Ángeles, Destacados

¿Cómo son los Ángeles?

La iconografía de los Ángeles del Renacimiento y del barroco, así como ciertas imágenes muy difundidas en el siglo pasado no representan auténticamente los espíritus angélicos; los de la Edad Media y los de Fray Angélico expresan la realidad.
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El tratar sobre los Ángeles, debemos establecer antes algunos principios que nos ayudarán a profundizar sobre el asunto.

Monasterio del monte Saint-Michel.

El primer principio que conviene recordar es el siguiente: la Providencia está permitiendo al demonio tener un atrevimiento y una amplitud de acción como jamás se vio a lo largo de la Historia. Es normal que tengamos muchas y variadas impresiones a respecto del pasado. La Historia narra los acontecimientos más extraños, más censurables, más condenables. Entretanto, cuando comparamos esos acontecimientos con algunos que se dan en el mundo contemporáneo, vemos que el pasado era simplemente cristalino y encantador, inclusive en sus aspectos más censurables, en comparación con los lados reprobables del presente.

Hace dos mil años la Iglesia rinde culto a los santos Ángeles y, de vez en cuando ellos se aparecen y se manifiestan. Recordemos el Monasterio de Saint-Michel, en Francia, el cual visto en su totalidad es como que la fotografía, en piedra, de un espíritu angelical.

Aquella punta que se yergue, la abadía con sus varias construcciones, junto a aquel mar lleno de variedades, ora más mar que tierra, ora más tierra que mar, a veces restos de mar empozado en medio de brazos de tierra que se van secando y emergiendo en medio de todo aquello; y después se siente un viento aullando y silbando en la parte del mar que es siempre mar. En medio de todo esto el Monasterio de Saint-Michel de pie, solemne, tranquilo y firme, agarrando y dominando las rocas, mostrando a los mares la inutilidad de sus movimientos y con su flecha apuntando al cielo.

Como el espíritu humano conoce mejor las cosas por medio de contrastes, vamos a tomar ciertas nociones comunes y corrientes, poco precisas e infelizmente un tanto infantiles a respeto de los Ángeles, presentes en la mentalidad de todo mundo – oriundas de una apreciación muy sumaria del tema -, y transponerlas para lo que imaginamos de un Ángel. Así trataremos de tener alguna idea de aquellos Ángeles cuya venida e intervención esperamos. Queda así indicada nuestra meta, y nuestras almas, al menos por unos instantes, apuntarán a la hora de su venida, como la torre del campanario del Monte Saint-Michel.

Ángel gordiflón y despreocupado...

¿Cuáles son las ideas que existen a respeto de los Ángeles? El niño recibe y forma una noción sobre la figura del Ángel correspondiente a las ideas que sus padres – y también el párroco – tienen del Ángel. Sobre todo, el niño sabe de un modo instintivo y confuso que, en último análisis, el papá y la mamá ratifican con el sacerdote sus ideas sobre Religión. De manera que juzga más o menos subconscientemente que toda estampa, toda medalla, toda figura que represente a un Ángel, representa la enseñanza de la Iglesia Católica sobre el Ángel.

Entonces debemos reportarnos a las imágenes, a las estampas, a las cosas habituales a respecto de los Ángeles – y que no son muchas. Podemos pensar un poquito también en los magníficos Ángeles de la Edad Media, pasando muy rápidamente por los Ángeles del barroco. Consideremos, en primer lugar, cómo los Ángeles eran presentados en nuestra infancia.

Había dos casas en São Paulo, en el centro viejo, que vendían relojes, algunas joyas y objetos religiosos de lujo: la Joyería Michel y la Casa Benito Loeb. Aquella imagen del Corazón de Jesús que hay en mi residencia, por ejemplo, fue comprada en una de esas tiendas. Yo recuerdo que la comercialización de artículos religiosos para niños de mi tiempo, era realizada por esas dos casas. Y eran, en general, fábricas francesas que enviaban esos objetos a São Paulo.

Entonces, me recuerdo de un medallón que representaba un Ángel y que me llamó mucho la atención. Era circular, bueno para regalarle a una señora que acaba de tener un hijo, para colgarlo en la cabecera de la cuna; para agradar a un bebé de tres, cuatro, cinco años que está de cumpleaños; adecuado también para darle a un niño un poco mayor que recibe la Primera Comunión. No recuerdo más si ese medallón era mío o de mi hermana o de alguno de mis primos. Sé que ese medallón convivió conmigo. Y en la intimidad de una infancia entre parientes, en que la propiedad individual existe confusamente y los objetos son intercambiados, y que pasan del cajón de uno a la mano del otro, en ese remolino, tengo la impresión de que acabó siendo mío, pero no estoy seguro.

Era un Ángel tipo, todavía, Belle Époque: gordiflón, con el rostro relleno, cabellos ligeramente ondulados, brazos bien rollizos, rellenos, y una cara de entera tranquilidad, inclinado sobre algo que era como que la base del medallón, tendiendo un poco al tedio, incapaz y sin deseos de cualquier esfuerzo. Como quien mira desde una terraza hacia un punto vago, sin interés en la escena que se desarrolla abajo y dice: «¡Yo ya combatí en mi batalla y ahora estoy aquí gozando; usted arrégleselas como pueda!»

Recuerdo que yo miraba al Ángel y me venía al espíritu una leve perturbación, en el siguiente sentido: «Si un Ángel es así y conociera bien el interior de su alma, no concordaría con usted; porque usted tiene a respecto del Ángel unas ideas que esta imagen no simboliza.

Luego, o esas ideas son contra la realidad de lo que es un Ángel y usted está equivocado, o ellas coinciden con la realidad; pero entonces el que está incorrecto es aquel Ángel y, por tanto, alguna cosa no encaja bien en esto.» La salida era, naturalmente: «Yo voy a indagar.» Y miraba, miraba, miraba para ver si encontraba en el Ángel alguna cosa que tuviese relación con eso.

...o sentado sobre una nube y tocando harpa

Entonces, una primera idea a respecto de los Ángeles: vida ya realizada, sin futuro, en una eternidad sin grandes atractivos, con un cierto fondo de aburrimiento. ¡Esfuerzo, no! Pero otros cuadros, otras cosas de un arte religioso que ya caminaba a grandes pasos hacia su decadencia, afirmaban eso.

Por ejemplo, cuadro clásico, tantas veces comentado entre nosotros: Ángeles sentados encima de nubes, sobre un cielo azul, tocando harpa. ¿Cuándo acabará de tocar el harpa? ¿Cómo es que esa nube no se hunde?

Al final se tiene la impresión de que ellos estaban pintados con una cara animada, a manera de personas muy bien educadas que estaban atravesando por una etapa de tedio, con aire distraído, pero que en el fondo estaban fastidiados…

Por otro lado, está la idea recta, insinuada, de que ellos son de una naturaleza enteramente superior a la nuestra, presentados en carne y hueso apenas porque el arte no puede pintar el puro espíritu, pero que gozan de la presencia de Dios y de la familiaridad en los inefables del Altísimo y que son muy bien intencionados, muy bien dispuestos en relación a los hombres. Listos a ayudar, a socorrer.

Me hice adulto y las imágenes de Ángeles se fueron repitiendo dentro del mismo estilo. Recuerdo una estampa impresa, bastante popular colocada en el locutorio de un convento que frecuenté mucho, representando un chiquillo atravesando un puente, y el Ángel de la Guarda, por detrás, tomando actitudes para que no se cayera del puente, con una solicitud, un desvelo extraordinario.

Yo miraba y pensaba: «Esa imagen insinúa, sin afirmarlo explícitamente, que el Ángel se preocupa mucho para que el chiquito no se quiebre la pierna, pero de que no peque y ame verdaderamente a Dios, no estoy viendo mucha preocupación. Es más o menos un vigilante. ¿Dónde está el celo del Ángel por la causa de Dios?« No formulaba esto a la manera de censura, sino de perplejidad. Era algo que no encontraba. Entonces, suspendía mi juicio y decía: «No, después veremos.»

Los Ángeles de Fray Angélico.

Algo importante en mi vida fue mi encuentro con los Ángeles de la Edad Media y, sobre todo, con los de Fray Angélico. Y reflexioné: «Aquí hay algo con otro pensamiento, otra altura, otra clase, diferente de aquellos Ángeles que había visto, de una iconografía decadente. Ahora, como Fray Angélico es beato, todo lo hizo bien».

Pero ahí venía otra perplejidad: los Ángeles de Fray Angélico, los de mis recuerdos, están siempre en la bienaventuranza eterna, expresada, es verdad, de una manera perfectamente delicada, noble, sobrenatural, de conmover el alma. Y fue ese el aspecto de los Ángeles que Fray Angélico quiso presentarnos. Yo puse en una de nuestras salas más nobles cuatro copias de Ángeles pintados por él, y me alegro que estén allá. Corresponden a la imagen que yo tendría a respeto de un Ángel.

¿Pero sólo en aquella postura? ¿No hay otras? ¿No relucen en los Ángeles también otras perfecciones que mi alma busca hace mucho tiempo? ¿Cómo son esas perfecciones?

Apenas una idea me quedó en el espíritu: ¿Por qué Fray Angélico los pinta así? El mismo vivió en un período en que la Edad Media ya iba caminando hacia su decadencia, y el heroísmo de los guerreros medievales tenía cualquier resto aún de ferocidad salvaje. Europa iba a hundirse, en breve, en lo que se llama la anarquía feudal, o sea, la explosión de rebeldía de los señores contra sus reyes, de los señores menores contra los señores mayores y una disputa tremenda de unos contra otros, en parte, un fermento de ferocidad revolucionaria que comenzaba a crepitar, y de otro lado una disposición de alma para la lucha que había sido llevada más allá del meridiano común.

Naturalmente se comprende que Fray Angélico no podría presentar a una humanidad así, unos Ángeles en plena acción de batalla, pues acabaría por incitar a algo que no convenía estimular. En aquel tiempo, los Ángeles deberían inspirar mansedumbre, ser distendidos, convidando a la dulzura. Así como San Francisco Solano que tocando el violín tranquilizaba a los indios del Perú; y se comprende que el Santo no les enseñara marchas guerreras, pues ellos ya tenían aquello burbujeando en exceso. Así se entiende porque Fray Angélico pintó de esa forma sus muy admirados Ángeles.

Ángeles del Renacimiento.

A veces vemos pinturas o esculturas de Ángeles del Renacimiento – y del Barroco, continuador en algunos sentidos del Renacimiento – y no sabemos si representan cupidos paganos… Hubo el caso de un gran pintor del Renacimiento, a quien un romano famoso le encargó un San Juan Bautista increpando a los fariseos. El artista dijo que tenía uno casi terminado y podría entregárselo en poco tiempo, digamos en diez días. De hecho, pasado ese plazo, el cuadro estaba terminado.

¿Cómo se explica que un cuadro, que exige mucho tiempo para pintarse – no debido a las pinceladas, sino porque se debe reflexionar en cada trazo, pues se trata de una verdadera composición -, estaba listo en diez días?

Él había pintado un Baco, el Dios indigno del vino y de la borrachera. Como no encontró comprador, le pintó por encima una piel de camello para cubrir un poquito a Baco y, con la misma expresión de fisonomía del Dios de la borrachera, lo presentó como siendo San Juan Bautista.

Se comprende perfectamente que Ángeles concebidos en esa escuela de arte no tengan nada de católico. Son una deformación del concepto de Ángel.

Entonces, debemos dejar de lado esas nociones, conservar en la retina los Ángeles de Fray Angélico y preguntar: Si uno de esos Ángeles se enojara, ¿qué expresión fisonómica tomaría? ¿Colocado frente al mal, a la Revolución, que aspecto tendría?

Esto nos podría dar alguna idea de cómo sería un Ángel, caso lo viésemos. Así preparamos nuestro espíritu para una reflexión sobre cómo debe ser un Ángel.

Plinio Corrêa de Oliveira. Extraído de conferencia del 6/12/1980

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Santos

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septiembre 12, 2021

Teresa de Cepeda y Ahumada nació el 28 de marzo de 1515, en Gotarrendura, provincia de Ávila, en el seno de una familia numerosa de la pequeña nobleza castellana.

Desde muy niña se interesaba por episodios de la vida de los santos, y cuando supo de los hechos de los primeros mártires, pensó que ese camino era una línea derecha al Cielo. Entonces decidió huir con su hermanito Rodrigo a “tierra de moros”, para entregar allí sus vidas en defensa de la fe. Estaban ya bastante lejos de la ciudad cuando un tío suyo consiguió alcanzarlos y devolverlos a casa.

Al haber perdido a su madre con tan sólo 14 años, Teresa se entregó en las manos de la Virgen, tomándola como única Madre.

Santa Teresa ingresa al Carmelo.

A los 20 años ingresó en el monasterio carmelita de la Encarnación, en Ávila —al principio contra la voluntad de su padre—, donde un año después hizo sus votos. Allí vivían casi doscientas religiosas bajo la regla mitigada de la Orden del Carmen. Sor Teresa recibió una espaciosa celda, junto con la libertad de recibir visitas a cualquier hora e ir a la ciudad por el motivo que fuere. Era habitual que las monjas estuvieran horas charlando en el locutorio, convertido en una especie de centro de reuniones sociales.

En el crisol de las probaciones.

Sin embargo, la cruz, elemento esencial de la grandeza, no tardó en presentarse a esa alma escogida. Poco después de su profesión religiosa, su salud se debilitó tanto que su padre, Alonso de Cepeda, consiguió permiso para llevarla al pueblo de Becedas, donde vivía una mujer cuyos tratamientos médicos tenían fama de eficaces.

Durante el viaje, Teresa conoció la oración mental a través del libro Tercer alfabeto espiritual, del P. Francisco de Osuna, sintiéndose invitada a la vida de contemplación.

De regreso a la casa paterna, una contracción muscular fortísima la dejó sin sentido durante casi cuatro días. La habrían enterrado si su padre no se hubiese opuesto. Incluso en esas condiciones, Teresa deseaba volver pronto al convento. Su alma, como la de Job (cf. 2, 10), se encontraba en excelentes disposiciones: “Estaba muy conforme con la voluntad de Dios, aunque me dejase así siempre. Paréceme que toda mi ansia era de sanar para estar a solas en oración como estaba acostumbrada”.

Después de tres años de parálisis, sus oraciones a San José le obtuvieron la curación y a partir de ese momento la devoción al santo Patriarca se volvió primordial en su vida.

La Vida Mística de Santa Teresa

“Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles”, fueron las palabras que oyó Teresa en el primer éxtasis que le concedió la gracia divina. “Desde aquel día yo quedé tan animosa para dejarlo todo por Dios como quien había querido en aquel momento —que no me parece fue más— dejar otra a su sierva”.

Al par de las pruebas, ahora Cristo continuaba hablándole con frecuencia y parecía andar siempre a su lado: “Ninguna vez que me recogiese un poco, o no estuviese muy distraída, podía ignorar que estaba cabe mí”. No era raro, en esas intimidades con Jesús, sentir en su alma el fuego del amor divino.

En más de una ocasión llegó a tener su corazón transverberado por un ángel, dejándole las marcas físicas de una perforación: “Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí […]. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarlo, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios”.

Reforma Carmelita

Sobre todo, veía la necesidad de reformar el Carmelo y sentía la llamada de la Providencia para realizar esta misión. Deseaba comunidades que no fueran mero refugio de almas contemplativas, preocupadas en fruir y gozar de la convivencia divina, sino verdaderas antorchas de amor ocupadas en reparar el mal que era hecho a la Iglesia. “Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo. […] No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia”.

Santa Teresa... Ayer y Hoy

Finalmente, con las debidas autorizaciones, el 24 de agosto de 1562 se celebró la primera Misa en el Monasterio de San José, el primogénito de los Carmelos reformados. En la más estricta pobreza y clausura, Teresa se puso a instruir a sus monjas, mostrándoles la fuerza de la vida comunitaria bien llevada, en la obediencia y en la alegría. Siempre les recordaba el principal motivo por el cual habían consagrado sus vidas: “Y si en esto podemos algo con Dios, estando encerradas peleamos por Él, y daré yo por muy bien empleados los trabajos que he pasado por hacer este rincón, adonde también pretendí se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección que se comenzó”.

Transcurridos 450 años de la fundación del primero de esos monasterios, el Papa Benedicto XVI creyó conveniente recordar la coyuntura en la cual vivió la santa mística y cómo aquella situación nos parece familiar. Para el Santo Padre, la reflexión de la santa carmelita permanece muy actual, luminosa e interpelante. “También hoy, como en el siglo XVI, y entre rápidas transformaciones, es preciso que la plegaria confiada sea el alma del apostolado, para que resuene con meridiana claridad y pujante dinamismo el mensaje redentor de Jesucristo.

Desde la Eternidad...

Ese radical modo de vivir atrajo enseguida a muchas jóvenes vocaciones. Cuando Santa Teresa entró en la eternidad, en 1582, había dejado fundados más de veinte monasterios de la rama reformada, femeninos y masculinos. Y como suele ocurrir con los muy llamados, el árbol que ella plantó continuó, tras su muerte, dando inestimables frutos a la Iglesia en los cinco continentes.

Es apremiante que la Palabra de vida vibre en las almas de forma armoniosa, con notas sonoras y atrayentes. […] Siguiendo las huellas de Teresa de Jesús, permitidme que diga a quienes tienen el futuro por delante: Aspirad también vosotros a ser totalmente de Jesús, sólo de Jesús y siempre de Jesús. No temáis decirle a Nuestro Señor, como ella: ‘Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?’ (Poesía 2)”.

Atendiendo al llamamiento divino, Santa Teresa supo identificar con gallardía los objetivos de su vida con los de Dios, pasando a la Historia como “una gran dama, una gran mujer, una gran monja y una gran santa”.27 Por eso, el introito de la Misa votiva canta con propiedad: “Le dio el Señor sabiduría y prudencia en abundancia, y la grandeza de corazón como las arenas de la playa del mar”.

Hna. María Teresa Ribeiro Matos, EP

Oración:

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda,

la paciencia

todo lo alcanza;

quien a Dios tiene

nada le falta.

Solo Dios basta.

Espiritualidad

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos la importancia de la palabra.
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febrero 27, 2022

En el conjunto de la Creación, el hombre se asemeja a un misterioso «joyero» en el cual Dios ha depositado los más diversos y preciosos dones. Uno de ellos, especial entre todos, es el de la palabra.

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos su importancia y continuamente la utilizamos de modo irreflexivo. No obstante, se puede transformar en un poderoso instrumento de edificación, si es bien utilizada, o en una peligrosa arma de destrucción…

En efecto, son incontables las almas que se han convertido a las vías de la santidad movidas por santas predicaciones o por la lectura de la Palabra de Dios; y quizá más numerosas aún sean las que han perseverado en la virtud debido a un sabido consejo de un hermano en la fe. Por otra parte, el mal uso de esa capacidad arrastró y todavía arrastra a multitudes hacia la perdición y puede llegar a producir efectos devastadores en sus víctimas, principalmente por medio de un conocido vicio: la maledicencia.

¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano?

Murmuración

Consistiendo esencialmente en el empleo de la facultad de expresión para evidenciar y propagar algo malo, existente o no, de otro, la maledicencia fácilmente encuentra terreno fértil en el alma humana.

Como nadie está exento de defectos y lagunas, es natural que la convivencia, incluso entre los que se quieren mucho, tienda al desgaste: poco a poco, y con frecuencia de manera no culpable, el brillo de las cualidades ajenas empieza a disminuir a los ojos de sus prójimos y pasa a constatar las debilidades. En ese momento es cuando se presenta el peligro. Si no se toma cuidado, enseguida son olvidados por completo los lados buenos de los demás y considerados, injustamente, sólo sus lados defectibles… Como «de lo que rebosa el corazón habla la boca», en esa etapa el tentador convence sin dificultad para que se hagan públicos esos defectos que se han encontrado o se han imaginado encontrar.

Sea como fuere, nadie tiene el derecho de hacer conocidas las miserias del prójimo. Si Dios, único Juez verdadero y principal ofendido por las faltas de los hombres, no lo hace, ¿quién podrá hacerlo? A los que se creen aptos para ello, bien se les aplica la exclamación de la Escritura: ¿quién eres tú para juzgar a tu hermano? (cf. Sant 4, 12).

Además, quien publica las faltas de los otros hace mal a los que las escuchan, tanto por el escándalo que pueden causar como por la posible inducción al propio vicio de la maledicencia. ¡Ay de los que provocan el escándalo! ¡Más les valdría que les ataran al cuello una piedra de molino y los arrojaran al mar (cf. Lc 17, 1-2)!

Hay que considerar también esta enseñanza del divino Maestro: «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6, 37-38).

Remedio para las almas débiles

Hay una categoría de personas que se deja contaminar por la maledicencia por debilidad. Abatida por el peso de las miserias ajenas, procura «desahogar» sus penas y resentimientos con comentarios inoportunos. A esas almas, la moral católica les ofrece un remedio superior y eficaz: la admiración.

En un ambiente impregnado de admiración, la «cizaña» de la maledicencia no encuentra espacio para desarrollarse. Hace al hombre semejante a un colibrí que, acercándose a las flores, va derecho al néctar e ignora los abrojos: el admirativo se ocupa con tanto agrado de las cualidades de los demás que no le sobra atención para considerar los defectos.

Pero para lograr tal nobleza de alma no basta el simple esfuerzo humano… Es necesario juntar las manos y rogarle a Dios, por intercesión de la Virgen, el auxilio superabundante de la gracia. Así confortado por lo sobrenatural, el hombre se vuelve capaz no sólo de exaltar los lados buenos de sus compañeros, sino de disponerse a sanar sus debilidades y ser para ellos un auxilio en la lucha por la virtud.

Finalmente, la admiración es también la solución para los pecados de maledicencia ya cometidos. Como la doctrina católica exige que se restituya el honor del prójimo, denigrado ante los demás, ningún medio podría ser más eficaz que pasar a elogiar sus cualidades.

Castigo a los obstinados

Sin embargo, en las vías del mal uso de la lengua también hay almas empedernidas, hijas del odio, que se convierte en calumniadoras de aquellos que practican el bien y que, por lo tanto, constituyen una denuncia a la torpeza de sus vidas.

Para los perversos de toda la Historia, atribuirles públicamente y de mala fe delitos infundados a las almas justas ha sido uno de los medios más eficaces de persecución, pues los falsos testimonios encuentran siempre morada en la superficialidad y molicie de los corazones… Pocos son los íntegros y valientes que se preocupan en analizar con profundidad los hechos, para sacar de ellos una conclusión verdadera; la mayoría, por el contrario, oye con complacencia, negligencia y respeto humano las criminales acusaciones y no se opone a quien las hace, volviéndose, según Santo Tomás de Aquino,1 partícipe del mismo pecado.

Es lo que hicieron con el Redentor durante su vida pública hasta que, finalmente, lo condenaron al suplicio de la cruz en virtud de crímenes que jamás había cometido. El pueblo judío, beneficiado por Él con toda clase de milagros, curaciones y gracias celestiales, en lugar de defender la evidente inocencia del Cordero divino prefirió ceder negligentemente al odio de los ancianos y maestros de la ley.

A las insaciables almas viperinas, no obstante, la Providencia —que está celosa por sus elegidos— reserva el castigo profetizado en el Libro de los Salmos: «Lengua embustera, […] Dios te destruirá para siempre, te abatirá y te barrerá de tu tienda; arrancará tus raíces del suelo vital» (51, 6-7). Los calumniadores no tienen duración en la tierra: tarde o temprano el infortunio los sorprenderá (cf. Sal 139, 12).

¡Seamos hijos fieles de la Santa Iglesia!

En su epístola, el apóstol Santiago resume muy bien la primordial importancia del don de la palabra: «Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas» (3, 2-5).

Sepamos, pues, utilizar con santidad esa arma que ha sido puesta en nuestras manos. Refrenemos nuestra lengua y coloquémosla bajo el dulce yugo de la admiración. Así, la benevolencia divina nos acompañará.

Sobre todo, como fieles hijos de la Santa Iglesia en estos tiempos de tribulación, estemos vigilantes a las voces infernales que contra ella se levantan y presentémonos con prontitud y ufanía en su defensa, convencidos de que ella es siempre inmaculada e indefectible, digna de toda alabanza. ◊

Autor: Hna. Cecilia Grasielle Leverman, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

.

Notas

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II–II, q. 73, a. 4.

Oraciones

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enero 3, 2022

Nosotros te agradecemos ¡Oh Madre del Buen Consejo!, por todas las gracias y favores concedidos en este día de lucha. Perdona nuestras infidelidades, acepta nuestra fatiga como merecida reparación por todas nuestras faltas. Danos un reposo favorecido por tus Santos Ángeles, bajo tu mirada pura y materna, a fin de que al día de mañana nos encontremos siempre dispuestos a luchar cada vez más por Ti y así amarte con fervor siempre creciente.

Así sea.

Plinio Corrêa de Oliveira

Espiritualidad

A semejanza de un jardín, la vida espiritual requiere un cuidado continuo, pues los defectos pueden nacer en los lugares más recónditos y de las formas más inesperadas.
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abril 18, 2022

Una de las más célebres divisas de la filosofía antigua es, ciertamente, «conócete a ti mismo». Este aforismo, atribuido al filósofo ateniense Sócrates, nos lleva a prestar atención en una verdad poco recordada, en general: la importancia de considerarnos siempre según nuestro valor real.

Un episodio de la vida del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira podrá ayudarnos a comprenderlo mejor.

¿Qué diferencia al hombre libre de un delincuente?

Desde muy joven, el Dr. Plinio brilló por su talento como orador y por tal motivo era llamado con frecuencia a que hiciera discursos en ambientes de los más variados. En una ocasión lo invitaron a que diese una conferencia de preparación para la Comunión Pascual en la Penitenciaría de Carandiru, antigua prisión de la ciudad de São Paulo, experiencia bastante inusual para quien provenía de la alta sociedad paulista y se había acostumbrado a la convivencia en círculos aristocráticos.

Penitenciaría de Carandiru,
São Paulo (Brasil)

A la entrada, enseguida uno de los directores de la cárcel le advirtió sobre los riesgos existentes en aquel sitio y le recomendó vigilancia. De cualquier manera, el joven conferenciante ingresó allí decidido, especialmente atraído por la oportunidad que se le presentaba de poner en práctica su propensión hacia el análisis psicológico.

Y cuál no fue su sorpresa al encontrarse, detrás de las rejas, con fisonomías muy semejantes a las de las personas que veía todos los días circulando por las calles, más de lo que imaginaba… Discernió, al mismo tiempo, que estas se diferenciaban de los detenidos en un punto específico, el cual le vino a la mente durante el discurso, a la manera de conclusión inequívoca:

Penitenciaría de Carandiru:
algunos presos en la década de 1930

los individuos libres hacían, aunque discreta e imperfectamente, breves exámenes de conciencia a lo largo de sus vidas; los que estaban en la prisión, por el contrario, nunca se habían analizado así, lo que les llevó a caer en los crímenes por los cuales sufrían un justa pena.

Según una comparación que hacía el propio Dr. Plinio, las faltas se asemejan a cargas de pólvora que se acumulan en nuestras almas: quien nunca se analiza, corre el riesgo de que el peligroso material vaya aumentando en tal cantidad que una pequeña chispa acabe detonando un desastre inimaginable

Excelente medio de progreso espiritual

Alguien podría objetar que los ejercicios de piedad y de perfección espiritual —entre ellos el examen de conciencia—, o incluso los sacramentos, suenan hoy a anacrónicos. No obstante, tal juicio nace, muy probablemente, de la mala comprensión de esas prácticas saludables.

En palabras de cierto sacerdote jesuita, «para combatir la muerte, comemos todos los días; para reparar la fatiga, dormimos. ¡Este doble remedio es muy antiguo! ¿Vas a dejarlo de lado so pretexto de ser una antigualla?»1

Ahora bien, si tenemos a nuestra disposición medios excelentes, de eficacia jamás contestada, para progresar en la vida sobrenatural, ¿por qué no nos valemos de ellos?

El alma humana: ¿con qué compararla?

Mucho se engaña quien piensa que nuestra alma es como un vehículo que sólo de vez en cuando necesita una revisión… La vida espiritual, por el contrario, se asemeja a un jardín que requiere un cuidado continuo, pues los defectos pueden nacer en los lugares más recónditos y de las formas más inesperadas.

Los que ya se han dedicado a la botánica conocen muy bien cierto tipo de planta especialmente combatida: la maleza. Sobre todo, en países tropicales, cuyo suelo fertilísimo da hasta lo que no se espera, ¡esos vegetales «enemigos» se propagan con una rapidez espantosa!

Una gran analogía podemos establecer entre esa realidad natural y el alma humana. Si no tomamos cuidado, los vicios sofocan las flores y los frutos de la virtud y vuelven nuestras almas semejantes «a la tierra del perezoso» descrito en el Libro de los Proverbios:

«Pasé junto al campo del holgazán, crucé por la viña del insensato: todo lo tapaban los espinos, la maleza cubría su extensión; la cerca de piedra, por el suelo. Al verlo me puse a pensar; al mirarlo saqué esta lección: duermes a ratos o cabeceas, cruzas los brazos y a descansar, y te llega la miseria del vagabundo, te sobreviene la pobreza del mendigo» (24, 30-34).

Jardín del palacio de Versalles (Francia)

Ante esta implacable realidad, tenemos a nuestro alcance el auxilio del examen de conciencia que, si es bien hecho —y no sólo semanal o mensual, sino diariamente—, puede alcanzar grandes y excelentes resultados. Unos pocos minutos son suficientes para hacer con provecho un análisis cotidiano de nuestra propia conciencia.

El examen general de la conciencia

En su libro Ejercicio de perfección y virtudes cristianas —obra que, en el decir de San Antonio María Claret, había llevado más almas al Cielo que estrellas tiene el firmamento2— el P. Alonso Rodríguez, de la Compañía de Jesús, nos ofrece un primoroso tratado sobre el examen de conciencia, con enseñanzas de índole eminentemente ignaciana.3 Entre ellos está la distinción entre el examen general y el particular.

El examen general versa sobre todas las acciones de un día o de un período. Es el que hacemos antes de la confesión sacramental. Consta de cinco puntos o partes.

Al recogernos para hacerlo, en primer lugar, damos gracias a Dios por los beneficios recibidos —cosa muy útil para contrastar la bondad y liberalidad de Nuestro Señor para con nuestra maldad e indolencia.

Después le pedimos que nos auxilie a conocer nuestras faltas y pecados.

El Dr. Plinio utilizaba un ejemplo muy peculiar para evidenciar la importancia de analizarnos con exactitud: no existe un cirujano en el mundo que ose hacer una operación en la oscuridad; y cuando se trata del examen de conciencia, somos al mismo tiempo cirujanos y pacientes.

Por eso debemos pedir —por cierto, no solamente en ese momento, sino continuamente— la gracia de ser iluminados para conocernos bien: «Señor, que recobre la vista» (Lc 18, 41). ¿Cómo, pues, habremos de corregir defectos que no conocemos o conocemos mal?

El tercer paso consiste en la consideración de las faltas cometidas desde la última confesión; el cuarto, en la petición de perdón a Dios, nuestro Señor, por nuestras culpas, condoliéndonos y arrepintiéndonos de ellas.

Podemos repasar los Mandamientos o los consejos evangélicos con el auxilio de una lista o un elenco de faltas, encontrando dónde caímos y ofendimos a Dios.

Finalmente, hacemos propósito de no pecar más, con el auxilio de la gracia divina, y terminamos con alguna oración breve —un padrenuestro o una avemaría, por ejemplo.

Jerarquía de valores

Conviene destacar que toda la fuerza de este examen se halla en los dos últimos puntos: el arrepentimiento sincero y la decisión de no pecar más.

De ellos nos vienen los más preciosos frutos de perfección que tal hábito puede proporcionarle al alma y, dígase de paso, se trata de dos exigencias indispensables para el sacramento de la confesión.

La finalidad del examen general, como defiende el P. Garrigou-Lagrange,4 no está principalmente en la enumeración completa y exhaustiva de faltas veniales, sino en el ver y acusar con sinceridad el principio del cual ellas derivan para nosotros.

Al respecto, el Dr. Plinio afirma: «Un examen de conciencia bien hecho debe incluir no sólo los actos pecaminosos, sino las tendencias que nos llevan a practicar esos actos.

Porque es necesario cortar la raíz del mal, para que el mal no suceda».5

El P. Alonso Rodríguez6 —y aquí nos remitimos una vez más a las figuras del reino vegetal— explica que si arrancamos la raíz de la mala hierba, enseguida toda la planta se marchitará y secará.

Pero si solamente podamos las ramas y dejamos las raíces en la tierra, en poco tiempo tornará a brotar y crecer más.

El examen particular

Por otra parte, se suele decir que «quien mucho abarca, poco aprieta».

Y por eso San Ignacio de Loyola le daba mayor importancia al denominado examen particular que al examen general, pues nos permite tomar nuestros defectos uno tras otro y vencerlos más fácilmente.

Además, luchar para dominar un vicio es pelear contra todos.

Al pueblo de Israel, cuando se encontraba ante naciones enemigas, Dios le animaba diciendo:

«No tiembles ante ellos, pues en medio de ti está el Señor, tu Dios, un Dios grande y terrible. El Señor, tu Dios, irá arrojando delante de ti a esas naciones poco a poco. No debes exterminarlas de golpe» (Dt 7, 21-22).

 

San Ignacio de Loyola –
Casa Madre de los Heraldos del Evangelio, São Paulo

Suele ocurrir algo similar con las imperfecciones de nuestra alma. Dios quiere de nosotros una lucha reñida contra nuestros defectos, pero nos alerta de que seremos más exitosos si atacamos enemigos específicos y perseveramos en la lucha contra ellos, hasta derrotarlos por completo:

«Yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo, y no me volvía sin haberlo aniquilado: los derroté, y no pudieron rehacerse, cayeron bajo mis pies» (Sal 17, 38-39).

El método de acción

Procedemos en nuestro examen particular con el mismo método del examen general.

En cuanto a la materia a escoger, según apunta el P. Alonso Rodríguez,7 esta debe empezar por las faltas exteriores que incomodan y desedifican al prójimo, aunque haya otros defectos interiores mayores, pues la razón y la caridad piden que comencemos por aquello que puede causar perjuicio a los demás, y vivamos de tal forma que no tengan quejas de nosotros.

Pero no hemos de persistir en el combate contra las fallas externas de por vida: más fáciles de vencer, precisamos desembarazarnos de ellas tanto como sea posible, para iniciar la lucha contra las imperfecciones interiores.

Con relación a estas últimas, lo ideal es que tomemos una virtud que creamos sea más necesaria cultivar —la cual presupone un vicio contrario a combatir— y la dividamos en puntos concretos, que se volverán fáciles de analizar.

Sería, pues, un error tomar una resolución como: «Seré humilde en todo y extirparé el orgullo de mi alma».

A pesar de tratarse de un óptimo deseo, dicha resolución comprende muchas otras actitudes y disposiciones, y aportaría poco provecho espiritual trabajar con algo tan genérico.

Es mucho más conveniente escoger puntos como: «No diré palabras que redunden en mi alabanza», o bien: «Cortaré enseguida pensamientos vanos y soberbios que toquen a mi honra», propósitos concretos, cuyo cumplimiento o inobservancia es fácilmente perceptible.

¿Cuánto debe durar el combate a un punto?

Sabemos que las pasiones son inherentes a la naturaleza humana y es imposible erradicarlas por completo.

Si esperásemos que el ímpetu ocasionado por una determinada pasión —como la cólera o la envidia, por ejemplo— dejara de ser sentido por nosotros, nunca cambiaríamos la materia del examen.

Nuestra lucha contra el vicio debe continuar hasta que se vea debilitado y podamos refrenarlo con presteza y facilidad.

Veremos así con cuánto provecho y beneficio serán empleados algunos minutos de nuestro día, y cuán leve irá haciéndose el análisis de nuestras propias actitudes internas y externas.

El examen de conciencia es un excelente medio de perfeccionarnos como seres humanos y, sobre todo, como hijos de Dios, porque como afirma un célebre tratadista:

«Si no nos conocemos a nosotros mismos, es moralmente imposible que nos perfeccionemos».8

Verdaderamente corajoso es aquel que sabe ver de frente sus indigencias, sus miserias y su propia incapacidad de practicar la virtud sin el auxilio de la gracia, y sin ocultárselas a Dios ni a sí mismo. Este alcanzará la verdadera santidad. ◊

Autor:  Hno. João Paulo de Oliveira Bueno

 

Notas


1 HOORNAERT, Georges. O combate da pureza. São Caetano do Sul: Santa Cruz, 2021, p. 177.

2 Cf. MOLINA, SJ, Rodrigo. Prólogo. In: RODRÍGUEZ, SJ, Alonso. Ejercicio de perfección y virtudes cristianas. Madrid: Testimonio, 1985, p. 6.

3 Cabe observar que las consideraciones del P. Alonso, aunque van dirigidas a religiosos, se aplican a todos aquellos que quieran andar por el camino de la santidad, cosa propia a cualquier estado o régimen de vida (cf. CCE 2013).

4 Cf. GARRIGOU-LAGRANGE, Réginald. As três idades da vida interior. São Paulo: Cultor de Livros, 2018, v. I, p. 371.

5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 11/3/1992.

6 Cf. RODRÍGUEZ, SJ, Alonso. Exercícios de perfeição e virtudes cristãs. São Paulo: Cultor de Livros, 2017, v. I, p. 403.

7 Ídem, pp. 403-407.

8 TANQUEREY, Adolphe. Compêndio de Teologia Ascética e Mística. São Paulo: Cultor de Livros, 2017, p. 250.

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