Espiritualidad

¿Cómo rezar por los difuntos?

El 2 de noviembre la Iglesia conmemorará a los Fieles Difuntos, siendo una oportunidad para orar de modo especial por aquellos que nos han precedido en el camino hacia el cielo.
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noviembre 14, 2021

 El  2 de noviembre la Iglesia conmemorará a los Fieles Difuntos, siendo una oportunidad para orar de modo especial por aquellos que nos han precedido en el camino hacia el cielo y en el encuentro en la Casa del Padre. Una manera de interceder por ellos es a través de la sana oración por las benditas Almas del Purgatorio.

Pero ¿Qué dice la Iglesia al respecto?

El Catecismo de la Iglesia Católica en el capítulo tercero de la Primera Parte, referido a La Profesión de la Fe, habla de la purificación final o Purgatorio que los difuntos han de pasar antes de llegar al cielo.

«Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo», dice el Catecismo.

También recuerda que la Iglesia ha dado por nombre «Purgatorio» a aquella purificación final que han de pasar los hijos de Dios fallecidos que sí están en amistad con Dios, que es muy diferente al Infierno al que llegan los condenados quienes mueren en enemistad con Dios.

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3)», dice la doctrina de la fe relativa al Purgatorio, según los Concilios de Florencia y de Trento.

Asimismo, el Catecismo se refiere a la sana práctica de la oración por los fieles difuntos, recordando que desde los primeros tiempos la Iglesia ha honrado su memoria y ofrecido sufragios en su favor, de modo especial, el santo sacrificio de la Eucaristía, «para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios».

No en vano una de las Obras de Misericordia,  es la de orar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Además de esto, la Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y obras de penitencia en favor de los fallecidos.

La visión mística de Santa Gertrudis

También, de acuerdo con una tradición, en una visión mística que tuvo Santa Gertrudis la Grande -religiosa benedictina propagadora de la devoción al Sagrado Corazón-, Nuestro Señor Jesucristo se le presentó entregándole una oración y señalándole que quien la rece podrá librar mil almas del Purgatorio.

Esta es la oración:

Padre eterno, yo te ofrezco la preciosísima sangre de tu Divino Hijo Jesús, en unión con las Misas celebradas hoy día a través del mundo por todas las benditas ánimas del purgatorio por todos los pecadores del mundo. Por los pecadores en la iglesia universal, por aquellos en propia casa y dentro de mi familia. Amén.

Autor : Gaudium Press

Comentarios

María Santísima

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septiembre 9, 2021

  Las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, son consideradas como las más proféticas apariciones de los últimos tiempos.

  En Fátima, la Santísima Virgen no se dirigió solamente a la generación de comienzos del siglo XX, sino, sobre todo, a las que vinieron después.

  Y a medida que las décadas fueron pasando y el segundo milenio fue agonizando entre aprensiones y tragedias, las palabras proféticas de la Madre de Dios se tornan más reales.

  Ya en la época de las apariciones de Fátima, en los primeros años del siglo XX, los acontecimientos mundiales hacían entrever lo que sería la triste historia contemporánea. Por un lado, un progreso material casi ilimitado, parejo a una decadencia en las costumbres como nunca se vio antes.

  Por otro lado, guerras y convulsiones sociales de proporciones terribles. La Primera Guerra Mundial fue un ejemplo de esa realidad, ampliamente superada por la Segunda Guerra Mundial y por todo cuanto la siguió.

  A todos esos males, como Madre solícita y afectuosa, María Santísima quiso poner remedio, evitándoselos a sus hijos. Por eso descendió del Cielo a fin de alertar a la humanidad de los riesgos que corría si continuase en las vías tortuosas del pecado. Vino, al mismo tiempo, a indicar los medios de salvación: el rezo del Rosario, la práctica de los Cinco Primeros Sábados, la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Antes del 13 de Octubre.

Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más.

“Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día

Aunque breve, la aparición de la Virgen dejó a los pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.

Sexta y última aparición: 13 de octubre de 1917

  Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal.

  Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió:

“Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

– Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas.

– Quería pedirle muchas cosas. Si curaba unos enfermos y convertía unos pecadores…

– A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados.

  Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

  Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol”.

  Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: “¡Miren el sol!”. Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata.

  A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a “bailar”. Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones.

Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zig-zag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada.

  Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zig-zag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días.

  El ciclo de las visiones de Fátima había terminado. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: “¡El milagro, los niños tenían razón!”. Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas.

  El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones.

  Casi se podría decir que, cuanto más importante es el acontecimiento previsto, tanto mayor la grandeza de las señales que lo preceden, la autoridad de los profetas que lo anuncian, y el tiempo de espera.

  Es fácil, a la luz de esta regla, evaluar la importancia de las previsiones de Fátima, pues quien nos las anuncia no es un ángel, ni un gran santo, sino la propia Madre de Dios.

Lacrimación de una Imagen Peregrina de los Caballeros de la Virgen en Centroamérica.

Oraciones

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septiembre 9, 2021

¡Oh Virgen Santísima!, como una madre que visita a sus hijos, habéis bajado del cielo para visitarnos y decirnos lo que hemos de hacer para salvar nuestras almas; quiero aprovecharme de vuestras enseñanzas, a fin de ir un día a Vos y gozar para siempre con Vos de las delicias de la gloria. Amén.

1. La primera lección que nos dais es que recemos cada día el santo Rosario. Ya que vos lo deseáis, así lo haré con toda la familia, reunida en vuestro nombre, sin que la negligencia ni las ocupaciones me retraigan de hacerlo. Avemaría.

2. La segunda lección que de Vos recibimos es la devoción a vuestro Inmaculado Corazón, a vuestro corazón de Virgen, de Madre, de Reina y de Abogada. Así lo haré desde hoy, y digo y diré siempre con toda confianza: Dulce Corazón de María, sed la salvación mía. Avemaría.

3. La tercera lección que de Vos hemos aprendido es, sobre todo evitar el pecado, porque ya demasiado ofendido está el Señor, huir del pecado, que es la ruina de nuestra alma y el que nos conduce a nuestra eterna perdición. A vuestros pies lo digo, Madre mía: Antes morir que cometer un pecado mortal.

Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: guardadme.
Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: salvadme.
Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: llevadme con Vos al cielo, donde en vuestra compañía pueda ver y poseer a Dios.

Así sea.

Oraciones

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús...
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septiembre 12, 2021

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús, y elevado a la condición de Patriarca de la Santa Iglesia.

Vos que sufriseis tremendas perplejidades, me veis en los mismos caminos que transitasteis, pues también estoy en esta Tierra para ser probado. ¿Por cuántas perplejidades y aflicciones deberé pasar?

Por los méritos de la perfección con la cual enfrentasteis todas las perplejidades, y en especial la pérdida del Niño Jesús durante tres días, yo os pido: en mis aflicciones dadme la paz, la serenidad, la tranquilidad y la confianza en Dios que vos tuvisteis en esos momentos. Amén.

Autor: Mons. Joao S. Clá Dias

Fundador de los Caballeros de la Virgen

Espiritualidad

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos reyes magos de Oriente se presentaron en Jerusalén.
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septiembre 12, 2021

Evangelio del día de Reyes Magos.

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ‘¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él. […]

«Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino» (Mt 2, 1-3.9-12).

Según el Evangelio que acabáis de escuchar, queridísimos hermanos, el nacimiento del Rey del Cielo ha perturbado a un rey de la tierra, porque la grandeza terrenal se siente confundida cuando es revelada la majestad celestial. […] Los Reyes Magos, en cambio, guiados por la estrella, encuentran al Rey que acaba de nacer, le entregan sus regalos y son alertados en sueños de que no debían volver a ver a Herodes. […]

Oro, incienso y mirra​

reyes magos

Le ofrecen oro, incienso y mirra. El oro es muy apropiado para un rey; el incienso suele ser presentado en sacrificio a Dios; y la mira se usa para embalsamar los cuerpos de los difuntos.

Así pues, los Reyes Magos proclaman, por sus simbólicos regalos, quién es aquel a quien adoran. He aquí el oro: es un rey; he aquí el incienso: es un Dios; he aquí la mirra: es un mortal.

Hay herejes que creen en la divinidad de Cristo, pero no en su realeza universal; le ofrecen incienso, sin embargo, no quieren ofrecerle oro. Otros reconocen su realeza, aunque niegan su divinidad; le ofrecen oro, no obstante, se niegan a ofrecerle incienso.

Hay otros, en fin, que lo proclaman Dios y rey, pero rechazan que haya asumido carne mortal; le ofrecen oro e incienso, aunque no quieren ofrendarle con la mirra, símbolo de la condición mortal por Él adquirida.

Por nuestro lado, ofrezcámosle oro al Señor, confesando que reina en todas partes; ofrezcámosle incienso, proclamando que, habiendo nacido en el tiempo, es Dios desde antes de todos los tiempos; ofrezcámosle mirra, reconociendo que aquel a quien creemos impasible en su divinidad también ha sido mortal al asumir nuestra carne.

Sabiduría, oración y mortificación.

Con todo, el oro, el incienso y la mirra pueden ser entendidos de otra manera.

El oro simboliza la sabiduría, como atestigua Salomón: «Un tesoro deseable reposa en la boca del sabio» (Prov 21, 20, Septuaginta). El incienso quemado en honor a Dios expresa el poder de la plegaria, según nos dice el salmista: «Suba mi oración como incienso en tu presencia» (Sal 140, 2). En cuanto a la mirra, significa la mortificación de nuestra carne; es lo que declara la Santa Iglesia acerca de los que luchan por Dios hasta la muerte: «Mis manos destilaban mirra» (Cant 5, 5).

Por lo tanto, al Rey recién nacido le ofrecemos oro si a sus ojos resplandecemos del brillo de la sabiduría. Le ofrecemos incienso si, con ardorosa oración, consumimos nuestros pensamientos carnales en el altar de nuestro corazón, permitiendo así que nuestros deseos del Cielo eleven hasta Dios su agradable olor. Le ofrecemos mirra si mortificamos los vicios de la carne con nuestra abstinencia; pues la mirra, como hemos dicho, impide que la carne muerta se pudra.

Someter este cuerpo mortal a las depravaciones de la lujuria equivale a permitir que la carne muerta se corrompa. «Las bestias de carga se pudren en su inmundicia» (Jl 1, 17, Vulgata), afirma el profeta acerca de ciertos hombres, viniendo a significar que quien es carnal termina su vida en la fetidez de la lascivia.

Así pues, le ofrecemos mirra a Dios cuando, por los aromas de nuestra continencia, impedimos que la lujuria pudra este cuerpo mortal.

Por el orgullo, nos alejamos de nuestra patria.

Los Magos nos dan otra lección muy importante al regresar a su país por otro camino. En efecto, lo que hicieron cuando recibieron el aviso nos indica qué es lo que debemos hacer nosotros. Nuestro país es el Paraíso y, una vez que hemos conocido a Jesús, se nos prohíbe volver allí por el mismo camino que vinimos.

Nos alejamos de nuestra patria por el orgullo, por la desobediencia, por la ambición de los bienes terrenales y por la avidez de probar los frutos prohibidos. Para regresar a ella, nos son necesarias las lágrimas, la obediencia, el desprecio de los bienes terrenales y el dominio de los apetitos carnales.

Debemos, por tanto, volver por otro camino. Ya que a causa de los placeres nos alejamos de las alegrías del Paraíso, han de ser las lamentaciones las que nos reconduzcan a él.

Tengamos en vista la venida del Juez.

Es necesario, queridísimos hermanos, que, permaneciendo siempre temerosos y expectantes, tengamos ante los ojos del corazón, por una parte, nuestros pecados y, por otra, el extremo rigor del juicio.

Consideremos que ha de venir el implacable Juez. Nos amenaza con el terrible tribunal mientras permanece oculto. Causa pavor a los pecadores y aún así es paciente: si retrasa su venida, lo hace para que la condenación sea menor. Expiemos por las lágrimas nuestras faltas y, conforme a las palabras del salmista, «entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos» (Sal 94, 2).

No nos dejemos atrapar por los engaños de la voluptuosidad o seducir por las alegrías fútiles. Muy cerca está, de hecho, el Juez que afirmaba: «¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!» (Lc 6, 25). E igualmente decía Salomón: «Mezclada anda la risa con el llanto: el término del gozo es el dolor» (Prov 14, 13). Y también: «Llamé a la risa ‘locura’, y dije de la alegría: ‘¿Qué se consigue?'» (Ecl 2, 2). Y aún: «El sabio piensa en la casa en duelo, el necio piensa en la casa en fiesta» (Ecl 7, 4).

Tengamos gran temor de los preceptos de Dios a fin de que celebremos verdaderamente su solemne fiesta, pues el dolor que inspira el pecado cometido es inmolación grata a Dios, como lo atestigua el salmista: «El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado» (Sal 50, 19).

Nuestras culpas pasadas han sido lavadas por el Bautismo; pero después hemos cometido muchas otras y ya no podemos ser purificados por el agua de ese sacramento. Ya que incluso tras haberlo recibido hemos manchado nuestra vida, bauticémonos ahora con las lágrimas de nuestra conciencia. De esta forma, regresaremos a nuestra patria por otro camino. Si lo deleitable por su atractivo nos apartó de ella, que las amarguras nos lleven de vuelta mediante la penitencia, con el auxilio de nuestro Señor. 

San Gregorio Magno. Fragmentos de las Homilías sobre los Evangelios.

Homilía X, 6/1/591: PL 76, 1110-1114.

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