La misión Jesuita es una misión de reconciliación, que trabaja para que las mujeres y los hombres puedan reconciliarse con Dios, consigo mismos, con los demás, y con la creación de Dios.
San Ignacio de Loyola quería que los Jesuitas estuvieran siempre preparados para desempeñar cualquier labor o ser enviados donde fueran requeridos, con una permanente disponibilidad a partir en misión:
“Todos los que Su Santidad nos mandare respecto al provecho de las almas o la propagación de la Fe, estaremos obligados a cumplir, sin tergiversaciones ni excusas, inmediatamente y en cuanto estará de nuestra parte, a cualquier parte adonde nos quiera enviar, o a los turcos, o a los nuevos mundos, o entre los luteranos, o a cualesquiera otras tierras de fieles o infieles […]
Este voto nos podrá dispersar por las diversas partes del mundo.” (Defensores de la Fe)
Su modelo eran los primeros discípulos de Jesús, que salen de Jerusalén y llevan a todas partes “hasta los extremos del mundo” la noticia de la Vida, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo, y de un modo especial, el apostolado itinerante de Pablo.
Los Jesuitas, además de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, emiten un cuarto voto de obediencia al Papa, que se refiere a las misiones específicas a las que este les pueda destinar.
San Ignacio también insistía particularmente en la prevalencia de la caridad, como se muestra en este escrito recogido en las páginas de Defensores de la Fe:
“Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores.”
Los Ejercicios Espirituales, herramienta que San Ignacio de Loyola legó a la Iglesia, son la fuente de la espiritualidad Ignaciana que guía a los Jesuitas en su búsqueda de trabajar al servicio de la misión de Cristo en el mundo de hoy.