Destacados, Historia y Creación

Creer en la Biblia: ¿cuestión de fe o de ciencia?

La correcta lectura de la Biblia constituye uno de los grandes retos del hombre moderno, dominado por la mentalidad positivista y materialista.
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Corría el año de 1947 cuando algunos beduinos vagaban por las regiones montañosas de Israel, a 12 kilómetros al sur de Jericó, buscando a un animal perdido. Desgastados por la inclemencia del sol, encontraron una cueva, un sitio muy atrayente para descansar. De esta manera tan fortuita, hallaron lo que algunos calificarían como el mayor descubrimiento arqueológico del siglo XX.

En medio de las guerras y las tensiones políticas que asolaban los territorios de Cisjordania, los ojos del mundo se dirigieron, por un momento, hacia el desierto de Judea, en la región de Qumran. A lo largo de nueve años, excavaciones y pesquisas en once grutas sacaron a la luz 930 manuscritos antiguos, datados entre los años 250 a. C. y 68 d. C.

Ante el nuevo panorama que se abría para la investigación arqueológica, con serias e inevitables repercusiones de índole histórica y religiosa, la opinión pública se dividió en, al menos, tres posiciones. Algunos pretendían desacreditar las verdades bíblicas mediante tales hallazgos, otros veían en ellos la oportunidad de comprobar empíricamente la originalidad de los textos sagrados y un tercer grupo se mostraba desinteresado, pues no les parecía que se pudiera aprovechar nada de la arqueología para el estudio exegético.

¿En cuál de estos conjuntos deberían encajar los católicos?

Dejemos un poco al lado la historia de los beduinos de Cisjordania para volver la mirada hacia nuestra fe, tan atacada, incomprendida y menospreciada por los hombres de nuestro tiempo.

Mar muerto

El mar Muerto visto desde las cuevas de Qumran

La Palabra de Dios puesta a prueba por la ciencia

La mentalidad contemporánea está indiscutiblemente impregnada de materialismo, creyéndose capaz de reducir toda la verdad a la verificación científica y pragmática de los objetos. Se trata de una concepción de la «libertad de pensamiento» defendida por la Ilustración y por el positivismo —y expresada en el ámbito religioso por la herejía modernista—, en función de la cual «el dogma o la doctrina de la Iglesia aparecen como uno de los reales obstáculos a la correcta comprensión de la Biblia».1

Pero esta crisis no es tan reciente como parece a primera vista. Veamos en algunas pinceladas el largo proceso por el cual se extinguieron las bellas luces de la exégesis precedente.

Los cambios que afectaron a la sociedad desde el siglo XV influyeron profunda y radicalmente en el interior del hombre, alcanzando un lugar recóndito casi inaccesible: la amorosa relación entre el alma y su Creador.

Tales transformaciones llevaron a hombres como Richard Simon a no considerar ya las Escrituras como Revelación divina de autoría del Espíritu Santo, creencia que le parecía propia a un pasado despreciable. Para él, la Biblia era un conglomerado de textos heterogéneos, escritos por distintos autores, que debía ser explicado en su sentido literal y crítico.2

La nueva perspectiva se vio reforzada por una innovación histórica en el pensamiento occidental: el espíritu científico. A principios del siglo XVIII, la razón y la crítica estrictamente científicas asumieron, por así decirlo, las riendas del estudio sobre la Sagrada Escritura, en busca de explicaciones sobre las «fuentes» y los «géneros literarios» de los libros bíblicos, a fin de deducir el proceso histórico de su composición.

Y no faltó gente que se aprovechara de ese método para atacar militantemente los Libros Sagrados, como Robert Challe, quien afirmaba que no había nada tan mal escrito como la Biblia, repleta de repeticiones inútiles y contradicciones.3

Esta tendencia se presentaba prometedora para los espíritus ávidos de revoluciones, porque abría las puertas a interpretaciones innovadoras sobre aquellos textos envueltos en el misterio, dejando a un lado la monótona hermenéutica tradicional y abrazando «el esfuerzo por establecer, en el campo de la Historia, un nivel de exactitud metodológica que provocaría conclusiones que tuvieran la misma certeza que en el de las ciencias naturales».4

Sin embargo, afortunadamente, el Papa León XIII condenó esos desvíos llamándolos artificio introducido «perversamente y con daño de la religión», por el cual «se juzga del origen, integridad y autenticidad de un libro solamente por las que llaman razones internas».5

La corriente «concordante»

En el siglo XIX despuntó otra corriente, que buscaba una concordancia científica y natural para todos los acontecimientos bíblicos. Se denominaba concordismo.

La presentación de Werner Keller6 para su libro Y la Biblia tenía razón expresa muy bien tal enfoque. Según afirma él, muchos datos descubiertos mediante la pesquisa arqueológica modificaron la manera de considerar la Biblia: de simples «historias piadosas», el Libro Sagrado alcanzó una nueva estatura, pasando a ser considerado un texto sobre acontecimientos reales.

Un ejemplo ilustrará mejor esta tendencia.

El relato bíblico narra con detalles la toma de Jericó por los hijos de Israel, por mandato de Yahvé (cf. Jos 2, 1-6, 25). Las ruinas de esta ciudad milenaria se encuentran en Tell es-Sultan y se convirtieron, desde comienzos del siglo pasado, en el escenario de arduas excavaciones, teorías y desmentidos…

Entre los años 1907 y 1909, el trabajo estaba a cargo de Ernst Sellin y Carl Warzinger, los cuales declararon que una gran muralla descubierta entre los escombros habría caído en el año 1200 a. C., época en que Josué tomó la ciudad. Investigaciones más precisas se pusieron en marcha, bajo la dirección de John Garstang, que halló vestigios de incendios y desmoronamientos. Sus deducciones se inclinaban a la destrucción de las murallas en el año 1400 a. C. Hubo otros estudios, dirigidos por el arqueólogo y sacerdote dominico Louis-Hugues Vincent; pero la británica Kathleen Kenyon tuvo el mérito de concluir: las murallas de Jericó habían sido reconstruidas diecisiete veces durante la Edad de Bronce, pues eran destruidas frecuentemente por terremotos o erosiones.

La interpretación concordante infirió entonces: «Quién sabe, esa poca resistencia de las murallas hizo eco a la leyenda transmitida por la Biblia, que cuenta cómo los hijos de Israel tuvieron que lanzar únicamente sus gritos de guerra y hacer sonar sus trompetas para conquistar Jericó».7

Luego, ¿dónde estaría la mano de Dios para salvar con poderío al pueblo elegido? ¿La Biblia sería la narración de hechos históricos y humanos, cubierta por un velo de religión, fruto de supersticiones y creencias anticuadas?

Por supuesto que no… El estudio científico de los hechos históricos narrados en la Sagrada Escritura debe circunscribir sus conclusiones a sus propias competencias.

La «mano de Dios» no se mide en pulgadas, el soplo del Espíritu Santo no genera energía eólica y la Biblia no es un libro de ciencias… Hemos de asumir con modestia que no toda verdad puede ser verificada en un laboratorio o yacimiento arqueológico, ni tampoco en la opinión unilateral de un científico.

Una teología separada de la exégesis

Con tantas y tan contradictorias teorías sobre la Biblia, algunos teólogos optaron por apartarse de la confusión «en busca de una teología que fuera lo más independiente posible de la exégesis».8 Procuraron tomar la Sagrada Escritura en su pureza literal, excluyendo cualquier esfuerzo de comprensión histórica.

Nuevamente, una desviación. Según un documento de la Pontificia Comisión Bíblica, dicha corriente, llamada fundamentalista, impone una lectura del texto sagrado «que rechaza todo cuestionamiento y toda investigación crítica»,9

negándose a aceptar que fuera expresado en un lenguaje humano, redactado por autores humanos, cuyas capacidades y recursos eran limitados. «Por esta razón, tiende a tratar el texto bíblico como si hubiera sido dictado palabra por palabra por el Espíritu y no reconoce que la Palabra de Dios fue formulada en un lenguaje y una fraseología condicionados por tal o cual época».10

La respuesta de la Iglesia ante la crisis

Si el fundamentalismo, el método histórico-crítico extremo y el concordismo constituyen planteamientos inapropiados de la Sagrada Escritura, ¿cuál es la recta posición ante la Palabra de Dios?

En primer lugar, debemos admitir que la Biblia no es un libro común, escrito para relatar la historia de un pueblo o de un hombre mitificado por las creencias de comunidades altamente religiosas. ¡De ninguna manera! Contiene un tesoro inigualable: la Palabra de Dios revelada y escrita.11

Es revelada porque Dios quiso manifestarse, dando a conocer el misterio de su voluntad a los hombres (cf. Ef 1, 9). Siendo así, nos compete venerar todo cuanto afirma la Biblia, como palabras del Espíritu Santo. Según el magisterio de la Iglesia, «los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra».12

Nuestra seguridad se basa en la virtud teologal de la fe, como una respuesta filial y obediente a Dios que se revela, con «plena obediencia de entendimiento y de voluntad»,13 abriendo la mente y el corazón a la acción del Espíritu Santo.14

La Revelación divina es una manifestación del amor de Dios; y el amor no se mide con experimentos científicos o métodos lógico-críticos. Esto equivaldría a querer calcular el cariño de una madre por su hijo o de un esposo por su esposa a través de utensilios de laboratorio.

Por otra parte, la Biblia es la Palabra de Dios escrita. El Espíritu Santo se valió de hombres como instrumentos materiales, los cuales, por inspiración divina, escribieron el mensaje de la salvación, cada uno con sus propias facultades y capacidades.15

En este sentido, el estudio científico juega un papel importante, junto con la hermenéutica exegética.

El método histórico-crítico y las pesquisas arqueológicas tienen la función de auxiliar al exégeta a comprender las coyunturas históricas, la mentalidad de la época, las costumbres en vigor y las expresiones idiomáticas que concurren a un entendimiento más profundo de la Sagrada Escritura.16

Tal estudio, no obstante, nunca podrá decidir sobre la veracidad de la Palabra de Dios o al respecto del valor de la Revelación, cuya interpretación pertenece, por mandato divino, a la Santa Iglesia Católica.17

¿Y las imprecisiones de la Biblia?

Se nos plantea aquí una cuestión: hay ciertas imprecisiones e incluso contradicciones en el texto sagrado.

Consideremos un ejemplo. Cuando el evangelista San Mateo describe el Sermón de las Bienaventuranzas, afirma: «Al ver Jesús el gentío, subió al monte…» (5, 1). Ahora bien, el mismo hecho es narrado de forma distinta por San Lucas: «Después de bajar con ellos, se paró en una llanura…» (6, 7).

Pergamino del mar muerto

Rollos del mar Muerto conservados en el Santuario del Libro, Jerusalén

Entonces, ¿dónde se realizó el sermón? ¿En un monte o en una llanura? ¿El divino Redentor subió o bajó antes de pronunciar aquellas palabras que impresionaron los siglos por la sabiduría y bondad con que se dirigió a los afligidos y los perseguidos?

Las explicaciones pueden multiplicarse, buscando una alegoría o un lapso en la dimensión humana de quien escribe el relato evangélico. Les corresponde a los exégetas estudiar el caso con métodos de rigor científico.

Sin embargo, con relación a la verdad revelada necesaria para nuestra salvación, no hay error ni discordancia entre los textos, pues, en el monte o en la llanura, la sustancia del mensaje divino no sufre distorsión. En este sentido, es oportuno recordar estas palabras de San Agustín: «El Espíritu de Dios, que hablaba por medio de ellos, no quiso enseñar a los hombres estas cosas que no reportaban utilidad alguna para la vida futura».18

Lo mismo sucede cuando en la Sagrada Escritura se intenta explicar un hecho físico o natural. En este caso, más que una precisa investigación del universo, los autores sagrados describen y tratan estos temas a modo de metáfora o como el lenguaje popular expresa lo que percibe por los sentidos —conforme observó Santo Tomás de Aquino19 al comentar el Libro del Génesis—, a fin de transmitir aquello que Dios quiso enseñar para nuestra salvación.20

Obediencia de la fe aliada a la ciencia

Pergamino del mar muerto

Rollos del mar Muerto conservados en el Museo Arqueológico de Jordania, Amán

Después de este breve repaso histórico y doctrinario, cabe considerar sucintamente el desenlace del hecho que dio origen al presente artículo: los descubrimientos en los alrededores del mar Muerto y su repercusión sobre los textos bíblicos del Nuevo Testamento.

La opinión de muchos estudiosos es que las investigaciones no afectaron a la comprensión de los textos y de la Revelación divina, ni aportaron hallazgos que exigieran la revisión de cualquier punto de la fe cristiana.21

No obstante, asombrosas aproximaciones de vocabulario, de costumbres y de convicciones escatológicas entre los escritos del Nuevo Testamento

y los manuscritos de Qumran arrojan luz sobre una relación entre los cristianos primitivos y la comunidad que habitaba aquellas regiones.22

En resumen, los estudios concurren a formar una idea inédita sobre parte de la sociedad en tiempo de Jesús, añadiendo preciosas informaciones a la historicidad de los textos sagrados. Pero no pudieron alterar lo concerniente al mensaje de la fe enseñado por la Iglesia.

El método científico se presenta, por tanto, como eficaz instrumento para el desarrollo exegético, siempre que esté en armonía con la fe, custodiada por la Santa Madre Iglesia. Por su parte, la exégesis depende en gran medida de la ciencia, en la comprensión de las circunstancias históricas y sociológicas, a fin de completar su investigación sobre los Libros Sagrados.

Como dos alas, fe y razón se unen bajo la dirección de la Iglesia para conducir a los hombres al conocimiento y a la posesión de la vida eterna. ◊

Autor: Max Streit Wolfring

 

Notas


1 RATZINGER, Joseph. La interpretación bíblica en conflicto. Sobre el problema de los fundamentos y la orientación de la exégesis hoy. In: LA POTTERIE, Ignace de et al. Exegese cristã hoje. Petrópolis: Vozes, 1996, p. 111.

2 Cf. GIBERT, SJ, Pierre. Petite histoire de l’exégèse biblique. De la lecture allégorique à l’exégèse critique. Paris: Du Cerf, 1997, pp. 213-215.

3 Cf. Ídem, pp. 223-224.

4 RATZINGER, op. cit., p. 118.

5 LEÓN XIII. Providentissimus Deus: DH 3286.

6 Cf. KELLER, Werner. E a Bíblia tinha razão. São Paulo: Círculo do Livro, 1978, pp. 18-19.

7 Ídem, pp. 179-180.

8 RATZINGER, op. cit., p. 113.

9 PONTIFÍCIA COMISIÓN BÍBLICA. L’interprétation de la Bible dans l’Église. In: FILIPPI, Alfio; LORA, Erminio (Ed.). Enchiridium Biblicum: Documenti della Chiesa sulla Sacra Scrittura. 3.ª ed. Bologna: EDB, 2004, p. 1258.

10 Ídem, ibídem.

11 Cf. CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 9: DH 4212.

12 Ídem, n.º 11: DH 4216.

13 CONCILIO VATICANO I. Dei Filius: DH 3008.

14 Cf. BENEDICTO XVI. Verbum Domini, n.º 25.

15 Cf. CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 12: DH 4218.

16 Cf. PÍO XII. Divino afflante Spiritu: DH 3831; CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 12; 23: DH 4217-4218; 4230.

17 Cf. CONCILIO VATICANO I. Dei Filius: DH 3007.

18 SAN AGUSTÍN. De Genesi ad litteram. L. II, c. 9, n.º 20. In: Obras. Madrid: BAC, 1957, v. XV, p. 645.

19 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 70, a. 1, ad 3.

20 Cf. LEÓN XIII. Providentissimus Deus: DH 3288.

21 Cf. VANDERKAM, James C. Los rollos del mar Muerto y el cristianismo. In: SHANKS, Hershel (Org.). Para compreender os manuscritos do Mar Morto. Rio de Janeiro: Imago, 1993, pp. 192-193.

22 Cf. Ídem, pp. 194-211.

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Espiritualidad

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noviembre 2, 2021

Dentro de pocos días, precisamente el 1º de noviembre, viviremos la solemnidad de Todos los Santos y al día siguiente la Conmemoración de los Fieles Difuntos. Ambos momentos han sufrido la penetración – en las naciones hispanas – de la costumbre anglosajona de celebrar, en la tarde noche del 31 de este mes, Halloween –“All hallow’s eve”, que significa: “Víspera de Todos los Santos”.

Víspera, como veremos, no muy “santa”.

Noche de brujas, fantasmas, terror, reflejando antigua costumbre pagana, que quita el sentido religioso de tan especiales circunstancias. Introducción detrás de él, escondida, la acción preternatural del demonio.

Historia

Esta pseudo celebración de los antiguos Celtas, que eran pobladores de Europa Central y Occidental por el siglo VI a.C., que practicaban rituales oscuros, adoraban la naturaleza, que le atribuían cualidades sobrenaturales y ejercían la práctica de sacrificios.

No todos los celtas, al recibir la religión cristiana, tuvieron una auténtica conversión, conservaron costumbres, manteniendo supersticiones. 

Entre ellas la adoración al “señor de la muerte” o “Samhain”, invocado para pedir prosperidad, salud, saber del futuro. Influencia que ha degenerado en una celebración que mantiene la fiesta de la muerte.

Los sacerdotes celtas, los “druidas”, de gran influencia, eran hechiceros, magos, videntes.

El festival al dios de la muerte se realizaba el 31 de octubre, con sacrificios de animales y, en ocasiones especiales, de humanos, para poder adivinar el futuro. Tenebroso, como podemos ver, es el origen de los Halloween.

Inmigrantes irlandeses fueron los que introdujeron la grotesca costumbre en los Estados Unidos, hoy en día festivo no religioso más grande.

Difundida en algunos países de Hispanoamérica, en México llega a realizarse un mega desfile de los muertos, con altares y comidas típicas, día de los fieles difuntos.

En nuestros días

No podía dejar de estar presente el consumismo, y no pocos colegios obligan a celebrarlo, involucrando a los niños a ir de casa en casa cantando rimas, disfrazados de diablos, muertos, monstruos y vampiros van de casa en casa gritando “Trick or treat” (broma o regalo). Hollywood ha contribuido mucho a su difusión, a través de películas, con violencia y asesinatos, y promoviendo el negocio de la venta de disfraces, máscaras, maquillajes, dulces y demás.

Anton LaVey, fundador de la primera iglesia satánica en los EUA, dijo que una de las fiestas más importantes para ellos es el 31 de octubre.

Noche por excelencia para lo oculto, para los brujos, lo califican como el “cumpleaños” de Satanás. Como vemos, es una fiesta que surge bañada de algo tenebroso, y como algo que no exalta a Dios.

Días antes se reportan en partes del mundo la desaparición de niños, también gatos que los matan en los rituales. Fiesta en la cual, podemos decir, se abren las puertas para la entrada del demonio.

Halloween vs. Holywins

En la Diócesis de Alcalá de Henares, de España —así como en numerosos lugares— se incentiva a los niños a vestirse de santos, recordando sus vidas a través de testimonios y canciones.

Es lo que llaman de “Holywins”, juego de palabras que significa “la santidad vence”. Dicha Diócesis dijo en un comunicado: “pretende ayudar a la fiesta cristiana de Todos los Santos, frente al eclipse cada vez mayor que está sufriendo por la potente implantación de la fiesta pagana del Halloween”.

Singular controversia que nos muestra el entrechoque, cada vez más intenso, entre el Bien y el mal.

Pero después del Halloween...

Volvamos ahora nuestras miradas hacia Todos los Santos y nuestros Fieles Difuntos.

El culto a todos los Santos abarca el culto a todas las almas que están en el Cielo, mismo las que no están canonizadas, rezando a ellas para pedir protección, lógicamente a las que tengan una relación más especial con nosotros.

Es la oportunidad de encomendarnos a ellas en este día.

Recordamos también a los Patriarcas, que fueron semilla; los Profetas que rasgaron inspirados el velo misterioso del porvenir;  las Almas Inocentes, que aumentan el coro de los ángeles; a los Apóstoles que echaron los cimientos de la Santa Iglesia; a los Mártires, que ganaron la palma derramando su sangre; los Monjes que combatieron en claustros silenciosos; a Doctores cuyas plumas legaron ricos tesoros del saber; los Soldados del Ejército de Cristo; a todos las santas y santos.

¡Qué cantidad maravillosa de intercesores a los cuales podremos pedir en la solemnidad de Todos los Santos!

Fieles Difuntos

Al día siguiente la Iglesia conmemora a los Fieles Difuntos, a las Santas Almas del Purgatorio, aquellos que, habiendo fallecido en estado de gracia, tienen que cumplir la pena temporal, esta purificación final que es completamente distinta del castigo de los condenados. 

Terrible sufrimiento, con la esperanza del Cielo. “Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo” (Catecismo de la Iglesia, 1030).

Padre Fernando Néstor Gioia Otero, EP

Destacados, Oraciones

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febrero 22, 2022

Oh mi Santo Ángel de la Guarda personal, ya que la Providencia te destinó a protegerme contra todo mal, peligro y acción preternatural; yo, …… deseo consagrarme a ti. Te entrego mi cuerpo con todos sus miembros, mi alma con todas sus potencias y con todos sus méritos pasados, presentes y futuros, como también todos los bienes materiales que me pertenecen. En este momento en que entrego en tus manos todo mi ser y sus haberes, te ruego que tomes entera cuenta y posesión de mí, y asumiéndome, me des el obsequio de participar de tus dones, virtudes, potencias y gracias. Así sea.

Autor: Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

Destacados, Espiritualidad

¿En qué consisten? ¿Cuáles son sus diferencias con los Sacramentos o con los meros actos de piedad?
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enero 3, 2022

Nuestro día a día está inundado por una multitud de actos, muchas veces sencillos, que santifican las más variadas circunstancias de la vida. Nos alcanzan, por la acción de la Iglesia, abundantes beneficios espirituales e incluso materiales. Para facilitar el bien de nuestras almas, la Iglesia nos deja los sacramentales.

¿Cuántas veces, querido lector, no habrá hecho usted la señal de la cruz, usado el agua bendita o recibido la bendición de algún ministro de Dios? Acciones aparentemente sencillas, tan habituales en el transcurso de la vida cotidiana de un católico, sin duda practicadas en muchas ocasiones movidos por la piedad o la convicción de que eran medios para una unión más íntima con el Señor.

Ahora bien, los gestos mencionados más arriba forman parte de una realidad mucho más profunda y maravillosa: los sacramentales.

¿En qué consisten? ¿Cuáles son sus diferencias con los Sacramentos o con los meros actos de piedad?

Santificación de las circunstancias más variadas de la vida cristiana

Los sacramentales son definidos por el Catecismo como “signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los Sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia”. “Comprenden siempre una oración, con frecuencia acompañada de un signo determinado, como la imposición de la mano, la señal de la cruz, la aspersión con agua bendita”.

Más adelante nos detendremos en explicar mejor algunos elementos de esta definición, como la semejanza con los Sacramentos y la fuerza impetratoria de la Iglesia para que consigan sus efectos.

Pero, de momento, prestemos atención al hecho de que “han sido instituidos por la Iglesia en orden a la santificación de ciertos ministerios eclesiales, de ciertos estados de vida, de circunstancias muy variadas de la vida cristiana, así como del uso de cosas útiles al hombre”.

En efecto, en el término sacramental, se incluye una voluminosa cantidad de acciones y cosas, ya que “hay una gama entera de situaciones que afectan a individuos, familias, sociedades y naciones que necesitan la oración de la Iglesia y la bendición de Dios.

Algunas de éstas no son directa e inmediatamente cubiertas por los Sacramentos. Una profesión religiosa, consagración de una virgen, un funeral, la bendición de un nuevo hogar, la dedicación de una iglesia parroquial, son algunos puntos importantes de viraje en la vida del fiel.

La Iglesia y los Sacramentales

La Iglesia los acompaña no sólo con la Eucaristía y los Sacramentos, sino también por la celebración de los sacramentales”.

Ofrecen, entonces, a los fieles bien dispuestos, la posibilidad de santificar casi todos los acontecimientos de la vida por medio de la gracia divina que fluye de los méritos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Hoy en día, explica Vagaggini, “se tiende a reservar la noción de sacramentales a ciertos ritos de la Iglesia que, por sí, no forman parte de la celebración del sacrificio y de la administración de los siete Sacramentos, sino que son de estructura similar a aquella de los Sacramentos y que la Iglesia acostumbra a usar para conseguir con su impetración efectos principalmente espirituales”.

Aunque, de hecho, los sacramentales pueden ser tantos como tantas sean las necesidades de los hombres de cualquier época. “En los fieles bien dispuestos”, enseña el Catecismo, hace que “casi todos los acontecimientos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, de quien reciben su poder todos los Sacramentos y sacramentales, y que todo uso honesto de las cosas materiales pueda estar ordenado a la santificación del hombre y a la alabanza de Dios”.

Tres categorías de Sacramentales.

De esta distinción entre acciones y objetos, emana una primera clasificación de los sacramentales.

Hay algunos que no permanecen, tales como rituales o ceremonias que cesan con la acción misma que los ha constituido. Forman parte de los llamados sacramentales acciones y comprenden las diversas bendiciones invocativas —como las bendiciones nupciales, de los enfermos, de las casas, etcétera— hechas sobre cosas o personas para atraer un auxilio especial o determinados beneficios celestiales; así como también ciertos ritos que acompañan a la administración de los Sacramentos, tales como la imposición de la sal y el Effetá del Bautismo; o los exorcismos, por los que la Iglesia invoca la protección divina para alejar la influencia del demonio.

Otros Sacramentales.

Por otro lado, existen acciones que, siendo sacramentales, también hacen sacramental aquello sobre lo que se aplican. Son, por ejemplo, la dedicación de una iglesia o la consagración de una virgen, por las cuales la Iglesia entrega a Dios y a su culto, de modo permanente, personas o cosas; o las bendiciones constitutivas, cuya ejecución produce un efecto que perdura.

De estas acciones surgen los llamados sacramentales permanentes —o sacramentales cosas — sobre los que es impreso, por la consagración o bendición constitutiva, un casi-carácter que los hace aptos para que de ellos los fieles puedan hacer uso, especialmente ordenados a efectos espirituales; y que continúan siendo perpetuamente sacramentales tras la acción que los ha constituido.

En esta categoría se incluye el agua bendita, que, después de la realización del ritual por el cual ha dejado de ser agua común, permanece por sí misma como un sacramental con diversos efectos para el fiel que la usa.

Lo mismo ocurre con determinados escapularios y medallas, con las velas benditas del día de la Presentación o con las palmas y ramos de olivo bendecidos el Domingo de Resurrección, entre otros.

Eficacia de un Sacramental: El agua bendita.

Cuenta Santa Teresa de Jesús en su Libro de la vida cómo, en cierta ocasión, el demonio se le apareció dos veces, huyendo inmediatamente tan pronto como ella hizo la señal de la cruz, pero volvía poco después. Sin embargo, cuando añadió el agua bendita a la señal de la cruz, desapareció definitivamente.

Por eso, muchas veces, con el fin de que las monjas hicieran sus oraciones en paz, la santa reformadora del Carmelo les pedía que se aspergieran reiteradamente.

Por la acción de la Iglesia, en unión con Cristo.

Aunque creamos que la ceremonia de dedicación de una iglesia la convierte en sagrada, que la medalla de San Benito tiene poderes especiales contra las celadas del maligno, que el uso de la sagrada correa agustiniana nos ayuda y protege en las tentaciones contra la castidad o que el agua bendita, además de perdonar los pecados veniales, también ahuyenta a los ángeles malos, no está de más que analicemos de dónde proviene la eficacia para que puedan ser realmente alcanzados tales efectos.

Nos enseña la Teología que los Sacramentos producen su efecto ex opere operato (“por la obra realizada”), cuando son debidamente administrados y recibidos. Es decir, su eficacia proviene ante todo del valor de la acción en sí misma. “Tienen una virtud intrínseca en cuanto son acciones del mismo Cristo, que comunica y difunde la gracia de la Cabeza divina en los miembros del Cuerpo místico”.

Oraciones personales.

Otras acciones producen sus efectos ex opere operantes (“por la acción de quien la obra”), o sea, no poseen virtud propia, sino que dependen de las disposiciones de la persona que las realiza. Esto es lo que ocurre con la comunión espiritual o con la oración personal y con todos los actos sobrenaturales de los justos.

Sin embargo, ninguna de estas dos opciones explica exactamente lo que ocurre con los sacramentales.

No se encuadran en ambos casos, pero actúan principalmente por la impetración de la Iglesia, independientemente de las disposiciones del ministro y, en muchos casos, tampoco del propio sujeto que los recibe.

En efecto, al ser Jesucristo “la Cabeza del Cuerpo, es decir, de la Iglesia” (Col 1, 18), forma una sola unidad con ella. “La cabeza y los miembros son como una sola persona mística”, afirma Santo Tomás.

Y un célebre biblista jesuita, el P. Bover, añade: “El Cuerpo Místico de Cristo es, a manera del cuerpo humano, un organismo espiritual que, unido a Cristo como a su cabeza, vive la vida misma de Cristo, animado por el Espíritu de Cristo”.

“Es necesario que nos acostumbremos a ver en la Iglesia al mismo Cristo”, aconseja Pío XII. “Porque Cristo es quien vive en su Iglesia, quien por medio de ella enseña, gobierna y confiere la santidad”.

Así, las obras de la Iglesia son actos del propio Cristo, y la oración de la Iglesia no es otra cosa que la oración de Cristo a la derecha del Padre, a la que se asocia y de la que participa, o mejor, a la cual Cristo la asocia y la hace participar.

De hecho, como signos de la Fe intercesora y orante de la Santa Iglesia y de los efectos que esa oración produce, los sacramentales son tan dotados de una eficacia superior a la de cualquier buena obra privada.

Riqueza espiritual y material puesta a nuestra disposición

Al atribuir al sacramental un determinado efecto e invocar, sobre este signo sagrado, su poder de impetración, la Santa Iglesia espera obtener a través de él principalmente gracias actuales y, secundariamente, gracias temporales otorgadas con miras a un bien espiritual.

Por eso, nos recuerda San Alfonso María de Ligorio, “cuando pedimos a Dios gracias temporales, debemos pedirlas con resignación y a condición de que sean útiles para nuestra salvación eterna. Si por ventura el Señor no nos las concediera estemos seguros que nos las niega por el amor que nos tiene, pues sabe que serían perjudiciales para nuestro progreso espiritual”.

De esta manera, siguiendo las mismas leyes generales que regulan la oración, los efectos de los sacramentales son “sobre todo espirituales”.

Por medio de ellos la Iglesia pide gracias actuales para dar auxilio al ejercicio de las virtudes —especialmente de la Fe, Esperanza y Caridad—, como también para alcanzar el perdón de los pecados veniales, la mejor preparación de la recepción de los Sacramentos y la protección contra los demonios.

Las Indulgencias ¿Sacramentales?

Las indulgencias también son sacramentales y, como tales, es a través del poder impetratorio de la Iglesia —administradora, en cuanto ministra de la Redención, del tesoro de los méritos de Cristo y de los Santos— que consigue la remisión de las penas temporales que serían satisfechas en el Purgatorio. Lo mismo ocurre con las bendiciones duraderas, aquellas que consagran de manera permanente una cosa o una persona para el servicio de Dios.

Pero, quien dice efectos “sobre todo espirituales” admite implícitamente la posibilidad de obtener gracias materiales, mientras éstas cooperen para la obtención de un bien espiritual mayor. Tales pedidos podrán ser, por ejemplo, el alivio de nuestros sufrimientos, el alejamiento de los castigos divinos, la cura de dolencias, una abundante cosecha o un viaje exitoso, etcétera, siempre que sean conforme a la voluntad del Padre Celestial e, insistimos, para mayor santificación del alma. Estas condiciones hacen que tales pedidos materiales, siguiendo las reglas de la oración expuestas más arriba, aunque no sean infalibles, vengan a ser atendidos, si son hechos con sana intención y justa causa.

Dentro de esta perspectiva, no existe uso de las cosas materiales (de acuerdo a la recta moral) que no pueda ser dirigido a la santificación de los hombres y a la alabanza de Dios, pues los méritos redentores de Cristo extienden, felizmente, su benéfica influencia sobre la criatura y no sólo sobre la humanidad.

Auxilio en nuestros embates espirituales

Finalmente, es necesario considerar que, aunque los efectos de los sacramentales no dependan principalmente de la disposición con la que son administrados o recibidos, tal disposición puede concurrir a una eficacia superior. De hecho, el Señor otorga sus dones en mayor cantidad y calidad en virtud de nuestro mérito al identificarnos, por nuestra religiosidad profunda y admirativa, con la Iglesia santa e inmaculada que opera a través de ellos.

Porque somos hijos de Dios, también y necesariamente somos, por condición de esa afiliación divina, enemigos del primer y peor de entre los enemigos suyos, que es el demonio. Por tanto, del sincero y filial amor a Dios, sólo puede brotar la disposición para vivir en estado de lucha en este campo de batalla que es la Tierra y alcanzar el Reino de los Cielos que los violentos intentan arrebatarlo (Cf. Mt 11, 12).

Echemos mano, pues, a esas “armas” sobrenaturales que nos auxilian a ser victoriosos en las duras, incesantes y, sobre todo, santificantes faenas que tenemos que trabar inevitablemente cada día y, como el Apóstol, podamos decir al fin de esta vida: “He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la Fe” (2 Tm 4, 7). ¡Dadme, Señor, el premio de vuestra gloria!

Bendición de San Blas ¿Sacramental?

El día 3 de febrero muchos fieles van a sus parroquias para recibir la bendición de San Blas, implorando la protección de Dios contra los males de garganta.

Mientras pronuncia la fórmula, el sacerdote o diácono les pone en el cuello dos velas bendecidas el día anterior —fiesta de la Presentación del Niño Jesús en el Templo y de Nuestra Señora de la Candelaria— atadas en forma de cruz.

El origen de este hermoso ritual es atribuido por la tradición al hecho ocurrido con el venerado Obispo de Sebaste (actual Armenia) que vivió en el siglo IV. Cierto día, fue llevado hasta un niño que estaba en estado grave, con una espina de pescado atravesada en su garganta. Viendo esto, el santo cogió dos velas, que la madre había ofrecido anteriormente a la Iglesia, y las puso cruzadas sobre el cuello del pequeño que, al ser bendecido, quedó súbitamente aliviado del mal.

Padre Ignacio Montojo Magro, EP

Santos

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septiembre 12, 2021

La vida de San Martín de Porres se ubica en las vastedades del Nuevo Mundo deslumbraron al hombre europeo en el lejano amanecer del siglo XVI. Tierras fértiles, abundantes riquezas naturales y la esperanza de un futuro prometedor se convirtieron en poco tiempo en una irresistible atracción para los hidalgos ibéricos, que veían en las Américas una oportunidad de expandir la Iglesia de Dios, los dominios de su rey y abrillantar el honor de su linaje.

El entusiasmo que los animaba no carecía de fundamento, porque Dios parecía sonreír a los bravos expedicionarios, soplando viento favorable en las velas de sus frágiles embarcaciones y coronando de éxito temerarias empresas, movidas en muchas ocasiones por el deseo de conquistar almas para Cristo, aunque otras veces también por motivos mucho menos elevados.

¿Qué les había reservado la Providencia a esas interminables tierras, habitadas por pueblos de muy diversa índole? ¿Qué deseaba para esos nativos, ora pacíficos, ora belicosos, ora de temperamento salvaje, ora dotados de cultura y técnicas muy desarrolladas? Algo más elevado que cualquier consideración política o sociológica: darles el tesoro de la fe, la Celebración Eucarística, la gracia santificante infundida a través de los sacramentos.

Fruto de la heroica acción de los misioneros, enseguida empezaron a surgir en el Nuevo Continente los santos más ilustres, que con el buen olor de Cristo perfumaban los recientes dominios y en éstos esparcían las semillas del Reino mediante la oración y el apostolado. Pensemos, por ejemplo en la Lima del siglo XVI. En ella convivían Santa Rosa, terciaria dominica y hoy patrona de América Latina; San Juan Macías, incansable evangelizador; o aquel modelo de Pastor que fuera Santo Toribio de Mogrovejo.

San Juan MacíasSanta Rosa de LimaSanto Toribio de Mogrovejo

Contemporáneo de todos ellos, superándolos en el don de los milagros y en manifestaciones sobrenaturales, en el convento del Santísimo Rosario —conocido hoy día por el de Santo Domingo— brilló un humilde hermano lego llamado Martín de Porres. “Una mezcla de hidalgo  y de hombre del pueblo, sus esplendentes virtudes contribuyeron a conferirle a la civilización peruana de su tiempo una belleza y una ordenación católicas hasta hoy insuperables”. 

San Martín de Porres - El deseo de servir, a imitación de Cristo.

Nació el 9 de diciembre de 1579 en la floreciente Lima del tiempo colonial, capital del virreinato del Perú, hijo natural de Juan de Porres, caballero español, y Ana Velázquez, panameña libre de origen africano.

Durante su infancia experimentó unas veces las larguezas y exigencias de la vida noble junto a su padre en Guayaquil —que en la actualidad forma parte de Ecuador—, y en otras ocasiones la sencillez y el trabajo con su madre en Lima, sin apegarse a una forma de vida ni protestar por la otra. Pero tanto en una como en otra circunstancia se sentía atraído por la vida de piedad, siendo monaguillo en las Misas parroquiales o pasando noches en vela rezando de rodillas ante Jesús crucificado.

Con tan sólo 14 años se dirigió al convento de Santo Domingo para hacerle una petición al provincial de la Orden de los Predicadores, fray Juan de Lorenzana. ¿Qué desearía al llamar a la puerta de esa casa de Dios? Hacerse un siervo de los frailes, en calidad de “donado”, como les denominaban por entonces a los que se dedicaban a las tareas domésticas y se hospedaban en las dependencias de los dominicos. El superior, que discernió en él un auténtico llamamiento, lo recibió gustosamente.

En adelante sus funciones serían barrer salones y claustros, la enfermería, el coro y la iglesia de la gran propiedad que albergaba alrededor de doscientos religiosos, entre novicios, hermanos legos y doctos sacerdotes. A fray Martín no le avergonzaba de ninguna manera tal condición. La visión sobrenatural que tenía de las cosas le hacía entender correctamente la gloria que existe en servir, a imitación de Jesucristo, que se encarnó para darnos ejemplo de completa sumisión.

Tras dos años en el ejercicio de esas arduas tareas, vinculado a la comunidad únicamente como terciario, un día un hermano le comunica que debía ir a la portería. Le estaban esperando el superior y su padre, que quería reencontrarse con su hijo después de un largo período de ausencia al servicio del virrey en Panamá. El hidalgo manifestó su disgusto al ver que su hijo ocupaba un puesto tan humilde y exigió al provincial que lo promoviera por lo menos a hermano lego. El prior accedió, pero los ojos de fray Martín, en vez de iluminarse de contento, se humedecieron de lágrimas. Era su humildad la que estaba alzando la voz, llevándolo a implorar a su superior que no lo privase de la alegría de poder dedicarse a la comunidad como venía haciéndolo hasta entonces.

La vocación de San Martín de remediar los males ajenos

El 2 de junio de 1603 hacía la profesión solemne de los votos religiosos. Además de las funciones de campanero, barbero y ropero, recibió el encargo de la enfermería. Aquí ejercía, a falta de médico, el oficio de cirujano, cuyos conocimientos básicos había aprendido antes de entrar en el convento.

Fray Juan de LorenzanaClaustro del convento en la actualidad

Sus certeros diagnósticos sobre el verdadero estado de los pacientes pronto empezaron a comprobarse mediante los hechos, a menudo en contra de las apariencias. Por ejemplo, a un enfermo al que todos lo consideraban al borde de la muerte le anuncia que en esa ocasión no va a morir; y, en efecto, unos días después ya está curado. Otra vez, al ver a fray Lorenzo de Pareja andando por el claustro, se le acerca para comunicarle que en breve va a dejar su cuerpo mortal y éste sale en busca de un sacerdote para que le administre los sacramentos. Instantes después de recibirlos el fraile expira en su cama.

Las numerosas curaciones milagrosas que realiza hacen que su fama sobrepase los muros del convento. Pequeños y grandes, españoles e indígenas, ricos y pobres van a pedirle auxilio al santo enfermero.

Así empieza a manifestarse la vocación de Martín que “parece haber sido la de remediar los males ajenos”, sin escatimar esfuerzos para darles buen ejemplo, bienestar físico y espiritual en el ejercicio de sus funciones.

“Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias, estando persuadido de que era digno de mayores penas por sus pecados; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; asistía complaciente a los enfermos; proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad”.

Frecuentes manifestaciones sobrenaturales.

¿De dónde venían esas cualidades inusuales? Sin duda, de una intensa espiritualidad, porque “una vida como la de Martín, consagrada por entero al servicio de los demás, con perfecto olvido de sí mismo, no se explica sin una intensa vida interior, sin el acicate de la caridad, que […] aun abrumada por la fatiga, no llega a sentir el cansancio”.

Una noche, cuando ya era bien tarde, el cirujano Marcelo Rivera, huésped del convento, lo andaba buscando y no conseguía dar con él; le pregunta a uno, le pregunta a otro, pero nadie lo ha visto. Por fin, lo encuentra en la sala capitular “suspenso en el aire y puesto en cruz. Y tenía sus manos pegadas a las de un santo Cristo crucificado, que está en un altar. Y todo el cuerpo tenía así mismo pegado al del santo Crucifijo como que le abrazaba. Estaba elevado del suelo más de tres varas”.

Innumerables testigos presenciaron episodios similares. Así, por ejemplo, una noche en la que pocos conseguían conciliar el sueño en el edificio del noviciado, a causa de una epidemia que había dejado a la mayoría de los frailes en cama con fiebres muy altas, se oye en una de las celdas:

– Oh fray Martín, ¡quién me diera una camisa para mudarme!

Era fray Vicente que se revolvía en su lecho entre los sudores de la fiebre y llamaba al enfermero, pero sin esperanzas de que fuera atendido, pues las puertas de aquel edificio ya se habían cerrado y fray Martín vivía fuera del mismo. Pero apenas había terminado de hablar cuando ve al hermano enfermero a su lado y que le está llevando lo que le había pedido. Sorprendido, le pregunta por dónde había entrado.

– Callad y no os metáis en eso —le responde con bondad fray Martín mientras con el dedo le indica silencio.

No muy lejos de ahí el maestro de novicios, fray Andrés de Lisón, oye la voz de fray Martín y se pone en el pasillo para comprobar por donde había entrado. El tiempo corre y no pasa nada. Entonces resuelve abrir la puerta del enfermo: estaba a solas y dormía profundamente… La admiración se extendió por todo el convento.

Los frailes Francisco Velasco, Juan de Requena y Juan de Guía también recibieron visitas análogas. En otra ocasión, un fraile que velaba de noche en el claustro vio una gran luz y mirando qué era aquello vio a fray Martín que pasaba volando envuelto en esa luz.

Una madrugada, como de costumbre, al toque de la campana toda la comunidad se reúne en la iglesia para cantar Maitines. De pronto, una claridad procedente del fondo ilumina todo el recinto sagrado. Los religiosos se vuelven para atrás y descubren el foco de tan intensa luminosidad: el rostro de fray Martín que había ido a ayudar al sacristán y allí estaba oyendo el canto sacro.

«Dios sea bendito que toma tan vil instrumento»

Episodios como éstos ocurrían en cantidad y se volvían públicos y notorios. Poco a poco la fama del santo se difundió por toda Lima, llegando incluso hasta el virrey y el arzobispo. Sin embargo, nada de eso perturbó su humildad. De ninguna manera consintió perder la convivencia con lo sobrenatural volviéndose hacia sí mismo para disfrutar una gloria humana que pasa “como un sueño mañanero” (Sal 89, 5).

En una ocasión fue a visitar a la esposa de su antiguo maestro barbero, la cual padecía una enfermedad grave. Ésta lo invita a sentarse a los pies de su cama y entonces con disimulo estiró el brazo hasta tocar con su mano el manto del santo. En ese mismo instante se sintió curada y exclamó llena de asombro:

– ¡Ay, padre fray Martín, qué gran siervo de Dios es: pues hasta su vestidura tiene gran virtud! Con la astucia propia a la humildad, el santo le respondió: 

– ALa mano de Dios anda por aquí señora. Él lo ha hecho y el hábito de nuestro Padre Santo Domingo. Dios sea bendito que toma tan vil instrumento para tan grande maravilla y no pierde su valor y devoción el hábito de nuestro Padre, por vestirle tan grande pecador como soy yo.

"No soy digno de estar en la casa de Dios"

Otro hecho, esta vez dentro de los muros del convento, da testimonio de la mansedumbre de fray Martín para soportar las flaquezas que a menudo sus hermanos de hábito manifestaban, y que él las sufría con excepcional cordura, asumiéndolas como merecidas y útiles para la expiación de sus pecados. Sucedió que un anciano religioso encamado pidió que fueran a buscarlo a la enfermería, pero como fray Martín se encontraba ocupado en  un asunto urgente, tardó en llegar. Mientras los minutos iban transcurriendo el enfermo se llenó de impaciencia y empezó a bramar contra el santo, diciendo toda clase de injurias, exteriorizando sus quejas sin sentido, fruto del egoísmo.Tan pronto como acudió le pidió disculpas, pero tuvo que oír una nueva catilinaria, esta vez dicha en voz alta, de modo que los demás frailes también lo escucharon. Preocupados, algunos hermanos se acercaron y uno de ellos al ver a fray Martín arrodillado ante el enfermo preguntó qué estaba pasando.- Padre —contestó el humilde Hermano—, tomar ceniza sin ser miércoles de ella. Este padre me ha dado con el polvo de mi bajeza y me ha puesto la ceniza de mis culpas en la frente y yo, agradecido a tan importante recuerdo, no le beso las manos, porque no soy digno de poner en ellas mis labios, pero me quedo a sus pies de sacerdote. Y créanme que este día ha sido para mí de provecho porque he caído en la cuenta de que no soy digno de estar en la casa de Dios y entre sus siervos.7Durante una etapa de privaciones por las que pasaba la comunidad, el padre prior se encontraba muy afligido al no poder disponer de la cantidad necesaria para hacer frente a las deudas de la casa, que eran numerosas. Entonces fray Martín le preguntó si no quería venderlo como esclavo, porque debería costar un precio considerable y se sentiría muy honrado por haber sido útil al convento.El sacerdote, conmovido con esa heroica actitud de amor a su Orden, le respondió:- Dios se lo pague Hermano Martín, pero el Señor que lo ha traído aquí se encargará del remedio.

El camino que Cristo nos enseña.

La vida del desprendido hermano transcurría serena, consumiéndose en prolongadas vigilias de oración ante el crucifijo y en servicios aparentemente muy comunes, pero siempre realizados con la intención de glorificar a Dios y con frecuencia  coronados con milagros. Faltaba un mes para que cumpliera los 60 años y una fiebre violenta y continuos desmayos le obligan a mantener reposo. Todo parecía indicar que se acercaba el fin de su estado de prueba.

La noticia corrió como pólvora por toda la ciudad y su celda enseguida se convirtió en objeto de continua peregrinación. Esa misma noche entró en agonía. Los que estaban allí lo veían debatiéndose con gestos violentos y apretando el crucifijo contra su pecho increpando al maligno:

– ¡Quita maldito! ¡Vete de aquí, que no me han de vencer tus amenazas!

9 Días después, el 3 de noviembre de 1639, ante sus hermanos de vocación que rezaban el Credo a su lado, nacía San Martín de Porres a la verdadera vida, dejando detrás de sí un rastro luminoso que aún hoy suscita la veneración de numerosos fieles.

“Este santo varón, que con su ejemplo de virtud atrajo a tantos a la religión, ahora también, a los tres siglos de su muerte, de una manera admirable, hace elevar nuestros pensamientos hacia el Cielo”, recordaba el Papa Juan XXIII cuando lo canonizó. Porque, con el ejemplo de su vida, había demostrado que es posible conseguir la santidad por el camino que Cristo enseña: amando a Dios, en primer lugar, de todo corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y, en segundo lugar, amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Hna. Maria Teresa Ribeiro Matos, EP

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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