Santos

San Juan María Vianney

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesucristo, San Juan María Vianney alimentó su cotidiana donación sin reservas, a Dios y a la Iglesia.

Infancia.

San Juan Bautista María Vianney, una de las más prodigiosas glorias del clero de Francia, nació en Dardilly, cerca de Lyon, el día 8 de mayo de 1786 y fue bautizado el mismo día.

Hijo del agricultor Mateo Vianney y de María Belusa, tuvo cinco hermanos, todos consagrados solemnemente a Nuestra Señora antes del nacimiento. Eran Catalina, Juana María, que desapareció a los cinco años, Francisco, Margarita y otro Francisco, que apodaban “el benjamín”.

Hijo de padres cristianos, Juan María fue desde niño piadoso, dulce y bueno. La madre, un día, le dio una imagen de Nuestra Señora, y el niño predestinado jamás la soltaba.

La llevaba tierna y respetuosamente en los brazos adonde fuera, así pensaba él y acostumbraba a rezar delante de ella, demorada y compenetradamente, ya como un pequeño sacerdote.

Pronto comenzó a enseñar a sus compañeros las lecciones de religión que aprendía de sus padres, a veces inclusive a adultos, muy serio, muy seguro de sí mismo, siempre inspirado.

Revolución francesa.

Con la invasión de la revolución a las provincias vivió días tristes: las iglesias cerradas, tristemente cerradas al pueblo lo entristecían, y los sacerdotes, perseguidos, aquellos padres heroicos sin miedo, que por la verdad, decían misas clandestinas en lo más espeso de los bosques, dando Jesús a los hombres, le llenaban su alma de admiración y de un cierto desasosiego, de una avidez incontenible para las cosas de Dios.

En efecto, desde aquellos momentos agitados, de grandes desórdenes, de muerte, de miedo y de hambre, nació el rumbo que se propuso alcanzar: con su carácter ya templado, tuvo un celo apasionado dirigido a la salvación de las almas.

De extraña predilección por los pobres, por los abandonados que nada poseen, ni comida ni cariño, los reunía por los caminos, por los bosques, a lo largo de los setos, y, alegremente, los llevaba a su casa, donde sus padres, afamados desde hacía mucho por la caridad, acogían a todos los desventurados con una gran sonrisa que ahuyentaba poquedades.

A los trece años, con un fervor fuera de lo común, Juan María, resplandeciente, hizo su primera comunión. Y el buen niño, con Jesús en el corazón, un corazón inmenso, decía para sí mismo, como si fuera la más dulce de las melodías:

¡Yo seré sacerdote! ¡Yo seré sacerdote! … ¡Y lo fue!

Vocación sacerdotal de San Juan María Vianney.

Valientemente, se lo dijo a su padre. Pero él, hombre prudente y conocedor de la vida y de los entusiasmos de la juventud, lo hizo esperar dos años para observarlo y probarlo. Era el tiempo del Directorio, aquella época de agitación política agravada por la penuria de las finanzas y de la economía nacional, época de disolución de las costumbres, no sólo porque los hombres buscaban en los placeres olvidarse de las amarguras pasadas y de los peligros a los que se habían expuesto, sino por el dinero que algunos amontonaban con la compra de bienes nacionales y con los suministros militares, dinero fácil que llevaba al lujo, la ostentación, la vanidad y la depravación. Al final, Juan María entró en la escuela fundada por el abad Balley, sacerdote entonces, de Ecully. El joven Vianney fue un alumno que hizo progresos lentos, aunque se esforzaba desesperadamente. Y, para obtener buenos resultados, se mortificaba para conseguir ayuda del Cielo. En 1807, con veinte años, Juan María fue confirmado por el arzobispo de Lyon, el Cardenal Fesh, tío de Napoleón. Aspirante al sacerdocio, se libró del servicio militar. Enfermo, vagó de hospital en hospital. De regreso a sus estudios, hizo el primer año de filosofía, de 1812 a 1813, en el pequeño seminario de Verrieres. Seminarista modelo, pero alumno bastante enfermizo, el poder de la oración fue consiguiendo abrirle el camino, hasta que estuvo en el seminario mayor de San Ireneo de Lyon. Allí, brilló especialmente por sus virtudes. Fue ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815, por Monseñor Simón, obispo de Grenoble, tenía veintinueve años. Nombrado vicario de Ecully, allí estuvo por tres años. Tuvo entonces la oportunidad de revisar con calma, toda su teología.

Juan María Viannen - Cura de Ars.

Designado para Ars, que quedaba a treinta y cinco kilómetros al norte de Lyon, llegó a un lugar donde sufriría por el rígido invierno, aquella ciudad que lo tendría por cuarenta y dos años, o sea, hasta el día en que, dejando la tierra, iría para Dios. Era el año de 1818.

Juan María fue directamente a la Iglesia. Cayendo de rodillas, quedó por largo tiempo sumido en adoración.

Los habitantes de Ars, vivían indiferentes en cuanto a la religión, aunque constituían buenas familias. Juan María se puso inmediatamente a trabajar. Y con la acción del santo cura, poco a poco, todo se fue transformando.

Cinco años después, Ars tenía otra fisonomía: el trabajo de los domingos fue totalmente abolido. La blasfemia, que andaba loca por el lugar, desapareció.

El vicio de la embriaguez, en el que la mayoría de los hombres había caído, se había retirado. Y los bailes inconvenientes y desenfrenados, paulatinamente fueron siendo eliminados de la feligresía. Para ganar tal batalla, cuántos trabajos, cuántos ayunos, cuántas suplicas, ¡cuánta oración!

Mucho antes del amanecer, Juan María se levantaba y se prosternaba delante del tabernáculo. Y allí, arrodillado, silenciosa y ardientemente, rogaba al Señor, con insistencia, que le convirtiese aquellas almas que se habían apartado del camino.

Se disciplinaba a si mismo, descansaba expuesto al sol, dormía sobre duras ramas. Y, cuando todo comenzó a mejorar, he aquí, de repente, que comenzaron las calumnias y las hipocresías. Esto, sin embargo, no era problema para el santo cura.

Las persecuciones de los hombres se juntaron a las del demonio. Y la lucha que trabó con el espíritu del mal, duró treinta y cinco años: se inició en 1824 y terminaría un año antes de su muerte.

Durante la noche, fantasmas horrendos, actos infernales, voces insultantes terribles transformaban la casa parroquial en un verdadero infierno, en horribles pesadillas tormentosas. Se ve hasta hoy, en parte, los trazos del fuego que le destruyeron su cama de madera.

Pero sustentado por gracias divinas, Juan Bautista María Vianney salió victorioso de todos los asaltos. Y la Virgen, cuya imagen guardaba en su infancia, le apareció dulcemente, para alentarlo y animarlo.

Dice San Juan Bautista María Vianney que al decir, todos los días, la santa misa, veía a Nuestro Señor.

La iglesia vieja, fue restaurada. Edificó muchas capillas, todo para la honra de Dios y el bien de los fieles.

Frutos pastorales.

Dios le concedió el don de los milagros. Y los milagros que realizó, los atribuía a Santa Filomena, su celestial amiga, llamada la taumaturga del siglo XIX, cuya historia comenzó a ser conocida en 1802, año en que fueron descubiertas las reliquias en la catacumba de Priscila, en la vía Salaria.

En 1820, Vianney fue nombrado cura de Salles, en Beaujolais. En Ars la consternación fue muy grande. Y el pueblo, que no se conformaba con la idea de ver al santo apartado del lugar, comenzó a suplicar para que no se lo llevasen de la comunidad. Atendidas las ovejas, la alegría volvió a reinar en Ars.

En 1824, fue abierta una escuela popular por el buen cura, destinada a las niñas. Pronto fue abierto un orfanato contiguo.

Trabajador incansable, nadie reconocía en la Ars de aquel momento, la de San Juan Bautista María Vianney, aquella ciudad abandonada, desorganizada y blasfema de otrora.

Día a día.

El programa diario del santo cura era exhaustivo: de madrugada, exactamente a la una, iba a la iglesia para rezar; antes del amanecer confesaba a las mujeres; a las seis en verano, a las siete en invierno, celebraba la santa misa.

Después de la acción de gracias, los peregrinos lo rodeaban, implorando bendiciones, curaciones, palabras de aliento, seguidos de consejos para los más variados casos, conversiones de éste o aquél ser querido, pariente, amigo o compañero de trabajo; a las diez de la mañana, recitaba las pequeñas horas de su amigo viejo breviario, su amigo inseparable, después se sentaba nuevamente en el confesionario.

A las once era el catecismo, aquel catecismo que quedó famoso; después del almuerzo, que era bien pequeño, seguía la clásica visita a los enfermos, mientras que la multitud se reunía para verlo pasar, para tocarle sus ropas, multitud que el Santo, compadecido por la dedicación de los fieles, bendecía dulcemente; después de haber rezado las vísperas y las completas, y por tercera vez, lo recibía la penumbra del confesionario, donde muchas veces, se quedaba hasta altas horas de la noche.

¡Que devoción por los pecadores! ¡Cuántas conversiones, incluso las de reputación de imposibles, fueron realizadas por el santo! ¡Qué don, el de descubrir entre la multitud, a los grandes pecadores! Los llamaba y dulcemente les hablaba de las bellas cosas de Dios y de las horribles cosas del demonio.

La oración de la noche era tan emocionante, que toda la gente lloraba. Los domingos, en la misa, siempre predicaba.

Dios en un hombre.

Tan grande era la fila de los peregrinos que lo buscaban, que hubo necesidad, un día, que viniera un padre vecino a ayudarlo: era el padre Raimundo, que, a partir de 1845, se tornó su vicario.

En 1850, Juan Bautista María fue distinguido con el canonicato: vendió entonces su capa en beneficio de los pobres. Dos años después, le concedieron la Cruz de la Legión de Honra, que rechazó, ya que era necesario dar una cantidad de dinero que él prefería reservar para limosnas.

Era el año 1853. Cuando el padre Toccanier substituyó al padre Raimundo como auxiliar de San Juan Bautista María Vianney, el santo, con deseos de retirarse para poder “llorar la pobre vida”, resolvió dejar Ars.

¡Fue un episodio conmovedor! La alarma sonó. El pueblo le cerró el camino y lo llevó a la iglesia. El santo, sumiso a la voluntad de Dios y para el alivio de la multitud, que daba gracias al Altísimo, continuó en su puesto, aquel puesto del que sólo la muerte lo habría de apartar.

Y cuando murió, la desolación fue indescriptible. Era el día 4 de agosto de 1859 y tenía setenta y tres años.

Los peregrinos y los feligreses desfilaron por cuarenta y ocho horas sin interrupción, ante el cuerpo de aquel Santo que se fue ante el Santo de los Santos.

Llegando a la más sublime perfección, al más alto grado de unión mística y angélica, en toda Ars, solamente se hablaba del buen Juan Bautista María, de su bondad, paciencia, humildad, santidad, desvelo y caridad.

Taumaturgo inmenso, el santo cura de Ars realizó milagros sin tener en cuenta sus sufrimientos corporales y morales, siempre a favor de las miserias espirituales. Incluso en vida, ya el pueblo lo proclamaba santo.

Enterrado en su iglesia, Juan Bautista María Vianney fue declarado venerable el 3 de octubre de 1872, por Pío IX. Beatificado por el Papa San Pío X, el 8 de enero de 1905, fue instituido por el mismo pontífice como patrono de todos los sacerdotes de Francia que se encargaban de las almas.

La canonización tuvo lugar en 1925, el día 31 de mayo, algunos días después de la de Santa Teresita del Niño Jesús.

Ars, rápidamente, se convirtió en un gran centro de peregrinación. Allí, un magnifico santuario fue erigido, y el cuerpo del Santo permanece en un relicario. El corazón, que fue encontrado intacto en la exhumación del 17 de junio de 1940, es venerado aparte.

(Vida de los Santos, Padre Rohrbacher, Volumen XIV, p. 292 a 299)

(Revista Heraldos del Evangelio, Agosto/2009, n. 92, p. 6 a 9)

Comentarios

Misiones

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

abril 5, 2022

Los Caballeros de la Virgen organizaron un Encuentro de jóvenes en Riobamba por ocasión del feriado de Carnaval en la Casa de Retiros del Instituto de Hermanas Franciscanas Misioneras de la Inmaculada

El objetivo de este encuentro se basó en ayudar a los jóvenes en su formación espiritual, a  que aprendan a seguir el camino de la virtud, a practicar el bien y rechazar el mal y las tentaciones, pidiendo la ayuda y auxilio de la Santísima Virgen.

Siempre en un ambiente de alegría y respeto, los jóvenes participaron de varias actividades como: Eucaristías, Charlas, Rosario procesional, Juegos y una excursión a la montaña.

Uno de los momentos más especiales fue en la ceremonia de cierre y clausura del Encuentro. Se preparó un homenaje a la Santísima Virgen y se entregaron como recuerdo un bonito cuadro de Nuestra Señora con el Niño Jesús en los brazos.

Así se vivieron estos días inolvidables que lo recordaran con el pasar de los años. 

Espiritualidad

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos reyes magos de Oriente se presentaron en Jerusalén.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

enero 7, 2022

Evangelio del día de Reyes Magos.

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ‘¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo’. Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él. […]

«Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino» (Mt 2, 1-3.9-12).

Según el Evangelio que acabáis de escuchar, queridísimos hermanos, el nacimiento del Rey del Cielo ha perturbado a un rey de la tierra, porque la grandeza terrenal se siente confundida cuando es revelada la majestad celestial. […]

Los Reyes Magos, en cambio, guiados por la estrella, encuentran al Rey que acaba de nacer, le entregan sus regalos y son alertados en sueños de que no debían volver a ver a Herodes. […]

Oro, incienso y mirra​

Le ofrecen oro, incienso y mirra. El oro es muy apropiado para un rey; el incienso suele ser presentado en sacrificio a Dios; y la mirra se usa para embalsamar los cuerpos de los difuntos.

Así pues, los Reyes Magos proclaman, por sus simbólicos regalos, quién es aquel a quien adoran. He aquí el oro: es un rey; he aquí el incienso: es un Dios; he aquí la mirra: es un mortal.

reyes magos

Hay herejes que creen en la divinidad de Cristo, pero no en su realeza universal; le ofrecen incienso, sin embargo, no quieren ofrecerle oro. Otros reconocen su realeza, aunque niegan su divinidad; le ofrecen oro, no obstante, se niegan a ofrecerle incienso.

Hay otros, en fin, que lo proclaman Dios y rey, pero rechazan que haya asumido carne mortal; le ofrecen oro e incienso, aunque no quieren ofrendarle con la mirra, símbolo de la condición mortal por Él adquirida.

Por nuestro lado, ofrezcámosle oro al Señor, confesando que reina en todas partes; ofrezcámosle incienso, proclamando que, habiendo nacido en el tiempo, es Dios desde antes de todos los tiempos; ofrezcámosle mirra, reconociendo que aquel a quien creemos impasible en su divinidad también ha sido mortal al asumir nuestra carne.

Sabiduría, oración y mortificación.

Con todo, el oro, el incienso y la mirra pueden ser entendidos de otra manera.

El oro simboliza la sabiduría, como atestigua Salomón: «Un tesoro deseable reposa en la boca del sabio» (Prov 21, 20, Septuaginta).

El incienso quemado en honor a Dios expresa el poder de la plegaria, según nos dice el salmista: «Suba mi oración como incienso en tu presencia» (Sal 140, 2).

En cuanto a la mirra, significa la mortificación de nuestra carne; es lo que declara la Santa Iglesia acerca de los que luchan por Dios hasta la muerte: «Mis manos destilaban mirra» (Cant 5, 5).

Por lo tanto, al Rey recién nacido le ofrecemos oro si a sus ojos resplandecemos del brillo de la sabiduría. Le ofrecemos incienso si, con ardorosa oración, consumimos nuestros pensamientos carnales en el altar de nuestro corazón, permitiendo así que nuestros deseos del Cielo eleven hasta Dios su agradable olor. Le ofrecemos mirra si mortificamos los vicios de la carne con nuestra abstinencia; pues la mirra, como hemos dicho, impide que la carne muerta se pudra.

Someter este cuerpo mortal a las depravaciones de la lujuria equivale a permitir que la carne muerta se corrompa. «Las bestias de carga se pudren en su inmundicia» (Jl 1, 17, Vulgata), afirma el profeta acerca de ciertos hombres, viniendo a significar que quien es carnal termina su vida en la fetidez de la lascivia.

Así pues, le ofrecemos mirra a Dios cuando, por los aromas de nuestra continencia, impedimos que la lujuria pudra este cuerpo mortal.

Por el orgullo, nos alejamos de nuestra patria.

Los Magos nos dan otra lección muy importante al regresar a su país por otro camino. En efecto, lo que hicieron cuando recibieron el aviso nos indica qué es lo que debemos hacer nosotros. Nuestro país es el Paraíso y, una vez que hemos conocido a Jesús, se nos prohíbe volver allí por el mismo camino que vinimos.

Nos alejamos de nuestra patria por el orgullo, por la desobediencia, por la ambición de los bienes terrenales y por la avidez de probar los frutos prohibidos. Para regresar a ella, nos son necesarias las lágrimas, la obediencia, el desprecio de los bienes terrenales y el dominio de los apetitos carnales.

Debemos, por tanto, volver por otro camino. Ya que a causa de los placeres nos alejamos de las alegrías del Paraíso, han de ser las lamentaciones las que nos reconduzcan a él.

Tengamos en vista la venida del Juez.

Es necesario, queridísimos hermanos, que, permaneciendo siempre temerosos y expectantes, tengamos ante los ojos del corazón, por una parte, nuestros pecados y, por otra, el extremo rigor del juicio.

Consideremos que ha de venir el implacable Juez. Nos amenaza con el terrible tribunal mientras permanece oculto. Causa pavor a los pecadores y aún así es paciente: si retrasa su venida, lo hace para que la condenación sea menor. Expiemos por las lágrimas nuestras faltas y, conforme a las palabras del salmista, «entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos» (Sal 94, 2).

No nos dejemos atrapar por los engaños de la voluptuosidad o seducir por las alegrías fútiles. Muy cerca está, de hecho, el Juez que afirmaba: «¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!» (Lc 6, 25). E igualmente decía Salomón: «Mezclada anda la risa con el llanto: el término del gozo es el dolor» (Prov 14, 13). Y también: «Llamé a la risa ‘locura’, y dije de la alegría: ‘¿Qué se consigue?'» (Ecl 2, 2). Y aún: «El sabio piensa en la casa en duelo, el necio piensa en la casa en fiesta» (Ecl 7, 4).

Tengamos gran temor de los preceptos de Dios a fin de que celebremos verdaderamente su solemne fiesta, pues el dolor que inspira el pecado cometido es inmolación grata a Dios, como lo atestigua el salmista: «El sacrificio agradable a Dios es un espíritu quebrantado» (Sal 50, 19).

Nuestras culpas pasadas han sido lavadas por el Bautismo; pero después hemos cometido muchas otras y ya no podemos ser purificados por el agua de ese sacramento. Ya que incluso tras haberlo recibido hemos manchado nuestra vida, bauticémonos ahora con las lágrimas de nuestra conciencia. De esta forma, regresaremos a nuestra patria por otro camino. Si lo deleitable por su atractivo nos apartó de ella, que las amarguras nos lleven de vuelta mediante la penitencia, con el auxilio de nuestro Señor. 

San Gregorio Magno. Fragmentos de las Homilías sobre los Evangelios.

Homilía X, 6/1/591: PL 76, 1110-1114.

Historia y Creación

Un hombre reducido a la mitad de sus movimientos naturales dejó para la Historia una lección inolvidable, derrotando a la «invencible» armada inglesa en Cartagena de Indias.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

enero 3, 2022

El mar Mediterráneo asistía sereno a la aproximación de una tempestad más. Rayaba el día 24 de agosto de 1704 y cerca de las costas de Gibraltar, al sur de la península Ibérica, dos imponentes Armadas se daban cita. De un lado, ingleses y holandeses, una formidable flota «compuesta por sesenta navíos de línea, varias fragatas, con un total de 3600 cañones y casi 23 000 hombres».1 Del otro, saliendo hacia la conquista del estrecho, franceses y españoles unían sus banderas bajo las órdenes de Luis Alejandro de Borbón, conde de Toulouse e hijo de Luis XIV, y luchaban en nombre de su majestad Felipe V, nieto del Rey Sol recién asentado en el trono de España. Era el inicio de la Guerra de Sucesión.

Las fuerzas estaban equiparadas. En torno a las diez de la mañana las últimas órdenes sonaron, los barcos maniobraron y se dispusieron, de ambos lados, en tres bloques, a fin de cercenar al enemigo.

En la nao capitana franco-española, un joven oficial de 15 años pasaba revista a una línea de cañones. Un sudor frío caía por su frente, pero con paso firme, semblante circunspecto y voz definida inspiraba respeto y mantenía su autoridad, reprimiendo en su interior un miedo rebelde. El silencio agudo que antecede a las grandes calamidades anunciaba los postreros segundos antes de la deflagración general y le oprimía el corazón. Emociones del bautismo de fuego; era su primera batalla.

A lo lejos se oyó el estrépito sordo y grave de los primeros cañonazos. Enseguida, llamas, temblores, humo, destrozos. Silbaban las balas, saltaban las paredes y, con ellas, los hombres. Con dificultad se escuchó la voz de mando: «¡Fuego!».

El joven oficial, ¿dónde estaba? Una inclemente bola de plomo le había llevado mitad de su pierna izquierda. Deprisa fue encaminado hasta el «quirófano» —eufemismo para designar la terrible y mal iluminada mesa de amputaciones que, bajo el nivel del mar, acogía a los heridos en batalla. Se deslizaba en sangre. Toda la pericia del cirujano se medía en cronómetro, pues cuanto más tardara, mayor sería el peligro de que el paciente no resistiera la hemorragia o contrajera alguna infección.

Pusieron al joven sobre la mesa de operaciones: le hicieron tragar una buena «dosis» de aguardiente y, a continuación, le colocaron una cinta de cuero entre los dientes, todo a modo de anestesia.

La operación comenzó por extraerle los últimos trozos de carne que aún colgaban de su rodilla. Después, con una sierra, se le cortó la tibia y el peroné. Finalmente, el muñón fue sumergido en brea hirviendo para detener el sangrado. Todo esto en menos de un minuto.

Blas de Lezo – Museo Naval de Madrid

El muchacho soportó tales horrores con una bravura ejemplar, cuyo eco llegó a oídos de Luis XIV. Admirado, éste le concedió el título de Alférez de Bajel de Alto Bordo, al que Felipe V le acrecentó otras mercedes.

Este pequeño héroe oriundo de una modesta aristocracia de la localidad guipuzcoana de Pasajes de San Pedro, al norte de España, se llamaba Blas de Lezo y Olavarrieta.

La vida en el mar

¿Cómo reaccionaría un joven de 15 años tras semejante desventura? Sin duda, sufriría un trauma irreversible y abandonaría la carrera que ni siquiera había tenido oportunidad de empezar.

Pero no estamos en el siglo XXI. Blas de Lezo contemplaría aún muchas aventuras más. Si su vida se remontara a los tiempos medievales, el hombre moderno la contaría entre las leyendas; no obstante, como nació en febrero de 1689,2 podemos nombrarlo entre los héroes y narrar aquí, con precisión, su fascinante historia.

Blas aprendió a moverse con agilidad sobre una muy incómoda pierna de madera, que enseguida le valió el mote de «anka motz», en lengua vasca, es decir, el «pata palo».3 Bien adiestrado en andar e incluso en cabalgar, lo admitieron de nuevo a bordo.

Su nombre reaparece en la Historia en una misión de defensa de la ciudad de Peñíscola, donde participó del incendio de un barco inglés de 60 cañones. En agosto de 1705 fue convocado al auxilio que la marina franco-española prestaría a la ciudad de Barcelona, asediada por los opositores de Felipe V. En esta ocasión comandaría una pequeña embarcación, rodeada por navíos ingleses. El osado oficial ordenó que se usaran «balas rojas», bolas de plomo incandescentes. Incendió un barco enemigo y escapó del cerco en medio de nubes de humo.

Sediento de proezas por encima del mero deber, don Blas de Lezo fue destinado como teniente de fragata, con tan sólo 18 años, a la defensa del Castillo de Santa Catalina, en Tolón, desde el cual avistó una poderosa flota inglesa que se aproximaba. Parecía que la Providencia ponía a prueba la valentía del joven cojo, que esta vez tuvo la desdicha de perder el ojo izquierdo. Pero también sobrevivió a tan peligrosa lesión, que podría haberle costado la vida.

¿Habrá desistido de una carrera expuesta a tantos riesgos… —diría alguien quizá— «innecesarios»? No. En 1714 estaba al frente del navío Nuestra Señora de Begoña, también conocido como Campanela, de 70 cañones, con el cual participó en las operaciones de bombardeo de la ciudad de Barcelona, durante la guerra de sucesión que asolaba España. En uno de los embates, Blas perdió definitivamente el movimiento del antebrazo derecho, sus huesos y tendones quedaron destrozados.

Aquel «medio hombre», perseguido y tantas veces acariciado por la muerte, no se consideraba malogrado lo suficiente para que su conciencia lo dispensara del deber y de la aventura.

Naos británicas en Cartagena de Indias, por Isaac Basire – Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá

El 3 de febrero de 1737 zarpó hacia una nueva misión, al mando de un convoy con dos navíos principales: Conquistador y Fuerte. Su destino: América. Por segunda vez Blas de Lezo cruzaba el Atlántico. Estos viajes no eran nada fáciles, pero proporcionaban en aquella época grandes períodos de silencio y reflexión. En ese enorme y armonioso claustro llamado mar, ¡cuántas premoniciones no deben haber asaltado al desapegado capitán! El mayor desafío de su vida le esperaba al otro lado del océano.

Cartagena de Indias

El día 11 de marzo Blas pisó tierra firme. Abarcó enseguida, de una sola mirada, la formidable bahía de Cartagena y el lastimoso estado de sus fortificaciones. No había tiempo que perder. La ciudad, puerto «llave» de la colonización española en América Latina, había sido blanco de ataques y amenazas de todo tipo.4 Y las previsiones para el futuro no eran nada alentadoras. Un espía español, conocido por el apodo de El paisano, había obtenido en Jamaica informaciones muy seguras y precisas de que los ingleses pretendían colapsar el comercio y dominio español, cuyo objetivo principal era precisamente Cartagena de Indias.

Retrato de Sebastián de Eslava

Levantando el ánimo de una guarnición indolente, Blas reforzó la defensa de la ciudad. Participaba en los trabajos de construcción «no como corresponde a un general, sino como el último de los grumetes»,5 dando a todos ejemplo y estímulo.

Los planes de reparación y ampliación del general de la armada iban bien encaminados cuando se anunció que estaba próxima la llegada del virrey de Nueva Granada, don Sebastián de Eslava y Lasaga. Militar instruido y experimentado, muy celoso de su gran reputación ante la corte, parecía casi la antítesis de Blas de Lezo, que malamente pudo ocultar su decepción al oír sus primeras palabras. Lo veía quejarse del viaje y llorar sus penas, mientras una tripulación asombrada descargaba el barco en silencio. Ciento cincuenta cuerpos habían sido lanzados al mar durante el trayecto, víctimas del hambre o del escorbuto.

Un viaje terrible. Pero un marino como Blas —para el que el hambre, el escorbuto o el fuego enemigo no eran una novedad, y las privaciones de largos viajes no significaban otra cosa que los deberes de su oficio— no podía empatizar con un comandante que asumía su posición entre lloriqueos y lamentos…

Pese a ello, Blas se adelantó y le informó a Eslava del estado de las defensas de Cartagena y, sobre todo, le transmitió las últimas noticias acerca del avance inglés. No obstante, el virrey le restó importancia a esto último y le manifestó su idea de que el objetivo más probable sería La Habana y no Cartagena…

Hasta el final, Eslava sería de la escuela de los optimistas. Con respecto del trabajo realizado por Blas de Lezo no hizo más que destacar deficiencias —bien observadas, por cierto— con una sonrisa amigable.

Primeras amenazas

El día 13 de marzo de 1740 despuntó en el horizonte una pequeña escuadra inglesa, la cual abrió fuego para tentar a los defensores a salir de sus posiciones y mostrar sus fuerzas. Pero Edward Vernon, vicealmirante de la flota, sabía que aún no era el momento oportuno para el asalto. Estaba aguardando refuerzos y tan sólo quería hacer un reconocimiento de la ciudad. En esa espera, encargó a sus hombres otras misiones por los alrededores, para que el estruendo de pequeñas conquistas resonara aumentado en el Parlamento británico en honor de su nombre.

La flota inglesa regresó entonces a Jamaica para ultimar los preparativos, antes del ataque a Cartagena de Indias. Allí recibió un considerable refuerzo que arrojó «un total de 170 barcos y 30 000 hombres».6

Mientras tanto, continuaban los arreglos y reformas en las fortificaciones de Cartagena. Se levantaron baluartes de madera, se ampliaron las murallas y se verificó el estado de la enorme cadena de hierro que impedía el ingreso en la bahía. Eslava, «aún sin estar plenamente convencido de la eventualidad del ataque inglés», llevaba a cabo lo que desde hacía años venía haciendo Blas de Lezo, «sin que por ello se le reconociese su trabajo».7

Los españoles, por su parte, no habían recibido más refuerzos. Solamente contaban con seis navíos de guerra, con 460 piezas de artillería.

Comienza el ataque inglés

La probable tempestad se convirtió en realidad: el 13 de marzo de 1741 las velas de casi 180 embarcaciones despuntaron en el horizonte.

La armada inglesa se aproximó y bordeó toda la costa hasta el sur de la ciudad. En este recorrido abrió fuego contra las murallas, destruyendo las baterías de Chamba, San Felipe y Santiago.

Blas de Lezo se encontraba en el Castillo de San Luis de Bocachica, importante construcción que defendía la entrada de la bahía al sur. De allí le pidió a Eslava 300 hombres. Éste, molesto, le envió 150, a quienes les ordenó al día siguiente que regresaran a la ciudad…

El día 20 de marzo ocurrió lo más temido: los ingleses iniciaron el desembarco para asaltar la fortaleza de San Luis, incomparablemente más vulnerable por tierra. Con una multitud de nativos de Jamaica, cerca de 1000, empezaron la construcción de un primer campamento y de una batería.

Retrato de Edward Vernon, por Thomas Gainsborough – National Portrait Gallery, Londres

Mientras proseguían la avanzada terrestre, Vernon le ordenó a la armada que bombardeara la fortaleza. Fueron repelidos muchas veces por la artillería de las murallas y de la batería de San José que, desde el otro lado del canal llamado Bocachica, también abría fuego. En un solo día esta última quedó inutilizada por completo. No obstante, cuál no sería la sorpresa de los invasores cuando, en la jornada siguiente, la batería abrió fuego nuevamente, pues había sido reconstruida durante la noche bajo las órdenes del incansable Blas de Lezo ¡con tierra y restos de navíos!

A las siete y cuarto de la mañana del día 2 de abril de 1741 los españoles se llevaron una gran sorpresa. Los árboles en la dirección de Tierra Bomba habían desaparecido en un instante, desvelándose la espantosa escena de veinte cañones de cuatro libras y cuarenta morteros. Blas, semanas antes, le había insistido a Eslava que cortara todos los árboles de la isla, al objeto de evitar esa clase de emboscada… Aun así, como en otras muchas ocasiones, no fue escuchado.

Entonces Eslava convocó un consejo de guerra en la nao capitana Galicia. Durante el caluroso debate entre los oficiales, una bala de cañón entró en el camarote y destrozó la mesa sobre la que estaban trabajando, cuyas astillas se desperdigaron por todas partes, hiriendo levemente a Eslava; pero Blas de Lezo reunió algunas «condecoraciones» más a su cuerpo ya tan honrado por el fuego enemigo.

En su diario, en el cual hace poquísimas menciones de sus hazañas y es aún más lacónico sobre sus dolores, tan sólo anotó: «A las nueve de la mañana fui herido en un muslo y en una mano».8 Se negó a ser evacuado y continuó discutiendo con Carlos Desnaux sobre la mejor manera de abandonar la posición en San Luis.

En poco tiempo los ingleses conquistaron la entrada de la bahía, llegando hasta la última línea de defensa de los españoles. Estos iban abandonando y destruyendo fortalezas que, según la opinión de Eslava, serían posiciones insustentables. Blas, no sin razón, se indignaba, pues quería venderle cara al enemigo cada posición que fuera necesario dejar.

Para colmo de los altercados entre los dos comandantes, Eslava ordenó hundir los últimos dos navíos que les quedaban, para obstaculizarles el paso a los ingleses, lo que no tuvo utilidad alguna. Sin embargo, incluso anticipándose a estos desastres y, a veces, dejando escapar algunos zarpazos de su ira contenida, Blas siempre mantuvo intacta su obediencia a la autoridad legítimamente constituida.

Inesperada victoria

En ese ínterin, Vernon ya estaba cantando victoria. Envió a Inglaterra a la fragata Spence, al mando del capitán Lowes, con la noticia de la inminente toma de Cartagena. Allí «inminente» se tradujo por «indiscutible». Se dispararon salvas desde la Torre de Londres, repicaron las campanas y se llegó a distribuir monedas conmemorativas, en las que Blas de Lezo —con las dos piernas…— figuraba arrodillado ante el comandante británico y con la inscripción: «El orgullo español humillado por el almirante Vernon».

El 20 de abril de 1741, no obstante, se dio un misterioso episodio que decretó el fin de la invasión inglesa.

Vernon se decidió por la toma del Castillo de San Felipe de Barajas, a pesar de las reticencias del general de infantería, Thomas Wentworth, quien veía inviable tal empresa. En el silencio de la noche, dos grupos avanzaron por el bosque cerrado: uno tenía como objetivo alcanzar el castillo por el norte; el otro, por el sur. Pero el resultado fue desastroso. El guía de una de las guarniciones, un español desertor, les hizo girar durante toda la noche por el bosque. Cuando llegaron a los pies de la fortaleza ya era de día y el efecto sorpresa se perdió. De todas formas, siguieron con la operación. Pusieron las escaleras en las posiciones más estratégicas, pero constataron enseguida que éstas no tenían la altura suficiente, porque Blas de Lezo había mandado cavar un foso en torno de la muralla.

Cañones del Castillo de San Felipe de Barajas – Cartagena de Indias (Colombia)

El hecho, casi anecdótico, le costó a la tropa su derrota que, despavorida ante el fuego enemigo, dejó atrás munición, armas, hombres y las escaleras… Los españoles siquiera esperaron órdenes y saltaron en persecución de la infantería a bayoneta calada.

Después de este vergonzoso fracaso, Vernon no tuvo otra elección que la de reunir a sus oficiales en consejo en la Princess Carolina, despotricar contra la incompetencia de Wentworth, culpar al Gobierno por no haberle enviado los refuerzos anhelados y dar orden de batirse en retirada.

¿Qué había sucedido? ¿Cómo, de un momento para otro, pasó la victoria de los atacantes para los defensores?

La verdad es que el ejército inglés estaba en una auténtica calamidad. En las bodegas de sus barcos, transformados en «hospitales», sin médicos ni adecuadas condiciones sanitarias, los hombres se aglutinaban, compartiendo infecciones y gusanos. Mucho antes que Vernon, las tropas exhaustas se habían convencido de que Cartagena costaría más de lo esperado.

Los ingleses se retiraron paulatinamente, inutilizándolo todo por el camino y manteniendo el fuego contra el enemigo para que no fueran perseguidos. La maniobra duró una semana y sirvió, en parte, para no dejar a los hombres ociosos y desmoralizados.

Blas constató la victoria y, con la sencillez de quien no mira hacia sus propios méritos y nada le puede sorprender ya en esta vida, solamente menciona en su diario que los enemigos daban indicios de retirarse.9

El héroe anónimo

Monedas conmemorativas distribuidas en Inglaterra – Museum Rotterdam (Países Bajos)

Las velas enemigas desaparecieron en el horizonte y, finalmente, Cartagena tuvo tiempo para contemplar el precio de la victoria en sus ruinas aún calientes.

El heroísmo refulgente de Blas de Lezo sería prontamente reconocido por sus más allegados. Tantos servicios prestados a su patria, a su rey y —por qué no decirlo— a su religión no podían caer en el olvido.

Sin embargo, el eco natural de su honor fue acallado. El primero que escribió sobre la victoria a la corte española fue el obispo de Cartagena, Mons. Gregorio de Molleda. Contrariando su misión de pastor, defensor y proclamador de la verdad, este clérigo se manchó con la culpa de una poco velada difamación.

En su precipitado relato de la defensa de Cartagena de Indias, todas las alabanzas fueron hechas a la afamada figura del virrey Sebastián de Eslava, que, a pesar de las escandalosas rebeliones de un tal Blas de Lezo, obtuvo un éxito brillante…

A continuación, el propio Eslava pintó su versión de la historia, en la cual Blas adquirió tintes de criminal: «Que se le castigue por su comportamiento»,10 le escribió al rey.

Mientras un vendaval de acusaciones llegaba hasta la corona española y la mayor parte de la opinión pública aplaudía a Sebastián de Eslava, en gloriosa ascensión de elogios y honores, ¿qué hacía el almirante de la armada, don Blas de Lezo y Olavarrieta? Enfermo, olvidado y sufriendo los efectos de la guerra, vivía sus postreros días en un lecho del cual ya no se levantaría. Dedicó sus últimas fuerzas a escribir su versión de los hechos11 y, así, salvaguardar el honor de cuarenta años de servicios prestados en la punta de la lanza de la dedicación y del heroísmo y obtener un digno descanso a la familia que dejaba.

Blas enfrentó su última batalla, la agonía, a las ocho de la mañana del 7 de septiembre de 1741. Su cuerpo, mutilado por el fuego enemigo, fue enterrado; su fama continuó perseguida por la calumnia, y su honor, intacto, permaneció sepultado con él en los alrededores de Cartagena de Indias. Ni siquiera el lugar de su tumba es conocido.

Si bien que en la actualidad no faltan los que se ponen a campo para hacer justicia a la gloria del Almirante Mediohombre. Sus compatriotas de hoy, inconformes con el silencio de sus contemporáneos, reconocen figura tan insigne y lo alaban como uno de los más grandes héroes de la gesta española.

Su última aventura puede enseñarnos muchas cosas. La Historia es obstinada y tiende a repetirse. Cuales nuevos Goliat, grandes potencias se levantan, se juzgan invencibles, se proclaman omnipotentes. Se ríen de los ungidos del Señor, pero por ellos son derrotados en un golpe inesperado y fulminante.

Blas de Lezo, por Salvador Amaya – Plaza de Colón, Madrid

Entonces se tienen que meter en el bolsillo sus propias monedas, acuñadas por los que cantaron victoria antes de tiempo…

Y es que, incluso cuando las apariencias físicas muestran únicamente a un hombre reducido a la mitad de sus capacidades naturales, detrás de las exterioridades puede haber un gigante, un héroe, un vencedor, en el cual las virtudes y el amor a un ideal crecieron hasta el punto de no caber ni en un hombre entero. ◊

Autor: Gabriel Borges Bonfim Silva

Revista Heraldos del Evangelio Año XIX. N.º 216. Julio 2021

 

Notas

1 SARAVIA, Gonzalo M. Quintero. Don Blas de Lezo. Biografía de un marino español del siglo XVIII. 3.ª ed. Madrid: EDAF, 2016, p. 46.

2 Cf. Ídem, p. 27.

3 Ídem, p. 160.

4 Cf. VICTORIA, Pablo. El día que España derrotó a Inglaterra. 3.ª ed. Barcelona: Áltera, 2008, p. 41.

5 SARAVIA, op. cit., p. 160.

6 Ídem, p. 204.

7 Ídem, p. 206.

8 Ídem, p. 222.

9 Cf. Ídem, p. 248.

10 Ídem, p. 257.

11 Cf. CRESPO-FRANCÉS, José Antonio. Blas de Lezo y la defensa heroica de Cartagena de Indias. 4.ª ed. Madrid: Editorial ACTAS, 2016, p. 191.

María Santísima

En todas partes fue un instrumento de misericordia, arma terrible contra el demonio, remedio para muchos males.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

diciembre 26, 2021

La Medalla Milagrosa fue acuñada y se difundió con una sorprendente rapidez por el mundo entero, y en todas partes fue un instrumento de misericordia, arma terrible contra el demonio, remedio para muchos males, medio simple y prodigioso de conversión y de santificación.

Santa Catalina Labouré.

Ella se llamaba Catalina, o Zoé, para los más íntimos. Su mayor alegría era llevar la ración diaria para la multitud de palomas que habitaban la torre cuadrada del palomar de su casa. Cuando avistaban a la campesina, las aves se lanzaban en dirección a ella,
envolviéndola, sumergiéndola, pareciendo querer arrebatarla y arrastrarla para las alturas.

Cautiva de aquella palpitante nube, Catarina reía, defendiéndose contra las más precipitadas, acariciando las más tiernas, dejando su mano deslizar por la blancura de aquellos suaves pelajes. Durante toda la vida, guardará nostalgia de las palomas de su infancia: «Eran casi 800 cabezas», acostumbraba a decir, no sin una puntita de tímido orgullo…

Catarina Labouré (se pronuncia «Laburre») vino al mundo en 1806, en la provincia francesa de Borgoña, bajo el cielo de Fain-les-Moutiers, donde su padre poseía una estancia y otros bienes. A los nueve años perdió a la madre, una distinguida señora perteneciente a la pequeña burguesía local, de espíritu cultivado y alma noble, y de un heroísmo doméstico ejemplar. Abalada por el rudo golpe, desecha en lágrimas, Catalina abraza una imagen de la Santísima Virgen y exclama: «De ahora en adelante, Vosotros seréis mi madre!»

Nuestra Señora no decepcionará a la muchacha que se entregaba a Ella con tanta devoción y confianza. A partir de entonces, la adoptó como hija dilecta, alcanzándole gracias superabundantes que solo hicieron crecer su alma inocente y generosa. Esa encantadora guardiana de palomas, en cuyos límpidos ojos azules se estampaban la salud, la alegría y la vida, así como la gravedad y sensatez venidas de las responsabilidades que temprano pesaron sobre sus jóvenes hombros, esa pequeña ama de casa modelo (y aún iletrada) tuvo sus horizontes interiores abiertos a la contemplación, conducentes a una hora de suprema magnificencia.

Con las Hijas de San Vicente.

Cierta vez, un sueño dejó a Catalina intrigada. En la iglesia de Fain-les-Moutiers, ella ve un viejo y desconocido sacerdote celebrando la Misa, cuya mirada la impresiona profundamente. Terminado el Santo Sacrificio, él hace una señal para que Catalina se aproxime.

Temerosa, ella se aleja, entretanto fascinada por aquella mirada. Aún en el sueño, sale a visitar a un pobre enfermo, y reencuentra al mismo sacerdote, que esta vez le dice: «Hija mía, tú ahora te escapas… pero un día serás feliz en venir hasta mí. Dios tiene designios para ti. No te olvides de eso». Al despertar, Catalina repasa en su mente aquel sueño, sin comprenderlo…

Algún tiempo después, ya con 18 años, ¡una inmensa sorpresa! Al entrar en el locutorio de un convento en Châtillon-sur-Seine, ella se depara con un cuadro en el cual está retratado precisamente aquel anciano de penetrante mirada: es San Vicente de Paul, Fundador de la congregación de las Hijas de la Caridad, que así confirma e indica la vocación religiosa de Catalina.

En efecto, a los 23 años, venciendo todos los intentos del padre para alejarla del camino que el Señor le trazara, Catalina abandona para siempre un mundo que no estaba a su nivel, y entra como postulante en aquel mismo convento de Chântillon-sur-Seine. Tres meses después, el 21 de abril de 1830, es aceptada en el noviciado de las Hijas de la Caridad, situado en la Rue du Bac, en Paris, donde toma el hábito en enero del año siguiente.

Primera aparición.

La primera tuvo lugar en la noche del 18 al 19 de julio de 1830, fecha en que las Hijas de la Caridad celebran la fiesta de su santo Fundador. De todo cuanto entonces sucedió, dejó Catalina minuciosa descripción:

La Madre Marta nos hablara sobre la devoción a los santos, en particular sobre la devoción a la Santísima Virgen – lo que me dio deseos de verla – y me acosté con ese pensamiento: que en esta noche, yo vería a mi Buena Madre. Como nos habían distribuido un pedazo

del roquete de lino de San Vicente, corté la mitad y la tragué, adormeciendo con el pensamiento de que San Vicente me daría la gracia de contemplar a la Santísima Virgen. En fin, a las once y media de la noche, oí a alguien llamarme:

– ¡Hermana Labouré! ¡Hermana Labouré!

Despertando, abrí la cortina y vi a un niño de cuatro a cinco años, vestido de blanco, que me dijo:

– ¡Levantaos de prisa y venid a la Capilla! La Santísima Virgen os espera.

Luego me vino el pensamiento de que las otras hermanas iban a oírme. Pero, el niño me dijo:

– Quedaos tranquila, son once y media; todas están profundamente dormidas. Venid, yo os espero.

Me vestí de prisa y me dirigí a lado del niño, que permaneció de pie sin alejarse de la cabecera de mi lecho. Yo lo seguí. Siempre a mi izquierda, él lanzaba rayos de claridad por todos los lugares donde pasábamos, en los cuales los candeleros estaban encendidos, lo que me espantaba mucho. Sin embargo, mucho más sorprendida quedé al entrar en la capilla: luego que el niño tocó la puerta con la punta del dedo, ella se abrió. Y mi espanto fue todavía más completo cuando vi todas las velas y candelabros encendidos, lo que me recordaba la misa de media noche. Entre tanto, yo no veía a la Santísima Virgen.

El niño me condujo adentro del santuario, hasta el lado de la silla del director espiritual*. Allí me arrodillé, mientras el niño continuó de pie. Como el tiempo de espera me estaba pareciendo largo, miré hacia la galería para ver si las hermanas encargadas de la vigilia nocturna no pasaban por allí.

Por fin, llegó el momento. El niño me alertó, diciendo:

– ¡Es la Santísima Virgen! ¡Hela aquí!

En ese instante, Catalina escucha un ruido, como el ligero sonido de un vestido de seda, viniendo de lo alto de la galería. Levanta los ojos y ve a una señora con un traje color marfil, que se prosterna delante del altar y viene a sentarse en la silla del Padre Director.

La vidente estaba en la duda si aquella era Nuestra Señora. El niño, entonces, no más con timbre infantil, sino con voz de hombre y en tono autoritario, dijo:

– ¡Es la Santísima Virgen!

La Hermana Catalina recordaría después:

Di un salto junto a Ella, me arrodillé al pie del altar, con las manos apoyadas en las rodillas de Nuestra Señora… Allí se pasó el momento más dulce de mi vida. Me sería imposible exprimir todo lo que sentí.

Ella dijo como me debo conducir junto a mi director espiritual, como comportarme en mis sufrimientos venideros, mostrándome con la mano izquierda el pie del altar, donde yo debo venir a lanzarme y expandir mi corazón. Allá recibiré todas las consolaciones que necesito. Yo le pregunté lo que significaban todas las cosas que viera y Ella me explicó todo:

– Hija mía, Dios quiere encargarte una misión. Tendrás mucho que sufrir, sin embargo, has de soportar, pensando que lo harás para la gloria de Dios. Sabrás (discernir) lo que es de Dios. Serás atormentada, hasta por lo que dijeres a quien está encargado de dirigirte. Serás

contrariada, pero tendrás la gracia. No temas. Decid todo con confianza y simplicidad. Serás inspirada en tus oraciones. El tiempo actual es muy ruin. Calamidades van a abatirse sobre Francia. El trono será derrumbado. El mundo entero se verá trastornado por males de todo tipo (la Santísima Virgen tenía un aire muy entristecido al decir eso). Pero vengan al pie de este altar: ahí las gracias serán derramadas sobre todas las personas, grandes y pequeñas, particularmente sobre aquellas que las pidan con confianza y fervor. El peligro será grande, sin embargo, no debes temer: Dios y San Vicente protegerán a esta Comunidad.

Segunda aparición

Cuatro meses transcurrieron desde aquella prodigiosa noche en que Santa Catalina contemplara por la primera vez a la Santísima

Virgen. En la inocente alma de la religiosa crecían las añoranzas de aquel bendito encuentro y el deseo intenso de que le fuese concedido de nuevo el augusto favor de volver a ver a la Madre de Dios. Y así fue atendida.

Era 27 de noviembre de 1830, sábado. A las cinco y media de la tarde, las Hijas de la Caridad se encontraban reunidas en su capilla de la Rue du Bac para el acostumbrado período de meditación. Reinaba perfecto silencio en las hileras de las monjas y novicias. Como las demás, Catarina se mantenía en profundo recogimiento. Súbitamente…

Me pareció oír, del lado de la galería, un ruido como el sonido ligero de un vestido de seda. Habiendo mirado para ese lado, vi a la Santísima Virgen a la altura del cuadro de San José. De estatura media, su rostro era tan bello que me sería imposible decir su belleza.

La Santísima Virgen estaba de pie, trayendo un vestido de seda blanco-aurora, hecho según el modelo que se llama a la Vierge, mangas lisas, con un velo blanco que le cubría la cabeza y descendía de cada lado hasta abajo. Bajo el velo, vi los cabellos repartidos al medio, y por arriba un encaje de más o menos tres centímetros de altura, sin fruncido, esto es, apoyado ligeramente sobre los cabellos. El rostro bastante descubierto, los pies posados sobre una media esfera. En las manos, elevadas a la altura del estómago de manera muy natural, Ella traía una esfera de oro que representaba el globo terrestre. Sus ojos estaban vueltos hacia el Cielo… Su rostro era de una incomparable belleza. Yo no sabría describirlo…

De repente, percibí en sus dedos anillos revestidos de bellísimas piedras preciosas, cada una más linda que la otra, algunas mayores, otras menores, lanzando rayos para todos lados, cada cual más estupendo que el otro. De las piedras mayores partían los más magníficos fulgores, ampliándose a medida que descendían, lo que llenaba toda la parte inferior del lugar. Yo no veía los pies de Nuestra Señora.

En ese momento, cuando yo estaba contemplando a la Santísima Virgen, Ella bajó los ojos, fijándolos en mí. Y una voz se hizo oír en el fondo de mi corazón, diciendo estas palabras:

– La esfera que ves representa al mundo entero, especialmente Francia… y cada persona en particular…

No se exprimir lo que sentí y lo que vi en ese instante: el esplendor y la cintilación de rayos tan maravillosos…

– Estos (rayos) son el símbolo de las gracias que Yo derramo sobre las personas que más piden – agregó Nuestra Señora, haciéndome comprender cuan agradable es rezar a Ella, cuanto Ella es generosa con sus devotos, cuantas gracias concede a las personas que las ruegan, y que alegría Ella siente al concederlas.

– Los anillos de los cuales no parten rayos (dirá después la Santísima Virgen), simbolizan las gracias que se olvidan de pedirme.

En ese momento se formó un cuadro en torno a Nuestra Señora, un poco oval, en lo alto del cual estaban las siguientes palabras: «Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a Vos», escritas en letras de oro.
Una voz se hizo oír entonces, diciéndome:

– Haced acuñar una medalla conforme este modelo. Todos los que la usen, trayéndola al cuello, recibirán grandes gracias. Estas serán abundantes para aquellos que la usen con confianza…

En ese instante, el cuadro me pareció girar y vi el reverso de la medalla: en el centro, el monograma de la Santísima Virgen, compuesto por la letra «M» encimada por una cruz, la cual tenía una barra en su base. Abajo figuraban los Corazones de Jesús y de María, el

primero coronado de espinas, y el otro, traspasado por una espada. Todo desapareció como algo que se extingue, y quedé repleta de buenos sentimientos, de alegría y de consolación.

Santa Catalina dirá, más tarde a su Director Espiritual haber visto las figuras del verso de la medalla contornadas por una guirnalda de doce estrellas. Tiempos después, pensando si algo más debía serles agregado, oyó durante la meditación una voz que decía:

– La M y los dos corazones son suficientes.

Tercera aparición.

Pasados algunos días, en diciembre de 1830, Nuestra Señora apareció por tercera y última vez a Santa Catalina. Como en la visión anterior, Ella vino en el período de meditación vespertina, haciéndose preceder por aquel característico ruido ligero de su vestido de seda. De allí a poco, la vidente contemplaba a la Reina del Universo, en su traje color de aurora, revestida de un velo blanco, asegurando nuevamente un globo de oro con una pequeña cruz arriba. Dos anillos adornados de piedras preciosas, con intensidades diversas, la misma luz, radiante como la del sol. Contó después Santa Catalina:

Es imposible expresar lo que sentí y comprendí en el momento en que la Santísima Virgen ofrecía el Globo a Nuestro Señor. Como estaba con la atención ocupada en contemplar a la Santísima Virgen, una voz se hizo oír en el fondo de mi corazón: Estos rayos son símbolo de las gracias que la Santísima Virgen obtiene para las personas que las piden.

Estaba yo, llena de buenos sentimientos, cuando todo desapareció como algo que se apaga. Y quedé repleta de alegría y consolación…

El acuñar de las primeras medallas.

Se encerraba así el ciclo de las apariciones de la Santísima Virgen a Santa Catalina. Esta, entretanto, recibió un consolador mensaje: «Hija mía, de aquí en adelante no me verás más, sin embargo, oirás mi voz durante tus oraciones». Todo cuanto presenciara y le fuera transmitido, Santa Catalina relató a su director espiritual, el padre Aladel, que mucho dudó en darle crédito. Él consideraba soñadora, visionaria y alucinada a esa novicia que todo le confiaba e insistentemente imploraba:

– ¡Nuestra Señora quiere esto… Nuestra Señora está descontenta…es necesario acuñar la medalla!

La Medalla en tiempo de pandemia...

Dos años de tormento trascurrieron. Por fin, el padre Aladel resuelve consultar al Arzobispo de París, Mons. Quelen, que lo anima a llevar adelante ese santo emprendimiento. Solo entonces encomienda a la Casa Vachette las primeras veinte mil medallas. El cuñaje iba empezar, cuando una epidemia de cólera, venida de Rusia a través de Polonia, irrumpió en París el 26 de marzo de 1832, esparciendo la muerte y la calamidad. La devastación fue tal que, en un único día, se registraron 861 víctimas fatales, siendo que el total de óbitos aumentó a más de veinte mil.

Las descripciones de la época son aterradoras: el cuerpo de un hombre en perfectas condiciones de salud se reducía al estado de esqueleto en apenas cuatro o cinco horas. Casi en un piscar de ojos, jóvenes llenos de vida tomaban aspecto de viejos carcomidos, y luego después eran horripilantes cadáveres.

En los últimos días de mayo, cuando la epidemia pareció retroceder, se inició de hecho el cuñaje de las medallas. Entretanto, en la segunda quincena de junio, un nuevo brote de la tremenda enfermedad lanzaba una vez más el pánico entre el pueblo. Finalmente, la Casa Vachette entregó en el día 30 de ese mes las primeras 1500 medallas, que luego fueron distribuidas por las Hijas de la Caridad y abrieron un interminable cortejo de gracias y milagros.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
Si desea contactarse con nosotros, envíenos un mensaje.