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Destacados, Espiritualidad

Medalla de San Benito

La medalla tal como hoy la conocemos , se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a época anterior y tiene su historia.

Origen de la Medalla de San Benito

El origen de esta medalla se fundamenta en una verdad y experiencia del todo espiritual que aparece en la vida de San Benito tal como nos la describe el Papa San Gregorio en el Libro II de los Diálogos. El Padre de los monjes usó con frecuencia del signo de la cruz como signo de salvación, de verdad, y purificación de los sentidos. San Benito quebró el vaso que contenía veneno con la sola señal de la cruz hecha sobre él.

Cuando los monjes fueron perturbados por el maligno, el santo manda que hagan la señal de la cruz sobre sus corazones. Una cruz era la firma de los monjes en la carta de su profesión religiosa cuando no sabían escribir. Todo ello no hace más que invitar a sus discípulos a considerar la Santa Cruz como señal bienhechora que simboliza la pasión salvadora de Nuestro Señor Jesucristo, por la que se venció el poder del mal y de la muerte.

La medalla tal como hoy la conocemos , se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a época anterior y tiene su historia. En el siglo XVII, en Nattenberg de Baviera (Alemania), en un proceso contra unas mujeres acusadas de brujería, ellas reconocieron que nunca habían podido influir malignamente contra el monasterio benedictino de Metten porque estaba protegido por una cruz.

Hechas, con curiosidad, investigaciones sobre esa cruz, se encontró que en las tapias del monasterio se hallaban pintadas varias cruces con unas siglas misteriosas que no supieron descifrar. Continuando la investigación entre los códices de la antigua biblioteca del monasterio, se encontró la clave de las misteriosas siglas en un libro miniado del siglo XIV.

En efecto, entre las figuras aparece una de San Benito alzando en su mano derecha una cruz que contenía parte del texto que se encontraba sólo en sus letras iniciales en las astas cruzadas de las cruces pintadas en las tapias del monasterio de Metten, y en la izquierda portaba una banderola con la continuación del texto que completaba todas las siglas hasta aquel momento misteriosas.

Además de la imagen de la Cruz y la de San Benito, la Medalla tiene cierto número de letras, cada una de las cuales representa una palabra latina. Las diversas palabras, reunidas, da un sentido que manifiesta la intención de la Medalla: expresar las relaciones que existen entre el Santo Patriarca de los Monjes del Occidente y la señal ensangrentada de la redención del género humano; y al mismo tiempo pone al alcance de los fieles un medio eficaz de usar la virtud de la Santa Cruz contra los espíritus malignos.

Medalla de san Benito

Significado de la Medalla de San Benito

Esas letras misteriosas se encuentran en la cara de la Medalla donde se encuentra representada la Santa cruz. Examinemos, en primer lugar, las cuatro que vienen colocadas entre las astas de la Cruz:

C S

P B

Significa: Crux Sancti Patris Benedicti; en Español, Cruz del Santo Padre Benito, estas palabras por sí solas ya explican el objetivo de la Medalla.

En la línea vertical de la Cruz, se lee:

C
S
S
M
L

Lo que quiere decir: Crux sacra sit mihi lux; en Español, La Cruz Sagrada sea mi luz.

En la línea horizontal de la Cruz, se lee:

N. D. S. M. D.

Cuyo significado es: Non draco sit mihi dux; en Español. No sea el dragón mi jefe.

Reuniendo esas dos líneas se forma un verso pentámetro, a través del cual el cristiano expresa su confianza en la Santa Cruz y su resistencia al juego que el demonio le quiere imponer.

Alrededor de la Medalla existe una inscripción más extensa, la cual en primer lugar presenta el santísimo Nombre de Jesús, expresado por el monograma bien conocido: I. H. S. La fe y la experiencia nos certifica la omnipotencia de este nombre divino.

Después viene, de derecha a izquierda, las siguientes letras:

V. R. S. N. S. M. V. S. M. Q. L. l. V. B.

Estas iniciales representan los dos versos que a continuación siguen:

Vade retro satana; nunquam suade mihi vana: Sunt mala quae libas; ipse venena bibas

En Español: Retírate satanás: nunca me des consejos de tus vanidades, la bebida que me ofreces es el mal, bebe tú mismo tus venenos.

Tales palabras se supone haber sido dichas por San Benito: Las del primer verso, por ocasión, de la tentación que sintió y sobre la cual triunfó haciendo la señal de la Cruz; las del segundo verso, en el momento en que sus enemigos le presentaron la bebida mortífera, que descubrió bendiciéndole con la señal de la vida el cáliz donde estaba.

El cristiano puede utilizar estas palabras todas las veces que fuera sorprendido por tentaciones e insultos del enemigo invisible de nuestra salvación.

El propio Jesús Cristo Nuestro Señor santificó las palabras Vade retro, satana -retírate satanás- y su valor es verdadero, ya que esto es confirmado por el Evangelio. Las vanidades que el demonio nos aconseja son las desobediencias a la ley de Dios, las máximas pompas y falsedades del mundo.

La bebida que el Ángel de las tinieblas nos presenta es el pecado, que mata el alma. No la aceptemos, devolvamos para él tan funesto regalo, ya que él mismo lo escogió como herencia.

No hay necesidad de explicar más ampliamente al lector cristiano la fuerza de esa conspiración, que se opone a las artimañas y violencia de satanás lo que el más teme: es la Cruz, el Santo Nombre de Jesús, las propias palabras del salvador cuando fue tentado, así como el recuerdo de las victorias del grande Patriarca San Benito sobre el dragón infernal. Suficiente que alguien pronuncie con fe tales palabras y de inmediato se sentirá fuerte para contrarrestar todos los ataques del infierno.

A pesar de no conocer los hechos que demuestran hasta qué punto satanás teme esa Medalla; la simple apreciación de lo que ella representa y expresa es suficiente para considerarla una de las armas más poderosas que la bondad de Dios puso a nuestro alcance contra la malicia diabólica.

Tomado de: Essai sur l’origine, la signification et les privileges de la Medaille ou Croix de Saint -Benoit. La primera edición de esta obra fue publicada en Poitiers, en 1862.

Autor : Don Próspero Luis Pascal Guéranger 

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Folleto de San Benito

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Santos

septiembre 12, 2021

Teresa de Cepeda y Ahumada nació el 28 de marzo de 1515, en Gotarrendura, provincia de Ávila, en el seno de una familia numerosa de la pequeña nobleza castellana.

Desde muy niña se interesaba por episodios de la vida de los santos, y cuando supo de los hechos de los primeros mártires, pensó que ese camino era una línea derecha al Cielo. Entonces decidió huir con su hermanito Rodrigo a “tierra de moros”, para entregar allí sus vidas en defensa de la fe. Estaban ya bastante lejos de la ciudad cuando un tío suyo consiguió alcanzarlos y devolverlos a casa.

Al haber perdido a su madre con tan sólo 14 años, Teresa se entregó en las manos de la Virgen, tomándola como única Madre.

Santa Teresa ingresa al Carmelo.

A los 20 años ingresó en el monasterio carmelita de la Encarnación, en Ávila —al principio contra la voluntad de su padre—, donde un año después hizo sus votos. Allí vivían casi doscientas religiosas bajo la regla mitigada de la Orden del Carmen. Sor Teresa recibió una espaciosa celda, junto con la libertad de recibir visitas a cualquier hora e ir a la ciudad por el motivo que fuere. Era habitual que las monjas estuvieran horas charlando en el locutorio, convertido en una especie de centro de reuniones sociales.

En el crisol de las probaciones.

Sin embargo, la cruz, elemento esencial de la grandeza, no tardó en presentarse a esa alma escogida. Poco después de su profesión religiosa, su salud se debilitó tanto que su padre, Alonso de Cepeda, consiguió permiso para llevarla al pueblo de Becedas, donde vivía una mujer cuyos tratamientos médicos tenían fama de eficaces.

Durante el viaje, Teresa conoció la oración mental a través del libro Tercer alfabeto espiritual, del P. Francisco de Osuna, sintiéndose invitada a la vida de contemplación.

De regreso a la casa paterna, una contracción muscular fortísima la dejó sin sentido durante casi cuatro días. La habrían enterrado si su padre no se hubiese opuesto. Incluso en esas condiciones, Teresa deseaba volver pronto al convento. Su alma, como la de Job (cf. 2, 10), se encontraba en excelentes disposiciones: “Estaba muy conforme con la voluntad de Dios, aunque me dejase así siempre. Paréceme que toda mi ansia era de sanar para estar a solas en oración como estaba acostumbrada”.

Después de tres años de parálisis, sus oraciones a San José le obtuvieron la curación y a partir de ese momento la devoción al santo Patriarca se volvió primordial en su vida.

La Vida Mística de Santa Teresa

“Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles”, fueron las palabras que oyó Teresa en el primer éxtasis que le concedió la gracia divina. “Desde aquel día yo quedé tan animosa para dejarlo todo por Dios como quien había querido en aquel momento —que no me parece fue más— dejar otra a su sierva”.

Al par de las pruebas, ahora Cristo continuaba hablándole con frecuencia y parecía andar siempre a su lado: “Ninguna vez que me recogiese un poco, o no estuviese muy distraída, podía ignorar que estaba cabe mí”. No era raro, en esas intimidades con Jesús, sentir en su alma el fuego del amor divino.

En más de una ocasión llegó a tener su corazón transverberado por un ángel, dejándole las marcas físicas de una perforación: “Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí […]. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarlo, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios”.

Reforma Carmelita

Sobre todo, veía la necesidad de reformar el Carmelo y sentía la llamada de la Providencia para realizar esta misión. Deseaba comunidades que no fueran mero refugio de almas contemplativas, preocupadas en fruir y gozar de la convivencia divina, sino verdaderas antorchas de amor ocupadas en reparar el mal que era hecho a la Iglesia. “Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo. […] No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia”.

Santa Teresa... Ayer y Hoy

Finalmente, con las debidas autorizaciones, el 24 de agosto de 1562 se celebró la primera Misa en el Monasterio de San José, el primogénito de los Carmelos reformados. En la más estricta pobreza y clausura, Teresa se puso a instruir a sus monjas, mostrándoles la fuerza de la vida comunitaria bien llevada, en la obediencia y en la alegría. Siempre les recordaba el principal motivo por el cual habían consagrado sus vidas: “Y si en esto podemos algo con Dios, estando encerradas peleamos por Él, y daré yo por muy bien empleados los trabajos que he pasado por hacer este rincón, adonde también pretendí se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección que se comenzó”.

Transcurridos 450 años de la fundación del primero de esos monasterios, el Papa Benedicto XVI creyó conveniente recordar la coyuntura en la cual vivió la santa mística y cómo aquella situación nos parece familiar. Para el Santo Padre, la reflexión de la santa carmelita permanece muy actual, luminosa e interpelante. “También hoy, como en el siglo XVI, y entre rápidas transformaciones, es preciso que la plegaria confiada sea el alma del apostolado, para que resuene con meridiana claridad y pujante dinamismo el mensaje redentor de Jesucristo.

Desde la Eternidad...

Ese radical modo de vivir atrajo enseguida a muchas jóvenes vocaciones. Cuando Santa Teresa entró en la eternidad, en 1582, había dejado fundados más de veinte monasterios de la rama reformada, femeninos y masculinos. Y como suele ocurrir con los muy llamados, el árbol que ella plantó continuó, tras su muerte, dando inestimables frutos a la Iglesia en los cinco continentes.

Es apremiante que la Palabra de vida vibre en las almas de forma armoniosa, con notas sonoras y atrayentes. […] Siguiendo las huellas de Teresa de Jesús, permitidme que diga a quienes tienen el futuro por delante: Aspirad también vosotros a ser totalmente de Jesús, sólo de Jesús y siempre de Jesús. No temáis decirle a Nuestro Señor, como ella: ‘Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?’ (Poesía 2)”.

Atendiendo al llamamiento divino, Santa Teresa supo identificar con gallardía los objetivos de su vida con los de Dios, pasando a la Historia como “una gran dama, una gran mujer, una gran monja y una gran santa”.27 Por eso, el introito de la Misa votiva canta con propiedad: “Le dio el Señor sabiduría y prudencia en abundancia, y la grandeza de corazón como las arenas de la playa del mar”.

Hna. María Teresa Ribeiro Matos, EP

Oración:

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda,

la paciencia

todo lo alcanza;

quien a Dios tiene

nada le falta.

Solo Dios basta.

Misiones

Misa de acción de gracias por el aniversario 59 del Ala de Combate # 22 de la FAE.

noviembre 4, 2021

Los Heraldos del Evangelio fueron invitados el mes pasado para solemnizar con la presencia de la Imagen Peregrina del Inmaculado Corazón de María y el conjunto musical, la misa de acción de gracias por el aniversario 59 del Ala de Combate # 22 de la FAE.

Compartimos con ustedes unas fotos de la Visita de Nuestra Señora de Fátima

Destacados, Espiritualidad

Después de recibir la sagrada Eucaristía, debemos recogernos a fin de aprovechar mejor las gracias de tan sublime misterio. ¿Cómo compenetrarnos en esos instantes de sublime convivencia con Nuestro Señor Jesucristo?

febrero 20, 2022

Las realidades inferiores siempre reflejan otras superiores. Esa fue la regla que ha regido la creación del incontable número de seres salidos de las manos de Dios, los cuales son, al mismo tiempo, diversos y armónicos entre sí.

Esto sucede, por ejemplo, con la perfecta constitución del organismo humano, que espeja el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. Esta sagrada institución, pese a ser posterior en el tiempo, constituye el modelo según el cual fue creado nuestro cuerpo. Por así decirlo, Dios pensó primero en lo más importante.

Algo similar también ocurre con la alimentación del hombre.

La convivencia es más importante que la comida.

La vida de todos nosotros es, en gran parte, hecha de rutina. Tal sería que el sueño de la noche, el aseo personal, el caminar y todo lo que realizamos diariamente constituyera una novedad…

También la alimentación forma parte de lo cotidiano. Sin embargo, hay gran diferencia entre la comida de un día corriente y un banquete festivo. En las ocasiones especiales, el esmero en la preparación es indispensable. Imaginemos una conmemoración importante, como la cena de Navidad, el cumpleaños de un familiar o cualquier otra efeméride. Se planea todo con antelación: el lugar de la fiesta, si deberá ser una comida o una cena, el número de invitados, el horario de inicio, el menú con sus distintos platos y bebidas, etc.

En esas ocasiones solemnes, no obstante, hay algo que se aprecia aún más que el manjar y las iguarias puestas a la mesa: es la convivencia entre los comensales, sean parientes o amigos.

Terminada la comida, esa convivencia se vuelve más intensa. ¿Quién no se ha valido nunca del famoso cafelito como excusa para, concluido el postre, prolongar apaciblemente la conversación? Y, en sentido contrario, ¿qué pensar del que se marcha deprisa, nada más haberse alimentado? Difícil será considerar buen amigo a quien no le gusta convivir con los demás y ni siquiera intenta disfrazarlo…

Agradable conversación al término del Banquete.

Por la reversibilidad entre las realidades inmateriales y materiales mencionada arriba, las comidas que saboreamos en esta tierra pueden ayudarnos a comprender mejor ciertos aspectos del Sagrado Banquete que es la Santa Misa.

Así pues, si al término de una cena que compartimos con los otros hombres procuramos el legítimo placer de una agradable conversación, ¿no debemos hacer algo similar después de que el propio Cristo se da a nosotros como alimento?

Pues bien, la acción de gracias después de la comunión es ese momento auge de convivencia en que culmina el Banquete divino. Y debemos preguntarnos: ¿le damos la debida importancia?

Algunos de los inmensos beneficios de la Eucaristía.

Antes de tratar acerca de cómo hacer con fruto la acción de gracias, conviene que recordemos algunos de los inmensos beneficios espirituales que la Santísima Eucaristía nos aporta en la comunión.

En la sagrada hostia recibimos no solamente una gracia enorme, sino al Creador y Fuente de toda gracia. Este es el principal motivo que hace de la Eucaristía el sacramento más excelente: en ella está substancialmente contenido el propio Cristo, mientras que los otros sacramentos no contienen sino una virtud instrumental participada de Cristo.1

Como si esto no bastara, con el Verbo Encarnado —en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad— nos son dados en la Eucaristía el Padre y el Espíritu Santo, a causa del inefable misterio de la pericoresis que los hace inseparables.

De modo que, al comulgar, nos convertimos de hecho en templos vivos de la Beatísima Trinidad. Y de tal manera somos asociados misteriosa y verdaderamente a la vida íntima de las tres Personas divinas, que en nuestra alma el Padre engendra al Hijo unigénito y de ambos procede el Espíritu Santo por el infinito acto de amor mutuo.

Dios nos diviniza y transforma.

Si la santidad consiste en la unión perfecta con Cristo, no cabe duda de que la vida de todo católico debe tener como centro la Eucaristía. Nada hay de más saludable que la comunión de la sagrada hostia. Se trata del más sublime sustento espiritual y, a diferencia de lo que ocurre con el alimento material —asimilado por el cuerpo—, es Cristo quien nos diviniza y transforma en sí mismo cuando recibimos las sagradas especies.

Por este motivo, San Juan Bosco, cuando estudiaba en el seminario, no se contentaba con comulgar sólo los domingos. Se ausentaba con frecuencia del desayuno y se dirigía, a escondidas, a una iglesia contigua. Después de recibir la Eucaristía y hacer la acción de gracias regresaba a tiempo de entrar en clase junto con sus compañeros. En esas ocasiones permanecía en ayunas hasta la comida y, aunque el cuerpo sufriera, su alma se beneficiaba enormemente. Como el mismo declaraba, ese fue el alimento más eficaz de su vocación.

Habiendo dilucidado y recordado algunos de los beneficios que recibimos en la comunión, se hace más fácil entender la importancia de un compenetrado acto de agradecimiento a Dios por la inmensa bondad manifestada al otorgarnos una participación del premio celestial ya en esta tierra.

Pautas para aprovechar esta inefable convivencia.

Después de comulgar el Cuerpo de Cristo debemos reservar un tiempo para la acción de gracias. Aunque sea un momento de mucha seriedad, visto el gran don que recibimos, de ninguna manera se trata de algo pesado o difícil para nuestro espíritu, como se podría pensar. Al contrario, consiste en una expresión de amor y gratitud nacidos de un corazón filial.

Ejemplo de ello nos lo da Santa Gema Galgani que, tras haber comulgado por la mañana temprano —lo cual hacía diariamente—, invertía la mitad del día en acción de gracias por la comunión recibida y la otra mitad para prepararse para la del día siguiente, tal era su devoción por el Santísimo Sacramento.

Ahora bien, tanto los que tienen la costumbre de recibir con frecuencia la Eucaristía, como esta mística italiana, como los que comulgan esporádicamente se beneficiarán al recordar ciertos puntos que hacen disminuir en nuestros corazones el fervor por Jesús Sacramentado.

Especialmente peligroso para los primeros es el espíritu de rutina, que hace estéril ese momento de intensa oración, reduciéndolo a formas preconcebidas. Algunas personas no se quedan tranquilas hasta que no han rezado, a menudo mecánicamente, fórmulas escritas en breviarios.

Para los segundos, la falta de frecuencia a la Eucaristía, a veces porque nos les parece una práctica importante, les puede causar dificultades en saber qué decirle a Dios. Su atención termina siendo llevada por el viento de otras preocupaciones y pensamientos, inevitablemente terrenos…

Las oraciones contenidas en libros piadosos deben ser para nosotros un auxilio y no un fin. Usémoslas en la medida en que nos ayuden a elevar el espíritu, de modo que se vuelvan una «pista de despegue» para que nuestra alma vuele hasta la sublime convivencia con Nuestro Señor Jesucristo.

Un Amigo que desea escucharnos y también hablarnos.

Los instantes que siguen a la comunión deben ser, para nosotros, los más preciosos del día: llenos de seriedad, pero también de sencillez e intimidad.

¿Quién no desea tener un confidente a quien contarle sus problemas y dificultades, alegrías y anhelos? Pues bien, eso sucede durante la acción de gracias: Dios entra en nosotros, como alguien que visita a su mejor amigo. Sólo que ese amigo con el cual conversamos es, ni más ni menos, que Nuestro Señor Jesucristo. Realmente, cuesta imaginar algo superior…

Dios quiere escucharnos, pero también desea que le oigamos. Por eso es necesario mantener el recogimiento a toda costa, tratando de apartar cualquier pensamiento que desvíe nuestra atención.

Sin duda, el demonio intentará servirse de las cosas corrientes para molestarnos y llevarnos a descuidar esa convivencia con lo sobrenatural. Oigamos el consejo de Santa Teresa de Jesús a sus monjas: «No perdáis tan buena sazón de negociar [con Dios] como es la hora después de haber comulgado».

Por cierto, ¿qué hemos de «negociar» si sólo podemos ganar? Cristo está presente en nuestro corazón y nada desea tanto como inundarnos de gracias y bendiciones.

Cuatro actos que ayudan a hacer la acción de gracias

Afirma el P. Antonio Royo Marín que «la mejor manera de dar gracias consiste en identificarse por el amor con el mismo Cristo y ofrecerle al Padre, con todas sus infinitas riquezas, como oblación suavísima por las cuatro finalidades del sacrificio: como adoración, reparación, petición y acción de gracias».

De hecho, muchos autores se valen de esos cuatro puntos —elementos constituyentes del acto de religión o de culto— como base para realizar una completa acción de gracias.

Y, aunque haya fórmulas escritas que auxilian en la meditación de cada uno de ellos, no podemos dejar de lado nuestras propias palabras. Dios desea escucharlas porque son únicas, exclusivas, pues Él creó a cada hombre para que lo amara de una forma específica e irrepetible.

Debo, por tanto, adorarlo por ser Él quien es: el Dios de infinita misericordia y justicia, a quien amo inmensamente. Preciso agradecerle el haber derramado su amor sobre mí al crearme, al concederme la filiación divina por el Bautismo, al vivir en mi interior por la comunión.

Estoy obligado a suplicar el perdón por mis pecados, faltas, ingratitudes y por las veces que le he ofendido; soy merecedor del Infierno, pero tengo fe en su perdón infinito, el cual invoco a fin de que los pecados del mundo sean reparados. Finalmente, cabe pedir todo lo que necesito, las gracias que me hacen falta para mi santificación y para aquellos por quienes tengo la obligación de rezar.

El «secreto» para una buena acción de gracias

Pedir el auxilio y la intercesión de la Virgen al comulgar es, sin duda alguna, el «secreto» para hacer una buena acción de gracias.

¿Quién mejor que Ella sabrá adorar, agradecer y amar a su divino Hijo y pedirle lo que necesitamos? Debemos, pues, recurrir siempre a María Santísima, para que inspire en nuestro interior una forma de acción de gracias enteramente consonante con la realizada por Ella cuando recibió la Eucaristía en el Cenáculo.

Que la propia Madre de Dios consuele, en nuestra alma, a Jesucristo en su Pasión dolorosa, la cual se renueva en cada Misa de manera incruenta. Que Ella nos diga palabras de afecto a la altura de tan digno Huésped y nos haga, por fin, participar de la sublime y eterna convivencia entre el Sagrado Corazón de Jesús y su Inmaculado Corazón, modelo de la perfecta unión de un alma virtuosa con el Santísimo Sacramento en la comunión.

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 65, a. 3.
2 Cf. ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. Madrid: BAC, 2018, p. 453.3 Cf. CERIA, SDB, Eugenio. Don Bosco con Dios. 4.ª ed. Madrid: CCS, 2001, p. 39.
4 Cf. GERMAN DE SAN ESTANISLAO, CP; BASILIO DE SAN PABLO, CP. Santa Gema Galgani. Vida de la primera Santa del siglo XX. 5.ª ed. Madrid: Palabra, 2010, p. 298.
5 SANTA TERESA DE JESÚS. Camino de perfección, c. 34, n.º 10.
6 ROYO MARÍN, op. cit., p. 457.

Hno. Carlos María de Oyarzábal

Destacados, Oraciones

Señor, haz de nuestro hogar un lugar de amor.

febrero 15, 2022

Señor, haz de nuestro hogar un lugar de amor. Donde no haya injurias, porque tú nos das comprensión; donde no haya amarguras, porque tú nos das paciencia; donde no haya rencor, porque tú nos enseñas el perdón; donde no haya abandono, porque tú estás siempre con nosotros. Señor, llena nuestras vidas. Que cada mañana amanezca un día más de entrega. Que cada noche nos encuentres con más amor de esposos; que vivamos todo el día en la ayuda y el consuelo mutuos. Ayúdanos, Señor, para educar a nuestros hijos, según tu imagen y semejanza; para que vivamos nuestro amor conforme a tu voluntad; para que veamos en nuestra felicidad un motivo más para amarte; para que demos a los demás lo mucho que tú nos has dado. Te invitamos, Señor, a nuestro hogar.

Amén.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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