María Santísima

Última aparición: 13 de Octubre

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  Las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, son consideradas como las más proféticas apariciones de los últimos tiempos.

  En Fátima, la Santísima Virgen no se dirigió solamente a la generación de comienzos del siglo XX, sino, sobre todo, a las que vinieron después.

  Y a medida que las décadas fueron pasando y el segundo milenio fue agonizando entre aprensiones y tragedias, las palabras proféticas de la Madre de Dios se tornan más reales.

  Ya en la época de las apariciones de Fátima, en los primeros años del siglo XX, los acontecimientos mundiales hacían entrever lo que sería la triste historia contemporánea. Por un lado, un progreso material casi ilimitado, parejo a una decadencia en las costumbres como nunca se vio antes.

  Por otro lado, guerras y convulsiones sociales de proporciones terribles. La Primera Guerra Mundial fue un ejemplo de esa realidad, ampliamente superada por la Segunda Guerra Mundial y por todo cuanto la siguió.

  A todos esos males, como Madre solícita y afectuosa, María Santísima quiso poner remedio, evitándoselos a sus hijos. Por eso descendió del Cielo a fin de alertar a la humanidad de los riesgos que corría si continuase en las vías tortuosas del pecado. Vino, al mismo tiempo, a indicar los medios de salvación: el rezo del Rosario, la práctica de los Cinco Primeros Sábados, la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Antes del 13 de Octubre.

Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más.

“Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día

Aunque breve, la aparición de la Virgen dejó a los pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.

Sexta y última aparición: 13 de octubre de 1917

  Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal.

  Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió:

“Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

– Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas.

– Quería pedirle muchas cosas. Si curaba unos enfermos y convertía unos pecadores…

– A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados.

  Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

  Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol”.

  Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: “¡Miren el sol!”. Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata.

  A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a “bailar”. Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones.

Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zig-zag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada.

  Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zig-zag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días.

  El ciclo de las visiones de Fátima había terminado. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: “¡El milagro, los niños tenían razón!”. Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas.

  El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones.

  Casi se podría decir que, cuanto más importante es el acontecimiento previsto, tanto mayor la grandeza de las señales que lo preceden, la autoridad de los profetas que lo anuncian, y el tiempo de espera.

  Es fácil, a la luz de esta regla, evaluar la importancia de las previsiones de Fátima, pues quien nos las anuncia no es un ángel, ni un gran santo, sino la propia Madre de Dios.

Lacrimación de una Imagen Peregrina de los Caballeros de la Virgen en Centroamérica.

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Espiritualidad

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septiembre 12, 2021

Una humanidad perseverante en su impiedad tiene todo para esperar el rigor de Dios. Pero Dios, que es infinitamente misericordioso, no desea la muerte de esa humanidad pecadora, sino «que se convierta y viva». Y por eso su gracia insistentemente va en busca de todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y regresen al redil del Buen Pastor.

Si no existieran catástrofes que una humanidad impenitente no debiera temer, no existirían misericordias que una humanidad arrepentida no podría esperar. Y para ello no es necesario que el arrepentimiento haya consumado su obra restauradora.

Basta que el pecador, aun en el fondo del abismo, se vuelva hacia Dios con un simple inicio de arrepentimiento eficaz, serio y profundo, para que encuentre inmediatamente el auxilio de Dios, que nunca se ha olvidado de él.

Lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: aunque tu padre y tu madre te abandonaran, yo no me olvidaré de ti. Hasta en los casos extremos en que el paroxismo del mal llega a agotar la propia indulgencia materna, Dios no se cansa.

Porque la misericordia de Dios beneficia al pecador incluso cuando la justicia divina lo hiere con mil y una desgracias en el camino de la iniquidad.

Estas dos imágenes esenciales de la justicia y de la misericordia divinas deben ser constantemente puestas ante los ojos del hombre contemporáneo.

De la justicia, para que no suponga temerariamente salvarse sin méritos. De la misericordia, para que no desespere de su salvación siempre y cuando desee enmendarse. Y, si las hecatombes de nuestros días ya hablan tan claramente de la justicia de Dios, ¿qué mejor visión para contemplar este cuadro que el sol de la misericordia, que es el Sagrado Corazón de Jesús?

Plinio Corrêa de Oliveira. Nossa Senhora do Sagrado Coração.

In: «O Legionário». São Paulo. Año XIV. N.º 410 (21/7/1940); p. 2.

Santos

¿De dónde viene la costumbre particular, de pedir a San Blas la cura de las enfermedades de la garganta?
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febrero 4, 2022

Vida de San Blas .

Este día recordamos la vida de San Blas, venerado desde Oriente hasta Occidente, que nació en Armenia, en el siglo III, fue médico y obispo en Sebaste. Como doctor, usaba sus conocimientos para rescatar la salud, no sólo del cuerpo, sino también del alma, pues se ocupaba de la evangelización de sus pacientes.

Cuando las persecuciones comenzaron bajo el Emperador Diocleciano (284 – 305). San Blas huyó a una caverna donde cuidó algunos animales salvajes.
 

Un día, los soldados de Agrícola, gobernador de Capadocia, buscaban fieras y bestias en los campos de Sebaste, para martirizar a los cristianos en la arena, y se encontraron a muchos animales feroces de todas las especies: leones, osos, tigres, hienas, lobos y gorilas conviviendo en la mayor armonía.

Mirando estupefactos y asombrados, se preguntaban que era lo que ocurría, cuando de una negra gruta surgió, de la oscuridad a la luz, un hombre caminando entre las fieras, levantando la mano, como bendiciéndolas. Tranquilas y en orden regresaron para sus cuevas y lugares de donde vinieron.

Un enorme león de melena rubia permaneció en el lugar. Los soldados muertos de miedo, lo vieron levantar una pata y poco después, San Blas se aproximó para extraerle una astilla que tenía clavada. El animal, tranquilo, se fue.

Al enterarse del hecho, el gobernador Agrícola ordenó capturar al hombre de la caverna. Blas fue puesto preso sin la menor resistencia.

Al no conseguir doblegar al santo anciano, que rechazó adorar a los ídolos paganos, Agrícola ordenó castigarlo con latigazos y que después lo encerrasen en la más negra y húmeda de las mazmorras.

En varias ocasiones el santo fue llevado delante de Agrícola, pero siempre perseveraba en la fe de Jesucristo. En represalia era torturado.

Movido por su fidelidad y amor a Nuestro Señor Jesucristo, San Blas curaba y bendecía.

Siete mujeres que cuidaron sus heridas – provocadas por los suplicios de Agrícola – fueron también castigadas. Después el gobernador fue informado que ellas habían lanzado sus ídolos al fondo de un lago cercano, y mandó matarlas.

San Blas fue torturado con hierros candentes y después fue decapitado.

san blas

Origen de la bendición de San Blás

Una pobre mujer, afligida y desconsolada, rompió como pudo por medio de la muchedumbre, y llena de confianza se arrojó a los pies del santo, presentándole a un hijo suyo que estaba agonizando por una espina que se le había atravesado en la garganta, y sin remedio humano le ahogaba.

Compadecido el piadoso obispo del triste estado del hijo y del dolor de la madre, levantó los ojos y las manos al cielo, haciendo esta fervorosa oración:

San Blas

«Señor mío, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, dignaos oír la humilde petición de vuestro siervo y restituid a este niño la salud, para que conozca todo el mundo que sólo Vos sois el Señor de la muerte y de la vida.

Y pues Vos sois el Dueño soberano de todos, misericordiosamente liberal para con todos cuantos invocan vuestro santo nombre, humildemente os suplico que todos los que en adelante recurrieren a mí para conseguir de Vos, por la intercesión de vuestro siervo, la curación de semejantes dolencias, experimenten el efecto de su confianza y sean benignamente oídos y favorablemente despachados».

Apenas acabó el santo su oración, cuando el muchacho arrojó la espina y quedó del todo sano. Éste es el origen de la particular devoción que se tiene a San Blas en todos los males de garganta.

San Blas un ejemplo para de santidad.

Blás, brasa, llama de amor de Dios, de la fe, de amor al prójimo. La vida heroica de San Blas es un estimulo para que mantengamos también en nuestras almas encendida la brasa de la fe, que en medio de las tinieblas siempre arda el celo, fidelidad y valentía en favor del bien.

Sus reliquias se encuentran en Brunswick, Mainz, Lubeck, Trier y Colonia en Alemania. En Francia en Paray-le-Monial. En Dubrovnik en la antigua Yugoslavia y en Roma, Tarento y Milán en Italia.

Oración a San Blas

Oh! Grandioso San Blas, acudo ante ti como médico por excelencia para que me des tu intercesión Divino San Blas, obispo y mártir, para que Dios me libre de las dolencias de la garganta que estoy padeciendo en estos momentos y me cuide y libere de cualquier otro mal. En el Nombre de nuestro Señor Jesucristo que vive y reina en todos nosotros. Amén.

Ángeles, Destacados

La iconografía de los Ángeles del Renacimiento y del barroco, así como ciertas imágenes muy difundidas en el siglo pasado no representan auténticamente los espíritus angélicos; los de la Edad Media y los de Fray Angélico expresan la realidad.
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mayo 21, 2022

El tratar sobre los Ángeles, debemos establecer antes algunos principios que nos ayudarán a profundizar sobre el asunto.

Monasterio del monte Saint-Michel.

El primer principio que conviene recordar es el siguiente: la Providencia está permitiendo al demonio tener un atrevimiento y una amplitud de acción como jamás se vio a lo largo de la Historia. Es normal que tengamos muchas y variadas impresiones a respecto del pasado. La Historia narra los acontecimientos más extraños, más censurables, más condenables. Entretanto, cuando comparamos esos acontecimientos con algunos que se dan en el mundo contemporáneo, vemos que el pasado era simplemente cristalino y encantador, inclusive en sus aspectos más censurables, en comparación con los lados reprobables del presente.

Hace dos mil años la Iglesia rinde culto a los santos Ángeles y, de vez en cuando ellos se aparecen y se manifiestan. Recordemos el Monasterio de Saint-Michel, en Francia, el cual visto en su totalidad es como que la fotografía, en piedra, de un espíritu angelical.

Aquella punta que se yergue, la abadía con sus varias construcciones, junto a aquel mar lleno de variedades, ora más mar que tierra, ora más tierra que mar, a veces restos de mar empozado en medio de brazos de tierra que se van secando y emergiendo en medio de todo aquello; y después se siente un viento aullando y silbando en la parte del mar que es siempre mar. En medio de todo esto el Monasterio de Saint-Michel de pie, solemne, tranquilo y firme, agarrando y dominando las rocas, mostrando a los mares la inutilidad de sus movimientos y con su flecha apuntando al cielo.

Como el espíritu humano conoce mejor las cosas por medio de contrastes, vamos a tomar ciertas nociones comunes y corrientes, poco precisas e infelizmente un tanto infantiles a respeto de los Ángeles, presentes en la mentalidad de todo mundo – oriundas de una apreciación muy sumaria del tema -, y transponerlas para lo que imaginamos de un Ángel. Así trataremos de tener alguna idea de aquellos Ángeles cuya venida e intervención esperamos. Queda así indicada nuestra meta, y nuestras almas, al menos por unos instantes, apuntarán a la hora de su venida, como la torre del campanario del Monte Saint-Michel.

Ángel gordiflón y despreocupado...

¿Cuáles son las ideas que existen a respeto de los Ángeles? El niño recibe y forma una noción sobre la figura del Ángel correspondiente a las ideas que sus padres – y también el párroco – tienen del Ángel. Sobre todo, el niño sabe de un modo instintivo y confuso que, en último análisis, el papá y la mamá ratifican con el sacerdote sus ideas sobre Religión. De manera que juzga más o menos subconscientemente que toda estampa, toda medalla, toda figura que represente a un Ángel, representa la enseñanza de la Iglesia Católica sobre el Ángel.

Entonces debemos reportarnos a las imágenes, a las estampas, a las cosas habituales a respecto de los Ángeles – y que no son muchas. Podemos pensar un poquito también en los magníficos Ángeles de la Edad Media, pasando muy rápidamente por los Ángeles del barroco. Consideremos, en primer lugar, cómo los Ángeles eran presentados en nuestra infancia.

Había dos casas en São Paulo, en el centro viejo, que vendían relojes, algunas joyas y objetos religiosos de lujo: la Joyería Michel y la Casa Benito Loeb. Aquella imagen del Corazón de Jesús que hay en mi residencia, por ejemplo, fue comprada en una de esas tiendas. Yo recuerdo que la comercialización de artículos religiosos para niños de mi tiempo, era realizada por esas dos casas. Y eran, en general, fábricas francesas que enviaban esos objetos a São Paulo.

Entonces, me recuerdo de un medallón que representaba un Ángel y que me llamó mucho la atención. Era circular, bueno para regalarle a una señora que acaba de tener un hijo, para colgarlo en la cabecera de la cuna; para agradar a un bebé de tres, cuatro, cinco años que está de cumpleaños; adecuado también para darle a un niño un poco mayor que recibe la Primera Comunión. No recuerdo más si ese medallón era mío o de mi hermana o de alguno de mis primos. Sé que ese medallón convivió conmigo. Y en la intimidad de una infancia entre parientes, en que la propiedad individual existe confusamente y los objetos son intercambiados, y que pasan del cajón de uno a la mano del otro, en ese remolino, tengo la impresión de que acabó siendo mío, pero no estoy seguro.

Era un Ángel tipo, todavía, Belle Époque: gordiflón, con el rostro relleno, cabellos ligeramente ondulados, brazos bien rollizos, rellenos, y una cara de entera tranquilidad, inclinado sobre algo que era como que la base del medallón, tendiendo un poco al tedio, incapaz y sin deseos de cualquier esfuerzo. Como quien mira desde una terraza hacia un punto vago, sin interés en la escena que se desarrolla abajo y dice: «¡Yo ya combatí en mi batalla y ahora estoy aquí gozando; usted arrégleselas como pueda!»

Recuerdo que yo miraba al Ángel y me venía al espíritu una leve perturbación, en el siguiente sentido: «Si un Ángel es así y conociera bien el interior de su alma, no concordaría con usted; porque usted tiene a respecto del Ángel unas ideas que esta imagen no simboliza.

Luego, o esas ideas son contra la realidad de lo que es un Ángel y usted está equivocado, o ellas coinciden con la realidad; pero entonces el que está incorrecto es aquel Ángel y, por tanto, alguna cosa no encaja bien en esto.» La salida era, naturalmente: «Yo voy a indagar.» Y miraba, miraba, miraba para ver si encontraba en el Ángel alguna cosa que tuviese relación con eso.

...o sentado sobre una nube y tocando harpa

Entonces, una primera idea a respecto de los Ángeles: vida ya realizada, sin futuro, en una eternidad sin grandes atractivos, con un cierto fondo de aburrimiento. ¡Esfuerzo, no! Pero otros cuadros, otras cosas de un arte religioso que ya caminaba a grandes pasos hacia su decadencia, afirmaban eso.

Por ejemplo, cuadro clásico, tantas veces comentado entre nosotros: Ángeles sentados encima de nubes, sobre un cielo azul, tocando harpa. ¿Cuándo acabará de tocar el harpa? ¿Cómo es que esa nube no se hunde?

Al final se tiene la impresión de que ellos estaban pintados con una cara animada, a manera de personas muy bien educadas que estaban atravesando por una etapa de tedio, con aire distraído, pero que en el fondo estaban fastidiados…

Por otro lado, está la idea recta, insinuada, de que ellos son de una naturaleza enteramente superior a la nuestra, presentados en carne y hueso apenas porque el arte no puede pintar el puro espíritu, pero que gozan de la presencia de Dios y de la familiaridad en los inefables del Altísimo y que son muy bien intencionados, muy bien dispuestos en relación a los hombres. Listos a ayudar, a socorrer.

Me hice adulto y las imágenes de Ángeles se fueron repitiendo dentro del mismo estilo. Recuerdo una estampa impresa, bastante popular colocada en el locutorio de un convento que frecuenté mucho, representando un chiquillo atravesando un puente, y el Ángel de la Guarda, por detrás, tomando actitudes para que no se cayera del puente, con una solicitud, un desvelo extraordinario.

Yo miraba y pensaba: «Esa imagen insinúa, sin afirmarlo explícitamente, que el Ángel se preocupa mucho para que el chiquito no se quiebre la pierna, pero de que no peque y ame verdaderamente a Dios, no estoy viendo mucha preocupación. Es más o menos un vigilante. ¿Dónde está el celo del Ángel por la causa de Dios?« No formulaba esto a la manera de censura, sino de perplejidad. Era algo que no encontraba. Entonces, suspendía mi juicio y decía: «No, después veremos.»

Los Ángeles de Fray Angélico.

Algo importante en mi vida fue mi encuentro con los Ángeles de la Edad Media y, sobre todo, con los de Fray Angélico. Y reflexioné: «Aquí hay algo con otro pensamiento, otra altura, otra clase, diferente de aquellos Ángeles que había visto, de una iconografía decadente. Ahora, como Fray Angélico es beato, todo lo hizo bien».

Pero ahí venía otra perplejidad: los Ángeles de Fray Angélico, los de mis recuerdos, están siempre en la bienaventuranza eterna, expresada, es verdad, de una manera perfectamente delicada, noble, sobrenatural, de conmover el alma. Y fue ese el aspecto de los Ángeles que Fray Angélico quiso presentarnos. Yo puse en una de nuestras salas más nobles cuatro copias de Ángeles pintados por él, y me alegro que estén allá. Corresponden a la imagen que yo tendría a respeto de un Ángel.

¿Pero sólo en aquella postura? ¿No hay otras? ¿No relucen en los Ángeles también otras perfecciones que mi alma busca hace mucho tiempo? ¿Cómo son esas perfecciones?

Apenas una idea me quedó en el espíritu: ¿Por qué Fray Angélico los pinta así? El mismo vivió en un período en que la Edad Media ya iba caminando hacia su decadencia, y el heroísmo de los guerreros medievales tenía cualquier resto aún de ferocidad salvaje. Europa iba a hundirse, en breve, en lo que se llama la anarquía feudal, o sea, la explosión de rebeldía de los señores contra sus reyes, de los señores menores contra los señores mayores y una disputa tremenda de unos contra otros, en parte, un fermento de ferocidad revolucionaria que comenzaba a crepitar, y de otro lado una disposición de alma para la lucha que había sido llevada más allá del meridiano común.

Naturalmente se comprende que Fray Angélico no podría presentar a una humanidad así, unos Ángeles en plena acción de batalla, pues acabaría por incitar a algo que no convenía estimular. En aquel tiempo, los Ángeles deberían inspirar mansedumbre, ser distendidos, convidando a la dulzura. Así como San Francisco Solano que tocando el violín tranquilizaba a los indios del Perú; y se comprende que el Santo no les enseñara marchas guerreras, pues ellos ya tenían aquello burbujeando en exceso. Así se entiende porque Fray Angélico pintó de esa forma sus muy admirados Ángeles.

Ángeles del Renacimiento.

A veces vemos pinturas o esculturas de Ángeles del Renacimiento – y del Barroco, continuador en algunos sentidos del Renacimiento – y no sabemos si representan cupidos paganos… Hubo el caso de un gran pintor del Renacimiento, a quien un romano famoso le encargó un San Juan Bautista increpando a los fariseos. El artista dijo que tenía uno casi terminado y podría entregárselo en poco tiempo, digamos en diez días. De hecho, pasado ese plazo, el cuadro estaba terminado.

¿Cómo se explica que un cuadro, que exige mucho tiempo para pintarse – no debido a las pinceladas, sino porque se debe reflexionar en cada trazo, pues se trata de una verdadera composición -, estaba listo en diez días?

Él había pintado un Baco, el Dios indigno del vino y de la borrachera. Como no encontró comprador, le pintó por encima una piel de camello para cubrir un poquito a Baco y, con la misma expresión de fisonomía del Dios de la borrachera, lo presentó como siendo San Juan Bautista.

Se comprende perfectamente que Ángeles concebidos en esa escuela de arte no tengan nada de católico. Son una deformación del concepto de Ángel.

Entonces, debemos dejar de lado esas nociones, conservar en la retina los Ángeles de Fray Angélico y preguntar: Si uno de esos Ángeles se enojara, ¿qué expresión fisonómica tomaría? ¿Colocado frente al mal, a la Revolución, que aspecto tendría?

Esto nos podría dar alguna idea de cómo sería un Ángel, caso lo viésemos. Así preparamos nuestro espíritu para una reflexión sobre cómo debe ser un Ángel.

Plinio Corrêa de Oliveira. Extraído de conferencia del 6/12/1980

Santos

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad.
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febrero 12, 2022

¡Lourdes!

¿Dónde encontraremos las palabras que alcancen a explicar todo cuanto ese nombre significa para la piedad católica en el mundo entero? ¿Quién podrá traducir en palabras el ambiente de paz que envuelve la gruta sagrada en la cual, hace más de 150 años, vino la Santísima Virgen para estar con la humilde Bernardette e inaugurar, de modo definitivo, un nuevo vínculo con la humanidad sedienta de consuelo y de paz?

Por designio de la Divina Providencia, a ese lugar se asoció una acción intensa de gracia, especialmente capaz de transmitir a los millares de peregrinos, venidos de lejos, la certeza interior de que sus oraciones son benignamente oídas, sus dramas apaciguados, y sus esperanzas fortalecidas. En efecto, a lo largo de este siglo y medio, las ásperas rocas de Massabielle se han convertido en palco de las más espectaculares conversiones y curas, legando a la Santa Iglesia Católica un tesoro espiritual de valor incalculable.

En Lourdes tales curas y conversiones se revisten de una grandiosidad peculiar, delante de la cual nuestra lengua enmudece. Allí está, delante de todos, la sublimidad del milagro. Mientras tanto, no se puede hablar de Lourdes sin recordar con veneración a la protagonista ligada de modo indisociable a esa historia de bendición y misericordias.

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad a los llamamientos a la conversión y penitencia, que aquellos días fueron lanzados por la Reina de los Cielos, y que habrían de llegar a los más alejados rincones de la Tierra.

Santa Bernardita. Infancia marcada por la Fe

Bernardette nació en un siglo de profundas transformaciones. Animada, por un lado, por la oleada de devoción mariana que el pontificado del Beato Pío IX estaba suscitando, la segunda mitad del siglo XIX presenciaba el avance insolente del ateísmo y del materialismo.

Los espíritus estaban divididos y, a fin de actuar precisamente en esa encrucijada de la Historia, María Santísima quiso servirse de la hija primogénita del matrimonio Soubirous.

¡Qué alejados, pues, de esta suerte de consideraciones, estaban François y Louise, el 7 de enero de 1844! Ese día les nacía su hija Bernardette en el Molino Bolli, en las cercanías de Lourdes, durante los días felices de abundancia que ellos allí pasaron.

La niña fue bautizada, recibiendo el nombre de su madrina Bernarde, al que se sumó el de Nuestra Señora que se le habría de aparecer. Marie- Bernarde, es como se llamaba Bernardette, que no escapó al diminutivo cariñoso que le acompañaría por el resto de su vida.

Santa Bernardita
Santa Bernadette Soubirous
La imagen de arriba y abajo

En el Molino Bolli transcurrió su primera infancia, marcada por una religiosidad auténtica y sincera, además de la frecuencia a los sacramentos, la oración en conjunto a los pies del crucifijo era una eximia práctica de los principios cristianos a la que correspondían como un deber moral el matrimonio de campesinos. Bernardette creció, por así decir, respirando la santa fe católica del mismo modo que respiraba el aire puro de la montañosa región de los Pirineos.

La miseria visitó el hogar de los Soubirous.

La época era difícil y los negocios de François Soubirous iban mal. A los ocho años de edad Bernardette se trasladadó a un molino más sencillo, y al cabo de tres años alquilaron una cabaña al lado del camino. Ya crecida, ella acompañaba las progresivas desgracias de los padres y enfrentaba, con admirable resignación, la situación de indigencia a la que se vieron reducidos en 1856, hasta el punto de tener que mudarse hasta la antigua cárcel de Petits- Fósees: un cubículo húmedo y pestilente que las autoridades habían juzgado inadecuado hasta para los presos.

La pobreza allí era completa. El habitáculo medía menos de cinco por cuatro metros y la familia no poseía absolutamente nada excepto el mobiliario más indispensable y las ropas. La luz del sol nunca penetraba en el lugar, marcado por la reja de la ventana y por el cerrojo de la pesada puerta -reminiscências del antiguo calabozo. Allí vivían los padres y los cuatro hijos, constantemente atormentados por el hambre.

bernardita

Cuando conseguían comprar pan, la madre lo dividía entre los pequeños, que aún así se sentían insatisfechos. Bernardette, no pocas veces, se privaba de su pequeña parte a favor de los más jóvenes, sin nunca demostrar el menor desacuerdo por eso. Por la noche, sin conseguir dormir, atormentada por el asma, Bernardette lloraba. La causa principal de aquél desahogo, sin embargo, no era la enfermedad o las duras privaciones materiales.

El único deseo de la angelical niña era hacer la primera comunión, pero la necesidad de cuidar de los hermanos y de la casa le impedía frecuentar el catecismo, aprender a leer y a escribir y hasta hablar el francés. De hecho, cuando la Santísima Virgen le dirigió la palabra, lo hizo en patois, el dialecto de la región de Lourdes.

Si Bernardette deseó algo para sí misma, en los días de su infancia, fue únicamente recibir el Santísimo Sacramento, el Señor ofendido por los pecados de los hombres, que ella aprenderá tan pronto a consolar.

Días de pastoreo en Bartrès.

Las pocas veces que Bernardette frecuentó las aulas de catecismo en Lourdes fueron desaprovechadas, porque no conseguía acompañar al resto, más jóvenes y adelantadas que ella. Louise Soubirous estaba preocupaba por la hija, de 13 años, que todavía no había hecho la primera comunión, y resolvió pedir a su amiga, María Lagües, que la aceptase en Bartrès -aldea no muy distante de Lourdes- con el objetivo de que Bernardette allí pudiese frecuentar las aulas de catecismo.

Por consideración y amistad, María Lagües la recibió en su casa, pero no fue tan fiel a su promesa como sería de esperar -enseguida ocupó a Bernardette en los servicios de la casa y en el cuidado de los hijos. Y su marido encontró en ella su pastora ideal para su rebaño de corderos. Fue en ese periodo de pastoreo cuando Bernardette se solidificó en la oración, durante las largas horas transcurridas en el más completo silencio en medio del privilegiado panorama Pirenaico. Contemplativa, ella montaba un pequeño altar en honra de la Santísima Virgen y allí pasaba horas de gran fervor recitando el Rosario, la única oración que conocía.

Un hecho que le ocurrió a Bernardette en esta época demuestra la pureza cristalina de su corazón. Cierto día, cuando François Soubirous fue a visitar a su hija, la encontró triste y cabizbaja. Le preguntó qué era lo que le afligía. – Todos mis corderos tienen los costados verdes- respondió ella.

El padre, dándose cuenta de que se trataba de la marca hecha por un intermediario, hizo un comentario gracioso: – Ellos tienen los costados verdes porque comieron mucha hierba. – ¿Y pueden morir? -preguntó asustada Bernardette. – Tal vez… Apenada, comenzó a llorar en el mismo instante, entonces el padre le contó la verdad: – Vamos, no llores. Fue el intermediario que los marcó así.

Más tarde, cuando le llamaron boba por haber creído en semejante disparate, su respuesta constituyó una demostración involuntaria de su elevada virtud: – Yo nunca mentí; no podía suponer que aquello que mi padre me decía no era verdad. Los días pasaban lentamente en la pequeña aldea, y ya habían pasado siete meses desde la llegada de Bernardette.¡Cuánta esperanza de aproximarse a la mesa eucarística traía en la llegada, y qué decepción experimentaba, después de las pocas aulas de insignificante instrucción! Aquella espera interminable la afligía, pero, como todo en la vida del hombre, fue permitido por Nuestro Señor.

«Sufre los retrasos de Dios; dedícate a Dios, espera con paciencia, con el fin de que, en el último momento, tu vida se enriquezca» (Eclo 2, 3) Esas palabras, desconocidas para Bernardette, significaban exactamente como Dios procedió con respecto a ella. Al mismo tiempo en que la gracia inspiraba en su alma un ardiente deseo de las cosas elevadas, éstas parecían serle retiradas.

Con eso, su ansia se robustecía, y todo lo que era terrenal empezaba a ser poco a sus ojos, cada vez más aptos para comprender las realidades sobrenaturales. Como suele pasar con las almas que Dios prueba por medio de largas esperas, le estaban reservadas gracias mucho mayores.

Celestial sorpresa.

De vuelta a la casa paterna, Bernardette retomó los antiguos quehaceres.

En la mañana inolvidable del 11 de febrero de 1858, salió con la hermana Toinette y la amiga Jeanne Abadie para el bosque, con el fin de recoger leña para la chimenea y huesos que vender para comprar algún alimento. Anduvieron bastante hasta llegar a la gruta de Massabielle, donde Bernardette nunca había estado. En el momento en que las despiertas niñas atravesaban el agua helada del río Gave, Bernardette se preparaba para hacer lo mismo.

gruta lourdes
Gruta de las Apariciones

Ésta es la narración de Bernardette de lo que entonces sucedió: «Escuché un barullo, como si fuese un rumor. Entonces, volví la cabeza hacia la orilla del prado; vi que los árboles no se movían en absoluto. Seguí descalzándome. Volví a escuchar el mismo barullo. Levanté la cabeza, mirando hacia la gruta. Vi a una Señora toda de blanco, con el vestido blanco, un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie, del color de la cadena de su rosario: las cuentas del rosario eran blancas»

Era la Santísima Virgen que le sonreía y le llamaba para que se aproximara. Temerosa, Bernardette no se adelantó, sino que sacó su tercio y comenzó a rezar. Lo mismo hizo la «bella Señora», que aunque no moviese los labios la acompañaba con su propio rosario. Después, al terminar el Rosario, Ella desapareció.

La impresión que esa primera aparición produjo en Bernardette fue profunda. Sin reconocer en Ella a la Madre celeste, la niña se sentía irresistiblemente atraída por esa figura tan amable y admirable, en la cual no podía parar de pensar. Cuando una monja le preguntó, años más tarde, en la enfermería del convento, si la Señora era bella, ella respondió: – ¡Sí! ¡Tan bella que, cuando se ve una vez, se desea la muerte sólo para volver a verla!

Dieciocho encuentros en Massabielle.

Por más que Bernardette hubiese pedido que guardaran el secreto a sus dos compañeras, a las que contó lo que viera, ellas no se mantuvieron calladas en ningún momento.

Poco más tarde, eran decenas de personas las que comentaban en la vecindad el sobrenatural acontecimiento. Y era apenas El comienzo: la impresionante popularidad de las apariciones asumió proporciones tales, que el día 4 de marzo, estaban junto a Bernardette nada menos que 20.000 peregrinos.

Antes de cada visita de Nuestra Señora, Bernardette sentía un enorme deseo de ir a Massabielle. Fue lo que ocurrió los días 14 y 18 de febrero, cuando un presentimiento interior la condujo hasta la gruta. En la segunda aparición, la Virgen Santísima permaneció nuevamente en silencio; dijo apenas alguna palabra el día 18, como nos lo narra la obediente niña: «La Señora sólo me habló en la tercera vez. Me preguntó si quería ir allí durante 15 días. Le respondí que sí, después de pedir permiso a mis padres»

El santuario de Lourdes es uno de los mayores centros de peregrinación del mundo católico, acogiendo cerca de 6 millones de peregrinos todos los años

La quincena de apariciones, que se dio entre el 18 de febrero y el 4 de marzo, con excepción de los días 22 y 26, constituyó el gran foco de irradiación del mensaje confiado a Bernardette. Cada día se multiplicaba el número de asistentes que emprendían penosos viajes, atraídos por los celestiales coloquios. Aunque nadie más que Bernardette viese a la «Señora», todos sentían Su presencia y se conmovían con los éxtasis de la campesina.

– Ella no parecía de este mundo -dijo un testigo. Las palabras de Nuestra Señora no fueron muchas, aunque de expresivo significado. Dijo a Bernardette el mismo día 18: «No prometo hacerte feliz en este mundo, pero sí en el otro». Y otras veces: «Yo quiero que venga aquí mucha gente». «¡Pide a Dios por los pecadores! ¡Besa la tierra por los pecadores!». «¡Penitencia, penitencia, penitencia!». «Ve y di a los sacerdotes que construyan aqui una capilla. Quiero que todos vengan en procesión». Todavía durante la quincena, la Reina de los Cielos confió tres secretos y enseñó una oración a Bernardette, que ella recitó con insuperable fervor todos los días de su vida.

Después de un largo silencio con respecto a su identidad, la Señora reveló su nombre a Bernardette en la decimosexta aparición, el 25 de marzo de 1858: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Era una solemne confirmación del dogma proclamado por el Beato Pío IX cuatro años antes; la pureza de doctrina sería coronada, de aquí en adelante, por la belleza de los milagros.

Transformada por Nuestra Señora.

Uno de los criterios de prudencia adoptados por la Santa Iglesia para verificar la autenticidad de las revelaciones como las que recibió Bernardette, es observar atentamente la conducta de los videntes. En ellos, se refleja invariablemente la veracidad y el tenor de lo que dicen ver: su testimonio personal es decisivo.

Los enfermos no tardaron en servirse de ella y las curas inexplicables se iniciaron el 1 de marzo. Enfermos desahuciados «por la razón y por la ciencia» veían sus males desaparecer en un instante, y los argumentos de innumerables corazones reticentes se transformaron en cánticos de fe.

Cuando Bernardette, más tarde, probó esta agua para sus penosas dolencias, no le fue eficaz. Le preguntaron, entonces: – Esa agua cura a otros enfermos: ¿Por qué no te cura a ti? – Tal vez la Santísima Virgen quiera que yo sufra- fue su respuesta.

Lourdes aguas

De hecho, su vocación era sufrir y expiar por la conversión de los pecadores. La fuente no era para ella. Esa hija predilecta de María comprendió con profundidad su singular llamada.

Todo cuanto habría de padecer física y moralmente de ahí en adelante -que no fue poco- ella deseaba unirlo a los méritos infinitos del Redentor crucificado, para que fuese pleno el efecto de las gracias derramadas en la gruta. Nunca un murmullo, una queja o un acto de impaciencia se desprendieron de sus resignados labios, acostumbrados al silencio y a la inmolación.

En el asilo de Nevers.

Después del ciclo de las apariciones, todos querían ver a Bernardette y tocarla. Le pedían bendiciones, le robaban reliquias… Hombres ilustres emprendían largos viajes para conocerla y altas figuras eclesiásticas no escondían su admiración delante de ella.

Pero, ¡cuánto le hacían sufrir por causa de eso! En su acrisolada humildad, Bernardette se sentía incómoda delante de tantas manifestaciones de deferencia. Su mayor deseo era ser olvidada, quería que sólo la Virgen Santísima fuese objeto de encanto y amor. En Lourdes, ella vivió todavía nueve años en el Asilo, administrado por las Hermanas de la Caridad y de la Instrucción Cristiana, de Nevers.

Ayudaba en la atención a los enfermos, en los servicios de la cocina, cuidando de los niños. A los 23 años partió hacia la Casa Madre de la Congregación, en Nevers, deseando ávidamente la vida de recogimiento y oración: – Vine aquí para esconderme -dijo.

Sus trece años de vida religiosa fueron acentuados por la práctica de todas las virtudes y, de modo especial, el desprendimiento de sí misma y el amor al sufrimiento. De ese período, pasó nueve años de ininterrumpidas enfermedades: el asma inclemente, un doloroso tumor en la rodilla, que evolucionó hasta una terrible infección de los huesos. El día 16 de abril de 1879, a los 35 años de edad, ella entregó su alma al Creador.

"Me encontraréis junto al peñasco"

Sus restos mortales incorruptos constituyen uno de los más bellos vestigios de la felicidad eterna que Dios haya otorgado a los pobres mortales en este Valle de Lágrimas.

Intacto, puro, angélico es el cuerpo de Bernardette, delante del cual el peregrino se siente atraído a pasar horas seguidas en oración, y levantarse con la dulce impresión de haber penetrado en la felicidad eterna de la que goza la vidente de Massabielle.

Bernardette
Cuerpo incorrupto de Santa Bernardette Soubirous - Nevers (Francia)

Allí están, cerrados, pero elocuentes, los ojos que otrora contemplaran a la Santísima Virgen, para enseñarnos que los únicos que son exaltados son los mansos y los humildes de corazón; para recordarnos que, para realizar Sus grandes obras, Dios no precisa de las fuerzas humanas, sino de la fidelidad a la voz de Su gracia.

Sabemos que la misión de Bernardette no terminó. La acción beneficiosa de su intercesión se hace sentir junto a la gruta, como ella misma predijo: «Me encontraréis junto al peñasco que tanto amo». Que ella nos obtenga, en este año de jubileo y acción de gracias, una confianza inquebrantable en el poder de Aquella que dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción».

Tamara Victório Penin

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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