más de veinte monasterios de la rama reformada, femeninos y masculinos. Y como suele ocurrir con los muy llamados, el árbol que ella plantó continuó, tras su muerte, dando inestimables frutos a la Iglesia en los cinco continentes.

Es apremiante que la Palabra de vida vibre en las almas de forma armoniosa, con notas sonoras y atrayentes. […] Siguiendo las huellas de Teresa de Jesús, permitidme que diga a quienes tienen el futuro por delante: Aspirad también vosotros a ser totalmente de Jesús, sólo de Jesús y siempre de Jesús. No temáis decirle a Nuestro Señor, como ella: ‘Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?’ (Poesía 2)”.

Atendiendo al llamamiento divino, Santa Teresa supo identificar con gallardía los objetivos de su vida con los de Dios, pasando a la Historia como “una gran dama, una gran mujer, una gran monja y una gran santa”.27 Por eso, el introito de la Misa votiva canta con propiedad: “Le dio el Señor sabiduría y prudencia en abundancia, y la grandeza de corazón como las arenas de la playa del mar”.

Hna. María Teresa Ribeiro Matos, EP

Oración:

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda,

la paciencia

todo lo alcanza;

quien a Dios tiene

nada le falta.

Solo Dios basta.

Historia y Creación

A semejanza del Rey del Universo, que nació en una gélida gruta y murió crucificado por los jefes del mundo, Luis XVII inició su reinado en una prisión.
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octubre 22, 2021

París, 21 de enero de 1793. El redoble de los tambores suena por toda la ciudad, acompañado del bramido de una multitud sedienta de sangre. De repente, un espantoso silencio se apodera de la plaza cuando el criminal llega al cadalso.

¿Criminal? Sí. ¿Qué ley había quebrantado? La ley que «la libertad, la igualdad y la fraternidad» habían impuesto a la nación: la monarquía era «opresora» y, por tanto, debía ser exterminada. El «crimen» de este reo consistía en ser rey de Francia, razón por la cual estaba siendo tratado como el peor de los delincuentes.

El silencio se prolonga unos instantes más en la plaza, pues en los corazones de los franceses allí presentes, por increíble que parezca, aún palpitan restos de respeto por la jerarquía y de amor a la nobleza. Meses antes aclamaban con entusiasmo al rey Luis XVI, al cual ahora contemplan siendo entregado a la muerte, para luego comparecer ante el justo juicio de Dios.

Se produce un último toque de tambores y la implacable cuchilla de la guillotina cae sobre la cabeza del infeliz monarca.

El «vino bueno» de la realeza francesa

Para unos, la noticia de la muerte del rey les causó terror y consternación; para otros, fue motivo de bailes y canciones, que rápidamente culminaron en verdaderas orgías, propias a la vileza de espíritu que la Revolución francesa propagaba entre sus adeptos.

Sin embargo, la mano de Dios, que tan bondadosamente había conducido a la Hija primogénita de la Iglesia a lo largo de los siglos —desde el Bautismo de Clodoveo, atravesando el reinado del gran Carlos y regocijándose con la virtud de San Luis IX, hasta llegar a aquel horrible día—, no se había apartado de ella. Estaba reservado para Francia, así como para toda la Historia, el «vino bueno» de su realeza: ¡un niño!

Sí, un niño, que lloraba amargamente la pérdida de su padre y yacía prisionero abrazado a su madre, desde entonces una pobre viuda. Sobre este jovencito de tan sólo 7 años recaía el manto de los Reyes Cristianísimos, el cual, a su vez, crecería en dignidad al cubrir a un crío inocente coronado por el dolor y por el martirio.

El delfín Louis-Charles, nacido el 27 de marzo de 1785, hijo de la ilustre princesa de Austria y reina de Francia, María Antonieta, y del rey Luis XVI, ya estaba siendo aclamado como Luis XVII por todas las naciones de Europa y por los franceses que se mantenían fieles a la monarquía.

Un reinado marcado por la fidelidad en medio de la tragedia

«Vive le Roi ! Vive Louis XVII !», era el grito que resonaba en las tropas católicas de la Vendée y en el ejército del duque de Condé. Sin embargo, a semejanza del Rey del Universo, que nació en una gélida gruta perseguido por los jefes del mundo, el pequeño Luis XVII vivió los primeros días de su reinado en una prisión, cargando sobre sí el pesado yugo del odio y de la indignación revolucionaria.

Sabían los fautores de la Revolución que por este niño pasaba la hebra dorada de la realeza de Francia, cuya monarquía casi legendaria había impregnado con su perfume los siglos de la cristiandad. Y sabían, por tanto, que la historia del pequeño monarca definiría el futuro de Europa y de la civilización cristiana.

Ante su deseo de derrumbar cualquier tradición sana, llevar a la ruina el orden establecido por la Santa Iglesia en las costumbres e implantar el caos y la igualdad en las almas y en los pueblos, planearon maquiavélicamente la misteriosa desaparición de ese joven rey. Para tal, comenzaron por separarlo de la única que podría ampararlo, sustentarlo y aconsejarlo en aquellas dramáticas circunstancias: su madre.

Durante la tragedia más sublime de la Historia de los hombres, la Pasión del Señor, se dio una escena lacerante y desgarradora: el encuentro de Jesús con su Madre y la solemne despedida de ambos en el Calvario. Después de entregarla al apóstol Juan, el divino Redentor expiró, separándose físicamente de aquella que, entre todas las criaturas, era la más amada de su Sagrado Corazón.

¿Quién puede hacerse una idea de los dolores que esa separación causó en el Inmaculado Corazón de María? ¡Nadie! Porque no ha habido una madre que amara tanto a su hijo como la Virgen Santísima amó al suyo, ¡que era Dios mismo!

Siglos después hubo una madre que —guardando las debidas proporciones— sufrió en la cárcel de la torre del Temple análogos dolores a los de Nuestra Señora al ver cómo le arrancaban de los brazos a su amado hijito, el delfín de Francia.

Llantos, amenazas, gritos y lamentaciones… Nada conmovió los corazones endurecidos de aquellos revolucionarios. Al ver que todos sus esfuerzos caían en el vacío, María Antonieta, cuya rubia cabellera se había vuelto blanca por los horribles sufrimientos de la prisión, comprendió, finalmente, que aquel tormento era permitido por Dios por razones que ella no lograba entender. Recordando el martirio supremo que Él mismo había abrazado por amor a los hombres, se armó del valor que había animado a la Santísima Virgen a estar de pie ante su Hijo agonizante y, con santo heroísmo, le dijo al pequeño: «Pues sí, hijo mío, hay que obedecer; hay que hacerlo».1 Con su corazón materno traspasado de dolor, soltó la mano del niño, el cual acabó aceptando que su elevada condición de rey le exigía, en ese momento, un cruel padecimiento.

Era necesario, de hecho, que un inocente sufriera por el pecado de su pueblo. Así, arrancado lejos del cariño y de los cuidados maternos, Luis XVII inició su doloroso calvario.

Cruel y lento martirio de Luis XVII, padecido con santidad

Llevado a otro compartimento de la torre del Temple, el delfín fue entregado en las manos de Simón, el zapatero, un «fiel patriota», dado a la borrachera y a las más depravadas costumbres. Este individuo sería el «educador» de Luis XVII, que tan sólo tenía 8 años.

Aprovechándose de su pueril ingenuidad, el zapatero le enseñaba canciones revolucionarias y lo embriagaba en numerosas ocasiones para que pronunciara injurias a la corona y firmara documentos que favorecía al nuevo «Gobierno» francés.2

Es difícil describir en pocas líneas la condición lastimosa en que los malos tratos de Simón habían dejado al pequeño rey… Su salud quedó profundamente afectada; su fisonomía, antes dulce y sonriente, se vio marcada por la tristeza, y su semblante, enflaquecido y pálido; sus miembros alargados y desproporcionados, su espalda, curvada, y su postura, abatida.3

No obstante, la personalidad del joven Luis se mantenía firme. En los momentos de lucidez, se oponía enérgicamente a cualquier sugerencia de Simón y por eso era castigado con injurias furibundas, bofetadas, patadas e incluso agresiones bastante violentas, como la de ser agarrado y sacudido en el aire hasta dejarle todo el cuerpo descoyuntado.4

La cólera del impío zapatero estaba tan descontrolada que un día, al constatar que no conseguiría de ninguna forma obligar al niño a decir un «¡Viva la República!», lo tuvo que sujetar un conocido, que allí estaba presente, para que no acabara matándolo a base de golpes…

Delante de tanto horror, empero, el delfín daba constantes muestras de virtud y paciencia. Un ejemplo conmovedor se dio a propósito del hecho recién narrado. Cuenta la Historia que, «al día siguiente, cuando ese mismo conocido regresó a los aposentos de Simón fue sorprendido por parte de Luis XVII con el obsequio de una manzana, quien le dijo que había guardado el postre de la víspera para dársela de regalo en agradecimiento por haberle salvado la vida».5 De hecho, a pesar de estar exhausto por las torturas y por la prisión, el joven rey jamás perdió su nobleza de alma y de sangre; al contrario, el sufrimiento no hizo más que refinar en su corazón esas cualidades.

En muchas otras circunstancias Luis XVII brilló ante Dios por sus piadosas disposiciones. Una vez, Simón lo pilló rezando de madrugada arrodillado sobre su catre; al día siguiente, al ver al pequeño orando de nuevo, el bruto zapatero le sorprendió por la espalda con una palangana de agua helada que lo dejó completamente empapado, así como su cama. En otra ocasión, dio muestras de profundo desapego de sí mismo cuando, al ser interrogado sobre qué haría si los vandeanos restauraran el trono de Francia, respondió: «Te perdonaría».6 La prueba más grande de su virtud, sin embargo, se encuentra sin duda en que «nunca formuló la mínima censura, ni la más leve acusación contra quienes lo habían torturado».7

Este joven rey fue un auténtico mártir de cuerpo y, ante todo, de alma. Su fidelidad a Dios y a Francia, en medio de tantos tormentos, marcó la Historia para siempre.

Nuevas y más lancinantes pruebas…

Como la Revolución siempre engaña a sus agentes, un cambio de poderes llevó al propio Simón a la guillotina. Entonces al pequeño delfín, casi destrozado por tantos malos tratos y con la salud enteramente depauperada, lo echaron en otra prisión y lo dejaron allí olvidado como enterrado vivo. Durante seis largos meses estuvo únicamente bajo la vigilancia de unos guardias. Ya había combatido, con el mismo heroísmo de sus antepasados, la influencia pecaminosa y satánica de Simón; ahora, tendría que enfrentar adversarios aún más crueles: el abandono, la soledad y el miedo.

Empezaba un nuevo «martirio incesante, de corazón y de espíritu, profundo y lancinante, totalmente inefable, conmovedor para todos, pero que sólo Dios pudo conocer. Aparentemente, al menos, no podía haber dejado de sentirse abandonado por los ángeles y por los suyos y entregado, indefenso, al odio, a la crueldad bárbara y a la grosería injuriosa de sus enemigos que no buscaban otra cosa que destruirlo a él y, en él, Francia, de la cual era su encarnación».8

¿Quién puede desvelar las enormes luchas interiores que esta joven alma libró en su soledad? El tiempo que pasó en prisión le parecía una eternidad… Los fantasmas del pavor atormentaban su tierno corazón y la angustia se apoderaba de su ser, antes tan lleno de fuerza y de coraje. Su cortísima vida se asemejaba a la peor de las pesadillas: alejado del respeto, las pompas y los honores a los que tenía derecho, sin la mínima ocupación que lo pudiera distraer, sin una palabra siquiera que lo animara y, sobre todo, sin nadie que lo amparara en aquella dura situación. Sus días transcurrían como años; y los meses, como décadas…

No obstante, mientras la Revolución esparcía el terror por Francia, la sangre de este rey, víctima de su propio pueblo, era presentada a Dios cual ofrenda de suave e irresistible olor.

Oprobio de la nación, cargó hasta la muerte con los pecados de su pueblo

Los meses pasaban y la dirección del Gobierno tomó, nuevamente, otros rumbos. Los responsables por el delfín —ahora menos radicales y odiosos—, al ver su espantoso estado, iniciaron los procedimientos para su recuperación. Pero la salud del niño estaba tan debilitada que los esfuerzos de los médicos fueron inútiles, que sólo sirvieron para prolongar su agonía…

Hay una lacerante frase de las Escrituras que se aplica al divino Llagado: «Soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 7). Aquel joven rey de Francia, a semejanza de Cristo, tenía el cuerpo cubierto de úlceras, irreconocible, y no podía moverse sin dolor. Habiéndose convertido, como Jesús, en el oprobio de su nación, cargaba igualmente sobre sí los pecados de su pueblo. Por amor a los suyos, había de sorber hasta el final el cáliz que le había sido destinado.

En junio de 1795 llegaba, por fin, la postrera hora del pequeño mártir. En su lecho, con intensos dolores por todo el cuerpo, su fisonomía se volvió de repente plácida y serena. Uno de los que lo acompañaban, sujetándole la mano, le decía: «Espero que no estéis sufriendo en este momento…». Y recibió una respuesta llena de unción: «¡Oh, sí! Aún sufro, pero mucho menos: ¡la música es tan bonita!». Sorprendido y lleno de compasión, su acompañante le preguntó de qué parte venía la música, y le contestó: «¡De lo alto! ¡De entre todas las voces, he reconocido la de mi madre!».9

Poco después hubo relevo de carceleros. Cuando el nuevo guardia se acercó y percibió que el niño se encontraba en los últimos momentos de su existencia le preguntó cómo se sentía. El pobre huerfanito, insistiendo en lo que había dicho anteriormente, le respondió: «¿Crees que mi hermana ha podido escuchar la música? ¡Qué bien le habría hecho!».10 Ante tanta inocencia y nobleza de alma, del corazón de los que lo acompañaban brotó un respetuoso silencio.

Pasados unos instantes, con los ojos brillantes y bien abiertos, dando la impresión de estar en un éxtasis, el joven rey se incorporó con mucha dificultad y dijo: «Tengo que decir una cosa…».11 Pero las fuerzas lo dejaron y los hombres no fueron dignos de oír las últimas palabras concebidas por su virginal corazón; quedaron como un secreto precioso que Dios quiso reservarse para sí. Con mucha calma, el niño recostó nuevamente la cabeza y entregó su alma al Sagrado Corazón de Jesús, aquel que, hacía más de cien años, había concedido a los soberanos de Francia el privilegio de su amistad, de su amor y de su predilección. Era el 8 de junio de 1795.

Finalmente, ¡los Cielos lo acogieron!

Ciertamente, el pequeño rey mártir enseguida pudo encontrar el consuelo y el reposo de todos sus tormentos en los brazos de Nuestra Señora. A este hijo de tantos dolores, a este heredero de tantos tesoros, a este guerrero que concentró en sí los más bellos y osados heroísmos de su linaje, María Santísima, Madre de Misericordia, no podría dejar de abrirle, con ternura, las puertas del Paraíso.

Aunque no ha sido beatificado por la Iglesia, Luis XVII es merecedor de toda nuestra admiración, nuestro arrobo y nuestro encanto, pues dejó un sublime ejemplo para los siglos futuros. Al aceptar con heroica grandeza sufrimientos muy por encima de sus fuerzas y soportar en beneficio de la nación los tormentos que ella misma le había infligido, nos enseñó a proceder como otros Cristos cuando los vientos de la tragedia golpean las puertas de nuestra alma. ◊

Autor: Hna. Patricia Victoria Villegas, EP

Revista Heraldos del Evangelio Año XIX. N.º 215. Junio 2021

 

Notas:
1 ESCANDE, OP, Renaud (Dir.). O livro negro da Revolução Francesa. Lisboa: Alêtheia, 2010, p. 134.
2 Cf. Ídem, p. 137.
3 Cf. BEAUCHESNE, Alcide de. Louis XVII, sa vie, son agonie, sa mort. Captivité de la famille royale au Temple. 8.ª ed. Paris: Hachette, 1871, v. II, p. 163.
4 Cf. ESCANDE, op. cit., pp. 137-138.
5 Ídem, p. 138.
6 Ídem, p. 136.
7 Ídem, p. 143.
8 Ídem, p. 141.
9 Cf. BEAUCHESNE, op. cit., pp. 324-325.
10 Cf. Ídem, p. 325. Referencia a María Teresa Carlota, Madame Royale, hermana mayor de Luis XVII y, como él, prisionera en uno de los compartimentos de la torre del Temple.
11 Ídem, ibídem.

San José

San José nunca será conocido y venerado por nosotros como es debido si lo consideramos sólo como al pobre carpintero de Galilea, repitiendo así en nuestra época, veintiún siglos después, la triste ceguera de los habitantes de Nazaret.
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noviembre 7, 2021

Hay ciertos hombres a lo largo de la Historia cuya grandeza ultrapasa cualquier leyenda y agota incluso la imaginación más fértil. Hombres que parecen ser objeto de una especial predilección de un Dios complacido en adornar cuidadosamente sus almas con el brillo de las virtudes y de rarísimos dones.

Hombres predestinados desde el nacimiento, cuya vida se desarrolla entre aventuras extraordinarias y asombrosas que favorecen el desempeño de su misión, o bien se levantan como escollos infranqueables, dando motivo a peripecias de confianza y audacia que hacen a sus personas todavía más admirables.

El Antiguo Testamento ofrece a cada paso narraciones de este género. Nos arrebata el poder de Moisés, que con el simple gesto de levantar su bastón dividió las aguas del mar en dos gigantescas murallas líquidas; o la serena autoridad de Josué, que no titubeó en dar órdenes al sol para que detuviera su curso.

Más adelante impresiona la fuerza de Sansón, que cargó en sus hombros las puertas de Gaza, o el celo abrasador del profeta Elías, que hizo cesar la lluvia durante tres años. A todos, la Providencia Divina les concedió el dominio sobre la naturaleza, esa fe que mueve montañas y las hace saltar como cabritos…

Tales prodigios acentuaban el poder justiciero del Creador y, sobre todo, querían educar a una humanidad manchada con el pecado original y sobre la que aún no se habían derramado los beneficios de la Redención.

Una nueva economía de la gracia

Llegada la plenitud de los tiempos, las manifestaciones de la omnipotencia divina, lejos de menguar, alcanzaron un apogeo de profundidad y esplendor. Pero en el Nuevo Testamento la grandeza muchas veces se esconde bajo el velo de una existencia humana común, algo que Dios permite para aumentar nuestros méritos y a crisolar nuestra fe.

El ejemplo paradigmático de esta nueva economía de la gracia lo ofrece un varón cuya vida transcurrió en la humildad y el silencio, pero que mereció oír de los labios del Hombre-Dios el dulce nombre de padre.

Sin duda que Moisés, separando el mar en dos mitades, o Josué, haciendo detenerse el sol, dejaron una huella imborrable en las futuras generaciones.

Pero, ¿qué es haber sujetado los elementos de la naturaleza, seres inanimados, comparado al honor supremo de ser obedecido por Aquel de quien canta el salmista: “Más que los bramidos de las aguas tumultuosas, más que los furores del mar, es magnífico el Señor en las alturas” (Sal 93, 4), y al que más tarde vio Malaquías cuando dijo: “Para vosotros, los que teméis mi Nombre, se alzará un sol de justicia que traerá en sus alas la salud” (Mal3, 20)?

¿Qué significa haber cargado las puertas de Gaza en comparación a la gloria de estrechar en los brazos al que dijo de sí mismo: “Yo soy la puerta de las ovejas” (Jn 10, 7)? ¿Cabe alguna comparación entre el profeta que detuvo la lluvia y el patriarca cuyas oraciones hicieron “que las nubes derramen la justicia” (cf. Is 45, 8)?

Una de las vocaciones más altas de la Historia

San José, el hombre justo por excelencia, glorioso esposo de María y padre legal del Hijo de Dios, es seguramente uno de los santos más venerados por la piedad popular; y, sin embargo, las referencias casi exclusivas que se hacen de él son “el carpintero de Nazaret” o “el patrono de los trabajadores”, títulos muy legítimos, por supuesto, pero también muy lejanos a expresar la santidad culminante que Dios quiso concederle.

San José no será nunca debidamente conocido y venerado si nosotros, repitiendo en nuestra época la triste ceguera de los habitantes de Nazaret, lo consideramos solamente como el pobre carpintero de Galilea.

Para no ser culpables de un error que bien cabría denominar “calumnia hagiográfica”, procuremos analizar la verdad sobre este varón destinado a una de las vocaciones más altas de Historia.

Dios siempre elige lo más hermoso

Dios Todopoderoso –para el que “nada es imposible” (Lc 1, 37) y que todo lo gobierna con sabiduría infinita– posee lo que pudiéramos llamar “su única limitante”: al crear no puede hacer nada que no sea bello y perfecto, o que no se destine a su gloria.

Cuando determinó la Encarnación del Verbo desde la eternidad, el Padre quiso que la llegada de su Hijo al mundo estuviera revestida con la suprema pulcritud que conviene a Dios, no obstante los aspectos de pobreza y humildad a través de los cuales habría de mostrarse.

Dispuso que naciera de una Virgen, concebida a su vez sin pecado original y reuniendo en sí misma las alegrías de la maternidad y la flor de la virginidad. Pero, para completar el cuadro, se imponía la presencia de alguien capaz de proyectar en la tierra la “sombra del Padre”.

Fue la misión que Dios destinó a san José, el que bien merece las palabras dichas por la Escritura sobre su ancestro David: “El Señor se ha buscado un hombre según su corazón” (1 Sam13, 14).

Varón justo por excelencia

Tomando en cuenta el axioma latino nemo summus fit repente (“nada grande se hacede repente”) y aquella certera frase de Napoleón, “la educación de un niño empieza cien años antes de nacer”, es probable que en vista de su misión y de su rol como educador del Niño Dios, José haya sido santificado en el claustro materno al igual que san Juan Bautista en el vientre de santa Isabel; una tesis defendida por muchos autores y que puede sintetizarse en las palabras de san Bernardino de Siena:

“Siempre que la gracia divina elige a alguien para un favor especial o para algún estado elevado, le concede todos los dones necesarios para su misión; dones que lo adornan abundantemente”.

El Evangelio traza la alabanza de José en una sola y breve frase: era justo. Talelogio, a primera vista de un laconismo desconcertante, no es nada mediocre. El adjetivo “justo”, en lenguaje bíblico, designa la reunión de todas las virtudes. El Antiguo Testamento llama justo al mismo que la Iglesia concede el título de santo: justicia y santidad expresan la misma realidad.

El mismo silencio de las Escrituras a su respecto revela una faceta primordial de su perfección: la contemplación. San José es el modelo del alma contemplativa, más ansiosa de pensar que de actuar, aunque su oficio de carpintero le hiciera consagrar bastante tiempo al trabajo. Vemos realizada en él la enseñanza de santo Tomás: la contemplación es superior a la acción, pero más perfecta es la unión de una y otra en una misma persona.

Al serrar la madera, fabricar un mueble o un arado, José conservaba siempre su espíritu orientado al aspecto más sublime de las cosas, considerándolo todo bajo el prisma de Dios. Sus gestos reflejaban la seriedad y la altísima intención con que siempre actuaba, y esto contribuía a la excelencia de los trabajos ejecutados.

Su humilde condición de trabajador manual no le quitaba su nobleza, antes bien, reunía admirablemente ambas clases sociales.

Como legítimo heredero del trono de David, mostraba en su porte y semblante la distinción y donaire propios de un príncipe, pero a ellos añadía una alegre sencillez de carácter. Más que la nobleza de la sangre, le importaba aquella otra que se alcanza con el brillo de la virtud; y esta última la poseía ampliamente.

Sin embargo, la Providencia lo destinaba al honor más alto que pueda recibir una criatura concebida en pecado original, colocándole en desproporción con el resto de los hombres. San Gregorio Nacianceno dice: “El Señor conjugó en José, como en un sol, todo cuanto los demás santos reunidos tienen de luz y esplendor”.

Todas las glorias se acumulaban en este varón incomparable, cuya existencia terrena avanzó en una sublimidad ignorada por sus conocidos y compatriotas, en silencio y oscuridad casi totales.

Admirable consonancia entre dos almas vírgenes

Todo indica que para entonces los padres de María habían fallecido y ella vivía bajo la tutela de algún pariente. Sin consultarla opinión de la joven, su tutor simplemente le comunicó que había aceptado la petición de un pretendiente para convertirse en su marido.

Se sabe que María había consagrado su virginidad al Señor desde la infancia. No obstante, acostumbrada a obedecer, se inclinó ante la decisión de sus parientes tomándola como manifiesta voluntad de la Providencia.

Si algún recelo guardaba todavía, debió disiparse al saber que el elegido era José, el noble descendiente de la estirpe de David, en cuya alma había visto, con su aguzado don de discernimiento, las altísimas cualidades puestas por Dios.

María necesitaba dar a conocer a su novio el voto de virginidad antes de las nupcias; en caso contrario el enlace sería nulo.

Lo hizo de forma seria y decidida, hablando con toda la sinceridad de su inocente corazón. José pensó estar oyendo una voz del Cielo y reconoció, emocionado, la mano de la Providencia atendiendo sus plegarias. Es imposible hacerse una idea del grado de concordia entre estas dos almas cuando se revelaron mutuamente sus más íntimos misterios.

Desde aquel instante José se transformó en modelo perfecto del devoto de María Santísima. Cabe pensar que desde ese primer encuentro, la gracia lo tocó de manera especial y lo hizo consagrarse como esclavo de amor a quien, más que esposa, ya consideraba señora y reina.

Proporcional con Jesús y María

Matrimonio San Jose y Virgen María

En el Antiguo Testamento la virginidad no gozaba del prestigio que llegó a disfrutar en la era cristiana; muy al contrario, el que no formaba familia o estaba impedido de tener hijos era considerado un maldito de Dios.

“La espera del Mesías dominaba los espíritus a tal grado, que despreciar el matrimonio equivalía a una deshonrosa negativa de cooperar en la venida de Aquel que debía restaurar el reino de Israel” 1.

De acuerdo a la opinión generalizada, José, llevado por una especial moción del Espíritu Santo, tomó la decisión de permanecer virgen toda la vida, pero, evitando individualizarse al contrariar las costumbres de su tiempo, se resignó a tomar esposa convencido de que el mismo Señor que había inspirado el buen propósito, lo ayudaría a llevarlo a cabo.

Así fue como, cediendo a las exigencias sociales, decidió pedir la mano de María, a la cual probablemente conocía dado que ambos pertenecían a la misma tribu y habitaban en la misma aldea.

El contrato matrimonial debía pactarse entre ambas familias. Un punto al que se solía dar una escrupulosa importancia, sobre todo entre personas de noble linaje, era la igualdad de condiciones. Tanto María como José eran de la tribu de Judá y descendientes de David.

Sin embargo, sobre ese matrimonio, más que cualquier requisito social, se cernía un designio divino. Para el cumplimiento de la voluntad del Altísimo, el esposo debía guardar proporción con la esposa, el padre con el hijo, a fin de sustentar con toda dignidad el honor de ser padre adoptivo de Dios.

Y hubo un solo hombre creado y preparado para tal misión, con toda la altura para ejercerla: san José. Él era proporcional a Jesucristo y a María Santísima.

Para hacernos una idea exacta sobre la magnitud de su personalidad, debemos imaginarlo como una versión masculina de la Virgen María, el hombre dotado con la sabiduría, fortaleza y pureza necesarias para gobernar a las dos criaturas más excelsas que hayan salido de manos de Dios: la Humanidad santísima de Nuestro Señor y la Reina de ángeles y hombres.

En Israel los desposorios equivalían jurídicamente al matrimonio moderno. A partir de dicha ceremonia –en la que el novio colocaba un anillo de oro en el dedo de su prometida diciendo: “Este es el anillo por el cual tú te unes a mí delante de Dios, según el rito de Moisés”– ambos pasaban a tener posesión mutua e irrevocable uno de otro, y a partir de entonces se consideraban esposos.

No obstante, la cohabitación se retrasaba por un año, generalmente, para que la esposa tuviera tiempo de completar el ajuar y el marido de preparar la casa.

María y José, fieles cumplidores de la Ley, se atuvieron a todas estas formalidades. Pero un secreto divino cubría su caso concreto, secreto que ninguno de los testigos del acto –parientes y amigos– llegó a sospechar. Ahí estaban dos almas vírgenes que se prometían fidelidad mutua, fidelidad consistente en que ambos guardarían la virginidad” 2.

El héroe de la fe

El desconcierto de José no consistía, como pensaron algunos Padres antiguos, en dudar de la fidelidad de su esposa. Esta conjetura golpea nuestra piedad, puesto que desmerece la perfección eminente alcanzada por el santo Patriarca y, además, Dios no permitiría que el honor virginal de María fuera herida por una sospecha en el espíritu de José. El texto del Auctor imperfecti expresacon hermosas palabras su postura frente al hecho:

“¡Oh inestimable alabanza de María! San José creía más en la castidad de su esposa que en lo que veían sus ojos; más en la gracia que en la naturaleza. Veía claramente que su esposa era madre y no podía creer que fuese adúltera; creyó que era más posible a una mujer concebir sin varón que María pudiera pecar” 3.

Su angustia se hacía más lacerante ante el resplandor de virtud en el rostro angelical de María. Por un lado, la evidencia le saltaba a los ojos y, por otro, consideraba impensable que esa criatura tan inocente hubiera cometido un pecado.

Si la concepción de María era obra sobrenatural, ¿qué hacía él ahí? ¿No estaría ofendiendo a Dios al entrometerse en un misterio que le resultaba incomprensible y absolutamente divino? ¿No sería un intruso que obstaculizaba los planes de Dios?

José no juzgó. Suspendió el juicio de la carne ante los inescrutables designios divinos. Sometió la razón humana a la fe inalterable y buscó una salida. Desde un comienzo descartó la idea de denunciarla, como lo exigía el Deuteronomio, tras lo cual la mujer debía sufrir la pena de lapidación. Una posibilidad que lo estremecía, convencido como estaba de la inocencia de María.

Existía también la opción del repudio: la Ley de Moisés permitía que el hombre expulsara a su mujer dándole el libelo de divorcio. Pero esta posibilidad le repelía, pues atentaría contra la reputación de la Virgen Santa.

En una pequeña aldea donde todos se conocían, una actitud como ésa daría cabida a sospechassobre la conducta de María: ¿por qué motivo el marido la alejaba de repente? En el futuro, la Virgen llevaría siempre la marca de una mujer repudiada.

La solución encontrada por José no se hallaba en los libros de la Ley, pero salió de su corazón: Resolvió abandonarla en secreto” (Mt 1, 19). Actuando así salvaguardaba la fama de su esposa, que sería vista como una pobre joven abandonada por la crueldad de un hombre sin palabra. Toda la culpare caería sobre él.

En este paso de su vida, José reveló el brillo rutilante de su noble alma, su sabiduría y su humildad llevadas al grado heroico. Le podríamos dedicar las palabras de un autor francés:

“El héroe es un gran corazón que se ignora, un alma grande que se olvida de sí misma. […] Todas las miserias de nuestra pobre naturaleza humana se concentran sobre ese egoísmo que convierte a cada uno encentro del universo. El héroe ha roto este círculo estrecho en donde todas las naturalezas, hasta las más dotadas, vegetan o languidecen. El “yo” que en algunos reina, en él permanece como esclavo la vida entera” 4.

Se olvidó por completo de sí mismo, prefiriendo desacreditarse ante la opinión pública antes que ver manchado el nombre de María.

Además, renunciaba a su propia felicidad: iba a dejar a María, el tesoro más grande dela tierra. Aquello era un sufrimiento inmenso, porque la vida con María representaba para él un verdadero Paraíso.

Había aprendido con ella lecciones excelsas de sabiduría y bondad en los gestos más simples; al contemplarla se sentía más cerca de Dios. ¡Ahora estaba obligado a sacrificar lo que más apreciaba en la vida! Sus días pasarían lejos, venerando un misterio que no había podidoentender.

José maduró su decisión durante algunos días, decidido a llevarla acabo. Una brumosa noche sin luna encontró la ocasión favorable; preparó sus pobres pertenencias y se recostó para reunir fuerzas antes de la partida. Poco a poco, por una acción angelical, su corazón afligido se apaciguó, y se durmió profundamente.

Tal como sucedió con Abraham, el Señor había esperado el último momento para detener el golpe fatal. A mitad de la noche se apareció un ángel en sueños, anunciándole:

“José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de todos sus pecados” (Mt 1, 20-21).

“Los que siembran entre lágrimas, cosecharán con alegría” (Sal 125, 5)

Es imposible medir el regocijo de José al despertar. A poco de amanecer corrió al encuentro de su esposa.

¡Qué lleno se sentía de veneración y ternura, sentimientos que culminaban el ardoroso deseo de servirla! Ciertamente no dijo nada a María, pero la alegre expresión de su semblante era más elocuente que las palabras. De rodillas adoró a Dios en el seno virginal de su Madre, primer tabernáculo en el que se había dignado habitar sobre la tierra.

Un Dios que era también su hijo. La frase del ángel era clara en manifestar la autoridad que sela había otorgado sobre el fruto de su esposa: “un hijo a quien pondrás el nombre de Jesús”.

Una criatura dando consejos al Creador...

¿Cuántas veces tuvo en brazos san José al Divino Infante? El día entero viviendo con el Niño Jesús, observándolo rezar, hablar, hacer todos los actos de su vida común… En esa contemplación continua, para la que tenía un alma maravillosamente apta, recibía gracias extraordinarias y se dejaba moldear.

A veces, el Niño se detenía frente a él para decirle: “Te pido un consejo: ¿cómo debo hacer tal cosa?” San José se conmovía, considerando que quien estaba pidiéndole un consejo ¡era el propio Hijo de Dios!

Era el hombre al que la Providencia había dado los labios suficientemente puros y una humildad lo bastante grande para algo tanformidable como responder a Dios. ¡La criatura plasmada por las manos del Creador le daba consejos!

Era el predestinado a ejercer una verdadera autoridad sobre la Santísima Virgen y el Niño Jesús, el privilegiado que alcanzó una altísima intimidad con Jesús y María, el bienaventurado a quien se otorgó la gracia de expirar entre los brazos de Dios, su Hijo, y de la Madre de Dios, su Esposa.

Notas:

1) Michel Gasnier, José el silencioso, Quadrante, S. Paulo, 1995, p. 42.
2) Id., op. cit., p. 49.
3) Federico Suárez, José, el esposo de María, Ed. Prumo, Lisboa, 1986, p. 45.
4) Guy de Robien, L’idéal français dans un cœur breton, Plon, 1917.

Espiritualidad

La sabiduría de la Iglesia propone a los fieles el 1 de noviembre el recuerdo de todos "los elegidos que se encuentran en la gloria de Dios", hayan sido ellos canonizados oficialmente o no
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noviembre 14, 2021

La Iglesia reserva el día primero de noviembre para cada año celebrar la solemnidad litúrgica de Todos los Santos.

En esta ocasión la sabiduría de la Iglesia propone a los fieles el recuerdo de todos «los elegidos que se encuentran en la gloria de Dios», hayan sido ellos canonizados oficialmente o no.

Todos los Santos

Ya en el siglo IV, las Iglesias de Oriente iniciaron la promoción de celebraciones conjuntas que recordaban y conmemoraban a todos los Santos. Era recomendado que estas celebraciones debiesen ser durante las alegrías de la Pascua o en la semana que la siguiese.

En el Occidente la introducción de estas celebraciones fueron hechas un poco más tarde.

Esta devoción fue introducida por el Papa Bonifacio IV al dedicar a la Santísima Virgen y a todos los mártires el Panteón de Roma, en el día 13 de mayo del año 610, cuando, a partir de entonces, la conmemoración fuese realizada anualmente.

Entonces, por todo el mundo, la solemnidad pasó a ser conmemorada, en fechas diferentes, pero teniendo todas las celebraciones un contenido idéntico.

La fecha de 1º de noviembre fue adoptada por primera vez en Inglaterra, en siglo VIII y, a los pocos, se esparció por el imperio de Carlos Magno que se tornó obligatoria en el reino de los Francos en el tiempo del Rey Luis, el Piadoso, en el año 835.

Todo lleva a creer que el acto del Emperador Carlos Magno haya sido el acatamiento de un pedido a el hecho por el Papa Gregorio IV (790-844).

Todos los santos

Celebración de los Fieles difuntos

Desde el segundo siglo, los cristianos habían iniciado la práctica de rezar por los fallecidos.

Era muy común visitar las tumbas de los mártires y rezar por aquellos que los precedieron derramando su sangre en defensa de la Fe.

La Iglesia, ya en el siglo V, dedicaba un día del año a rezar por todos los muertos para los cuales nadie rezaba y de los cuáles nadie se acordaba.

Fue el Abad de Cluny, San Odilón, quién determinó hacia el final del primer milenio, en el año 998 que, en todos los monasterios de su Orden, en la fecha del 2 de noviembre, fuese realizada la evocación de todos los fallecidos «desde el principio hasta el fin del mundo».

Por el siglo XI los Papas Silvestre II (1009), Juan XVII (1009) y León IX (1015) recomiendan a toda la comunidad cristiana a dedicar un día a los muertos.

En el siglo XIII ese día anual pasa a ser conmemorado el 2 de noviembre, porque el 1º de noviembre es la Fiesta de Todos los Santos.

La costumbre de conmemorar los fieles difuntos se generalizó y fue oficializada por Roma en el siglo XIV.

En el siglo XV la Iglesia concedió a los frailes dominicos de Valencia, en España, el privilegio de celebrar tres Misas en este día. Esta práctica se difundió por los dominios de España y Portugal y también en Polonia.

Más recientemente, todavía durante la I Guerra Mundial, el Papa Benedicto XV, en el año 1915, generalizó ese privilegio para toda la Iglesia.

Doctrina Católica

La doctrina católica evoca algunos pasajes bíblicos para fundamentar su posición: Tobías 12,12; Job 1,18-20; Mt 12,32 y II Macabeos 12,43-46, y se apoya en la tradición de una práctica piadosa ya dos veces milenaria.

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