Espiritualidad

La Palabra: Instrumento de edificación o de destrucción

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos la importancia de la palabra.
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noviembre 14, 2021

En el conjunto de la Creación, el hombre se asemeja a un misterioso «joyero» en el cual Dios ha depositado los más diversos y preciosos dones. Uno de ellos, especial entre todos, es el de la palabra.

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos su importancia y continuamente la utilizamos de modo irreflexivo. No obstante, se puede transformar en un poderoso instrumento de edificación, si es bien utilizada, o en una peligrosa arma de destrucción…

En efecto, son incontables las almas que se han convertido a las vías de la santidad movidas por santas predicaciones o por la lectura de la Palabra de Dios; y quizá más numerosas aún sean las que han perseverado en la virtud debido a un sabido consejo de un hermano en la fe. Por otra parte, el mal uso de esa capacidad arrastró y todavía arrastra a multitudes hacia la perdición y puede llegar a producir efectos devastadores en sus víctimas, principalmente por medio de un conocido vicio: la maledicencia.

¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano?

Murmuración

Consistiendo esencialmente en el empleo de la facultad de expresión para evidenciar y propagar algo malo, existente o no, de otro, la maledicencia fácilmente encuentra terreno fértil en el alma humana.

Como nadie está exento de defectos y lagunas, es natural que la convivencia, incluso entre los que se quieren mucho, tienda al desgaste: poco a poco, y con frecuencia de manera no culpable, el brillo de las cualidades ajenas empieza a disminuir a los ojos de sus prójimos y pasa a constatar las debilidades. En ese momento es cuando se presenta el peligro. Si no se toma cuidado, enseguida son olvidados por completo los lados buenos de los demás y considerados, injustamente, sólo sus lados defectibles… Como «de lo que rebosa el corazón habla la boca», en esa etapa el tentador convence sin dificultad para que se hagan públicos esos defectos que se han encontrado o se han imaginado encontrar.

Sea como fuere, nadie tiene el derecho de hacer conocidas las miserias del prójimo. Si Dios, único Juez verdadero y principal ofendido por las faltas de los hombres, no lo hace, ¿quién podrá hacerlo? A los que se creen aptos para ello, bien se les aplica la exclamación de la Escritura: ¿quién eres tú para juzgar a tu hermano? (cf. Sant 4, 12).

Además, quien publica las faltas de los otros hace mal a los que las escuchan, tanto por el escándalo que pueden causar como por la posible inducción al propio vicio de la maledicencia. ¡Ay de los que provocan el escándalo! ¡Más les valdría que les ataran al cuello una piedra de molino y los arrojaran al mar (cf. Lc 17, 1-2)!

Hay que considerar también esta enseñanza del divino Maestro: «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6, 37-38).

Remedio para las almas débiles

Hay una categoría de personas que se deja contaminar por la maledicencia por debilidad. Abatida por el peso de las miserias ajenas, procura «desahogar» sus penas y resentimientos con comentarios inoportunos. A esas almas, la moral católica les ofrece un remedio superior y eficaz: la admiración.

En un ambiente impregnado de admiración, la «cizaña» de la maledicencia no encuentra espacio para desarrollarse. Hace al hombre semejante a un colibrí que, acercándose a las flores, va derecho al néctar e ignora los abrojos: el admirativo se ocupa con tanto agrado de las cualidades de los demás que no le sobra atención para considerar los defectos.

Pero para lograr tal nobleza de alma no basta el simple esfuerzo humano… Es necesario juntar las manos y rogarle a Dios, por intercesión de la Virgen, el auxilio superabundante de la gracia. Así confortado por lo sobrenatural, el hombre se vuelve capaz no sólo de exaltar los lados buenos de sus compañeros, sino de disponerse a sanar sus debilidades y ser para ellos un auxilio en la lucha por la virtud.

Finalmente, la admiración es también la solución para los pecados de maledicencia ya cometidos. Como la doctrina católica exige que se restituya el honor del prójimo, denigrado ante los demás, ningún medio podría ser más eficaz que pasar a elogiar sus cualidades.

Castigo a los obstinados

Sin embargo, en las vías del mal uso de la lengua también hay almas empedernidas, hijas del odio, que se convierte en calumniadoras de aquellos que practican el bien y que, por lo tanto, constituyen una denuncia a la torpeza de sus vidas.

Para los perversos de toda la Historia, atribuirles públicamente y de mala fe delitos infundados a las almas justas ha sido uno de los medios más eficaces de persecución, pues los falsos testimonios encuentran siempre morada en la superficialidad y molicie de los corazones… Pocos son los íntegros y valientes que se preocupan en analizar con profundidad los hechos, para sacar de ellos una conclusión verdadera; la mayoría, por el contrario, oye con complacencia, negligencia y respeto humano las criminales acusaciones y no se opone a quien las hace, volviéndose, según Santo Tomás de Aquino,1 partícipe del mismo pecado.

Es lo que hicieron con el Redentor durante su vida pública hasta que, finalmente, lo condenaron al suplicio de la cruz en virtud de crímenes que jamás había cometido. El pueblo judío, beneficiado por Él con toda clase de milagros, curaciones y gracias celestiales, en lugar de defender la evidente inocencia del Cordero divino prefirió ceder negligentemente al odio de los ancianos y maestros de la ley.

A las insaciables almas viperinas, no obstante, la Providencia —que está celosa por sus elegidos— reserva el castigo profetizado en el Libro de los Salmos: «Lengua embustera, […] Dios te destruirá para siempre, te abatirá y te barrerá de tu tienda; arrancará tus raíces del suelo vital» (51, 6-7). Los calumniadores no tienen duración en la tierra: tarde o temprano el infortunio los sorprenderá (cf. Sal 139, 12).

¡Seamos hijos fieles de la Santa Iglesia!

En su epístola, el apóstol Santiago resume muy bien la primordial importancia del don de la palabra: «Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas» (3, 2-5).

Sepamos, pues, utilizar con santidad esa arma que ha sido puesta en nuestras manos. Refrenemos nuestra lengua y coloquémosla bajo el dulce yugo de la admiración. Así, la benevolencia divina nos acompañará.

Sobre todo, como fieles hijos de la Santa Iglesia en estos tiempos de tribulación, estemos vigilantes a las voces infernales que contra ella se levantan y presentémonos con prontitud y ufanía en su defensa, convencidos de que ella es siempre inmaculada e indefectible, digna de toda alabanza. ◊

Autor: Hna. Cecilia Grasielle Leverman, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

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Notas

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II–II, q. 73, a. 4.

Comentarios

Espiritualidad

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos reyes magos de Oriente se presentaron en Jerusalén.
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septiembre 12, 2021

Evangelio del día de Reyes Magos.

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ‘¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él. […]

«Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino» (Mt 2, 1-3.9-12).

Según el Evangelio que acabáis de escuchar, queridísimos hermanos, el nacimiento del Rey del Cielo ha perturbado a un rey de la tierra, porque la grandeza terrenal se siente confundida cuando es revelada la majestad celestial. […] Los Reyes Magos, en cambio, guiados por la estrella, encuentran al Rey que acaba de nacer, le entregan sus regalos y son alertados en sueños de que no debían volver a ver a Herodes. […]

Oro, incienso y mirra​

reyes magos

Le ofrecen oro, incienso y mirra. El oro es muy apropiado para un rey; el incienso suele ser presentado en sacrificio a Dios; y la mira se usa para embalsamar los cuerpos de los difuntos.

Así pues, los Reyes Magos proclaman, por sus simbólicos regalos, quién es aquel a quien adoran. He aquí el oro: es un rey; he aquí el incienso: es un Dios; he aquí la mirra: es un mortal.

Hay herejes que creen en la divinidad de Cristo, pero no en su realeza universal; le ofrecen incienso, sin embargo, no quieren ofrecerle oro. Otros reconocen su realeza, aunque niegan su divinidad; le ofrecen oro, no obstante, se niegan a ofrecerle incienso.

Hay otros, en fin, que lo proclaman Dios y rey, pero rechazan que haya asumido carne mortal; le ofrecen oro e incienso, aunque no quieren ofrendarle con la mirra, símbolo de la condición mortal por Él adquirida.

Por nuestro lado, ofrezcámosle oro al Señor, confesando que reina en todas partes; ofrezcámosle incienso, proclamando que, habiendo nacido en el tiempo, es Dios desde antes de todos los tiempos; ofrezcámosle mirra, reconociendo que aquel a quien creemos impasible en su divinidad también ha sido mortal al asumir nuestra carne.

Sabiduría, oración y mortificación.

Con todo, el oro, el incienso y la mirra pueden ser entendidos de otra manera.

El oro simboliza la sabiduría, como atestigua Salomón: «Un tesoro deseable reposa en la boca del sabio» (Prov 21, 20, Septuaginta). El incienso quemado en honor a Dios expresa el poder de la plegaria, según nos dice el salmista: «Suba mi oración como incienso en tu presencia» (Sal 140, 2). En cuanto a la mirra, significa la mortificación de nuestra carne; es lo que declara la Santa Iglesia acerca de los que luchan por Dios hasta la muerte: «Mis manos destilaban mirra» (Cant 5, 5).

Por lo tanto, al Rey recién nacido le ofrecemos oro si a sus ojos resplandecemos del brillo de la sabiduría. Le ofrecemos incienso si, con ardorosa oración, consumimos nuestros pensamientos carnales en el altar de nuestro corazón, permitiendo así que nuestros deseos del Cielo eleven hasta Dios su agradable olor. Le ofrecemos mirra si mortificamos los vicios de la carne con nuestra abstinencia; pues la mirra, como hemos dicho, impide que la carne muerta se pudra.

Someter este cuerpo mortal a las depravaciones de la lujuria equivale a permitir que la carne muerta se corrompa. «Las bestias de carga se pudren en su inmundicia» (Jl 1, 17, Vulgata), afirma el profeta acerca de ciertos hombres, viniendo a significar que quien es carnal termina su vida en la fetidez de la lascivia.

Así pues, le ofrecemos mirra a Dios cuando, por los aromas de nuestra continencia, impedimos que la lujuria pudra este cuerpo mortal.

Por el orgullo, nos alejamos de nuestra patria.

Los Magos nos dan otra lección muy importante al regresar a su país por otro camino. En efecto, lo que hicieron cuando recibieron el aviso nos indica qué es lo que debemos hacer nosotros. Nuestro país es el Paraíso y, una vez que hemos conocido a Jesús, se nos prohíbe volver allí por el mismo camino que vinimos.

Nos alejamos de nuestra patria por el orgullo, por la desobediencia, por la ambición de los bienes terrenales y por la avidez de probar los frutos prohibidos. Para regresar a ella, nos son necesarias las lágrimas, la obediencia, el desprecio de los bienes terrenales y el dominio de los apetitos carnales.

Debemos, por tanto, volver por otro camino. Ya que a causa de los placeres nos alejamos de las alegrías del Paraíso, han de ser las lamentaciones las que nos reconduzcan a él.

Tengamos en vista la venida del Juez.

Es necesario, queridísimos hermanos, que, permaneciendo siempre temerosos y expectantes, tengamos ante los ojos del corazón, por una parte, nuestros pecados y, por otra, el extremo rigor del juicio.

Consideremos que ha de venir el implacable Juez. Nos amenaza con el terrible tribunal mientras permanece oculto. Causa pavor a los pecadores y aún así es paciente: si retrasa su venida, lo hace para que la condenación sea menor. Expiemos por las lágrimas nuestras faltas y, conforme a las palabras del salmista, «entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos» (Sal 94, 2).

No nos dejemos atrapar por los engaños de la voluptuosidad o seducir por las alegrías fútiles. Muy cerca está, de hecho, el Juez que afirmaba: «¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!» (Lc 6, 25). E igualmente decía Salomón: «Mezclada anda la risa con el llanto: el término del gozo es el dolor» (Prov 14, 13). Y también: «Llamé a la risa ‘locura’, y dije de la alegría: ‘¿Qué se consigue?'» (Ecl 2, 2). Y aún: «El sabio piensa en la casa en duelo, el necio piensa en la casa en fiesta» (Ecl 7, 4).

Tengamos gran temor de los preceptos de Dios a fin de que celebremos verdaderamente su solemne fiesta, pues el dolor que inspira el pecado cometido es inmolación grata a Dios, como lo atestigua el salmista: «El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado» (Sal 50, 19).

Nuestras culpas pasadas han sido lavadas por el Bautismo; pero después hemos cometido muchas otras y ya no podemos ser purificados por el agua de ese sacramento. Ya que incluso tras haberlo recibido hemos manchado nuestra vida, bauticémonos ahora con las lágrimas de nuestra conciencia. De esta forma, regresaremos a nuestra patria por otro camino. Si lo deleitable por su atractivo nos apartó de ella, que las amarguras nos lleven de vuelta mediante la penitencia, con el auxilio de nuestro Señor. 

San Gregorio Magno. Fragmentos de las Homilías sobre los Evangelios.

Homilía X, 6/1/591: PL 76, 1110-1114.

Ángeles

La iconografía de los Ángeles del Renacimiento y del barroco, así como ciertas imágenes muy difundidas en el siglo pasado no representan auténticamente los espíritus angélicos; los de la Edad Media y los de Fray Angélico expresan la realidad.
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septiembre 12, 2021

El tratar sobre los Ángeles, debemos establecer antes algunos principios que nos ayudarán a profundizar sobre el asunto.

Monasterio del monte Saint-Michel.

El primer principio que conviene recordar es el siguiente: la Providencia está permitiendo al demonio tener un atrevimiento y una amplitud de acción como jamás se vio a lo largo de la Historia. Es normal que tengamos muchas y variadas impresiones a respecto del pasado. La Historia narra los acontecimientos más extraños, más censurables, más condenables. Entretanto, cuando comparamos esos acontecimientos con algunos que se dan en el mundo contemporáneo, vemos que el pasado era simplemente cristalino y encantador, inclusive en sus aspectos más censurables, en comparación con los lados reprobables del presente.

Hace dos mil años la Iglesia rinde culto a los santos Ángeles y, de vez en cuando ellos se aparecen y se manifiestan. Recordemos el Monasterio de Saint-Michel, en Francia, el cual visto en su totalidad es como que la fotografía, en piedra, de un espíritu angelical.

Aquella punta que se yergue, la abadía con sus varias construcciones, junto a aquel mar lleno de variedades, ora más mar que tierra, ora más tierra que mar, a veces restos de mar empozado en medio de brazos de tierra que se van secando y emergiendo en medio de todo aquello; y después se siente un viento aullando y silbando en la parte del mar que es siempre mar. En medio de todo esto el Monasterio de Saint-Michel de pie, solemne, tranquilo y firme, agarrando y dominando las rocas, mostrando a los mares la inutilidad de sus movimientos y con su flecha apuntando al cielo.

Como el espíritu humano conoce mejor las cosas por medio de contrastes, vamos a tomar ciertas nociones comunes y corrientes, poco precisas e infelizmente un tanto infantiles a respeto de los Ángeles, presentes en la mentalidad de todo mundo – oriundas de una apreciación muy sumaria del tema -, y transponerlas para lo que imaginamos de un Ángel. Así trataremos de tener alguna idea de aquellos Ángeles cuya venida e intervención esperamos. Queda así indicada nuestra meta, y nuestras almas, al menos por unos instantes, apuntarán a la hora de su venida, como la torre del campanario del Monte Saint-Michel.

Ángel gordiflón y despreocupado...

¿Cuáles son las ideas que existen a respeto de los Ángeles? El niño recibe y forma una noción sobre la figura del Ángel correspondiente a las ideas que sus padres – y también el párroco – tienen del Ángel. Sobre todo, el niño sabe de un modo instintivo y confuso que, en último análisis, el papá y la mamá ratifican con el sacerdote sus ideas sobre Religión. De manera que juzga más o menos subconscientemente que toda estampa, toda medalla, toda figura que represente a un Ángel, representa la enseñanza de la Iglesia Católica sobre el Ángel.

Entonces debemos reportarnos a las imágenes, a las estampas, a las cosas habituales a respecto de los Ángeles – y que no son muchas. Podemos pensar un poquito también en los magníficos Ángeles de la Edad Media, pasando muy rápidamente por los Ángeles del barroco. Consideremos, en primer lugar, cómo los Ángeles eran presentados en nuestra infancia.

Había dos casas en São Paulo, en el centro viejo, que vendían relojes, algunas joyas y objetos religiosos de lujo: la Joyería Michel y la Casa Benito Loeb. Aquella imagen del Corazón de Jesús que hay en mi residencia, por ejemplo, fue comprada en una de esas tiendas. Yo recuerdo que la comercialización de artículos religiosos para niños de mi tiempo, era realizada por esas dos casas. Y eran, en general, fábricas francesas que enviaban esos objetos a São Paulo.

Entonces, me recuerdo de un medallón que representaba un Ángel y que me llamó mucho la atención. Era circular, bueno para regalarle a una señora que acaba de tener un hijo, para colgarlo en la cabecera de la cuna; para agradar a un bebé de tres, cuatro, cinco años que está de cumpleaños; adecuado también para darle a un niño un poco mayor que recibe la Primera Comunión. No recuerdo más si ese medallón era mío o de mi hermana o de alguno de mis primos. Sé que ese medallón convivió conmigo. Y en la intimidad de una infancia entre parientes, en que la propiedad individual existe confusamente y los objetos son intercambiados, y que pasan del cajón de uno a la mano del otro, en ese remolino, tengo la impresión de que acabó siendo mío, pero no estoy seguro.

Era un Ángel tipo, todavía, Belle Époque: gordiflón, con el rostro relleno, cabellos ligeramente ondulados, brazos bien rollizos, rellenos, y una cara de entera tranquilidad, inclinado sobre algo que era como que la base del medallón, tendiendo un poco al tedio, incapaz y sin deseos de cualquier esfuerzo. Como quien mira desde una terraza hacia un punto vago, sin interés en la escena que se desarrolla abajo y dice: «¡Yo ya combatí en mi batalla y ahora estoy aquí gozando; usted arrégleselas como pueda!»

Recuerdo que yo miraba al Ángel y me venía al espíritu una leve perturbación, en el siguiente sentido: «Si un Ángel es así y conociera bien el interior de su alma, no concordaría con usted; porque usted tiene a respecto del Ángel unas ideas que esta imagen no simboliza.

Luego, o esas ideas son contra la realidad de lo que es un Ángel y usted está equivocado, o ellas coinciden con la realidad; pero entonces el que está incorrecto es aquel Ángel y, por tanto, alguna cosa no encaja bien en esto.» La salida era, naturalmente: «Yo voy a indagar.» Y miraba, miraba, miraba para ver si encontraba en el Ángel alguna cosa que tuviese relación con eso.

...o sentado sobre una nube y tocando harpa

Entonces, una primera idea a respecto de los Ángeles: vida ya realizada, sin futuro, en una eternidad sin grandes atractivos, con un cierto fondo de aburrimiento. ¡Esfuerzo, no! Pero otros cuadros, otras cosas de un arte religioso que ya caminaba a grandes pasos hacia su decadencia, afirmaban eso.

Por ejemplo, cuadro clásico, tantas veces comentado entre nosotros: Ángeles sentados encima de nubes, sobre un cielo azul, tocando harpa. ¿Cuándo acabará de tocar el harpa? ¿Cómo es que esa nube no se hunde?

Al final se tiene la impresión de que ellos estaban pintados con una cara animada, a manera de personas muy bien educadas que estaban atravesando por una etapa de tedio, con aire distraído, pero que en el fondo estaban fastidiados…

Por otro lado, está la idea recta, insinuada, de que ellos son de una naturaleza enteramente superior a la nuestra, presentados en carne y hueso apenas porque el arte no puede pintar el puro espíritu, pero que gozan de la presencia de Dios y de la familiaridad en los inefables del Altísimo y que son muy bien intencionados, muy bien dispuestos en relación a los hombres. Listos a ayudar, a socorrer.

Me hice adulto y las imágenes de Ángeles se fueron repitiendo dentro del mismo estilo. Recuerdo una estampa impresa, bastante popular colocada en el locutorio de un convento que frecuenté mucho, representando un chiquillo atravesando un puente, y el Ángel de la Guarda, por detrás, tomando actitudes para que no se cayera del puente, con una solicitud, un desvelo extraordinario.

Yo miraba y pensaba: «Esa imagen insinúa, sin afirmarlo explícitamente, que el Ángel se preocupa mucho para que el chiquito no se quiebre la pierna, pero de que no peque y ame verdaderamente a Dios, no estoy viendo mucha preocupación. Es más o menos un vigilante. ¿Dónde está el celo del Ángel por la causa de Dios?« No formulaba esto a la manera de censura, sino de perplejidad. Era algo que no encontraba. Entonces, suspendía mi juicio y decía: «No, después veremos.»

Los Ángeles de Fray Angélico.

Algo importante en mi vida fue mi encuentro con los Ángeles de la Edad Media y, sobre todo, con los de Fray Angélico. Y reflexioné: «Aquí hay algo con otro pensamiento, otra altura, otra clase, diferente de aquellos Ángeles que había visto, de una iconografía decadente. Ahora, como Fray Angélico es beato, todo lo hizo bien».

Pero ahí venía otra perplejidad: los Ángeles de Fray Angélico, los de mis recuerdos, están siempre en la bienaventuranza eterna, expresada, es verdad, de una manera perfectamente delicada, noble, sobrenatural, de conmover el alma. Y fue ese el aspecto de los Ángeles que Fray Angélico quiso presentarnos. Yo puse en una de nuestras salas más nobles cuatro copias de Ángeles pintados por él, y me alegro que estén allá. Corresponden a la imagen que yo tendría a respeto de un Ángel.

¿Pero sólo en aquella postura? ¿No hay otras? ¿No relucen en los Ángeles también otras perfecciones que mi alma busca hace mucho tiempo? ¿Cómo son esas perfecciones?

Apenas una idea me quedó en el espíritu: ¿Por qué Fray Angélico los pinta así? El mismo vivió en un período en que la Edad Media ya iba caminando hacia su decadencia, y el heroísmo de los guerreros medievales tenía cualquier resto aún de ferocidad salvaje. Europa iba a hundirse, en breve, en lo que se llama la anarquía feudal, o sea, la explosión de rebeldía de los señores contra sus reyes, de los señores menores contra los señores mayores y una disputa tremenda de unos contra otros, en parte, un fermento de ferocidad revolucionaria que comenzaba a crepitar, y de otro lado una disposición de alma para la lucha que había sido llevada más allá del meridiano común.

Naturalmente se comprende que Fray Angélico no podría presentar a una humanidad así, unos Ángeles en plena acción de batalla, pues acabaría por incitar a algo que no convenía estimular. En aquel tiempo, los Ángeles deberían inspirar mansedumbre, ser distendidos, convidando a la dulzura. Así como San Francisco Solano que tocando el violín tranquilizaba a los indios del Perú; y se comprende que el Santo no les enseñara marchas guerreras, pues ellos ya tenían aquello burbujeando en exceso. Así se entiende porque Fray Angélico pintó de esa forma sus muy admirados Ángeles.

Ángeles del Renacimiento.

A veces vemos pinturas o esculturas de Ángeles del Renacimiento – y del Barroco, continuador en algunos sentidos del Renacimiento – y no sabemos si representan cupidos paganos… Hubo el caso de un gran pintor del Renacimiento, a quien un romano famoso le encargó un San Juan Bautista increpando a los fariseos. El artista dijo que tenía uno casi terminado y podría entregárselo en poco tiempo, digamos en diez días. De hecho, pasado ese plazo, el cuadro estaba terminado.

¿Cómo se explica que un cuadro, que exige mucho tiempo para pintarse – no debido a las pinceladas, sino porque se debe reflexionar en cada trazo, pues se trata de una verdadera composición -, estaba listo en diez días?

Él había pintado un Baco, el Dios indigno del vino y de la borrachera. Como no encontró comprador, le pintó por encima una piel de camello para cubrir un poquito a Baco y, con la misma expresión de fisonomía del Dios de la borrachera, lo presentó como siendo San Juan Bautista.

Se comprende perfectamente que Ángeles concebidos en esa escuela de arte no tengan nada de católico. Son una deformación del concepto de Ángel.

Entonces, debemos dejar de lado esas nociones, conservar en la retina los Ángeles de Fray Angélico y preguntar: Si uno de esos Ángeles se enojara, ¿qué expresión fisonómica tomaría? ¿Colocado frente al mal, a la Revolución, que aspecto tendría?

Esto nos podría dar alguna idea de cómo sería un Ángel, caso lo viésemos. Así preparamos nuestro espíritu para una reflexión sobre cómo debe ser un Ángel.

Plinio Corrêa de Oliveira. Extraído de conferencia del 6/12/1980

Destacados, Espiritualidad

Para muchos, la oración es meramente la recitación de palabras memorizadas o leídas. Entretanto, ella posee un sentido más profundo y sobrenatural.
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noviembre 24, 2021

La Oración es el diálogo con Dios.

Para muchos, la oración es meramente la recitación de palabras memorizadas o leídas. Entretanto, ella posee un sentido más profundo y sobrenatural: es «el diálogo del hombre con Dios» 1, la «elevación de la mente a Dios» 2.

La oración, el diálogo con Dios, es un bien incomparable, porque nos pone en comunión íntima con Dios. Así como los ojos del cuerpo son iluminados cuando reciben la luz, el alma que se eleva para Dios es iluminada por su luz inefable. Hablo de la oración que no es solo una actitud exterior, sino que proviene del corazón y no se limita a ocasiones u horas determinadas, prolongándose día y noche, sin interrupción. 3

El hombre puede convertir un simple trabajo en oración, pues cualquier acto de virtud, cuando realizado por un motivo sobrenatural, es considerado como tal. 4

No debemos orientar el pensamiento hacia Dios apenas cuando nos aplicamos a la oración; también en medio de las más variadas tareas […] es preciso conservar siempre vivos el deseo y el recuerdo de Dios. Y así, todas nuestras obras, condimentadas con la sal del amor de Dios, se tornarán un alimento dulcísimo para el Señor del universo. Podemos, entretanto, gozar continuamente en nuestra vida del bien que resulta de la oración, si le dedicamos todo el tiempo que nos es posible. 5

«Venid a Mi, vosotros todos que estáis afligidos bajo el fardo de vuestros pecados, y Yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Bien sabe el Divino Maestro cuáles son nuestros combates en este valle de lágrimas y cuánto el yugo de nuestras debilidades nos fatiga y deprime. Desea Él que, por medio de la oración, depositemos nuestra confianza en su poderoso auxilio para, así, aplastar nuestras debilidades y edificar un templo espiritual agradable a sus ojos.

La Oración es el alimento del alma.

«Venid a Mi, vosotros todos que estáis afligidos bajo el fardo de vuestros pecados, y Yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Bien sabe el Divino Maestro cuáles son nuestros combates en este valle de lágrimas y cuánto el yugo de nuestras debilidades nos fatiga y deprime. Desea Él que, por medio de la oración, depositemos nuestra confianza en su poderoso auxilio para, así, aplastar nuestras debilidades y edificar un templo espiritual agradable a sus ojos.

Es propio a la naturaleza humana alimentarse, una vez que, sin los nutrientes necesarios, acaba por desfallecer. Lo mismo ocurre con el alma, la cual, para subsistir, precisa de un alimento espiritual que la robustezca y anime. Ese nutriente divino es la oración conforme atestigua San Agustín:

«La oración es todavía el alimento del alma, porque así como el cuerpo no se puede sustentar sin alimento; sin la oración no se puede conservar la vida del alma. Como el cuerpo, por la comida, así el alma del hombre es conservada por la oración». 6

Lo que hay de más elevado en el hombre no es el cuerpo, sino el alma, visto que el cuerpo languidece y se corrompe, y el alma, entretanto, es inmortal. ¡Cómo somos celosos en sustentar el cuerpo y relajados en el deber de vivificar el alma!

Si supiésemos tomar la oración como remedio para nuestra debilidad, mucho más haríamos para la gloria de Dios.

La oración es, por tanto, la fuerza de los débiles y socorro de aquellos que caen en el abismo del pecado, vencedora de los incrédulos, fortaleza de los Santos, verdadero vigor del alma.

El más fuerte de los guerreros, adornado de la más preciosa armadura, será considerado como incapacitado para la guerra si no sabe doblar las rodillas y con humildad recurrir a Aquel de quien procede toda victoria. Ese es el tesoro que nos «concede todas las gracias pedidas, vence todas las fuerzas del enemigo; […] transforma a los ciegos en iluminados, los débiles en fuertes, los pecadores en santos». 7

Luego, ¿quién no recurrirá a tan valioso don? «¿Quién hay en el mundo más excelente que la oración? ¿Qué cosa más útil y provechosa? ¿Qué cosa más dulce y más suave? ¿Qué cosa más alta y más sublime en toda nuestra religión cristiana?» 8

Hna. Lays Gonçalves de Sousa, EP

Notas:

1 SAN JUAN CLÍMACO. In: LOARTE, José Antonio. El tesoro de los Padres: Selección de textos de los Santos Padres para el tercer milenio. Madrid: Rialp, 1998, p. 345. (Tradução da autora).
2 SAN JUAN DAMASCENO, apud ROYO MARÍN, Antonio. La oración del cristiano. Madrid: BAC, 1975, p. 4. (Tradução da autora).
3 PSEUDO-CRISÓSTOMO. A oração é a luz da alma. In: COMISSÃO EPISCOPAL DE TEXTOS LITÚRGICOS. Liturgia das horas. São Paulo: Vozes; Paulinas; Paulus; Ave Maria; 2000, v. II, p. 58.
4 Cf. ROYO MARÍN. Op. cit. p. 4.
5 PSEUDO-CRISÓSTOMO. Op. cit. 58.
6 SAN AGUSTÍN, apud SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO. Op. cit. p. 22.
7 SAN LORENZO JUSTINIANO, apud SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO. A Oração. Trad. Henrique Barros. 24. ed. São Paulo: Santuário, 2012, p. 47.
8 SAN AGUSTÍN, apud RODRIGUES, Alfonso. Exercícios de perfeição e virtudes cristãs. Trad. Pedro de Santa Clara. 4. ed. Lisboa: União Gráfica, 1947, p. 8. v. II.

Destacados, María Santísima

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la Doctrina de que la Bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente.."
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noviembre 28, 2021

La Inmaculada Concepción de María Virgen –singular privilegio concedido por Dios, desde toda la eternidad, a Aquella que sería la Madre de su Hijo Unigénito, preside todas las alabanzas que le rendimos en la recitación de su Pequeño Oficio. Siendo así, nos parece oportuno recorrer rápidamente la historia de esa “piadosa creencia” que atravesó los siglos, hasta encontrar en las inefables palabras de Pío IX, su solemne definición dogmática.

Once siglos de tranquila aceptación de la “piadosa creencia”

Los más antiguos Padres de la Iglesia, a menudo se expresan en términos que se interpretan como su certeza en la absoluta inmunidad de pecado, incluso el Original, concedida a la Virgen María. Así, por ejemplo, San Justino, San Irineo, Tertuliano, Firmio, San Cirilo de Jerusalén, San Epifanio, Teodoro de Ancira, Sedulio y otros más, comparan a María Santísima con Eva antes del Pecado Original. San Efrén, insigne devoto de la Santísima Virgen, la exalta como habiendo sido “siempre de cuerpo y de espíritu íntegra e inmaculada”. Para San Hipólito Ella es un “tabernáculo exento de toda corrupción”. Orígenes la Aclama “inmaculada entre inmaculadas, nunca afectada, por la ponzoña de la maldita serpiente”. San Ambrosio la declara “Vaso celestial, incorrupta, Virgen inmune por gracia de toda mancha de pecado”. San Agustín afirma, disputando con Pelagio, que “todos los justos conocieron el pecado, menos la Santa Virgen María, la cual, por la honra del Señor, no quiero que entre nunca en cuestión cuando se trate de pecados”.

Temprano comenzó la Iglesia –con primacía de la Oriental, a conmemorar en sus funciones litúrgicas, la Inmaculada Concepción de María. Passaglia, en su De Inmaculato Deiperae Conceptu, cree que a principios del siglo V ya s celebraba la fiesta de la Concepción de María (con el nombre de concepción de Santa Ana) en el Patriarcado de Jerusalén. El documento fidedigno más antiguo es el canon de dicha fiesta compuesto por San Andrés de Creta, monje del monasterio de San Sabas, cercano a Jerusalén y que escribió sus himnos litúrgicos en la segunda mitad del s.VII.

Los Padres de la Iglesia y la Inmaculada Concepción.

Tampoco faltan autorizadísimos testimonios de los Padres de la Iglesia reunidos en Concilio, para probar que ya en el s.VII era común y recibida por tradición la “piadosa creencia”, esto es, la devoción de los fieles al gran privilegio de María (Concilio de Letrán en el 649 y Concilio Constantinoplano III en el 680).

En España, que se enorgullece de haber recibido con la fe el conocimiento de ese misterio, conmemora su fiesta desde el s.VII. Doscientos años después, esta solemnidad aparece inscrita en los calendarios de Irlanda, bajo el título de “Concepción de María”

También en el s. IX era ya celebrada en Nápoles y Sicilia según consta en el calendario gravado en mármol y editado por Mazzocchi en 1774.

En tiempos del Emperador Basilio II (976-1025), la fiesta de la “Concepción de Santa Ana” pasó a figurar en el calendario oficial de la Iglesia y del Estado, en el Imperio Bizantino.

En el s. XI parece que la conmemoración de la Inmaculada estaba establecida en Inglaterra y por esa misma época, fue recibida en Francia. Por una escritura de donación de Hugo de Summo, consta que era festejada en Lombardía (Italia) en 1047. También es cierto que a finales del s. XI o principios del XII, se celebraba en todo el antiguo Reino de Navarra.

Oposición al Dogma.

En el mismo s. XII comenzó a ser combatido en Occidente, este gran privilegio de María Santísima.

Tal oposición se acentuaría todavía más y con mayor precisión, en el siglo siguiente, período clásico de la escolástica. Entre los que pusieron en duda la Inmaculada Concepción –por la poca exactitud de las ideas al respecto de la materia, se encontraban doctos y virtuosos varones como San Bernardo, San Buenaventura, San Alberto Magno y el angélico Santo Tomás de Aquino.

Reacción a favor de la Inmaculada Concepción.

El combate a esta augusta prerrogativa de la Virgen no hizo sino acrisolar el ánimo de sus partidarios. Así, el siglo XIV se inicia con una gran reacción a favor de la Inmaculada, en la cual se destacó como uno de sus más ardorosos defensores, el beato español Raimundo Lulio.

Otro de los primeros y más denodados campeones de la Inmaculada Concepción fue el Venerable Juan Duns Escoto (su país natal es incierto: Escocia, Inglaterra o Irlanda; murió en 1308), gloria de la Orden de los Menores Franciscanos, quien, tras afirmar bien los verdaderos términos en cuestión, estableció con admirable claridad los sólidos fundamentos para deshacer las dificultades que los contradictores ponían a la singular prerrogativa mariana.

Acerca del impulso dado por Escoto a la causa de la Inmaculada, existe una bella leyenda. Habría él venido desde Oxford hasta Paris, precisamente para hacer triunfar la tesis de la Inmaculada Concepción en la universidad de la Sorbona en 1308, donde pública y solemnemente disputó a favor del privilegio de la Virgen. El día de ese gran encuentro académico y teológico, cuando Escoto llegó al aula de la discusión, se topó al paso con una imagen de la Virgen a la que le hizo una gran reverencia diciéndole en latín Dignareme laudarete Virgo Sacrata, da mihi virtutem contra hostes tuos, entonces la imagen de la Virgen también inclinó la cabeza para saludarlo contenta y así quedó actualmente en esa posición todavía hoy: “Permíteme alabarte Sagrada Virgen y dadme fuerzas contra tus enemigos”.

Aumentan los defensores del Dogma.

Después de Escoto, la solución teológica de las dificultades levantadas contra la Inmaculada Concepción, se hizo cada día más clara y perfecta, con lo cual sus defensores se multiplicaron prodigiosamente. A su favor escribieron innumerables hijos de San Francisco, entre los que se puede citar a los franceses Fray Aureolo (m. en 1320) y Fray Mayron (m. en 1325). Al fraile escocés Bassolins y al español Guillermo Rubión. Se tiene por cierto que estos ardorosos propaganditas del santo misterio, estén en el origen de su celebración en Portugal hacia comienzos del siglo XIV.

El documento más antiguo de la institución de la fiesta de la Inmaculada Concepción en ese país, es un decreto del Obispo de Coimbra Mons. Edmundo Evrard, fechado el 17 de octubre de 1320. Con los doctores franciscanos, cumple mencionar, entre los defensores de la Inmaculada Concepción en los siglos XIV y XV al Carmelita Juan Bacon (m. 1340), al agustiniano Tomás de Estrasburgo, a Dioniso el Cartujo (m. 1429), a Nicolás de Cusa (m. 1.464) y a otros muy esclarecidos teólogos pertenecientes a diferentes escuelas y naciones.

Inmaculada Concepción en debates.

A mediados del s. XV la Inmaculada Concepción fue objeto de reñido combate durante el Concilio de Basilea, terminando en un decreto definitorio, pero sin valor dogmático ya que este Sínodo perdió su legitimidad al separarse del Papa. Mientras tanto crecía más y más el número de ciudades y naciones enteras que celebraban la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. Y con tal fervor que en las cortes catalanas se decretó pena de destierro perpetuo a quien públicamente atacara el santo privilegio de la Virgen.

El auténtico Magisterio de la Santa Iglesia, no tardó en darles satisfacción a los defensores del dogma y de la fiesta. Con la Bula Cum Pro Exccelsa, del 27 de febrero de 1.477, el Papa Sixto IV aprobó la fiesta de la Concepción de María, la enriqueció con indulgencias semejantes a las de las fiestas del santísimo Sacramento y autorizo Oficio y Misa especial para esa solemnidad.

A finales del siglo XV, sin embargo, la disputa sobre la Inmaculada Concepción, de tal manera enardeció los ánimos que el propio Papa Sixto IV se vio obligado a publicar con fecha de 4 de septiembre de 1483 la Constitución Grave nimis prohibiendo bajo pena de excomunión que los de una parte llamaran herejes a los de la otra.

Para esa época festejaban ya la Inmaculada Concepción célebres universidades como las de Oxford, Cambridge y Sorbona, instituyendo esta última en 1497, un juramento para todos sus doctores con el voto de defender perpetuamente el misterio de la Inmaculada Concepción, excluyendo de sus cuadros a quien no lo hiciere. De igual manera procedieron las universidades de Colonia (1499), Maguncia (1509) y Valencia (1530).

Nuevas ocasiones para combates dobre el Dogma.

En el Concilio de Trento (1545-1563) se ofreció nueva ocasión para denodado combate entre los dos partidos. Sin proferir una definición dogmática de la Inmaculada Concepción, esta asamblea confirmó de modo solemne las decisiones de Sixto IV. Así, el 15 de junio de 1546, en la V Sesión, a continuación de los cánones sobre el Pecado Original, se añadieron estas significativas palabras: “El Sagrado Concilio declara que no es su intención, incluir en este decreto, que trata sobre el Pecado Original, a la Inmaculada y Bienaventurada Virgen María Madre de Dios, pero que deben seguir observándose las Constituciones del Papa Sixto IV de feliz memoria, bajo las penas que en ellas se conminan y que este Concilio renueva”.

Por aquellos tiempos comenzaron a reforzar las filas de los defensores de la Inmaculada Concepción los teólogos de la recién fundada Compañía de Jesús, entre los que nunca se encontró uno solo de opinión contraria. Fue debido a los primeros misioneros jesuitas que en Brasil se tuvo noticia que ya en 1554 se celebraba el singular privilegio mariano en nuestro país. Además de la fiesta que se conmemora el 8 de diciembre, capillas, ermitas e iglesias eran edificadas bajo el título de Nuestra Señora de la Concepción.

Sin embargo, la “piadosa creencia” seguía suscitando polémicas, moderadas siempre por la intervención del Sumo Pontífice. Fue así que, en 1557, San Pío V, condenado una proposición de Bayo que afirmaba haber muerto Nuestra Señora a consecuencia del pecado de nuestro padre Adán, prohibió nuevamente las disputas acerca del augusto privilegio de la Virgen.

Siglos XVII y siguientes: consolidación de la Inmaculada Concepción

En el siglo XVII, el culto a la Inmaculada Concepción conquista a Portugal entero, desde los reyes y los teólogos hasta los más humildes hijos del pueblo. Así, el 9 de diciembre de 1617, la Universidad de Coimbra, reunida en claustro pleno, resuelve escribir al Papa manifestándole su convicción en la Inmaculada Concepción de María Santísima.

Aquel mismo año, Pablo V, decretó que nadie se atreviese a enseñar públicamente que María Santísima tuvo Pecado Original. Igual fue la actitud de Gregorio XV en 1622.

Por esa época la Universidad de Granada se comprometió a defender la Inmaculada Concepción con voto de sangre, es decir, comprometiéndose a dar la vida y derramar la sangre, si fuese necesario, en la defensa del misterio. Magnífico ejemplo que fue imitado sucesivamente, por gran número de cabildos, ciudades, reinos y Órdenes Militares.

A partir del siglo XVII se fueron también multiplicando las corporaciones y sociedades, tanto religiosas como civiles, e incluso Estados, que adoptaron a la Virgen como Patrona en la advocación del misterio de su Inmaculada Concepción.

Digna de particular referencia es la iniciativa de Don Juan IV rey de Portugal, proclamando a Nuestra Señora de la Concepción Patrona de sus “Reinos y Señoríos”, al tiempo que jura defenderla hasta la muerte, según se lee en la Propuesta regia del 25 de marzo de 1646. A partir de ese momento, en homenaje a su Inmaculada concepción soberana, los reyes de Portugal nunca más se pusieron corona en sus cabezas.

En 1648 aquel mismo monarca mandó acuñar monedas de oro y plata. Fue con ellas que se pagó el primer feudo a Nuestra Señora. Denominadas Concepción, tales monedas tenían en el anverso la leyenda: JOANES IIII D.G. PORTUGALIAE ET ALBARBIAE REX con la Cruz de Cristo y el escudo de armas lusitano. En el reverso estaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción sobre el globo terráqueo y la media luna, con la fecha 1648. A los lados de la imagen estaban el sol, el espejo, el huerto, la casa de oro, la fuente sellada y el Arca de la Alianza, símbolos bíblicos de la Santísima Virgen.

Otro decreto de Don Juan IV, firmado el 30 de junio de 1654, ordenaba que “en todas las puertas de entrada a las ciudades, villas y lugares de sus reinos” fuese colocada una laja de piedra con una inscripción que expresase la fe del pueblo portugués en la Inmaculada Concepción de María.

Del mismo modo, a partir del s. XVII emperadores, reyes y Cortes de los Reinos comenzaron a pedir con admirable constancia y con una insistencia de la que hay pocos ejemplos en la historia, la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción. La pidieron también al Papa Urbano VIII (m. en 1644), el Emperador Fernando II de Austria; Segismundo, Rey de Polonia; Leopoldo, Archiduque del Tirol; el Príncipe Elector de Maguncia; Ernesto de Baviera, Príncipe Elector de Baviera.

El mismo Papa Urbano VIII, a solicitud del Duque de Mantua y otros Príncipes, creó la Orden Militar de los Caballeros de la Inmaculada Concepción, aprobándoles al mismo tiempo sus Estatutos. Por devoción a la Virgen Inmaculada, quiso ser el mismo Papa el primero quien celebrara la primera misa en la primera iglesia bajo el título de la Inmaculada para uso de los frailes menores de los capuchinos de san Francisco.

Sin embargo, el acto más importante emanado de la Santa Sede en el s. XVII, a favor de la Inmaculada Concepción, fue la bula Pontificia Sollicitude Omnium Ecclesiarum, del Papa Alejandro VII en 1661. En este documento, escrito de su propio puño y letra, el Pontífice ratifica y renueva las constituciones a favor de María Inmaculada, al tiempo que impone gravísimas penas a quien sustente o enseñe opinión contraria a los dichos decretos y constituciones. Esta memorable bula precede, sin otro documento intermediario, la decisiva y magnífica bula del papa Pío IX.

En 1713, Felipe V de España y las Cortes de Aragón y Castilla pidieron la solemne definición a Clemente XI. Y el mismo Rey con casi todos los obispos españoles, las universidades y las Órdenes Religiosas, la solicitaron a Clemente XII en 1732.

En el pontificado de Gregorio XVI, y en los primeros años de Pío IX, se elevaron a la Sede Apostólica más de 220 peticiones de Cardenales, Arzobispos y Obispos (sin contar las de Cabildos y Órdenes Religiosas) para que se hiciese la definición dogmática.

El triunfo de la Inmaculada Concepción

Al fin llegó el tiempo. El 2 de febrero de 1849, Pío IX, desterrado en Gaeta, escribió a todos los Patriarcas Primados, Arzobispos y Obispos del orbe la Encíclica Ubi Primum, preguntándoles acerca de la devoción de sus cleros y pueblos al misterio de la Inmaculada Concepción y su deseo de verlo definido. De un total de 750 Cardenales, Obispos y Vicarios Apostólicos que en su seno contaba en ese entonces la Iglesia, algo más de 600 le respondieron al Sumo Pontífice. Teniéndose en cuenta las diócesis que estarían vacantes (tiempos de persecución a la iglesia en varios países del mundo), los Prelados enfermos y las respuestas que se perdieron en el camino, se puede decir que todos atendieron la solicitud del Papa, manifestando unánimemente que la fe de su pueblo era completamente favorable a la Inmaculada Concepción, y apenas cinco (5) se dijeron dudosos en cuanto a lo oportuno de esa declaración dogmática.

Se afirmaba la “creencia” universal de la Iglesia. Roma hablaría. La causa estaba juzgada.

“Ahora -son palabras de un testigo de la bella fecha del 8 de diciembre de 1854- transportémonos al augusto templo del jefe de los Apóstoles (Basílica de san Pedro de Roma). Bajo sus amplias naves se comprime y confunde una inmensa multitud impaciente pero recogida. Es hoy en Roma, como otrora en Éfeso: las celebraciones a María son en todas partes populares. Los romanos se preparan para recibir la definición de la Inmaculada Concepción, como en otro tiempo los efesianos acogieron la definición de la Maternidad Divina de María: con cantos de júbilo y manifestaciones del más vivo entusiasmo.

En el umbral de la Basílica, el Soberano Pontífice. Lo circundan 54 Cardenales, 42 Arzobispos y 98 Obispos de los cuatro puntos cardinales del orbe Cristiano, dos veces más vasto que el antiguo mundo romano. Los ángeles de todas las iglesias están presentes como testigos de la fe de sus pueblos en la Inmaculada Concepción. Súbitamente retumban las voces en sensibles y reiteradas aclamaciones. El cortejo de los Obispos atraviesa solemnemente el ancho corredor del Altar de la Confesión. Sobre la Cátedra de San Pedro está sentado ahora su 258° sucesor. Iníciase la celebración de los Santos Misterios. El Santo Evangelio es cantado en diversas lenguas del Oriente y Occidente. He aquí el solemne momento indicado para la proclamación del Decreto Pontificio. Un Cardenal cargado de años y de méritos, se aproxima al trono: es el decano del Sacro Colegio Cardenalicio; está feliz -como una vez el viejo Simeón, de ver el día de la gloria de Marí- En nombre de toda la Iglesia, dirige él al Vicario de Cristo una postrera petición. El Papa, los Obispos y toda la gran asamblea caen de rodillas; la invocación al Divino Espíritu Santo se hace oír en alto; este sublime himno es repetido por más de cincuenta mil voces al mismo tiempo, subiendo a los cielos como un inmenso concierto. Terminado el cántico, se yergue el Pontífice sobre la Cátedra de San Pedro; su faz es iluminada por celestial rayo de luz, visible efusión del Espíritu de Dios; y con voz profundamente emocionada, en medio de lágrimas de alegría, pronuncia él las solemnes palabras que colocan la Inmaculada Concepción de María en el número de los artículos de nuestra fe:

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la Doctrina de que la Bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, esa doctrina fue revelada por Dios, y debe ser, por lo tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles”.

El Cardenal Decano, postrado por segunda vez a los pies del Pontífice, le suplica entonces que publique las Cartas Apostólicas que contienen la definición. Y como promotor de la fe, acompañado de los protonotarios apostólicos, pide también que se erija un proceso verbal de ese gran acto. Al mismo tiempo, el cañón del Castillo del Sante Ángelo y las campanas de todas las iglesias de la Ciudad Eterna anuncian la glorificación de la Virgen Inmaculada.

Después de la Glorificación de la Virgen Inmaculada.

En la noche, Roma, llena de ruidosas y alegres orquestas por las calles, embanderada, iluminada, coronada de inscripciones y emblemas, fue imitada por millares de villas y ciudades en toda la superficie del globo.

El siguiente año pudo ser llamado el año de la Inmaculada Concepción: casi todos los días de él fueron marcados por fiestas en honor de la Santísima Virgen. En 1904, San Pío X celebró, juntamente con toda la Iglesia Universal, en medio de gran solemnidad y regocijo, el cincuentenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción. El Papa Pío XII, a su vez, en 1954, conmemoró el primer centenario de esa gloriosa verdad de fe, decretando el Año Santo Mariano. Celebración esta coronada por la Encíclica Ad Coeli Reginam, en la que el mismo Pontífice proclama la soberanía de la Santísima Virgen, y establece la fiesta anual de Nuestra Señora Reina.

Mons. Joao Clá Dias. Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción Comentado. Artpress. Sao Paulo, 1997, pps. 494 a 502

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