Destacados, San José

San José, Patrono de la Iglesia

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septiembre 12, 2021

San José, guardián de los tesoros de Dios.

De la misma manera que Dios constituyó a aquel José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto, a fin de que no le faltara el sustento a su pueblo, así, cumplida la plenitud del tiempo, cuando iba a mandar a la tierra a su Hijo unigénito, Salvador del mundo, escogió a otro José, del cual el primero era una figura, y lo erigió señor y príncipe de su casa y de sus bienes, y lo eligió como guardián de sus principales tesoros.

En efecto, tuvo por esposa a la Inmaculada Virgen María, de la cual, por obra del Espíritu Santo, nació Nuestro Señor Jesucristo, quien ante los hombres se dignó ser considerado hijo de José, al que estuvo sometido.

Y Aquel a quien tantos reyes y profetas anhelaron ver, este José no sólo lo vio, sino que convivió con Él, y con paternal afecto lo abrazó y besó; y además con una solicitud sin igual alimentó a Aquel a quien el pueblo fiel habría de comer como pan bajado del Cielo para conseguir la vida eterna.

Por esta sublime dignidad, que Dios confirió a su fidelísimo siervo, la Iglesia ha venerado siempre con sumo honor y alabanza al bienaventurado José, después de la Virgen Madre de Dios, su esposa, e implorado su intercesión en los momentos de dificultad.

San José, Patrono de la Iglesia.

Ahora bien, ya que en estos tristísimos tiempos la misma Iglesia por todas partes es atacada por sus enemigos, y oprimida por tan graves calamidades que los impíos piensan que finalmente las puertas del infierno han prevalecido contra ella, los venerables obispos de todo el orbe católico dirigieron al Sumo Pontífice sus súplicas y las de los fieles que están bajo su cargo solicitándole que se dignara constituir a San José Patrono de la Iglesia Católica.

Y habiendo renovado luego más insistentemente sus peticiones y sus votos en el Sacro Concilio Ecuménico Vaticano, nuestro Santo Padre, el Papa Pío IX, conmovido por la luctuosa situación de los tiempos actuales, poniéndose a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del Santo Patriarca José, quiso satisfacer los votos de los excelentísimos obispos y lo declaró solemnemente Patrón de la Iglesia Católica.

 

Sagrada Congregación de Ritos. Fragmento del Decreto «Quemadmodum Deus», 8/12/1870 ASS 6 (1870), 193-194

Comentarios

Espiritualidad

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septiembre 12, 2021

Una humanidad perseverante en su impiedad tiene todo para esperar el rigor de Dios. Pero Dios, que es infinitamente misericordioso, no desea la muerte de esa humanidad pecadora, sino «que se convierta y viva». Y por eso su gracia insistentemente va en busca de todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y regresen al redil del Buen Pastor.

Si no existieran catástrofes que una humanidad impenitente no debiera temer, no existirían misericordias que una humanidad arrepentida no podría esperar. Y para ello no es necesario que el arrepentimiento haya consumado su obra restauradora.

Basta que el pecador, aun en el fondo del abismo, se vuelva hacia Dios con un simple inicio de arrepentimiento eficaz, serio y profundo, para que encuentre inmediatamente el auxilio de Dios, que nunca se ha olvidado de él.

Lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: aunque tu padre y tu madre te abandonaran, yo no me olvidaré de ti. Hasta en los casos extremos en que el paroxismo del mal llega a agotar la propia indulgencia materna, Dios no se cansa.

Porque la misericordia de Dios beneficia al pecador incluso cuando la justicia divina lo hiere con mil y una desgracias en el camino de la iniquidad.

Estas dos imágenes esenciales de la justicia y de la misericordia divinas deben ser constantemente puestas ante los ojos del hombre contemporáneo.

De la justicia, para que no suponga temerariamente salvarse sin méritos. De la misericordia, para que no desespere de su salvación siempre y cuando desee enmendarse. Y, si las hecatombes de nuestros días ya hablan tan claramente de la justicia de Dios, ¿qué mejor visión para contemplar este cuadro que el sol de la misericordia, que es el Sagrado Corazón de Jesús?

Plinio Corrêa de Oliveira. Nossa Senhora do Sagrado Coração.

In: «O Legionário». São Paulo. Año XIV. N.º 410 (21/7/1940); p. 2.

María Santísima

Nuestra Señora del Pilar es la primera devoción a la Madre de Dios.
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octubre 28, 2021

Nuestra Señora del Pilar es la primera devoción a la Madre de Dios. Cuando Jesucristo, antes de regresar al Padre, les dio a sus Apóstoles y discípulos las últimas instrucciones referentes a la misión que les encomendaba en esta Tierra, les dijo: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19).

Indicándoles con esto que el anuncio de la Buena Nueva no debía restringirse sólo al Pueblo Elegido, sino que, por el contrario, debía abarcara todos los hombre.

Misteriosos fueron los caminos que el Señor escogió para hacer efectivo ese mandato. Las primeras predicaciones de los Apóstoles, inmediatamente después de Pentecostés, tuvieron lugar en Jerusalén (cf. Hch 2, 41ss). Produjeron tal avalancha de conversiones que hizo estallar el odio del sanedrín contra ellos.

Entonces, comenzó una oleada de violentas persecuciones, aguza das en el período en el que —a causa de la salida de Pilato del gobierno de Judea— se creó un vacío de mando y el sanedrín tuvo de hecho el poder en sus manos.

Por eso, muchos cristianos se vieron obligados a huir hacia otras tierras, llevando con ellos el testimonio de una fe acrisolada por las probaciones.

Eran la levadura que empezaba a penetrar en la masa del mundo pagano para transformarlo desde dentro por completo.

En ese momento histórico fue, sin duda, cuando varios Apóstoles partieron hacia tierras de misión.

Y a uno de ellos, como lo había profetizado el Maestro, le tocó viajar hasta “el confín de la tierra” (Hch 1, 8) conocida por aquel entonces, hasta el mismo finis terræ, delimitado por las mitológicas columnas de Hércules: Hispania, una de las más prósperas colonias del Imperio, rica en recursos minerales y cuya gente se había integrado en la estructura administrativa y cultural de Roma.

Difícil misión para el “hijo del trueno”.

Según una venerable tradición, le correspondió este encargo a Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo. Debió llegar a la Península Ibérica a bordo de algún barco fletado por judíos de la diáspora, pues numerosos escritos de la Antigüedad cristiana mencionan, desde el siglo III, aspectos de su presencia en esa región.

Muy poco se conoce, no obstante, sobre las circunstancias de su predicación. A respecto del lugar en que el apóstol arribó y el recorrido que siguió, los datos disponibles permiten tan sólo aventurar hipótesis.

Sin embargo, se puede dar por sentado que en el año 40 se encontraba en la ciudad de Cæsaraugusta (actual Zaragoza) donde, después de infaustas labores misioneras, había obtenido frutos muy modestos.

Según consta, sólo siete familias habían abrazado la fe en Cristo en toda la nación. Éstas lo acompañaban en sus lides por la expansión del Reino.

Grande tuvo que ser la probación por la que el “hijo del trueno” pasó al constatar unos resultados tan por debajo de los anhelos de un alma fogosa como la suya, que había presenciado las proficuas predicaciones en Jerusalén, con multitudes enteras convirtiéndose a la Ley Evangélica.

 Y bien podemos suponer que el demonio del desánimo hubiera llamado a las puertas de su corazón… Confianza y oración eran las únicas armas a su alcance en esta difícil coyuntura, y se dispuso a usarlas.

Inesperada y animadora visita de Nuestra Señora.

La madrugada del 2 de enero del año 40, el apóstol Santiago salió del recinto amurallado de Cæsaraugusta para ir a la orilla del río Ebro a rezar los salmos del Dios verdadero, costumbre judía que los primeros cristianos aún conservaban.

Seguramente estaría pensando en el desdén con que los habitantes de aquella ciudad, inmersos en el paganismo y en el vicio, despreciaban la invitación a la verdadera vida.

Había llegado el momento escogido por la Providencia para marcar por los siglos a una nación entera.

De repente, una intensa luz envolvió el ambiente y una gran multitud de la milicia celestial se hizo visible. Pero aquella fabulosa visión, que contrastaba con la dura prueba por la cual estaba pasando el apóstol, no era sino el marco de lo que vendría enseguida.

María Santísima, la Madre de Jesús, que aún estaba viva y moraba en Jerusalén, llegaba sobre una nube traída por manos angélicas hasta el sitio donde se encontraba Santiago.

Junto a Ella, otros espíritus celestiales portaban una columna de jaspe, de la altura de un hombre y de un palmo de diámetro. La pusieron en el suelo y la Virgen se posó sobre ella, saludando con afecto al intrépido apóstol, que contemplaba extasiado el inaudito espectáculo.

Por un singular privilegio, Santiago iba a recibir directamente de los labios de Nuestra Señora el consuelo y ánimo que necesitaba para continuar con determinación su batalla, seguro de que las dificultades del momento constituían tan sólo una prueba cuya superación le traería abundantes frutos espirituales.

 Y como prenda de este celestial mensaje, Nuestra Señora quiso dejarle al hijo de Zebedeo el pedestal sobre el que había pronunciado palabras semejantes a estas:

“Mira esta columna en que me asiento. Sabe que mi Hijo la ha enviado desde lo alto por manos de los ángeles.

En este lugar la virtud del Altísimo obrará prodigios y milagros admirables por mi intercesión y reverencia a favor de aquellos que imploren mi auxilio en sus necesidades, y la columna permanecerá en este lugar hasta el fin del mundo, y nunca faltarán en esta ciudad fieles adoradores de Cristo”.

Concluida la celestial e inesperada visita, Santiago se encontró nuevamente a solas con sus discípulos.

Podemos imaginar la alegría que se apoderaría de aquel reducido grupo de cristianos: la Madre de Dios había ido a consolarlos en la tribulación, dejándoles un peculiar símbolo del que, como fruto de su apostolado, debería ser la fe inquebrantable de aquel pueblo.

Los primordios del actual santuario de Nuestra Señora del Pilar.

De cualquier forma, los frutos de la predicación del apóstol y su pequeño grupo de seguidores no se hicieron esperar. A partir de ese momento la fe comenzó a crecer con fuerza tanto en Zaragoza como en el resto de la Península Ibérica.

San Pablo ya hablaba de la existencia de una Iglesia en España (cf. Rm 15, 24) y son constantes las referencias a ella en el transcurso de la Historia.

Y cuando en el siglo IV empezó la persecución de Diocleciano, Santa Engracia y sus compañeros escribieron con su sangre en aquella ciudad el bellísimo episodio de los “innumerables mártires”, narrado por el poeta Prudencio en su obra Peristephanon.

Nuestra Señora del Pilar, inabalável durante dois mil anos.

Fundada por los íberos en el tercer siglo de la Era Antigua, Zaragoza experimentó a lo largo de su multisecular historia el influjo de diversas razas y culturas que modelaron poco a poco el carácter de su gente.

Cerca de quince años antes del nacimiento de Cristo se transformó en una ciudad romana, adquiriendo el nombre de Cæsaraugusta , en honor al emperador.

Más tarde fue habitada por visigodos, conquistada por musulmanes, reconquistada por los cristianos y, en tiempos más recientes, dominada por los franceses durante la invasión napoleónica.

Pero, en medio de todas esas vicisitudes, algo se mantuvo inalterado a despecho de tanta desgracia.

Desde el siglo I de la Era Cristiana hasta nuestros días, late en el corazón de los zaragozanos la fe católica profesada bajo el manto de Nuestra Señora del Pilar, devoción que ni las furibundas persecuciones romanas, ni la dominación visigótica, ni el orgullo de la herejía arriana, ni la invasión sarracena, ni las bayonetas del ejército de Napoleón, cargadas de odio revolucionario contra la Religión, consiguieron destruir.

Ante el oleaje de la Historia, impulsado a menudo por una saña anticristiana, el Pilar y el culto a Nuestra Señora permanecieron imperturbables, por merced de la especial protección profetizada por María en el momento de su aparición.

Intolerancia de los Almorávides.

Dejemos para otra ocasión los interesantes acontecimientos ocurridos durante las dominaciones germánicas y situémonos en la segunda década del siglo VIII, cuando, aprovechando la decadencia de la dinastía visigoda, los guerreros del Islam conquistaron la casi totalidad de la Península Ibérica.

Los nuevos señores de las Españas, dependiendo de las circunstancias concretas con las que se encontraban en cada parte, impusieron condiciones muy diversas a la práctica de la Religión católica, que variaban desde la persecución declarada hasta una tolerancia benévola.

En Zaragoza el culto fue autorizado, aunque con pesadas restricciones, entre ellas la prohibición de hacer cualquier reparación en los templos, lo que lleva a preguntarse qué estado tendrían esos edificios a medida que las décadas y los siglos hicieran sentir sobre ellos sus efectos…

Casi cuatro siglos llevaba la población bajo el dominio sarraceno cuando en 1118 Alfonso I el Batallador, un rey joven y emprendedor, acometió la reconquista de la ciudad.

El obispo Bernardo, expulsado poco tiempo antes de la sede cesaraugustana por la creciente intolerancia de los almorávides, acababa de fallecer; entonces como sustituto el monarca propuso al Papa Gelasio II el nombramiento de un virtuoso clérigo francés llamado Pedro de Librana.

El Sumo Pontífice, que se encontraba en el sur de Francia, le confirió la ordenación episcopal y colmó de beneficios espirituales a los que otorgasen alguna limosna para la reparación de la ciudad y de su iglesia.

Recuperada finalmente la ciudad, el nuevo obispo se puso manos a la obra para hacer efectivo el deseo manifestado por el Santo Padre de promover la restauración del vetusto recinto.

Entre otras disposiciones, envió una carta a todos los fieles de la cristiandad, en la que menciona a esta iglesia como siendo “prevalente” y la que “antecede a todas por su bienaventurada y antigua nombradía de santidad y dignidad”.

Ahora bien, si en el siglo XII ya era conocido en toda Europa, como lo atestigua la naturalidad con la que Mons. Pedro de Librana habla de él, no se puede negar que existiera antes de la invasión sarracena.

Pues si durante ese período de cuatro siglos, como hemos visto, no se le permitió a nadie realizar reforma alguna en los templos cristianos, a fortiori estaba prohibido edificar uno nuevo.

A partir de ese momento, la historia de la iglesia de Santa María de Zaragoza, como era conocida entonces, puede ser acompañada a través de los documentos que atestiguan los hechos más importantes ocurridos allí.

De éstos, destacaremos tan sólo dos que confirman la profecía hecha por la Virgen en su aparición al apóstol Santiago: “la columna permanecerá en este lugar hasta el fin del mundo”.

Ángeles, Destacados

El ángel custodio nos fue dado no apenas para las horas del peligro y probación, como también para rezar e interceder por nosotros a todo instante.
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noviembre 22, 2021

El ángel custodio nos fue dado no apenas para las horas del peligro y probación, como también para rezar e interceder por nosotros a todo instante. El es nuestro mediador y abogado junto al trono del Altísimo y ruega continuamente en favor de su protegido.

Por lo tanto, nos aconseja Dr. Plinio: «Es de todo conveniente implorar siempre ese patrocínio de nuestro ángel de la guarda.»

A continuación sigue un artículo de Dr. Plinio:

De acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, los ángeles se dividen en nueve categorías superpuestas: Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, principados, Arcángeles y Ángeles.

Aunque todos esos espíritus celestiales contemplan a Dios directamente, no lo hacen con igual amplitud de conocimiento. O sea, los que se encuentran en un nivel superior tienen una visión más plena e inmediata de Él, discerniendo una serie de perfecciones divinas que los menores no alcanzan a distinguir. Sin embargo, esta diferencia de intelección es compensada por la infinita bondad del Creador, el cual dispuso que los primeros revelen a los segundos todo lo que consiguen aprender sobre Él. Y así, esas nociones con respecto a Dios van siendo transmitidas de un ángel a otro, y de una jerarquía angélica a otra, desde la más elevada, donde se encuentran los Serafines, hasta la menos excelsa, que es la de los ángeles.

Se admite que a esos espíritus puros Dios les confió el gobierno de los astros, de tal forma que cada estrella y cada planeta del Universo posee un ángel que lo rige, según los sabios deseos del Altísimo. De ahí la perfección del orden sideral.

Ahora bien, así como cada estrella del firmamento tiene un ángel designado para dirigirla, así también cada hombre cuenta con la tutela y la protección de una criatura angélica: su Ángel de la Guarda. ¡Tan esplendoroso, tan magnífico, que, a veces, cuando él aparece a su protegido, este piensa que está delante del propio Dios! Al mismo tiempo – creo yo – tan parecido espiritualmente con su pupilo que, si cada uno de nosotros conociese a su Ángel de la Guarda, quedaría pasmado al constatar cuánto él es conforme a sus buenos sentimientos y a sus voliciones ordenadas, y se sentiría como un pariente próximo de ese grandioso Príncipe Celestial…

Nuestros Ángeles de la Guarda no nos pierden de vista un solo instante, ni de día, ni de noche, pues aún cuando dormimos velan por nosotros. A todo momento ellos hablan a nuestras almas, susurran con cariño y bondad consejos que nos llevan por las sendas del bien; y cuando se ven obligados a hablarnos con vigor, lo hacen a la manera de un buen padre que a veces reprende a su hijo, justamente porque lo ama.

Nuestros guardianes celestiales se encuentran, por lo tanto, continuamente de bruces sobre nosotros.

Cuando nos sintamos solos, cuando estemos, por ejemplo, transitando por las calles de las ciudades contemporáneas, tan cercadas de inmoralidades, tan sucias, tan impregnadas de polución y de inmundicias de toda especie, roguemos la protección de nuestros angeles de la Guarda. Antes de salir de casa, digamos: «Mi Santo Ángel, acompañadme, venid conmigo, protegedme, habladme al alma y ayudadme a evitar las malas miradas, a las personas que quieran causarme daño, los accidentes que me puedan masacrar; ¡traedme, en fin, todo bien!»

Ejerciendo una de las misiones propias de los ángeles, de ser
mensajeros de Dios, San Gabriel anuncia a María que
Ella será la Madre del Verbo Encarnado.

Y cuando estemos en cualquier apuro, acordémonos de esa verdad reconfortante: un Ángel de la Guarda nunca abandona a su protegido. Por lo tanto, mientras caminamos y oímos resonar nuestros pasos sobre el cemento de la acera, pensemos: «Mi Ángel de la Guarda me está viendo». Si sufriéremos una tentación, digamos incontinenti: «¡Mi Santo Ángel, protegedme, apartad de mí ese demonio que me tienta!»

Es interesante notar que, mientras vigilan así a los hombres sobre la Tierra, los Ángeles de la Guarda continúan contemplando a Dios cara a cara. Y ahí, en la presencia del Altísimo, permutan impresiones con respecto a lo que sucede en el mundo, a la lucha entre buenos y malos, al desarrollo del plan de Dios para la humanidad, etc. Aunque no tengan una noticia exacta de los designios divinos sobre la creación terrena, los ángeles, sin embargo, como están dotados de una inteligencia superior, levantan entre sí hipótesis y conjeturas acerca de tales designios. Y esa interlocución angélica sube al Trono del Creador como un extraordinario e indescriptible cántico de alabanza y de glorificación.

Sepamos, entonces, que cada uno de nosotros se beneficia de la tutela de uno de esos seres maravillosos. Sepamos, también, agradecer a nuestro Ángel de la Guarda la protección incansable que nos dispensa, y decir, todos los días, esta bella jaculatoria formulada por la Iglesia: «Ángel de Dios, que eres mi custodio, ya que la soberana piedad me ha encomendado a ti, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname. Amén».

(Revista Dr. Plinio, No. 5, agosto de 1998, pp. 21-22, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

Ángeles

"No es raro encontrar quien piense que los Santos Ángeles están siempre desocupados, y pasan la eternidad tocando lánguidas arpas, distraídos de todo cuanto les circundan..."
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septiembre 12, 2021

No es raro encontrar quien piense que los Santos Ángeles están siempre desocupados, y pasan la eternidad tocando lánguidas arpas, distraídos de todo cuanto les circundan… ¡Triste apreciación sobre estos espíritus abrazados de amor a Dios, y repletos de celo por su causa!

Según San Roberto Belarmino, podemos deducir de las Sagradas Escrituras cinco principales oficios que Dios confió a los Santos Ángeles:

El primer oficio.

El primero de ellos, y el más importante de todos, es cantar continuamente alabanzas e himnos al Creador. Eso puede parecer confirmar la teoría que encima condenamos. Sin embargo, nosotros hombres, tantas veces llevados por la agitación y la correría de la vida moderna, no sabemos dar el debido valor a Dios, y por eso menospreciamos el culto que le debemos.

Lejos de ser un acto de aquello que se acostumbra erróneamente llamar de «beaterio», el culto que los Ángeles prestan a su Creador es como una llamarada cuya más minúscula chispa sería suficiente para abrazar el universo. Nos es difícil comprender esa sublime realidad, pero imagina, querido lector, que fueses llamado a cantar un himno de alabanza al Papa.

¿Considerarías eso un acto de «beaterio», o una honra suprema? Así, comprendemos en cuánta estima Dios tiene esa función, a la cual destinó no a los menores, sino a los Ángeles más sublimes.

Oye a Isaías: «Vi al Señor sentado sobre un alto y elevado trono, y las franjas de su vestido llenaban el Templo. Los Serafines estaban por encima del trono; cada uno de ellos tenía seis alas; con dos cubrían su rostro, y con dos cubrían los pies, y con dos volaban. Y clamaban uno para el otro, y decían: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos toda la tierra está llena de su gloria». (Is. 6, 1-3)

«Tú los ves velar el rostro y los pies, lo que es señal de gran respeto, como si no osasen fijar la mirada en el rostro de Dios, ni mostrarles los pies. Tú los ves volar continuamente mientras cantan lo que demuestra su gran amor a Dios y el deseo de aproximarse cada vez más a Él». [1]

Vemos que para agradar al «Señor de los ejércitos» son necesarias esas dos virtudes: el amor y la veneración. A través del cántico los Ángeles manifiestan su caridad; velando respetuosamente el rostro y los pies demuestran respeto, temor y veneración.

«De cuánta veneración Dios es digno, si los supremos Príncipes del Cielo, que siempre lo asisten y siempre ven su rostro, ni por la tan grande elevación de su grado, ni por tan larga convivencia con Él, osan jamás descuidar el temor y la veneración que les deben, mientras cantan sus alabanzas.

«¿Qué responderás tú, polvo y ceniza, cuando en el día del Juicio, fueres acusado de somnolencia, y de distracción en una acción tan divina, a la que no eras digno de ser llamado? Aprende por lo menos para el futuro, instruido por tan insigne ejemplo, a incitarte, a cantar a tu Dios los debidos himnos de alabanzas, con temor y tremor, con atención y vigilancia, con amor y deseo.» [2]

El segundo oficio.

El segundo consiste en presentar a Dios las oraciones de los hombres, y de interceder por ellos. Eso lo certifica claramente la Escritura:

«Cuando tú orabas con lágrimas, y enterrabas a los muertos, y dejabas tu cena, yo [San Gabriel] presenté tus oraciones al Señor». (Tob. 12,12)

Y en el libro del Apocalipsis San Juan describe una visión en la cual un Ángel portaba un turíbulo de oro a la espera de incienso, que eran las oraciones de los Santos, a fin de ofrecerlo a Dios. (Cf Ap 8,3)

Que gran gesto de bondad haber Dios establecido tan poderosos intercesores. No satisfecho en enviar Profetas que nos exhortasen, y hasta incluso a su propio Hijo Unigénito para redimirnos, quiso además constituir a los Ángeles como vehículo para hacer llegar al Creador nuestras oraciones.

¿Cuál no debe ser nuestra confianza y abandono en las manos de esos guardianes? No apenas celosos en cumplir este oficio por ser voluntad de Dios, lo hacen por amor a nosotros que somos, en el orden de la gracia, sus hermanos y coherederos de la misma bienaventuranza, destinados a vivir juntos por toda eternidad.

El tercer oficio.

El tercero es el de anunciar a los hombres los asuntos más importantes de Dios, como lo es la redención y la salvación eterna. En efecto así habla el Apóstol en su Epístola a los Hebreos: «¿No son, por ventura, todos ellos (los Ángeles) espíritus administradores, enviados para servir a favor de aquellos que han de heredar la salvación?» (Hb 1,14)

Fue un Ángel que anunció a Zacarías el nacimiento del Precursor: «Yo soy Gabriel, aquel que está delante de Dios, y fui enviado para hablarte y anunciar esta Buena Nueva.» (Lc 1,19) Y a la Virgen María anunció el mayor de todos los acontecimientos habidos en la historia de la humanidad:

«Al sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; y el nombre de la Virgen era María. Le dijo el ángel: ‘María, no temas, pues encontraste gracia delante de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al cual pondrás el nombre de Jesús. Él será grande y se llamará Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su padre David, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin’ « . (Lc 1,26-27,30-33)

Podríamos también citar muchos otros episodios: después de la resurrección del Señor, a las mujeres que estaban en el Sepulcro, (Mt 28, 2-5) y después de la Ascensión, a todos sus Discípulos. (At 1, 10-11).

«La razón por la que Dios -que está en todo lugar, y puede por sí mismo hablar fácilmente al corazón de los hombres- quiere todavía mandar Ángeles, es, a lo que parece, para que los hombres sepan que Dios tiene el cuidado de las cosas humanas, y que es para ellos que gobierna y dirige el universo.

«Además de eso, los hombres podrían juzgar fácilmente, a veces, que sus inspiraciones divinas no eran sino sus propios pensamientos, o fruto de su propia imaginación. Pero cuando ven, u oyen que Ángeles son mandados por Dios, y que aquello que esos Ángeles predicen ocurre puntualmente como habían dicho, no pueden dudar de que la Providencia de Dios gobierna las cosas humanas, y dirige y dispone particularmente aquellas que conciernen a la salvación eterna de los electos.» [3]

El cuarto oficio.

El cuarto oficio angélico es el de proteger a los hombres. Eso puede darse individualmente o en conjunto. Dios»confía a sus potentísimos siervos a la debilidad de los mortales, a fin de que cuiden de ellos como los preceptores de los niños, los tutores de sus pupilos, los abogados de sus partes, los pastores de sus ovejas, los médicos de los enfermos, los defensores de sus protegidos, o como los protectores de aquellos que son incapaces de defenderse si no se abrigan debajo de las alas de los poderosos.» [4]

Así lo testifica David cuando dice: «Mandó a sus Ángeles cerca de ti, que te guarden en todos tus caminos.» (Sl 99,11) El propio Cristo, siempre verdadero, lo certifica: «Mirad, no despreciéis alguno de estos pequeñitos, porque yo os digo que sus Ángeles en los Cielos ven siempre el rostro de mi Padre, que está en los Cielos». (Mt 18,10) San Juan, en el Apocalipsis, menciona al Ángel de la Iglesia de Éfeso, el Ángel de la Iglesia de Esmirna, y también los Ángeles de otras Iglesias. (Cf Ap 2, 1-8)

«De modo que en cada Nación hay dos Jefes: uno visible, hombre, y uno invisible, Ángel; y en cada Iglesia dos son los Obispos: uno visible, hombre, y uno invisible, Ángel; y en la Iglesia Católica Universal hay dos Sumos Pontífices, establecidos por Nuestro Señor Jesucristo, uno visible, hombre, y uno invisible, Ángel, el cual creemos ser el Arcángel San Miguel, venerado primero como protector por la Sinagoga de los Judíos, y venerado ahora por la Iglesia de los Cristianos, como su protector.» [5]

¿Qué decir de la ingratitud de despreciar semejante auxilio? Tenemos un Ángel designado por Dios para custodiarnos ininterruptamente y hacemos poco caso?… ¿Cómo extraviarse de las sendas de la virtud teniendo a nuestro lado, y siempre a nuestra disposición, un tan admirable Consejero? ¿Cómo desanimar y desistir de recurrir al auxilio sobrenatural en nuestras contrariedades y fracasos, y, hasta incluso pecados y vicios, cuando tenemos alguien dispuesto a escucharnos y curar las heridas de nuestra alma?

¡Oh terrible juicio nos aguarda si no cambiamos nuestra conducta con nuestro celeste Guardián! No tendremos que cosa alegar delante del Juez, pues nos dio la más excelente protección, el Consejero más sabio y el Protector más perspicaz para guardarnos.

El quinto oficio.

«Es de ser soldados, o jefes armados para tomar venganza de las naciones y reprender a los pueblos. (Sl 149, 7)

«Son esos Ángeles que quemaron con el fuego y el azufre las ciudades infames (Gn 19,24); que mataron a todos los primogénitos de Egipto (Ex 12, 29); que postraron muchos millares de Asirios con un solo golpe (IV Reis, 19,35); serán esos Ángeles que en el día final separarán a los hombres malos, de los justos, y los lanzarán en el fuego ardiente del infierno. (Mt 13, 41, 42)

«Amén, pues, los hombres piadosos sus conciudadanos los santos Ángeles; tiemblen los impíos delante del poder de los Ángeles, administradores de la cólera de Dios Omnipotente, de cuyas manos nadie podrá librarlos.» [6]

Notas:

  1. San Roberto Belarmino, Elevación de la mente a Dios por los grados de las cosas creadas. Noveno grado. Capítulo VI .
  2. Idem.
  3. Idem.
  4. Idem.
  5. Idem.
  6. Idem.

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