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Destacados, Oraciones

Novena a Nuestra Señora del Buen Remedio

Nuestra Señora, que siempre oye las súplicas confiadas de sus hijos, ella misma se le aparece en persona entregándole una bolsa de llena de monedas.

Historia de la devoción a Nuestra Señora del Buen Remedio

Hacia finales del siglo XII, el número de cristianos que eran prisioneros y esclavizados por los moros era enorme y Dios, en su Providencia Divina quiso que se fundara una orden religiosa cuyos miembros se  entregaran a rescatar a aquellos cautivos.

Para llevar a cabo esta noble misión, eran necesarias grandes sumas de dinero. Con este objetivo, hacia el año de 1193, San Juan de Mata y San Félix de Valois, fundan en Francia la Orden de la Santísima Trinidad poniéndola bajo la protección de la Santísima Virgen.

Cuenta la tradición de la Orden Trinitaria, que viéndose San Juan de Mata en graves apuros económicos para el rescate de cautivos, acudió al auxilio de la Madre de Dios. Y Nuestra Señora, que siempre oye las súplicas confiadas de sus hijos, ella misma se le aparece en persona entregándole una bolsa de llena de monedas, con las que San Juan de Mata pudo comprar millares de cautivos y luego darles la libertad en tierras cristianas.

Como señal de gratitud, pasaron a honrar a la Madre de Dios bajo el título de Nuestra Señora del Buen Remedio. Desde entonces, incontables fieles piden a la Madre del Buen Remedio ayuda de modo especial en sus necesidades económicas.

Novena a Nuestra Señora del Buen Remedio

Oh Reina del Cielo y de la Tierra, Santísima Virgen, nosotros te veneramos, Vos sois la Hija Bien Amada del Dios Altísimo, la Madre elegida por el Verbo Encarnado, la Inmaculada Esposa del Espíritu Santo, el Sagrado Vaso de la Altísima Trinidad.

Oh Madre del Divino Redentor, que, bajo el titulo de Nuestra Señora del Buen Remedio vienes en ayuda de todos los que te llaman, extended a nosotros vuestra protección maternal. Dependemos de Vos, Oh querida Madre, como hijos sin ayuda y necesitados dependen de madre tierna y cuidadosa.

Dios te salve María…

Nuestra Señora del Buen Remedio, fuente de ayuda inefable, permitid que podamos retirar de vuestro tesoro de gracias, en nuestro tiempo de necesidad, todo lo que necesitamos. Tocad los corazones de los pecadores, a fin de que puedan buscar la reconciliación y el perdón.

Confortad a los afligidos y a los solitarios, ayudad a los pobres y a los que perdieron la esperanza; ayudad a los enfermos y a los que sufren. Puedan ellos ser curados del cuerpo y alma, y fortalecidos en espíritu para soportar sus sufrimientos con paciente resignación y fortaleza cristiana.

Dios te salve María…

Querida Señora del Buen Remedio, fuente de ayuda infalible, vuestro Corazón compasivo conoce el remedio para toda aflicción y miseria que encontramos en la vida. Ayudadnos con vuestras oraciones e intersección a encontrar remedio para nuestros problemas y necesidades, especialmente para…

(Colocar aquí la intención).

De Nuestra parte, oh amorosa Madre, nosotros nos comprometemos a un estilo de vida más intensamente cristiano, a una observancia más cuidadosa de las leyes de Dios, a ser más conscientes en cumplir las obligaciones de nuestro estado de vida, y a esforzarnos para ser instrumentos de salvación en este mundo arruinado.

Querida Señora del Buen Remedio, estéis siempre presente junto a nosotros, y a través de vuestra intercesión, podamos gozar de salud de cuerpo, de paz de espíritu y crecer en la Fe y en el amor a vuestro Hijo Jesús.

Dios te salve María…

Rogad por nosotros, Oh Madre del Buen Remedio.

Para que podamos profundizar nuestra dedicación a vuestro Hijo, y reavivar en el mundo su Espíritu.

 

Oración

Oh Dios que por medio de la Virgen María ofreciste el remedio a los hombres, concédenos experimentar su patrocinio en todas las necesidades, y alcanzar los gozos eternos. Por Cristo Nuestro Señor.
Amén.

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Novena a la Virgen del Buen Remedio

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Destacados, Espiritualidad

A semejanza de un jardín, la vida espiritual requiere un cuidado continuo, pues los defectos pueden nacer en los lugares más recónditos y de las formas más inesperadas.

agosto 26, 2022

Una de las más célebres divisas de la filosofía antigua es, ciertamente, «conócete a ti mismo». Este aforismo, atribuido al filósofo ateniense Sócrates, nos lleva a prestar atención en una verdad poco recordada, en general: la importancia de considerarnos siempre según nuestro valor real.

Un episodio de la vida del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira podrá ayudarnos a comprenderlo mejor.

¿Qué diferencia al hombre libre de un delincuente?

Desde muy joven, el Dr. Plinio brilló por su talento como orador y por tal motivo era llamado con frecuencia a que hiciera discursos en ambientes de los más variados. En una ocasión lo invitaron a que diese una conferencia de preparación para la Comunión Pascual en la Penitenciaría de Carandiru, antigua prisión de la ciudad de São Paulo, experiencia bastante inusual para quien provenía de la alta sociedad paulista y se había acostumbrado a la convivencia en círculos aristocráticos.

Penitenciaría de Carandiru,
São Paulo (Brasil)

A la entrada, enseguida uno de los directores de la cárcel le advirtió sobre los riesgos existentes en aquel sitio y le recomendó vigilancia. De cualquier manera, el joven conferenciante ingresó allí decidido, especialmente atraído por la oportunidad que se le presentaba de poner en práctica su propensión hacia el análisis psicológico.

Y cuál no fue su sorpresa al encontrarse, detrás de las rejas, con fisonomías muy semejantes a las de las personas que veía todos los días circulando por las calles, más de lo que imaginaba… Discernió, al mismo tiempo, que estas se diferenciaban de los detenidos en un punto específico, el cual le vino a la mente durante el discurso, a la manera de conclusión inequívoca:

Penitenciaría de Carandiru:
algunos presos en la década de 1930

los individuos libres hacían, aunque discreta e imperfectamente, breves exámenes de conciencia a lo largo de sus vidas; los que estaban en la prisión, por el contrario, nunca se habían analizado así, lo que les llevó a caer en los crímenes por los cuales sufrían un justa pena.

Según una comparación que hacía el propio Dr. Plinio, las faltas se asemejan a cargas de pólvora que se acumulan en nuestras almas: quien nunca se analiza, corre el riesgo de que el peligroso material vaya aumentando en tal cantidad que una pequeña chispa acabe detonando un desastre inimaginable

Excelente medio de progreso espiritual

Alguien podría objetar que los ejercicios de piedad y de perfección espiritual —entre ellos el examen de conciencia—, o incluso los sacramentos, suenan hoy a anacrónicos. No obstante, tal juicio nace, muy probablemente, de la mala comprensión de esas prácticas saludables.

En palabras de cierto sacerdote jesuita, «para combatir la muerte, comemos todos los días; para reparar la fatiga, dormimos. ¡Este doble remedio es muy antiguo! ¿Vas a dejarlo de lado so pretexto de ser una antigualla?»1

Ahora bien, si tenemos a nuestra disposición medios excelentes, de eficacia jamás contestada, para progresar en la vida sobrenatural, ¿por qué no nos valemos de ellos?

El alma humana: ¿con qué compararla?

Mucho se engaña quien piensa que nuestra alma es como un vehículo que sólo de vez en cuando necesita una revisión… La vida espiritual, por el contrario, se asemeja a un jardín que requiere un cuidado continuo, pues los defectos pueden nacer en los lugares más recónditos y de las formas más inesperadas.

Los que ya se han dedicado a la botánica conocen muy bien cierto tipo de planta especialmente combatida: la maleza. Sobre todo, en países tropicales, cuyo suelo fertilísimo da hasta lo que no se espera, ¡esos vegetales «enemigos» se propagan con una rapidez espantosa!

Una gran analogía podemos establecer entre esa realidad natural y el alma humana. Si no tomamos cuidado, los vicios sofocan las flores y los frutos de la virtud y vuelven nuestras almas semejantes «a la tierra del perezoso» descrito en el Libro de los Proverbios:

«Pasé junto al campo del holgazán, crucé por la viña del insensato: todo lo tapaban los espinos, la maleza cubría su extensión; la cerca de piedra, por el suelo. Al verlo me puse a pensar; al mirarlo saqué esta lección: duermes a ratos o cabeceas, cruzas los brazos y a descansar, y te llega la miseria del vagabundo, te sobreviene la pobreza del mendigo» (24, 30-34).

Jardín del palacio de Versalles (Francia)

Ante esta implacable realidad, tenemos a nuestro alcance el auxilio del examen de conciencia que, si es bien hecho —y no sólo semanal o mensual, sino diariamente—, puede alcanzar grandes y excelentes resultados. Unos pocos minutos son suficientes para hacer con provecho un análisis cotidiano de nuestra propia conciencia.

El examen general de la conciencia

En su libro Ejercicio de perfección y virtudes cristianas —obra que, en el decir de San Antonio María Claret, había llevado más almas al Cielo que estrellas tiene el firmamento2— el P. Alonso Rodríguez, de la Compañía de Jesús, nos ofrece un primoroso tratado sobre el examen de conciencia, con enseñanzas de índole eminentemente ignaciana.3 Entre ellos está la distinción entre el examen general y el particular.

El examen general versa sobre todas las acciones de un día o de un período. Es el que hacemos antes de la confesión sacramental. Consta de cinco puntos o partes.

Al recogernos para hacerlo, en primer lugar, damos gracias a Dios por los beneficios recibidos —cosa muy útil para contrastar la bondad y liberalidad de Nuestro Señor para con nuestra maldad e indolencia.

Después le pedimos que nos auxilie a conocer nuestras faltas y pecados.

El Dr. Plinio utilizaba un ejemplo muy peculiar para evidenciar la importancia de analizarnos con exactitud: no existe un cirujano en el mundo que ose hacer una operación en la oscuridad; y cuando se trata del examen de conciencia, somos al mismo tiempo cirujanos y pacientes.

Por eso debemos pedir —por cierto, no solamente en ese momento, sino continuamente— la gracia de ser iluminados para conocernos bien: «Señor, que recobre la vista» (Lc 18, 41). ¿Cómo, pues, habremos de corregir defectos que no conocemos o conocemos mal?

El tercer paso consiste en la consideración de las faltas cometidas desde la última confesión; el cuarto, en la petición de perdón a Dios, nuestro Señor, por nuestras culpas, condoliéndonos y arrepintiéndonos de ellas.

Podemos repasar los Mandamientos o los consejos evangélicos con el auxilio de una lista o un elenco de faltas, encontrando dónde caímos y ofendimos a Dios.

Finalmente, hacemos propósito de no pecar más, con el auxilio de la gracia divina, y terminamos con alguna oración breve —un padrenuestro o una avemaría, por ejemplo.

Jerarquía de valores

Conviene destacar que toda la fuerza de este examen se halla en los dos últimos puntos: el arrepentimiento sincero y la decisión de no pecar más.

De ellos nos vienen los más preciosos frutos de perfección que tal hábito puede proporcionarle al alma y, dígase de paso, se trata de dos exigencias indispensables para el sacramento de la confesión.

La finalidad del examen general, como defiende el P. Garrigou-Lagrange,4 no está principalmente en la enumeración completa y exhaustiva de faltas veniales, sino en el ver y acusar con sinceridad el principio del cual ellas derivan para nosotros.

Al respecto, el Dr. Plinio afirma: «Un examen de conciencia bien hecho debe incluir no sólo los actos pecaminosos, sino las tendencias que nos llevan a practicar esos actos.

Porque es necesario cortar la raíz del mal, para que el mal no suceda».5

El P. Alonso Rodríguez6 —y aquí nos remitimos una vez más a las figuras del reino vegetal— explica que si arrancamos la raíz de la mala hierba, enseguida toda la planta se marchitará y secará.

Pero si solamente podamos las ramas y dejamos las raíces en la tierra, en poco tiempo tornará a brotar y crecer más.

El examen particular

Por otra parte, se suele decir que «quien mucho abarca, poco aprieta».

Y por eso San Ignacio de Loyola le daba mayor importancia al denominado examen particular que al examen general, pues nos permite tomar nuestros defectos uno tras otro y vencerlos más fácilmente.

Además, luchar para dominar un vicio es pelear contra todos.

Al pueblo de Israel, cuando se encontraba ante naciones enemigas, Dios le animaba diciendo:

«No tiembles ante ellos, pues en medio de ti está el Señor, tu Dios, un Dios grande y terrible. El Señor, tu Dios, irá arrojando delante de ti a esas naciones poco a poco. No debes exterminarlas de golpe» (Dt 7, 21-22).

 

San Ignacio de Loyola –
Casa Madre de los Heraldos del Evangelio, São Paulo

Suele ocurrir algo similar con las imperfecciones de nuestra alma. Dios quiere de nosotros una lucha reñida contra nuestros defectos, pero nos alerta de que seremos más exitosos si atacamos enemigos específicos y perseveramos en la lucha contra ellos, hasta derrotarlos por completo:

«Yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo, y no me volvía sin haberlo aniquilado: los derroté, y no pudieron rehacerse, cayeron bajo mis pies» (Sal 17, 38-39).

El método de acción

Procedemos en nuestro examen particular con el mismo método del examen general.

En cuanto a la materia a escoger, según apunta el P. Alonso Rodríguez,7 esta debe empezar por las faltas exteriores que incomodan y desedifican al prójimo, aunque haya otros defectos interiores mayores, pues la razón y la caridad piden que comencemos por aquello que puede causar perjuicio a los demás, y vivamos de tal forma que no tengan quejas de nosotros.

Pero no hemos de persistir en el combate contra las fallas externas de por vida: más fáciles de vencer, precisamos desembarazarnos de ellas tanto como sea posible, para iniciar la lucha contra las imperfecciones interiores.

Con relación a estas últimas, lo ideal es que tomemos una virtud que creamos sea más necesaria cultivar —la cual presupone un vicio contrario a combatir— y la dividamos en puntos concretos, que se volverán fáciles de analizar.

Sería, pues, un error tomar una resolución como: «Seré humilde en todo y extirparé el orgullo de mi alma».

A pesar de tratarse de un óptimo deseo, dicha resolución comprende muchas otras actitudes y disposiciones, y aportaría poco provecho espiritual trabajar con algo tan genérico.

Es mucho más conveniente escoger puntos como: «No diré palabras que redunden en mi alabanza», o bien: «Cortaré enseguida pensamientos vanos y soberbios que toquen a mi honra», propósitos concretos, cuyo cumplimiento o inobservancia es fácilmente perceptible.

¿Cuánto debe durar el combate a un punto?

Sabemos que las pasiones son inherentes a la naturaleza humana y es imposible erradicarlas por completo.

Si esperásemos que el ímpetu ocasionado por una determinada pasión —como la cólera o la envidia, por ejemplo— dejara de ser sentido por nosotros, nunca cambiaríamos la materia del examen.

Nuestra lucha contra el vicio debe continuar hasta que se vea debilitado y podamos refrenarlo con presteza y facilidad.

Veremos así con cuánto provecho y beneficio serán empleados algunos minutos de nuestro día, y cuán leve irá haciéndose el análisis de nuestras propias actitudes internas y externas.

El examen de conciencia es un excelente medio de perfeccionarnos como seres humanos y, sobre todo, como hijos de Dios, porque como afirma un célebre tratadista:

«Si no nos conocemos a nosotros mismos, es moralmente imposible que nos perfeccionemos».8

Verdaderamente corajoso es aquel que sabe ver de frente sus indigencias, sus miserias y su propia incapacidad de practicar la virtud sin el auxilio de la gracia, y sin ocultárselas a Dios ni a sí mismo. Este alcanzará la verdadera santidad. ◊

Autor:  Hno. João Paulo de Oliveira Bueno

 

Notas


1 HOORNAERT, Georges. O combate da pureza. São Caetano do Sul: Santa Cruz, 2021, p. 177.

2 Cf. MOLINA, SJ, Rodrigo. Prólogo. In: RODRÍGUEZ, SJ, Alonso. Ejercicio de perfección y virtudes cristianas. Madrid: Testimonio, 1985, p. 6.

3 Cabe observar que las consideraciones del P. Alonso, aunque van dirigidas a religiosos, se aplican a todos aquellos que quieran andar por el camino de la santidad, cosa propia a cualquier estado o régimen de vida (cf. CCE 2013).

4 Cf. GARRIGOU-LAGRANGE, Réginald. As três idades da vida interior. São Paulo: Cultor de Livros, 2018, v. I, p. 371.

5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 11/3/1992.

6 Cf. RODRÍGUEZ, SJ, Alonso. Exercícios de perfeição e virtudes cristãs. São Paulo: Cultor de Livros, 2017, v. I, p. 403.

7 Ídem, pp. 403-407.

8 TANQUEREY, Adolphe. Compêndio de Teologia Ascética e Mística. São Paulo: Cultor de Livros, 2017, p. 250.

María Santísima

Afirmaba Nestorio que María es madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y por eso debe ser llamada simplemente Madre de Cristo (Christotokos).

enero 2, 2022

“Que nadie llame a María, Madre de Dios; ella es una mujer, y es imposible que Dios nazca de una mujer”. No sentó nada bien esta afirmación proferida de la boca del presbítero Anastasio; un estremecimiento de sorpresa e indignación recorrió la catedral de Constantinopla ante tal cosa contra el dogma que futuramente se proclamaría.

Hasta entonces a nadie se le había ocurrido nunca poner en duda allí esa verdad en la que la Iglesia creía desde hacía mucho tiempo, y en aquel momento el predicador lo negaba con tanta arrogancia. Filiales y afligidas miradas acribillaron el semblante del Patriarca que, sentado en su cátedra, debería ser el guardián de la Fe. Sin embargo, no sólo guardaba silencio, sino que aprobaba con un enfático movimiento de cabeza dando su apoyo a esa insólita afirmación. El pueblo, escandalizado, comenzó a abandonar la catedral.

El origen de un Patriarca controvertido

En la capital oriental del Imperio Romano, Constantinopla, se mezclaban tumultuosamente la controversia teológica y las intrigas palaciegas, acentuadas por las características del temperamento oriental. Así, tan pronto como la Sede Patriarcal quedó vacante a finales del 427, las facciones representadas en la corte pasaron a promover a sus respectivos candidatos al codiciado puesto.

Teodosio II, no obstante, decidió no prestar atención a ninguna de las partes y, con el fin de evitar discordias, optó por escoger a un extranjero.

Su elección recayó sobre un monje de Antioquía, excelente orador, dotado de sonora voz y con fama de santidad. Algunos lo consideraban como un segundo Crisóstomo. Su nombre era Nestorio.

Infelizmente, la reputación del candidato no correspondía con la realidad. Aunque aparentaba piedad, celo y rectitud de costumbres, el padre Nestorio estaba sediento de adulaciones y lisonjas. Ocupar tan importante cátedra alentaba sus ambiciosos anhelos y, por eso, nada más recibió la invitación viajó a Nova Roma, acompañado de Anastasio, su confidente.

En el camino, se detuvo un momento con el Obispo de Mopsuestia, Teodoro, que se había encaminado por tortuosas sendas en la especulación teológica, aireando tesis cristológicas demasiado temerarias. Y el pensamiento heterodoxo de Nestorio en materia de cristología se originó o se agravó en la convivencia con ese prelado.

La alegría de los constantinopolitanos por la llegada del nuevo Patriarca se transformó en seguida en temor y desconfianza, pues el que prometía ser un celoso pastor no tardó en manifestar orgullo y falta de integridad. Y el sermón mencionado más arriba fue el detonante de la nueva herejía que el recién elegido Patriarca diseminaría por el Oriente cristiano.

Graves repercusiones sobre la doctrina contra María.

Afirmaba Nestorio que María es madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y por eso debe ser llamada simplemente Madre de Cristo (Christotokos).

Hablar de Madre de Dios sería, según sus palabras, “justificar la locura de los paganos, que dan madres a sus dioses”. María habría dado a luz al hombre Jesús en el que el Verbo, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, habitaría como en un templo. Es decir, en Jesucristo habría dos personas, una divina y otra humana, y no solamente la Persona divina, con dos naturalezas distintas, la divina y la humana, como nos enseña la Doctrina Católica.

De ese enunciado se deducen una serie de proposiciones contrarias a la Fe. En primer lugar, los dolores de la Pasión hubieran sido sufridos únicamente por la humanidad de Cristo y, por lo tanto, no podrían haber satisfecho a Dios Padre con méritos infinitos. Si esto fuera así, no habría razón para hablar de Redención, pues “ningún hombre, aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos”.

Por otro lado, la expresión “el Verbo se hizo carne” perdería su sentido, pues por mucho que se afirmase que en Cristo existiría la unión de dos personas, la divina y la humana, no se podría atribuir las acciones de la supuesta persona humana de Cristo a su persona divina.

Y varios pasajes del Evangelio llegarían a ser problemáticos, como: “Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados —dijo al paralítico— levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt 9, 6). Ya que si fuese solamente una persona humana, el Hijo del Hombre nunca tendría ese poder.

Tampoco se comprendería la respuesta de Jesús al llamamiento de Felipe —“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”—, cuando le dijo: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y todavía no me conocéis? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?” (Jn 14, 8-10).

Se siembra la discordia en el Oriente católico.

De poco le sirvió a Nestorio las caritativas advertencias de sus conciudadanos e incluso de sus hermanos en el episcopado para disuadirlo de su error. Al contrario, el pertinaz Patriarca condenó públicamente a los opositores de sus ideas y los mandó que les detuvieran y maltrataran, acusados de promover el desorden público.

Mientras tanto, una recopilación escrita de los sermones de Nestorio se difundía por las demás Iglesias de Oriente, sembrando la división en el pueblo fiel.

San Cirilo de Alejandría en defensa de la Maternidad de María.

La nueva herejía no demoró en llegar a la Iglesia de Alejandría, gobernada desde el año 412 por el Patriarca San Cirilo. Decidido como siempre, no tardó en ponerse en acción para cortarle el paso.

A la vez que expedía cartas a obispos, presbíteros y monjes reiterando la doctrina sobre la Encarnación del Verbo y la Maternidad Divina de María, cuidaba prudentemente de no hacer alarde de los errores y el nombre del hereje, pues, “movido de intensa caridad”, insistía en “no permitir que nadie se proclamara más amante de Nestorio, que él mismo”.

A finales del año 429 le escribió mansamente por primera vez, advirtiéndole de los rumores que corrían en la región acerca de sus doctrinas y le pedía explicaciones sobre ello. No habiendo obtenido por respuesta sino una ácida invitación a la moderación cristiana, San Cirilo le expuso en una segunda misiva, con luminosa y sobrenatural clarividencia, el pensamiento universal de la Iglesia.

Sin embargo, Nestorio no cedió y replicó con una nueva carta que contenía el elenco de sus ideas.

Roma entra en la disputa.

En vista de la inutilidad de los recursos de los que disponía, a San Cirilo sólo le quedaba recurrir a Roma y así lo hizo, enviándole al Papa San Celestino I un documentado relato de la controversia con el Patriarca de Constantinopla, en el que figuraban textos de los sermones de Nestorio, acompañados por una síntesis de sus errores, como también un florilegio de textos patrísticos que sustentaban la verdadera doctrina y copias de las cartas que le había enviado al hereje.

Por su parte, Nestorio ya le había informado al Papa San Celestino I sobre la situación, aunque en términos estudiadamente ambiguos, con el objetivo de conquistar su favor.

Reconociendo el peligro que había, San Celestino convocó un sínodo en Roma, en agosto de 430, para tratar de este relevante asunto. Los escritos de Nestorio fueron cuidadosamente examinados, y confrontados con una larga serie de textos de los Padres de la Iglesia. Ante la evidencia de la herejía, la nueva doctrina fue condenada categóricamente.

De su propio puño el Papa le escribió a Nestorio ratificando las enseñanzas cristológicas de San Cirilo y advirtiéndole que incurría en excomunión si no se retractaba por escrito de sus errores en un plazo de diez días.

Igualmente fueron enviadas cartas a los principales obispos de Oriente, al clero y al pueblo de Constantinopla con el fin de que “fuese conocida nuestra sentencia sobre Nestorio, es decir, la divina sentencia de Cristo sobre él”, decía el texto.

Para ejecutarla en nombre del Sumo Pontífice fue designado el propio San Cirilo, quien convocó un sínodo en Alejandría y en nombre de esta asamblea escribió una nueva carta al heresiarca, exponiendo de manera bastante detallada la verdad católica sobre la Encarnación, y enumerando los doce errores de los que Nestorio debería adjurar por escrito, en el caso de que quisiera permanecer en el redil de la Iglesia. Era el tercer y último llamamiento que le hacía para su conversión.

Sin embargo, valiéndose de su influencia en la corte de Constantinopla, intentó obtener el apoyo del emperador, quien —para dirimir las contiendas y dudas y atender a diversos llamamientos— creyó oportuno convocar un concilio ecuménico.

El Papa estaba de acuerdo con la decisión imperial y envió a sus legados, dándoles instrucciones muy precisas sobre la postura que deberían tomar ante los Padres conciliares: les recomendó que defendieran la primacía de la Sede Apostólica, que ejercieran el papel de jueces impolutos y que estuvieran siempre unidos al celoso Patriarca de Alejandría.

En aquella asamblea estaba en juego la Fe de la Iglesia respecto de este atributo esencial de María Santísima, y como subraya el historiador jesuita el P. Bernardino Llorca, “la situación era, en realidad, sumamente delicada.

El Papa había dado ya la sentencia contra la doctrina de Nestorio, por lo cual el concilio no podía hacer otra cosa que proclamar esta declaración pontificia. Cualquiera otra conducta podría traer un cisma”.

El Concilio de Éfeso.

Poco antes del 7 de junio de 431, fiesta de Pentecostés, iban llegando a Éfeso los representantes de las distintas Iglesias particulares. No obstante, el atraso de los legados pontificios y de algunos obispos, motivado por el largo y dificultoso viaje, posponía el comienzo de las sesiones, concurriendo para disminuir el ánimo de algunos Padres conciliares y causar cierta inseguridad en los demás.

Mientras tanto, Nestorio se afanaba por atraer hacia su doctrina a los incautos y desprevenidos, refiriéndose despectivamente a San Cirilo como “el egipcio”.

Entonces el Patriarca de Alejandría decidió empezar el concilio sin más tardanzas, valiéndose de la autoridad que el Papa le había conferido, incluso antes de la llegada de los Padres romanos y sin prestar atención a las enfáticas quejas de la facción contraria.

La primera sesión conciliar.

Se inició el 22 de junio con la proclamación del símbolo de Fe niceno- constantinopolitano. Nestorio, a pesar de que había sido convocado a estar presente, envió un mensaje diciendo que no comparecería mientras no llegasen todos los obispos. Sin embargo, el concilio continuó sus trabajos con la lectura de las doctrinas contenidas en el intercambio de cartas entre San Cirilo y el heresiarca.

En la lectura de la defensa del Patriarca alejandrino estallaron prolongados y calurosos aplausos, siendo su misiva declarada ortodoxa y conforme al símbolo de Nicea, mientras que la de Nestorio fue reprobada como impía y contraria a la Fe católica. Los trabajos y estudios conciliares se completaron con la lectura de la sentencia consignada por el Papa en el sínodo de Roma y una larga serie de textos patrísticos consolidando la posición católica.

Infructíferos fueron los esfuerzos para reconducir a Nestorio a la casa paterna. A todos los que el concilio enviaba para intentar disuadirlo de su error los expulsaba groseramente de su presencia. En vano. Sobre él recayó el anatema: “Nuestro Señor, Jesucristo, del que él ha blasfemado, ha definido por medio de este santo sínodo que el mismo Nestorio sea excluido de toda dignidad episcopal y de toda asamblea de obispos”.

Júbilo en la ciudad bendecida por el paso de María.

Los fieles de Éfeso —ciudad en la cual, según la Tradición, María Santísima habría residido— exultaron al serles anunciada la sentencia definitiva reafirmando la doctrina de la maternidad divina.

Todos acudieron a la Iglesia de Santa María al grito de “ Theotokos! ”, a fin de festejar la decisión, como narra Pío XI en su encíclica conmemorativa del XV centenario del mencionado concilio: “El pueblo de Éfeso estaba asumido de tanta devoción y ardía de tanto amor por la Virgen María, Madre de Dios, que tan pronto como oyó la sentencia pronunciada por los Padres del concilio, los aclamó con alegre efusión de ánimo y, provisto de antorchas encendidas, en apretada muchedumbre los acompañaron hasta sus residencias.

Y seguramente, la misma gran Madre de Dios, sonriendo con dulzura desde el Cielo ante tan maravilloso espectáculo, correspondió con corazón materno y con su benignísimo auxilio a sus hijos de Éfeso y a todos los fieles del mundo católico, perturbados por las insidias de la herejía nestoriana”.

Rebelión y confusión.

Aun así, en una misiva dirigida al emperador, firmada por siete obispos más, Nestorio puso objeciones a su condenación. Junto con Juan —Patriarca de Antioquía, que no había llegado a tiempo de participar en el concilio— se reunió en conciliábulo con una minoría de obispos contrarios a la decisión de San Cirilo de iniciar los trabajos sin esperar a los que se retrasaron.

Declararon depuestos de sus sedes episcopales a San Cirilo y a Memnon, Obispo de Éfeso, y exigieron de todos los demás obispos que se retractaran en lo que respecta a los doce anatemas.

Sin embargo, esta reducida asamblea no trató de rehabilitar a Nestorio, pues Juan de Antioquía, aunque amigo suyo, le consideraba culpable de herejía.

El emperador Teodosio II, confuso antes las noticias contradictorias que le llegaban de Éfeso, emitió un edicto en el que prohibía a los prelados que regresaran a sus ciudades antes de que fuera hecha una investigación sobre todo lo sucedido.

La orden imperial llenó de regocijo al partido de los herejes, quienes se juzgaban bajo el amparo de la autoridad temporal y, en consecuencia, autorizados a tomar todo tipo de medidas arbitrarias. Éstas iban desde la tentativa de consagrar a un nuevo Obispo de Éfeso hasta el uso de la violencia física contra el pueblo sencillo, indignado con el rumbo que habían tomado las cosas, e incluso contra algunos Padres conciliares.

A pesar de eso, tales manifestaciones de prepotencia y de injusticia no durarían mucho.

La decisión final.

Los legados pontificios finalmente llegaron a Éfeso, y el concilio, bajo la presidencia de San Cirilo, que representaba al Sumo Pontífice, inició su segunda sesión el 10 de julio. Los enviados papales llevaban una carta de San Celestino, fechada el mes de mayo, pidiendo a la magna asamblea que promulgase la sentencia proferida por el Sínodo romano contra el Patriarca de Constantinopla.

Al ver claramente expresada la voluntad de Dios en la decisión pontificia, todos los obispos presentes exclamaron: “¡Éste es el justo juicio! A Celestino, nuevo Pablo, a Cirilo, nuevo Pablo, a Celestino custodio de la Fe, a Celestino concorde con el sínodo, a Celestino todo el concilio le da las gracias: un solo Celestino, un solo Cirilo, una sola Fe en el sínodo, una sola Fe en el mundo”.

Las actas de la primera sesión, tras ser examinadas y confirmadas, fueron leídas en público. Según los bellos términos de Rohrbacher, en esa segunda reunión se respiró “todo el perfume de la santa antigüedad: el espíritu de fe, de piedad, de santa cortesía; el espíritu de unión con el sucesor de Pedro; el espíritu de amor y de sumisión filial a su autoridad; en una palabra, el espíritu de la Iglesia Católica”.

En las sucesivas sesiones se trataron los casos de Juan de Antioquía y de otros disidentes, quienes habían sido convocados en tres ocasiones y en vista de su recusa a comparecer, fueron excomulgados. Igualmente se aprobaron seis cánones en los que no sólo se renovaba la condena a Nestorio, sino también la de algunos pelagianos.

Clausurado el concilio, el 31 de julio, quedaba definida para siempre la doctrina católica sobre la Santa Madre de Dios.

María es madre de la Persona de Cristo.

Hasta aquí hemos acompañado los dramáticos acontecimientos y el glorioso desenlace de esa histórica polémica. Ahora cabe preguntarnos cómo explicar esta verdad que nuestra Fe afirma y el sentido católico proclama en nuestros corazones: la maternidad divina de María Santísima.

¿Por qué quiso Dios tener una madre humana? Para abordar adecuadamente esta cuestión, empecemos por recordar un importante aspecto del plan divino para la Redención:

Jesucristo, nuestro Señor, a pesar de que podía haber elegido otro medio para encarnarse juzgó “más conveniente formar de la misma raza vencida al hombre que había de vencer al enemigo del género humano”. Así, de la misma forma que una mujer, por su desobediencia, había cooperado para la ruina de la humanidad, la obediencia de una Virgen cooperaría de forma decisiva para la Redención.

Ahora bien, cuando una mujer concibe a un hijo y lo alumbra, ella es madre de la persona que ha nacido, y no sólo de su cuerpo. Porque estando el alma y el cuerpo substancialmente unidos, ella engendra al ser humano completo, aunque el alma haya sido creada por Dios María era, por tanto, Madre de la Persona de Cristo.

Y en la persona divina de Cristo estaban unidas la naturaleza humana y la naturaleza divina, desde el primer momento de su ser. Por eso, concluye el Papa Pío XI, “si una es la Persona de Jesucristo, y ésta divina, sin ninguna duda María debe ser llamada por todos no solamente Madre de Cristo hombre, sino Madre de Dios, Theotokos”. La Virgen María no engendró a una persona humana a la que, después, se uniera el Verbo, como decía Nestorio, sino, por el contrario, fue el Verbo que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

La grandeza y profundidad de este atributo de María Santísima fueron recientemente puestos de relieve por el Papa Benedicto XVI, cuando afirmaba: “Theotokos es un título audaz.

Una mujer es Madre de Dios. Se podría decir: ¿cómo es posible? Dios es eterno, es el Creador. Nosotros somos criaturas, estamos en el tiempo.

¿Cómo podría una persona humana ser Madre de Dios, del Eterno, dado que nosotros estamos todos en el tiempo, todos somos criaturas?”.

Y discurriendo hermosamente sobre el Misterio de la Encarnación, el Santo Padre responde: “Dios no permaneció en sí mismo: salió de sí mismo, se unió de una forma tan radical con este hombre, Jesús, que este hombre Jesús es Dios; y, si hablamos de Él, siempre podemos también hablar de Dios. No nació solamente un hombre que tenía que ver con Dios, sino que en él nació Dios en la tierra. […] Dios quería nacer de una mujer y ser siempre él mismo: este es el gran acontecimiento”.

Le cupo al gran santo Cirilo —cuya fiesta se conmemora en este mes de marzo—, “invicto asertor y sapientísimo doctor de la divina maternidad de María virgen, de la unión hipostática en Cristo y del primado del Romano Pontífice”, defender la verdadera doctrina en los tiempos de la primitiva Iglesia.

Pidamos, pues, su intercesión para que comprendamos amorosamente el don infinito obtenido por María por su “fiat” en respuesta al pedido del Padre Eterno (cf. Lc 1, 38) y roguémosle a Ella que nos alcance la inestimable gracia de adorar a su divino Hijo por toda la eternidad.

Padre Ignacio Montojo Magro, EP

Destacados, Espiritualidad

Aquellos que abrazan el camino del sacerdocio contraen con la Iglesia un sublime matrimonio.

junio 20, 2022

Entre los temas actualmente en boga destaca el celibato sacerdotal. Como en el Nuevo Testamento no se puede encontrar ningún mandato explícito al respecto, entonces estallan las controversias, las opiniones divergen y el celibato comienza a dividir las aguas en el campo eclesiástico. En la Iglesia latina, los sacerdotes tienen prohibido casarse, pero ¿esto podría cambiar alguna vez?

Hay quien piensa que el problema tiene fácil solución: si el divino Maestro no dio ninguna orden acerca del asunto, en principio bastaría con que un Papa decidiera suprimir dicha norma. En ese caso, no obstante, ¿qué valor se le daría al ejemplo arquetípico de castidad perfecta que el mismo Cristo, Sumo Sacerdote, nos ofreció? Además, la praxis mantenida en Occidente durante siglos no puede ser gratuita. ¿En qué se basa? ¿Cuándo se originó?

Se percibe que la relación matrimonio-sacerdote no es un tema que tenga una explicación rápida, como algunos, para simplificar la realización de sus aspiraciones, lo desearían. Para esclarecer un poco la disputa, se vuelve necesario hacer un análisis no sólo de las Escrituras, sino también de la Tradición.

Sin embargo, ya que toda construcción, incluso la intelectual, empieza por los cimientos, antes habría que entender la idea misma del celibato.

Misa en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)

Continencia perfecta y celibato

Desde los primeros siglos de la Iglesia hasta nuestros días, el concepto de continencia es fundamental para designar con claridad la obligación del ministro sagrado. En su etimología latina, significa la facultad de contenerse, de ser dueño de sus inclinaciones carnales y de dominarse a sí mismo, reafirmando la primacía de la ley del espíritu sobre la de la carne.

Esa es la palabra que usó el Concilio Vaticano II al tratar sobre el celibato en el decreto Presbyterorum ordinis: «Continencia perfecta y perpetua por amor al Reino de los Cielos, recomendada por Nuestro Señor».1

Con todo, cabe señalar que la obligación de la continencia perfecta —a la que están vinculados los presbíteros— es aún más profunda que el propio celibato, pues implica la abstención de cualquier acto, interno o externo, contra el sexto y noveno mandamientos del Decálogo.2 Esto quiere decir que mientras la ley del celibato se limita a un impedimento exterior, la continencia consiste en asumir libremente un compromiso de practicar los votos también en el foro interior, de ser continente no sólo a los ojos de los hombres, sino sobre todo a los ojos de Dios.3

Una mirada retrospectiva del celibato

Uno de los aspectos que más admiración despierta de las enseñanzas de la Iglesia es su continuidad histórica, fenómeno que revela una importante verdad: pese a las vicisitudes inherentes a la condición del hombre en esta tierra después del pecado original, quien guía al pueblo de Dios es el propio Espíritu Santo. Por consiguiente, la comprensión del celibato sacerdotal adoptada por el Concilio Vaticano II no tiene nada de contradictorio con lo que ha sido enseñado por el magisterio a lo largo de los siglos.

En sus «primeros pasos», el Cuerpo Místico de Cristo encontró sin duda escollos para establecer esta nueva forma de vida, porque la mayoría de los candidatos a la vida sacerdotal estaba compuesta, en aquellos tiempos, por varones casados. ¿Qué hacer entonces?

Como excelente madre y fidelísima esposa, la Iglesia supo estimular con dulzura y custodiar con firmeza esta dádiva de Cristo, sacerdote y virgen, conforme leemos en un documento de principios del siglo IV, redactado en el Concilio de Elvira, en la actual España:

«Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos; y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía».4

Aunque este canon —la legislación más antigua que nos ha llegado sobre el asunto— no marca el comienzo de la historia del celibato: más bien consistió en un remedio contra la decadencia. Como leemos en una encíclica de Pío XI,5 todo indica que, en aquella época, el celibato era ya una obligación tradicional notoria. El sínodo, de hecho, no hizo más que recordarlo y añadir una sanción para quienes no cumplieran.

Luego, ¿dónde se origina tal praxis?

Según cierta opinión teológica bastante seria,6 una declaración formulada por el Segundo Concilio Africano, del año 390, y después repetida por el importante Concilio de Cartago del 419 —el cual contó con la presencia de doscientos cuarenta obispos, entre ellos San Agustín—, quizá arroje luz sobre la cuestión. En efecto, en ella leemos: «Conviene que los sagrados obispos y sacerdotes de Dios, así como los levitas, es decir, los que están al servicio de los divinos sacramentos, observen una continencia completa, para que puedan obtener fácilmente lo que le piden al Señor; para que también guardemos nosotros lo que los Apóstoles enseñaron y lo que la antigüedad misma ha mantenido».7

Afirmación osada. Si creemos en las palabras del concilio —a las cuales asintieron el legado pontificio y los demás prelados que lo componían— hemos de admitir que la ley del celibato encuentra su origen en la predicación de los Apóstoles, o sea, en aquel cuerpo de enseñanzas que forman parte de la divina Revelación, la cual no puede ser alterada ni siquiera por el Soberano Pontífice.8

San Agustín en el Concilio de Cartago – Convento de San Agustín, Quito.

El sacerdote y su misión

Conocidos los posibles orígenes históricos del celibato eclesiástico, pasemos ahora a considerar sus razones teológicas. ¿Por qué es necesario que el ministro del altar sea continente?

En realidad, la propia misión sacerdotal lo conduce a ello. Como lo atestiguan las palabras del Concilio Vaticano II mencionadas anteriormente, el sacerdote abraza este estado —oneroso desde el punto de vista humano— «por amor al Reino de los Cielos».

De hecho, muchas son las preocupaciones que tiene el hombre casado. Al sacerdote, no obstante, solamente se le pide una, que no comporta divisiones: amar el Reino de Dios, esto es, dejarse consumir por el celo apostólico que inflama a los servidores de Jesús, salvar a las almas y unir el Cielo a la tierra como mediador entre el Creador y la humanidad.

El sacerdote, como Cristo, vive para presentarle al Padre las peticiones de perdón y las súplicas del pueblo. Y no podría haber nada más conforme a la sabiduría divina que elegir por intercesor, de entre los seres humanos, a alguien que padece las mismas necesidades de la naturaleza debilitada por el pecado original y que, precisamente por eso, comprende perfectamente la flaqueza ajena, pues él mismo se siente débil.

De la santidad del presbítero depende la de la humanidad

Aunque igualmente cierto es el verso del poeta portugués Camões: «Un rey débil debilita a los fuertes».9 Para santificar al pueblo y ser agradable a Dios en sus oraciones y sacrificios, el sacerdote no puede ser causa de comentarios que desdoren la imagen de la persona de Cristo, en la cual él actúa, dejándose apegar por los malos hábitos que escandalizan a los pequeñuelos (cf. Mc 9, 24).

Debe mostrarse «como un modelo de buena conducta», «íntegro y grave en la enseñanza», «irreprochable en la sana doctrina, a fin de que los adversarios sientan vergüenza al no poder decir nada malo» de él. (cf. Tit 2, 7-8). A fin de cuentas, representa a Nuestro Señor ante los hombres: «Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros» (2 Cor 5, 20). De esta forma, el clérigo fervoroso huye de la medianía y busca ser respetado por los suyos, permitiendo así que su actuación tenga más influencia junto a los fieles.

Una condición indispensable para todo lo que significa ese «amor al Reino de los Cielos» es vivir en continencia perfecta e inexpugnable, como Cristo, que «permaneció toda la vida en el estado de virginidad».10 De modo que la integridad de los presbíteros debe ser un arma contra las malas lenguas, porque de su santidad depende la de toda la humanidad.

«Una cosa noble»

Efectivamente, pocos hombres son llamados por Dios a configurarse con su Hijo en el sacerdocio. Este grupo de élite no puede llevar una existencia melancólica o ensimismada, sino que debe mirar hacia la grandeza de su misión y la dignidad que de ella emana. Sólo así estarán suficientemente compenetrados de que su alma debe ser más pura que los rayos del sol, para que el Espíritu Santo nunca los abandone, como afirma San Juan Crisóstomo.11

Y con inmensa amistad el Paráclito les dice por boca del Apóstol: «Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer […]. Os digo todo esto para vuestro bien; no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones» (1 Cor 7, 32-33.35).

Pero ¿este compromiso no constituirá un peso insoportable? El sacerdote se configura con Cristo, pero no deja de ser hombre, con sus legítimas tendencias… Eso pensarán seguramente algunos que no entienden cómo Dios puede dar un consejo y la Iglesia imponer una regla que contradice las inclinaciones naturales del ser humano. Ignoran, sin duda, que aquel mismo que le coloca la carga, lo sustenta con su brazo, enviándole gracias a su elegido. O tal vez se acostumbraron a contar exclusivamente con las meras fuerzas de la naturaleza.

Lejos de buscar un quimérico término medio por el cual logre satisfacer las solicitaciones de la carne y los anhelos del espíritu, el ministro sagrado debe procurar apoyo en el propio ideal mismo al que dedica su vida, como lo expresó Pablo VI: «El que ha escogido ser todo de Cristo hallará ante todo en la intimidad con Él y en su gracia la fuerza de espíritu necesaria para disipar la melancolía y para vencer los desalientos; no le faltará la protección de la Virgen, Madre de Jesús, los maternales cuidados de la Iglesia a cuyo servicio se ha consagrado».12

Un sublime matrimonio

La Virgen y San Juan Evangelista al pie de la cruz, detalle de «La crucifixión», por Fra Angélico – Museo de San Marcos, Florencia (Italia)

Superlativamente feliz es el sacerdote que puede decir, al terminar el decurso de su existencia terrena: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2, 20). A ese fin glorioso se ha encaminado y se encamina el magisterio de la Iglesia, cuando dicta normas y reglas indicando la práctica de la continencia a los sacerdotes.

En este sentido, es muy elocuente la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, de Juan Pablo II, en la cual resalta el vínculo ontológico específico que liga al sacerdote a Cristo: «El presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, una participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza: es una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote. […] La referencia a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales».13

 

La ley eclesiástica del celibato encuentra su fundamento último en la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con Nuestro Señor, Cabeza de la Iglesia. Ésta, «como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo la ha amado».14

Por tanto, el Señor Jesús confía a los varones castos su Esposa Santísima, como confió al apóstol virgen su Madre Inmaculada. Desea de los sacerdotes una fidelidad conyugal intachable, en la que no haya divisiones en la práctica de la caridad: «Encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté» (Cant 3, 4). He aquí lo que les dice la Iglesia a quienes abrazan el camino del sacerdocio y contraen con ella un sublime matrimonio. ◊

Autor: Víctor Hugo Morais

Notas


1 CONCILIO VATICANO II. Presbyterorum ordinis, n.º 16: AAS 58 (1966), 1015.

2 Cf. HORTAL, SJ, Jesús. «Comentário ao cânon 277». In: CÓDIGO DE DERECHO CANÔNICO. (12.ª edición revisada y ampliada con la legislación complementaria de la CNBB). 20.ª ed. São Paulo: Loyola, 2011, p. 151.

3Aclarados los conceptos, en adelante utilizaremos el celibato como sinónimo de continencia, ya que ambos son inseparables en la vida del sacerdote.

4 CONCILIO de ELVIRA, can. 33: DH 118-119.

5 «La ley del celibato eclesiástico, cuyo primer rastro consignado por escrito, lo cual supone evidentemente su práctica ya más antigua, se encuentra en un canon del Concilio de Elvira a principios del siglo IV, viva aún la persecución, en realidad no hace sino dar fuerza de obligación a una cierta y casi diríamos moral exigencia, que brota de las fuentes del Evangelio y de la predicación apostólica» (PÍO XI. Ad catholici sacerdotii: AAS 28 [1936], 25).

6 Para más detalles, recomendamos la sólidamente argumentada obra: STICKLER, Alfons Maria. Il celibato ecclesiastico. La sua storia e i suoi fondamenti teologici. Napoli: Chirico, 2010, pp. 36-42.

7 CONCILIO DE CARTAGO. De continentia, 3: CCSL 259, 117-118.

8 En cuanto a la disciplina en las Iglesias orientales, donde los diáconos y los sacerdotes pueden seguir utilizando el matrimonio después de la ordenación, siempre que cumplan con ciertos requisitos, Stickler explica que fue establecida en el Segundo Concilio Trullano, no ecuménico. Según el autor, se hicieron modificaciones en el texto auténtico de los citados cánones de Cartago, a través de las cuales se pudo introducir la praxis divergente. Aún en sus palabras, aunque Roma nunca diera su aprobación a tales determinaciones, respetó noblemente el cambio en la antigua regla de la continencia (cf. STICKLER, op. cit., pp. 97; 110).

9 CAMÕES, Luis Vaz de. «Os Lusíadas». Canto III, 138. In: Obras completas. Porto: Imprensa Portuguesa, 1874, t. III, p. 129.

10 SAN PABLO VI. Sacerdotalis cælibatus, n.º 21: AAS 59 (1967), 665.

11 Cf. SAN JUAN CRISÓSTOMO. Sur le sacerdoce, VI, 2: SC 272, 307.

12 SAN PABLO VI, op. cit., n.º 59, 680-681.

13 SAN JUAN PABLO II. Pastores dabo vobis, n.º 12: AAS 84 (1992), 676-677.

14 Ídem, n.º 29, 704.

Destacados, Historia y Creación

La civilización será tanto más verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más sea claramente cristiana.

agosto 26, 2022

La Iglesia, al predicar a Cristo crucificado, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 23), vino a ser la inspiradora y principal promotora de la civilización; y la ha difundido por todos los lugares donde predicaron sus apóstoles, conservando y perfeccionando los buenos elementos de las antiguas civilizaciones paganas, arrancando de la barbarie y educando para una convivencia civil a los nuevos pueblos que se refugiaban en su seno maternal, y dándole a la sociedad entera, aunque poco a poco, pero con un trazo seguro y cada vez más progresivo, esa marcada huella que aún hoy se conserva universalmente.

La civilización del mundo es civilización cristiana; tanto más es verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más es claramente cristiana; tanto más decadente, con un inmenso daño del bien social, cuanto más se aleja del ideal cristiano.

La paz se establecería en el mundo si en él se realizara el ideal de la civilización cristiana

Así que por la fuerza intrínseca de las cosas, la Iglesia se convirtió efectivamente en la guardiana y defensora de la civilización cristiana. Tal hecho fue reconocido y admitido en otros siglos de la Historia y hasta formó el fundamento inquebrantable de las legislaciones civiles. En ese hecho estribaron las relaciones entre la Iglesia y los Estados, el reconocimiento público de la autoridad de la Iglesia en todos los asuntos que de algún modo afecten a la conciencia, la subordinación de todas las leyes del Estado a las divinas leyes del Evangelio, la concordia de los dos poderes, civil y eclesiástico, procurando de tal modo el bien temporal de los pueblos, que el eterno no padeciera quebranto.

No hace falta deciros, Venerables Hermanos, qué prosperidad y bienestar, qué paz y concordia, qué respetuosa sumisión a la autoridad y qué acertado gobierno se lograría y se mantendría en el mundo si se pudiera realizar íntegro el perfecto ideal de la civilización cristiana.

Mas, dada la continua lucha de la carne contra el espíritu, de las tinieblas contra la luz, de Satanás contra Dios, no es de esperar tal felicidad, al menos en su extensión. De ahí que a las pacíficas conquistas de la Iglesia se van haciendo continuos ataques, tanto más dolorosos y funestos cuanto más la humana sociedad tienda a regirse por principios adversos al concepto cristiano y, aún más, a separarse totalmente de Dios.

Restaurarlo todo en Cristo, incluso la civilización

No por eso se ha de perder el ánimo. La Iglesia sabe que contra ella no prevalecerán las puertas del infierno; pero también sabe que en este mundo sufrirá presiones, que sus apóstoles son enviados como corderos entre lobos, que sus seguidores serán siempre el blanco del odio y del desprecio, como de odio y desprecio fue víctima su divino Fundador. No obstante, la Iglesia marcha adelante imperturbable y, mientras propaga el Reino de Dios en donde todavía no ha sido predicado, procura por todos medios reparar las pérdidas sufridas en el Reino ya conquistado.

«Restaurarlo todo en Cristo» ha sido siempre el lema de la Iglesia y es principalmente el Nuestro en los perturbados tiempos que atravesamos. Restaurarlo todo, no de cualquier manera, sino en Cristo: «Recapitular en Cristo todas las cosas del Cielo y de la tierra» (Ef 1, 10), agrega el Apóstol; restaurar en Cristo no sólo cuanto propiamente pertenece a la divina misión de la Iglesia, que es guiar las almas a Dios, sino también, como ya hemos explicado, todo cuanto se ha derivado espontáneamente de aquella divina misión, esto es, la civilización cristiana con el conjunto de todos y cada uno de los elementos que la constituyen.

Y por hacer un alto en esta última parte de la anhelada restauración, bien veis, Venerables Hermanos, cuánto ayudan a la Iglesia aquellas falanges de católicos que precisamente se proponen reunir todas sus fuerzas vivas para combatir por todos los medios justos y legales contra la civilización anticristiana; reparar a toda costa los gravísimos desórdenes que de ella provienen; introducir de nuevo a Jesucristo en la familia, en la escuela, en la sociedad; restablecer el principio de la autoridad humana como representante de la de Dios; tomar sumamente en serio los intereses del pueblo, particularmente los de la clase obrera y agrícola, no sólo infundiendo en el corazón de todos la verdad religiosa, único verdadero manantial de consuelo en los trances de la vida, sino cuidando de enjugar sus lágrimas, suavizar sus penas, mejorar su condición económica con medidas bien concertadas; trabajar por conseguir que las leyes públicas se acomoden a la justicia y se corrijan o se destierren las que le son contrarias; defender, finalmente, y mantener con ánimo verdaderamente católico los derechos de Dios y los no menos sagrados derechos de la Iglesia. […]

Adaptación a lo que es contingente, fidelidad a lo que es inmutable

Conviene notar que no todo lo que en los siglos pasados pudo ser útil, o incluso únicamente eficaz, sea posible restablecerlo hoy en la misma forma, pues radicales son los cambios que con el correr de los tiempos se introducen en la sociedad y en la vida pública y tantas las nuevas necesidades que las circunstancias cambiantes suscita continuamente.

Pero la Iglesia, en el largo curso de su historia, ha demostrado siempre luminosamente que poseía una maravillosa virtud de adaptación a las variables condiciones de la sociedad civil, de suerte que, salvada siempre la integridad e inmutabilidad de la fe y de la moral, así como sus sacrosantos derechos, fácilmente se adapta y se ajusta, en todo cuanto es contingente y accidental, a las vicisitudes de los tiempos y a las nuevas exigencias de la sociedad.

La piedad, dice San Pablo, se acomoda a todo, pues posee las promesas divinas, así en orden a los bienes de la vida actual como a los de la futura: «La piedad aprovecha para todo. Tiene la promesa de la vida, la presente y la futura» (1 Tim 4, 8). ◊

Fragmentos de: SAN PÍO X.
Il fermo proposito, 11/6/1905.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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