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San José

San José, Patrono de la Iglesia

San José, guardián de los tesoros de Dios.

De la misma manera que Dios constituyó a aquel José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto, a fin de que no le faltara el sustento a su pueblo, así, cumplida la plenitud del tiempo, cuando iba a mandar a la tierra a su Hijo unigénito, Salvador del mundo, escogió a otro José, del cual el primero era una figura, y lo erigió señor y príncipe de su casa y de sus bienes, y lo eligió como guardián de sus principales tesoros.

En efecto, tuvo por esposa a la Inmaculada Virgen María, de la cual, por obra del Espíritu Santo, nació Nuestro Señor Jesucristo, quien ante los hombres se dignó ser considerado hijo de José, al que estuvo sometido.

Y Aquel a quien tantos reyes y profetas anhelaron ver, este José no sólo lo vio, sino que convivió con Él, y con paternal afecto lo abrazó y besó; y además con una solicitud sin igual alimentó a Aquel a quien el pueblo fiel habría de comer como pan bajado del Cielo para conseguir la vida eterna.

Por esta sublime dignidad, que Dios confirió a su fidelísimo siervo, la Iglesia ha venerado siempre con sumo honor y alabanza al bienaventurado José, después de la Virgen Madre de Dios, su esposa, e implorado su intercesión en los momentos de dificultad.

San José, Patrono de la Iglesia.

Ahora bien, ya que en estos tristísimos tiempos la misma Iglesia por todas partes es atacada por sus enemigos, y oprimida por tan graves calamidades que los impíos piensan que finalmente las puertas del infierno han prevalecido contra ella, los venerables obispos de todo el orbe católico dirigieron al Sumo Pontífice sus súplicas y las de los fieles que están bajo su cargo solicitándole que se dignara constituir a San José Patrono de la Iglesia Católica.

Y habiendo renovado luego más insistentemente sus peticiones y sus votos en el Sacro Concilio Ecuménico Vaticano, nuestro Santo Padre, el Papa Pío IX, conmovido por la luctuosa situación de los tiempos actuales, poniéndose a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del Santo Patriarca José, quiso satisfacer los votos de los excelentísimos obispos y lo declaró solemnemente Patrón de la Iglesia Católica.

 

Sagrada Congregación de Ritos. Fragmento del Decreto «Quemadmodum Deus», 8/12/1870 ASS 6 (1870), 193-194

Comentarios

María Santísima

septiembre 9, 2021

Interseción de la Virgen del Rosario.

A pesar de que los milagros obrados por la intercesión de la Santísima Virgen son incontables, uno en especial mereció la institución del Día de la Virgen del Rosario el día siete de octubre.

¡Mar de Lepanto! Una inmensa batalla entre católicos y turcos se desarrolla. El entrechoque de las embarcaciones recuerda la conflagración final, cuando la bóveda celestial se enrollará cual pergamino. Era el día 7 de octubre de 1571. Si los católicos perdiesen la batalla la Cristiandad sería sumergida por las huestes de Mahoma. La religión católica habría desaparecido para siempre.

A leguas de distancia, en Roma, San Pío V imploraba el auxilio divino, por intercesión de la Madre de la Iglesia. Inspirado, el santo Papa pide al pueblo romano que rece el Rosario por la victoria de sus hermanos.

En determinado momento, mientras despachaba asuntos urgentes, pero con su atención toda colocada en el peligro que corría la Cristiandad, aquel venerable anciano interrumpe los trabajos bruscamente y se dirige a la ventana. Los circunstantes quedan perplejos, no comprenden la actitud. Reina el silencio por breve espacio de tiempo, roto por la afirmación aún más misteriosa del Pontífice: ¡vencemos en Lepanto!

Manda reunir a los fieles y preparar la conmemoración por la milagrosa victoria de Don Juan de Austria, comandante de la flota. Una solemne procesión tiene lugar en las calles de la Ciudad Eterna. Días más tarde, llegan los emisarios de la escuadra trayendo la noticia ya antes anunciada por los Ángeles. Poco después estaba instituida la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias en el día 7 de octubre.

Un año más tarde, Gregorio XIII cambió el nombre para fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y determinó que fuese celebrada en el primer domingo de octubre (día en que se venció la batalla en Lepanto). Actualmente la fiesta es celebrada en el día 7 de octubre.

Santos

El nombre de Santo Tomás de Aquino es un marco para todos aquellos que buscan la verdad.

enero 29, 2022

La búsqueda de la verdad es tan antigua como el propio hombre, y no hay uno solo entre los seres racionales que no desee poseerla. Por otro lado, la privación de ese excelente bien acaba dando a la colectividad humana un aspecto desfigurado, que se explica por la adhesión a falsas doctrinas o a medias verdades. Nuestra sociedad occidental es un ejemplo de esa profunda carencia que no encuentra en los avances de la técnica, ni en la fugacidad de los vicios una respuesta satisfactoria.

Tomás de Aquino, un niño que buscaba lo Absoluto

Pero al final, ¿Qué es la verdad? Ésta era una de las preguntas que el pequeño Tomás de Aquino hacía en sus tiernos cinco años de edad.

Según una costumbre de la época, su educación fue encomendada a los benedictinos de Monte Carmelo, lugar donde se trasladó. Viendo a un monje cruzar con gravedad y recogimiento los claustros y corredores, tiraba insistentemente de la manga de su hábito y le preguntaba:

“¿Quién es Dios?”.

 Descontento con la respuesta que, aunque verdadera, no satisfacía enteramente su deseo de saber, esperaba que pasara otro hijo de San Benito y también le preguntaba:

Hermano Mauro, ¿Me puede explicar quién es Dios?”

Pero… ¡qué decepción! De nadie conseguía la explicación deseada. ¡Cómo las palabras de los monjes eran inferiores a la idea de Dios que aquel niño poseía en el fondo de su alma!

Santo Tomás de Aquino - Agnolo Gaddi

Santo Tomás de Aquino - Agnolo Gaddi

Fue en ese ambiente de oración y serenidad que transcurrió feliz la infancia de Santo Tomás de Aquino. Nació allá por el año de 1225, benjamín de los condes de Aquino, Landolfo y Teodora. Intuyendo para el pequeño un futuro brillante, sus padres le proporcionaron una robusta formación. Mal podían imaginar que él sería uno de los mayores teólogos de la Santa Iglesia Católica y la roca fundamental del edificio de la filosofía cristiana, el punto de convergencia en el cual se reunirían todos los tesoros de la teología hasta entonces acumulados y del que partirían las luces de las futuras explicitaciones.

La vocación puesta a prueba

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Roccasecca - Ruinas del Catillo de la familia Aquino

Siendo muy joven todavía, Santo Tomás partió hacia Nápoles con el fin de estudiar gramática, dialéctica, retórica y filosofía. Las materias más arduas, que cuestan hasta a los espíritus más robustos, no pasaban de ser un simple juguete para él.

Mientras, en ese periodo de su vida, no avanzó menos en santidad de lo que en ciencia. Su entretenimiento era rezar en las diversas iglesias y hacer el bien a los pobres.

Todavía en Nápoles Dios le manifestó su vocación. Sus padres deseaban verlo benedictino, abad en Montecassino o arzobispo de Nápoles, sin embargo, el Señor le trazaba un camino bien diferente.

Era en la Orden de los Predicadores, recién fundada por Santo Domingo, donde la gracia habría de tocarle al alma. Santo Tomás descubrió en los dominicos el carisma con el cual se identificó por completo. Después de largas conversaciones con Fray Juan de San Julián no dudó en ingresar a la Orden y hacerse dominico a los 14 años de edad.

Acostumbra la Providencia Divina fraguar en el crisol de los sufrimientos a las almas que confiere un llamamiento excepcional, y Santo Tomás no escapó a esta regla.

Cuando su madre supo de su ingreso en los dominicos, se llenó de furia y quiso sacarlo a la fuerza. Huyendo a París, con el objetivo de escapar de la tiranía materna, el santo doctor fue atrapado por sus hermanos que lo buscaban con todo empeño. Después de apalearlo brutalmente, probaron despojarlo de su hábito religioso. “Es una cosa abominable —dirá después Santo Tomás— querer reclamar al Cielo por un don que de él recibimos”.

Así capturado, lo llevaron hasta la madre, intentó hacerlo abandonar sus propósitos, en la incapacidad de convencerlo, encargó a sus dos hijas que disuadieran a cualquier precio al hermano “rebelde”. Con palabras seductoras, ellas le mostraros las mil ventajas que el mundo le ofrecía, hasta la de una prometedora carrera eclesiástica, siempre que renunciase a la Orden Dominica.

El resultado de esta entrevista fue asombroso: una de las hermanas decidió hacerse religiosa y partió hacia el convento de Santa María de Capua, donde vivió santamente y fue abadesa. ¡Es la fuerza de la convicción y el poder de persuasión de este hombre de Dios!

Enfrentamiento decisivo

Harta de sus vanos esfuerzos, la familia tomó una medida drástica: lo encarceló en la torre del castillo de Roccasecca, con la intención de mantenerlo en ese estado mientras no desistiese de su vocación. En completa soledad, el santo pasó allí casi dos años, que fueron aprovechados en profundizar en las vías de la contemplación y del estudio.

Los frailes dominicos le acompañaban espiritualmente a través de oraciones y le enviaban con audacia libros y nuevos hábitos que llegaban a sus manos a través de sus hermanos.

Como pasaba el tiempo sin que el joven detenido decayera, sus hermanos —instigados por Satanás— prepararon un plan execrable: enviaron a la torre a una mujer de malas costumbres para hacerlo caer en pecado.

A pesar de todo, Santo Tomás hacía mucho que se había fortalecido en la práctica de todas las virtudes, y no se dejaría arrastrar. Viendo aproximarse a aquella perversa mujer, cogió del fuego una brasa encendida y con ella se defendió de la infame tentadora, que huyó asustada para salvar su propia piel.

¡Insigne victoria contra el enemigo de la salvación! Reconociendo en este episodio la intervención divina, Santo Tomás trazó con la misma brasa una cruz en la pared, se arrodilló y renovó su promesa de castidad.

Complacidos por este gesto de fidelidad, el Señor y su Madre le mandaron un sueño durante el cual dos ángeles le ciñeron con un cordón celestial, diciendo: “Venimos de parte de Dios a conferirte el don de la virginidad perpetua, que a partir de ahora será irrevocable».

Nunca más Santo Tomás sufrió tentación de concupiscencia o de orgullo. El título de Doctor Angélico no le fue dado únicamente por haber transmitido la más alta doctrina, sino también por haberse asemejado en todo a los espíritus purísimos que contemplan la cara de Dios.

El alumno supera al maestro

Ahora con el permiso de los suyos, Santo Tomás partió para consolidar su formación intelectual en París y Colonia. Se hablaba mucho de la predicación que hacía en esta última ciudad el obispo San Alberto Magno, el más prestigioso maestro de la Orden de los Predicadores.

Santo Tomás rezó, pidiendo conocerlo y recibir de él las maravillas de la fe, y para alegría suya, fue atendido. Lo que san Alberto Magno no podía imaginar es que aquel humilde fraile, de pocas palabras y de presencia discreta, tuviese una envergadura espiritual tan grande.

Cierto día, cayó en las manos del maestro un texto escrito por su alumno. Admirado por la profundidad del contenido, pidió a Santo Tomás que expusiera ante la clase aquel tema.

El resultado fue una explicación sorprendente en todo, en la cual los demás alumnos comprobaron qué temerario era el juicio peyorativo que hacían de su compañero: él logró explicitar con más riqueza, expresividad y claridad que el propio san Alberto.

De ahí en adelante, la vida del Doctor Angélico fue una secuencia de sublimes prestados a la sagrada teología y a la filosofía.

A los 22 años de edad interpretó con genialidad la obra de Aristóteles; a los 25; junto a San Buenaventura, obtuvo el doctorado en la Universidad de París. Estos dos arquetipos doctrinarios se tenían una recíproca admiración, hasta el punto de disputar afectuosamente, sobre el día que recibirían el título máximo, quién sería nombrado primero, cada cual deseando al otro la primacía.

Obra portentosa

Tan vasta es la obra tomista que la simple enumeración de sus escritos ocupa varias páginas. Forman un total de casi sesenta grandes obras – entre comentarios, sumas, cuestiones y opúsculos – de las cuales no está excluida ninguna de las grandes preocupaciones del espíritu humano.

Su prodigiosa memoria le permitía retener todas las lecturas que hiciera, entre ellas, la Biblia, las obras de los filósofos antiguos y los Padres de la Iglesia. Cada una de las ochenta mil citaciones contenidas en sus escritos brotaron espontáneamente de su prodigiosa retentiva.

Jamás precisó leer dos veces el mismo texto. Al serle preguntado cuál era el mayor favor sobrenatural que recibiera, después de la gracia santificante, respondió: «Creo que el de haber entendido todo cuanto leí».

En sus obras vemos una increíble agudeza de espíritu, un raro don de formular y una superior capacidad de expresión. Acostumbraba resolver cuatro o cinco problemas al mismo tiempo, dictando a diversos escribanos respuestas definitivas a las cuestiones más oscuras.

No sucumbió al peso de sus conocimientos, sino que, al contrario, los armonizó en un conjunto incomparable que tiene en la Suma Teológica la más brillante manifestación.

Sabiduría y oración

Hablar de las cualidades naturales del Doctor Angélico sin considerar la supremacía de la gracia que resplandecía en su alma sería una deturpación. Fray Reginaldo, su fiel secretario, dice haberlo visto pasar más tiempo a los pies del crucifijo que en medio de los libros.

A fin de obtener luces para solucionar intrincados problemas, el santo doctor hacía frecuentes ayunos y penitencias, y no era poco frecuente que el Señor le atendiera con revelaciones celestiales.

En cierta ocasión, mientras rezaba fervorosamente pidiendo luces para explicar un pasaje de Isaías, se le aparecieron San Pedro y San Pablo y le esclarecieron todas las dudas.

Recurría también a Jesús Sacramentado. A veces, colocaba la cabeza en el sagrario y rezaba prolongadamente. Aseguró después haber aprendido más de esta forma que en todos los estudios que hiciera. Por su entrañado a amor a la Eucaristía compuso el Pange Lingua y el Lauda Sion para la fiesta del Corpus Christi: obras primas jamás superadas.

Un día, estando inmerso en la adoración a Jesús Crucificado, el Señor se dirigió a él con estas palabras:

Escribiste bien sobre Mí, Tomás. ¿Qué recompensa quieres?

Nada más que a Vos, Señor – respondió él.

Una recompensa demasiadamente grande

ADORO TE DEVOTE - Gregoriano | Autor: SantoTomás de Aquino

En 1274 Santo Tomás partió hacia Lyon con el fin de participar del Concilio Ecuménico convocado por el Papa Gregorio X, pero en el camino enfermó gravemente.

Como no había ninguna fundación dominica cercana, fue llevado a la abadía cisterciense de Fossanova, donde falleció el 7 de Marzo, antes de cumplir los 50 años de edad. Sus reliquias fueron transportadas a Toulouse el 28 de Enero de 1369, día en el que la Iglesia Universal celebra su memoria.

Al recibir por última vez la sagrada eucaristía, dijo él:

«Yo recibo el precio del rescate de mi alma, Viático de mi peregrinación, por cuyo amor estudié, vigilé, trabajé, prediqué y enseñé. He escrito tanto y tan frecuentemente, he discutido sobre los misterios de vuestra Ley, oh mi Dios; sabéis que nada deseé enseñar que no hubiese aprendido de Vos.

Si lo que escribí es verdad, aceptadlo como un homenaje a vuestra infinita majestad; si es falso, perdonad mi ignorancia; consagro todo lo que hice y lo someto al infalible juicio de vuestra Santa Iglesia Romana, en la obediencia a la cual estoy preparado para partir de esta vida.»

¡Bello testamento de elevada santidad! La Iglesia no tardó en glorificarlo, elevándolo a la gloria de los altares en 1323. En la ceremonia de canonización, el Papa Juan XXII afirmó: “Tomás solo iluminó a la Iglesia más que todos los otros doctores.

Tantos son los milagros que hizo como las cuestiones que resolvió”. En el Concilio de Trento, las tres obras de referencia puestas sobre la mesa de la asamblea fueron la Biblia, los Hechos Pontificales y la Suma Teológica. Es difícil explicar lo que la Iglesia debe a este hijo sin par.

En Santo Tomás la Iglesia contempla la realización plena de la oración hecha por el Divino Maestro en los últimos momentos que pasó en esta tierra: “Haz que ellos sean completamente tuyos por medio de la verdad; tu palabra es la verdad. Yo los he enviado al mundo como tú me enviaste a mí. Por ellos yo me ofrezco enteramente a ti, para que también ellos se ofrezcan a ti por medio de la verdad”. (Jn 17, 17-19).

(Revista Heraldos del Evangelio, Enero/2008, n. 73, pag. 32 a 35)

Santos

agosto 18, 2022

Sobre la trágica muerte de San Maximiliano Kolbe en el campo de concentración de Auschwitz se comenta y se sabe mucho. Sin embargo, menos conocida es su vida, llena de inteligentes y osados proyectos apostólicos, fruto de un espíritu con amplios horizontes iluminado por una entrañada devoción a la Virgen Santísima.

Talis vita, finis ita, 1 reza un conocido adagio romano. Si Maximiliano tuvo un gesto heroico al final de su existencia que lo llevó al martirio fue porque María Inmaculada se lo había inspirado. Desde pequeño supo corresponder enteramente a tan hermosa y elevada vocación.

Nacía en una época de prosperidad

La Polonia de los últimos años del siglo XIX y principios del XX se encontraba, como el resto de Europa y toda América, en plena prosperidad material. La sociedad de entonces se deleitaba en la euforia y el esplendor de la Belle Époque , en la abundancia y el bienestar, más preocupada por gozar la vida que por lo concerniente a la Religión. El laicismo dominaba las mentes y las costumbres.

En este contexto histórico, el 8 de enero de 1894, nacía Raimundo Kolbe en la ciudad polaca de Zdu ? ska Wola y ese mismo día recibía el Bautismo. Sus padres, Julio Kolbe y María Dabrowska, eran auténticos cristianos y muy devotos de la Virgen María. Dos de sus cinco hijos murieron siendo niños y los otros tres abrazaron la vida religiosa.

Una visión que marcó el rumbo de su vida

Raimundo era un niño espabilado y travieso, por ello cierto día recibió una reprimenda de su madre que le marcó su vida:
– Si a los diez años eres un niño tan malo, peleador y malcriado, ¿qué serás cuando grande?
Estas palabras calaron profundamente en su alma. Se quedó afligido y pensativo. Quería cambiar de vida y recurrió a Nuestra Señora. De rodillas ante una imagen, de la iglesia parroquial, le preguntó:
– ¿Qué va a pasar conmigo?
Cuán enorme no fue su sorpresa al ver que se le aparecía la Madre de Dios. Tenía en las manos un par de coronas y sonriéndole maternalmente le preguntó cuál de ellas escogía. Una era blanca y significaba que preservaría en la castidad; la otra roja, que sería mártir. Esa gran alma que era, escogió las dos.

La vocación religiosa.

Así surgía en él, por gracia de la Inmaculada, su vocación religiosa. Decidió ser capuchino franciscano. A los 14 años empezó sus estudios ¿en dónde? , en la casa de los Hermanos Menores Conventuales, junto a su hermano mayor Francisco.
Con 16 años fue admitido en el noviciado y eligió el nombre de Maximiliano, en honor a un gran mártir africano; quizás con ello estuviera pensando ya en su futuro…
Al año siguiente pronunció los votos simples. Por su privilegiada inteligencia, sus superiores decidieron enviarlo a la Ciudad Eterna, para que continuara sus estudios en el Colegio Seráfico Internacional, de los franciscanos, y que cursara seguidamente Filosofía en la famosa Universidad Gregoriana.
Como había oído hablar de las especiales dificultades que había en la Roma de entonces para mantener la pureza, el joven fraile solicitó no ir allí. Pero en nombre de la santa obediencia tuvo que viajar a la capital de la Cristiandad, en donde además de terminar los estudios hizo la profesión solemne el 1 de noviembre de 1914, acrecentando a su nombre de religioso el de María, la Virgen Inmaculada.

Empiezan los años de lucha

En aquella ciudad se topó con la insolencia con la que los enemigos de la Iglesia la atacaban sin la proporcionada reacción de los católicos. Se decidió a entrar en la lucha antes incluso de ser ordenado presbítero. Reunió a seis condiscípulos suyos y fundaron en 1917 la asociación apostólica Milicia de María Inmaculada, cuyos estatutos declaraban primeramente sus objetivos: la conversión de los pecadores, incluso de los enemigos de la Iglesia, la santificación de todos sus miembros, bajo la protección de María Inmaculada. Sólo aceptaba a jóvenes intrépidos y verdaderamente dispuestos a acompañarlo en esa empresa; llevaban por título “Caballeros de Vanguardia”.

Su sed de almas quedó registrada en las actas de su ordenación sacerdotal, que fue el 28 de abril de 1918. A la mañana siguiente, quiso celebrar su primera Misa en el altar de la Madonna del Miraccolo, de la iglesia de San Andreas delle Fratte, porque allí, en 1842, ocurrió el célebre episodio con Alfonso Ratisbona quien ante la aparición de la Santísima Virgen, se arrodilló judío y se levantó católico, una milagrosa e instantánea conversión. En la agenda de Misas de aquellos primeros días de su sacerdocio, el P. Kolbe escribió que quería celebrar el Santo Sacrificio para “impetrar la conversión de los pecadores y la gracia de ser apóstol y mártir“.2

El progreso al servicio de la Fe.

De regreso a Polonia, en 1919, fue internado en un sanatorio por causa de graves problemas de salud. Tan pronto como se restableció fundó la gaceta El Caballero de la Inmaculada , una publicación mensual de su asociación. Aprovechaba así el progreso técnico de su tiempo, en lo que a artes gráficas se refiere, para ponerlo al servicio de la Fe.

La víspera de su inauguración reunió a los operarios, colaboradores y redactores, un total de 327 personas, para pasar ese día en ayuno y oración. Aquella noche fue organizada una gran vigilia de Adoración al Santísimo Sacramento y de plegarias a la Santísima Virgen para que bendijeran este nuevo proyecto. A la noche siguiente las rotativas imprimían el primer número del periódico, “hijo” de esas oraciones. Su obra recibiría un gran impulso en 1927 cuando el príncipe Juan Drucko- Lubecki les cedió un terreno situado a 40 Km. de Varsovia. Allí el P. Kolbe empezaría a construir una Niepokalanów, Ciudad de la Inmaculada. Planeaba la edificación de un enorme convento y nuevas instalaciones para su imprenta. ¿Con qué dinero? “María proveerá, ésta es una empresa suya y de su Hijo” —decía el santo.

Y no fue defraudado en esa confianza suya. Su boletín había alcanzado en 1939 el sorprendente tiraje de un millón de ejemplares; además a ése se sumaron otros diecisiete diarios de menor porte y una emisora de radio. La Ciudad de la Inmaculada contaba con 762 habitantes: 13 sacerdotes, 18 novicios, 527 hermanos legos, 122 seminaristas menores y 82 candidatos al sacerdocio. También residían allí médicos, dentistas, agricultores, mecánicos, sastres, albañiles, impresores, jardineros y cocineros. Además poseía un parque de bomberos.

El dinamismo que alimentaba a su obra apostólica no era otra cosa sino la sólida piedad que había inculcado a sus discípulos. El motor propulsor de todo ello era el amor entusiasta y militante a María Inmaculada, de quien se sentía más que un esclavo una simple propiedad. En la Eucaristía se encontraba la fuente de la fecundidad de sus iniciativas, por eso instituyó la Adoración Perpetua en Niepokalanów y él mismo no empezaba una tarea sin un acto de adoración al Santísimo Sacramento.

Expedición a Oriente

Su anhelo por difundir en todo el orbe su misión evangelizadora le llevó a realizar una expedición a Oriente con el propósito de editar su revista en diversos idiomas para que llegara a millones de personas en el mundo entero. Su aspiración era que hubiera una “Ciudad de la Inmaculada” en cada país.

De entrada, consiguió que se fundara una en Japón, en Nagasaki. En 1930 la Niepokalanów japonesa ya disponía de una tipografía donde fueron impresos los primeros 10 mil ejemplares de El Caballero de la Inmaculada. Hasta hoy en día se mantiene esta fructífera labor con trabajadores nativos y numerosos sacerdotes.

Más tarde les contó a sus discípulos, antes de los trágicos acontecimientos de la guerra, que había recibido una gracia mística en tierras niponas. Quizás esa gracia fuera decisiva para fortalecerse en las tribulaciones por las que tuvo que pasar. En el refectorio de la Ciudad de la Inmaculada, tras la cena, les dijo: “Voy a morir y vosotros vais a quedaros aquí. Antes de despedirme de este mundo, os quiero dejar un recuerdo […] , contándoos una cosa, pues mi alma desborda de alegría: el Cielo me ha sido prometido con toda seguridad, cuando estaba en Japón. […] Acordaros de lo que os digo y aprended a estar listos para grandes sufrimientos”.3

La Segunda Guerra Mundial.

Al estallar la II Guerra Mundial, en 1939, la Ciudad de la Inmaculada se vio expuesta a un gran peligro, ya que estaba situada en las inmediaciones de la carretera entre Potsdam y Varsovia, una ruta que podía ser utilizada en un eventual ataque de los nazis. Por este motivo la alcaldía de Varsovia ordenó que fueran evacuados con urgencia. El P. Kolbe había conseguido realojar en un lugar seguro a todos los hermanos, aunque él se quedó con cincuenta de sus colaboradores más próximos.

En septiembre las tropas de ocupación se los llevaron y los encarcelaron en Amtitz. Pero en la fiesta de la Inmaculada, el 8 de diciembre, fueron liberados y regresaron a Niepokalanów, convirtiéndola en un refugio y hospital para los heridos de guerra, los prófugos y los judíos.

También retomaron sus tareas, ya que los invasores les permitieron continuar con sus publicaciones, a la espera de tener algún pretexto para acabar con su apostolado. Con una valentía muy grande, el P. Kolbe escribiría en el último número de El Caballero de la Inmaculada , las siguientes palabras, de admirable honestidad intelectual e integridad de convicciones: “Nadie en el mundo puede cambiar la verdad. Lo que podemos hacer es buscarla y cuando la hayamos encontrado servirla. El conflicto real de hoy es un conflicto interno. Más allá de los ejércitos de ocupación y de las hecatombes de los campos de concentración, existen dos enemigos irreconciliables en lo más hondo de cada alma: el bien y el mal, el pecado y el amor. ¿De qué sirven las victorias en el campo de batalla si somos derrotados en lo más profundo de nuestras almas?”.4

A causa de ello, en febrero de 1941 la Gestapo irrumpió en la Ciudad de la Inmaculada y arrestó al P. Kolbe y a otros cuatro frailes más ancianos. En la prisión de Pawiak, en Varsovia, fue sometido a injurias y vejaciones y trasladado después a Auschwitz.

En el campo de Auschwitz.

Comenzaban de esta manera las estaciones de su “Vía Crucis”. La primera noche la pasó en un recinto con otras 320 personas. A la mañana siguiente los desnudaron, y fueron rociados con fuertes chorros de agua helada. A todos le dieron una chaqueta con un número y a él le correspondió el 16.670.

Un oficial se quedó enfurecido al percatarse de su hábito de religioso. Le arrancó violentamente el crucifijo que llevaba al cuello y le gritó:

– ¿Tú crees en esto?

Ante su afirmativa y categórica respuesta, le propinó una soberana bofetada. Tres veces le hizo la misma pregunta y en las tres el santo religioso confesó su Fe, recibiendo el mismo brutal ultraje. San Maximiliano daba gracias a Dios, a ejemplo de los Apóstoles, por ser digno de sufrir por Cristo: “salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús” (Hch 5, 41).

María no lo abandonó ni siquiera un instante.

Los guardias del campo de concentración revisaban a los prisioneros minuciosamente al entrar y les quitaban todos los objetos personales. No obstante, el soldado que examinó al P. Kolbe le devolvió el Rosario y le dijo:

– Quédate con tu Rosario. ¡Y métete ya dentro!

Era una sonrisa de la Virgen que le decía que estaría con él en todo momento.

Martirio en el “búnker de la muerte".

Conocidos muy bien son los demás episodios que ocurrieron en el campo de Auschwitz: el comportamiento del santo sacerdote franciscano, su incansable actividad apostólica, en cada barracón a donde era mandado, etc.

Al final de julio de 1941 fue transferido al Bloque 14, cuyos prisioneros se dedicaban a faenas agrícolas. En determinado momento uno de ellos se dio a la fuga y en represalia eligieron a 10 que fueron condenados a ir al “búnker de la muerte”, en un subterráneo a donde eran echados desnudos y permanecían sin agua ni alimento, esperando la muerte por inanición.

Ante la desesperación de aquellos infelices, San Maximiliano se ofreció para cambiarse por uno de ellos que era padre de familia. Aceptaron el canje porque era sacerdote. El odio de los esbirros contra el religioso era notorio, aunque se quedaban estupefactos al darse cuenta hasta donde puede llegar el valor, la fortaleza y el heroísmo de un presbítero católico, en cuya fisonomía se revelaba la de un varón con toda la fuerza de este término. Una auténtica caridad para con su coterráneo le movía a ello, sin duda, pero una razón también noble le llevó a tomar esa decisión: el deseo de ayudar a aquellos condenados a que tuvieran una buena muerte, salvándoles su alma.

Una vez que el búnker se cerraba, el contacto con el mundo exterior estaba clausurado para siempre. En aquellas horas terribles sin otra expectativa que la de la muerte, era el momento en que cada uno pusiera en orden su conciencia. Nos hacemos una idea del miedo que habría allí a la muerte, al Juicio, al sufrimiento, a la tentación de desesperación… Sin embargo, ¡qué privilegio que en esa situación tuvieran por compañero a un sacerdote santo! Gracias a él, el “búnker de la muerte” se transformó en una capilla de oración y cánticos… con voces cada día más débiles. Las autoridades juzgaban que aquella situación se prolongaba demasiado y decidieron aplicarles una inyección letal de ácido muriático.

El P. Kolbe fue el último que murió en aquel terrible subterráneo. Alargó espontáneamente el brazo para que le pincharan. Momentos después un funcionario del campo entró en la celda y lo encontró ya muerto con “los ojos abiertos y la cabeza inclinada. Su rostro, sereno y bello, estaba radiante”. 5

Cumpliría así su misión: se salvó a sí mismo y a los demás. Ese día era el 14 de agosto de 1941, la víspera de la Asunción de María.

La inspiración de su vida fue la Inmaculada

El 10 de octubre de 1982, en la Plaza de San Pedro, una multitud de 200 mil personas oían a un Papa, también polaco, que declaraba mártir a ese ejemplar sacerdote que no murió sólo por salvar una vida, sino que vivió, sobre todo, para salvar muchas almas. Jamás se cansó de decir: “No tengáis miedo de amar demasiado a la Inmaculada; nosotros nunca podremos igualar el amor que le tuvo Jesús: e imitar a Jesús es nuestra santificación. Cuanto más pertenezcamos a la Inmaculada, tanto mejor comprenderemos y amaremos al Corazón de Jesús, a Dios Padre, a la Santísima Trinidad”. 6

Ya que, como afirmaba Juan Pablo II cuando lo canonizó, “la inspiración de toda su vida fue la Inmaculada, a quien confiaba su amor a Cristo y su deseo de martirio“.7

(Revista Heraldos del Evangelio, Agosto/2009, n. 73, p. 34 a 37)

Notas:

1 Tal como haya sido la vida así es la muerte.
2 LLABRÉS Y MARTORELL, Pere-Joan. San Maximiliano María (Raimundo) Kolbe . Año Cristiano. Madrid: BAC, 2005. vol. 8. p.454.
3 KALVELAGE, FI, P. Francis M. Kolbe – Saint of the Inmaculate . Minnesota: Park Press, 2001, p. 77-78.
4 MLODOZENIEC, Fr. Juventino. Conheci o bem-aventurado Maximiliano Maria Kolbe . Ejemplar mimeografiado en el Jardín de la Inmaculada, Misión Católica de San Maximiliano Kolbe. Ciudad Occidental, Goiás, 1980.
5 LLABRÉS Y MARTORELL, Op. cit., p. 459.
6 Idem, p. 456.
7 Homilía en la Misa de canonización, 10/10/1982.

María Santísima

septiembre 9, 2021

  Las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, son consideradas como las más proféticas apariciones de los últimos tiempos.

  En Fátima, la Santísima Virgen no se dirigió solamente a la generación de comienzos del siglo XX, sino, sobre todo, a las que vinieron después.

  Y a medida que las décadas fueron pasando y el segundo milenio fue agonizando entre aprensiones y tragedias, las palabras proféticas de la Madre de Dios se tornan más reales.

  Ya en la época de las apariciones de Fátima, en los primeros años del siglo XX, los acontecimientos mundiales hacían entrever lo que sería la triste historia contemporánea. Por un lado, un progreso material casi ilimitado, parejo a una decadencia en las costumbres como nunca se vio antes.

  Por otro lado, guerras y convulsiones sociales de proporciones terribles. La Primera Guerra Mundial fue un ejemplo de esa realidad, ampliamente superada por la Segunda Guerra Mundial y por todo cuanto la siguió.

  A todos esos males, como Madre solícita y afectuosa, María Santísima quiso poner remedio, evitándoselos a sus hijos. Por eso descendió del Cielo a fin de alertar a la humanidad de los riesgos que corría si continuase en las vías tortuosas del pecado. Vino, al mismo tiempo, a indicar los medios de salvación: el rezo del Rosario, la práctica de los Cinco Primeros Sábados, la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Antes del 13 de Octubre.

Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más.

“Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día

Aunque breve, la aparición de la Virgen dejó a los pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.

Sexta y última aparición: 13 de octubre de 1917

  Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal.

  Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió:

“Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

– Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas.

– Quería pedirle muchas cosas. Si curaba unos enfermos y convertía unos pecadores…

– A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados.

  Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

  Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol”.

  Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: “¡Miren el sol!”. Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata.

  A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a “bailar”. Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones.

Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zig-zag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada.

  Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zig-zag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días.

  El ciclo de las visiones de Fátima había terminado. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: “¡El milagro, los niños tenían razón!”. Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas.

  El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones.

  Casi se podría decir que, cuanto más importante es el acontecimiento previsto, tanto mayor la grandeza de las señales que lo preceden, la autoridad de los profetas que lo anuncian, y el tiempo de espera.

  Es fácil, a la luz de esta regla, evaluar la importancia de las previsiones de Fátima, pues quien nos las anuncia no es un ángel, ni un gran santo, sino la propia Madre de Dios.

Lacrimación de una Imagen Peregrina de los Caballeros de la Virgen en Centroamérica.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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