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Santos

San Blás – Bendición de la garganta

¿De dónde viene la costumbre particular, de pedir a San Blas la cura de las enfermedades de la garganta?

Vida de San Blas .

Este día recordamos la vida de San Blas, venerado desde Oriente hasta Occidente, que nació en Armenia, en el siglo III, fue médico y obispo en Sebaste. Como doctor, usaba sus conocimientos para rescatar la salud, no sólo del cuerpo, sino también del alma, pues se ocupaba de la evangelización de sus pacientes.

Cuando las persecuciones comenzaron bajo el Emperador Diocleciano (284 – 305). San Blas huyó a una caverna donde cuidó algunos animales salvajes.
 

Un día, los soldados de Agrícola, gobernador de Capadocia, buscaban fieras y bestias en los campos de Sebaste, para martirizar a los cristianos en la arena, y se encontraron a muchos animales feroces de todas las especies: leones, osos, tigres, hienas, lobos y gorilas conviviendo en la mayor armonía.

Mirando estupefactos y asombrados, se preguntaban que era lo que ocurría, cuando de una negra gruta surgió, de la oscuridad a la luz, un hombre caminando entre las fieras, levantando la mano, como bendiciéndolas. Tranquilas y en orden regresaron para sus cuevas y lugares de donde vinieron.

Un enorme león de melena rubia permaneció en el lugar. Los soldados muertos de miedo, lo vieron levantar una pata y poco después, San Blas se aproximó para extraerle una astilla que tenía clavada. El animal, tranquilo, se fue.

Al enterarse del hecho, el gobernador Agrícola ordenó capturar al hombre de la caverna. Blas fue puesto preso sin la menor resistencia.

Al no conseguir doblegar al santo anciano, que rechazó adorar a los ídolos paganos, Agrícola ordenó castigarlo con latigazos y que después lo encerrasen en la más negra y húmeda de las mazmorras.

En varias ocasiones el santo fue llevado delante de Agrícola, pero siempre perseveraba en la fe de Jesucristo. En represalia era torturado.

Movido por su fidelidad y amor a Nuestro Señor Jesucristo, San Blas curaba y bendecía.

Siete mujeres que cuidaron sus heridas – provocadas por los suplicios de Agrícola – fueron también castigadas. Después el gobernador fue informado que ellas habían lanzado sus ídolos al fondo de un lago cercano, y mandó matarlas.

San Blas fue torturado con hierros candentes y después fue decapitado.

san blas

Origen de la bendición de San Blás

Una pobre mujer, afligida y desconsolada, rompió como pudo por medio de la muchedumbre, y llena de confianza se arrojó a los pies del santo, presentándole a un hijo suyo que estaba agonizando por una espina que se le había atravesado en la garganta, y sin remedio humano le ahogaba.

Compadecido el piadoso obispo del triste estado del hijo y del dolor de la madre, levantó los ojos y las manos al cielo, haciendo esta fervorosa oración:

San Blas

«Señor mío, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, dignaos oír la humilde petición de vuestro siervo y restituid a este niño la salud, para que conozca todo el mundo que sólo Vos sois el Señor de la muerte y de la vida.

Y pues Vos sois el Dueño soberano de todos, misericordiosamente liberal para con todos cuantos invocan vuestro santo nombre, humildemente os suplico que todos los que en adelante recurrieren a mí para conseguir de Vos, por la intercesión de vuestro siervo, la curación de semejantes dolencias, experimenten el efecto de su confianza y sean benignamente oídos y favorablemente despachados».

Apenas acabó el santo su oración, cuando el muchacho arrojó la espina y quedó del todo sano. Éste es el origen de la particular devoción que se tiene a San Blas en todos los males de garganta.

San Blas un ejemplo para de santidad.

Blás, brasa, llama de amor de Dios, de la fe, de amor al prójimo. La vida heroica de San Blas es un estimulo para que mantengamos también en nuestras almas encendida la brasa de la fe, que en medio de las tinieblas siempre arda el celo, fidelidad y valentía en favor del bien.

Sus reliquias se encuentran en Brunswick, Mainz, Lubeck, Trier y Colonia en Alemania. En Francia en Paray-le-Monial. En Dubrovnik en la antigua Yugoslavia y en Roma, Tarento y Milán en Italia.

Oración a San Blas

Oh! Grandioso San Blas, acudo ante ti como médico por excelencia para que me des tu intercesión Divino San Blas, obispo y mártir, para que Dios me libre de las dolencias de la garganta que estoy padeciendo en estos momentos y me cuide y libere de cualquier otro mal. En el Nombre de nuestro Señor Jesucristo que vive y reina en todos nosotros. Amén.

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Historia y Creación

A continuación pasearemos por las alturas, recorriendo algunas montañas y nevados del Ecuador.

noviembre 18, 2021

Una de las escenas más pungentes encontrada en los Evangelios, sin duda, está en el sermón de la montaña, descrita por San Mateo (capítulos 5-7). En el lenguaje bíblico la ‘montaña’, debido a su elevación, se torna un lugar de comunicación con lo divino; así pueden ser vistos, por ejemplo, el Sinaí, el Horeb, el monte Sión, etc. Las montañas, comunican al hombre la grandeza y la magnitud del Creador.

Sus formas irregulares y diversas, se mezclan en la armonía de sus puntas, coloreadas por el mejor  amigo  de los pintores, el sol. A continuación pasearemos por las alturas, recorriendo algunas montañas y nevados del Ecuador:

Chimborazo (6.310 m)

El rey de los Andes ecuatorianos, sobrepasa en altura a todas las demás montañas y elevaciones; el enorme macizo se alarga en dirección este-oeste con una altura que llega a los 6.310 msnm y una base de más de 20 Km. de diámetro. No ha tenido actividad volcánica reciente y se calcula que su última erupción ocurrió hace aproximadamente 10.000 años.

Su majestuosidad es tal que en un día despejado se puede observar al Chimborazo incluso desde la ciudad de Guayaquil, a orillas del océano Pacífico.

Cotopaxi (5.897 m)

A 5897 metros encima del nivel de mar, y elevando majestuosamente encima de las montañas Andinas, es el volcán más alto, es uno de los volcanes mas activos en todo el Ecuador.

El nombre de la montaña es una voz Cayapa que se descompone así: Coto, cuello; pag, de pagta, sol y si de shi, dulce. Es decir, “Dulce Cuello de Sol”.

Cayambe (5.790 m)

El Cayambe es un volcán en la Cordillera Central del norte de Ecuador. Es el tercer volcán más alto de Ecuador detrás del Cotopaxi, tiene una altitud de aproximadamente 5790 m sobre el nivel del mar.

Antisana (5.758 m)

El volcán Antisana es un nevado de más de 5700 m de altura ubicado a 48 km al sureste de Quito y alejado de las carreteras asfaltadas. La atracción principal es el Cóndor Andino, pero el páramo también alberga inusuales bromelias o “puyas”, frailejones, gran cantidad de especies de colibríes y otras aves de altura que rodean las lagunas, y barrancos de lava de más de 200 años de antigüedad.

Altar (5.319 m)

El Altar es un volcán extinto localizado en el centro de Ecuador, en la Cordillera Oriental de los Andes a unos 45 km al suroeste de Riobamba.

El volcán recibe su nombre debido a las formas que adoptan sus numerosos picos, semejando el altar de una Iglesia. Los incas llamaron a este volcán Capac Urcu, que significa montaña todopoderosa.

lliniza (5.248 m)

Iliniza es un estratovolcán en Ecuador, situado unos 55 km al sudoeste de Quito. Illiniza, un volcán potencialmente activo, consta de dos picos cubiertos de nieve: Illiniza Sur (5.248 m) y Illiniza Norte (5.126 m).  Su nombre deriva de las palabras kunza para «cerro varón».

Tungurahua (5.023 m)

El Tungurahua (5.023 metros) está localizado en la Cordillera de Ecuador (Los Andes), 140 kilómetros (87 millas) al sur de Quito, la capital del país. Notables montañas y volcanes cercanos son el Chimborazo (6.310 metros) y El Altar (5.319 metros). La pequeña ciudad de Baños, conocida por sus aguas termales, se encuentra en sus faldas, a aproximadamente cinco kilómetros al norte.

Destacados, Espiritualidad

Después de recibir la sagrada Eucaristía, debemos recogernos a fin de aprovechar mejor las gracias de tan sublime misterio. ¿Cómo compenetrarnos en esos instantes de sublime convivencia con Nuestro Señor Jesucristo?

febrero 20, 2022

Las realidades inferiores siempre reflejan otras superiores. Esa fue la regla que ha regido la creación del incontable número de seres salidos de las manos de Dios, los cuales son, al mismo tiempo, diversos y armónicos entre sí.

Esto sucede, por ejemplo, con la perfecta constitución del organismo humano, que espeja el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. Esta sagrada institución, pese a ser posterior en el tiempo, constituye el modelo según el cual fue creado nuestro cuerpo. Por así decirlo, Dios pensó primero en lo más importante.

Algo similar también ocurre con la alimentación del hombre.

La convivencia es más importante que la comida.

La vida de todos nosotros es, en gran parte, hecha de rutina. Tal sería que el sueño de la noche, el aseo personal, el caminar y todo lo que realizamos diariamente constituyera una novedad…

También la alimentación forma parte de lo cotidiano. Sin embargo, hay gran diferencia entre la comida de un día corriente y un banquete festivo. En las ocasiones especiales, el esmero en la preparación es indispensable. Imaginemos una conmemoración importante, como la cena de Navidad, el cumpleaños de un familiar o cualquier otra efeméride. Se planea todo con antelación: el lugar de la fiesta, si deberá ser una comida o una cena, el número de invitados, el horario de inicio, el menú con sus distintos platos y bebidas, etc.

En esas ocasiones solemnes, no obstante, hay algo que se aprecia aún más que el manjar y las iguarias puestas a la mesa: es la convivencia entre los comensales, sean parientes o amigos.

Terminada la comida, esa convivencia se vuelve más intensa. ¿Quién no se ha valido nunca del famoso cafelito como excusa para, concluido el postre, prolongar apaciblemente la conversación? Y, en sentido contrario, ¿qué pensar del que se marcha deprisa, nada más haberse alimentado? Difícil será considerar buen amigo a quien no le gusta convivir con los demás y ni siquiera intenta disfrazarlo…

Agradable conversación al término del Banquete.

Por la reversibilidad entre las realidades inmateriales y materiales mencionada arriba, las comidas que saboreamos en esta tierra pueden ayudarnos a comprender mejor ciertos aspectos del Sagrado Banquete que es la Santa Misa.

Así pues, si al término de una cena que compartimos con los otros hombres procuramos el legítimo placer de una agradable conversación, ¿no debemos hacer algo similar después de que el propio Cristo se da a nosotros como alimento?

Pues bien, la acción de gracias después de la comunión es ese momento auge de convivencia en que culmina el Banquete divino. Y debemos preguntarnos: ¿le damos la debida importancia?

Algunos de los inmensos beneficios de la Eucaristía.

Antes de tratar acerca de cómo hacer con fruto la acción de gracias, conviene que recordemos algunos de los inmensos beneficios espirituales que la Santísima Eucaristía nos aporta en la comunión.

En la sagrada hostia recibimos no solamente una gracia enorme, sino al Creador y Fuente de toda gracia. Este es el principal motivo que hace de la Eucaristía el sacramento más excelente: en ella está substancialmente contenido el propio Cristo, mientras que los otros sacramentos no contienen sino una virtud instrumental participada de Cristo.1

Como si esto no bastara, con el Verbo Encarnado —en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad— nos son dados en la Eucaristía el Padre y el Espíritu Santo, a causa del inefable misterio de la pericoresis que los hace inseparables.

De modo que, al comulgar, nos convertimos de hecho en templos vivos de la Beatísima Trinidad. Y de tal manera somos asociados misteriosa y verdaderamente a la vida íntima de las tres Personas divinas, que en nuestra alma el Padre engendra al Hijo unigénito y de ambos procede el Espíritu Santo por el infinito acto de amor mutuo.

Dios nos diviniza y transforma.

Si la santidad consiste en la unión perfecta con Cristo, no cabe duda de que la vida de todo católico debe tener como centro la Eucaristía. Nada hay de más saludable que la comunión de la sagrada hostia. Se trata del más sublime sustento espiritual y, a diferencia de lo que ocurre con el alimento material —asimilado por el cuerpo—, es Cristo quien nos diviniza y transforma en sí mismo cuando recibimos las sagradas especies.

Por este motivo, San Juan Bosco, cuando estudiaba en el seminario, no se contentaba con comulgar sólo los domingos. Se ausentaba con frecuencia del desayuno y se dirigía, a escondidas, a una iglesia contigua. Después de recibir la Eucaristía y hacer la acción de gracias regresaba a tiempo de entrar en clase junto con sus compañeros. En esas ocasiones permanecía en ayunas hasta la comida y, aunque el cuerpo sufriera, su alma se beneficiaba enormemente. Como el mismo declaraba, ese fue el alimento más eficaz de su vocación.

Habiendo dilucidado y recordado algunos de los beneficios que recibimos en la comunión, se hace más fácil entender la importancia de un compenetrado acto de agradecimiento a Dios por la inmensa bondad manifestada al otorgarnos una participación del premio celestial ya en esta tierra.

Pautas para aprovechar esta inefable convivencia.

Después de comulgar el Cuerpo de Cristo debemos reservar un tiempo para la acción de gracias. Aunque sea un momento de mucha seriedad, visto el gran don que recibimos, de ninguna manera se trata de algo pesado o difícil para nuestro espíritu, como se podría pensar. Al contrario, consiste en una expresión de amor y gratitud nacidos de un corazón filial.

Ejemplo de ello nos lo da Santa Gema Galgani que, tras haber comulgado por la mañana temprano —lo cual hacía diariamente—, invertía la mitad del día en acción de gracias por la comunión recibida y la otra mitad para prepararse para la del día siguiente, tal era su devoción por el Santísimo Sacramento.

Ahora bien, tanto los que tienen la costumbre de recibir con frecuencia la Eucaristía, como esta mística italiana, como los que comulgan esporádicamente se beneficiarán al recordar ciertos puntos que hacen disminuir en nuestros corazones el fervor por Jesús Sacramentado.

Especialmente peligroso para los primeros es el espíritu de rutina, que hace estéril ese momento de intensa oración, reduciéndolo a formas preconcebidas. Algunas personas no se quedan tranquilas hasta que no han rezado, a menudo mecánicamente, fórmulas escritas en breviarios.

Para los segundos, la falta de frecuencia a la Eucaristía, a veces porque nos les parece una práctica importante, les puede causar dificultades en saber qué decirle a Dios. Su atención termina siendo llevada por el viento de otras preocupaciones y pensamientos, inevitablemente terrenos…

Las oraciones contenidas en libros piadosos deben ser para nosotros un auxilio y no un fin. Usémoslas en la medida en que nos ayuden a elevar el espíritu, de modo que se vuelvan una «pista de despegue» para que nuestra alma vuele hasta la sublime convivencia con Nuestro Señor Jesucristo.

Un Amigo que desea escucharnos y también hablarnos.

Los instantes que siguen a la comunión deben ser, para nosotros, los más preciosos del día: llenos de seriedad, pero también de sencillez e intimidad.

¿Quién no desea tener un confidente a quien contarle sus problemas y dificultades, alegrías y anhelos? Pues bien, eso sucede durante la acción de gracias: Dios entra en nosotros, como alguien que visita a su mejor amigo. Sólo que ese amigo con el cual conversamos es, ni más ni menos, que Nuestro Señor Jesucristo. Realmente, cuesta imaginar algo superior…

Dios quiere escucharnos, pero también desea que le oigamos. Por eso es necesario mantener el recogimiento a toda costa, tratando de apartar cualquier pensamiento que desvíe nuestra atención.

Sin duda, el demonio intentará servirse de las cosas corrientes para molestarnos y llevarnos a descuidar esa convivencia con lo sobrenatural. Oigamos el consejo de Santa Teresa de Jesús a sus monjas: «No perdáis tan buena sazón de negociar [con Dios] como es la hora después de haber comulgado».

Por cierto, ¿qué hemos de «negociar» si sólo podemos ganar? Cristo está presente en nuestro corazón y nada desea tanto como inundarnos de gracias y bendiciones.

Cuatro actos que ayudan a hacer la acción de gracias

Afirma el P. Antonio Royo Marín que «la mejor manera de dar gracias consiste en identificarse por el amor con el mismo Cristo y ofrecerle al Padre, con todas sus infinitas riquezas, como oblación suavísima por las cuatro finalidades del sacrificio: como adoración, reparación, petición y acción de gracias».

De hecho, muchos autores se valen de esos cuatro puntos —elementos constituyentes del acto de religión o de culto— como base para realizar una completa acción de gracias.

Y, aunque haya fórmulas escritas que auxilian en la meditación de cada uno de ellos, no podemos dejar de lado nuestras propias palabras. Dios desea escucharlas porque son únicas, exclusivas, pues Él creó a cada hombre para que lo amara de una forma específica e irrepetible.

Debo, por tanto, adorarlo por ser Él quien es: el Dios de infinita misericordia y justicia, a quien amo inmensamente. Preciso agradecerle el haber derramado su amor sobre mí al crearme, al concederme la filiación divina por el Bautismo, al vivir en mi interior por la comunión.

Estoy obligado a suplicar el perdón por mis pecados, faltas, ingratitudes y por las veces que le he ofendido; soy merecedor del Infierno, pero tengo fe en su perdón infinito, el cual invoco a fin de que los pecados del mundo sean reparados. Finalmente, cabe pedir todo lo que necesito, las gracias que me hacen falta para mi santificación y para aquellos por quienes tengo la obligación de rezar.

El «secreto» para una buena acción de gracias

Pedir el auxilio y la intercesión de la Virgen al comulgar es, sin duda alguna, el «secreto» para hacer una buena acción de gracias.

¿Quién mejor que Ella sabrá adorar, agradecer y amar a su divino Hijo y pedirle lo que necesitamos? Debemos, pues, recurrir siempre a María Santísima, para que inspire en nuestro interior una forma de acción de gracias enteramente consonante con la realizada por Ella cuando recibió la Eucaristía en el Cenáculo.

Que la propia Madre de Dios consuele, en nuestra alma, a Jesucristo en su Pasión dolorosa, la cual se renueva en cada Misa de manera incruenta. Que Ella nos diga palabras de afecto a la altura de tan digno Huésped y nos haga, por fin, participar de la sublime y eterna convivencia entre el Sagrado Corazón de Jesús y su Inmaculado Corazón, modelo de la perfecta unión de un alma virtuosa con el Santísimo Sacramento en la comunión.

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 65, a. 3.
2 Cf. ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. Madrid: BAC, 2018, p. 453.3 Cf. CERIA, SDB, Eugenio. Don Bosco con Dios. 4.ª ed. Madrid: CCS, 2001, p. 39.
4 Cf. GERMAN DE SAN ESTANISLAO, CP; BASILIO DE SAN PABLO, CP. Santa Gema Galgani. Vida de la primera Santa del siglo XX. 5.ª ed. Madrid: Palabra, 2010, p. 298.
5 SANTA TERESA DE JESÚS. Camino de perfección, c. 34, n.º 10.
6 ROYO MARÍN, op. cit., p. 457.

Hno. Carlos María de Oyarzábal

Destacados, Espiritualidad

Cuántas veces somos movidos por un ímpetu de entusiasmo, de buenos deseos y propósitos, y no sabemos explicar de dónde proceden.

junio 3, 2022

Cuántas veces somos movidos por un ímpetu de entusiasmo, de buenos deseos y propósitos, y no sabemos explicar de dónde proceden. En otras ocasiones, por el contrario, nos sentimos ácidos o desanimados y, de pronto —sin ninguna acción de nuestra parte—, nos invade una profunda consolación. En ambas circunstancias, tales impulsos interiores proceden del Espíritu Santo, que actúa sobre nuestras almas como otrora sobre los Apóstoles, predisponiéndonos a la práctica del bien y haciéndonos capaces, por el poder de su fuerza transformadora, de alcanzar incluso la heroicidad.

En el Espíritu Santo nos hacemos divinos.

Espiritu Santo

Son conocidas las palabras de Tertuliano: “O testimonium animæ naturaliter christianæ (¡Oh testimonio del alma, que es naturalmente cristiana!) 1”, las cuales expresan una gran verdad, ya que cada alma ha sido creada en función de Jesucristo. Sin embargo, antes de recibir las aguas regeneradoras del Bautismo, sin poseer la vida divina, de su naturaleza manchada por la culpa original brotan el egoísmo, el exclusivo cuidado consigo mismo y una desmedida preocupación por sus intereses, de donde dimanan las amargas experiencias que nos proporciona la convivencia humana, en el transcurso de nuestros años.

Por lo tanto, es preciso que el hombre “nazca de agua y de Espíritu” (Jn 3, 5). Lleno de fe, esperanza y caridad, adquiere una profunda comprensión de los panoramas sobrenaturales, que se refleja después en el empeño de hacer el bien y de entregarse, si fuera necesario, a un verdadero holocausto en favor de los demás. Así es la vida de la gracia, mantenida, desarrollada y robustecida por la acción del Espíritu Paráclito. En ese sentido, dice San Agustín: “El Dios Amor es el Espíritu Santo. Cuando este Espíritu, Dios de Dios, se da al hombre, le inflama en amor de Dios y del prójimo, pues Él es amor”.2

¿Cómo se verifica esa participación en la vida divina?

¿Cómo se verifica esa participación en la vida divina? En el Hombre Dios, modelo supremo de toda la Creación, el Verbo sirve de soporte —del griego ὑπόστασις (hipóstasis)— para la unión de la naturaleza humana con la divina. Algo semejante y misterioso se opera en nuestro interior, por la acción de la gracia santificante recibida en el Bautismo: guardando las debidas proporciones, el papel que desempeña la segunda Persona de la Santísima Trinidad en Jesús lo ejerce en nosotros la tercera Persona, haciéndonos partícipes de la vida increada de Dios y pertenecientes al Cuerpo Místico de Cristo.

Adoptados como hijos de Dios.

Entonces podemos afirmar que por el Bautismo pasamos a formar parte de la familia divina. Mientras que Jesucristo, en lo que respecta a su origen es el Unigénito de Dios, engendrado por el Padre desde toda la eternidad, nosotros, aunque no fuimos engendrados en la Trinidad, por la gracia nos convertimos en hijos de Dios por adopción.

Para facilitar la comprensión de tan elevada verdad, analicemos, por ejemplo, la diferencia que existe entre ser adoptado por alguien de condición modesta o por una persona acomodada.

Sin duda, si nos dieran a elegir, la gran mayoría de las personas optaría por la segunda posibilidad, pues significaría un aumento de proyección social y una herencia mucho mayor. Ahora bien, ser recibido por Dios como hijo es algo infinitamente más que conquistar cualquier dignidad o poseer bienes materiales. Esta adopción sobrenatural no se efectúa a la manera humana, registrada en una notaría: mientras que los padres no pueden dar su vida biológica a sus hijos adoptivos, Dios, por el contrario, nos confiere una participación física y formal en su propia vida.

A diferencia de lo que ocurre con el vestuario, que varía de acuerdo con los gustos y las ocupaciones de cada uno, cambiando la apariencia exterior de la persona, pero sin alterar su organismo, la gracia ennoblece el interior, revistiendo nuestra alma y configurándonos con Cristo, conforme las palabras del Apóstol: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga. 2, 20)

Revista Heraldos del Evangelio nº 118, Mayo de 2013; pp.13-14

Notas:

1- TERTULIANO. Apologeticum XVII: ML 1, 377.

2 SAN AGUSTÍN. De Trinitate. L. XV, c. 17, n.o 31. In: Obras. 3.a ed. Madrid: BAC, 1968, v. V, p. 716.

Destacados, Historia y Creación

La civilización será tanto más verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más sea claramente cristiana.

agosto 26, 2022

La Iglesia, al predicar a Cristo crucificado, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 23), vino a ser la inspiradora y principal promotora de la civilización; y la ha difundido por todos los lugares donde predicaron sus apóstoles, conservando y perfeccionando los buenos elementos de las antiguas civilizaciones paganas, arrancando de la barbarie y educando para una convivencia civil a los nuevos pueblos que se refugiaban en su seno maternal, y dándole a la sociedad entera, aunque poco a poco, pero con un trazo seguro y cada vez más progresivo, esa marcada huella que aún hoy se conserva universalmente.

La civilización del mundo es civilización cristiana; tanto más es verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más es claramente cristiana; tanto más decadente, con un inmenso daño del bien social, cuanto más se aleja del ideal cristiano.

La paz se establecería en el mundo si en él se realizara el ideal de la civilización cristiana

Así que por la fuerza intrínseca de las cosas, la Iglesia se convirtió efectivamente en la guardiana y defensora de la civilización cristiana. Tal hecho fue reconocido y admitido en otros siglos de la Historia y hasta formó el fundamento inquebrantable de las legislaciones civiles. En ese hecho estribaron las relaciones entre la Iglesia y los Estados, el reconocimiento público de la autoridad de la Iglesia en todos los asuntos que de algún modo afecten a la conciencia, la subordinación de todas las leyes del Estado a las divinas leyes del Evangelio, la concordia de los dos poderes, civil y eclesiástico, procurando de tal modo el bien temporal de los pueblos, que el eterno no padeciera quebranto.

No hace falta deciros, Venerables Hermanos, qué prosperidad y bienestar, qué paz y concordia, qué respetuosa sumisión a la autoridad y qué acertado gobierno se lograría y se mantendría en el mundo si se pudiera realizar íntegro el perfecto ideal de la civilización cristiana.

Mas, dada la continua lucha de la carne contra el espíritu, de las tinieblas contra la luz, de Satanás contra Dios, no es de esperar tal felicidad, al menos en su extensión. De ahí que a las pacíficas conquistas de la Iglesia se van haciendo continuos ataques, tanto más dolorosos y funestos cuanto más la humana sociedad tienda a regirse por principios adversos al concepto cristiano y, aún más, a separarse totalmente de Dios.

Restaurarlo todo en Cristo, incluso la civilización

No por eso se ha de perder el ánimo. La Iglesia sabe que contra ella no prevalecerán las puertas del infierno; pero también sabe que en este mundo sufrirá presiones, que sus apóstoles son enviados como corderos entre lobos, que sus seguidores serán siempre el blanco del odio y del desprecio, como de odio y desprecio fue víctima su divino Fundador. No obstante, la Iglesia marcha adelante imperturbable y, mientras propaga el Reino de Dios en donde todavía no ha sido predicado, procura por todos medios reparar las pérdidas sufridas en el Reino ya conquistado.

«Restaurarlo todo en Cristo» ha sido siempre el lema de la Iglesia y es principalmente el Nuestro en los perturbados tiempos que atravesamos. Restaurarlo todo, no de cualquier manera, sino en Cristo: «Recapitular en Cristo todas las cosas del Cielo y de la tierra» (Ef 1, 10), agrega el Apóstol; restaurar en Cristo no sólo cuanto propiamente pertenece a la divina misión de la Iglesia, que es guiar las almas a Dios, sino también, como ya hemos explicado, todo cuanto se ha derivado espontáneamente de aquella divina misión, esto es, la civilización cristiana con el conjunto de todos y cada uno de los elementos que la constituyen.

Y por hacer un alto en esta última parte de la anhelada restauración, bien veis, Venerables Hermanos, cuánto ayudan a la Iglesia aquellas falanges de católicos que precisamente se proponen reunir todas sus fuerzas vivas para combatir por todos los medios justos y legales contra la civilización anticristiana; reparar a toda costa los gravísimos desórdenes que de ella provienen; introducir de nuevo a Jesucristo en la familia, en la escuela, en la sociedad; restablecer el principio de la autoridad humana como representante de la de Dios; tomar sumamente en serio los intereses del pueblo, particularmente los de la clase obrera y agrícola, no sólo infundiendo en el corazón de todos la verdad religiosa, único verdadero manantial de consuelo en los trances de la vida, sino cuidando de enjugar sus lágrimas, suavizar sus penas, mejorar su condición económica con medidas bien concertadas; trabajar por conseguir que las leyes públicas se acomoden a la justicia y se corrijan o se destierren las que le son contrarias; defender, finalmente, y mantener con ánimo verdaderamente católico los derechos de Dios y los no menos sagrados derechos de la Iglesia. […]

Adaptación a lo que es contingente, fidelidad a lo que es inmutable

Conviene notar que no todo lo que en los siglos pasados pudo ser útil, o incluso únicamente eficaz, sea posible restablecerlo hoy en la misma forma, pues radicales son los cambios que con el correr de los tiempos se introducen en la sociedad y en la vida pública y tantas las nuevas necesidades que las circunstancias cambiantes suscita continuamente.

Pero la Iglesia, en el largo curso de su historia, ha demostrado siempre luminosamente que poseía una maravillosa virtud de adaptación a las variables condiciones de la sociedad civil, de suerte que, salvada siempre la integridad e inmutabilidad de la fe y de la moral, así como sus sacrosantos derechos, fácilmente se adapta y se ajusta, en todo cuanto es contingente y accidental, a las vicisitudes de los tiempos y a las nuevas exigencias de la sociedad.

La piedad, dice San Pablo, se acomoda a todo, pues posee las promesas divinas, así en orden a los bienes de la vida actual como a los de la futura: «La piedad aprovecha para todo. Tiene la promesa de la vida, la presente y la futura» (1 Tim 4, 8). ◊

Fragmentos de: SAN PÍO X.
Il fermo proposito, 11/6/1905.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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