Santos

San Juan María Vianney

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septiembre 9, 2021

Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesucristo, San Juan María Vianney alimentó su cotidiana donación sin reservas, a Dios y a la Iglesia.

Infancia.

San Juan Bautista María Vianney, una de las más prodigiosas glorias del clero de Francia, nació en Dardilly, cerca de Lyon, el día 8 de mayo de 1786 y fue bautizado el mismo día.

Hijo del agricultor Mateo Vianney y de María Belusa, tuvo cinco hermanos, todos consagrados solemnemente a Nuestra Señora antes del nacimiento. Eran Catalina, Juana María, que desapareció a los cinco años, Francisco, Margarita y otro Francisco, que apodaban “el benjamín”.

Hijo de padres cristianos, Juan María fue desde niño piadoso, dulce y bueno. La madre, un día, le dio una imagen de Nuestra Señora, y el niño predestinado jamás la soltaba.

La llevaba tierna y respetuosamente en los brazos adonde fuera, así pensaba él y acostumbraba a rezar delante de ella, demorada y compenetradamente, ya como un pequeño sacerdote.

Pronto comenzó a enseñar a sus compañeros las lecciones de religión que aprendía de sus padres, a veces inclusive a adultos, muy serio, muy seguro de sí mismo, siempre inspirado.

Revolución francesa.

Con la invasión de la revolución a las provincias vivió días tristes: las iglesias cerradas, tristemente cerradas al pueblo lo entristecían, y los sacerdotes, perseguidos, aquellos padres heroicos sin miedo, que por la verdad, decían misas clandestinas en lo más espeso de los bosques, dando Jesús a los hombres, le llenaban su alma de admiración y de un cierto desasosiego, de una avidez incontenible para las cosas de Dios.

En efecto, desde aquellos momentos agitados, de grandes desórdenes, de muerte, de miedo y de hambre, nació el rumbo que se propuso alcanzar: con su carácter ya templado, tuvo un celo apasionado dirigido a la salvación de las almas.

De extraña predilección por los pobres, por los abandonados que nada poseen, ni comida ni cariño, los reunía por los caminos, por los bosques, a lo largo de los setos, y, alegremente, los llevaba a su casa, donde sus padres, afamados desde hacía mucho por la caridad, acogían a todos los desventurados con una gran sonrisa que ahuyentaba poquedades.

A los trece años, con un fervor fuera de lo común, Juan María, resplandeciente, hizo su primera comunión. Y el buen niño, con Jesús en el corazón, un corazón inmenso, decía para sí mismo, como si fuera la más dulce de las melodías:

¡Yo seré sacerdote! ¡Yo seré sacerdote! … ¡Y lo fue!

Vocación sacerdotal de San Juan María Vianney.

Valientemente, se lo dijo a su padre. Pero él, hombre prudente y conocedor de la vida y de los entusiasmos de la juventud, lo hizo esperar dos años para observarlo y probarlo. Era el tiempo del Directorio, aquella época de agitación política agravada por la penuria de las finanzas y de la economía nacional, época de disolución de las costumbres, no sólo porque los hombres buscaban en los placeres olvidarse de las amarguras pasadas y de los peligros a los que se habían expuesto, sino por el dinero que algunos amontonaban con la compra de bienes nacionales y con los suministros militares, dinero fácil que llevaba al lujo, la ostentación, la vanidad y la depravación. Al final, Juan María entró en la escuela fundada por el abad Balley, sacerdote entonces, de Ecully. El joven Vianney fue un alumno que hizo progresos lentos, aunque se esforzaba desesperadamente. Y, para obtener buenos resultados, se mortificaba para conseguir ayuda del Cielo. En 1807, con veinte años, Juan María fue confirmado por el arzobispo de Lyon, el Cardenal Fesh, tío de Napoleón. Aspirante al sacerdocio, se libró del servicio militar. Enfermo, vagó de hospital en hospital. De regreso a sus estudios, hizo el primer año de filosofía, de 1812 a 1813, en el pequeño seminario de Verrieres. Seminarista modelo, pero alumno bastante enfermizo, el poder de la oración fue consiguiendo abrirle el camino, hasta que estuvo en el seminario mayor de San Ireneo de Lyon. Allí, brilló especialmente por sus virtudes. Fue ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815, por Monseñor Simón, obispo de Grenoble, tenía veintinueve años. Nombrado vicario de Ecully, allí estuvo por tres años. Tuvo entonces la oportunidad de revisar con calma, toda su teología.

Juan María Viannen - Cura de Ars.

Designado para Ars, que quedaba a treinta y cinco kilómetros al norte de Lyon, llegó a un lugar donde sufriría por el rígido invierno, aquella ciudad que lo tendría por cuarenta y dos años, o sea, hasta el día en que, dejando la tierra, iría para Dios. Era el año de 1818.

Juan María fue directamente a la Iglesia. Cayendo de rodillas, quedó por largo tiempo sumido en adoración.

Los habitantes de Ars, vivían indiferentes en cuanto a la religión, aunque constituían buenas familias. Juan María se puso inmediatamente a trabajar. Y con la acción del santo cura, poco a poco, todo se fue transformando.

Cinco años después, Ars tenía otra fisonomía: el trabajo de los domingos fue totalmente abolido. La blasfemia, que andaba loca por el lugar, desapareció.

El vicio de la embriaguez, en el que la mayoría de los hombres había caído, se había retirado. Y los bailes inconvenientes y desenfrenados, paulatinamente fueron siendo eliminados de la feligresía. Para ganar tal batalla, cuántos trabajos, cuántos ayunos, cuántas suplicas, ¡cuánta oración!

Mucho antes del amanecer, Juan María se levantaba y se prosternaba delante del tabernáculo. Y allí, arrodillado, silenciosa y ardientemente, rogaba al Señor, con insistencia, que le convirtiese aquellas almas que se habían apartado del camino.

Se disciplinaba a si mismo, descansaba expuesto al sol, dormía sobre duras ramas. Y, cuando todo comenzó a mejorar, he aquí, de repente, que comenzaron las calumnias y las hipocresías. Esto, sin embargo, no era problema para el santo cura.

Las persecuciones de los hombres se juntaron a las del demonio. Y la lucha que trabó con el espíritu del mal, duró treinta y cinco años: se inició en 1824 y terminaría un año antes de su muerte.

Durante la noche, fantasmas horrendos, actos infernales, voces insultantes terribles transformaban la casa parroquial en un verdadero infierno, en horribles pesadillas tormentosas. Se ve hasta hoy, en parte, los trazos del fuego que le destruyeron su cama de madera.

Pero sustentado por gracias divinas, Juan Bautista María Vianney salió victorioso de todos los asaltos. Y la Virgen, cuya imagen guardaba en su infancia, le apareció dulcemente, para alentarlo y animarlo.

Dice San Juan Bautista María Vianney que al decir, todos los días, la santa misa, veía a Nuestro Señor.

La iglesia vieja, fue restaurada. Edificó muchas capillas, todo para la honra de Dios y el bien de los fieles.

Frutos pastorales.

Dios le concedió el don de los milagros. Y los milagros que realizó, los atribuía a Santa Filomena, su celestial amiga, llamada la taumaturga del siglo XIX, cuya historia comenzó a ser conocida en 1802, año en que fueron descubiertas las reliquias en la catacumba de Priscila, en la vía Salaria.

En 1820, Vianney fue nombrado cura de Salles, en Beaujolais. En Ars la consternación fue muy grande. Y el pueblo, que no se conformaba con la idea de ver al santo apartado del lugar, comenzó a suplicar para que no se lo llevasen de la comunidad. Atendidas las ovejas, la alegría volvió a reinar en Ars.

En 1824, fue abierta una escuela popular por el buen cura, destinada a las niñas. Pronto fue abierto un orfanato contiguo.

Trabajador incansable, nadie reconocía en la Ars de aquel momento, la de San Juan Bautista María Vianney, aquella ciudad abandonada, desorganizada y blasfema de otrora.

Día a día.

El programa diario del santo cura era exhaustivo: de madrugada, exactamente a la una, iba a la iglesia para rezar; antes del amanecer confesaba a las mujeres; a las seis en verano, a las siete en invierno, celebraba la santa misa.

Después de la acción de gracias, los peregrinos lo rodeaban, implorando bendiciones, curaciones, palabras de aliento, seguidos de consejos para los más variados casos, conversiones de éste o aquél ser querido, pariente, amigo o compañero de trabajo; a las diez de la mañana, recitaba las pequeñas horas de su amigo viejo breviario, su amigo inseparable, después se sentaba nuevamente en el confesionario.

A las once era el catecismo, aquel catecismo que quedó famoso; después del almuerzo, que era bien pequeño, seguía la clásica visita a los enfermos, mientras que la multitud se reunía para verlo pasar, para tocarle sus ropas, multitud que el Santo, compadecido por la dedicación de los fieles, bendecía dulcemente; después de haber rezado las vísperas y las completas, y por tercera vez, lo recibía la penumbra del confesionario, donde muchas veces, se quedaba hasta altas horas de la noche.

¡Que devoción por los pecadores! ¡Cuántas conversiones, incluso las de reputación de imposibles, fueron realizadas por el santo! ¡Qué don, el de descubrir entre la multitud, a los grandes pecadores! Los llamaba y dulcemente les hablaba de las bellas cosas de Dios y de las horribles cosas del demonio.

La oración de la noche era tan emocionante, que toda la gente lloraba. Los domingos, en la misa, siempre predicaba.

Dios en un hombre.

Tan grande era la fila de los peregrinos que lo buscaban, que hubo necesidad, un día, que viniera un padre vecino a ayudarlo: era el padre Raimundo, que, a partir de 1845, se tornó su vicario.

En 1850, Juan Bautista María fue distinguido con el canonicato: vendió entonces su capa en beneficio de los pobres. Dos años después, le concedieron la Cruz de la Legión de Honra, que rechazó, ya que era necesario dar una cantidad de dinero que él prefería reservar para limosnas.

Era el año 1853. Cuando el padre Toccanier substituyó al padre Raimundo como auxiliar de San Juan Bautista María Vianney, el santo, con deseos de retirarse para poder “llorar la pobre vida”, resolvió dejar Ars.

¡Fue un episodio conmovedor! La alarma sonó. El pueblo le cerró el camino y lo llevó a la iglesia. El santo, sumiso a la voluntad de Dios y para el alivio de la multitud, que daba gracias al Altísimo, continuó en su puesto, aquel puesto del que sólo la muerte lo habría de apartar.

Y cuando murió, la desolación fue indescriptible. Era el día 4 de agosto de 1859 y tenía setenta y tres años.

Los peregrinos y los feligreses desfilaron por cuarenta y ocho horas sin interrupción, ante el cuerpo de aquel Santo que se fue ante el Santo de los Santos.

Llegando a la más sublime perfección, al más alto grado de unión mística y angélica, en toda Ars, solamente se hablaba del buen Juan Bautista María, de su bondad, paciencia, humildad, santidad, desvelo y caridad.

Taumaturgo inmenso, el santo cura de Ars realizó milagros sin tener en cuenta sus sufrimientos corporales y morales, siempre a favor de las miserias espirituales. Incluso en vida, ya el pueblo lo proclamaba santo.

Enterrado en su iglesia, Juan Bautista María Vianney fue declarado venerable el 3 de octubre de 1872, por Pío IX. Beatificado por el Papa San Pío X, el 8 de enero de 1905, fue instituido por el mismo pontífice como patrono de todos los sacerdotes de Francia que se encargaban de las almas.

La canonización tuvo lugar en 1925, el día 31 de mayo, algunos días después de la de Santa Teresita del Niño Jesús.

Ars, rápidamente, se convirtió en un gran centro de peregrinación. Allí, un magnifico santuario fue erigido, y el cuerpo del Santo permanece en un relicario. El corazón, que fue encontrado intacto en la exhumación del 17 de junio de 1940, es venerado aparte.

(Vida de los Santos, Padre Rohrbacher, Volumen XIV, p. 292 a 299)

(Revista Heraldos del Evangelio, Agosto/2009, n. 92, p. 6 a 9)

Comentarios

Misiones

Aniversario de la Última Aparición de la Virgen de Fátima​
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noviembre 4, 2021

El 13 de octubre celebramos un aniversario más de la Última Aparición de Nuestra Señora en Fátima, en la que la Madre de Dios se dio a conocer como la “Señora del Rosario”.

Los Caballeros de la Virgen organizaron en Quito, Guayaquil y Cuenca una jornada de oración, con la recitación del Santo Rosario, Misas Solemnes y Coronación de la imagen peregrina de Nuestra Señora de Fátima.

Ángeles

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septiembre 9, 2021

  Aproximadamente desde el siglo VI se conmemora la existencia de los tres Arcángeles: Miguel, Gabriel y Rafael. La fiesta es celebrada por la iglesia el 29 de Septiembre de cada año; ya que según la Sagrada Escritura son los mensajeros de Dios y «poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra» (Sal 103, 20), y «enviados para servir a los que deben heredar la salvación» (Heb 1, 14).

  Numerosas son las situaciones en las que las escrituras nos cuentan como los ángeles cumplen una misión importante en la vida de Jesús; como cuando el Arcángel Gabriel anuncia a María la venida de Jesús y luego a José le revela también el misterio de la maternidad de la Virgen. Mediadores de grandes acontecimientos e intercesores que batallan espiritualmente por toda la humanidad.
  En la Sagrada Biblia se menciona el nombre de tres Arcángeles; Miguel, Rafael y Gabriel, cada uno con un significado y una misión.

San Miguel "Quien como Dios" del hebreo "Mija-El"

  El pimero de los tres Arcángeles es el Príncipe de los demás ángeles, defensor de los cristianos que gana victorias ante el enemigo; por lo que la Iglesia Católica le tiene gran devoción al pedir ayuda contra los ataques de satanás.

El Dr. Plinio Correa de Oliveira comentó: «San Miguel comandó la lucha contra los demonios y los precipitó al Infierno. El es el jefe de los Ángeles de la Guarda de los individuos y de las instituciones. El es el mismo Ángel de la Guarda de la Institución por excelencia, la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.» (Extraído de conferencia del 28/09/1966)

Oración

  San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla: sé nuestra protección contra la malicia y las acechanzas del diablo. Reprímalo Dios, suplicamos humildemente: y tú, oh príncipe de la milicia celestial, arroja a los infiernos a satanás y a los otros espíritus malignos que andan sueltos por el mundo, para causar la perdición de las almas. Amén.

Asista al Video en nuestro Canal.

San Gabriel "Dios es mi protector" "Fortitudo Dei" (Fortaleza de Dios)

  El Arcángel mensajero; quien trajo al mundo la bella noticia, quien anuncia a Zacarías el nacimiento de Juan Bautista y quien declara «Yo soy Gabriel que asisto a la vista de Dios» (Lc, 1, 19).

Oración

  Dios, señor nuestro, imploramos tu clemencia para que habiendo conocido tu Encarnación por el anuncio del Arcángel San Gabriel, con el auxilio suyo consigamos también sus beneficios. Por Jesucristo nuestro señor. Amén.

Asista al Video en nuestro canal.

San Rafael "Dios te sana"

  El Arcángel que aleja enfermedades y protege en los viajes; aparece en las escrituras en el libro de Tobías, curándolo de su ceguera y acompañando al hijo de este en un peligroso viaje para luego conseguirle una esposa.

Oración

  Arcángel San Rafael, que dijiste: bendecid a Dios todos los días y proclamad sus beneficios. Practicad el bien y no tropezareis en el mal. Buena es la oración con ayuno y hacer limosna mejor que atesorar oro, te suplico me acompañes en todos mis caminos y me alcances gracias para seguir tus consejos. Amén.

Asista al Video en nuestro canal.

Oraciones

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús...
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septiembre 12, 2021

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús, y elevado a la condición de Patriarca de la Santa Iglesia.

Vos que sufriseis tremendas perplejidades, me veis en los mismos caminos que transitasteis, pues también estoy en esta Tierra para ser probado. ¿Por cuántas perplejidades y aflicciones deberé pasar?

Por los méritos de la perfección con la cual enfrentasteis todas las perplejidades, y en especial la pérdida del Niño Jesús durante tres días, yo os pido: en mis aflicciones dadme la paz, la serenidad, la tranquilidad y la confianza en Dios que vos tuvisteis en esos momentos. Amén.

Autor: Mons. Joao S. Clá Dias

Fundador de los Caballeros de la Virgen

María Santísima

Afirmaba Nestorio que María es madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y por eso debe ser llamada simplemente Madre de Cristo (Christotokos).
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septiembre 12, 2021

“Que nadie llame a María, Madre de Dios; ella es una mujer, y es imposible que Dios nazca de una mujer”. No sentó nada bien esta afirmación proferida de la boca del presbítero Anastasio; un estremecimiento de sorpresa e indignación recorrió la catedral de Constantinopla ante tal cosa contra el dogma que futuramente se proclamaría.

Hasta entonces a nadie se le había ocurrido nunca poner en duda allí esa verdad en la que la Iglesia creía desde hacía mucho tiempo, y en aquel momento el predicador lo negaba con tanta arrogancia. Filiales y afligidas miradas acribillaron el semblante del Patriarca que, sentado en su cátedra, debería ser el guardián de la Fe. Sin embargo, no sólo guardaba silencio, sino que aprobaba con un enfático movimiento de cabeza dando su apoyo a esa insólita afirmación. El pueblo, escandalizado, comenzó a abandonar la catedral.

El origen de un Patriarca controvertido

En la capital oriental del Imperio Romano, Constantinopla, se mezclaban tumultuosamente la controversia teológica y las intrigas palaciegas, acentuadas por las características del temperamento oriental. Así, tan pronto como la Sede Patriarcal quedó vacante a finales del 427, las facciones representadas en la corte pasaron a promover a sus respectivos candidatos al codiciado puesto.

Teodosio II, no obstante, decidió no prestar atención a ninguna de las partes y, con el fin de evitar discordias, optó por escoger a un extranjero.

Su elección recayó sobre un monje de Antioquía, excelente orador, dotado de sonora voz y con fama de santidad. Algunos lo consideraban como un segundo Crisóstomo. Su nombre era Nestorio.

Infelizmente, la reputación del candidato no correspondía con la realidad. Aunque aparentaba piedad, celo y rectitud de costumbres, el padre Nestorio estaba sediento de adulaciones y lisonjas. Ocupar tan importante cátedra alentaba sus ambiciosos anhelos y, por eso, nada más recibió la invitación viajó a Nova Roma, acompañado de Anastasio, su confidente.

En el camino, se detuvo un momento con el Obispo de Mopsuestia, Teodoro, que se había encaminado por tortuosas sendas en la especulación teológica, aireando tesis cristológicas demasiado temerarias. Y el pensamiento heterodoxo de Nestorio en materia de cristología se originó o se agravó en la convivencia con ese prelado.

La alegría de los constantinopolitanos por la llegada del nuevo Patriarca se transformó en seguida en temor y desconfianza, pues el que prometía ser un celoso pastor no tardó en manifestar orgullo y falta de integridad. Y el sermón mencionado más arriba fue el detonante de la nueva herejía que el recién elegido Patriarca diseminaría por el Oriente cristiano.

Graves repercusiones sobre la doctrina contra María.

Afirmaba Nestorio que María es madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y por eso debe ser llamada simplemente Madre de Cristo (Christotokos).

Hablar de Madre de Dios sería, según sus palabras, “justificar la locura de los paganos, que dan madres a sus dioses”. María habría dado a luz al hombre Jesús en el que el Verbo, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, habitaría como en un templo. Es decir, en Jesucristo habría dos personas, una divina y otra humana, y no solamente la Persona divina, con dos naturalezas distintas, la divina y la humana, como nos enseña la Doctrina Católica.

De ese enunciado se deducen una serie de proposiciones contrarias a la Fe. En primer lugar, los dolores de la Pasión hubieran sido sufridos únicamente por la humanidad de Cristo y, por lo tanto, no podrían haber satisfecho a Dios Padre con méritos infinitos. Si esto fuera así, no habría razón para hablar de Redención, pues “ningún hombre, aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos”.

Por otro lado, la expresión “el Verbo se hizo carne” perdería su sentido, pues por mucho que se afirmase que en Cristo existiría la unión de dos personas, la divina y la humana, no se podría atribuir las acciones de la supuesta persona humana de Cristo a su persona divina.

Y varios pasajes del Evangelio llegarían a ser problemáticos, como: “Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados —dijo al paralítico— levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt 9, 6). Ya que si fuese solamente una persona humana, el Hijo del Hombre nunca tendría ese poder.

Tampoco se comprendería la respuesta de Jesús al llamamiento de Felipe —“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”—, cuando le dijo: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y todavía no me conocéis? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?” (Jn 14, 8-10).

Se siembra la discordia en el Oriente católico.

De poco le sirvió a Nestorio las caritativas advertencias de sus conciudadanos e incluso de sus hermanos en el episcopado para disuadirlo de su error. Al contrario, el pertinaz Patriarca condenó públicamente a los opositores de sus ideas y los mandó que les detuvieran y maltrataran, acusados de promover el desorden público.

Mientras tanto, una recopilación escrita de los sermones de Nestorio se difundía por las demás Iglesias de Oriente, sembrando la división en el pueblo fiel.

San Cirilo de Alejandría en defensa de la Maternidad de María.

La nueva herejía no demoró en llegar a la Iglesia de Alejandría, gobernada desde el año 412 por el Patriarca San Cirilo. Decidido como siempre, no tardó en ponerse en acción para cortarle el paso.

A la vez que expedía cartas a obispos, presbíteros y monjes reiterando la doctrina sobre la Encarnación del Verbo y la Maternidad Divina de María, cuidaba prudentemente de no hacer alarde de los errores y el nombre del hereje, pues, “movido de intensa caridad”, insistía en “no permitir que nadie se proclamara más amante de Nestorio, que él mismo”.

A finales del año 429 le escribió mansamente por primera vez, advirtiéndole de los rumores que corrían en la región acerca de sus doctrinas y le pedía explicaciones sobre ello. No habiendo obtenido por respuesta sino una ácida invitación a la moderación cristiana, San Cirilo le expuso en una segunda misiva, con luminosa y sobrenatural clarividencia, el pensamiento universal de la Iglesia.

Sin embargo, Nestorio no cedió y replicó con una nueva carta que contenía el elenco de sus ideas.

Roma entra en la disputa.

En vista de la inutilidad de los recursos de los que disponía, a San Cirilo sólo le quedaba recurrir a Roma y así lo hizo, enviándole al Papa San Celestino I un documentado relato de la controversia con el Patriarca de Constantinopla, en el que figuraban textos de los sermones de Nestorio, acompañados por una síntesis de sus errores, como también un florilegio de textos patrísticos que sustentaban la verdadera doctrina y copias de las cartas que le había enviado al hereje.

Por su parte, Nestorio ya le había informado al Papa San Celestino I sobre la situación, aunque en términos estudiadamente ambiguos, con el objetivo de conquistar su favor.

Reconociendo el peligro que había, San Celestino convocó un sínodo en Roma, en agosto de 430, para tratar de este relevante asunto. Los escritos de Nestorio fueron cuidadosamente examinados, y confrontados con una larga serie de textos de los Padres de la Iglesia. Ante la evidencia de la herejía, la nueva doctrina fue condenada categóricamente.

De su propio puño el Papa le escribió a Nestorio ratificando las enseñanzas cristológicas de San Cirilo y advirtiéndole que incurría en excomunión si no se retractaba por escrito de sus errores en un plazo de diez días.

Igualmente fueron enviadas cartas a los principales obispos de Oriente, al clero y al pueblo de Constantinopla con el fin de que “fuese conocida nuestra sentencia sobre Nestorio, es decir, la divina sentencia de Cristo sobre él”, decía el texto.

Para ejecutarla en nombre del Sumo Pontífice fue designado el propio San Cirilo, quien convocó un sínodo en Alejandría y en nombre de esta asamblea escribió una nueva carta al heresiarca, exponiendo de manera bastante detallada la verdad católica sobre la Encarnación, y enumerando los doce errores de los que Nestorio debería adjurar por escrito, en el caso de que quisiera permanecer en el redil de la Iglesia. Era el tercer y último llamamiento que le hacía para su conversión.

Sin embargo, valiéndose de su influencia en la corte de Constantinopla, intentó obtener el apoyo del emperador, quien —para dirimir las contiendas y dudas y atender a diversos llamamientos— creyó oportuno convocar un concilio ecuménico.

El Papa estaba de acuerdo con la decisión imperial y envió a sus legados, dándoles instrucciones muy precisas sobre la postura que deberían tomar ante los Padres conciliares: les recomendó que defendieran la primacía de la Sede Apostólica, que ejercieran el papel de jueces impolutos y que estuvieran siempre unidos al celoso Patriarca de Alejandría.

En aquella asamblea estaba en juego la Fe de la Iglesia respecto de este atributo esencial de María Santísima, y como subraya el historiador jesuita el P. Bernardino Llorca, “la situación era, en realidad, sumamente delicada.

El Papa había dado ya la sentencia contra la doctrina de Nestorio, por lo cual el concilio no podía hacer otra cosa que proclamar esta declaración pontificia. Cualquiera otra conducta podría traer un cisma”.

El Concilio de Éfeso.

Poco antes del 7 de junio de 431, fiesta de Pentecostés, iban llegando a Éfeso los representantes de las distintas Iglesias particulares. No obstante, el atraso de los legados pontificios y de algunos obispos, motivado por el largo y dificultoso viaje, posponía el comienzo de las sesiones, concurriendo para disminuir el ánimo de algunos Padres conciliares y causar cierta inseguridad en los demás.

Mientras tanto, Nestorio se afanaba por atraer hacia su doctrina a los incautos y desprevenidos, refiriéndose despectivamente a San Cirilo como “el egipcio”.

Entonces el Patriarca de Alejandría decidió empezar el concilio sin más tardanzas, valiéndose de la autoridad que el Papa le había conferido, incluso antes de la llegada de los Padres romanos y sin prestar atención a las enfáticas quejas de la facción contraria.

La primera sesión conciliar.

Se inició el 22 de junio con la proclamación del símbolo de Fe niceno- constantinopolitano. Nestorio, a pesar de que había sido convocado a estar presente, envió un mensaje diciendo que no comparecería mientras no llegasen todos los obispos. Sin embargo, el concilio continuó sus trabajos con la lectura de las doctrinas contenidas en el intercambio de cartas entre San Cirilo y el heresiarca.

En la lectura de la defensa del Patriarca alejandrino estallaron prolongados y calurosos aplausos, siendo su misiva declarada ortodoxa y conforme al símbolo de Nicea, mientras que la de Nestorio fue reprobada como impía y contraria a la Fe católica. Los trabajos y estudios conciliares se completaron con la lectura de la sentencia consignada por el Papa en el sínodo de Roma y una larga serie de textos patrísticos consolidando la posición católica.

Infructíferos fueron los esfuerzos para reconducir a Nestorio a la casa paterna. A todos los que el concilio enviaba para intentar disuadirlo de su error los expulsaba groseramente de su presencia. En vano. Sobre él recayó el anatema: “Nuestro Señor, Jesucristo, del que él ha blasfemado, ha definido por medio de este santo sínodo que el mismo Nestorio sea excluido de toda dignidad episcopal y de toda asamblea de obispos”.

Júbilo en la ciudad bendecida por el paso de María.

Los fieles de Éfeso —ciudad en la cual, según la Tradición, María Santísima habría residido— exultaron al serles anunciada la sentencia definitiva reafirmando la doctrina de la maternidad divina.

Todos acudieron a la Iglesia de Santa María al grito de “ Theotokos! ”, a fin de festejar la decisión, como narra Pío XI en su encíclica conmemorativa del XV centenario del mencionado concilio: “El pueblo de Éfeso estaba asumido de tanta devoción y ardía de tanto amor por la Virgen María, Madre de Dios, que tan pronto como oyó la sentencia pronunciada por los Padres del concilio, los aclamó con alegre efusión de ánimo y, provisto de antorchas encendidas, en apretada muchedumbre los acompañaron hasta sus residencias.

Y seguramente, la misma gran Madre de Dios, sonriendo con dulzura desde el Cielo ante tan maravilloso espectáculo, correspondió con corazón materno y con su benignísimo auxilio a sus hijos de Éfeso y a todos los fieles del mundo católico, perturbados por las insidias de la herejía nestoriana”.

Rebelión y confusión.

Aun así, en una misiva dirigida al emperador, firmada por siete obispos más, Nestorio puso objeciones a su condenación. Junto con Juan —Patriarca de Antioquía, que no había llegado a tiempo de participar en el concilio— se reunió en conciliábulo con una minoría de obispos contrarios a la decisión de San Cirilo de iniciar los trabajos sin esperar a los que se retrasaron.

Declararon depuestos de sus sedes episcopales a San Cirilo y a Memnon, Obispo de Éfeso, y exigieron de todos los demás obispos que se retractaran en lo que respecta a los doce anatemas.

Sin embargo, esta reducida asamblea no trató de rehabilitar a Nestorio, pues Juan de Antioquía, aunque amigo suyo, le consideraba culpable de herejía.

El emperador Teodosio II, confuso antes las noticias contradictorias que le llegaban de Éfeso, emitió un edicto en el que prohibía a los prelados que regresaran a sus ciudades antes de que fuera hecha una investigación sobre todo lo sucedido.

La orden imperial llenó de regocijo al partido de los herejes, quienes se juzgaban bajo el amparo de la autoridad temporal y, en consecuencia, autorizados a tomar todo tipo de medidas arbitrarias. Éstas iban desde la tentativa de consagrar a un nuevo Obispo de Éfeso hasta el uso de la violencia física contra el pueblo sencillo, indignado con el rumbo que habían tomado las cosas, e incluso contra algunos Padres conciliares.

A pesar de eso, tales manifestaciones de prepotencia y de injusticia no durarían mucho.

La decisión final.

Los legados pontificios finalmente llegaron a Éfeso, y el concilio, bajo la presidencia de San Cirilo, que representaba al Sumo Pontífice, inició su segunda sesión el 10 de julio. Los enviados papales llevaban una carta de San Celestino, fechada el mes de mayo, pidiendo a la magna asamblea que promulgase la sentencia proferida por el Sínodo romano contra el Patriarca de Constantinopla.

Al ver claramente expresada la voluntad de Dios en la decisión pontificia, todos los obispos presentes exclamaron: “¡Éste es el justo juicio! A Celestino, nuevo Pablo, a Cirilo, nuevo Pablo, a Celestino custodio de la Fe, a Celestino concorde con el sínodo, a Celestino todo el concilio le da las gracias: un solo Celestino, un solo Cirilo, una sola Fe en el sínodo, una sola Fe en el mundo”.

Las actas de la primera sesión, tras ser examinadas y confirmadas, fueron leídas en público. Según los bellos términos de Rohrbacher, en esa segunda reunión se respiró “todo el perfume de la santa antigüedad: el espíritu de fe, de piedad, de santa cortesía; el espíritu de unión con el sucesor de Pedro; el espíritu de amor y de sumisión filial a su autoridad; en una palabra, el espíritu de la Iglesia Católica”.

En las sucesivas sesiones se trataron los casos de Juan de Antioquía y de otros disidentes, quienes habían sido convocados en tres ocasiones y en vista de su recusa a comparecer, fueron excomulgados. Igualmente se aprobaron seis cánones en los que no sólo se renovaba la condena a Nestorio, sino también la de algunos pelagianos.

Clausurado el concilio, el 31 de julio, quedaba definida para siempre la doctrina católica sobre la Santa Madre de Dios.

María es madre de la Persona de Cristo.

Hasta aquí hemos acompañado los dramáticos acontecimientos y el glorioso desenlace de esa histórica polémica. Ahora cabe preguntarnos cómo explicar esta verdad que nuestra Fe afirma y el sentido católico proclama en nuestros corazones: la maternidad divina de María Santísima.

¿Por qué quiso Dios tener una madre humana? Para abordar adecuadamente esta cuestión, empecemos por recordar un importante aspecto del plan divino para la Redención:

Jesucristo, nuestro Señor, a pesar de que podía haber elegido otro medio para encarnarse juzgó “más conveniente formar de la misma raza vencida al hombre que había de vencer al enemigo del género humano”. Así, de la misma forma que una mujer, por su desobediencia, había cooperado para la ruina de la humanidad, la obediencia de una Virgen cooperaría de forma decisiva para la Redención.

Ahora bien, cuando una mujer concibe a un hijo y lo alumbra, ella es madre de la persona que ha nacido, y no sólo de su cuerpo. Porque estando el alma y el cuerpo substancialmente unidos, ella engendra al ser humano completo, aunque el alma haya sido creada por Dios María era, por tanto, Madre de la Persona de Cristo.

Y en la persona divina de Cristo estaban unidas la naturaleza humana y la naturaleza divina, desde el primer momento de su ser. Por eso, concluye el Papa Pío XI, “si una es la Persona de Jesucristo, y ésta divina, sin ninguna duda María debe ser llamada por todos no solamente Madre de Cristo hombre, sino Madre de Dios, Theotokos”. La Virgen María no engendró a una persona humana a la que, después, se uniera el Verbo, como decía Nestorio, sino, por el contrario, fue el Verbo que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

La grandeza y profundidad de este atributo de María Santísima fueron recientemente puestos de relieve por el Papa Benedicto XVI, cuando afirmaba: “Theotokos es un título audaz.

Una mujer es Madre de Dios. Se podría decir: ¿cómo es posible? Dios es eterno, es el Creador. Nosotros somos criaturas, estamos en el tiempo.

¿Cómo podría una persona humana ser Madre de Dios, del Eterno, dado que nosotros estamos todos en el tiempo, todos somos criaturas?”.

Y discurriendo hermosamente sobre el Misterio de la Encarnación, el Santo Padre responde: “Dios no permaneció en sí mismo: salió de sí mismo, se unió de una forma tan radical con este hombre, Jesús, que este hombre Jesús es Dios; y, si hablamos de Él, siempre podemos también hablar de Dios. No nació solamente un hombre que tenía que ver con Dios, sino que en él nació Dios en la tierra. […] Dios quería nacer de una mujer y ser siempre él mismo: este es el gran acontecimiento”.

Le cupo al gran santo Cirilo —cuya fiesta se conmemora en este mes de marzo—, “invicto asertor y sapientísimo doctor de la divina maternidad de María virgen, de la unión hipostática en Cristo y del primado del Romano Pontífice”, defender la verdadera doctrina en los tiempos de la primitiva Iglesia.

Pidamos, pues, su intercesión para que comprendamos amorosamente el don infinito obtenido por María por su “fiat” en respuesta al pedido del Padre Eterno (cf. Lc 1, 38) y roguémosle a Ella que nos alcance la inestimable gracia de adorar a su divino Hijo por toda la eternidad.

Padre Ignacio Montojo Magro, EP

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