San José, Santos

San José: El Cruzado de Luz

Monseñor João Clá Dias, EP, desvenda una visión inédita del esposo de María Santísima y revela la altísima misión que le cabe en la implantación del Reino de Ella. Transcribimos aquí algunos de los trechos.
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septiembre 12, 2021

Al enviar su Hijo al mundo, el Padre bien sabía que Él estaría cercado del odio desenfrenado y mortal de los malos, como evidenciará el sangriento episodio del martirio de los Santos Inocentes ordenado por Herodes.

Entretanto, no lo hizo nacer en un inexpugnable castillo construido sobre la roca, no lo llenó de ejércitos numerosos y disciplinados, ni le concedió una compañía de guardias que lo escoltasen. ¡Las soluciones de Dios son siempre más bellas!

El pequeño Jesús ya estaba amparado por el afecto de la mejor de las madres, pero para defenderlo de tantos riesgos un solo hombre fue escogido: José, a quien el propio Padre Eterno eligió para ser, en esta tierra, el padre virginal de Jesús.

Él será el brazo fuerte del Todopoderoso para custodiar y salvar de los más variados peligros al Hijo de Dios y su Madre Santísima.

Por eso, San José fue un varón dotado de altísima sabiduría, de vigor indomable y de intachable inocencia. Nadie, en toda la Historia, alió como él la más fina inteligencia a la más íntegra pureza, constituyéndose en pieza clave de la victoria del bien sobre el mal.

Alma ardiente y contemplativa, pero impregnada de cariño.

El Autor, Mons. João Clá Dias, no conoce una presentación del perfil moral de San José más apropiada a introducir el lector en el estudio de la vida, las virtudes y los excepcionales dones del casto esposo de Nuestra Señora, que la descripción hecha por Plinio Corrêa de Oliveira:

Casado con Aquella que es llamada de Espejo de Justicia, padre adoptivo del León de Judá, San José debía ser un modelo de fisionomía sapiencial, de castidad y de fuerza. Un hombre firme, lleno de inteligencia y criterio, capaz de hacerse cargo del secreto de Dios. Un alma de fuego, ardiente, contemplativa, pero también impregnada de cariño.

Descendía de la más augusta dinastía que ya hubo en el mundo, esto es, la de David. […] Como príncipe, conocía también la misión de que estaba imbuido, y la cumplió de forma magnífica, contribuyendo para la preservación, defensa y glorificación terrena de Nuestro Señor Jesucristo.

¡En sus manos confiara el Padre Eterno ese tesoro, el mayor que jamás hubo y habrá en la Historia del universo! Y tales manos solo podían ser las de un auténtico jefe y dirigente, un hombre de gran prudencia y de profundo discernimiento, así como de elevado afecto, para cercar de la ternura adoradora y veneradora necesaria al hijo de Dios humanado.

Al mismo tiempo, un hombre listo para enfrentar, con perspicacia y firmeza, cualquier dificultad que se le presentase: fuesen las de índole espiritual e interior, fuesen las originadas por las persecuciones de los adversarios de Nuestro Señor. […]

Acostúmbrase apreciar y alabar, con justicia, la vocación de Godofredo de Bouillon, el victorioso guerrero que, en la Primera Cruzada, comandó las tropas católicas en la conquista de Jerusalén. ¡Es una linda proeza! Él es el cruzado por excelencia.

¡Sin embargo, mucho más que retomar el Santo Sepulcro es defender al propio Nuestro Señor Jesucristo! Y de eso San José fue gloriosamente encargado, tornándose el caballero-modelo en la protección del Rey de reyes y Señor de señores. 1

Misteriosa participación en el plan hipostático.

En esta obra, Monseñor João desea presentar el genuino perfil del gran Patriarca de la Iglesia, a fin de fomentar, con todo énfasis, la auténtica devoción en relación a su extraordinaria figura.

San José fue un héroe insuperable, un verdadero Cruzado de la Luz; en síntesis, el hombre de confianza de la Santísima Trinidad.

Su fuerza está profundamente ligada a su virginidad, pues la pureza íntegra es la única capaz de originar en el corazón humano las energías necesarias para enfrentar las dificultades con ánimo resoluto y total certeza de la victoria.

Sin duda, San José es el mayor Santo de la Historia, dotado con una vocación más alta que la de los Apóstoles y la de San Juan Bautista, como apuntan autores avalados. 2

Esta afirmación se apoya en el hecho de que el ministerio de San José está íntimamente unido a la Persona y misión redentora de Nuestro Señor Jesucristo, participando de modo misterioso, conforme será tratado en momento oportuno, del plan hipostático.

Tal proximidad con Dios hecho Hombre le permitió beneficiarse como nadie, después de Nuestra Señora, de los efectos de la Encarnación, habiendo sido santificado de forma superabundante por ese Niño Divino que lo llamaría de padre, aunque San José no haya concurrido para su generación natural.

Él todavía no mostró la fuerza de su brazo.

Tampoco era conveniente que el escogido para ser el esposo virgen de Nuestra Señora no estuviese a la altura de la criatura más pura y más santa salida de las manos de Dios. ¿En función de eso, se puede aventar la hipótesis de que él fue santificado desde su concepción, como su Esposa?

Estas y otras consideraciones relativas al Santo Patriarca atraerán nuestra atención a lo largo de estas páginas.

De hecho, muchas verdades aún no manifestadas sobre la persona de San José deben ser proclamadas desde lo alto de los tejados, a fin de dejar patente la grandeza oculta de ese varón. Tanto más que, en esta hora de crisis y de tragedia en la cual se encuentra el mundo y la Iglesia, su figura ha de tomar un realce providencial.

El casto esposo de María aparecerá en todo su esplendor, como nunca antes en la Historia, para que los fieles recurran a él como insigne defensor de los buenos.

Sí, San José ya fue proclamado Patrono de la Santa Iglesia, pero todavía no mostró a la humanidad la fuerza de su brazo. ¡Tempus faciendi!

Están llegando los días en que, bajo el amparo del padre virginal de Jesús, los escogidos de Dios harán grandes proezas a fin de instaurar el Reino de Cristo sobre la tierra, Reino de paz y de pureza, Reino también, porque no decirlo, de María y de José.

 

(Transcrito, com pequenas adaptaciones, de: CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. São José: quem o conhece? São Paulo: Lumen Sapientiæ, 2017 – in «Revista Arautos do Evangelho», agosto/2017, n. 188, p. 32 a 33)

Notas:

1- CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. São José, esposo de Maria e pai adotivo de Jesus. In: Dr. Plinio. São Paulo. Ano II. N.12 (Mar., 1999); p.14-15; 17.

2- Cf. SUÁREZ, SJ, Francisco. Misterios de la vida de Cristo. Disp.VIII, sec.1- 2. In: Obras. Madrid: BAC, 1948, t.III, p.261-281.

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Espiritualidad

Cada uno de los personajes presentaba su propio tipo de rostro: de hombre, de león, de toro y de águila...
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septiembre 12, 2021

La palabra evangelio viene de la antigua Grecia, que significaba una buena noticia o también el mensajero que la llevase a alguien. Podemos observar que en la palabra evangelio está contenida otra palabra griega, angelo, igualmente incluida en el idioma español, a través del latín. Tal vocablo hoy designa principalmente a los puros espíritus creados por Dios para servirlo y que, a veces, son destinados por Dios para comunicar sus mensajes a los seres humanos.

En los primeros tiempos de la era Cristiana, el significado de la palabra Evangelio fue dejando de contener la idea de una buena noticia en general, para restringirse a los hechos relacionados con la Vida, Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo y, sobre todo, a sus enseñanzas. Esa narración constituye realmente la gran noticia que sería proclamada a todos los hombres a lo largo de los siglos, a nivel mundial.

Entre tanto, conviene acentuar que, en un primer momento, después de la gracia de Pentecostés, los Apóstoles comenzaron sus predicaciones de corazón a corazón, es decir, hablaban de aquello que guardaban en sus corazones y su memoria, para el entendimiento y el amor de sus oyentes. Podían ser hechas anotaciones personales, no obstante, las predicaciones de la Buena Nueva se hacían básicamente a través de la palabra oral.
Sólo algunos años más tarde, alrededor del año 40 d.C., San Mateo escribió el primer Evangelio, siendo seguido por San Marcos, San Lucas y San Juan. Todo indica que hubo anteriormente un esquema general de esas narraciones, que fue tomado en cuenta por los evangelistas, a excepción de San Juan.

Alrededor de ese resumen inicial, cada uno de los evangelistas presenta su narración bajo un prisma personal y vuelto hacia un tipo de público, con algunas fuentes de informaciones propias. Así, un mismo episodio puede venir narrado en varios de los Evangelios, pero con detalles diferentes que completan la visión general.

Símbolos de los evangelistas previstos por el profeta Ezequiel.

Se aplican a los evangelistas las características de los cuatro personajes que el profeta Ezequiel (VI a.C.), contempló en una visión, cuando se encontraba en Babilonia, predicando a los judíos que allí vivían en condición de esclavos. En tal visión, cada uno de los personajes presentaba su propio tipo de rostro: de hombre, de león, de toro y de águila. (Ez. 1, 10)

En los primeros siglos de la Iglesia, tales símbolos fueron atribuidos a cada uno de los evangelistas, en función del contenido de las primeras palabras de su Evangelio.

Los evangelistas.

1. San Mateo Representado teniendo junto a sí un ángel o un hombre, porque abre su Evangelio refiriéndose a los antepasados humanos de Cristo.

Mateo ejercía la función de cobrador de impuestos, antes que recibiese personalmente del Divino Maestro el llamado para seguirlo.

En su Evangelio se dirigió en especial a los judíos convertidos al cristianismo, apuntando cómo se realizarían las profecías del Antiguo Testamento. Aplicó su larga experiencia en escritura, para ordenar las múltiples enseñanzas de Jesús. Los dividió en cinco bloques, según los temas: Formación del Reino de Cristo, el Sermón de la Montaña, Instrucciones dadas a los Apóstoles, la difusión del Reino, y su conclusión al final de los tiempos.

2. San Marcos tiene junto a sí un león porque abre su Evangelio haciendo referencia a San Juan Bautista, como la voz que clama en el desierto.
San Marcos no hace parte de los doce primeros apóstoles de Jesús. Fue bautizado posteriormente por San Pedro, a quien acompañó en el viaje a Roma y en su estadía allí.
La madre de Marcos se llamaba María, en cuya casa en Jerusalén se reunían los cristianos, después de la ascensión del Señor.
Su narración se basa en lo que oyó de San Pedro, siendo el menos extenso de los Evangelios, concebido en un estilo simple y uniforme.
Como se dirigía en especial a los paganos que residían en Roma, San Marcos presenta a Jesús como Hijo de Dios y dominador de las fuerzas infernales, y no como el Mesías esperado por los judíos.

3. San Lucas Simbolizado por un buey, San Lucas inicia su Evangelio con la narración del sacrificio ofrecido por Zacarías en el templo.

Lucas era médico, griego de nacimiento. No hizo parte del colegio apostólico, habiendo recibido el Bautismo cerca del año 50 d.C. Fue discípulo de San Pablo, a quien acompañó en diversos viajes, inclusive durante su prisión en
Roma.

4. San Juan Simbolizado por un águila, San Juan abre su Evangelio definiendo, como en un alto vuelo, la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad: “En el principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios”.

Juan era el más joven de los Apóstoles, redactó su Evangelio cerca del año 70 d.C. y comienza proclamando a Jesús como la Palabra de Dios, existente desde toda la eternidad, y que se encarna para revelar el Padre a los hombres.

Los Evangelios sinópticos.

Los Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas son llamados de sinópticos. La palabra griega synopse significa síntesis o resumen de una obra, que da una idea de su conjunto.

Se aplica a estos tres Evangelios, porque tienen en común el mismo marco general, o sea, si fuesen dispuestos los contenidos de esos Evangelios en columnas, se notan fácilmente sus semejanzas. Los textos no son idénticos pero siguen un mismo esquema general.
El Evangelio de San Juan no está comprendido en este cuadro sinóptico, pues adopta un esquema enteramente original, el cual focaliza de modo más profundo los aspectos doctrinarios de las enseñanzas de Cristo.

P. Colombo Nunes Pires, EP

Destacados, Espiritualidad

Con el Adviento se abre un año litúrgico. Y aquí le enseñamos el origen y significado de este tiempo que viene antes de recibir al Niño Dios.
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noviembre 27, 2021

El Adviento es como recibir una visita que toda dueña de casa practica con frecuencia. Y cuando el visitante es ilustre los preparativos son más exigentes. Imagínese el lector que su párroco anunciara en la misa de domingo la visita pastoral del obispo diocesano, pero con una peculiaridad: que uno de los feligreses, tomado al azar, recibirá al prelado en su casa para almorzar con él después de la misa.

Ciertamente, todo en el hogar de la familia elegida se volcaría durante algunos días a preparar tan honrosa visita. La elaboración del almuerzo, la decoración del comedor, la ropa a usar en la ocasión. En la víspera se impondría un cuidado general de la casa, de manera que todo quedara perfectamente ordenado a la espera del gran día.

Esos preparativos, que normalmente se realizan en la vida social para recibir una visita importante, también convienen en la esfera sobrenatural. El ciclo litúrgico los contempla con relación a las grandes fiestas, como por ejemplo la Navidad. La Santa Iglesia, con sabiduría de siglos, estableció un período preparatorio con la finalidad de que todas las almas cristianas perciban la importancia del acontecimiento y cuenten con medios para purificarse y poder celebrar, así, dignamente la solemnidad.

Significado del término Adviento.

Adviento – en latín adventus – significa venida, llegada. Es una palabra de origen profano que designaba el paso anual de la divinidad pagana por el templo para visitar a sus adoradores. Se creía que el dios, cuyo culto recibía la estatua, permanecía con ellos durante la solemnidad. En lenguaje corriente se denominaba también así a la primera visita oficial de un personaje importante cuando asumía un alto cargo. Así, unas monedas de Corinto perpetúan el recuerdo del adventus augustii, y un cronista llama adventus divi al día en que llegó el emperador Constantino. En las obras cristianas de los primeros tiempos de la Iglesia, especialmente en la Vulgata, adventus se transformó en el término clásico para designar el advenimiento de Cristo a la tierra, es decir, la Encarnación, inaugurando la era mesiánica y, después, su gloriosa venida al final de los tiempos.

Surge el Adviento.

La primera noticia acerca de un período de preparación para la Navidad data del siglo V, cuando san Perpetuo, obispo de Tours, estableció un ayuno de tres días antes del nacimiento del Señor. A fines del mismo siglo aparece la “Cuaresma de san Martín”, que consistía en un ayuno de 40 días, a contar del día siguiente a la fiesta de san Martín.

San Gregorio Magno (590-604) fue el primer Papa en redactar un oficio de Adviento, y el Sacramentario Gregoriano es el más antiguo en proveer misas propias para los domingos de este tiempo litúrgico.

En el siglo IX la duración del Adviento se redujo a cuatro semanas, como se lee en una carta del Papa san Nicolás I (858-867) a los búlgaros. Y en el siglo XII el ayuno fue sustituido con una simple abstinencia.

Pese al carácter penitencial del ayuno o la abstinencia, la intención de los Papas en la Alta Edad Media era crear en los fieles una gran expectación ante la venida del Salvador, apuntándoles su glorioso retorno al final de los tiempos. Por eso tantos mosaicos muestran vacío el trono del Cristo Pantocrátor. El viejo vocablo pagano adventus se entiende también en el sentido bíblico y escatológico de “Parusía”.

El Adviento en la Iglesia.

En la liturgia romana es donde el Adviento cobra su sentido más amplio. El primer domingo – y a diferencia del niño pobre e indefenso de la gruta de Belén– Cristo se nos presenta lleno de gloria y esplendor, de poder y majestuosidad, en compañía de sus ángeles, para juzgar a los vivos y a los muertos y proclamar su Reino eterno después de los acontecimientos que precederán ese triunfo: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas” (Lc 21, 25). “Velad, pues, orando en todo tiempo, para que podáis escapar de todo lo que va a suceder, y podáis estar firmes ante el Hijo del hombre” (Lc 21, 36). Es el consejo del Salvador.

¿Cómo estar firmes frente al Hijo del hombre? Cumple que nos sonrojemos de vergüenza, como dice la Escritura. La Iglesia nos invita, así, a la penitencia y a la conversión, y el segundo domingo nos pone delante la grandiosa figura de san Juan Bautista, cuyo mensaje contribuye a realzar el carácter penitencial del Adviento.

Con la alegría de quien se siente perdonado, el tercer domingo empieza con la siguiente proclamación: “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca”. Es la dominica “Gaudete”. Al aproximarse la llegada del Hombre-Dios, la Iglesia pide que todos los hombres conozcan la bondad del Señor. Los ornamentos son color rosa.

El cuarto domingo, María, estrella de la mañana, anuncia la llegada del verdadero Sol de Justicia que iluminará a todos los hombres. ¿Quién mejor que ella podría encaminarnos a Jesús? La Santísima Virgen, nuestra dulce abogada, reconcilia a los pecadores con Dios, mitiga nuestros dolores y santifica nuestras alegrías. María es la más sublime preparación para la Navidad.

Corona de Adviento.

Ella es tan simple cuanto bonita: un círculo hecho de ramas verdes, generalmente de ciprés o cedro. En él se coloca una cinta roja larga que, al mismo tiempo adorna y mantiene presos a la varilla circular las ramas. Cuatro velas de colores variados completan una bella guirnalda que, en los países cristianos, adorna y marca hace siglos la época del adviento. A esta guirnalda se da el nombre de Corona de Adviento.

Una antigua costumbre piadosa.

En los domingos de Adviento, existe la piadosa costumbre de las familias y las comunidades católicas reunirse en torno de una corona para rezar.

La «liturgia de la corona», como es conocida esta oración, se realiza de un modo muy simple. Todos los participantes de la oración se colocan alrededor de aquella guirnalda adornada y la ceremonia inicia. En cada una de las cuatro semanas del adviento se enciende una nueva vela, hasta que todas sean encendidas.

El encender de las velas es siempre acompañado de un canto. En seguida, se lee un pasaje de las Sagradas Escrituras que sea propio para el tiempo de Adviento y es hecha una pequeña meditación. Después de eso es que son realizadas algunas oraciones y son hechas algunas alabanzas para concluir la ceremonia. Generalmente la guirnalda de la corona, así como las velas son bendecidas por un sacerdote.

Origen.

La Corona de Adviento tiene su origen en Europa. En invierno, sus todavía bárbaros habitantes encendían algunas velas que representaban la luz del Sol. Así, ellos afirmaban la esperanza que tenían de que la luz y el calor del astro rey volvería a brillar sobre ellos y calentarlos. Con el deseo de evangelizar aquellas almas, los primeros misioneros católicos que allá llegaron quisieron, a partir de las costumbres de los naturales de la tierra, enseñarles la Fe y conducirlos a Jesucristo. Fue así que, crearon la «corona de adviento», cargada de símbolos, enseñanzas y lecciones de vida.

La forma circular.

El círculo no tiene principio, ni fin. Es interpretado como señal del amor de Dios que es eterno: sin principio y sin fin. El círculo simboliza también el amor del hombre a Dios y al prójimo que nunca debe llegar al fin, acabarse. El círculo además trae la idea de un «enlace de unión» que liga a Dios y las personas, como una gran «Alianza».

Padre Mauro Sérgio da Silva Isabel, EP

Destacados, Santos

La mayoría de los niños sabe responder de dónde viene el famoso Papá Noel: «¡Del Polo Norte!». Sin embargo, pocos conocen a San Nicolás.
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diciembre 6, 2021

Noche de paz, noche de amor! Ha nacido el niño Dios en un humilde portal de Belén…».

Después de los cantos que caracterizan la esperada Nochebuena, tan cargada de maravillas para las almas inocentes, y en medio a un ambiente de bienquerencia y expectativa que marca ese período del año ocurre algo insólito en los hogares…

Con la certeza de que todos ya se encuentran inmersos en un profundo sueño, a través de la chimenea de la casa o por alguna otra entrada que muchos hasta hoy no han descubierto, se cuela un personaje. Llega volando desde tierras lejanas montado en un curioso trineo tirado por renos, simulando una especie de carruaje, transporte éste en el cual todo niño ha deseado algún día subirse, aunque fuera en sueños…

Ahora bien, ¿qué hace ese misterioso visitante —curiosamente, al que nunca se le confunde con un ladrón— llegando esa madrugada navideña mientras todos ya están dormidos?

De barba siempre blanca y larga, se presenta con «sorpresas» escondidas en grandes sacos rojos: regalos de todo tipo, los cuales distribuye con abundancia y prodigalidad, como queriendo agradar sin esperar nada a cambio.

A este generoso personaje unos lo llaman Papá Noel y otros Santa Claus. Ambos nombres se refieren al mismo individuo, cuya fama es mundialmente conocida y perdura hasta nuestros días, más viva que nunca, dándonos la impresión de que es eterna.

Todo niño, de cualquier localidad del globo terráqueo, sabe decir de dónde viene: «¡Del Polo Norte!». Pero ¿acaso será éste de verdad su punto de partida? Lo cierto es que su viaje histórico se revela aún más lejano y fantástico que su mítica circunnavegación nocturna alrededor de la Tierra… Y en él nos vamos a adentrar.

San Nicolás bendice
San Nicolás bendicea un niño
Iglesia del Santo Cristo, Ciudadela de Menorca (España)

San Nicolás, defensor de la fe y generoso padre

En realidad, esta figura navideña no es tan imaginaria como parece. Se refiere a un varón de Asia Menor cuyo nacimiento se remonta al siglo III —por tanto, ¡no en el Polo Norte!—, concretamente donde hoy se localiza Turquía.

De nombre Nicolás, nació de una familia acomodada, en Licia, provincia romana situada junto al mar Mediterráneo. Por las virtudes que brillaban en su alma fue elegido obispo de Mira, una de las ciudades más importantes de la región, y ejercía su ministerio con energía y bondad.

Siempre celoso de la sana doctrina, tomó severas medidas contra el paganismo y combatió incansablemente las herejías. Pero sus obras de caridad para con el prójimo fueron las que lo hicieron célebre en todo el orbe cristiano.

Milagros hechos en vida

Uno de esos episodios se volvió conocido aún en vida, valiéndole la devoción de los fieles y una fuerte fama de santidad.

En aquella época había en Mira un juez que, bajo presión de soborno, condenó a muerte a tres hombres inocentes. Ahora bien, en el momento de la ejecución el bondadoso Nicolás apareció en el lugar, arrancó el arma de las manos del verdugo, reprendió al inicuo juez y les dio la libertad a los sentenciados.

Poco después ocurrió en Constantinopla otro hecho similar: tres oficiales fueron indebidamente condenados. ¡Pobre justicia temporal, tan a menudo regida por la infamia de la ambición en lugar del amor a la Verdad! Sin embargo, los reos habían presenciado la escena narrada arriba y no lo dudaron: llenos de devoción por la figura del imponente y paternal San Nicolás, se pusieron a rezar enseguida, rogándole que también los salvara, aunque desde la distancia… He aquí que esa misma noche el emperador Constantino soñó con el santo, que le ordenaba que liberara a aquellos infelices, ¡porque eran inocentes!

Al día siguiente, Constantino llamó a los tres condenados y al interrogarlos se enteró de que habían invocado a «Nicolás de Mira» para pedirle su auxilio. Conmovido, el emperador los soltó.

San Nicolás salvando a los tres inocentes,
por Mariotto di Nardo – Museos Vaticanos

¡Patrón de los niños!

San Nicolás murió el 6 de diciembre, a mediados del siglo IV. Las virtudes practicadas por este varón lo llevaron a alcanzar un alto grado de santidad y sus milagros post mortem le sirvieron para enaltecerlo aún más. De este modo se convirtió rápidamente en uno de los santos más conocidos de la Iglesia Católica.

Con respecto a él existen numerosos hechos cuya memoria ha perdurado por los siglos. Los marineros lo tienen como patrón y en ciertas regiones hasta hoy día conservan la costumbre de desearse unos a otros un buen viaje diciendo: «¡Que San Nicolás lleve tu timón!».

No obstante, el más famoso de sus títulos siempre fue el de «patrón de los niños». Esto se debe principalmente a dos episodios. El primero ocurrió cuando el santo obispo supo que el padre de tres muchachas tenía serios apuros financieros y no conseguía pagar la dote necesaria para el casamiento de sus hijas, lo que las llevaría a adoptar una vida errante…

Lleno de compasión por los miembros de esa familia, Nicolás se dirigió a la casa donde vivían y, escondido entre la penumbra de la noche, lanzó por la chimenea un saquito lleno de monedas de oro, con el fin de ayudarles. Así lo hizo tres veces. Algunas versiones de la historia llegan a afirmar que uno de esos generosos saquitos cayó justo dentro del calcetín de una de las jóvenes que estaba colgado de la chimenea secándose…

El segundo hecho consiste en un magnífico milagro obrado en vida por San Nicolás: la resurrección de tres chiquillos que habían sido ¡asesinados! Este acontecimiento fue el que terminó consagrándolo oficialmente como patrón y protector de los niños.

Así, en varios países se estableció la piadosa tradición de darle regalos a los más pequeños el 6 de diciembre, en honor de San Nicolás.

San Nicolás echando las monedas en el interior de la casa de las tres doncellas,
por Bicci di Lorenzo – Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

¿Cómo pudo transformarse en Papá Noel?

Tras conocer tales maravillas es comprensible, querido lector, que por su cabeza ronde la siguiente duda: ¿Qué tiene que ver Papá Noel con esa descripción sobre San Nicolás? ¿Cómo llegó a convertirse el tan virtuoso obispo de Mira en un habitante del Polo Norte que, en una sola noche, les reparte regalos de Navidad a todos los niños del mundo?

La transformación del santo en una quimera tiene sus más remotos orígenes en la Reforma protestante. Así como muchos siglos atrás el emperador Diocleciano había intentado acabar con la persona de Nicolás, los reformadores trataron de borrar de la Historia y, sobre todo, de los corazones de los fieles el recuerdo de ese gran varón.

A la izquierda, portada de la revista «Harper’s Weekly» del 3 de enero de 1863, con una de las primeras representaciones del moderno Santa Claus;
en el centro , dibujo de Thomas Nast para la misma publicación;
a la derecha, una de las ilustraciones creadas por Haddon Sundblom para Coca-Cola en las décadas de 1920 y 1930

Sin embargo, la devoción a él estaba tan arraigada en Europa que no desapareció por completo. La figura de San Nicolás se mezcló con entes mitológicos, alguno de ellos bastante antipáticos y agresivos, dando origen a personajes como el Sinterklaas holandés, que pasó al Nuevo Mundo con los emigrantes de esa nación.

A lo largo del siglo XIX, fue tomando en Nueva York su actual fisonomía. En 1822 el poeta Clement Moore escribió un libro titulado A Visit from Saint Nicholas, en el cual presentaba a un personaje procedente del norte, en un trineo tirado por renos voladores. Años más tarde, en 1863, el caricaturista político Thomas Nast hizo un dibujo para la revista Harper’s Weekly, en el cual ya presentaba las características que hoy conocemos: un hombre de edad avanzada, corpulento, risueño, de poblada barba blanca.

Desde entonces varias empresas comenzaron a aprovecharse de esa figura navideña como medio de publicidad, incluso Coca-Cola, responsable de consagrar definitivamente su traje rojo y blanco, en 1920.

¡Festejemos la Navidad con auténtico espíritu de fe!

Como puede verse, Santa Claus es, por tanto, la distorsión del santo y generoso obispo de Mira, patrón de los navegantes, de los niños y de muchos lugares.

Aquel virtuoso varón que brilló por su caridad y supo proclamar la verdadera fisonomía cristiana de la Navidad fue sustituido por el laico Papá Noel que hoy conocemos y transformado en propagador del consumismo. Para muchos hombres de hoy, Santa Claus está en el centro de todas las conmemoraciones, ocupando el sitio del Niño Jesús, ¡causa y alegría de la Navidad!…

Por consiguiente, mucho más que simples nomenclaturas históricas, se podría decir que esos personajes —Papá Noel y San Nicolás— simbolizan, ante el sublime hecho del Nacimiento del Divino Infante, dos mentalidades opuestas: una es la de los que, con sus horizontes puestos en este mundo terrenal, «vuelan» por los aires de las fantasías frívolas presentadas por el consumismo; la otra es la de los que con alegría y fe preparan sus almas para recibir en la Navidad no solamente al simpático obispo de Mira con sus regalos, ¡sino al mismo Hombre Dios!

Pidamos, pues, la intercesión de San Nicolás, a fin de que nos conceda en esta Navidad los regalos espirituales de los que carecen nuestras almas, para que, como él, podamos ser generosos, retribuyendo con una vida pura todo el amor que emana del corazoncito del Niño Jesús por cada uno de nosotros.

Así, más que esperar regalos que perecen, sepamos prepararnos para el premio eterno, haciendo nuestra ofrenda de amor y gratitud al Divino Infante en la conmemoración de su natalicio.

Que la Navidad de este año de 2020 sea enaltecida por los coros angélicos como siendo la noche de paz que contempló por primera vez a su Creador y Señor omnipotente en un frágil niñito, rodeado por los brazos virginales de María Santísima. Y que todo el orbe sepa reconocer en esta misteriosa noche la grandeza de un Dios que se hizo hombre, a fin de hacernos como Dios.

Autor: Hna. Antonella Ochipinti, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

María Santísima

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septiembre 9, 2021

  Las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, son consideradas como las más proféticas apariciones de los últimos tiempos.

  En Fátima, la Santísima Virgen no se dirigió solamente a la generación de comienzos del siglo XX, sino, sobre todo, a las que vinieron después.

  Y a medida que las décadas fueron pasando y el segundo milenio fue agonizando entre aprensiones y tragedias, las palabras proféticas de la Madre de Dios se tornan más reales.

  Ya en la época de las apariciones de Fátima, en los primeros años del siglo XX, los acontecimientos mundiales hacían entrever lo que sería la triste historia contemporánea. Por un lado, un progreso material casi ilimitado, parejo a una decadencia en las costumbres como nunca se vio antes.

  Por otro lado, guerras y convulsiones sociales de proporciones terribles. La Primera Guerra Mundial fue un ejemplo de esa realidad, ampliamente superada por la Segunda Guerra Mundial y por todo cuanto la siguió.

  A todos esos males, como Madre solícita y afectuosa, María Santísima quiso poner remedio, evitándoselos a sus hijos. Por eso descendió del Cielo a fin de alertar a la humanidad de los riesgos que corría si continuase en las vías tortuosas del pecado. Vino, al mismo tiempo, a indicar los medios de salvación: el rezo del Rosario, la práctica de los Cinco Primeros Sábados, la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Antes del 13 de Octubre.

Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más.

“Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día

Aunque breve, la aparición de la Virgen dejó a los pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.

Sexta y última aparición: 13 de octubre de 1917

  Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal.

  Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió:

“Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

– Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas.

– Quería pedirle muchas cosas. Si curaba unos enfermos y convertía unos pecadores…

– A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados.

  Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

  Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol”.

  Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: “¡Miren el sol!”. Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata.

  A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a “bailar”. Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones.

Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zig-zag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada.

  Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zig-zag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días.

  El ciclo de las visiones de Fátima había terminado. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: “¡El milagro, los niños tenían razón!”. Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas.

  El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones.

  Casi se podría decir que, cuanto más importante es el acontecimiento previsto, tanto mayor la grandeza de las señales que lo preceden, la autoridad de los profetas que lo anuncian, y el tiempo de espera.

  Es fácil, a la luz de esta regla, evaluar la importancia de las previsiones de Fátima, pues quien nos las anuncia no es un ángel, ni un gran santo, sino la propia Madre de Dios.

Lacrimación de una Imagen Peregrina de los Caballeros de la Virgen en Centroamérica.

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