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ORACIÓN contra el Covid

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Oración - Stella Caeli

¡Oh! Estrella del Cielo, que nutriste al Señor y extirpaste la peste de la muerte que el primer hombre implantó.
Que esta Estrella se digne ahora calmar el Cielo, cuya ira hiere al pueblo con la plaga de la muerte.
¡Oh! Piadosísima Estrella del Mar, socórrenos de la peste. Óyenos, Señora, pues Tu hijo te honra nada negándote.
Salva, Jesús, a aquellos por quienes Tu Madre Virgen intercede.

Amén.

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María Santísima

Afirmaba Nestorio que María es madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y por eso debe ser llamada simplemente Madre de Cristo (Christotokos).
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enero 2, 2022

“Que nadie llame a María, Madre de Dios; ella es una mujer, y es imposible que Dios nazca de una mujer”. No sentó nada bien esta afirmación proferida de la boca del presbítero Anastasio; un estremecimiento de sorpresa e indignación recorrió la catedral de Constantinopla ante tal cosa contra el dogma que futuramente se proclamaría.

Hasta entonces a nadie se le había ocurrido nunca poner en duda allí esa verdad en la que la Iglesia creía desde hacía mucho tiempo, y en aquel momento el predicador lo negaba con tanta arrogancia. Filiales y afligidas miradas acribillaron el semblante del Patriarca que, sentado en su cátedra, debería ser el guardián de la Fe. Sin embargo, no sólo guardaba silencio, sino que aprobaba con un enfático movimiento de cabeza dando su apoyo a esa insólita afirmación. El pueblo, escandalizado, comenzó a abandonar la catedral.

El origen de un Patriarca controvertido

En la capital oriental del Imperio Romano, Constantinopla, se mezclaban tumultuosamente la controversia teológica y las intrigas palaciegas, acentuadas por las características del temperamento oriental. Así, tan pronto como la Sede Patriarcal quedó vacante a finales del 427, las facciones representadas en la corte pasaron a promover a sus respectivos candidatos al codiciado puesto.

Teodosio II, no obstante, decidió no prestar atención a ninguna de las partes y, con el fin de evitar discordias, optó por escoger a un extranjero.

Su elección recayó sobre un monje de Antioquía, excelente orador, dotado de sonora voz y con fama de santidad. Algunos lo consideraban como un segundo Crisóstomo. Su nombre era Nestorio.

Infelizmente, la reputación del candidato no correspondía con la realidad. Aunque aparentaba piedad, celo y rectitud de costumbres, el padre Nestorio estaba sediento de adulaciones y lisonjas. Ocupar tan importante cátedra alentaba sus ambiciosos anhelos y, por eso, nada más recibió la invitación viajó a Nova Roma, acompañado de Anastasio, su confidente.

En el camino, se detuvo un momento con el Obispo de Mopsuestia, Teodoro, que se había encaminado por tortuosas sendas en la especulación teológica, aireando tesis cristológicas demasiado temerarias. Y el pensamiento heterodoxo de Nestorio en materia de cristología se originó o se agravó en la convivencia con ese prelado.

La alegría de los constantinopolitanos por la llegada del nuevo Patriarca se transformó en seguida en temor y desconfianza, pues el que prometía ser un celoso pastor no tardó en manifestar orgullo y falta de integridad. Y el sermón mencionado más arriba fue el detonante de la nueva herejía que el recién elegido Patriarca diseminaría por el Oriente cristiano.

Graves repercusiones sobre la doctrina contra María.

Afirmaba Nestorio que María es madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y por eso debe ser llamada simplemente Madre de Cristo (Christotokos).

Hablar de Madre de Dios sería, según sus palabras, “justificar la locura de los paganos, que dan madres a sus dioses”. María habría dado a luz al hombre Jesús en el que el Verbo, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, habitaría como en un templo. Es decir, en Jesucristo habría dos personas, una divina y otra humana, y no solamente la Persona divina, con dos naturalezas distintas, la divina y la humana, como nos enseña la Doctrina Católica.

De ese enunciado se deducen una serie de proposiciones contrarias a la Fe. En primer lugar, los dolores de la Pasión hubieran sido sufridos únicamente por la humanidad de Cristo y, por lo tanto, no podrían haber satisfecho a Dios Padre con méritos infinitos. Si esto fuera así, no habría razón para hablar de Redención, pues “ningún hombre, aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos”.

Por otro lado, la expresión “el Verbo se hizo carne” perdería su sentido, pues por mucho que se afirmase que en Cristo existiría la unión de dos personas, la divina y la humana, no se podría atribuir las acciones de la supuesta persona humana de Cristo a su persona divina.

Y varios pasajes del Evangelio llegarían a ser problemáticos, como: “Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados —dijo al paralítico— levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt 9, 6). Ya que si fuese solamente una persona humana, el Hijo del Hombre nunca tendría ese poder.

Tampoco se comprendería la respuesta de Jesús al llamamiento de Felipe —“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”—, cuando le dijo: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y todavía no me conocéis? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?” (Jn 14, 8-10).

Se siembra la discordia en el Oriente católico.

De poco le sirvió a Nestorio las caritativas advertencias de sus conciudadanos e incluso de sus hermanos en el episcopado para disuadirlo de su error. Al contrario, el pertinaz Patriarca condenó públicamente a los opositores de sus ideas y los mandó que les detuvieran y maltrataran, acusados de promover el desorden público.

Mientras tanto, una recopilación escrita de los sermones de Nestorio se difundía por las demás Iglesias de Oriente, sembrando la división en el pueblo fiel.

San Cirilo de Alejandría en defensa de la Maternidad de María.

La nueva herejía no demoró en llegar a la Iglesia de Alejandría, gobernada desde el año 412 por el Patriarca San Cirilo. Decidido como siempre, no tardó en ponerse en acción para cortarle el paso.

A la vez que expedía cartas a obispos, presbíteros y monjes reiterando la doctrina sobre la Encarnación del Verbo y la Maternidad Divina de María, cuidaba prudentemente de no hacer alarde de los errores y el nombre del hereje, pues, “movido de intensa caridad”, insistía en “no permitir que nadie se proclamara más amante de Nestorio, que él mismo”.

A finales del año 429 le escribió mansamente por primera vez, advirtiéndole de los rumores que corrían en la región acerca de sus doctrinas y le pedía explicaciones sobre ello. No habiendo obtenido por respuesta sino una ácida invitación a la moderación cristiana, San Cirilo le expuso en una segunda misiva, con luminosa y sobrenatural clarividencia, el pensamiento universal de la Iglesia.

Sin embargo, Nestorio no cedió y replicó con una nueva carta que contenía el elenco de sus ideas.

Roma entra en la disputa.

En vista de la inutilidad de los recursos de los que disponía, a San Cirilo sólo le quedaba recurrir a Roma y así lo hizo, enviándole al Papa San Celestino I un documentado relato de la controversia con el Patriarca de Constantinopla, en el que figuraban textos de los sermones de Nestorio, acompañados por una síntesis de sus errores, como también un florilegio de textos patrísticos que sustentaban la verdadera doctrina y copias de las cartas que le había enviado al hereje.

Por su parte, Nestorio ya le había informado al Papa San Celestino I sobre la situación, aunque en términos estudiadamente ambiguos, con el objetivo de conquistar su favor.

Reconociendo el peligro que había, San Celestino convocó un sínodo en Roma, en agosto de 430, para tratar de este relevante asunto. Los escritos de Nestorio fueron cuidadosamente examinados, y confrontados con una larga serie de textos de los Padres de la Iglesia. Ante la evidencia de la herejía, la nueva doctrina fue condenada categóricamente.

De su propio puño el Papa le escribió a Nestorio ratificando las enseñanzas cristológicas de San Cirilo y advirtiéndole que incurría en excomunión si no se retractaba por escrito de sus errores en un plazo de diez días.

Igualmente fueron enviadas cartas a los principales obispos de Oriente, al clero y al pueblo de Constantinopla con el fin de que “fuese conocida nuestra sentencia sobre Nestorio, es decir, la divina sentencia de Cristo sobre él”, decía el texto.

Para ejecutarla en nombre del Sumo Pontífice fue designado el propio San Cirilo, quien convocó un sínodo en Alejandría y en nombre de esta asamblea escribió una nueva carta al heresiarca, exponiendo de manera bastante detallada la verdad católica sobre la Encarnación, y enumerando los doce errores de los que Nestorio debería adjurar por escrito, en el caso de que quisiera permanecer en el redil de la Iglesia. Era el tercer y último llamamiento que le hacía para su conversión.

Sin embargo, valiéndose de su influencia en la corte de Constantinopla, intentó obtener el apoyo del emperador, quien —para dirimir las contiendas y dudas y atender a diversos llamamientos— creyó oportuno convocar un concilio ecuménico.

El Papa estaba de acuerdo con la decisión imperial y envió a sus legados, dándoles instrucciones muy precisas sobre la postura que deberían tomar ante los Padres conciliares: les recomendó que defendieran la primacía de la Sede Apostólica, que ejercieran el papel de jueces impolutos y que estuvieran siempre unidos al celoso Patriarca de Alejandría.

En aquella asamblea estaba en juego la Fe de la Iglesia respecto de este atributo esencial de María Santísima, y como subraya el historiador jesuita el P. Bernardino Llorca, “la situación era, en realidad, sumamente delicada.

El Papa había dado ya la sentencia contra la doctrina de Nestorio, por lo cual el concilio no podía hacer otra cosa que proclamar esta declaración pontificia. Cualquiera otra conducta podría traer un cisma”.

El Concilio de Éfeso.

Poco antes del 7 de junio de 431, fiesta de Pentecostés, iban llegando a Éfeso los representantes de las distintas Iglesias particulares. No obstante, el atraso de los legados pontificios y de algunos obispos, motivado por el largo y dificultoso viaje, posponía el comienzo de las sesiones, concurriendo para disminuir el ánimo de algunos Padres conciliares y causar cierta inseguridad en los demás.

Mientras tanto, Nestorio se afanaba por atraer hacia su doctrina a los incautos y desprevenidos, refiriéndose despectivamente a San Cirilo como “el egipcio”.

Entonces el Patriarca de Alejandría decidió empezar el concilio sin más tardanzas, valiéndose de la autoridad que el Papa le había conferido, incluso antes de la llegada de los Padres romanos y sin prestar atención a las enfáticas quejas de la facción contraria.

La primera sesión conciliar.

Se inició el 22 de junio con la proclamación del símbolo de Fe niceno- constantinopolitano. Nestorio, a pesar de que había sido convocado a estar presente, envió un mensaje diciendo que no comparecería mientras no llegasen todos los obispos. Sin embargo, el concilio continuó sus trabajos con la lectura de las doctrinas contenidas en el intercambio de cartas entre San Cirilo y el heresiarca.

En la lectura de la defensa del Patriarca alejandrino estallaron prolongados y calurosos aplausos, siendo su misiva declarada ortodoxa y conforme al símbolo de Nicea, mientras que la de Nestorio fue reprobada como impía y contraria a la Fe católica. Los trabajos y estudios conciliares se completaron con la lectura de la sentencia consignada por el Papa en el sínodo de Roma y una larga serie de textos patrísticos consolidando la posición católica.

Infructíferos fueron los esfuerzos para reconducir a Nestorio a la casa paterna. A todos los que el concilio enviaba para intentar disuadirlo de su error los expulsaba groseramente de su presencia. En vano. Sobre él recayó el anatema: “Nuestro Señor, Jesucristo, del que él ha blasfemado, ha definido por medio de este santo sínodo que el mismo Nestorio sea excluido de toda dignidad episcopal y de toda asamblea de obispos”.

Júbilo en la ciudad bendecida por el paso de María.

Los fieles de Éfeso —ciudad en la cual, según la Tradición, María Santísima habría residido— exultaron al serles anunciada la sentencia definitiva reafirmando la doctrina de la maternidad divina.

Todos acudieron a la Iglesia de Santa María al grito de “ Theotokos! ”, a fin de festejar la decisión, como narra Pío XI en su encíclica conmemorativa del XV centenario del mencionado concilio: “El pueblo de Éfeso estaba asumido de tanta devoción y ardía de tanto amor por la Virgen María, Madre de Dios, que tan pronto como oyó la sentencia pronunciada por los Padres del concilio, los aclamó con alegre efusión de ánimo y, provisto de antorchas encendidas, en apretada muchedumbre los acompañaron hasta sus residencias.

Y seguramente, la misma gran Madre de Dios, sonriendo con dulzura desde el Cielo ante tan maravilloso espectáculo, correspondió con corazón materno y con su benignísimo auxilio a sus hijos de Éfeso y a todos los fieles del mundo católico, perturbados por las insidias de la herejía nestoriana”.

Rebelión y confusión.

Aun así, en una misiva dirigida al emperador, firmada por siete obispos más, Nestorio puso objeciones a su condenación. Junto con Juan —Patriarca de Antioquía, que no había llegado a tiempo de participar en el concilio— se reunió en conciliábulo con una minoría de obispos contrarios a la decisión de San Cirilo de iniciar los trabajos sin esperar a los que se retrasaron.

Declararon depuestos de sus sedes episcopales a San Cirilo y a Memnon, Obispo de Éfeso, y exigieron de todos los demás obispos que se retractaran en lo que respecta a los doce anatemas.

Sin embargo, esta reducida asamblea no trató de rehabilitar a Nestorio, pues Juan de Antioquía, aunque amigo suyo, le consideraba culpable de herejía.

El emperador Teodosio II, confuso antes las noticias contradictorias que le llegaban de Éfeso, emitió un edicto en el que prohibía a los prelados que regresaran a sus ciudades antes de que fuera hecha una investigación sobre todo lo sucedido.

La orden imperial llenó de regocijo al partido de los herejes, quienes se juzgaban bajo el amparo de la autoridad temporal y, en consecuencia, autorizados a tomar todo tipo de medidas arbitrarias. Éstas iban desde la tentativa de consagrar a un nuevo Obispo de Éfeso hasta el uso de la violencia física contra el pueblo sencillo, indignado con el rumbo que habían tomado las cosas, e incluso contra algunos Padres conciliares.

A pesar de eso, tales manifestaciones de prepotencia y de injusticia no durarían mucho.

La decisión final.

Los legados pontificios finalmente llegaron a Éfeso, y el concilio, bajo la presidencia de San Cirilo, que representaba al Sumo Pontífice, inició su segunda sesión el 10 de julio. Los enviados papales llevaban una carta de San Celestino, fechada el mes de mayo, pidiendo a la magna asamblea que promulgase la sentencia proferida por el Sínodo romano contra el Patriarca de Constantinopla.

Al ver claramente expresada la voluntad de Dios en la decisión pontificia, todos los obispos presentes exclamaron: “¡Éste es el justo juicio! A Celestino, nuevo Pablo, a Cirilo, nuevo Pablo, a Celestino custodio de la Fe, a Celestino concorde con el sínodo, a Celestino todo el concilio le da las gracias: un solo Celestino, un solo Cirilo, una sola Fe en el sínodo, una sola Fe en el mundo”.

Las actas de la primera sesión, tras ser examinadas y confirmadas, fueron leídas en público. Según los bellos términos de Rohrbacher, en esa segunda reunión se respiró “todo el perfume de la santa antigüedad: el espíritu de fe, de piedad, de santa cortesía; el espíritu de unión con el sucesor de Pedro; el espíritu de amor y de sumisión filial a su autoridad; en una palabra, el espíritu de la Iglesia Católica”.

En las sucesivas sesiones se trataron los casos de Juan de Antioquía y de otros disidentes, quienes habían sido convocados en tres ocasiones y en vista de su recusa a comparecer, fueron excomulgados. Igualmente se aprobaron seis cánones en los que no sólo se renovaba la condena a Nestorio, sino también la de algunos pelagianos.

Clausurado el concilio, el 31 de julio, quedaba definida para siempre la doctrina católica sobre la Santa Madre de Dios.

María es madre de la Persona de Cristo.

Hasta aquí hemos acompañado los dramáticos acontecimientos y el glorioso desenlace de esa histórica polémica. Ahora cabe preguntarnos cómo explicar esta verdad que nuestra Fe afirma y el sentido católico proclama en nuestros corazones: la maternidad divina de María Santísima.

¿Por qué quiso Dios tener una madre humana? Para abordar adecuadamente esta cuestión, empecemos por recordar un importante aspecto del plan divino para la Redención:

Jesucristo, nuestro Señor, a pesar de que podía haber elegido otro medio para encarnarse juzgó “más conveniente formar de la misma raza vencida al hombre que había de vencer al enemigo del género humano”. Así, de la misma forma que una mujer, por su desobediencia, había cooperado para la ruina de la humanidad, la obediencia de una Virgen cooperaría de forma decisiva para la Redención.

Ahora bien, cuando una mujer concibe a un hijo y lo alumbra, ella es madre de la persona que ha nacido, y no sólo de su cuerpo. Porque estando el alma y el cuerpo substancialmente unidos, ella engendra al ser humano completo, aunque el alma haya sido creada por Dios María era, por tanto, Madre de la Persona de Cristo.

Y en la persona divina de Cristo estaban unidas la naturaleza humana y la naturaleza divina, desde el primer momento de su ser. Por eso, concluye el Papa Pío XI, “si una es la Persona de Jesucristo, y ésta divina, sin ninguna duda María debe ser llamada por todos no solamente Madre de Cristo hombre, sino Madre de Dios, Theotokos”. La Virgen María no engendró a una persona humana a la que, después, se uniera el Verbo, como decía Nestorio, sino, por el contrario, fue el Verbo que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

La grandeza y profundidad de este atributo de María Santísima fueron recientemente puestos de relieve por el Papa Benedicto XVI, cuando afirmaba: “Theotokos es un título audaz.

Una mujer es Madre de Dios. Se podría decir: ¿cómo es posible? Dios es eterno, es el Creador. Nosotros somos criaturas, estamos en el tiempo.

¿Cómo podría una persona humana ser Madre de Dios, del Eterno, dado que nosotros estamos todos en el tiempo, todos somos criaturas?”.

Y discurriendo hermosamente sobre el Misterio de la Encarnación, el Santo Padre responde: “Dios no permaneció en sí mismo: salió de sí mismo, se unió de una forma tan radical con este hombre, Jesús, que este hombre Jesús es Dios; y, si hablamos de Él, siempre podemos también hablar de Dios. No nació solamente un hombre que tenía que ver con Dios, sino que en él nació Dios en la tierra. […] Dios quería nacer de una mujer y ser siempre él mismo: este es el gran acontecimiento”.

Le cupo al gran santo Cirilo —cuya fiesta se conmemora en este mes de marzo—, “invicto asertor y sapientísimo doctor de la divina maternidad de María virgen, de la unión hipostática en Cristo y del primado del Romano Pontífice”, defender la verdadera doctrina en los tiempos de la primitiva Iglesia.

Pidamos, pues, su intercesión para que comprendamos amorosamente el don infinito obtenido por María por su “fiat” en respuesta al pedido del Padre Eterno (cf. Lc 1, 38) y roguémosle a Ella que nos alcance la inestimable gracia de adorar a su divino Hijo por toda la eternidad.

Padre Ignacio Montojo Magro, EP

María Santísima

En todas partes fue un instrumento de misericordia, arma terrible contra el demonio, remedio para muchos males.
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diciembre 26, 2021

La Medalla Milagrosa fue acuñada y se difundió con una sorprendente rapidez por el mundo entero, y en todas partes fue un instrumento de misericordia, arma terrible contra el demonio, remedio para muchos males, medio simple y prodigioso de conversión y de santificación.

Santa Catalina Labouré.

Ella se llamaba Catalina, o Zoé, para los más íntimos. Su mayor alegría era llevar la ración diaria para la multitud de palomas que habitaban la torre cuadrada del palomar de su casa. Cuando avistaban a la campesina, las aves se lanzaban en dirección a ella,
envolviéndola, sumergiéndola, pareciendo querer arrebatarla y arrastrarla para las alturas.

Cautiva de aquella palpitante nube, Catarina reía, defendiéndose contra las más precipitadas, acariciando las más tiernas, dejando su mano deslizar por la blancura de aquellos suaves pelajes. Durante toda la vida, guardará nostalgia de las palomas de su infancia: «Eran casi 800 cabezas», acostumbraba a decir, no sin una puntita de tímido orgullo…

Catarina Labouré (se pronuncia «Laburre») vino al mundo en 1806, en la provincia francesa de Borgoña, bajo el cielo de Fain-les-Moutiers, donde su padre poseía una estancia y otros bienes. A los nueve años perdió a la madre, una distinguida señora perteneciente a la pequeña burguesía local, de espíritu cultivado y alma noble, y de un heroísmo doméstico ejemplar. Abalada por el rudo golpe, desecha en lágrimas, Catalina abraza una imagen de la Santísima Virgen y exclama: «De ahora en adelante, Vosotros seréis mi madre!»

Nuestra Señora no decepcionará a la muchacha que se entregaba a Ella con tanta devoción y confianza. A partir de entonces, la adoptó como hija dilecta, alcanzándole gracias superabundantes que solo hicieron crecer su alma inocente y generosa. Esa encantadora guardiana de palomas, en cuyos límpidos ojos azules se estampaban la salud, la alegría y la vida, así como la gravedad y sensatez venidas de las responsabilidades que temprano pesaron sobre sus jóvenes hombros, esa pequeña ama de casa modelo (y aún iletrada) tuvo sus horizontes interiores abiertos a la contemplación, conducentes a una hora de suprema magnificencia.

Con las Hijas de San Vicente.

Cierta vez, un sueño dejó a Catalina intrigada. En la iglesia de Fain-les-Moutiers, ella ve un viejo y desconocido sacerdote celebrando la Misa, cuya mirada la impresiona profundamente. Terminado el Santo Sacrificio, él hace una señal para que Catalina se aproxime.

Temerosa, ella se aleja, entretanto fascinada por aquella mirada. Aún en el sueño, sale a visitar a un pobre enfermo, y reencuentra al mismo sacerdote, que esta vez le dice: «Hija mía, tú ahora te escapas… pero un día serás feliz en venir hasta mí. Dios tiene designios para ti. No te olvides de eso». Al despertar, Catalina repasa en su mente aquel sueño, sin comprenderlo…

Algún tiempo después, ya con 18 años, ¡una inmensa sorpresa! Al entrar en el locutorio de un convento en Châtillon-sur-Seine, ella se depara con un cuadro en el cual está retratado precisamente aquel anciano de penetrante mirada: es San Vicente de Paul, Fundador de la congregación de las Hijas de la Caridad, que así confirma e indica la vocación religiosa de Catalina.

En efecto, a los 23 años, venciendo todos los intentos del padre para alejarla del camino que el Señor le trazara, Catalina abandona para siempre un mundo que no estaba a su nivel, y entra como postulante en aquel mismo convento de Chântillon-sur-Seine. Tres meses después, el 21 de abril de 1830, es aceptada en el noviciado de las Hijas de la Caridad, situado en la Rue du Bac, en Paris, donde toma el hábito en enero del año siguiente.

Primera aparición.

La primera tuvo lugar en la noche del 18 al 19 de julio de 1830, fecha en que las Hijas de la Caridad celebran la fiesta de su santo Fundador. De todo cuanto entonces sucedió, dejó Catalina minuciosa descripción:

La Madre Marta nos hablara sobre la devoción a los santos, en particular sobre la devoción a la Santísima Virgen – lo que me dio deseos de verla – y me acosté con ese pensamiento: que en esta noche, yo vería a mi Buena Madre. Como nos habían distribuido un pedazo

del roquete de lino de San Vicente, corté la mitad y la tragué, adormeciendo con el pensamiento de que San Vicente me daría la gracia de contemplar a la Santísima Virgen. En fin, a las once y media de la noche, oí a alguien llamarme:

– ¡Hermana Labouré! ¡Hermana Labouré!

Despertando, abrí la cortina y vi a un niño de cuatro a cinco años, vestido de blanco, que me dijo:

– ¡Levantaos de prisa y venid a la Capilla! La Santísima Virgen os espera.

Luego me vino el pensamiento de que las otras hermanas iban a oírme. Pero, el niño me dijo:

– Quedaos tranquila, son once y media; todas están profundamente dormidas. Venid, yo os espero.

Me vestí de prisa y me dirigí a lado del niño, que permaneció de pie sin alejarse de la cabecera de mi lecho. Yo lo seguí. Siempre a mi izquierda, él lanzaba rayos de claridad por todos los lugares donde pasábamos, en los cuales los candeleros estaban encendidos, lo que me espantaba mucho. Sin embargo, mucho más sorprendida quedé al entrar en la capilla: luego que el niño tocó la puerta con la punta del dedo, ella se abrió. Y mi espanto fue todavía más completo cuando vi todas las velas y candelabros encendidos, lo que me recordaba la misa de media noche. Entre tanto, yo no veía a la Santísima Virgen.

El niño me condujo adentro del santuario, hasta el lado de la silla del director espiritual*. Allí me arrodillé, mientras el niño continuó de pie. Como el tiempo de espera me estaba pareciendo largo, miré hacia la galería para ver si las hermanas encargadas de la vigilia nocturna no pasaban por allí.

Por fin, llegó el momento. El niño me alertó, diciendo:

– ¡Es la Santísima Virgen! ¡Hela aquí!

En ese instante, Catalina escucha un ruido, como el ligero sonido de un vestido de seda, viniendo de lo alto de la galería. Levanta los ojos y ve a una señora con un traje color marfil, que se prosterna delante del altar y viene a sentarse en la silla del Padre Director.

La vidente estaba en la duda si aquella era Nuestra Señora. El niño, entonces, no más con timbre infantil, sino con voz de hombre y en tono autoritario, dijo:

– ¡Es la Santísima Virgen!

La Hermana Catalina recordaría después:

Di un salto junto a Ella, me arrodillé al pie del altar, con las manos apoyadas en las rodillas de Nuestra Señora… Allí se pasó el momento más dulce de mi vida. Me sería imposible exprimir todo lo que sentí.

Ella dijo como me debo conducir junto a mi director espiritual, como comportarme en mis sufrimientos venideros, mostrándome con la mano izquierda el pie del altar, donde yo debo venir a lanzarme y expandir mi corazón. Allá recibiré todas las consolaciones que necesito. Yo le pregunté lo que significaban todas las cosas que viera y Ella me explicó todo:

– Hija mía, Dios quiere encargarte una misión. Tendrás mucho que sufrir, sin embargo, has de soportar, pensando que lo harás para la gloria de Dios. Sabrás (discernir) lo que es de Dios. Serás atormentada, hasta por lo que dijeres a quien está encargado de dirigirte. Serás

contrariada, pero tendrás la gracia. No temas. Decid todo con confianza y simplicidad. Serás inspirada en tus oraciones. El tiempo actual es muy ruin. Calamidades van a abatirse sobre Francia. El trono será derrumbado. El mundo entero se verá trastornado por males de todo tipo (la Santísima Virgen tenía un aire muy entristecido al decir eso). Pero vengan al pie de este altar: ahí las gracias serán derramadas sobre todas las personas, grandes y pequeñas, particularmente sobre aquellas que las pidan con confianza y fervor. El peligro será grande, sin embargo, no debes temer: Dios y San Vicente protegerán a esta Comunidad.

Segunda aparición

Cuatro meses transcurrieron desde aquella prodigiosa noche en que Santa Catalina contemplara por la primera vez a la Santísima

Virgen. En la inocente alma de la religiosa crecían las añoranzas de aquel bendito encuentro y el deseo intenso de que le fuese concedido de nuevo el augusto favor de volver a ver a la Madre de Dios. Y así fue atendida.

Era 27 de noviembre de 1830, sábado. A las cinco y media de la tarde, las Hijas de la Caridad se encontraban reunidas en su capilla de la Rue du Bac para el acostumbrado período de meditación. Reinaba perfecto silencio en las hileras de las monjas y novicias. Como las demás, Catarina se mantenía en profundo recogimiento. Súbitamente…

Me pareció oír, del lado de la galería, un ruido como el sonido ligero de un vestido de seda. Habiendo mirado para ese lado, vi a la Santísima Virgen a la altura del cuadro de San José. De estatura media, su rostro era tan bello que me sería imposible decir su belleza.

La Santísima Virgen estaba de pie, trayendo un vestido de seda blanco-aurora, hecho según el modelo que se llama a la Vierge, mangas lisas, con un velo blanco que le cubría la cabeza y descendía de cada lado hasta abajo. Bajo el velo, vi los cabellos repartidos al medio, y por arriba un encaje de más o menos tres centímetros de altura, sin fruncido, esto es, apoyado ligeramente sobre los cabellos. El rostro bastante descubierto, los pies posados sobre una media esfera. En las manos, elevadas a la altura del estómago de manera muy natural, Ella traía una esfera de oro que representaba el globo terrestre. Sus ojos estaban vueltos hacia el Cielo… Su rostro era de una incomparable belleza. Yo no sabría describirlo…

De repente, percibí en sus dedos anillos revestidos de bellísimas piedras preciosas, cada una más linda que la otra, algunas mayores, otras menores, lanzando rayos para todos lados, cada cual más estupendo que el otro. De las piedras mayores partían los más magníficos fulgores, ampliándose a medida que descendían, lo que llenaba toda la parte inferior del lugar. Yo no veía los pies de Nuestra Señora.

En ese momento, cuando yo estaba contemplando a la Santísima Virgen, Ella bajó los ojos, fijándolos en mí. Y una voz se hizo oír en el fondo de mi corazón, diciendo estas palabras:

– La esfera que ves representa al mundo entero, especialmente Francia… y cada persona en particular…

No se exprimir lo que sentí y lo que vi en ese instante: el esplendor y la cintilación de rayos tan maravillosos…

– Estos (rayos) son el símbolo de las gracias que Yo derramo sobre las personas que más piden – agregó Nuestra Señora, haciéndome comprender cuan agradable es rezar a Ella, cuanto Ella es generosa con sus devotos, cuantas gracias concede a las personas que las ruegan, y que alegría Ella siente al concederlas.

– Los anillos de los cuales no parten rayos (dirá después la Santísima Virgen), simbolizan las gracias que se olvidan de pedirme.

En ese momento se formó un cuadro en torno a Nuestra Señora, un poco oval, en lo alto del cual estaban las siguientes palabras: «Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Vos», escritas en letras de oro.
Una voz se hizo oír entonces, diciéndome:

– Haced acuñar una medalla conforme este modelo. Todos los que la usen, trayéndola al cuello, recibirán grandes gracias. Estas serán abundantes para aquellos que la usen con confianza…

En ese instante, el cuadro me pareció girar y vi el reverso de la medalla: en el centro, el monograma de la Santísima Virgen, compuesto por la letra «M» encimada por una cruz, la cual tenía una barra en su base. Abajo figuraban los Corazones de Jesús y de María, el

primero coronado de espinas, y el otro, traspasado por una espada. Todo desapareció como algo que se extingue, y quedé repleta de buenos sentimientos, de alegría y de consolación.

Santa Catalina dirá, más tarde a su Director Espiritual haber visto las figuras del verso de la medalla contornadas por una guirnalda de doce estrellas. Tiempos después, pensando si algo más debía serles agregado, oyó durante la meditación una voz que decía:

– La M y los dos corazones son suficientes.

Tercera aparición.

Pasados algunos días, en diciembre de 1830, Nuestra Señora apareció por tercera y última vez a Santa Catalina. Como en la visión anterior, Ella vino en el período de meditación vespertina, haciéndose preceder por aquel característico ruido ligero de su vestido de seda. De allí a poco, la vidente contemplaba a la Reina del Universo, en su traje color de aurora, revestida de un velo blanco, asegurando nuevamente un globo de oro con una pequeña cruz arriba. Dos anillos adornados de piedras preciosas, con intensidades diversas, la misma luz, radiante como la del sol. Contó después Santa Catalina:

Es imposible expresar lo que sentí y comprendí en el momento en que la Santísima Virgen ofrecía el Globo a Nuestro Señor. Como estaba con la atención ocupada en contemplar a la Santísima Virgen, una voz se hizo oír en el fondo de mi corazón: Estos rayos son símbolo de las gracias que la Santísima Virgen obtiene para las personas que las piden.

Estaba yo, llena de buenos sentimientos, cuando todo desapareció como algo que se apaga. Y quedé repleta de alegría y consolación…

El acuñar de las primeras medallas.

Se encerraba así el ciclo de las apariciones de la Santísima Virgen a Santa Catalina. Esta, entretanto, recibió un consolador mensaje: «Hija mía, de aquí en adelante no me verás más, sin embargo, oirás mi voz durante tus oraciones». Todo cuanto presenciara y le fuera transmitido, Santa Catalina relató a su director espiritual, el padre Aladel, que mucho dudó en darle crédito. Él consideraba soñadora, visionaria y alucinada a esa novicia que todo le confiaba e insistentemente imploraba:

– ¡Nuestra Señora quiere esto… Nuestra Señora está descontenta…es necesario acuñar la medalla!

La Medalla en tiempo de pandemia...

Dos años de tormento trascurrieron. Por fin, el padre Aladel resuelve consultar al Arzobispo de París, Mons. Quelen, que lo anima a llevar adelante ese santo emprendimiento. Solo entonces encomienda a la Casa Vachette las primeras veinte mil medallas. El cuñaje iba empezar, cuando una epidemia de cólera, venida de Rusia a través de Polonia, irrumpió en París el 26 de marzo de 1832, esparciendo la muerte y la calamidad. La devastación fue tal que, en un único día, se registraron 861 víctimas fatales, siendo que el total de óbitos aumentó a más de veinte mil.

Las descripciones de la época son aterradoras: el cuerpo de un hombre en perfectas condiciones de salud se reducía al estado de esqueleto en apenas cuatro o cinco horas. Casi en un piscar de ojos, jóvenes llenos de vida tomaban aspecto de viejos carcomidos, y luego después eran horripilantes cadáveres.

En los últimos días de mayo, cuando la epidemia pareció retroceder, se inició de hecho el cuñaje de las medallas. Entretanto, en la segunda quincena de junio, un nuevo brote de la tremenda enfermedad lanzaba una vez más el pánico entre el pueblo. Finalmente, la Casa Vachette entregó en el día 30 de ese mes las primeras 1500 medallas, que luego fueron distribuidas por las Hijas de la Caridad y abrieron un interminable cortejo de gracias y milagros.

San José

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diciembre 26, 2021

San José, guardián de los tesoros de Dios.

De la misma manera que Dios constituyó a aquel José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto, a fin de que no le faltara el sustento a su pueblo, así, cumplida la plenitud del tiempo, cuando iba a mandar a la tierra a su Hijo unigénito, Salvador del mundo, escogió a otro José, del cual el primero era una figura, y lo erigió señor y príncipe de su casa y de sus bienes, y lo eligió como guardián de sus principales tesoros.

En efecto, tuvo por esposa a la Inmaculada Virgen María, de la cual, por obra del Espíritu Santo, nació Nuestro Señor Jesucristo, quien ante los hombres se dignó ser considerado hijo de José, al que estuvo sometido.

Y Aquel a quien tantos reyes y profetas anhelaron ver, este José no sólo lo vio, sino que convivió con Él, y con paternal afecto lo abrazó y besó; y además con una solicitud sin igual alimentó a Aquel a quien el pueblo fiel habría de comer como pan bajado del Cielo para conseguir la vida eterna.

Por esta sublime dignidad, que Dios confirió a su fidelísimo siervo, la Iglesia ha venerado siempre con sumo honor y alabanza al bienaventurado José, después de la Virgen Madre de Dios, su esposa, e implorado su intercesión en los momentos de dificultad.

San José, Patrono de la Iglesia.

Ahora bien, ya que en estos tristísimos tiempos la misma Iglesia por todas partes es atacada por sus enemigos, y oprimida por tan graves calamidades que los impíos piensan que finalmente las puertas del infierno han prevalecido contra ella, los venerables obispos de todo el orbe católico dirigieron al Sumo Pontífice sus súplicas y las de los fieles que están bajo su cargo solicitándole que se dignara constituir a San José Patrono de la Iglesia Católica.

Y habiendo renovado luego más insistentemente sus peticiones y sus votos en el Sacro Concilio Ecuménico Vaticano, nuestro Santo Padre, el Papa Pío IX, conmovido por la luctuosa situación de los tiempos actuales, poniéndose a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del Santo Patriarca José, quiso satisfacer los votos de los excelentísimos obispos y lo declaró solemnemente Patrón de la Iglesia Católica.

 

Sagrada Congregación de Ritos. Fragmento del Decreto «Quemadmodum Deus», 8/12/1870 ASS 6 (1870), 193-194

Oraciones, San José

Meditar en los dolores y gozos que tuvo San José es una antigua devoción que se realiza para preparar la fiesta de este gran santo que se celebra el 19 de marzo.
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noviembre 6, 2021

Meditar en los dolores y gozos que tuvo San José es una antigua devoción que se realiza para preparar la fiesta de este gran santo que se celebra el 19 de marzo.

El  19 de marzo es la solemnidad de San José, patrono de la Iglesia Universal, modelo de padre y esposo, y patrono de los trabajadores. En preparación a su festividad existe una antigua devoción que se realiza los siete domingos anteriores a su fiesta litúrgica.

Se trata de los «Siete Domingos a San José», una oración en la que se medita en los siete dolores y gozos de la vida de este gran santo, quien tuvo el privilegio y la dignidad de custodiar en la tierra al Hijo de Dios y a María Santísima. Fue el Papa Gregorio XVI quien la fomentó otorgando indulgencias para quien la realizase con gran devoción.

Esta oración, que comienza 7 domingos antes, se realiza de la siguiente manera:

Oración Preparatoria

Dios y Señor mío, en quien creo y espero y a quien amo sobre todas las cosas: entre la multitud de mis pecados me confundo, y con sincero arrepentimiento os pido perdón y clemencia.

Me pesa de haberos ofendido, y propongo con vuestra divina gracia nunca más volver a ofenderos. Tened piedad de mí, Señor, escuchad mis ruegos y no permitáis que yo me separe de Vos.

Y Vos, bondadoso San José, interceded por mí para que Jesús perdone mis pecados y derrame sobre mi alma los tesoros de su santa gracia, para que yo pueda hacer  con fruto, los Siete Domingos en vuestra honra y bien de mi alma.

Acordaos mi dulce protector, que ninguno de los que han implorado vuestro auxilio ha quedado sin  consuelo. Animado con esta confianza, vengo a vuestra presencia en este día, suplicándoos las gracias que necesito y que espero conseguir de Jesús y de María. Amén.

Oraciones para cada Domingo

I Domingo

San José

¡OH Esposo purísimo de María Santísima, glorioso San José!, así como fue grande la amargura de vuestro corazón en la perplejidad de abandonar a vuestra castísima Esposa, así también fue indecible vuestra alegría cuando por intermedio del ángel os fue revelado el soberano misterio de la Encarnación.

Por este Dolor y por este Gozo, os pedimos la gracia de consolar ahora y en los extremos dolores nuestra alma, con la alegría de una vida justa y de una santa muerte semejante a la vuestra, asistidos por Jesús y por María.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

San José, ruega por nosotros.

II Domingo

¡OH felicísimo Patriarca, glorioso San José!, que fuisteis escogido como Padre adoptivo del Verbo humanado: el dolor que sentisteis al ver nacer en tanta pobreza al Niño Dios, se os mudó en júbilo celestial al oír la angélica armonía y contemplar la gloria de aquella brillantísima noche.

Por este Dolor y por este Gozo, os suplicamos la gracia de alcanzarnos que después de esta vida, pasemos a oír las angélicas alabanzas y gozar de los resplandores de la gloria celeste.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

San José, sustentador del Hijo de Dios, ruega por nosotros.

 

III Domingo

¡OH obedientísimo de las leyes divinas, glorioso San José!, la sangre preciosísima que en la circuncisión derramó el Niño Redentor os traspasó el corazón, pero el nombre de Jesús os lo reanimó, llenándoos de alegría.

Por este Dolor y por este Gozo, alcanzadnos la gracia de vivir sin pecado, a fin de expirar llenos de júbilo, con el nombre de Jesús en el corazón y en los labios.

Padrenuestro, Avemaría y  Gloria.

San José obedientísimo, ruega por nosotros.

IV Domingo

¡OH fidelísimo Santo, glorioso San José!,  que también tuvisteis parte en los misterios de nuestra Redención, si la profecía de Simeón a respecto de que Jesús y María tendrían que padecer os causó mortal angustia, también os llenó de sumo Gozo por la salvación y gloriosa Resurrección que, como igualmente predijo, habría de resultar para innumerables almas.

Por este Dolor y por este Gozo, obtenednos la gracia de ser del número de aquellos que, por los méritos de Jesús y por la intercesión de la Santísima Virgen su Madre, han de resucitar gloriosamente.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

San José fidelísimo, ruega por nosotros.

V Domingo

¡OH vigilantísimo custodio, íntimo familiar del hijo de Dios Encarnado, glorioso San José! ¡Cuánto sufristeis para alimentar y servir al Hijo del Altísimo, particularmente en su fuga para Egipto! ¡Pero cuál no fue también vuestro gozo por tener siempre con Vos al mismo Dios, y por ver caer por tierra los ídolos egipcios!

Por este Dolor y por este Gozo, alcanzadnos la gracia de que, apartando para lejos de nosotros al infernal tirano, especialmente con la fuga de las ocasiones peligrosas, sean derrumbados de nuestros corazones todos los ídolos de los afectos terrenos, y que enteramente dedicados al servicio de Jesús y de María, para ellos solamente vivamos y en la alegría de su amor expiremos.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

San José castísimo, ruega por nosotros.

VI Domingo

¡OH ángel de la tierra, glorioso San José!, que lleno de espanto visteis al Rey del Cielo sometido a vuestros mandatos, si vuestro consuelo al reconducirlo de Egipto fue turbado por el temor de Arquelao, hijo de Herodes, entre tanto, sosegado por el ángel, permanecisteis alegre en Nazaret con Jesús y María.

Por este Dolor y por este Gozo, alcanzadnos la gracia de desterrar de nuestro corazón todo temor nocivo, de gozar la paz de conciencia, de vivir seguros con Jesús y María, y también de morir asistidos por Ellos.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

San José casto guardián de la Virgen, ruega por nosotros.

VII Domingo

¡Oh ejemplar de toda santidad, glorioso San José!, perdisteis sin culpa al Niño Jesús, y para mayor angustia tuvisteis que buscarlo durante tres días hasta que, con sumo júbilo, gozasteis de quien era vuestra vida, hallándolo en el templo entre los doctores.

Por este Dolor y por este Gozo, os suplicamos con el corazón en los labios, que interpongáis vuestro favor, para que nunca nos suceda perder a Jesús por culpa grave. Pero, si por desgracia lo perdiéremos, con tan intenso dolor lo procuremos, que lo hallemos favorable, especialmente en nuestra muerte, para poderlo glorificarlo en el cielo y allí cantar eternamente sus divinas misericordias.

Padrenuestro, Avenaría y Gloria.

San José fortísimo, ruega por nosotros.

Oración Final

¡Oh Dios! que por vuestra inefable providencia os dignasteis escoger al bienaventurado San José para Esposo de vuestra Madre Santísima, os pedimos que nos concedáis la gracia de que venerándolo aquí en la tierra como protector, merezcamos tenerlo en el cielo como nuestro intercesor. Vos que vivís y reináis por todos los siglos de los siglos.

Amén.

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