María Santísima

Primer Sábado de Mes – Comunión reparadora

Nuestra Señora en Fátima dijo a los 3 pastorcitos: “Vendré a pedir la Consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los PrimerosSábados de mes."
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Nuestra Señora se apareció en Fátima

El de julio de 1917, Nuestra Señora en Fátima dijo a los 3 pastorcitos: “Vendré a pedir la Consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los PrimerosSábados de mes.»

Así, el 10 de diciembre de 1925, la Santísima Virgen se aparece a la Hermana Lucía con el Niño Jesús. El Niño dice a la Hermana Lucía:

“Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre, que está cubierto de espinas que los hombres ingratos continuamente le clavan, sin haber quien haga un acto de reparación para arrancárselas”.

En seguida, la Santísima Virgen dice a la Hermana Lucía:

“Mira hija mía, mi corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes.  Tú al menos, procura consolarme, y di que todos aquellos que, durante cinco meses, en el primer sábado, se confiesen, reciban la sagrada comunión, recen el rosario y me hagan quince minutos de compañía, meditando los quince misterios del rosario, con el fin de desagraviarme,  prometo asistirles, en la hora de la muerte, con todas las gracias necesarias para la salvación de sus almas.”

Requisitos del primer sábado de mes:

1.    Intención: reparar, desagraviar. Implica compensar o arreglar un daño realizado.  Es un acto de amor a Dios, parte del primer mandamiento.  Es el consolar a Nuestro Señor y a Nuestra Señora por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María.

2.    Actos:

a.    Rezo del Santo Rosario. 

b.    15 minutos de meditación de los misterios del rosario, antes, durante o después del Santo Rosario.  Es un acto de acompañar a nuestra Señora en su sufrimiento. 

c.     Comunión en estado de gracia, el primer sábado de mes.  Se puede comulgar el día domingo, con la autorización de un sacerdote, ofreciéndola como parte de la práctica. Comunión espiritual.

d.    Confesión.  Dada la dificultad de confesarse el mismo primer sábado, puede ser unos días antes o unos días después.

Sobre la Confesión

El 15 de febrero de 1926, se le aparece el Niño Jesús y le pregunta si había propagado la devoción a su Santísima Madre.

Le preguntó Lucía si valía la confesión dentro de los ocho días anteriores al sábado, a lo cual respondió Jesús:

«Sí, puede ser de muchos más días, con tal que, cuando me reciban, estén en gracia y tengan la intención de desagraviar el Inmaculado Corazón de María».

También le preguntó Lucía qué ocurría si alguien se olvidaba de poner la intención. Jesús respondió:

«Pueden ponerla en la confesión siguiente, aprovechando la primera ocasión que tengan para confesarse».

El 13 de septiembre de 1939 el obispo de Leiría concedía la aprobación oficial de esta devoción

¿Por qué 5 sábados?

Después de que Lucía pasara unos momentos en oración, Nuestro Señor le revelaba la causa de ser 5 los sábados de reparación:

« Hija mía, la razón es sencilla: se trata de 5 clases de ofensas y blasfemias proferidas contra el Inmaculado Corazón de María :

  1. Blasfemias contra su Inmaculada Concepción.
  2.  Contra su virginidad,
  3. Contra su Maternidad Divina, rehusando al mismo tiempo recibirla como Madre de los hombres.
  4. Contra los que procuran públicamente infundir en los corazones de los niños, la indiferencia, el desprecio y hasta el odio hacia la Madre Inmaculada.
  5. Contra los que la ultrajan directamente en sus sagradas imágenes.

Comentarios

Destacados, Espiritualidad, Oraciones

A veces nos encontramos ante el Señor sacramentado y pasamos momentos de aridez, sin percibir su voz ni llegar a decirle nada. ¿Qué hacer?
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noviembre 24, 2021

A veces nos encontramos ante el Señor sacramentado y pasamos momentos de aridez, sin percibir su voz ni llegar a decirle nada. ¿Qué hacer? He aquí una manera excelente de ocupar parte del tiempo en las visitas al Santísimo: hacer una comunión espiritual.

Llamamos comunión sacramental el recibir el cuerpo de Cristo bajo las especies eucarísticas en la Misa o fuera de ella. Es este un momento inefable de unión e intimidad con Dios, por cierto el momento (o el acontecimiento) más importante del día o de la semana.

Pero resulta que además podemos encontrarnos con Nuestro Señor haciendo una comunión espiritual que podrá tener tanto o hasta mayor fruto que la misma comunión eucarística, dependiendo del fervor con que uno se empeñe y de la liberalidad de Dios.

La comunión sacramental se puede recibir hasta dos veces por día, si la segunda vez que comulgo lo hago participando de una Misa, según estipula el Código de Derecho Canónico, canon 917.

En cambio, la comunión espiritual puedo hacerla en todo momento, en cualquier lugar, tantas veces cuantas quiera.

¿En qué consiste la comunión espiritual?

San Alfonso María de Ligorio nos lo explica muy claramente: “consiste en el deseo de recibir a Jesús Sacramentado y en darle un amoroso abrazo, como si ya lo hubiéramos recibido”.
Esta devoción es mucho más provechosa de lo que se piensa y muy fácil de realizar.

“Oh Jesús mío, creo que estas presente en el Santísimo Sacramento, te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Ya que ahora no puedo hacerlo sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno todo a Ti, No permitas, Señor, que vuelva jamás a abandonarte. Amén”

Pero cada uno pude meditar y realizar la comunión espiritual sin necesidad de acogerse a una receta específica, aunque para que sea bien hecha, se recomienda que se haga:

Un acto de fe en la Eucaristía (creo que estás presente en la Eucaristía);
Un acto de amor (te amo sobre todas las cosas)
Un acto de deseo (deseo recibirte en mi alma).

Por fin, un pedido: (ven espiritualmente a mi corazón, permanece en mí y haz que nunca te abandone). Cuantas veces pensamos y hasta soñamos con cosas que queremos o que nos gustan. Es un imperativo de nuestro ser racional y volitivo. ¿Y cómo no vamos a tener en vista esa presencia tan benéfica que es, además, prenda de vida eterna?
Puede decirse que la comunión espiritual es un termómetro de nuestra fe y de nuestro amor a la Eucaristía. Y si no teníamos claro la factibilidad de esta práctica devocional, se comprende que no hayamos recurrido a ella; pero una vez que hemos comprendido cuán beneficiosa es para el alma, no tenemos más que hacerla parte de nuestros hábitos cotidianos.
Dice Jesús en el Evangelio que es preciso “orar en todo tiempo y no desfallecer” (Lc. 18, 1). La comunión espiritual es una forma excelente de oración que está siempre a nuestro alcance.“Ecclesia de Eucharistía” es el título de una encíclica del beato Juan Pablo II. “La Iglesia vive de la Eucaristía” y sin ella no puede existir. De forma real o virtual, debemos comulgar siempre con el Señor. La Eucaristía fue hecha para los cristianos y los cristianos para la Eucaristía.

Un pagano como el centurión romano (Mt. 8, 5-17) vivió la experiencia de la comunión espiritual cuando dijo: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa pero decid una sola palabra…”. La comunión con el Mesías, a través de un acto de fe, de esperanza y de amor, obtuvo su conversión y la cura de su siervo.

Creer, desear y adorar… ¡ya es comulgar!

Por el P. Rafael Ibarguren EP

Santos

La mayoría de los niños sabe responder de dónde viene el famoso Papá Noel: «¡Del Polo Norte!». Sin embargo, pocos conocen a San Nicolás.
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diciembre 26, 2021

Noche de paz, noche de amor! Ha nacido el niño Dios en un humilde portal de Belén…».

Después de los cantos que caracterizan la esperada Nochebuena, tan cargada de maravillas para las almas inocentes, y en medio a un ambiente de bienquerencia y expectativa que marca ese período del año ocurre algo insólito en los hogares…

Con la certeza de que todos ya se encuentran inmersos en un profundo sueño, a través de la chimenea de la casa o por alguna otra entrada que muchos hasta hoy no han descubierto, se cuela un personaje. Llega volando desde tierras lejanas montado en un curioso trineo tirado por renos, simulando una especie de carruaje, transporte éste en el cual todo niño ha deseado algún día subirse, aunque fuera en sueños…

Ahora bien, ¿qué hace ese misterioso visitante —curiosamente, al que nunca se le confunde con un ladrón— llegando esa madrugada navideña mientras todos ya están dormidos?

De barba siempre blanca y larga, se presenta con «sorpresas» escondidas en grandes sacos rojos: regalos de todo tipo, los cuales distribuye con abundancia y prodigalidad, como queriendo agradar sin esperar nada a cambio.

A este generoso personaje unos lo llaman Papá Noel y otros Santa Claus. Ambos nombres se refieren al mismo individuo, cuya fama es mundialmente conocida y perdura hasta nuestros días, más viva que nunca, dándonos la impresión de que es eterna.

Todo niño, de cualquier localidad del globo terráqueo, sabe decir de dónde viene: «¡Del Polo Norte!». Pero ¿acaso será éste de verdad su punto de partida? Lo cierto es que su viaje histórico se revela aún más lejano y fantástico que su mítica circunnavegación nocturna alrededor de la Tierra… Y en él nos vamos a adentrar.

San Nicolás bendice
San Nicolás bendicea un niño
Iglesia del Santo Cristo, Ciudadela de Menorca (España)

San Nicolás, defensor de la fe y generoso padre

En realidad, esta figura navideña no es tan imaginaria como parece. Se refiere a un varón de Asia Menor cuyo nacimiento se remonta al siglo III —por tanto, ¡no en el Polo Norte!—, concretamente donde hoy se localiza Turquía.

De nombre Nicolás, nació de una familia acomodada, en Licia, provincia romana situada junto al mar Mediterráneo. Por las virtudes que brillaban en su alma fue elegido obispo de Mira, una de las ciudades más importantes de la región, y ejercía su ministerio con energía y bondad.

Siempre celoso de la sana doctrina, tomó severas medidas contra el paganismo y combatió incansablemente las herejías. Pero sus obras de caridad para con el prójimo fueron las que lo hicieron célebre en todo el orbe cristiano.

Milagros hechos en vida

Uno de esos episodios se volvió conocido aún en vida, valiéndole la devoción de los fieles y una fuerte fama de santidad.

En aquella época había en Mira un juez que, bajo presión de soborno, condenó a muerte a tres hombres inocentes. Ahora bien, en el momento de la ejecución el bondadoso Nicolás apareció en el lugar, arrancó el arma de las manos del verdugo, reprendió al inicuo juez y les dio la libertad a los sentenciados.

Poco después ocurrió en Constantinopla otro hecho similar: tres oficiales fueron indebidamente condenados. ¡Pobre justicia temporal, tan a menudo regida por la infamia de la ambición en lugar del amor a la Verdad! Sin embargo, los reos habían presenciado la escena narrada arriba y no lo dudaron: llenos de devoción por la figura del imponente y paternal San Nicolás, se pusieron a rezar enseguida, rogándole que también los salvara, aunque desde la distancia… He aquí que esa misma noche el emperador Constantino soñó con el santo, que le ordenaba que liberara a aquellos infelices, ¡porque eran inocentes!

Al día siguiente, Constantino llamó a los tres condenados y al interrogarlos se enteró de que habían invocado a «Nicolás de Mira» para pedirle su auxilio. Conmovido, el emperador los soltó.

San Nicolás salvando a los tres inocentes,
por Mariotto di Nardo – Museos Vaticanos

¡Patrón de los niños!

San Nicolás murió el 6 de diciembre, a mediados del siglo IV. Las virtudes practicadas por este varón lo llevaron a alcanzar un alto grado de santidad y sus milagros post mortem le sirvieron para enaltecerlo aún más. De este modo se convirtió rápidamente en uno de los santos más conocidos de la Iglesia Católica.

Con respecto a él existen numerosos hechos cuya memoria ha perdurado por los siglos. Los marineros lo tienen como patrón y en ciertas regiones hasta hoy día conservan la costumbre de desearse unos a otros un buen viaje diciendo: «¡Que San Nicolás lleve tu timón!».

No obstante, el más famoso de sus títulos siempre fue el de «patrón de los niños». Esto se debe principalmente a dos episodios. El primero ocurrió cuando el santo obispo supo que el padre de tres muchachas tenía serios apuros financieros y no conseguía pagar la dote necesaria para el casamiento de sus hijas, lo que las llevaría a adoptar una vida errante…

Lleno de compasión por los miembros de esa familia, Nicolás se dirigió a la casa donde vivían y, escondido entre la penumbra de la noche, lanzó por la chimenea un saquito lleno de monedas de oro, con el fin de ayudarles. Así lo hizo tres veces. Algunas versiones de la historia llegan a afirmar que uno de esos generosos saquitos cayó justo dentro del calcetín de una de las jóvenes que estaba colgado de la chimenea secándose…

El segundo hecho consiste en un magnífico milagro obrado en vida por San Nicolás: la resurrección de tres chiquillos que habían sido ¡asesinados! Este acontecimiento fue el que terminó consagrándolo oficialmente como patrón y protector de los niños.

Así, en varios países se estableció la piadosa tradición de darle regalos a los más pequeños el 6 de diciembre, en honor de San Nicolás.

San Nicolás echando las monedas en el interior de la casa de las tres doncellas,
por Bicci di Lorenzo – Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

¿Cómo pudo transformarse en Papá Noel?

Tras conocer tales maravillas es comprensible, querido lector, que por su cabeza ronde la siguiente duda: ¿Qué tiene que ver Papá Noel con esa descripción sobre San Nicolás? ¿Cómo llegó a convertirse el tan virtuoso obispo de Mira en un habitante del Polo Norte que, en una sola noche, les reparte regalos de Navidad a todos los niños del mundo?

La transformación del santo en una quimera tiene sus más remotos orígenes en la Reforma protestante. Así como muchos siglos atrás el emperador Diocleciano había intentado acabar con la persona de Nicolás, los reformadores trataron de borrar de la Historia y, sobre todo, de los corazones de los fieles el recuerdo de ese gran varón.

A la izquierda, portada de la revista «Harper’s Weekly» del 3 de enero de 1863, con una de las primeras representaciones del moderno Santa Claus;
en el centro , dibujo de Thomas Nast para la misma publicación;
a la derecha, una de las ilustraciones creadas por Haddon Sundblom para Coca-Cola en las décadas de 1920 y 1930

Sin embargo, la devoción a él estaba tan arraigada en Europa que no desapareció por completo. La figura de San Nicolás se mezcló con entes mitológicos, alguno de ellos bastante antipáticos y agresivos, dando origen a personajes como el Sinterklaas holandés, que pasó al Nuevo Mundo con los emigrantes de esa nación.

A lo largo del siglo XIX, fue tomando en Nueva York su actual fisonomía. En 1822 el poeta Clement Moore escribió un libro titulado A Visit from Saint Nicholas, en el cual presentaba a un personaje procedente del norte, en un trineo tirado por renos voladores. Años más tarde, en 1863, el caricaturista político Thomas Nast hizo un dibujo para la revista Harper’s Weekly, en el cual ya presentaba las características que hoy conocemos: un hombre de edad avanzada, corpulento, risueño, de poblada barba blanca.

Desde entonces varias empresas comenzaron a aprovecharse de esa figura navideña como medio de publicidad, incluso Coca-Cola, responsable de consagrar definitivamente su traje rojo y blanco, en 1920.

¡Festejemos la Navidad con auténtico espíritu de fe!

Como puede verse, Santa Claus es, por tanto, la distorsión del santo y generoso obispo de Mira, patrón de los navegantes, de los niños y de muchos lugares.

Aquel virtuoso varón que brilló por su caridad y supo proclamar la verdadera fisonomía cristiana de la Navidad fue sustituido por el laico Papá Noel que hoy conocemos y transformado en propagador del consumismo. Para muchos hombres de hoy, Santa Claus está en el centro de todas las conmemoraciones, ocupando el sitio del Niño Jesús, ¡causa y alegría de la Navidad!…

Por consiguiente, mucho más que simples nomenclaturas históricas, se podría decir que esos personajes —Papá Noel y San Nicolás— simbolizan, ante el sublime hecho del Nacimiento del Divino Infante, dos mentalidades opuestas: una es la de los que, con sus horizontes puestos en este mundo terrenal, «vuelan» por los aires de las fantasías frívolas presentadas por el consumismo; la otra es la de los que con alegría y fe preparan sus almas para recibir en la Navidad no solamente al simpático obispo de Mira con sus regalos, ¡sino al mismo Hombre Dios!

Pidamos, pues, la intercesión de San Nicolás, a fin de que nos conceda en esta Navidad los regalos espirituales de los que carecen nuestras almas, para que, como él, podamos ser generosos, retribuyendo con una vida pura todo el amor que emana del corazoncito del Niño Jesús por cada uno de nosotros.

Así, más que esperar regalos que perecen, sepamos prepararnos para el premio eterno, haciendo nuestra ofrenda de amor y gratitud al Divino Infante en la conmemoración de su natalicio.

Que la Navidad de este año de 2020 sea enaltecida por los coros angélicos como siendo la noche de paz que contempló por primera vez a su Creador y Señor omnipotente en un frágil niñito, rodeado por los brazos virginales de María Santísima. Y que todo el orbe sepa reconocer en esta misteriosa noche la grandeza de un Dios que se hizo hombre, a fin de hacernos como Dios.

Autor: Hna. Antonella Ochipinti, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

Historia y Creación

La correcta lectura de la Biblia constituye uno de los grandes retos del hombre moderno, dominado por la mentalidad positivista y materialista.
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enero 20, 2022

Corría el año de 1947 cuando algunos beduinos vagaban por las regiones montañosas de Israel, a 12 kilómetros al sur de Jericó, buscando a un animal perdido. Desgastados por la inclemencia del sol, encontraron una cueva, un sitio muy atrayente para descansar. De esta manera tan fortuita, hallaron lo que algunos calificarían como el mayor descubrimiento arqueológico del siglo XX.

En medio de las guerras y las tensiones políticas que asolaban los territorios de Cisjordania, los ojos del mundo se dirigieron, por un momento, hacia el desierto de Judea, en la región de Qumran. A lo largo de nueve años, excavaciones y pesquisas en once grutas sacaron a la luz 930 manuscritos antiguos, datados entre los años 250 a. C. y 68 d. C.

Ante el nuevo panorama que se abría para la investigación arqueológica, con serias e inevitables repercusiones de índole histórica y religiosa, la opinión pública se dividió en, al menos, tres posiciones. Algunos pretendían desacreditar las verdades bíblicas mediante tales hallazgos, otros veían en ellos la oportunidad de comprobar empíricamente la originalidad de los textos sagrados y un tercer grupo se mostraba desinteresado, pues no les parecía que se pudiera aprovechar nada de la arqueología para el estudio exegético.

¿En cuál de estos conjuntos deberían encajar los católicos?

Dejemos un poco al lado la historia de los beduinos de Cisjordania para volver la mirada hacia nuestra fe, tan atacada, incomprendida y menospreciada por los hombres de nuestro tiempo.

Mar muerto

El mar Muerto visto desde las cuevas de Qumran

La Palabra de Dios puesta a prueba por la ciencia

La mentalidad contemporánea está indiscutiblemente impregnada de materialismo, creyéndose capaz de reducir toda la verdad a la verificación científica y pragmática de los objetos. Se trata de una concepción de la «libertad de pensamiento» defendida por la Ilustración y por el positivismo —y expresada en el ámbito religioso por la herejía modernista—, en función de la cual «el dogma o la doctrina de la Iglesia aparecen como uno de los reales obstáculos a la correcta comprensión de la Biblia».1

Pero esta crisis no es tan reciente como parece a primera vista. Veamos en algunas pinceladas el largo proceso por el cual se extinguieron las bellas luces de la exégesis precedente.

Los cambios que afectaron a la sociedad desde el siglo XV influyeron profunda y radicalmente en el interior del hombre, alcanzando un lugar recóndito casi inaccesible: la amorosa relación entre el alma y su Creador.

Tales transformaciones llevaron a hombres como Richard Simon a no considerar ya las Escrituras como Revelación divina de autoría del Espíritu Santo, creencia que le parecía propia a un pasado despreciable. Para él, la Biblia era un conglomerado de textos heterogéneos, escritos por distintos autores, que debía ser explicado en su sentido literal y crítico.2

La nueva perspectiva se vio reforzada por una innovación histórica en el pensamiento occidental: el espíritu científico. A principios del siglo XVIII, la razón y la crítica estrictamente científicas asumieron, por así decirlo, las riendas del estudio sobre la Sagrada Escritura, en busca de explicaciones sobre las «fuentes» y los «géneros literarios» de los libros bíblicos, a fin de deducir el proceso histórico de su composición.

Y no faltó gente que se aprovechara de ese método para atacar militantemente los Libros Sagrados, como Robert Challe, quien afirmaba que no había nada tan mal escrito como la Biblia, repleta de repeticiones inútiles y contradicciones.3

Esta tendencia se presentaba prometedora para los espíritus ávidos de revoluciones, porque abría las puertas a interpretaciones innovadoras sobre aquellos textos envueltos en el misterio, dejando a un lado la monótona hermenéutica tradicional y abrazando «el esfuerzo por establecer, en el campo de la Historia, un nivel de exactitud metodológica que provocaría conclusiones que tuvieran la misma certeza que en el de las ciencias naturales».4

Sin embargo, afortunadamente, el Papa León XIII condenó esos desvíos llamándolos artificio introducido «perversamente y con daño de la religión», por el cual «se juzga del origen, integridad y autenticidad de un libro solamente por las que llaman razones internas».5

La corriente «concordante»

En el siglo XIX despuntó otra corriente, que buscaba una concordancia científica y natural para todos los acontecimientos bíblicos. Se denominaba concordismo.

La presentación de Werner Keller6 para su libro Y la Biblia tenía razón expresa muy bien tal enfoque. Según afirma él, muchos datos descubiertos mediante la pesquisa arqueológica modificaron la manera de considerar la Biblia: de simples «historias piadosas», el Libro Sagrado alcanzó una nueva estatura, pasando a ser considerado un texto sobre acontecimientos reales.

Un ejemplo ilustrará mejor esta tendencia.

El relato bíblico narra con detalles la toma de Jericó por los hijos de Israel, por mandato de Yahvé (cf. Jos 2, 1-6, 25). Las ruinas de esta ciudad milenaria se encuentran en Tell es-Sultan y se convirtieron, desde comienzos del siglo pasado, en el escenario de arduas excavaciones, teorías y desmentidos…

Entre los años 1907 y 1909, el trabajo estaba a cargo de Ernst Sellin y Carl Warzinger, los cuales declararon que una gran muralla descubierta entre los escombros habría caído en el año 1200 a. C., época en que Josué tomó la ciudad. Investigaciones más precisas se pusieron en marcha, bajo la dirección de John Garstang, que halló vestigios de incendios y desmoronamientos. Sus deducciones se inclinaban a la destrucción de las murallas en el año 1400 a. C. Hubo otros estudios, dirigidos por el arqueólogo y sacerdote dominico Louis-Hugues Vincent; pero la británica Kathleen Kenyon tuvo el mérito de concluir: las murallas de Jericó habían sido reconstruidas diecisiete veces durante la Edad de Bronce, pues eran destruidas frecuentemente por terremotos o erosiones.

La interpretación concordante infirió entonces: «Quién sabe, esa poca resistencia de las murallas hizo eco a la leyenda transmitida por la Biblia, que cuenta cómo los hijos de Israel tuvieron que lanzar únicamente sus gritos de guerra y hacer sonar sus trompetas para conquistar Jericó».7

Luego, ¿dónde estaría la mano de Dios para salvar con poderío al pueblo elegido? ¿La Biblia sería la narración de hechos históricos y humanos, cubierta por un velo de religión, fruto de supersticiones y creencias anticuadas?

Por supuesto que no… El estudio científico de los hechos históricos narrados en la Sagrada Escritura debe circunscribir sus conclusiones a sus propias competencias.

La «mano de Dios» no se mide en pulgadas, el soplo del Espíritu Santo no genera energía eólica y la Biblia no es un libro de ciencias… Hemos de asumir con modestia que no toda verdad puede ser verificada en un laboratorio o yacimiento arqueológico, ni tampoco en la opinión unilateral de un científico.

Una teología separada de la exégesis

Con tantas y tan contradictorias teorías sobre la Biblia, algunos teólogos optaron por apartarse de la confusión «en busca de una teología que fuera lo más independiente posible de la exégesis».8 Procuraron tomar la Sagrada Escritura en su pureza literal, excluyendo cualquier esfuerzo de comprensión histórica.

Nuevamente, una desviación. Según un documento de la Pontificia Comisión Bíblica, dicha corriente, llamada fundamentalista, impone una lectura del texto sagrado «que rechaza todo cuestionamiento y toda investigación crítica»,9

negándose a aceptar que fuera expresado en un lenguaje humano, redactado por autores humanos, cuyas capacidades y recursos eran limitados. «Por esta razón, tiende a tratar el texto bíblico como si hubiera sido dictado palabra por palabra por el Espíritu y no reconoce que la Palabra de Dios fue formulada en un lenguaje y una fraseología condicionados por tal o cual época».10

La respuesta de la Iglesia ante la crisis

Si el fundamentalismo, el método histórico-crítico extremo y el concordismo constituyen planteamientos inapropiados de la Sagrada Escritura, ¿cuál es la recta posición ante la Palabra de Dios?

En primer lugar, debemos admitir que la Biblia no es un libro común, escrito para relatar la historia de un pueblo o de un hombre mitificado por las creencias de comunidades altamente religiosas. ¡De ninguna manera! Contiene un tesoro inigualable: la Palabra de Dios revelada y escrita.11

Es revelada porque Dios quiso manifestarse, dando a conocer el misterio de su voluntad a los hombres (cf. Ef 1, 9). Siendo así, nos compete venerar todo cuanto afirma la Biblia, como palabras del Espíritu Santo. Según el magisterio de la Iglesia, «los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra».12

Nuestra seguridad se basa en la virtud teologal de la fe, como una respuesta filial y obediente a Dios que se revela, con «plena obediencia de entendimiento y de voluntad»,13 abriendo la mente y el corazón a la acción del Espíritu Santo.14

La Revelación divina es una manifestación del amor de Dios; y el amor no se mide con experimentos científicos o métodos lógico-críticos. Esto equivaldría a querer calcular el cariño de una madre por su hijo o de un esposo por su esposa a través de utensilios de laboratorio.

Por otra parte, la Biblia es la Palabra de Dios escrita. El Espíritu Santo se valió de hombres como instrumentos materiales, los cuales, por inspiración divina, escribieron el mensaje de la salvación, cada uno con sus propias facultades y capacidades.15

En este sentido, el estudio científico juega un papel importante, junto con la hermenéutica exegética.

El método histórico-crítico y las pesquisas arqueológicas tienen la función de auxiliar al exégeta a comprender las coyunturas históricas, la mentalidad de la época, las costumbres en vigor y las expresiones idiomáticas que concurren a un entendimiento más profundo de la Sagrada Escritura.16

Tal estudio, no obstante, nunca podrá decidir sobre la veracidad de la Palabra de Dios o al respecto del valor de la Revelación, cuya interpretación pertenece, por mandato divino, a la Santa Iglesia Católica.17

¿Y las imprecisiones de la Biblia?

Se nos plantea aquí una cuestión: hay ciertas imprecisiones e incluso contradicciones en el texto sagrado.

Consideremos un ejemplo. Cuando el evangelista San Mateo describe el Sermón de las Bienaventuranzas, afirma: «Al ver Jesús el gentío, subió al monte…» (5, 1). Ahora bien, el mismo hecho es narrado de forma distinta por San Lucas: «Después de bajar con ellos, se paró en una llanura…» (6, 7).

Pergamino del mar muerto

Rollos del mar Muerto conservados en el Santuario del Libro, Jerusalén

Entonces, ¿dónde se realizó el sermón? ¿En un monte o en una llanura? ¿El divino Redentor subió o bajó antes de pronunciar aquellas palabras que impresionaron los siglos por la sabiduría y bondad con que se dirigió a los afligidos y los perseguidos?

Las explicaciones pueden multiplicarse, buscando una alegoría o un lapso en la dimensión humana de quien escribe el relato evangélico. Les corresponde a los exégetas estudiar el caso con métodos de rigor científico.

Sin embargo, con relación a la verdad revelada necesaria para nuestra salvación, no hay error ni discordancia entre los textos, pues, en el monte o en la llanura, la sustancia del mensaje divino no sufre distorsión. En este sentido, es oportuno recordar estas palabras de San Agustín: «El Espíritu de Dios, que hablaba por medio de ellos, no quiso enseñar a los hombres estas cosas que no reportaban utilidad alguna para la vida futura».18

Lo mismo sucede cuando en la Sagrada Escritura se intenta explicar un hecho físico o natural. En este caso, más que una precisa investigación del universo, los autores sagrados describen y tratan estos temas a modo de metáfora o como el lenguaje popular expresa lo que percibe por los sentidos —conforme observó Santo Tomás de Aquino19 al comentar el Libro del Génesis—, a fin de transmitir aquello que Dios quiso enseñar para nuestra salvación.20

Obediencia de la fe aliada a la ciencia

Pergamino del mar muerto

Rollos del mar Muerto conservados en el Museo Arqueológico de Jordania, Amán

Después de este breve repaso histórico y doctrinario, cabe considerar sucintamente el desenlace del hecho que dio origen al presente artículo: los descubrimientos en los alrededores del mar Muerto y su repercusión sobre los textos bíblicos del Nuevo Testamento.

La opinión de muchos estudiosos es que las investigaciones no afectaron a la comprensión de los textos y de la Revelación divina, ni aportaron hallazgos que exigieran la revisión de cualquier punto de la fe cristiana.21

No obstante, asombrosas aproximaciones de vocabulario, de costumbres y de convicciones escatológicas entre los escritos del Nuevo Testamento

y los manuscritos de Qumran arrojan luz sobre una relación entre los cristianos primitivos y la comunidad que habitaba aquellas regiones.22

En resumen, los estudios concurren a formar una idea inédita sobre parte de la sociedad en tiempo de Jesús, añadiendo preciosas informaciones a la historicidad de los textos sagrados. Pero no pudieron alterar lo concerniente al mensaje de la fe enseñado por la Iglesia.

El método científico se presenta, por tanto, como eficaz instrumento para el desarrollo exegético, siempre que esté en armonía con la fe, custodiada por la Santa Madre Iglesia. Por su parte, la exégesis depende en gran medida de la ciencia, en la comprensión de las circunstancias históricas y sociológicas, a fin de completar su investigación sobre los Libros Sagrados.

Como dos alas, fe y razón se unen bajo la dirección de la Iglesia para conducir a los hombres al conocimiento y a la posesión de la vida eterna. ◊

Autor: Max Streit Wolfring

 

Notas


1 RATZINGER, Joseph. La interpretación bíblica en conflicto. Sobre el problema de los fundamentos y la orientación de la exégesis hoy. In: LA POTTERIE, Ignace de et al. Exegese cristã hoje. Petrópolis: Vozes, 1996, p. 111.

2 Cf. GIBERT, SJ, Pierre. Petite histoire de l’exégèse biblique. De la lecture allégorique à l’exégèse critique. Paris: Du Cerf, 1997, pp. 213-215.

3 Cf. Ídem, pp. 223-224.

4 RATZINGER, op. cit., p. 118.

5 LEÓN XIII. Providentissimus Deus: DH 3286.

6 Cf. KELLER, Werner. E a Bíblia tinha razão. São Paulo: Círculo do Livro, 1978, pp. 18-19.

7 Ídem, pp. 179-180.

8 RATZINGER, op. cit., p. 113.

9 PONTIFÍCIA COMISIÓN BÍBLICA. L’interprétation de la Bible dans l’Église. In: FILIPPI, Alfio; LORA, Erminio (Ed.). Enchiridium Biblicum: Documenti della Chiesa sulla Sacra Scrittura. 3.ª ed. Bologna: EDB, 2004, p. 1258.

10 Ídem, ibídem.

11 Cf. CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 9: DH 4212.

12 Ídem, n.º 11: DH 4216.

13 CONCILIO VATICANO I. Dei Filius: DH 3008.

14 Cf. BENEDICTO XVI. Verbum Domini, n.º 25.

15 Cf. CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 12: DH 4218.

16 Cf. PÍO XII. Divino afflante Spiritu: DH 3831; CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 12; 23: DH 4217-4218; 4230.

17 Cf. CONCILIO VATICANO I. Dei Filius: DH 3007.

18 SAN AGUSTÍN. De Genesi ad litteram. L. II, c. 9, n.º 20. In: Obras. Madrid: BAC, 1957, v. XV, p. 645.

19 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 70, a. 1, ad 3.

20 Cf. LEÓN XIII. Providentissimus Deus: DH 3288.

21 Cf. VANDERKAM, James C. Los rollos del mar Muerto y el cristianismo. In: SHANKS, Hershel (Org.). Para compreender os manuscritos do Mar Morto. Rio de Janeiro: Imago, 1993, pp. 192-193.

22 Cf. Ídem, pp. 194-211.

Espiritualidad

El Profesor Felipe Aquino hizo una relación de 10 enseñanzas de San Pío de Pietrelcina.
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enero 20, 2022

El Profesor Felipe Aquino hizo una relación de 10 enseñanzas de San Pío de Pietrelcina y los publicó este 23 de septiembre, día en que la Iglesia conmemora este Santo.

Queda en la duda si son pensamientos que enseñan o si son enseñanzas que nos hacen pensar…

Lo que más importa es que estos pensamientos-enseñanzas descubren un alma a quien Dios dio dones particulares y carismas extraordinarios. Un alma que se empeñó con todas sus fuerzas por la salvación de las almas.

Diez enseñanzas del Santo Padre Pío

1 – No se preocupe con el mañana. Hágalo bien hoy.

2 – Si Jesús nos hace así felices en la Tierra, ¿cómo será en el Cielo?

3 – Si el temor lo deja angustiado, exclame con San Pedro: «¡Señor, sálveme!» Él le extenderá la mano: apriétela con fuerza y camine alegremente».

4 – Busque ser siempre mejor: hoy mejor que ayer, mañana mejor que hoy.

5 – Si el demonio no duerme para perdernos, Nuestra Señora no nos abandona ni un instante siquiera.

6 – Cuando desperdicia el tiempo, usted desprecia el don de Dios, el regalo que Él, infinitamente bueno, abandona a su amor y su generosidad.

7 – Sean como pequeñas abejas espirituales, que llevan para su colmena apenas miel y cera. Que, por medio de su conversación, su casa sea repleta de docilidad, paz, concordia, humildad y piedad.

8 – Haga siempre el bien, así dirán: «Este es un cristiano». Soporte tribulaciones,
enfermedades y dolores por amor a Dios y por la conversión de los pobres pecadores.

9 – Un convertido expresó el recelo de volver a caer. Padre Pío le dijo: «Yo estaré con usted. ¿Usted podría pensar, mi hijo, que yo dejaría recaer un alma que levanté? ¡Vaya en paz y tenga confianza! «

10 – Quien tiene tiempo no espere por el tiempo. No dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy. Las sepulturas transbordan de buenas acciones dejadas para después… Y, además de eso, ¿quién nos dice que viviremos hasta mañana? Escuchemos la voz de nuestra consciencia, la voz del real profeta: «Si oyes la voz del Señor hoy, no queráis cerrar vuestros oídos».

Debemos renacer y acumular solamente las riquezas que nos pertenecen, recordando que solamente el instante que escapa está bajo nuestro dominio. No podemos intercalar tiempo entre un instante y otro, después.

Autor : Gaudium Press

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