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Espiritualidad

Las Doce Promesas del Sagrado Corazón de Jesús

¿Sabía que en una de las revelaciones que recibió Santa Margarita María Alacoque, Jesús le entregó 12 promesas?

A propósito de la solemnidad, ¿sabía que en una de las revelaciones que recibió Santa Margarita María Alacoque, Jesús le entregó 12 promesas para los devotos de su Sagrado Corazón?

Todo ocurrió en mayo de 1673. Según escribió la santa, en sus promesas está encerrado el gran misterio del amor de Dios: «Jesús me mostró cómo esta devoción es, por así decirlo, el esfuerzo final de su amor, el último invento de su caridad ilimitada»

La santa también cuenta: «Me hizo ver, que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición (…) le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios».

Las 12 promesas del Sagrado Corazón de Jesús:

  1. Daré a las almas devotas, todas las gracias necesarias para su estado de vida.
  2. Voy a establecer la paz en sus hogares.
  3. Voy a consolarlos en todas sus aflicciones.
  4. Voy a ser refugio seguro en la vida y, sobre todo, en la hora de la muerte.
  5. Voy a conceder abundantes bendiciones, sobre todo a sus empresas temporales y espirituales.
  6. Los pecadores encontrarán en Mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.
  7. Las almas tibias se harán fervorosas.
  8. Las almas fervorosas alcanzarán mayor perfección.
  9. Bendeciré a cada lugar en el que se exponga y se venere una imagen de mi Sagrado Corazón.
  10. Daré a los sacerdotes y a todos aquellos que se ocupan de la salvación de las almas, el don de tocar los corazones más endurecidos.
  11. Los que propaguen esta devoción tendrán sus nombres escritos en Mi Corazón, nunca serán borrados.
  12. A los que comulguen el primer viernes de cada mes, durante nueve meses consecutivos, les concederé la gracia de la perseverancia final: no morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquel último momento.

Comentarios

Oraciones

Dulce Jesús mío, mi niño adorado,⁣ ¡ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!⁣

diciembre 28, 2021

Gozos al Niño Jesús

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Dulce Jesús mío, mi niño adorado,⁣ ¡ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!⁣

¡Oh sapiencia suma del Dios soberano,⁣ que al nivel de un niño te hayas rebajado!⁣
¡Oh Divino Niño, ven para enseñarnos⁣ la prudencia que hace verdaderos sabios!⁣

¡Oh, Adonaí potente que a Moisés hablando,⁣ de Israel al pueblo disteis los mandatos!⁣
¡Ah! ven prontamente para rescatarnos.⁣ Y que un niño débil muestre fuerte brazo!⁣

¡Oh raíz sagrada de Jesé, que en lo alto⁣ presentan al orbe tu fragante nardo!⁣
Dulcísimo Niño que has sido llamado⁣ lirio de los valles bella flor del campo.⁣

¡Llave de David que abre al desterrado⁣ las cerradas puertas del regio palacio!⁣
¡Sácanos, oh Niño, con tu blanca mano,⁣ de la cárcel triste que labró el pecado!⁣

¡Ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!⁣

Misiones

Visita de la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María a la parroquia San José de El Inca.

noviembre 10, 2021

Visita de la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María a la parroquia San José de El Inca, organizada por el P. Santiago Vaca.

Los Heraldos del Evangelio colaboraron con la animación litúrgica en las cuatro eucaristías.

Un sacerdote Heraldo colaboró en la atención a confesiones de los fieles. Al final de cada Eucaristía se realizó la coronación de la imagen de la Virgen como un homenaje a la Madre de Dios.

Destacados, María Santísima

Para muchos, quizá el Rosario sea uno de los asuntos sobre los que ya no hay nada más que decir.

agosto 18, 2022

Para muchos, quizá el Rosario sea uno de los asuntos sobre los que ya no hay nada más que decir.

Se trata de una oración magnífica, es innegable. Sin embargo, ¿qué rincón habrá en ese esplendoroso palacio aún no minuciosamente explorado, cartografiado y catalogado por la cohorte de santos y teólogos que, hasta el presente, se han aventurado a entrar en él? ¿Qué podría motivarle a alguien el escribir unas cuantas páginas sobre este tema si están destinadas a perderse en medio de los miles —millones, tal vez— que le precedieron?

Aunque esas indagaciones tengan algo de verdadero, no expresan la realidad completa. Jesús compara a un escriba que se hace discípulo del Reino de Dios con un padre de familia que va sacando de su tesoro cosas nuevas y viejas (cf. Mt 13, 52). De manera análoga, todo lo que la Santa Iglesia ha engendrado a lo largo de los siglos posee siempre una aplicación para el presente, la cual les cabe a los católicos manifestarla.

En este sentido, el Rosario es extremadamente actual y no parece difícil demostrarlo. No obstante, para darle el debido valor a las «cosas nuevas» de dicho tesoro, será necesario contemplar antes los quilates de algunas joyas de venerable antigüedad que lo componen.

La excelencia del Santo Rosario según los Papas

¿Conocemos, de hecho, el enorme poder de esa oración aparentemente tan simple, tan sencilla, tan accesible, tan difundida por la devoción popular?

Sin duda, recurrir al magisterio pontificio nos servirá de fundamento para tener una firme idea al respecto.

Los Papas la calificaron de «oración perfecta»,1 «compendio de la doctrina evangélica»,2 «noble distintivo de la piedad cristiana»,3 «dulce cadena que nos liga con Dios, vínculo de amor que nos une a los ángeles, torre de salvación en los asaltos del infierno»,4 «garantía cierta del poder divino, apoyo y defensa de nuestra esperada salvación».5

El Rosario «despierta en el ánimo de quien reza una suave confianza»,6 reanima la fe católica, hace revivir la esperanza e inflama la caridad, conserva la castidad e integridad de vida.7 En suma, es «la gran defensa contra las herejías y los vicios»8 y «el camino para alcanzar la virtud».9

Los teólogos le conceden la primacía

Nossa Senhora revela a devoção do Rosário a São Domingos de Gusmão - Paróquia de Riquewihr (França) - Foto: Sergio Hollmann
La Virgen revela la devoción del Rosario a Santo Domingo de Guzmán – Parroquia de Riquewihr (Francia)

Pero si los abrumadores elogios de los Papas no bastaran para convencernos de que el Rosario constituye la oración «más hermosa, más rica en gracias y gratísima al corazón de María»,10 podemos recurrir también a los doctores. Hay una razón teológica de gran belleza que justifica la elevada posición que ocupa esta plegaria con relación a las demás.

Grosso modo, las formas de oración se dividen en dos bloques: la vocal y la mental. Si empleamos una analogía con el ser humano, diríamos que la primera está para la segunda más o menos como el cuerpo lo está para el alma. En la oración vocal, las palabras que utilizamos para dirigirnos a Dios —sean sacadas de un misal o de un breviario, en el caso de una oración oficial, o incluso de un libro, una estampa o cualquier otra fuente— componen el elemento «material» de la plegaria, con el cual se estimula la oración mental. Esta última, por su parte, es propiamente la elevación de la mente a Dios, es decir, se produce cuando el hombre emplea su inteligencia y su corazón para contemplar y amar las realidades celestiales, con el auxilio de la gracia.

Ahora bien, entre las oraciones vocales, ¿cuál habrá más excelsa que el padrenuestro, compuesto por el propio Hombre Dios (cf. Mt 6, 9-13), la salutación angélica (cf. Lc 1, 28.42) y el gloria al Padre, en honor a la Santísima Trinidad? Y en el campo de la oración mental, ¿qué tema más sublime hallaremos para meditar que no sean los misterios de la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, contemplados a lo largo del Rosario?

Por lo tanto, conforme resume el renombrado teólogo fray Antonio Royo Marín, OP, esta oración «encierra las ventajas de la oración mental y de la vocal en el grado objetivamente más perfecto posible».11

Un gran misterio de la Historia

Otro elemento —quizá aún más sublime que los precedentes— también justifica la grandeza del Rosario: su origen. No yerran los que creen que esta devoción ha bajado del Cielo y ha sido entregada a los hombres personalmente por la Santísima Virgen. Sin embargo, hay controversias sobre si fue o no revelada a Santo Domingo.

La Historia, siempre sujeta a los documentos que sobrevivieron al tiempo, se limita a decir que, en lo que respecta al origen del Rosario, existe un gran misterio. No hay registros del siglo XIII que certifiquen que haya sido Santo Domingo el iniciador de esta devoción, dado que aparece en la pluma de los Papas y de los escritores únicamente a partir del siglo XV. Los precedió tan sólo la piedad católica, la cual, por cierto, siempre antecede de algún modo la proclamación oficial de las más bellas verdades de la mariología.

De hecho, mucho tiempo antes del nacimiento del santo predicador ya existía una piadosa costumbre de rezar ciento cincuenta veces la avemaría en sustitución de los salmos de David, los cuales se rezaban en los primeros tiempos de la Iglesia; eso hizo que la oración se conociera como El Salterio de María.12 Solamente en el siglo XIII —época en que Santo Domingo desarrolló su apostolado— esta práctica se difundió por toda la cristiandad, cuyos principales divulgadores fueron precisamente los dominicos. ¿Mera coincidencia? Nuevamente, un misterio…

La única fuente capaz de proporcionarnos algún dato al respecto —menos a fin con los espíritus incrédulos— es la voz de la mística, la cual, sobre todo en la persona del Beato Alano de la Roche, presenta una narración toda ella hecha de espíritu maravilloso. ¿Será enteramente verídica? La incógnita sigue y tal vez permanezca hasta el fin de los tiempos… No obstante, lo cierto es que el relato del religioso dominico es de tal manera acorde con la vocación profética de Santo Domingo que si en él hay algo incongruente con la realidad, somos llevados a pensar que, probablemente, los acontecimientos hayan ocurrido de un modo aún más sublime.13

Narración del Beato Alano de la Roche

Mucho empeño había puesto Santo Domingo de Guzmán en su intento de convertir a los herejes albigenses, que terriblemente venían devastando Europa desde el siglo XII, sobre todo en la región de Languedoc, al sur de Francia. Sin embargo, su dedicación no había conseguido muchos frutos, pues día a día iba creciendo el número de los que adherían a la secta cátara.

Desolado, el fiel devoto de María se retiró a un bosque cerca de Toulouse, a fin de rogar a los Cielos que pusiera término a esa calamidad. Después de tres días de ayunos y sacrificios, ya no le quedan fuerzas y desfallece.

En el momento en el que su físico alcanza el extremo límite de sí mismo es cuando María Santísima se acerca, envuelta en una intensa luz, y le pregunta:

¿Sabes, mi querido Domingo, de qué arma se vale la Trinidad Santísima para reformar el mundo?

Vos lo sabéis mejor que yo —le responde, maravillado, Santo Domingo.

Santo Domingo de Guzmán - Real Monasterio de Santo

—Pues sabe que la principal pieza de combate es la salutación angélica, que es el fundamento del Nuevo Testamento. Si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, reza mi salterio.

Tras estas palabras, comienza de repente una furiosa tormenta. Rayos, truenos, una lluvia torrencial y temblores de tierra. Llevados por el miedo, los habitantes de la ciudad se refugian en la catedral, al son de las campanas que milagrosamente repican solas.

La tempestad dura bastante tiempo y únicamente para con las oraciones de Santo Domingo, el cual ya se encuentra en la catedral, delante de todos. Consolado por el auxilio de la Reina de los ángeles, les anuncia entonces el Santo Rosario. Casi toda la población de Toulouse lo acepta y abandona sus malas costumbres.14

Así, en medio de milagros estupendos habría surgido esta devoción, dádiva traída desde el Cielo, para beneficio de los hombres, por la propia Virgen María.

El Rosario en momento de crisis

¿Qué importancia tiene eso para el momento presente?

Las horas llave de la historia del Rosario fueron justamente aquellas en las que la calamidad se presentaba más grande. En el período de Santo Domingo, la fe se veía amenazada por la herejía albigense y el santo se valió del Rosario para salvar la ortodoxia. En Lepanto, la estructura visible de la Iglesia y de la civilización cristiana se encontraba al borde del colapso. El Rosario de San Pío V impetró, para Don Juan de Austria, la misma victoria que los brazos de Moisés, extendidos en lo alto del monte, conquistaron para Josué ante los amalecitas (cf. Éx 17, 8-13).

Tanto en un caso como en el otro, la garantía de la victoria fue la insigne devoción.

Poderosa arma para nuestros días

Actualmente la fe y la Santa Iglesia parecen estar tan o más amenazadas que en aquellos tiempos. Sus peores enemigos ya no se sirven de argumentos claros en discusiones abiertas, ni luchan con armas de hierro o de fuego, sino que se aprovechan de la sombra para crecer, de la ambigüedad para conquistar y del relativismo para demoler.

Debemos, por tanto, echar mano de todos los medios a nuestro alcance para hacer frente a esta crisis y el Rosario, como hemos visto, puede conquistar la intervención de Dios en los acontecimientos.

De la misma forma que Santo Domingo y San Pío V se valieron de él como un «arma para derrotar a los enemigos de Dios y de la religión»,17 así también los fieles de hoy, equipados con ese mismo instrumento de guerra, conseguirán destruir fácilmente los monstruosos errores e impiedades que por todas partes se levantan.18

No es sin razón que María Santísima, en dos ocasiones —en Lourdes y en Fátima— preceptuó que todos los hombres lo rezaran. En Cova da Iria —por cierto, durante la aparición de octubre— la Virgen afirmó: «Yo soy la Señora del Rosario». Bajo esta bandera vencieron los cristianos en el pasado y bajo ella vencerán hoy y siempre.

Autor: João Luís Ribeiro Matos

Notas


1 BENEDICTO XV. Carta «Di altissimo pregio», 18/9/1915.

2 LEÓN XIII. Amantissimæ voluntatis.

3 LEÓN XIII. Supremi apostolatus.

4 PÍO XI. Breve apostólico, 20/7/1925.

5 PÍO XII. Carta «Philippinas insulas», 31/7/1946.

6 LEÓN XIII. Iucunda semper.

7 CF. PÍO XI. Ingravescentibus malis.

8 BENEDICTO XV. Carta «In cœtu sodalium», 29/10/1916.

9 PÍO XI. Breve apostólico, 20/7/1925.

10 PÍO IX. Carta «Pium sane», 24/3/1877.

11 ROYO MARÍN, OP, Antonio. La Virgen María. Teología y espiritualidad marianas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1997, p. 467.

12 Cf. SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Le secret admirable du très Saint Rosaire. Montreal: Librarie Montfortaine, 1947, pp. 14-15.

13 Cf. GETINO, Luis G. Alonso. Santo Domingo de Guzmán. Madrid: Biblioteca Nueva, 1939, pp. 172-185.

14 Cf. SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT, op. cit., pp. 2-4. Este opúsculo del gran autor mariano fue alabado por San Juan Pablo II como «preciosa obra sobre el Rosario» (Rosarium Virginis Mariæ, n.º 8). Cabe notar también que el Beato Alano y San Luis Grignion fueron los principales apóstoles del Rosario en Francia, como subraya el teólogo dominicano Réginald Garrigou-Lagrange (cf. La Madre del Salvador y nuestra vida interior. 3.ª ed. Buenos Aires: Desclée de Brouwer, 1954, p. 266).

15 Como suele ocurrir con personajes antiguos, existe divergencia entre los autores sobre el año de nacimiento de Santo Domingo. El dato de que hubiera nacido a finales de 1171 lo hemos sacado de la colección ECHEVERRÍA, Lamberto de; LLORCA, SJ, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2005, v. VIII, p. 197.

16 La celebración de Nuestra Señora del Rosario fue instituida por San Pío V en acción de gracias por el triunfo de las armas cristianas en el golfo de Lepanto, ocurrido el 7 de octubre de 1571, mientras las cofradías de Roma celebraban procesiones del Rosario, una de ellas presidida por el propio sumo pontífice. Originalmente, sin embargo, se invocaba a María Santísima como Señora de las Victorias, lo que poco a poco se fue sustituyendo por Nuestra Señora del Rosario. En 1716 Clemente XI extendió la conmemoración a la Iglesia universal. León XIII la introdujo en la liturgia y San Pío X la fijó definitivamente el 7 de octubre (cf. ROYO MARÍN, op. cit., p. 507).

17 PÍO XI. Ingravescentibus malis.

18 Cf. PÍO IX. Egregiis, 3/12/1856.

Santos

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad.

febrero 12, 2022

¡Lourdes!

¿Dónde encontraremos las palabras que alcancen a explicar todo cuanto ese nombre significa para la piedad católica en el mundo entero? ¿Quién podrá traducir en palabras el ambiente de paz que envuelve la gruta sagrada en la cual, hace más de 150 años, vino la Santísima Virgen para estar con la humilde Bernardette e inaugurar, de modo definitivo, un nuevo vínculo con la humanidad sedienta de consuelo y de paz?

Por designio de la Divina Providencia, a ese lugar se asoció una acción intensa de gracia, especialmente capaz de transmitir a los millares de peregrinos, venidos de lejos, la certeza interior de que sus oraciones son benignamente oídas, sus dramas apaciguados, y sus esperanzas fortalecidas. En efecto, a lo largo de este siglo y medio, las ásperas rocas de Massabielle se han convertido en palco de las más espectaculares conversiones y curas, legando a la Santa Iglesia Católica un tesoro espiritual de valor incalculable.

En Lourdes tales curas y conversiones se revisten de una grandiosidad peculiar, delante de la cual nuestra lengua enmudece. Allí está, delante de todos, la sublimidad del milagro. Mientras tanto, no se puede hablar de Lourdes sin recordar con veneración a la protagonista ligada de modo indisociable a esa historia de bendición y misericordias.

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad a los llamamientos a la conversión y penitencia, que aquellos días fueron lanzados por la Reina de los Cielos, y que habrían de llegar a los más alejados rincones de la Tierra.

Santa Bernardita. Infancia marcada por la Fe

Bernardette nació en un siglo de profundas transformaciones. Animada, por un lado, por la oleada de devoción mariana que el pontificado del Beato Pío IX estaba suscitando, la segunda mitad del siglo XIX presenciaba el avance insolente del ateísmo y del materialismo.

Los espíritus estaban divididos y, a fin de actuar precisamente en esa encrucijada de la Historia, María Santísima quiso servirse de la hija primogénita del matrimonio Soubirous.

¡Qué alejados, pues, de esta suerte de consideraciones, estaban François y Louise, el 7 de enero de 1844! Ese día les nacía su hija Bernardette en el Molino Bolli, en las cercanías de Lourdes, durante los días felices de abundancia que ellos allí pasaron.

La niña fue bautizada, recibiendo el nombre de su madrina Bernarde, al que se sumó el de Nuestra Señora que se le habría de aparecer. Marie- Bernarde, es como se llamaba Bernardette, que no escapó al diminutivo cariñoso que le acompañaría por el resto de su vida.

Santa Bernardita
Santa Bernadette Soubirous
La imagen de arriba y abajo

En el Molino Bolli transcurrió su primera infancia, marcada por una religiosidad auténtica y sincera, además de la frecuencia a los sacramentos, la oración en conjunto a los pies del crucifijo era una eximia práctica de los principios cristianos a la que correspondían como un deber moral el matrimonio de campesinos. Bernardette creció, por así decir, respirando la santa fe católica del mismo modo que respiraba el aire puro de la montañosa región de los Pirineos.

La miseria visitó el hogar de los Soubirous.

La época era difícil y los negocios de François Soubirous iban mal. A los ocho años de edad Bernardette se trasladadó a un molino más sencillo, y al cabo de tres años alquilaron una cabaña al lado del camino. Ya crecida, ella acompañaba las progresivas desgracias de los padres y enfrentaba, con admirable resignación, la situación de indigencia a la que se vieron reducidos en 1856, hasta el punto de tener que mudarse hasta la antigua cárcel de Petits- Fósees: un cubículo húmedo y pestilente que las autoridades habían juzgado inadecuado hasta para los presos.

La pobreza allí era completa. El habitáculo medía menos de cinco por cuatro metros y la familia no poseía absolutamente nada excepto el mobiliario más indispensable y las ropas. La luz del sol nunca penetraba en el lugar, marcado por la reja de la ventana y por el cerrojo de la pesada puerta -reminiscências del antiguo calabozo. Allí vivían los padres y los cuatro hijos, constantemente atormentados por el hambre.

bernardita

Cuando conseguían comprar pan, la madre lo dividía entre los pequeños, que aún así se sentían insatisfechos. Bernardette, no pocas veces, se privaba de su pequeña parte a favor de los más jóvenes, sin nunca demostrar el menor desacuerdo por eso. Por la noche, sin conseguir dormir, atormentada por el asma, Bernardette lloraba. La causa principal de aquél desahogo, sin embargo, no era la enfermedad o las duras privaciones materiales.

El único deseo de la angelical niña era hacer la primera comunión, pero la necesidad de cuidar de los hermanos y de la casa le impedía frecuentar el catecismo, aprender a leer y a escribir y hasta hablar el francés. De hecho, cuando la Santísima Virgen le dirigió la palabra, lo hizo en patois, el dialecto de la región de Lourdes.

Si Bernardette deseó algo para sí misma, en los días de su infancia, fue únicamente recibir el Santísimo Sacramento, el Señor ofendido por los pecados de los hombres, que ella aprenderá tan pronto a consolar.

Días de pastoreo en Bartrès.

Las pocas veces que Bernardette frecuentó las aulas de catecismo en Lourdes fueron desaprovechadas, porque no conseguía acompañar al resto, más jóvenes y adelantadas que ella. Louise Soubirous estaba preocupaba por la hija, de 13 años, que todavía no había hecho la primera comunión, y resolvió pedir a su amiga, María Lagües, que la aceptase en Bartrès -aldea no muy distante de Lourdes- con el objetivo de que Bernardette allí pudiese frecuentar las aulas de catecismo.

Por consideración y amistad, María Lagües la recibió en su casa, pero no fue tan fiel a su promesa como sería de esperar -enseguida ocupó a Bernardette en los servicios de la casa y en el cuidado de los hijos. Y su marido encontró en ella su pastora ideal para su rebaño de corderos. Fue en ese periodo de pastoreo cuando Bernardette se solidificó en la oración, durante las largas horas transcurridas en el más completo silencio en medio del privilegiado panorama Pirenaico. Contemplativa, ella montaba un pequeño altar en honra de la Santísima Virgen y allí pasaba horas de gran fervor recitando el Rosario, la única oración que conocía.

Un hecho que le ocurrió a Bernardette en esta época demuestra la pureza cristalina de su corazón. Cierto día, cuando François Soubirous fue a visitar a su hija, la encontró triste y cabizbaja. Le preguntó qué era lo que le afligía. – Todos mis corderos tienen los costados verdes- respondió ella.

El padre, dándose cuenta de que se trataba de la marca hecha por un intermediario, hizo un comentario gracioso: – Ellos tienen los costados verdes porque comieron mucha hierba. – ¿Y pueden morir? -preguntó asustada Bernardette. – Tal vez… Apenada, comenzó a llorar en el mismo instante, entonces el padre le contó la verdad: – Vamos, no llores. Fue el intermediario que los marcó así.

Más tarde, cuando le llamaron boba por haber creído en semejante disparate, su respuesta constituyó una demostración involuntaria de su elevada virtud: – Yo nunca mentí; no podía suponer que aquello que mi padre me decía no era verdad. Los días pasaban lentamente en la pequeña aldea, y ya habían pasado siete meses desde la llegada de Bernardette.¡Cuánta esperanza de aproximarse a la mesa eucarística traía en la llegada, y qué decepción experimentaba, después de las pocas aulas de insignificante instrucción! Aquella espera interminable la afligía, pero, como todo en la vida del hombre, fue permitido por Nuestro Señor.

«Sufre los retrasos de Dios; dedícate a Dios, espera con paciencia, con el fin de que, en el último momento, tu vida se enriquezca» (Eclo 2, 3) Esas palabras, desconocidas para Bernardette, significaban exactamente como Dios procedió con respecto a ella. Al mismo tiempo en que la gracia inspiraba en su alma un ardiente deseo de las cosas elevadas, éstas parecían serle retiradas.

Con eso, su ansia se robustecía, y todo lo que era terrenal empezaba a ser poco a sus ojos, cada vez más aptos para comprender las realidades sobrenaturales. Como suele pasar con las almas que Dios prueba por medio de largas esperas, le estaban reservadas gracias mucho mayores.

Celestial sorpresa.

De vuelta a la casa paterna, Bernardette retomó los antiguos quehaceres.

En la mañana inolvidable del 11 de febrero de 1858, salió con la hermana Toinette y la amiga Jeanne Abadie para el bosque, con el fin de recoger leña para la chimenea y huesos que vender para comprar algún alimento. Anduvieron bastante hasta llegar a la gruta de Massabielle, donde Bernardette nunca había estado. En el momento en que las despiertas niñas atravesaban el agua helada del río Gave, Bernardette se preparaba para hacer lo mismo.

gruta lourdes
Gruta de las Apariciones

Ésta es la narración de Bernardette de lo que entonces sucedió: «Escuché un barullo, como si fuese un rumor. Entonces, volví la cabeza hacia la orilla del prado; vi que los árboles no se movían en absoluto. Seguí descalzándome. Volví a escuchar el mismo barullo. Levanté la cabeza, mirando hacia la gruta. Vi a una Señora toda de blanco, con el vestido blanco, un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie, del color de la cadena de su rosario: las cuentas del rosario eran blancas»

Era la Santísima Virgen que le sonreía y le llamaba para que se aproximara. Temerosa, Bernardette no se adelantó, sino que sacó su tercio y comenzó a rezar. Lo mismo hizo la «bella Señora», que aunque no moviese los labios la acompañaba con su propio rosario. Después, al terminar el Rosario, Ella desapareció.

La impresión que esa primera aparición produjo en Bernardette fue profunda. Sin reconocer en Ella a la Madre celeste, la niña se sentía irresistiblemente atraída por esa figura tan amable y admirable, en la cual no podía parar de pensar. Cuando una monja le preguntó, años más tarde, en la enfermería del convento, si la Señora era bella, ella respondió: – ¡Sí! ¡Tan bella que, cuando se ve una vez, se desea la muerte sólo para volver a verla!

Dieciocho encuentros en Massabielle.

Por más que Bernardette hubiese pedido que guardaran el secreto a sus dos compañeras, a las que contó lo que viera, ellas no se mantuvieron calladas en ningún momento.

Poco más tarde, eran decenas de personas las que comentaban en la vecindad el sobrenatural acontecimiento. Y era apenas El comienzo: la impresionante popularidad de las apariciones asumió proporciones tales, que el día 4 de marzo, estaban junto a Bernardette nada menos que 20.000 peregrinos.

Antes de cada visita de Nuestra Señora, Bernardette sentía un enorme deseo de ir a Massabielle. Fue lo que ocurrió los días 14 y 18 de febrero, cuando un presentimiento interior la condujo hasta la gruta. En la segunda aparición, la Virgen Santísima permaneció nuevamente en silencio; dijo apenas alguna palabra el día 18, como nos lo narra la obediente niña: «La Señora sólo me habló en la tercera vez. Me preguntó si quería ir allí durante 15 días. Le respondí que sí, después de pedir permiso a mis padres»

El santuario de Lourdes es uno de los mayores centros de peregrinación del mundo católico, acogiendo cerca de 6 millones de peregrinos todos los años

La quincena de apariciones, que se dio entre el 18 de febrero y el 4 de marzo, con excepción de los días 22 y 26, constituyó el gran foco de irradiación del mensaje confiado a Bernardette. Cada día se multiplicaba el número de asistentes que emprendían penosos viajes, atraídos por los celestiales coloquios. Aunque nadie más que Bernardette viese a la «Señora», todos sentían Su presencia y se conmovían con los éxtasis de la campesina.

– Ella no parecía de este mundo -dijo un testigo. Las palabras de Nuestra Señora no fueron muchas, aunque de expresivo significado. Dijo a Bernardette el mismo día 18: «No prometo hacerte feliz en este mundo, pero sí en el otro». Y otras veces: «Yo quiero que venga aquí mucha gente». «¡Pide a Dios por los pecadores! ¡Besa la tierra por los pecadores!». «¡Penitencia, penitencia, penitencia!». «Ve y di a los sacerdotes que construyan aqui una capilla. Quiero que todos vengan en procesión». Todavía durante la quincena, la Reina de los Cielos confió tres secretos y enseñó una oración a Bernardette, que ella recitó con insuperable fervor todos los días de su vida.

Después de un largo silencio con respecto a su identidad, la Señora reveló su nombre a Bernardette en la decimosexta aparición, el 25 de marzo de 1858: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Era una solemne confirmación del dogma proclamado por el Beato Pío IX cuatro años antes; la pureza de doctrina sería coronada, de aquí en adelante, por la belleza de los milagros.

Transformada por Nuestra Señora.

Uno de los criterios de prudencia adoptados por la Santa Iglesia para verificar la autenticidad de las revelaciones como las que recibió Bernardette, es observar atentamente la conducta de los videntes. En ellos, se refleja invariablemente la veracidad y el tenor de lo que dicen ver: su testimonio personal es decisivo.

Los enfermos no tardaron en servirse de ella y las curas inexplicables se iniciaron el 1 de marzo. Enfermos desahuciados «por la razón y por la ciencia» veían sus males desaparecer en un instante, y los argumentos de innumerables corazones reticentes se transformaron en cánticos de fe.

Cuando Bernardette, más tarde, probó esta agua para sus penosas dolencias, no le fue eficaz. Le preguntaron, entonces: – Esa agua cura a otros enfermos: ¿Por qué no te cura a ti? – Tal vez la Santísima Virgen quiera que yo sufra- fue su respuesta.

Lourdes aguas

De hecho, su vocación era sufrir y expiar por la conversión de los pecadores. La fuente no era para ella. Esa hija predilecta de María comprendió con profundidad su singular llamada.

Todo cuanto habría de padecer física y moralmente de ahí en adelante -que no fue poco- ella deseaba unirlo a los méritos infinitos del Redentor crucificado, para que fuese pleno el efecto de las gracias derramadas en la gruta. Nunca un murmullo, una queja o un acto de impaciencia se desprendieron de sus resignados labios, acostumbrados al silencio y a la inmolación.

En el asilo de Nevers.

Después del ciclo de las apariciones, todos querían ver a Bernardette y tocarla. Le pedían bendiciones, le robaban reliquias… Hombres ilustres emprendían largos viajes para conocerla y altas figuras eclesiásticas no escondían su admiración delante de ella.

Pero, ¡cuánto le hacían sufrir por causa de eso! En su acrisolada humildad, Bernardette se sentía incómoda delante de tantas manifestaciones de deferencia. Su mayor deseo era ser olvidada, quería que sólo la Virgen Santísima fuese objeto de encanto y amor. En Lourdes, ella vivió todavía nueve años en el Asilo, administrado por las Hermanas de la Caridad y de la Instrucción Cristiana, de Nevers.

Ayudaba en la atención a los enfermos, en los servicios de la cocina, cuidando de los niños. A los 23 años partió hacia la Casa Madre de la Congregación, en Nevers, deseando ávidamente la vida de recogimiento y oración: – Vine aquí para esconderme -dijo.

Sus trece años de vida religiosa fueron acentuados por la práctica de todas las virtudes y, de modo especial, el desprendimiento de sí misma y el amor al sufrimiento. De ese período, pasó nueve años de ininterrumpidas enfermedades: el asma inclemente, un doloroso tumor en la rodilla, que evolucionó hasta una terrible infección de los huesos. El día 16 de abril de 1879, a los 35 años de edad, ella entregó su alma al Creador.

"Me encontraréis junto al peñasco"

Sus restos mortales incorruptos constituyen uno de los más bellos vestigios de la felicidad eterna que Dios haya otorgado a los pobres mortales en este Valle de Lágrimas.

Intacto, puro, angélico es el cuerpo de Bernardette, delante del cual el peregrino se siente atraído a pasar horas seguidas en oración, y levantarse con la dulce impresión de haber penetrado en la felicidad eterna de la que goza la vidente de Massabielle.

Bernardette
Cuerpo incorrupto de Santa Bernardette Soubirous - Nevers (Francia)

Allí están, cerrados, pero elocuentes, los ojos que otrora contemplaran a la Santísima Virgen, para enseñarnos que los únicos que son exaltados son los mansos y los humildes de corazón; para recordarnos que, para realizar Sus grandes obras, Dios no precisa de las fuerzas humanas, sino de la fidelidad a la voz de Su gracia.

Sabemos que la misión de Bernardette no terminó. La acción beneficiosa de su intercesión se hace sentir junto a la gruta, como ella misma predijo: «Me encontraréis junto al peñasco que tanto amo». Que ella nos obtenga, en este año de jubileo y acción de gracias, una confianza inquebrantable en el poder de Aquella que dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción».

Tamara Victório Penin

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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