Destacados, Espiritualidad

El momento más precioso del día

Después de recibir la sagrada Eucaristía, debemos recogernos a fin de aprovechar mejor las gracias de tan sublime misterio. ¿Cómo compenetrarnos en esos instantes de sublime convivencia con Nuestro Señor Jesucristo?

Las realidades inferiores siempre reflejan otras superiores. Esa fue la regla que ha regido la creación del incontable número de seres salidos de las manos de Dios, los cuales son, al mismo tiempo, diversos y armónicos entre sí.

Esto sucede, por ejemplo, con la perfecta constitución del organismo humano, que espeja el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. Esta sagrada institución, pese a ser posterior en el tiempo, constituye el modelo según el cual fue creado nuestro cuerpo. Por así decirlo, Dios pensó primero en lo más importante.

Algo similar también ocurre con la alimentación del hombre.

La convivencia es más importante que la comida.

La vida de todos nosotros es, en gran parte, hecha de rutina. Tal sería que el sueño de la noche, el aseo personal, el caminar y todo lo que realizamos diariamente constituyera una novedad…

También la alimentación forma parte de lo cotidiano. Sin embargo, hay gran diferencia entre la comida de un día corriente y un banquete festivo. En las ocasiones especiales, el esmero en la preparación es indispensable. Imaginemos una conmemoración importante, como la cena de Navidad, el cumpleaños de un familiar o cualquier otra efeméride. Se planea todo con antelación: el lugar de la fiesta, si deberá ser una comida o una cena, el número de invitados, el horario de inicio, el menú con sus distintos platos y bebidas, etc.

En esas ocasiones solemnes, no obstante, hay algo que se aprecia aún más que el manjar y las iguarias puestas a la mesa: es la convivencia entre los comensales, sean parientes o amigos.

Terminada la comida, esa convivencia se vuelve más intensa. ¿Quién no se ha valido nunca del famoso cafelito como excusa para, concluido el postre, prolongar apaciblemente la conversación? Y, en sentido contrario, ¿qué pensar del que se marcha deprisa, nada más haberse alimentado? Difícil será considerar buen amigo a quien no le gusta convivir con los demás y ni siquiera intenta disfrazarlo…

Agradable conversación al término del Banquete.

Por la reversibilidad entre las realidades inmateriales y materiales mencionada arriba, las comidas que saboreamos en esta tierra pueden ayudarnos a comprender mejor ciertos aspectos del Sagrado Banquete que es la Santa Misa.

Así pues, si al término de una cena que compartimos con los otros hombres procuramos el legítimo placer de una agradable conversación, ¿no debemos hacer algo similar después de que el propio Cristo se da a nosotros como alimento?

Pues bien, la acción de gracias después de la comunión es ese momento auge de convivencia en que culmina el Banquete divino. Y debemos preguntarnos: ¿le damos la debida importancia?

Algunos de los inmensos beneficios de la Eucaristía.

Antes de tratar acerca de cómo hacer con fruto la acción de gracias, conviene que recordemos algunos de los inmensos beneficios espirituales que la Santísima Eucaristía nos aporta en la comunión.

En la sagrada hostia recibimos no solamente una gracia enorme, sino al Creador y Fuente de toda gracia. Este es el principal motivo que hace de la Eucaristía el sacramento más excelente: en ella está substancialmente contenido el propio Cristo, mientras que los otros sacramentos no contienen sino una virtud instrumental participada de Cristo.1

Como si esto no bastara, con el Verbo Encarnado —en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad— nos son dados en la Eucaristía el Padre y el Espíritu Santo, a causa del inefable misterio de la pericoresis que los hace inseparables.

De modo que, al comulgar, nos convertimos de hecho en templos vivos de la Beatísima Trinidad. Y de tal manera somos asociados misteriosa y verdaderamente a la vida íntima de las tres Personas divinas, que en nuestra alma el Padre engendra al Hijo unigénito y de ambos procede el Espíritu Santo por el infinito acto de amor mutuo.

Dios nos diviniza y transforma.

Si la santidad consiste en la unión perfecta con Cristo, no cabe duda de que la vida de todo católico debe tener como centro la Eucaristía. Nada hay de más saludable que la comunión de la sagrada hostia. Se trata del más sublime sustento espiritual y, a diferencia de lo que ocurre con el alimento material —asimilado por el cuerpo—, es Cristo quien nos diviniza y transforma en sí mismo cuando recibimos las sagradas especies.

Por este motivo, San Juan Bosco, cuando estudiaba en el seminario, no se contentaba con comulgar sólo los domingos. Se ausentaba con frecuencia del desayuno y se dirigía, a escondidas, a una iglesia contigua. Después de recibir la Eucaristía y hacer la acción de gracias regresaba a tiempo de entrar en clase junto con sus compañeros. En esas ocasiones permanecía en ayunas hasta la comida y, aunque el cuerpo sufriera, su alma se beneficiaba enormemente. Como el mismo declaraba, ese fue el alimento más eficaz de su vocación.

Habiendo dilucidado y recordado algunos de los beneficios que recibimos en la comunión, se hace más fácil entender la importancia de un compenetrado acto de agradecimiento a Dios por la inmensa bondad manifestada al otorgarnos una participación del premio celestial ya en esta tierra.

Pautas para aprovechar esta inefable convivencia.

Después de comulgar el Cuerpo de Cristo debemos reservar un tiempo para la acción de gracias. Aunque sea un momento de mucha seriedad, visto el gran don que recibimos, de ninguna manera se trata de algo pesado o difícil para nuestro espíritu, como se podría pensar. Al contrario, consiste en una expresión de amor y gratitud nacidos de un corazón filial.

Ejemplo de ello nos lo da Santa Gema Galgani que, tras haber comulgado por la mañana temprano —lo cual hacía diariamente—, invertía la mitad del día en acción de gracias por la comunión recibida y la otra mitad para prepararse para la del día siguiente, tal era su devoción por el Santísimo Sacramento.

Ahora bien, tanto los que tienen la costumbre de recibir con frecuencia la Eucaristía, como esta mística italiana, como los que comulgan esporádicamente se beneficiarán al recordar ciertos puntos que hacen disminuir en nuestros corazones el fervor por Jesús Sacramentado.

Especialmente peligroso para los primeros es el espíritu de rutina, que hace estéril ese momento de intensa oración, reduciéndolo a formas preconcebidas. Algunas personas no se quedan tranquilas hasta que no han rezado, a menudo mecánicamente, fórmulas escritas en breviarios.

Para los segundos, la falta de frecuencia a la Eucaristía, a veces porque nos les parece una práctica importante, les puede causar dificultades en saber qué decirle a Dios. Su atención termina siendo llevada por el viento de otras preocupaciones y pensamientos, inevitablemente terrenos…

Las oraciones contenidas en libros piadosos deben ser para nosotros un auxilio y no un fin. Usémoslas en la medida en que nos ayuden a elevar el espíritu, de modo que se vuelvan una «pista de despegue» para que nuestra alma vuele hasta la sublime convivencia con Nuestro Señor Jesucristo.

Un Amigo que desea escucharnos y también hablarnos.

Los instantes que siguen a la comunión deben ser, para nosotros, los más preciosos del día: llenos de seriedad, pero también de sencillez e intimidad.

¿Quién no desea tener un confidente a quien contarle sus problemas y dificultades, alegrías y anhelos? Pues bien, eso sucede durante la acción de gracias: Dios entra en nosotros, como alguien que visita a su mejor amigo. Sólo que ese amigo con el cual conversamos es, ni más ni menos, que Nuestro Señor Jesucristo. Realmente, cuesta imaginar algo superior…

Dios quiere escucharnos, pero también desea que le oigamos. Por eso es necesario mantener el recogimiento a toda costa, tratando de apartar cualquier pensamiento que desvíe nuestra atención.

Sin duda, el demonio intentará servirse de las cosas corrientes para molestarnos y llevarnos a descuidar esa convivencia con lo sobrenatural. Oigamos el consejo de Santa Teresa de Jesús a sus monjas: «No perdáis tan buena sazón de negociar [con Dios] como es la hora después de haber comulgado».

Por cierto, ¿qué hemos de «negociar» si sólo podemos ganar? Cristo está presente en nuestro corazón y nada desea tanto como inundarnos de gracias y bendiciones.

Cuatro actos que ayudan a hacer la acción de gracias

Afirma el P. Antonio Royo Marín que «la mejor manera de dar gracias consiste en identificarse por el amor con el mismo Cristo y ofrecerle al Padre, con todas sus infinitas riquezas, como oblación suavísima por las cuatro finalidades del sacrificio: como adoración, reparación, petición y acción de gracias».

De hecho, muchos autores se valen de esos cuatro puntos —elementos constituyentes del acto de religión o de culto— como base para realizar una completa acción de gracias.

Y, aunque haya fórmulas escritas que auxilian en la meditación de cada uno de ellos, no podemos dejar de lado nuestras propias palabras. Dios desea escucharlas porque son únicas, exclusivas, pues Él creó a cada hombre para que lo amara de una forma específica e irrepetible.

Debo, por tanto, adorarlo por ser Él quien es: el Dios de infinita misericordia y justicia, a quien amo inmensamente. Preciso agradecerle el haber derramado su amor sobre mí al crearme, al concederme la filiación divina por el Bautismo, al vivir en mi interior por la comunión.

Estoy obligado a suplicar el perdón por mis pecados, faltas, ingratitudes y por las veces que le he ofendido; soy merecedor del Infierno, pero tengo fe en su perdón infinito, el cual invoco a fin de que los pecados del mundo sean reparados. Finalmente, cabe pedir todo lo que necesito, las gracias que me hacen falta para mi santificación y para aquellos por quienes tengo la obligación de rezar.

El «secreto» para una buena acción de gracias

Pedir el auxilio y la intercesión de la Virgen al comulgar es, sin duda alguna, el «secreto» para hacer una buena acción de gracias.

¿Quién mejor que Ella sabrá adorar, agradecer y amar a su divino Hijo y pedirle lo que necesitamos? Debemos, pues, recurrir siempre a María Santísima, para que inspire en nuestro interior una forma de acción de gracias enteramente consonante con la realizada por Ella cuando recibió la Eucaristía en el Cenáculo.

Que la propia Madre de Dios consuele, en nuestra alma, a Jesucristo en su Pasión dolorosa, la cual se renueva en cada Misa de manera incruenta. Que Ella nos diga palabras de afecto a la altura de tan digno Huésped y nos haga, por fin, participar de la sublime y eterna convivencia entre el Sagrado Corazón de Jesús y su Inmaculado Corazón, modelo de la perfecta unión de un alma virtuosa con el Santísimo Sacramento en la comunión.

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 65, a. 3.
2 Cf. ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. Madrid: BAC, 2018, p. 453.3 Cf. CERIA, SDB, Eugenio. Don Bosco con Dios. 4.ª ed. Madrid: CCS, 2001, p. 39.
4 Cf. GERMAN DE SAN ESTANISLAO, CP; BASILIO DE SAN PABLO, CP. Santa Gema Galgani. Vida de la primera Santa del siglo XX. 5.ª ed. Madrid: Palabra, 2010, p. 298.
5 SANTA TERESA DE JESÚS. Camino de perfección, c. 34, n.º 10.
6 ROYO MARÍN, op. cit., p. 457.

Hno. Carlos María de Oyarzábal

Comentarios

Oraciones

enero 3, 2022

Nosotros te agradecemos ¡Oh Madre del Buen Consejo!, por todas las gracias y favores concedidos en este día de lucha. Perdona nuestras infidelidades, acepta nuestra fatiga como merecida reparación por todas nuestras faltas. Danos un reposo favorecido por tus Santos Ángeles, bajo tu mirada pura y materna, a fin de que al día de mañana nos encontremos siempre dispuestos a luchar cada vez más por Ti y así amarte con fervor siempre creciente.

Así sea.

Plinio Corrêa de Oliveira

Espiritualidad

Al final de cada ciclo litúrgico la Iglesia celebra la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, una de las fiestas más bellas de su calendario.

noviembre 22, 2021

¡Cristo Rey verdadero!

Al final de cada ciclo litúrgico la Iglesia celebra la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, una de las fiestas más bellas de su calendario. Torrentes de gracias nos son concedidas en esa conmemoración, compenetrándonos de nuestra nobleza en cuanto hijos de Dios por el Bautismo: «Levanta del polvo al desvalido […], para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo» (Sal 112, 7-8). Todos nosotros, nacidos en la basura del pecado original, somos elevados a la categoría de príncipes por la gracia, pues la sangre del propio Rey se derrama en nuestro favor convirtiéndonos en hermanos suyos, miembros de la familia divina.

Nos conmueve pensar que el Hijo unigénito del Padre, rey desde toda la eternidad por naturaleza divina, también en la Encarnación se hiciera rey en cuanto hombre, descendiendo desde los espacios siderales en busca de su rebaño y cuidar de él (cf. Ez 34, 11), situación ésta que retrata la emotiva profecía de Ezequiel recogida en la primera lectura. Una simbólica imagen del extraordinario celo del Buen Pastor para con las almas, hablándole a la conciencia de los que caen en el lodo del pecado, moviéndolos al arrepentimiento y llevándolos sobre sus hombros de vuelta al redil. El salmo responsorial retoma esa figura y la sublima: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 22, 1).

A Nuestro Señor le corresponde asimismo el título de rey por derecho de conquista porque, al redimir a la humanidad por la Pasión y Muerte en la cruz, la liberó del yugo del demonio que la esclavizaba desde la falta de Adán. Y, por su Resurrección gloriosa, triunfó sobre la muerte, «el último enemigo en ser destruido» (1 Cor 15, 26), como afirma San Pablo en la segunda lectura. El Redentor es, por tanto, rey de todos los hombres, incluso de los que lo rechazan y se precipitan en el Infierno. Aunque éstos no tengan a Cristo como cabeza, al no pertenecer a su Cuerpo Místico, Él los juzgará en el fin del mundo.

Después del Juicio, «cuando le haya sometido todo, entonces también el mismo Hijo se someterá al que se lo había sometido todo. Así Dios será todo en todos» (1 Cor 15, 28), prosigue el Apóstol. En ese momento de plenitud de su realeza, Jesús, Hijo fidelísimo, habiendo extirpado el dominio de Satanás en el universo, le dirá al Padre: «He aquí el poder que conquisté. Os lo entrego, y pongo nuevamente en vuestras manos la obra de la Creación restaurada».

Este maravilloso panorama teológico se completa con las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio, las cuales describen de manera detallada y abarcadora el gran acontecimiento que encerrará la Historia y separará definitivamente a los buenos de los malos.

La Iglesia, manifestación suprema del Reinado de Cristo.

El júbilo e incluso la emoción inundan nuestros corazones al oir estas palabras inflamadas de San Pablo: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla. Él la purificó con el bautismo del agua y la palabra, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada” (Ef 5, 25-27).

Pero cuando miramos la Iglesia militante, en la que vivimos hoy, con mucho dolor descubrimos imperfecciones –o peor aún, faltas veniales– en los más justos, confiriendo opacidad a la gloria que menciona San Pablo.

Entre las ardientes llamas del Purgatorio está la Iglesia padeciente purificándose de sus manchas; y hasta la triunfante posee lagunas, puesto que con excepción de la Santísima Virgen, las almas de los bienaventurados se fueron al Cielo dejando sus cuerpos en estado de corrupción en esta tierra, en la que esperan el gran día de la Resurrección.

Por lo tanto, la “Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada” , manifestación suprema de la Realeza de Cristo, aún no llegó a su plenitud.

¿Y cuándo triunfará definitivamente Cristo Rey? ¡Sólo después de derrotar a su último enemigo, es decir, la muerte! Por la desobediencia de Adán, el pecado y la muerte se introdujeron en el mundo. Con su Preciosísima Sangre Redentora, Cristo infunde en las almas su gracia divina y con ello se produce el triunfo sobre el pecado. Pero la muerte será derrotada con la resurrección al final del mundo, según nos enseña el propio San Pablo:

“Porque es necesario que Cristo reine ‘hasta que ponga a todos los enemigos debajo de sus pies’. El último enemigo que será vencido es la muerte, ya que Dios ‘todo lo sometió bajo sus pies’” (1 Cor. 15, 25-26).

Cristo Rey, por fuerza de la resurrección que obrará Él mismo, arrebatará de las garras de la muerte a la humanidad entera, así como también iluminará a los que purgan en las regiones sombrías. Al recobrar sus respectivos cuerpos, las almas bienaventuradas los harán poseer su gloria, y así los elegidos serán también otros tantos reyes, llenos de amor y veneración al Gran Rey. Se presentará el Hijo del Hombre en pompa y majestad al Padre, acompañado de un numeroso séquito de reyes y reinas, llevando escrito en su manto: “Rey de los reyes y Señor de los señores” (Apoc. 19, 16).

Si Cristo es Rey, María es Reina

Cristo Rey

Si Cristo es Rey por ser Hombre-Dios y recibió poder sobre toda la Creación en el momento que fue engendrado, se deduce entonces que la excelsa ceremonia de unción regia que lo elevó al trono de Rey natural de toda la humanidad, se realizó en el purísimo claustro materno de María Virgen. El Verbo asumió de María Santísima nuestra humanidad, y adquirió así la condición jurídica necesaria para ser llamado Rey con toda propiedad. En ese mismo acto, también la Virgen pasó a ser Reina. Una sola solemnidad nos dio un Rey y una Reina.

Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino

Ahora sí estamos aptos para entender y amar a fondo el significado del Evangelio de hoy. La respuesta al pueblo y a los príncipes de los sacerdotes que hacían escarnio de Jesús: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo si es el Mesías de Dios, el Elegido!” (v.35), así como a los soldados romanos en sus insultos: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!” (v.37), reluce claramente en las premisas ya expuestas.

Aquellos hombres, sin fe y desprovistos de amor a Dios, juzgaban los acontecimientos de acuerdo a su egoísmo y por eso tendían a olvidar su propia fragilidad.

Ciegos a Dios, de hace mucho lejanos a su primitiva inocencia, habían perdido la capacidad de distinguir la verdadera realidad existente detrás y encima de las apariencias de derrota que revestían al Rey eterno transido de dolor sobre el madero, despreciado hasta por las blasfemias de un mal ladrón.

No recordaban ya los portentosos milagros que había obrado, ni siquiera las palabras: “¿Piensas que no puedo recurrir a mi Padre? Él pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles” (Mt. 26, 53).

Si fuera cosa de voluntad, en una fracción de segundo podría revertir gloriosamente aquella situación y manifestar la omnipotencia de su realeza, pero no quiso, tal como en anterio res ocasiones: “Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña” (Jn. 6, 15).

Quien sí discernió en su sustancia misma la Realeza de Cristo fue el buen ladrón, al dejarse llevar por la gracia. Arrepentido hasta el extremo, aceptó compungido las penas que sufría, y reconociendo la inocencia de Jesús en lo más profundo de su corazón, proclamó los secretos de su conciencia para defenderla de las blasfemias de todos: “¿Ni siquiera temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? En nosotros se cumple la justicia, pues recibimos el digno castigo de nuestras obras; pero éste nada malo ha hecho” (vv.40-41).

He ahí la verdadera rectitud. Primero, humildemente sentir dolor por los pecados cometidos; enseguida, aceptar con resignación el castigo respectivo; por fin, venciendo el respeto humano, desplegar muy alto la bandera de Cristo Rey para suplicar: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”

Tengamos siempre claro que únicamente los méritos infinitos de la Pasión de Cristo y el auxilio de la poderosa mediación de la Santísima Virgen, nos harán dignos de entrar al Reino.

Siguiendo los pasos de la conversión final del buen ladrón, podremos esperar con confianza escuchar un día la voz de Cristo Rey diciéndonos también: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso” (v.43).

Cristo Rey

He ahí la verdadera rectitud. Primero, humildemente sentir dolor por los pecados cometidos; enseguida, aceptar con resignación el castigo respectivo; por fin, venciendo el respeto humano, desplegar muy alto la bandera de Cristo Rey para suplicar: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”

Tengamos siempre claro que únicamente los méritos infinitos de la Pasión de Cristo y el auxilio de la poderosa mediación de la Santísima Virgen, nos harán dignos de entrar al Reino.

Siguiendo los pasos de la conversión final del buen ladrón, podremos esperar con confianza escuchar un día la voz de Cristo Rey diciéndonos también: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso” (v.43).

Autor: Mons. Joa Clá Dias, EP

Revista Heraldos del Evangelio

Ángeles, Destacados

La iconografía de los Ángeles del Renacimiento y del barroco, así como ciertas imágenes muy difundidas en el siglo pasado no representan auténticamente los espíritus angélicos; los de la Edad Media y los de Fray Angélico expresan la realidad.

mayo 21, 2022

El tratar sobre los Ángeles, debemos establecer antes algunos principios que nos ayudarán a profundizar sobre el asunto.

Monasterio del monte Saint-Michel.

El primer principio que conviene recordar es el siguiente: la Providencia está permitiendo al demonio tener un atrevimiento y una amplitud de acción como jamás se vio a lo largo de la Historia. Es normal que tengamos muchas y variadas impresiones a respecto del pasado. La Historia narra los acontecimientos más extraños, más censurables, más condenables. Entretanto, cuando comparamos esos acontecimientos con algunos que se dan en el mundo contemporáneo, vemos que el pasado era simplemente cristalino y encantador, inclusive en sus aspectos más censurables, en comparación con los lados reprobables del presente.

Hace dos mil años la Iglesia rinde culto a los santos Ángeles y, de vez en cuando ellos se aparecen y se manifiestan. Recordemos el Monasterio de Saint-Michel, en Francia, el cual visto en su totalidad es como que la fotografía, en piedra, de un espíritu angelical.

Aquella punta que se yergue, la abadía con sus varias construcciones, junto a aquel mar lleno de variedades, ora más mar que tierra, ora más tierra que mar, a veces restos de mar empozado en medio de brazos de tierra que se van secando y emergiendo en medio de todo aquello; y después se siente un viento aullando y silbando en la parte del mar que es siempre mar. En medio de todo esto el Monasterio de Saint-Michel de pie, solemne, tranquilo y firme, agarrando y dominando las rocas, mostrando a los mares la inutilidad de sus movimientos y con su flecha apuntando al cielo.

Como el espíritu humano conoce mejor las cosas por medio de contrastes, vamos a tomar ciertas nociones comunes y corrientes, poco precisas e infelizmente un tanto infantiles a respeto de los Ángeles, presentes en la mentalidad de todo mundo – oriundas de una apreciación muy sumaria del tema -, y transponerlas para lo que imaginamos de un Ángel. Así trataremos de tener alguna idea de aquellos Ángeles cuya venida e intervención esperamos. Queda así indicada nuestra meta, y nuestras almas, al menos por unos instantes, apuntarán a la hora de su venida, como la torre del campanario del Monte Saint-Michel.

Ángel gordiflón y despreocupado...

¿Cuáles son las ideas que existen a respeto de los Ángeles? El niño recibe y forma una noción sobre la figura del Ángel correspondiente a las ideas que sus padres – y también el párroco – tienen del Ángel. Sobre todo, el niño sabe de un modo instintivo y confuso que, en último análisis, el papá y la mamá ratifican con el sacerdote sus ideas sobre Religión. De manera que juzga más o menos subconscientemente que toda estampa, toda medalla, toda figura que represente a un Ángel, representa la enseñanza de la Iglesia Católica sobre el Ángel.

Entonces debemos reportarnos a las imágenes, a las estampas, a las cosas habituales a respecto de los Ángeles – y que no son muchas. Podemos pensar un poquito también en los magníficos Ángeles de la Edad Media, pasando muy rápidamente por los Ángeles del barroco. Consideremos, en primer lugar, cómo los Ángeles eran presentados en nuestra infancia.

Había dos casas en São Paulo, en el centro viejo, que vendían relojes, algunas joyas y objetos religiosos de lujo: la Joyería Michel y la Casa Benito Loeb. Aquella imagen del Corazón de Jesús que hay en mi residencia, por ejemplo, fue comprada en una de esas tiendas. Yo recuerdo que la comercialización de artículos religiosos para niños de mi tiempo, era realizada por esas dos casas. Y eran, en general, fábricas francesas que enviaban esos objetos a São Paulo.

Entonces, me recuerdo de un medallón que representaba un Ángel y que me llamó mucho la atención. Era circular, bueno para regalarle a una señora que acaba de tener un hijo, para colgarlo en la cabecera de la cuna; para agradar a un bebé de tres, cuatro, cinco años que está de cumpleaños; adecuado también para darle a un niño un poco mayor que recibe la Primera Comunión. No recuerdo más si ese medallón era mío o de mi hermana o de alguno de mis primos. Sé que ese medallón convivió conmigo. Y en la intimidad de una infancia entre parientes, en que la propiedad individual existe confusamente y los objetos son intercambiados, y que pasan del cajón de uno a la mano del otro, en ese remolino, tengo la impresión de que acabó siendo mío, pero no estoy seguro.

Era un Ángel tipo, todavía, Belle Époque: gordiflón, con el rostro relleno, cabellos ligeramente ondulados, brazos bien rollizos, rellenos, y una cara de entera tranquilidad, inclinado sobre algo que era como que la base del medallón, tendiendo un poco al tedio, incapaz y sin deseos de cualquier esfuerzo. Como quien mira desde una terraza hacia un punto vago, sin interés en la escena que se desarrolla abajo y dice: «¡Yo ya combatí en mi batalla y ahora estoy aquí gozando; usted arrégleselas como pueda!»

Recuerdo que yo miraba al Ángel y me venía al espíritu una leve perturbación, en el siguiente sentido: «Si un Ángel es así y conociera bien el interior de su alma, no concordaría con usted; porque usted tiene a respecto del Ángel unas ideas que esta imagen no simboliza.

Luego, o esas ideas son contra la realidad de lo que es un Ángel y usted está equivocado, o ellas coinciden con la realidad; pero entonces el que está incorrecto es aquel Ángel y, por tanto, alguna cosa no encaja bien en esto.» La salida era, naturalmente: «Yo voy a indagar.» Y miraba, miraba, miraba para ver si encontraba en el Ángel alguna cosa que tuviese relación con eso.

...o sentado sobre una nube y tocando harpa

Entonces, una primera idea a respecto de los Ángeles: vida ya realizada, sin futuro, en una eternidad sin grandes atractivos, con un cierto fondo de aburrimiento. ¡Esfuerzo, no! Pero otros cuadros, otras cosas de un arte religioso que ya caminaba a grandes pasos hacia su decadencia, afirmaban eso.

Por ejemplo, cuadro clásico, tantas veces comentado entre nosotros: Ángeles sentados encima de nubes, sobre un cielo azul, tocando harpa. ¿Cuándo acabará de tocar el harpa? ¿Cómo es que esa nube no se hunde?

Al final se tiene la impresión de que ellos estaban pintados con una cara animada, a manera de personas muy bien educadas que estaban atravesando por una etapa de tedio, con aire distraído, pero que en el fondo estaban fastidiados…

Por otro lado, está la idea recta, insinuada, de que ellos son de una naturaleza enteramente superior a la nuestra, presentados en carne y hueso apenas porque el arte no puede pintar el puro espíritu, pero que gozan de la presencia de Dios y de la familiaridad en los inefables del Altísimo y que son muy bien intencionados, muy bien dispuestos en relación a los hombres. Listos a ayudar, a socorrer.

Me hice adulto y las imágenes de Ángeles se fueron repitiendo dentro del mismo estilo. Recuerdo una estampa impresa, bastante popular colocada en el locutorio de un convento que frecuenté mucho, representando un chiquillo atravesando un puente, y el Ángel de la Guarda, por detrás, tomando actitudes para que no se cayera del puente, con una solicitud, un desvelo extraordinario.

Yo miraba y pensaba: «Esa imagen insinúa, sin afirmarlo explícitamente, que el Ángel se preocupa mucho para que el chiquito no se quiebre la pierna, pero de que no peque y ame verdaderamente a Dios, no estoy viendo mucha preocupación. Es más o menos un vigilante. ¿Dónde está el celo del Ángel por la causa de Dios?« No formulaba esto a la manera de censura, sino de perplejidad. Era algo que no encontraba. Entonces, suspendía mi juicio y decía: «No, después veremos.»

Los Ángeles de Fray Angélico.

Algo importante en mi vida fue mi encuentro con los Ángeles de la Edad Media y, sobre todo, con los de Fray Angélico. Y reflexioné: «Aquí hay algo con otro pensamiento, otra altura, otra clase, diferente de aquellos Ángeles que había visto, de una iconografía decadente. Ahora, como Fray Angélico es beato, todo lo hizo bien».

Pero ahí venía otra perplejidad: los Ángeles de Fray Angélico, los de mis recuerdos, están siempre en la bienaventuranza eterna, expresada, es verdad, de una manera perfectamente delicada, noble, sobrenatural, de conmover el alma. Y fue ese el aspecto de los Ángeles que Fray Angélico quiso presentarnos. Yo puse en una de nuestras salas más nobles cuatro copias de Ángeles pintados por él, y me alegro que estén allá. Corresponden a la imagen que yo tendría a respeto de un Ángel.

¿Pero sólo en aquella postura? ¿No hay otras? ¿No relucen en los Ángeles también otras perfecciones que mi alma busca hace mucho tiempo? ¿Cómo son esas perfecciones?

Apenas una idea me quedó en el espíritu: ¿Por qué Fray Angélico los pinta así? El mismo vivió en un período en que la Edad Media ya iba caminando hacia su decadencia, y el heroísmo de los guerreros medievales tenía cualquier resto aún de ferocidad salvaje. Europa iba a hundirse, en breve, en lo que se llama la anarquía feudal, o sea, la explosión de rebeldía de los señores contra sus reyes, de los señores menores contra los señores mayores y una disputa tremenda de unos contra otros, en parte, un fermento de ferocidad revolucionaria que comenzaba a crepitar, y de otro lado una disposición de alma para la lucha que había sido llevada más allá del meridiano común.

Naturalmente se comprende que Fray Angélico no podría presentar a una humanidad así, unos Ángeles en plena acción de batalla, pues acabaría por incitar a algo que no convenía estimular. En aquel tiempo, los Ángeles deberían inspirar mansedumbre, ser distendidos, convidando a la dulzura. Así como San Francisco Solano que tocando el violín tranquilizaba a los indios del Perú; y se comprende que el Santo no les enseñara marchas guerreras, pues ellos ya tenían aquello burbujeando en exceso. Así se entiende porque Fray Angélico pintó de esa forma sus muy admirados Ángeles.

Ángeles del Renacimiento.

A veces vemos pinturas o esculturas de Ángeles del Renacimiento – y del Barroco, continuador en algunos sentidos del Renacimiento – y no sabemos si representan cupidos paganos… Hubo el caso de un gran pintor del Renacimiento, a quien un romano famoso le encargó un San Juan Bautista increpando a los fariseos. El artista dijo que tenía uno casi terminado y podría entregárselo en poco tiempo, digamos en diez días. De hecho, pasado ese plazo, el cuadro estaba terminado.

¿Cómo se explica que un cuadro, que exige mucho tiempo para pintarse – no debido a las pinceladas, sino porque se debe reflexionar en cada trazo, pues se trata de una verdadera composición -, estaba listo en diez días?

Él había pintado un Baco, el Dios indigno del vino y de la borrachera. Como no encontró comprador, le pintó por encima una piel de camello para cubrir un poquito a Baco y, con la misma expresión de fisonomía del Dios de la borrachera, lo presentó como siendo San Juan Bautista.

Se comprende perfectamente que Ángeles concebidos en esa escuela de arte no tengan nada de católico. Son una deformación del concepto de Ángel.

Entonces, debemos dejar de lado esas nociones, conservar en la retina los Ángeles de Fray Angélico y preguntar: Si uno de esos Ángeles se enojara, ¿qué expresión fisonómica tomaría? ¿Colocado frente al mal, a la Revolución, que aspecto tendría?

Esto nos podría dar alguna idea de cómo sería un Ángel, caso lo viésemos. Así preparamos nuestro espíritu para una reflexión sobre cómo debe ser un Ángel.

Plinio Corrêa de Oliveira. Extraído de conferencia del 6/12/1980

Historia y Creación

¿Cómo surgió la piadosa costumbre de hacer pesebres en Navidad?

diciembre 26, 2021

Corría el año de 1223. La nieve cubría con su albo manto la pequeña ciudad de Greccio, en el centro- sur de Italia. Las campanas repicaban festivamente, anunciando la noche de Navidad.

Todos los habitantes, campesinos en su mayoría, se encontraban reunidos alrededor de San Francisco de Asís, quien intentaba explicarles el misterio del nacimiento del Niño Dios. Ellos escuchaban con respeto, pero…no daban muestras de haber comprendido realmente.

¿Que hacer?

San Francisco buscó algún modo más didáctico de explicar a los iletrados aldeanos la historia de Navidad. Mando traer una imagen del Niño Jesús, una cunita, pajas, un buey y un burro.

Los asistentes se miran entre sí, sorprendidos, pero salen a buscar todo rápidamente.

En poco tiempo, el santo compuso la escena: en el centro, la cuna con las pajas; al fondo, los dos pacíficos animales. Faltaban apenas la imagen del Niño Dios. Con gran devoción, San Francisco la tomo en los brazos, para depositarla en la cuna.

¡Se da entonces el gran prodigio!

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Ante los ojos maravillados de todos, la imagen toma vida y el niño sonríe para San Francisco.

Este abraza tiernamente al Divino Infante y lo acuesta sobre las pajas de la cuna, mientras todos se arrodillan en una actitud de adoración.

El Niño Dios sonríe una vez más y bendice a aquellos campesinos allí postrados a sus pies.

Poco instantes después, había sobre las pajas una simple imagen inanimada… pero en el alma de todos permaneció el recuerdo vivo del Niño Jesús. ¡Él les había sonreído!

A partir de entonces, el pueblo de Greccio armaba todos lo años el “pesebre de San Francisco”, con la cándida esperanza de que el milagro se renovase. No fueron engañadas sus esperanzas.

Aunque la imagen no volvió a tomar vida, la Virgen María le hablaba especialmente al alma en esas ocasiones, con gracias sensibles.

¿Qué gracias? Las gracias propias a la Liturgia de Navidad.

¿Sólo para los aldeanos de Greccio? ¡No!, en todos los pesebres del mundo está presente el Niño Jesús —Con María su Madre, y San José— a la espera apenas de que nos acerquemos para, también nosotros, recibir una sonrisa y una bendición.

Es justamente por ese motivo que se esparció por todo el universo católico la costumbre de armar pesebres por ocasión de Navidad.

Haga, lector, como los habitantes de Greccio. Arrodíllese piadosamente delante del Niño Jesús en el pesebre y, por intersección de la Santísima Virgen María, pida para Ud. y para todos sus seres queridos esta sonrisa que comunica felicidad, esa bendición que trasmite paz.

Oración Pesebre

Oración para Bendecir el Pesebre Hogareño

Señor Dios, Padre nuestro, que tanto amaste al mundo que nos entregaste a tu Hijo único nacido de María la Virgen, dígnate bendecir este nacimiento y a la comunidad cristiana, nuestra familia, que está aquí presente, para que las imágenes de este Nacimiento nos ayuden a profundizar en la fe a los adultos y a los niños y a vivir las virtudes del Hogar en que Jesús fue acogido con amor. Te lo pedimos por Jesús, tu Hijo amado, que vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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