Ángeles, Destacados

¿Qué son los ángeles?

Se engañaría el que pensara que el vocablo ángel define la naturaleza de esos seres espirituales.
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noviembre 14, 2021

Se engañaría el que pensara que el vocablo ángel define la naturaleza de esos seres espirituales. Si nos remontamos a la etimología de la palabra, primero encontraremos el nombre latino angelus, que a su vez proviene del vocablo hebreo מַלְאָך que los Setenta tradujeron como ἄγγελος.

Ángeles

Tanto el término hebreo como el griego significan mensajero o enviado. Por eso, dice San Agustín:

«En realidad ‘ángel’ es el nombre de un oficio, no de una naturaleza. Si preguntas por el nombre de su naturaleza, es espíritu; y si preguntas por su oficio, es ángel». 1

Luego, ¿quiere decir que los ángeles no tienen cuerpo? Exactamente, el ángel no tiene materia, es puro espíritu.

Esto que para nosotros hoy nos parece tan natural antaño constituyó una grave cuestión teológica, en razón de la cual Santo Tomás de Aquino estuvo a punto de ser excomulgado por el obispo de París. 2 No obstante, resolvió el problema y se mereció, de esta manera, el título de Doctor Angélico.

No vamos a tratar aquí toda la teoría metafísica y filosófica que envolvió la cuestión, sino que expondremos sólo de modo resumido lo necesario para entender la naturaleza espiritual de los ángeles.

Hasta Santo Tomás de Aquino, los teólogos se hallaban en un aparente callejón sin salida. Por un lado, la existencia de los ángeles estaba demostrada en la Sagrada Escritura, y no se podía negar. Por otro, pensaban que la materia era el único elemento capaz de delimitar a un ser. Así que los ángeles no podían ser inmateriales, porque serían infinitos. Creían, pues, que los ángeles tenían cierta materia muy sutil y que, comparada con la materia del cuerpo humano, era espiritualizada.3

Entonces, ¿cómo sustentar y explicar la inmaterialidad de los ángeles? Santo Tomás lo solucionó de una forma sencilla y precisa. Los ángeles son puros espíritus, como Dios. Pero hay dos prerrogativas que permanecen reservadas al Creador: es infinito y eterno. De hecho, la inteligencia angélica es limitada, y su voluntad no es capaz de un acto de valor infinito. En cambio, el acto de la inteligencia divina y de su voluntad es infinito. El Padre conociéndose a sí mismo engendra al Hijo y del amor entre los dos procede el Espíritu Santo.

Además, los ángeles tienen un comienzo, fueron creados en un momento determinado. Dios es eterno, sin principio, ni origen en otro ser. Conclusión: por mucho que el ángel no tenga una materia que delimite su espíritu, no es eterno ni ilimitado como Dios. Ésa es la mayor diferencia entre el Creador y cualquier criatura.

Otras grandes figuras de la patrística ya habían defendido la inmaterialidad de los ángeles.4 Pero ninguno solventó el enigma metafísico como Santo Tomás.

El Aquinate va más lejos en su explicitación y afirma que no sólo es posible, sino que «es necesario admitir la existencia de algunas criaturas incorpóreas»,5 en el magnífico mosaico de la Creación.

 Gaudium Press.

Notas:

  1. SAN AGUSTÍN. Enarratio in psalmum CIII. Sermo I, n.º 15.
  2. Cf. MARTÍNEZ, OP, Aureliano. Introducción a la cuestión 50. In: SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. Madrid: BAC, 1950, v. III, p. 60.
  3. Cf. BANDERA GONZÁ LEZ, OP, Armando. Tratado de los Ángeles. Introducción a las cuestiones 50 a 64. In: SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. Madrid: BAC, 2001, v. I, p. 496.
  4. «El ángel solamente es espíritu, y en cambio el hombre es espíritu y carne» (SAN GREGORIO MAGNO. Moralia, IV, 3, 8).
  5. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., I, q. 50, a. 1.

Comentarios

Espiritualidad

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septiembre 9, 2021

Plinio Corrêa de Oliveira: El 3 de octubre se cumplen ya 25 años de su deceso, su figura es cada vez más mencionada, y por qué no decirlo, cada vez más reverenciada.

A esto ha contribuido poderosamente la biografía en cinco tomos escrita por Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, titulada “El don de la sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira”, editada por la Libreria Editrice Vaticana y que continúa su difusión en los más variados ambientes.

Su vida contada por quien convivió 40 años de cerca.

Mons. João no escribió esta obra como un mero estudioso admirativo que se vuelca sobre los hechos de una figura de relieve, sino que lo hace desde la autoridad de quien convivió por cerca de 40 años con aquel que apunta como su guía, inspirador y maestro.

El 13 de diciembre de 1908 nacía Plinio Corrêa de Oliveira, en San Pablo, Brasil, hijo de familias ilustres de Pernambuco y San Pablo.

Comienza el recorrido de la vida del Dr. Plinio con un primer tomo que Mons. João titula ‘Inocencia, el inicio de la Sabiduría’, mostrando cómo el alma del Dr. Plinio mantuvo inmaculada la candidez de los primeros años, acrecida con la fidelidad a las gracias del bautismo, además de un fuerte surto de gracias de orden místico.

En el tomo dos Mons. João recorre sus años de hombre joven, que lucha por acrisolar la fidelidad a la visión primera, que se convierte con asombrosa rapidez en uno de los mayores líderes católicos de su país, que es elegido como el diputado más joven y más votado del Brasil en la Constituyente de 1934, y que comienza a reunir en torno de sí a quienes constituirían el núcleo de su principal fundación, la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad.

Pero la biografía de Mons. João Clá no es un mero recuento de las muchas realizaciones del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, sino que los acontecimientos, batallas, victorias y fracasos van dando pie a que el autor desvende el caminar espiritual y las gigantescas riquezas de alma de aquel que la Providencia había destinado a una grandísima misión, que el fundador de los Heraldos del Evangelio no duda en calificar de profética.

Una vida marcada por el sacrificio

Asimismo Mons. João no duda en introducirse con veneración, respeto y agradecimiento en los muchos sufrimientos que el Dr. Plinio cargó sobre sus hombros, particularmente aquellos que le causaron sus hijos más cercanos, que en un momento determinado de su vida lo movieron a ofrecerse a la Virgen como víctima expiatoria, ofrecimiento que fue aceptado por la Providencia en terrible accidente automovilístico sufrido en el año de 1975, del que tuvo secuelas hasta su muerte.

Al poner de relieve estos sacrificios y cruces, cumple Mons. João una explícita indicación dada por el Dr. Plinio en vida, para quien quisiera abordar su biografía.

Mons. João describe el surgimiento de diversas instituciones en el seno de la obra del Dr. Plinio como la reunión del “MNF”, donde exponía su visión del Orden del Universo.

La “Reunión de Recortes” donde con base en el noticiario nacional e internacional hacía un diagnóstico de la lucha entre las fuerzas de la Revolución y la Contra-Revolución en el mundo y realizaba cumplidas previsiones.

Los “Santos del Día” en los que el Dr. Plinio formaba en los más diversos campos a sus seguidores más jóvenes y no solo; y las demás reuniones que se fueron constituyendo al interior de su comunidad.

Mons. João narra también la génesis, hace el resumen y cuenta las repercusiones de sus más importantes obras escritas, desde la configuración del periódico ‘El Legionario’, que llegó a tener la mitad del tiraje del mayor medio escrito del Brasil, pasando por “En Defensa de la Acción Católica”, que se constituyó un tremendo golpe a la infiltración y propagación del progresismo de ropaje católico y que le trajo una persecución brutal.

“Reforma Agraria: Cuestión de Conciencia”, que sencillamente evitó que el comunismo se adueñara de América Latina; “Revolución y Contra-Revolución”, verdadero manual sintético de filosofía y teología de la Historia, que explica a quien quiera escuchar cómo se fraguó el proceso de decadencia de la Civilización Cristiana, desde la Edad Media hasta nuestros días, y al mismo tiempo señala los principios que servirán de base para la restauración del Reino de Cristo en la Tierra. Y muchas más.

Narra también su vida de educador, tanto universitario como de secundaria, principalmente de Historia, y cómo sus aulas eran fuente de encanto y sabiduría para todos los que las asistían, quienes conservaron su recuerdo durante toda su vida.

Un hombre sorprendentemente y ricamente original.

El fundador de los Heraldos del Evangelio pone su lupa en sus muchas doctrinas originales, como por ejemplo lo que el Dr. Plinio llamó Revolución Tendencial, que se da a nivel de las pasiones humanas y que prepara las revoluciones de las ideas y de hechos.

Y describe cómo se fue destilando en su espíritu una verdadera nueva escuela espiritual, que al tiempo que ponía en la devoción eucarística y a la Virgen los pilares que la sustentaban, se encaminaba hacia Dios en la contemplación de la Creación, principalmente en las maravillas de este orden, donde se veía el reflejo de Dios, verdadera escalera rumbo al cielo.

Mons. João relata la adaptación que fue haciendo de su estilo a las nuevas generaciones que se iban sucediendo, en las que sabiamente percibió cambios substanciales desde el punto de vista psicológico, y muestra como la escuela espiritual fundada por el Dr. Plinio no solo era enteramente adecuada a esas nuevas realidades, sino que aquellos que quisieran hacer caso omiso de tales cambios, estarían muy probablemente destinados al fracaso en el apostolado.

En ese sentido formuló la muy importante ‘teoría del flash’, que está en la base del apostolado de los Heraldos del Evangelio. A todos los anteriores asuntos – entre varios otros temas – se destinan los tomos tercero y cuarto de la obra de Mons. João Clá sobre el Dr. Plinio.

En el tomo quinto, Mons. João Clá recorre los últimos años de la vida del Dr. Plinio, sus postreras batallas y sus últimos cálices, las plenitudes que iba alcanzando, y de cómo iba terminando de sentar las bases de lo que fue el deseo de toda su vida, la constitución de una orden de caballería que combatiese la revolución en lo que esta tenía de más profundo y fuese sustento, modelo y semilla de un orden humano regido por la doctrina de Cristo, el Reino de María.

Sorprende que a 25 años de su fallecimiento, el interés por sus escritos, su vida, su doctrina, su espiritualidad, no haga sino crecer. Esto también puede ser tomado como una señal de que el cielo desea su ‘inmortalidad’, y que en la profundización en la historia de este hombre se hallará suma fecundidad para iluminar y regar los siglos futuros.

Por Saúl Castiblanco Redacción (02/10/2020 13:18, Gaudium Press)

Misiones

El sector juvenil de los Heraldos del Evangelio en Quito organizó un paseo con familias a las Lagunas de Mojanda.
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noviembre 29, 2021

El sector juvenil de los Caballeros de la Virgen en Quito organizó un paseo con familias a las Lagunas de Mojanda que se encuentran a una hora y media hacia el norte de Quito por el sector de Tabacundo.
 
La actividad inició con la celebración de la Santa Misa al aire libre. El Padre Jorge Luis Villalba E.P. señaló durante la homilía la importancia de elevar nuestras almas a Dios a través de la contemplación, en especial, la contemplación de las obras de la creación para remitirnos al creador. Contemplar también es una manera de oración.
 
Luego de la Eucaristía, se realizaron actividades deportivas donde participaron tanto hijos como padres. Las bendiciones de Dios y de su Madre Santísima se hicieron sentir en cada momento.

Santos

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septiembre 9, 2021

Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesucristo, San Juan María Vianney alimentó su cotidiana donación sin reservas, a Dios y a la Iglesia.

Infancia.

San Juan Bautista María Vianney, una de las más prodigiosas glorias del clero de Francia, nació en Dardilly, cerca de Lyon, el día 8 de mayo de 1786 y fue bautizado el mismo día.

Hijo del agricultor Mateo Vianney y de María Belusa, tuvo cinco hermanos, todos consagrados solemnemente a Nuestra Señora antes del nacimiento. Eran Catalina, Juana María, que desapareció a los cinco años, Francisco, Margarita y otro Francisco, que apodaban “el benjamín”.

Hijo de padres cristianos, Juan María fue desde niño piadoso, dulce y bueno. La madre, un día, le dio una imagen de Nuestra Señora, y el niño predestinado jamás la soltaba.

La llevaba tierna y respetuosamente en los brazos adonde fuera, así pensaba él y acostumbraba a rezar delante de ella, demorada y compenetradamente, ya como un pequeño sacerdote.

Pronto comenzó a enseñar a sus compañeros las lecciones de religión que aprendía de sus padres, a veces inclusive a adultos, muy serio, muy seguro de sí mismo, siempre inspirado.

Revolución francesa.

Con la invasión de la revolución a las provincias vivió días tristes: las iglesias cerradas, tristemente cerradas al pueblo lo entristecían, y los sacerdotes, perseguidos, aquellos padres heroicos sin miedo, que por la verdad, decían misas clandestinas en lo más espeso de los bosques, dando Jesús a los hombres, le llenaban su alma de admiración y de un cierto desasosiego, de una avidez incontenible para las cosas de Dios.

En efecto, desde aquellos momentos agitados, de grandes desórdenes, de muerte, de miedo y de hambre, nació el rumbo que se propuso alcanzar: con su carácter ya templado, tuvo un celo apasionado dirigido a la salvación de las almas.

De extraña predilección por los pobres, por los abandonados que nada poseen, ni comida ni cariño, los reunía por los caminos, por los bosques, a lo largo de los setos, y, alegremente, los llevaba a su casa, donde sus padres, afamados desde hacía mucho por la caridad, acogían a todos los desventurados con una gran sonrisa que ahuyentaba poquedades.

A los trece años, con un fervor fuera de lo común, Juan María, resplandeciente, hizo su primera comunión. Y el buen niño, con Jesús en el corazón, un corazón inmenso, decía para sí mismo, como si fuera la más dulce de las melodías:

¡Yo seré sacerdote! ¡Yo seré sacerdote! … ¡Y lo fue!

Vocación sacerdotal de San Juan María Vianney.

Valientemente, se lo dijo a su padre. Pero él, hombre prudente y conocedor de la vida y de los entusiasmos de la juventud, lo hizo esperar dos años para observarlo y probarlo. Era el tiempo del Directorio, aquella época de agitación política agravada por la penuria de las finanzas y de la economía nacional, época de disolución de las costumbres, no sólo porque los hombres buscaban en los placeres olvidarse de las amarguras pasadas y de los peligros a los que se habían expuesto, sino por el dinero que algunos amontonaban con la compra de bienes nacionales y con los suministros militares, dinero fácil que llevaba al lujo, la ostentación, la vanidad y la depravación. Al final, Juan María entró en la escuela fundada por el abad Balley, sacerdote entonces, de Ecully. El joven Vianney fue un alumno que hizo progresos lentos, aunque se esforzaba desesperadamente. Y, para obtener buenos resultados, se mortificaba para conseguir ayuda del Cielo. En 1807, con veinte años, Juan María fue confirmado por el arzobispo de Lyon, el Cardenal Fesh, tío de Napoleón. Aspirante al sacerdocio, se libró del servicio militar. Enfermo, vagó de hospital en hospital. De regreso a sus estudios, hizo el primer año de filosofía, de 1812 a 1813, en el pequeño seminario de Verrieres. Seminarista modelo, pero alumno bastante enfermizo, el poder de la oración fue consiguiendo abrirle el camino, hasta que estuvo en el seminario mayor de San Ireneo de Lyon. Allí, brilló especialmente por sus virtudes. Fue ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815, por Monseñor Simón, obispo de Grenoble, tenía veintinueve años. Nombrado vicario de Ecully, allí estuvo por tres años. Tuvo entonces la oportunidad de revisar con calma, toda su teología.

Juan María Viannen - Cura de Ars.

Designado para Ars, que quedaba a treinta y cinco kilómetros al norte de Lyon, llegó a un lugar donde sufriría por el rígido invierno, aquella ciudad que lo tendría por cuarenta y dos años, o sea, hasta el día en que, dejando la tierra, iría para Dios. Era el año de 1818.

Juan María fue directamente a la Iglesia. Cayendo de rodillas, quedó por largo tiempo sumido en adoración.

Los habitantes de Ars, vivían indiferentes en cuanto a la religión, aunque constituían buenas familias. Juan María se puso inmediatamente a trabajar. Y con la acción del santo cura, poco a poco, todo se fue transformando.

Cinco años después, Ars tenía otra fisonomía: el trabajo de los domingos fue totalmente abolido. La blasfemia, que andaba loca por el lugar, desapareció.

El vicio de la embriaguez, en el que la mayoría de los hombres había caído, se había retirado. Y los bailes inconvenientes y desenfrenados, paulatinamente fueron siendo eliminados de la feligresía. Para ganar tal batalla, cuántos trabajos, cuántos ayunos, cuántas suplicas, ¡cuánta oración!

Mucho antes del amanecer, Juan María se levantaba y se prosternaba delante del tabernáculo. Y allí, arrodillado, silenciosa y ardientemente, rogaba al Señor, con insistencia, que le convirtiese aquellas almas que se habían apartado del camino.

Se disciplinaba a si mismo, descansaba expuesto al sol, dormía sobre duras ramas. Y, cuando todo comenzó a mejorar, he aquí, de repente, que comenzaron las calumnias y las hipocresías. Esto, sin embargo, no era problema para el santo cura.

Las persecuciones de los hombres se juntaron a las del demonio. Y la lucha que trabó con el espíritu del mal, duró treinta y cinco años: se inició en 1824 y terminaría un año antes de su muerte.

Durante la noche, fantasmas horrendos, actos infernales, voces insultantes terribles transformaban la casa parroquial en un verdadero infierno, en horribles pesadillas tormentosas. Se ve hasta hoy, en parte, los trazos del fuego que le destruyeron su cama de madera.

Pero sustentado por gracias divinas, Juan Bautista María Vianney salió victorioso de todos los asaltos. Y la Virgen, cuya imagen guardaba en su infancia, le apareció dulcemente, para alentarlo y animarlo.

Dice San Juan Bautista María Vianney que al decir, todos los días, la santa misa, veía a Nuestro Señor.

La iglesia vieja, fue restaurada. Edificó muchas capillas, todo para la honra de Dios y el bien de los fieles.

Frutos pastorales.

Dios le concedió el don de los milagros. Y los milagros que realizó, los atribuía a Santa Filomena, su celestial amiga, llamada la taumaturga del siglo XIX, cuya historia comenzó a ser conocida en 1802, año en que fueron descubiertas las reliquias en la catacumba de Priscila, en la vía Salaria.

En 1820, Vianney fue nombrado cura de Salles, en Beaujolais. En Ars la consternación fue muy grande. Y el pueblo, que no se conformaba con la idea de ver al santo apartado del lugar, comenzó a suplicar para que no se lo llevasen de la comunidad. Atendidas las ovejas, la alegría volvió a reinar en Ars.

En 1824, fue abierta una escuela popular por el buen cura, destinada a las niñas. Pronto fue abierto un orfanato contiguo.

Trabajador incansable, nadie reconocía en la Ars de aquel momento, la de San Juan Bautista María Vianney, aquella ciudad abandonada, desorganizada y blasfema de otrora.

Día a día.

El programa diario del santo cura era exhaustivo: de madrugada, exactamente a la una, iba a la iglesia para rezar; antes del amanecer confesaba a las mujeres; a las seis en verano, a las siete en invierno, celebraba la santa misa.

Después de la acción de gracias, los peregrinos lo rodeaban, implorando bendiciones, curaciones, palabras de aliento, seguidos de consejos para los más variados casos, conversiones de éste o aquél ser querido, pariente, amigo o compañero de trabajo; a las diez de la mañana, recitaba las pequeñas horas de su amigo viejo breviario, su amigo inseparable, después se sentaba nuevamente en el confesionario.

A las once era el catecismo, aquel catecismo que quedó famoso; después del almuerzo, que era bien pequeño, seguía la clásica visita a los enfermos, mientras que la multitud se reunía para verlo pasar, para tocarle sus ropas, multitud que el Santo, compadecido por la dedicación de los fieles, bendecía dulcemente; después de haber rezado las vísperas y las completas, y por tercera vez, lo recibía la penumbra del confesionario, donde muchas veces, se quedaba hasta altas horas de la noche.

¡Que devoción por los pecadores! ¡Cuántas conversiones, incluso las de reputación de imposibles, fueron realizadas por el santo! ¡Qué don, el de descubrir entre la multitud, a los grandes pecadores! Los llamaba y dulcemente les hablaba de las bellas cosas de Dios y de las horribles cosas del demonio.

La oración de la noche era tan emocionante, que toda la gente lloraba. Los domingos, en la misa, siempre predicaba.

Dios en un hombre.

Tan grande era la fila de los peregrinos que lo buscaban, que hubo necesidad, un día, que viniera un padre vecino a ayudarlo: era el padre Raimundo, que, a partir de 1845, se tornó su vicario.

En 1850, Juan Bautista María fue distinguido con el canonicato: vendió entonces su capa en beneficio de los pobres. Dos años después, le concedieron la Cruz de la Legión de Honra, que rechazó, ya que era necesario dar una cantidad de dinero que él prefería reservar para limosnas.

Era el año 1853. Cuando el padre Toccanier substituyó al padre Raimundo como auxiliar de San Juan Bautista María Vianney, el santo, con deseos de retirarse para poder “llorar la pobre vida”, resolvió dejar Ars.

¡Fue un episodio conmovedor! La alarma sonó. El pueblo le cerró el camino y lo llevó a la iglesia. El santo, sumiso a la voluntad de Dios y para el alivio de la multitud, que daba gracias al Altísimo, continuó en su puesto, aquel puesto del que sólo la muerte lo habría de apartar.

Y cuando murió, la desolación fue indescriptible. Era el día 4 de agosto de 1859 y tenía setenta y tres años.

Los peregrinos y los feligreses desfilaron por cuarenta y ocho horas sin interrupción, ante el cuerpo de aquel Santo que se fue ante el Santo de los Santos.

Llegando a la más sublime perfección, al más alto grado de unión mística y angélica, en toda Ars, solamente se hablaba del buen Juan Bautista María, de su bondad, paciencia, humildad, santidad, desvelo y caridad.

Taumaturgo inmenso, el santo cura de Ars realizó milagros sin tener en cuenta sus sufrimientos corporales y morales, siempre a favor de las miserias espirituales. Incluso en vida, ya el pueblo lo proclamaba santo.

Enterrado en su iglesia, Juan Bautista María Vianney fue declarado venerable el 3 de octubre de 1872, por Pío IX. Beatificado por el Papa San Pío X, el 8 de enero de 1905, fue instituido por el mismo pontífice como patrono de todos los sacerdotes de Francia que se encargaban de las almas.

La canonización tuvo lugar en 1925, el día 31 de mayo, algunos días después de la de Santa Teresita del Niño Jesús.

Ars, rápidamente, se convirtió en un gran centro de peregrinación. Allí, un magnifico santuario fue erigido, y el cuerpo del Santo permanece en un relicario. El corazón, que fue encontrado intacto en la exhumación del 17 de junio de 1940, es venerado aparte.

(Vida de los Santos, Padre Rohrbacher, Volumen XIV, p. 292 a 299)

(Revista Heraldos del Evangelio, Agosto/2009, n. 92, p. 6 a 9)

Santos

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad.
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septiembre 12, 2021

¡Lourdes!

¿Dónde encontraremos las palabras que alcancen a explicar todo cuanto ese nombre significa para la piedad católica en el mundo entero? ¿Quién podrá traducir en palabras el ambiente de paz que envuelve la gruta sagrada en la cual, hace más de 150 años, vino la Santísima Virgen para estar con la humilde Bernardette e inaugurar, de modo definitivo, un nuevo vínculo con la humanidad sedienta de consuelo y de paz?

Por designio de la Divina Providencia, a ese lugar se asoció una acción intensa de gracia, especialmente capaz de transmitir a los millares de peregrinos, venidos de lejos, la certeza interior de que sus oraciones son benignamente oídas, sus dramas apaciguados, y sus esperanzas fortalecidas. En efecto, a lo largo de este siglo y medio, las ásperas rocas de Massabielle se han convertido en palco de las más espectaculares conversiones y curas, legando a la Santa Iglesia Católica un tesoro espiritual de valor incalculable.

En Lourdes tales curas y conversiones se revisten de una grandiosidad peculiar, delante de la cual nuestra lengua enmudece. Allí está, delante de todos, la sublimidad del milagro. Mientras tanto, no se puede hablar de Lourdes sin recordar con veneración a la protagonista ligada de modo indisociable a esa historia de bendición y misericordias.

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad a los llamamientos a la conversión y penitencia, que aquellos días fueron lanzados por la Reina de los Cielos, y que habrían de llegar a los más alejados rincones de la Tierra.

Santa Bernardita. Infancia marcada por la Fe

Bernardette nació en un siglo de profundas transformaciones. Animada, por un lado, por la oleada de devoción mariana que el pontificado del Beato Pío IX estaba suscitando, la segunda mitad del siglo XIX presenciaba el avance insolente del ateísmo y del materialismo.

Los espíritus estaban divididos y, a fin de actuar precisamente en esa encrucijada de la Historia, María Santísima quiso servirse de la hija primogénita del matrimonio Soubirous.

¡Qué alejados, pues, de esta suerte de consideraciones, estaban François y Louise, el 7 de enero de 1844! Ese día les nacía su hija Bernardette en el Molino Bolli, en las cercanías de Lourdes, durante los días felices de abundancia que ellos allí pasaron.

La niña fue bautizada, recibiendo el nombre de su madrina Bernarde, al que se sumó el de Nuestra Señora que se le habría de aparecer. Marie- Bernarde, es como se llamaba Bernardette, que no escapó al diminutivo cariñoso que le acompañaría por el resto de su vida.

Santa Bernardita
Santa Bernadette Soubirous La imagen de arriba y abajo

En el Molino Bolli transcurrió su primera infancia, marcada por una religiosidad auténtica y sincera, además de la frecuencia a los sacramentos, la oración en conjunto a los pies del crucifijo era una eximia práctica de los principios cristianos a la que correspondían como un deber moral el matrimonio de campesinos. Bernardette creció, por así decir, respirando la santa fe católica del mismo modo que respiraba el aire puro de la montañosa región de los Pirineos.

La miseria visitó el hogar de los Soubirous.

La época era difícil y los negocios de François Soubirous iban mal. A los ocho años de edad Bernardette se trasladadó a un molino más sencillo, y al cabo de tres años alquilaron una cabaña al lado del camino. Ya crecida, ella acompañaba las progresivas desgracias de los padres y enfrentaba, con admirable resignación, la situación de indigencia a la que se vieron reducidos en 1856, hasta el punto de tener que mudarse hasta la antigua cárcel de Petits- Fósees: un cubículo húmedo y pestilente que las autoridades habían juzgado inadecuado hasta para los presos.

La pobreza allí era completa. El habitáculo medía menos de cinco por cuatro metros y la familia no poseía absolutamente nada excepto el mobiliario más indispensable y las ropas. La luz del sol nunca penetraba en el lugar, marcado por la reja de la ventana y por el cerrojo de la pesada puerta -reminiscências del antiguo calabozo. Allí vivían los padres y los cuatro hijos, constantemente atormentados por el hambre.

bernardita

Cuando conseguían comprar pan, la madre lo dividía entre los pequeños, que aún así se sentían insatisfechos. Bernardette, no pocas veces, se privaba de su pequeña parte a favor de los más jóvenes, sin nunca demostrar el menor desacuerdo por eso. Por la noche, sin conseguir dormir, atormentada por el asma, Bernardette lloraba. La causa principal de aquél desahogo, sin embargo, no era la enfermedad o las duras privaciones materiales.

El único deseo de la angelical niña era hacer la primera comunión, pero la necesidad de cuidar de los hermanos y de la casa le impedía frecuentar el catecismo, aprender a leer y a escribir y hasta hablar el francés. De hecho, cuando la Santísima Virgen le dirigió la palabra, lo hizo en patois, el dialecto de la región de Lourdes.

Si Bernardette deseó algo para sí misma, en los días de su infancia, fue únicamente recibir el Santísimo Sacramento, el Señor ofendido por los pecados de los hombres, que ella aprenderá tan pronto a consolar.

Días de pastoreo en Bartrès.

Las pocas veces que Bernardette frecuentó las aulas de catecismo en Lourdes fueron desaprovechadas, porque no conseguía acompañar al resto, más jóvenes y adelantadas que ella. Louise Soubirous estaba preocupaba por la hija, de 13 años, que todavía no había hecho la primera comunión, y resolvió pedir a su amiga, María Lagües, que la aceptase en Bartrès -aldea no muy distante de Lourdes- con el objetivo de que Bernardette allí pudiese frecuentar las aulas de catecismo.

Por consideración y amistad, María Lagües la recibió en su casa, pero no fue tan fiel a su promesa como sería de esperar -enseguida ocupó a Bernardette en los servicios de la casa y en el cuidado de los hijos. Y su marido encontró en ella su pastora ideal para su rebaño de corderos. Fue en ese periodo de pastoreo cuando Bernardette se solidificó en la oración, durante las largas horas transcurridas en el más completo silencio en medio del privilegiado panorama Pirenaico. Contemplativa, ella montaba un pequeño altar en honra de la Santísima Virgen y allí pasaba horas de gran fervor recitando el Rosario, la única oración que conocía.

Un hecho que le ocurrió a Bernardette en esta época demuestra la pureza cristalina de su corazón. Cierto día, cuando François Soubirous fue a visitar a su hija, la encontró triste y cabizbaja. Le preguntó qué era lo que le afligía. – Todos mis corderos tienen los costados verdes- respondió ella.

El padre, dándose cuenta de que se trataba de la marca hecha por un intermediario, hizo un comentario gracioso: – Ellos tienen los costados verdes porque comieron mucha hierba. – ¿Y pueden morir? -preguntó asustada Bernardette. – Tal vez… Apenada, comenzó a llorar en el mismo instante, entonces el padre le contó la verdad: – Vamos, no llores. Fue el intermediario que los marcó así.

Más tarde, cuando le llamaron boba por haber creído en semejante disparate, su respuesta constituyó una demostración involuntaria de su elevada virtud: – Yo nunca mentí; no podía suponer que aquello que mi padre me decía no era verdad. Los días pasaban lentamente en la pequeña aldea, y ya habían pasado siete meses desde la llegada de Bernardette.¡Cuánta esperanza de aproximarse a la mesa eucarística traía en la llegada, y qué decepción experimentaba, después de las pocas aulas de insignificante instrucción! Aquella espera interminable la afligía, pero, como todo en la vida del hombre, fue permitido por Nuestro Señor.

«Sufre los retrasos de Dios; dedícate a Dios, espera con paciencia, con el fin de que, en el último momento, tu vida se enriquezca» (Eclo 2, 3) Esas palabras, desconocidas para Bernardette, significaban exactamente como Dios procedió con respecto a ella. Al mismo tiempo en que la gracia inspiraba en su alma un ardiente deseo de las cosas elevadas, éstas parecían serle retiradas.

Con eso, su ansia se robustecía, y todo lo que era terrenal empezaba a ser poco a sus ojos, cada vez más aptos para comprender las realidades sobrenaturales. Como suele pasar con las almas que Dios prueba por medio de largas esperas, le estaban reservadas gracias mucho mayores.

Celestial sorpresa.

De vuelta a la casa paterna, Bernardette retomó los antiguos quehaceres.

En la mañana inolvidable del 11 de febrero de 1858, salió con la hermana Toinette y la amiga Jeanne Abadie para el bosque, con el fin de recoger leña para la chimenea y huesos que vender para comprar algún alimento. Anduvieron bastante hasta llegar a la gruta de Massabielle, donde Bernardette nunca había estado. En el momento en que las despiertas niñas atravesaban el agua helada del río Gave, Bernardette se preparaba para hacer lo mismo.

gruta lourdes
Gruta de las Apariciones

Ésta es la narración de Bernardette de lo que entonces sucedió: «Escuché un barullo, como si fuese un rumor. Entonces, volví la cabeza hacia la orilla del prado; vi que los árboles no se movían en absoluto. Seguí descalzándome. Volví a escuchar el mismo barullo. Levanté la cabeza, mirando hacia la gruta. Vi a una Señora toda de blanco, con el vestido blanco, un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie, del color de la cadena de su rosario: las cuentas del rosario eran blancas»

Era la Santísima Virgen que le sonreía y le llamaba para que se aproximara. Temerosa, Bernardette no se adelantó, sino que sacó su tercio y comenzó a rezar. Lo mismo hizo la «bella Señora», que aunque no moviese los labios la acompañaba con su propio rosario. Después, al terminar el Rosario, Ella desapareció.

La impresión que esa primera aparición produjo en Bernardette fue profunda. Sin reconocer en Ella a la Madre celeste, la niña se sentía irresistiblemente atraída por esa figura tan amable y admirable, en la cual no podía parar de pensar. Cuando una monja le preguntó, años más tarde, en la enfermería del convento, si la Señora era bella, ella respondió: – ¡Sí! ¡Tan bella que, cuando se ve una vez, se desea la muerte sólo para volver a verla!

Dieciocho encuentros en Massabielle.

Por más que Bernardette hubiese pedido que guardaran el secreto a sus dos compañeras, a las que contó lo que viera, ellas no se mantuvieron calladas en ningún momento.

Poco más tarde, eran decenas de personas las que comentaban en la vecindad el sobrenatural acontecimiento. Y era apenas El comienzo: la impresionante popularidad de las apariciones asumió proporciones tales, que el día 4 de marzo, estaban junto a Bernardette nada menos que 20.000 peregrinos.

Antes de cada visita de Nuestra Señora, Bernardette sentía un enorme deseo de ir a Massabielle. Fue lo que ocurrió los días 14 y 18 de febrero, cuando un presentimiento interior la condujo hasta la gruta. En la segunda aparición, la Virgen Santísima permaneció nuevamente en silencio; dijo apenas alguna palabra el día 18, como nos lo narra la obediente niña: «La Señora sólo me habló en la tercera vez. Me preguntó si quería ir allí durante 15 días. Le respondí que sí, después de pedir permiso a mis padres»

El santuario de Lourdes es uno de los mayores centros de peregrinación del mundo católico, acogiendo cerca de 6 millones de peregrinos todos los años

La quincena de apariciones, que se dio entre el 18 de febrero y el 4 de marzo, con excepción de los días 22 y 26, constituyó el gran foco de irradiación del mensaje confiado a Bernardette. Cada día se multiplicaba el número de asistentes que emprendían penosos viajes, atraídos por los celestiales coloquios. Aunque nadie más que Bernardette viese a la «Señora», todos sentían Su presencia y se conmovían con los éxtasis de la campesina.

– Ella no parecía de este mundo -dijo un testigo. Las palabras de Nuestra Señora no fueron muchas, aunque de expresivo significado. Dijo a Bernardette el mismo día 18: «No prometo hacerte feliz en este mundo, pero sí en el otro». Y otras veces: «Yo quiero que venga aquí mucha gente». «¡Pide a Dios por los pecadores! ¡Besa la tierra por los pecadores!». «¡Penitencia, penitencia, penitencia!». «Ve y di a los sacerdotes que construyan aqui una capilla. Quiero que todos vengan en procesión». Todavía durante la quincena, la Reina de los Cielos confió tres secretos y enseñó una oración a Bernardette, que ella recitó con insuperable fervor todos los días de su vida.

Después de un largo silencio con respecto a su identidad, la Señora reveló su nombre a Bernardette en la decimosexta aparición, el 25 de marzo de 1858: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Era una solemne confirmación del dogma proclamado por el Beato Pío IX cuatro años antes; la pureza de doctrina sería coronada, de aquí en adelante, por la belleza de los milagros.

Transformada por Nuestra Señora.

Uno de los criterios de prudencia adoptados por la Santa Iglesia para verificar la autenticidad de las revelaciones como las que recibió Bernardette, es observar atentamente la conducta de los videntes. En ellos, se refleja invariablemente la veracidad y el tenor de lo que dicen ver: su testimonio personal es decisivo.

Los enfermos no tardaron en servirse de ella y las curas inexplicables se iniciaron el 1 de marzo. Enfermos desahuciados «por la razón y por la ciencia» veían sus males desaparecer en un instante, y los argumentos de innumerables corazones reticentes se transformaron en cánticos de fe.

Cuando Bernardette, más tarde, probó esta agua para sus penosas dolencias, no le fue eficaz. Le preguntaron, entonces: – Esa agua cura a otros enfermos: ¿Por qué no te cura a ti? – Tal vez la Santísima Virgen quiera que yo sufra- fue su respuesta.

Lourdes aguas

De hecho, su vocación era sufrir y expiar por la conversión de los pecadores. La fuente no era para ella. Esa hija predilecta de María comprendió con profundidad su singular llamada.

Todo cuanto habría de padecer física y moralmente de ahí en adelante -que no fue poco- ella deseaba unirlo a los méritos infinitos del Redentor crucificado, para que fuese pleno el efecto de las gracias derramadas en la gruta. Nunca un murmullo, una queja o un acto de impaciencia se desprendieron de sus resignados labios, acostumbrados al silencio y a la inmolación.

En el asilo de Nevers.

Después del ciclo de las apariciones, todos querían ver a Bernardette y tocarla. Le pedían bendiciones, le robaban reliquias… Hombres ilustres emprendían largos viajes para conocerla y altas figuras eclesiásticas no escondían su admiración delante de ella.

Pero, ¡cuánto le hacían sufrir por causa de eso! En su acrisolada humildad, Bernardette se sentía incómoda delante de tantas manifestaciones de deferencia. Su mayor deseo era ser olvidada, quería que sólo la Virgen Santísima fuese objeto de encanto y amor. En Lourdes, ella vivió todavía nueve años en el Asilo, administrado por las Hermanas de la Caridad y de la Instrucción Cristiana, de Nevers.

Ayudaba en la atención a los enfermos, en los servicios de la cocina, cuidando de los niños. A los 23 años partió hacia la Casa Madre de la Congregación, en Nevers, deseando ávidamente la vida de recogimiento y oración: – Vine aquí para esconderme -dijo.

Sus trece años de vida religiosa fueron acentuados por la práctica de todas las virtudes y, de modo especial, el desprendimiento de sí misma y el amor al sufrimiento. De ese período, pasó nueve años de ininterrumpidas enfermedades: el asma inclemente, un doloroso tumor en la rodilla, que evolucionó hasta una terrible infección de los huesos. El día 16 de abril de 1879, a los 35 años de edad, ella entregó su alma al Creador.

"Me encontraréis junto al peñasco"

Sus restos mortales incorruptos constituyen uno de los más bellos vestigios de la felicidad eterna que Dios haya otorgado a los pobres mortales en este Valle de Lágrimas.

Intacto, puro, angélico es el cuerpo de Bernardette, delante del cual el peregrino se siente atraído a pasar horas seguidas en oración, y levantarse con la dulce impresión de haber penetrado en la felicidad eterna de la que goza la vidente de Massabielle.

Bernardette
Cuerpo incorrupto de Santa Bernardette Soubirous - Nevers (Francia)

Allí están, cerrados, pero elocuentes, los ojos que otrora contemplaran a la Santísima Virgen, para enseñarnos que los únicos que son exaltados son los mansos y los humildes de corazón; para recordarnos que, para realizar Sus grandes obras, Dios no precisa de las fuerzas humanas, sino de la fidelidad a la voz de Su gracia.

Sabemos que la misión de Bernardette no terminó. La acción beneficiosa de su intercesión se hace sentir junto a la gruta, como ella misma predijo: «Me encontraréis junto al peñasco que tanto amo». Que ella nos obtenga, en este año de jubileo y acción de gracias, una confianza inquebrantable en el poder de Aquella que dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción».

Tamara Victório Penin

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