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Espiritualidad

Reyes Magos: Tres regalos

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos reyes magos de Oriente se presentaron en Jerusalén.

Evangelio del día de Reyes Magos.

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ‘¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él. […]

«Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino» (Mt 2, 1-3.9-12).

Según el Evangelio que acabáis de escuchar, queridísimos hermanos, el nacimiento del Rey del Cielo ha perturbado a un rey de la tierra, porque la grandeza terrenal se siente confundida cuando es revelada la majestad celestial. […]

Los Reyes Magos, en cambio, guiados por la estrella, encuentran al Rey que acaba de nacer, le entregan sus regalos y son alertados en sueños de que no debían volver a ver a Herodes. […]

Oro, incienso y mirra​

Le ofrecen oro, incienso y mirra. El oro es muy apropiado para un rey; el incienso suele ser presentado en sacrificio a Dios; y la mirra se usa para embalsamar los cuerpos de los difuntos.

Así pues, los Reyes Magos proclaman, por sus simbólicos regalos, quién es aquel a quien adoran. He aquí el oro: es un rey; he aquí el incienso: es un Dios; he aquí la mirra: es un mortal.

reyes magos

Hay herejes que creen en la divinidad de Cristo, pero no en su realeza universal; le ofrecen incienso, sin embargo, no quieren ofrecerle oro. Otros reconocen su realeza, aunque niegan su divinidad; le ofrecen oro, no obstante, se niegan a ofrecerle incienso.

Hay otros, en fin, que lo proclaman Dios y rey, pero rechazan que haya asumido carne mortal; le ofrecen oro e incienso, aunque no quieren ofrendarle con la mirra, símbolo de la condición mortal por Él adquirida.

Por nuestro lado, ofrezcámosle oro al Señor, confesando que reina en todas partes; ofrezcámosle incienso, proclamando que, habiendo nacido en el tiempo, es Dios desde antes de todos los tiempos; ofrezcámosle mirra, reconociendo que aquel a quien creemos impasible en su divinidad también ha sido mortal al asumir nuestra carne.

Sabiduría, oración y mortificación.

Con todo, el oro, el incienso y la mirra pueden ser entendidos de otra manera.

El oro simboliza la sabiduría, como atestigua Salomón: «Un tesoro deseable reposa en la boca del sabio» (Prov 21, 20, Septuaginta).

El incienso quemado en honor a Dios expresa el poder de la plegaria, según nos dice el salmista: «Suba mi oración como incienso en tu presencia» (Sal 140, 2).

En cuanto a la mirra, significa la mortificación de nuestra carne; es lo que declara la Santa Iglesia acerca de los que luchan por Dios hasta la muerte: «Mis manos destilaban mirra» (Cant 5, 5).

Por lo tanto, al Rey recién nacido le ofrecemos oro si a sus ojos resplandecemos del brillo de la sabiduría. Le ofrecemos incienso si, con ardorosa oración, consumimos nuestros pensamientos carnales en el altar de nuestro corazón, permitiendo así que nuestros deseos del Cielo eleven hasta Dios su agradable olor. Le ofrecemos mirra si mortificamos los vicios de la carne con nuestra abstinencia; pues la mirra, como hemos dicho, impide que la carne muerta se pudra.

Someter este cuerpo mortal a las depravaciones de la lujuria equivale a permitir que la carne muerta se corrompa. «Las bestias de carga se pudren en su inmundicia» (Jl 1, 17, Vulgata), afirma el profeta acerca de ciertos hombres, viniendo a significar que quien es carnal termina su vida en la fetidez de la lascivia.

Así pues, le ofrecemos mirra a Dios cuando, por los aromas de nuestra continencia, impedimos que la lujuria pudra este cuerpo mortal.

Por el orgullo, nos alejamos de nuestra patria.

Los Magos nos dan otra lección muy importante al regresar a su país por otro camino. En efecto, lo que hicieron cuando recibieron el aviso nos indica qué es lo que debemos hacer nosotros. Nuestro país es el Paraíso y, una vez que hemos conocido a Jesús, se nos prohíbe volver allí por el mismo camino que vinimos.

Nos alejamos de nuestra patria por el orgullo, por la desobediencia, por la ambición de los bienes terrenales y por la avidez de probar los frutos prohibidos. Para regresar a ella, nos son necesarias las lágrimas, la obediencia, el desprecio de los bienes terrenales y el dominio de los apetitos carnales.

Debemos, por tanto, volver por otro camino. Ya que a causa de los placeres nos alejamos de las alegrías del Paraíso, han de ser las lamentaciones las que nos reconduzcan a él.

Tengamos en vista la venida del Juez.

Es necesario, queridísimos hermanos, que, permaneciendo siempre temerosos y expectantes, tengamos ante los ojos del corazón, por una parte, nuestros pecados y, por otra, el extremo rigor del juicio.

Consideremos que ha de venir el implacable Juez. Nos amenaza con el terrible tribunal mientras permanece oculto. Causa pavor a los pecadores y aún así es paciente: si retrasa su venida, lo hace para que la condenación sea menor. Expiemos por las lágrimas nuestras faltas y, conforme a las palabras del salmista, «entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos» (Sal 94, 2).

No nos dejemos atrapar por los engaños de la voluptuosidad o seducir por las alegrías fútiles. Muy cerca está, de hecho, el Juez que afirmaba: «¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!» (Lc 6, 25). E igualmente decía Salomón: «Mezclada anda la risa con el llanto: el término del gozo es el dolor» (Prov 14, 13). Y también: «Llamé a la risa ‘locura’, y dije de la alegría: ‘¿Qué se consigue?'» (Ecl 2, 2). Y aún: «El sabio piensa en la casa en duelo, el necio piensa en la casa en fiesta» (Ecl 7, 4).

Tengamos gran temor de los preceptos de Dios a fin de que celebremos verdaderamente su solemne fiesta, pues el dolor que inspira el pecado cometido es inmolación grata a Dios, como lo atestigua el salmista: «El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado» (Sal 50, 19).

Nuestras culpas pasadas han sido lavadas por el Bautismo; pero después hemos cometido muchas otras y ya no podemos ser purificados por el agua de ese sacramento. Ya que incluso tras haberlo recibido hemos manchado nuestra vida, bauticémonos ahora con las lágrimas de nuestra conciencia. De esta forma, regresaremos a nuestra patria por otro camino. Si lo deleitable por su atractivo nos apartó de ella, que las amarguras nos lleven de vuelta mediante la penitencia, con el auxilio de nuestro Señor. 

San Gregorio Magno. Fragmentos de las Homilías sobre los Evangelios.

Homilía X, 6/1/591: PL 76, 1110-1114.

Comentarios

Los Caballeros de la Virgen organizaron un Encuentro de jóvenes en Riobamba por ocasión del feriado de Carnaval en la Casa de Retiros del Instituto de Hermanas Franciscanas Misioneras de la Inmaculada

El objetivo de este encuentro se basó en ayudar a los jóvenes en su formación espiritual, a  que aprendan a seguir el camino de la virtud, a practicar el bien y rechazar el mal y las tentaciones, pidiendo la ayuda y auxilio de la Santísima Virgen.

Siempre en un ambiente de alegría y respeto, los jóvenes participaron de varias actividades como: Eucaristías, Charlas, Rosario procesional, Juegos y una excursión a la montaña.

Uno de los momentos más especiales fue en la ceremonia de cierre y clausura del Encuentro. Se preparó un homenaje a la Santísima Virgen y se entregaron como recuerdo un bonito cuadro de Nuestra Señora con el Niño Jesús en los brazos.

Así se vivieron estos días inolvidables que lo recordaran con el pasar de los años. 

Santos

Alfonso Ratisbona, emparentado con la célebre familia Rothschild, tenía 27 años cuando , la Santísima Virgen se le apareció...

diciembre 26, 2021

La Medalla Milagrosa y la conversión de Alfonso Ratisbona

Alfonso Ratisbona, emparentado con la célebre familia Rothschild, tenía 27 años cuando un 20 de enero de 1842, la Santísima Virgen se le apareció y lo convirtió instantáneamente.
Hombre culto, rico y de elegante trato, relacionado con las altas esferas sociales, estaba de novio con una joven de su familia. Tenía frente a sí un futuro promisorio. De paso por Roma visitó, como turista, las ruinas históricas y numerosos monumentos e iglesias.
La víspera de su partida tenía que hacer, a contra gusto, una visita al Barón Teodoro de Bussières, hermano de un viejo conocido suyo. Para librarse del incómodo compromiso, decidió apuntar unas palabras de mera formalidad en su tarjeta de visita y dejarla con el portero. Sin embargo, como éste no entendió bien la pronunciación del extranjero, lo introdujo amablemente al salón y anunció su llegada al señor de casa.

Apóstol ardoroso y hábil

Católico practicante y apóstol ardoroso, recién convertido del protestantismo, Teodoro de Bussières no quiso dejar escapar la oportunidad de conquistar esa alma para Dios. Recibió con mucha cortesía al visitante y hábilmente condujo la conversación para hacerlo discurrir sobre sus paseos por la Ciudad Eterna. A cierta altura, Ratisbona dijo: “Visitando la Iglesia de Araceli, en el Capitolio, sentí una emoción profunda e inexplicable. El guía, dándose cuenta de mi perplejidad, preguntó qué sucedía y si acaso quería retirarme”.

Al oír esto, los ojos de Bussières brillaron de regocijo. Su interlocutor, notándolo, se apresuró a recalcar que dicha emoción nada tenía de cristiana. Y ante el contra argumento de que muy bien podría ser una gracia de Dios llamándolo a la conversión, el israelita, contrariado, le pidió no insistir en el asunto porque jamás se haría católico. “Pierde usted su tiempo. ¡Yo nací en la religión judía y en ella voy a morir!”, afirmó. La conversación caminaba a la discusión. En cierto momento, Bussières tuvo una singular idea, que seguramente muchos tildarían de locura. –Ya que usted es un espíritu tan superior y tan seguro de sí mismo, prométame llevar al cuello un obsequio que quiero darle.

–Veamos. ¿De qué se trata? – preguntó Alfonso.

–Simplemente, esta medalla – replicó el Barón, mostrándole la conocida Medalla Milagrosa.

Ratisbona reaccionó con sorpresa e indignación, pero Bussières añadió con calculada frialdad:

–Según su manera de pensar, esto debe serle perfectamente indiferente; y si acepta usarla, me proporcionará un gran placer.

–Está bien… La usaré. Esto me servirá como un capítulo pintoresco de mis notas e impresiones de viaje – asintió Alfonso, mofándose de la fe de su anfitrión.

Éste le colgó la medalla y, acto seguido, le propuso algo todavía más insólito: que rezara al menos una vez al día la oración “Acordaos, piadosísima Virgen María”, compuesta por San Bernardo.

Ratisbona se rehusó de forma categórica, considerando demasiado impertinente la proposición. Pero una fuerza interior movió a Bussières a insistir. Mostrándole la oración, le rogó que hiciera una copia de su propio pu ño y letra, para que cada uno conservara el ejemplar escrito por el otro, a la manera de un recuerdo.
Para librarse de la importuna insistencia, Ratisbona accedió, diciendo con ironía: “Está bien, voy a escribirla. Usted se quedará con mi copia, y yo con la suya”.

El poder de la oración

Cuando se retiró, Teodoro y su esposa se miraron en silencio. Preocupados con las blasfemias proferidas por Alfonso a lo largo de la conversación, pidieron perdón a Dios por él. Esa misma noche Bussières buscó a su íntimo amigo, el Conde Augusto de La Ferronays –católico fervoroso y embajador de Francia en Roma–, para contarle lo sucedido y pedir oraciones por la conversión de Ratisbona.

“Tenga confianza, que si él reza el ‘Acordaos’, la partida está ganada”– respondió La Ferronays, que rezó con empeño por la conversión del joven israelita; y existen indicios de que hasta haya ofrecido su vida por esa intención.

En cuanto a Alfonso, llegó fatigado al hotel y leyó la oración maquinalmente. Al día siguiente, descubrió sorprendido que la plegaria había tomado cuenta de su espíritu. Más tarde escribiría en su relato: “No podía defenderme. Esas palabras regresaban sin cesar, y yo las repetía continuamente”.

Entre tanto, Bussières fue a visitarlo al hotel. Un impulso profundo lo empujaba a seguir insistiendo, seguro que tarde o temprano Dios abriría los ojos de Alfonso. Al no encontrarlo, le dejó una invitación para volver a su casa por la mañana. Y el joven acudió a la cita, pero lo previno:

–Espero que no me venga con aquellas conversaciones de ayer. Sólo vine a despedirme, pues esta noche parto a Nápoles.

–¿Partir hoy? ¡Jamás! El lunes habrá un pontifical solemne en la Basílica de San Pedro, y usted tiene que ver al Papa oficiando.

–¿Qué me importa el Papa? Yo partiré – replicó Alfonso.

Bussières transigió, insistió, prometió llevarlo a otros sitios pintorescos de Roma y terminó por convencerlo de atrasar la partida.

Y así fue como estuvieron visitando palacios, iglesias, obras de arte. Aunque las conversaciones entre ambos fueron triviales, el infatigable apóstol tenía la convicción de que un día Alfonso sería católico, aunque debiera bajar un ángel del cielo para iluminarlo. Esa noche falleció inesperadamente el Conde de La Ferronays. Bussières marcó su encuentro con Ratisbona para la mañana siguiente frente a la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte. Cuando llegó, le comuni có el deceso del Conde y le pidió que

aguardara unos minutos dentro de la iglesia, mientras él iba a la sacristía para ocuparse de algunos detalles relativos a las exequias.

El joven hebreo permaneció de pie en el templo, mirando impávido en torno a sí, sin prestar atención. No podía pasar a la otra nave debido a las cuerdas y arreglos florales que obstruían el corredor.

Bussières regresó poco después, y al comienzo no pudo localizar a su amigo. Observando mejor, lo descubrió arrodillado frente al altar de San Miguel, bastante lejano al sitio donde lo había dejado. Se acercó y lo tocó varias veces, sin lograr que reaccionara. Finalmente, el joven se volvió hacia él, con el rostro bañado en lágrimas y las manos juntas, diciendo: “¡Oh, cuánto rezó este señor (La Ferronays) por mí!”

“¡Yo la vi! ¡La vi!”

Estupefacto, Bussières sentía la emoción del que presencia un milagro. Levantó solícitamente a Ratisbona, preguntando qué le pasaba y adónde quería ir. “Lléveme donde quiera; luego de lo que vi, yo obedezco” – fue la respuesta.

Aunque instado a explicarse mejor, Alfonso no lograba hacerlo. Pero se sacó del cuello la Medalla Milagrosa y la besó varias veces. Tan sólo pudo exclamar: “¡Ah, qué feliz soy! ¡Qué bueno es Dios! ¡Qué plenitud de gracias y de bondad!” Con una mirada radiante de felicidad, abrazó a su amigo y le pidió que trajera cuanto antes un confesor; preguntó también cuándo podría recibir el Bautismo, sin el cual, afirmaba, ya no conseguía vivir. Agregó que no diría nada más sin la autorización de un sacerdote, pues “lo que tengo que decir sólo puedo hacerlo de rodillas”.

Bussières lo condujo de inmediato a la iglesia de los jesuitas, donde el Padre Villefort lo indujo a explicar lo sucedido.

Alfonso se quitó la Medalla Milagrosa, la besó y se la mostró, diciendo emocionado: “¡Yo la vi! ¡La vi!”.

En seguida, más tranquilo, relató: “Llevaba poco tiempo en la iglesia cuando, de repente, me sentí dominado por una emoción inexplicable. Levanté los ojos. Todo el edificio había desaparecido de mi vista. Solamente una capilla lateral había, por decirlo así, concentrado la luz. Y en medio de ese esplendor apareció de pie sobre el altar, grandiosa, brillante, llena de majestad y dulzura, la Virgen María tal como está en esta medalla. Una fuerza irresistible me empujó hacia Ella. La Virgen me hizo una señal con la mano para que me arrodillara, y pareció decirme:

‘¡Está bien!’ No me habló, pero lo comprendí todo”.

El sacerdote pidió más detalles al feliz convertido, que agregó haber visto a la Reina de los Cielos en todo el esplendor de su belleza inmaculada, pero sin poder contemplar directamente su rostro. Tres veces intentó levantar la vista, pero sus ojos sólo llegaron a posarse en sus manos virginales, de las que brotaban rayos luminosos en su dirección. Era el 20 de enero de 1842.
Bautizado con el nombre de Alfonso María, el joven Ratisbona renunció a la familia, a la fortuna, a la brillante posición social, y se ordenó sacerdote.

Falleció en olor de santidad, tras una vida de intenso apostolado en Jerusalén.

El que visita la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte puede observar un cuadro grande y hermoso de la Virgen en el lugar exacto donde se apareció y produjo tan estupenda conversión.

Los italianos la llaman Madonna del Miracolo .

Oraciones

enero 3, 2022

Nosotros te agradecemos ¡Oh Madre del Buen Consejo!, por todas las gracias y favores concedidos en este día de lucha. Perdona nuestras infidelidades, acepta nuestra fatiga como merecida reparación por todas nuestras faltas. Danos un reposo favorecido por tus Santos Ángeles, bajo tu mirada pura y materna, a fin de que al día de mañana nos encontremos siempre dispuestos a luchar cada vez más por Ti y así amarte con fervor siempre creciente.

Así sea.

Plinio Corrêa de Oliveira

Espiritualidad

septiembre 9, 2021

Plinio Corrêa de Oliveira: El 3 de octubre se cumplen ya 25 años de su deceso, su figura es cada vez más mencionada, y por qué no decirlo, cada vez más reverenciada.

A esto ha contribuido poderosamente la biografía en cinco tomos escrita por Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, titulada “El don de la sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira”, editada por la Libreria Editrice Vaticana y que continúa su difusión en los más variados ambientes.

Su vida contada por quien convivió 40 años de cerca.

Mons. João no escribió esta obra como un mero estudioso admirativo que se vuelca sobre los hechos de una figura de relieve, sino que lo hace desde la autoridad de quien convivió por cerca de 40 años con aquel que apunta como su guía, inspirador y maestro.

El 13 de diciembre de 1908 nacía Plinio Corrêa de Oliveira, en San Pablo, Brasil, hijo de familias ilustres de Pernambuco y San Pablo.

Comienza el recorrido de la vida del Dr. Plinio con un primer tomo que Mons. João titula ‘Inocencia, el inicio de la Sabiduría’, mostrando cómo el alma del Dr. Plinio mantuvo inmaculada la candidez de los primeros años, acrecida con la fidelidad a las gracias del bautismo, además de un fuerte surto de gracias de orden místico.

En el tomo dos Mons. João recorre sus años de hombre joven, que lucha por acrisolar la fidelidad a la visión primera, que se convierte con asombrosa rapidez en uno de los mayores líderes católicos de su país, que es elegido como el diputado más joven y más votado del Brasil en la Constituyente de 1934, y que comienza a reunir en torno de sí a quienes constituirían el núcleo de su principal fundación, la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad.

Pero la biografía de Mons. João Clá no es un mero recuento de las muchas realizaciones del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, sino que los acontecimientos, batallas, victorias y fracasos van dando pie a que el autor desvende el caminar espiritual y las gigantescas riquezas de alma de aquel que la Providencia había destinado a una grandísima misión, que el fundador de los Heraldos del Evangelio no duda en calificar de profética.

Una vida marcada por el sacrificio

Asimismo Mons. João no duda en introducirse con veneración, respeto y agradecimiento en los muchos sufrimientos que el Dr. Plinio cargó sobre sus hombros, particularmente aquellos que le causaron sus hijos más cercanos, que en un momento determinado de su vida lo movieron a ofrecerse a la Virgen como víctima expiatoria, ofrecimiento que fue aceptado por la Providencia en terrible accidente automovilístico sufrido en el año de 1975, del que tuvo secuelas hasta su muerte.

Al poner de relieve estos sacrificios y cruces, cumple Mons. João una explícita indicación dada por el Dr. Plinio en vida, para quien quisiera abordar su biografía.

Mons. João describe el surgimiento de diversas instituciones en el seno de la obra del Dr. Plinio como la reunión del “MNF”, donde exponía su visión del Orden del Universo.

La “Reunión de Recortes” donde con base en el noticiario nacional e internacional hacía un diagnóstico de la lucha entre las fuerzas de la Revolución y la Contra-Revolución en el mundo y realizaba cumplidas previsiones.

Los “Santos del Día” en los que el Dr. Plinio formaba en los más diversos campos a sus seguidores más jóvenes y no solo; y las demás reuniones que se fueron constituyendo al interior de su comunidad.

Mons. João narra también la génesis, hace el resumen y cuenta las repercusiones de sus más importantes obras escritas, desde la configuración del periódico ‘El Legionario’, que llegó a tener la mitad del tiraje del mayor medio escrito del Brasil, pasando por “En Defensa de la Acción Católica”, que se constituyó un tremendo golpe a la infiltración y propagación del progresismo de ropaje católico y que le trajo una persecución brutal.

“Reforma Agraria: Cuestión de Conciencia”, que sencillamente evitó que el comunismo se adueñara de América Latina; “Revolución y Contra-Revolución”, verdadero manual sintético de filosofía y teología de la Historia, que explica a quien quiera escuchar cómo se fraguó el proceso de decadencia de la Civilización Cristiana, desde la Edad Media hasta nuestros días, y al mismo tiempo señala los principios que servirán de base para la restauración del Reino de Cristo en la Tierra. Y muchas más.

Narra también su vida de educador, tanto universitario como de secundaria, principalmente de Historia, y cómo sus aulas eran fuente de encanto y sabiduría para todos los que las asistían, quienes conservaron su recuerdo durante toda su vida.

Un hombre sorprendentemente y ricamente original.

El fundador de los Heraldos del Evangelio pone su lupa en sus muchas doctrinas originales, como por ejemplo lo que el Dr. Plinio llamó Revolución Tendencial, que se da a nivel de las pasiones humanas y que prepara las revoluciones de las ideas y de hechos.

Y describe cómo se fue destilando en su espíritu una verdadera nueva escuela espiritual, que al tiempo que ponía en la devoción eucarística y a la Virgen los pilares que la sustentaban, se encaminaba hacia Dios en la contemplación de la Creación, principalmente en las maravillas de este orden, donde se veía el reflejo de Dios, verdadera escalera rumbo al cielo.

Mons. João relata la adaptación que fue haciendo de su estilo a las nuevas generaciones que se iban sucediendo, en las que sabiamente percibió cambios substanciales desde el punto de vista psicológico, y muestra como la escuela espiritual fundada por el Dr. Plinio no solo era enteramente adecuada a esas nuevas realidades, sino que aquellos que quisieran hacer caso omiso de tales cambios, estarían muy probablemente destinados al fracaso en el apostolado.

En ese sentido formuló la muy importante ‘teoría del flash’, que está en la base del apostolado de los Heraldos del Evangelio. A todos los anteriores asuntos – entre varios otros temas – se destinan los tomos tercero y cuarto de la obra de Mons. João Clá sobre el Dr. Plinio.

En el tomo quinto, Mons. João Clá recorre los últimos años de la vida del Dr. Plinio, sus postreras batallas y sus últimos cálices, las plenitudes que iba alcanzando, y de cómo iba terminando de sentar las bases de lo que fue el deseo de toda su vida, la constitución de una orden de caballería que combatiese la revolución en lo que esta tenía de más profundo y fuese sustento, modelo y semilla de un orden humano regido por la doctrina de Cristo, el Reino de María.

Sorprende que a 25 años de su fallecimiento, el interés por sus escritos, su vida, su doctrina, su espiritualidad, no haga sino crecer. Esto también puede ser tomado como una señal de que el cielo desea su ‘inmortalidad’, y que en la profundización en la historia de este hombre se hallará suma fecundidad para iluminar y regar los siglos futuros.

Por Saúl Castiblanco Redacción (02/10/2020 13:18, Gaudium Press)

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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