Destacados, María Santísima

El Santo Rosario – Arma eficaz contra los enemigos de Dios

Para muchos, quizá el Rosario sea uno de los asuntos sobre los que ya no hay nada más que decir.
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Para muchos, quizá el Rosario sea uno de los asuntos sobre los que ya no hay nada más que decir.

Se trata de una oración magnífica, es innegable. Sin embargo, ¿qué rincón habrá en ese esplendoroso palacio aún no minuciosamente explorado, cartografiado y catalogado por la cohorte de santos y teólogos que, hasta el presente, se han aventurado a entrar en él? ¿Qué podría motivarle a alguien el escribir unas cuantas páginas sobre este tema si están destinadas a perderse en medio de los miles —millones, tal vez— que le precedieron?

Aunque esas indagaciones tengan algo de verdadero, no expresan la realidad completa. Jesús compara a un escriba que se hace discípulo del Reino de Dios con un padre de familia que va sacando de su tesoro cosas nuevas y viejas (cf. Mt 13, 52). De manera análoga, todo lo que la Santa Iglesia ha engendrado a lo largo de los siglos posee siempre una aplicación para el presente, la cual les cabe a los católicos manifestarla.

En este sentido, el Rosario es extremadamente actual y no parece difícil demostrarlo. No obstante, para darle el debido valor a las «cosas nuevas» de dicho tesoro, será necesario contemplar antes los quilates de algunas joyas de venerable antigüedad que lo componen.

La excelencia del Santo Rosario según los Papas

¿Conocemos, de hecho, el enorme poder de esa oración aparentemente tan simple, tan sencilla, tan accesible, tan difundida por la devoción popular?

Sin duda, recurrir al magisterio pontificio nos servirá de fundamento para tener una firme idea al respecto.

Los Papas la calificaron de «oración perfecta»,1 «compendio de la doctrina evangélica»,2 «noble distintivo de la piedad cristiana»,3 «dulce cadena que nos liga con Dios, vínculo de amor que nos une a los ángeles, torre de salvación en los asaltos del infierno»,4 «garantía cierta del poder divino, apoyo y defensa de nuestra esperada salvación».5

El Rosario «despierta en el ánimo de quien reza una suave confianza»,6 reanima la fe católica, hace revivir la esperanza e inflama la caridad, conserva la castidad e integridad de vida.7 En suma, es «la gran defensa contra las herejías y los vicios»8 y «el camino para alcanzar la virtud».9

Los teólogos le conceden la primacía

Nossa Senhora revela a devoção do Rosário a São Domingos de Gusmão - Paróquia de Riquewihr (França) - Foto: Sergio Hollmann
La Virgen revela la devoción del Rosario a Santo Domingo de Guzmán – Parroquia de Riquewihr (Francia)

Pero si los abrumadores elogios de los Papas no bastaran para convencernos de que el Rosario constituye la oración «más hermosa, más rica en gracias y gratísima al corazón de María»,10 podemos recurrir también a los doctores. Hay una razón teológica de gran belleza que justifica la elevada posición que ocupa esta plegaria con relación a las demás.

Grosso modo, las formas de oración se dividen en dos bloques: la vocal y la mental. Si empleamos una analogía con el ser humano, diríamos que la primera está para la segunda más o menos como el cuerpo lo está para el alma. En la oración vocal, las palabras que utilizamos para dirigirnos a Dios —sean sacadas de un misal o de un breviario, en el caso de una oración oficial, o incluso de un libro, una estampa o cualquier otra fuente— componen el elemento «material» de la plegaria, con el cual se estimula la oración mental. Esta última, por su parte, es propiamente la elevación de la mente a Dios, es decir, se produce cuando el hombre emplea su inteligencia y su corazón para contemplar y amar las realidades celestiales, con el auxilio de la gracia.

Ahora bien, entre las oraciones vocales, ¿cuál habrá más excelsa que el padrenuestro, compuesto por el propio Hombre Dios (cf. Mt 6, 9-13), la salutación angélica (cf. Lc 1, 28.42) y el gloria al Padre, en honor a la Santísima Trinidad? Y en el campo de la oración mental, ¿qué tema más sublime hallaremos para meditar que no sean los misterios de la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, contemplados a lo largo del Rosario?

Por lo tanto, conforme resume el renombrado teólogo fray Antonio Royo Marín, OP, esta oración «encierra las ventajas de la oración mental y de la vocal en el grado objetivamente más perfecto posible».11

Un gran misterio de la Historia

Otro elemento —quizá aún más sublime que los precedentes— también justifica la grandeza del Rosario: su origen. No yerran los que creen que esta devoción ha bajado del Cielo y ha sido entregada a los hombres personalmente por la Santísima Virgen. Sin embargo, hay controversias sobre si fue o no revelada a Santo Domingo.

La Historia, siempre sujeta a los documentos que sobrevivieron al tiempo, se limita a decir que, en lo que respecta al origen del Rosario, existe un gran misterio. No hay registros del siglo XIII que certifiquen que haya sido Santo Domingo el iniciador de esta devoción, dado que aparece en la pluma de los Papas y de los escritores únicamente a partir del siglo XV. Los precedió tan sólo la piedad católica, la cual, por cierto, siempre antecede de algún modo la proclamación oficial de las más bellas verdades de la mariología.

De hecho, mucho tiempo antes del nacimiento del santo predicador ya existía una piadosa costumbre de rezar ciento cincuenta veces la avemaría en sustitución de los salmos de David, los cuales se rezaban en los primeros tiempos de la Iglesia; eso hizo que la oración se conociera como El Salterio de María.12 Solamente en el siglo XIII —época en que Santo Domingo desarrolló su apostolado— esta práctica se difundió por toda la cristiandad, cuyos principales divulgadores fueron precisamente los dominicos. ¿Mera coincidencia? Nuevamente, un misterio…

La única fuente capaz de proporcionarnos algún dato al respecto —menos a fin con los espíritus incrédulos— es la voz de la mística, la cual, sobre todo en la persona del Beato Alano de la Roche, presenta una narración toda ella hecha de espíritu maravilloso. ¿Será enteramente verídica? La incógnita sigue y tal vez permanezca hasta el fin de los tiempos… No obstante, lo cierto es que el relato del religioso dominico es de tal manera acorde con la vocación profética de Santo Domingo que si en él hay algo incongruente con la realidad, somos llevados a pensar que, probablemente, los acontecimientos hayan ocurrido de un modo aún más sublime.13

Narración del Beato Alano de la Roche

Mucho empeño había puesto Santo Domingo de Guzmán en su intento de convertir a los herejes albigenses, que terriblemente venían devastando Europa desde el siglo XII, sobre todo en la región de Languedoc, al sur de Francia. Sin embargo, su dedicación no había conseguido muchos frutos, pues día a día iba creciendo el número de los que adherían a la secta cátara.

Desolado, el fiel devoto de María se retiró a un bosque cerca de Toulouse, a fin de rogar a los Cielos que pusiera término a esa calamidad. Después de tres días de ayunos y sacrificios, ya no le quedan fuerzas y desfallece.

En el momento en el que su físico alcanza el extremo límite de sí mismo es cuando María Santísima se acerca, envuelta en una intensa luz, y le pregunta:

¿Sabes, mi querido Domingo, de qué arma se vale la Trinidad Santísima para reformar el mundo?

Vos lo sabéis mejor que yo —le responde, maravillado, Santo Domingo.

Santo Domingo de Guzmán - Real Monasterio de Santo

—Pues sabe que la principal pieza de combate es la salutación angélica, que es el fundamento del Nuevo Testamento. Si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, reza mi salterio.

Tras estas palabras, comienza de repente una furiosa tormenta. Rayos, truenos, una lluvia torrencial y temblores de tierra. Llevados por el miedo, los habitantes de la ciudad se refugian en la catedral, al son de las campanas que milagrosamente repican solas.

La tempestad dura bastante tiempo y únicamente para con las oraciones de Santo Domingo, el cual ya se encuentra en la catedral, delante de todos. Consolado por el auxilio de la Reina de los ángeles, les anuncia entonces el Santo Rosario. Casi toda la población de Toulouse lo acepta y abandona sus malas costumbres.14

Así, en medio de milagros estupendos habría surgido esta devoción, dádiva traída desde el Cielo, para beneficio de los hombres, por la propia Virgen María.

El Rosario en momento de crisis

¿Qué importancia tiene eso para el momento presente?

Las horas llave de la historia del Rosario fueron justamente aquellas en las que la calamidad se presentaba más grande. En el período de Santo Domingo, la fe se veía amenazada por la herejía albigense y el santo se valió del Rosario para salvar la ortodoxia. En Lepanto, la estructura visible de la Iglesia y de la civilización cristiana se encontraba al borde del colapso. El Rosario de San Pío V impetró, para Don Juan de Austria, la misma victoria que los brazos de Moisés, extendidos en lo alto del monte, conquistaron para Josué ante los amalecitas (cf. Éx 17, 8-13).

Tanto en un caso como en el otro, la garantía de la victoria fue la insigne devoción.

Poderosa arma para nuestros días

Actualmente la fe y la Santa Iglesia parecen estar tan o más amenazadas que en aquellos tiempos. Sus peores enemigos ya no se sirven de argumentos claros en discusiones abiertas, ni luchan con armas de hierro o de fuego, sino que se aprovechan de la sombra para crecer, de la ambigüedad para conquistar y del relativismo para demoler.

Debemos, por tanto, echar mano de todos los medios a nuestro alcance para hacer frente a esta crisis y el Rosario, como hemos visto, puede conquistar la intervención de Dios en los acontecimientos.

De la misma forma que Santo Domingo y San Pío V se valieron de él como un «arma para derrotar a los enemigos de Dios y de la religión»,17 así también los fieles de hoy, equipados con ese mismo instrumento de guerra, conseguirán destruir fácilmente los monstruosos errores e impiedades que por todas partes se levantan.18

No es sin razón que María Santísima, en dos ocasiones —en Lourdes y en Fátima— preceptuó que todos los hombres lo rezaran. En Cova da Iria —por cierto, durante la aparición de octubre— la Virgen afirmó: «Yo soy la Señora del Rosario». Bajo esta bandera vencieron los cristianos en el pasado y bajo ella vencerán hoy y siempre.

Autor: João Luís Ribeiro Matos

Notas


1 BENEDICTO XV. Carta «Di altissimo pregio», 18/9/1915.

2 LEÓN XIII. Amantissimæ voluntatis.

3 LEÓN XIII. Supremi apostolatus.

4 PÍO XI. Breve apostólico, 20/7/1925.

5 PÍO XII. Carta «Philippinas insulas», 31/7/1946.

6 LEÓN XIII. Iucunda semper.

7 CF. PÍO XI. Ingravescentibus malis.

8 BENEDICTO XV. Carta «In cœtu sodalium», 29/10/1916.

9 PÍO XI. Breve apostólico, 20/7/1925.

10 PÍO IX. Carta «Pium sane», 24/3/1877.

11 ROYO MARÍN, OP, Antonio. La Virgen María. Teología y espiritualidad marianas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1997, p. 467.

12 Cf. SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Le secret admirable du très Saint Rosaire. Montreal: Librarie Montfortaine, 1947, pp. 14-15.

13 Cf. GETINO, Luis G. Alonso. Santo Domingo de Guzmán. Madrid: Biblioteca Nueva, 1939, pp. 172-185.

14 Cf. SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT, op. cit., pp. 2-4. Este opúsculo del gran autor mariano fue alabado por San Juan Pablo II como «preciosa obra sobre el Rosario» (Rosarium Virginis Mariæ, n.º 8). Cabe notar también que el Beato Alano y San Luis Grignion fueron los principales apóstoles del Rosario en Francia, como subraya el teólogo dominicano Réginald Garrigou-Lagrange (cf. La Madre del Salvador y nuestra vida interior. 3.ª ed. Buenos Aires: Desclée de Brouwer, 1954, p. 266).

15 Como suele ocurrir con personajes antiguos, existe divergencia entre los autores sobre el año de nacimiento de Santo Domingo. El dato de que hubiera nacido a finales de 1171 lo hemos sacado de la colección ECHEVERRÍA, Lamberto de; LLORCA, SJ, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2005, v. VIII, p. 197.

16 La celebración de Nuestra Señora del Rosario fue instituida por San Pío V en acción de gracias por el triunfo de las armas cristianas en el golfo de Lepanto, ocurrido el 7 de octubre de 1571, mientras las cofradías de Roma celebraban procesiones del Rosario, una de ellas presidida por el propio sumo pontífice. Originalmente, sin embargo, se invocaba a María Santísima como Señora de las Victorias, lo que poco a poco se fue sustituyendo por Nuestra Señora del Rosario. En 1716 Clemente XI extendió la conmemoración a la Iglesia universal. León XIII la introdujo en la liturgia y San Pío X la fijó definitivamente el 7 de octubre (cf. ROYO MARÍN, op. cit., p. 507).

17 PÍO XI. Ingravescentibus malis.

18 Cf. PÍO IX. Egregiis, 3/12/1856.

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Destacados, Oraciones

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febrero 22, 2022

Oh mi Santo Ángel de la Guarda personal, ya que la Providencia te destinó a protegerme contra todo mal, peligro y acción preternatural; yo, …… deseo consagrarme a ti. Te entrego mi cuerpo con todos sus miembros, mi alma con todas sus potencias y con todos sus méritos pasados, presentes y futuros, como también todos los bienes materiales que me pertenecen. En este momento en que entrego en tus manos todo mi ser y sus haberes, te ruego que tomes entera cuenta y posesión de mí, y asumiéndome, me des el obsequio de participar de tus dones, virtudes, potencias y gracias. Así sea.

Autor: Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

Santos

A primera vista, y sobre todo para el que no está habituado a contemplar los ilimitados horizontes de la fe, la vida de San Francisco Javier parece, en cierto sentido, frustrada.
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diciembre 6, 2021

El cuerpo de San Francisco extenuado se consumía en los ardores de la fiebre, pero su mirada profunda y viva revelaba un espíritu de fuego.

Soplaba con persistencia el frío viento del norte y las olas del océano rompían cada vez más violentas en esa playa que parecía desierta. El cielo cubierto de nubes grises se oscurecía rápidamente, presagiando una larga y tormentosa noche.

No muy lejos de la orilla se levantaba una mísera cabaña, hecha con algunas planchas de madera carcomida, cuya cubierta de paja seca era agitada por el aire gélido. El alma del santo reflejaba la eternidad… Moría el Apóstol de Oriente, Francisco Javier.

Inicio de San Francisco Javier.

El 6 de mayo de 1542, luego de un azaroso viaje de trece meses, hacía puerto en la remota y legendaria India el hijo predilecto de san Ignacio de Loyola. Las puertas de Asia se abrían frente a ese sacerdote de tan sólo 35 años de edad.

Su primer campo de operaciones fue la ciudad de Goa, principal colonia portuguesa en Oriente, donde los europeos, olvidados de su misión civilizadora, se dedicaban a un lucrativo comercio y se dejaban arrastrar por la sensualidad y los vicios del mundo pagano.

En pocas semanas la ciudad pudo sentir los benéficos efectos de la acción de presencia, los sermones y el activo celo del nuevo misionero: “Tantos eran los que venían a confesarse que, si me dividieran en diez partes, cada una debería atender confesiones”, escribió en septiembre de 1542 a los jesuitas de Roma.

"En un mes bauticé a más de diez mil personas".

Después de pasar algunos meses en esa ciudad, marchó San Francisco a tierras todavía más distantes. Recorrió toda la costa sur de la península india. A partir de entonces, su vida se convirtió en un ininterrumpido peregrinaje por tierras, mares e islas lejanas, ensanchando sin cesar las fronteras del Reino de Jesús.

En carta de enero de 1544 dijo a sus hermanos de vocación: «Tanta es la multitud de los que se convierten a la fe de Cristo en esta tierra por donde camino, que muchas veces ocurre que se me cansan los brazos de tanto bautizar […]. Hay días en que bautizo a todo un poblado».

Un año después San Francisco relata nuevas maravillas realizadas por Dios en esos parajes: “Noticias de estas partes de la India: les hago saber que Dios nuestro Señor movió a muchos, en un reino en el cual estoy, para hacerse cristianos, de modo que en un mes bauticé a más de diez mil personas. […]

Después de bautizarlos, mando derrumbar las casas donde tenían sus ídolos y ordeno que rompan las imágenes de los ídolos en pequeñas partes. Acabado de hacer esto en un lugar, me dirijo a otro, y de este modo voy de lugar en lugar haciendo cristianos”.

San Francisco Javier en el Imperio del Sol Naciente.

Así, infladas las velas de su alma por el soplo del Espíritu Santo, con heroica generosidad San Francisco Javier hizo de su existencia un continuo “fiat mihi secundum verbum tuum”, arrojándose siempre de osadía en osadía a la conquista de más almas, para la mayor gloria de Dios.

Cierto día, estando en la ciudad de Malaca, le presentaron un hombre de ojos rasgados y mirada inteligente, que había recorrido centenares de leguas con el único propósito de encontrar al célebre y venerable occidental que perdonaba los pecados… Su nombre era Hashiro y su tierra natal, Japón.

Inmediatamente vislumbró Francisco la riqueza que significaría para la Iglesia si el pueblo representado en ese intrépido neófito fuera santificado por las aguas del Bautismo.

Escribió entonces a su fundador en enero de 1549: “No dejaría yo de ir al Japón por lo mucho que he sentido al interior de mi alma, aunque poseyera la certeza de que debería pasar los mayores peligros de mi vida, porque tengo gran esperanza en Dios nuestro Señor de que en esas tierras ha de crecer mucho nuestra santa fe. No podría describir cuánto consuelo interior siento en hacer este viaje al Japón”.

San Francisco Javier vuelve a India.

San Francisco, luchando contra adversidades de todo orden, pasó más de dos años en el remotísimo Imperio del Sol Naciente, fundando iglesias, anunciando la verdadera fe a príncipes y nobles, a pobres campesinos e inocentes niños. En carta de noviembre del mismo año, declaró a sus hermanos residentes en Roma: “Por la experiencia que tenemos de Japón, les hago saber que su pueblo es el mejor de los descubiertos hasta ahora”.

No obstante, con el objetivo de conseguir más misioneros para esa prometedora tierra, se fue de vuelta a India, dejando en Japón, que no lo vería más, una robusta y floreciente cristiandad.

¡Siempre más!

Luego de recorrer el Lejano Oriente en todas direcciones durante diez años, y habiendo levantado la Cruz en el archipiélago nipón, el corazón de Francisco, insaciable de gloria para Dios, se lanzó a la conquista de nuevos pueblos para su Rey y Señor: en adelante, su gran meta sería China. Por la importancia del imperio chino, por su incalculable población y, sobre todo, por su prestigio y riqueza cultural, comprendió que, si hacía correr las aguas bautismales en él, toda el Asia se postraría a los pies del Divino Redentor.

En enero de 1552 le escribió a su padre, Ignacio de Loyola: “Este año espero ir a China, por el gran servicio a nuestro Dios que allá podrá obtenerse”. Y refiriéndose a esa nación, aquel mismo año comunicó a sus hermanos de vocación los anhelos y esperanzas de su alma de misionero: “Vivimos con mucha esperanza en que, si Dios nos diera diez años más de vida, veremos grandes cosas en estas regiones. Por los méritos infinitos de la Muerte y Pasión de Dios nuestro Señor, espero que Él me dará la gracia de hacer este viaje a China”.

El último viaje de San Francisco Javier

Habiendo regresado de Japón, poco tiempo se detuvo San Francisco en India; sólo lo suficiente para atender las necesidades de la Compañía de Jesús en esas tierras y preparar el ansiado viaje a China.

Un dedicado amigo del infatigable misionero, llamado Diogo Pereira, aplicó toda su fortuna fletando un navío, cargándolo de espléndidos regalos para el emperador de China y adquiriendo magníficos paramentos de seda y de damasco, junto a toda clase de ricos ornamentos para celebrar la misa con gran pompa, y así dar a los chinos una noción de la grandeza de la verdadera religión que iba a serles anunciada.

Antes de viajar, el santo escribió al rey de Portugal, en abril de 1552: “Parto de aquí a cinco días a Malaca, que es el camino a China, para ir desde allá, en compañía de Diogo Pereira, a la corte del emperador de China. Llevamos ricos obsequios comprados por Diogo Pereira.

Y de parte de Su Alteza llevo uno que nunca fue enviado por ningún rey ni señor a ese emperador: la Ley verdadera de Jesucristo nuestro Redentor y Señor”. Así, el 17 de abril de 1552 se embarcó en la nave Santa Cruz para conquistar el imperio de sus sueños.

"Desamparado de todo humano favor"

Sin embargo, a los pocos días de navegación se desencadenó una terrible tempestad. La tripulación del navío, espantada con la violencia de los elementos y habiendo perdido toda esperanza de salvación, pedía a grandes voces el sacramento de la Penitencia.

San Francisco Javier, imperturbable, se recogió en profunda oración; e inmediatamente –como otrora las aguas del Lago de Genezaret se calmaron ante la voz del Divino Salvador– el viento dejó de soplar y las olas se hicieron suaves y tranquilas, por la fe y las plegarias de ese humilde conquistador de imperios.

Pero a partir de ese momento, los infiernos no cesaron de poner obstáculos y de contrariar el viaje. “Ten- por cierto y no duden que de modo alguno quiere el demonio que los de la Compañía de Jesús entren a China”, escribió en noviembre de 1552 a los padres Francisco Pérez y Gaspar Barzeo.

Llegando a la ciudad de Malaca, última escala antes de ingresar en aguas chinas, inesperadamente el capitán portugués de dicho puerto – que, por si fuera poco, debía su cargo a los buenos oficios y recomendaciones de Francisco– impidió la continuación del viaje, alegando ser el único al que cabía comandar una expedición a China…

Habiendo sido inútiles todas las súplicas y ruegos, Francisco Javier empleó un último recurso: presentó la bula papal que lo nombraba legado pontificio, la que hasta entonces nunca había utilizado, y exigió la plena libertad de viajar a China en nombre del Papa y del Rey de Portugal.

Además, anunció al obstinado capitán que caería en excomunión si acaso seguía impidiendo la partida del navío. Pero también eso fue inútil; la ambición y la codicia de aquel infeliz lo llevaron al extremo de insultar y maltratar al peregrino de la gloria de Dios.

Finalmente, luego de varias semanas de retraso, la nave Santa Cruz pudo surcar las aguas en dirección a China, pero bajo el comando de hombres nominados por el capitán portugués, el mismo que murió poco tiempo después, excomulgado y corroído por la lepra.

Con el corazón partido, San Francisco reveló al P. Gaspar Barzeo en julio de 1552: “No podríais creer cuán perseguido fui en Malaca. Voy hacia las islas de Cantón, en el imperio de China, desamparado de todo humano favor”.

A la espera del barco, mirando sin cesar hacia la meta.

La inhóspita isla de Shangchuan (que los ibéricos llamaban Sancião o Sancián), a 180 kilómetros de la ciudad de Cantón, recibía la visita habitual de las naves europeas, en busca del comercio con los chinos. Ahí desembarcó el santo misionero en octubre de 1552.

Los portugueses se afanaron buscando entre los numerosos mercaderes chinos, a alguno que se dispusiera a llevar a San Francisco hasta Cantón. Pero todos se excusaban; estaba prohibido por las leyes imperiales, y los transgresores se exponían a perder todos sus haberes e incluso la propia vida. Pero finalmente uno de ellos, decidido a correr el riesgo, accedió a transportar a Francisco en una pequeña embarcación, a cambio del pago de 200 cruzados.

“Los peligros que corremos en esta empresa son dos, según la gente de la tierra: el primero es que el hombre que nos lleve, luego de recibir los doscientos cruzados, nos abandone en una isla desierta o nos arroje al mar; el segundo, que al llegar a Cantón el gobernador nos envíe al suplicio o al cautiverio”, escribió Javier al P. Francisco Pérez.

Tales peligros, sin embargo, no eran algo que temiera el infatigable apóstol, seguro como estaba de que “sin el permiso de Dios, los demonios y sus secuaces nada pueden contra nosotros”.

En la sola compañía de dos auxiliares, un indio y un chino, se quedó en la Isla de Shangchuan aguardando el regreso del comerciante, que se había comprometido a transportarlo. Celebraba diariamente ahí el santo sacrificio del altar, mirando sin cesar al continente por el que suspiraba con tanto ardor. Pero pasaron los días y las semanas, y Francisco esperó en vano el regreso del chino: infelizmente, nunca más volvió.

Últimas palabras de un santo.

Las fuerzas físicas del ardoroso misionero llegaron entonces a su fin. Una altísima fiebre lo obligó a buscar cobijo en su improvisada cabaña, en donde –desamparado por los hombres y padeciendo frío, hambre y toda clase de privaciones– habría de pasar los últimos días de su existencia terrenal.

A ese varón que no sabía de cansancio, a ese apóstol que con su palabra arrastraba a las multitudes, a ese taumaturgo que había superado grandes obstáculos realizando milagros prodigiosos, el Señor del Cielo y la Tierra había reservado la más heroica y gloriosa de las muertes: a ejemplo de su Maestro Divino, Francisco Javier moría en el colmo del abandono y de la aparente contradicción.

Algunos días antes de entregar su espíritu comenzó a delirar, revelando entonces la magnitud del holocausto pedido por la Providencia: continuamente hablaba de China, de su vehemente deseo de convertir ese imperio y de la gloria que se ganaría para Dios si se atrajera ese pueblo a la Santa Iglesia Católica…

Y en las primeras horas de la madrugada del 3 de diciembre de 1552, Francisco Javier expiró dulcemente en el Señor, sin una sola queja ni reclamo, divisando a lo lejos aquella China que no pudo conquistar y que tanto quiso depositar a los pies de su Rey, Nuestro Señor Jesucristo.

Sus últimas palabras fueron estas frases de un canto de gloria: In te Domine, speravi. Non confundar in æternum . “En ti espero, Señor. ¡No me abandones para siempre!”

La mayor gloria de Dios.

A primera vista, y sobre todo para el que no está habituado a contemplar los ilimitados horizontes de la fe, la vida de San Francisco Javier parece, en cierto sentido, frustrada.

¡Cuántas almas no se habrían salvado y cuánta gloria no habría recibido la Santa Iglesia si el inmenso y superpoblado imperio chino hubiera sido evangelizado por ese apóstol de fuego!

Sin embargo, cuando finalmente se hallaba ante las puertas de esa nación, después de haber pasado dificultades y combates de todo orden, se hizo oír el llamado de Dios: “Francisco, hijo mío, acaba tu lucha y ven a Mí”. ¡Oh misterio del Amor Infinito! De Francisco, Dios no quería China… sino a Francisco.

Y el intrépido conquistador respondió sin titubeos, al igual que Jesús en el Huerto de los Olivos: “Señor, hágase tu voluntad y no la mía. ¡Sí, Redentor mío, que se cumplan, antes que nada y por encima de todas las cosas, tus perfectísimos designios y así, sólo así, ¡se te dará la mayor gloria en esta tierra y por toda la eternidad!”.

(Revista Heraldos del Evangelio, Nov/2005, n. 47, pag. 20 a 23)

María Santísima

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septiembre 9, 2021

  Las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, son consideradas como las más proféticas apariciones de los últimos tiempos.

  En Fátima, la Santísima Virgen no se dirigió solamente a la generación de comienzos del siglo XX, sino, sobre todo, a las que vinieron después.

  Y a medida que las décadas fueron pasando y el segundo milenio fue agonizando entre aprensiones y tragedias, las palabras proféticas de la Madre de Dios se tornan más reales.

  Ya en la época de las apariciones de Fátima, en los primeros años del siglo XX, los acontecimientos mundiales hacían entrever lo que sería la triste historia contemporánea. Por un lado, un progreso material casi ilimitado, parejo a una decadencia en las costumbres como nunca se vio antes.

  Por otro lado, guerras y convulsiones sociales de proporciones terribles. La Primera Guerra Mundial fue un ejemplo de esa realidad, ampliamente superada por la Segunda Guerra Mundial y por todo cuanto la siguió.

  A todos esos males, como Madre solícita y afectuosa, María Santísima quiso poner remedio, evitándoselos a sus hijos. Por eso descendió del Cielo a fin de alertar a la humanidad de los riesgos que corría si continuase en las vías tortuosas del pecado. Vino, al mismo tiempo, a indicar los medios de salvación: el rezo del Rosario, la práctica de los Cinco Primeros Sábados, la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Antes del 13 de Octubre.

Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más.

“Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día

Aunque breve, la aparición de la Virgen dejó a los pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.

Sexta y última aparición: 13 de octubre de 1917

  Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal.

  Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió:

“Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

– Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas.

– Quería pedirle muchas cosas. Si curaba unos enfermos y convertía unos pecadores…

– A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados.

  Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

  Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol”.

  Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: “¡Miren el sol!”. Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata.

  A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a “bailar”. Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones.

Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zig-zag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada.

  Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zig-zag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días.

  El ciclo de las visiones de Fátima había terminado. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: “¡El milagro, los niños tenían razón!”. Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas.

  El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones.

  Casi se podría decir que, cuanto más importante es el acontecimiento previsto, tanto mayor la grandeza de las señales que lo preceden, la autoridad de los profetas que lo anuncian, y el tiempo de espera.

  Es fácil, a la luz de esta regla, evaluar la importancia de las previsiones de Fátima, pues quien nos las anuncia no es un ángel, ni un gran santo, sino la propia Madre de Dios.

Lacrimación de una Imagen Peregrina de los Caballeros de la Virgen en Centroamérica.

María Santísima

Soy María del Buen Suceso, la Reina del Cielo y de la tierra. Vengo a consolar tu corazón afligido.
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abril 18, 2022

Medianoche. En el Real Monasterio de la Inmaculada Concepción, de Quito, el silencio fue roto por las doce campanadas del reloj que indicaba el comienzo del día 2 de febrero de 1594. Poco después entraba en la capilla la joven priora, la Madre Mariana de Jesús Torres.

Con el corazón repleto de amarguras, había ido a implorarle al divino Redentor que por intercesión de su bendita Madre solucionara los problemas que dificultaban la evangelización de aquellas tierras: los malos ejemplos que daban algunos sacerdotes y religiosos indignos, los injustificables desmanes de las autoridades eclesiásticas y civiles, agravado todo ello por manifestaciones de desobediencia en su propio convento. Prosternada con la frente en el duro suelo de piedra, oraba con fervor cuando una dulce voz interrumpió sus plegarias llamándola por su nombre:

Mariana de Jesus Torres

Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa

—Mariana, hija mía.

Se levantó rápidamente y vio delante de ella a una bellísima Señora, resplandeciente de luz, que tenía en su mano izquierda al Niño Jesús y en la derecha un báculo todo de oro pulido, adornado con piedras preciosas.

—Hermosa Señora, ¿quién sois y qué queréis? —le preguntó, rebosante de felicidad.

—Soy María del Buen Suceso, la Reina del Cielo y de la tierra. Vengo a consolar tu corazón afligido. Empuño en el brazo derecho el báculo que ves, porque quiero gobernar este mi monasterio como Priora y Madre.

Duró cerca de dos horas el coloquio de la humilde monja con la celestial Visitante. Cuando ésta se retiró, tan sólo la tenue luz del candil iluminaba la capilla, pero la Madre Mariana se sentía tan fortalecida como deseosa de luchar y sufrir por amor a Nuestro Señor Jesucristo.

“Es voluntad de mi Hijo que mandes ejecutar una estatua mía”

¡Y no le faltaron sufrimientos y pruebas! Cinco años después, la madrugada del 16 de enero de 1599, se le apareció de nuevo la Santísima Virgen para reconfortarla. Le comunicó los designios de Dios en relación con aquel monasterio, le hizo proféticas revelaciones acerca del futuro de Ecuador y de las persecuciones que allí sufrirían las comunidades religiosas, y agregó:

—Por eso es voluntad de mi Hijo Santísimo que tú misma mandes ejecutar una estatua mía, tal como me ves, y la coloques sobre la cátedra de la priora para que yo desde ahí gobierne mi monasterio, poniendo en mi mano derecha el báculo y las llaves de la clausura en señal de propiedad y autoridad. A mi divino Niño lo harás colocar en mi mano izquierda: primero, para que los mortales entiendan que soy poderosa para aplacar la justicia divina y alcanzar piedad y perdón a toda alma pecadora que a mí acuda con corazón contrito; y segundo, para que mis hijas comprendan que les muestro y les doy como modelo de su perfección religiosa a mi Hijo Santísimo; vengan ellas a mí para que yo les conduzca a Él.

Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa

“Ningún otro escultor será digno de esta gracia”

La religiosa ponderó con timidez:

Linda Señora, vuestra hermosura me encanta. ¡Oh, si me fuera dado dejar la tierra ingrata para elevarme con Vos al Cielo! Mas permitidme que os haga saber que ninguna persona humana, por más entendida que fuese en el arte de la escultura, podrá trabajar en madera vuestra encantadora imagen, tal como me pedís. Enviad para esto a mi Seráfico Padre a fin de que él labre esta obra en madera escogida, teniendo como oficiales a los ángeles del Cielo, porque no sabría explicar ni menos podría saber y dar la estatura de vuestra talla.

Nada te atemorice, hija mía — contestó la Virgen—, atenderé tu petición. En cuanto a mi altura mídela tú misma con el cordón seráfico que traes a tu cintura.

La joven priora hizo una reverente objeción:

—Hermosa Señora, mi Madre querida, ¿atreverme yo a tocar vuestra frente divina, cuando los espíritus angélicos pueden hacerlo? Vos sois el arca viva de la alianza entre los pobres mortales y Dios; y si Osa cayó muerto sólo por el hecho de haber tocado el Arca santa para evitar que cayese al suelo [cf. 2 Sam 6, 6-7], cuán-to más yo, mujer pobre y débil…

—Me alegra tu humilde temor y veo el amor ardiente a tu Madre del Cielo que te habla; trae y pon en mi mano derecha tu cordón y tú con la otra extremidad toca mis pies.
Temblando de júbilo, de amor y reverencia, la religiosa hizo lo que María Santísima le ordenaba, y ésta prosiguió:

—Aquí tienes, hija mía, la medida de tu Madre del Cielo; entrégala a mi siervo Francisco del Castillo, explicándole mis facciones y mi postura. Él trabajará exteriormente mi imagen porque es de conciencia delicada y observa escrupulosamente los Mandamientos de Dios y de la Iglesia; ningún otro escultor será digno de esta gracia. Tú ayúdalo con tus oraciones y con tu humilde sufrimiento.

“Recurriendo a mí, aplacarán la ira divina”

En otra aparición, en la misma hora de las anteriores, es decir, poco después de las doce campanadas de la medianoche, la Virgen Madre de Dios prenunció una época calamitosa para la Iglesia en Ecuador, tiempos en los que casi no se encontraría inocencia en los niños, ni pudor en las mujeres, y añadió:

—Con todo esto sufrirán tus sucesoras; ellas aplacarán la ira divina recurriendo a mí bajo la advocación del Buen Suceso, cuya imagen pido y mando que hagas ejecutar para consuelo y sustento de mi monasterio y de los fieles de ese tiempo. Esta devoción será el pararrayo colocado entre la justicia divina y el mundo prevaricador. Hoy mismo, cuando amanezca, irás a hablar con el obispo y le dirás que yo te pido que mandes esculpir mi imagen para que sea colocada a la cabeza de mi comunidad, a fin de tomar posesión completa de aquello que por tantos títulos me pertenece. Él deberá consagrar mi imagen con el sagrado óleo y le pondrá el nombre de María del Buen Suceso de la Purificación o Candelaria.

E insistió:

—Ahora es preciso que mandes ejecutar con presteza mi santa imagen, tal cual me ves, y te apresures a colocarla en el lugar que te indiqué.

“La perfección de la obra corre por mi cuenta”

La humilde religiosa repitió la misma tímida objeción que había hecho cinco años antes:

—Bella Señora y Madre querida de mi alma, la imperceptible hormiguita que tenéis ante vuestra presencia, no podrá referir al artista ninguna de vuestras bellas facciones, vuestra hermosura, ni vuestra estatura; no tengo palabras para explicarlo, y no hay nadie en la tierra capaz de hacer la obra que me solicitáis.

—Nada de esto te preocupe, hija querida. La perfección de la obra corre por mi cuenta. Gabriel, Miguel y Rafael tomarán a su cargo secretamente la fabricación de mi imagen. Deberás llamar a Francisco del Castillo, que entiende de arte, para darle una sucinta descripción de mis facciones, exactamente como me viste, pues con esta finalidad me aparecí tantas veces a ti.

Y por segunda vez la Virgen Santa le ordenó que midiera su altura:

—En cuanto a mi estatura, trae acá el cordón que te ciñe y mídeme sin temor, pues a una Madre como yo le agrada la confianza respetuosa y la humildad de sus hijas.

—Reina del Cielo y Madre querida, aquí tienes la cuerda para mediros. ¿Quién la sostendrá en vuestra hermosa frente, adornada por esa linda corona, con la que la Santísima Trinidad os coronó? Yo no me atrevo, ni podría alcanzar vuestra altura por mi pequeña estatura.

—Hija querida, pon en mis manos una de las puntas de tu cuerda y yo la colocaré en mi frente, y tú aplicarás la otra a mi pie derecho.

Nuestra Señora tomó una de las extremidades del cordón y la puso en su frente, dejando a la extasiada monja que hiciera otro tanto en el pie derecho. El cordón era un poco corto, pero se estiró milagrosamente, como elástico, hasta alcanzar la estatura de la celestial Dama.

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

Facciones semejantes a las de la Madre que está en el Cielo

“Hoy mismo, cuando amanezca, irás a hablar con el obispo”, le había mandado la Virgen Santísima a la Madre Mariana. No obstante, previendo diversos obstáculos iba atrasando el cumplimiento de la orden recibida. Doce días después se le apareció de nuevo, resplandeciente de luz como siempre, pero esta vez silenciosa y mirándola con amable severidad.

Tras oír una maternal advertencia, seguida de explicaciones que deshicieron todos sus temores, respondió la religiosa:

—Bella Señora, justa es vuestra reprensión. Os pido perdón y misericordia, y prometo enmendarme. Hoy mismo hablaré con el obispo para comenzar la ejecución de vuestra imagen.

De hecho, ese mismo día expuso a Mons. Salvador de Ribera la orden recibida de la Reina del Cielo. Él oyó con atención el relato de la santa priora, puso a prueba su objetividad, por medio de muchas preguntas capciosas, y, por fin, dio su aprobación al proyecto; se comprometió incluso a ayudar en todo lo necesario para su pronta realización.

Entonces la Madre Mariana se apresuró a contratar al escultor Francisco del Castillo:

Sabiendo que usted es ante todo un buen católico y después hábil escultor, quiero confiarle una obra muy especial que requiere un aplicado esmero: esculpir una imagen de la Virgen María, la cual deberá tener facciones celestiales, semejantes a las de Nuestra Madre Santísima que está en el Cielo en cuerpo y alma; yo le daré la medida, pues tendrá la estatura exacta de nuestra celestial Reina.

Francisco del Castillo recibió esa incumbencia como una insigne gracia de Nuestra Señora y rechazó categóricamente cualquier pago por sus servicios. Dedicó varios días buscando en Quito y en los alrededores la mejor madera, y enseguida se puso manos a la obra. Trabajaba con tanto amor, y sentía tamaña consolación que no conseguía contener las lágrimas.

Pronto surgieron bienhechores para las tres importantes piezas de orfebrería: las llaves, la corona y el báculo. A petición de las monjas, el escultor realizó todo el servicio no en su taller, sino en el coro alto del monasterio.

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorSor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador
Imagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorImagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador
magen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuadormagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador
Imagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorImagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

De su rostro salían rayos de luz

Se había fijado para el día 2 de febrero de 1611 la solemne bendición litúrgica de la imagen sagrada. Tres semanas antes de ese plazo, faltaba solamente un “pequeño” detalle: darle al rostro un colorido digno de la cara de la Santa Virgen de las vírgenes. Decidió el maestro Del Castillo hacer una última pesquisa en busca de las mejores tintas; marchó con ese objetivo, y prometió estar de vuelta el 16 de enero para ejecutar la delicada operación, de lejos la más importante de sus obras.

Grande era la expectativa de las religiosas cuando, al amanecer del día 16 se dirigían a la capilla para, como de costumbre, alabar a Nuestra Señora con el canto del Pequeño Oficio. Al acercarse al coro alto comenzaron a escuchar melodiosas armonías que las dejaron llenas de emoción. Entraron presurosas y… ¡oh prodigio!, una luz celestial inundaba todo el recinto, en el cual resonaban arrebatadoras voces de ángeles que cantaban el himno Salve Sancta Parens (Dios te Salve, Santa Madre).

Entonces se dieron cuenta del portentoso hecho: la imagen estaba milagrosamente concluida.

Desbordantes de admiración, contemplaban aquel celestial rostro, del que salían rayos de luz que iluminaban toda la iglesia. Aureolada por esa luz vivísima, la fisonomía de la santa imagen se mostraba majestuosa, serena, dulce, amable y atrayente, como invitando a sus hijas a que se acercaran con confianza a darle un filial abrazo de júbilo y de bienvenida. El semblante del Niño Jesús expresaba amor y ternura para con aquellas esposas suyas tan amadas por Él y por su Madre. Ese día todas progresaron en la vida espiritual, y comprendiendo mejor su propia vocación, pasaban a amar más y más a su divino Esposo y se empeñaban en el cumplimiento exacto de la Regla y de las obligaciones particulares.

Autor: Padre Ricardo del Campo, EP

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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