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Espiritualidad

Diez enseñanzas de San Pío de Pietrelcina

El Profesor Felipe Aquino hizo una relación de 10 enseñanzas de San Pío de Pietrelcina.

El Profesor Felipe Aquino hizo una relación de 10 enseñanzas de San Pío de Pietrelcina y los publicó este 23 de septiembre, día en que la Iglesia conmemora este Santo.

Queda en la duda si son pensamientos que enseñan o si son enseñanzas que nos hacen pensar…

Lo que más importa es que estos pensamientos-enseñanzas descubren un alma a quien Dios dio dones particulares y carismas extraordinarios. Un alma que se empeñó con todas sus fuerzas por la salvación de las almas.

Diez enseñanzas del Santo Padre Pío

1 – No se preocupe con el mañana. Hágalo bien hoy.

2 – Si Jesús nos hace así felices en la Tierra, ¿cómo será en el Cielo?

3 – Si el temor lo deja angustiado, exclame con San Pedro: «¡Señor, sálveme!» Él le extenderá la mano: apriétela con fuerza y camine alegremente».

4 – Busque ser siempre mejor: hoy mejor que ayer, mañana mejor que hoy.

5 – Si el demonio no duerme para perdernos, Nuestra Señora no nos abandona ni un instante siquiera.

6 – Cuando desperdicia el tiempo, usted desprecia el don de Dios, el regalo que Él, infinitamente bueno, abandona a su amor y su generosidad.

7 – Sean como pequeñas abejas espirituales, que llevan para su colmena apenas miel y cera. Que, por medio de su conversación, su casa sea repleta de docilidad, paz, concordia, humildad y piedad.

8 – Haga siempre el bien, así dirán: «Este es un cristiano». Soporte tribulaciones,
enfermedades y dolores por amor a Dios y por la conversión de los pobres pecadores.

9 – Un convertido expresó el recelo de volver a caer. Padre Pío le dijo: «Yo estaré con usted. ¿Usted podría pensar, mi hijo, que yo dejaría recaer un alma que levanté? ¡Vaya en paz y tenga confianza! «

10 – Quien tiene tiempo no espere por el tiempo. No dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy. Las sepulturas transbordan de buenas acciones dejadas para después… Y, además de eso, ¿quién nos dice que viviremos hasta mañana? Escuchemos la voz de nuestra consciencia, la voz del real profeta: «Si oyes la voz del Señor hoy, no queráis cerrar vuestros oídos».

Debemos renacer y acumular solamente las riquezas que nos pertenecen, recordando que solamente el instante que escapa está bajo nuestro dominio. No podemos intercalar tiempo entre un instante y otro, después.

Autor : Gaudium Press

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Santos

septiembre 12, 2021

La vida de San Martín de Porres se ubica en las vastedades del Nuevo Mundo deslumbraron al hombre europeo en el lejano amanecer del siglo XVI. Tierras fértiles, abundantes riquezas naturales y la esperanza de un futuro prometedor se convirtieron en poco tiempo en una irresistible atracción para los hidalgos ibéricos, que veían en las Américas una oportunidad de expandir la Iglesia de Dios, los dominios de su rey y abrillantar el honor de su linaje.

El entusiasmo que los animaba no carecía de fundamento, porque Dios parecía sonreír a los bravos expedicionarios, soplando viento favorable en las velas de sus frágiles embarcaciones y coronando de éxito temerarias empresas, movidas en muchas ocasiones por el deseo de conquistar almas para Cristo, aunque otras veces también por motivos mucho menos elevados.

¿Qué les había reservado la Providencia a esas interminables tierras, habitadas por pueblos de muy diversa índole? ¿Qué deseaba para esos nativos, ora pacíficos, ora belicosos, ora de temperamento salvaje, ora dotados de cultura y técnicas muy desarrolladas? Algo más elevado que cualquier consideración política o sociológica: darles el tesoro de la fe, la Celebración Eucarística, la gracia santificante infundida a través de los sacramentos.

Fruto de la heroica acción de los misioneros, enseguida empezaron a surgir en el Nuevo Continente los santos más ilustres, que con el buen olor de Cristo perfumaban los recientes dominios y en éstos esparcían las semillas del Reino mediante la oración y el apostolado. Pensemos, por ejemplo en la Lima del siglo XVI. En ella convivían Santa Rosa, terciaria dominica y hoy patrona de América Latina; San Juan Macías, incansable evangelizador; o aquel modelo de Pastor que fuera Santo Toribio de Mogrovejo.

San Juan MacíasSanta Rosa de LimaSanto Toribio de Mogrovejo

Contemporáneo de todos ellos, superándolos en el don de los milagros y en manifestaciones sobrenaturales, en el convento del Santísimo Rosario —conocido hoy día por el de Santo Domingo— brilló un humilde hermano lego llamado Martín de Porres. “Una mezcla de hidalgo  y de hombre del pueblo, sus esplendentes virtudes contribuyeron a conferirle a la civilización peruana de su tiempo una belleza y una ordenación católicas hasta hoy insuperables”. 

San Martín de Porres - El deseo de servir, a imitación de Cristo.

Nació el 9 de diciembre de 1579 en la floreciente Lima del tiempo colonial, capital del virreinato del Perú, hijo natural de Juan de Porres, caballero español, y Ana Velázquez, panameña libre de origen africano.

Durante su infancia experimentó unas veces las larguezas y exigencias de la vida noble junto a su padre en Guayaquil —que en la actualidad forma parte de Ecuador—, y en otras ocasiones la sencillez y el trabajo con su madre en Lima, sin apegarse a una forma de vida ni protestar por la otra. Pero tanto en una como en otra circunstancia se sentía atraído por la vida de piedad, siendo monaguillo en las Misas parroquiales o pasando noches en vela rezando de rodillas ante Jesús crucificado.

Con tan sólo 14 años se dirigió al convento de Santo Domingo para hacerle una petición al provincial de la Orden de los Predicadores, fray Juan de Lorenzana. ¿Qué desearía al llamar a la puerta de esa casa de Dios? Hacerse un siervo de los frailes, en calidad de “donado”, como les denominaban por entonces a los que se dedicaban a las tareas domésticas y se hospedaban en las dependencias de los dominicos. El superior, que discernió en él un auténtico llamamiento, lo recibió gustosamente.

En adelante sus funciones serían barrer salones y claustros, la enfermería, el coro y la iglesia de la gran propiedad que albergaba alrededor de doscientos religiosos, entre novicios, hermanos legos y doctos sacerdotes. A fray Martín no le avergonzaba de ninguna manera tal condición. La visión sobrenatural que tenía de las cosas le hacía entender correctamente la gloria que existe en servir, a imitación de Jesucristo, que se encarnó para darnos ejemplo de completa sumisión.

Tras dos años en el ejercicio de esas arduas tareas, vinculado a la comunidad únicamente como terciario, un día un hermano le comunica que debía ir a la portería. Le estaban esperando el superior y su padre, que quería reencontrarse con su hijo después de un largo período de ausencia al servicio del virrey en Panamá. El hidalgo manifestó su disgusto al ver que su hijo ocupaba un puesto tan humilde y exigió al provincial que lo promoviera por lo menos a hermano lego. El prior accedió, pero los ojos de fray Martín, en vez de iluminarse de contento, se humedecieron de lágrimas. Era su humildad la que estaba alzando la voz, llevándolo a implorar a su superior que no lo privase de la alegría de poder dedicarse a la comunidad como venía haciéndolo hasta entonces.

La vocación de San Martín de remediar los males ajenos

El 2 de junio de 1603 hacía la profesión solemne de los votos religiosos. Además de las funciones de campanero, barbero y ropero, recibió el encargo de la enfermería. Aquí ejercía, a falta de médico, el oficio de cirujano, cuyos conocimientos básicos había aprendido antes de entrar en el convento.

Fray Juan de LorenzanaClaustro del convento en la actualidad

Sus certeros diagnósticos sobre el verdadero estado de los pacientes pronto empezaron a comprobarse mediante los hechos, a menudo en contra de las apariencias. Por ejemplo, a un enfermo al que todos lo consideraban al borde de la muerte le anuncia que en esa ocasión no va a morir; y, en efecto, unos días después ya está curado. Otra vez, al ver a fray Lorenzo de Pareja andando por el claustro, se le acerca para comunicarle que en breve va a dejar su cuerpo mortal y éste sale en busca de un sacerdote para que le administre los sacramentos. Instantes después de recibirlos el fraile expira en su cama.

Las numerosas curaciones milagrosas que realiza hacen que su fama sobrepase los muros del convento. Pequeños y grandes, españoles e indígenas, ricos y pobres van a pedirle auxilio al santo enfermero.

Así empieza a manifestarse la vocación de Martín que “parece haber sido la de remediar los males ajenos”, sin escatimar esfuerzos para darles buen ejemplo, bienestar físico y espiritual en el ejercicio de sus funciones.

“Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias, estando persuadido de que era digno de mayores penas por sus pecados; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; asistía complaciente a los enfermos; proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad”.

Frecuentes manifestaciones sobrenaturales.

¿De dónde venían esas cualidades inusuales? Sin duda, de una intensa espiritualidad, porque “una vida como la de Martín, consagrada por entero al servicio de los demás, con perfecto olvido de sí mismo, no se explica sin una intensa vida interior, sin el acicate de la caridad, que […] aun abrumada por la fatiga, no llega a sentir el cansancio”.

Una noche, cuando ya era bien tarde, el cirujano Marcelo Rivera, huésped del convento, lo andaba buscando y no conseguía dar con él; le pregunta a uno, le pregunta a otro, pero nadie lo ha visto. Por fin, lo encuentra en la sala capitular “suspenso en el aire y puesto en cruz. Y tenía sus manos pegadas a las de un santo Cristo crucificado, que está en un altar. Y todo el cuerpo tenía así mismo pegado al del santo Crucifijo como que le abrazaba. Estaba elevado del suelo más de tres varas”.

Innumerables testigos presenciaron episodios similares. Así, por ejemplo, una noche en la que pocos conseguían conciliar el sueño en el edificio del noviciado, a causa de una epidemia que había dejado a la mayoría de los frailes en cama con fiebres muy altas, se oye en una de las celdas:

– Oh fray Martín, ¡quién me diera una camisa para mudarme!

Era fray Vicente que se revolvía en su lecho entre los sudores de la fiebre y llamaba al enfermero, pero sin esperanzas de que fuera atendido, pues las puertas de aquel edificio ya se habían cerrado y fray Martín vivía fuera del mismo. Pero apenas había terminado de hablar cuando ve al hermano enfermero a su lado y que le está llevando lo que le había pedido. Sorprendido, le pregunta por dónde había entrado.

– Callad y no os metáis en eso —le responde con bondad fray Martín mientras con el dedo le indica silencio.

No muy lejos de ahí el maestro de novicios, fray Andrés de Lisón, oye la voz de fray Martín y se pone en el pasillo para comprobar por donde había entrado. El tiempo corre y no pasa nada. Entonces resuelve abrir la puerta del enfermo: estaba a solas y dormía profundamente… La admiración se extendió por todo el convento.

Los frailes Francisco Velasco, Juan de Requena y Juan de Guía también recibieron visitas análogas. En otra ocasión, un fraile que velaba de noche en el claustro vio una gran luz y mirando qué era aquello vio a fray Martín que pasaba volando envuelto en esa luz.

Una madrugada, como de costumbre, al toque de la campana toda la comunidad se reúne en la iglesia para cantar Maitines. De pronto, una claridad procedente del fondo ilumina todo el recinto sagrado. Los religiosos se vuelven para atrás y descubren el foco de tan intensa luminosidad: el rostro de fray Martín que había ido a ayudar al sacristán y allí estaba oyendo el canto sacro.

«Dios sea bendito que toma tan vil instrumento»

Episodios como éstos ocurrían en cantidad y se volvían públicos y notorios. Poco a poco la fama del santo se difundió por toda Lima, llegando incluso hasta el virrey y el arzobispo. Sin embargo, nada de eso perturbó su humildad. De ninguna manera consintió perder la convivencia con lo sobrenatural volviéndose hacia sí mismo para disfrutar una gloria humana que pasa “como un sueño mañanero” (Sal 89, 5).

En una ocasión fue a visitar a la esposa de su antiguo maestro barbero, la cual padecía una enfermedad grave. Ésta lo invita a sentarse a los pies de su cama y entonces con disimulo estiró el brazo hasta tocar con su mano el manto del santo. En ese mismo instante se sintió curada y exclamó llena de asombro:

– ¡Ay, padre fray Martín, qué gran siervo de Dios es: pues hasta su vestidura tiene gran virtud! Con la astucia propia a la humildad, el santo le respondió: 

– ALa mano de Dios anda por aquí señora. Él lo ha hecho y el hábito de nuestro Padre Santo Domingo. Dios sea bendito que toma tan vil instrumento para tan grande maravilla y no pierde su valor y devoción el hábito de nuestro Padre, por vestirle tan grande pecador como soy yo.

"No soy digno de estar en la casa de Dios"

Otro hecho, esta vez dentro de los muros del convento, da testimonio de la mansedumbre de fray Martín para soportar las flaquezas que a menudo sus hermanos de hábito manifestaban, y que él las sufría con excepcional cordura, asumiéndolas como merecidas y útiles para la expiación de sus pecados. Sucedió que un anciano religioso encamado pidió que fueran a buscarlo a la enfermería, pero como fray Martín se encontraba ocupado en  un asunto urgente, tardó en llegar. Mientras los minutos iban transcurriendo el enfermo se llenó de impaciencia y empezó a bramar contra el santo, diciendo toda clase de injurias, exteriorizando sus quejas sin sentido, fruto del egoísmo.Tan pronto como acudió le pidió disculpas, pero tuvo que oír una nueva catilinaria, esta vez dicha en voz alta, de modo que los demás frailes también lo escucharon. Preocupados, algunos hermanos se acercaron y uno de ellos al ver a fray Martín arrodillado ante el enfermo preguntó qué estaba pasando.- Padre —contestó el humilde Hermano—, tomar ceniza sin ser miércoles de ella. Este padre me ha dado con el polvo de mi bajeza y me ha puesto la ceniza de mis culpas en la frente y yo, agradecido a tan importante recuerdo, no le beso las manos, porque no soy digno de poner en ellas mis labios, pero me quedo a sus pies de sacerdote. Y créanme que este día ha sido para mí de provecho porque he caído en la cuenta de que no soy digno de estar en la casa de Dios y entre sus siervos.7Durante una etapa de privaciones por las que pasaba la comunidad, el padre prior se encontraba muy afligido al no poder disponer de la cantidad necesaria para hacer frente a las deudas de la casa, que eran numerosas. Entonces fray Martín le preguntó si no quería venderlo como esclavo, porque debería costar un precio considerable y se sentiría muy honrado por haber sido útil al convento.El sacerdote, conmovido con esa heroica actitud de amor a su Orden, le respondió:- Dios se lo pague Hermano Martín, pero el Señor que lo ha traído aquí se encargará del remedio.

El camino que Cristo nos enseña.

La vida del desprendido hermano transcurría serena, consumiéndose en prolongadas vigilias de oración ante el crucifijo y en servicios aparentemente muy comunes, pero siempre realizados con la intención de glorificar a Dios y con frecuencia  coronados con milagros. Faltaba un mes para que cumpliera los 60 años y una fiebre violenta y continuos desmayos le obligan a mantener reposo. Todo parecía indicar que se acercaba el fin de su estado de prueba.

La noticia corrió como pólvora por toda la ciudad y su celda enseguida se convirtió en objeto de continua peregrinación. Esa misma noche entró en agonía. Los que estaban allí lo veían debatiéndose con gestos violentos y apretando el crucifijo contra su pecho increpando al maligno:

– ¡Quita maldito! ¡Vete de aquí, que no me han de vencer tus amenazas!

9 Días después, el 3 de noviembre de 1639, ante sus hermanos de vocación que rezaban el Credo a su lado, nacía San Martín de Porres a la verdadera vida, dejando detrás de sí un rastro luminoso que aún hoy suscita la veneración de numerosos fieles.

“Este santo varón, que con su ejemplo de virtud atrajo a tantos a la religión, ahora también, a los tres siglos de su muerte, de una manera admirable, hace elevar nuestros pensamientos hacia el Cielo”, recordaba el Papa Juan XXIII cuando lo canonizó. Porque, con el ejemplo de su vida, había demostrado que es posible conseguir la santidad por el camino que Cristo enseña: amando a Dios, en primer lugar, de todo corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y, en segundo lugar, amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Hna. Maria Teresa Ribeiro Matos, EP

Ángeles, Destacados

El ángel custodio nos fue dado no apenas para las horas del peligro y probación, como también para rezar e interceder por nosotros a todo instante.

febrero 22, 2022

El ángel custodio nos fue dado no apenas para las horas del peligro y probación, como también para rezar e interceder por nosotros a todo instante. El es nuestro mediador y abogado junto al trono del Altísimo y ruega continuamente en favor de su protegido.

Por lo tanto, nos aconseja Dr. Plinio: «Es de todo conveniente implorar siempre ese patrocínio de nuestro ángel de la guarda.»

A continuación sigue un artículo de Dr. Plinio:

De acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, los ángeles se dividen en nueve categorías superpuestas: Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, principados, Arcángeles y Ángeles.

Aunque todos esos espíritus celestiales contemplan a Dios directamente, no lo hacen con igual amplitud de conocimiento. O sea, los que se encuentran en un nivel superior tienen una visión más plena e inmediata de Él, discerniendo una serie de perfecciones divinas que los menores no alcanzan a distinguir. Sin embargo, esta diferencia de intelección es compensada por la infinita bondad del Creador, el cual dispuso que los primeros revelen a los segundos todo lo que consiguen aprender sobre Él. Y así, esas nociones con respecto a Dios van siendo transmitidas de un ángel a otro, y de una jerarquía angélica a otra, desde la más elevada, donde se encuentran los Serafines, hasta la menos excelsa, que es la de los ángeles.

Se admite que a esos espíritus puros Dios les confió el gobierno de los astros, de tal forma que cada estrella y cada planeta del Universo posee un ángel que lo rige, según los sabios deseos del Altísimo. De ahí la perfección del orden sideral.

Ahora bien, así como cada estrella del firmamento tiene un ángel designado para dirigirla, así también cada hombre cuenta con la tutela y la protección de una criatura angélica: su Ángel de la Guarda. ¡Tan esplendoroso, tan magnífico, que, a veces, cuando él aparece a su protegido, este piensa que está delante del propio Dios! Al mismo tiempo – creo yo – tan parecido espiritualmente con su pupilo que, si cada uno de nosotros conociese a su Ángel de la Guarda, quedaría pasmado al constatar cuánto él es conforme a sus buenos sentimientos y a sus voliciones ordenadas, y se sentiría como un pariente próximo de ese grandioso Príncipe Celestial…

Nuestros Ángeles de la Guarda no nos pierden de vista un solo instante, ni de día, ni de noche, pues aún cuando dormimos velan por nosotros. A todo momento ellos hablan a nuestras almas, susurran con cariño y bondad consejos que nos llevan por las sendas del bien; y cuando se ven obligados a hablarnos con vigor, lo hacen a la manera de un buen padre que a veces reprende a su hijo, justamente porque lo ama.

Nuestros guardianes celestiales se encuentran, por lo tanto, continuamente de bruces sobre nosotros.

Cuando nos sintamos solos, cuando estemos, por ejemplo, transitando por las calles de las ciudades contemporáneas, tan cercadas de inmoralidades, tan sucias, tan impregnadas de polución y de inmundicias de toda especie, roguemos la protección de nuestros angeles de la Guarda. Antes de salir de casa, digamos: «Mi Santo Ángel, acompañadme, venid conmigo, protegedme, habladme al alma y ayudadme a evitar las malas miradas, a las personas que quieran causarme daño, los accidentes que me puedan masacrar; ¡traedme, en fin, todo bien!»

Ejerciendo una de las misiones propias de los ángeles, de ser
mensajeros de Dios, San Gabriel anuncia a María que
Ella será la Madre del Verbo Encarnado.

Y cuando estemos en cualquier apuro, acordémonos de esa verdad reconfortante: un Ángel de la Guarda nunca abandona a su protegido. Por lo tanto, mientras caminamos y oímos resonar nuestros pasos sobre el cemento de la acera, pensemos: «Mi Ángel de la Guarda me está viendo». Si sufriéremos una tentación, digamos incontinenti: «¡Mi Santo Ángel, protegedme, apartad de mí ese demonio que me tienta!»

Es interesante notar que, mientras vigilan así a los hombres sobre la Tierra, los Ángeles de la Guarda continúan contemplando a Dios cara a cara. Y ahí, en la presencia del Altísimo, permutan impresiones con respecto a lo que sucede en el mundo, a la lucha entre buenos y malos, al desarrollo del plan de Dios para la humanidad, etc. Aunque no tengan una noticia exacta de los designios divinos sobre la creación terrena, los ángeles, sin embargo, como están dotados de una inteligencia superior, levantan entre sí hipótesis y conjeturas acerca de tales designios. Y esa interlocución angélica sube al Trono del Creador como un extraordinario e indescriptible cántico de alabanza y de glorificación.

Sepamos, entonces, que cada uno de nosotros se beneficia de la tutela de uno de esos seres maravillosos. Sepamos, también, agradecer a nuestro Ángel de la Guarda la protección incansable que nos dispensa, y decir, todos los días, esta bella jaculatoria formulada por la Iglesia: «Ángel de Dios, que eres mi custodio, ya que la soberana piedad me ha encomendado a ti, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname. Amén».

(Revista Dr. Plinio, No. 5, agosto de 1998, pp. 21-22, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

Espiritualidad

Origen de la fiesta de “Corpus Christi". Varios motivos condujeron a que la Sede Apostólica diese este nuevo impulso al fervor eucarístico.

septiembre 12, 2021

“Corpus Christi" Historia del Himno

Corría el año de 1264. El Papa Urbano IV ordenó que se convocara una selecta asamblea que reuniese a los más famosos maestros de teología de aquel tiempo. Entre ellos se encontraban dos varones conocidos no sólo por el brillo de la inteligencia y pureza de su doctrina, sino por la heroicidad, sobre todo, de sus virtudes: Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura.

Corpus Christi

La razón de la convocatoria se relacionaba con una reciente bula pontificia en la que se instituía una fiesta anual en honor al Santísimo Cuerpo de Cristo. Para que esta conmemoración tuviese un gran esplendor, deseaba Urbano IV que se compusiera un Oficio, como también lo propio a la Misa a ser cantada en esa solemnidad. Así, solicitó a cada uno de aquellos doctos personajes que elaboraran una composición y se la presentasen en unos días, con el fin de escoger la mejor.

Célebre se hizo el episodio ocurrido durante la sesión. El primero en exponer su obra fue fray Tomás. Serena y calmamente, desenrolló un pergamino y los circundantes oyeron la declamación pausada de la Secuencia compuesta por él:

Lauda Sion Salvatorem, lauda ducem et pastorem in hymnis et canticis (Loa, Sión, al Salvador, alaba a tu guía y pastor con himnos y cánticos)… Admiración general.

Fray Tomás concluía: …tuos ibi commensales, cohæredes et sodales, fac sanctorum civium (admítenos en el Cielo entre tus comensales y haznos coherederos en compañía de los que habitan la ciudad de los santos).

Fray Buenaventura, digno hijo del Poverello de Asís, sin titubear rasgó su composición; y los demás lo imitaron, rindiéndole tributo de esta manera al genio y la piedad del Aquinate. La posteridad no llegó a conocer las demás obras, sublimes sin duda, pero inmortalizó el gesto de sus autores, verdadero monumento de humildad y modestia.

Origen de la fiesta de “Corpus Christi"

Varios motivos condujeron a que la Sede Apostólica diese este nuevo impulso al fervor eucarístico, haciendo extensiva a toda la Iglesia una devoción que ya se venía practicando en ciertas regiones de Bélgica, Alemania y Polonia.

El primero de ellos se remonta a la época en que Urbano IV, entonces miembro del clero belga de Liège, examinó cuidadosamente el contenido de las revelaciones con las que el Señor se dignó favorecer a una joven religiosa del monasterio agustino de Mont-Cornillón, cercano a aquella ciudad.

En 1208, cuando tenía sólo 16 años, Juliana fue objeto de una singular visión: un refulgente disco blanco, semejante a la luna llena, que tenía uno de sus lados oscurecido por una mancha.

Tras algunos años de oración, le fue revelado el significado de aquella luminosa “luna incompleta”: simbolizaba la Liturgia de la Iglesia, a la cual le faltaba una solemnidad en alabanza al Santísimo Sacramento. Santa Juliana de Mont-Cornillón había sido elegida por Dios para comunicar al mundo ese deseo celestial.

Pasaron más de veinte años hasta que la piadosa monja, dominando la repugnancia que procedía de su profunda humildad, se decidiera a cumplir su misión y relatara el mensaje que había recibido. A pedido suyo, fueron consultados varios teólogos, entre ellos el P. Jacques Pantaleón —futuro Obispo de Verdún y Patriarca de Jerusalén—, que se mostró entusiasmado con las revelaciones de Juliana.

Algunas décadas más tarde, y ya habiendo fallecido la santa vidente, quiso la Divina Providencia que el ilustre prelado fuese elevado al Solio Pontificio en 1261, escogiendo el nombre de Urbano IV.

Se encontraba este Papa en Orvieto, en el verano de 1264, cuando llegó la noticia de que, a poca distancia de allí, en la ciudad de Bolsena, durante una Misa en la iglesia de Santa Cristina, el celebrante —que sentía probaciones en relación a la presencia real de Cristo en la Eucaristía— había visto como la Hostia Sagrada se transformaba en sus propias manos en un pedazo de carne, que derramaba abundante sangre sobre los corporales.La crónica del milagro se difundió rápidamente en la región.

El Papa, informado de todos los detalles, pidió que llevaran las reliquias a Orvieto, con la debida reverencia y solemnidad. Él mismo, acompañado por numerosos cardenales y obispos, salió al encuentro de la procesión que se había organizado para trasladarlas a la catedral.Poco después, el 11 de agosto del mismo año, Urbano IV emitía la bula Transiturus de hoc mundo, por la que se determinaba la solemne celebración de la fiesta de Corpus Christi en toda la Iglesia.

Una afirmación contenida en el texto del documento dejaba entrever un tercer motivo que contribuiría a la promulgación de la mencionada festividad en el calendario litúrgico: “Aunque renovemos todos los días en la Misa la memoria de la institución de este Sacramento, aún estimamos conveniente que sea celebrada más solemnemente, por lo menos una vez al año, para confundir particularmente a los herejes; pues en el Jueves Santo la Iglesia se ocupa de la reconciliación de los penitentes, la consagración del santo crisma, el lavatorio de los pies y otras muchas funciones que le impiden dedicarse plenamente a la veneración de este misterio».

Así, la solemnidad del Santísimo Cuerpo de Cristo nacía también para contrarrestar la perjudicial influencia de ciertas ideas heréticas que se propagaban entre el pueblo en detrimento de la verdadera Fe.En el siglo XI, Berengario de Tours se opuso abiertamente al Misterio del Altar al negar la transubstanciación y la presencia real de Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en las sagradas especies. Según él, la Eucaristía no era sino pan bendito, dotado sólo de un simbolismo especial.

 A principios del siglo XII, el heresiarca Tanquelmo esparcía sus errores por Flandes, principalmente en la ciudad de Amberes, afirmando que los sacramentos y la Santísima Eucaristía, sobre todo, no poseían ningún valor.Aunque todas esas falsas doctrinas ya estuvieran condenadas por la Iglesia, algo de sus ecos nefastos aún se sentían en la Europa cristiana. Así que Urbano IV no juzgó superfluo censurarlas públicamente, de manera que les quitase prestigio e inserción.

La Eucaristía pasa a ser el centro de la vida cristiana

A partir de este momento, la devoción eucarística florecía con gran vigor entre los fieles: los himnos y antífonas compuestos por Santo Tomás de Aquino para la ocasión — entre ellos el Lauda Sion, verdadero compendio de teología del Santísimo Sacramento, llamado por algunos el credo de la Eucaristía— pasaron a ocupar un lugar destacado dentro del tesoro litúrgico de la Iglesia.

Con el transcurso de los siglos, bajo el soplo del Espíritu Santo, la piedad popular y la sabiduría del Magisterio infalible se aliaron en la constitución de costumbres, usos, privilegios y honras que hoy acompañan al Servicio del Altar, formando una rica tradición eucarística.

Aún en el siglo XIII, surgieron las grandes procesiones que llevaban al Santísimo Sacramento por las calles, primeramente dentro de un copón cubierto y después expuesto en un ostensorio. También en este punto el fervor y el sentido artístico de las diferentes naciones se esmeraron en la elaboración de custodias que rivalizaban en belleza y esplendor, en la confección de ornamentos apropiados y en la colocación de inmensas alfombras de flores a lo largo del camino que recorrería el cortejo.

Los Papas Martín V (1417-1431) y Eugenio IV (1431-1447) concedieron generosas indulgencias a quien participase en las procesiones. Más tarde, el Concilio de Trento —en su Decreto sobre la Eucaristía, de 1551— subrayaba el valor de estas demostraciones de Fe: “Declara además el santo Concilio que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos».1

El amor eucarístico del pueblo fiel no se restringió solamente a manifestaciones externas; al contrario, eran la expresión de un sentimiento profundo puesto por el Espíritu Santo en las almas, en el sentido de valorar el precioso don de la presencia sacramental de Jesús entre los hombres, conforme sus propias palabras: “Y yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

El misterio del amor de un Dios que no sólo se hizo semejante a nosotros para rescatarnos de la muerte del pecado, sino que quiso permanecer, en un extremo de ternura, entre los suyos, escuchando sus pedidos y fortaleciéndoles en sus tribulaciones, pasó a ser el centro de la vida cristiana, el alimento de los fuertes, la pasión de los santos.

San Pedro Julián Eymard, ardiente devoto y apóstol de la Eucaristía, expresaba en términos llenos de unción esta celestial “locura” del Salvador al permanecer como Sacramento de vida para nosotros:

«Se comprende que el Hijo de Dios, llevado por su amor al hombre, se haya hecho hombre como él, pues era natural que el Creador estuviese interesado en la reparación de la obra que salió de sus manos. Que, por un exceso de amor, el Hombre Dios muriese en la Cruz, se comprende también. Pero lo que no se comprende, aquello que espanta a los débiles en la Fe y escandaliza a los incrédulos, es que Jesucristo glorioso y triunfante, después de haber terminado su misión en la tierra, quiera permanecer aún con nosotros, en un estado más humillante y aniquilado que en Belén o en el Calvario».

¡Arrodillémonos delante del Tabernáculo!

¿Cuáles deberían ser nuestra actitud y nuestros sentimientos al considerar el extremo de bondad que Dios hecho Hombre tiene hacia la criatura rescatada por su Sangre y no la abandonó, habiéndose encarnado, sino que se ha mantenido presente, asistiendo y amparando a todos los que a Él quisieran acercase?

Arrodillémonos delante del Tabernáculo o delante, aún mejor, del Ostensorio, entreguemos a Jesús Sacramentado todo nuestro ser —nuestro cuerpo con todos sus miembros y órganos, nuestro alma, con sus potencias, sus cualidades e incluso con sus propias miserias— y ofrezcámosle a Dios Padre la divina Sangre de su Hijo, derramada en la Cruz en reparación de nuestras faltas.

Hermana Clara Isabel Morazzani Arráiz, EP

María Santísima

Nuestra Señora del Pilar es la primera devoción a la Madre de Dios.

octubre 28, 2021

Nuestra Señora del Pilar es la primera devoción a la Madre de Dios. Cuando Jesucristo, antes de regresar al Padre, les dio a sus Apóstoles y discípulos las últimas instrucciones referentes a la misión que les encomendaba en esta Tierra, les dijo: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19).

Indicándoles con esto que el anuncio de la Buena Nueva no debía restringirse sólo al Pueblo Elegido, sino que, por el contrario, debía abarcara todos los hombre.

Misteriosos fueron los caminos que el Señor escogió para hacer efectivo ese mandato. Las primeras predicaciones de los Apóstoles, inmediatamente después de Pentecostés, tuvieron lugar en Jerusalén (cf. Hch 2, 41ss). Produjeron tal avalancha de conversiones que hizo estallar el odio del sanedrín contra ellos.

Entonces, comenzó una oleada de violentas persecuciones, aguza das en el período en el que —a causa de la salida de Pilato del gobierno de Judea— se creó un vacío de mando y el sanedrín tuvo de hecho el poder en sus manos.

Por eso, muchos cristianos se vieron obligados a huir hacia otras tierras, llevando con ellos el testimonio de una fe acrisolada por las probaciones.

Eran la levadura que empezaba a penetrar en la masa del mundo pagano para transformarlo desde dentro por completo.

En ese momento histórico fue, sin duda, cuando varios Apóstoles partieron hacia tierras de misión.

Y a uno de ellos, como lo había profetizado el Maestro, le tocó viajar hasta “el confín de la tierra” (Hch 1, 8) conocida por aquel entonces, hasta el mismo finis terræ, delimitado por las mitológicas columnas de Hércules: Hispania, una de las más prósperas colonias del Imperio, rica en recursos minerales y cuya gente se había integrado en la estructura administrativa y cultural de Roma.

Difícil misión para el “hijo del trueno”.

Según una venerable tradición, le correspondió este encargo a Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo. Debió llegar a la Península Ibérica a bordo de algún barco fletado por judíos de la diáspora, pues numerosos escritos de la Antigüedad cristiana mencionan, desde el siglo III, aspectos de su presencia en esa región.

Muy poco se conoce, no obstante, sobre las circunstancias de su predicación. A respecto del lugar en que el apóstol arribó y el recorrido que siguió, los datos disponibles permiten tan sólo aventurar hipótesis.

Sin embargo, se puede dar por sentado que en el año 40 se encontraba en la ciudad de Cæsaraugusta (actual Zaragoza) donde, después de infaustas labores misioneras, había obtenido frutos muy modestos.

Según consta, sólo siete familias habían abrazado la fe en Cristo en toda la nación. Éstas lo acompañaban en sus lides por la expansión del Reino.

Grande tuvo que ser la probación por la que el “hijo del trueno” pasó al constatar unos resultados tan por debajo de los anhelos de un alma fogosa como la suya, que había presenciado las proficuas predicaciones en Jerusalén, con multitudes enteras convirtiéndose a la Ley Evangélica.

 Y bien podemos suponer que el demonio del desánimo hubiera llamado a las puertas de su corazón… Confianza y oración eran las únicas armas a su alcance en esta difícil coyuntura, y se dispuso a usarlas.

Inesperada y animadora visita de Nuestra Señora.

La madrugada del 2 de enero del año 40, el apóstol Santiago salió del recinto amurallado de Cæsaraugusta para ir a la orilla del río Ebro a rezar los salmos del Dios verdadero, costumbre judía que los primeros cristianos aún conservaban.

Seguramente estaría pensando en el desdén con que los habitantes de aquella ciudad, inmersos en el paganismo y en el vicio, despreciaban la invitación a la verdadera vida.

Había llegado el momento escogido por la Providencia para marcar por los siglos a una nación entera.

De repente, una intensa luz envolvió el ambiente y una gran multitud de la milicia celestial se hizo visible. Pero aquella fabulosa visión, que contrastaba con la dura prueba por la cual estaba pasando el apóstol, no era sino el marco de lo que vendría enseguida.

María Santísima, la Madre de Jesús, que aún estaba viva y moraba en Jerusalén, llegaba sobre una nube traída por manos angélicas hasta el sitio donde se encontraba Santiago.

Junto a Ella, otros espíritus celestiales portaban una columna de jaspe, de la altura de un hombre y de un palmo de diámetro. La pusieron en el suelo y la Virgen se posó sobre ella, saludando con afecto al intrépido apóstol, que contemplaba extasiado el inaudito espectáculo.

Por un singular privilegio, Santiago iba a recibir directamente de los labios de Nuestra Señora el consuelo y ánimo que necesitaba para continuar con determinación su batalla, seguro de que las dificultades del momento constituían tan sólo una prueba cuya superación le traería abundantes frutos espirituales.

 Y como prenda de este celestial mensaje, Nuestra Señora quiso dejarle al hijo de Zebedeo el pedestal sobre el que había pronunciado palabras semejantes a estas:

“Mira esta columna en que me asiento. Sabe que mi Hijo la ha enviado desde lo alto por manos de los ángeles.

En este lugar la virtud del Altísimo obrará prodigios y milagros admirables por mi intercesión y reverencia a favor de aquellos que imploren mi auxilio en sus necesidades, y la columna permanecerá en este lugar hasta el fin del mundo, y nunca faltarán en esta ciudad fieles adoradores de Cristo”.

Concluida la celestial e inesperada visita, Santiago se encontró nuevamente a solas con sus discípulos.

Podemos imaginar la alegría que se apoderaría de aquel reducido grupo de cristianos: la Madre de Dios había ido a consolarlos en la tribulación, dejándoles un peculiar símbolo del que, como fruto de su apostolado, debería ser la fe inquebrantable de aquel pueblo.

Los primordios del actual santuario de Nuestra Señora del Pilar.

De cualquier forma, los frutos de la predicación del apóstol y su pequeño grupo de seguidores no se hicieron esperar. A partir de ese momento la fe comenzó a crecer con fuerza tanto en Zaragoza como en el resto de la Península Ibérica.

San Pablo ya hablaba de la existencia de una Iglesia en España (cf. Rm 15, 24) y son constantes las referencias a ella en el transcurso de la Historia.

Y cuando en el siglo IV empezó la persecución de Diocleciano, Santa Engracia y sus compañeros escribieron con su sangre en aquella ciudad el bellísimo episodio de los “innumerables mártires”, narrado por el poeta Prudencio en su obra Peristephanon.

Nuestra Señora del Pilar, inabalável durante dois mil anos.

Fundada por los íberos en el tercer siglo de la Era Antigua, Zaragoza experimentó a lo largo de su multisecular historia el influjo de diversas razas y culturas que modelaron poco a poco el carácter de su gente.

Cerca de quince años antes del nacimiento de Cristo se transformó en una ciudad romana, adquiriendo el nombre de Cæsaraugusta , en honor al emperador.

Más tarde fue habitada por visigodos, conquistada por musulmanes, reconquistada por los cristianos y, en tiempos más recientes, dominada por los franceses durante la invasión napoleónica.

Pero, en medio de todas esas vicisitudes, algo se mantuvo inalterado a despecho de tanta desgracia.

Desde el siglo I de la Era Cristiana hasta nuestros días, late en el corazón de los zaragozanos la fe católica profesada bajo el manto de Nuestra Señora del Pilar, devoción que ni las furibundas persecuciones romanas, ni la dominación visigótica, ni el orgullo de la herejía arriana, ni la invasión sarracena, ni las bayonetas del ejército de Napoleón, cargadas de odio revolucionario contra la Religión, consiguieron destruir.

Ante el oleaje de la Historia, impulsado a menudo por una saña anticristiana, el Pilar y el culto a Nuestra Señora permanecieron imperturbables, por merced de la especial protección profetizada por María en el momento de su aparición.

Intolerancia de los Almorávides.

Dejemos para otra ocasión los interesantes acontecimientos ocurridos durante las dominaciones germánicas y situémonos en la segunda década del siglo VIII, cuando, aprovechando la decadencia de la dinastía visigoda, los guerreros del Islam conquistaron la casi totalidad de la Península Ibérica.

Los nuevos señores de las Españas, dependiendo de las circunstancias concretas con las que se encontraban en cada parte, impusieron condiciones muy diversas a la práctica de la Religión católica, que variaban desde la persecución declarada hasta una tolerancia benévola.

En Zaragoza el culto fue autorizado, aunque con pesadas restricciones, entre ellas la prohibición de hacer cualquier reparación en los templos, lo que lleva a preguntarse qué estado tendrían esos edificios a medida que las décadas y los siglos hicieran sentir sobre ellos sus efectos…

Casi cuatro siglos llevaba la población bajo el dominio sarraceno cuando en 1118 Alfonso I el Batallador, un rey joven y emprendedor, acometió la reconquista de la ciudad.

El obispo Bernardo, expulsado poco tiempo antes de la sede cesaraugustana por la creciente intolerancia de los almorávides, acababa de fallecer; entonces como sustituto el monarca propuso al Papa Gelasio II el nombramiento de un virtuoso clérigo francés llamado Pedro de Librana.

El Sumo Pontífice, que se encontraba en el sur de Francia, le confirió la ordenación episcopal y colmó de beneficios espirituales a los que otorgasen alguna limosna para la reparación de la ciudad y de su iglesia.

Recuperada finalmente la ciudad, el nuevo obispo se puso manos a la obra para hacer efectivo el deseo manifestado por el Santo Padre de promover la restauración del vetusto recinto.

Entre otras disposiciones, envió una carta a todos los fieles de la cristiandad, en la que menciona a esta iglesia como siendo “prevalente” y la que “antecede a todas por su bienaventurada y antigua nombradía de santidad y dignidad”.

Ahora bien, si en el siglo XII ya era conocido en toda Europa, como lo atestigua la naturalidad con la que Mons. Pedro de Librana habla de él, no se puede negar que existiera antes de la invasión sarracena.

Pues si durante ese período de cuatro siglos, como hemos visto, no se le permitió a nadie realizar reforma alguna en los templos cristianos, a fortiori estaba prohibido edificar uno nuevo.

A partir de ese momento, la historia de la iglesia de Santa María de Zaragoza, como era conocida entonces, puede ser acompañada a través de los documentos que atestiguan los hechos más importantes ocurridos allí.

De éstos, destacaremos tan sólo dos que confirman la profecía hecha por la Virgen en su aparición al apóstol Santiago: “la columna permanecerá en este lugar hasta el fin del mundo”.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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