Santos

San Esteban – Primer mártir

Destacándose entre las más arrebatadoras páginas de la Sagrada Escritura, el noble holocausto del protomártir de la Iglesia se reviste de un brillo aún mayor, al ser considerado a la luz de estos tocantes comentarios del Dr. Plinio.

Después de conmemorar las alegrías radiantes de la Navidad, la Iglesia celebra el 26 de diciembre la memoria de San Esteban, su primer mártir. El holocausto de este extraordinario héroe de la fe es así narrado por los Hechos de los Apóstoles:

En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y de fortaleza, hacía prodigios y grandes milagros entre el pueblo. Algunos de la sinagoga, llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban. Pero no pudieron resistir a la sabiduría y al Espíritu que lo inspiraba. (…)

Oyendo estas palabras, sus corazones fueron heridos por el odio y rechinaban los dientes de rabia. Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, elevó los ojos al Cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo: «Veo el Cielo abierto y al Hijo del Hombre de pie a la derecha de Dios».

Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él. Y arrastrándolo afuera de la ciudad, lo apedrearon. Los testigos, dejando sus capas a los pies de un hombre llamado Saulo, se pusieron también a apedrear a Esteban, que rezaba y decía: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». Luego, cayendo de rodillas, gritó con voz fuerte: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y con estas palabras, durmió en el Señor.

Prodigios que suscitan el odio de los malos

Esta narración es de una extrema belleza, y cada frase merecería un comentario propio, pues la escena se desarrolla en lances sucesivos, con significados peculiares.

El primer hecho es que Esteban obra maravillas, definidas por el Libro Sagrado con un lenguaje tan lleno de imponderables, que nos deja encantados. Ya en el inicio encontramos una bonita expresión, empleada para indicar la virtud del santo: «lleno de gracia y de fortaleza».

Es decir, era un hombre en la plenitud de su vigor – no sólo de ánimo, sino también sobrenatural, de la gracia que actúa en él -, realizando prodigios y milagros entre el pueblo. Ahora bien, en vista de esos hechos espectaculares, la pertinacia de los que deseaban perseguir a Esteban está bien señalada en los Hechos de los Apóstoles: tomados de odio, se levantaron para discutir sofísticamente con él y atacarlo. Es el segundo lance.

San Esteban
San Esteban - Catedral de San Julián - Le Mans - Francia

Sin embargo, sus opositores no pudieron resistir a la sabiduría y al Espíritu con los cuales Esteban hablaba. De tal modo que, después de haber obrado prodigios, él también argumentó de forma maravillosa, confundiendo completamente a los malos y dejándolos sin palabras con qué replicar. Y los que odiaban los milagros, detestaron aún más sus argumentos.

Se trataba, pues, de una ira creciente, a medida que San Esteban iba manifestando las excelencias depositadas por Dios en su alma. Como vimos, la primera manifestación de esa grandeza maravillosa son sus hechos prodigiosos, contra los cuales se declaró la saña de los adversarios en forma de discusión. Habiendo argumentado el santo de forma incontestable, les aumenta el rencor gratuito con relación al bien en cuanto bien.

No es otra la razón de esa rabia. Se engañaría quien pensase que la misma surgía porque San Esteban fue inhábil, porque cometió algún equívoco o porque no entendieron algo de lo que dijo.

Ellos comprendieron perfectamente, se dieron cuenta de las maravillas que Esteban obraba y oyeron argumentos contra los cuales no tenían respuesta. Entonces lo odiaron, porque era bueno y sin error.

A propósito, es semejante el procedimiento de muchos fautores del mal. Atacan el bien y la verdad porque no pueden soportarlos. Y entre más grande sea la manifestación de la verdad y del bien, mayor es el odio que suscita en los malos. Esos que se mostraron hostiles a San Esteban eran de la misma laya de los que decidieron la muerte de Nuestro Señor, de los que prefirieron a Barrabás al Cordero inmaculado; el ladrón, el facineroso fue considerado más simpático, más atrayente y agradable que Nuestro Señor, por causa del amor al mal.

En estos episodios se hace patente la iniquidad y la malicia del pecado de aquellos a los cuales la Escritura llama de «hijos de las tinieblas», de los que no cometen la falta por flaqueza o debilidad, sino scienter et volenter.

De aquellos que aborrecen el bien que no observan y se complacen con el mal que practican, y profesan una doctrina mala en virtud de la cual detestan la buena causa, porque saben que es benéfica.

¿San Esteban habría sido imprudente?

Martirio San Esteban (Parroquia La Concepcion) La Orotava - Spain Canarias Tenerife
Martirio San Esteban (Parroquia La Concepción) La Orotava - España

Prosiguiendo, la narración sagrada nos evoca la actitud de San Esteban, que «elevó los ojos al Cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús, de pie a la derecha de Dios, y dijo: «Veo el Cielo abierto y al Hijo del Hombre de pie a la derecha de Dios».

Es interesante hacer aquí una composición de lugar, e imaginar el modo como San Esteban exteriorizó esa magnífica afirmación. Pudo haber sido de tal manera que los oyentes percibieran toda su veracidad, y vieran que él tenía razón. ¡Relucía en él tal reflejo de lo que decía, una evidencia tan elevada de la autenticidad de lo que hablaba, que sus palabras eran irrechazables!

Ese hecho nos hace acordar de otro, ocurrido en el siglo XIX y comentado por Dom Chautard. Cuenta él que un abogado estuvo en Ars para asistir a un sermón de San Juan Bautista Vianney. Después, al ser interrogado por sus amigos acerca de lo que había presenciado en esa ciudad, exclamó: «Vi a Dios en un hombre».

¡Ahora bien, si eso se dio con San Juan Vianney, imaginemos cómo San Esteban, en el momento de su éxtasis, estaría rebosante de sobrenatural! Fue un resplandecimiento de gracia mística tan inmenso que sus perseguidores no lo pudieron soportar, y crecieron en odio al punto de resolver matarlo.

Se podría preguntar si San Esteban no fue imprudente al enfrentar de ese modo la ira de los malos.

¿No hubiese obrado mejor si se hubiese ido, sin forzar, por así decir, a aquella gente a cometer un asesinato sacrílego? Él, por el contrario, cada vez se afirmó más, aumentando la rabia de sus contendores, hasta que llegaron al homicidio.

Este crimen no ocurriría y Esteban no perdería su vida de apóstol, si hubiese huido. ¿No habría procedido, por lo tanto, de forma más sapiencial si se hubiese quedado quieto y tratase de escapar?

La primera respuesta a esa pregunta la encontramos en la propia Escritura: San Esteban estaba lleno del Espíritu Santo. Por lo tanto, actuaba correctamente, bajo la inspiración divina. El hecho es que él estaba involucrado en una lucha cuyo desenlace era incierto. En esa pugna, él intentaba con insistencia penetrar en aquellas almas por medio de una nueva maravilla que obraba. Para conmoverlas y conquistarlas, él fue afirmando verdades cada vez más elevadas. Cuando alcanzó el ápice de su apostolado, sus interlocutores, empedernidos en rechazar lo que San Esteban decía o hacía, cometieron el asesinato.

El método apostólico que él empleó fue perfecto. Trató de tocar esos corazones, de iluminar aquellas inteligencias. A cada rechazo, él respondía con una misericordia más grande, dejaba rebosar de lo íntimo de su ser una gracia más intensa, expresaba un argumento más fulgurante, realizaba un prodigio más admirable. Hasta el punto en que ellos rechazaron todo.

Su actitud fue altamente sabia y apostólica. Él podría haber convertido a aquellos hombres si ellos hubiesen abierto sus almas al efecto de la acción saludable de la santa víctima.

Sin embargo, no quisieron ceder a la bondad y la virtud de Esteban. Se irguieron contra él y sólo callaron cuando perpetraron el ignominioso asesinato.

La muerte plácida de los justos

San Esteban
San Esteban - Basílica de Ntra. Sra. de Luján - Argentina

Lo cometieron – describen los Hechos de los Apóstoles – después de lanzar grandes gritos y de «taparse los oídos», como se acostumbraba a hacer frente a alguien que profiriese una blasfemia. Y con un odio que los movía a todos, se lanzaron contra San Esteban, apedreándolo mortalmente. Podemos imaginar que la saña de los malhechores crecía a medida que el primer mártir de la Iglesia tomaba actitudes cada vez más sublimes, mientras las piedras caían sobre él.

Un detalle curioso destacado por la Escritura es que «los testigos dejaron sus capas a los pies de un hombre llamado Saulo». Saulo, el futuro San Pablo, era en aquel tiempo un fariseo y perseguidor encarnizado de los cristianos.

La vida de San Esteban se va extinguiendo bajo la brutalidad de la lapidación.

Tratemos de imaginar esa escena maravillosa. Él, cual segundo Cordero de Dios, con los ojos vueltos hacia el cielo, herido y vertiendo sangre por todo su cuerpo, con contusiones horrorosas, hace apenas esta oración: «Señor Jesús, recibe mi espíritu», «Señor Jesús, recibe mi espíritu».

¡Qué impresión extraordinaria debía causar esa actitud en las almas buenas!

Y «luego, cayendo de rodillas, gritó con voz fuerte: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado».

Por lo tanto, la primera oración – «Señor Jesús, recibe mi espíritu» – él la dijo de pie. Pero, naturalmente, encorvado por la violencia de las pedradas, no pudo mantenerse más erecto.

Cayó de rodillas, y en esa postura tan supremamente conveniente para la oración, pidió a Nuestro Señor que no les tuviese en cuenta ese pecado. O sea, todavía con voz fuerte, rogaba el perdón para sus propios agresores. En el auge de la tragedia dice una frase de una simplicidad y de una serenidad sublimes.

«Y con estas palabras, durmió en el Señor.»

Todo se acabó y llegó la muerte plácida de los justos. La tormenta se había transformado en un sueño, el martirio estaba consumado, él dormía en Dios. Al exhalar el último suspiro, aquel hombre todo ensangrentado, ciertamente habrá tenido una expresión fisionómica tranquilísima. Su alma subía al Cielo.

¡Cómo ese martirio es digno de ser el primero de la Historia de la Iglesia, ejemplo para los demás holocaustos de los que murieron dando testimonio de su fe en Cristo Jesús, Señor Nuestro!

Autor : Plinio Corrêa de Oliveira

Comentarios

Santos

septiembre 9, 2021

María Francisca Teresa Martin Guérin nació en Alençon (Francia) el 2 de enero de 1873. Sus padres fueron los beatos Luis Martin y Celia Guerin. Fue la última de los nueve hijos de este santo matrimonio de los que sobrevivieron cinco hijas: María, Paulina, Leonia, Celina y Teresa.

Infancia.

El primer año de su vida tuvo que ser criada en el campo por una nodriza, pues su madre no podía alimentarla. Sus primeros años de vida fueron muy felices, pero cuando la niña tenía cuatro años, murió su madre de cáncer. Esto afectó mucho a Teresita, que pasó de ser una niña viva y efusiva, a ser tímida, callada e hipersensible, a pesar de que su padre y hermanas redoblaron su ternura con ella.

La familia se trasladó a Lisieux, cerca de sus tíos, los señores Guérin. Cuando su hermana Paulina ingresa en el Carmelo en 1882, Teresa sufre como una segunda orfandad materna. Al año siguiente le sobreviene una “extraña enfermedad”, con alucinaciones y temblores. Un día, mientras sus hermanas rezaban por ella, le pareció que la sencilla estatua de la Virgen que tenía cerca, le sonreía, y se sintió curada.

A finales de 1879 recibió por primera vez el sacramento de la Penitencia. El día de Pentecostés de 1883, recibió la gracia especial de ser curada de una grave enfermedad por la interseción de Nuestra Señora de las Victorias (La Virgen de la Sonrisa). Educada por las benedictinas de Lisieux, recibió la primera comunión el 8 de mayo de 1884, después de una intensa preparación, culminada con una fuerte experiencia de la gracia de la íntima comunión con Cristo.

Juventud de Santa Teresita.

Algunas semanas más tarde, el 14 de junio del mismo año, recibió la Confirmación, con plena conciencia de acoger el don del Espíritu Santo mediante una participación personal en la gracia de Pentecostés.

Su deseo era abrazar la vida contemplativa, al igual que sus hermanas Paulina y María, en el Carmelo de Lisieux, pero su temprana edad se lo impedía. Durante un viaje a Italia, después de haber visitado la Santa Casa de Loreto y los lugares de la Ciudad Eterna, el 20 de noviembre de 1887, en la audiencia concedida por el Papa León XIII a los peregrinos de la diócesis de Lisieux, pidió al Papa con filial audacia autorización para poder entrar en el Carmelo con 15 años.

En el Carmelo

El 9 de abril de 1888 ingresó en el Carmelo de Lisieux. Tomó el hábito el 10 de enero del año siguiente e hizo su profesión religiosa el 8 de septiembre de 1890, fiesta de la Natividad de la Virgen María.

Teresa entró en el Carmelo con el nombre de Teresa del Niño Jesús. A este nombre le añadiría posteriormente “y de la Santa Faz”.

En el Carmelo, Teresita ahondó en la Sagrada Escritura, fundamentalmente en los Evangelios, donde veía las huellas de Jesús. También las lecturas del antiguo testamento, cuando el profeta Isaías habla del amor maternal de Dios o del “Siervo de Yahvé”, le conmovieron profundamente. San Juan de la Cruz fue su maestro espiritual, con cuya lectura profundizó en el camino del amor.

Sus escritos son las Cartas, unos Poemas, pequeñas obras de teatro para fiestas comunitarias, algunas Oraciones, las anotaciones que hicieron sus hermanas en su enfermedad y la Historia de un alma. Este último escrito, relato de su historia de salvación, elevó la espiritualidad de la Iglesia hasta el punto de ser declarada doctora universal de la Iglesia.

Entrada al Cielo.

En la Pascua de 1896, Teresa tiene una hemoptisis, síntoma de la tuberculosis. Tres días después, comienza la prueba de la fe, que duró hasta su muerte. La sobrelleva con actos mayores de fe y amor. Murió el 30 de septiembre de 1897.

Es innegable que quien se acerca a la vida de Santa Teresa de Lisieux -Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz- queda fascinado con su testimonio e historia de santidad. A través de su “pequeña vía”, el “caminito”, que habla de humildad, sencillez y confianza en Dios Padre, Teresita se hizo grande.

Toda su vida y testimonio de santidad se centra en una sola premisa: vivir la vocación al amor; amar y hacer amar al Amor.

Una entrega total, y amor sin límites, y una cercanía tal a Jesús, que la llevó a tener sed por la salvación de las almas, ofreciendo oraciones y sacrificios para que los pecadores retornasen a buen camino. Así describió la santa ese deseo de salvar aquellas almas perdidas: “Anhelaba dar de beber a mi Amado, me sentía yo también devorada por la sed de almas, y a todo trance quería arrancar de las llamas eternas a los pecadores”.

No en vano, y pese a no haber salido del convento, Santa Teresita fue declarada en 1927 Patrona Universal de las Misiones.

María Santísima

¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿No soy yo la fuente de tu alegría?

diciembre 13, 2021

Nuestra Señora de Guadalupe se apareció a Juan Diego.  Se piensa generalmente que era un indígena “pobre” y de “baja condición social”. No obstante, sabemos hoy, por diversos testimonios, que él era hijo del rey de Textoco, Netzahualpiltzintli, y nieto del famoso rey Netzahualcóyolt. Su madre era la reina Tlacayehuatzin, descendiente de Moctezuma y señora de Atzcapotzalco y Atzacualco. En estos dos lugares Juan Diego poseía tierras y otros bienes en herencia.

Fue a este representante de las etnias indígenas del Nuevo Mundo a quien, ya hace casi quinientos años, la Madre de Dios apareció trayendo un mensaje de bienquerencia, dulzura y suavidad, cuya luz se prolonga hasta nuestros días.

Para comprender la magnitud del bondadoso mensaje de Nuestra Señora, debemos trasladarnos al ambiente psico-religioso de aquel tiempo.

De un lado, las numerosas etnias que habitaban el valle del Anahuac, actual Ciudad de México, habían vivido durante décadas bajo el despotismo de la tribu más poderosa, en la que habitualmente se practicaban sangrientos ritos idolátricos. Anualmente, sacrificaban millares de jóvenes para mantener encendido el “fuego del sol”. La antropofagia, la poligamia y el incesto eran parte de su vida.

Los celosos misioneros, llegados junto con los españoles, veían la necesidad imperiosa de evangelizar ese pueblo, extirpando tan repugnantes costumbres.

Entretanto, los malos hábitos adquiridos, la dificultad del idioma y, sobretodo, un cierto orgullo indígena de no aceptar el “Dios del conquistador” en detrimento de sus divinidades, hacían difícil la tarea de introducir en ese ambiente la Luz del mundo.

Dios Nuestro Señor, en su infinita misericordia, queriendo que todos los hombres “se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2, 4), preparaba una maravillosa solución para ese impasse.

Nuestra Señora se aparece a San Juan Diego.

El 9 de diciembre de 1531, Juan Diego estaba en los alrededores del cerro Tepeyac, en la actual ciudad de Méjico. Repentinamente, oyó una música suave, sonora y melodiosa que, poco a poco, se fue extinguiendo. En ese momento escuchó una lindísima voz, que en el idioma nahualt lo llamaba por su nombre. Era Nuestra Señora de Guadalupe.

Después de saludarlo con mucho cariño y afecto, le dirigió estas palabras llenas de bondad: “Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, del Creador de las personas, el Dueño de la cercanía y de la inmediatez, el Dueño del cielo, Dueño de la tierra.

Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, mi compasión, mi auxilio y mi salvación.

Porque en verdad soy vuestra madre compasiva, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; quiero oír ahí sus lamentos y remediar todas sus miserias, penas y dolores».

La Virgen pidió a Juan Diego que fuese al palacio del Obispo de Méjico, y le comunicase que ella lo enviaba y pedía la construcción del templo.

El “Mensajero de la Virgen” fue a entrevistarse con el Obispo de Fray Luis de Zumárraga, a quien narró lo sucedido, pero éste se mostró incrédulo citándolo para otro día.

Segunda y tercera Aparición

En ese mismo día, al ponerse el sol, Juan Diego, apesadumbrado, va a dar cuenta a la Virgen de su fracasada misión. Y con una encantadora inocencia, le pide a Ella que escoja un embajador más digno, estimado y respetado. La Madre de Dios le respondió:

Escucha, el más pequeño de mis hijos, ten por cierto que no son escasos mis servidores, mis mensajeros, a quienes encargue que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad. Pero es muy necesario que tú, personalmente, vayas, y que por tu intercesión se realice, se lleve a efecto mi querer, mi voluntad. Y mucho te ruego, hijo mío el menor, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo. Y de mi parte hazle saber, hazle oír mi querer, mi voluntad, para que realice, haga mi templo que le pido. Y otra vez dile que yo, personalmente, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envío».

Al día siguiente, después de asistir a misa, Juan Diego volvió a buscar al señor Obispo Zumárraga, quien lo recibió con atención, pero, más escéptico que antes, le dice que era necesario “una señal” para demostrar que era realmente la Reina del Cielo quien lo enviaba. Con toda naturalidad Juan Diego respondió que sí, y va a pedirle a la Señora la “señal” solicitada.

Al caer el sol, como en las veces anteriores, se le apareció Nuestra Señora radiante de dulzura. Ella aceptó sin el menor reproche concederle la señal pedida, para lo cual lo citó al día siguiente.

Él huye, Ella va a su Encuentro.

Sin embargo, al día siguiente, lunes 11, Juan Diego no se presenta a la cita. Su tío, Juan Bernardino, había caído repentinamente enfermo, y él trata por todos los recursos medicinales indígenas curarlo. Todo fue en vano. Cuando el tío ve que la muerte se aproxima, siendo ya cristiano fervoroso, le pide a su sobrino que intente traerle un sacerdote para que lo asista.

Juan Diego, presuroso, sale al amanecer del día 12 en busca del confesor, pero decide tomar un camino diferente al habitual, para que la “Señora del Cielo” no le salga al encuentro, pues, pensaba él: “me pedirá cuentas de su encargo y no podré ir en busca del sacerdote».

Pero su artimaña no funciona.

Para su asombro, la Madre de Dios se le apareció en ese camino. Avergonzado, Juan Diego trató de disculparse con fórmulas de cortesía propias de la usanza indígena:

“Mi jovencita, Hija mía la más pequeña, Niña mía, ojalá que estés contenta.” Y luego de explicarle la enfermedad de su tío, como la causa de su falta de diligencia, concluyó: “Te ruego me perdones, porque con ello no engaño, Hija mía la menor, Niña mía, mañana sin falta vendré a toda prisa».

A lo cual le respondió la Virgen, con bondad y cariño:

“Escucha, y ponlo en tu corazón, hijo mío el menor, que no es nada lo que te asusta y aflige. Que no se perturbe tu rostro, tu corazón; no temas esta enfermedad, ni ninguna otra enfermedad y angustia.

¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo?, ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa? Que ninguna otra cosa te aflija, ni te perturbe. No te apriete con pena la enfermedad de tu tío, porque de ella no morirá por ahora. Ten por cierto que ya sanó».

Señal para el “Mensajero de la Virgen"

Así que oyó esas bellísimas palabras, Juan Diego, muy consolado, creyó en la Virgen. Ahora era preciso cumplir con la misión. ¿Cuál era la señal? Ella le ordena subir al cerro del Tepeyac y cortar las flores que allí encontrara. Encargo imposible, dado que nunca las había, y menos todavía en ese tiempo de intenso frío y sequedad. Pero Juan Diego no duda. Sube el cerro y en la cumbre encuentra las más bellas y variadas rosas, todas perfumadas y llenas de gotas de rocío como si fuesen perlas. Las cortó y colocó en su tilma (poncho típico de los indios mejicanos). Al llegar abajo, Juan Diego mostró las flores a Nuestra Señora, quien las toca con sus manos celestiales y se las vuelve a poner en la tilma.

“Hijito mío, el más pequeño, esta diversidad de flores son la prueba y señal que llevarás al Obispo. Le dirás de mi parte que vea en ella mi voluntad y él tiene que cumplirla. Tú eres mi embajador en el que absolutamente deposito toda la confianza. Rigurosamente te ordeno que sólo delante del Obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas».

Juan Diego se dirigió nuevamente al palacio del Obispo Zumárraga y luego de mucho esperar y forcejear con los criados, lo hace pasar a su presencia. El “Mensajero de la Virgen” comenzó a narrar todo lo sucedido con Nuestra Señora y en cierto momento extiende su tilma, descubriendo la señal. Cayeron las más preciosas y perfumadas flores y, al instante, se estampó milagrosamente en el tejido la portentosa Imagen de la Perfecta Virgen Santa María Madre de Dios, que se venera hasta hoy en el Santuario de Guadalupe.

Profundo sentido eclesial y Misionero.

Así fue la gran aparición, cuyo primer resultado fue la conversión a gran escala de los indígenas. “El acontecimiento Guadalupano – señala el episcopado de Méjico – significó el inicio de la evangelización, con una vitalidad que sobrepasó todas las expectativas. El mensaje de Cristo, por medio de su Madre, tomó los elementos centrales de la cultura indígena, los purificó y les dio el definitivo sentido de salvación.” Y el Papa completa: “Es así que Guadalupe y Juan Diego tomaron un profundo sentido eclesial y misionero, siendo un modelo de evangelización perfectamente inculturada» (Misa de Canonización, 31/7/2002).

Por eso, determinó Su Santidad que en el día 12 de diciembre sea celebrada, en todo el Continente, la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de América (Exhortación Apostólica Ecclesia in America).

El cinto y el resplandor.

Nuestra Señora de Guadalupe se presenta con un cinto que no se ubica en su cintura, sino más arriba.

Era la señal para los indígenas que Ella estaba encinta. ¿A quién daría a luz? Al Sol Resplandeciente. El gran resplandor que Nuestra Señora tiene atrás de sí o que sale de dentro de Ella es el sol. Para los habitantes de México, ese astro era símbolo de la divinidad. Luego, la señora de la figura no era otra, sino que la Madre de Dios.

Fecha de la Aparición.

Existe un dato significativo, vinculado al símbolo del sol. Y está relacionado con el llamado solsticio de invierno. En todo el hemisferio sur, este sucede el 22 de junio. Debido a la inclinación del eje terrestre, el sol alcanza su máximo alejamiento de la línea del Ecuador. Es el inicio del invierno, y también el día en que el sol nace más tarde y se pone más temprano. Por esa razón, además, es el día más corto y la noche más larga del año. En el hemisferio norte en el cual se ubica México, ese solsticio de invierno sucede el 22 de diciembre. Desde la más remota antigüedad, los pueblos paganos consideraban esa fecha como la más importante del año, por el simbolismo del sol que, después de apagarse vuelve a crecer. Los pueblos prehispánicos de México, muy conocedores de la astronomía tenían ese día en la más alta consideración religiosa, era el día en que el sol moribundo cobraba vigor, era el retorno a la vida, era el resurgimiento de la luz, la victoria sobre las tinieblas.

La aparición de Nuestra Señora de Guadalupe se dio exactamente en esa ocasión. Aunque en aquel tiempo constase como 12 de diciembre (y que por respeto a la tradición es la fecha que se mantiene hasta hoy), se trataba de un error del calendario Juliano hasta entonces en vigor y que fue corregido posteriormente.

Para reforzar la impresión en ellos causada, en el mismo momento el famoso cometa Halley alcanzaba su zenit en los cielos mexicanos.

Su Manto de Estrellas.

De acuerdo con recientes estudios se puede comprobar con admirable exactitud que, en el manto de Nuestra Señora, están representados los astros más brillantes de las principales constelaciones visibles en el valle del Anahuac —actual Ciudad de México— el día de la aparición. Era una prueba más para los indígenas que la Señora venía del cielo.

La Flor de Cuatro Pétalos.

Si se presta atención en la túnica de Nuestra Señora, abajo del cinto veremos una pequeña flor de cuatro pétalos. Esa flor es Nahui-Hollín, de gran importancia en la visión indígena del universo. Ella representa la antigua ciudad de Tenochtitlán, la capital Azteca, y en especial la colina del Tepeyac, donde se dio la aparición de Nuestra Señora. Representaba también, la plenitud de la presencia de Dios. Era otra indicación, para aquellos pueblos, de que la Señora con el manto de estrellas llevaba en su purísimo seno al único Dios verdadero.

El resto de flores y figuras impresas en su túnica no están ahí puestas al azar. Corresponden a los diversos aspectos geográficos de México, que los indígenas interpretaban a la perfección.

El Cabello.

Nuestra Señora lleva el cabello suelto lo que entre los aztecas era señal de virginidad. Por lo tanto, era la muestra que la Señora es Virgen y Madre.

El Rostro.

Por fin, Nuestra Señora quiso presentarse con rasgos mestizos, rostro moreno y ovalado y así, manifestar que Ella desea ser la Madre amorosa de todos los habitantes de América.

Muchísimos otros símbolos pueden observarse en la extraordinaria figura de Nuestra Señora de Guadalupe, y ninguno de ellos está al azar, pues todo en Ella es de una altísima Sabiduría. Por otra parte, existe un sinnúmero de maravillas que la Virgen oculta y que la ciencia con todos sus avances tecnológicos no consigue explicar. Por ejemplo, el maravilloso fenómeno de sus pupilas, en las cuales se distinguen con lupa minúsculas figuras humanas.

La durabilidad inexplicable del rudo manto que ni el ácido sulfúrico, caído por accidente, consigue destruir.

El modo misterioso en que fue impresa la figura de la Virgen y otros aspectos que próximamente abordaremos. Son las maravillas de la “Siempre Virgen Santa María, Madre del Verdadero Dios” como ella misma se definió cuando habló por la primera vez con San Juan Diego.

San José

En la prodigiosa escalera cuyas fotos el lector puede apreciar en estas páginas, todo es armónico y deslumbrante.

febrero 12, 2022

En la prodigiosa escalera cuyas fotos el lector puede apreciar en estas páginas, todo es armónico y deslumbrante. Ocupando un mínimo de espacio, se eleva elegantemente en caracol, girando dos veces en 360 grados.

Su historia, tan sorprendente como encantadora, justifica por entero el nombre que le dio la devoción popular: Escalera Milagrosa.

En 1853, las “Hermanas de Loreto” fundaron en la ciudad de Santa Fé, Estados Unidos, la Escuela de Nuestra Señora de la Luz (Loreto), para la educación de niñas. El establecimiento prosperó y, años después, las monjas decidieron construir una capilla dedicada a su Patrona. Optaron por el estilo gótico, a imitación de la famosa Sainte Chapelle de París.

Solamente cuando la obra había concluido, las buenas religiosas se dieron cuenta de un monumental descuido del arquitecto: ¡no había escalera de acceso al coro, situado a cerca de diez metros de altura!… Y la construcción de una escalera común no sólo deformaría el estilo, sino que reduciría de modo inaceptable el espacio útil del pequeño templo.

¿Cómo resolver el problema? Se consultó a arquitectos, carpinteros y otros profesionales. Todos afirmaron categóricamente que la única “solución” era usar una escalera portátil.

Iglesia de Loreto Santa fe

Pero las monjas querían una iglesia hermosa, digna de la Reina de todas las bellezas. Y si la técnica humana era incapaz de solucionar el problema, “para Dios nada es imposible”, como nos enseña el Divino Maestro.

Llenas de fe, empezaron una novena a San José. ¡A fin de cuentas —argumentaban ellas— es un carpintero inigualable y debe empeñarse en que una iglesia dedicada a su Esposa Santísima sea perfecta en todo, como Ella!

Justamente el último día de la novena se presentó un carpintero en busca de trabajo. Llegó montado en un jumento, trayendo su caja de herramientas en la mano. Fue contratado en seguida para ejecutar una obra considerada imposible. Trabajó con diligencia y discreción durante cerca de seis meses.

Cierto día las hermanas verificaron deslumbradas que estaba construyendo una espléndida escalera de caracol. Para resolver un mero problema funcional, el discreto y eficiente artífice había adornado la pequeña capilla con una auténtica joya de madera.

¿Adónde estaba? Nadie lo sabía. Había desaparecido sin despedirse de persona alguna. No recibió paga, ni siquiera un simple agradecimiento por el servicio prestado. Lo buscaron inútilmente, incluso por medio de un anuncio publicado en el diario de la ciudad.

Por otro lado, un examen meticuloso de la escalera causaba una enorme admiración en todos. Su magnífica estructura, la elegancia con que se eleva, aparte de varios detalles de la construcción, dejan perplejos a los especialistas hasta el día de hoy. Por ejemplo, realiza dos vueltas completas de 360 grados sin ningún apoyo colateral y está hecha enteramente de uniones, sin utilizar un solo clavo. Algunas de sus piezas son de un tipo de madera inexistente en la región.

Tomando en cuenta las circunstancias en que se hizo la novena a San José, la inexplicable perfección de la obra bajo el punto de vista humano, y la misteriosa desaparición del artista, las monjas no tuvieron dudas en sacar la conclusión: el propio esposo castísimo de la Virgen María había venido a realizar en homenaje a Ella, lo que la técnica humana consideraba imposible.

Y ahí está hasta hoy, maravillando a todas las almas capaces de ver y amar la belleza, la Escalera Milagrosa de la capilla de Nuestra Señora de Loreto, en la ciudad norteamericana de Santa Fe.

Espiritualidad

septiembre 12, 2021

Una humanidad perseverante en su impiedad tiene todo para esperar el rigor de Dios. Pero Dios, que es infinitamente misericordioso, no desea la muerte de esa humanidad pecadora, sino «que se convierta y viva». Y por eso su gracia insistentemente va en busca de todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y regresen al redil del Buen Pastor.

Si no existieran catástrofes que una humanidad impenitente no debiera temer, no existirían misericordias que una humanidad arrepentida no podría esperar. Y para ello no es necesario que el arrepentimiento haya consumado su obra restauradora.

Basta que el pecador, aun en el fondo del abismo, se vuelva hacia Dios con un simple inicio de arrepentimiento eficaz, serio y profundo, para que encuentre inmediatamente el auxilio de Dios, que nunca se ha olvidado de él.

Lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: aunque tu padre y tu madre te abandonaran, yo no me olvidaré de ti. Hasta en los casos extremos en que el paroxismo del mal llega a agotar la propia indulgencia materna, Dios no se cansa.

Porque la misericordia de Dios beneficia al pecador incluso cuando la justicia divina lo hiere con mil y una desgracias en el camino de la iniquidad.

Estas dos imágenes esenciales de la justicia y de la misericordia divinas deben ser constantemente puestas ante los ojos del hombre contemporáneo.

De la justicia, para que no suponga temerariamente salvarse sin méritos. De la misericordia, para que no desespere de su salvación siempre y cuando desee enmendarse. Y, si las hecatombes de nuestros días ya hablan tan claramente de la justicia de Dios, ¿qué mejor visión para contemplar este cuadro que el sol de la misericordia, que es el Sagrado Corazón de Jesús?

Plinio Corrêa de Oliveira. Nossa Senhora do Sagrado Coração.

In: «O Legionário». São Paulo. Año XIV. N.º 410 (21/7/1940); p. 2.

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