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María Santísima

Virgen del Rosario

Interseción de la Virgen del Rosario.

A pesar de que los milagros obrados por la intercesión de la Santísima Virgen son incontables, uno en especial mereció la institución del Día de la Virgen del Rosario el día siete de octubre.

¡Mar de Lepanto! Una inmensa batalla entre católicos y turcos se desarrolla. El entrechoque de las embarcaciones recuerda la conflagración final, cuando la bóveda celestial se enrollará cual pergamino. Era el día 7 de octubre de 1571. Si los católicos perdiesen la batalla la Cristiandad sería sumergida por las huestes de Mahoma. La religión católica habría desaparecido para siempre.

A leguas de distancia, en Roma, San Pío V imploraba el auxilio divino, por intercesión de la Madre de la Iglesia. Inspirado, el santo Papa pide al pueblo romano que rece el Rosario por la victoria de sus hermanos.

En determinado momento, mientras despachaba asuntos urgentes, pero con su atención toda colocada en el peligro que corría la Cristiandad, aquel venerable anciano interrumpe los trabajos bruscamente y se dirige a la ventana. Los circunstantes quedan perplejos, no comprenden la actitud. Reina el silencio por breve espacio de tiempo, roto por la afirmación aún más misteriosa del Pontífice: ¡vencemos en Lepanto!

Manda reunir a los fieles y preparar la conmemoración por la milagrosa victoria de Don Juan de Austria, comandante de la flota. Una solemne procesión tiene lugar en las calles de la Ciudad Eterna. Días más tarde, llegan los emisarios de la escuadra trayendo la noticia ya antes anunciada por los Ángeles. Poco después estaba instituida la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias en el día 7 de octubre.

Un año más tarde, Gregorio XIII cambió el nombre para fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y determinó que fuese celebrada en el primer domingo de octubre (día en que se venció la batalla en Lepanto). Actualmente la fiesta es celebrada en el día 7 de octubre.

Comentarios

Misiones

Visita de la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María a la parroquia San José de El Inca.

noviembre 10, 2021

Visita de la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María a la parroquia San José de El Inca, organizada por el P. Santiago Vaca.

Los Heraldos del Evangelio colaboraron con la animación litúrgica en las cuatro eucaristías.

Un sacerdote Heraldo colaboró en la atención a confesiones de los fieles. Al final de cada Eucaristía se realizó la coronación de la imagen de la Virgen como un homenaje a la Madre de Dios.

Destacados, Historia y Creación

La civilización será tanto más verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más sea claramente cristiana.

agosto 26, 2022

La Iglesia, al predicar a Cristo crucificado, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 23), vino a ser la inspiradora y principal promotora de la civilización; y la ha difundido por todos los lugares donde predicaron sus apóstoles, conservando y perfeccionando los buenos elementos de las antiguas civilizaciones paganas, arrancando de la barbarie y educando para una convivencia civil a los nuevos pueblos que se refugiaban en su seno maternal, y dándole a la sociedad entera, aunque poco a poco, pero con un trazo seguro y cada vez más progresivo, esa marcada huella que aún hoy se conserva universalmente.

La civilización del mundo es civilización cristiana; tanto más es verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más es claramente cristiana; tanto más decadente, con un inmenso daño del bien social, cuanto más se aleja del ideal cristiano.

La paz se establecería en el mundo si en él se realizara el ideal de la civilización cristiana

Así que por la fuerza intrínseca de las cosas, la Iglesia se convirtió efectivamente en la guardiana y defensora de la civilización cristiana. Tal hecho fue reconocido y admitido en otros siglos de la Historia y hasta formó el fundamento inquebrantable de las legislaciones civiles. En ese hecho estribaron las relaciones entre la Iglesia y los Estados, el reconocimiento público de la autoridad de la Iglesia en todos los asuntos que de algún modo afecten a la conciencia, la subordinación de todas las leyes del Estado a las divinas leyes del Evangelio, la concordia de los dos poderes, civil y eclesiástico, procurando de tal modo el bien temporal de los pueblos, que el eterno no padeciera quebranto.

No hace falta deciros, Venerables Hermanos, qué prosperidad y bienestar, qué paz y concordia, qué respetuosa sumisión a la autoridad y qué acertado gobierno se lograría y se mantendría en el mundo si se pudiera realizar íntegro el perfecto ideal de la civilización cristiana.

Mas, dada la continua lucha de la carne contra el espíritu, de las tinieblas contra la luz, de Satanás contra Dios, no es de esperar tal felicidad, al menos en su extensión. De ahí que a las pacíficas conquistas de la Iglesia se van haciendo continuos ataques, tanto más dolorosos y funestos cuanto más la humana sociedad tienda a regirse por principios adversos al concepto cristiano y, aún más, a separarse totalmente de Dios.

Restaurarlo todo en Cristo, incluso la civilización

No por eso se ha de perder el ánimo. La Iglesia sabe que contra ella no prevalecerán las puertas del infierno; pero también sabe que en este mundo sufrirá presiones, que sus apóstoles son enviados como corderos entre lobos, que sus seguidores serán siempre el blanco del odio y del desprecio, como de odio y desprecio fue víctima su divino Fundador. No obstante, la Iglesia marcha adelante imperturbable y, mientras propaga el Reino de Dios en donde todavía no ha sido predicado, procura por todos medios reparar las pérdidas sufridas en el Reino ya conquistado.

«Restaurarlo todo en Cristo» ha sido siempre el lema de la Iglesia y es principalmente el Nuestro en los perturbados tiempos que atravesamos. Restaurarlo todo, no de cualquier manera, sino en Cristo: «Recapitular en Cristo todas las cosas del Cielo y de la tierra» (Ef 1, 10), agrega el Apóstol; restaurar en Cristo no sólo cuanto propiamente pertenece a la divina misión de la Iglesia, que es guiar las almas a Dios, sino también, como ya hemos explicado, todo cuanto se ha derivado espontáneamente de aquella divina misión, esto es, la civilización cristiana con el conjunto de todos y cada uno de los elementos que la constituyen.

Y por hacer un alto en esta última parte de la anhelada restauración, bien veis, Venerables Hermanos, cuánto ayudan a la Iglesia aquellas falanges de católicos que precisamente se proponen reunir todas sus fuerzas vivas para combatir por todos los medios justos y legales contra la civilización anticristiana; reparar a toda costa los gravísimos desórdenes que de ella provienen; introducir de nuevo a Jesucristo en la familia, en la escuela, en la sociedad; restablecer el principio de la autoridad humana como representante de la de Dios; tomar sumamente en serio los intereses del pueblo, particularmente los de la clase obrera y agrícola, no sólo infundiendo en el corazón de todos la verdad religiosa, único verdadero manantial de consuelo en los trances de la vida, sino cuidando de enjugar sus lágrimas, suavizar sus penas, mejorar su condición económica con medidas bien concertadas; trabajar por conseguir que las leyes públicas se acomoden a la justicia y se corrijan o se destierren las que le son contrarias; defender, finalmente, y mantener con ánimo verdaderamente católico los derechos de Dios y los no menos sagrados derechos de la Iglesia. […]

Adaptación a lo que es contingente, fidelidad a lo que es inmutable

Conviene notar que no todo lo que en los siglos pasados pudo ser útil, o incluso únicamente eficaz, sea posible restablecerlo hoy en la misma forma, pues radicales son los cambios que con el correr de los tiempos se introducen en la sociedad y en la vida pública y tantas las nuevas necesidades que las circunstancias cambiantes suscita continuamente.

Pero la Iglesia, en el largo curso de su historia, ha demostrado siempre luminosamente que poseía una maravillosa virtud de adaptación a las variables condiciones de la sociedad civil, de suerte que, salvada siempre la integridad e inmutabilidad de la fe y de la moral, así como sus sacrosantos derechos, fácilmente se adapta y se ajusta, en todo cuanto es contingente y accidental, a las vicisitudes de los tiempos y a las nuevas exigencias de la sociedad.

La piedad, dice San Pablo, se acomoda a todo, pues posee las promesas divinas, así en orden a los bienes de la vida actual como a los de la futura: «La piedad aprovecha para todo. Tiene la promesa de la vida, la presente y la futura» (1 Tim 4, 8). ◊

Fragmentos de: SAN PÍO X.
Il fermo proposito, 11/6/1905.

San José

San José nunca será conocido y venerado por nosotros como es debido si lo consideramos sólo como al pobre carpintero de Galilea, repitiendo así en nuestra época, veintiún siglos después, la triste ceguera de los habitantes de Nazaret.

marzo 19, 2022

Hay ciertos hombres a lo largo de la Historia cuya grandeza ultrapasa cualquier leyenda y agota incluso la imaginación más fértil. Hombres que parecen ser objeto de una especial predilección de un Dios complacido en adornar cuidadosamente sus almas con el brillo de las virtudes y de rarísimos dones.

Hombres predestinados desde el nacimiento, cuya vida se desarrolla entre aventuras extraordinarias y asombrosas que favorecen el desempeño de su misión, o bien se levantan como escollos infranqueables, dando motivo a peripecias de confianza y audacia que hacen a sus personas todavía más admirables.

El Antiguo Testamento ofrece a cada paso narraciones de este género. Nos arrebata el poder de Moisés, que con el simple gesto de levantar su bastón dividió las aguas del mar en dos gigantescas murallas líquidas; o la serena autoridad de Josué, que no titubeó en dar órdenes al sol para que detuviera su curso.

Más adelante impresiona la fuerza de Sansón, que cargó en sus hombros las puertas de Gaza, o el celo abrasador del profeta Elías, que hizo cesar la lluvia durante tres años. A todos, la Providencia Divina les concedió el dominio sobre la naturaleza, esa fe que mueve montañas y las hace saltar como cabritos…

Tales prodigios acentuaban el poder justiciero del Creador y, sobre todo, querían educar a una humanidad manchada con el pecado original y sobre la que aún no se habían derramado los beneficios de la Redención.

Una nueva economía de la gracia

Llegada la plenitud de los tiempos, las manifestaciones de la omnipotencia divina, lejos de menguar, alcanzaron un apogeo de profundidad y esplendor. Pero en el Nuevo Testamento la grandeza muchas veces se esconde bajo el velo de una existencia humana común, algo que Dios permite para aumentar nuestros méritos y a crisolar nuestra fe.

El ejemplo paradigmático de esta nueva economía de la gracia lo ofrece un varón cuya vida transcurrió en la humildad y el silencio, pero que mereció oír de los labios del Hombre-Dios el dulce nombre de padre.

Sin duda que Moisés, separando el mar en dos mitades, o Josué, haciendo detenerse el sol, dejaron una huella imborrable en las futuras generaciones.

Pero, ¿qué es haber sujetado los elementos de la naturaleza, seres inanimados, comparado al honor supremo de ser obedecido por Aquel de quien canta el salmista: “Más que los bramidos de las aguas tumultuosas, más que los furores del mar, es magnífico el Señor en las alturas” (Sal 93, 4), y al que más tarde vio Malaquías cuando dijo: “Para vosotros, los que teméis mi Nombre, se alzará un sol de justicia que traerá en sus alas la salud” (Mal3, 20)?

¿Qué significa haber cargado las puertas de Gaza en comparación a la gloria de estrechar en los brazos al que dijo de sí mismo: “Yo soy la puerta de las ovejas” (Jn 10, 7)? ¿Cabe alguna comparación entre el profeta que detuvo la lluvia y el patriarca cuyas oraciones hicieron “que las nubes derramen la justicia” (cf. Is 45, 8)?

Una de las vocaciones más altas de la Historia

San José, el hombre justo por excelencia, glorioso esposo de María y padre legal del Hijo de Dios, es seguramente uno de los santos más venerados por la piedad popular; y, sin embargo, las referencias casi exclusivas que se hacen de él son “el carpintero de Nazaret” o “el patrono de los trabajadores”, títulos muy legítimos, por supuesto, pero también muy lejanos a expresar la santidad culminante que Dios quiso concederle.

San José no será nunca debidamente conocido y venerado si nosotros, repitiendo en nuestra época la triste ceguera de los habitantes de Nazaret, lo consideramos solamente como el pobre carpintero de Galilea.

Para no ser culpables de un error que bien cabría denominar “calumnia hagiográfica”, procuremos analizar la verdad sobre este varón destinado a una de las vocaciones más altas de Historia.

Dios siempre elige lo más hermoso

Dios Todopoderoso –para el que “nada es imposible” (Lc 1, 37) y que todo lo gobierna con sabiduría infinita– posee lo que pudiéramos llamar “su única limitante”: al crear no puede hacer nada que no sea bello y perfecto, o que no se destine a su gloria.

Cuando determinó la Encarnación del Verbo desde la eternidad, el Padre quiso que la llegada de su Hijo al mundo estuviera revestida con la suprema pulcritud que conviene a Dios, no obstante los aspectos de pobreza y humildad a través de los cuales habría de mostrarse.

Dispuso que naciera de una Virgen, concebida a su vez sin pecado original y reuniendo en sí misma las alegrías de la maternidad y la flor de la virginidad. Pero, para completar el cuadro, se imponía la presencia de alguien capaz de proyectar en la tierra la “sombra del Padre”.

Fue la misión que Dios destinó a san José, el que bien merece las palabras dichas por la Escritura sobre su ancestro David: “El Señor se ha buscado un hombre según su corazón” (1 Sam13, 14).

Varón justo por excelencia

Tomando en cuenta el axioma latino nemo summus fit repente (“nada grande se hacede repente”) y aquella certera frase de Napoleón, “la educación de un niño empieza cien años antes de nacer”, es probable que en vista de su misión y de su rol como educador del Niño Dios, José haya sido santificado en el claustro materno al igual que san Juan Bautista en el vientre de santa Isabel; una tesis defendida por muchos autores y que puede sintetizarse en las palabras de san Bernardino de Siena:

“Siempre que la gracia divina elige a alguien para un favor especial o para algún estado elevado, le concede todos los dones necesarios para su misión; dones que lo adornan abundantemente”.

El Evangelio traza la alabanza de José en una sola y breve frase: era justo. Talelogio, a primera vista de un laconismo desconcertante, no es nada mediocre. El adjetivo “justo”, en lenguaje bíblico, designa la reunión de todas las virtudes. El Antiguo Testamento llama justo al mismo que la Iglesia concede el título de santo: justicia y santidad expresan la misma realidad.

El mismo silencio de las Escrituras a su respecto revela una faceta primordial de su perfección: la contemplación. San José es el modelo del alma contemplativa, más ansiosa de pensar que de actuar, aunque su oficio de carpintero le hiciera consagrar bastante tiempo al trabajo. Vemos realizada en él la enseñanza de santo Tomás: la contemplación es superior a la acción, pero más perfecta es la unión de una y otra en una misma persona.

Al serrar la madera, fabricar un mueble o un arado, José conservaba siempre su espíritu orientado al aspecto más sublime de las cosas, considerándolo todo bajo el prisma de Dios. Sus gestos reflejaban la seriedad y la altísima intención con que siempre actuaba, y esto contribuía a la excelencia de los trabajos ejecutados.

Su humilde condición de trabajador manual no le quitaba su nobleza, antes bien, reunía admirablemente ambas clases sociales.

Como legítimo heredero del trono de David, mostraba en su porte y semblante la distinción y donaire propios de un príncipe, pero a ellos añadía una alegre sencillez de carácter. Más que la nobleza de la sangre, le importaba aquella otra que se alcanza con el brillo de la virtud; y esta última la poseía ampliamente.

Sin embargo, la Providencia lo destinaba al honor más alto que pueda recibir una criatura concebida en pecado original, colocándole en desproporción con el resto de los hombres. San Gregorio Nacianceno dice: “El Señor conjugó en José, como en un sol, todo cuanto los demás santos reunidos tienen de luz y esplendor”.

Todas las glorias se acumulaban en este varón incomparable, cuya existencia terrena avanzó en una sublimidad ignorada por sus conocidos y compatriotas, en silencio y oscuridad casi totales.

Admirable consonancia entre dos almas vírgenes

Todo indica que para entonces los padres de María habían fallecido y ella vivía bajo la tutela de algún pariente. Sin consultarla opinión de la joven, su tutor simplemente le comunicó que había aceptado la petición de un pretendiente para convertirse en su marido.

Se sabe que María había consagrado su virginidad al Señor desde la infancia. No obstante, acostumbrada a obedecer, se inclinó ante la decisión de sus parientes tomándola como manifiesta voluntad de la Providencia.

Si algún recelo guardaba todavía, debió disiparse al saber que el elegido era José, el noble descendiente de la estirpe de David, en cuya alma había visto, con su aguzado don de discernimiento, las altísimas cualidades puestas por Dios.

María necesitaba dar a conocer a su novio el voto de virginidad antes de las nupcias; en caso contrario el enlace sería nulo.

Lo hizo de forma seria y decidida, hablando con toda la sinceridad de su inocente corazón. José pensó estar oyendo una voz del Cielo y reconoció, emocionado, la mano de la Providencia atendiendo sus plegarias. Es imposible hacerse una idea del grado de concordia entre estas dos almas cuando se revelaron mutuamente sus más íntimos misterios.

Desde aquel instante José se transformó en modelo perfecto del devoto de María Santísima. Cabe pensar que desde ese primer encuentro, la gracia lo tocó de manera especial y lo hizo consagrarse como esclavo de amor a quien, más que esposa, ya consideraba señora y reina.

Proporcional con Jesús y María

Matrimonio San Jose y Virgen María

En el Antiguo Testamento la virginidad no gozaba del prestigio que llegó a disfrutar en la era cristiana; muy al contrario, el que no formaba familia o estaba impedido de tener hijos era considerado un maldito de Dios.

“La espera del Mesías dominaba los espíritus a tal grado, que despreciar el matrimonio equivalía a una deshonrosa negativa de cooperar en la venida de Aquel que debía restaurar el reino de Israel” 1.

De acuerdo a la opinión generalizada, José, llevado por una especial moción del Espíritu Santo, tomó la decisión de permanecer virgen toda la vida, pero, evitando individualizarse al contrariar las costumbres de su tiempo, se resignó a tomar esposa convencido de que el mismo Señor que había inspirado el buen propósito, lo ayudaría a llevarlo a cabo.

Así fue como, cediendo a las exigencias sociales, decidió pedir la mano de María, a la cual probablemente conocía dado que ambos pertenecían a la misma tribu y habitaban en la misma aldea.

El contrato matrimonial debía pactarse entre ambas familias. Un punto al que se solía dar una escrupulosa importancia, sobre todo entre personas de noble linaje, era la igualdad de condiciones. Tanto María como José eran de la tribu de Judá y descendientes de David.

Sin embargo, sobre ese matrimonio, más que cualquier requisito social, se cernía un designio divino. Para el cumplimiento de la voluntad del Altísimo, el esposo debía guardar proporción con la esposa, el padre con el hijo, a fin de sustentar con toda dignidad el honor de ser padre adoptivo de Dios.

Y hubo un solo hombre creado y preparado para tal misión, con toda la altura para ejercerla: san José. Él era proporcional a Jesucristo y a María Santísima.

Para hacernos una idea exacta sobre la magnitud de su personalidad, debemos imaginarlo como una versión masculina de la Virgen María, el hombre dotado con la sabiduría, fortaleza y pureza necesarias para gobernar a las dos criaturas más excelsas que hayan salido de manos de Dios: la Humanidad santísima de Nuestro Señor y la Reina de ángeles y hombres.

En Israel los desposorios equivalían jurídicamente al matrimonio moderno. A partir de dicha ceremonia –en la que el novio colocaba un anillo de oro en el dedo de su prometida diciendo: “Este es el anillo por el cual tú te unes a mí delante de Dios, según el rito de Moisés”– ambos pasaban a tener posesión mutua e irrevocable uno de otro, y a partir de entonces se consideraban esposos.

No obstante, la cohabitación se retrasaba por un año, generalmente, para que la esposa tuviera tiempo de completar el ajuar y el marido de preparar la casa.

María y José, fieles cumplidores de la Ley, se atuvieron a todas estas formalidades. Pero un secreto divino cubría su caso concreto, secreto que ninguno de los testigos del acto –parientes y amigos– llegó a sospechar. Ahí estaban dos almas vírgenes que se prometían fidelidad mutua, fidelidad consistente en que ambos guardarían la virginidad” 2.

El héroe de la fe

El desconcierto de José no consistía, como pensaron algunos Padres antiguos, en dudar de la fidelidad de su esposa. Esta conjetura golpea nuestra piedad, puesto que desmerece la perfección eminente alcanzada por el santo Patriarca y, además, Dios no permitiría que el honor virginal de María fuera herida por una sospecha en el espíritu de José. El texto del Auctor imperfecti expresacon hermosas palabras su postura frente al hecho:

“¡Oh inestimable alabanza de María! San José creía más en la castidad de su esposa que en lo que veían sus ojos; más en la gracia que en la naturaleza. Veía claramente que su esposa era madre y no podía creer que fuese adúltera; creyó que era más posible a una mujer concebir sin varón que María pudiera pecar” 3.

Su angustia se hacía más lacerante ante el resplandor de virtud en el rostro angelical de María. Por un lado, la evidencia le saltaba a los ojos y, por otro, consideraba impensable que esa criatura tan inocente hubiera cometido un pecado.

Si la concepción de María era obra sobrenatural, ¿qué hacía él ahí? ¿No estaría ofendiendo a Dios al entrometerse en un misterio que le resultaba incomprensible y absolutamente divino? ¿No sería un intruso que obstaculizaba los planes de Dios?

José no juzgó. Suspendió el juicio de la carne ante los inescrutables designios divinos. Sometió la razón humana a la fe inalterable y buscó una salida. Desde un comienzo descartó la idea de denunciarla, como lo exigía el Deuteronomio, tras lo cual la mujer debía sufrir la pena de lapidación. Una posibilidad que lo estremecía, convencido como estaba de la inocencia de María.

Existía también la opción del repudio: la Ley de Moisés permitía que el hombre expulsara a su mujer dándole el libelo de divorcio. Pero esta posibilidad le repelía, pues atentaría contra la reputación de la Virgen Santa.

En una pequeña aldea donde todos se conocían, una actitud como ésa daría cabida a sospechassobre la conducta de María: ¿por qué motivo el marido la alejaba de repente? En el futuro, la Virgen llevaría siempre la marca de una mujer repudiada.

La solución encontrada por José no se hallaba en los libros de la Ley, pero salió de su corazón: Resolvió abandonarla en secreto” (Mt 1, 19). Actuando así salvaguardaba la fama de su esposa, que sería vista como una pobre joven abandonada por la crueldad de un hombre sin palabra. Toda la culpare caería sobre él.

En este paso de su vida, José reveló el brillo rutilante de su noble alma, su sabiduría y su humildad llevadas al grado heroico. Le podríamos dedicar las palabras de un autor francés:

“El héroe es un gran corazón que se ignora, un alma grande que se olvida de sí misma. […] Todas las miserias de nuestra pobre naturaleza humana se concentran sobre ese egoísmo que convierte a cada uno encentro del universo. El héroe ha roto este círculo estrecho en donde todas las naturalezas, hasta las más dotadas, vegetan o languidecen. El “yo” que en algunos reina, en él permanece como esclavo la vida entera” 4.

Se olvidó por completo de sí mismo, prefiriendo desacreditarse ante la opinión pública antes que ver manchado el nombre de María.

Además, renunciaba a su propia felicidad: iba a dejar a María, el tesoro más grande dela tierra. Aquello era un sufrimiento inmenso, porque la vida con María representaba para él un verdadero Paraíso.

Había aprendido con ella lecciones excelsas de sabiduría y bondad en los gestos más simples; al contemplarla se sentía más cerca de Dios. ¡Ahora estaba obligado a sacrificar lo que más apreciaba en la vida! Sus días pasarían lejos, venerando un misterio que no había podidoentender.

José maduró su decisión durante algunos días, decidido a llevarla acabo. Una brumosa noche sin luna encontró la ocasión favorable; preparó sus pobres pertenencias y se recostó para reunir fuerzas antes de la partida. Poco a poco, por una acción angelical, su corazón afligido se apaciguó, y se durmió profundamente.

Tal como sucedió con Abraham, el Señor había esperado el último momento para detener el golpe fatal. A mitad de la noche se apareció un ángel en sueños, anunciándole:

“José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de todos sus pecados” (Mt 1, 20-21).

“Los que siembran entre lágrimas, cosecharán con alegría” (Sal 125, 5)

Es imposible medir el regocijo de José al despertar. A poco de amanecer corrió al encuentro de su esposa.

¡Qué lleno se sentía de veneración y ternura, sentimientos que culminaban el ardoroso deseo de servirla! Ciertamente no dijo nada a María, pero la alegre expresión de su semblante era más elocuente que las palabras. De rodillas adoró a Dios en el seno virginal de su Madre, primer tabernáculo en el que se había dignado habitar sobre la tierra.

Un Dios que era también su hijo. La frase del ángel era clara en manifestar la autoridad que sela había otorgado sobre el fruto de su esposa: “un hijo a quien pondrás el nombre de Jesús”.

Una criatura dando consejos al Creador...

¿Cuántas veces tuvo en brazos san José al Divino Infante? El día entero viviendo con el Niño Jesús, observándolo rezar, hablar, hacer todos los actos de su vida común… En esa contemplación continua, para la que tenía un alma maravillosamente apta, recibía gracias extraordinarias y se dejaba moldear.

A veces, el Niño se detenía frente a él para decirle: “Te pido un consejo: ¿cómo debo hacer tal cosa?” San José se conmovía, considerando que quien estaba pidiéndole un consejo ¡era el propio Hijo de Dios!

Era el hombre al que la Providencia había dado los labios suficientemente puros y una humildad lo bastante grande para algo tanformidable como responder a Dios. ¡La criatura plasmada por las manos del Creador le daba consejos!

Era el predestinado a ejercer una verdadera autoridad sobre la Santísima Virgen y el Niño Jesús, el privilegiado que alcanzó una altísima intimidad con Jesús y María, el bienaventurado a quien se otorgó la gracia de expirar entre los brazos de Dios, su Hijo, y de la Madre de Dios, su Esposa.

Notas:

1) Michel Gasnier, José el silencioso, Quadrante, S. Paulo, 1995, p. 42.
2) Id., op. cit., p. 49.
3) Federico Suárez, José, el esposo de María, Ed. Prumo, Lisboa, 1986, p. 45.
4) Guy de Robien, L’idéal français dans un cœur breton, Plon, 1917.

Destacados, Espiritualidad

La medalla tal como hoy la conocemos , se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a época anterior y tiene su historia.

agosto 18, 2022

Origen de la Medalla de San Benito

El origen de esta medalla se fundamenta en una verdad y experiencia del todo espiritual que aparece en la vida de San Benito tal como nos la describe el Papa San Gregorio en el Libro II de los Diálogos. El Padre de los monjes usó con frecuencia del signo de la cruz como signo de salvación, de verdad, y purificación de los sentidos. San Benito quebró el vaso que contenía veneno con la sola señal de la cruz hecha sobre él.

Cuando los monjes fueron perturbados por el maligno, el santo manda que hagan la señal de la cruz sobre sus corazones. Una cruz era la firma de los monjes en la carta de su profesión religiosa cuando no sabían escribir. Todo ello no hace más que invitar a sus discípulos a considerar la Santa Cruz como señal bienhechora que simboliza la pasión salvadora de Nuestro Señor Jesucristo, por la que se venció el poder del mal y de la muerte.

La medalla tal como hoy la conocemos , se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a época anterior y tiene su historia. En el siglo XVII, en Nattenberg de Baviera (Alemania), en un proceso contra unas mujeres acusadas de brujería, ellas reconocieron que nunca habían podido influir malignamente contra el monasterio benedictino de Metten porque estaba protegido por una cruz.

Hechas, con curiosidad, investigaciones sobre esa cruz, se encontró que en las tapias del monasterio se hallaban pintadas varias cruces con unas siglas misteriosas que no supieron descifrar. Continuando la investigación entre los códices de la antigua biblioteca del monasterio, se encontró la clave de las misteriosas siglas en un libro miniado del siglo XIV.

En efecto, entre las figuras aparece una de San Benito alzando en su mano derecha una cruz que contenía parte del texto que se encontraba sólo en sus letras iniciales en las astas cruzadas de las cruces pintadas en las tapias del monasterio de Metten, y en la izquierda portaba una banderola con la continuación del texto que completaba todas las siglas hasta aquel momento misteriosas.

Además de la imagen de la Cruz y la de San Benito, la Medalla tiene cierto número de letras, cada una de las cuales representa una palabra latina. Las diversas palabras, reunidas, da un sentido que manifiesta la intención de la Medalla: expresar las relaciones que existen entre el Santo Patriarca de los Monjes del Occidente y la señal ensangrentada de la redención del género humano; y al mismo tiempo pone al alcance de los fieles un medio eficaz de usar la virtud de la Santa Cruz contra los espíritus malignos.

Medalla de san Benito

Significado de la Medalla de San Benito

Esas letras misteriosas se encuentran en la cara de la Medalla donde se encuentra representada la Santa cruz. Examinemos, en primer lugar, las cuatro que vienen colocadas entre las astas de la Cruz:

C S

P B

Significa: Crux Sancti Patris Benedicti; en Español, Cruz del Santo Padre Benito, estas palabras por sí solas ya explican el objetivo de la Medalla.

En la línea vertical de la Cruz, se lee:

C
S
S
M
L

Lo que quiere decir: Crux sacra sit mihi lux; en Español, La Cruz Sagrada sea mi luz.

En la línea horizontal de la Cruz, se lee:

N. D. S. M. D.

Cuyo significado es: Non draco sit mihi dux; en Español. No sea el dragón mi jefe.

Reuniendo esas dos líneas se forma un verso pentámetro, a través del cual el cristiano expresa su confianza en la Santa Cruz y su resistencia al juego que el demonio le quiere imponer.

Alrededor de la Medalla existe una inscripción más extensa, la cual en primer lugar presenta el santísimo Nombre de Jesús, expresado por el monograma bien conocido: I. H. S. La fe y la experiencia nos certifica la omnipotencia de este nombre divino.

Después viene, de derecha a izquierda, las siguientes letras:

V. R. S. N. S. M. V. S. M. Q. L. l. V. B.

Estas iniciales representan los dos versos que a continuación siguen:

Vade retro satana; nunquam suade mihi vana: Sunt mala quae libas; ipse venena bibas

En Español: Retírate satanás: nunca me des consejos de tus vanidades, la bebida que me ofreces es el mal, bebe tú mismo tus venenos.

Tales palabras se supone haber sido dichas por San Benito: Las del primer verso, por ocasión, de la tentación que sintió y sobre la cual triunfó haciendo la señal de la Cruz; las del segundo verso, en el momento en que sus enemigos le presentaron la bebida mortífera, que descubrió bendiciéndole con la señal de la vida el cáliz donde estaba.

El cristiano puede utilizar estas palabras todas las veces que fuera sorprendido por tentaciones e insultos del enemigo invisible de nuestra salvación.

El propio Jesús Cristo Nuestro Señor santificó las palabras Vade retro, satana -retírate satanás- y su valor es verdadero, ya que esto es confirmado por el Evangelio. Las vanidades que el demonio nos aconseja son las desobediencias a la ley de Dios, las máximas pompas y falsedades del mundo.

La bebida que el Ángel de las tinieblas nos presenta es el pecado, que mata el alma. No la aceptemos, devolvamos para él tan funesto regalo, ya que él mismo lo escogió como herencia.

No hay necesidad de explicar más ampliamente al lector cristiano la fuerza de esa conspiración, que se opone a las artimañas y violencia de satanás lo que el más teme: es la Cruz, el Santo Nombre de Jesús, las propias palabras del salvador cuando fue tentado, así como el recuerdo de las victorias del grande Patriarca San Benito sobre el dragón infernal. Suficiente que alguien pronuncie con fe tales palabras y de inmediato se sentirá fuerte para contrarrestar todos los ataques del infierno.

A pesar de no conocer los hechos que demuestran hasta qué punto satanás teme esa Medalla; la simple apreciación de lo que ella representa y expresa es suficiente para considerarla una de las armas más poderosas que la bondad de Dios puso a nuestro alcance contra la malicia diabólica.

Tomado de: Essai sur l’origine, la signification et les privileges de la Medaille ou Croix de Saint -Benoit. La primera edición de esta obra fue publicada en Poitiers, en 1862.

Autor : Don Próspero Luis Pascal Guéranger 

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Folleto de San Benito

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