Destacados, Espiritualidad

Sacramentales

¿En qué consisten? ¿Cuáles son sus diferencias con los Sacramentos o con los meros actos de piedad?
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

Nuestro día a día está inundado por una multitud de actos, muchas veces sencillos, que santifican las más variadas circunstancias de la vida. Nos alcanzan, por la acción de la Iglesia, abundantes beneficios espirituales e incluso materiales. Para facilitar el bien de nuestras almas, la Iglesia nos deja los sacramentales.

¿Cuántas veces, querido lector, no habrá hecho usted la señal de la cruz, usado el agua bendita o recibido la bendición de algún ministro de Dios? Acciones aparentemente sencillas, tan habituales en el transcurso de la vida cotidiana de un católico, sin duda practicadas en muchas ocasiones movidos por la piedad o la convicción de que eran medios para una unión más íntima con el Señor.

Ahora bien, los gestos mencionados más arriba forman parte de una realidad mucho más profunda y maravillosa: los sacramentales.

¿En qué consisten? ¿Cuáles son sus diferencias con los Sacramentos o con los meros actos de piedad?

Santificación de las circunstancias más variadas de la vida cristiana

Los sacramentales son definidos por el Catecismo como “signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los Sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia”. “Comprenden siempre una oración, con frecuencia acompañada de un signo determinado, como la imposición de la mano, la señal de la cruz, la aspersión con agua bendita”.

Más adelante nos detendremos en explicar mejor algunos elementos de esta definición, como la semejanza con los Sacramentos y la fuerza impetratoria de la Iglesia para que consigan sus efectos.

Pero, de momento, prestemos atención al hecho de que “han sido instituidos por la Iglesia en orden a la santificación de ciertos ministerios eclesiales, de ciertos estados de vida, de circunstancias muy variadas de la vida cristiana, así como del uso de cosas útiles al hombre”.

En efecto, en el término sacramental, se incluye una voluminosa cantidad de acciones y cosas, ya que “hay una gama entera de situaciones que afectan a individuos, familias, sociedades y naciones que necesitan la oración de la Iglesia y la bendición de Dios.

Algunas de éstas no son directa e inmediatamente cubiertas por los Sacramentos. Una profesión religiosa, consagración de una virgen, un funeral, la bendición de un nuevo hogar, la dedicación de una iglesia parroquial, son algunos puntos importantes de viraje en la vida del fiel.

La Iglesia y los Sacramentales

La Iglesia los acompaña no sólo con la Eucaristía y los Sacramentos, sino también por la celebración de los sacramentales”.

Ofrecen, entonces, a los fieles bien dispuestos, la posibilidad de santificar casi todos los acontecimientos de la vida por medio de la gracia divina que fluye de los méritos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Hoy en día, explica Vagaggini, “se tiende a reservar la noción de sacramentales a ciertos ritos de la Iglesia que, por sí, no forman parte de la celebración del sacrificio y de la administración de los siete Sacramentos, sino que son de estructura similar a aquella de los Sacramentos y que la Iglesia acostumbra a usar para conseguir con su impetración efectos principalmente espirituales”.

Aunque, de hecho, los sacramentales pueden ser tantos como tantas sean las necesidades de los hombres de cualquier época. “En los fieles bien dispuestos”, enseña el Catecismo, hace que “casi todos los acontecimientos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, de quien reciben su poder todos los Sacramentos y sacramentales, y que todo uso honesto de las cosas materiales pueda estar ordenado a la santificación del hombre y a la alabanza de Dios”.

Tres categorías de Sacramentales.

De esta distinción entre acciones y objetos, emana una primera clasificación de los sacramentales.

Hay algunos que no permanecen, tales como rituales o ceremonias que cesan con la acción misma que los ha constituido. Forman parte de los llamados sacramentales acciones y comprenden las diversas bendiciones invocativas —como las bendiciones nupciales, de los enfermos, de las casas, etcétera— hechas sobre cosas o personas para atraer un auxilio especial o determinados beneficios celestiales; así como también ciertos ritos que acompañan a la administración de los Sacramentos, tales como la imposición de la sal y el Effetá del Bautismo; o los exorcismos, por los que la Iglesia invoca la protección divina para alejar la influencia del demonio.

Otros Sacramentales.

Por otro lado, existen acciones que, siendo sacramentales, también hacen sacramental aquello sobre lo que se aplican. Son, por ejemplo, la dedicación de una iglesia o la consagración de una virgen, por las cuales la Iglesia entrega a Dios y a su culto, de modo permanente, personas o cosas; o las bendiciones constitutivas, cuya ejecución produce un efecto que perdura.

De estas acciones surgen los llamados sacramentales permanentes —o sacramentales cosas — sobre los que es impreso, por la consagración o bendición constitutiva, un casi-carácter que los hace aptos para que de ellos los fieles puedan hacer uso, especialmente ordenados a efectos espirituales; y que continúan siendo perpetuamente sacramentales tras la acción que los ha constituido.

En esta categoría se incluye el agua bendita, que, después de la realización del ritual por el cual ha dejado de ser agua común, permanece por sí misma como un sacramental con diversos efectos para el fiel que la usa.

Lo mismo ocurre con determinados escapularios y medallas, con las velas benditas del día de la Presentación o con las palmas y ramos de olivo bendecidos el Domingo de Resurrección, entre otros.

Eficacia de un Sacramental: El agua bendita.

Cuenta Santa Teresa de Jesús en su Libro de la vida cómo, en cierta ocasión, el demonio se le apareció dos veces, huyendo inmediatamente tan pronto como ella hizo la señal de la cruz, pero volvía poco después. Sin embargo, cuando añadió el agua bendita a la señal de la cruz, desapareció definitivamente.

Por eso, muchas veces, con el fin de que las monjas hicieran sus oraciones en paz, la santa reformadora del Carmelo les pedía que se aspergieran reiteradamente.

Por la acción de la Iglesia, en unión con Cristo.

Aunque creamos que la ceremonia de dedicación de una iglesia la convierte en sagrada, que la medalla de San Benito tiene poderes especiales contra las celadas del maligno, que el uso de la sagrada correa agustiniana nos ayuda y protege en las tentaciones contra la castidad o que el agua bendita, además de perdonar los pecados veniales, también ahuyenta a los ángeles malos, no está de más que analicemos de dónde proviene la eficacia para que puedan ser realmente alcanzados tales efectos.

Nos enseña la Teología que los Sacramentos producen su efecto ex opere operato (“por la obra realizada”), cuando son debidamente administrados y recibidos. Es decir, su eficacia proviene ante todo del valor de la acción en sí misma. “Tienen una virtud intrínseca en cuanto son acciones del mismo Cristo, que comunica y difunde la gracia de la Cabeza divina en los miembros del Cuerpo místico”.

Oraciones personales.

Otras acciones producen sus efectos ex opere operantes (“por la acción de quien la obra”), o sea, no poseen virtud propia, sino que dependen de las disposiciones de la persona que las realiza. Esto es lo que ocurre con la comunión espiritual o con la oración personal y con todos los actos sobrenaturales de los justos.

Sin embargo, ninguna de estas dos opciones explica exactamente lo que ocurre con los sacramentales.

No se encuadran en ambos casos, pero actúan principalmente por la impetración de la Iglesia, independientemente de las disposiciones del ministro y, en muchos casos, tampoco del propio sujeto que los recibe.

En efecto, al ser Jesucristo “la Cabeza del Cuerpo, es decir, de la Iglesia” (Col 1, 18), forma una sola unidad con ella. “La cabeza y los miembros son como una sola persona mística”, afirma Santo Tomás.

Y un célebre biblista jesuita, el P. Bover, añade: “El Cuerpo Místico de Cristo es, a manera del cuerpo humano, un organismo espiritual que, unido a Cristo como a su cabeza, vive la vida misma de Cristo, animado por el Espíritu de Cristo”.

“Es necesario que nos acostumbremos a ver en la Iglesia al mismo Cristo”, aconseja Pío XII. “Porque Cristo es quien vive en su Iglesia, quien por medio de ella enseña, gobierna y confiere la santidad”.

Así, las obras de la Iglesia son actos del propio Cristo, y la oración de la Iglesia no es otra cosa que la oración de Cristo a la derecha del Padre, a la que se asocia y de la que participa, o mejor, a la cual Cristo la asocia y la hace participar.

De hecho, como signos de la Fe intercesora y orante de la Santa Iglesia y de los efectos que esa oración produce, los sacramentales son tan dotados de una eficacia superior a la de cualquier buena obra privada.

Riqueza espiritual y material puesta a nuestra disposición

Al atribuir al sacramental un determinado efecto e invocar, sobre este signo sagrado, su poder de impetración, la Santa Iglesia espera obtener a través de él principalmente gracias actuales y, secundariamente, gracias temporales otorgadas con miras a un bien espiritual.

Por eso, nos recuerda San Alfonso María de Ligorio, “cuando pedimos a Dios gracias temporales, debemos pedirlas con resignación y a condición de que sean útiles para nuestra salvación eterna. Si por ventura el Señor no nos las concediera estemos seguros que nos las niega por el amor que nos tiene, pues sabe que serían perjudiciales para nuestro progreso espiritual”.

De esta manera, siguiendo las mismas leyes generales que regulan la oración, los efectos de los sacramentales son “sobre todo espirituales”.

Por medio de ellos la Iglesia pide gracias actuales para dar auxilio al ejercicio de las virtudes —especialmente de la Fe, Esperanza y Caridad—, como también para alcanzar el perdón de los pecados veniales, la mejor preparación de la recepción de los Sacramentos y la protección contra los demonios.

Las Indulgencias ¿Sacramentales?

Las indulgencias también son sacramentales y, como tales, es a través del poder impetratorio de la Iglesia —administradora, en cuanto ministra de la Redención, del tesoro de los méritos de Cristo y de los Santos— que consigue la remisión de las penas temporales que serían satisfechas en el Purgatorio. Lo mismo ocurre con las bendiciones duraderas, aquellas que consagran de manera permanente una cosa o una persona para el servicio de Dios.

Pero, quien dice efectos “sobre todo espirituales” admite implícitamente la posibilidad de obtener gracias materiales, mientras éstas cooperen para la obtención de un bien espiritual mayor. Tales pedidos podrán ser, por ejemplo, el alivio de nuestros sufrimientos, el alejamiento de los castigos divinos, la cura de dolencias, una abundante cosecha o un viaje exitoso, etcétera, siempre que sean conforme a la voluntad del Padre Celestial e, insistimos, para mayor santificación del alma. Estas condiciones hacen que tales pedidos materiales, siguiendo las reglas de la oración expuestas más arriba, aunque no sean infalibles, vengan a ser atendidos, si son hechos con sana intención y justa causa.

Dentro de esta perspectiva, no existe uso de las cosas materiales (de acuerdo a la recta moral) que no pueda ser dirigido a la santificación de los hombres y a la alabanza de Dios, pues los méritos redentores de Cristo extienden, felizmente, su benéfica influencia sobre la criatura y no sólo sobre la humanidad.

Auxilio en nuestros embates espirituales

Finalmente, es necesario considerar que, aunque los efectos de los sacramentales no dependan principalmente de la disposición con la que son administrados o recibidos, tal disposición puede concurrir a una eficacia superior. De hecho, el Señor otorga sus dones en mayor cantidad y calidad en virtud de nuestro mérito al identificarnos, por nuestra religiosidad profunda y admirativa, con la Iglesia santa e inmaculada que opera a través de ellos.

Porque somos hijos de Dios, también y necesariamente somos, por condición de esa afiliación divina, enemigos del primer y peor de entre los enemigos suyos, que es el demonio. Por tanto, del sincero y filial amor a Dios, sólo puede brotar la disposición para vivir en estado de lucha en este campo de batalla que es la Tierra y alcanzar el Reino de los Cielos que los violentos intentan arrebatarlo (Cf. Mt 11, 12).

Echemos mano, pues, a esas “armas” sobrenaturales que nos auxilian a ser victoriosos en las duras, incesantes y, sobre todo, santificantes faenas que tenemos que trabar inevitablemente cada día y, como el Apóstol, podamos decir al fin de esta vida: “He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la Fe” (2 Tm 4, 7). ¡Dadme, Señor, el premio de vuestra gloria!

Bendición de San Blas ¿Sacramental?

El día 3 de febrero muchos fieles van a sus parroquias para recibir la bendición de San Blas, implorando la protección de Dios contra los males de garganta.

Mientras pronuncia la fórmula, el sacerdote o diácono les pone en el cuello dos velas bendecidas el día anterior —fiesta de la Presentación del Niño Jesús en el Templo y de Nuestra Señora de la Candelaria— atadas en forma de cruz.

El origen de este hermoso ritual es atribuido por la tradición al hecho ocurrido con el venerado Obispo de Sebaste (actual Armenia) que vivió en el siglo IV. Cierto día, fue llevado hasta un niño que estaba en estado grave, con una espina de pescado atravesada en su garganta. Viendo esto, el santo cogió dos velas, que la madre había ofrecido anteriormente a la Iglesia, y las puso cruzadas sobre el cuello del pequeño que, al ser bendecido, quedó súbitamente aliviado del mal.

Padre Ignacio Montojo Magro, EP

Comentarios

Ángeles, Destacados

El ángel custodio nos fue dado no apenas para las horas del peligro y probación, como también para rezar e interceder por nosotros a todo instante.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

febrero 22, 2022

El ángel custodio nos fue dado no apenas para las horas del peligro y probación, como también para rezar e interceder por nosotros a todo instante. El es nuestro mediador y abogado junto al trono del Altísimo y ruega continuamente en favor de su protegido.

Por lo tanto, nos aconseja Dr. Plinio: «Es de todo conveniente implorar siempre ese patrocínio de nuestro ángel de la guarda.»

A continuación sigue un artículo de Dr. Plinio:

De acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, los ángeles se dividen en nueve categorías superpuestas: Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, principados, Arcángeles y Ángeles.

Aunque todos esos espíritus celestiales contemplan a Dios directamente, no lo hacen con igual amplitud de conocimiento. O sea, los que se encuentran en un nivel superior tienen una visión más plena e inmediata de Él, discerniendo una serie de perfecciones divinas que los menores no alcanzan a distinguir. Sin embargo, esta diferencia de intelección es compensada por la infinita bondad del Creador, el cual dispuso que los primeros revelen a los segundos todo lo que consiguen aprender sobre Él. Y así, esas nociones con respecto a Dios van siendo transmitidas de un ángel a otro, y de una jerarquía angélica a otra, desde la más elevada, donde se encuentran los Serafines, hasta la menos excelsa, que es la de los ángeles.

Se admite que a esos espíritus puros Dios les confió el gobierno de los astros, de tal forma que cada estrella y cada planeta del Universo posee un ángel que lo rige, según los sabios deseos del Altísimo. De ahí la perfección del orden sideral.

Ahora bien, así como cada estrella del firmamento tiene un ángel designado para dirigirla, así también cada hombre cuenta con la tutela y la protección de una criatura angélica: su Ángel de la Guarda. ¡Tan esplendoroso, tan magnífico, que, a veces, cuando él aparece a su protegido, este piensa que está delante del propio Dios! Al mismo tiempo – creo yo – tan parecido espiritualmente con su pupilo que, si cada uno de nosotros conociese a su Ángel de la Guarda, quedaría pasmado al constatar cuánto él es conforme a sus buenos sentimientos y a sus voliciones ordenadas, y se sentiría como un pariente próximo de ese grandioso Príncipe Celestial…

Nuestros Ángeles de la Guarda no nos pierden de vista un solo instante, ni de día, ni de noche, pues aún cuando dormimos velan por nosotros. A todo momento ellos hablan a nuestras almas, susurran con cariño y bondad consejos que nos llevan por las sendas del bien; y cuando se ven obligados a hablarnos con vigor, lo hacen a la manera de un buen padre que a veces reprende a su hijo, justamente porque lo ama.

Nuestros guardianes celestiales se encuentran, por lo tanto, continuamente de bruces sobre nosotros.

Cuando nos sintamos solos, cuando estemos, por ejemplo, transitando por las calles de las ciudades contemporáneas, tan cercadas de inmoralidades, tan sucias, tan impregnadas de polución y de inmundicias de toda especie, roguemos la protección de nuestros angeles de la Guarda. Antes de salir de casa, digamos: «Mi Santo Ángel, acompañadme, venid conmigo, protegedme, habladme al alma y ayudadme a evitar las malas miradas, a las personas que quieran causarme daño, los accidentes que me puedan masacrar; ¡traedme, en fin, todo bien!»

Ejerciendo una de las misiones propias de los ángeles, de ser
mensajeros de Dios, San Gabriel anuncia a María que
Ella será la Madre del Verbo Encarnado.

Y cuando estemos en cualquier apuro, acordémonos de esa verdad reconfortante: un Ángel de la Guarda nunca abandona a su protegido. Por lo tanto, mientras caminamos y oímos resonar nuestros pasos sobre el cemento de la acera, pensemos: «Mi Ángel de la Guarda me está viendo». Si sufriéremos una tentación, digamos incontinenti: «¡Mi Santo Ángel, protegedme, apartad de mí ese demonio que me tienta!»

Es interesante notar que, mientras vigilan así a los hombres sobre la Tierra, los Ángeles de la Guarda continúan contemplando a Dios cara a cara. Y ahí, en la presencia del Altísimo, permutan impresiones con respecto a lo que sucede en el mundo, a la lucha entre buenos y malos, al desarrollo del plan de Dios para la humanidad, etc. Aunque no tengan una noticia exacta de los designios divinos sobre la creación terrena, los ángeles, sin embargo, como están dotados de una inteligencia superior, levantan entre sí hipótesis y conjeturas acerca de tales designios. Y esa interlocución angélica sube al Trono del Creador como un extraordinario e indescriptible cántico de alabanza y de glorificación.

Sepamos, entonces, que cada uno de nosotros se beneficia de la tutela de uno de esos seres maravillosos. Sepamos, también, agradecer a nuestro Ángel de la Guarda la protección incansable que nos dispensa, y decir, todos los días, esta bella jaculatoria formulada por la Iglesia: «Ángel de Dios, que eres mi custodio, ya que la soberana piedad me ha encomendado a ti, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname. Amén».

(Revista Dr. Plinio, No. 5, agosto de 1998, pp. 21-22, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

Historia y Creación

A continuación pasearemos por las alturas, recorriendo algunas montañas y nevados del Ecuador.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

noviembre 18, 2021

Una de las escenas más pungentes encontrada en los Evangelios, sin duda, está en el sermón de la montaña, descrita por San Mateo (capítulos 5-7). En el lenguaje bíblico la ‘montaña’, debido a su elevación, se torna un lugar de comunicación con lo divino; así pueden ser vistos, por ejemplo, el Sinaí, el Horeb, el monte Sión, etc. Las montañas, comunican al hombre la grandeza y la magnitud del Creador.

Sus formas irregulares y diversas, se mezclan en la armonía de sus puntas, coloreadas por el mejor  amigo  de los pintores, el sol. A continuación pasearemos por las alturas, recorriendo algunas montañas y nevados del Ecuador:

Chimborazo (6.310 m)

El rey de los Andes ecuatorianos, sobrepasa en altura a todas las demás montañas y elevaciones; el enorme macizo se alarga en dirección este-oeste con una altura que llega a los 6.310 msnm y una base de más de 20 Km. de diámetro. No ha tenido actividad volcánica reciente y se calcula que su última erupción ocurrió hace aproximadamente 10.000 años.

Su majestuosidad es tal que en un día despejado se puede observar al Chimborazo incluso desde la ciudad de Guayaquil, a orillas del océano Pacífico.

Cotopaxi (5.897 m)

A 5897 metros encima del nivel de mar, y elevando majestuosamente encima de las montañas Andinas, es el volcán más alto, es uno de los volcanes mas activos en todo el Ecuador.

El nombre de la montaña es una voz Cayapa que se descompone así: Coto, cuello; pag, de pagta, sol y si de shi, dulce. Es decir, “Dulce Cuello de Sol”.

Cayambe (5.790 m)

El Cayambe es un volcán en la Cordillera Central del norte de Ecuador. Es el tercer volcán más alto de Ecuador detrás del Cotopaxi, tiene una altitud de aproximadamente 5790 m sobre el nivel del mar.

Antisana (5.758 m)

El volcán Antisana es un nevado de más de 5700 m de altura ubicado a 48 km al sureste de Quito y alejado de las carreteras asfaltadas. La atracción principal es el Cóndor Andino, pero el páramo también alberga inusuales bromelias o “puyas”, frailejones, gran cantidad de especies de colibríes y otras aves de altura que rodean las lagunas, y barrancos de lava de más de 200 años de antigüedad.

Altar (5.319 m)

El Altar es un volcán extinto localizado en el centro de Ecuador, en la Cordillera Oriental de los Andes a unos 45 km al suroeste de Riobamba.

El volcán recibe su nombre debido a las formas que adoptan sus numerosos picos, semejando el altar de una Iglesia. Los incas llamaron a este volcán Capac Urcu, que significa montaña todopoderosa.

lliniza (5.248 m)

Iliniza es un estratovolcán en Ecuador, situado unos 55 km al sudoeste de Quito. Illiniza, un volcán potencialmente activo, consta de dos picos cubiertos de nieve: Illiniza Sur (5.248 m) y Illiniza Norte (5.126 m).  Su nombre deriva de las palabras kunza para «cerro varón».

Tungurahua (5.023 m)

El Tungurahua (5.023 metros) está localizado en la Cordillera de Ecuador (Los Andes), 140 kilómetros (87 millas) al sur de Quito, la capital del país. Notables montañas y volcanes cercanos son el Chimborazo (6.310 metros) y El Altar (5.319 metros). La pequeña ciudad de Baños, conocida por sus aguas termales, se encuentra en sus faldas, a aproximadamente cinco kilómetros al norte.

María Santísima

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

septiembre 9, 2021

  Las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, son consideradas como las más proféticas apariciones de los últimos tiempos.

  En Fátima, la Santísima Virgen no se dirigió solamente a la generación de comienzos del siglo XX, sino, sobre todo, a las que vinieron después.

  Y a medida que las décadas fueron pasando y el segundo milenio fue agonizando entre aprensiones y tragedias, las palabras proféticas de la Madre de Dios se tornan más reales.

  Ya en la época de las apariciones de Fátima, en los primeros años del siglo XX, los acontecimientos mundiales hacían entrever lo que sería la triste historia contemporánea. Por un lado, un progreso material casi ilimitado, parejo a una decadencia en las costumbres como nunca se vio antes.

  Por otro lado, guerras y convulsiones sociales de proporciones terribles. La Primera Guerra Mundial fue un ejemplo de esa realidad, ampliamente superada por la Segunda Guerra Mundial y por todo cuanto la siguió.

  A todos esos males, como Madre solícita y afectuosa, María Santísima quiso poner remedio, evitándoselos a sus hijos. Por eso descendió del Cielo a fin de alertar a la humanidad de los riesgos que corría si continuase en las vías tortuosas del pecado. Vino, al mismo tiempo, a indicar los medios de salvación: el rezo del Rosario, la práctica de los Cinco Primeros Sábados, la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Antes del 13 de Octubre.

Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más.

“Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día

Aunque breve, la aparición de la Virgen dejó a los pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.

Sexta y última aparición: 13 de octubre de 1917

  Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal.

  Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió:

“Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

– Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas.

– Quería pedirle muchas cosas. Si curaba unos enfermos y convertía unos pecadores…

– A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados.

  Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

  Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol”.

  Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: “¡Miren el sol!”. Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata.

  A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a “bailar”. Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones.

Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zig-zag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada.

  Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zig-zag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días.

  El ciclo de las visiones de Fátima había terminado. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: “¡El milagro, los niños tenían razón!”. Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas.

  El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones.

  Casi se podría decir que, cuanto más importante es el acontecimiento previsto, tanto mayor la grandeza de las señales que lo preceden, la autoridad de los profetas que lo anuncian, y el tiempo de espera.

  Es fácil, a la luz de esta regla, evaluar la importancia de las previsiones de Fátima, pues quien nos las anuncia no es un ángel, ni un gran santo, sino la propia Madre de Dios.

Lacrimación de una Imagen Peregrina de los Caballeros de la Virgen en Centroamérica.

Espiritualidad, Oraciones

Oración compuesta por el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

abril 14, 2022

Oh María Santísima, Madre mía, Vos encontrabais tanta cosas que decirle a vuestro divino Hijo, cuando Él estaba en vuestro claustro. Ved qué miserias le digo yo… y decidle por mí aquello que me gustaría decirle, si conociera lo que Vos le dijisteis cuando Él estaba en vuestro claustro. Habladle por mí, Madre mía, y decidle todo lo que yo querría ser capaz de decir y no lo soy.

Adoradlo como yo querría adorarlo y —¡oh, dolor!— no soy capaz de hacerlo.
Presentadle actos de Adoradlo como yo querría adorarlo y —¡oh, dolor!— no soy capaz de hacerlo.

Presentadle actos de reparación por mis pecados y por los del mundo entero, con un ardor que infelizmente no tengo. Madre mía, pedid por mí todo lo que mi alma necesita, todo lo que precisan todos los hombres, para instaurar en la tierra vuestro Reino. Porque, Madre mía, lo que os pido ante todo es el triunfo de vuestro Corazón Sapiencial e Inmaculado y la implantación de vuestro Reino, en mí y sobre todos los hombres. Así sea.

Plinio Corrêa de Oliveira

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
Si desea contactarse con nosotros, envíenos un mensaje.