Espiritualidad

Los cuatro Evangelistas y sus símbolos

Cada uno de los personajes presentaba su propio tipo de rostro: de hombre, de león, de toro y de águila...
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La palabra evangelio viene de la antigua Grecia, que significaba una buena noticia o también el mensajero que la llevase a alguien. Podemos observar que en la palabra evangelio está contenida otra palabra griega, angelo, igualmente incluida en el idioma español, a través del latín. Tal vocablo hoy designa principalmente a los puros espíritus creados por Dios para servirlo y que, a veces, son destinados por Dios para comunicar sus mensajes a los seres humanos.

En los primeros tiempos de la era Cristiana, el significado de la palabra Evangelio fue dejando de contener la idea de una buena noticia en general, para restringirse a los hechos relacionados con la Vida, Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo y, sobre todo, a sus enseñanzas. Esa narración constituye realmente la gran noticia que sería proclamada a todos los hombres a lo largo de los siglos, a nivel mundial.

Entre tanto, conviene acentuar que, en un primer momento, después de la gracia de Pentecostés, los Apóstoles comenzaron sus predicaciones de corazón a corazón, es decir, hablaban de aquello que guardaban en sus corazones y su memoria, para el entendimiento y el amor de sus oyentes. Podían ser hechas anotaciones personales, no obstante, las predicaciones de la Buena Nueva se hacían básicamente a través de la palabra oral.
Sólo algunos años más tarde, alrededor del año 40 d.C., San Mateo escribió el primer Evangelio, siendo seguido por San Marcos, San Lucas y San Juan. Todo indica que hubo anteriormente un esquema general de esas narraciones, que fue tomado en cuenta por los evangelistas, a excepción de San Juan.

Alrededor de ese resumen inicial, cada uno de los evangelistas presenta su narración bajo un prisma personal y vuelto hacia un tipo de público, con algunas fuentes de informaciones propias. Así, un mismo episodio puede venir narrado en varios de los Evangelios, pero con detalles diferentes que completan la visión general.

Símbolos de los evangelistas previstos por el profeta Ezequiel.

Se aplican a los evangelistas las características de los cuatro personajes que el profeta Ezequiel (VI a.C.), contempló en una visión, cuando se encontraba en Babilonia, predicando a los judíos que allí vivían en condición de esclavos. En tal visión, cada uno de los personajes presentaba su propio tipo de rostro: de hombre, de león, de toro y de águila. (Ez. 1, 10)

En los primeros siglos de la Iglesia, tales símbolos fueron atribuidos a cada uno de los evangelistas, en función del contenido de las primeras palabras de su Evangelio.

Los evangelistas.

1. San Mateo Representado teniendo junto a sí un ángel o un hombre, porque abre su Evangelio refiriéndose a los antepasados humanos de Cristo.

Mateo ejercía la función de cobrador de impuestos, antes que recibiese personalmente del Divino Maestro el llamado para seguirlo.

En su Evangelio se dirigió en especial a los judíos convertidos al cristianismo, apuntando cómo se realizarían las profecías del Antiguo Testamento. Aplicó su larga experiencia en escritura, para ordenar las múltiples enseñanzas de Jesús. Los dividió en cinco bloques, según los temas: Formación del Reino de Cristo, el Sermón de la Montaña, Instrucciones dadas a los Apóstoles, la difusión del Reino, y su conclusión al final de los tiempos.

2. San Marcos tiene junto a sí un león porque abre su Evangelio haciendo referencia a San Juan Bautista, como la voz que clama en el desierto.
San Marcos no hace parte de los doce primeros apóstoles de Jesús. Fue bautizado posteriormente por San Pedro, a quien acompañó en el viaje a Roma y en su estadía allí.
La madre de Marcos se llamaba María, en cuya casa en Jerusalén se reunían los cristianos, después de la ascensión del Señor.
Su narración se basa en lo que oyó de San Pedro, siendo el menos extenso de los Evangelios, concebido en un estilo simple y uniforme.
Como se dirigía en especial a los paganos que residían en Roma, San Marcos presenta a Jesús como Hijo de Dios y dominador de las fuerzas infernales, y no como el Mesías esperado por los judíos.

3. San Lucas Simbolizado por un buey, San Lucas inicia su Evangelio con la narración del sacrificio ofrecido por Zacarías en el templo.

Lucas era médico, griego de nacimiento. No hizo parte del colegio apostólico, habiendo recibido el Bautismo cerca del año 50 d.C. Fue discípulo de San Pablo, a quien acompañó en diversos viajes, inclusive durante su prisión en
Roma.

4. San Juan Simbolizado por un águila, San Juan abre su Evangelio definiendo, como en un alto vuelo, la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: “En el principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios”.

Juan era el más joven de los Apóstoles, redactó su Evangelio cerca del año 70 d.C. y comienza proclamando a Jesús como la Palabra de Dios, existente desde toda la eternidad, y que se encarna para revelar el Padre a los hombres.

Los Evangelios sinópticos.

Los Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas son llamados de sinópticos. La palabra griega synopse significa síntesis o resumen de una obra, que da una idea de su conjunto.

Se aplica a estos tres Evangelios, porque tienen en común el mismo marco general, o sea, si fuesen dispuestos los contenidos de esos Evangelios en columnas, se notan fácilmente sus semejanzas. Los textos no son idénticos pero siguen un mismo esquema general.
El Evangelio de San Juan no está comprendido en este cuadro sinóptico, pues adopta un esquema enteramente original, el cual focaliza de modo más profundo los aspectos doctrinarios de las enseñanzas de Cristo.

P. Colombo Nunes Pires, EP

Comentarios

Espiritualidad

A nosotros, todavía peregrinos en este valle de lágrimas, nos cuesta entender la inmensidad de tal dolor.
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noviembre 21, 2021

Sobre el Purgatorio, Jesús ya decía:

Muéstrate conciliador con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel.

«Te lo aseguro: no saldrás de allí hasta que pagues el último centavo” (Mt 5,  25-26).

Jesús hablaba a los apóstoles acerca de los castigos que esperan a los pecadores después de la muerte. Antes se había referido al fuego de la gehena –el Infierno–, una prisión eterna. Pero aquí habla de una cárcel de la que se puede salir, siempre que se haya pagado la deuda hasta el último céntimo.

Esa prisión temporal –un estado de purificación para los que mueren cristianamente sin alcanzar la perfección– es el Purgatorio. Prisión misteriosa y temible, pero donde reina la esperanza y los quejidos de dolor se mezclan con himnos de amor a Dios.

Estimado lector, aquí tenemos un asunto del que poco se habla pero cuyo conocimiento es vital para nosotros y nuestros seres queridos que dejaron esta vida.

Lo invito a repasar conmigo diversos aspectos de este importante tema.

La fiesta de difuntos

El 2 de noviembre, la sagrada liturgia se acuerda de forma especial de los fieles difuntos. Después de regocijarse el día anterior, en la fiesta de Todos los Santos, por el triunfo de sus hijos que ya alcanzaron la Gloria del Cielo, la Iglesia dedica su maternal desvelo a los que sufren en el Purgatorio y claman con el salmista: “Saca mi alma de la cárcel para que pueda alabar tu nombre. Me rodearán los justos en corona cuando te hayas mostrado propicio a mí” (Sal 141, 8). La génesis de esta fiesta está en la orden benedictina de Cluny, cuando su quinto abad san Odilón, instituyó en el calendario litúrgico cluniacense la “Fiesta de los Muertos”, dando a sus monjes la ocasión de interceder por los difuntos y ayudarlos a entrar en la bienaventuranza. A partir de Cluny esta fiesta se fue extendiendo entre los fieles hasta su inclusión en el Calendario Litúrgico de la Iglesia, volviéndose una devoción habitual del mundo católico.

¿Por qué existe el Purgatorio?

En primer lugar debemos considerar que después de nuestra muerte no seremos juzgados según nuestro criterio personal, pues “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, porque el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 Sam 16, 7) Estaremos ante la presencia de un Juez sumamente santo y perfecto, y en su Reino “nada impuro puede entrar” (Ap 21, 27) En efecto, ante la presencia de Dios, de su Luz purísima, el alma percibe en sí cualquier pequeño defecto, juzgándose ella misma indigna de tal majestad y grandeza. ¿Qué son estas manchas que deben purificarse en la otra vida? Son resquicios de apego exagerado a las criaturas, es decir, las imperfecciones y los pecados veniales, así como la deuda temporal de los pecados mortales ya perdonados en el sacramento de la Reconciliación. San Francisco de Sales nos dice que las almas en este estado “se purifican voluntariamente, amorosamente, porque Dios así lo quiere” y “porque están seguras de su salvación, con esperanza inigualable».

La pena del Purgatorio

Los dolores sufridos en ese lugar de purificación son “tan intensos que la mínima pena del Purgatorio excede a la mayor de esta vida” (Suma Teológica, Supl., q. 71, a. 2). Incluso así, san Francisco de Sales pondera que “el Purgatorio es un feliz estado, más deseable que temible, ya que las llamas que hay en él son llamas de amor».

¿Cómo entender que ese terrible sufrimiento esté al mismo tiempo traspasado de amor? Verdaderamente, el mayor tormento de las almas del Purgatorio –la “pena de daño”– es causado por el amor. Dicha pena consiste en el aplazamiento de la visión de Dios. El hombre, creado para amar y ser amado, descubre al abandonar esta tierra la inefable belleza de la Luz divina, y a ella tiende con todas sus fuerzas, como el ciervo sediento corre en dirección a la fuente de las aguas. Sin embargo, viendo en sí el defecto del pecado, queda privado temporalmente de tan pura presencia.

Entonces, lejos de Aquel que es la suprema y única felicidad, el alma padece sufrimiento incalculable.

A nosotros, todavía peregrinos en este valle de lágrimas, nos cuesta entender la inmensidad de tal dolor. Vivimos sin ver a Dios aunque creamos en él. Somos como ciegos de nacimiento, nunca hemos visto el Sol de Justicia, que es Dios, y aunque sintamos su calor, no podemos hacernos idea de su resplandor y grandeza.

Sin embargo, las almas benditas del Purgatorio, al abandonar el cuerpo inerte, disciernen la inefable y purísima belleza de Dios, sin que la puedan poseer inmediatamente. Santa Catalina de Génova emplea una metáfora muy expresiva para explicar este dolor: “Supongamos que en el mundo entero no hay más que un solo pan para saciar el hambre de todas las criaturas, y que con sólo verlo quedan satisfechas.

Disposición de las almas en el Purgatorio

Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, aconseja con vehemencia: “Esforcémonos por hacer penitencia en esta vida. ¡Qué dulce será la muerte de quien de todos sus pecados la tiene hecha, y no ha de ir al Purgatorio!” Sin embargo, su discípula santa Teresita del Niño Jesús formula de manera sorprendente su actitud frente al Purgatorio: “Si tuviera que ir al purgatorio me sentiré muy dichosa; haré como los tres hebreos en la hoguera, caminaré entre las llamas entonando el canto del amor».

Una actitud no se contrapone a la otra, más bien se completan. Incluso si tuviéramos que pasar por un sitio tan doloroso, conservemos una confianza ilimitada en la bondad divina.

De cualquier modo, la Santa Iglesia coloca maternalmente a nuestra disposición las indulgencias, para librarnos de las penas del purgatorio. Pero esta temática puede quedar para otro artículo.

Ayudemos a las benditas almas del purgatorio

No debemos pensar sólo en nuestro destino personal; preguntémonos también cómo ayudar a las almas que allí están en espera de su liberación. Ellas no pueden hacer nada por sí mismas, pues están privadas de alcanzar méritos, y dependen de nosotros. Interceder por ellas es una bellísima y valiosa obra de misericordia, pues en cierto modo, nadie hay más desamparado que estas benditas almas. La costumbre de rezar por las almas de los difuntos viene del Antiguo Testamento. Diversos Padres de la Iglesia fomentaron también esta práctica, como san Cirilo de Jerusalén, san Gregorio de Nisa, san Ambrosio y san Agustín. El Concilio de Lyon enseñaba en el siglo XIII: “para aliviar estas penas, [a las almas] les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, es decir, el sacrificio de la Misa, las oraciones, limosnas y otras obras de piedad que, según las leyes de la Iglesia, han acostumbrado hacer unos fieles por otros». ¡Cuán bella es la devoción a las benditas almas del Purgatorio! Agradable a Dios, y nos aprovecha también a nosotros, transportándonos a la verdadera dimensión cristiana de la existencia, que nos hace vivir en contacto y comunión con lo sobrenatural, con lo futuro en el sentido más pleno de la palabra. ¡Cuánto nos serán agradecidas estas pobres almas al recibir nuestro interés y nuestro auxilio! Podrán ser nuestros parientes, o hasta nuestros padres. Quizás sea incluso alguien a quien no conozcamos, pero de quien recibiremos una afectuosísima acogida en la eternidad. En el Cielo, y mientras todavía estén en el purgatorio, rezarán con ahínco por nosotros, porque Dios así se los permite. A modo de conclusión, quisiera hacer una propuesta al lector: ore por estas almas necesitadas, ofrezca la Santa Misa, dé limosna, bríndeles sacrificios y haga que otros se vuelvan devotos fervorosos de las benditas almas. ¿Sabe quién será el más beneficiado? ¡Usted mismo!

Fuentes documentales sobre el Purgatorio

La doctrina católica sobre el Purgatorio fue definida en especial durante en los Concilios de Florencia (1438-1445) y de Trento (1545-1563) tomando como base la Escritura (2 Mac 12, 42-46; 1 Cor 3, 13-15) y la Tradición, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1030-1031).

La Constitución Dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, aborda la cuestión en su número 50.

En su solemne profesión de fe titulada Credo del Pueblo de Dios, realizada el 30 de ju­nio de 1968, el Papa Pablo VI incluye a las almas “que deben purificarse todavía en el fuego del Purgatorio” (n. 28).

El Papa Juan Pablo II se refiere al Purgatorio en varios documentos: – Mensaje al Cardenal Penitenciario Mayor de Roma, 20/3/98; – Carta al obispo de Autum, Châlon y Mâcon, Abad de Cluny, 2/6/98; – Audiencia General del 22/7/98; – Audiencia General del 4/8/99; – Mensaje a la Superiora General del Instituto de las Hermanas Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio, 2/9/2002.

Padre Carlos Werner Benjumea, EP

Misiones

Miles de personas se consagraron a Jesús por las manos de María. A continuación una breve reseña de las Misas Solemnes.
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diciembre 2, 2021

«Consagración de sí mismo a Jesucristo la sabiduría encarnada por las manos de María»
 
Los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen promovieron un curso on-line de Consagración a Nuestro Señor Jesucristo por las manos de María Santísima según el tratado de la verdadera devoción a María escrito por el gran santo mariano San Luis Grignion de Montfort.
 
Una vez concluido el curso las personas tuvieron la oportunidad de realizar su consagración en Misas Solemnes celebradas en: Quito, Guayaquil y Cuenca.
 
Las familias y personas que participaron de las Eucaristías quedaron emocionadas y llenas de bendiciones por haber realizado su Consagración a la Santísima Virgen. Es importante señalar que se rezó el Santo Rosario antes de la Misa y además se atendieron Confesiones en las diferentes ceremonias.
 
Si usted fue una de las personas que participó de la Eucaristía presencial, háganos saber en qué ciudad y deje sus comentarios.

Santos

El nombre de Santo Tomás de Aquino es un marco para todos aquellos que buscan la verdad.
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enero 29, 2022

La búsqueda de la verdad es tan antigua como el propio hombre, y no hay uno solo entre los seres racionales que no desee poseerla. Por otro lado, la privación de ese excelente bien acaba dando a la colectividad humana un aspecto desfigurado, que se explica por la adhesión a falsas doctrinas o a medias verdades. Nuestra sociedad occidental es un ejemplo de esa profunda carencia que no encuentra en los avances de la técnica, ni en la fugacidad de los vicios una respuesta satisfactoria.

Tomás de Aquino, un niño que buscaba lo Absoluto

Pero al final, ¿Qué es la verdad? Ésta era una de las preguntas que el pequeño Tomás de Aquino hacía en sus tiernos cinco años de edad.

Según una costumbre de la época, su educación fue encomendada a los benedictinos de Monte Carmelo, lugar donde se trasladó. Viendo a un monje cruzar con gravedad y recogimiento los claustros y corredores, tiraba insistentemente de la manga de su hábito y le preguntaba:

“¿Quién es Dios?”.

 Descontento con la respuesta que, aunque verdadera, no satisfacía enteramente su deseo de saber, esperaba que pasara otro hijo de San Benito y también le preguntaba:

Hermano Mauro, ¿Me puede explicar quién es Dios?”

Pero… ¡qué decepción! De nadie conseguía la explicación deseada. ¡Cómo las palabras de los monjes eran inferiores a la idea de Dios que aquel niño poseía en el fondo de su alma!

Santo Tomás de Aquino - Agnolo Gaddi

Santo Tomás de Aquino - Agnolo Gaddi

Fue en ese ambiente de oración y serenidad que transcurrió feliz la infancia de Santo Tomás de Aquino. Nació allá por el año de 1225, benjamín de los condes de Aquino, Landolfo y Teodora. Intuyendo para el pequeño un futuro brillante, sus padres le proporcionaron una robusta formación. Mal podían imaginar que él sería uno de los mayores teólogos de la Santa Iglesia Católica y la roca fundamental del edificio de la filosofía cristiana, el punto de convergencia en el cual se reunirían todos los tesoros de la teología hasta entonces acumulados y del que partirían las luces de las futuras explicitaciones.

La vocación puesta a prueba

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Roccasecca - Ruinas del Catillo de la familia Aquino

Siendo muy joven todavía, Santo Tomás partió hacia Nápoles con el fin de estudiar gramática, dialéctica, retórica y filosofía. Las materias más arduas, que cuestan hasta a los espíritus más robustos, no pasaban de ser un simple juguete para él.

Mientras, en ese periodo de su vida, no avanzó menos en santidad de lo que en ciencia. Su entretenimiento era rezar en las diversas iglesias y hacer el bien a los pobres.

Todavía en Nápoles Dios le manifestó su vocación. Sus padres deseaban verlo benedictino, abad en Montecassino o arzobispo de Nápoles, sin embargo, el Señor le trazaba un camino bien diferente.

Era en la Orden de los Predicadores, recién fundada por Santo Domingo, donde la gracia habría de tocarle al alma. Santo Tomás descubrió en los dominicos el carisma con el cual se identificó por completo. Después de largas conversaciones con Fray Juan de San Julián no dudó en ingresar a la Orden y hacerse dominico a los 14 años de edad.

Acostumbra la Providencia Divina fraguar en el crisol de los sufrimientos a las almas que confiere un llamamiento excepcional, y Santo Tomás no escapó a esta regla.

Cuando su madre supo de su ingreso en los dominicos, se llenó de furia y quiso sacarlo a la fuerza. Huyendo a París, con el objetivo de escapar de la tiranía materna, el santo doctor fue atrapado por sus hermanos que lo buscaban con todo empeño. Después de apalearlo brutalmente, probaron despojarlo de su hábito religioso. “Es una cosa abominable —dirá después Santo Tomás— querer reclamar al Cielo por un don que de él recibimos”.

Así capturado, lo llevaron hasta la madre, intentó hacerlo abandonar sus propósitos, en la incapacidad de convencerlo, encargó a sus dos hijas que disuadieran a cualquier precio al hermano “rebelde”. Con palabras seductoras, ellas le mostraros las mil ventajas que el mundo le ofrecía, hasta la de una prometedora carrera eclesiástica, siempre que renunciase a la Orden Dominica.

El resultado de esta entrevista fue asombroso: una de las hermanas decidió hacerse religiosa y partió hacia el convento de Santa María de Capua, donde vivió santamente y fue abadesa. ¡Es la fuerza de la convicción y el poder de persuasión de este hombre de Dios!

Enfrentamiento decisivo

Harta de sus vanos esfuerzos, la familia tomó una medida drástica: lo encarceló en la torre del castillo de Roccasecca, con la intención de mantenerlo en ese estado mientras no desistiese de su vocación. En completa soledad, el santo pasó allí casi dos años, que fueron aprovechados en profundizar en las vías de la contemplación y del estudio.

Los frailes dominicos le acompañaban espiritualmente a través de oraciones y le enviaban con audacia libros y nuevos hábitos que llegaban a sus manos a través de sus hermanos.

Como pasaba el tiempo sin que el joven detenido decayera, sus hermanos —instigados por Satanás— prepararon un plan execrable: enviaron a la torre a una mujer de malas costumbres para hacerlo caer en pecado.

A pesar de todo, Santo Tomás hacía mucho que se había fortalecido en la práctica de todas las virtudes, y no se dejaría arrastrar. Viendo aproximarse a aquella perversa mujer, cogió del fuego una brasa encendida y con ella se defendió de la infame tentadora, que huyó asustada para salvar su propia piel.

¡Insigne victoria contra el enemigo de la salvación! Reconociendo en este episodio la intervención divina, Santo Tomás trazó con la misma brasa una cruz en la pared, se arrodilló y renovó su promesa de castidad.

Complacidos por este gesto de fidelidad, el Señor y su Madre le mandaron un sueño durante el cual dos ángeles le ciñeron con un cordón celestial, diciendo: “Venimos de parte de Dios a conferirte el don de la virginidad perpetua, que a partir de ahora será irrevocable».

Nunca más Santo Tomás sufrió tentación de concupiscencia o de orgullo. El título de Doctor Angélico no le fue dado únicamente por haber transmitido la más alta doctrina, sino también por haberse asemejado en todo a los espíritus purísimos que contemplan la cara de Dios.

El alumno supera al maestro

Ahora con el permiso de los suyos, Santo Tomás partió para consolidar su formación intelectual en París y Colonia. Se hablaba mucho de la predicación que hacía en esta última ciudad el obispo San Alberto Magno, el más prestigioso maestro de la Orden de los Predicadores.

Santo Tomás rezó, pidiendo conocerlo y recibir de él las maravillas de la fe, y para alegría suya, fue atendido. Lo que san Alberto Magno no podía imaginar es que aquel humilde fraile, de pocas palabras y de presencia discreta, tuviese una envergadura espiritual tan grande.

Cierto día, cayó en las manos del maestro un texto escrito por su alumno. Admirado por la profundidad del contenido, pidió a Santo Tomás que expusiera ante la clase aquel tema.

El resultado fue una explicación sorprendente en todo, en la cual los demás alumnos comprobaron qué temerario era el juicio peyorativo que hacían de su compañero: él logró explicitar con más riqueza, expresividad y claridad que el propio san Alberto.

De ahí en adelante, la vida del Doctor Angélico fue una secuencia de sublimes prestados a la sagrada teología y a la filosofía.

A los 22 años de edad interpretó con genialidad la obra de Aristóteles; a los 25; junto a San Buenaventura, obtuvo el doctorado en la Universidad de París. Estos dos arquetipos doctrinarios se tenían una recíproca admiración, hasta el punto de disputar afectuosamente, sobre el día que recibirían el título máximo, quién sería nombrado primero, cada cual deseando al otro la primacía.

Obra portentosa

Tan vasta es la obra tomista que la simple enumeración de sus escritos ocupa varias páginas. Forman un total de casi sesenta grandes obras – entre comentarios, sumas, cuestiones y opúsculos – de las cuales no está excluida ninguna de las grandes preocupaciones del espíritu humano.

Su prodigiosa memoria le permitía retener todas las lecturas que hiciera, entre ellas, la Biblia, las obras de los filósofos antiguos y los Padres de la Iglesia. Cada una de las ochenta mil citaciones contenidas en sus escritos brotaron espontáneamente de su prodigiosa retentiva.

Jamás precisó leer dos veces el mismo texto. Al serle preguntado cuál era el mayor favor sobrenatural que recibiera, después de la gracia santificante, respondió: «Creo que el de haber entendido todo cuanto leí».

En sus obras vemos una increíble agudeza de espíritu, un raro don de formular y una superior capacidad de expresión. Acostumbraba resolver cuatro o cinco problemas al mismo tiempo, dictando a diversos escribanos respuestas definitivas a las cuestiones más oscuras.

No sucumbió al peso de sus conocimientos, sino que, al contrario, los armonizó en un conjunto incomparable que tiene en la Suma Teológica la más brillante manifestación.

Sabiduría y oración

Hablar de las cualidades naturales del Doctor Angélico sin considerar la supremacía de la gracia que resplandecía en su alma sería una deturpación. Fray Reginaldo, su fiel secretario, dice haberlo visto pasar más tiempo a los pies del crucifijo que en medio de los libros.

A fin de obtener luces para solucionar intrincados problemas, el santo doctor hacía frecuentes ayunos y penitencias, y no era poco frecuente que el Señor le atendiera con revelaciones celestiales.

En cierta ocasión, mientras rezaba fervorosamente pidiendo luces para explicar un pasaje de Isaías, se le aparecieron San Pedro y San Pablo y le esclarecieron todas las dudas.

Recurría también a Jesús Sacramentado. A veces, colocaba la cabeza en el sagrario y rezaba prolongadamente. Aseguró después haber aprendido más de esta forma que en todos los estudios que hiciera. Por su entrañado a amor a la Eucaristía compuso el Pange Lingua y el Lauda Sion para la fiesta del Corpus Christi: obras primas jamás superadas.

Un día, estando inmerso en la adoración a Jesús Crucificado, el Señor se dirigió a él con estas palabras:

Escribiste bien sobre Mí, Tomás. ¿Qué recompensa quieres?

Nada más que a Vos, Señor – respondió él.

Una recompensa demasiadamente grande

ADORO TE DEVOTE - Gregoriano | Autor: SantoTomás de Aquino

En 1274 Santo Tomás partió hacia Lyon con el fin de participar del Concilio Ecuménico convocado por el Papa Gregorio X, pero en el camino enfermó gravemente.

Como no había ninguna fundación dominica cercana, fue llevado a la abadía cisterciense de Fossanova, donde falleció el 7 de Marzo, antes de cumplir los 50 años de edad. Sus reliquias fueron transportadas a Toulouse el 28 de Enero de 1369, día en el que la Iglesia Universal celebra su memoria.

Al recibir por última vez la sagrada eucaristía, dijo él:

«Yo recibo el precio del rescate de mi alma, Viático de mi peregrinación, por cuyo amor estudié, vigilé, trabajé, prediqué y enseñé. He escrito tanto y tan frecuentemente, he discutido sobre los misterios de vuestra Ley, oh mi Dios; sabéis que nada deseé enseñar que no hubiese aprendido de Vos.

Si lo que escribí es verdad, aceptadlo como un homenaje a vuestra infinita majestad; si es falso, perdonad mi ignorancia; consagro todo lo que hice y lo someto al infalible juicio de vuestra Santa Iglesia Romana, en la obediencia a la cual estoy preparado para partir de esta vida.»

¡Bello testamento de elevada santidad! La Iglesia no tardó en glorificarlo, elevándolo a la gloria de los altares en 1323. En la ceremonia de canonización, el Papa Juan XXII afirmó: “Tomás solo iluminó a la Iglesia más que todos los otros doctores.

Tantos son los milagros que hizo como las cuestiones que resolvió”. En el Concilio de Trento, las tres obras de referencia puestas sobre la mesa de la asamblea fueron la Biblia, los Hechos Pontificales y la Suma Teológica. Es difícil explicar lo que la Iglesia debe a este hijo sin par.

En Santo Tomás la Iglesia contempla la realización plena de la oración hecha por el Divino Maestro en los últimos momentos que pasó en esta tierra: “Haz que ellos sean completamente tuyos por medio de la verdad; tu palabra es la verdad. Yo los he enviado al mundo como tú me enviaste a mí. Por ellos yo me ofrezco enteramente a ti, para que también ellos se ofrezcan a ti por medio de la verdad”. (Jn 17, 17-19).

(Revista Heraldos del Evangelio, Enero/2008, n. 73, pag. 32 a 35)

Ángeles

La prueba que decidió el destino eterno de los ángeles fue el anuncio de la Encarnación del Verbo.
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noviembre 6, 2021

Al hacer de la nada el universo, quiso el Divino Artífice hacer de éste un reflejo suyo, espejándose en el hombre, rey de la creación y microcosmos, creándolo «a su imagen y semejanza» (Gn l, 26).

En el ápice de esta obra, superando en perfección a todas las criaturas visibles, se encuentran los Ángeles, seres dotados de inteligencia y puros espíritus, con personalidad propia y exclusiva, distribuidos por Dios en nueve coros: Serafines, Querubines, Tronos, Virtudes, Dominaciones, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles. Forman estos la milicia de la Jerusalén celeste, con la misión de adorar continuamente a la Santísima Trinidad, ejecutar los designios de Dios y guardar el género humano, así como gobernar toda la creación material. 1

¡Inmensa e inimaginable es esta corte celeste! «¿Por ventura pueden ser contadas sus legiones?» – indaga el libro de Job (25, 3). Y el profeta Daniel, maravillado exclama: «¡Millares y millares lo servían, decenas de millares lo asistían!» (Dn 7, 10).

La Prueba de los Ángeles

A tanta diversidad y belleza quiso Dios colocar un punto monárquico, un ser que representase de modo inigualable la luz eterna. Obra prima, esplendor de los esplendores, brillaba en lo más alto del universo angélico, todos se extasiaban delante de él: el primero de los Serafines y su nombre era Lucifer, «Aquel que portaba la luz».

A él se aplicaban las palabras de Ezequiel: «¡Tú eres el sello de la semejanza de Dios, lleno de sabiduría y perfecto en la belleza; tú vivías en las delicias del paraíso de Dios y todo fue empleado en realzar tu hermosura!» (Ez 28, 12-13).

Entretanto, a seres tan excelsos, reservada también estaba una prueba. A pesar de la perfección de la naturaleza angélica, no podían los Ángeles gozar de la esencia de la bienaventuranza: la posesión de la visión beatífica.

Delante de ellos el rostro del Señor se encontraba como envuelto en velos, y apenas sus reflejos animaban el ardiente amor de los Ángeles.

Según exégetas y teólogos, la prueba que decidió el destino eterno de los ángeles fue el anuncio de la Encarnación del Verbo: Dios habría de enviar a su Hijo Unigénito, nacido de una mujer, criatura que tendría su trono elevado por encima de las Potestades: María Santísima, Regina Angelorum.

A ese propósito, nos dice el Padre Pedro Morazzani: «El Creador eterno, inaccesible, todopoderoso, se uniría hipostáticamente a la naturaleza humana, elevándola así hasta el trono del Altísimo; y una mujer, la Madre de Dios, se tornaría medianera de todas las gracias, sería exaltada por encima de los coros angélicos y coronada Reina del universo». 2

El momento decisivo: ¡amar sin entender; someter los propios criterios a los criterios de lo Absoluto! ¡He aquí el acto que los confirmaría, in perpetuo, en la gracia y en la gloria!

«Fueron ellos sometidos a una prueba. En el momento de la prueba, muchísimos de estos espíritus permanecieron fieles a Dios; pero muchos otros pecaron. Su pecado fue de soberbia, queriendo ser iguales a Dios y no depender de Él» (CCE 3399).

La soberbia de Lucifer

San Miguel con el demonio - Giovanni Luteri

Lucifer, soberbio y dudoso, quiso sobrepasar el misterio que su entendimiento no alcanzaba… Creía que el Señor ignoraba la superioridad de la naturaleza angélica al preferir unirse a un ser tan inferior. Y al constatar que él, el arquetipo de los Ángeles, se vería en la obligación de adorar a un Hombre – aunque Divino -, esta unión hipostática le pareció intolerable.

El orgullo se había apoderado de aquel que era el perfecto desde el día de la creación, imaginando que, dándose la Encarnación del Verbo, se tornaría, así, el mediador entre Creador y criatura… «Aquel que de la nada fuera sacado, comparándose, lleno de altivez, pretendió robar lo que pertenecía al propio Unigénito del Padre». 3 «El Ángel pecó queriendo ser como Dios». 4

Un odioso grito de revuelta – inspiración de todos los gritos de insumisión de la Historia – se escuchó en el Cielo: «¡Nom Serviam!»

¡Subiré hasta el cielo, estableceré mi trono por encima de los astros de Dios, me sentaré sobre el monte de la alianza! ¡Seré semejante al Altísimo!» (Is 14,13-14).

«¡Quis ut Deus!» – gritó, ¡levantándose como una antorcha ardiente de fidelidad, un Serafín fuerte y esplendoroso! ¿Quién desafiaba al mayor entre los Ángeles? ¡Miguel, perfecto adorador de Verbo Divino, guerrero irresistible y de santa tenacidad!

«Hubo en el Cielo una gran batalla. Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón, y el dragón y sus secuaces luchaban contra» (Ap 12, 7). Arrastrando la tercera parte de los Ángeles, el «Portador de la luz» fue precipitado al infierno, convirtiéndose en el príncipe de las tinieblas, y su lugar no se encontró más en los Cielos.

¿Cómo caíste, oh astro resplandeciente, que en la aurora brillabas? «Tu soberbia fue abatida hasta los infiernos» (Is 14, 11-12).

En el mismo acto, el Arcángel San Miguel era elevado a la más alta jerarquía celestial, condestable de los ejércitos celestes, baluarte de la Santísima Trinidad.

Notas:

1 Cf. GILSON, Etienne. A filosofia na Idade Média. Trad. Eduardo Brandão. São Paulo: Mantins Fontes, 2007.
2 ARRA1Z, Padre Pedro Morazzani. Quem como Deus? In: Revista Arautos do Evangelho. São Paulo: n 69, set. (2007, p.l9.)
3 SAN BERNARDOP. Homilia sobre las excelencias de la Virgen Madre. In: Madrid: BAC, 1953, v. J, p. 215
4 SÃO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica I, q. 65, a. 5.

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