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Espiritualidad

La Palabra: Instrumento de edificación o de destrucción

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos la importancia de la palabra.

En el conjunto de la Creación, el hombre se asemeja a un misterioso «joyero» en el cual Dios ha depositado los más diversos y preciosos dones. Uno de ellos, especial entre todos, es el de la palabra.

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos su importancia y continuamente la utilizamos de modo irreflexivo. No obstante, se puede transformar en un poderoso instrumento de edificación, si es bien utilizada, o en una peligrosa arma de destrucción…

En efecto, son incontables las almas que se han convertido a las vías de la santidad movidas por santas predicaciones o por la lectura de la Palabra de Dios; y quizá más numerosas aún sean las que han perseverado en la virtud debido a un sabido consejo de un hermano en la fe. Por otra parte, el mal uso de esa capacidad arrastró y todavía arrastra a multitudes hacia la perdición y puede llegar a producir efectos devastadores en sus víctimas, principalmente por medio de un conocido vicio: la maledicencia.

¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano?

Murmuración

Consistiendo esencialmente en el empleo de la facultad de expresión para evidenciar y propagar algo malo, existente o no, de otro, la maledicencia fácilmente encuentra terreno fértil en el alma humana.

Como nadie está exento de defectos y lagunas, es natural que la convivencia, incluso entre los que se quieren mucho, tienda al desgaste: poco a poco, y con frecuencia de manera no culpable, el brillo de las cualidades ajenas empieza a disminuir a los ojos de sus prójimos y pasa a constatar las debilidades. En ese momento es cuando se presenta el peligro. Si no se toma cuidado, enseguida son olvidados por completo los lados buenos de los demás y considerados, injustamente, sólo sus lados defectibles… Como «de lo que rebosa el corazón habla la boca», en esa etapa el tentador convence sin dificultad para que se hagan públicos esos defectos que se han encontrado o se han imaginado encontrar.

Sea como fuere, nadie tiene el derecho de hacer conocidas las miserias del prójimo. Si Dios, único Juez verdadero y principal ofendido por las faltas de los hombres, no lo hace, ¿quién podrá hacerlo? A los que se creen aptos para ello, bien se les aplica la exclamación de la Escritura: ¿quién eres tú para juzgar a tu hermano? (cf. Sant 4, 12).

Además, quien publica las faltas de los otros hace mal a los que las escuchan, tanto por el escándalo que pueden causar como por la posible inducción al propio vicio de la maledicencia. ¡Ay de los que provocan el escándalo! ¡Más les valdría que les ataran al cuello una piedra de molino y los arrojaran al mar (cf. Lc 17, 1-2)!

Hay que considerar también esta enseñanza del divino Maestro: «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6, 37-38).

Remedio para las almas débiles

Hay una categoría de personas que se deja contaminar por la maledicencia por debilidad. Abatida por el peso de las miserias ajenas, procura «desahogar» sus penas y resentimientos con comentarios inoportunos. A esas almas, la moral católica les ofrece un remedio superior y eficaz: la admiración.

En un ambiente impregnado de admiración, la «cizaña» de la maledicencia no encuentra espacio para desarrollarse. Hace al hombre semejante a un colibrí que, acercándose a las flores, va derecho al néctar e ignora los abrojos: el admirativo se ocupa con tanto agrado de las cualidades de los demás que no le sobra atención para considerar los defectos.

Pero para lograr tal nobleza de alma no basta el simple esfuerzo humano… Es necesario juntar las manos y rogarle a Dios, por intercesión de la Virgen, el auxilio superabundante de la gracia. Así confortado por lo sobrenatural, el hombre se vuelve capaz no sólo de exaltar los lados buenos de sus compañeros, sino de disponerse a sanar sus debilidades y ser para ellos un auxilio en la lucha por la virtud.

Finalmente, la admiración es también la solución para los pecados de maledicencia ya cometidos. Como la doctrina católica exige que se restituya el honor del prójimo, denigrado ante los demás, ningún medio podría ser más eficaz que pasar a elogiar sus cualidades.

Castigo a los obstinados

Sin embargo, en las vías del mal uso de la lengua también hay almas empedernidas, hijas del odio, que se convierte en calumniadoras de aquellos que practican el bien y que, por lo tanto, constituyen una denuncia a la torpeza de sus vidas.

Para los perversos de toda la Historia, atribuirles públicamente y de mala fe delitos infundados a las almas justas ha sido uno de los medios más eficaces de persecución, pues los falsos testimonios encuentran siempre morada en la superficialidad y molicie de los corazones… Pocos son los íntegros y valientes que se preocupan en analizar con profundidad los hechos, para sacar de ellos una conclusión verdadera; la mayoría, por el contrario, oye con complacencia, negligencia y respeto humano las criminales acusaciones y no se opone a quien las hace, volviéndose, según Santo Tomás de Aquino,1 partícipe del mismo pecado.

Es lo que hicieron con el Redentor durante su vida pública hasta que, finalmente, lo condenaron al suplicio de la cruz en virtud de crímenes que jamás había cometido. El pueblo judío, beneficiado por Él con toda clase de milagros, curaciones y gracias celestiales, en lugar de defender la evidente inocencia del Cordero divino prefirió ceder negligentemente al odio de los ancianos y maestros de la ley.

A las insaciables almas viperinas, no obstante, la Providencia —que está celosa por sus elegidos— reserva el castigo profetizado en el Libro de los Salmos: «Lengua embustera, […] Dios te destruirá para siempre, te abatirá y te barrerá de tu tienda; arrancará tus raíces del suelo vital» (51, 6-7). Los calumniadores no tienen duración en la tierra: tarde o temprano el infortunio los sorprenderá (cf. Sal 139, 12).

¡Seamos hijos fieles de la Santa Iglesia!

En su epístola, el apóstol Santiago resume muy bien la primordial importancia del don de la palabra: «Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas» (3, 2-5).

Sepamos, pues, utilizar con santidad esa arma que ha sido puesta en nuestras manos. Refrenemos nuestra lengua y coloquémosla bajo el dulce yugo de la admiración. Así, la benevolencia divina nos acompañará.

Sobre todo, como fieles hijos de la Santa Iglesia en estos tiempos de tribulación, estemos vigilantes a las voces infernales que contra ella se levantan y presentémonos con prontitud y ufanía en su defensa, convencidos de que ella es siempre inmaculada e indefectible, digna de toda alabanza. ◊

Autor: Hna. Cecilia Grasielle Leverman, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

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Notas

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II–II, q. 73, a. 4.

Comentarios

Espiritualidad

El 2 de noviembre la Iglesia conmemorará a los Fieles Difuntos, siendo una oportunidad para orar de modo especial por aquellos que nos han precedido en el camino hacia el cielo.

noviembre 14, 2021

 El  2 de noviembre la Iglesia conmemorará a los Fieles Difuntos, siendo una oportunidad para orar de modo especial por aquellos que nos han precedido en el camino hacia el cielo y en el encuentro en la Casa del Padre. Una manera de interceder por ellos es a través de la sana oración por las benditas Almas del Purgatorio.

Pero ¿Qué dice la Iglesia al respecto?

El Catecismo de la Iglesia Católica en el capítulo tercero de la Primera Parte, referido a La Profesión de la Fe, habla de la purificación final o Purgatorio que los difuntos han de pasar antes de llegar al cielo.

«Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo», dice el Catecismo.

También recuerda que la Iglesia ha dado por nombre «Purgatorio» a aquella purificación final que han de pasar los hijos de Dios fallecidos que sí están en amistad con Dios, que es muy diferente al Infierno al que llegan los condenados quienes mueren en enemistad con Dios.

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3)», dice la doctrina de la fe relativa al Purgatorio, según los Concilios de Florencia y de Trento.

Asimismo, el Catecismo se refiere a la sana práctica de la oración por los fieles difuntos, recordando que desde los primeros tiempos la Iglesia ha honrado su memoria y ofrecido sufragios en su favor, de modo especial, el santo sacrificio de la Eucaristía, «para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios».

No en vano una de las Obras de Misericordia,  es la de orar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Además de esto, la Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y obras de penitencia en favor de los fallecidos.

La visión mística de Santa Gertrudis

También, de acuerdo con una tradición, en una visión mística que tuvo Santa Gertrudis la Grande -religiosa benedictina propagadora de la devoción al Sagrado Corazón-, Nuestro Señor Jesucristo se le presentó entregándole una oración y señalándole que quien la rece podrá librar mil almas del Purgatorio.

Esta es la oración:

Padre eterno, yo te ofrezco la preciosísima sangre de tu Divino Hijo Jesús, en unión con las Misas celebradas hoy día a través del mundo por todas las benditas ánimas del purgatorio por todos los pecadores del mundo. Por los pecadores en la iglesia universal, por aquellos en propia casa y dentro de mi familia. Amén.

Autor : Gaudium Press

Misiones

Por ocasión de la Navidad, en la Vicealcaldía de la ciudad de Cuenca se celebró una Misa Solemne

diciembre 17, 2021

El Padre Marlon Jiménez, de los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen, celebró una Misa solemne, por ocasión de la Navidad, en la Vicealcaldía de la ciudad de Cuenca con la presencia del señor Alcalde, Ing. Pedro Palacios, y del Vicealcalde, Arq. Pablo Burbano y demás miembros de la alcaldía; los hermanos de la comunidad colaboraron con la animación litúrgica y en el ceremonial de la Eucaristía.

Santos

septiembre 12, 2021

Teresa de Cepeda y Ahumada nació el 28 de marzo de 1515, en Gotarrendura, provincia de Ávila, en el seno de una familia numerosa de la pequeña nobleza castellana.

Desde muy niña se interesaba por episodios de la vida de los santos, y cuando supo de los hechos de los primeros mártires, pensó que ese camino era una línea derecha al Cielo. Entonces decidió huir con su hermanito Rodrigo a “tierra de moros”, para entregar allí sus vidas en defensa de la fe. Estaban ya bastante lejos de la ciudad cuando un tío suyo consiguió alcanzarlos y devolverlos a casa.

Al haber perdido a su madre con tan sólo 14 años, Teresa se entregó en las manos de la Virgen, tomándola como única Madre.

Santa Teresa ingresa al Carmelo.

A los 20 años ingresó en el monasterio carmelita de la Encarnación, en Ávila —al principio contra la voluntad de su padre—, donde un año después hizo sus votos. Allí vivían casi doscientas religiosas bajo la regla mitigada de la Orden del Carmen. Sor Teresa recibió una espaciosa celda, junto con la libertad de recibir visitas a cualquier hora e ir a la ciudad por el motivo que fuere. Era habitual que las monjas estuvieran horas charlando en el locutorio, convertido en una especie de centro de reuniones sociales.

En el crisol de las probaciones.

Sin embargo, la cruz, elemento esencial de la grandeza, no tardó en presentarse a esa alma escogida. Poco después de su profesión religiosa, su salud se debilitó tanto que su padre, Alonso de Cepeda, consiguió permiso para llevarla al pueblo de Becedas, donde vivía una mujer cuyos tratamientos médicos tenían fama de eficaces.

Durante el viaje, Teresa conoció la oración mental a través del libro Tercer alfabeto espiritual, del P. Francisco de Osuna, sintiéndose invitada a la vida de contemplación.

De regreso a la casa paterna, una contracción muscular fortísima la dejó sin sentido durante casi cuatro días. La habrían enterrado si su padre no se hubiese opuesto. Incluso en esas condiciones, Teresa deseaba volver pronto al convento. Su alma, como la de Job (cf. 2, 10), se encontraba en excelentes disposiciones: “Estaba muy conforme con la voluntad de Dios, aunque me dejase así siempre. Paréceme que toda mi ansia era de sanar para estar a solas en oración como estaba acostumbrada”.

Después de tres años de parálisis, sus oraciones a San José le obtuvieron la curación y a partir de ese momento la devoción al santo Patriarca se volvió primordial en su vida.

La Vida Mística de Santa Teresa

“Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles”, fueron las palabras que oyó Teresa en el primer éxtasis que le concedió la gracia divina. “Desde aquel día yo quedé tan animosa para dejarlo todo por Dios como quien había querido en aquel momento —que no me parece fue más— dejar otra a su sierva”.

Al par de las pruebas, ahora Cristo continuaba hablándole con frecuencia y parecía andar siempre a su lado: “Ninguna vez que me recogiese un poco, o no estuviese muy distraída, podía ignorar que estaba cabe mí”. No era raro, en esas intimidades con Jesús, sentir en su alma el fuego del amor divino.

En más de una ocasión llegó a tener su corazón transverberado por un ángel, dejándole las marcas físicas de una perforación: “Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí […]. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarlo, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios”.

Reforma Carmelita

Sobre todo, veía la necesidad de reformar el Carmelo y sentía la llamada de la Providencia para realizar esta misión. Deseaba comunidades que no fueran mero refugio de almas contemplativas, preocupadas en fruir y gozar de la convivencia divina, sino verdaderas antorchas de amor ocupadas en reparar el mal que era hecho a la Iglesia. “Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo. […] No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia”.

Santa Teresa... Ayer y Hoy

Finalmente, con las debidas autorizaciones, el 24 de agosto de 1562 se celebró la primera Misa en el Monasterio de San José, el primogénito de los Carmelos reformados. En la más estricta pobreza y clausura, Teresa se puso a instruir a sus monjas, mostrándoles la fuerza de la vida comunitaria bien llevada, en la obediencia y en la alegría. Siempre les recordaba el principal motivo por el cual habían consagrado sus vidas: “Y si en esto podemos algo con Dios, estando encerradas peleamos por Él, y daré yo por muy bien empleados los trabajos que he pasado por hacer este rincón, adonde también pretendí se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección que se comenzó”.

Transcurridos 450 años de la fundación del primero de esos monasterios, el Papa Benedicto XVI creyó conveniente recordar la coyuntura en la cual vivió la santa mística y cómo aquella situación nos parece familiar. Para el Santo Padre, la reflexión de la santa carmelita permanece muy actual, luminosa e interpelante. “También hoy, como en el siglo XVI, y entre rápidas transformaciones, es preciso que la plegaria confiada sea el alma del apostolado, para que resuene con meridiana claridad y pujante dinamismo el mensaje redentor de Jesucristo.

Desde la Eternidad...

Ese radical modo de vivir atrajo enseguida a muchas jóvenes vocaciones. Cuando Santa Teresa entró en la eternidad, en 1582, había dejado fundados más de veinte monasterios de la rama reformada, femeninos y masculinos. Y como suele ocurrir con los muy llamados, el árbol que ella plantó continuó, tras su muerte, dando inestimables frutos a la Iglesia en los cinco continentes.

Es apremiante que la Palabra de vida vibre en las almas de forma armoniosa, con notas sonoras y atrayentes. […] Siguiendo las huellas de Teresa de Jesús, permitidme que diga a quienes tienen el futuro por delante: Aspirad también vosotros a ser totalmente de Jesús, sólo de Jesús y siempre de Jesús. No temáis decirle a Nuestro Señor, como ella: ‘Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?’ (Poesía 2)”.

Atendiendo al llamamiento divino, Santa Teresa supo identificar con gallardía los objetivos de su vida con los de Dios, pasando a la Historia como “una gran dama, una gran mujer, una gran monja y una gran santa”.27 Por eso, el introito de la Misa votiva canta con propiedad: “Le dio el Señor sabiduría y prudencia en abundancia, y la grandeza de corazón como las arenas de la playa del mar”.

Hna. María Teresa Ribeiro Matos, EP

Oración:

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda,

la paciencia

todo lo alcanza;

quien a Dios tiene

nada le falta.

Solo Dios basta.

Ángeles, Destacados

"No es raro encontrar quien piense que los Santos Ángeles están siempre desocupados, y pasan la eternidad tocando lánguidas arpas, distraídos de todo cuanto les circundan..."

febrero 20, 2022

No es raro encontrar quien piense que los Santos Ángeles están siempre desocupados, y pasan la eternidad tocando lánguidas arpas, distraídos de todo cuanto les circundan… ¡Triste apreciación sobre estos espíritus abrazados de amor a Dios, y repletos de celo por su causa!

Según San Roberto Belarmino, podemos deducir de las Sagradas Escrituras cinco principales oficios que Dios confió a los Santos Ángeles:

El primer oficio.

El primero de ellos, y el más importante de todos, es cantar continuamente alabanzas e himnos al Creador. Eso puede parecer confirmar la teoría que encima condenamos. Sin embargo, nosotros hombres, tantas veces llevados por la agitación y la correría de la vida moderna, no sabemos dar el debido valor a Dios, y por eso menospreciamos el culto que le debemos.

Lejos de ser un acto de aquello que se acostumbra erróneamente llamar de «beaterio», el culto que los Ángeles prestan a su Creador es como una llamarada cuya más minúscula chispa sería suficiente para abrazar el universo. Nos es difícil comprender esa sublime realidad, pero imagina, querido lector, que fueses llamado a cantar un himno de alabanza al Papa.

¿Considerarías eso un acto de «beaterio», o una honra suprema? Así, comprendemos en cuánta estima Dios tiene esa función, a la cual destinó no a los menores, sino a los Ángeles más sublimes.

Oye a Isaías: «Vi al Señor sentado sobre un alto y elevado trono, y las franjas de su vestido llenaban el Templo. Los Serafines estaban por encima del trono; cada uno de ellos tenía seis alas; con dos cubrían su rostro, y con dos cubrían los pies, y con dos volaban. Y clamaban uno para el otro, y decían: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos toda la tierra está llena de su gloria». (Is. 6, 1-3)

«Tú los ves velar el rostro y los pies, lo que es señal de gran respeto, como si no osasen fijar la mirada en el rostro de Dios, ni mostrarles los pies. Tú los ves volar continuamente mientras cantan lo que demuestra su gran amor a Dios y el deseo de aproximarse cada vez más a Él». [1]

Vemos que para agradar al «Señor de los ejércitos» son necesarias esas dos virtudes: el amor y la veneración. A través del cántico los Ángeles manifiestan su caridad; velando respetuosamente el rostro y los pies demuestran respeto, temor y veneración.

«De cuánta veneración Dios es digno, si los supremos Príncipes del Cielo, que siempre lo asisten y siempre ven su rostro, ni por la tan grande elevación de su grado, ni por tan larga convivencia con Él, osan jamás descuidar el temor y la veneración que les deben, mientras cantan sus alabanzas.

«¿Qué responderás tú, polvo y ceniza, cuando en el día del Juicio, fueres acusado de somnolencia, y de distracción en una acción tan divina, a la que no eras digno de ser llamado? Aprende por lo menos para el futuro, instruido por tan insigne ejemplo, a incitarte, a cantar a tu Dios los debidos himnos de alabanzas, con temor y tremor, con atención y vigilancia, con amor y deseo.» [2]

El segundo oficio.

El segundo consiste en presentar a Dios las oraciones de los hombres, y de interceder por ellos. Eso lo certifica claramente la Escritura:

«Cuando tú orabas con lágrimas, y enterrabas a los muertos, y dejabas tu cena, yo [San Gabriel] presenté tus oraciones al Señor». (Tob. 12,12)

Y en el libro del Apocalipsis San Juan describe una visión en la cual un Ángel portaba un turíbulo de oro a la espera de incienso, que eran las oraciones de los Santos, a fin de ofrecerlo a Dios. (Cf Ap 8,3)

Que gran gesto de bondad haber Dios establecido tan poderosos intercesores. No satisfecho en enviar Profetas que nos exhortasen, y hasta incluso a su propio Hijo Unigénito para redimirnos, quiso además constituir a los Ángeles como vehículo para hacer llegar al Creador nuestras oraciones.

¿Cuál no debe ser nuestra confianza y abandono en las manos de esos guardianes? No apenas celosos en cumplir este oficio por ser voluntad de Dios, lo hacen por amor a nosotros que somos, en el orden de la gracia, sus hermanos y coherederos de la misma bienaventuranza, destinados a vivir juntos por toda eternidad.

El tercer oficio.

El tercero es el de anunciar a los hombres los asuntos más importantes de Dios, como lo es la redención y la salvación eterna. En efecto así habla el Apóstol en su Epístola a los Hebreos: «¿No son, por ventura, todos ellos (los Ángeles) espíritus administradores, enviados para servir a favor de aquellos que han de heredar la salvación?» (Hb 1,14)

Fue un Ángel que anunció a Zacarías el nacimiento del Precursor: «Yo soy Gabriel, aquel que está delante de Dios, y fui enviado para hablarte y anunciar esta Buena Nueva.» (Lc 1,19) Y a la Virgen María anunció el mayor de todos los acontecimientos habidos en la historia de la humanidad:

«Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; y el nombre de la Virgen era María. Le dijo el ángel: ‘María, no temas, pues encontraste gracia delante de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al cual pondrás el nombre de Jesús. Él será grande y se llamará Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su padre David, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin’ « . (Lc 1,26-27,30-33)

Podríamos también citar muchos otros episodios: después de la resurrección del Señor, a las mujeres que estaban en el Sepulcro, (Mt 28, 2-5) y después de la Ascensión, a todos sus Discípulos. (At 1, 10-11).

«La razón por la que Dios -que está en todo lugar, y puede por sí mismo hablar fácilmente al corazón de los hombres- quiere todavía mandar Ángeles, es, a lo que parece, para que los hombres sepan que Dios tiene el cuidado de las cosas humanas, y que es para ellos que gobierna y dirige el universo.

«Además de eso, los hombres podrían juzgar fácilmente, a veces, que sus inspiraciones divinas no eran sino sus propios pensamientos, o fruto de su propia imaginación. Pero cuando ven, u oyen que Ángeles son mandados por Dios, y que aquello que esos Ángeles predicen ocurre puntualmente como habían dicho, no pueden dudar de que la Providencia de Dios gobierna las cosas humanas, y dirige y dispone particularmente aquellas que conciernen a la salvación eterna de los electos.» [3]

El cuarto oficio.

El cuarto oficio angélico es el de proteger a los hombres. Eso puede darse individualmente o en conjunto. Dios»confía a sus potentísimos siervos a la debilidad de los mortales, a fin de que cuiden de ellos como los preceptores de los niños, los tutores de sus pupilos, los abogados de sus partes, los pastores de sus ovejas, los médicos de los enfermos, los defensores de sus protegidos, o como los protectores de aquellos que son incapaces de defenderse si no se abrigan debajo de las alas de los poderosos.» [4]

Así lo testifica David cuando dice: «Mandó a sus Ángeles cerca de ti, que te guarden en todos tus caminos.» (Sl 99,11) El propio Cristo, siempre verdadero, lo certifica: «Mirad, no despreciéis alguno de estos pequeñitos, porque yo os digo que sus Ángeles en los Cielos ven siempre el rostro de mi Padre, que está en los Cielos». (Mt 18,10) San Juan, en el Apocalipsis, menciona al Ángel de la Iglesia de Éfeso, el Ángel de la Iglesia de Esmirna, y también los Ángeles de otras Iglesias. (Cf Ap 2, 1-8)

«De modo que en cada Nación hay dos Jefes: uno visible, hombre, y uno invisible, Ángel; y en cada Iglesia dos son los Obispos: uno visible, hombre, y uno invisible, Ángel; y en la Iglesia Católica Universal hay dos Sumos Pontífices, establecidos por Nuestro Señor Jesucristo, uno visible, hombre, y uno invisible, Ángel, el cual creemos ser el Arcángel San Miguel, venerado primero como protector por la Sinagoga de los Judíos, y venerado ahora por la Iglesia de los Cristianos, como su protector.» [5]

¿Qué decir de la ingratitud de despreciar semejante auxilio? Tenemos un Ángel designado por Dios para custodiarnos ininterruptamente y hacemos poco caso?… ¿Cómo extraviarse de las sendas de la virtud teniendo a nuestro lado, y siempre a nuestra disposición, un tan admirable Consejero? ¿Cómo desanimar y desistir de recurrir al auxilio sobrenatural en nuestras contrariedades y fracasos, y, hasta incluso pecados y vicios, cuando tenemos alguien dispuesto a escucharnos y curar las heridas de nuestra alma?

¡Oh terrible juicio nos aguarda si no cambiamos nuestra conducta con nuestro celeste Guardián! No tendremos que cosa alegar delante del Juez, pues nos dio la más excelente protección, el Consejero más sabio y el Protector más perspicaz para guardarnos.

El quinto oficio.

«Es de ser soldados, o jefes armados para tomar venganza de las naciones y reprender a los pueblos. (Sl 149, 7)

«Son esos Ángeles que quemaron con el fuego y el azufre las ciudades infames (Gn 19,24); que mataron a todos los primogénitos de Egipto (Ex 12, 29); que postraron muchos millares de Asirios con un solo golpe (IV Reis, 19,35); serán esos Ángeles que en el día final separarán a los hombres malos, de los justos, y los lanzarán en el fuego ardiente del infierno. (Mt 13, 41, 42)

«Amén, pues, los hombres piadosos sus conciudadanos los santos Ángeles; tiemblen los impíos delante del poder de los Ángeles, administradores de la cólera de Dios Omnipotente, de cuyas manos nadie podrá librarlos.» [6]

Notas:

  1. San Roberto Belarmino, Elevación de la mente a Dios por los grados de las cosas creadas. Noveno grado. Capítulo VI .
  2. Idem.
  3. Idem.
  4. Idem.
  5. Idem.
  6. Idem.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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