María Santísima

Escapulario del Carmen

Aquellos que mueran con este Escapulario no padecerán el fuego del Infierno.

Los grandes privilegios del Escapulario

El día 16 de julio de 1251San Simón Stock suplicaba a Nuestra Señora ayuda para resolver un problema de la Orden  Carmelita, de la cual era Prior General. Mientras él rezaba, la Virgen apareció, trayendo el Escapulario en las manos y dijo estas confortantes palabras:

“Hijo amadísimo, recibe el Escapulario de tu Orden, señal especial de mi amistad fraterna, privilegio para ti y todos los carmelitas. Aquellos que mueran con este Escapulario no padecerán el fuego del Infierno. Es señal de salvación, amparo y protección en los peligros, y alianza de paz para siempre".

La Iglesia asumió al Escapulario e hizo de él una de las devociones más difundidas entre el pueblo de Dios.

En nuestra época de supersticiones, no es superfluo esclarecer que el Escapulario está lejos de ser un signo “mágico” de salvación. No es una especie de amuleto cuyo uso nos dispensa de las exigencias de la vida cristiana. No basta, por tanto, ponerlo al cuello y decir: “¡Estoy salvado!»

Es verdad que Nuestra Señora no puso condición alguna al hacer su promesa. Simplemente afirma: “Quien muera con el Escapulario no padecerá el fuego del infierno”. No obstante, para beneficiarse de este privilegio, es necesario usar el Escapulario con recta intención. En este caso, si en la hora de la muerte la persona estuviera en estado de pecado, Nuestra Señora providenciará, de alguna forma, que ella se arrepienta y reciba los sacramentos. ¡Es en esto que la misericordia de la Madre de Dios se muestra verdaderamente insondable!

Quien usa el Escapulario puede beneficiarse también de indulgencia plenaria (remisión de todas las penas del Purgatorio) el día en que lo recibe, en la fiesta de Nuestra Señora del Carmen, 16 de julio; de San Elías, 20 de julio; Santa Teresita, 1 de octubre; de los santos carmelitas, 14 de noviembre; San Juan de la Cruz, 14 de diciembre; San Simón Stock, 16 de mayo.

Protección en los peligros de la vida cotidiana

Nuestra Señora, la mejor de todas las madres, quiere para sus hijos devotos no solamente los beneficios espirituales, sino también los temporales. Así, quien porta su Escapulario recibe de Ella una protección especial en los peligros de la vida cotidiana.

Señal de alianza con Nuestra Señora

El Escapulario es una señal de alianza de Nuestra Señora y expresa nuestra consagración a Ella. Su uso es un poderoso medio de enfervorizar a los que viven en estado de gracia y de convertir a los pecadores.

Dios no deja sin recompensa ningún beneficio hecho a una persona necesitada, incluso un simple pedazo de pan dado a un indigente. Imagínese, entonces, como Él recompensará a quien ayude en la ¡salvación de un alma!

Como recibir y usar el Escapulario

1 – Cualquier sacerdote tiene poder para bendecir e imponer el Escapulario.

2 – Esa bendición e imposición valen para toda la vida, por lo tanto, basta recibirlo una vez.

3 – Cuando el Escapulario se desgaste, basta sustituirlo por uno nuevo.

4 – Aún cuando alguien tenga la infelicidad de dejar de usarlo durante algún tiempo, puede simplemente retomar su uso, no es necesaria otra bendición.

5 – Una vez recibido, él debe ser usado siempre, de preferencia en el cuello, en todas las ocasiones, aún mientras la persona duerme.

6 – En casos de necesidad extrema, como enfermos en hospitales, si el Escapulario le fuere retirado, el fiel no pierde los beneficios de la promesa a Nuestra Señora.

7 – En casos de peligro de muerte, aún un laico puede imponer el Escapulario. Basta recitar una oración a Nuestra Señora y colocar en la persona un escapulario ya bendecido por algún sacerdote.

8 – El Papa San Pío X autorizó sustituir el Escapulario por una medalla que tenga de un lado el Sagrado Corazón de Jesús y del otro una imagen de Nuestra Señora. Pero la recepción debe ser hecha con el escapulario de tela.

Oración a Nuestra Señora del Carmen

Oh, Virgen del Carmen! Madre amorosa de todos los fieles, pero especialmente de los que visten vuestro sagrado Escapulario, en cuyo número tengo la alegría de estar incluido, interceded por mí junto a vuestro Divino Hijo.

Obtenedme que, después de una vida verdaderamente cristiana, expire revestido del santo Escapulario y, librándome del fuego del infierno, conforme prometisteis, merezca salir cuanto antes, por vuestra intercesión poderosa, de las llamas del purgatorio.

¡Oh, Virgen misericordiosa! Vos dijisteis que el Escapulario es nuestra defensa en los peligros, es señal de vuestro amor y de alianza para siempre entre Vos y vuestros hijos. Haced, pues, que el Escapulario me una perpetuamente a vos y libre para siempre mi alma del pecado.

En prueba de mi reconocimiento y fidelidad, me ofrezco todo a vos consagrándoos en este día mis ojos, mis oídos, mi boca, mi corazón y todo mi ser.

Y porque os pertenezco enteramente, guar­dadme y defendedme como hijo y siervo vuestro. Amém.

Nuestra Señora del Carmen, ruega por nosotros.

Comentarios

Destacados, Espiritualidad

Cuántas veces somos movidos por un ímpetu de entusiasmo, de buenos deseos y propósitos, y no sabemos explicar de dónde proceden.

junio 3, 2022

Cuántas veces somos movidos por un ímpetu de entusiasmo, de buenos deseos y propósitos, y no sabemos explicar de dónde proceden. En otras ocasiones, por el contrario, nos sentimos ácidos o desanimados y, de pronto —sin ninguna acción de nuestra parte—, nos invade una profunda consolación. En ambas circunstancias, tales impulsos interiores proceden del Espíritu Santo, que actúa sobre nuestras almas como otrora sobre los Apóstoles, predisponiéndonos a la práctica del bien y haciéndonos capaces, por el poder de su fuerza transformadora, de alcanzar incluso la heroicidad.

En el Espíritu Santo nos hacemos divinos.

Espiritu Santo

Son conocidas las palabras de Tertuliano: “O testimonium animæ naturaliter christianæ (¡Oh testimonio del alma, que es naturalmente cristiana!) 1”, las cuales expresan una gran verdad, ya que cada alma ha sido creada en función de Jesucristo. Sin embargo, antes de recibir las aguas regeneradoras del Bautismo, sin poseer la vida divina, de su naturaleza manchada por la culpa original brotan el egoísmo, el exclusivo cuidado consigo mismo y una desmedida preocupación por sus intereses, de donde dimanan las amargas experiencias que nos proporciona la convivencia humana, en el transcurso de nuestros años.

Por lo tanto, es preciso que el hombre “nazca de agua y de Espíritu” (Jn 3, 5). Lleno de fe, esperanza y caridad, adquiere una profunda comprensión de los panoramas sobrenaturales, que se refleja después en el empeño de hacer el bien y de entregarse, si fuera necesario, a un verdadero holocausto en favor de los demás. Así es la vida de la gracia, mantenida, desarrollada y robustecida por la acción del Espíritu Paráclito. En ese sentido, dice San Agustín: “El Dios Amor es el Espíritu Santo. Cuando este Espíritu, Dios de Dios, se da al hombre, le inflama en amor de Dios y del prójimo, pues Él es amor”.2

¿Cómo se verifica esa participación en la vida divina?

¿Cómo se verifica esa participación en la vida divina? En el Hombre Dios, modelo supremo de toda la Creación, el Verbo sirve de soporte —del griego ὑπόστασις (hipóstasis)— para la unión de la naturaleza humana con la divina. Algo semejante y misterioso se opera en nuestro interior, por la acción de la gracia santificante recibida en el Bautismo: guardando las debidas proporciones, el papel que desempeña la segunda Persona de la Santísima Trinidad en Jesús lo ejerce en nosotros la tercera Persona, haciéndonos partícipes de la vida increada de Dios y pertenecientes al Cuerpo Místico de Cristo.

Adoptados como hijos de Dios.

Entonces podemos afirmar que por el Bautismo pasamos a formar parte de la familia divina. Mientras que Jesucristo, en lo que respecta a su origen es el Unigénito de Dios, engendrado por el Padre desde toda la eternidad, nosotros, aunque no fuimos engendrados en la Trinidad, por la gracia nos convertimos en hijos de Dios por adopción.

Para facilitar la comprensión de tan elevada verdad, analicemos, por ejemplo, la diferencia que existe entre ser adoptado por alguien de condición modesta o por una persona acomodada.

Sin duda, si nos dieran a elegir, la gran mayoría de las personas optaría por la segunda posibilidad, pues significaría un aumento de proyección social y una herencia mucho mayor. Ahora bien, ser recibido por Dios como hijo es algo infinitamente más que conquistar cualquier dignidad o poseer bienes materiales. Esta adopción sobrenatural no se efectúa a la manera humana, registrada en una notaría: mientras que los padres no pueden dar su vida biológica a sus hijos adoptivos, Dios, por el contrario, nos confiere una participación física y formal en su propia vida.

A diferencia de lo que ocurre con el vestuario, que varía de acuerdo con los gustos y las ocupaciones de cada uno, cambiando la apariencia exterior de la persona, pero sin alterar su organismo, la gracia ennoblece el interior, revistiendo nuestra alma y configurándonos con Cristo, conforme las palabras del Apóstol: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga. 2, 20)

Revista Heraldos del Evangelio nº 118, Mayo de 2013; pp.13-14

Notas:

1- TERTULIANO. Apologeticum XVII: ML 1, 377.

2 SAN AGUSTÍN. De Trinitate. L. XV, c. 17, n.o 31. In: Obras. 3.a ed. Madrid: BAC, 1968, v. V, p. 716.

Oraciones

enero 3, 2022

Nosotros te agradecemos ¡Oh Madre del Buen Consejo!, por todas las gracias y favores concedidos en este día de lucha. Perdona nuestras infidelidades, acepta nuestra fatiga como merecida reparación por todas nuestras faltas. Danos un reposo favorecido por tus Santos Ángeles, bajo tu mirada pura y materna, a fin de que al día de mañana nos encontremos siempre dispuestos a luchar cada vez más por Ti y así amarte con fervor siempre creciente.

Así sea.

Plinio Corrêa de Oliveira

Espiritualidad

A semejanza de un jardín, la vida espiritual requiere un cuidado continuo, pues los defectos pueden nacer en los lugares más recónditos y de las formas más inesperadas.

abril 18, 2022

Una de las más célebres divisas de la filosofía antigua es, ciertamente, «conócete a ti mismo». Este aforismo, atribuido al filósofo ateniense Sócrates, nos lleva a prestar atención en una verdad poco recordada, en general: la importancia de considerarnos siempre según nuestro valor real.

Un episodio de la vida del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira podrá ayudarnos a comprenderlo mejor.

¿Qué diferencia al hombre libre de un delincuente?

Desde muy joven, el Dr. Plinio brilló por su talento como orador y por tal motivo era llamado con frecuencia a que hiciera discursos en ambientes de los más variados. En una ocasión lo invitaron a que diese una conferencia de preparación para la Comunión Pascual en la Penitenciaría de Carandiru, antigua prisión de la ciudad de São Paulo, experiencia bastante inusual para quien provenía de la alta sociedad paulista y se había acostumbrado a la convivencia en círculos aristocráticos.

Penitenciaría de Carandiru,
São Paulo (Brasil)

A la entrada, enseguida uno de los directores de la cárcel le advirtió sobre los riesgos existentes en aquel sitio y le recomendó vigilancia. De cualquier manera, el joven conferenciante ingresó allí decidido, especialmente atraído por la oportunidad que se le presentaba de poner en práctica su propensión hacia el análisis psicológico.

Y cuál no fue su sorpresa al encontrarse, detrás de las rejas, con fisonomías muy semejantes a las de las personas que veía todos los días circulando por las calles, más de lo que imaginaba… Discernió, al mismo tiempo, que estas se diferenciaban de los detenidos en un punto específico, el cual le vino a la mente durante el discurso, a la manera de conclusión inequívoca:

Penitenciaría de Carandiru:
algunos presos en la década de 1930

los individuos libres hacían, aunque discreta e imperfectamente, breves exámenes de conciencia a lo largo de sus vidas; los que estaban en la prisión, por el contrario, nunca se habían analizado así, lo que les llevó a caer en los crímenes por los cuales sufrían un justa pena.

Según una comparación que hacía el propio Dr. Plinio, las faltas se asemejan a cargas de pólvora que se acumulan en nuestras almas: quien nunca se analiza, corre el riesgo de que el peligroso material vaya aumentando en tal cantidad que una pequeña chispa acabe detonando un desastre inimaginable

Excelente medio de progreso espiritual

Alguien podría objetar que los ejercicios de piedad y de perfección espiritual —entre ellos el examen de conciencia—, o incluso los sacramentos, suenan hoy a anacrónicos. No obstante, tal juicio nace, muy probablemente, de la mala comprensión de esas prácticas saludables.

En palabras de cierto sacerdote jesuita, «para combatir la muerte, comemos todos los días; para reparar la fatiga, dormimos. ¡Este doble remedio es muy antiguo! ¿Vas a dejarlo de lado so pretexto de ser una antigualla?»1

Ahora bien, si tenemos a nuestra disposición medios excelentes, de eficacia jamás contestada, para progresar en la vida sobrenatural, ¿por qué no nos valemos de ellos?

El alma humana: ¿con qué compararla?

Mucho se engaña quien piensa que nuestra alma es como un vehículo que sólo de vez en cuando necesita una revisión… La vida espiritual, por el contrario, se asemeja a un jardín que requiere un cuidado continuo, pues los defectos pueden nacer en los lugares más recónditos y de las formas más inesperadas.

Los que ya se han dedicado a la botánica conocen muy bien cierto tipo de planta especialmente combatida: la maleza. Sobre todo, en países tropicales, cuyo suelo fertilísimo da hasta lo que no se espera, ¡esos vegetales «enemigos» se propagan con una rapidez espantosa!

Una gran analogía podemos establecer entre esa realidad natural y el alma humana. Si no tomamos cuidado, los vicios sofocan las flores y los frutos de la virtud y vuelven nuestras almas semejantes «a la tierra del perezoso» descrito en el Libro de los Proverbios:

«Pasé junto al campo del holgazán, crucé por la viña del insensato: todo lo tapaban los espinos, la maleza cubría su extensión; la cerca de piedra, por el suelo. Al verlo me puse a pensar; al mirarlo saqué esta lección: duermes a ratos o cabeceas, cruzas los brazos y a descansar, y te llega la miseria del vagabundo, te sobreviene la pobreza del mendigo» (24, 30-34).

Jardín del palacio de Versalles (Francia)

Ante esta implacable realidad, tenemos a nuestro alcance el auxilio del examen de conciencia que, si es bien hecho —y no sólo semanal o mensual, sino diariamente—, puede alcanzar grandes y excelentes resultados. Unos pocos minutos son suficientes para hacer con provecho un análisis cotidiano de nuestra propia conciencia.

El examen general de la conciencia

En su libro Ejercicio de perfección y virtudes cristianas —obra que, en el decir de San Antonio María Claret, había llevado más almas al Cielo que estrellas tiene el firmamento2— el P. Alonso Rodríguez, de la Compañía de Jesús, nos ofrece un primoroso tratado sobre el examen de conciencia, con enseñanzas de índole eminentemente ignaciana.3 Entre ellos está la distinción entre el examen general y el particular.

El examen general versa sobre todas las acciones de un día o de un período. Es el que hacemos antes de la confesión sacramental. Consta de cinco puntos o partes.

Al recogernos para hacerlo, en primer lugar, damos gracias a Dios por los beneficios recibidos —cosa muy útil para contrastar la bondad y liberalidad de Nuestro Señor para con nuestra maldad e indolencia.

Después le pedimos que nos auxilie a conocer nuestras faltas y pecados.

El Dr. Plinio utilizaba un ejemplo muy peculiar para evidenciar la importancia de analizarnos con exactitud: no existe un cirujano en el mundo que ose hacer una operación en la oscuridad; y cuando se trata del examen de conciencia, somos al mismo tiempo cirujanos y pacientes.

Por eso debemos pedir —por cierto, no solamente en ese momento, sino continuamente— la gracia de ser iluminados para conocernos bien: «Señor, que recobre la vista» (Lc 18, 41). ¿Cómo, pues, habremos de corregir defectos que no conocemos o conocemos mal?

El tercer paso consiste en la consideración de las faltas cometidas desde la última confesión; el cuarto, en la petición de perdón a Dios, nuestro Señor, por nuestras culpas, condoliéndonos y arrepintiéndonos de ellas.

Podemos repasar los Mandamientos o los consejos evangélicos con el auxilio de una lista o un elenco de faltas, encontrando dónde caímos y ofendimos a Dios.

Finalmente, hacemos propósito de no pecar más, con el auxilio de la gracia divina, y terminamos con alguna oración breve —un padrenuestro o una avemaría, por ejemplo.

Jerarquía de valores

Conviene destacar que toda la fuerza de este examen se halla en los dos últimos puntos: el arrepentimiento sincero y la decisión de no pecar más.

De ellos nos vienen los más preciosos frutos de perfección que tal hábito puede proporcionarle al alma y, dígase de paso, se trata de dos exigencias indispensables para el sacramento de la confesión.

La finalidad del examen general, como defiende el P. Garrigou-Lagrange,4 no está principalmente en la enumeración completa y exhaustiva de faltas veniales, sino en el ver y acusar con sinceridad el principio del cual ellas derivan para nosotros.

Al respecto, el Dr. Plinio afirma: «Un examen de conciencia bien hecho debe incluir no sólo los actos pecaminosos, sino las tendencias que nos llevan a practicar esos actos.

Porque es necesario cortar la raíz del mal, para que el mal no suceda».5

El P. Alonso Rodríguez6 —y aquí nos remitimos una vez más a las figuras del reino vegetal— explica que si arrancamos la raíz de la mala hierba, enseguida toda la planta se marchitará y secará.

Pero si solamente podamos las ramas y dejamos las raíces en la tierra, en poco tiempo tornará a brotar y crecer más.

El examen particular

Por otra parte, se suele decir que «quien mucho abarca, poco aprieta».

Y por eso San Ignacio de Loyola le daba mayor importancia al denominado examen particular que al examen general, pues nos permite tomar nuestros defectos uno tras otro y vencerlos más fácilmente.

Además, luchar para dominar un vicio es pelear contra todos.

Al pueblo de Israel, cuando se encontraba ante naciones enemigas, Dios le animaba diciendo:

«No tiembles ante ellos, pues en medio de ti está el Señor, tu Dios, un Dios grande y terrible. El Señor, tu Dios, irá arrojando delante de ti a esas naciones poco a poco. No debes exterminarlas de golpe» (Dt 7, 21-22).

 

San Ignacio de Loyola –
Casa Madre de los Heraldos del Evangelio, São Paulo

Suele ocurrir algo similar con las imperfecciones de nuestra alma. Dios quiere de nosotros una lucha reñida contra nuestros defectos, pero nos alerta de que seremos más exitosos si atacamos enemigos específicos y perseveramos en la lucha contra ellos, hasta derrotarlos por completo:

«Yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo, y no me volvía sin haberlo aniquilado: los derroté, y no pudieron rehacerse, cayeron bajo mis pies» (Sal 17, 38-39).

El método de acción

Procedemos en nuestro examen particular con el mismo método del examen general.

En cuanto a la materia a escoger, según apunta el P. Alonso Rodríguez,7 esta debe empezar por las faltas exteriores que incomodan y desedifican al prójimo, aunque haya otros defectos interiores mayores, pues la razón y la caridad piden que comencemos por aquello que puede causar perjuicio a los demás, y vivamos de tal forma que no tengan quejas de nosotros.

Pero no hemos de persistir en el combate contra las fallas externas de por vida: más fáciles de vencer, precisamos desembarazarnos de ellas tanto como sea posible, para iniciar la lucha contra las imperfecciones interiores.

Con relación a estas últimas, lo ideal es que tomemos una virtud que creamos sea más necesaria cultivar —la cual presupone un vicio contrario a combatir— y la dividamos en puntos concretos, que se volverán fáciles de analizar.

Sería, pues, un error tomar una resolución como: «Seré humilde en todo y extirparé el orgullo de mi alma».

A pesar de tratarse de un óptimo deseo, dicha resolución comprende muchas otras actitudes y disposiciones, y aportaría poco provecho espiritual trabajar con algo tan genérico.

Es mucho más conveniente escoger puntos como: «No diré palabras que redunden en mi alabanza», o bien: «Cortaré enseguida pensamientos vanos y soberbios que toquen a mi honra», propósitos concretos, cuyo cumplimiento o inobservancia es fácilmente perceptible.

¿Cuánto debe durar el combate a un punto?

Sabemos que las pasiones son inherentes a la naturaleza humana y es imposible erradicarlas por completo.

Si esperásemos que el ímpetu ocasionado por una determinada pasión —como la cólera o la envidia, por ejemplo— dejara de ser sentido por nosotros, nunca cambiaríamos la materia del examen.

Nuestra lucha contra el vicio debe continuar hasta que se vea debilitado y podamos refrenarlo con presteza y facilidad.

Veremos así con cuánto provecho y beneficio serán empleados algunos minutos de nuestro día, y cuán leve irá haciéndose el análisis de nuestras propias actitudes internas y externas.

El examen de conciencia es un excelente medio de perfeccionarnos como seres humanos y, sobre todo, como hijos de Dios, porque como afirma un célebre tratadista:

«Si no nos conocemos a nosotros mismos, es moralmente imposible que nos perfeccionemos».8

Verdaderamente corajoso es aquel que sabe ver de frente sus indigencias, sus miserias y su propia incapacidad de practicar la virtud sin el auxilio de la gracia, y sin ocultárselas a Dios ni a sí mismo. Este alcanzará la verdadera santidad. ◊

Autor:  Hno. João Paulo de Oliveira Bueno

 

Notas


1 HOORNAERT, Georges. O combate da pureza. São Caetano do Sul: Santa Cruz, 2021, p. 177.

2 Cf. MOLINA, SJ, Rodrigo. Prólogo. In: RODRÍGUEZ, SJ, Alonso. Ejercicio de perfección y virtudes cristianas. Madrid: Testimonio, 1985, p. 6.

3 Cabe observar que las consideraciones del P. Alonso, aunque van dirigidas a religiosos, se aplican a todos aquellos que quieran andar por el camino de la santidad, cosa propia a cualquier estado o régimen de vida (cf. CCE 2013).

4 Cf. GARRIGOU-LAGRANGE, Réginald. As três idades da vida interior. São Paulo: Cultor de Livros, 2018, v. I, p. 371.

5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 11/3/1992.

6 Cf. RODRÍGUEZ, SJ, Alonso. Exercícios de perfeição e virtudes cristãs. São Paulo: Cultor de Livros, 2017, v. I, p. 403.

7 Ídem, pp. 403-407.

8 TANQUEREY, Adolphe. Compêndio de Teologia Ascética e Mística. São Paulo: Cultor de Livros, 2017, p. 250.

María Santísima

¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿No soy yo la fuente de tu alegría?

diciembre 13, 2021

Nuestra Señora de Guadalupe se apareció a Juan Diego.  Se piensa generalmente que era un indígena “pobre” y de “baja condición social”. No obstante, sabemos hoy, por diversos testimonios, que él era hijo del rey de Textoco, Netzahualpiltzintli, y nieto del famoso rey Netzahualcóyolt. Su madre era la reina Tlacayehuatzin, descendiente de Moctezuma y señora de Atzcapotzalco y Atzacualco. En estos dos lugares Juan Diego poseía tierras y otros bienes en herencia.

Fue a este representante de las etnias indígenas del Nuevo Mundo a quien, ya hace casi quinientos años, la Madre de Dios apareció trayendo un mensaje de bienquerencia, dulzura y suavidad, cuya luz se prolonga hasta nuestros días.

Para comprender la magnitud del bondadoso mensaje de Nuestra Señora, debemos trasladarnos al ambiente psico-religioso de aquel tiempo.

De un lado, las numerosas etnias que habitaban el valle del Anahuac, actual Ciudad de México, habían vivido durante décadas bajo el despotismo de la tribu más poderosa, en la que habitualmente se practicaban sangrientos ritos idolátricos. Anualmente, sacrificaban millares de jóvenes para mantener encendido el “fuego del sol”. La antropofagia, la poligamia y el incesto eran parte de su vida.

Los celosos misioneros, llegados junto con los españoles, veían la necesidad imperiosa de evangelizar ese pueblo, extirpando tan repugnantes costumbres.

Entretanto, los malos hábitos adquiridos, la dificultad del idioma y, sobretodo, un cierto orgullo indígena de no aceptar el “Dios del conquistador” en detrimento de sus divinidades, hacían difícil la tarea de introducir en ese ambiente la Luz del mundo.

Dios Nuestro Señor, en su infinita misericordia, queriendo que todos los hombres “se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4), preparaba una maravillosa solución para ese impasse.

Nuestra Señora se aparece a San Juan Diego.

El 9 de diciembre de 1531, Juan Diego estaba en los alrededores del cerro Tepeyac, en la actual ciudad de Méjico. Repentinamente, oyó una música suave, sonora y melodiosa que, poco a poco, se fue extinguiendo. En ese momento escuchó una lindísima voz, que en el idioma nahualt lo llamaba por su nombre. Era Nuestra Señora de Guadalupe.

Después de saludarlo con mucho cariño y afecto, le dirigió estas palabras llenas de bondad: “Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, del Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediatez, el Dueño del cielo, Dueño de la tierra.

Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, mi compasión, mi auxilio y mi salvación.

Porque en verdad soy vuestra madre compasiva, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; quiero oír ahí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores».

La Virgen pidió a Juan Diego que fuese al palacio del Obispo de Méjico, y le comunicase que ella lo enviaba y pedía la construcción del templo.

El “Mensajero de la Virgen” fue a entrevistarse con el Obispo de Fray Luis de Zumárraga, a quien narró lo sucedido, pero éste se mostró incrédulo citándolo para otro día.

Segunda y tercera Aparición

En ese mismo día, al ponerse el sol, Juan Diego, apesadumbrado, va a dar cuenta a la Virgen de su fracasada misión. Y con una encantadora inocencia, le pide a Ella que escoja un embajador más digno, estimado y respetado. La Madre de Dios le respondió:

Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quienes encargue que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad. Pero es muy necesario que tú, personalmente, vayas, y que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido. Y otra vez dile que yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envío».

Al día siguiente, después de asistir a misa, Juan Diego volvió a buscar al señor Obispo Zumárraga, quien lo recibió con atención, pero, más escéptico que antes, le dice que era necesario “una señal” para demostrar que era realmente la Reina del Cielo quien lo enviaba. Con toda naturalidad Juan Diego respondió que sí, y va a pedirle a la Señora la “señal” solicitada.

Al caer el sol, como en las veces anteriores, se le apareció Nuestra Señora radiante de dulzura. Ella aceptó sin el menor reproche concederle la señal pedida, para lo cual lo citó al día siguiente.

Él huye, Ella va a su Encuentro.

Sin embargo, al día siguiente, lunes 11, Juan Diego no se presenta a la cita. Su tío, Juan Bernardino, había caído repentinamente enfermo, y él trata por todos los recursos medicinales indígenas curarlo. Todo fue en vano. Cuando el tío ve que la muerte se aproxima, siendo ya cristiano fervoroso, le pide a su sobrino que intente traerle un sacerdote para que lo asista.

Juan Diego, presuroso, sale al amanecer del día 12 en busca del confesor, pero decide tomar un camino diferente al habitual, para que la “Señora del Cielo” no le salga al encuentro, pues, pensaba él: “me pedirá cuentas de su encargo y no podré ir en busca del sacerdote».

Pero su artimaña no funciona.

Para su asombro, la Madre de Dios se le apareció en ese camino. Avergonzado, Juan Diego trató de disculparse con fórmulas de cortesía propias de la usanza indígena:

“Mi jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta.” Y luego de explicarle la enfermedad de su tío, como la causa de su falta de diligencia, concluyó: “Te ruego me perdones, porque con ello no engaño, Hija mía la menor, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda prisa».

A lo cual le respondió la Virgen, con bondad y cariño:

“Escucha, y ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te asusta y aflige. Que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad y angustia.

¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, ni te perturbe. No te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya sanó».

Señal para el “Mensajero de la Virgen"

Así que oyó esas bellísimas palabras, Juan Diego, muy consolado, creyó en la Virgen. Ahora era preciso cumplir con la misión. ¿Cuál era la señal? Ella le ordena subir al cerro del Tepeyac y cortar las flores que allí encontrara. Encargo imposible, dado que nunca las había, y menos todavía en ese tiempo de intenso frío y sequedad. Pero Juan Diego no duda. Sube el cerro y en la cumbre encuentra las más bellas y variadas rosas, todas perfumadas y llenas de gotas de rocío como si fuesen perlas. Las cortó y colocó en su tilma (poncho típico de los indios mejicanos). Al llegar abajo, Juan Diego mostró las flores a Nuestra Señora, quien las toca con sus manos celestiales y se las vuelve a poner en la tilma.

“Hijito mío, el más pequeño, esta diversidad de flores son la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás de mi parte que vea en ella mi voluntad y él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador en el que absolutamente deposito toda la confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas».

Juan Diego se dirigió nuevamente al palacio del Obispo Zumárraga y luego de mucho esperar y forcejear con los criados, lo hace pasar a su presencia. El “Mensajero de la Virgen” comenzó a narrar todo lo sucedido con Nuestra Señora y en cierto momento extiende su tilma, descubriendo la señal. Cayeron las más preciosas y perfumadas flores y, al instante, se estampó milagrosamente en el tejido la portentosa Imagen de la Perfecta Virgen Santa María Madre de Dios, que se venera hasta hoy en el Santuario de Guadalupe.

Profundo sentido eclesial y Misionero.

Así fue la gran aparición, cuyo primer resultado fue la conversión a gran escala de los indígenas. “El acontecimiento Guadalupano – señala el episcopado de Méjico – significó el inicio de la evangelización, con una vitalidad que sobrepasó todas las expectativas. El mensaje de Cristo, por medio de su Madre, tomó los elementos centrales de la cultura indígena, los purificó y les dio el definitivo sentido de salvación.” Y el Papa completa: “Es así que Guadalupe y Juan Diego tomaron un profundo sentido eclesial y misionero, siendo un modelo de evangelización perfectamente inculturada» (Misa de Canonización, 31/7/2002).

Por eso, determinó Su Santidad que en el día 12 de diciembre sea celebrada, en todo el Continente, la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América (Exhortación Apostólica Ecclesia in America).

El cinto y el resplandor.

Nuestra Señora de Guadalupe se presenta con un cinto que no se ubica en su cintura, sino más arriba.

Era la señal para los indígenas que Ella estaba encinta. ¿A quién daría a luz? Al Sol Resplandeciente. El gran resplandor que Nuestra Señora tiene atrás de sí o que sale de dentro de Ella es el sol. Para los habitantes de México, ese astro era símbolo de la divinidad. Luego, la señora de la figura no era otra, sino que la Madre de Dios.

Fecha de la Aparición.

Existe un dato significativo, vinculado al símbolo del sol. Y está relacionado con el llamado solsticio de invierno. En todo el hemisferio sur, este sucede el 22 de junio. Debido a la inclinación del eje terrestre, el sol alcanza su máximo alejamiento de la línea del Ecuador. Es el inicio del invierno, y también el día en que el sol nace más tarde y se pone más temprano. Por esa razón, además, es el día más corto y la noche más larga del año. En el hemisferio norte en el cual se ubica México, ese solsticio de invierno sucede el 22 de diciembre. Desde la más remota antigüedad, los pueblos paganos consideraban esa fecha como la más importante del año, por el simbolismo del sol que, después de apagarse vuelve a crecer. Los pueblos prehispánicos de México, muy conocedores de la astronomía tenían ese día en la más alta consideración religiosa, era el día en que el sol moribundo cobraba vigor, era el retorno a la vida, era el resurgimiento de la luz, la victoria sobre las tinieblas.

La aparición de Nuestra Señora de Guadalupe se dio exactamente en esa ocasión. Aunque en aquel tiempo constase como 12 de diciembre (y que por respeto a la tradición es la fecha que se mantiene hasta hoy), se trataba de un error del calendario Juliano hasta entonces en vigor y que fue corregido posteriormente.

Para reforzar la impresión en ellos causada, en el mismo momento el famoso cometa Halley alcanzaba su zenit en los cielos mexicanos.

Su Manto de Estrellas.

De acuerdo con recientes estudios se puede comprobar con admirable exactitud que, en el manto de Nuestra Señora, están representados los astros más brillantes de las principales constelaciones visibles en el valle del Anahuac —actual Ciudad de México— el día de la aparición. Era una prueba más para los indígenas que la Señora venía del cielo.

La Flor de Cuatro Pétalos.

Si se presta atención en la túnica de Nuestra Señora, abajo del cinto veremos una pequeña flor de cuatro pétalos. Esa flor es Nahui-Hollín, de gran importancia en la visión indígena del universo. Ella representa la antigua ciudad de Tenochtitlán, la capital Azteca, y en especial la colina del Tepeyac, donde se dio la aparición de Nuestra Señora. Representaba también, la plenitud de la presencia de Dios. Era otra indicación, para aquellos pueblos, de que la Señora con el manto de estrellas llevaba en su purísimo seno al único Dios verdadero.

El resto de flores y figuras impresas en su túnica no están ahí puestas al azar. Corresponden a los diversos aspectos geográficos de México, que los indígenas interpretaban a la perfección.

El Cabello.

Nuestra Señora lleva el cabello suelto lo que entre los aztecas era señal de virginidad. Por lo tanto, era la muestra que la Señora es Virgen y Madre.

El Rostro.

Por fin, Nuestra Señora quiso presentarse con rasgos mestizos, rostro moreno y ovalado y así, manifestar que Ella desea ser la Madre amorosa de todos los habitantes de América.

Muchísimos otros símbolos pueden observarse en la extraordinaria figura de Nuestra Señora de Guadalupe, y ninguno de ellos está al azar, pues todo en Ella es de una altísima Sabiduría. Por otra parte, existe un sinnúmero de maravillas que la Virgen oculta y que la ciencia con todos sus avances tecnológicos no consigue explicar. Por ejemplo, el maravilloso fenómeno de sus pupilas, en las cuales se distinguen con lupa minúsculas figuras humanas.

La durabilidad inexplicable del rudo manto que ni el ácido sulfúrico, caído por accidente, consigue destruir.

El modo misterioso en que fue impresa la figura de la Virgen y otros aspectos que próximamente abordaremos. Son las maravillas de la “Siempre Virgen Santa María, Madre del Verdadero Dios” como ella misma se definió cuando habló por la primera vez con San Juan Diego.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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