Santos

Santa María Magdalena: La que ha amado mucho

En el Huerto de los Olivos los Apóstoles huyeron aterrorizados. María Magdalena, por el contrario, salió en busca de su Amado, y Él fue a su encuentro.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

¡Pecadora! Por éste y otros epítetos nada elogiosos se le señalaba en Jerusalén y alrededores a María Magdalena, mujer rica, de noble estirpe, notable belleza y vida disoluta.

Se había dejado arrastrar, siendo aún muy joven, por la vanidad, primer paso en la escurridiza rampa que conduce a los barrizales de la impureza. En esa deplorable situación, entró en los Evangelios con el apodo de pecadora pública: in civitate peccatrix, es decir, pecadora conocida como tal en la ciudad (cf. Lc 7, 37).

En determinado momento, sin embargo, sus caminos se cruzaron con los de Jesús. Los evangelistas no informan dónde, cuándo ni cómo se dio ese primer encuentro, pero tiempo después protagonizó uno de los más conocidos episodios del Nuevo Testamento: trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume, irrumpió en el comedor del fariseo Simón, se dirigió en línea recta hacia donde estaba el Maestro, regó sus pies con abundantes lágrimas, se los enjugó con sus cabellos, los cubrió de besos y, finalmente, se los ungió con el refinado perfume (cf. Lc 7, 36-50).

Con sus lágrimas lavó la inmundicia de sus faltas

Emocionante escena, sin duda. Pero no para Simón y los demás comensales. Éstos la miraron con estupor, aunque sin el valor de manifestar la censura que hervía en sus corazones. «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora» (Lc 7, 39), sentenciaba para sus adentros el fariseo.

Obnubilado por la mala fe y por la envidia, no percibió la innegable realidad: quien allí estaba ¡no era la pecadora, sino la santa! Sí, porque tal demostración de arrepentimiento y de amor sólo podría partir de un alma colocada ya decididamente en las vías de la santidad. «Con sus lágrimas lavó la inmundicia de sus faltas. […] Pues a quien en primer lugar el pecado la había mantenido en la frialdad, después el amor la hizo arder enérgicamente»,1 comenta el Papa San Gregorio Magno.

De allí salió Magdalena con un nuevo apodo que resuena hace dos mil años en la Historia: pecadora arrepentida. Y en el mundo entero se la venera como modelo y patrona de todos los que desean liberarse de la más terrible de las esclavitudes, la del pecado.

No obstante, el mismo Jesús le dio ese día un título más glorioso: la que ha amado mucho (cf. Lc 7, 47). Y refulge en el Cielo y en la tierra como la santa del amor apasionado y de la confianza llena de audacia.

El alma apasionada no mide riesgos

La Magdalena lava los píes de Jesús - Giovan Battista Tinti

¿Amor apasionado? Pero… ¿la pasión no es siempre un mal? No. La pasión será buena o mala, noble o vil, de acuerdo con el objeto del amor. Según San Pedro Julián Eymard, sólo el amor apasionado es auténtico amor: «La Eucaristía es la más noble aspiración de nuestro corazón: ¡amémosla apasionadamente! […] No ama sino aquel que siente dentro de sí la pasión del amor».2

El evangelista pone de relieve un importante detalle: «Después de esto», es decir, acto seguido al conmovedor episodio narrado más arriba, Jesús iba «caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres», entre ellas «María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios» (Lc 8, 1-2).

así es como, la ex endemoniada de entre las Santas Mujeres, se convierte en discípula de Jesús. No hay duda alguna de que no necesitó que el Maestro le dijera: «sígueme», pues su corazón no anhelaba otra cosa que acompañarlo por todas partes, oír sus palabras, verlo y ser vista por Él, manifestarle en prolongados o fugaces intercambios de miradas su ilimitado amor.

El alma apasionada desconoce el miedo, no mide riesgos. En el Huerto de los Olivos los Apóstoles huyeron aterrorizados. Magdalena, muy por el contrario, fue en busca de su Amado y lo acompañó en la subida al Calvario. Permaneció a los pies de la cruz hasta el momento del consummatum est. Participó en el cortejo fúnebre y no quiso irse ni siquiera cuando los discípulos se marcharon después de que fuera puesta la enorme losa en la entrada de la tumba: «María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro» (Mt 27, 61). Al respecto, exclama Santa Catalina de Siena: «¡Oh Magdalena, estabas loca de amor! Ya no tenías tu corazón, pues estaba sepultado con tu dulce Maestro».3

Y Jesús fue a su encuentro

Finalmente, por mucho que le pesara, era forzoso que ella también se retirara. Por los relatos evangélicos bien podemos imaginar cuáles eran sus disposiciones de alma aquella noche y al día siguiente. Había comprado aromas para ungir nuevamente aquel cuerpo adorado y, antes incluso de que el sol despuntara, fue hacia el sepulcro con otras dos de las Santas Mujeres.

Para el que ama nada hay de imposible: allí iban ellas de camino sin ni siquiera saber cómo irían a rodar la pesada losa de la entrada. ¡Lo encontraron abierto y vacío! Magdalena echó a correr para darles la noticia a los Apóstoles. Hacia allí salieron corriendo Pedro y Juan, constataron el hecho y… «se volvieron a casa» (Jn 20, 10).

Sin embargo, ella permaneció junto a la tumba, llorando. Nótese la fuerza de la pasión: Jesús había muerto, ella aún no creía en la Resurrección; por tanto, estaba buscando un cadáver.

Mientras lloraba, se asomó de nuevo al sepulcro. ¿Para qué mirar nuevamente si ya sabía que estaba vacío? Porque quien ama de verdad no se cansa de procurar. «Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de Aquel a quien pensaba que se lo habían llevado». 4

¿Lo encontró al final? Mucho mejor que eso, Él fue a su encuentro:
-Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? -le preguntó el Maestro de tal modo que ella no reconociera su voz.
Tomándolo por el hortelano, le imploró afligida:
-Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.
Él le respondió con una sola palabra, con una entonación que revelaba su infinito amor: «¡María!». Y a ella también le bastó una palabra para contestar: «¡Rabboni!», que quiere decir Maestro. Allí estaba, vivo. ¡Aquel a quien ella lo buscaba muerto!

Lo veía de nuevo, su corazón encontró, por fin, descanso.

"Sin la claridad de esa luz, ninguna luz es luz"

Lo que ella vio en ese intercambio de miradas lo saben únicamente los ángeles y los santos del Cielo. Aunque podemos imaginar que en los ojos de Jesús hubiera contemplado, mucho más esplendorosa esta vez, la misma luz que había brillado con ocasión de su primer encuentro con Él: lux Christi, luz de la divina gracia, a cuyo poder de atracción no se resistió.

En fogosas palabras de amor a la Virgen Santísima el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira nos da una precisa idea del efecto producido por esa luz en el alma de quien no le pone obstáculos: «Oh Madre mía, Medianera de todas las gracias, en tu luz veremos la luz. Madre, antes quedar ciego que dejar de ver tu luz, porque verla es vivir.

Santa María Magdalena en el descenso de la Cruz

En su claridad contemplaremos todas las luces, y sin ella ninguna luz refulge. No consideraré vida los momentos en los que no brille; y de la vida no querré tener nada más que la mente bañada por esa luz. «Oh luz, te seguiré cueste lo que cueste: por valles, montes, desiertos, islas; en las torturas, en los abandonos y olvidos; en las persecuciones y tentaciones, en los infortunios, en las alegrías y los triunfos. Te seguiré de tal manera que, incluso en el cenit de la gloria, no me molestaré con ella, porque sólo me preocuparé de ti. Te he visto y hasta el Cielo no desearé otra cosa, porque una vez te contemplé».5

Esa es la luz que aviva en el alma de todo auténtico santo el incendio del amor apasionado a Nuestro Señor Jesucristo.

Autor : P. Francisco Teixeira de Araújo, EP

Notas:

1 SAN GREGORIO MAGNO. Homiliæ in Evangelia. L. II, hom. 25, n.º 1; 10: PL 76, 1189; 1196.

2 SAN PEDRO JULIÁN EYMARD. A Divina Eucaristia. Escritos e sermões de São Pedro Julião Eymard. São Paulo: Loyola, 2002, v. I, p. 171.

3 SANTA CATALINA DE SIENA. Lettres de Sainte Catherine de Sienne. Lettre 229, a Soeur Agnès Donna. 2.ª ed. Paris: Poussielgue Frères, 1886, t. III, p. 311.

4 SAN GREGORIO MAGNO, op. cit., n.º 1, 1189.

5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Na vossa luz veremos a luz. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año VII. N.º 80 (Noviembre,2004); p. 36.

Comentarios

Espiritualidad

Para muchos, la oración es meramente la recitación de palabras memorizadas o leídas. Entretanto, ella posee un sentido más profundo y sobrenatural.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

enero 27, 2022

La Oración es el diálogo con Dios.

Para muchos, la oración es meramente la recitación de palabras memorizadas o leídas. Entretanto, ella posee un sentido más profundo y sobrenatural: es «el diálogo del hombre con Dios» 1, la «elevación de la mente a Dios» 2.

La oración, el diálogo con Dios, es un bien incomparable, porque nos pone en comunión íntima con Dios. Así como los ojos del cuerpo son iluminados cuando reciben la luz, el alma que se eleva para Dios es iluminada por su luz inefable. Hablo de la oración que no es solo una actitud exterior, sino que proviene del corazón y no se limita a ocasiones u horas determinadas, prolongándose día y noche, sin interrupción. 3

El hombre puede convertir un simple trabajo en oración, pues cualquier acto de virtud, cuando realizado por un motivo sobrenatural, es considerado como tal. 4

No debemos orientar el pensamiento hacia Dios apenas cuando nos aplicamos a la oración; también en medio de las más variadas tareas […] es preciso conservar siempre vivos el deseo y el recuerdo de Dios. Y así, todas nuestras obras, condimentadas con la sal del amor de Dios, se tornarán un alimento dulcísimo para el Señor del universo. Podemos, entretanto, gozar continuamente en nuestra vida del bien que resulta de la oración, si le dedicamos todo el tiempo que nos es posible. 5

«Venid a Mi, vosotros todos que estáis afligidos bajo el fardo de vuestros pecados, y Yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Bien sabe el Divino Maestro cuáles son nuestros combates en este valle de lágrimas y cuánto el yugo de nuestras debilidades nos fatiga y deprime. Desea Él que, por medio de la oración, depositemos nuestra confianza en su poderoso auxilio para, así, aplastar nuestras debilidades y edificar un templo espiritual agradable a sus ojos.

La Oración es el alimento del alma.

«Venid a Mi, vosotros todos que estáis afligidos bajo el fardo de vuestros pecados, y Yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Bien sabe el Divino Maestro cuáles son nuestros combates en este valle de lágrimas y cuánto el yugo de nuestras debilidades nos fatiga y deprime. Desea Él que, por medio de la oración, depositemos nuestra confianza en su poderoso auxilio para, así, aplastar nuestras debilidades y edificar un templo espiritual agradable a sus ojos.

Es propio a la naturaleza humana alimentarse, una vez que, sin los nutrientes necesarios, acaba por desfallecer. Lo mismo ocurre con el alma, la cual, para subsistir, precisa de un alimento espiritual que la robustezca y anime. Ese nutriente divino es la oración conforme atestigua San Agustín:

«La oración es todavía el alimento del alma, porque así como el cuerpo no se puede sustentar sin alimento; sin la oración no se puede conservar la vida del alma. Como el cuerpo, por la comida, así el alma del hombre es conservada por la oración». 6

Lo que hay de más elevado en el hombre no es el cuerpo, sino el alma, visto que el cuerpo languidece y se corrompe, y el alma, entretanto, es inmortal. ¡Cómo somos celosos en sustentar el cuerpo y relajados en el deber de vivificar el alma!

Si supiésemos tomar la oración como remedio para nuestra debilidad, mucho más haríamos para la gloria de Dios.

La oración es, por tanto, la fuerza de los débiles y socorro de aquellos que caen en el abismo del pecado, vencedora de los incrédulos, fortaleza de los Santos, verdadero vigor del alma.

El más fuerte de los guerreros, adornado de la más preciosa armadura, será considerado como incapacitado para la guerra si no sabe doblar las rodillas y con humildad recurrir a Aquel de quien procede toda victoria. Ese es el tesoro que nos «concede todas las gracias pedidas, vence todas las fuerzas del enemigo; […] transforma a los ciegos en iluminados, los débiles en fuertes, los pecadores en santos». 7

Luego, ¿quién no recurrirá a tan valioso don? «¿Quién hay en el mundo más excelente que la oración? ¿Qué cosa más útil y provechosa? ¿Qué cosa más dulce y más suave? ¿Qué cosa más alta y más sublime en toda nuestra religión cristiana?» 8

Hna. Lays Gonçalves de Sousa, EP

Notas:

1 SAN JUAN CLÍMACO. In: LOARTE, José Antonio. El tesoro de los Padres: Selección de textos de los Santos Padres para el tercer milenio. Madrid: Rialp, 1998, p. 345. (Tradução da autora).
2 SAN JUAN DAMASCENO, apud ROYO MARÍN, Antonio. La oración del cristiano. Madrid: BAC, 1975, p. 4. (Tradução da autora).
3 PSEUDO-CRISÓSTOMO. A oração é a luz da alma. In: COMISSÃO EPISCOPAL DE TEXTOS LITÚRGICOS. Liturgia das horas. São Paulo: Vozes; Paulinas; Paulus; Ave Maria; 2000, v. II, p. 58.
4 Cf. ROYO MARÍN. Op. cit. p. 4.
5 PSEUDO-CRISÓSTOMO. Op. cit. 58.
6 SAN AGUSTÍN, apud SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO. Op. cit. p. 22.
7 SAN LORENZO JUSTINIANO, apud SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO. A Oração. Trad. Henrique Barros. 24. ed. São Paulo: Santuário, 2012, p. 47.
8 SAN AGUSTÍN, apud RODRIGUES, Alfonso. Exercícios de perfeição e virtudes cristãs. Trad. Pedro de Santa Clara. 4. ed. Lisboa: União Gráfica, 1947, p. 8. v. II.

Santos

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

septiembre 12, 2021

La vida de San Martín de Porres se ubica en las vastedades del Nuevo Mundo deslumbraron al hombre europeo en el lejano amanecer del siglo XVI. Tierras fértiles, abundantes riquezas naturales y la esperanza de un futuro prometedor se convirtieron en poco tiempo en una irresistible atracción para los hidalgos ibéricos, que veían en las Américas una oportunidad de expandir la Iglesia de Dios, los dominios de su rey y abrillantar el honor de su linaje.

El entusiasmo que los animaba no carecía de fundamento, porque Dios parecía sonreír a los bravos expedicionarios, soplando viento favorable en las velas de sus frágiles embarcaciones y coronando de éxito temerarias empresas, movidas en muchas ocasiones por el deseo de conquistar almas para Cristo, aunque otras veces también por motivos mucho menos elevados.

¿Qué les había reservado la Providencia a esas interminables tierras, habitadas por pueblos de muy diversa índole? ¿Qué deseaba para esos nativos, ora pacíficos, ora belicosos, ora de temperamento salvaje, ora dotados de cultura y técnicas muy desarrolladas? Algo más elevado que cualquier consideración política o sociológica: darles el tesoro de la fe, la Celebración Eucarística, la gracia santificante infundida a través de los sacramentos.

Fruto de la heroica acción de los misioneros, enseguida empezaron a surgir en el Nuevo Continente los santos más ilustres, que con el buen olor de Cristo perfumaban los recientes dominios y en éstos esparcían las semillas del Reino mediante la oración y el apostolado. Pensemos, por ejemplo en la Lima del siglo XVI. En ella convivían Santa Rosa, terciaria dominica y hoy patrona de América Latina; San Juan Macías, incansable evangelizador; o aquel modelo de Pastor que fuera Santo Toribio de Mogrovejo.

San Juan MacíasSanta Rosa de LimaSanto Toribio de Mogrovejo

Contemporáneo de todos ellos, superándolos en el don de los milagros y en manifestaciones sobrenaturales, en el convento del Santísimo Rosario —conocido hoy día por el de Santo Domingo— brilló un humilde hermano lego llamado Martín de Porres. “Una mezcla de hidalgo  y de hombre del pueblo, sus esplendentes virtudes contribuyeron a conferirle a la civilización peruana de su tiempo una belleza y una ordenación católicas hasta hoy insuperables”. 

San Martín de Porres - El deseo de servir, a imitación de Cristo.

Nació el 9 de diciembre de 1579 en la floreciente Lima del tiempo colonial, capital del virreinato del Perú, hijo natural de Juan de Porres, caballero español, y Ana Velázquez, panameña libre de origen africano.

Durante su infancia experimentó unas veces las larguezas y exigencias de la vida noble junto a su padre en Guayaquil —que en la actualidad forma parte de Ecuador—, y en otras ocasiones la sencillez y el trabajo con su madre en Lima, sin apegarse a una forma de vida ni protestar por la otra. Pero tanto en una como en otra circunstancia se sentía atraído por la vida de piedad, siendo monaguillo en las Misas parroquiales o pasando noches en vela rezando de rodillas ante Jesús crucificado.

Con tan sólo 14 años se dirigió al convento de Santo Domingo para hacerle una petición al provincial de la Orden de los Predicadores, fray Juan de Lorenzana. ¿Qué desearía al llamar a la puerta de esa casa de Dios? Hacerse un siervo de los frailes, en calidad de “donado”, como les denominaban por entonces a los que se dedicaban a las tareas domésticas y se hospedaban en las dependencias de los dominicos. El superior, que discernió en él un auténtico llamamiento, lo recibió gustosamente.

En adelante sus funciones serían barrer salones y claustros, la enfermería, el coro y la iglesia de la gran propiedad que albergaba alrededor de doscientos religiosos, entre novicios, hermanos legos y doctos sacerdotes. A fray Martín no le avergonzaba de ninguna manera tal condición. La visión sobrenatural que tenía de las cosas le hacía entender correctamente la gloria que existe en servir, a imitación de Jesucristo, que se encarnó para darnos ejemplo de completa sumisión.

Tras dos años en el ejercicio de esas arduas tareas, vinculado a la comunidad únicamente como terciario, un día un hermano le comunica que debía ir a la portería. Le estaban esperando el superior y su padre, que quería reencontrarse con su hijo después de un largo período de ausencia al servicio del virrey en Panamá. El hidalgo manifestó su disgusto al ver que su hijo ocupaba un puesto tan humilde y exigió al provincial que lo promoviera por lo menos a hermano lego. El prior accedió, pero los ojos de fray Martín, en vez de iluminarse de contento, se humedecieron de lágrimas. Era su humildad la que estaba alzando la voz, llevándolo a implorar a su superior que no lo privase de la alegría de poder dedicarse a la comunidad como venía haciéndolo hasta entonces.

La vocación de San Martín de remediar los males ajenos

El 2 de junio de 1603 hacía la profesión solemne de los votos religiosos. Además de las funciones de campanero, barbero y ropero, recibió el encargo de la enfermería. Aquí ejercía, a falta de médico, el oficio de cirujano, cuyos conocimientos básicos había aprendido antes de entrar en el convento.

Fray Juan de LorenzanaClaustro del convento en la actualidad

Sus certeros diagnósticos sobre el verdadero estado de los pacientes pronto empezaron a comprobarse mediante los hechos, a menudo en contra de las apariencias. Por ejemplo, a un enfermo al que todos lo consideraban al borde de la muerte le anuncia que en esa ocasión no va a morir; y, en efecto, unos días después ya está curado. Otra vez, al ver a fray Lorenzo de Pareja andando por el claustro, se le acerca para comunicarle que en breve va a dejar su cuerpo mortal y éste sale en busca de un sacerdote para que le administre los sacramentos. Instantes después de recibirlos el fraile expira en su cama.

Las numerosas curaciones milagrosas que realiza hacen que su fama sobrepase los muros del convento. Pequeños y grandes, españoles e indígenas, ricos y pobres van a pedirle auxilio al santo enfermero.

Así empieza a manifestarse la vocación de Martín que “parece haber sido la de remediar los males ajenos”, sin escatimar esfuerzos para darles buen ejemplo, bienestar físico y espiritual en el ejercicio de sus funciones.

“Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias, estando persuadido de que era digno de mayores penas por sus pecados; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; asistía complaciente a los enfermos; proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad”.

Frecuentes manifestaciones sobrenaturales.

¿De dónde venían esas cualidades inusuales? Sin duda, de una intensa espiritualidad, porque “una vida como la de Martín, consagrada por entero al servicio de los demás, con perfecto olvido de sí mismo, no se explica sin una intensa vida interior, sin el acicate de la caridad, que […] aun abrumada por la fatiga, no llega a sentir el cansancio”.

Una noche, cuando ya era bien tarde, el cirujano Marcelo Rivera, huésped del convento, lo andaba buscando y no conseguía dar con él; le pregunta a uno, le pregunta a otro, pero nadie lo ha visto. Por fin, lo encuentra en la sala capitular “suspenso en el aire y puesto en cruz. Y tenía sus manos pegadas a las de un santo Cristo crucificado, que está en un altar. Y todo el cuerpo tenía así mismo pegado al del santo Crucifijo como que le abrazaba. Estaba elevado del suelo más de tres varas”.

Innumerables testigos presenciaron episodios similares. Así, por ejemplo, una noche en la que pocos conseguían conciliar el sueño en el edificio del noviciado, a causa de una epidemia que había dejado a la mayoría de los frailes en cama con fiebres muy altas, se oye en una de las celdas:

– Oh fray Martín, ¡quién me diera una camisa para mudarme!

Era fray Vicente que se revolvía en su lecho entre los sudores de la fiebre y llamaba al enfermero, pero sin esperanzas de que fuera atendido, pues las puertas de aquel edificio ya se habían cerrado y fray Martín vivía fuera del mismo. Pero apenas había terminado de hablar cuando ve al hermano enfermero a su lado y que le está llevando lo que le había pedido. Sorprendido, le pregunta por dónde había entrado.

– Callad y no os metáis en eso —le responde con bondad fray Martín mientras con el dedo le indica silencio.

No muy lejos de ahí el maestro de novicios, fray Andrés de Lisón, oye la voz de fray Martín y se pone en el pasillo para comprobar por donde había entrado. El tiempo corre y no pasa nada. Entonces resuelve abrir la puerta del enfermo: estaba a solas y dormía profundamente… La admiración se extendió por todo el convento.

Los frailes Francisco Velasco, Juan de Requena y Juan de Guía también recibieron visitas análogas. En otra ocasión, un fraile que velaba de noche en el claustro vio una gran luz y mirando qué era aquello vio a fray Martín que pasaba volando envuelto en esa luz.

Una madrugada, como de costumbre, al toque de la campana toda la comunidad se reúne en la iglesia para cantar Maitines. De pronto, una claridad procedente del fondo ilumina todo el recinto sagrado. Los religiosos se vuelven para atrás y descubren el foco de tan intensa luminosidad: el rostro de fray Martín que había ido a ayudar al sacristán y allí estaba oyendo el canto sacro.

«Dios sea bendito que toma tan vil instrumento»

Episodios como éstos ocurrían en cantidad y se volvían públicos y notorios. Poco a poco la fama del santo se difundió por toda Lima, llegando incluso hasta el virrey y el arzobispo. Sin embargo, nada de eso perturbó su humildad. De ninguna manera consintió perder la convivencia con lo sobrenatural volviéndose hacia sí mismo para disfrutar una gloria humana que pasa “como un sueño mañanero” (Sal 89, 5).

En una ocasión fue a visitar a la esposa de su antiguo maestro barbero, la cual padecía una enfermedad grave. Ésta lo invita a sentarse a los pies de su cama y entonces con disimulo estiró el brazo hasta tocar con su mano el manto del santo. En ese mismo instante se sintió curada y exclamó llena de asombro:

– ¡Ay, padre fray Martín, qué gran siervo de Dios es: pues hasta su vestidura tiene gran virtud! Con la astucia propia a la humildad, el santo le respondió: 

– ALa mano de Dios anda por aquí señora. Él lo ha hecho y el hábito de nuestro Padre Santo Domingo. Dios sea bendito que toma tan vil instrumento para tan grande maravilla y no pierde su valor y devoción el hábito de nuestro Padre, por vestirle tan grande pecador como soy yo.

"No soy digno de estar en la casa de Dios"

Otro hecho, esta vez dentro de los muros del convento, da testimonio de la mansedumbre de fray Martín para soportar las flaquezas que a menudo sus hermanos de hábito manifestaban, y que él las sufría con excepcional cordura, asumiéndolas como merecidas y útiles para la expiación de sus pecados. Sucedió que un anciano religioso encamado pidió que fueran a buscarlo a la enfermería, pero como fray Martín se encontraba ocupado en  un asunto urgente, tardó en llegar. Mientras los minutos iban transcurriendo el enfermo se llenó de impaciencia y empezó a bramar contra el santo, diciendo toda clase de injurias, exteriorizando sus quejas sin sentido, fruto del egoísmo.Tan pronto como acudió le pidió disculpas, pero tuvo que oír una nueva catilinaria, esta vez dicha en voz alta, de modo que los demás frailes también lo escucharon. Preocupados, algunos hermanos se acercaron y uno de ellos al ver a fray Martín arrodillado ante el enfermo preguntó qué estaba pasando.- Padre —contestó el humilde Hermano—, tomar ceniza sin ser miércoles de ella. Este padre me ha dado con el polvo de mi bajeza y me ha puesto la ceniza de mis culpas en la frente y yo, agradecido a tan importante recuerdo, no le beso las manos, porque no soy digno de poner en ellas mis labios, pero me quedo a sus pies de sacerdote. Y créanme que este día ha sido para mí de provecho porque he caído en la cuenta de que no soy digno de estar en la casa de Dios y entre sus siervos.7Durante una etapa de privaciones por las que pasaba la comunidad, el padre prior se encontraba muy afligido al no poder disponer de la cantidad necesaria para hacer frente a las deudas de la casa, que eran numerosas. Entonces fray Martín le preguntó si no quería venderlo como esclavo, porque debería costar un precio considerable y se sentiría muy honrado por haber sido útil al convento.El sacerdote, conmovido con esa heroica actitud de amor a su Orden, le respondió:- Dios se lo pague Hermano Martín, pero el Señor que lo ha traído aquí se encargará del remedio.

El camino que Cristo nos enseña.

La vida del desprendido hermano transcurría serena, consumiéndose en prolongadas vigilias de oración ante el crucifijo y en servicios aparentemente muy comunes, pero siempre realizados con la intención de glorificar a Dios y con frecuencia  coronados con milagros. Faltaba un mes para que cumpliera los 60 años y una fiebre violenta y continuos desmayos le obligan a mantener reposo. Todo parecía indicar que se acercaba el fin de su estado de prueba.

La noticia corrió como pólvora por toda la ciudad y su celda enseguida se convirtió en objeto de continua peregrinación. Esa misma noche entró en agonía. Los que estaban allí lo veían debatiéndose con gestos violentos y apretando el crucifijo contra su pecho increpando al maligno:

– ¡Quita maldito! ¡Vete de aquí, que no me han de vencer tus amenazas!

9 Días después, el 3 de noviembre de 1639, ante sus hermanos de vocación que rezaban el Credo a su lado, nacía San Martín de Porres a la verdadera vida, dejando detrás de sí un rastro luminoso que aún hoy suscita la veneración de numerosos fieles.

“Este santo varón, que con su ejemplo de virtud atrajo a tantos a la religión, ahora también, a los tres siglos de su muerte, de una manera admirable, hace elevar nuestros pensamientos hacia el Cielo”, recordaba el Papa Juan XXIII cuando lo canonizó. Porque, con el ejemplo de su vida, había demostrado que es posible conseguir la santidad por el camino que Cristo enseña: amando a Dios, en primer lugar, de todo corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y, en segundo lugar, amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Hna. Maria Teresa Ribeiro Matos, EP

San José

En la prodigiosa escalera cuyas fotos el lector puede apreciar en estas páginas, todo es armónico y deslumbrante.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

febrero 12, 2022

En la prodigiosa escalera cuyas fotos el lector puede apreciar en estas páginas, todo es armónico y deslumbrante. Ocupando un mínimo de espacio, se eleva elegantemente en caracol, girando dos veces en 360 grados.

Su historia, tan sorprendente como encantadora, justifica por entero el nombre que le dio la devoción popular: Escalera Milagrosa.

En 1853, las “Hermanas de Loreto” fundaron en la ciudad de Santa Fé, Estados Unidos, la Escuela de Nuestra Señora de la Luz (Loreto), para la educación de niñas. El establecimiento prosperó y, años después, las monjas decidieron construir una capilla dedicada a su Patrona. Optaron por el estilo gótico, a imitación de la famosa Sainte Chapelle de París.

Solamente cuando la obra había concluido, las buenas religiosas se dieron cuenta de un monumental descuido del arquitecto: ¡no había escalera de acceso al coro, situado a cerca de diez metros de altura!… Y la construcción de una escalera común no sólo deformaría el estilo, sino que reduciría de modo inaceptable el espacio útil del pequeño templo.

¿Cómo resolver el problema? Se consultó a arquitectos, carpinteros y otros profesionales. Todos afirmaron categóricamente que la única “solución” era usar una escalera portátil.

Iglesia de Loreto Santa fe

Pero las monjas querían una iglesia hermosa, digna de la Reina de todas las bellezas. Y si la técnica humana era incapaz de solucionar el problema, “para Dios nada es imposible”, como nos enseña el Divino Maestro.

Llenas de fe, empezaron una novena a San José. ¡A fin de cuentas —argumentaban ellas— es un carpintero inigualable y debe empeñarse en que una iglesia dedicada a su Esposa Santísima sea perfecta en todo, como Ella!

Justamente el último día de la novena se presentó un carpintero en busca de trabajo. Llegó montado en un jumento, trayendo su caja de herramientas en la mano. Fue contratado en seguida para ejecutar una obra considerada imposible. Trabajó con diligencia y discreción durante cerca de seis meses.

Cierto día las hermanas verificaron deslumbradas que estaba construyendo una espléndida escalera de caracol. Para resolver un mero problema funcional, el discreto y eficiente artífice había adornado la pequeña capilla con una auténtica joya de madera.

¿Adónde estaba? Nadie lo sabía. Había desaparecido sin despedirse de persona alguna. No recibió paga, ni siquiera un simple agradecimiento por el servicio prestado. Lo buscaron inútilmente, incluso por medio de un anuncio publicado en el diario de la ciudad.

Por otro lado, un examen meticuloso de la escalera causaba una enorme admiración en todos. Su magnífica estructura, la elegancia con que se eleva, aparte de varios detalles de la construcción, dejan perplejos a los especialistas hasta el día de hoy. Por ejemplo, realiza dos vueltas completas de 360 grados sin ningún apoyo colateral y está hecha enteramente de uniones, sin utilizar un solo clavo. Algunas de sus piezas son de un tipo de madera inexistente en la región.

Tomando en cuenta las circunstancias en que se hizo la novena a San José, la inexplicable perfección de la obra bajo el punto de vista humano, y la misteriosa desaparición del artista, las monjas no tuvieron dudas en sacar la conclusión: el propio esposo castísimo de la Virgen María había venido a realizar en homenaje a Ella, lo que la técnica humana consideraba imposible.

Y ahí está hasta hoy, maravillando a todas las almas capaces de ver y amar la belleza, la Escalera Milagrosa de la capilla de Nuestra Señora de Loreto, en la ciudad norteamericana de Santa Fe.

Santos

Santo ecuatoriano, gran modelo de virtud que se caracterízó por su pureza y sabiduría.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

febrero 10, 2022

Francisco Febres Cordero, el conocido Santo Hermano Miguel de los Lasallistas, nace en Cuenca, Ecuador, el 7 de noviembre de 1854.

En su juventud no gozó de buena salud, por el contrario, nació con una grave deformación de sus pies que le impidió caminar a la edad normal, por lo que no pudo gozar de los juegos y entretenimientos de los niños de su edad. Tampoco pudo asistir normalmente a la escuela, por lo que sus primeras enseñanzas las recibió de labios de sus padres, en su propia casa.

De niño jugó en los patios de la casa de sus abuelos maternos  -convertida hoy en el Palacio Arzobispal de la ciudad de Cuenca-, con sus primos Alberto Muñoz Vernaza y Antonio Vega Muñoz, pero en 1863, cuando gracias a las gestiones realizadas por el presidente García Moreno, se fundó en Cuenca la Misión Lasallana de los Hermanos Cristianos, pidió, a pesar de su corta edad, ingresar a dicha comunidad, y obedeciendo al llamado de su vocación religiosa tomó su decisión más importante: «Sólo seré feliz en mi vida si me dejan ser Hermano Cristiano».

Su familia es una que siempre tuvo relieve en esta nación suramericana.

Tal vez justamente por eso, porque los suyos esperaban brillo en el mundo del futuro Santo, le hicieron oposición a su entrada a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, los fundados por San Juan Bautista de la Salle. Pero él terminó venciendo esa oposición, y fue el primer ecuatoriano que entró al Instituto.

Era un estudiante aplicado, que se convirtió en un gran maestro.

Santo Hermano Miguel

Aún siendo muy joven, no tenía todavía los 20 años, publica su primera de sus muchas obras, una gramática que alcanza rápidamente el nivel de popular.

Sus estudios e investigaciones en los campos de la lingüística y la literatura, lo ponen en contacto con eruditos del mundo entero.

Es nombrado miembro de Academias de Ecuador y de España.

Pero el norte de su vida lo da la fidelidad al carisma lasalliano y por ello la enseñanza en él es algo prioritario, particularmente las clases de religión.

También se destaca en la preparación de los jóvenes a la primera comunión.

Los alumnos elogian en el Hermano Miguel sus varias cualidades, su sencillez, su franqueza, la emoción que pone en la difusión de la devoción al Corazón de Cristo y a la Madre de Dios.

Viaje a Europa

En 1907 parte a Bélgica, pues debía trabajar en la traducción al español de textos usados por los hermanos franceses que recientemente habían tenido que huir de su patria. Su salud, siempre delicada, tiene dificultades para adaptarse a los rigores del clima europeo.

No hay vida sin cruz, y menos la de los santos, y en el caso del Santo Hermano Miguel, una de esas cruces era su frágil salud.

Se le transfiere al noviciado menor de Premià de Mar, en España, y ahí se ocupa de evacuar por mar, hacia Barcelona, a los jóvenes que están bajo su responsabilidad, durante los desórdenes revolucionarios de 1909.

Poco después podrán volver a Premià de Mar.

Después de esto, contrae una neumonía y fallece el 9 de febrero de 1910 en Premià de Mar, dejando tras él fama de sabio, de maestro y de santo.

Es canonizado por San Juan Pablo II el 21 de octubre de 1984.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
Si desea contactarse con nosotros, envíenos un mensaje.