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Espiritualidad

Todos los Santos y Fieles Difuntos

La sabiduría de la Iglesia propone a los fieles el 1 de noviembre el recuerdo de todos "los elegidos que se encuentran en la gloria de Dios", hayan sido ellos canonizados oficialmente o no

La Iglesia reserva el día primero de noviembre para cada año celebrar la solemnidad litúrgica de Todos los Santos.

En esta ocasión la sabiduría de la Iglesia propone a los fieles el recuerdo de todos «los elegidos que se encuentran en la gloria de Dios», hayan sido ellos canonizados oficialmente o no.

Todos los Santos

Ya en el siglo IV, las Iglesias de Oriente iniciaron la promoción de celebraciones conjuntas que recordaban y conmemoraban a todos los Santos. Era recomendado que estas celebraciones debiesen ser durante las alegrías de la Pascua o en la semana que la siguiese.

En el Occidente la introducción de estas celebraciones fueron hechas un poco más tarde.

Esta devoción fue introducida por el Papa Bonifacio IV al dedicar a la Santísima Virgen y a todos los mártires el Panteón de Roma, en el día 13 de mayo del año 610, cuando, a partir de entonces, la conmemoración fuese realizada anualmente.

Entonces, por todo el mundo, la solemnidad pasó a ser conmemorada, en fechas diferentes, pero teniendo todas las celebraciones un contenido idéntico.

La fecha de 1º de noviembre fue adoptada por primera vez en Inglaterra, en siglo VIII y, a los pocos, se esparció por el imperio de Carlos Magno que se tornó obligatoria en el reino de los Francos en el tiempo del Rey Luis, el Piadoso, en el año 835.

Todo lleva a creer que el acto del Emperador Carlos Magno haya sido el acatamiento de un pedido a el hecho por el Papa Gregorio IV (790-844).

Todos los santos

Celebración de los Fieles difuntos

Desde el segundo siglo, los cristianos habían iniciado la práctica de rezar por los fallecidos.

Era muy común visitar las tumbas de los mártires y rezar por aquellos que los precedieron derramando su sangre en defensa de la Fe.

La Iglesia, ya en el siglo V, dedicaba un día del año a rezar por todos los muertos para los cuales nadie rezaba y de los cuáles nadie se acordaba.

Fue el Abad de Cluny, San Odilón, quién determinó hacia el final del primer milenio, en el año 998 que, en todos los monasterios de su Orden, en la fecha del 2 de noviembre, fuese realizada la evocación de todos los fallecidos «desde el principio hasta el fin del mundo».

Por el siglo XI los Papas Silvestre II (1009), Juan XVII (1009) y León IX (1015) recomiendan a toda la comunidad cristiana a dedicar un día a los muertos.

En el siglo XIII ese día anual pasa a ser conmemorado el 2 de noviembre, porque el 1º de noviembre es la Fiesta de Todos los Santos.

La costumbre de conmemorar los fieles difuntos se generalizó y fue oficializada por Roma en el siglo XIV.

En el siglo XV la Iglesia concedió a los frailes dominicos de Valencia, en España, el privilegio de celebrar tres Misas en este día. Esta práctica se difundió por los dominios de España y Portugal y también en Polonia.

Más recientemente, todavía durante la I Guerra Mundial, el Papa Benedicto XV, en el año 1915, generalizó ese privilegio para toda la Iglesia.

Doctrina Católica

La doctrina católica evoca algunos pasajes bíblicos para fundamentar su posición: Tobías 12,12; Job 1,18-20; Mt 12,32 y II Macabeos 12,43-46, y se apoya en la tradición de una práctica piadosa ya dos veces milenaria.

Comentarios

Misiones

El sector juvenil de los Heraldos del Evangelio en Quito organizó un paseo con familias a las Lagunas de Mojanda.

enero 3, 2022

El sector juvenil de los Caballeros de la Virgen en Quito organizó un paseo con familias a las Lagunas de Mojanda que se encuentran a una hora y media hacia el norte de Quito por el sector de Tabacundo.
 
La actividad inició con la celebración de la Santa Misa al aire libre. El Padre Jorge Luis Villalba E.P. señaló durante la homilía la importancia de elevar nuestras almas a Dios a través de la contemplación, en especial, la contemplación de las obras de la creación para remitirnos al creador. Contemplar también es una manera de oración.
 
Luego de la Eucaristía, se realizaron actividades deportivas donde participaron tanto hijos como padres. Las bendiciones de Dios y de su Madre Santísima se hicieron sentir en cada momento.

Destacados, Historia y Creación

A semejanza del Rey del Universo, que nació en una gélida gruta y murió crucificado por los jefes del mundo, Luis XVII inició su reinado en una prisión.

mayo 21, 2022

París, 21 de enero de 1793. El redoble de los tambores suena por toda la ciudad, acompañado del bramido de una multitud sedienta de sangre. De repente, un espantoso silencio se apodera de la plaza cuando el criminal llega al cadalso.

¿Criminal? Sí. ¿Qué ley había quebrantado? La ley que «la libertad, la igualdad y la fraternidad» habían impuesto a la nación: la monarquía era «opresora» y, por tanto, debía ser exterminada. El «crimen» de este reo consistía en ser rey de Francia, razón por la cual estaba siendo tratado como el peor de los delincuentes.

El silencio se prolonga unos instantes más en la plaza, pues en los corazones de los franceses allí presentes, por increíble que parezca, aún palpitan restos de respeto por la jerarquía y de amor a la nobleza. Meses antes aclamaban con entusiasmo al rey Luis XVI, al cual ahora contemplan siendo entregado a la muerte, para luego comparecer ante el justo juicio de Dios.

Se produce un último toque de tambores y la implacable cuchilla de la guillotina cae sobre la cabeza del infeliz monarca.

El «vino bueno» de la realeza francesa

Para unos, la noticia de la muerte del rey les causó terror y consternación; para otros, fue motivo de bailes y canciones, que rápidamente culminaron en verdaderas orgías, propias a la vileza de espíritu que la Revolución francesa propagaba entre sus adeptos.

Sin embargo, la mano de Dios, que tan bondadosamente había conducido a la Hija primogénita de la Iglesia a lo largo de los siglos —desde el Bautismo de Clodoveo, atravesando el reinado del gran Carlos y regocijándose con la virtud de San Luis IX, hasta llegar a aquel horrible día—, no se había apartado de ella. Estaba reservado para Francia, así como para toda la Historia, el «vino bueno» de su realeza: ¡un niño!

Sí, un niño, que lloraba amargamente la pérdida de su padre y yacía prisionero abrazado a su madre, desde entonces una pobre viuda. Sobre este jovencito de tan sólo 7 años recaía el manto de los Reyes Cristianísimos, el cual, a su vez, crecería en dignidad al cubrir a un crío inocente coronado por el dolor y por el martirio.

El delfín Louis-Charles, nacido el 27 de marzo de 1785, hijo de la ilustre princesa de Austria y reina de Francia, María Antonieta, y del rey Luis XVI, ya estaba siendo aclamado como Luis XVII por todas las naciones de Europa y por los franceses que se mantenían fieles a la monarquía.

Un reinado marcado por la fidelidad en medio de la tragedia

«Vive le Roi ! Vive Louis XVII !», era el grito que resonaba en las tropas católicas de la Vendée y en el ejército del duque de Condé. Sin embargo, a semejanza del Rey del Universo, que nació en una gélida gruta perseguido por los jefes del mundo, el pequeño Luis XVII vivió los primeros días de su reinado en una prisión, cargando sobre sí el pesado yugo del odio y de la indignación revolucionaria.

Sabían los fautores de la Revolución que por este niño pasaba la hebra dorada de la realeza de Francia, cuya monarquía casi legendaria había impregnado con su perfume los siglos de la cristiandad. Y sabían, por tanto, que la historia del pequeño monarca definiría el futuro de Europa y de la civilización cristiana.

Ante su deseo de derrumbar cualquier tradición sana, llevar a la ruina el orden establecido por la Santa Iglesia en las costumbres e implantar el caos y la igualdad en las almas y en los pueblos, planearon maquiavélicamente la misteriosa desaparición de ese joven rey. Para tal, comenzaron por separarlo de la única que podría ampararlo, sustentarlo y aconsejarlo en aquellas dramáticas circunstancias: su madre.

Durante la tragedia más sublime de la Historia de los hombres, la Pasión del Señor, se dio una escena lacerante y desgarradora: el encuentro de Jesús con su Madre y la solemne despedida de ambos en el Calvario. Después de entregarla al apóstol Juan, el divino Redentor expiró, separándose físicamente de aquella que, entre todas las criaturas, era la más amada de su Sagrado Corazón.

¿Quién puede hacerse una idea de los dolores que esa separación causó en el Inmaculado Corazón de María? ¡Nadie! Porque no ha habido una madre que amara tanto a su hijo como la Virgen Santísima amó al suyo, ¡que era Dios mismo!

Siglos después hubo una madre que —guardando las debidas proporciones— sufrió en la cárcel de la torre del Temple análogos dolores a los de Nuestra Señora al ver cómo le arrancaban de los brazos a su amado hijito, el delfín de Francia.

Llantos, amenazas, gritos y lamentaciones… Nada conmovió los corazones endurecidos de aquellos revolucionarios. Al ver que todos sus esfuerzos caían en el vacío, María Antonieta, cuya rubia cabellera se había vuelto blanca por los horribles sufrimientos de la prisión, comprendió, finalmente, que aquel tormento era permitido por Dios por razones que ella no lograba entender. Recordando el martirio supremo que Él mismo había abrazado por amor a los hombres, se armó del valor que había animado a la Santísima Virgen a estar de pie ante su Hijo agonizante y, con santo heroísmo, le dijo al pequeño: «Pues sí, hijo mío, hay que obedecer; hay que hacerlo».1 Con su corazón materno traspasado de dolor, soltó la mano del niño, el cual acabó aceptando que su elevada condición de rey le exigía, en ese momento, un cruel padecimiento.

Era necesario, de hecho, que un inocente sufriera por el pecado de su pueblo. Así, arrancado lejos del cariño y de los cuidados maternos, Luis XVII inició su doloroso calvario.

Cruel y lento martirio de Luis XVII, padecido con santidad

Llevado a otro compartimento de la torre del Temple, el delfín fue entregado en las manos de Simón, el zapatero, un «fiel patriota», dado a la borrachera y a las más depravadas costumbres. Este individuo sería el «educador» de Luis XVII, que tan sólo tenía 8 años.

Aprovechándose de su pueril ingenuidad, el zapatero le enseñaba canciones revolucionarias y lo embriagaba en numerosas ocasiones para que pronunciara injurias a la corona y firmara documentos que favorecía al nuevo «Gobierno» francés.2

Es difícil describir en pocas líneas la condición lastimosa en que los malos tratos de Simón habían dejado al pequeño rey… Su salud quedó profundamente afectada; su fisonomía, antes dulce y sonriente, se vio marcada por la tristeza, y su semblante, enflaquecido y pálido; sus miembros alargados y desproporcionados, su espalda, curvada, y su postura, abatida.3

No obstante, la personalidad del joven Luis se mantenía firme. En los momentos de lucidez, se oponía enérgicamente a cualquier sugerencia de Simón y por eso era castigado con injurias furibundas, bofetadas, patadas e incluso agresiones bastante violentas, como la de ser agarrado y sacudido en el aire hasta dejarle todo el cuerpo descoyuntado.4

La cólera del impío zapatero estaba tan descontrolada que un día, al constatar que no conseguiría de ninguna forma obligar al niño a decir un «¡Viva la República!», lo tuvo que sujetar un conocido, que allí estaba presente, para que no acabara matándolo a base de golpes…

Delante de tanto horror, empero, el delfín daba constantes muestras de virtud y paciencia. Un ejemplo conmovedor se dio a propósito del hecho recién narrado. Cuenta la Historia que, «al día siguiente, cuando ese mismo conocido regresó a los aposentos de Simón fue sorprendido por parte de Luis XVII con el obsequio de una manzana, quien le dijo que había guardado el postre de la víspera para dársela de regalo en agradecimiento por haberle salvado la vida».5 De hecho, a pesar de estar exhausto por las torturas y por la prisión, el joven rey jamás perdió su nobleza de alma y de sangre; al contrario, el sufrimiento no hizo más que refinar en su corazón esas cualidades.

En muchas otras circunstancias Luis XVII brilló ante Dios por sus piadosas disposiciones. Una vez, Simón lo pilló rezando de madrugada arrodillado sobre su catre; al día siguiente, al ver al pequeño orando de nuevo, el bruto zapatero le sorprendió por la espalda con una palangana de agua helada que lo dejó completamente empapado, así como su cama. En otra ocasión, dio muestras de profundo desapego de sí mismo cuando, al ser interrogado sobre qué haría si los vandeanos restauraran el trono de Francia, respondió: «Te perdonaría».6 La prueba más grande de su virtud, sin embargo, se encuentra sin duda en que «nunca formuló la mínima censura, ni la más leve acusación contra quienes lo habían torturado».7

Este joven rey fue un auténtico mártir de cuerpo y, ante todo, de alma. Su fidelidad a Dios y a Francia, en medio de tantos tormentos, marcó la Historia para siempre.

Nuevas y más lancinantes pruebas…

Como la Revolución siempre engaña a sus agentes, un cambio de poderes llevó al propio Simón a la guillotina. Entonces al pequeño delfín, casi destrozado por tantos malos tratos y con la salud enteramente depauperada, lo echaron en otra prisión y lo dejaron allí olvidado como enterrado vivo. Durante seis largos meses estuvo únicamente bajo la vigilancia de unos guardias. Ya había combatido, con el mismo heroísmo de sus antepasados, la influencia pecaminosa y satánica de Simón; ahora, tendría que enfrentar adversarios aún más crueles: el abandono, la soledad y el miedo.

Empezaba un nuevo «martirio incesante, de corazón y de espíritu, profundo y lancinante, totalmente inefable, conmovedor para todos, pero que sólo Dios pudo conocer. Aparentemente, al menos, no podía haber dejado de sentirse abandonado por los ángeles y por los suyos y entregado, indefenso, al odio, a la crueldad bárbara y a la grosería injuriosa de sus enemigos que no buscaban otra cosa que destruirlo a él y, en él, Francia, de la cual era su encarnación».8

¿Quién puede desvelar las enormes luchas interiores que esta joven alma libró en su soledad? El tiempo que pasó en prisión le parecía una eternidad… Los fantasmas del pavor atormentaban su tierno corazón y la angustia se apoderaba de su ser, antes tan lleno de fuerza y de coraje. Su cortísima vida se asemejaba a la peor de las pesadillas: alejado del respeto, las pompas y los honores a los que tenía derecho, sin la mínima ocupación que lo pudiera distraer, sin una palabra siquiera que lo animara y, sobre todo, sin nadie que lo amparara en aquella dura situación. Sus días transcurrían como años; y los meses, como décadas…

No obstante, mientras la Revolución esparcía el terror por Francia, la sangre de este rey, víctima de su propio pueblo, era presentada a Dios cual ofrenda de suave e irresistible olor.

Oprobio de la nación, cargó hasta la muerte con los pecados de su pueblo

Los meses pasaban y la dirección del Gobierno tomó, nuevamente, otros rumbos. Los responsables por el delfín —ahora menos radicales y odiosos—, al ver su espantoso estado, iniciaron los procedimientos para su recuperación. Pero la salud del niño estaba tan debilitada que los esfuerzos de los médicos fueron inútiles, que sólo sirvieron para prolongar su agonía…

Hay una lacerante frase de las Escrituras que se aplica al divino Llagado: «Soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 7). Aquel joven rey de Francia, a semejanza de Cristo, tenía el cuerpo cubierto de úlceras, irreconocible, y no podía moverse sin dolor. Habiéndose convertido, como Jesús, en el oprobio de su nación, cargaba igualmente sobre sí los pecados de su pueblo. Por amor a los suyos, había de sorber hasta el final el cáliz que le había sido destinado.

En junio de 1795 llegaba, por fin, la postrera hora del pequeño mártir. En su lecho, con intensos dolores por todo el cuerpo, su fisonomía se volvió de repente plácida y serena. Uno de los que lo acompañaban, sujetándole la mano, le decía: «Espero que no estéis sufriendo en este momento…». Y recibió una respuesta llena de unción: «¡Oh, sí! Aún sufro, pero mucho menos: ¡la música es tan bonita!». Sorprendido y lleno de compasión, su acompañante le preguntó de qué parte venía la música, y le contestó: «¡De lo alto! ¡De entre todas las voces, he reconocido la de mi madre!».9

Poco después hubo relevo de carceleros. Cuando el nuevo guardia se acercó y percibió que el niño se encontraba en los últimos momentos de su existencia le preguntó cómo se sentía. El pobre huerfanito, insistiendo en lo que había dicho anteriormente, le respondió: «¿Crees que mi hermana ha podido escuchar la música? ¡Qué bien le habría hecho!».10 Ante tanta inocencia y nobleza de alma, del corazón de los que lo acompañaban brotó un respetuoso silencio.

Pasados unos instantes, con los ojos brillantes y bien abiertos, dando la impresión de estar en un éxtasis, el joven rey se incorporó con mucha dificultad y dijo: «Tengo que decir una cosa…».11 Pero las fuerzas lo dejaron y los hombres no fueron dignos de oír las últimas palabras concebidas por su virginal corazón; quedaron como un secreto precioso que Dios quiso reservarse para sí. Con mucha calma, el niño recostó nuevamente la cabeza y entregó su alma al Sagrado Corazón de Jesús, aquel que, hacía más de cien años, había concedido a los soberanos de Francia el privilegio de su amistad, de su amor y de su predilección. Era el 8 de junio de 1795.

Finalmente, ¡los Cielos lo acogieron!

Ciertamente, el pequeño rey mártir enseguida pudo encontrar el consuelo y el reposo de todos sus tormentos en los brazos de Nuestra Señora. A este hijo de tantos dolores, a este heredero de tantos tesoros, a este guerrero que concentró en sí los más bellos y osados heroísmos de su linaje, María Santísima, Madre de Misericordia, no podría dejar de abrirle, con ternura, las puertas del Paraíso.

Aunque no ha sido beatificado por la Iglesia, Luis XVII es merecedor de toda nuestra admiración, nuestro arrobo y nuestro encanto, pues dejó un sublime ejemplo para los siglos futuros. Al aceptar con heroica grandeza sufrimientos muy por encima de sus fuerzas y soportar en beneficio de la nación los tormentos que ella misma le había infligido, nos enseñó a proceder como otros Cristos cuando los vientos de la tragedia golpean las puertas de nuestra alma. ◊

Autor: Hna. Patricia Victoria Villegas, EP

Revista Heraldos del Evangelio Año XIX. N.º 215. Junio 2021

 

Notas:
1 ESCANDE, OP, Renaud (Dir.). O livro negro da Revolução Francesa. Lisboa: Alêtheia, 2010, p. 134.
2 Cf. Ídem, p. 137.
3 Cf. BEAUCHESNE, Alcide de. Louis XVII, sa vie, son agonie, sa mort. Captivité de la famille royale au Temple. 8.ª ed. Paris: Hachette, 1871, v. II, p. 163.
4 Cf. ESCANDE, op. cit., pp. 137-138.
5 Ídem, p. 138.
6 Ídem, p. 136.
7 Ídem, p. 143.
8 Ídem, p. 141.
9 Cf. BEAUCHESNE, op. cit., pp. 324-325.
10 Cf. Ídem, p. 325. Referencia a María Teresa Carlota, Madame Royale, hermana mayor de Luis XVII y, como él, prisionera en uno de los compartimentos de la torre del Temple.
11 Ídem, ibídem.

Espiritualidad

septiembre 9, 2021

Plinio Corrêa de Oliveira: El 3 de octubre se cumplen ya 25 años de su deceso, su figura es cada vez más mencionada, y por qué no decirlo, cada vez más reverenciada.

A esto ha contribuido poderosamente la biografía en cinco tomos escrita por Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, titulada “El don de la sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira”, editada por la Libreria Editrice Vaticana y que continúa su difusión en los más variados ambientes.

Su vida contada por quien convivió 40 años de cerca.

Mons. João no escribió esta obra como un mero estudioso admirativo que se vuelca sobre los hechos de una figura de relieve, sino que lo hace desde la autoridad de quien convivió por cerca de 40 años con aquel que apunta como su guía, inspirador y maestro.

El 13 de diciembre de 1908 nacía Plinio Corrêa de Oliveira, en San Pablo, Brasil, hijo de familias ilustres de Pernambuco y San Pablo.

Comienza el recorrido de la vida del Dr. Plinio con un primer tomo que Mons. João titula ‘Inocencia, el inicio de la Sabiduría’, mostrando cómo el alma del Dr. Plinio mantuvo inmaculada la candidez de los primeros años, acrecida con la fidelidad a las gracias del bautismo, además de un fuerte surto de gracias de orden místico.

En el tomo dos Mons. João recorre sus años de hombre joven, que lucha por acrisolar la fidelidad a la visión primera, que se convierte con asombrosa rapidez en uno de los mayores líderes católicos de su país, que es elegido como el diputado más joven y más votado del Brasil en la Constituyente de 1934, y que comienza a reunir en torno de sí a quienes constituirían el núcleo de su principal fundación, la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad.

Pero la biografía de Mons. João Clá no es un mero recuento de las muchas realizaciones del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, sino que los acontecimientos, batallas, victorias y fracasos van dando pie a que el autor desvende el caminar espiritual y las gigantescas riquezas de alma de aquel que la Providencia había destinado a una grandísima misión, que el fundador de los Heraldos del Evangelio no duda en calificar de profética.

Una vida marcada por el sacrificio

Asimismo Mons. João no duda en introducirse con veneración, respeto y agradecimiento en los muchos sufrimientos que el Dr. Plinio cargó sobre sus hombros, particularmente aquellos que le causaron sus hijos más cercanos, que en un momento determinado de su vida lo movieron a ofrecerse a la Virgen como víctima expiatoria, ofrecimiento que fue aceptado por la Providencia en terrible accidente automovilístico sufrido en el año de 1975, del que tuvo secuelas hasta su muerte.

Al poner de relieve estos sacrificios y cruces, cumple Mons. João una explícita indicación dada por el Dr. Plinio en vida, para quien quisiera abordar su biografía.

Mons. João describe el surgimiento de diversas instituciones en el seno de la obra del Dr. Plinio como la reunión del “MNF”, donde exponía su visión del Orden del Universo.

La “Reunión de Recortes” donde con base en el noticiario nacional e internacional hacía un diagnóstico de la lucha entre las fuerzas de la Revolución y la Contra-Revolución en el mundo y realizaba cumplidas previsiones.

Los “Santos del Día” en los que el Dr. Plinio formaba en los más diversos campos a sus seguidores más jóvenes y no solo; y las demás reuniones que se fueron constituyendo al interior de su comunidad.

Mons. João narra también la génesis, hace el resumen y cuenta las repercusiones de sus más importantes obras escritas, desde la configuración del periódico ‘El Legionario’, que llegó a tener la mitad del tiraje del mayor medio escrito del Brasil, pasando por “En Defensa de la Acción Católica”, que se constituyó un tremendo golpe a la infiltración y propagación del progresismo de ropaje católico y que le trajo una persecución brutal.

“Reforma Agraria: Cuestión de Conciencia”, que sencillamente evitó que el comunismo se adueñara de América Latina; “Revolución y Contra-Revolución”, verdadero manual sintético de filosofía y teología de la Historia, que explica a quien quiera escuchar cómo se fraguó el proceso de decadencia de la Civilización Cristiana, desde la Edad Media hasta nuestros días, y al mismo tiempo señala los principios que servirán de base para la restauración del Reino de Cristo en la Tierra. Y muchas más.

Narra también su vida de educador, tanto universitario como de secundaria, principalmente de Historia, y cómo sus aulas eran fuente de encanto y sabiduría para todos los que las asistían, quienes conservaron su recuerdo durante toda su vida.

Un hombre sorprendentemente y ricamente original.

El fundador de los Heraldos del Evangelio pone su lupa en sus muchas doctrinas originales, como por ejemplo lo que el Dr. Plinio llamó Revolución Tendencial, que se da a nivel de las pasiones humanas y que prepara las revoluciones de las ideas y de hechos.

Y describe cómo se fue destilando en su espíritu una verdadera nueva escuela espiritual, que al tiempo que ponía en la devoción eucarística y a la Virgen los pilares que la sustentaban, se encaminaba hacia Dios en la contemplación de la Creación, principalmente en las maravillas de este orden, donde se veía el reflejo de Dios, verdadera escalera rumbo al cielo.

Mons. João relata la adaptación que fue haciendo de su estilo a las nuevas generaciones que se iban sucediendo, en las que sabiamente percibió cambios substanciales desde el punto de vista psicológico, y muestra como la escuela espiritual fundada por el Dr. Plinio no solo era enteramente adecuada a esas nuevas realidades, sino que aquellos que quisieran hacer caso omiso de tales cambios, estarían muy probablemente destinados al fracaso en el apostolado.

En ese sentido formuló la muy importante ‘teoría del flash’, que está en la base del apostolado de los Heraldos del Evangelio. A todos los anteriores asuntos – entre varios otros temas – se destinan los tomos tercero y cuarto de la obra de Mons. João Clá sobre el Dr. Plinio.

En el tomo quinto, Mons. João Clá recorre los últimos años de la vida del Dr. Plinio, sus postreras batallas y sus últimos cálices, las plenitudes que iba alcanzando, y de cómo iba terminando de sentar las bases de lo que fue el deseo de toda su vida, la constitución de una orden de caballería que combatiese la revolución en lo que esta tenía de más profundo y fuese sustento, modelo y semilla de un orden humano regido por la doctrina de Cristo, el Reino de María.

Sorprende que a 25 años de su fallecimiento, el interés por sus escritos, su vida, su doctrina, su espiritualidad, no haga sino crecer. Esto también puede ser tomado como una señal de que el cielo desea su ‘inmortalidad’, y que en la profundización en la historia de este hombre se hallará suma fecundidad para iluminar y regar los siglos futuros.

Por Saúl Castiblanco Redacción (02/10/2020 13:18, Gaudium Press)

Destacados, Espiritualidad

A semejanza de un jardín, la vida espiritual requiere un cuidado continuo, pues los defectos pueden nacer en los lugares más recónditos y de las formas más inesperadas.

agosto 26, 2022

Una de las más célebres divisas de la filosofía antigua es, ciertamente, «conócete a ti mismo». Este aforismo, atribuido al filósofo ateniense Sócrates, nos lleva a prestar atención en una verdad poco recordada, en general: la importancia de considerarnos siempre según nuestro valor real.

Un episodio de la vida del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira podrá ayudarnos a comprenderlo mejor.

¿Qué diferencia al hombre libre de un delincuente?

Desde muy joven, el Dr. Plinio brilló por su talento como orador y por tal motivo era llamado con frecuencia a que hiciera discursos en ambientes de los más variados. En una ocasión lo invitaron a que diese una conferencia de preparación para la Comunión Pascual en la Penitenciaría de Carandiru, antigua prisión de la ciudad de São Paulo, experiencia bastante inusual para quien provenía de la alta sociedad paulista y se había acostumbrado a la convivencia en círculos aristocráticos.

Penitenciaría de Carandiru,
São Paulo (Brasil)

A la entrada, enseguida uno de los directores de la cárcel le advirtió sobre los riesgos existentes en aquel sitio y le recomendó vigilancia. De cualquier manera, el joven conferenciante ingresó allí decidido, especialmente atraído por la oportunidad que se le presentaba de poner en práctica su propensión hacia el análisis psicológico.

Y cuál no fue su sorpresa al encontrarse, detrás de las rejas, con fisonomías muy semejantes a las de las personas que veía todos los días circulando por las calles, más de lo que imaginaba… Discernió, al mismo tiempo, que estas se diferenciaban de los detenidos en un punto específico, el cual le vino a la mente durante el discurso, a la manera de conclusión inequívoca:

Penitenciaría de Carandiru:
algunos presos en la década de 1930

los individuos libres hacían, aunque discreta e imperfectamente, breves exámenes de conciencia a lo largo de sus vidas; los que estaban en la prisión, por el contrario, nunca se habían analizado así, lo que les llevó a caer en los crímenes por los cuales sufrían un justa pena.

Según una comparación que hacía el propio Dr. Plinio, las faltas se asemejan a cargas de pólvora que se acumulan en nuestras almas: quien nunca se analiza, corre el riesgo de que el peligroso material vaya aumentando en tal cantidad que una pequeña chispa acabe detonando un desastre inimaginable

Excelente medio de progreso espiritual

Alguien podría objetar que los ejercicios de piedad y de perfección espiritual —entre ellos el examen de conciencia—, o incluso los sacramentos, suenan hoy a anacrónicos. No obstante, tal juicio nace, muy probablemente, de la mala comprensión de esas prácticas saludables.

En palabras de cierto sacerdote jesuita, «para combatir la muerte, comemos todos los días; para reparar la fatiga, dormimos. ¡Este doble remedio es muy antiguo! ¿Vas a dejarlo de lado so pretexto de ser una antigualla?»1

Ahora bien, si tenemos a nuestra disposición medios excelentes, de eficacia jamás contestada, para progresar en la vida sobrenatural, ¿por qué no nos valemos de ellos?

El alma humana: ¿con qué compararla?

Mucho se engaña quien piensa que nuestra alma es como un vehículo que sólo de vez en cuando necesita una revisión… La vida espiritual, por el contrario, se asemeja a un jardín que requiere un cuidado continuo, pues los defectos pueden nacer en los lugares más recónditos y de las formas más inesperadas.

Los que ya se han dedicado a la botánica conocen muy bien cierto tipo de planta especialmente combatida: la maleza. Sobre todo, en países tropicales, cuyo suelo fertilísimo da hasta lo que no se espera, ¡esos vegetales «enemigos» se propagan con una rapidez espantosa!

Una gran analogía podemos establecer entre esa realidad natural y el alma humana. Si no tomamos cuidado, los vicios sofocan las flores y los frutos de la virtud y vuelven nuestras almas semejantes «a la tierra del perezoso» descrito en el Libro de los Proverbios:

«Pasé junto al campo del holgazán, crucé por la viña del insensato: todo lo tapaban los espinos, la maleza cubría su extensión; la cerca de piedra, por el suelo. Al verlo me puse a pensar; al mirarlo saqué esta lección: duermes a ratos o cabeceas, cruzas los brazos y a descansar, y te llega la miseria del vagabundo, te sobreviene la pobreza del mendigo» (24, 30-34).

Jardín del palacio de Versalles (Francia)

Ante esta implacable realidad, tenemos a nuestro alcance el auxilio del examen de conciencia que, si es bien hecho —y no sólo semanal o mensual, sino diariamente—, puede alcanzar grandes y excelentes resultados. Unos pocos minutos son suficientes para hacer con provecho un análisis cotidiano de nuestra propia conciencia.

El examen general de la conciencia

En su libro Ejercicio de perfección y virtudes cristianas —obra que, en el decir de San Antonio María Claret, había llevado más almas al Cielo que estrellas tiene el firmamento2— el P. Alonso Rodríguez, de la Compañía de Jesús, nos ofrece un primoroso tratado sobre el examen de conciencia, con enseñanzas de índole eminentemente ignaciana.3 Entre ellos está la distinción entre el examen general y el particular.

El examen general versa sobre todas las acciones de un día o de un período. Es el que hacemos antes de la confesión sacramental. Consta de cinco puntos o partes.

Al recogernos para hacerlo, en primer lugar, damos gracias a Dios por los beneficios recibidos —cosa muy útil para contrastar la bondad y liberalidad de Nuestro Señor para con nuestra maldad e indolencia.

Después le pedimos que nos auxilie a conocer nuestras faltas y pecados.

El Dr. Plinio utilizaba un ejemplo muy peculiar para evidenciar la importancia de analizarnos con exactitud: no existe un cirujano en el mundo que ose hacer una operación en la oscuridad; y cuando se trata del examen de conciencia, somos al mismo tiempo cirujanos y pacientes.

Por eso debemos pedir —por cierto, no solamente en ese momento, sino continuamente— la gracia de ser iluminados para conocernos bien: «Señor, que recobre la vista» (Lc 18, 41). ¿Cómo, pues, habremos de corregir defectos que no conocemos o conocemos mal?

El tercer paso consiste en la consideración de las faltas cometidas desde la última confesión; el cuarto, en la petición de perdón a Dios, nuestro Señor, por nuestras culpas, condoliéndonos y arrepintiéndonos de ellas.

Podemos repasar los Mandamientos o los consejos evangélicos con el auxilio de una lista o un elenco de faltas, encontrando dónde caímos y ofendimos a Dios.

Finalmente, hacemos propósito de no pecar más, con el auxilio de la gracia divina, y terminamos con alguna oración breve —un padrenuestro o una avemaría, por ejemplo.

Jerarquía de valores

Conviene destacar que toda la fuerza de este examen se halla en los dos últimos puntos: el arrepentimiento sincero y la decisión de no pecar más.

De ellos nos vienen los más preciosos frutos de perfección que tal hábito puede proporcionarle al alma y, dígase de paso, se trata de dos exigencias indispensables para el sacramento de la confesión.

La finalidad del examen general, como defiende el P. Garrigou-Lagrange,4 no está principalmente en la enumeración completa y exhaustiva de faltas veniales, sino en el ver y acusar con sinceridad el principio del cual ellas derivan para nosotros.

Al respecto, el Dr. Plinio afirma: «Un examen de conciencia bien hecho debe incluir no sólo los actos pecaminosos, sino las tendencias que nos llevan a practicar esos actos.

Porque es necesario cortar la raíz del mal, para que el mal no suceda».5

El P. Alonso Rodríguez6 —y aquí nos remitimos una vez más a las figuras del reino vegetal— explica que si arrancamos la raíz de la mala hierba, enseguida toda la planta se marchitará y secará.

Pero si solamente podamos las ramas y dejamos las raíces en la tierra, en poco tiempo tornará a brotar y crecer más.

El examen particular

Por otra parte, se suele decir que «quien mucho abarca, poco aprieta».

Y por eso San Ignacio de Loyola le daba mayor importancia al denominado examen particular que al examen general, pues nos permite tomar nuestros defectos uno tras otro y vencerlos más fácilmente.

Además, luchar para dominar un vicio es pelear contra todos.

Al pueblo de Israel, cuando se encontraba ante naciones enemigas, Dios le animaba diciendo:

«No tiembles ante ellos, pues en medio de ti está el Señor, tu Dios, un Dios grande y terrible. El Señor, tu Dios, irá arrojando delante de ti a esas naciones poco a poco. No debes exterminarlas de golpe» (Dt 7, 21-22).

 

San Ignacio de Loyola –
Casa Madre de los Heraldos del Evangelio, São Paulo

Suele ocurrir algo similar con las imperfecciones de nuestra alma. Dios quiere de nosotros una lucha reñida contra nuestros defectos, pero nos alerta de que seremos más exitosos si atacamos enemigos específicos y perseveramos en la lucha contra ellos, hasta derrotarlos por completo:

«Yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo, y no me volvía sin haberlo aniquilado: los derroté, y no pudieron rehacerse, cayeron bajo mis pies» (Sal 17, 38-39).

El método de acción

Procedemos en nuestro examen particular con el mismo método del examen general.

En cuanto a la materia a escoger, según apunta el P. Alonso Rodríguez,7 esta debe empezar por las faltas exteriores que incomodan y desedifican al prójimo, aunque haya otros defectos interiores mayores, pues la razón y la caridad piden que comencemos por aquello que puede causar perjuicio a los demás, y vivamos de tal forma que no tengan quejas de nosotros.

Pero no hemos de persistir en el combate contra las fallas externas de por vida: más fáciles de vencer, precisamos desembarazarnos de ellas tanto como sea posible, para iniciar la lucha contra las imperfecciones interiores.

Con relación a estas últimas, lo ideal es que tomemos una virtud que creamos sea más necesaria cultivar —la cual presupone un vicio contrario a combatir— y la dividamos en puntos concretos, que se volverán fáciles de analizar.

Sería, pues, un error tomar una resolución como: «Seré humilde en todo y extirparé el orgullo de mi alma».

A pesar de tratarse de un óptimo deseo, dicha resolución comprende muchas otras actitudes y disposiciones, y aportaría poco provecho espiritual trabajar con algo tan genérico.

Es mucho más conveniente escoger puntos como: «No diré palabras que redunden en mi alabanza», o bien: «Cortaré enseguida pensamientos vanos y soberbios que toquen a mi honra», propósitos concretos, cuyo cumplimiento o inobservancia es fácilmente perceptible.

¿Cuánto debe durar el combate a un punto?

Sabemos que las pasiones son inherentes a la naturaleza humana y es imposible erradicarlas por completo.

Si esperásemos que el ímpetu ocasionado por una determinada pasión —como la cólera o la envidia, por ejemplo— dejara de ser sentido por nosotros, nunca cambiaríamos la materia del examen.

Nuestra lucha contra el vicio debe continuar hasta que se vea debilitado y podamos refrenarlo con presteza y facilidad.

Veremos así con cuánto provecho y beneficio serán empleados algunos minutos de nuestro día, y cuán leve irá haciéndose el análisis de nuestras propias actitudes internas y externas.

El examen de conciencia es un excelente medio de perfeccionarnos como seres humanos y, sobre todo, como hijos de Dios, porque como afirma un célebre tratadista:

«Si no nos conocemos a nosotros mismos, es moralmente imposible que nos perfeccionemos».8

Verdaderamente corajoso es aquel que sabe ver de frente sus indigencias, sus miserias y su propia incapacidad de practicar la virtud sin el auxilio de la gracia, y sin ocultárselas a Dios ni a sí mismo. Este alcanzará la verdadera santidad. ◊

Autor:  Hno. João Paulo de Oliveira Bueno

 

Notas


1 HOORNAERT, Georges. O combate da pureza. São Caetano do Sul: Santa Cruz, 2021, p. 177.

2 Cf. MOLINA, SJ, Rodrigo. Prólogo. In: RODRÍGUEZ, SJ, Alonso. Ejercicio de perfección y virtudes cristianas. Madrid: Testimonio, 1985, p. 6.

3 Cabe observar que las consideraciones del P. Alonso, aunque van dirigidas a religiosos, se aplican a todos aquellos que quieran andar por el camino de la santidad, cosa propia a cualquier estado o régimen de vida (cf. CCE 2013).

4 Cf. GARRIGOU-LAGRANGE, Réginald. As três idades da vida interior. São Paulo: Cultor de Livros, 2018, v. I, p. 371.

5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 11/3/1992.

6 Cf. RODRÍGUEZ, SJ, Alonso. Exercícios de perfeição e virtudes cristãs. São Paulo: Cultor de Livros, 2017, v. I, p. 403.

7 Ídem, pp. 403-407.

8 TANQUEREY, Adolphe. Compêndio de Teologia Ascética e Mística. São Paulo: Cultor de Livros, 2017, p. 250.

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