00
Días
00
Horas
00
Minutos
00
Segundos

Santos

¿San Nicolás o Papá Noel?

La mayoría de los niños sabe responder de dónde viene el famoso Papá Noel: «¡Del Polo Norte!». Sin embargo, pocos conocen a San Nicolás.

Noche de paz, noche de amor! Ha nacido el niño Dios en un humilde portal de Belén…».

Después de los cantos que caracterizan la esperada Nochebuena, tan cargada de maravillas para las almas inocentes, y en medio a un ambiente de bienquerencia y expectativa que marca ese período del año ocurre algo insólito en los hogares…

Con la certeza de que todos ya se encuentran inmersos en un profundo sueño, a través de la chimenea de la casa o por alguna otra entrada que muchos hasta hoy no han descubierto, se cuela un personaje. Llega volando desde tierras lejanas montado en un curioso trineo tirado por renos, simulando una especie de carruaje, transporte éste en el cual todo niño ha deseado algún día subirse, aunque fuera en sueños…

Ahora bien, ¿qué hace ese misterioso visitante —curiosamente, al que nunca se le confunde con un ladrón— llegando esa madrugada navideña mientras todos ya están dormidos?

De barba siempre blanca y larga, se presenta con «sorpresas» escondidas en grandes sacos rojos: regalos de todo tipo, los cuales distribuye con abundancia y prodigalidad, como queriendo agradar sin esperar nada a cambio.

A este generoso personaje unos lo llaman Papá Noel y otros Santa Claus. Ambos nombres se refieren al mismo individuo, cuya fama es mundialmente conocida y perdura hasta nuestros días, más viva que nunca, dándonos la impresión de que es eterna.

Todo niño, de cualquier localidad del globo terráqueo, sabe decir de dónde viene: «¡Del Polo Norte!». Pero ¿acaso será éste de verdad su punto de partida? Lo cierto es que su viaje histórico se revela aún más lejano y fantástico que su mítica circunnavegación nocturna alrededor de la Tierra… Y en él nos vamos a adentrar.

San Nicolás bendice
San Nicolás bendicea un niño
Iglesia del Santo Cristo, Ciudadela de Menorca (España)

San Nicolás, defensor de la fe y generoso padre

En realidad, esta figura navideña no es tan imaginaria como parece. Se refiere a un varón de Asia Menor cuyo nacimiento se remonta al siglo III —por tanto, ¡no en el Polo Norte!—, concretamente donde hoy se localiza Turquía.

De nombre Nicolás, nació de una familia acomodada, en Licia, provincia romana situada junto al mar Mediterráneo. Por las virtudes que brillaban en su alma fue elegido obispo de Mira, una de las ciudades más importantes de la región, y ejercía su ministerio con energía y bondad.

Siempre celoso de la sana doctrina, tomó severas medidas contra el paganismo y combatió incansablemente las herejías. Pero sus obras de caridad para con el prójimo fueron las que lo hicieron célebre en todo el orbe cristiano.

Milagros hechos en vida

Uno de esos episodios se volvió conocido aún en vida, valiéndole la devoción de los fieles y una fuerte fama de santidad.

En aquella época había en Mira un juez que, bajo presión de soborno, condenó a muerte a tres hombres inocentes. Ahora bien, en el momento de la ejecución el bondadoso Nicolás apareció en el lugar, arrancó el arma de las manos del verdugo, reprendió al inicuo juez y les dio la libertad a los sentenciados.

Poco después ocurrió en Constantinopla otro hecho similar: tres oficiales fueron indebidamente condenados. ¡Pobre justicia temporal, tan a menudo regida por la infamia de la ambición en lugar del amor a la Verdad! Sin embargo, los reos habían presenciado la escena narrada arriba y no lo dudaron: llenos de devoción por la figura del imponente y paternal San Nicolás, se pusieron a rezar enseguida, rogándole que también los salvara, aunque desde la distancia… He aquí que esa misma noche el emperador Constantino soñó con el santo, que le ordenaba que liberara a aquellos infelices, ¡porque eran inocentes!

Al día siguiente, Constantino llamó a los tres condenados y al interrogarlos se enteró de que habían invocado a «Nicolás de Mira» para pedirle su auxilio. Conmovido, el emperador los soltó.

San Nicolás salvando a los tres inocentes,
por Mariotto di Nardo – Museos Vaticanos

¡Patrón de los niños!

San Nicolás murió el 6 de diciembre, a mediados del siglo IV. Las virtudes practicadas por este varón lo llevaron a alcanzar un alto grado de santidad y sus milagros post mortem le sirvieron para enaltecerlo aún más. De este modo se convirtió rápidamente en uno de los santos más conocidos de la Iglesia Católica.

Con respecto a él existen numerosos hechos cuya memoria ha perdurado por los siglos. Los marineros lo tienen como patrón y en ciertas regiones hasta hoy día conservan la costumbre de desearse unos a otros un buen viaje diciendo: «¡Que San Nicolás lleve tu timón!».

No obstante, el más famoso de sus títulos siempre fue el de «patrón de los niños». Esto se debe principalmente a dos episodios. El primero ocurrió cuando el santo obispo supo que el padre de tres muchachas tenía serios apuros financieros y no conseguía pagar la dote necesaria para el casamiento de sus hijas, lo que las llevaría a adoptar una vida errante…

Lleno de compasión por los miembros de esa familia, Nicolás se dirigió a la casa donde vivían y, escondido entre la penumbra de la noche, lanzó por la chimenea un saquito lleno de monedas de oro, con el fin de ayudarles. Así lo hizo tres veces. Algunas versiones de la historia llegan a afirmar que uno de esos generosos saquitos cayó justo dentro del calcetín de una de las jóvenes que estaba colgado de la chimenea secándose…

El segundo hecho consiste en un magnífico milagro obrado en vida por San Nicolás: la resurrección de tres chiquillos que habían sido ¡asesinados! Este acontecimiento fue el que terminó consagrándolo oficialmente como patrón y protector de los niños.

Así, en varios países se estableció la piadosa tradición de darle regalos a los más pequeños el 6 de diciembre, en honor de San Nicolás.

San Nicolás echando las monedas en el interior de la casa de las tres doncellas,
por Bicci di Lorenzo – Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

¿Cómo pudo transformarse en Papá Noel?

Tras conocer tales maravillas es comprensible, querido lector, que por su cabeza ronde la siguiente duda: ¿Qué tiene que ver Papá Noel con esa descripción sobre San Nicolás? ¿Cómo llegó a convertirse el tan virtuoso obispo de Mira en un habitante del Polo Norte que, en una sola noche, les reparte regalos de Navidad a todos los niños del mundo?

La transformación del santo en una quimera tiene sus más remotos orígenes en la Reforma protestante. Así como muchos siglos atrás el emperador Diocleciano había intentado acabar con la persona de Nicolás, los reformadores trataron de borrar de la Historia y, sobre todo, de los corazones de los fieles el recuerdo de ese gran varón.

A la izquierda, portada de la revista «Harper’s Weekly» del 3 de enero de 1863, con una de las primeras representaciones del moderno Santa Claus;
en el centro , dibujo de Thomas Nast para la misma publicación;
a la derecha, una de las ilustraciones creadas por Haddon Sundblom para Coca-Cola en las décadas de 1920 y 1930

Sin embargo, la devoción a él estaba tan arraigada en Europa que no desapareció por completo. La figura de San Nicolás se mezcló con entes mitológicos, alguno de ellos bastante antipáticos y agresivos, dando origen a personajes como el Sinterklaas holandés, que pasó al Nuevo Mundo con los emigrantes de esa nación.

A lo largo del siglo XIX, fue tomando en Nueva York su actual fisonomía. En 1822 el poeta Clement Moore escribió un libro titulado A Visit from Saint Nicholas, en el cual presentaba a un personaje procedente del norte, en un trineo tirado por renos voladores. Años más tarde, en 1863, el caricaturista político Thomas Nast hizo un dibujo para la revista Harper’s Weekly, en el cual ya presentaba las características que hoy conocemos: un hombre de edad avanzada, corpulento, risueño, de poblada barba blanca.

Desde entonces varias empresas comenzaron a aprovecharse de esa figura navideña como medio de publicidad, incluso Coca-Cola, responsable de consagrar definitivamente su traje rojo y blanco, en 1920.

¡Festejemos la Navidad con auténtico espíritu de fe!

Como puede verse, Santa Claus es, por tanto, la distorsión del santo y generoso obispo de Mira, patrón de los navegantes, de los niños y de muchos lugares.

Aquel virtuoso varón que brilló por su caridad y supo proclamar la verdadera fisonomía cristiana de la Navidad fue sustituido por el laico Papá Noel que hoy conocemos y transformado en propagador del consumismo. Para muchos hombres de hoy, Santa Claus está en el centro de todas las conmemoraciones, ocupando el sitio del Niño Jesús, ¡causa y alegría de la Navidad!…

Por consiguiente, mucho más que simples nomenclaturas históricas, se podría decir que esos personajes —Papá Noel y San Nicolás— simbolizan, ante el sublime hecho del Nacimiento del Divino Infante, dos mentalidades opuestas: una es la de los que, con sus horizontes puestos en este mundo terrenal, «vuelan» por los aires de las fantasías frívolas presentadas por el consumismo; la otra es la de los que con alegría y fe preparan sus almas para recibir en la Navidad no solamente al simpático obispo de Mira con sus regalos, ¡sino al mismo Hombre Dios!

Pidamos, pues, la intercesión de San Nicolás, a fin de que nos conceda en esta Navidad los regalos espirituales de los que carecen nuestras almas, para que, como él, podamos ser generosos, retribuyendo con una vida pura todo el amor que emana del corazoncito del Niño Jesús por cada uno de nosotros.

Así, más que esperar regalos que perecen, sepamos prepararnos para el premio eterno, haciendo nuestra ofrenda de amor y gratitud al Divino Infante en la conmemoración de su natalicio.

Que la Navidad de este año de 2020 sea enaltecida por los coros angélicos como siendo la noche de paz que contempló por primera vez a su Creador y Señor omnipotente en un frágil niñito, rodeado por los brazos virginales de María Santísima. Y que todo el orbe sepa reconocer en esta misteriosa noche la grandeza de un Dios que se hizo hombre, a fin de hacernos como Dios.

Autor: Hna. Antonella Ochipinti, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

Comentarios

Santos

septiembre 12, 2021

La vida de San Martín de Porres se ubica en las vastedades del Nuevo Mundo deslumbraron al hombre europeo en el lejano amanecer del siglo XVI. Tierras fértiles, abundantes riquezas naturales y la esperanza de un futuro prometedor se convirtieron en poco tiempo en una irresistible atracción para los hidalgos ibéricos, que veían en las Américas una oportunidad de expandir la Iglesia de Dios, los dominios de su rey y abrillantar el honor de su linaje.

El entusiasmo que los animaba no carecía de fundamento, porque Dios parecía sonreír a los bravos expedicionarios, soplando viento favorable en las velas de sus frágiles embarcaciones y coronando de éxito temerarias empresas, movidas en muchas ocasiones por el deseo de conquistar almas para Cristo, aunque otras veces también por motivos mucho menos elevados.

¿Qué les había reservado la Providencia a esas interminables tierras, habitadas por pueblos de muy diversa índole? ¿Qué deseaba para esos nativos, ora pacíficos, ora belicosos, ora de temperamento salvaje, ora dotados de cultura y técnicas muy desarrolladas? Algo más elevado que cualquier consideración política o sociológica: darles el tesoro de la fe, la Celebración Eucarística, la gracia santificante infundida a través de los sacramentos.

Fruto de la heroica acción de los misioneros, enseguida empezaron a surgir en el Nuevo Continente los santos más ilustres, que con el buen olor de Cristo perfumaban los recientes dominios y en éstos esparcían las semillas del Reino mediante la oración y el apostolado. Pensemos, por ejemplo en la Lima del siglo XVI. En ella convivían Santa Rosa, terciaria dominica y hoy patrona de América Latina; San Juan Macías, incansable evangelizador; o aquel modelo de Pastor que fuera Santo Toribio de Mogrovejo.

San Juan MacíasSanta Rosa de LimaSanto Toribio de Mogrovejo

Contemporáneo de todos ellos, superándolos en el don de los milagros y en manifestaciones sobrenaturales, en el convento del Santísimo Rosario —conocido hoy día por el de Santo Domingo— brilló un humilde hermano lego llamado Martín de Porres. “Una mezcla de hidalgo  y de hombre del pueblo, sus esplendentes virtudes contribuyeron a conferirle a la civilización peruana de su tiempo una belleza y una ordenación católicas hasta hoy insuperables”. 

San Martín de Porres - El deseo de servir, a imitación de Cristo.

Nació el 9 de diciembre de 1579 en la floreciente Lima del tiempo colonial, capital del virreinato del Perú, hijo natural de Juan de Porres, caballero español, y Ana Velázquez, panameña libre de origen africano.

Durante su infancia experimentó unas veces las larguezas y exigencias de la vida noble junto a su padre en Guayaquil —que en la actualidad forma parte de Ecuador—, y en otras ocasiones la sencillez y el trabajo con su madre en Lima, sin apegarse a una forma de vida ni protestar por la otra. Pero tanto en una como en otra circunstancia se sentía atraído por la vida de piedad, siendo monaguillo en las Misas parroquiales o pasando noches en vela rezando de rodillas ante Jesús crucificado.

Con tan sólo 14 años se dirigió al convento de Santo Domingo para hacerle una petición al provincial de la Orden de los Predicadores, fray Juan de Lorenzana. ¿Qué desearía al llamar a la puerta de esa casa de Dios? Hacerse un siervo de los frailes, en calidad de “donado”, como les denominaban por entonces a los que se dedicaban a las tareas domésticas y se hospedaban en las dependencias de los dominicos. El superior, que discernió en él un auténtico llamamiento, lo recibió gustosamente.

En adelante sus funciones serían barrer salones y claustros, la enfermería, el coro y la iglesia de la gran propiedad que albergaba alrededor de doscientos religiosos, entre novicios, hermanos legos y doctos sacerdotes. A fray Martín no le avergonzaba de ninguna manera tal condición. La visión sobrenatural que tenía de las cosas le hacía entender correctamente la gloria que existe en servir, a imitación de Jesucristo, que se encarnó para darnos ejemplo de completa sumisión.

Tras dos años en el ejercicio de esas arduas tareas, vinculado a la comunidad únicamente como terciario, un día un hermano le comunica que debía ir a la portería. Le estaban esperando el superior y su padre, que quería reencontrarse con su hijo después de un largo período de ausencia al servicio del virrey en Panamá. El hidalgo manifestó su disgusto al ver que su hijo ocupaba un puesto tan humilde y exigió al provincial que lo promoviera por lo menos a hermano lego. El prior accedió, pero los ojos de fray Martín, en vez de iluminarse de contento, se humedecieron de lágrimas. Era su humildad la que estaba alzando la voz, llevándolo a implorar a su superior que no lo privase de la alegría de poder dedicarse a la comunidad como venía haciéndolo hasta entonces.

La vocación de San Martín de remediar los males ajenos

El 2 de junio de 1603 hacía la profesión solemne de los votos religiosos. Además de las funciones de campanero, barbero y ropero, recibió el encargo de la enfermería. Aquí ejercía, a falta de médico, el oficio de cirujano, cuyos conocimientos básicos había aprendido antes de entrar en el convento.

Fray Juan de LorenzanaClaustro del convento en la actualidad

Sus certeros diagnósticos sobre el verdadero estado de los pacientes pronto empezaron a comprobarse mediante los hechos, a menudo en contra de las apariencias. Por ejemplo, a un enfermo al que todos lo consideraban al borde de la muerte le anuncia que en esa ocasión no va a morir; y, en efecto, unos días después ya está curado. Otra vez, al ver a fray Lorenzo de Pareja andando por el claustro, se le acerca para comunicarle que en breve va a dejar su cuerpo mortal y éste sale en busca de un sacerdote para que le administre los sacramentos. Instantes después de recibirlos el fraile expira en su cama.

Las numerosas curaciones milagrosas que realiza hacen que su fama sobrepase los muros del convento. Pequeños y grandes, españoles e indígenas, ricos y pobres van a pedirle auxilio al santo enfermero.

Así empieza a manifestarse la vocación de Martín que “parece haber sido la de remediar los males ajenos”, sin escatimar esfuerzos para darles buen ejemplo, bienestar físico y espiritual en el ejercicio de sus funciones.

“Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias, estando persuadido de que era digno de mayores penas por sus pecados; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; asistía complaciente a los enfermos; proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad”.

Frecuentes manifestaciones sobrenaturales.

¿De dónde venían esas cualidades inusuales? Sin duda, de una intensa espiritualidad, porque “una vida como la de Martín, consagrada por entero al servicio de los demás, con perfecto olvido de sí mismo, no se explica sin una intensa vida interior, sin el acicate de la caridad, que […] aun abrumada por la fatiga, no llega a sentir el cansancio”.

Una noche, cuando ya era bien tarde, el cirujano Marcelo Rivera, huésped del convento, lo andaba buscando y no conseguía dar con él; le pregunta a uno, le pregunta a otro, pero nadie lo ha visto. Por fin, lo encuentra en la sala capitular “suspenso en el aire y puesto en cruz. Y tenía sus manos pegadas a las de un santo Cristo crucificado, que está en un altar. Y todo el cuerpo tenía así mismo pegado al del santo Crucifijo como que le abrazaba. Estaba elevado del suelo más de tres varas”.

Innumerables testigos presenciaron episodios similares. Así, por ejemplo, una noche en la que pocos conseguían conciliar el sueño en el edificio del noviciado, a causa de una epidemia que había dejado a la mayoría de los frailes en cama con fiebres muy altas, se oye en una de las celdas:

– Oh fray Martín, ¡quién me diera una camisa para mudarme!

Era fray Vicente que se revolvía en su lecho entre los sudores de la fiebre y llamaba al enfermero, pero sin esperanzas de que fuera atendido, pues las puertas de aquel edificio ya se habían cerrado y fray Martín vivía fuera del mismo. Pero apenas había terminado de hablar cuando ve al hermano enfermero a su lado y que le está llevando lo que le había pedido. Sorprendido, le pregunta por dónde había entrado.

– Callad y no os metáis en eso —le responde con bondad fray Martín mientras con el dedo le indica silencio.

No muy lejos de ahí el maestro de novicios, fray Andrés de Lisón, oye la voz de fray Martín y se pone en el pasillo para comprobar por donde había entrado. El tiempo corre y no pasa nada. Entonces resuelve abrir la puerta del enfermo: estaba a solas y dormía profundamente… La admiración se extendió por todo el convento.

Los frailes Francisco Velasco, Juan de Requena y Juan de Guía también recibieron visitas análogas. En otra ocasión, un fraile que velaba de noche en el claustro vio una gran luz y mirando qué era aquello vio a fray Martín que pasaba volando envuelto en esa luz.

Una madrugada, como de costumbre, al toque de la campana toda la comunidad se reúne en la iglesia para cantar Maitines. De pronto, una claridad procedente del fondo ilumina todo el recinto sagrado. Los religiosos se vuelven para atrás y descubren el foco de tan intensa luminosidad: el rostro de fray Martín que había ido a ayudar al sacristán y allí estaba oyendo el canto sacro.

«Dios sea bendito que toma tan vil instrumento»

Episodios como éstos ocurrían en cantidad y se volvían públicos y notorios. Poco a poco la fama del santo se difundió por toda Lima, llegando incluso hasta el virrey y el arzobispo. Sin embargo, nada de eso perturbó su humildad. De ninguna manera consintió perder la convivencia con lo sobrenatural volviéndose hacia sí mismo para disfrutar una gloria humana que pasa “como un sueño mañanero” (Sal 89, 5).

En una ocasión fue a visitar a la esposa de su antiguo maestro barbero, la cual padecía una enfermedad grave. Ésta lo invita a sentarse a los pies de su cama y entonces con disimulo estiró el brazo hasta tocar con su mano el manto del santo. En ese mismo instante se sintió curada y exclamó llena de asombro:

– ¡Ay, padre fray Martín, qué gran siervo de Dios es: pues hasta su vestidura tiene gran virtud! Con la astucia propia a la humildad, el santo le respondió: 

– ALa mano de Dios anda por aquí señora. Él lo ha hecho y el hábito de nuestro Padre Santo Domingo. Dios sea bendito que toma tan vil instrumento para tan grande maravilla y no pierde su valor y devoción el hábito de nuestro Padre, por vestirle tan grande pecador como soy yo.

"No soy digno de estar en la casa de Dios"

Otro hecho, esta vez dentro de los muros del convento, da testimonio de la mansedumbre de fray Martín para soportar las flaquezas que a menudo sus hermanos de hábito manifestaban, y que él las sufría con excepcional cordura, asumiéndolas como merecidas y útiles para la expiación de sus pecados. Sucedió que un anciano religioso encamado pidió que fueran a buscarlo a la enfermería, pero como fray Martín se encontraba ocupado en  un asunto urgente, tardó en llegar. Mientras los minutos iban transcurriendo el enfermo se llenó de impaciencia y empezó a bramar contra el santo, diciendo toda clase de injurias, exteriorizando sus quejas sin sentido, fruto del egoísmo.Tan pronto como acudió le pidió disculpas, pero tuvo que oír una nueva catilinaria, esta vez dicha en voz alta, de modo que los demás frailes también lo escucharon. Preocupados, algunos hermanos se acercaron y uno de ellos al ver a fray Martín arrodillado ante el enfermo preguntó qué estaba pasando.- Padre —contestó el humilde Hermano—, tomar ceniza sin ser miércoles de ella. Este padre me ha dado con el polvo de mi bajeza y me ha puesto la ceniza de mis culpas en la frente y yo, agradecido a tan importante recuerdo, no le beso las manos, porque no soy digno de poner en ellas mis labios, pero me quedo a sus pies de sacerdote. Y créanme que este día ha sido para mí de provecho porque he caído en la cuenta de que no soy digno de estar en la casa de Dios y entre sus siervos.7Durante una etapa de privaciones por las que pasaba la comunidad, el padre prior se encontraba muy afligido al no poder disponer de la cantidad necesaria para hacer frente a las deudas de la casa, que eran numerosas. Entonces fray Martín le preguntó si no quería venderlo como esclavo, porque debería costar un precio considerable y se sentiría muy honrado por haber sido útil al convento.El sacerdote, conmovido con esa heroica actitud de amor a su Orden, le respondió:- Dios se lo pague Hermano Martín, pero el Señor que lo ha traído aquí se encargará del remedio.

El camino que Cristo nos enseña.

La vida del desprendido hermano transcurría serena, consumiéndose en prolongadas vigilias de oración ante el crucifijo y en servicios aparentemente muy comunes, pero siempre realizados con la intención de glorificar a Dios y con frecuencia  coronados con milagros. Faltaba un mes para que cumpliera los 60 años y una fiebre violenta y continuos desmayos le obligan a mantener reposo. Todo parecía indicar que se acercaba el fin de su estado de prueba.

La noticia corrió como pólvora por toda la ciudad y su celda enseguida se convirtió en objeto de continua peregrinación. Esa misma noche entró en agonía. Los que estaban allí lo veían debatiéndose con gestos violentos y apretando el crucifijo contra su pecho increpando al maligno:

– ¡Quita maldito! ¡Vete de aquí, que no me han de vencer tus amenazas!

9 Días después, el 3 de noviembre de 1639, ante sus hermanos de vocación que rezaban el Credo a su lado, nacía San Martín de Porres a la verdadera vida, dejando detrás de sí un rastro luminoso que aún hoy suscita la veneración de numerosos fieles.

“Este santo varón, que con su ejemplo de virtud atrajo a tantos a la religión, ahora también, a los tres siglos de su muerte, de una manera admirable, hace elevar nuestros pensamientos hacia el Cielo”, recordaba el Papa Juan XXIII cuando lo canonizó. Porque, con el ejemplo de su vida, había demostrado que es posible conseguir la santidad por el camino que Cristo enseña: amando a Dios, en primer lugar, de todo corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y, en segundo lugar, amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Hna. Maria Teresa Ribeiro Matos, EP

Ángeles

La prueba que decidió el destino eterno de los ángeles fue el anuncio de la Encarnación del Verbo.

noviembre 6, 2021

Al hacer de la nada el universo, quiso el Divino Artífice hacer de éste un reflejo suyo, espejándose en el hombre, rey de la creación y microcosmos, creándolo «a su imagen y semejanza» (Gn l, 26).

En el ápice de esta obra, superando en perfección a todas las criaturas visibles, se encuentran los Ángeles, seres dotados de inteligencia y puros espíritus, con personalidad propia y exclusiva, distribuidos por Dios en nueve coros: Serafines, Querubines, Tronos, Virtudes, Dominaciones, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles. Forman estos la milicia de la Jerusalén celeste, con la misión de adorar continuamente a la Santísima Trinidad, ejecutar los designios de Dios y guardar el género humano, así como gobernar toda la creación material. 1

¡Inmensa e inimaginable es esta corte celeste! «¿Por ventura pueden ser contadas sus legiones?» – indaga el libro de Job (25, 3). Y el profeta Daniel, maravillado exclama: «¡Millares y millares lo servían, decenas de millares lo asistían!» (Dn 7, 10).

La Prueba de los Ángeles

A tanta diversidad y belleza quiso Dios colocar un punto monárquico, un ser que representase de modo inigualable la luz eterna. Obra prima, esplendor de los esplendores, brillaba en lo más alto del universo angélico, todos se extasiaban delante de él: el primero de los Serafines y su nombre era Lucifer, «Aquel que portaba la luz».

A él se aplicaban las palabras de Ezequiel: «¡Tú eres el sello de la semejanza de Dios, lleno de sabiduría y perfecto en la belleza; tú vivías en las delicias del paraíso de Dios y todo fue empleado en realzar tu hermosura!» (Ez 28, 12-13).

Entretanto, a seres tan excelsos, reservada también estaba una prueba. A pesar de la perfección de la naturaleza angélica, no podían los Ángeles gozar de la esencia de la bienaventuranza: la posesión de la visión beatífica.

Delante de ellos el rostro del Señor se encontraba como envuelto en velos, y apenas sus reflejos animaban el ardiente amor de los Ángeles.

Según exégetas y teólogos, la prueba que decidió el destino eterno de los ángeles fue el anuncio de la Encarnación del Verbo: Dios habría de enviar a su Hijo Unigénito, nacido de una mujer, criatura que tendría su trono elevado por encima de las Potestades: María Santísima, Regina Angelorum.

A ese propósito, nos dice el Padre Pedro Morazzani: «El Creador eterno, inaccesible, todopoderoso, se uniría hipostáticamente a la naturaleza humana, elevándola así hasta el trono del Altísimo; y una mujer, la Madre de Dios, se tornaría medianera de todas las gracias, sería exaltada por encima de los coros angélicos y coronada Reina del universo». 2

El momento decisivo: ¡amar sin entender; someter los propios criterios a los criterios de lo Absoluto! ¡He aquí el acto que los confirmaría, in perpetuo, en la gracia y en la gloria!

«Fueron ellos sometidos a una prueba. En el momento de la prueba, muchísimos de estos espíritus permanecieron fieles a Dios; pero muchos otros pecaron. Su pecado fue de soberbia, queriendo ser iguales a Dios y no depender de Él» (CCE 3399).

La soberbia de Lucifer

San Miguel con el demonio - Giovanni Luteri

Lucifer, soberbio y dudoso, quiso sobrepasar el misterio que su entendimiento no alcanzaba… Creía que el Señor ignoraba la superioridad de la naturaleza angélica al preferir unirse a un ser tan inferior. Y al constatar que él, el arquetipo de los Ángeles, se vería en la obligación de adorar a un Hombre – aunque Divino -, esta unión hipostática le pareció intolerable.

El orgullo se había apoderado de aquel que era el perfecto desde el día de la creación, imaginando que, dándose la Encarnación del Verbo, se tornaría, así, el mediador entre Creador y criatura… «Aquel que de la nada fuera sacado, comparándose, lleno de altivez, pretendió robar lo que pertenecía al propio Unigénito del Padre». 3 «El Ángel pecó queriendo ser como Dios». 4

Un odioso grito de revuelta – inspiración de todos los gritos de insumisión de la Historia – se escuchó en el Cielo: «¡Nom Serviam!»

¡Subiré hasta el cielo, estableceré mi trono por encima de los astros de Dios, me sentaré sobre el monte de la alianza! ¡Seré semejante al Altísimo!» (Is 14,13-14).

«¡Quis ut Deus!» – gritó, ¡levantándose como una antorcha ardiente de fidelidad, un Serafín fuerte y esplendoroso! ¿Quién desafiaba al mayor entre los Ángeles? ¡Miguel, perfecto adorador de Verbo Divino, guerrero irresistible y de santa tenacidad!

«Hubo en el Cielo una gran batalla. Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón, y el dragón y sus secuaces luchaban contra» (Ap 12, 7). Arrastrando la tercera parte de los Ángeles, el «Portador de la luz» fue precipitado al infierno, convirtiéndose en el príncipe de las tinieblas, y su lugar no se encontró más en los Cielos.

¿Cómo caíste, oh astro resplandeciente, que en la aurora brillabas? «Tu soberbia fue abatida hasta los infiernos» (Is 14, 11-12).

En el mismo acto, el Arcángel San Miguel era elevado a la más alta jerarquía celestial, condestable de los ejércitos celestes, baluarte de la Santísima Trinidad.

Notas:

1 Cf. GILSON, Etienne. A filosofia na Idade Média. Trad. Eduardo Brandão. São Paulo: Mantins Fontes, 2007.
2 ARRA1Z, Padre Pedro Morazzani. Quem como Deus? In: Revista Arautos do Evangelho. São Paulo: n 69, set. (2007, p.l9.)
3 SAN BERNARDOP. Homilia sobre las excelencias de la Virgen Madre. In: Madrid: BAC, 1953, v. J, p. 215
4 SÃO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica I, q. 65, a. 5.

Destacados, Historia y Creación

A semejanza del Rey del Universo, que nació en una gélida gruta y murió crucificado por los jefes del mundo, Luis XVII inició su reinado en una prisión.

mayo 21, 2022

París, 21 de enero de 1793. El redoble de los tambores suena por toda la ciudad, acompañado del bramido de una multitud sedienta de sangre. De repente, un espantoso silencio se apodera de la plaza cuando el criminal llega al cadalso.

¿Criminal? Sí. ¿Qué ley había quebrantado? La ley que «la libertad, la igualdad y la fraternidad» habían impuesto a la nación: la monarquía era «opresora» y, por tanto, debía ser exterminada. El «crimen» de este reo consistía en ser rey de Francia, razón por la cual estaba siendo tratado como el peor de los delincuentes.

El silencio se prolonga unos instantes más en la plaza, pues en los corazones de los franceses allí presentes, por increíble que parezca, aún palpitan restos de respeto por la jerarquía y de amor a la nobleza. Meses antes aclamaban con entusiasmo al rey Luis XVI, al cual ahora contemplan siendo entregado a la muerte, para luego comparecer ante el justo juicio de Dios.

Se produce un último toque de tambores y la implacable cuchilla de la guillotina cae sobre la cabeza del infeliz monarca.

El «vino bueno» de la realeza francesa

Para unos, la noticia de la muerte del rey les causó terror y consternación; para otros, fue motivo de bailes y canciones, que rápidamente culminaron en verdaderas orgías, propias a la vileza de espíritu que la Revolución francesa propagaba entre sus adeptos.

Sin embargo, la mano de Dios, que tan bondadosamente había conducido a la Hija primogénita de la Iglesia a lo largo de los siglos —desde el Bautismo de Clodoveo, atravesando el reinado del gran Carlos y regocijándose con la virtud de San Luis IX, hasta llegar a aquel horrible día—, no se había apartado de ella. Estaba reservado para Francia, así como para toda la Historia, el «vino bueno» de su realeza: ¡un niño!

Sí, un niño, que lloraba amargamente la pérdida de su padre y yacía prisionero abrazado a su madre, desde entonces una pobre viuda. Sobre este jovencito de tan sólo 7 años recaía el manto de los Reyes Cristianísimos, el cual, a su vez, crecería en dignidad al cubrir a un crío inocente coronado por el dolor y por el martirio.

El delfín Louis-Charles, nacido el 27 de marzo de 1785, hijo de la ilustre princesa de Austria y reina de Francia, María Antonieta, y del rey Luis XVI, ya estaba siendo aclamado como Luis XVII por todas las naciones de Europa y por los franceses que se mantenían fieles a la monarquía.

Un reinado marcado por la fidelidad en medio de la tragedia

«Vive le Roi ! Vive Louis XVII !», era el grito que resonaba en las tropas católicas de la Vendée y en el ejército del duque de Condé. Sin embargo, a semejanza del Rey del Universo, que nació en una gélida gruta perseguido por los jefes del mundo, el pequeño Luis XVII vivió los primeros días de su reinado en una prisión, cargando sobre sí el pesado yugo del odio y de la indignación revolucionaria.

Sabían los fautores de la Revolución que por este niño pasaba la hebra dorada de la realeza de Francia, cuya monarquía casi legendaria había impregnado con su perfume los siglos de la cristiandad. Y sabían, por tanto, que la historia del pequeño monarca definiría el futuro de Europa y de la civilización cristiana.

Ante su deseo de derrumbar cualquier tradición sana, llevar a la ruina el orden establecido por la Santa Iglesia en las costumbres e implantar el caos y la igualdad en las almas y en los pueblos, planearon maquiavélicamente la misteriosa desaparición de ese joven rey. Para tal, comenzaron por separarlo de la única que podría ampararlo, sustentarlo y aconsejarlo en aquellas dramáticas circunstancias: su madre.

Durante la tragedia más sublime de la Historia de los hombres, la Pasión del Señor, se dio una escena lacerante y desgarradora: el encuentro de Jesús con su Madre y la solemne despedida de ambos en el Calvario. Después de entregarla al apóstol Juan, el divino Redentor expiró, separándose físicamente de aquella que, entre todas las criaturas, era la más amada de su Sagrado Corazón.

¿Quién puede hacerse una idea de los dolores que esa separación causó en el Inmaculado Corazón de María? ¡Nadie! Porque no ha habido una madre que amara tanto a su hijo como la Virgen Santísima amó al suyo, ¡que era Dios mismo!

Siglos después hubo una madre que —guardando las debidas proporciones— sufrió en la cárcel de la torre del Temple análogos dolores a los de Nuestra Señora al ver cómo le arrancaban de los brazos a su amado hijito, el delfín de Francia.

Llantos, amenazas, gritos y lamentaciones… Nada conmovió los corazones endurecidos de aquellos revolucionarios. Al ver que todos sus esfuerzos caían en el vacío, María Antonieta, cuya rubia cabellera se había vuelto blanca por los horribles sufrimientos de la prisión, comprendió, finalmente, que aquel tormento era permitido por Dios por razones que ella no lograba entender. Recordando el martirio supremo que Él mismo había abrazado por amor a los hombres, se armó del valor que había animado a la Santísima Virgen a estar de pie ante su Hijo agonizante y, con santo heroísmo, le dijo al pequeño: «Pues sí, hijo mío, hay que obedecer; hay que hacerlo».1 Con su corazón materno traspasado de dolor, soltó la mano del niño, el cual acabó aceptando que su elevada condición de rey le exigía, en ese momento, un cruel padecimiento.

Era necesario, de hecho, que un inocente sufriera por el pecado de su pueblo. Así, arrancado lejos del cariño y de los cuidados maternos, Luis XVII inició su doloroso calvario.

Cruel y lento martirio de Luis XVII, padecido con santidad

Llevado a otro compartimento de la torre del Temple, el delfín fue entregado en las manos de Simón, el zapatero, un «fiel patriota», dado a la borrachera y a las más depravadas costumbres. Este individuo sería el «educador» de Luis XVII, que tan sólo tenía 8 años.

Aprovechándose de su pueril ingenuidad, el zapatero le enseñaba canciones revolucionarias y lo embriagaba en numerosas ocasiones para que pronunciara injurias a la corona y firmara documentos que favorecía al nuevo «Gobierno» francés.2

Es difícil describir en pocas líneas la condición lastimosa en que los malos tratos de Simón habían dejado al pequeño rey… Su salud quedó profundamente afectada; su fisonomía, antes dulce y sonriente, se vio marcada por la tristeza, y su semblante, enflaquecido y pálido; sus miembros alargados y desproporcionados, su espalda, curvada, y su postura, abatida.3

No obstante, la personalidad del joven Luis se mantenía firme. En los momentos de lucidez, se oponía enérgicamente a cualquier sugerencia de Simón y por eso era castigado con injurias furibundas, bofetadas, patadas e incluso agresiones bastante violentas, como la de ser agarrado y sacudido en el aire hasta dejarle todo el cuerpo descoyuntado.4

La cólera del impío zapatero estaba tan descontrolada que un día, al constatar que no conseguiría de ninguna forma obligar al niño a decir un «¡Viva la República!», lo tuvo que sujetar un conocido, que allí estaba presente, para que no acabara matándolo a base de golpes…

Delante de tanto horror, empero, el delfín daba constantes muestras de virtud y paciencia. Un ejemplo conmovedor se dio a propósito del hecho recién narrado. Cuenta la Historia que, «al día siguiente, cuando ese mismo conocido regresó a los aposentos de Simón fue sorprendido por parte de Luis XVII con el obsequio de una manzana, quien le dijo que había guardado el postre de la víspera para dársela de regalo en agradecimiento por haberle salvado la vida».5 De hecho, a pesar de estar exhausto por las torturas y por la prisión, el joven rey jamás perdió su nobleza de alma y de sangre; al contrario, el sufrimiento no hizo más que refinar en su corazón esas cualidades.

En muchas otras circunstancias Luis XVII brilló ante Dios por sus piadosas disposiciones. Una vez, Simón lo pilló rezando de madrugada arrodillado sobre su catre; al día siguiente, al ver al pequeño orando de nuevo, el bruto zapatero le sorprendió por la espalda con una palangana de agua helada que lo dejó completamente empapado, así como su cama. En otra ocasión, dio muestras de profundo desapego de sí mismo cuando, al ser interrogado sobre qué haría si los vandeanos restauraran el trono de Francia, respondió: «Te perdonaría».6 La prueba más grande de su virtud, sin embargo, se encuentra sin duda en que «nunca formuló la mínima censura, ni la más leve acusación contra quienes lo habían torturado».7

Este joven rey fue un auténtico mártir de cuerpo y, ante todo, de alma. Su fidelidad a Dios y a Francia, en medio de tantos tormentos, marcó la Historia para siempre.

Nuevas y más lancinantes pruebas…

Como la Revolución siempre engaña a sus agentes, un cambio de poderes llevó al propio Simón a la guillotina. Entonces al pequeño delfín, casi destrozado por tantos malos tratos y con la salud enteramente depauperada, lo echaron en otra prisión y lo dejaron allí olvidado como enterrado vivo. Durante seis largos meses estuvo únicamente bajo la vigilancia de unos guardias. Ya había combatido, con el mismo heroísmo de sus antepasados, la influencia pecaminosa y satánica de Simón; ahora, tendría que enfrentar adversarios aún más crueles: el abandono, la soledad y el miedo.

Empezaba un nuevo «martirio incesante, de corazón y de espíritu, profundo y lancinante, totalmente inefable, conmovedor para todos, pero que sólo Dios pudo conocer. Aparentemente, al menos, no podía haber dejado de sentirse abandonado por los ángeles y por los suyos y entregado, indefenso, al odio, a la crueldad bárbara y a la grosería injuriosa de sus enemigos que no buscaban otra cosa que destruirlo a él y, en él, Francia, de la cual era su encarnación».8

¿Quién puede desvelar las enormes luchas interiores que esta joven alma libró en su soledad? El tiempo que pasó en prisión le parecía una eternidad… Los fantasmas del pavor atormentaban su tierno corazón y la angustia se apoderaba de su ser, antes tan lleno de fuerza y de coraje. Su cortísima vida se asemejaba a la peor de las pesadillas: alejado del respeto, las pompas y los honores a los que tenía derecho, sin la mínima ocupación que lo pudiera distraer, sin una palabra siquiera que lo animara y, sobre todo, sin nadie que lo amparara en aquella dura situación. Sus días transcurrían como años; y los meses, como décadas…

No obstante, mientras la Revolución esparcía el terror por Francia, la sangre de este rey, víctima de su propio pueblo, era presentada a Dios cual ofrenda de suave e irresistible olor.

Oprobio de la nación, cargó hasta la muerte con los pecados de su pueblo

Los meses pasaban y la dirección del Gobierno tomó, nuevamente, otros rumbos. Los responsables por el delfín —ahora menos radicales y odiosos—, al ver su espantoso estado, iniciaron los procedimientos para su recuperación. Pero la salud del niño estaba tan debilitada que los esfuerzos de los médicos fueron inútiles, que sólo sirvieron para prolongar su agonía…

Hay una lacerante frase de las Escrituras que se aplica al divino Llagado: «Soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 7). Aquel joven rey de Francia, a semejanza de Cristo, tenía el cuerpo cubierto de úlceras, irreconocible, y no podía moverse sin dolor. Habiéndose convertido, como Jesús, en el oprobio de su nación, cargaba igualmente sobre sí los pecados de su pueblo. Por amor a los suyos, había de sorber hasta el final el cáliz que le había sido destinado.

En junio de 1795 llegaba, por fin, la postrera hora del pequeño mártir. En su lecho, con intensos dolores por todo el cuerpo, su fisonomía se volvió de repente plácida y serena. Uno de los que lo acompañaban, sujetándole la mano, le decía: «Espero que no estéis sufriendo en este momento…». Y recibió una respuesta llena de unción: «¡Oh, sí! Aún sufro, pero mucho menos: ¡la música es tan bonita!». Sorprendido y lleno de compasión, su acompañante le preguntó de qué parte venía la música, y le contestó: «¡De lo alto! ¡De entre todas las voces, he reconocido la de mi madre!».9

Poco después hubo relevo de carceleros. Cuando el nuevo guardia se acercó y percibió que el niño se encontraba en los últimos momentos de su existencia le preguntó cómo se sentía. El pobre huerfanito, insistiendo en lo que había dicho anteriormente, le respondió: «¿Crees que mi hermana ha podido escuchar la música? ¡Qué bien le habría hecho!».10 Ante tanta inocencia y nobleza de alma, del corazón de los que lo acompañaban brotó un respetuoso silencio.

Pasados unos instantes, con los ojos brillantes y bien abiertos, dando la impresión de estar en un éxtasis, el joven rey se incorporó con mucha dificultad y dijo: «Tengo que decir una cosa…».11 Pero las fuerzas lo dejaron y los hombres no fueron dignos de oír las últimas palabras concebidas por su virginal corazón; quedaron como un secreto precioso que Dios quiso reservarse para sí. Con mucha calma, el niño recostó nuevamente la cabeza y entregó su alma al Sagrado Corazón de Jesús, aquel que, hacía más de cien años, había concedido a los soberanos de Francia el privilegio de su amistad, de su amor y de su predilección. Era el 8 de junio de 1795.

Finalmente, ¡los Cielos lo acogieron!

Ciertamente, el pequeño rey mártir enseguida pudo encontrar el consuelo y el reposo de todos sus tormentos en los brazos de Nuestra Señora. A este hijo de tantos dolores, a este heredero de tantos tesoros, a este guerrero que concentró en sí los más bellos y osados heroísmos de su linaje, María Santísima, Madre de Misericordia, no podría dejar de abrirle, con ternura, las puertas del Paraíso.

Aunque no ha sido beatificado por la Iglesia, Luis XVII es merecedor de toda nuestra admiración, nuestro arrobo y nuestro encanto, pues dejó un sublime ejemplo para los siglos futuros. Al aceptar con heroica grandeza sufrimientos muy por encima de sus fuerzas y soportar en beneficio de la nación los tormentos que ella misma le había infligido, nos enseñó a proceder como otros Cristos cuando los vientos de la tragedia golpean las puertas de nuestra alma. ◊

Autor: Hna. Patricia Victoria Villegas, EP

Revista Heraldos del Evangelio Año XIX. N.º 215. Junio 2021

 

Notas:
1 ESCANDE, OP, Renaud (Dir.). O livro negro da Revolução Francesa. Lisboa: Alêtheia, 2010, p. 134.
2 Cf. Ídem, p. 137.
3 Cf. BEAUCHESNE, Alcide de. Louis XVII, sa vie, son agonie, sa mort. Captivité de la famille royale au Temple. 8.ª ed. Paris: Hachette, 1871, v. II, p. 163.
4 Cf. ESCANDE, op. cit., pp. 137-138.
5 Ídem, p. 138.
6 Ídem, p. 136.
7 Ídem, p. 143.
8 Ídem, p. 141.
9 Cf. BEAUCHESNE, op. cit., pp. 324-325.
10 Cf. Ídem, p. 325. Referencia a María Teresa Carlota, Madame Royale, hermana mayor de Luis XVII y, como él, prisionera en uno de los compartimentos de la torre del Temple.
11 Ídem, ibídem.

Santos

septiembre 9, 2021

María Francisca Teresa Martin Guérin nació en Alençon (Francia) el 2 de enero de 1873. Sus padres fueron los beatos Luis Martin y Celia Guerin. Fue la última de los nueve hijos de este santo matrimonio de los que sobrevivieron cinco hijas: María, Paulina, Leonia, Celina y Teresa.

Infancia.

El primer año de su vida tuvo que ser criada en el campo por una nodriza, pues su madre no podía alimentarla. Sus primeros años de vida fueron muy felices, pero cuando la niña tenía cuatro años, murió su madre de cáncer. Esto afectó mucho a Teresita, que pasó de ser una niña viva y efusiva, a ser tímida, callada e hipersensible, a pesar de que su padre y hermanas redoblaron su ternura con ella.

La familia se trasladó a Lisieux, cerca de sus tíos, los señores Guérin. Cuando su hermana Paulina ingresa en el Carmelo en 1882, Teresa sufre como una segunda orfandad materna. Al año siguiente le sobreviene una “extraña enfermedad”, con alucinaciones y temblores. Un día, mientras sus hermanas rezaban por ella, le pareció que la sencilla estatua de la Virgen que tenía cerca, le sonreía, y se sintió curada.

A finales de 1879 recibió por primera vez el sacramento de la Penitencia. El día de Pentecostés de 1883, recibió la gracia especial de ser curada de una grave enfermedad por la interseción de Nuestra Señora de las Victorias (La Virgen de la Sonrisa). Educada por las benedictinas de Lisieux, recibió la primera comunión el 8 de mayo de 1884, después de una intensa preparación, culminada con una fuerte experiencia de la gracia de la íntima comunión con Cristo.

Juventud de Santa Teresita.

Algunas semanas más tarde, el 14 de junio del mismo año, recibió la Confirmación, con plena conciencia de acoger el don del Espíritu Santo mediante una participación personal en la gracia de Pentecostés.

Su deseo era abrazar la vida contemplativa, al igual que sus hermanas Paulina y María, en el Carmelo de Lisieux, pero su temprana edad se lo impedía. Durante un viaje a Italia, después de haber visitado la Santa Casa de Loreto y los lugares de la Ciudad Eterna, el 20 de noviembre de 1887, en la audiencia concedida por el Papa León XIII a los peregrinos de la diócesis de Lisieux, pidió al Papa con filial audacia autorización para poder entrar en el Carmelo con 15 años.

En el Carmelo

El 9 de abril de 1888 ingresó en el Carmelo de Lisieux. Tomó el hábito el 10 de enero del año siguiente e hizo su profesión religiosa el 8 de septiembre de 1890, fiesta de la Natividad de la Virgen María.

Teresa entró en el Carmelo con el nombre de Teresa del Niño Jesús. A este nombre le añadiría posteriormente “y de la Santa Faz”.

En el Carmelo, Teresita ahondó en la Sagrada Escritura, fundamentalmente en los Evangelios, donde veía las huellas de Jesús. También las lecturas del antiguo testamento, cuando el profeta Isaías habla del amor maternal de Dios o del “Siervo de Yahvé”, le conmovieron profundamente. San Juan de la Cruz fue su maestro espiritual, con cuya lectura profundizó en el camino del amor.

Sus escritos son las Cartas, unos Poemas, pequeñas obras de teatro para fiestas comunitarias, algunas Oraciones, las anotaciones que hicieron sus hermanas en su enfermedad y la Historia de un alma. Este último escrito, relato de su historia de salvación, elevó la espiritualidad de la Iglesia hasta el punto de ser declarada doctora universal de la Iglesia.

Entrada al Cielo.

En la Pascua de 1896, Teresa tiene una hemoptisis, síntoma de la tuberculosis. Tres días después, comienza la prueba de la fe, que duró hasta su muerte. La sobrelleva con actos mayores de fe y amor. Murió el 30 de septiembre de 1897.

Es innegable que quien se acerca a la vida de Santa Teresa de Lisieux -Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz- queda fascinado con su testimonio e historia de santidad. A través de su “pequeña vía”, el “caminito”, que habla de humildad, sencillez y confianza en Dios Padre, Teresita se hizo grande.

Toda su vida y testimonio de santidad se centra en una sola premisa: vivir la vocación al amor; amar y hacer amar al Amor.

Una entrega total, y amor sin límites, y una cercanía tal a Jesús, que la llevó a tener sed por la salvación de las almas, ofreciendo oraciones y sacrificios para que los pecadores retornasen a buen camino. Así describió la santa ese deseo de salvar aquellas almas perdidas: “Anhelaba dar de beber a mi Amado, me sentía yo también devorada por la sed de almas, y a todo trance quería arrancar de las llamas eternas a los pecadores”.

No en vano, y pese a no haber salido del convento, Santa Teresita fue declarada en 1927 Patrona Universal de las Misiones.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
Si desea contactarse con nosotros, envíenos un mensaje.