Ángeles

¿Qué son los ángeles?

Se engañaría el que pensara que el vocablo ángel define la naturaleza de esos seres espirituales.
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Se engañaría el que pensara que el vocablo ángel define la naturaleza de esos seres espirituales. Si nos remontamos a la etimología de la palabra, primero encontraremos el nombre latino angelus, que a su vez proviene del vocablo hebreo מַלְאָך que los Setenta tradujeron como ἄγγελος.

Ángeles

Tanto el término hebreo como el griego significan mensajero o enviado. Por eso, dice San Agustín:

«En realidad ‘ángel’ es el nombre de un oficio, no de una naturaleza. Si preguntas por el nombre de su naturaleza, es espíritu; y si preguntas por su oficio, es ángel». 1

Luego, ¿quiere decir que los ángeles no tienen cuerpo? Exactamente, el ángel no tiene materia, es puro espíritu.

Esto que para nosotros hoy nos parece tan natural antaño constituyó una grave cuestión teológica, en razón de la cual Santo Tomás de Aquino estuvo a punto de ser excomulgado por el obispo de París. 2 No obstante, resolvió el problema y se mereció, de esta manera, el título de Doctor Angélico.

No vamos a tratar aquí toda la teoría metafísica y filosófica que envolvió la cuestión, sino que expondremos sólo de modo resumido lo necesario para entender la naturaleza espiritual de los ángeles.

Hasta Santo Tomás de Aquino, los teólogos se hallaban en un aparente callejón sin salida. Por un lado, la existencia de los ángeles estaba demostrada en la Sagrada Escritura, y no se podía negar. Por otro, pensaban que la materia era el único elemento capaz de delimitar a un ser. Así que los ángeles no podían ser inmateriales, porque serían infinitos. Creían, pues, que los ángeles tenían cierta materia muy sutil y que, comparada con la materia del cuerpo humano, era espiritualizada.3

Entonces, ¿cómo sustentar y explicar la inmaterialidad de los ángeles? Santo Tomás lo solucionó de una forma sencilla y precisa. Los ángeles son puros espíritus, como Dios. Pero hay dos prerrogativas que permanecen reservadas al Creador: es infinito y eterno. De hecho, la inteligencia angélica es limitada, y su voluntad no es capaz de un acto de valor infinito. En cambio, el acto de la inteligencia divina y de su voluntad es infinito. El Padre conociéndose a sí mismo engendra al Hijo y del amor entre los dos procede el Espíritu Santo.

Además, los ángeles tienen un comienzo, fueron creados en un momento determinado. Dios es eterno, sin principio, ni origen en otro ser. Conclusión: por mucho que el ángel no tenga una materia que delimite su espíritu, no es eterno ni ilimitado como Dios. Ésa es la mayor diferencia entre el Creador y cualquier criatura.

Otras grandes figuras de la patrística ya habían defendido la inmaterialidad de los ángeles.4 Pero ninguno solventó el enigma metafísico como Santo Tomás.

El Aquinate va más lejos en su explicitación y afirma que no sólo es posible, sino que «es necesario admitir la existencia de algunas criaturas incorpóreas»,5 en el magnífico mosaico de la Creación.

 Gaudium Press.

Notas:

  1. SAN AGUSTÍN. Enarratio in psalmum CIII. Sermo I, n.º 15.
  2. Cf. MARTÍNEZ, OP, Aureliano. Introducción a la cuestión 50. In: SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. Madrid: BAC, 1950, v. III, p. 60.
  3. Cf. BANDERA GONZÁ LEZ, OP, Armando. Tratado de los Ángeles. Introducción a las cuestiones 50 a 64. In: SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. Madrid: BAC, 2001, v. I, p. 496.
  4. «El ángel solamente es espíritu, y en cambio el hombre es espíritu y carne» (SAN GREGORIO MAGNO. Moralia, IV, 3, 8).
  5. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., I, q. 50, a. 1.

Comentarios

Espiritualidad

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos reyes magos de Oriente se presentaron en Jerusalén.
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enero 7, 2022

Evangelio del día de Reyes Magos.

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ‘¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él. […]

«Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino» (Mt 2, 1-3.9-12).

Según el Evangelio que acabáis de escuchar, queridísimos hermanos, el nacimiento del Rey del Cielo ha perturbado a un rey de la tierra, porque la grandeza terrenal se siente confundida cuando es revelada la majestad celestial. […]

Los Reyes Magos, en cambio, guiados por la estrella, encuentran al Rey que acaba de nacer, le entregan sus regalos y son alertados en sueños de que no debían volver a ver a Herodes. […]

Oro, incienso y mirra​

Le ofrecen oro, incienso y mirra. El oro es muy apropiado para un rey; el incienso suele ser presentado en sacrificio a Dios; y la mirra se usa para embalsamar los cuerpos de los difuntos.

Así pues, los Reyes Magos proclaman, por sus simbólicos regalos, quién es aquel a quien adoran. He aquí el oro: es un rey; he aquí el incienso: es un Dios; he aquí la mirra: es un mortal.

reyes magos

Hay herejes que creen en la divinidad de Cristo, pero no en su realeza universal; le ofrecen incienso, sin embargo, no quieren ofrecerle oro. Otros reconocen su realeza, aunque niegan su divinidad; le ofrecen oro, no obstante, se niegan a ofrecerle incienso.

Hay otros, en fin, que lo proclaman Dios y rey, pero rechazan que haya asumido carne mortal; le ofrecen oro e incienso, aunque no quieren ofrendarle con la mirra, símbolo de la condición mortal por Él adquirida.

Por nuestro lado, ofrezcámosle oro al Señor, confesando que reina en todas partes; ofrezcámosle incienso, proclamando que, habiendo nacido en el tiempo, es Dios desde antes de todos los tiempos; ofrezcámosle mirra, reconociendo que aquel a quien creemos impasible en su divinidad también ha sido mortal al asumir nuestra carne.

Sabiduría, oración y mortificación.

Con todo, el oro, el incienso y la mirra pueden ser entendidos de otra manera.

El oro simboliza la sabiduría, como atestigua Salomón: «Un tesoro deseable reposa en la boca del sabio» (Prov 21, 20, Septuaginta).

El incienso quemado en honor a Dios expresa el poder de la plegaria, según nos dice el salmista: «Suba mi oración como incienso en tu presencia» (Sal 140, 2).

En cuanto a la mirra, significa la mortificación de nuestra carne; es lo que declara la Santa Iglesia acerca de los que luchan por Dios hasta la muerte: «Mis manos destilaban mirra» (Cant 5, 5).

Por lo tanto, al Rey recién nacido le ofrecemos oro si a sus ojos resplandecemos del brillo de la sabiduría. Le ofrecemos incienso si, con ardorosa oración, consumimos nuestros pensamientos carnales en el altar de nuestro corazón, permitiendo así que nuestros deseos del Cielo eleven hasta Dios su agradable olor. Le ofrecemos mirra si mortificamos los vicios de la carne con nuestra abstinencia; pues la mirra, como hemos dicho, impide que la carne muerta se pudra.

Someter este cuerpo mortal a las depravaciones de la lujuria equivale a permitir que la carne muerta se corrompa. «Las bestias de carga se pudren en su inmundicia» (Jl 1, 17, Vulgata), afirma el profeta acerca de ciertos hombres, viniendo a significar que quien es carnal termina su vida en la fetidez de la lascivia.

Así pues, le ofrecemos mirra a Dios cuando, por los aromas de nuestra continencia, impedimos que la lujuria pudra este cuerpo mortal.

Por el orgullo, nos alejamos de nuestra patria.

Los Magos nos dan otra lección muy importante al regresar a su país por otro camino. En efecto, lo que hicieron cuando recibieron el aviso nos indica qué es lo que debemos hacer nosotros. Nuestro país es el Paraíso y, una vez que hemos conocido a Jesús, se nos prohíbe volver allí por el mismo camino que vinimos.

Nos alejamos de nuestra patria por el orgullo, por la desobediencia, por la ambición de los bienes terrenales y por la avidez de probar los frutos prohibidos. Para regresar a ella, nos son necesarias las lágrimas, la obediencia, el desprecio de los bienes terrenales y el dominio de los apetitos carnales.

Debemos, por tanto, volver por otro camino. Ya que a causa de los placeres nos alejamos de las alegrías del Paraíso, han de ser las lamentaciones las que nos reconduzcan a él.

Tengamos en vista la venida del Juez.

Es necesario, queridísimos hermanos, que, permaneciendo siempre temerosos y expectantes, tengamos ante los ojos del corazón, por una parte, nuestros pecados y, por otra, el extremo rigor del juicio.

Consideremos que ha de venir el implacable Juez. Nos amenaza con el terrible tribunal mientras permanece oculto. Causa pavor a los pecadores y aún así es paciente: si retrasa su venida, lo hace para que la condenación sea menor. Expiemos por las lágrimas nuestras faltas y, conforme a las palabras del salmista, «entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos» (Sal 94, 2).

No nos dejemos atrapar por los engaños de la voluptuosidad o seducir por las alegrías fútiles. Muy cerca está, de hecho, el Juez que afirmaba: «¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!» (Lc 6, 25). E igualmente decía Salomón: «Mezclada anda la risa con el llanto: el término del gozo es el dolor» (Prov 14, 13). Y también: «Llamé a la risa ‘locura’, y dije de la alegría: ‘¿Qué se consigue?'» (Ecl 2, 2). Y aún: «El sabio piensa en la casa en duelo, el necio piensa en la casa en fiesta» (Ecl 7, 4).

Tengamos gran temor de los preceptos de Dios a fin de que celebremos verdaderamente su solemne fiesta, pues el dolor que inspira el pecado cometido es inmolación grata a Dios, como lo atestigua el salmista: «El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado» (Sal 50, 19).

Nuestras culpas pasadas han sido lavadas por el Bautismo; pero después hemos cometido muchas otras y ya no podemos ser purificados por el agua de ese sacramento. Ya que incluso tras haberlo recibido hemos manchado nuestra vida, bauticémonos ahora con las lágrimas de nuestra conciencia. De esta forma, regresaremos a nuestra patria por otro camino. Si lo deleitable por su atractivo nos apartó de ella, que las amarguras nos lleven de vuelta mediante la penitencia, con el auxilio de nuestro Señor. 

San Gregorio Magno. Fragmentos de las Homilías sobre los Evangelios.

Homilía X, 6/1/591: PL 76, 1110-1114.

Misiones

El sector juvenil de los Heraldos del Evangelio en Quito organizó un paseo con familias a las Lagunas de Mojanda.
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enero 3, 2022

El sector juvenil de los Caballeros de la Virgen en Quito organizó un paseo con familias a las Lagunas de Mojanda que se encuentran a una hora y media hacia el norte de Quito por el sector de Tabacundo.
 
La actividad inició con la celebración de la Santa Misa al aire libre. El Padre Jorge Luis Villalba E.P. señaló durante la homilía la importancia de elevar nuestras almas a Dios a través de la contemplación, en especial, la contemplación de las obras de la creación para remitirnos al creador. Contemplar también es una manera de oración.
 
Luego de la Eucaristía, se realizaron actividades deportivas donde participaron tanto hijos como padres. Las bendiciones de Dios y de su Madre Santísima se hicieron sentir en cada momento.

Espiritualidad

Cuántas veces somos movidos por un ímpetu de entusiasmo, de buenos deseos y propósitos, y no sabemos explicar de dónde proceden.
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octubre 20, 2021

Cuántas veces somos movidos por un ímpetu de entusiasmo, de buenos deseos y propósitos, y no sabemos explicar de dónde proceden. En otras ocasiones, por el contrario, nos sentimos ácidos o desanimados y, de pronto —sin ninguna acción de nuestra parte—, nos invade una profunda consolación. En ambas circunstancias, tales impulsos interiores proceden del Espíritu Santo, que actúa sobre nuestras almas como otrora sobre los Apóstoles, predisponiéndonos a la práctica del bien y haciéndonos capaces, por el poder de su fuerza transformadora, de alcanzar incluso la heroicidad.

En el Espíritu Santo nos hacemos divinos.

Espiritu Santo

Son conocidas las palabras de Tertuliano: “O testimonium animæ naturaliter christianæ (¡Oh testimonio del alma, que es naturalmente cristiana!) 1”, las cuales expresan una gran verdad, ya que cada alma ha sido creada en función de Jesucristo. Sin embargo, antes de recibir las aguas regeneradoras del Bautismo, sin poseer la vida divina, de su naturaleza manchada por la culpa original brotan el egoísmo, el exclusivo cuidado consigo mismo y una desmedida preocupación por sus intereses, de donde dimanan las amargas experiencias que nos proporciona la convivencia humana, en el transcurso de nuestros años.

Por lo tanto, es preciso que el hombre “nazca de agua y de Espíritu” (Jn 3, 5). Lleno de fe, esperanza y caridad, adquiere una profunda comprensión de los panoramas sobrenaturales, que se refleja después en el empeño de hacer el bien y de entregarse, si fuera necesario, a un verdadero holocausto en favor de los demás. Así es la vida de la gracia, mantenida, desarrollada y robustecida por la acción del Espíritu Paráclito. En ese sentido, dice San Agustín: “El Dios Amor es el Espíritu Santo. Cuando este Espíritu, Dios de Dios, se da al hombre, le inflama en amor de Dios y del prójimo, pues Él es amor”.2

¿Cómo se verifica esa participación en la vida divina?

¿Cómo se verifica esa participación en la vida divina? En el Hombre Dios, modelo supremo de toda la Creación, el Verbo sirve de soporte —del griego ὑπόστασις (hipóstasis)— para la unión de la naturaleza humana con la divina. Algo semejante y misterioso se opera en nuestro interior, por la acción de la gracia santificante recibida en el Bautismo: guardando las debidas proporciones, el papel que desempeña la segunda Persona de la Santísima Trinidad en Jesús lo ejerce en nosotros la tercera Persona, haciéndonos partícipes de la vida increada de Dios y pertenecientes al Cuerpo Místico de Cristo.

Adoptados como hijos de Dios.

Entonces podemos afirmar que por el Bautismo pasamos a formar parte de la familia divina. Mientras que Jesucristo, en lo que respecta a su origen es el Unigénito de Dios, engendrado por el Padre desde toda la eternidad, nosotros, aunque no fuimos engendrados en la Trinidad, por la gracia nos convertimos en hijos de Dios por adopción.

Para facilitar la comprensión de tan elevada verdad, analicemos, por ejemplo, la diferencia que existe entre ser adoptado por alguien de condición modesta o por una persona acomodada.

Sin duda, si nos dieran a elegir, la gran mayoría de las personas optaría por la segunda posibilidad, pues significaría un aumento de proyección social y una herencia mucho mayor. Ahora bien, ser recibido por Dios como hijo es algo infinitamente más que conquistar cualquier dignidad o poseer bienes materiales. Esta adopción sobrenatural no se efectúa a la manera humana, registrada en una notaría: mientras que los padres no pueden dar su vida biológica a sus hijos adoptivos, Dios, por el contrario, nos confiere una participación física y formal en su propia vida.

A diferencia de lo que ocurre con el vestuario, que varía de acuerdo con los gustos y las ocupaciones de cada uno, cambiando la apariencia exterior de la persona, pero sin alterar su organismo, la gracia ennoblece el interior, revistiendo nuestra alma y configurándonos con Cristo, conforme las palabras del Apóstol: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga. 2, 20)

Revista Heraldos del Evangelio nº 118, Mayo de 2013; pp.13-14

Notas:

1- TERTULIANO. Apologeticum XVII: ML 1, 377.

2 SAN AGUSTÍN. De Trinitate. L. XV, c. 17, n.o 31. In: Obras. 3.a ed. Madrid: BAC, 1968, v. V, p. 716.

Destacados, Espiritualidad, María Santísima

Quien rece diariamente tres avemarías, tendría su auxilio durante la vida y su especial asistencia a la hora de la muerte.
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enero 3, 2022

¿En qué consiste la devoción de las tres Avemarías?

En rezar tres veces el Avemaría a la Santísima Virgen, Madre de Dios y Señora nuestra, bien para honrarla o bien para alcanzar algún favor por su mediación.

¿Cuál es el fin de esta devoción?

Honrar los tres principales atributos de María Santísima, que son:

1.- El poder que le otorgó Dios Padre por ser su Hija predilecta.

2.- La sabiduría con que la adornó Dios Hijo, al elegirla como su Madre.

3.- La misericordia con que la llenó Dios Espíritu Santo, al escogerla por su Inmaculada Esposa.

De ahí viene que sean tres las Avemarías a rezar y no otro número diferente.

¿Cuál es la forma de rezar las tres Avemarías?

“María Madre mía, líbrame de caer en pecado mortal.

1. Por el poder que te concedió el Padre Eterno.

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

2. Por la sabiduría que te concedió el Hijo.

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


3. Por el Amor que te concedió el Espíritu Santo

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre por los
siglos de los siglos. Amén.

¿Cuál es el origen de la devoción de las tres Avemarías?

Santa Matilde, religiosa benedictina, suplicó a la Santísima Virgen que la asistiera en la hora de la muerte. La Virgen María le dijo lo siguiente: “Sí que lo haré; pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres Avemarías.

 

La primera, pidiendo que así como Dios Padre me encumbró a un trono de gloria sin igual, haciéndome la más poderosa en el cielo y en la tierra, así también yo te asista en la tierra para fortificarte y apartar de ti toda potestad enemiga.

 

Por la segunda Avemaría me pedirás que así como el Hijo de Dios me llenó de sabiduría, en tal extremo que tengo más conocimiento de la Santísima Trinidad que todos los Santos, así te asista yo en el trance de la muerte para llenar tu alma de las luces de la fe y de la verdadera sabiduría, para que no la oscurezcan las tinieblas del error e ignorancia.

 

Por la tercera, pedirás que así como el Espíritu Santo me ha llenado de las dulzuras de su amor, y me ha hecho tan amable que después de Dios soy la más dulce y misericordiosa, así yo te asista en la muerte llenando tu alma de tal suavidad de amor divino, que toda pena y amargura de muerte se cambie para ti en delicias.”

Y esta promesa se extendió en beneficio de todos cuantos ponen en práctica ese rezo diario de las tres Avemarías.

¿Cuáles son las promesas de la Virgen a quienes rezasen diariamente las tres avemarías?

Nuestra Señora prometió a Santa Matilde y a otras almas piadosas que quien rezara diariamente tres avemarías, tendría su auxilio durante la vida y su especial asistencia a la hora de la muerte, presentándose en esa hora final con el brillo de una belleza tal que con sólo verla la consolaría y le transmitiría las alegrías del Cielo.

María renueva su promesa de protección:

Cuando Sor María Villani, religiosa dominica (siglo XVI), rezaba un día las tres Avemarías, oyó de labios de la Virgen estas estimulantes palabras:

“No sólo alcanzarás las gracias que me pides, sino que en la vida y en la muerte prometo ser especial protectora tuya y de cuantos como tú PRACTIQUEN ESTA DEVOCIÓN”

También dijo la Santísima Virgen: La devoción de las tres Avemarías siempre me fue muy grata… No dejéis de rezarlas y de hacerlas rezar cuanto podáis. Cada día tendréis pruebas de su eficacia…”
Fue la misma Santísima Virgen la que dijo a Santa Gertrudis que “quien la venerase en su relación con la Beatísima Trinidad, experimentaría el poder que le ha comunicado la Omnipotencia del Padre como Madre de Dios; admiraría los ingeniosos medios que le inspira la sabiduría del Hijo para la salvación de los hombres, y contemplaría la ardiente caridad encendida en su corazón por el Espíritu Santo”.

Refiriéndose a todo aquel que la haya invocado diariamente conmemorando el poder, la sabiduría y el amor que le fueron comunicados por la Augusta Trinidad, dijo María a Santa Gertrudis que, “a la hora de su muerte me mostraré a él con el brillo de una belleza tan grande, que mi vista le consolará y le comunicará las alegrías celestiales”.

¿Cuál es el fundamento de esta devoción?

La afirmación católica de que la Santísima Virgen poseyó, en el más alto grado posible a una criatura, los atributos de poder, sabiduría y misericordia.

Esto es lo que enseña la Iglesia al invocar a María como Virgen Poderosa, Madre de Misericordia y Trono de Sabiduría.

Para reforzar esta devoción contamos un bello testimonio de fe.

En un país situado detrás del «telón de acero», en el que, en los primeros meses del año 1968, se recrudeció la persecución religiosa, uno de los Obispos allí radicados recibió una misiva comunicándole confidencialmente que se preparaba un atentado contra su vida, por lo cual debía huir sin pérdida de tiempo y ocultarse.

Obedeciendo la consigna recibida, el aludido señor Obispo salió de su residencia vestido de aldeano y huyó a campo traviesa, caminando durante todo un día, alcanzándole la noche, divisando una amplia vega.

Aprovechando la oscuridad, se aproximó a una casa que vio poco distante y pidió a sus habitantes le permitiesen descansar unas horas sentado en una silla.

Los ocupantes de la casa -un matrimonio con varios hijos pequeños- acogieron la petición de hospedaje del que consideraron labriego viajero, pero no sólo le ofrecieron silla, sino que le hicieron cenar con ellos y luego le acomodaron en una habitación con buena cama.

Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja; informándosele entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera conveniente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse, y, por tanto, no se preparaba…

Hubo unos breves comentarios del caso, pero ninguno se atrevió a hacer mención del aspecto religioso del asunto.

Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo, para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y le acompañaron.

Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: «Mire usted, yo sé que estoy muy malo y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré».

Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas, añadió éste: «Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora… Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?… Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad:

Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años de persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las Tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen María que, a la hora de la muerte, esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero».

Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: «Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios, rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí… No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted… Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis, que va hacia el exilio»

La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande, que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia…

Seguidamente, el señor Obispo realizó las confesiones, ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo…

Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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