Historia y Creación

Origen del Bastón de caramelo

De Alemania, los bastoncitos se extendieron a toda Europa, convirtiéndose en uno de los ornatos más simbólicos de la Navidad.

Con canciones, colores, luces, adornos y manjares, en diciembre se celebra la festividad más esperada del año. Y aunque los meses anteriores transcurrieran sin mucho devoción o fe, gracias especiales llaman a la puerta de las casas, desde la más humilde hasta la más acomodada. ¡Todas las familias conmemoran el Nacimiento del Niño Jesús!

Origen del Bastón de Caramelo

En algunos países hay un detalle que no puede faltar: el bastón de caramelo o candy cane, por su nombre en inglés. Sencilla y bella, esta peculiar golosina ha servido de encantador adorno en las fiestas navideñas, alegrando con su presencia a grandes y pequeños.

La tradición surgía en el siglo XVII, en Alemania, cuando el maestro de capilla de la catedral de Colonia halló la solución para evitar el ruido que hacían los niños durante los conciertos navideños. Cada año, una presentación musical en honor al Recién Nacido era organizada allí con esmero germánico.

La cuidadosa elección de las melodías, la variedad de los instrumentos, la primorosa afinación hacía de aquellos homenajes un momento ansiosamente esperado.

No obstante, la impecable ejecución musical siempre se veía intercalada de llantos, jugueteos y gritos infantiles… Como esto, evidentemente, entorpecía la presentación, el director le encargó a un confitero que elaborara unos palitos de azúcar con el fin de mantener entretenidos a los críos durante el concierto.

Ahora bien, repartir dulces en una ocasión tan piadosa —y más aún dentro de la iglesia— necesitaba una justificación. Entonces le pidió que los hiciera en forma de bastón, aludiendo a los pastores que visitaron al Niño Jesús, y que fueran de color blanco, con el objetivo de simbolizar a través de éste el parto virginal de María.

Tras su distribución se consiguió que, finalmente, las cantatas obtuvieran el éxito merecido. El brillante resultado de esa experiencia se transformó en tradición.

De Alemania, los zuckerstangen (en su lengua original) se extendieron a toda Europa, siendo repartidos durante las obras de teatro navideñas. Se convertían, así, en uno de los ornatos más simbólicos de ese período litúrgico.

Villancicos pintura

Simbolismo del bastón

Fueron apareciendo nuevas explicaciones para vincular todavía más esos bastoncitos al Nacimiento del Redentor: unos consideraron su dulzura como una rememoración de que somos alimentados y reconfortados con las palabras del Evangelio; otros compararon su formato a la primera letra del nombre de Jesús, el Buen Pastor. Hubo quienes afirmaron que la solidez del palito de azúcar era símbolo de Cristo, roca firme para los fieles y piedra de escándalo para los que lo rechazan.

Y, para que no faltaran razones, también identificaron su rigidez con la fuerza de la Iglesia Católica.

El bastón tradicional es recorrido por tres líneas rojas, número que remite a la Santísima Trinidad. Algunas personas atribuyen su color rubro a los sufrimientos de los cristianos unidos a los del Redentor. La mayoría, sin embargo, creen que es un recuerdo de la Preciosísima Sangre derramada por amor a los hombres.

El sabor a menta que el dulce adquirió tiempos más tarde evoca el aroma del hisopo, arbusto cuyas ramas se usaban en el Antiguo Testamento para asperger con sangre al pueblo. Al estar ligada la idea de sacrificio y purificación, la presencia de esta planta en el sabor de los bastoncitos recuerda que Nuestro Señor Jesucristo nos lavó del pecado y nos santificó por los méritos de su Pasión y Muerte en la cruz.

Esas son algunas de las diversas analogías que el candy cane despertó en las mentes piadosas, haciéndolas que se elevaran de una realidad material, sencilla y corriente al firmamento de la vida sobrenatural.

Consejo navideño

Y nosotros, en este caótico siglo XXI, cuando una especie de «visera» espiritual parece que les impide a los hombres contemplar lo que hay de más alto, ¿sabremos elevar nuestro espíritu hacia el verdadero significado de la Navidad? Sirvámonos de los riquísimos simbolismos que rodean las conmemoraciones del Nacimiento de Cristo para elevar nuestros corazones, preparándolos para su venida.

Autor: Hna. Letícia Gonçalves de Sousa, EP

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Espiritualidad

Origen de la fiesta de “Corpus Christi". Varios motivos condujeron a que la Sede Apostólica diese este nuevo impulso al fervor eucarístico.

septiembre 12, 2021

“Corpus Christi" Historia del Himno

Corría el año de 1264. El Papa Urbano IV ordenó que se convocara una selecta asamblea que reuniese a los más famosos maestros de teología de aquel tiempo. Entre ellos se encontraban dos varones conocidos no sólo por el brillo de la inteligencia y pureza de su doctrina, sino por la heroicidad, sobre todo, de sus virtudes: Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura.

Corpus Christi

La razón de la convocatoria se relacionaba con una reciente bula pontificia en la que se instituía una fiesta anual en honor al Santísimo Cuerpo de Cristo. Para que esta conmemoración tuviese un gran esplendor, deseaba Urbano IV que se compusiera un Oficio, como también lo propio a la Misa a ser cantada en esa solemnidad. Así, solicitó a cada uno de aquellos doctos personajes que elaboraran una composición y se la presentasen en unos días, con el fin de escoger la mejor.

Célebre se hizo el episodio ocurrido durante la sesión. El primero en exponer su obra fue fray Tomás. Serena y calmamente, desenrolló un pergamino y los circundantes oyeron la declamación pausada de la Secuencia compuesta por él:

Lauda Sion Salvatorem, lauda ducem et pastorem in hymnis et canticis (Loa, Sión, al Salvador, alaba a tu guía y pastor con himnos y cánticos)… Admiración general.

Fray Tomás concluía: …tuos ibi commensales, cohæredes et sodales, fac sanctorum civium (admítenos en el Cielo entre tus comensales y haznos coherederos en compañía de los que habitan la ciudad de los santos).

Fray Buenaventura, digno hijo del Poverello de Asís, sin titubear rasgó su composición; y los demás lo imitaron, rindiéndole tributo de esta manera al genio y la piedad del Aquinate. La posteridad no llegó a conocer las demás obras, sublimes sin duda, pero inmortalizó el gesto de sus autores, verdadero monumento de humildad y modestia.

Origen de la fiesta de “Corpus Christi"

Varios motivos condujeron a que la Sede Apostólica diese este nuevo impulso al fervor eucarístico, haciendo extensiva a toda la Iglesia una devoción que ya se venía practicando en ciertas regiones de Bélgica, Alemania y Polonia.

El primero de ellos se remonta a la época en que Urbano IV, entonces miembro del clero belga de Liège, examinó cuidadosamente el contenido de las revelaciones con las que el Señor se dignó favorecer a una joven religiosa del monasterio agustino de Mont-Cornillón, cercano a aquella ciudad.

En 1208, cuando tenía sólo 16 años, Juliana fue objeto de una singular visión: un refulgente disco blanco, semejante a la luna llena, que tenía uno de sus lados oscurecido por una mancha.

Tras algunos años de oración, le fue revelado el significado de aquella luminosa “luna incompleta”: simbolizaba la Liturgia de la Iglesia, a la cual le faltaba una solemnidad en alabanza al Santísimo Sacramento. Santa Juliana de Mont-Cornillón había sido elegida por Dios para comunicar al mundo ese deseo celestial.

Pasaron más de veinte años hasta que la piadosa monja, dominando la repugnancia que procedía de su profunda humildad, se decidiera a cumplir su misión y relatara el mensaje que había recibido. A pedido suyo, fueron consultados varios teólogos, entre ellos el P. Jacques Pantaleón —futuro Obispo de Verdún y Patriarca de Jerusalén—, que se mostró entusiasmado con las revelaciones de Juliana.

Algunas décadas más tarde, y ya habiendo fallecido la santa vidente, quiso la Divina Providencia que el ilustre prelado fuese elevado al Solio Pontificio en 1261, escogiendo el nombre de Urbano IV.

Se encontraba este Papa en Orvieto, en el verano de 1264, cuando llegó la noticia de que, a poca distancia de allí, en la ciudad de Bolsena, durante una Misa en la iglesia de Santa Cristina, el celebrante —que sentía probaciones en relación a la presencia real de Cristo en la Eucaristía— había visto como la Hostia Sagrada se transformaba en sus propias manos en un pedazo de carne, que derramaba abundante sangre sobre los corporales.La crónica del milagro se difundió rápidamente en la región.

El Papa, informado de todos los detalles, pidió que llevaran las reliquias a Orvieto, con la debida reverencia y solemnidad. Él mismo, acompañado por numerosos cardenales y obispos, salió al encuentro de la procesión que se había organizado para trasladarlas a la catedral.Poco después, el 11 de agosto del mismo año, Urbano IV emitía la bula Transiturus de hoc mundo, por la que se determinaba la solemne celebración de la fiesta de Corpus Christi en toda la Iglesia.

Una afirmación contenida en el texto del documento dejaba entrever un tercer motivo que contribuiría a la promulgación de la mencionada festividad en el calendario litúrgico: “Aunque renovemos todos los días en la Misa la memoria de la institución de este Sacramento, aún estimamos conveniente que sea celebrada más solemnemente, por lo menos una vez al año, para confundir particularmente a los herejes; pues en el Jueves Santo la Iglesia se ocupa de la reconciliación de los penitentes, la consagración del santo crisma, el lavatorio de los pies y otras muchas funciones que le impiden dedicarse plenamente a la veneración de este misterio».

Así, la solemnidad del Santísimo Cuerpo de Cristo nacía también para contrarrestar la perjudicial influencia de ciertas ideas heréticas que se propagaban entre el pueblo en detrimento de la verdadera Fe.En el siglo XI, Berengario de Tours se opuso abiertamente al Misterio del Altar al negar la transubstanciación y la presencia real de Jesucristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en las sagradas especies. Según él, la Eucaristía no era sino pan bendito, dotado sólo de un simbolismo especial.

 A principios del siglo XII, el heresiarca Tanquelmo esparcía sus errores por Flandes, principalmente en la ciudad de Amberes, afirmando que los sacramentos y la Santísima Eucaristía, sobre todo, no poseían ningún valor.Aunque todas esas falsas doctrinas ya estuvieran condenadas por la Iglesia, algo de sus ecos nefastos aún se sentían en la Europa cristiana. Así que Urbano IV no juzgó superfluo censurarlas públicamente, de manera que les quitase prestigio e inserción.

La Eucaristía pasa a ser el centro de la vida cristiana

A partir de este momento, la devoción eucarística florecía con gran vigor entre los fieles: los himnos y antífonas compuestos por Santo Tomás de Aquino para la ocasión — entre ellos el Lauda Sion, verdadero compendio de teología del Santísimo Sacramento, llamado por algunos el credo de la Eucaristía— pasaron a ocupar un lugar destacado dentro del tesoro litúrgico de la Iglesia.

Con el transcurso de los siglos, bajo el soplo del Espíritu Santo, la piedad popular y la sabiduría del Magisterio infalible se aliaron en la constitución de costumbres, usos, privilegios y honras que hoy acompañan al Servicio del Altar, formando una rica tradición eucarística.

Aún en el siglo XIII, surgieron las grandes procesiones que llevaban al Santísimo Sacramento por las calles, primeramente dentro de un copón cubierto y después expuesto en un ostensorio. También en este punto el fervor y el sentido artístico de las diferentes naciones se esmeraron en la elaboración de custodias que rivalizaban en belleza y esplendor, en la confección de ornamentos apropiados y en la colocación de inmensas alfombras de flores a lo largo del camino que recorrería el cortejo.

Los Papas Martín V (1417-1431) y Eugenio IV (1431-1447) concedieron generosas indulgencias a quien participase en las procesiones. Más tarde, el Concilio de Trento —en su Decreto sobre la Eucaristía, de 1551— subrayaba el valor de estas demostraciones de Fe: “Declara además el santo Concilio que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos».1

El amor eucarístico del pueblo fiel no se restringió solamente a manifestaciones externas; al contrario, eran la expresión de un sentimiento profundo puesto por el Espíritu Santo en las almas, en el sentido de valorar el precioso don de la presencia sacramental de Jesús entre los hombres, conforme sus propias palabras: “Y yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

El misterio del amor de un Dios que no sólo se hizo semejante a nosotros para rescatarnos de la muerte del pecado, sino que quiso permanecer, en un extremo de ternura, entre los suyos, escuchando sus pedidos y fortaleciéndoles en sus tribulaciones, pasó a ser el centro de la vida cristiana, el alimento de los fuertes, la pasión de los santos.

San Pedro Julián Eymard, ardiente devoto y apóstol de la Eucaristía, expresaba en términos llenos de unción esta celestial “locura” del Salvador al permanecer como Sacramento de vida para nosotros:

«Se comprende que el Hijo de Dios, llevado por su amor al hombre, se haya hecho hombre como él, pues era natural que el Creador estuviese interesado en la reparación de la obra que salió de sus manos. Que, por un exceso de amor, el Hombre Dios muriese en la Cruz, se comprende también. Pero lo que no se comprende, aquello que espanta a los débiles en la Fe y escandaliza a los incrédulos, es que Jesucristo glorioso y triunfante, después de haber terminado su misión en la tierra, quiera permanecer aún con nosotros, en un estado más humillante y aniquilado que en Belén o en el Calvario».

¡Arrodillémonos delante del Tabernáculo!

¿Cuáles deberían ser nuestra actitud y nuestros sentimientos al considerar el extremo de bondad que Dios hecho Hombre tiene hacia la criatura rescatada por su Sangre y no la abandonó, habiéndose encarnado, sino que se ha mantenido presente, asistiendo y amparando a todos los que a Él quisieran acercase?

Arrodillémonos delante del Tabernáculo o delante, aún mejor, del Ostensorio, entreguemos a Jesús Sacramentado todo nuestro ser —nuestro cuerpo con todos sus miembros y órganos, nuestro alma, con sus potencias, sus cualidades e incluso con sus propias miserias— y ofrezcámosle a Dios Padre la divina Sangre de su Hijo, derramada en la Cruz en reparación de nuestras faltas.

Hermana Clara Isabel Morazzani Arráiz, EP

Santos

septiembre 9, 2021

Sobre la trágica muerte de San Maximiliano Kolbe en el campo de concentración de Auschwitz se comenta y se sabe mucho. Sin embargo, menos conocida es su vida, llena de inteligentes y osados proyectos apostólicos, fruto de un espíritu con amplios horizontes iluminado por una entrañada devoción a la Virgen Santísima.

Talis vita, finis ita, 1 reza un conocido adagio romano. Si Maximiliano tuvo un gesto heroico al final de su existencia que lo llevó al martirio fue porque María Inmaculada se lo había inspirado. Desde pequeño supo corresponder enteramente a tan hermosa y elevada vocación.

Nacía en una época de prosperidad

La Polonia de los últimos años del siglo XIX y principios del XX se encontraba, como el resto de Europa y toda América, en plena prosperidad material. La sociedad de entonces se deleitaba en la euforia y el esplendor de la Belle Époque , en la abundancia y el bienestar, más preocupada por gozar la vida que por lo concerniente a la Religión. El laicismo dominaba las mentes y las costumbres.

En este contexto histórico, el 8 de enero de 1894, nacía Raimundo Kolbe en la ciudad polaca de Zdu ? ska Wola y ese mismo día recibía el Bautismo. Sus padres, Julio Kolbe y María Dabrowska, eran auténticos cristianos y muy devotos de la Virgen María. Dos de sus cinco hijos murieron siendo niños y los otros tres abrazaron la vida religiosa.

Una visión que marcó el rumbo de su vida

Raimundo era un niño espabilado y travieso, por ello cierto día recibió una reprimenda de su madre que le marcó su vida:
– Si a los diez años eres un niño tan malo, peleador y malcriado, ¿qué serás cuando grande?
Estas palabras calaron profundamente en su alma. Se quedó afligido y pensativo. Quería cambiar de vida y recurrió a Nuestra Señora. De rodillas ante una imagen, de la iglesia parroquial, le preguntó:
– ¿Qué va a pasar conmigo?
Cuán enorme no fue su sorpresa al ver que se le aparecía la Madre de Dios. Tenía en las manos un par de coronas y sonriéndole maternalmente le preguntó cuál de ellas escogía. Una era blanca y significaba que preservaría en la castidad; la otra roja, que sería mártir. Esa gran alma que era, escogió las dos.

La vocación religiosa.

Así surgía en él, por gracia de la Inmaculada, su vocación religiosa. Decidió ser capuchino franciscano. A los 14 años empezó sus estudios ¿en dónde? , en la casa de los Hermanos Menores Conventuales, junto a su hermano mayor Francisco.
Con 16 años fue admitido en el noviciado y eligió el nombre de Maximiliano, en honor a un gran mártir africano; quizás con ello estuviera pensando ya en su futuro…
Al año siguiente pronunció los votos simples. Por su privilegiada inteligencia, sus superiores decidieron enviarlo a la Ciudad Eterna, para que continuara sus estudios en el Colegio Seráfico Internacional, de los franciscanos, y que cursara seguidamente Filosofía en la famosa Universidad Gregoriana.
Como había oído hablar de las especiales dificultades que había en la Roma de entonces para mantener la pureza, el joven fraile solicitó no ir allí. Pero en nombre de la santa obediencia tuvo que viajar a la capital de la Cristiandad, en donde además de terminar los estudios hizo la profesión solemne el 1 de noviembre de 1914, acrecentando a su nombre de religioso el de María, la Virgen Inmaculada.

Empiezan los años de lucha

En aquella ciudad se topó con la insolencia con la que los enemigos de la Iglesia la atacaban sin la proporcionada reacción de los católicos. Se decidió a entrar en la lucha antes incluso de ser ordenado presbítero. Reunió a seis condiscípulos suyos y fundaron en 1917 la asociación apostólica Milicia de María Inmaculada, cuyos estatutos declaraban primeramente sus objetivos: la conversión de los pecadores, incluso de los enemigos de la Iglesia, la santificación de todos sus miembros, bajo la protección de María Inmaculada. Sólo aceptaba a jóvenes intrépidos y verdaderamente dispuestos a acompañarlo en esa empresa; llevaban por título “Caballeros de Vanguardia”.

Su sed de almas quedó registrada en las actas de su ordenación sacerdotal, que fue el 28 de abril de 1918. A la mañana siguiente, quiso celebrar su primera Misa en el altar de la Madonna del Miraccolo, de la iglesia de San Andreas delle Fratte, porque allí, en 1842, ocurrió el célebre episodio con Alfonso Ratisbona quien ante la aparición de la Santísima Virgen, se arrodilló judío y se levantó católico, una milagrosa e instantánea conversión. En la agenda de Misas de aquellos primeros días de su sacerdocio, el P. Kolbe escribió que quería celebrar el Santo Sacrificio para “impetrar la conversión de los pecadores y la gracia de ser apóstol y mártir“.2

El progreso al servicio de la Fe.

De regreso a Polonia, en 1919, fue internado en un sanatorio por causa de graves problemas de salud. Tan pronto como se restableció fundó la gaceta El Caballero de la Inmaculada , una publicación mensual de su asociación. Aprovechaba así el progreso técnico de su tiempo, en lo que a artes gráficas se refiere, para ponerlo al servicio de la Fe.

La víspera de su inauguración reunió a los operarios, colaboradores y redactores, un total de 327 personas, para pasar ese día en ayuno y oración. Aquella noche fue organizada una gran vigilia de Adoración al Santísimo Sacramento y de plegarias a la Santísima Virgen para que bendijeran este nuevo proyecto. A la noche siguiente las rotativas imprimían el primer número del periódico, “hijo” de esas oraciones. Su obra recibiría un gran impulso en 1927 cuando el príncipe Juan Drucko- Lubecki les cedió un terreno situado a 40 Km. de Varsovia. Allí el P. Kolbe empezaría a construir una Niepokalanów, Ciudad de la Inmaculada. Planeaba la edificación de un enorme convento y nuevas instalaciones para su imprenta. ¿Con qué dinero? “María proveerá, ésta es una empresa suya y de su Hijo” —decía el santo.

Y no fue defraudado en esa confianza suya. Su boletín había alcanzado en 1939 el sorprendente tiraje de un millón de ejemplares; además a ése se sumaron otros diecisiete diarios de menor porte y una emisora de radio. La Ciudad de la Inmaculada contaba con 762 habitantes: 13 sacerdotes, 18 novicios, 527 hermanos legos, 122 seminaristas menores y 82 candidatos al sacerdocio. También residían allí médicos, dentistas, agricultores, mecánicos, sastres, albañiles, impresores, jardineros y cocineros. Además poseía un parque de bomberos.

El dinamismo que alimentaba a su obra apostólica no era otra cosa sino la sólida piedad que había inculcado a sus discípulos. El motor propulsor de todo ello era el amor entusiasta y militante a María Inmaculada, de quien se sentía más que un esclavo una simple propiedad. En la Eucaristía se encontraba la fuente de la fecundidad de sus iniciativas, por eso instituyó la Adoración Perpetua en Niepokalanów y él mismo no empezaba una tarea sin un acto de adoración al Santísimo Sacramento.

Expedición a Oriente

Su anhelo por difundir en todo el orbe su misión evangelizadora le llevó a realizar una expedición a Oriente con el propósito de editar su revista en diversos idiomas para que llegara a millones de personas en el mundo entero. Su aspiración era que hubiera una “Ciudad de la Inmaculada” en cada país.

De entrada, consiguió que se fundara una en Japón, en Nagasaki. En 1930 la Niepokalanów japonesa ya disponía de una tipografía donde fueron impresos los primeros 10 mil ejemplares de El Caballero de la Inmaculada. Hasta hoy en día se mantiene esta fructífera labor con trabajadores nativos y numerosos sacerdotes.

Más tarde les contó a sus discípulos, antes de los trágicos acontecimientos de la guerra, que había recibido una gracia mística en tierras niponas. Quizás esa gracia fuera decisiva para fortalecerse en las tribulaciones por las que tuvo que pasar. En el refectorio de la Ciudad de la Inmaculada, tras la cena, les dijo: “Voy a morir y vosotros vais a quedaros aquí. Antes de despedirme de este mundo, os quiero dejar un recuerdo […] , contándoos una cosa, pues mi alma desborda de alegría: el Cielo me ha sido prometido con toda seguridad, cuando estaba en Japón. […] Acordaros de lo que os digo y aprended a estar listos para grandes sufrimientos”.3

La Segunda Guerra Mundial.

Al estallar la II Guerra Mundial, en 1939, la Ciudad de la Inmaculada se vio expuesta a un gran peligro, ya que estaba situada en las inmediaciones de la carretera entre Potsdam y Varsovia, una ruta que podía ser utilizada en un eventual ataque de los nazis. Por este motivo la alcaldía de Varsovia ordenó que fueran evacuados con urgencia. El P. Kolbe había conseguido realojar en un lugar seguro a todos los hermanos, aunque él se quedó con cincuenta de sus colaboradores más próximos.

En septiembre las tropas de ocupación se los llevaron y los encarcelaron en Amtitz. Pero en la fiesta de la Inmaculada, el 8 de diciembre, fueron liberados y regresaron a Niepokalanów, convirtiéndola en un refugio y hospital para los heridos de guerra, los prófugos y los judíos.

También retomaron sus tareas, ya que los invasores les permitieron continuar con sus publicaciones, a la espera de tener algún pretexto para acabar con su apostolado. Con una valentía muy grande, el P. Kolbe escribiría en el último número de El Caballero de la Inmaculada , las siguientes palabras, de admirable honestidad intelectual e integridad de convicciones: “Nadie en el mundo puede cambiar la verdad. Lo que podemos hacer es buscarla y cuando la hayamos encontrado servirla. El conflicto real de hoy es un conflicto interno. Más allá de los ejércitos de ocupación y de las hecatombes de los campos de concentración, existen dos enemigos irreconciliables en lo más hondo de cada alma: el bien y el mal, el pecado y el amor. ¿De qué sirven las victorias en el campo de batalla si somos derrotados en lo más profundo de nuestras almas?”.4

A causa de ello, en febrero de 1941 la Gestapo irrumpió en la Ciudad de la Inmaculada y arrestó al P. Kolbe y a otros cuatro frailes más ancianos. En la prisión de Pawiak, en Varsovia, fue sometido a injurias y vejaciones y trasladado después a Auschwitz.

En el campo de Auschwitz.

Comenzaban de esta manera las estaciones de su “Vía Crucis”. La primera noche la pasó en un recinto con otras 320 personas. A la mañana siguiente los desnudaron, y fueron rociados con fuertes chorros de agua helada. A todos le dieron una chaqueta con un número y a él le correspondió el 16.670.

Un oficial se quedó enfurecido al percatarse de su hábito de religioso. Le arrancó violentamente el crucifijo que llevaba al cuello y le gritó:

– ¿Tú crees en esto?

Ante su afirmativa y categórica respuesta, le propinó una soberana bofetada. Tres veces le hizo la misma pregunta y en las tres el santo religioso confesó su Fe, recibiendo el mismo brutal ultraje. San Maximiliano daba gracias a Dios, a ejemplo de los Apóstoles, por ser digno de sufrir por Cristo: “salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús” (Hch 5, 41).

María no lo abandonó ni siquiera un instante.

Los guardias del campo de concentración revisaban a los prisioneros minuciosamente al entrar y les quitaban todos los objetos personales. No obstante, el soldado que examinó al P. Kolbe le devolvió el Rosario y le dijo:

– Quédate con tu Rosario. ¡Y métete ya dentro!

Era una sonrisa de la Virgen que le decía que estaría con él en todo momento.

Martirio en el “búnker de la muerte".

Conocidos muy bien son los demás episodios que ocurrieron en el campo de Auschwitz: el comportamiento del santo sacerdote franciscano, su incansable actividad apostólica, en cada barracón a donde era mandado, etc.

Al final de julio de 1941 fue transferido al Bloque 14, cuyos prisioneros se dedicaban a faenas agrícolas. En determinado momento uno de ellos se dio a la fuga y en represalia eligieron a 10 que fueron condenados a ir al “búnker de la muerte”, en un subterráneo a donde eran echados desnudos y permanecían sin agua ni alimento, esperando la muerte por inanición.

Ante la desesperación de aquellos infelices, San Maximiliano se ofreció para cambiarse por uno de ellos que era padre de familia. Aceptaron el canje porque era sacerdote. El odio de los esbirros contra el religioso era notorio, aunque se quedaban estupefactos al darse cuenta hasta donde puede llegar el valor, la fortaleza y el heroísmo de un presbítero católico, en cuya fisonomía se revelaba la de un varón con toda la fuerza de este término. Una auténtica caridad para con su coterráneo le movía a ello, sin duda, pero una razón también noble le llevó a tomar esa decisión: el deseo de ayudar a aquellos condenados a que tuvieran una buena muerte, salvándoles su alma.

Una vez que el búnker se cerraba, el contacto con el mundo exterior estaba clausurado para siempre. En aquellas horas terribles sin otra expectativa que la de la muerte, era el momento en que cada uno pusiera en orden su conciencia. Nos hacemos una idea del miedo que habría allí a la muerte, al Juicio, al sufrimiento, a la tentación de desesperación… Sin embargo, ¡qué privilegio que en esa situación tuvieran por compañero a un sacerdote santo! Gracias a él, el “búnker de la muerte” se transformó en una capilla de oración y cánticos… con voces cada día más débiles. Las autoridades juzgaban que aquella situación se prolongaba demasiado y decidieron aplicarles una inyección letal de ácido muriático.

El P. Kolbe fue el último que murió en aquel terrible subterráneo. Alargó espontáneamente el brazo para que le pincharan. Momentos después un funcionario del campo entró en la celda y lo encontró ya muerto con “los ojos abiertos y la cabeza inclinada. Su rostro, sereno y bello, estaba radiante”. 5

Cumpliría así su misión: se salvó a sí mismo y a los demás. Ese día era el 14 de agosto de 1941, la víspera de la Asunción de María.

La inspiración de su vida fue la Inmaculada

El 10 de octubre de 1982, en la Plaza de San Pedro, una multitud de 200 mil personas oían a un Papa, también polaco, que declaraba mártir a ese ejemplar sacerdote que no murió sólo por salvar una vida, sino que vivió, sobre todo, para salvar muchas almas. Jamás se cansó de decir: “No tengáis miedo de amar demasiado a la Inmaculada; nosotros nunca podremos igualar el amor que le tuvo Jesús: e imitar a Jesús es nuestra santificación. Cuanto más pertenezcamos a la Inmaculada, tanto mejor comprenderemos y amaremos al Corazón de Jesús, a Dios Padre, a la Santísima Trinidad”. 6

Ya que, como afirmaba Juan Pablo II cuando lo canonizó, “la inspiración de toda su vida fue la Inmaculada, a quien confiaba su amor a Cristo y su deseo de martirio“.7

(Revista Heraldos del Evangelio, Agosto/2009, n. 73, p. 34 a 37)

Notas:

1 Tal como haya sido la vida así es la muerte.
2 LLABRÉS Y MARTORELL, Pere-Joan. San Maximiliano María (Raimundo) Kolbe . Año Cristiano. Madrid: BAC, 2005. vol. 8. p.454.
3 KALVELAGE, FI, P. Francis M. Kolbe – Saint of the Inmaculate . Minnesota: Park Press, 2001, p. 77-78.
4 MLODOZENIEC, Fr. Juventino. Conheci o bem-aventurado Maximiliano Maria Kolbe . Ejemplar mimeografiado en el Jardín de la Inmaculada, Misión Católica de San Maximiliano Kolbe. Ciudad Occidental, Goiás, 1980.
5 LLABRÉS Y MARTORELL, Op. cit., p. 459.
6 Idem, p. 456.
7 Homilía en la Misa de canonización, 10/10/1982.

Santos

En el Huerto de los Olivos los Apóstoles huyeron aterrorizados. María Magdalena, por el contrario, salió en busca de su Amado, y Él fue a su encuentro.

octubre 22, 2021

¡Pecadora! Por éste y otros epítetos nada elogiosos se le señalaba en Jerusalén y alrededores a María Magdalena, mujer rica, de noble estirpe, notable belleza y vida disoluta.

Se había dejado arrastrar, siendo aún muy joven, por la vanidad, primer paso en la escurridiza rampa que conduce a los barrizales de la impureza. En esa deplorable situación, entró en los Evangelios con el apodo de pecadora pública: in civitate peccatrix, es decir, pecadora conocida como tal en la ciudad (cf. Lc 7, 37).

En determinado momento, sin embargo, sus caminos se cruzaron con los de Jesús. Los evangelistas no informan dónde, cuándo ni cómo se dio ese primer encuentro, pero tiempo después protagonizó uno de los más conocidos episodios del Nuevo Testamento: trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume, irrumpió en el comedor del fariseo Simón, se dirigió en línea recta hacia donde estaba el Maestro, regó sus pies con abundantes lágrimas, se los enjugó con sus cabellos, los cubrió de besos y, finalmente, se los ungió con el refinado perfume (cf. Lc 7, 36-50).

Con sus lágrimas lavó la inmundicia de sus faltas

Emocionante escena, sin duda. Pero no para Simón y los demás comensales. Éstos la miraron con estupor, aunque sin el valor de manifestar la censura que hervía en sus corazones. «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora» (Lc 7, 39), sentenciaba para sus adentros el fariseo.

Obnubilado por la mala fe y por la envidia, no percibió la innegable realidad: quien allí estaba ¡no era la pecadora, sino la santa! Sí, porque tal demostración de arrepentimiento y de amor sólo podría partir de un alma colocada ya decididamente en las vías de la santidad. «Con sus lágrimas lavó la inmundicia de sus faltas. […] Pues a quien en primer lugar el pecado la había mantenido en la frialdad, después el amor la hizo arder enérgicamente»,1 comenta el Papa San Gregorio Magno.

De allí salió Magdalena con un nuevo apodo que resuena hace dos mil años en la Historia: pecadora arrepentida. Y en el mundo entero se la venera como modelo y patrona de todos los que desean liberarse de la más terrible de las esclavitudes, la del pecado.

No obstante, el mismo Jesús le dio ese día un título más glorioso: la que ha amado mucho (cf. Lc 7, 47). Y refulge en el Cielo y en la tierra como la santa del amor apasionado y de la confianza llena de audacia.

El alma apasionada no mide riesgos

La Magdalena lava los píes de Jesús - Giovan Battista Tinti

¿Amor apasionado? Pero… ¿la pasión no es siempre un mal? No. La pasión será buena o mala, noble o vil, de acuerdo con el objeto del amor. Según San Pedro Julián Eymard, sólo el amor apasionado es auténtico amor: «La Eucaristía es la más noble aspiración de nuestro corazón: ¡amémosla apasionadamente! […] No ama sino aquel que siente dentro de sí la pasión del amor».2

El evangelista pone de relieve un importante detalle: «Después de esto», es decir, acto seguido al conmovedor episodio narrado más arriba, Jesús iba «caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres», entre ellas «María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios» (Lc 8, 1-2).

así es como, la ex endemoniada de entre las Santas Mujeres, se convierte en discípula de Jesús. No hay duda alguna de que no necesitó que el Maestro le dijera: «sígueme», pues su corazón no anhelaba otra cosa que acompañarlo por todas partes, oír sus palabras, verlo y ser vista por Él, manifestarle en prolongados o fugaces intercambios de miradas su ilimitado amor.

El alma apasionada desconoce el miedo, no mide riesgos. En el Huerto de los Olivos los Apóstoles huyeron aterrorizados. Magdalena, muy por el contrario, fue en busca de su Amado y lo acompañó en la subida al Calvario. Permaneció a los pies de la cruz hasta el momento del consummatum est. Participó en el cortejo fúnebre y no quiso irse ni siquiera cuando los discípulos se marcharon después de que fuera puesta la enorme losa en la entrada de la tumba: «María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro» (Mt 27, 61). Al respecto, exclama Santa Catalina de Siena: «¡Oh Magdalena, estabas loca de amor! Ya no tenías tu corazón, pues estaba sepultado con tu dulce Maestro».3

Y Jesús fue a su encuentro

Finalmente, por mucho que le pesara, era forzoso que ella también se retirara. Por los relatos evangélicos bien podemos imaginar cuáles eran sus disposiciones de alma aquella noche y al día siguiente. Había comprado aromas para ungir nuevamente aquel cuerpo adorado y, antes incluso de que el sol despuntara, fue hacia el sepulcro con otras dos de las Santas Mujeres.

Para el que ama nada hay de imposible: allí iban ellas de camino sin ni siquiera saber cómo irían a rodar la pesada losa de la entrada. ¡Lo encontraron abierto y vacío! Magdalena echó a correr para darles la noticia a los Apóstoles. Hacia allí salieron corriendo Pedro y Juan, constataron el hecho y… «se volvieron a casa» (Jn 20, 10).

Sin embargo, ella permaneció junto a la tumba, llorando. Nótese la fuerza de la pasión: Jesús había muerto, ella aún no creía en la Resurrección; por tanto, estaba buscando un cadáver.

Mientras lloraba, se asomó de nuevo al sepulcro. ¿Para qué mirar nuevamente si ya sabía que estaba vacío? Porque quien ama de verdad no se cansa de procurar. «Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de Aquel a quien pensaba que se lo habían llevado». 4

¿Lo encontró al final? Mucho mejor que eso, Él fue a su encuentro:
-Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? -le preguntó el Maestro de tal modo que ella no reconociera su voz.
Tomándolo por el hortelano, le imploró afligida:
-Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.
Él le respondió con una sola palabra, con una entonación que revelaba su infinito amor: «¡María!». Y a ella también le bastó una palabra para contestar: «¡Rabboni!», que quiere decir Maestro. Allí estaba, vivo. ¡Aquel a quien ella lo buscaba muerto!

Lo veía de nuevo, su corazón encontró, por fin, descanso.

"Sin la claridad de esa luz, ninguna luz es luz"

Lo que ella vio en ese intercambio de miradas lo saben únicamente los ángeles y los santos del Cielo. Aunque podemos imaginar que en los ojos de Jesús hubiera contemplado, mucho más esplendorosa esta vez, la misma luz que había brillado con ocasión de su primer encuentro con Él: lux Christi, luz de la divina gracia, a cuyo poder de atracción no se resistió.

En fogosas palabras de amor a la Virgen Santísima el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira nos da una precisa idea del efecto producido por esa luz en el alma de quien no le pone obstáculos: «Oh Madre mía, Medianera de todas las gracias, en tu luz veremos la luz. Madre, antes quedar ciego que dejar de ver tu luz, porque verla es vivir.

Santa María Magdalena en el descenso de la Cruz

En su claridad contemplaremos todas las luces, y sin ella ninguna luz refulge. No consideraré vida los momentos en los que no brille; y de la vida no querré tener nada más que la mente bañada por esa luz. «Oh luz, te seguiré cueste lo que cueste: por valles, montes, desiertos, islas; en las torturas, en los abandonos y olvidos; en las persecuciones y tentaciones, en los infortunios, en las alegrías y los triunfos. Te seguiré de tal manera que, incluso en el cenit de la gloria, no me molestaré con ella, porque sólo me preocuparé de ti. Te he visto y hasta el Cielo no desearé otra cosa, porque una vez te contemplé».5

Esa es la luz que aviva en el alma de todo auténtico santo el incendio del amor apasionado a Nuestro Señor Jesucristo.

Autor : P. Francisco Teixeira de Araújo, EP

Notas:

1 SAN GREGORIO MAGNO. Homiliæ in Evangelia. L. II, hom. 25, n.º 1; 10: PL 76, 1189; 1196.

2 SAN PEDRO JULIÁN EYMARD. A Divina Eucaristia. Escritos e sermões de São Pedro Julião Eymard. São Paulo: Loyola, 2002, v. I, p. 171.

3 SANTA CATALINA DE SIENA. Lettres de Sainte Catherine de Sienne. Lettre 229, a Soeur Agnès Donna. 2.ª ed. Paris: Poussielgue Frères, 1886, t. III, p. 311.

4 SAN GREGORIO MAGNO, op. cit., n.º 1, 1189.

5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Na vossa luz veremos a luz. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año VII. N.º 80 (Noviembre,2004); p. 36.

Oraciones

abril 18, 2022

Oración - Stella Caeli

¡Oh! Estrella del Cielo, que nutriste al Señor y extirpaste la peste de la muerte que el primer hombre implantó.
Que esta Estrella se digne ahora calmar el Cielo, cuya ira hiere al pueblo con la plaga de la muerte.
¡Oh! Piadosísima Estrella del Mar, socórrenos de la peste. Óyenos, Señora, pues Tu hijo te honra nada negándote.
Salva, Jesús, a aquellos por quienes Tu Madre Virgen intercede.

Amén.

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