Espiritualidad

La Palabra: Instrumento de edificación o de destrucción

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos la importancia de la palabra.
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En el conjunto de la Creación, el hombre se asemeja a un misterioso «joyero» en el cual Dios ha depositado los más diversos y preciosos dones. Uno de ellos, especial entre todos, es el de la palabra.

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos su importancia y continuamente la utilizamos de modo irreflexivo. No obstante, se puede transformar en un poderoso instrumento de edificación, si es bien utilizada, o en una peligrosa arma de destrucción…

En efecto, son incontables las almas que se han convertido a las vías de la santidad movidas por santas predicaciones o por la lectura de la Palabra de Dios; y quizá más numerosas aún sean las que han perseverado en la virtud debido a un sabido consejo de un hermano en la fe. Por otra parte, el mal uso de esa capacidad arrastró y todavía arrastra a multitudes hacia la perdición y puede llegar a producir efectos devastadores en sus víctimas, principalmente por medio de un conocido vicio: la maledicencia.

¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano?

Murmuración

Consistiendo esencialmente en el empleo de la facultad de expresión para evidenciar y propagar algo malo, existente o no, de otro, la maledicencia fácilmente encuentra terreno fértil en el alma humana.

Como nadie está exento de defectos y lagunas, es natural que la convivencia, incluso entre los que se quieren mucho, tienda al desgaste: poco a poco, y con frecuencia de manera no culpable, el brillo de las cualidades ajenas empieza a disminuir a los ojos de sus prójimos y pasa a constatar las debilidades. En ese momento es cuando se presenta el peligro. Si no se toma cuidado, enseguida son olvidados por completo los lados buenos de los demás y considerados, injustamente, sólo sus lados defectibles… Como «de lo que rebosa el corazón habla la boca», en esa etapa el tentador convence sin dificultad para que se hagan públicos esos defectos que se han encontrado o se han imaginado encontrar.

Sea como fuere, nadie tiene el derecho de hacer conocidas las miserias del prójimo. Si Dios, único Juez verdadero y principal ofendido por las faltas de los hombres, no lo hace, ¿quién podrá hacerlo? A los que se creen aptos para ello, bien se les aplica la exclamación de la Escritura: ¿quién eres tú para juzgar a tu hermano? (cf. Sant 4, 12).

Además, quien publica las faltas de los otros hace mal a los que las escuchan, tanto por el escándalo que pueden causar como por la posible inducción al propio vicio de la maledicencia. ¡Ay de los que provocan el escándalo! ¡Más les valdría que les ataran al cuello una piedra de molino y los arrojaran al mar (cf. Lc 17, 1-2)!

Hay que considerar también esta enseñanza del divino Maestro: «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6, 37-38).

Remedio para las almas débiles

Hay una categoría de personas que se deja contaminar por la maledicencia por debilidad. Abatida por el peso de las miserias ajenas, procura «desahogar» sus penas y resentimientos con comentarios inoportunos. A esas almas, la moral católica les ofrece un remedio superior y eficaz: la admiración.

En un ambiente impregnado de admiración, la «cizaña» de la maledicencia no encuentra espacio para desarrollarse. Hace al hombre semejante a un colibrí que, acercándose a las flores, va derecho al néctar e ignora los abrojos: el admirativo se ocupa con tanto agrado de las cualidades de los demás que no le sobra atención para considerar los defectos.

Pero para lograr tal nobleza de alma no basta el simple esfuerzo humano… Es necesario juntar las manos y rogarle a Dios, por intercesión de la Virgen, el auxilio superabundante de la gracia. Así confortado por lo sobrenatural, el hombre se vuelve capaz no sólo de exaltar los lados buenos de sus compañeros, sino de disponerse a sanar sus debilidades y ser para ellos un auxilio en la lucha por la virtud.

Finalmente, la admiración es también la solución para los pecados de maledicencia ya cometidos. Como la doctrina católica exige que se restituya el honor del prójimo, denigrado ante los demás, ningún medio podría ser más eficaz que pasar a elogiar sus cualidades.

Castigo a los obstinados

Sin embargo, en las vías del mal uso de la lengua también hay almas empedernidas, hijas del odio, que se convierte en calumniadoras de aquellos que practican el bien y que, por lo tanto, constituyen una denuncia a la torpeza de sus vidas.

Para los perversos de toda la Historia, atribuirles públicamente y de mala fe delitos infundados a las almas justas ha sido uno de los medios más eficaces de persecución, pues los falsos testimonios encuentran siempre morada en la superficialidad y molicie de los corazones… Pocos son los íntegros y valientes que se preocupan en analizar con profundidad los hechos, para sacar de ellos una conclusión verdadera; la mayoría, por el contrario, oye con complacencia, negligencia y respeto humano las criminales acusaciones y no se opone a quien las hace, volviéndose, según Santo Tomás de Aquino,1 partícipe del mismo pecado.

Es lo que hicieron con el Redentor durante su vida pública hasta que, finalmente, lo condenaron al suplicio de la cruz en virtud de crímenes que jamás había cometido. El pueblo judío, beneficiado por Él con toda clase de milagros, curaciones y gracias celestiales, en lugar de defender la evidente inocencia del Cordero divino prefirió ceder negligentemente al odio de los ancianos y maestros de la ley.

A las insaciables almas viperinas, no obstante, la Providencia —que está celosa por sus elegidos— reserva el castigo profetizado en el Libro de los Salmos: «Lengua embustera, […] Dios te destruirá para siempre, te abatirá y te barrerá de tu tienda; arrancará tus raíces del suelo vital» (51, 6-7). Los calumniadores no tienen duración en la tierra: tarde o temprano el infortunio los sorprenderá (cf. Sal 139, 12).

¡Seamos hijos fieles de la Santa Iglesia!

En su epístola, el apóstol Santiago resume muy bien la primordial importancia del don de la palabra: «Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas» (3, 2-5).

Sepamos, pues, utilizar con santidad esa arma que ha sido puesta en nuestras manos. Refrenemos nuestra lengua y coloquémosla bajo el dulce yugo de la admiración. Así, la benevolencia divina nos acompañará.

Sobre todo, como fieles hijos de la Santa Iglesia en estos tiempos de tribulación, estemos vigilantes a las voces infernales que contra ella se levantan y presentémonos con prontitud y ufanía en su defensa, convencidos de que ella es siempre inmaculada e indefectible, digna de toda alabanza. ◊

Autor: Hna. Cecilia Grasielle Leverman, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

.

Notas

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II–II, q. 73, a. 4.

Comentarios

María Santísima

Soy María del Buen Suceso, la Reina del Cielo y de la tierra. Vengo a consolar tu corazón afligido.
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abril 18, 2022

Medianoche. En el Real Monasterio de la Inmaculada Concepción, de Quito, el silencio fue roto por las doce campanadas del reloj que indicaba el comienzo del día 2 de febrero de 1594. Poco después entraba en la capilla la joven priora, la Madre Mariana de Jesús Torres.

Con el corazón repleto de amarguras, había ido a implorarle al divino Redentor que por intercesión de su bendita Madre solucionara los problemas que dificultaban la evangelización de aquellas tierras: los malos ejemplos que daban algunos sacerdotes y religiosos indignos, los injustificables desmanes de las autoridades eclesiásticas y civiles, agravado todo ello por manifestaciones de desobediencia en su propio convento. Prosternada con la frente en el duro suelo de piedra, oraba con fervor cuando una dulce voz interrumpió sus plegarias llamándola por su nombre:

Mariana de Jesus Torres

Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa

—Mariana, hija mía.

Se levantó rápidamente y vio delante de ella a una bellísima Señora, resplandeciente de luz, que tenía en su mano izquierda al Niño Jesús y en la derecha un báculo todo de oro pulido, adornado con piedras preciosas.

—Hermosa Señora, ¿quién sois y qué queréis? —le preguntó, rebosante de felicidad.

—Soy María del Buen Suceso, la Reina del Cielo y de la tierra. Vengo a consolar tu corazón afligido. Empuño en el brazo derecho el báculo que ves, porque quiero gobernar este mi monasterio como Priora y Madre.

Duró cerca de dos horas el coloquio de la humilde monja con la celestial Visitante. Cuando ésta se retiró, tan sólo la tenue luz del candil iluminaba la capilla, pero la Madre Mariana se sentía tan fortalecida como deseosa de luchar y sufrir por amor a Nuestro Señor Jesucristo.

“Es voluntad de mi Hijo que mandes ejecutar una estatua mía”

¡Y no le faltaron sufrimientos y pruebas! Cinco años después, la madrugada del 16 de enero de 1599, se le apareció de nuevo la Santísima Virgen para reconfortarla. Le comunicó los designios de Dios en relación con aquel monasterio, le hizo proféticas revelaciones acerca del futuro de Ecuador y de las persecuciones que allí sufrirían las comunidades religiosas, y agregó:

—Por eso es voluntad de mi Hijo Santísimo que tú misma mandes ejecutar una estatua mía, tal como me ves, y la coloques sobre la cátedra de la priora para que yo desde ahí gobierne mi monasterio, poniendo en mi mano derecha el báculo y las llaves de la clausura en señal de propiedad y autoridad. A mi divino Niño lo harás colocar en mi mano izquierda: primero, para que los mortales entiendan que soy poderosa para aplacar la justicia divina y alcanzar piedad y perdón a toda alma pecadora que a mí acuda con corazón contrito; y segundo, para que mis hijas comprendan que les muestro y les doy como modelo de su perfección religiosa a mi Hijo Santísimo; vengan ellas a mí para que yo les conduzca a Él.

Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa

“Ningún otro escultor será digno de esta gracia”

La religiosa ponderó con timidez:

Linda Señora, vuestra hermosura me encanta. ¡Oh, si me fuera dado dejar la tierra ingrata para elevarme con Vos al Cielo! Mas permitidme que os haga saber que ninguna persona humana, por más entendida que fuese en el arte de la escultura, podrá trabajar en madera vuestra encantadora imagen, tal como me pedís. Enviad para esto a mi Seráfico Padre a fin de que él labre esta obra en madera escogida, teniendo como oficiales a los ángeles del Cielo, porque no sabría explicar ni menos podría saber y dar la estatura de vuestra talla.

Nada te atemorice, hija mía — contestó la Virgen—, atenderé tu petición. En cuanto a mi altura mídela tú misma con el cordón seráfico que traes a tu cintura.

La joven priora hizo una reverente objeción:

—Hermosa Señora, mi Madre querida, ¿atreverme yo a tocar vuestra frente divina, cuando los espíritus angélicos pueden hacerlo? Vos sois el arca viva de la alianza entre los pobres mortales y Dios; y si Osa cayó muerto sólo por el hecho de haber tocado el Arca santa para evitar que cayese al suelo [cf. 2 Sam 6, 6-7], cuán-to más yo, mujer pobre y débil…

—Me alegra tu humilde temor y veo el amor ardiente a tu Madre del Cielo que te habla; trae y pon en mi mano derecha tu cordón y tú con la otra extremidad toca mis pies.
Temblando de júbilo, de amor y reverencia, la religiosa hizo lo que María Santísima le ordenaba, y ésta prosiguió:

—Aquí tienes, hija mía, la medida de tu Madre del Cielo; entrégala a mi siervo Francisco del Castillo, explicándole mis facciones y mi postura. Él trabajará exteriormente mi imagen porque es de conciencia delicada y observa escrupulosamente los Mandamientos de Dios y de la Iglesia; ningún otro escultor será digno de esta gracia. Tú ayúdalo con tus oraciones y con tu humilde sufrimiento.

“Recurriendo a mí, aplacarán la ira divina”

En otra aparición, en la misma hora de las anteriores, es decir, poco después de las doce campanadas de la medianoche, la Virgen Madre de Dios prenunció una época calamitosa para la Iglesia en Ecuador, tiempos en los que casi no se encontraría inocencia en los niños, ni pudor en las mujeres, y añadió:

—Con todo esto sufrirán tus sucesoras; ellas aplacarán la ira divina recurriendo a mí bajo la advocación del Buen Suceso, cuya imagen pido y mando que hagas ejecutar para consuelo y sustento de mi monasterio y de los fieles de ese tiempo. Esta devoción será el pararrayo colocado entre la justicia divina y el mundo prevaricador. Hoy mismo, cuando amanezca, irás a hablar con el obispo y le dirás que yo te pido que mandes esculpir mi imagen para que sea colocada a la cabeza de mi comunidad, a fin de tomar posesión completa de aquello que por tantos títulos me pertenece. Él deberá consagrar mi imagen con el sagrado óleo y le pondrá el nombre de María del Buen Suceso de la Purificación o Candelaria.

E insistió:

—Ahora es preciso que mandes ejecutar con presteza mi santa imagen, tal cual me ves, y te apresures a colocarla en el lugar que te indiqué.

“La perfección de la obra corre por mi cuenta”

La humilde religiosa repitió la misma tímida objeción que había hecho cinco años antes:

—Bella Señora y Madre querida de mi alma, la imperceptible hormiguita que tenéis ante vuestra presencia, no podrá referir al artista ninguna de vuestras bellas facciones, vuestra hermosura, ni vuestra estatura; no tengo palabras para explicarlo, y no hay nadie en la tierra capaz de hacer la obra que me solicitáis.

—Nada de esto te preocupe, hija querida. La perfección de la obra corre por mi cuenta. Gabriel, Miguel y Rafael tomarán a su cargo secretamente la fabricación de mi imagen. Deberás llamar a Francisco del Castillo, que entiende de arte, para darle una sucinta descripción de mis facciones, exactamente como me viste, pues con esta finalidad me aparecí tantas veces a ti.

Y por segunda vez la Virgen Santa le ordenó que midiera su altura:

—En cuanto a mi estatura, trae acá el cordón que te ciñe y mídeme sin temor, pues a una Madre como yo le agrada la confianza respetuosa y la humildad de sus hijas.

—Reina del Cielo y Madre querida, aquí tienes la cuerda para mediros. ¿Quién la sostendrá en vuestra hermosa frente, adornada por esa linda corona, con la que la Santísima Trinidad os coronó? Yo no me atrevo, ni podría alcanzar vuestra altura por mi pequeña estatura.

—Hija querida, pon en mis manos una de las puntas de tu cuerda y yo la colocaré en mi frente, y tú aplicarás la otra a mi pie derecho.

Nuestra Señora tomó una de las extremidades del cordón y la puso en su frente, dejando a la extasiada monja que hiciera otro tanto en el pie derecho. El cordón era un poco corto, pero se estiró milagrosamente, como elástico, hasta alcanzar la estatura de la celestial Dama.

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

Facciones semejantes a las de la Madre que está en el Cielo

“Hoy mismo, cuando amanezca, irás a hablar con el obispo”, le había mandado la Virgen Santísima a la Madre Mariana. No obstante, previendo diversos obstáculos iba atrasando el cumplimiento de la orden recibida. Doce días después se le apareció de nuevo, resplandeciente de luz como siempre, pero esta vez silenciosa y mirándola con amable severidad.

Tras oír una maternal advertencia, seguida de explicaciones que deshicieron todos sus temores, respondió la religiosa:

—Bella Señora, justa es vuestra reprensión. Os pido perdón y misericordia, y prometo enmendarme. Hoy mismo hablaré con el obispo para comenzar la ejecución de vuestra imagen.

De hecho, ese mismo día expuso a Mons. Salvador de Ribera la orden recibida de la Reina del Cielo. Él oyó con atención el relato de la santa priora, puso a prueba su objetividad, por medio de muchas preguntas capciosas, y, por fin, dio su aprobación al proyecto; se comprometió incluso a ayudar en todo lo necesario para su pronta realización.

Entonces la Madre Mariana se apresuró a contratar al escultor Francisco del Castillo:

Sabiendo que usted es ante todo un buen católico y después hábil escultor, quiero confiarle una obra muy especial que requiere un aplicado esmero: esculpir una imagen de la Virgen María, la cual deberá tener facciones celestiales, semejantes a las de Nuestra Madre Santísima que está en el Cielo en cuerpo y alma; yo le daré la medida, pues tendrá la estatura exacta de nuestra celestial Reina.

Francisco del Castillo recibió esa incumbencia como una insigne gracia de Nuestra Señora y rechazó categóricamente cualquier pago por sus servicios. Dedicó varios días buscando en Quito y en los alrededores la mejor madera, y enseguida se puso manos a la obra. Trabajaba con tanto amor, y sentía tamaña consolación que no conseguía contener las lágrimas.

Pronto surgieron bienhechores para las tres importantes piezas de orfebrería: las llaves, la corona y el báculo. A petición de las monjas, el escultor realizó todo el servicio no en su taller, sino en el coro alto del monasterio.

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorSor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador
Imagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorImagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador
magen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuadormagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador
Imagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorImagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

De su rostro salían rayos de luz

Se había fijado para el día 2 de febrero de 1611 la solemne bendición litúrgica de la imagen sagrada. Tres semanas antes de ese plazo, faltaba solamente un “pequeño” detalle: darle al rostro un colorido digno de la cara de la Santa Virgen de las vírgenes. Decidió el maestro Del Castillo hacer una última pesquisa en busca de las mejores tintas; marchó con ese objetivo, y prometió estar de vuelta el 16 de enero para ejecutar la delicada operación, de lejos la más importante de sus obras.

Grande era la expectativa de las religiosas cuando, al amanecer del día 16 se dirigían a la capilla para, como de costumbre, alabar a Nuestra Señora con el canto del Pequeño Oficio. Al acercarse al coro alto comenzaron a escuchar melodiosas armonías que las dejaron llenas de emoción. Entraron presurosas y… ¡oh prodigio!, una luz celestial inundaba todo el recinto, en el cual resonaban arrebatadoras voces de ángeles que cantaban el himno Salve Sancta Parens (Dios te Salve, Santa Madre).

Entonces se dieron cuenta del portentoso hecho: la imagen estaba milagrosamente concluida.

Desbordantes de admiración, contemplaban aquel celestial rostro, del que salían rayos de luz que iluminaban toda la iglesia. Aureolada por esa luz vivísima, la fisonomía de la santa imagen se mostraba majestuosa, serena, dulce, amable y atrayente, como invitando a sus hijas a que se acercaran con confianza a darle un filial abrazo de júbilo y de bienvenida. El semblante del Niño Jesús expresaba amor y ternura para con aquellas esposas suyas tan amadas por Él y por su Madre. Ese día todas progresaron en la vida espiritual, y comprendiendo mejor su propia vocación, pasaban a amar más y más a su divino Esposo y se empeñaban en el cumplimiento exacto de la Regla y de las obligaciones particulares.

Autor: Padre Ricardo del Campo, EP

Espiritualidad

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos la importancia de la palabra.
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febrero 27, 2022

En el conjunto de la Creación, el hombre se asemeja a un misterioso «joyero» en el cual Dios ha depositado los más diversos y preciosos dones. Uno de ellos, especial entre todos, es el de la palabra.

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos su importancia y continuamente la utilizamos de modo irreflexivo. No obstante, se puede transformar en un poderoso instrumento de edificación, si es bien utilizada, o en una peligrosa arma de destrucción…

En efecto, son incontables las almas que se han convertido a las vías de la santidad movidas por santas predicaciones o por la lectura de la Palabra de Dios; y quizá más numerosas aún sean las que han perseverado en la virtud debido a un sabido consejo de un hermano en la fe. Por otra parte, el mal uso de esa capacidad arrastró y todavía arrastra a multitudes hacia la perdición y puede llegar a producir efectos devastadores en sus víctimas, principalmente por medio de un conocido vicio: la maledicencia.

¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano?

Murmuración

Consistiendo esencialmente en el empleo de la facultad de expresión para evidenciar y propagar algo malo, existente o no, de otro, la maledicencia fácilmente encuentra terreno fértil en el alma humana.

Como nadie está exento de defectos y lagunas, es natural que la convivencia, incluso entre los que se quieren mucho, tienda al desgaste: poco a poco, y con frecuencia de manera no culpable, el brillo de las cualidades ajenas empieza a disminuir a los ojos de sus prójimos y pasa a constatar las debilidades. En ese momento es cuando se presenta el peligro. Si no se toma cuidado, enseguida son olvidados por completo los lados buenos de los demás y considerados, injustamente, sólo sus lados defectibles… Como «de lo que rebosa el corazón habla la boca», en esa etapa el tentador convence sin dificultad para que se hagan públicos esos defectos que se han encontrado o se han imaginado encontrar.

Sea como fuere, nadie tiene el derecho de hacer conocidas las miserias del prójimo. Si Dios, único Juez verdadero y principal ofendido por las faltas de los hombres, no lo hace, ¿quién podrá hacerlo? A los que se creen aptos para ello, bien se les aplica la exclamación de la Escritura: ¿quién eres tú para juzgar a tu hermano? (cf. Sant 4, 12).

Además, quien publica las faltas de los otros hace mal a los que las escuchan, tanto por el escándalo que pueden causar como por la posible inducción al propio vicio de la maledicencia. ¡Ay de los que provocan el escándalo! ¡Más les valdría que les ataran al cuello una piedra de molino y los arrojaran al mar (cf. Lc 17, 1-2)!

Hay que considerar también esta enseñanza del divino Maestro: «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6, 37-38).

Remedio para las almas débiles

Hay una categoría de personas que se deja contaminar por la maledicencia por debilidad. Abatida por el peso de las miserias ajenas, procura «desahogar» sus penas y resentimientos con comentarios inoportunos. A esas almas, la moral católica les ofrece un remedio superior y eficaz: la admiración.

En un ambiente impregnado de admiración, la «cizaña» de la maledicencia no encuentra espacio para desarrollarse. Hace al hombre semejante a un colibrí que, acercándose a las flores, va derecho al néctar e ignora los abrojos: el admirativo se ocupa con tanto agrado de las cualidades de los demás que no le sobra atención para considerar los defectos.

Pero para lograr tal nobleza de alma no basta el simple esfuerzo humano… Es necesario juntar las manos y rogarle a Dios, por intercesión de la Virgen, el auxilio superabundante de la gracia. Así confortado por lo sobrenatural, el hombre se vuelve capaz no sólo de exaltar los lados buenos de sus compañeros, sino de disponerse a sanar sus debilidades y ser para ellos un auxilio en la lucha por la virtud.

Finalmente, la admiración es también la solución para los pecados de maledicencia ya cometidos. Como la doctrina católica exige que se restituya el honor del prójimo, denigrado ante los demás, ningún medio podría ser más eficaz que pasar a elogiar sus cualidades.

Castigo a los obstinados

Sin embargo, en las vías del mal uso de la lengua también hay almas empedernidas, hijas del odio, que se convierte en calumniadoras de aquellos que practican el bien y que, por lo tanto, constituyen una denuncia a la torpeza de sus vidas.

Para los perversos de toda la Historia, atribuirles públicamente y de mala fe delitos infundados a las almas justas ha sido uno de los medios más eficaces de persecución, pues los falsos testimonios encuentran siempre morada en la superficialidad y molicie de los corazones… Pocos son los íntegros y valientes que se preocupan en analizar con profundidad los hechos, para sacar de ellos una conclusión verdadera; la mayoría, por el contrario, oye con complacencia, negligencia y respeto humano las criminales acusaciones y no se opone a quien las hace, volviéndose, según Santo Tomás de Aquino,1 partícipe del mismo pecado.

Es lo que hicieron con el Redentor durante su vida pública hasta que, finalmente, lo condenaron al suplicio de la cruz en virtud de crímenes que jamás había cometido. El pueblo judío, beneficiado por Él con toda clase de milagros, curaciones y gracias celestiales, en lugar de defender la evidente inocencia del Cordero divino prefirió ceder negligentemente al odio de los ancianos y maestros de la ley.

A las insaciables almas viperinas, no obstante, la Providencia —que está celosa por sus elegidos— reserva el castigo profetizado en el Libro de los Salmos: «Lengua embustera, […] Dios te destruirá para siempre, te abatirá y te barrerá de tu tienda; arrancará tus raíces del suelo vital» (51, 6-7). Los calumniadores no tienen duración en la tierra: tarde o temprano el infortunio los sorprenderá (cf. Sal 139, 12).

¡Seamos hijos fieles de la Santa Iglesia!

En su epístola, el apóstol Santiago resume muy bien la primordial importancia del don de la palabra: «Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas» (3, 2-5).

Sepamos, pues, utilizar con santidad esa arma que ha sido puesta en nuestras manos. Refrenemos nuestra lengua y coloquémosla bajo el dulce yugo de la admiración. Así, la benevolencia divina nos acompañará.

Sobre todo, como fieles hijos de la Santa Iglesia en estos tiempos de tribulación, estemos vigilantes a las voces infernales que contra ella se levantan y presentémonos con prontitud y ufanía en su defensa, convencidos de que ella es siempre inmaculada e indefectible, digna de toda alabanza. ◊

Autor: Hna. Cecilia Grasielle Leverman, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

.

Notas

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II–II, q. 73, a. 4.

Santos

Santo ecuatoriano, gran modelo de virtud que se caracterízó por su pureza y sabiduría.
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febrero 10, 2022

Francisco Febres Cordero, el conocido Santo Hermano Miguel de los Lasallistas, nace en Cuenca, Ecuador, el 7 de noviembre de 1854.

En su juventud no gozó de buena salud, por el contrario, nació con una grave deformación de sus pies que le impidió caminar a la edad normal, por lo que no pudo gozar de los juegos y entretenimientos de los niños de su edad. Tampoco pudo asistir normalmente a la escuela, por lo que sus primeras enseñanzas las recibió de labios de sus padres, en su propia casa.

De niño jugó en los patios de la casa de sus abuelos maternos  -convertida hoy en el Palacio Arzobispal de la ciudad de Cuenca-, con sus primos Alberto Muñoz Vernaza y Antonio Vega Muñoz, pero en 1863, cuando gracias a las gestiones realizadas por el presidente García Moreno, se fundó en Cuenca la Misión Lasallana de los Hermanos Cristianos, pidió, a pesar de su corta edad, ingresar a dicha comunidad, y obedeciendo al llamado de su vocación religiosa tomó su decisión más importante: «Sólo seré feliz en mi vida si me dejan ser Hermano Cristiano».

Su familia es una que siempre tuvo relieve en esta nación suramericana.

Tal vez justamente por eso, porque los suyos esperaban brillo en el mundo del futuro Santo, le hicieron oposición a su entrada a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, los fundados por San Juan Bautista de la Salle. Pero él terminó venciendo esa oposición, y fue el primer ecuatoriano que entró al Instituto.

Era un estudiante aplicado, que se convirtió en un gran maestro.

Santo Hermano Miguel

Aún siendo muy joven, no tenía todavía los 20 años, publica su primera de sus muchas obras, una gramática que alcanza rápidamente el nivel de popular.

Sus estudios e investigaciones en los campos de la lingüística y la literatura, lo ponen en contacto con eruditos del mundo entero.

Es nombrado miembro de Academias de Ecuador y de España.

Pero el norte de su vida lo da la fidelidad al carisma lasalliano y por ello la enseñanza en él es algo prioritario, particularmente las clases de religión.

También se destaca en la preparación de los jóvenes a la primera comunión.

Los alumnos elogian en el Hermano Miguel sus varias cualidades, su sencillez, su franqueza, la emoción que pone en la difusión de la devoción al Corazón de Cristo y a la Madre de Dios.

Viaje a Europa

En 1907 parte a Bélgica, pues debía trabajar en la traducción al español de textos usados por los hermanos franceses que recientemente habían tenido que huir de su patria. Su salud, siempre delicada, tiene dificultades para adaptarse a los rigores del clima europeo.

No hay vida sin cruz, y menos la de los santos, y en el caso del Santo Hermano Miguel, una de esas cruces era su frágil salud.

Se le transfiere al noviciado menor de Premià de Mar, en España, y ahí se ocupa de evacuar por mar, hacia Barcelona, a los jóvenes que están bajo su responsabilidad, durante los desórdenes revolucionarios de 1909.

Poco después podrán volver a Premià de Mar.

Después de esto, contrae una neumonía y fallece el 9 de febrero de 1910 en Premià de Mar, dejando tras él fama de sabio, de maestro y de santo.

Es canonizado por San Juan Pablo II el 21 de octubre de 1984.

Oraciones

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septiembre 9, 2021

¡Oh Virgen Santísima!, como una madre que visita a sus hijos, habéis bajado del cielo para visitarnos y decirnos lo que hemos de hacer para salvar nuestras almas; quiero aprovecharme de vuestras enseñanzas, a fin de ir un día a Vos y gozar para siempre con Vos de las delicias de la gloria. Amén.

1. La primera lección que nos dais es que recemos cada día el santo Rosario. Ya que vos lo deseáis, así lo haré con toda la familia, reunida en vuestro nombre, sin que la negligencia ni las ocupaciones me retraigan de hacerlo. Avemaría.

2. La segunda lección que de Vos recibimos es la devoción a vuestro Inmaculado Corazón, a vuestro corazón de Virgen, de Madre, de Reina y de Abogada. Así lo haré desde hoy, y digo y diré siempre con toda confianza: Dulce Corazón de María, sed la salvación mía. Avemaría.

3. La tercera lección que de Vos hemos aprendido es, sobre todo evitar el pecado, porque ya demasiado ofendido está el Señor, huir del pecado, que es la ruina de nuestra alma y el que nos conduce a nuestra eterna perdición. A vuestros pies lo digo, Madre mía: Antes morir que cometer un pecado mortal.

Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: guardadme.
Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: salvadme.
Madre, aquí tenéis a vuestro hijo: llevadme con Vos al cielo, donde en vuestra compañía pueda ver y poseer a Dios.

Así sea.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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