Destacados, Espiritualidad

Diez enseñanzas de San Pío de Pietrelcina

El Profesor Felipe Aquino hizo una relación de 10 enseñanzas de San Pío de Pietrelcina.
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octubre 22, 2021

El Profesor Felipe Aquino hizo una relación de 10 enseñanzas de San Pío de Pietrelcina y los publicó este 23 de septiembre, día en que la Iglesia conmemora este Santo.

Queda en la duda si son pensamientos que enseñan o si son enseñanzas que nos hacen pensar…

Lo que más importa es que estos pensamientos-enseñanzas descubren un alma a quien Dios dio dones particulares y carismas extraordinarios. Un alma que se empeñó con todas sus fuerzas por la salvación de las almas.

Diez enseñanzas del Santo Padre Pío

1 – No se preocupe con el mañana. Hágalo bien hoy.

2 – Si Jesús nos hace así felices en la Tierra, ¿cómo será en el Cielo?

3 – Si el temor lo deja angustiado, exclame con San Pedro: «¡Señor, sálveme!» Él le extenderá la mano: apriétela con fuerza y camine alegremente».

4 – Busque ser siempre mejor: hoy mejor que ayer, mañana mejor que hoy.

5 – Si el demonio no duerme para perdernos, Nuestra Señora no nos abandona ni un instante siquiera.

6 – Cuando desperdicia el tiempo, usted desprecia el don de Dios, el regalo que Él, infinitamente bueno, abandona a su amor y su generosidad.

7 – Sean como pequeñas abejas espirituales, que llevan para su colmena apenas miel y cera. Que, por medio de su conversación, su casa sea repleta de docilidad, paz, concordia, humildad y piedad.

8 – Haga siempre el bien, así dirán: «Este es un cristiano». Soporte tribulaciones,
enfermedades y dolores por amor a Dios y por la conversión de los pobres pecadores.

9 – Un convertido expresó el recelo de volver a caer. Padre Pío le dijo: «Yo estaré con usted. ¿Usted podría pensar, mi hijo, que yo dejaría recaer un alma que levanté? ¡Vaya en paz y tenga confianza! «

10 – Quien tiene tiempo no espere por el tiempo. No dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy. Las sepulturas transbordan de buenas acciones dejadas para después… Y, además de eso, ¿quién nos dice que viviremos hasta mañana? Escuchemos la voz de nuestra consciencia, la voz del real profeta: «Si oyes la voz del Señor hoy, no queráis cerrar vuestros oídos».

Debemos renacer y acumular solamente las riquezas que nos pertenecen, recordando que solamente el instante que escapa está bajo nuestro dominio. No podemos intercalar tiempo entre un instante y otro, después.

Autor : Gaudium Press

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San José

"El señor buscó un hombre según su corazón". Y este hombre fue San José.
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octubre 20, 2021

Desde toda la eternidad, cuando la Encarnación del Verbo fue determinada por la Santísima Trinidad, Dios Padre quiso que la llegada de su Hijo al mundo fuese revestida con la suprema pulcritud que conviene a un Dios.

El Señor buscó un hombre según su corazón.

A pesar de los aspectos de pobreza y humildad con los cuales habría de mostrarse, Él debería nacer de una Virgen concebida sin pecado original, reuniendo en sí las alegrías de la maternidad y la flor de la virginidad.

Pero era indispensable la presencia de alguien capaz de asumir la figura de padre delante el Verbo de Dios hecho hombre. Para eso, bien podemos aplicar las palabras dichas por la Escritura sobre el Rey David:

«El señor buscó un hombre según su corazón». Y este hombre fue San José.

Grandeza de alma mayor que la de los Antiguos Patriarcas.

Para formarnos una idea de quién fue San José, precisamos considerar que él fue esposo de Nuestra Señora y padre adoptivo del niño Jesús.

El esposo debe ser proporcional a la esposa. Ahora, ¿quién es Nuestra Señora? Ella es, de lejos, la más perfecta de todas las criaturas, la obra-prima del Altísimo.

Si sumamos las virtudes de todos los ángeles, de todos los santos y todos los hombres hasta el fin del mundo, no tendremos siquiera una pálida idea de la sublime perfección de la Madre de Dios.

El hombre escogido para ser el esposo de esa excelsa criatura debía poseer una virtud mayor que la de los antiguos patriarcas.

¡Es la grandeza de alma que debía tener el Esposo de la Madre de Dios!

Imagen de Dios Padre a los ojos del Hijo de Dios

¡Su misión, como padre del Niño Jesús, consistió en ser la imagen de Dios Padre a los ojos del propio Hijo de Dios! En la simplicidad de la vida cotidiana, San José ejercía como jefe de la Sagrada Familia, una verdadera autoridad sobre el Hijo de Dios.

¿Quién respondería a las preguntas de Dios? Esta gracia solo fue concedida a San José, varón humilde y puro.

Imaginemos el Niño Jesús parado delante de él e indagando cómo hacer tal cosa. ¡Y San José, mera criatura, consciente de que es Dios quien pregunta, da el consejo!

Consideremos a San José como modelo de castidad y de fuerza; un varón de santidad inimaginable, en el cual Dios reunió, como en un sol, todo cuanto los demás santos juntos tienen de luz y esplendor.

Todas las glorias se acumularon en este varón incomparable.

¡Id a José!

Hubo, también, en el Antiguo Testamento un personaje llamado José, hijo del Patriarca Jacob que llegó a ser vice-rey de Egipto.

En tiempos de hambre, el Faraón mandaba a los egipcios dirigirse al sabio José para que él distribuyese los alimentos, diciéndoles: ¡»Id a José»!

De la misma manera, podemos oír la voz de Dios que nos dice durante nuestras dificultades: ¡»Id a José»!

Así como José fue vice-rey de Egipto y el más importante del reino después del Faraón, Dios constituyó a San José, vice-rey de la Iglesia, quiere decir, señor y cabeza de su casa, custodio y administrador de todos sus bienes.

¿Quién podrá calcular el poder de intercesión de San José junto a María Santísima y a su Divino Hijo? Su patrocinio y poder de intercesión son superiores a los de todos los demás santos, sin duda alguna.

San José todo puede delante del Divino Redentor.

Ciertamente, Jesús, que le fue sumiso durante su vida terrena, seguirá siéndole obediente por toda la eternidad…

¡Imploremos, pues, siempre, su poderosa intercesión!

Hna. Cíntia Louback, EP

Oraciones

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noviembre 12, 2021

Nosotros te agradecemos ¡Oh Madre del Buen Consejo!, por todas las gracias y favores concedidos en este día de lucha. Perdona nuestras infidelidades, acepta nuestra fatiga como merecida reparación por todas nuestras faltas. Danos un reposo favorecido por tus Santos Ángeles, bajo tu mirada pura y materna, a fin de que al día de mañana nos encontremos siempre dispuestos a luchar cada vez más por Ti y así amarte con fervor siempre creciente.

Así sea.

Plinio Corrêa de Oliveira

Destacados, Oraciones

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noviembre 18, 2021

Oración - Stella Caeli

¡Oh! Estrella del Cielo, que nutriste al Señor y extirpaste la peste de la muerte que el primer hombre implantó.
Que esta Estrella se digne ahora calmar el Cielo, cuya ira hiere al pueblo con la plaga de la muerte.
¡Oh! Piadosísima Estrella del Mar, socórrenos de la peste. Óyenos, Señora, pues Tu hijo te honra nada negándote.
Salva, Jesús, a aquellos por quienes Tu Madre Virgen intercede.

Amén.

Espiritualidad

El Miércoles de Ceniza inician los cuarenta días que anteceden a la Semana Santa, cuando la Iglesia nos habla de la necesidad del ayuno y de la penitencia .
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septiembre 12, 2021

El Miércoles de Ceniza inician los cuarenta días que anteceden a la Semana Santa, cuando la Iglesia nos habla de la necesidad del ayuno y de la penitencia como medios para mejor combatir los vicios, por la mortificación del cuerpo, y propiciar la elevación de la mente a Dios. De forma convincente, la liturgia del Miércoles de Ceniza nos recuerda también nuestra condición de mortales: “Recuerda, hombre, que eres polvo y al polvo has de volver”, dice una de las dos fórmulas usadas por la Iglesia para la imposición de las cenizas.

La consideración del pasaje de esta vida para la eternidad muchas veces nos inquieta. Entretanto, tal pensamiento es altamente benéfico para compenetrarnos de la necesidad de evitar el pecado que, sin el arrepentimiento y el inmerecido perdón, podrá cerrarnos, para siempre, las puertas del Cielo: “Recuerda tu fin, y jamás pecarás” (Eclo 7, 40).

En su segunda carta a los Corintios, San Pablo nos incentiva a vivir en la gracia de Dios: “En nombre de Cristo, os rogamos: ¡reconciliaos con Dios!” (II Cor, 5, 20). Y con toda razón, pues el pecado nos aleja de Dios, tornando necesaria nuestra reconciliación con Él. Solo la Adorable Sangre de Dios tendría mérito infinito para redimir el pecado original y las ofensas cometidas por los hombres, desde Adán y Eva.

La Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, con su Pasión y Muerte en la cruz, fue el medio escogido para restituir a la humanidad caprichosa la plena amistad con Dios. Si Jesús no hubiese asumido sobre sí la deuda contraída por nuestros pecados, imposible sería nuestra reconciliación con Dios y tendríamos para siempre cerradas las puertas del Cielo.

La Cuaresma es también tiempo de oración, cuya esencia, enseña el Catecismo, es la “elevación de la mente a Dios”.

Así, es posible a cualquiera permanecer en oración inclusive durante los actos comunes de la vida, realizándolos con el espíritu dirigido al Cielo. Por tanto, para rezar no es preciso tomar la actitud descarada y orgullosa de los fariseos. Debemos, al contrario, ser discretos en las manifestaciones externas de nuestra piedad particular, evitando gestos o palabras que pongan en realce nuestra propia persona.

Pero si a pesar de eso, nuestra devoción es notada por los otros, no debemos perturbarnos, tranquilicémonos con esta enseñanza de San Agustín: “No hay pecado en ser visto por los hombres, pero sí en proceder con la finalidad de por ellos ser visto”.

La Iglesia nos presenta, por tanto, el espíritu con que se debe vivir la Cuaresma: no hacer buenas obras con vistas a obtener la aprobación de los otros, no ceder al orgullo ni a la vanidad, sino procurar en todo agradar solamente a Dios.

En el ayuno, en la oración o en la práctica de cualquier buena obra, no se puede erigir como fin último el beneficio que de ahí pueda venirnos, pero sí la gloria de Aquel que nos creó. Pues todo cuanto es nuestro -excepción hecha de las imperfecciones, miserias y pecados- pertenece a Dios. Y también nuestros méritos, pues es el propio Jesús quien afirma: ¡“Sin Mí, nada podéis hacer”! (Jn 15, 5).

Así, si tenemos la gracia de practicar un acto bueno, debemos inmediatamente reportarlo al Creador, restituyéndole los méritos, pues estos le pertenecen, y no a nosotros. “Quien se gloria, gloríese en el Señor” (I Cor 1, 31), nos advierte el Apóstol.

Santa Teresa de Jesús así define la humildad: “Dios es la suma verdad, y la humildad consiste en andar en la verdad, pues de gran importancia es no ver cosa buena en sí mismo, pero sí la miseria y la nada”.

Reconozcamos los beneficios que Dios nos da y por ellos rindámosle gracias, no colocándonos jamás como objeto de esa alabanza, juzgando ser nosotros la fuente de cualquier virtud o cualidad.

En esta Cuaresma, busquemos, más aún que la mortificación corporal, aceptar la invitación que el Evangelio sabiamente nos hace, combatiendo el orgullo con todas nuestras fuerzas. Solo estarán a la derecha de Nuestro Señor Jesucristo, en el día del Juicio Final, aquellos que hubieren vencido al orgullo y al egoísmo, reconociendo que “todo don precioso y toda dádiva perfecta viene de lo alto” (St 1, 17).

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