Santos

Santo Tomás de Aquino

El nombre de Santo Tomás de Aquino es un marco para todos aquellos que buscan la verdad.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

La búsqueda de la verdad es tan antigua como el propio hombre, y no hay uno solo entre los seres racionales que no desee poseerla. Por otro lado, la privación de ese excelente bien acaba dando a la colectividad humana un aspecto desfigurado, que se explica por la adhesión a falsas doctrinas o a medias verdades. Nuestra sociedad occidental es un ejemplo de esa profunda carencia que no encuentra en los avances de la técnica, ni en la fugacidad de los vicios una respuesta satisfactoria.

Tomás de Aquino, un niño que buscaba lo Absoluto

Pero al final, ¿Qué es la verdad? Ésta era una de las preguntas que el pequeño Tomás de Aquino hacía en sus tiernos cinco años de edad.

Según una costumbre de la época, su educación fue encomendada a los benedictinos de Monte Carmelo, lugar donde se trasladó. Viendo a un monje cruzar con gravedad y recogimiento los claustros y corredores, tiraba insistentemente de la manga de su hábito y le preguntaba:

“¿Quién es Dios?”.

 Descontento con la respuesta que, aunque verdadera, no satisfacía enteramente su deseo de saber, esperaba que pasara otro hijo de San Benito y también le preguntaba:

Hermano Mauro, ¿Me puede explicar quién es Dios?”

Pero… ¡qué decepción! De nadie conseguía la explicación deseada. ¡Cómo las palabras de los monjes eran inferiores a la idea de Dios que aquel niño poseía en el fondo de su alma!

Santo Tomás de Aquino - Agnolo Gaddi

Santo Tomás de Aquino - Agnolo Gaddi

Fue en ese ambiente de oración y serenidad que transcurrió feliz la infancia de Santo Tomás de Aquino. Nació allá por el año de 1225, benjamín de los condes de Aquino, Landolfo y Teodora. Intuyendo para el pequeño un futuro brillante, sus padres le proporcionaron una robusta formación. Mal podían imaginar que él sería uno de los mayores teólogos de la Santa Iglesia Católica y la roca fundamental del edificio de la filosofía cristiana, el punto de convergencia en el cual se reunirían todos los tesoros de la teología hasta entonces acumulados y del que partirían las luces de las futuras explicitaciones.

La vocación puesta a prueba

Roccasecca_Dove_nacque_S.Tommaso_-_panoramio_1611084372

Roccasecca - Ruinas del Catillo de la familia Aquino

Siendo muy joven todavía, Santo Tomás partió hacia Nápoles con el fin de estudiar gramática, dialéctica, retórica y filosofía. Las materias más arduas, que cuestan hasta a los espíritus más robustos, no pasaban de ser un simple juguete para él.

Mientras, en ese periodo de su vida, no avanzó menos en santidad de lo que en ciencia. Su entretenimiento era rezar en las diversas iglesias y hacer el bien a los pobres.

Todavía en Nápoles Dios le manifestó su vocación. Sus padres deseaban verlo benedictino, abad en Montecassino o arzobispo de Nápoles, sin embargo, el Señor le trazaba un camino bien diferente.

Era en la Orden de los Predicadores, recién fundada por Santo Domingo, donde la gracia habría de tocarle al alma. Santo Tomás descubrió en los dominicos el carisma con el cual se identificó por completo. Después de largas conversaciones con Fray Juan de San Julián no dudó en ingresar a la Orden y hacerse dominico a los 14 años de edad.

Acostumbra la Providencia Divina fraguar en el crisol de los sufrimientos a las almas que confiere un llamamiento excepcional, y Santo Tomás no escapó a esta regla.

Cuando su madre supo de su ingreso en los dominicos, se llenó de furia y quiso sacarlo a la fuerza. Huyendo a París, con el objetivo de escapar de la tiranía materna, el santo doctor fue atrapado por sus hermanos que lo buscaban con todo empeño. Después de apalearlo brutalmente, probaron despojarlo de su hábito religioso. “Es una cosa abominable —dirá después Santo Tomás— querer reclamar al Cielo por un don que de él recibimos”.

Así capturado, lo llevaron hasta la madre, intentó hacerlo abandonar sus propósitos, en la incapacidad de convencerlo, encargó a sus dos hijas que disuadieran a cualquier precio al hermano “rebelde”. Con palabras seductoras, ellas le mostraros las mil ventajas que el mundo le ofrecía, hasta la de una prometedora carrera eclesiástica, siempre que renunciase a la Orden Dominica.

El resultado de esta entrevista fue asombroso: una de las hermanas decidió hacerse religiosa y partió hacia el convento de Santa María de Capua, donde vivió santamente y fue abadesa. ¡Es la fuerza de la convicción y el poder de persuasión de este hombre de Dios!

Enfrentamiento decisivo

Harta de sus vanos esfuerzos, la familia tomó una medida drástica: lo encarceló en la torre del castillo de Roccasecca, con la intención de mantenerlo en ese estado mientras no desistiese de su vocación. En completa soledad, el santo pasó allí casi dos años, que fueron aprovechados en profundizar en las vías de la contemplación y del estudio.

Los frailes dominicos le acompañaban espiritualmente a través de oraciones y le enviaban con audacia libros y nuevos hábitos que llegaban a sus manos a través de sus hermanos.

Como pasaba el tiempo sin que el joven detenido decayera, sus hermanos —instigados por Satanás— prepararon un plan execrable: enviaron a la torre a una mujer de malas costumbres para hacerlo caer en pecado.

A pesar de todo, Santo Tomás hacía mucho que se había fortalecido en la práctica de todas las virtudes, y no se dejaría arrastrar. Viendo aproximarse a aquella perversa mujer, cogió del fuego una brasa encendida y con ella se defendió de la infame tentadora, que huyó asustada para salvar su propia piel.

¡Insigne victoria contra el enemigo de la salvación! Reconociendo en este episodio la intervención divina, Santo Tomás trazó con la misma brasa una cruz en la pared, se arrodilló y renovó su promesa de castidad.

Complacidos por este gesto de fidelidad, el Señor y su Madre le mandaron un sueño durante el cual dos ángeles le ciñeron con un cordón celestial, diciendo: “Venimos de parte de Dios a conferirte el don de la virginidad perpetua, que a partir de ahora será irrevocable».

Nunca más Santo Tomás sufrió tentación de concupiscencia o de orgullo. El título de Doctor Angélico no le fue dado únicamente por haber transmitido la más alta doctrina, sino también por haberse asemejado en todo a los espíritus purísimos que contemplan la cara de Dios.

El alumno supera al maestro

Ahora con el permiso de los suyos, Santo Tomás partió para consolidar su formación intelectual en París y Colonia. Se hablaba mucho de la predicación que hacía en esta última ciudad el obispo San Alberto Magno, el más prestigioso maestro de la Orden de los Predicadores.

Santo Tomás rezó, pidiendo conocerlo y recibir de él las maravillas de la fe, y para alegría suya, fue atendido. Lo que san Alberto Magno no podía imaginar es que aquel humilde fraile, de pocas palabras y de presencia discreta, tuviese una envergadura espiritual tan grande.

Cierto día, cayó en las manos del maestro un texto escrito por su alumno. Admirado por la profundidad del contenido, pidió a Santo Tomás que expusiera ante la clase aquel tema.

El resultado fue una explicación sorprendente en todo, en la cual los demás alumnos comprobaron qué temerario era el juicio peyorativo que hacían de su compañero: él logró explicitar con más riqueza, expresividad y claridad que el propio san Alberto.

De ahí en adelante, la vida del Doctor Angélico fue una secuencia de sublimes prestados a la sagrada teología y a la filosofía.

A los 22 años de edad interpretó con genialidad la obra de Aristóteles; a los 25; junto a San Buenaventura, obtuvo el doctorado en la Universidad de París. Estos dos arquetipos doctrinarios se tenían una recíproca admiración, hasta el punto de disputar afectuosamente, sobre el día que recibirían el título máximo, quién sería nombrado primero, cada cual deseando al otro la primacía.

Obra portentosa

Tan vasta es la obra tomista que la simple enumeración de sus escritos ocupa varias páginas. Forman un total de casi sesenta grandes obras – entre comentarios, sumas, cuestiones y opúsculos – de las cuales no está excluida ninguna de las grandes preocupaciones del espíritu humano.

Su prodigiosa memoria le permitía retener todas las lecturas que hiciera, entre ellas, la Biblia, las obras de los filósofos antiguos y los Padres de la Iglesia. Cada una de las ochenta mil citaciones contenidas en sus escritos brotaron espontáneamente de su prodigiosa retentiva.

Jamás precisó leer dos veces el mismo texto. Al serle preguntado cuál era el mayor favor sobrenatural que recibiera, después de la gracia santificante, respondió: «Creo que el de haber entendido todo cuanto leí».

En sus obras vemos una increíble agudeza de espíritu, un raro don de formular y una superior capacidad de expresión. Acostumbraba resolver cuatro o cinco problemas al mismo tiempo, dictando a diversos escribanos respuestas definitivas a las cuestiones más oscuras.

No sucumbió al peso de sus conocimientos, sino que, al contrario, los armonizó en un conjunto incomparable que tiene en la Suma Teológica la más brillante manifestación.

Sabiduría y oración

Hablar de las cualidades naturales del Doctor Angélico sin considerar la supremacía de la gracia que resplandecía en su alma sería una deturpación. Fray Reginaldo, su fiel secretario, dice haberlo visto pasar más tiempo a los pies del crucifijo que en medio de los libros.

A fin de obtener luces para solucionar intrincados problemas, el santo doctor hacía frecuentes ayunos y penitencias, y no era poco frecuente que el Señor le atendiera con revelaciones celestiales.

En cierta ocasión, mientras rezaba fervorosamente pidiendo luces para explicar un pasaje de Isaías, se le aparecieron San Pedro y San Pablo y le esclarecieron todas las dudas.

Recurría también a Jesús Sacramentado. A veces, colocaba la cabeza en el sagrario y rezaba prolongadamente. Aseguró después haber aprendido más de esta forma que en todos los estudios que hiciera. Por su entrañado a amor a la Eucaristía compuso el Pange Lingua y el Lauda Sion para la fiesta del Corpus Christi: obras primas jamás superadas.

Un día, estando inmerso en la adoración a Jesús Crucificado, el Señor se dirigió a él con estas palabras:

Escribiste bien sobre Mí, Tomás. ¿Qué recompensa quieres?

Nada más que a Vos, Señor – respondió él.

Una recompensa demasiadamente grande

ADORO TE DEVOTE - Gregoriano | Autor: SantoTomás de Aquino

En 1274 Santo Tomás partió hacia Lyon con el fin de participar del Concilio Ecuménico convocado por el Papa Gregorio X, pero en el camino enfermó gravemente.

Como no había ninguna fundación dominica cercana, fue llevado a la abadía cisterciense de Fossanova, donde falleció el 7 de Marzo, antes de cumplir los 50 años de edad. Sus reliquias fueron transportadas a Toulouse el 28 de Enero de 1369, día en el que la Iglesia Universal celebra su memoria.

Al recibir por última vez la sagrada eucaristía, dijo él:

«Yo recibo el precio del rescate de mi alma, Viático de mi peregrinación, por cuyo amor estudié, vigilé, trabajé, prediqué y enseñé. He escrito tanto y tan frecuentemente, he discutido sobre los misterios de vuestra Ley, oh mi Dios; sabéis que nada deseé enseñar que no hubiese aprendido de Vos.

Si lo que escribí es verdad, aceptadlo como un homenaje a vuestra infinita majestad; si es falso, perdonad mi ignorancia; consagro todo lo que hice y lo someto al infalible juicio de vuestra Santa Iglesia Romana, en la obediencia a la cual estoy preparado para partir de esta vida.»

¡Bello testamento de elevada santidad! La Iglesia no tardó en glorificarlo, elevándolo a la gloria de los altares en 1323. En la ceremonia de canonización, el Papa Juan XXII afirmó: “Tomás solo iluminó a la Iglesia más que todos los otros doctores.

Tantos son los milagros que hizo como las cuestiones que resolvió”. En el Concilio de Trento, las tres obras de referencia puestas sobre la mesa de la asamblea fueron la Biblia, los Hechos Pontificales y la Suma Teológica. Es difícil explicar lo que la Iglesia debe a este hijo sin par.

En Santo Tomás la Iglesia contempla la realización plena de la oración hecha por el Divino Maestro en los últimos momentos que pasó en esta tierra: “Haz que ellos sean completamente tuyos por medio de la verdad; tu palabra es la verdad. Yo los he enviado al mundo como tú me enviaste a mí. Por ellos yo me ofrezco enteramente a ti, para que también ellos se ofrezcan a ti por medio de la verdad”. (Jn 17, 17-19).

(Revista Heraldos del Evangelio, Enero/2008, n. 73, pag. 32 a 35)

Comentarios

Misiones

Por ocasión de la Navidad, en la Vicealcaldía de la ciudad de Cuenca se celebró una Misa Solemne
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

diciembre 17, 2021

El Padre Marlon Jiménez, de los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen, celebró una Misa solemne, por ocasión de la Navidad, en la Vicealcaldía de la ciudad de Cuenca con la presencia del señor Alcalde, Ing. Pedro Palacios, y del Vicealcalde, Arq. Pablo Burbano y demás miembros de la alcaldía; los hermanos de la comunidad colaboraron con la animación litúrgica y en el ceremonial de la Eucaristía.

Espiritualidad

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos la importancia de la palabra.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

febrero 27, 2022

En el conjunto de la Creación, el hombre se asemeja a un misterioso «joyero» en el cual Dios ha depositado los más diversos y preciosos dones. Uno de ellos, especial entre todos, es el de la palabra.

Pocas veces en nuestro quehacer cotidiano consideramos su importancia y continuamente la utilizamos de modo irreflexivo. No obstante, se puede transformar en un poderoso instrumento de edificación, si es bien utilizada, o en una peligrosa arma de destrucción…

En efecto, son incontables las almas que se han convertido a las vías de la santidad movidas por santas predicaciones o por la lectura de la Palabra de Dios; y quizá más numerosas aún sean las que han perseverado en la virtud debido a un sabido consejo de un hermano en la fe. Por otra parte, el mal uso de esa capacidad arrastró y todavía arrastra a multitudes hacia la perdición y puede llegar a producir efectos devastadores en sus víctimas, principalmente por medio de un conocido vicio: la maledicencia.

¿Quién eres tú para juzgar a tu hermano?

Murmuración

Consistiendo esencialmente en el empleo de la facultad de expresión para evidenciar y propagar algo malo, existente o no, de otro, la maledicencia fácilmente encuentra terreno fértil en el alma humana.

Como nadie está exento de defectos y lagunas, es natural que la convivencia, incluso entre los que se quieren mucho, tienda al desgaste: poco a poco, y con frecuencia de manera no culpable, el brillo de las cualidades ajenas empieza a disminuir a los ojos de sus prójimos y pasa a constatar las debilidades. En ese momento es cuando se presenta el peligro. Si no se toma cuidado, enseguida son olvidados por completo los lados buenos de los demás y considerados, injustamente, sólo sus lados defectibles… Como «de lo que rebosa el corazón habla la boca», en esa etapa el tentador convence sin dificultad para que se hagan públicos esos defectos que se han encontrado o se han imaginado encontrar.

Sea como fuere, nadie tiene el derecho de hacer conocidas las miserias del prójimo. Si Dios, único Juez verdadero y principal ofendido por las faltas de los hombres, no lo hace, ¿quién podrá hacerlo? A los que se creen aptos para ello, bien se les aplica la exclamación de la Escritura: ¿quién eres tú para juzgar a tu hermano? (cf. Sant 4, 12).

Además, quien publica las faltas de los otros hace mal a los que las escuchan, tanto por el escándalo que pueden causar como por la posible inducción al propio vicio de la maledicencia. ¡Ay de los que provocan el escándalo! ¡Más les valdría que les ataran al cuello una piedra de molino y los arrojaran al mar (cf. Lc 17, 1-2)!

Hay que considerar también esta enseñanza del divino Maestro: «No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6, 37-38).

Remedio para las almas débiles

Hay una categoría de personas que se deja contaminar por la maledicencia por debilidad. Abatida por el peso de las miserias ajenas, procura «desahogar» sus penas y resentimientos con comentarios inoportunos. A esas almas, la moral católica les ofrece un remedio superior y eficaz: la admiración.

En un ambiente impregnado de admiración, la «cizaña» de la maledicencia no encuentra espacio para desarrollarse. Hace al hombre semejante a un colibrí que, acercándose a las flores, va derecho al néctar e ignora los abrojos: el admirativo se ocupa con tanto agrado de las cualidades de los demás que no le sobra atención para considerar los defectos.

Pero para lograr tal nobleza de alma no basta el simple esfuerzo humano… Es necesario juntar las manos y rogarle a Dios, por intercesión de la Virgen, el auxilio superabundante de la gracia. Así confortado por lo sobrenatural, el hombre se vuelve capaz no sólo de exaltar los lados buenos de sus compañeros, sino de disponerse a sanar sus debilidades y ser para ellos un auxilio en la lucha por la virtud.

Finalmente, la admiración es también la solución para los pecados de maledicencia ya cometidos. Como la doctrina católica exige que se restituya el honor del prójimo, denigrado ante los demás, ningún medio podría ser más eficaz que pasar a elogiar sus cualidades.

Castigo a los obstinados

Sin embargo, en las vías del mal uso de la lengua también hay almas empedernidas, hijas del odio, que se convierte en calumniadoras de aquellos que practican el bien y que, por lo tanto, constituyen una denuncia a la torpeza de sus vidas.

Para los perversos de toda la Historia, atribuirles públicamente y de mala fe delitos infundados a las almas justas ha sido uno de los medios más eficaces de persecución, pues los falsos testimonios encuentran siempre morada en la superficialidad y molicie de los corazones… Pocos son los íntegros y valientes que se preocupan en analizar con profundidad los hechos, para sacar de ellos una conclusión verdadera; la mayoría, por el contrario, oye con complacencia, negligencia y respeto humano las criminales acusaciones y no se opone a quien las hace, volviéndose, según Santo Tomás de Aquino,1 partícipe del mismo pecado.

Es lo que hicieron con el Redentor durante su vida pública hasta que, finalmente, lo condenaron al suplicio de la cruz en virtud de crímenes que jamás había cometido. El pueblo judío, beneficiado por Él con toda clase de milagros, curaciones y gracias celestiales, en lugar de defender la evidente inocencia del Cordero divino prefirió ceder negligentemente al odio de los ancianos y maestros de la ley.

A las insaciables almas viperinas, no obstante, la Providencia —que está celosa por sus elegidos— reserva el castigo profetizado en el Libro de los Salmos: «Lengua embustera, […] Dios te destruirá para siempre, te abatirá y te barrerá de tu tienda; arrancará tus raíces del suelo vital» (51, 6-7). Los calumniadores no tienen duración en la tierra: tarde o temprano el infortunio los sorprenderá (cf. Sal 139, 12).

¡Seamos hijos fieles de la Santa Iglesia!

En su epístola, el apóstol Santiago resume muy bien la primordial importancia del don de la palabra: «Si alguien no falta en el hablar, ese es un hombre perfecto, capaz de controlar también todo su cuerpo. A los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan, y así dirigimos a todo el animal. Fijaos también que los barcos, siendo tan grandes e impulsados por vientos tan recios, se dirigen con un timón pequeñísimo por donde el piloto quiere navegar. Lo mismo pasa con la lengua: es un órgano pequeño, pero alardea de grandezas» (3, 2-5).

Sepamos, pues, utilizar con santidad esa arma que ha sido puesta en nuestras manos. Refrenemos nuestra lengua y coloquémosla bajo el dulce yugo de la admiración. Así, la benevolencia divina nos acompañará.

Sobre todo, como fieles hijos de la Santa Iglesia en estos tiempos de tribulación, estemos vigilantes a las voces infernales que contra ella se levantan y presentémonos con prontitud y ufanía en su defensa, convencidos de que ella es siempre inmaculada e indefectible, digna de toda alabanza. ◊

Autor: Hna. Cecilia Grasielle Leverman, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

.

Notas

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II–II, q. 73, a. 4.

Historia y Creación

El órgano tiene la virtud de expresar, aquí en la tierra, las melodías del Paraíso.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

septiembre 12, 2021

La voz humana tiene extraordinaria capacidad de expresar las disposiciones interiores de quien la posee. Así, el grito atronador de un general transmite la fuerza y la valentía que deben caracterizar a un buen comandante e inculca ánimo en los soldados que lo siguen; mientras que en la manera de hablar de una madre transparece los torrentes de afecto que emanan de su corazón, tanto si es para corregir a su hijo como para acariciarlo.

Ahora, ¿qué decir de alguien que tuviera más de cien registros para expresar los diferentes imponderables que pueblan su espíritu, con matices propios a representar cada estado de alma?

Pues bien, el Espíritu Santo, deseoso de aproximar a los hombres a las realidades celestiales, inspiró al ingenio humano la creación de un instrumento musical capaz de hacer resonar la rica y matizada voz de la Santa Iglesia. Conteniendo en sí distintos timbres que permiten un sinfín de armonías y combinaciones de sonidos, el órgano tiene la virtud de expresar, aquí en la tierra, las melodías del Paraíso.

¿Cómo nació ese instrumento? ¿Cuándo fue incorporado a las celebraciones litúrgicas?

Cómo se empezó a utilizar el órgano en la liturgia.

En los primeros tiempos de la Iglesia el uso de instrumentos musicales en la liturgia era visto con reserva, debido a su utilización en los eventos profanos o idolátricos, y lo mismo pasaba con el órgano.

No obstante, en el siglo VII el Papa Vitaliano autorizó el uso de este instrumento en las ceremonias religiosas y en el año 757 el envío de un primitivo órgano al rey Pepino el Breve, de parte del emperador Constantino V, marcó un giro en los acontecimientos. El regalo del monarca bizantino permaneció en la capilla dedicada a San Cornelio, que el rey de los francos, padre de Carlomagno, poseía en Compiègne y cuyo hito los cronistas carolingios lo dejaron bien registrado.

En el siglo siguiente la presencia de órganos ya era común en los templos católicos y en los monasterios.1 Y con el paso del tiempo este instrumento se convirtió en el acompañamiento natural de los cantos litúrgicos. Todas las catedrales y las iglesias de cierto porte empezaron a tener al menos uno.

Hoy día, por la falta de tiempo o de recursos para instalar tan complejo instrumento, se recurre a un teclado electrónico que recree, lo más fielmente posible, el timbre y el ambiente del órgano tradicional.

La «suma de las edades» aplicada a un instrumento.

En el desarrollo humano ocurre un fenómeno curioso, denominado por el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira como la «suma de las edades».2 Cada fase de la vida del hombre tiene características propias y, cuando alguien se desarrolla en armonía con la inocencia, no pierde los aspectos buenos de la edad anterior, sino que los suma a la próxima etapa. Así, con el paso de los años el individuo construye un andamiaje de conocimientos y virtudes que marcan definitivamente su personalidad y la hacen capaz de transmitir a sus semejantes el fruto de esa madurez espiritual. 

Esa expresión del Dr. Plino puede ser aplicada, mutatis mutandis, a uno de los órganos más grandes y famosos de la cristiandad, considerado «el más importante de Francia y, sin duda, el más célebre del mundo»3: el de la catedral de Notre Dame de París.

En el transcurso de los siglos ha ido siendo perfeccionado y ampliado sin perder lo que anteriormente había recibido de bueno, hasta alcanzar una elevada cima en el cumplimiento de su misión: embellecer las ceremonias litúrgicas y ayudar a transmitir las realidades sobrenaturales en el interior de la catedral.

Siglos de crecientes mejoras.

La vida del gran órgano comenzó en el siglo XV. Habiendo recibido del duque de Berry una generosa donación, los canónigos se lo encargaron al fabricante Frédéric Schambantz, en sustitución del anterior, construido en el siglo XIII, que era demasiado pequeño para cubrir las necesidades de la majestuosa catedral.

El 25 de octubre de 1403 finalizó su instalación en lo alto de una tribuna de piedra, encima de la gran puerta oeste. Comprendía aproximadamente seiscientos tubos, así como un teclado con cuarenta y seis notas y un pedalero.

Las atribuciones del nuevo organista, Henri de Saxe, eran precisas: debía garantizar la conservación del instrumento y tocar en veintitrés fiestas durante el año, además de participar en algunos eventos excepcionales, como la coronación del rey Enrique VI, realizada en Notre Dame en 1431.

En 1415 empezaron las primeras reparaciones, que consistieron en la limpieza, revisión y ajuste del instrumento. Frecuentemente, tal mantenimiento era combinado con pequeñas modificaciones por parte de los organeros convocados para dicho fin. Así procedieron Jean Robelin y Nicolás Dabenet en 1463 y 1564, respectivamente.

A principios del siglo XVII, el surgimiento del órgano flamenco, que poseía dos teclados y registros separados, convirtió a su congénere medieval en un instrumento arcaico. Por eso, Valéran de Héman añadió al de Notre Dame un nuevo positivo que duplicaba sus capacidades. Así renovado, fue entregado en 1610, en presencia del nuevo organista titular, Charles Thibault.

En posteriores reformas, hechas sobre todo por el propio Héman y por Alexandre Thierry, fabricante de órganos del rey, el gran órgano de Notre Dame fue ampliado a tres y cuatro teclados, de los cuales el primero, que se remontaba aún al período medieval, fue enriquecido con nuevos registros.

Los vientos de la Ilustración soplan sobre París.

En el siglo XVIII, estando París bajo el aliento de una nueva filosofía, la arquitectura de la catedral sufrió significativos cambios cuyo objetivo era adecuarlos a los vientos de la época.

«Francia había entrado en el siglo de las luces; el coro de la catedral se rehízo en estilo barroco, los arcos de la nave son ocultados por grandes cuadros —los “Mays”—, ofrecidos cada año por la corporación de orfebres, y el capítulo se apresuraba a romper todos los vitrales de la parte superior de la nave para reemplazarlos por vidrieras con rombos blancos: las últimas reminiscencias del estilo medieval debían desaparecer».4

En este contexto, el nuevo organista titular, Antoine Calvière, consiguió que se reconstruyera completamente el instrumento, cuyo trabajo se confió al célebre François Thierry. En lo alto se puso, escondiendo una parte del rosetón, un gran aparador a la moda del tiempo, en estilo Luis XV, y la tribuna fue cerrada por una balaustrada de hierro forjado con adornos en oro. En 1733 el órgano de François Thierry tenía cinco teclados de cincuenta notas y cuarenta y siete registros, siendo considerado durante mucho tiempo el órgano clásico francés más completo.

Al cabo de cincuenta años, el organero François-Henri Clicquot fue llamado a trabajar en el instrumento, que se encontraba bastante deteriorado. Clicquot decidió hacer una expansión general: alargó el aparador, amplió el número de registros y añadió un positif de dos.5

El resultado de esta profunda remodelación fue entregado el 5 de mayo de 1788.

Amenazado, pero no destruido, por la Revolución.

Organo

Durante la Revolución francesa el gran órgano corría el riesgo de ser destruido o vendido, pero la Providencia divina, agradada con sus celestiales armonías, decidió salvar este tan importante elemento del patrimonio histórico simbólico de la Hija Primogénita de la Iglesia.

La catedral de Notre Dame fue profanada y transformada en «templo de la razón», pero el grandioso instrumento permaneció de pie.

Tan sólo algunos ornamentos que recordaban a la monarquía y las flores de lis presentes en la base de las columnas del aparador fueron arrancadas a golpes de hacha.

En el año de 1794, el ciudadano Godinot convocó a algunos organistas para que tocaran el instrumento a fin de evitar su deterioro y uno de ellos, el ciudadano Desprez, afirmó: «La mezcla de registros produce diferentes efectos, cada uno más hermoso que el otro, y forma una orquesta que bien puede servir para acompañar nuestros cantos cívicos, prendiendo los sentimientos de los verdaderos republicanos y también la cólera que le reservamos a los tiranos».6 Por increíble que parezca, ese discurso salvó momentáneamente al instrumento de los ataques revolucionarios…

En marzo de 1795 una nueva amenaza flotaba sobre él. La Convención Nacional exigía la venta de los órganos existentes en las iglesias que pertenecía a la República y en agosto del mismo año el gran órgano de Notre Dame era analizado con ese fin por la comisión temporaria de artes. Sin embargo, ésta lo incluyó en la categoría de los que deberían ser conservados por su enorme importancia.

En la sencillez de esos episodios, se ve claramente la mano de la Providencia protegiendo uno de sus amados tesoros terrenos.

La reforma de Viollet-le-Duc y Cavaillé-Coll.

Habiendo resistido a la tempestad de la Revolución francesa, el gran órgano continúa su historia, singlando ahora el período del Romanticismo.

En 1847, cuando Eugène Viollet-le-Duc7 comenzaba las obras de restauración de la catedral, Eugène Sergent era nombrado organista titular. En esa ocasión, no obstante, el polvo en los tubos, el desgaste del mecanismo, la alimentación defectuosa, la lluvia y el viento que entraban por las ventanas habían inutilizado el valioso instrumento.

A petición de Viollet-le-Duc, Aristide Cavaillé-Coll hizo en 1860 un análisis general del estado en que se encontraba. Y como los gastos en los trabajos de arquitectura absorbían casi todo el montante disponible, Viollet-le-Duc le pidió que lo restaurara usando al máximo el material existente. Se trataba de contar con un instrumento digno de una catedral, pero sin lujos innecesarios.

Rechazado por Viollet-le-Duc su proyecto original, en el que el gabinete del positif de dos se mantenía, Cavaillé-Coll optó por diseñar un «órgano revolucionario»8 que rehacía completamente, según su propia concepción, la disposición interna del instrumento.

El gran órgano de Notre Dame pasó a contar con ochenta y seis registros, repartidos en cinco teclados de cincuenta y seis notas y un pedalero de treinta notas. La conclusión de la obra se dio en diciembre de 1867, permitiendo que el órgano fuera tocado la noche de Navidad, pero su inauguración sólo ocurrió el 6 de marzo de 1868.

En la ocasión Mons. Georges Darboy, arzobispo de París, bendijo el nuevo instrumento, mientras un miembro del coro lo aspergía con agua bendita desde lo alto de la tribuna. Varios organistas famosos estaban presentes.

Configuración del órgano contemporáneo.

Una restauración concluida en 1992 incorporó elementos electrónicos al gran órgano. Fue bendecido por el cardenal Jean-Marie Lustigier, arzobispo de París, e inaugurado en diciembre. Se organizó una serie de conciertos, que congregarían a 50 000 personas en el período de una semana.

Las añadiduras que modernizaron la «voz» de Notre Dame no le hicieron perder su nobleza y originalidad. Las bendiciones que marcaron siglos de ceremonias cargadas por la tradición lo impregnaron de tal manera que sus tubos, ahora mecanizados e informatizados, continuaban haciendo resonar su sonido casi angélico en el interior de la histórica catedral.

Por fin, para celebrar el Jubileo de Notre Dame de París, en su 850 aniversario, en 2012 pasó por una renovación de su sistema de transmisión y una limpieza general de sus 7952 tubos, número más de diez veces superior a aquel con el cual había sido fabricado.

Signo de predilección por la hija primogénita de la Iglesia.

El gran órgano de Notre Dame es pieza esencial en la vida litúrgica de la célebre catedral. Testigo de siglos de Historia, elemento destacado del patrimonio religioso-cultural del pueblo francés, fue salvado por la Providencia de las catástrofes que la propia catedral tuvo que sufrir. Y ni siquiera las llamas del incendio que recientemente la azotó alcanzaron su estructura.

¿Tal preservación no será un signo de predilección de Dios por Francia, hija primogénita de la Iglesia, a la cual, por así decirlo, él sirve de grandiosa y matizada voz?

El tiempo lo dirá. Pero una cosa es segura: aunque en ciertos momentos la Iglesia parezca que es alcanzada por las peores catástrofes, nunca podrá ser muerta, vencida y ni siquiera silenciada. En la hora en que menos se espera, su voz resurge gloriosa gritando la Verdad por los cuatro rincones de la tierra.

Hno. Jiordano Gabriel Carraro

Notas


1 Cf. RIGHETTI, Mario. Manuale di Storia Liturgica. 3.ª ed. Milano: Àncora, 2005, v. I, p. 695.

2 Cf. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El don de la sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira. Cittá del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2017, v. V, pp. 18-19.

3 LEFEBVRE, Philippe. Les orgues. In: VINGT-TROIS, André (Dir.). La grâce d’une cathédrale. Notre-Dame de Paris. Strasbourg-Paris: La Nuée Bleue; Place des Victoires, 2012, p. 449. Las informaciones históricas sobre el gran órgano contenidas en el presente artículo fueron sacadas de esta obra.

4 LEFEBVRE, op. cit., p. 451.

5 Literalmente: «positivo de espalda». Un órgano de reducidas dimensiones, réplica de los principales registros del órgano mayor, que en el período del barroco constituía un instrumento independiente de éste, situado a la espalda del organista.

6 Ídem, p. 452.

7 Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879), arquitecto, restaurador e historiador francés del siglo XIX, dedicado especialmente a la arquitectura medieval. Reformó numerosos edificios de Francia, pero sobre todo fue célebre por su trabajo en la catedral de Notre Dame de París, donde, junto con Jean-Baptiste-Antoine Lassus, procuró recuperar con la máxima fidelidad el estilo original del templo.

8 LEFEBVRE, op. cit., p. 453.

Santos

A primera vista, y sobre todo para el que no está habituado a contemplar los ilimitados horizontes de la fe, la vida de San Francisco Javier parece, en cierto sentido, frustrada.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

diciembre 6, 2021

El cuerpo de San Francisco extenuado se consumía en los ardores de la fiebre, pero su mirada profunda y viva revelaba un espíritu de fuego.

Soplaba con persistencia el frío viento del norte y las olas del océano rompían cada vez más violentas en esa playa que parecía desierta. El cielo cubierto de nubes grises se oscurecía rápidamente, presagiando una larga y tormentosa noche.

No muy lejos de la orilla se levantaba una mísera cabaña, hecha con algunas planchas de madera carcomida, cuya cubierta de paja seca era agitada por el aire gélido. El alma del santo reflejaba la eternidad… Moría el Apóstol de Oriente, Francisco Javier.

Inicio de San Francisco Javier.

El 6 de mayo de 1542, luego de un azaroso viaje de trece meses, hacía puerto en la remota y legendaria India el hijo predilecto de san Ignacio de Loyola. Las puertas de Asia se abrían frente a ese sacerdote de tan sólo 35 años de edad.

Su primer campo de operaciones fue la ciudad de Goa, principal colonia portuguesa en Oriente, donde los europeos, olvidados de su misión civilizadora, se dedicaban a un lucrativo comercio y se dejaban arrastrar por la sensualidad y los vicios del mundo pagano.

En pocas semanas la ciudad pudo sentir los benéficos efectos de la acción de presencia, los sermones y el activo celo del nuevo misionero: “Tantos eran los que venían a confesarse que, si me dividieran en diez partes, cada una debería atender confesiones”, escribió en septiembre de 1542 a los jesuitas de Roma.

"En un mes bauticé a más de diez mil personas".

Después de pasar algunos meses en esa ciudad, marchó San Francisco a tierras todavía más distantes. Recorrió toda la costa sur de la península india. A partir de entonces, su vida se convirtió en un ininterrumpido peregrinaje por tierras, mares e islas lejanas, ensanchando sin cesar las fronteras del Reino de Jesús.

En carta de enero de 1544 dijo a sus hermanos de vocación: «Tanta es la multitud de los que se convierten a la fe de Cristo en esta tierra por donde camino, que muchas veces ocurre que se me cansan los brazos de tanto bautizar […]. Hay días en que bautizo a todo un poblado».

Un año después San Francisco relata nuevas maravillas realizadas por Dios en esos parajes: “Noticias de estas partes de la India: les hago saber que Dios nuestro Señor movió a muchos, en un reino en el cual estoy, para hacerse cristianos, de modo que en un mes bauticé a más de diez mil personas. […]

Después de bautizarlos, mando derrumbar las casas donde tenían sus ídolos y ordeno que rompan las imágenes de los ídolos en pequeñas partes. Acabado de hacer esto en un lugar, me dirijo a otro, y de este modo voy de lugar en lugar haciendo cristianos”.

San Francisco Javier en el Imperio del Sol Naciente.

Así, infladas las velas de su alma por el soplo del Espíritu Santo, con heroica generosidad San Francisco Javier hizo de su existencia un continuo “fiat mihi secundum verbum tuum”, arrojándose siempre de osadía en osadía a la conquista de más almas, para la mayor gloria de Dios.

Cierto día, estando en la ciudad de Malaca, le presentaron un hombre de ojos rasgados y mirada inteligente, que había recorrido centenares de leguas con el único propósito de encontrar al célebre y venerable occidental que perdonaba los pecados… Su nombre era Hashiro y su tierra natal, Japón.

Inmediatamente vislumbró Francisco la riqueza que significaría para la Iglesia si el pueblo representado en ese intrépido neófito fuera santificado por las aguas del Bautismo.

Escribió entonces a su fundador en enero de 1549: “No dejaría yo de ir al Japón por lo mucho que he sentido al interior de mi alma, aunque poseyera la certeza de que debería pasar los mayores peligros de mi vida, porque tengo gran esperanza en Dios nuestro Señor de que en esas tierras ha de crecer mucho nuestra santa fe. No podría describir cuánto consuelo interior siento en hacer este viaje al Japón”.

San Francisco Javier vuelve a India.

San Francisco, luchando contra adversidades de todo orden, pasó más de dos años en el remotísimo Imperio del Sol Naciente, fundando iglesias, anunciando la verdadera fe a príncipes y nobles, a pobres campesinos e inocentes niños. En carta de noviembre del mismo año, declaró a sus hermanos residentes en Roma: “Por la experiencia que tenemos de Japón, les hago saber que su pueblo es el mejor de los descubiertos hasta ahora”.

No obstante, con el objetivo de conseguir más misioneros para esa prometedora tierra, se fue de vuelta a India, dejando en Japón, que no lo vería más, una robusta y floreciente cristiandad.

¡Siempre más!

Luego de recorrer el Lejano Oriente en todas direcciones durante diez años, y habiendo levantado la Cruz en el archipiélago nipón, el corazón de Francisco, insaciable de gloria para Dios, se lanzó a la conquista de nuevos pueblos para su Rey y Señor: en adelante, su gran meta sería China. Por la importancia del imperio chino, por su incalculable población y, sobre todo, por su prestigio y riqueza cultural, comprendió que, si hacía correr las aguas bautismales en él, toda el Asia se postraría a los pies del Divino Redentor.

En enero de 1552 le escribió a su padre, Ignacio de Loyola: “Este año espero ir a China, por el gran servicio a nuestro Dios que allá podrá obtenerse”. Y refiriéndose a esa nación, aquel mismo año comunicó a sus hermanos de vocación los anhelos y esperanzas de su alma de misionero: “Vivimos con mucha esperanza en que, si Dios nos diera diez años más de vida, veremos grandes cosas en estas regiones. Por los méritos infinitos de la Muerte y Pasión de Dios nuestro Señor, espero que Él me dará la gracia de hacer este viaje a China”.

El último viaje de San Francisco Javier

Habiendo regresado de Japón, poco tiempo se detuvo San Francisco en India; sólo lo suficiente para atender las necesidades de la Compañía de Jesús en esas tierras y preparar el ansiado viaje a China.

Un dedicado amigo del infatigable misionero, llamado Diogo Pereira, aplicó toda su fortuna fletando un navío, cargándolo de espléndidos regalos para el emperador de China y adquiriendo magníficos paramentos de seda y de damasco, junto a toda clase de ricos ornamentos para celebrar la misa con gran pompa, y así dar a los chinos una noción de la grandeza de la verdadera religión que iba a serles anunciada.

Antes de viajar, el santo escribió al rey de Portugal, en abril de 1552: “Parto de aquí a cinco días a Malaca, que es el camino a China, para ir desde allá, en compañía de Diogo Pereira, a la corte del emperador de China. Llevamos ricos obsequios comprados por Diogo Pereira.

Y de parte de Su Alteza llevo uno que nunca fue enviado por ningún rey ni señor a ese emperador: la Ley verdadera de Jesucristo nuestro Redentor y Señor”. Así, el 17 de abril de 1552 se embarcó en la nave Santa Cruz para conquistar el imperio de sus sueños.

"Desamparado de todo humano favor"

Sin embargo, a los pocos días de navegación se desencadenó una terrible tempestad. La tripulación del navío, espantada con la violencia de los elementos y habiendo perdido toda esperanza de salvación, pedía a grandes voces el sacramento de la Penitencia.

San Francisco Javier, imperturbable, se recogió en profunda oración; e inmediatamente –como otrora las aguas del Lago de Genezaret se calmaron ante la voz del Divino Salvador– el viento dejó de soplar y las olas se hicieron suaves y tranquilas, por la fe y las plegarias de ese humilde conquistador de imperios.

Pero a partir de ese momento, los infiernos no cesaron de poner obstáculos y de contrariar el viaje. “Ten- por cierto y no duden que de modo alguno quiere el demonio que los de la Compañía de Jesús entren a China”, escribió en noviembre de 1552 a los padres Francisco Pérez y Gaspar Barzeo.

Llegando a la ciudad de Malaca, última escala antes de ingresar en aguas chinas, inesperadamente el capitán portugués de dicho puerto – que, por si fuera poco, debía su cargo a los buenos oficios y recomendaciones de Francisco– impidió la continuación del viaje, alegando ser el único al que cabía comandar una expedición a China…

Habiendo sido inútiles todas las súplicas y ruegos, Francisco Javier empleó un último recurso: presentó la bula papal que lo nombraba legado pontificio, la que hasta entonces nunca había utilizado, y exigió la plena libertad de viajar a China en nombre del Papa y del Rey de Portugal.

Además, anunció al obstinado capitán que caería en excomunión si acaso seguía impidiendo la partida del navío. Pero también eso fue inútil; la ambición y la codicia de aquel infeliz lo llevaron al extremo de insultar y maltratar al peregrino de la gloria de Dios.

Finalmente, luego de varias semanas de retraso, la nave Santa Cruz pudo surcar las aguas en dirección a China, pero bajo el comando de hombres nominados por el capitán portugués, el mismo que murió poco tiempo después, excomulgado y corroído por la lepra.

Con el corazón partido, San Francisco reveló al P. Gaspar Barzeo en julio de 1552: “No podríais creer cuán perseguido fui en Malaca. Voy hacia las islas de Cantón, en el imperio de China, desamparado de todo humano favor”.

A la espera del barco, mirando sin cesar hacia la meta.

La inhóspita isla de Shangchuan (que los ibéricos llamaban Sancião o Sancián), a 180 kilómetros de la ciudad de Cantón, recibía la visita habitual de las naves europeas, en busca del comercio con los chinos. Ahí desembarcó el santo misionero en octubre de 1552.

Los portugueses se afanaron buscando entre los numerosos mercaderes chinos, a alguno que se dispusiera a llevar a San Francisco hasta Cantón. Pero todos se excusaban; estaba prohibido por las leyes imperiales, y los transgresores se exponían a perder todos sus haberes e incluso la propia vida. Pero finalmente uno de ellos, decidido a correr el riesgo, accedió a transportar a Francisco en una pequeña embarcación, a cambio del pago de 200 cruzados.

“Los peligros que corremos en esta empresa son dos, según la gente de la tierra: el primero es que el hombre que nos lleve, luego de recibir los doscientos cruzados, nos abandone en una isla desierta o nos arroje al mar; el segundo, que al llegar a Cantón el gobernador nos envíe al suplicio o al cautiverio”, escribió Javier al P. Francisco Pérez.

Tales peligros, sin embargo, no eran algo que temiera el infatigable apóstol, seguro como estaba de que “sin el permiso de Dios, los demonios y sus secuaces nada pueden contra nosotros”.

En la sola compañía de dos auxiliares, un indio y un chino, se quedó en la Isla de Shangchuan aguardando el regreso del comerciante, que se había comprometido a transportarlo. Celebraba diariamente ahí el santo sacrificio del altar, mirando sin cesar al continente por el que suspiraba con tanto ardor. Pero pasaron los días y las semanas, y Francisco esperó en vano el regreso del chino: infelizmente, nunca más volvió.

Últimas palabras de un santo.

Las fuerzas físicas del ardoroso misionero llegaron entonces a su fin. Una altísima fiebre lo obligó a buscar cobijo en su improvisada cabaña, en donde –desamparado por los hombres y padeciendo frío, hambre y toda clase de privaciones– habría de pasar los últimos días de su existencia terrenal.

A ese varón que no sabía de cansancio, a ese apóstol que con su palabra arrastraba a las multitudes, a ese taumaturgo que había superado grandes obstáculos realizando milagros prodigiosos, el Señor del Cielo y la Tierra había reservado la más heroica y gloriosa de las muertes: a ejemplo de su Maestro Divino, Francisco Javier moría en el colmo del abandono y de la aparente contradicción.

Algunos días antes de entregar su espíritu comenzó a delirar, revelando entonces la magnitud del holocausto pedido por la Providencia: continuamente hablaba de China, de su vehemente deseo de convertir ese imperio y de la gloria que se ganaría para Dios si se atrajera ese pueblo a la Santa Iglesia Católica…

Y en las primeras horas de la madrugada del 3 de diciembre de 1552, Francisco Javier expiró dulcemente en el Señor, sin una sola queja ni reclamo, divisando a lo lejos aquella China que no pudo conquistar y que tanto quiso depositar a los pies de su Rey, Nuestro Señor Jesucristo.

Sus últimas palabras fueron estas frases de un canto de gloria: In te Domine, speravi. Non confundar in æternum . “En ti espero, Señor. ¡No me abandones para siempre!”

La mayor gloria de Dios.

A primera vista, y sobre todo para el que no está habituado a contemplar los ilimitados horizontes de la fe, la vida de San Francisco Javier parece, en cierto sentido, frustrada.

¡Cuántas almas no se habrían salvado y cuánta gloria no habría recibido la Santa Iglesia si el inmenso y superpoblado imperio chino hubiera sido evangelizado por ese apóstol de fuego!

Sin embargo, cuando finalmente se hallaba ante las puertas de esa nación, después de haber pasado dificultades y combates de todo orden, se hizo oír el llamado de Dios: “Francisco, hijo mío, acaba tu lucha y ven a Mí”. ¡Oh misterio del Amor Infinito! De Francisco, Dios no quería China… sino a Francisco.

Y el intrépido conquistador respondió sin titubeos, al igual que Jesús en el Huerto de los Olivos: “Señor, hágase tu voluntad y no la mía. ¡Sí, Redentor mío, que se cumplan, antes que nada y por encima de todas las cosas, tus perfectísimos designios y así, sólo así, ¡se te dará la mayor gloria en esta tierra y por toda la eternidad!”.

(Revista Heraldos del Evangelio, Nov/2005, n. 47, pag. 20 a 23)

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
Si desea contactarse con nosotros, envíenos un mensaje.