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Destacados, Historia y Creación

Creer en la Biblia: ¿cuestión de fe o de ciencia?

La correcta lectura de la Biblia constituye uno de los grandes retos del hombre moderno, dominado por la mentalidad positivista y materialista.

Corría el año de 1947 cuando algunos beduinos vagaban por las regiones montañosas de Israel, a 12 kilómetros al sur de Jericó, buscando a un animal perdido. Desgastados por la inclemencia del sol, encontraron una cueva, un sitio muy atrayente para descansar. De esta manera tan fortuita, hallaron lo que algunos calificarían como el mayor descubrimiento arqueológico del siglo XX.

En medio de las guerras y las tensiones políticas que asolaban los territorios de Cisjordania, los ojos del mundo se dirigieron, por un momento, hacia el desierto de Judea, en la región de Qumran. A lo largo de nueve años, excavaciones y pesquisas en once grutas sacaron a la luz 930 manuscritos antiguos, datados entre los años 250 a. C. y 68 d. C.

Ante el nuevo panorama que se abría para la investigación arqueológica, con serias e inevitables repercusiones de índole histórica y religiosa, la opinión pública se dividió en, al menos, tres posiciones. Algunos pretendían desacreditar las verdades bíblicas mediante tales hallazgos, otros veían en ellos la oportunidad de comprobar empíricamente la originalidad de los textos sagrados y un tercer grupo se mostraba desinteresado, pues no les parecía que se pudiera aprovechar nada de la arqueología para el estudio exegético.

¿En cuál de estos conjuntos deberían encajar los católicos?

Dejemos un poco al lado la historia de los beduinos de Cisjordania para volver la mirada hacia nuestra fe, tan atacada, incomprendida y menospreciada por los hombres de nuestro tiempo.

Mar muerto

El mar Muerto visto desde las cuevas de Qumran

La Palabra de Dios puesta a prueba por la ciencia

La mentalidad contemporánea está indiscutiblemente impregnada de materialismo, creyéndose capaz de reducir toda la verdad a la verificación científica y pragmática de los objetos. Se trata de una concepción de la «libertad de pensamiento» defendida por la Ilustración y por el positivismo —y expresada en el ámbito religioso por la herejía modernista—, en función de la cual «el dogma o la doctrina de la Iglesia aparecen como uno de los reales obstáculos a la correcta comprensión de la Biblia».1

Pero esta crisis no es tan reciente como parece a primera vista. Veamos en algunas pinceladas el largo proceso por el cual se extinguieron las bellas luces de la exégesis precedente.

Los cambios que afectaron a la sociedad desde el siglo XV influyeron profunda y radicalmente en el interior del hombre, alcanzando un lugar recóndito casi inaccesible: la amorosa relación entre el alma y su Creador.

Tales transformaciones llevaron a hombres como Richard Simon a no considerar ya las Escrituras como Revelación divina de autoría del Espíritu Santo, creencia que le parecía propia a un pasado despreciable. Para él, la Biblia era un conglomerado de textos heterogéneos, escritos por distintos autores, que debía ser explicado en su sentido literal y crítico.2

La nueva perspectiva se vio reforzada por una innovación histórica en el pensamiento occidental: el espíritu científico. A principios del siglo XVIII, la razón y la crítica estrictamente científicas asumieron, por así decirlo, las riendas del estudio sobre la Sagrada Escritura, en busca de explicaciones sobre las «fuentes» y los «géneros literarios» de los libros bíblicos, a fin de deducir el proceso histórico de su composición.

Y no faltó gente que se aprovechara de ese método para atacar militantemente los Libros Sagrados, como Robert Challe, quien afirmaba que no había nada tan mal escrito como la Biblia, repleta de repeticiones inútiles y contradicciones.3

Esta tendencia se presentaba prometedora para los espíritus ávidos de revoluciones, porque abría las puertas a interpretaciones innovadoras sobre aquellos textos envueltos en el misterio, dejando a un lado la monótona hermenéutica tradicional y abrazando «el esfuerzo por establecer, en el campo de la Historia, un nivel de exactitud metodológica que provocaría conclusiones que tuvieran la misma certeza que en el de las ciencias naturales».4

Sin embargo, afortunadamente, el Papa León XIII condenó esos desvíos llamándolos artificio introducido «perversamente y con daño de la religión», por el cual «se juzga del origen, integridad y autenticidad de un libro solamente por las que llaman razones internas».5

La corriente «concordante»

En el siglo XIX despuntó otra corriente, que buscaba una concordancia científica y natural para todos los acontecimientos bíblicos. Se denominaba concordismo.

La presentación de Werner Keller6 para su libro Y la Biblia tenía razón expresa muy bien tal enfoque. Según afirma él, muchos datos descubiertos mediante la pesquisa arqueológica modificaron la manera de considerar la Biblia: de simples «historias piadosas», el Libro Sagrado alcanzó una nueva estatura, pasando a ser considerado un texto sobre acontecimientos reales.

Un ejemplo ilustrará mejor esta tendencia.

El relato bíblico narra con detalles la toma de Jericó por los hijos de Israel, por mandato de Yahvé (cf. Jos 2, 1-6, 25). Las ruinas de esta ciudad milenaria se encuentran en Tell es-Sultan y se convirtieron, desde comienzos del siglo pasado, en el escenario de arduas excavaciones, teorías y desmentidos…

Entre los años 1907 y 1909, el trabajo estaba a cargo de Ernst Sellin y Carl Warzinger, los cuales declararon que una gran muralla descubierta entre los escombros habría caído en el año 1200 a. C., época en que Josué tomó la ciudad. Investigaciones más precisas se pusieron en marcha, bajo la dirección de John Garstang, que halló vestigios de incendios y desmoronamientos. Sus deducciones se inclinaban a la destrucción de las murallas en el año 1400 a. C. Hubo otros estudios, dirigidos por el arqueólogo y sacerdote dominico Louis-Hugues Vincent; pero la británica Kathleen Kenyon tuvo el mérito de concluir: las murallas de Jericó habían sido reconstruidas diecisiete veces durante la Edad de Bronce, pues eran destruidas frecuentemente por terremotos o erosiones.

La interpretación concordante infirió entonces: «Quién sabe, esa poca resistencia de las murallas hizo eco a la leyenda transmitida por la Biblia, que cuenta cómo los hijos de Israel tuvieron que lanzar únicamente sus gritos de guerra y hacer sonar sus trompetas para conquistar Jericó».7

Luego, ¿dónde estaría la mano de Dios para salvar con poderío al pueblo elegido? ¿La Biblia sería la narración de hechos históricos y humanos, cubierta por un velo de religión, fruto de supersticiones y creencias anticuadas?

Por supuesto que no… El estudio científico de los hechos históricos narrados en la Sagrada Escritura debe circunscribir sus conclusiones a sus propias competencias.

La «mano de Dios» no se mide en pulgadas, el soplo del Espíritu Santo no genera energía eólica y la Biblia no es un libro de ciencias… Hemos de asumir con modestia que no toda verdad puede ser verificada en un laboratorio o yacimiento arqueológico, ni tampoco en la opinión unilateral de un científico.

Una teología separada de la exégesis

Con tantas y tan contradictorias teorías sobre la Biblia, algunos teólogos optaron por apartarse de la confusión «en busca de una teología que fuera lo más independiente posible de la exégesis».8 Procuraron tomar la Sagrada Escritura en su pureza literal, excluyendo cualquier esfuerzo de comprensión histórica.

Nuevamente, una desviación. Según un documento de la Pontificia Comisión Bíblica, dicha corriente, llamada fundamentalista, impone una lectura del texto sagrado «que rechaza todo cuestionamiento y toda investigación crítica»,9

negándose a aceptar que fuera expresado en un lenguaje humano, redactado por autores humanos, cuyas capacidades y recursos eran limitados. «Por esta razón, tiende a tratar el texto bíblico como si hubiera sido dictado palabra por palabra por el Espíritu y no reconoce que la Palabra de Dios fue formulada en un lenguaje y una fraseología condicionados por tal o cual época».10

La respuesta de la Iglesia ante la crisis

Si el fundamentalismo, el método histórico-crítico extremo y el concordismo constituyen planteamientos inapropiados de la Sagrada Escritura, ¿cuál es la recta posición ante la Palabra de Dios?

En primer lugar, debemos admitir que la Biblia no es un libro común, escrito para relatar la historia de un pueblo o de un hombre mitificado por las creencias de comunidades altamente religiosas. ¡De ninguna manera! Contiene un tesoro inigualable: la Palabra de Dios revelada y escrita.11

Es revelada porque Dios quiso manifestarse, dando a conocer el misterio de su voluntad a los hombres (cf. Ef 1, 9). Siendo así, nos compete venerar todo cuanto afirma la Biblia, como palabras del Espíritu Santo. Según el magisterio de la Iglesia, «los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra».12

Nuestra seguridad se basa en la virtud teologal de la fe, como una respuesta filial y obediente a Dios que se revela, con «plena obediencia de entendimiento y de voluntad»,13 abriendo la mente y el corazón a la acción del Espíritu Santo.14

La Revelación divina es una manifestación del amor de Dios; y el amor no se mide con experimentos científicos o métodos lógico-críticos. Esto equivaldría a querer calcular el cariño de una madre por su hijo o de un esposo por su esposa a través de utensilios de laboratorio.

Por otra parte, la Biblia es la Palabra de Dios escrita. El Espíritu Santo se valió de hombres como instrumentos materiales, los cuales, por inspiración divina, escribieron el mensaje de la salvación, cada uno con sus propias facultades y capacidades.15

En este sentido, el estudio científico juega un papel importante, junto con la hermenéutica exegética.

El método histórico-crítico y las pesquisas arqueológicas tienen la función de auxiliar al exégeta a comprender las coyunturas históricas, la mentalidad de la época, las costumbres en vigor y las expresiones idiomáticas que concurren a un entendimiento más profundo de la Sagrada Escritura.16

Tal estudio, no obstante, nunca podrá decidir sobre la veracidad de la Palabra de Dios o al respecto del valor de la Revelación, cuya interpretación pertenece, por mandato divino, a la Santa Iglesia Católica.17

¿Y las imprecisiones de la Biblia?

Se nos plantea aquí una cuestión: hay ciertas imprecisiones e incluso contradicciones en el texto sagrado.

Consideremos un ejemplo. Cuando el evangelista San Mateo describe el Sermón de las Bienaventuranzas, afirma: «Al ver Jesús el gentío, subió al monte…» (5, 1). Ahora bien, el mismo hecho es narrado de forma distinta por San Lucas: «Después de bajar con ellos, se paró en una llanura…» (6, 7).

Pergamino del mar muerto

Rollos del mar Muerto conservados en el Santuario del Libro, Jerusalén

Entonces, ¿dónde se realizó el sermón? ¿En un monte o en una llanura? ¿El divino Redentor subió o bajó antes de pronunciar aquellas palabras que impresionaron los siglos por la sabiduría y bondad con que se dirigió a los afligidos y los perseguidos?

Las explicaciones pueden multiplicarse, buscando una alegoría o un lapso en la dimensión humana de quien escribe el relato evangélico. Les corresponde a los exégetas estudiar el caso con métodos de rigor científico.

Sin embargo, con relación a la verdad revelada necesaria para nuestra salvación, no hay error ni discordancia entre los textos, pues, en el monte o en la llanura, la sustancia del mensaje divino no sufre distorsión. En este sentido, es oportuno recordar estas palabras de San Agustín: «El Espíritu de Dios, que hablaba por medio de ellos, no quiso enseñar a los hombres estas cosas que no reportaban utilidad alguna para la vida futura».18

Lo mismo sucede cuando en la Sagrada Escritura se intenta explicar un hecho físico o natural. En este caso, más que una precisa investigación del universo, los autores sagrados describen y tratan estos temas a modo de metáfora o como el lenguaje popular expresa lo que percibe por los sentidos —conforme observó Santo Tomás de Aquino19 al comentar el Libro del Génesis—, a fin de transmitir aquello que Dios quiso enseñar para nuestra salvación.20

Obediencia de la fe aliada a la ciencia

Pergamino del mar muerto

Rollos del mar Muerto conservados en el Museo Arqueológico de Jordania, Amán

Después de este breve repaso histórico y doctrinario, cabe considerar sucintamente el desenlace del hecho que dio origen al presente artículo: los descubrimientos en los alrededores del mar Muerto y su repercusión sobre los textos bíblicos del Nuevo Testamento.

La opinión de muchos estudiosos es que las investigaciones no afectaron a la comprensión de los textos y de la Revelación divina, ni aportaron hallazgos que exigieran la revisión de cualquier punto de la fe cristiana.21

No obstante, asombrosas aproximaciones de vocabulario, de costumbres y de convicciones escatológicas entre los escritos del Nuevo Testamento

y los manuscritos de Qumran arrojan luz sobre una relación entre los cristianos primitivos y la comunidad que habitaba aquellas regiones.22

En resumen, los estudios concurren a formar una idea inédita sobre parte de la sociedad en tiempo de Jesús, añadiendo preciosas informaciones a la historicidad de los textos sagrados. Pero no pudieron alterar lo concerniente al mensaje de la fe enseñado por la Iglesia.

El método científico se presenta, por tanto, como eficaz instrumento para el desarrollo exegético, siempre que esté en armonía con la fe, custodiada por la Santa Madre Iglesia. Por su parte, la exégesis depende en gran medida de la ciencia, en la comprensión de las circunstancias históricas y sociológicas, a fin de completar su investigación sobre los Libros Sagrados.

Como dos alas, fe y razón se unen bajo la dirección de la Iglesia para conducir a los hombres al conocimiento y a la posesión de la vida eterna. ◊

Autor: Max Streit Wolfring

 

Notas


1 RATZINGER, Joseph. La interpretación bíblica en conflicto. Sobre el problema de los fundamentos y la orientación de la exégesis hoy. In: LA POTTERIE, Ignace de et al. Exegese cristã hoje. Petrópolis: Vozes, 1996, p. 111.

2 Cf. GIBERT, SJ, Pierre. Petite histoire de l’exégèse biblique. De la lecture allégorique à l’exégèse critique. Paris: Du Cerf, 1997, pp. 213-215.

3 Cf. Ídem, pp. 223-224.

4 RATZINGER, op. cit., p. 118.

5 LEÓN XIII. Providentissimus Deus: DH 3286.

6 Cf. KELLER, Werner. E a Bíblia tinha razão. São Paulo: Círculo do Livro, 1978, pp. 18-19.

7 Ídem, pp. 179-180.

8 RATZINGER, op. cit., p. 113.

9 PONTIFÍCIA COMISIÓN BÍBLICA. L’interprétation de la Bible dans l’Église. In: FILIPPI, Alfio; LORA, Erminio (Ed.). Enchiridium Biblicum: Documenti della Chiesa sulla Sacra Scrittura. 3.ª ed. Bologna: EDB, 2004, p. 1258.

10 Ídem, ibídem.

11 Cf. CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 9: DH 4212.

12 Ídem, n.º 11: DH 4216.

13 CONCILIO VATICANO I. Dei Filius: DH 3008.

14 Cf. BENEDICTO XVI. Verbum Domini, n.º 25.

15 Cf. CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 12: DH 4218.

16 Cf. PÍO XII. Divino afflante Spiritu: DH 3831; CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 12; 23: DH 4217-4218; 4230.

17 Cf. CONCILIO VATICANO I. Dei Filius: DH 3007.

18 SAN AGUSTÍN. De Genesi ad litteram. L. II, c. 9, n.º 20. In: Obras. Madrid: BAC, 1957, v. XV, p. 645.

19 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 70, a. 1, ad 3.

20 Cf. LEÓN XIII. Providentissimus Deus: DH 3288.

21 Cf. VANDERKAM, James C. Los rollos del mar Muerto y el cristianismo. In: SHANKS, Hershel (Org.). Para compreender os manuscritos do Mar Morto. Rio de Janeiro: Imago, 1993, pp. 192-193.

22 Cf. Ídem, pp. 194-211.

Comentarios

Oraciones

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús...

septiembre 12, 2021

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús, y elevado a la condición de Patriarca de la Santa Iglesia.

Vos que sufriseis tremendas perplejidades, me veis en los mismos caminos que transitasteis, pues también estoy en esta Tierra para ser probado. ¿Por cuántas perplejidades y aflicciones deberé pasar?

Por los méritos de la perfección con la cual enfrentasteis todas las perplejidades, y en especial la pérdida del Niño Jesús durante tres días, yo os pido: en mis aflicciones dadme la paz, la serenidad, la tranquilidad y la confianza en Dios que vos tuvisteis en esos momentos. Amén.

Autor: Mons. Joao S. Clá Dias

Fundador de los Caballeros de la Virgen

Santos

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad.

febrero 12, 2022

¡Lourdes!

¿Dónde encontraremos las palabras que alcancen a explicar todo cuanto ese nombre significa para la piedad católica en el mundo entero? ¿Quién podrá traducir en palabras el ambiente de paz que envuelve la gruta sagrada en la cual, hace más de 150 años, vino la Santísima Virgen para estar con la humilde Bernardette e inaugurar, de modo definitivo, un nuevo vínculo con la humanidad sedienta de consuelo y de paz?

Por designio de la Divina Providencia, a ese lugar se asoció una acción intensa de gracia, especialmente capaz de transmitir a los millares de peregrinos, venidos de lejos, la certeza interior de que sus oraciones son benignamente oídas, sus dramas apaciguados, y sus esperanzas fortalecidas. En efecto, a lo largo de este siglo y medio, las ásperas rocas de Massabielle se han convertido en palco de las más espectaculares conversiones y curas, legando a la Santa Iglesia Católica un tesoro espiritual de valor incalculable.

En Lourdes tales curas y conversiones se revisten de una grandiosidad peculiar, delante de la cual nuestra lengua enmudece. Allí está, delante de todos, la sublimidad del milagro. Mientras tanto, no se puede hablar de Lourdes sin recordar con veneración a la protagonista ligada de modo indisociable a esa historia de bendición y misericordias.

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad a los llamamientos a la conversión y penitencia, que aquellos días fueron lanzados por la Reina de los Cielos, y que habrían de llegar a los más alejados rincones de la Tierra.

Santa Bernardita. Infancia marcada por la Fe

Bernardette nació en un siglo de profundas transformaciones. Animada, por un lado, por la oleada de devoción mariana que el pontificado del Beato Pío IX estaba suscitando, la segunda mitad del siglo XIX presenciaba el avance insolente del ateísmo y del materialismo.

Los espíritus estaban divididos y, a fin de actuar precisamente en esa encrucijada de la Historia, María Santísima quiso servirse de la hija primogénita del matrimonio Soubirous.

¡Qué alejados, pues, de esta suerte de consideraciones, estaban François y Louise, el 7 de enero de 1844! Ese día les nacía su hija Bernardette en el Molino Bolli, en las cercanías de Lourdes, durante los días felices de abundancia que ellos allí pasaron.

La niña fue bautizada, recibiendo el nombre de su madrina Bernarde, al que se sumó el de Nuestra Señora que se le habría de aparecer. Marie- Bernarde, es como se llamaba Bernardette, que no escapó al diminutivo cariñoso que le acompañaría por el resto de su vida.

Santa Bernardita
Santa Bernadette Soubirous
La imagen de arriba y abajo

En el Molino Bolli transcurrió su primera infancia, marcada por una religiosidad auténtica y sincera, además de la frecuencia a los sacramentos, la oración en conjunto a los pies del crucifijo era una eximia práctica de los principios cristianos a la que correspondían como un deber moral el matrimonio de campesinos. Bernardette creció, por así decir, respirando la santa fe católica del mismo modo que respiraba el aire puro de la montañosa región de los Pirineos.

La miseria visitó el hogar de los Soubirous.

La época era difícil y los negocios de François Soubirous iban mal. A los ocho años de edad Bernardette se trasladadó a un molino más sencillo, y al cabo de tres años alquilaron una cabaña al lado del camino. Ya crecida, ella acompañaba las progresivas desgracias de los padres y enfrentaba, con admirable resignación, la situación de indigencia a la que se vieron reducidos en 1856, hasta el punto de tener que mudarse hasta la antigua cárcel de Petits- Fósees: un cubículo húmedo y pestilente que las autoridades habían juzgado inadecuado hasta para los presos.

La pobreza allí era completa. El habitáculo medía menos de cinco por cuatro metros y la familia no poseía absolutamente nada excepto el mobiliario más indispensable y las ropas. La luz del sol nunca penetraba en el lugar, marcado por la reja de la ventana y por el cerrojo de la pesada puerta -reminiscências del antiguo calabozo. Allí vivían los padres y los cuatro hijos, constantemente atormentados por el hambre.

bernardita

Cuando conseguían comprar pan, la madre lo dividía entre los pequeños, que aún así se sentían insatisfechos. Bernardette, no pocas veces, se privaba de su pequeña parte a favor de los más jóvenes, sin nunca demostrar el menor desacuerdo por eso. Por la noche, sin conseguir dormir, atormentada por el asma, Bernardette lloraba. La causa principal de aquél desahogo, sin embargo, no era la enfermedad o las duras privaciones materiales.

El único deseo de la angelical niña era hacer la primera comunión, pero la necesidad de cuidar de los hermanos y de la casa le impedía frecuentar el catecismo, aprender a leer y a escribir y hasta hablar el francés. De hecho, cuando la Santísima Virgen le dirigió la palabra, lo hizo en patois, el dialecto de la región de Lourdes.

Si Bernardette deseó algo para sí misma, en los días de su infancia, fue únicamente recibir el Santísimo Sacramento, el Señor ofendido por los pecados de los hombres, que ella aprenderá tan pronto a consolar.

Días de pastoreo en Bartrès.

Las pocas veces que Bernardette frecuentó las aulas de catecismo en Lourdes fueron desaprovechadas, porque no conseguía acompañar al resto, más jóvenes y adelantadas que ella. Louise Soubirous estaba preocupaba por la hija, de 13 años, que todavía no había hecho la primera comunión, y resolvió pedir a su amiga, María Lagües, que la aceptase en Bartrès -aldea no muy distante de Lourdes- con el objetivo de que Bernardette allí pudiese frecuentar las aulas de catecismo.

Por consideración y amistad, María Lagües la recibió en su casa, pero no fue tan fiel a su promesa como sería de esperar -enseguida ocupó a Bernardette en los servicios de la casa y en el cuidado de los hijos. Y su marido encontró en ella su pastora ideal para su rebaño de corderos. Fue en ese periodo de pastoreo cuando Bernardette se solidificó en la oración, durante las largas horas transcurridas en el más completo silencio en medio del privilegiado panorama Pirenaico. Contemplativa, ella montaba un pequeño altar en honra de la Santísima Virgen y allí pasaba horas de gran fervor recitando el Rosario, la única oración que conocía.

Un hecho que le ocurrió a Bernardette en esta época demuestra la pureza cristalina de su corazón. Cierto día, cuando François Soubirous fue a visitar a su hija, la encontró triste y cabizbaja. Le preguntó qué era lo que le afligía. – Todos mis corderos tienen los costados verdes- respondió ella.

El padre, dándose cuenta de que se trataba de la marca hecha por un intermediario, hizo un comentario gracioso: – Ellos tienen los costados verdes porque comieron mucha hierba. – ¿Y pueden morir? -preguntó asustada Bernardette. – Tal vez… Apenada, comenzó a llorar en el mismo instante, entonces el padre le contó la verdad: – Vamos, no llores. Fue el intermediario que los marcó así.

Más tarde, cuando le llamaron boba por haber creído en semejante disparate, su respuesta constituyó una demostración involuntaria de su elevada virtud: – Yo nunca mentí; no podía suponer que aquello que mi padre me decía no era verdad. Los días pasaban lentamente en la pequeña aldea, y ya habían pasado siete meses desde la llegada de Bernardette.¡Cuánta esperanza de aproximarse a la mesa eucarística traía en la llegada, y qué decepción experimentaba, después de las pocas aulas de insignificante instrucción! Aquella espera interminable la afligía, pero, como todo en la vida del hombre, fue permitido por Nuestro Señor.

«Sufre los retrasos de Dios; dedícate a Dios, espera con paciencia, con el fin de que, en el último momento, tu vida se enriquezca» (Eclo 2, 3) Esas palabras, desconocidas para Bernardette, significaban exactamente como Dios procedió con respecto a ella. Al mismo tiempo en que la gracia inspiraba en su alma un ardiente deseo de las cosas elevadas, éstas parecían serle retiradas.

Con eso, su ansia se robustecía, y todo lo que era terrenal empezaba a ser poco a sus ojos, cada vez más aptos para comprender las realidades sobrenaturales. Como suele pasar con las almas que Dios prueba por medio de largas esperas, le estaban reservadas gracias mucho mayores.

Celestial sorpresa.

De vuelta a la casa paterna, Bernardette retomó los antiguos quehaceres.

En la mañana inolvidable del 11 de febrero de 1858, salió con la hermana Toinette y la amiga Jeanne Abadie para el bosque, con el fin de recoger leña para la chimenea y huesos que vender para comprar algún alimento. Anduvieron bastante hasta llegar a la gruta de Massabielle, donde Bernardette nunca había estado. En el momento en que las despiertas niñas atravesaban el agua helada del río Gave, Bernardette se preparaba para hacer lo mismo.

gruta lourdes
Gruta de las Apariciones

Ésta es la narración de Bernardette de lo que entonces sucedió: «Escuché un barullo, como si fuese un rumor. Entonces, volví la cabeza hacia la orilla del prado; vi que los árboles no se movían en absoluto. Seguí descalzándome. Volví a escuchar el mismo barullo. Levanté la cabeza, mirando hacia la gruta. Vi a una Señora toda de blanco, con el vestido blanco, un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie, del color de la cadena de su rosario: las cuentas del rosario eran blancas»

Era la Santísima Virgen que le sonreía y le llamaba para que se aproximara. Temerosa, Bernardette no se adelantó, sino que sacó su tercio y comenzó a rezar. Lo mismo hizo la «bella Señora», que aunque no moviese los labios la acompañaba con su propio rosario. Después, al terminar el Rosario, Ella desapareció.

La impresión que esa primera aparición produjo en Bernardette fue profunda. Sin reconocer en Ella a la Madre celeste, la niña se sentía irresistiblemente atraída por esa figura tan amable y admirable, en la cual no podía parar de pensar. Cuando una monja le preguntó, años más tarde, en la enfermería del convento, si la Señora era bella, ella respondió: – ¡Sí! ¡Tan bella que, cuando se ve una vez, se desea la muerte sólo para volver a verla!

Dieciocho encuentros en Massabielle.

Por más que Bernardette hubiese pedido que guardaran el secreto a sus dos compañeras, a las que contó lo que viera, ellas no se mantuvieron calladas en ningún momento.

Poco más tarde, eran decenas de personas las que comentaban en la vecindad el sobrenatural acontecimiento. Y era apenas El comienzo: la impresionante popularidad de las apariciones asumió proporciones tales, que el día 4 de marzo, estaban junto a Bernardette nada menos que 20.000 peregrinos.

Antes de cada visita de Nuestra Señora, Bernardette sentía un enorme deseo de ir a Massabielle. Fue lo que ocurrió los días 14 y 18 de febrero, cuando un presentimiento interior la condujo hasta la gruta. En la segunda aparición, la Virgen Santísima permaneció nuevamente en silencio; dijo apenas alguna palabra el día 18, como nos lo narra la obediente niña: «La Señora sólo me habló en la tercera vez. Me preguntó si quería ir allí durante 15 días. Le respondí que sí, después de pedir permiso a mis padres»

El santuario de Lourdes es uno de los mayores centros de peregrinación del mundo católico, acogiendo cerca de 6 millones de peregrinos todos los años

La quincena de apariciones, que se dio entre el 18 de febrero y el 4 de marzo, con excepción de los días 22 y 26, constituyó el gran foco de irradiación del mensaje confiado a Bernardette. Cada día se multiplicaba el número de asistentes que emprendían penosos viajes, atraídos por los celestiales coloquios. Aunque nadie más que Bernardette viese a la «Señora», todos sentían Su presencia y se conmovían con los éxtasis de la campesina.

– Ella no parecía de este mundo -dijo un testigo. Las palabras de Nuestra Señora no fueron muchas, aunque de expresivo significado. Dijo a Bernardette el mismo día 18: «No prometo hacerte feliz en este mundo, pero sí en el otro». Y otras veces: «Yo quiero que venga aquí mucha gente». «¡Pide a Dios por los pecadores! ¡Besa la tierra por los pecadores!». «¡Penitencia, penitencia, penitencia!». «Ve y di a los sacerdotes que construyan aqui una capilla. Quiero que todos vengan en procesión». Todavía durante la quincena, la Reina de los Cielos confió tres secretos y enseñó una oración a Bernardette, que ella recitó con insuperable fervor todos los días de su vida.

Después de un largo silencio con respecto a su identidad, la Señora reveló su nombre a Bernardette en la decimosexta aparición, el 25 de marzo de 1858: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Era una solemne confirmación del dogma proclamado por el Beato Pío IX cuatro años antes; la pureza de doctrina sería coronada, de aquí en adelante, por la belleza de los milagros.

Transformada por Nuestra Señora.

Uno de los criterios de prudencia adoptados por la Santa Iglesia para verificar la autenticidad de las revelaciones como las que recibió Bernardette, es observar atentamente la conducta de los videntes. En ellos, se refleja invariablemente la veracidad y el tenor de lo que dicen ver: su testimonio personal es decisivo.

Los enfermos no tardaron en servirse de ella y las curas inexplicables se iniciaron el 1 de marzo. Enfermos desahuciados «por la razón y por la ciencia» veían sus males desaparecer en un instante, y los argumentos de innumerables corazones reticentes se transformaron en cánticos de fe.

Cuando Bernardette, más tarde, probó esta agua para sus penosas dolencias, no le fue eficaz. Le preguntaron, entonces: – Esa agua cura a otros enfermos: ¿Por qué no te cura a ti? – Tal vez la Santísima Virgen quiera que yo sufra- fue su respuesta.

Lourdes aguas

De hecho, su vocación era sufrir y expiar por la conversión de los pecadores. La fuente no era para ella. Esa hija predilecta de María comprendió con profundidad su singular llamada.

Todo cuanto habría de padecer física y moralmente de ahí en adelante -que no fue poco- ella deseaba unirlo a los méritos infinitos del Redentor crucificado, para que fuese pleno el efecto de las gracias derramadas en la gruta. Nunca un murmullo, una queja o un acto de impaciencia se desprendieron de sus resignados labios, acostumbrados al silencio y a la inmolación.

En el asilo de Nevers.

Después del ciclo de las apariciones, todos querían ver a Bernardette y tocarla. Le pedían bendiciones, le robaban reliquias… Hombres ilustres emprendían largos viajes para conocerla y altas figuras eclesiásticas no escondían su admiración delante de ella.

Pero, ¡cuánto le hacían sufrir por causa de eso! En su acrisolada humildad, Bernardette se sentía incómoda delante de tantas manifestaciones de deferencia. Su mayor deseo era ser olvidada, quería que sólo la Virgen Santísima fuese objeto de encanto y amor. En Lourdes, ella vivió todavía nueve años en el Asilo, administrado por las Hermanas de la Caridad y de la Instrucción Cristiana, de Nevers.

Ayudaba en la atención a los enfermos, en los servicios de la cocina, cuidando de los niños. A los 23 años partió hacia la Casa Madre de la Congregación, en Nevers, deseando ávidamente la vida de recogimiento y oración: – Vine aquí para esconderme -dijo.

Sus trece años de vida religiosa fueron acentuados por la práctica de todas las virtudes y, de modo especial, el desprendimiento de sí misma y el amor al sufrimiento. De ese período, pasó nueve años de ininterrumpidas enfermedades: el asma inclemente, un doloroso tumor en la rodilla, que evolucionó hasta una terrible infección de los huesos. El día 16 de abril de 1879, a los 35 años de edad, ella entregó su alma al Creador.

"Me encontraréis junto al peñasco"

Sus restos mortales incorruptos constituyen uno de los más bellos vestigios de la felicidad eterna que Dios haya otorgado a los pobres mortales en este Valle de Lágrimas.

Intacto, puro, angélico es el cuerpo de Bernardette, delante del cual el peregrino se siente atraído a pasar horas seguidas en oración, y levantarse con la dulce impresión de haber penetrado en la felicidad eterna de la que goza la vidente de Massabielle.

Bernardette
Cuerpo incorrupto de Santa Bernardette Soubirous - Nevers (Francia)

Allí están, cerrados, pero elocuentes, los ojos que otrora contemplaran a la Santísima Virgen, para enseñarnos que los únicos que son exaltados son los mansos y los humildes de corazón; para recordarnos que, para realizar Sus grandes obras, Dios no precisa de las fuerzas humanas, sino de la fidelidad a la voz de Su gracia.

Sabemos que la misión de Bernardette no terminó. La acción beneficiosa de su intercesión se hace sentir junto a la gruta, como ella misma predijo: «Me encontraréis junto al peñasco que tanto amo». Que ella nos obtenga, en este año de jubileo y acción de gracias, una confianza inquebrantable en el poder de Aquella que dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción».

Tamara Victório Penin

Oraciones

Dulce Jesús mío, mi niño adorado,⁣ ¡ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!⁣

diciembre 28, 2021

Gozos al Niño Jesús

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Dulce Jesús mío, mi niño adorado,⁣ ¡ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!⁣

¡Oh sapiencia suma del Dios soberano,⁣ que al nivel de un niño te hayas rebajado!⁣
¡Oh Divino Niño, ven para enseñarnos⁣ la prudencia que hace verdaderos sabios!⁣

¡Oh, Adonaí potente que a Moisés hablando,⁣ de Israel al pueblo disteis los mandatos!⁣
¡Ah! ven prontamente para rescatarnos.⁣ Y que un niño débil muestre fuerte brazo!⁣

¡Oh raíz sagrada de Jesé, que en lo alto⁣ presentan al orbe tu fragante nardo!⁣
Dulcísimo Niño que has sido llamado⁣ lirio de los valles bella flor del campo.⁣

¡Llave de David que abre al desterrado⁣ las cerradas puertas del regio palacio!⁣
¡Sácanos, oh Niño, con tu blanca mano,⁣ de la cárcel triste que labró el pecado!⁣

¡Ven a nuestras almas! ¡Ven no tardes tanto!⁣

Destacados, Oraciones

Señor, haz de nuestro hogar un lugar de amor.

febrero 15, 2022

Señor, haz de nuestro hogar un lugar de amor. Donde no haya injurias, porque tú nos das comprensión; donde no haya amarguras, porque tú nos das paciencia; donde no haya rencor, porque tú nos enseñas el perdón; donde no haya abandono, porque tú estás siempre con nosotros. Señor, llena nuestras vidas. Que cada mañana amanezca un día más de entrega. Que cada noche nos encuentres con más amor de esposos; que vivamos todo el día en la ayuda y el consuelo mutuos. Ayúdanos, Señor, para educar a nuestros hijos, según tu imagen y semejanza; para que vivamos nuestro amor conforme a tu voluntad; para que veamos en nuestra felicidad un motivo más para amarte; para que demos a los demás lo mucho que tú nos has dado. Te invitamos, Señor, a nuestro hogar.

Amén.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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