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La conversión de Alfonso Ratisbona

Alfonso Ratisbona, emparentado con la célebre familia Rothschild, tenía 27 años cuando , la Santísima Virgen se le apareció...
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noviembre 15, 2021

La Medalla Milagrosa y la conversión de Alfonso Ratisbona

Alfonso Ratisbona, emparentado con la célebre familia Rothschild, tenía 27 años cuando un 20 de enero de 1842, la Santísima Virgen se le apareció y lo convirtió instantáneamente.
Hombre culto, rico y de elegante trato, relacionado con las altas esferas sociales, estaba de novio con una joven de su familia. Tenía frente a sí un futuro promisorio. De paso por Roma visitó, como turista, las ruinas históricas y numerosos monumentos e iglesias.
La víspera de su partida tenía que hacer, a contra gusto, una visita al Barón Teodoro de Bussières, hermano de un viejo conocido suyo. Para librarse del incómodo compromiso, decidió apuntar unas palabras de mera formalidad en su tarjeta de visita y dejarla con el portero. Sin embargo, como éste no entendió bien la pronunciación del extranjero, lo introdujo amablemente al salón y anunció su llegada al señor de casa.

Apóstol ardoroso y hábil

Católico practicante y apóstol ardoroso, recién convertido del protestantismo, Teodoro de Bussières no quiso dejar escapar la oportunidad de conquistar esa alma para Dios. Recibió con mucha cortesía al visitante y hábilmente condujo la conversación para hacerlo discurrir sobre sus paseos por la Ciudad Eterna. A cierta altura, Ratisbona dijo: “Visitando la Iglesia de Araceli, en el Capitolio, sentí una emoción profunda e inexplicable. El guía, dándose cuenta de mi perplejidad, preguntó qué sucedía y si acaso quería retirarme”.

Al oír esto, los ojos de Bussières brillaron de regocijo. Su interlocutor, notándolo, se apresuró a recalcar que dicha emoción nada tenía de cristiana. Y ante el contra argumento de que muy bien podría ser una gracia de Dios llamándolo a la conversión, el israelita, contrariado, le pidió no insistir en el asunto porque jamás se haría católico. “Pierde usted su tiempo. ¡Yo nací en la religión judía y en ella voy a morir!”, afirmó. La conversación caminaba a la discusión. En cierto momento, Bussières tuvo una singular idea, que seguramente muchos tildarían de locura. –Ya que usted es un espíritu tan superior y tan seguro de sí mismo, prométame llevar al cuello un obsequio que quiero darle.

–Veamos. ¿De qué se trata? – preguntó Alfonso.

–Simplemente, esta medalla – replicó el Barón, mostrándole la conocida Medalla Milagrosa.

Ratisbona reaccionó con sorpresa e indignación, pero Bussières añadió con calculada frialdad:

–Según su manera de pensar, esto debe serle perfectamente indiferente; y si acepta usarla, me proporcionará un gran placer.

–Está bien… La usaré. Esto me servirá como un capítulo pintoresco de mis notas e impresiones de viaje – asintió Alfonso, mofándose de la fe de su anfitrión.

Éste le colgó la medalla y, acto seguido, le propuso algo todavía más insólito: que rezara al menos una vez al día la oración “Acordaos, piadosísima Virgen María”, compuesta por San Bernardo.

Ratisbona se rehusó de forma categórica, considerando demasiado impertinente la proposición. Pero una fuerza interior movió a Bussières a insistir. Mostrándole la oración, le rogó que hiciera una copia de su propio pu ño y letra, para que cada uno conservara el ejemplar escrito por el otro, a la manera de un recuerdo.
Para librarse de la importuna insistencia, Ratisbona accedió, diciendo con ironía: “Está bien, voy a escribirla. Usted se quedará con mi copia, y yo con la suya”.

El poder de la oración

Cuando se retiró, Teodoro y su esposa se miraron en silencio. Preocupados con las blasfemias proferidas por Alfonso a lo largo de la conversación, pidieron perdón a Dios por él. Esa misma noche Bussières buscó a su íntimo amigo, el Conde Augusto de La Ferronays –católico fervoroso y embajador de Francia en Roma–, para contarle lo sucedido y pedir oraciones por la conversión de Ratisbona.

“Tenga confianza, que si él reza el ‘Acordaos’, la partida está ganada”– respondió La Ferronays, que rezó con empeño por la conversión del joven israelita; y existen indicios de que hasta haya ofrecido su vida por esa intención.

En cuanto a Alfonso, llegó fatigado al hotel y leyó la oración maquinalmente. Al día siguiente, descubrió sorprendido que la plegaria había tomado cuenta de su espíritu. Más tarde escribiría en su relato: “No podía defenderme. Esas palabras regresaban sin cesar, y yo las repetía continuamente”.

Entre tanto, Bussières fue a visitarlo al hotel. Un impulso profundo lo empujaba a seguir insistiendo, seguro que tarde o temprano Dios abriría los ojos de Alfonso. Al no encontrarlo, le dejó una invitación para volver a su casa por la mañana. Y el joven acudió a la cita, pero lo previno:

–Espero que no me venga con aquellas conversaciones de ayer. Sólo vine a despedirme, pues esta noche parto a Nápoles.

–¿Partir hoy? ¡Jamás! El lunes habrá un pontifical solemne en la Basílica de San Pedro, y usted tiene que ver al Papa oficiando.

–¿Qué me importa el Papa? Yo partiré – replicó Alfonso.

Bussières transigió, insistió, prometió llevarlo a otros sitios pintorescos de Roma y terminó por convencerlo de atrasar la partida.

Y así fue como estuvieron visitando palacios, iglesias, obras de arte. Aunque las conversaciones entre ambos fueron triviales, el infatigable apóstol tenía la convicción de que un día Alfonso sería católico, aunque debiera bajar un ángel del cielo para iluminarlo. Esa noche falleció inesperadamente el Conde de La Ferronays. Bussières marcó su encuentro con Ratisbona para la mañana siguiente frente a la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte. Cuando llegó, le comuni có el deceso del Conde y le pidió que

aguardara unos minutos dentro de la iglesia, mientras él iba a la sacristía para ocuparse de algunos detalles relativos a las exequias.

El joven hebreo permaneció de pie en el templo, mirando impávido en torno a sí, sin prestar atención. No podía pasar a la otra nave debido a las cuerdas y arreglos florales que obstruían el corredor.

Bussières regresó poco después, y al comienzo no pudo localizar a su amigo. Observando mejor, lo descubrió arrodillado frente al altar de San Miguel, bastante lejano al sitio donde lo había dejado. Se acercó y lo tocó varias veces, sin lograr que reaccionara. Finalmente, el joven se volvió hacia él, con el rostro bañado en lágrimas y las manos juntas, diciendo: “¡Oh, cuánto rezó este señor (La Ferronays) por mí!”

“¡Yo la vi! ¡La vi!”

Estupefacto, Bussières sentía la emoción del que presencia un milagro. Levantó solícitamente a Ratisbona, preguntando qué le pasaba y adónde quería ir. “Lléveme donde quiera; luego de lo que vi, yo obedezco” – fue la respuesta.

Aunque instado a explicarse mejor, Alfonso no lograba hacerlo. Pero se sacó del cuello la Medalla Milagrosa y la besó varias veces. Tan sólo pudo exclamar: “¡Ah, qué feliz soy! ¡Qué bueno es Dios! ¡Qué plenitud de gracias y de bondad!” Con una mirada radiante de felicidad, abrazó a su amigo y le pidió que trajera cuanto antes un confesor; preguntó también cuándo podría recibir el Bautismo, sin el cual, afirmaba, ya no conseguía vivir. Agregó que no diría nada más sin la autorización de un sacerdote, pues “lo que tengo que decir sólo puedo hacerlo de rodillas”.

Bussières lo condujo de inmediato a la iglesia de los jesuitas, donde el Padre Villefort lo indujo a explicar lo sucedido.

Alfonso se quitó la Medalla Milagrosa, la besó y se la mostró, diciendo emocionado: “¡Yo la vi! ¡La vi!”.

En seguida, más tranquilo, relató: “Llevaba poco tiempo en la iglesia cuando, de repente, me sentí dominado por una emoción inexplicable. Levanté los ojos. Todo el edificio había desaparecido de mi vista. Solamente una capilla lateral había, por decirlo así, concentrado la luz. Y en medio de ese esplendor apareció de pie sobre el altar, grandiosa, brillante, llena de majestad y dulzura, la Virgen María tal como está en esta medalla. Una fuerza irresistible me empujó hacia Ella. La Virgen me hizo una señal con la mano para que me arrodillara, y pareció decirme:

‘¡Está bien!’ No me habló, pero lo comprendí todo”.

El sacerdote pidió más detalles al feliz convertido, que agregó haber visto a la Reina de los Cielos en todo el esplendor de su belleza inmaculada, pero sin poder contemplar directamente su rostro. Tres veces intentó levantar la vista, pero sus ojos sólo llegaron a posarse en sus manos virginales, de las que brotaban rayos luminosos en su dirección. Era el 20 de enero de 1842.
Bautizado con el nombre de Alfonso María, el joven Ratisbona renunció a la familia, a la fortuna, a la brillante posición social, y se ordenó sacerdote.

Falleció en olor de santidad, tras una vida de intenso apostolado en Jerusalén.

El que visita la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte puede observar un cuadro grande y hermoso de la Virgen en el lugar exacto donde se apareció y produjo tan estupenda conversión.

Los italianos la llaman Madonna del Miracolo .

Comentarios

María Santísima

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septiembre 9, 2021

  Las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, son consideradas como las más proféticas apariciones de los últimos tiempos.

  En Fátima, la Santísima Virgen no se dirigió solamente a la generación de comienzos del siglo XX, sino, sobre todo, a las que vinieron después.

  Y a medida que las décadas fueron pasando y el segundo milenio fue agonizando entre aprensiones y tragedias, las palabras proféticas de la Madre de Dios se tornan más reales.

  Ya en la época de las apariciones de Fátima, en los primeros años del siglo XX, los acontecimientos mundiales hacían entrever lo que sería la triste historia contemporánea. Por un lado, un progreso material casi ilimitado, parejo a una decadencia en las costumbres como nunca se vio antes.

  Por otro lado, guerras y convulsiones sociales de proporciones terribles. La Primera Guerra Mundial fue un ejemplo de esa realidad, ampliamente superada por la Segunda Guerra Mundial y por todo cuanto la siguió.

  A todos esos males, como Madre solícita y afectuosa, María Santísima quiso poner remedio, evitándoselos a sus hijos. Por eso descendió del Cielo a fin de alertar a la humanidad de los riesgos que corría si continuase en las vías tortuosas del pecado. Vino, al mismo tiempo, a indicar los medios de salvación: el rezo del Rosario, la práctica de los Cinco Primeros Sábados, la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Antes del 13 de Octubre.

Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más.

“Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día

Aunque breve, la aparición de la Virgen dejó a los pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.

Sexta y última aparición: 13 de octubre de 1917

  Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal.

  Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió:

“Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

– Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas.

– Quería pedirle muchas cosas. Si curaba unos enfermos y convertía unos pecadores…

– A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados.

  Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

  Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol”.

  Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: “¡Miren el sol!”. Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata.

  A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a “bailar”. Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones.

Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zig-zag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada.

  Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zig-zag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días.

  El ciclo de las visiones de Fátima había terminado. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: “¡El milagro, los niños tenían razón!”. Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas.

  El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones.

  Casi se podría decir que, cuanto más importante es el acontecimiento previsto, tanto mayor la grandeza de las señales que lo preceden, la autoridad de los profetas que lo anuncian, y el tiempo de espera.

  Es fácil, a la luz de esta regla, evaluar la importancia de las previsiones de Fátima, pues quien nos las anuncia no es un ángel, ni un gran santo, sino la propia Madre de Dios.

Lacrimación de una Imagen Peregrina de los Caballeros de la Virgen en Centroamérica.

Misiones

Parroquia San Andrés Kim - Quito, recibió a la Imagen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima.
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noviembre 10, 2021

Fieles de la parroquia San Andrés Kim, ubicada en el sector de Turubamba al sur de Quito, recibieron la visita de la imagen de Nuestra Señora de Fátima.

El padre Ramiro Rodríguez agradeció a los Caballeros de la Virgen por esta ayuda evangelizadora.

Historia y Creación

Pese a que muchos titubeaban o incluso rehusaban creérselo, el Titanic estaba a punto de consumar su carrera. En breve se encontraría sepultado bajo las aguas.
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octubre 20, 2021

Estaba concluyendo la Belle Époque,1 un tiempo marcado por la búsqueda del disfrute de la vida, de la alegría liviana y relajada y por grandes adelantos científicos e industriales que le proporcionaban al hombre la sensación de seguridad, estabilidad y autosuficiencia. Sin embargo, todo caminaba a pasos agigantados hacia un trágico final: la Primera Guerra Mundial.

En ese contexto histórico fue cuando la empresa naviera White Star Line, a iniciativa de su presidente, Joseph Bruce Ismay, terminó la construcción del Titanic, cuyo viaje inaugural, con destino a Nueva York, partiría del puerto de Southampton el 10 de abril de 1912.

Aquel día el sol había despuntado particularmente luminoso, el cielo se mostraba límpido y una suave brisa recorría la ciudad, mientras que las aves parecían volar con más vivacidad que la de costumbre. Todo concurría a presagiar el éxito del mayor transatlántico jamás construido.

Se dice que una ilustre dama de la sociedad inglesa, apellidada Cadwell, mientras observaba cómo el personal de cubierta cargaba el equipaje, le preguntó a uno de los mozos:

—¿Es verdad que este barco es insumergible?

—Así es, señora. ¡Ni Dios lo hunde! —le contestó.

Osada afirmación… No obstante, aquellas palabras no sólo representaban la opinión de un simple marinero, sino que reflejaba el estado de espíritu laico y cautivado por el progreso que impregnaba la sociedad inglesa de la época. El gigantesco buque alucinó a las mentes tanto de los que lo construyeron como de aquellos que en él embarcaron.

Grande y diversa reunión social

El Titanic salió de Southampton con más de 2000 pasajeros a bordo, entre ellos nobles y millonarios, miembros de la alta sociedad de la época y el propio Bruce Ismay. Varios eran habituales en los viajes liderados por el renombrado capitán Edward Smith, que, a sus 62 años, navegaría por última vez al mando.

A parte de los magnates y gente adinerada que constituían la primera y la segunda clase, a bordo iba una tercera, compuesta por emigrantes que se dirigían a Estados Unidos llenos de esperanza, confiados en obtener en el Nuevo Mundo una considerable fortuna que les permitiera escapar de su condición obrera.

Más que una común y corriente travesía por el Atlántico, ese viaje podría ser considerado como una grande y diversa reunión social. En las distintas cubiertas del moderno barco, personas de todas las condiciones recorrían optimistas el delicioso «mar de los sueños» que el mundo ilusamente les ofrecía.

Despreocupados, rumbo al desastre

El domingo 14 de abril el día rayó también sereno y soleado. A las 9 h, no obstante, el radiotelegrafista recibió un mensaje del Caronia, una embarcación que navegaba por aquella zona, en el que se les avisaba de la presencia de hielo en la superficie marina. Nadie, sin embargo, le dio mucha importancia al asunto.

A las 13:40 h, un nuevo recado, esta vez enviado por el Baltic, otro transatlántico de la White Star Line, en donde se alertaba acerca de una gran cantidad de icebergs exactamente en la ruta que el Titanic estaba siguiendo. El telegrafista transmitió la noticia al puente de mando y el oficial responsable la encaminó al capitán Smith.

Éste, como era la hora de la comida, decidió terminarla tranquilamente y después se dirigió al castillo de popa en busca del presidente de la compañía, que paseaba por allí; tras recibir el mensaje se guardó el papel en el bolsillo y siguió andando.

A lo largo de la cadena de mando nadie quiso preocuparse con el peligro. Todos preferían endosárselo a un superior o dejar de lado aquel «fastidio» que amenazaba con estropearles tan agradable travesía.

No tardaron en llegar nuevas advertencias, en esta ocasión del SS Amerika y del SS Californian, pero el operador de radio, Jack Philips, optimista como todos, no los tomó en cuenta.

La falta de vigilancia y la vergonzosa despreocupación que tantas veces preceden a los grandes desastres ocurridos en la Historia se extendían por aquella tripulación… Su actitud omisa y absurda anunciaba la inevitable tragedia: en unos instantes tendría lugar la colisión.

Investigaciones posteriores levantaron la sospecha de que la decisión de no reducir la velocidad del barco ni alterar su rumbo se debió a la presión ejercida sobre el comandante por el presidente de la compañía, Bruce Ismay2… La amplia experiencia del capitán Smith le hacía consciente del peligro que los icebergs significaban en aquellas aguas. Pero le pareció más importante colaborar en mantener el prestigio de la compañía y evitar maniobras que impidieran finalizar la travesía en el tiempo estimado…

Además, no era plausible pensar que aquel buque tan grande, potente y bien construido llegara a hundirse en plena época de éxitos y desarrollo.

Por la noche, el capitán se retiró sin darle mayor importancia a la gravedad de la situación. Mientras las estrellas cintilaban en la bóveda oscura de un cielo sin luna, las luces de los salones y los camarotes se iban apagando poco a poco. En el barco reinaba la calma; en el mar los icebergs se acercaban amenazadores…

Astuta acción del demonio

La ceguera y consecuente inacción ante el peligro tan inminente nos resultan angustiadoras y nos llevan a preguntarnos qué motivo habría para tan grande «bobada» colectiva.

Ahora bien, analizando los hechos más profundamente, se percibe en ese episodio histórico la presencia discreta, casi inapreciable del demonio, maestro en usar una táctica sagaz y muy eficaz en sus confabulaciones.

Para que se entienda mejor, pensemos cómo actúa el cáncer sobre una persona. Se trata de una enfermedad potencialmente mortal, cuyo principal peligro está en el hecho de ser, al comienzo, imperceptible. Las células afectadas van formando silenciosamente tumores en el organismo y cuando el individuo empieza a sentir sus síntomas, el daño ya es, muchas veces, irreversible.

Así también se comporta Satanás. Su trampa consiste en influenciar a las almas al actuar con discreción. Cuando la persona se da cuenta de su presencia, mil y un defectos y miserias ya han echado raíces en su alma, haciéndose dificilísimo combatirlos.

Ahora bien, esa no es la peor artimaña del enemigo infernal. Existe un medio más nocivo para atentar contra los hijos de Dios: ¡revestirse con apariencias de bien! Son los «lobos rapaces» que se disfrazan de «buenas ovejas» contra los cuales nos alerta el divino Redentor en el Evangelio (cf. Mt 7, 15).

En esas ocasiones, el mal se presenta bajo el velo de supuesta virtud para corroer sin obstáculos a su presa. Embriagada por la belleza, suavidad y blancura que cree constatar en la falsa oveja, la víctima no logra discernir nada de malo o peligroso y se deja devorar. De nada sirven, habitualmente, las advertencias que le son hechas.

Siendo así, se podría afirmar que el estado de espíritu de los tripulantes y pasajeros del Titanic tuvo su origen en un terrible «cáncer» llamado mundanismo. O, tal vez, que fueron atacados por un lobo feroz disfrazado de inocente oveja, conocido como progreso humano.

Veían este mundo traicionero como un mar de placeres inofensivos, maravillosos e interminables, cuando, en realidad, es sólo el campo de batalla transitorio en el cual se decide nuestro destino eterno. Confiaban en los avances de la ciencia y de la tecnología hasta el punto de considerarse inmunes a cualquier desastre, como si nuestras vidas no fueran gobernadas desde lo alto por el Dios omnipotente. Cuando se dieron cuenta de su ilusión, ya era demasiado tarde…

Y sucedió lo inevitable…

En torno a las 23:30 h de aquella noche sin luna, aparentemente tranquila, los vigías Frederick Fleet y Reginald Lee divisaron desde la atalaya una imagen siniestra: ¡un gigantesco bloque oscuro flotaba a unos 500 metros de distancia de la proa del barco! El monstruoso obstáculo no pudieron verlo antes porque los responsables no disponían de prismáticos…3

Enseguida sonaron tres toques de alarma y el puesto de mando recibió un aviso por teléfono: «¡Iceberg a la vista!». El primer oficial, William McMaster Murdoch, no tuvo tiempo de tomar ninguna medida preventiva; únicamente gritó: «¡Apaguen los motores! ¡Giren todo a babor!».

La orden fue obedecida de inmediato, pero el obstáculo se encontraba demasiado cerca. Lo que parecía imposible se volvió inevitable: el Titanic colisionó de forma violenta contra el hielo y fue perdiendo velocidad poco a poco, hasta detenerse… ¡Estaba mortalmente herido!

El armador del barco, el ingeniero naval Thomas Andrews, acompañado por el capitán Smith, se apresuró a hacer una inspección y confesó al instante que estaba todo perdido. Con tres de sus dieciséis compartimentos estancos dañados, el Titanic podría continuar flotando, y aún lo haría, en caso extremo, hasta con cuatro de ellos totalmente inundados. Sin embargo, el iceberg había chocado con el navío con tanta fuerza y en un ángulo tal que fueron cinco los compartimentos que se vieron afectados de una sola vez.

La gravedad de la situación los llevó a despertar a la tripulación que no estaba de servicio en ese momento: «¡Vamos compañeros, salid! No nos queda ni media hora de vida. Esto nos lo dice el Sr. Andrews. Pero guardáoslo para vosotros, que nadie lo sepa»4.

No hubo, de hecho, ni campanas, ni sirenas, ni ningún tipo de alarma general. La noticia fue comunicada de persona a persona, y se les pedía a todos los pasajeros que se reunieran en la cubierta principal con los chalecos salvavidas puestos.

¿Cómo reaccionaron los pasajeros?

En el interior del barco, el golpe fatal solamente redundó en una leve sacudida. Se cuenta que en la sala de fumadores aún estaban algunos jugando al póker a esas horas. Sintieron un ligero impacto y vieron desfilar por las ventanas una montaña de hielo de más de 20 metros. No obstante, la noche les parecía bella y tranquila. No se tomaron la molestia de salir a ver qué estaba pasando. A fin de cuentas, se encontraban en el Titanic, el gran transatlántico que «ni Dios lo podía hundir»…

Poco a poco la realidad se fue volviendo indiscutible. Mientras la mayor parte de las personas dormía, el mar iba inundando el barco. En escasos minutos dos metros y medio de agua cubrían la sala de máquinas. Y ni siquiera eso consiguió sacudir el optimismo absurdo de buena parte de los pasajeros; muchos aún dudaban si de verdad se estaba hundiendo… Cuando los empleados los despertaban y les ayudaban a ponerse el chaleco salvavidas, algunos sonreían, creyendo que se trataba de una medida exagerada.

Media hora después de la medianoche daban la orden: «Mujeres y niños a los botes salvavidas». Quince minutos después, el primero de ellos descendía al mar. Pero la evacuación fue hecha de forma lenta y desorganizada.

Varios de los marineros no sabían siquiera a cuáles de los botes tenían que ir, porque nunca habían sido entrenados a reaccionar en caso de emergencia… Por falta de pericia de los responsables, solamente cuatro de los veinte botes disponibles fueron llenados a más del 70% de su capacidad.

Además de la incompetencia de la tripulación otro factor concurrió al fracaso de la operación: ¡muchos pasajeros se negaron a entrar en los botes! Se sentían mucho más seguros en el Titanic y no creían en el inminente hundimiento. Muchas mujeres, que deberían haber sido las primeras en evacuar la embarcación, rechazaban hacerlo al juzgar que fuera imposible que el buque llegara a hundirse.

Al principio, no hubo entre los pasajeros ninguna señal de pánico. Uno de los motivos para ello es el hecho de que la propia tripulación del barco les hizo que creyeran que todo se trataba de un mero simulacro… Además, la orquesta seguía tocando melodías alegres, con el fin de mantener la calma.

¿Hasta qué punto persistiría aquella obstinación general que ya superaba todos los límites de lo inimaginable?

¡Finalmente se dieron cuenta!…

Pese a que muchos titubeaban o incluso rehusaban creérselo, el Titanic estaba a punto de consumar su carrera. En breve se encontraría sepultado bajo las aguas.

A las dos de la madrugada, el lento y dramático descenso del titán de los mares a las profundidades del Atlántico se aproximaba del momento final. Únicamente entonces, al toparse de frente con la seriedad de la muerte, se deshicieron las irrisorias ilusiones de los más recalcitrantes y se desmoronó su confianza mundana. Algunos se acordaron de Dios y empezaron a rezar. Otros corrían desorientados por los pasillos y salones de la embarcación, presos de la desesperación.

A los 2:17 h todas las luces del buque se habían apagado. En medio de la oscuridad nada más que se percibía gente lanzándose desde todas partes al mar helado como último intento de salvarse.

A las 2:20 h del 15 de abril, las aguas del océano se cerraban para siempre sobre el orgulloso navío y, con él, se hundía el estúpido optimismo de toda una generación. El naufragio del Titanic ponía de relieve, en cierto sentido, el fraude de ese way of life5 ateo y hedonista.

El mundo de hoy: un «nuevo Titanic»

Tan sólo 660 personas de las más de 2000 que habían embarcado en Southampton sobrevivieron al naufragio. Pero ¡ay!, ¡cuántas oportunidades hubo de evitar o minimizar tan enorme catástrofe!

Si los comandantes les hubieran dado verdadera importancia a los mensajes recibidos el domingo alertándoles sobre los icebergs… Si la presencia de prismáticos en el equipo de los vigías les hubiera permitido avistar un minuto antes aquel enorme bloque de hielo… Si la tripulación hubiera sido entrenada para actuar correctamente en aquella emergencia… Si los pasajeros hubieran creído en el peligro inminente… ¡Cuántas de esas 1500 vidas perdidas no se podrían haber salvado!

Ahora bien, ¿quién sabe si, a semejanza de lo ocurrido milenios antes en la Torre de Babel, Dios no habría permitido que, en el hundimiento del Titanic, el hombre fuera víctima de su propio orgullo? ¿No habrá consentido Él en ese fracaso como un merecido castigo a la arrogancia humana de principios de siglo, que osaba desafiar al Creador con sus conocimientos científicos?

Analogías no faltan tampoco entre los días de hoy y el naufragio del poderoso buque. Ante la decadencia moral, social e intelectual en que vivimos inmersos, antes las cada vez más frecuentes catástrofes naturales sean o no causadas por el ser humano, ante las pandemias y misteriosas enfermedades que amenazan al mundo entero, el hombre hodierno insiste en quedarse mirando hacia sí mismo.

Y «ese optimismo a toda prueba, que no se altera ante las más evidentes manifestaciones de que las cosas van mal, indica una insensibilidad ante los planos de la Providencia y, en último análisis, un divorcio entre los hombres y Dios»6.

La humanidad ya ha recibido numerosas advertencias con respecto al peligro que la amenaza. La principal de ellas fue dada por la propia Virgen Santísima en Fátima, pocos años después del episodio histórico que acabamos de recordar. ¿Habrá sido Ella escuchada por los que se dicen hijos suyos? ¿O los hombres creen, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la Historia, que la «poderosa embarcación» del mundo es «insumergible» como supuestamente lo era el Titanic?

Lo cierto es que, desde la expulsión de nuestros primeros padres del paraíso terrenal, Dios juró que la estirpe de la Virgen vencería a la de la serpiente. Y por eso Nuestra Señora prometió: «¡Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará!».

No nos preocupemos, por tanto, con la solidez de nuestro navío, ni con la violencia de las olas que lo sacuden en medio de la victoria, ni con los icebergs traicioneros. Sean cuales fueren las dificultades que encontremos a lo largo del camino, la promesa de María Santísima nos garantiza el éxito de la travesía.

Autor: Hna. Antonella Ochipinti, EP

Notas


1 Período comprendido entre los años 1890 y 1914, caracterizado por la prosperidad económica y cultural inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial.

2 Cf. VALLS SOLER, Xavier. Titanic: el naufragio del orgullo. In: www.lavanguardia.com.

3 Ídem, ibídem.

4 UNITED STATES SENATE INQUIRY. Testimony of Samuel Hemming, 25 abr. 1912. In: www.titanicinquiry.org

5 Del inglés: estilo de vida.

6 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 25/7/1969.

Espiritualidad

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos la importancia de la palabra.
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noviembre 14, 2021

En el conjunto de la Creación, el hombre se asemeja a un misterioso «joyero» en el cual Dios ha depositado los más diversos y preciosos dones. Uno de ellos, especial entre todos, es el de la palabra.

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos su importancia y continuamente la utilizamos de modo irreflexivo. No obstante, se puede transformar en un poderoso instrumento de edificación, si es bien utilizada, o en una peligrosa arma de destrucción…

En efecto, son incontables las almas que se han convertido a las vías de la santidad movidas por santas predicaciones o por la lectura de la Palabra de Dios; y quizá más numerosas aún sean las que han perseverado en la virtud debido a un sabido consejo de un hermano en la fe. Por otra parte, el mal uso de esa capacidad arrastró y todavía arrastra a multitudes hacia la perdición y puede llegar a producir efectos devastadores en sus víctimas, principalmente por medio de un conocido vicio: la maledicencia.

¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano?

Murmuración

Consistiendo esencialmente en el empleo de la facultad de expresión para evidenciar y propagar algo malo, existente o no, de otro, la maledicencia fácilmente encuentra terreno fértil en el alma humana.

Como nadie está exento de defectos y lagunas, es natural que la convivencia, incluso entre los que se quieren mucho, tienda al desgaste: poco a poco, y con frecuencia de manera no culpable, el brillo de las cualidades ajenas empieza a disminuir a los ojos de sus prójimos y pasa a constatar las debilidades. En ese momento es cuando se presenta el peligro. Si no se toma cuidado, enseguida son olvidados por completo los lados buenos de los demás y considerados, injustamente, sólo sus lados defectibles… Como «de lo que rebosa el corazón habla la boca», en esa etapa el tentador convence sin dificultad para que se hagan públicos esos defectos que se han encontrado o se han imaginado encontrar.

Sea como fuere, nadie tiene el derecho de hacer conocidas las miserias del prójimo. Si Dios, único Juez verdadero y principal ofendido por las faltas de los hombres, no lo hace, ¿quién podrá hacerlo? A los que se creen aptos para ello, bien se les aplica la exclamación de la Escritura: ¿quién eres tú para juzgar a tu hermano? (cf. Sant 4, 12).

Además, quien publica las faltas de los otros hace mal a los que las escuchan, tanto por el escándalo que pueden causar como por la posible inducción al propio vicio de la maledicencia. ¡Ay de los que provocan el escándalo! ¡Más les valdría que les ataran al cuello una piedra de molino y los arrojaran al mar (cf. Lc 17, 1-2)!

Hay que considerar también esta enseñanza del divino Maestro: «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6, 37-38).

Remedio para las almas débiles

Hay una categoría de personas que se deja contaminar por la maledicencia por debilidad. Abatida por el peso de las miserias ajenas, procura «desahogar» sus penas y resentimientos con comentarios inoportunos. A esas almas, la moral católica les ofrece un remedio superior y eficaz: la admiración.

En un ambiente impregnado de admiración, la «cizaña» de la maledicencia no encuentra espacio para desarrollarse. Hace al hombre semejante a un colibrí que, acercándose a las flores, va derecho al néctar e ignora los abrojos: el admirativo se ocupa con tanto agrado de las cualidades de los demás que no le sobra atención para considerar los defectos.

Pero para lograr tal nobleza de alma no basta el simple esfuerzo humano… Es necesario juntar las manos y rogarle a Dios, por intercesión de la Virgen, el auxilio superabundante de la gracia. Así confortado por lo sobrenatural, el hombre se vuelve capaz no sólo de exaltar los lados buenos de sus compañeros, sino de disponerse a sanar sus debilidades y ser para ellos un auxilio en la lucha por la virtud.

Finalmente, la admiración es también la solución para los pecados de maledicencia ya cometidos. Como la doctrina católica exige que se restituya el honor del prójimo, denigrado ante los demás, ningún medio podría ser más eficaz que pasar a elogiar sus cualidades.

Castigo a los obstinados

Sin embargo, en las vías del mal uso de la lengua también hay almas empedernidas, hijas del odio, que se convierte en calumniadoras de aquellos que practican el bien y que, por lo tanto, constituyen una denuncia a la torpeza de sus vidas.

Para los perversos de toda la Historia, atribuirles públicamente y de mala fe delitos infundados a las almas justas ha sido uno de los medios más eficaces de persecución, pues los falsos testimonios encuentran siempre morada en la superficialidad y molicie de los corazones… Pocos son los íntegros y valientes que se preocupan en analizar con profundidad los hechos, para sacar de ellos una conclusión verdadera; la mayoría, por el contrario, oye con complacencia, negligencia y respeto humano las criminales acusaciones y no se opone a quien las hace, volviéndose, según Santo Tomás de Aquino,1 partícipe del mismo pecado.

Es lo que hicieron con el Redentor durante su vida pública hasta que, finalmente, lo condenaron al suplicio de la cruz en virtud de crímenes que jamás había cometido. El pueblo judío, beneficiado por Él con toda clase de milagros, curaciones y gracias celestiales, en lugar de defender la evidente inocencia del Cordero divino prefirió ceder negligentemente al odio de los ancianos y maestros de la ley.

A las insaciables almas viperinas, no obstante, la Providencia —que está celosa por sus elegidos— reserva el castigo profetizado en el Libro de los Salmos: «Lengua embustera, […] Dios te destruirá para siempre, te abatirá y te barrerá de tu tienda; arrancará tus raíces del suelo vital» (51, 6-7). Los calumniadores no tienen duración en la tierra: tarde o temprano el infortunio los sorprenderá (cf. Sal 139, 12).

¡Seamos hijos fieles de la Santa Iglesia!

En su epístola, el apóstol Santiago resume muy bien la primordial importancia del don de la palabra: «Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas» (3, 2-5).

Sepamos, pues, utilizar con santidad esa arma que ha sido puesta en nuestras manos. Refrenemos nuestra lengua y coloquémosla bajo el dulce yugo de la admiración. Así, la benevolencia divina nos acompañará.

Sobre todo, como fieles hijos de la Santa Iglesia en estos tiempos de tribulación, estemos vigilantes a las voces infernales que contra ella se levantan y presentémonos con prontitud y ufanía en su defensa, convencidos de que ella es siempre inmaculada e indefectible, digna de toda alabanza. ◊

Autor: Hna. Cecilia Grasielle Leverman, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

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Notas

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II–II, q. 73, a. 4.
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