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Ángeles

Proelium Magnum in Caelo

La prueba que decidió el destino eterno de los ángeles fue el anuncio de la Encarnación del Verbo.

Al hacer de la nada el universo, quiso el Divino Artífice hacer de éste un reflejo suyo, espejándose en el hombre, rey de la creación y microcosmos, creándolo «a su imagen y semejanza» (Gn l, 26).

En el ápice de esta obra, superando en perfección a todas las criaturas visibles, se encuentran los Ángeles, seres dotados de inteligencia y puros espíritus, con personalidad propia y exclusiva, distribuidos por Dios en nueve coros: Serafines, Querubines, Tronos, Virtudes, Dominaciones, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles. Forman estos la milicia de la Jerusalén celeste, con la misión de adorar continuamente a la Santísima Trinidad, ejecutar los designios de Dios y guardar el género humano, así como gobernar toda la creación material. 1

¡Inmensa e inimaginable es esta corte celeste! «¿Por ventura pueden ser contadas sus legiones?» – indaga el libro de Job (25, 3). Y el profeta Daniel, maravillado exclama: «¡Millares y millares lo servían, decenas de millares lo asistían!» (Dn 7, 10).

La Prueba de los Ángeles

A tanta diversidad y belleza quiso Dios colocar un punto monárquico, un ser que representase de modo inigualable la luz eterna. Obra prima, esplendor de los esplendores, brillaba en lo más alto del universo angélico, todos se extasiaban delante de él: el primero de los Serafines y su nombre era Lucifer, «Aquel que portaba la luz».

A él se aplicaban las palabras de Ezequiel: «¡Tú eres el sello de la semejanza de Dios, lleno de sabiduría y perfecto en la belleza; tú vivías en las delicias del paraíso de Dios y todo fue empleado en realzar tu hermosura!» (Ez 28, 12-13).

Entretanto, a seres tan excelsos, reservada también estaba una prueba. A pesar de la perfección de la naturaleza angélica, no podían los Ángeles gozar de la esencia de la bienaventuranza: la posesión de la visión beatífica.

Delante de ellos el rostro del Señor se encontraba como envuelto en velos, y apenas sus reflejos animaban el ardiente amor de los Ángeles.

Según exégetas y teólogos, la prueba que decidió el destino eterno de los ángeles fue el anuncio de la Encarnación del Verbo: Dios habría de enviar a su Hijo Unigénito, nacido de una mujer, criatura que tendría su trono elevado por encima de las Potestades: María Santísima, Regina Angelorum.

A ese propósito, nos dice el Padre Pedro Morazzani: «El Creador eterno, inaccesible, todopoderoso, se uniría hipostáticamente a la naturaleza humana, elevándola así hasta el trono del Altísimo; y una mujer, la Madre de Dios, se tornaría medianera de todas las gracias, sería exaltada por encima de los coros angélicos y coronada Reina del universo». 2

El momento decisivo: ¡amar sin entender; someter los propios criterios a los criterios de lo Absoluto! ¡He aquí el acto que los confirmaría, in perpetuo, en la gracia y en la gloria!

«Fueron ellos sometidos a una prueba. En el momento de la prueba, muchísimos de estos espíritus permanecieron fieles a Dios; pero muchos otros pecaron. Su pecado fue de soberbia, queriendo ser iguales a Dios y no depender de Él» (CCE 3399).

La soberbia de Lucifer

San Miguel con el demonio - Giovanni Luteri

Lucifer, soberbio y dudoso, quiso sobrepasar el misterio que su entendimiento no alcanzaba… Creía que el Señor ignoraba la superioridad de la naturaleza angélica al preferir unirse a un ser tan inferior. Y al constatar que él, el arquetipo de los Ángeles, se vería en la obligación de adorar a un Hombre – aunque Divino -, esta unión hipostática le pareció intolerable.

El orgullo se había apoderado de aquel que era el perfecto desde el día de la creación, imaginando que, dándose la Encarnación del Verbo, se tornaría, así, el mediador entre Creador y criatura… «Aquel que de la nada fuera sacado, comparándose, lleno de altivez, pretendió robar lo que pertenecía al propio Unigénito del Padre». 3 «El Ángel pecó queriendo ser como Dios». 4

Un odioso grito de revuelta – inspiración de todos los gritos de insumisión de la Historia – se escuchó en el Cielo: «¡Nom Serviam!»

¡Subiré hasta el cielo, estableceré mi trono por encima de los astros de Dios, me sentaré sobre el monte de la alianza! ¡Seré semejante al Altísimo!» (Is 14,13-14).

«¡Quis ut Deus!» – gritó, ¡levantándose como una antorcha ardiente de fidelidad, un Serafín fuerte y esplendoroso! ¿Quién desafiaba al mayor entre los Ángeles? ¡Miguel, perfecto adorador de Verbo Divino, guerrero irresistible y de santa tenacidad!

«Hubo en el Cielo una gran batalla. Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón, y el dragón y sus secuaces luchaban contra» (Ap 12, 7). Arrastrando la tercera parte de los Ángeles, el «Portador de la luz» fue precipitado al infierno, convirtiéndose en el príncipe de las tinieblas, y su lugar no se encontró más en los Cielos.

¿Cómo caíste, oh astro resplandeciente, que en la aurora brillabas? «Tu soberbia fue abatida hasta los infiernos» (Is 14, 11-12).

En el mismo acto, el Arcángel San Miguel era elevado a la más alta jerarquía celestial, condestable de los ejércitos celestes, baluarte de la Santísima Trinidad.

Notas:

1 Cf. GILSON, Etienne. A filosofia na Idade Média. Trad. Eduardo Brandão. São Paulo: Mantins Fontes, 2007.
2 ARRA1Z, Padre Pedro Morazzani. Quem como Deus? In: Revista Arautos do Evangelho. São Paulo: n 69, set. (2007, p.l9.)
3 SAN BERNARDOP. Homilia sobre las excelencias de la Virgen Madre. In: Madrid: BAC, 1953, v. J, p. 215
4 SÃO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica I, q. 65, a. 5.

Comentarios

Oraciones

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús...

septiembre 12, 2021

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús, y elevado a la condición de Patriarca de la Santa Iglesia.

Vos que sufriseis tremendas perplejidades, me veis en los mismos caminos que transitasteis, pues también estoy en esta Tierra para ser probado. ¿Por cuántas perplejidades y aflicciones deberé pasar?

Por los méritos de la perfección con la cual enfrentasteis todas las perplejidades, y en especial la pérdida del Niño Jesús durante tres días, yo os pido: en mis aflicciones dadme la paz, la serenidad, la tranquilidad y la confianza en Dios que vos tuvisteis en esos momentos. Amén.

Autor: Mons. Joao S. Clá Dias

Fundador de los Caballeros de la Virgen

Ángeles, Destacados

El ángel custodio nos fue dado no apenas para las horas del peligro y probación, como también para rezar e interceder por nosotros a todo instante.

febrero 22, 2022

El ángel custodio nos fue dado no apenas para las horas del peligro y probación, como también para rezar e interceder por nosotros a todo instante. El es nuestro mediador y abogado junto al trono del Altísimo y ruega continuamente en favor de su protegido.

Por lo tanto, nos aconseja Dr. Plinio: «Es de todo conveniente implorar siempre ese patrocínio de nuestro ángel de la guarda.»

A continuación sigue un artículo de Dr. Plinio:

De acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, los ángeles se dividen en nueve categorías superpuestas: Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, principados, Arcángeles y Ángeles.

Aunque todos esos espíritus celestiales contemplan a Dios directamente, no lo hacen con igual amplitud de conocimiento. O sea, los que se encuentran en un nivel superior tienen una visión más plena e inmediata de Él, discerniendo una serie de perfecciones divinas que los menores no alcanzan a distinguir. Sin embargo, esta diferencia de intelección es compensada por la infinita bondad del Creador, el cual dispuso que los primeros revelen a los segundos todo lo que consiguen aprender sobre Él. Y así, esas nociones con respecto a Dios van siendo transmitidas de un ángel a otro, y de una jerarquía angélica a otra, desde la más elevada, donde se encuentran los Serafines, hasta la menos excelsa, que es la de los ángeles.

Se admite que a esos espíritus puros Dios les confió el gobierno de los astros, de tal forma que cada estrella y cada planeta del Universo posee un ángel que lo rige, según los sabios deseos del Altísimo. De ahí la perfección del orden sideral.

Ahora bien, así como cada estrella del firmamento tiene un ángel designado para dirigirla, así también cada hombre cuenta con la tutela y la protección de una criatura angélica: su Ángel de la Guarda. ¡Tan esplendoroso, tan magnífico, que, a veces, cuando él aparece a su protegido, este piensa que está delante del propio Dios! Al mismo tiempo – creo yo – tan parecido espiritualmente con su pupilo que, si cada uno de nosotros conociese a su Ángel de la Guarda, quedaría pasmado al constatar cuánto él es conforme a sus buenos sentimientos y a sus voliciones ordenadas, y se sentiría como un pariente próximo de ese grandioso Príncipe Celestial…

Nuestros Ángeles de la Guarda no nos pierden de vista un solo instante, ni de día, ni de noche, pues aún cuando dormimos velan por nosotros. A todo momento ellos hablan a nuestras almas, susurran con cariño y bondad consejos que nos llevan por las sendas del bien; y cuando se ven obligados a hablarnos con vigor, lo hacen a la manera de un buen padre que a veces reprende a su hijo, justamente porque lo ama.

Nuestros guardianes celestiales se encuentran, por lo tanto, continuamente de bruces sobre nosotros.

Cuando nos sintamos solos, cuando estemos, por ejemplo, transitando por las calles de las ciudades contemporáneas, tan cercadas de inmoralidades, tan sucias, tan impregnadas de polución y de inmundicias de toda especie, roguemos la protección de nuestros angeles de la Guarda. Antes de salir de casa, digamos: «Mi Santo Ángel, acompañadme, venid conmigo, protegedme, habladme al alma y ayudadme a evitar las malas miradas, a las personas que quieran causarme daño, los accidentes que me puedan masacrar; ¡traedme, en fin, todo bien!»

Ejerciendo una de las misiones propias de los ángeles, de ser
mensajeros de Dios, San Gabriel anuncia a María que
Ella será la Madre del Verbo Encarnado.

Y cuando estemos en cualquier apuro, acordémonos de esa verdad reconfortante: un Ángel de la Guarda nunca abandona a su protegido. Por lo tanto, mientras caminamos y oímos resonar nuestros pasos sobre el cemento de la acera, pensemos: «Mi Ángel de la Guarda me está viendo». Si sufriéremos una tentación, digamos incontinenti: «¡Mi Santo Ángel, protegedme, apartad de mí ese demonio que me tienta!»

Es interesante notar que, mientras vigilan así a los hombres sobre la Tierra, los Ángeles de la Guarda continúan contemplando a Dios cara a cara. Y ahí, en la presencia del Altísimo, permutan impresiones con respecto a lo que sucede en el mundo, a la lucha entre buenos y malos, al desarrollo del plan de Dios para la humanidad, etc. Aunque no tengan una noticia exacta de los designios divinos sobre la creación terrena, los ángeles, sin embargo, como están dotados de una inteligencia superior, levantan entre sí hipótesis y conjeturas acerca de tales designios. Y esa interlocución angélica sube al Trono del Creador como un extraordinario e indescriptible cántico de alabanza y de glorificación.

Sepamos, entonces, que cada uno de nosotros se beneficia de la tutela de uno de esos seres maravillosos. Sepamos, también, agradecer a nuestro Ángel de la Guarda la protección incansable que nos dispensa, y decir, todos los días, esta bella jaculatoria formulada por la Iglesia: «Ángel de Dios, que eres mi custodio, ya que la soberana piedad me ha encomendado a ti, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname. Amén».

(Revista Dr. Plinio, No. 5, agosto de 1998, pp. 21-22, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

Santos

septiembre 12, 2021

La vida de San Martín de Porres se ubica en las vastedades del Nuevo Mundo deslumbraron al hombre europeo en el lejano amanecer del siglo XVI. Tierras fértiles, abundantes riquezas naturales y la esperanza de un futuro prometedor se convirtieron en poco tiempo en una irresistible atracción para los hidalgos ibéricos, que veían en las Américas una oportunidad de expandir la Iglesia de Dios, los dominios de su rey y abrillantar el honor de su linaje.

El entusiasmo que los animaba no carecía de fundamento, porque Dios parecía sonreír a los bravos expedicionarios, soplando viento favorable en las velas de sus frágiles embarcaciones y coronando de éxito temerarias empresas, movidas en muchas ocasiones por el deseo de conquistar almas para Cristo, aunque otras veces también por motivos mucho menos elevados.

¿Qué les había reservado la Providencia a esas interminables tierras, habitadas por pueblos de muy diversa índole? ¿Qué deseaba para esos nativos, ora pacíficos, ora belicosos, ora de temperamento salvaje, ora dotados de cultura y técnicas muy desarrolladas? Algo más elevado que cualquier consideración política o sociológica: darles el tesoro de la fe, la Celebración Eucarística, la gracia santificante infundida a través de los sacramentos.

Fruto de la heroica acción de los misioneros, enseguida empezaron a surgir en el Nuevo Continente los santos más ilustres, que con el buen olor de Cristo perfumaban los recientes dominios y en éstos esparcían las semillas del Reino mediante la oración y el apostolado. Pensemos, por ejemplo en la Lima del siglo XVI. En ella convivían Santa Rosa, terciaria dominica y hoy patrona de América Latina; San Juan Macías, incansable evangelizador; o aquel modelo de Pastor que fuera Santo Toribio de Mogrovejo.

San Juan MacíasSanta Rosa de LimaSanto Toribio de Mogrovejo

Contemporáneo de todos ellos, superándolos en el don de los milagros y en manifestaciones sobrenaturales, en el convento del Santísimo Rosario —conocido hoy día por el de Santo Domingo— brilló un humilde hermano lego llamado Martín de Porres. “Una mezcla de hidalgo  y de hombre del pueblo, sus esplendentes virtudes contribuyeron a conferirle a la civilización peruana de su tiempo una belleza y una ordenación católicas hasta hoy insuperables”. 

San Martín de Porres - El deseo de servir, a imitación de Cristo.

Nació el 9 de diciembre de 1579 en la floreciente Lima del tiempo colonial, capital del virreinato del Perú, hijo natural de Juan de Porres, caballero español, y Ana Velázquez, panameña libre de origen africano.

Durante su infancia experimentó unas veces las larguezas y exigencias de la vida noble junto a su padre en Guayaquil —que en la actualidad forma parte de Ecuador—, y en otras ocasiones la sencillez y el trabajo con su madre en Lima, sin apegarse a una forma de vida ni protestar por la otra. Pero tanto en una como en otra circunstancia se sentía atraído por la vida de piedad, siendo monaguillo en las Misas parroquiales o pasando noches en vela rezando de rodillas ante Jesús crucificado.

Con tan sólo 14 años se dirigió al convento de Santo Domingo para hacerle una petición al provincial de la Orden de los Predicadores, fray Juan de Lorenzana. ¿Qué desearía al llamar a la puerta de esa casa de Dios? Hacerse un siervo de los frailes, en calidad de “donado”, como les denominaban por entonces a los que se dedicaban a las tareas domésticas y se hospedaban en las dependencias de los dominicos. El superior, que discernió en él un auténtico llamamiento, lo recibió gustosamente.

En adelante sus funciones serían barrer salones y claustros, la enfermería, el coro y la iglesia de la gran propiedad que albergaba alrededor de doscientos religiosos, entre novicios, hermanos legos y doctos sacerdotes. A fray Martín no le avergonzaba de ninguna manera tal condición. La visión sobrenatural que tenía de las cosas le hacía entender correctamente la gloria que existe en servir, a imitación de Jesucristo, que se encarnó para darnos ejemplo de completa sumisión.

Tras dos años en el ejercicio de esas arduas tareas, vinculado a la comunidad únicamente como terciario, un día un hermano le comunica que debía ir a la portería. Le estaban esperando el superior y su padre, que quería reencontrarse con su hijo después de un largo período de ausencia al servicio del virrey en Panamá. El hidalgo manifestó su disgusto al ver que su hijo ocupaba un puesto tan humilde y exigió al provincial que lo promoviera por lo menos a hermano lego. El prior accedió, pero los ojos de fray Martín, en vez de iluminarse de contento, se humedecieron de lágrimas. Era su humildad la que estaba alzando la voz, llevándolo a implorar a su superior que no lo privase de la alegría de poder dedicarse a la comunidad como venía haciéndolo hasta entonces.

La vocación de San Martín de remediar los males ajenos

El 2 de junio de 1603 hacía la profesión solemne de los votos religiosos. Además de las funciones de campanero, barbero y ropero, recibió el encargo de la enfermería. Aquí ejercía, a falta de médico, el oficio de cirujano, cuyos conocimientos básicos había aprendido antes de entrar en el convento.

Fray Juan de LorenzanaClaustro del convento en la actualidad

Sus certeros diagnósticos sobre el verdadero estado de los pacientes pronto empezaron a comprobarse mediante los hechos, a menudo en contra de las apariencias. Por ejemplo, a un enfermo al que todos lo consideraban al borde de la muerte le anuncia que en esa ocasión no va a morir; y, en efecto, unos días después ya está curado. Otra vez, al ver a fray Lorenzo de Pareja andando por el claustro, se le acerca para comunicarle que en breve va a dejar su cuerpo mortal y éste sale en busca de un sacerdote para que le administre los sacramentos. Instantes después de recibirlos el fraile expira en su cama.

Las numerosas curaciones milagrosas que realiza hacen que su fama sobrepase los muros del convento. Pequeños y grandes, españoles e indígenas, ricos y pobres van a pedirle auxilio al santo enfermero.

Así empieza a manifestarse la vocación de Martín que “parece haber sido la de remediar los males ajenos”, sin escatimar esfuerzos para darles buen ejemplo, bienestar físico y espiritual en el ejercicio de sus funciones.

“Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias, estando persuadido de que era digno de mayores penas por sus pecados; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; asistía complaciente a los enfermos; proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad”.

Frecuentes manifestaciones sobrenaturales.

¿De dónde venían esas cualidades inusuales? Sin duda, de una intensa espiritualidad, porque “una vida como la de Martín, consagrada por entero al servicio de los demás, con perfecto olvido de sí mismo, no se explica sin una intensa vida interior, sin el acicate de la caridad, que […] aun abrumada por la fatiga, no llega a sentir el cansancio”.

Una noche, cuando ya era bien tarde, el cirujano Marcelo Rivera, huésped del convento, lo andaba buscando y no conseguía dar con él; le pregunta a uno, le pregunta a otro, pero nadie lo ha visto. Por fin, lo encuentra en la sala capitular “suspenso en el aire y puesto en cruz. Y tenía sus manos pegadas a las de un santo Cristo crucificado, que está en un altar. Y todo el cuerpo tenía así mismo pegado al del santo Crucifijo como que le abrazaba. Estaba elevado del suelo más de tres varas”.

Innumerables testigos presenciaron episodios similares. Así, por ejemplo, una noche en la que pocos conseguían conciliar el sueño en el edificio del noviciado, a causa de una epidemia que había dejado a la mayoría de los frailes en cama con fiebres muy altas, se oye en una de las celdas:

– Oh fray Martín, ¡quién me diera una camisa para mudarme!

Era fray Vicente que se revolvía en su lecho entre los sudores de la fiebre y llamaba al enfermero, pero sin esperanzas de que fuera atendido, pues las puertas de aquel edificio ya se habían cerrado y fray Martín vivía fuera del mismo. Pero apenas había terminado de hablar cuando ve al hermano enfermero a su lado y que le está llevando lo que le había pedido. Sorprendido, le pregunta por dónde había entrado.

– Callad y no os metáis en eso —le responde con bondad fray Martín mientras con el dedo le indica silencio.

No muy lejos de ahí el maestro de novicios, fray Andrés de Lisón, oye la voz de fray Martín y se pone en el pasillo para comprobar por donde había entrado. El tiempo corre y no pasa nada. Entonces resuelve abrir la puerta del enfermo: estaba a solas y dormía profundamente… La admiración se extendió por todo el convento.

Los frailes Francisco Velasco, Juan de Requena y Juan de Guía también recibieron visitas análogas. En otra ocasión, un fraile que velaba de noche en el claustro vio una gran luz y mirando qué era aquello vio a fray Martín que pasaba volando envuelto en esa luz.

Una madrugada, como de costumbre, al toque de la campana toda la comunidad se reúne en la iglesia para cantar Maitines. De pronto, una claridad procedente del fondo ilumina todo el recinto sagrado. Los religiosos se vuelven para atrás y descubren el foco de tan intensa luminosidad: el rostro de fray Martín que había ido a ayudar al sacristán y allí estaba oyendo el canto sacro.

«Dios sea bendito que toma tan vil instrumento»

Episodios como éstos ocurrían en cantidad y se volvían públicos y notorios. Poco a poco la fama del santo se difundió por toda Lima, llegando incluso hasta el virrey y el arzobispo. Sin embargo, nada de eso perturbó su humildad. De ninguna manera consintió perder la convivencia con lo sobrenatural volviéndose hacia sí mismo para disfrutar una gloria humana que pasa “como un sueño mañanero” (Sal 89, 5).

En una ocasión fue a visitar a la esposa de su antiguo maestro barbero, la cual padecía una enfermedad grave. Ésta lo invita a sentarse a los pies de su cama y entonces con disimulo estiró el brazo hasta tocar con su mano el manto del santo. En ese mismo instante se sintió curada y exclamó llena de asombro:

– ¡Ay, padre fray Martín, qué gran siervo de Dios es: pues hasta su vestidura tiene gran virtud! Con la astucia propia a la humildad, el santo le respondió: 

– ALa mano de Dios anda por aquí señora. Él lo ha hecho y el hábito de nuestro Padre Santo Domingo. Dios sea bendito que toma tan vil instrumento para tan grande maravilla y no pierde su valor y devoción el hábito de nuestro Padre, por vestirle tan grande pecador como soy yo.

"No soy digno de estar en la casa de Dios"

Otro hecho, esta vez dentro de los muros del convento, da testimonio de la mansedumbre de fray Martín para soportar las flaquezas que a menudo sus hermanos de hábito manifestaban, y que él las sufría con excepcional cordura, asumiéndolas como merecidas y útiles para la expiación de sus pecados. Sucedió que un anciano religioso encamado pidió que fueran a buscarlo a la enfermería, pero como fray Martín se encontraba ocupado en  un asunto urgente, tardó en llegar. Mientras los minutos iban transcurriendo el enfermo se llenó de impaciencia y empezó a bramar contra el santo, diciendo toda clase de injurias, exteriorizando sus quejas sin sentido, fruto del egoísmo.Tan pronto como acudió le pidió disculpas, pero tuvo que oír una nueva catilinaria, esta vez dicha en voz alta, de modo que los demás frailes también lo escucharon. Preocupados, algunos hermanos se acercaron y uno de ellos al ver a fray Martín arrodillado ante el enfermo preguntó qué estaba pasando.- Padre —contestó el humilde Hermano—, tomar ceniza sin ser miércoles de ella. Este padre me ha dado con el polvo de mi bajeza y me ha puesto la ceniza de mis culpas en la frente y yo, agradecido a tan importante recuerdo, no le beso las manos, porque no soy digno de poner en ellas mis labios, pero me quedo a sus pies de sacerdote. Y créanme que este día ha sido para mí de provecho porque he caído en la cuenta de que no soy digno de estar en la casa de Dios y entre sus siervos.7Durante una etapa de privaciones por las que pasaba la comunidad, el padre prior se encontraba muy afligido al no poder disponer de la cantidad necesaria para hacer frente a las deudas de la casa, que eran numerosas. Entonces fray Martín le preguntó si no quería venderlo como esclavo, porque debería costar un precio considerable y se sentiría muy honrado por haber sido útil al convento.El sacerdote, conmovido con esa heroica actitud de amor a su Orden, le respondió:- Dios se lo pague Hermano Martín, pero el Señor que lo ha traído aquí se encargará del remedio.

El camino que Cristo nos enseña.

La vida del desprendido hermano transcurría serena, consumiéndose en prolongadas vigilias de oración ante el crucifijo y en servicios aparentemente muy comunes, pero siempre realizados con la intención de glorificar a Dios y con frecuencia  coronados con milagros. Faltaba un mes para que cumpliera los 60 años y una fiebre violenta y continuos desmayos le obligan a mantener reposo. Todo parecía indicar que se acercaba el fin de su estado de prueba.

La noticia corrió como pólvora por toda la ciudad y su celda enseguida se convirtió en objeto de continua peregrinación. Esa misma noche entró en agonía. Los que estaban allí lo veían debatiéndose con gestos violentos y apretando el crucifijo contra su pecho increpando al maligno:

– ¡Quita maldito! ¡Vete de aquí, que no me han de vencer tus amenazas!

9 Días después, el 3 de noviembre de 1639, ante sus hermanos de vocación que rezaban el Credo a su lado, nacía San Martín de Porres a la verdadera vida, dejando detrás de sí un rastro luminoso que aún hoy suscita la veneración de numerosos fieles.

“Este santo varón, que con su ejemplo de virtud atrajo a tantos a la religión, ahora también, a los tres siglos de su muerte, de una manera admirable, hace elevar nuestros pensamientos hacia el Cielo”, recordaba el Papa Juan XXIII cuando lo canonizó. Porque, con el ejemplo de su vida, había demostrado que es posible conseguir la santidad por el camino que Cristo enseña: amando a Dios, en primer lugar, de todo corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y, en segundo lugar, amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Hna. Maria Teresa Ribeiro Matos, EP

Santos

Alfonso Ratisbona, emparentado con la célebre familia Rothschild, tenía 27 años cuando , la Santísima Virgen se le apareció...

diciembre 26, 2021

La Medalla Milagrosa y la conversión de Alfonso Ratisbona

Alfonso Ratisbona, emparentado con la célebre familia Rothschild, tenía 27 años cuando un 20 de enero de 1842, la Santísima Virgen se le apareció y lo convirtió instantáneamente.
Hombre culto, rico y de elegante trato, relacionado con las altas esferas sociales, estaba de novio con una joven de su familia. Tenía frente a sí un futuro promisorio. De paso por Roma visitó, como turista, las ruinas históricas y numerosos monumentos e iglesias.
La víspera de su partida tenía que hacer, a contra gusto, una visita al Barón Teodoro de Bussières, hermano de un viejo conocido suyo. Para librarse del incómodo compromiso, decidió apuntar unas palabras de mera formalidad en su tarjeta de visita y dejarla con el portero. Sin embargo, como éste no entendió bien la pronunciación del extranjero, lo introdujo amablemente al salón y anunció su llegada al señor de casa.

Apóstol ardoroso y hábil

Católico practicante y apóstol ardoroso, recién convertido del protestantismo, Teodoro de Bussières no quiso dejar escapar la oportunidad de conquistar esa alma para Dios. Recibió con mucha cortesía al visitante y hábilmente condujo la conversación para hacerlo discurrir sobre sus paseos por la Ciudad Eterna. A cierta altura, Ratisbona dijo: “Visitando la Iglesia de Araceli, en el Capitolio, sentí una emoción profunda e inexplicable. El guía, dándose cuenta de mi perplejidad, preguntó qué sucedía y si acaso quería retirarme”.

Al oír esto, los ojos de Bussières brillaron de regocijo. Su interlocutor, notándolo, se apresuró a recalcar que dicha emoción nada tenía de cristiana. Y ante el contra argumento de que muy bien podría ser una gracia de Dios llamándolo a la conversión, el israelita, contrariado, le pidió no insistir en el asunto porque jamás se haría católico. “Pierde usted su tiempo. ¡Yo nací en la religión judía y en ella voy a morir!”, afirmó. La conversación caminaba a la discusión. En cierto momento, Bussières tuvo una singular idea, que seguramente muchos tildarían de locura. –Ya que usted es un espíritu tan superior y tan seguro de sí mismo, prométame llevar al cuello un obsequio que quiero darle.

–Veamos. ¿De qué se trata? – preguntó Alfonso.

–Simplemente, esta medalla – replicó el Barón, mostrándole la conocida Medalla Milagrosa.

Ratisbona reaccionó con sorpresa e indignación, pero Bussières añadió con calculada frialdad:

–Según su manera de pensar, esto debe serle perfectamente indiferente; y si acepta usarla, me proporcionará un gran placer.

–Está bien… La usaré. Esto me servirá como un capítulo pintoresco de mis notas e impresiones de viaje – asintió Alfonso, mofándose de la fe de su anfitrión.

Éste le colgó la medalla y, acto seguido, le propuso algo todavía más insólito: que rezara al menos una vez al día la oración “Acordaos, piadosísima Virgen María”, compuesta por San Bernardo.

Ratisbona se rehusó de forma categórica, considerando demasiado impertinente la proposición. Pero una fuerza interior movió a Bussières a insistir. Mostrándole la oración, le rogó que hiciera una copia de su propio pu ño y letra, para que cada uno conservara el ejemplar escrito por el otro, a la manera de un recuerdo.
Para librarse de la importuna insistencia, Ratisbona accedió, diciendo con ironía: “Está bien, voy a escribirla. Usted se quedará con mi copia, y yo con la suya”.

El poder de la oración

Cuando se retiró, Teodoro y su esposa se miraron en silencio. Preocupados con las blasfemias proferidas por Alfonso a lo largo de la conversación, pidieron perdón a Dios por él. Esa misma noche Bussières buscó a su íntimo amigo, el Conde Augusto de La Ferronays –católico fervoroso y embajador de Francia en Roma–, para contarle lo sucedido y pedir oraciones por la conversión de Ratisbona.

“Tenga confianza, que si él reza el ‘Acordaos’, la partida está ganada”– respondió La Ferronays, que rezó con empeño por la conversión del joven israelita; y existen indicios de que hasta haya ofrecido su vida por esa intención.

En cuanto a Alfonso, llegó fatigado al hotel y leyó la oración maquinalmente. Al día siguiente, descubrió sorprendido que la plegaria había tomado cuenta de su espíritu. Más tarde escribiría en su relato: “No podía defenderme. Esas palabras regresaban sin cesar, y yo las repetía continuamente”.

Entre tanto, Bussières fue a visitarlo al hotel. Un impulso profundo lo empujaba a seguir insistiendo, seguro que tarde o temprano Dios abriría los ojos de Alfonso. Al no encontrarlo, le dejó una invitación para volver a su casa por la mañana. Y el joven acudió a la cita, pero lo previno:

–Espero que no me venga con aquellas conversaciones de ayer. Sólo vine a despedirme, pues esta noche parto a Nápoles.

–¿Partir hoy? ¡Jamás! El lunes habrá un pontifical solemne en la Basílica de San Pedro, y usted tiene que ver al Papa oficiando.

–¿Qué me importa el Papa? Yo partiré – replicó Alfonso.

Bussières transigió, insistió, prometió llevarlo a otros sitios pintorescos de Roma y terminó por convencerlo de atrasar la partida.

Y así fue como estuvieron visitando palacios, iglesias, obras de arte. Aunque las conversaciones entre ambos fueron triviales, el infatigable apóstol tenía la convicción de que un día Alfonso sería católico, aunque debiera bajar un ángel del cielo para iluminarlo. Esa noche falleció inesperadamente el Conde de La Ferronays. Bussières marcó su encuentro con Ratisbona para la mañana siguiente frente a la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte. Cuando llegó, le comuni có el deceso del Conde y le pidió que

aguardara unos minutos dentro de la iglesia, mientras él iba a la sacristía para ocuparse de algunos detalles relativos a las exequias.

El joven hebreo permaneció de pie en el templo, mirando impávido en torno a sí, sin prestar atención. No podía pasar a la otra nave debido a las cuerdas y arreglos florales que obstruían el corredor.

Bussières regresó poco después, y al comienzo no pudo localizar a su amigo. Observando mejor, lo descubrió arrodillado frente al altar de San Miguel, bastante lejano al sitio donde lo había dejado. Se acercó y lo tocó varias veces, sin lograr que reaccionara. Finalmente, el joven se volvió hacia él, con el rostro bañado en lágrimas y las manos juntas, diciendo: “¡Oh, cuánto rezó este señor (La Ferronays) por mí!”

“¡Yo la vi! ¡La vi!”

Estupefacto, Bussières sentía la emoción del que presencia un milagro. Levantó solícitamente a Ratisbona, preguntando qué le pasaba y adónde quería ir. “Lléveme donde quiera; luego de lo que vi, yo obedezco” – fue la respuesta.

Aunque instado a explicarse mejor, Alfonso no lograba hacerlo. Pero se sacó del cuello la Medalla Milagrosa y la besó varias veces. Tan sólo pudo exclamar: “¡Ah, qué feliz soy! ¡Qué bueno es Dios! ¡Qué plenitud de gracias y de bondad!” Con una mirada radiante de felicidad, abrazó a su amigo y le pidió que trajera cuanto antes un confesor; preguntó también cuándo podría recibir el Bautismo, sin el cual, afirmaba, ya no conseguía vivir. Agregó que no diría nada más sin la autorización de un sacerdote, pues “lo que tengo que decir sólo puedo hacerlo de rodillas”.

Bussières lo condujo de inmediato a la iglesia de los jesuitas, donde el Padre Villefort lo indujo a explicar lo sucedido.

Alfonso se quitó la Medalla Milagrosa, la besó y se la mostró, diciendo emocionado: “¡Yo la vi! ¡La vi!”.

En seguida, más tranquilo, relató: “Llevaba poco tiempo en la iglesia cuando, de repente, me sentí dominado por una emoción inexplicable. Levanté los ojos. Todo el edificio había desaparecido de mi vista. Solamente una capilla lateral había, por decirlo así, concentrado la luz. Y en medio de ese esplendor apareció de pie sobre el altar, grandiosa, brillante, llena de majestad y dulzura, la Virgen María tal como está en esta medalla. Una fuerza irresistible me empujó hacia Ella. La Virgen me hizo una señal con la mano para que me arrodillara, y pareció decirme:

‘¡Está bien!’ No me habló, pero lo comprendí todo”.

El sacerdote pidió más detalles al feliz convertido, que agregó haber visto a la Reina de los Cielos en todo el esplendor de su belleza inmaculada, pero sin poder contemplar directamente su rostro. Tres veces intentó levantar la vista, pero sus ojos sólo llegaron a posarse en sus manos virginales, de las que brotaban rayos luminosos en su dirección. Era el 20 de enero de 1842.
Bautizado con el nombre de Alfonso María, el joven Ratisbona renunció a la familia, a la fortuna, a la brillante posición social, y se ordenó sacerdote.

Falleció en olor de santidad, tras una vida de intenso apostolado en Jerusalén.

El que visita la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte puede observar un cuadro grande y hermoso de la Virgen en el lugar exacto donde se apareció y produjo tan estupenda conversión.

Los italianos la llaman Madonna del Miracolo .

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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