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San Maximiliano María Kolbe

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Sobre la trágica muerte de San Maximiliano Kolbe en el campo de concentración de Auschwitz se comenta y se sabe mucho. Sin embargo, menos conocida es su vida, llena de inteligentes y osados proyectos apostólicos, fruto de un espíritu con amplios horizontes iluminado por una entrañada devoción a la Virgen Santísima.

Talis vita, finis ita, 1 reza un conocido adagio romano. Si Maximiliano tuvo un gesto heroico al final de su existencia que lo llevó al martirio fue porque María Inmaculada se lo había inspirado. Desde pequeño supo corresponder enteramente a tan hermosa y elevada vocación.

Nacía en una época de prosperidad

La Polonia de los últimos años del siglo XIX y principios del XX se encontraba, como el resto de Europa y toda América, en plena prosperidad material. La sociedad de entonces se deleitaba en la euforia y el esplendor de la Belle Époque , en la abundancia y el bienestar, más preocupada por gozar la vida que por lo concerniente a la Religión. El laicismo dominaba las mentes y las costumbres.

En este contexto histórico, el 8 de enero de 1894, nacía Raimundo Kolbe en la ciudad polaca de Zdu ? ska Wola y ese mismo día recibía el Bautismo. Sus padres, Julio Kolbe y María Dabrowska, eran auténticos cristianos y muy devotos de la Virgen María. Dos de sus cinco hijos murieron siendo niños y los otros tres abrazaron la vida religiosa.

Una visión que marcó el rumbo de su vida

Raimundo era un niño espabilado y travieso, por ello cierto día recibió una reprimenda de su madre que le marcó su vida:
– Si a los diez años eres un niño tan malo, peleador y malcriado, ¿qué serás cuando grande?
Estas palabras calaron profundamente en su alma. Se quedó afligido y pensativo. Quería cambiar de vida y recurrió a Nuestra Señora. De rodillas ante una imagen, de la iglesia parroquial, le preguntó:
– ¿Qué va a pasar conmigo?
Cuán enorme no fue su sorpresa al ver que se le aparecía la Madre de Dios. Tenía en las manos un par de coronas y sonriéndole maternalmente le preguntó cuál de ellas escogía. Una era blanca y significaba que preservaría en la castidad; la otra roja, que sería mártir. Esa gran alma que era, escogió las dos.

La vocación religiosa.

Así surgía en él, por gracia de la Inmaculada, su vocación religiosa. Decidió ser capuchino franciscano. A los 14 años empezó sus estudios ¿en dónde? , en la casa de los Hermanos Menores Conventuales, junto a su hermano mayor Francisco.
Con 16 años fue admitido en el noviciado y eligió el nombre de Maximiliano, en honor a un gran mártir africano; quizás con ello estuviera pensando ya en su futuro…
Al año siguiente pronunció los votos simples. Por su privilegiada inteligencia, sus superiores decidieron enviarlo a la Ciudad Eterna, para que continuara sus estudios en el Colegio Seráfico Internacional, de los franciscanos, y que cursara seguidamente Filosofía en la famosa Universidad Gregoriana.
Como había oído hablar de las especiales dificultades que había en la Roma de entonces para mantener la pureza, el joven fraile solicitó no ir allí. Pero en nombre de la santa obediencia tuvo que viajar a la capital de la Cristiandad, en donde además de terminar los estudios hizo la profesión solemne el 1 de noviembre de 1914, acrecentando a su nombre de religioso el de María, la Virgen Inmaculada.

Empiezan los años de lucha

En aquella ciudad se topó con la insolencia con la que los enemigos de la Iglesia la atacaban sin la proporcionada reacción de los católicos. Se decidió a entrar en la lucha antes incluso de ser ordenado presbítero. Reunió a seis condiscípulos suyos y fundaron en 1917 la asociación apostólica Milicia de María Inmaculada, cuyos estatutos declaraban primeramente sus objetivos: la conversión de los pecadores, incluso de los enemigos de la Iglesia, la santificación de todos sus miembros, bajo la protección de María Inmaculada. Sólo aceptaba a jóvenes intrépidos y verdaderamente dispuestos a acompañarlo en esa empresa; llevaban por título “Caballeros de Vanguardia”.

Su sed de almas quedó registrada en las actas de su ordenación sacerdotal, que fue el 28 de abril de 1918. A la mañana siguiente, quiso celebrar su primera Misa en el altar de la Madonna del Miraccolo, de la iglesia de San Andreas delle Fratte, porque allí, en 1842, ocurrió el célebre episodio con Alfonso Ratisbona quien ante la aparición de la Santísima Virgen, se arrodilló judío y se levantó católico, una milagrosa e instantánea conversión. En la agenda de Misas de aquellos primeros días de su sacerdocio, el P. Kolbe escribió que quería celebrar el Santo Sacrificio para “impetrar la conversión de los pecadores y la gracia de ser apóstol y mártir“.2

El progreso al servicio de la Fe.

De regreso a Polonia, en 1919, fue internado en un sanatorio por causa de graves problemas de salud. Tan pronto como se restableció fundó la gaceta El Caballero de la Inmaculada , una publicación mensual de su asociación. Aprovechaba así el progreso técnico de su tiempo, en lo que a artes gráficas se refiere, para ponerlo al servicio de la Fe.

La víspera de su inauguración reunió a los operarios, colaboradores y redactores, un total de 327 personas, para pasar ese día en ayuno y oración. Aquella noche fue organizada una gran vigilia de Adoración al Santísimo Sacramento y de plegarias a la Santísima Virgen para que bendijeran este nuevo proyecto. A la noche siguiente las rotativas imprimían el primer número del periódico, “hijo” de esas oraciones. Su obra recibiría un gran impulso en 1927 cuando el príncipe Juan Drucko- Lubecki les cedió un terreno situado a 40 Km. de Varsovia. Allí el P. Kolbe empezaría a construir una Niepokalanów, Ciudad de la Inmaculada. Planeaba la edificación de un enorme convento y nuevas instalaciones para su imprenta. ¿Con qué dinero? “María proveerá, ésta es una empresa suya y de su Hijo” —decía el santo.

Y no fue defraudado en esa confianza suya. Su boletín había alcanzado en 1939 el sorprendente tiraje de un millón de ejemplares; además a ése se sumaron otros diecisiete diarios de menor porte y una emisora de radio. La Ciudad de la Inmaculada contaba con 762 habitantes: 13 sacerdotes, 18 novicios, 527 hermanos legos, 122 seminaristas menores y 82 candidatos al sacerdocio. También residían allí médicos, dentistas, agricultores, mecánicos, sastres, albañiles, impresores, jardineros y cocineros. Además poseía un parque de bomberos.

El dinamismo que alimentaba a su obra apostólica no era otra cosa sino la sólida piedad que había inculcado a sus discípulos. El motor propulsor de todo ello era el amor entusiasta y militante a María Inmaculada, de quien se sentía más que un esclavo una simple propiedad. En la Eucaristía se encontraba la fuente de la fecundidad de sus iniciativas, por eso instituyó la Adoración Perpetua en Niepokalanów y él mismo no empezaba una tarea sin un acto de adoración al Santísimo Sacramento.

Expedición a Oriente

Su anhelo por difundir en todo el orbe su misión evangelizadora le llevó a realizar una expedición a Oriente con el propósito de editar su revista en diversos idiomas para que llegara a millones de personas en el mundo entero. Su aspiración era que hubiera una “Ciudad de la Inmaculada” en cada país.

De entrada, consiguió que se fundara una en Japón, en Nagasaki. En 1930 la Niepokalanów japonesa ya disponía de una tipografía donde fueron impresos los primeros 10 mil ejemplares de El Caballero de la Inmaculada. Hasta hoy en día se mantiene esta fructífera labor con trabajadores nativos y numerosos sacerdotes.

Más tarde les contó a sus discípulos, antes de los trágicos acontecimientos de la guerra, que había recibido una gracia mística en tierras niponas. Quizás esa gracia fuera decisiva para fortalecerse en las tribulaciones por las que tuvo que pasar. En el refectorio de la Ciudad de la Inmaculada, tras la cena, les dijo: “Voy a morir y vosotros vais a quedaros aquí. Antes de despedirme de este mundo, os quiero dejar un recuerdo […] , contándoos una cosa, pues mi alma desborda de alegría: el Cielo me ha sido prometido con toda seguridad, cuando estaba en Japón. […] Acordaros de lo que os digo y aprended a estar listos para grandes sufrimientos”.3

La Segunda Guerra Mundial.

Al estallar la II Guerra Mundial, en 1939, la Ciudad de la Inmaculada se vio expuesta a un gran peligro, ya que estaba situada en las inmediaciones de la carretera entre Potsdam y Varsovia, una ruta que podía ser utilizada en un eventual ataque de los nazis. Por este motivo la alcaldía de Varsovia ordenó que fueran evacuados con urgencia. El P. Kolbe había conseguido realojar en un lugar seguro a todos los hermanos, aunque él se quedó con cincuenta de sus colaboradores más próximos.

En septiembre las tropas de ocupación se los llevaron y los encarcelaron en Amtitz. Pero en la fiesta de la Inmaculada, el 8 de diciembre, fueron liberados y regresaron a Niepokalanów, convirtiéndola en un refugio y hospital para los heridos de guerra, los prófugos y los judíos.

También retomaron sus tareas, ya que los invasores les permitieron continuar con sus publicaciones, a la espera de tener algún pretexto para acabar con su apostolado. Con una valentía muy grande, el P. Kolbe escribiría en el último número de El Caballero de la Inmaculada , las siguientes palabras, de admirable honestidad intelectual e integridad de convicciones: “Nadie en el mundo puede cambiar la verdad. Lo que podemos hacer es buscarla y cuando la hayamos encontrado servirla. El conflicto real de hoy es un conflicto interno. Más allá de los ejércitos de ocupación y de las hecatombes de los campos de concentración, existen dos enemigos irreconciliables en lo más hondo de cada alma: el bien y el mal, el pecado y el amor. ¿De qué sirven las victorias en el campo de batalla si somos derrotados en lo más profundo de nuestras almas?”.4

A causa de ello, en febrero de 1941 la Gestapo irrumpió en la Ciudad de la Inmaculada y arrestó al P. Kolbe y a otros cuatro frailes más ancianos. En la prisión de Pawiak, en Varsovia, fue sometido a injurias y vejaciones y trasladado después a Auschwitz.

En el campo de Auschwitz.

Comenzaban de esta manera las estaciones de su “Vía Crucis”. La primera noche la pasó en un recinto con otras 320 personas. A la mañana siguiente los desnudaron, y fueron rociados con fuertes chorros de agua helada. A todos le dieron una chaqueta con un número y a él le correspondió el 16.670.

Un oficial se quedó enfurecido al percatarse de su hábito de religioso. Le arrancó violentamente el crucifijo que llevaba al cuello y le gritó:

– ¿Tú crees en esto?

Ante su afirmativa y categórica respuesta, le propinó una soberana bofetada. Tres veces le hizo la misma pregunta y en las tres el santo religioso confesó su Fe, recibiendo el mismo brutal ultraje. San Maximiliano daba gracias a Dios, a ejemplo de los Apóstoles, por ser digno de sufrir por Cristo: “salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús” (Hch 5, 41).

María no lo abandonó ni siquiera un instante.

Los guardias del campo de concentración revisaban a los prisioneros minuciosamente al entrar y les quitaban todos los objetos personales. No obstante, el soldado que examinó al P. Kolbe le devolvió el Rosario y le dijo:

– Quédate con tu Rosario. ¡Y métete ya dentro!

Era una sonrisa de la Virgen que le decía que estaría con él en todo momento.

Martirio en el “búnker de la muerte".

Conocidos muy bien son los demás episodios que ocurrieron en el campo de Auschwitz: el comportamiento del santo sacerdote franciscano, su incansable actividad apostólica, en cada barracón a donde era mandado, etc.

Al final de julio de 1941 fue transferido al Bloque 14, cuyos prisioneros se dedicaban a faenas agrícolas. En determinado momento uno de ellos se dio a la fuga y en represalia eligieron a 10 que fueron condenados a ir al “búnker de la muerte”, en un subterráneo a donde eran echados desnudos y permanecían sin agua ni alimento, esperando la muerte por inanición.

Ante la desesperación de aquellos infelices, San Maximiliano se ofreció para cambiarse por uno de ellos que era padre de familia. Aceptaron el canje porque era sacerdote. El odio de los esbirros contra el religioso era notorio, aunque se quedaban estupefactos al darse cuenta hasta donde puede llegar el valor, la fortaleza y el heroísmo de un presbítero católico, en cuya fisonomía se revelaba la de un varón con toda la fuerza de este término. Una auténtica caridad para con su coterráneo le movía a ello, sin duda, pero una razón también noble le llevó a tomar esa decisión: el deseo de ayudar a aquellos condenados a que tuvieran una buena muerte, salvándoles su alma.

Una vez que el búnker se cerraba, el contacto con el mundo exterior estaba clausurado para siempre. En aquellas horas terribles sin otra expectativa que la de la muerte, era el momento en que cada uno pusiera en orden su conciencia. Nos hacemos una idea del miedo que habría allí a la muerte, al Juicio, al sufrimiento, a la tentación de desesperación… Sin embargo, ¡qué privilegio que en esa situación tuvieran por compañero a un sacerdote santo! Gracias a él, el “búnker de la muerte” se transformó en una capilla de oración y cánticos… con voces cada día más débiles. Las autoridades juzgaban que aquella situación se prolongaba demasiado y decidieron aplicarles una inyección letal de ácido muriático.

El P. Kolbe fue el último que murió en aquel terrible subterráneo. Alargó espontáneamente el brazo para que le pincharan. Momentos después un funcionario del campo entró en la celda y lo encontró ya muerto con “los ojos abiertos y la cabeza inclinada. Su rostro, sereno y bello, estaba radiante”. 5

Cumpliría así su misión: se salvó a sí mismo y a los demás. Ese día era el 14 de agosto de 1941, la víspera de la Asunción de María.

La inspiración de su vida fue la Inmaculada

El 10 de octubre de 1982, en la Plaza de San Pedro, una multitud de 200 mil personas oían a un Papa, también polaco, que declaraba mártir a ese ejemplar sacerdote que no murió sólo por salvar una vida, sino que vivió, sobre todo, para salvar muchas almas. Jamás se cansó de decir: “No tengáis miedo de amar demasiado a la Inmaculada; nosotros nunca podremos igualar el amor que le tuvo Jesús: e imitar a Jesús es nuestra santificación. Cuanto más pertenezcamos a la Inmaculada, tanto mejor comprenderemos y amaremos al Corazón de Jesús, a Dios Padre, a la Santísima Trinidad”. 6

Ya que, como afirmaba Juan Pablo II cuando lo canonizó, “la inspiración de toda su vida fue la Inmaculada, a quien confiaba su amor a Cristo y su deseo de martirio“.7

(Revista Heraldos del Evangelio, Agosto/2009, n. 73, p. 34 a 37)

Notas:

1 Tal como haya sido la vida así es la muerte.
2 LLABRÉS Y MARTORELL, Pere-Joan. San Maximiliano María (Raimundo) Kolbe . Año Cristiano. Madrid: BAC, 2005. vol. 8. p.454.
3 KALVELAGE, FI, P. Francis M. Kolbe – Saint of the Inmaculate . Minnesota: Park Press, 2001, p. 77-78.
4 MLODOZENIEC, Fr. Juventino. Conheci o bem-aventurado Maximiliano Maria Kolbe . Ejemplar mimeografiado en el Jardín de la Inmaculada, Misión Católica de San Maximiliano Kolbe. Ciudad Occidental, Goiás, 1980.
5 LLABRÉS Y MARTORELL, Op. cit., p. 459.
6 Idem, p. 456.
7 Homilía en la Misa de canonización, 10/10/1982.

Comentarios

Destacados, Espiritualidad

La medalla tal como hoy la conocemos , se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a época anterior y tiene su historia.
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enero 13, 2022

Origen de la Medalla de San Benito

El origen de esta medalla se fundamenta en una verdad y experiencia del todo espiritual que aparece en la vida de San Benito tal como nos la describe el Papa San Gregorio en el Libro II de los Diálogos. El Padre de los monjes usó con frecuencia del signo de la cruz como signo de salvación, de verdad, y purificación de los sentidos. San Benito quebró el vaso que contenía veneno con la sola señal de la cruz hecha sobre él.

Cuando los monjes fueron perturbados por el maligno, el santo manda que hagan la señal de la cruz sobre sus corazones. Una cruz era la firma de los monjes en la carta de su profesión religiosa cuando no sabían escribir. Todo ello no hace más que invitar a sus discípulos a considerar la Santa Cruz como señal bienhechora que simboliza la pasión salvadora de Nuestro Señor Jesucristo, por la que se venció el poder del mal y de la muerte.

La medalla tal como hoy la conocemos , se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a época anterior y tiene su historia. En el siglo XVII, en Nattenberg de Baviera (Alemania), en un proceso contra unas mujeres acusadas de brujería, ellas reconocieron que nunca habían podido influir malignamente contra el monasterio benedictino de Metten porque estaba protegido por una cruz.

Hechas, con curiosidad, investigaciones sobre esa cruz, se encontró que en las tapias del monasterio se hallaban pintadas varias cruces con unas siglas misteriosas que no supieron descifrar. Continuando la investigación entre los códices de la antigua biblioteca del monasterio, se encontró la clave de las misteriosas siglas en un libro miniado del siglo XIV.

En efecto, entre las figuras aparece una de San Benito alzando en su mano derecha una cruz que contenía parte del texto que se encontraba sólo en sus letras iniciales en las astas cruzadas de las cruces pintadas en las tapias del monasterio de Metten, y en la izquierda portaba una banderola con la continuación del texto que completaba todas las siglas hasta aquel momento misteriosas.

Además de la imagen de la Cruz y la de San Benito, la Medalla tiene cierto número de letras, cada una de las cuales representa una palabra latina. Las diversas palabras, reunidas, da un sentido que manifiesta la intención de la Medalla: expresar las relaciones que existen entre el Santo Patriarca de los Monjes del Occidente y la señal ensangrentada de la redención del género humano; y al mismo tiempo pone al alcance de los fieles un medio eficaz de usar la virtud de la Santa Cruz contra los espíritus malignos.

Medalla de san Benito

Significado de la Medalla de San Benito

Esas letras misteriosas se encuentran en la cara de la Medalla donde se encuentra representada la Santa cruz. Examinemos, en primer lugar, las cuatro que vienen colocadas entre las astas de la Cruz:

C S

P B

Significa: Crux Sancti Patris Benedicti; en Español, Cruz del Santo Padre Benito, estas palabras por sí solas ya explican el objetivo de la Medalla.

En la línea vertical de la Cruz, se lee:

C
S
S
M
L

Lo que quiere decir: Crux sacra sit mihi lux; en Español, La Cruz Sagrada sea mi luz.

En la línea horizontal de la Cruz, se lee:

N. D. S. M. D.

Cuyo significado es: Non draco sit mihi dux; en Español. No sea el dragón mi jefe.

Reuniendo esas dos líneas se forma un verso pentámetro, a través del cual el cristiano expresa su confianza en la Santa Cruz y su resistencia al juego que el demonio le quiere imponer.

Alrededor de la Medalla existe una inscripción más extensa, la cual en primer lugar presenta el santísimo Nombre de Jesús, expresado por el monograma bien conocido: I. H. S. La fe y la experiencia nos certifica la omnipotencia de este nombre divino.

Después viene, de derecha a izquierda, las siguientes letras:

V. R. S. N. S. M. V. S. M. Q. L. l. V. B.

Estas iniciales representan los dos versos que a continuación siguen:

Vade retro satana; nunquam suade mihi vana: Sunt mala quae libas; ipse venena bibas

En Español: Retírate satanás: nunca me des consejos de tus vanidades, la bebida que me ofreces es el mal, bebe tú mismo tus venenos.

Tales palabras se supone haber sido dichas por San Benito: Las del primer verso, por ocasión, de la tentación que sintió y sobre la cual triunfó haciendo la señal de la Cruz; las del segundo verso, en el momento en que sus enemigos le presentaron la bebida mortífera, que descubrió bendiciéndole con la señal de la vida el cáliz donde estaba.

El cristiano puede utilizar estas palabras todas las veces que fuera sorprendido por tentaciones e insultos del enemigo invisible de nuestra salvación.

El propio Jesús Cristo Nuestro Señor santificó las palabras Vade retro, satana -retírate satanás- y su valor es verdadero, ya que esto es confirmado por el Evangelio. Las vanidades que el demonio nos aconseja son las desobediencias a la ley de Dios, las máximas pompas y falsedades del mundo.

La bebida que el Ángel de las tinieblas nos presenta es el pecado, que mata el alma. No la aceptemos, devolvamos para él tan funesto regalo, ya que él mismo lo escogió como herencia.

No hay necesidad de explicar más ampliamente al lector cristiano la fuerza de esa conspiración, que se opone a las artimañas y violencia de satanás lo que el más teme: es la Cruz, el Santo Nombre de Jesús, las propias palabras del salvador cuando fue tentado, así como el recuerdo de las victorias del grande Patriarca San Benito sobre el dragón infernal. Suficiente que alguien pronuncie con fe tales palabras y de inmediato se sentirá fuerte para contrarrestar todos los ataques del infierno.

A pesar de no conocer los hechos que demuestran hasta qué punto satanás teme esa Medalla; la simple apreciación de lo que ella representa y expresa es suficiente para considerarla una de las armas más poderosas que la bondad de Dios puso a nuestro alcance contra la malicia diabólica.

Tomado de: Essai sur l’origine, la signification et les privileges de la Medaille ou Croix de Saint -Benoit. La primera edición de esta obra fue publicada en Poitiers, en 1862.

Autor : Don Próspero Luis Pascal Guéranger

 
 

María Santísima

Soy María del Buen Suceso, la Reina del Cielo y de la tierra. Vengo a consolar tu corazón afligido.
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abril 18, 2022

Medianoche. En el Real Monasterio de la Inmaculada Concepción, de Quito, el silencio fue roto por las doce campanadas del reloj que indicaba el comienzo del día 2 de febrero de 1594. Poco después entraba en la capilla la joven priora, la Madre Mariana de Jesús Torres.

Con el corazón repleto de amarguras, había ido a implorarle al divino Redentor que por intercesión de su bendita Madre solucionara los problemas que dificultaban la evangelización de aquellas tierras: los malos ejemplos que daban algunos sacerdotes y religiosos indignos, los injustificables desmanes de las autoridades eclesiásticas y civiles, agravado todo ello por manifestaciones de desobediencia en su propio convento. Prosternada con la frente en el duro suelo de piedra, oraba con fervor cuando una dulce voz interrumpió sus plegarias llamándola por su nombre:

Mariana de Jesus Torres

Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa

—Mariana, hija mía.

Se levantó rápidamente y vio delante de ella a una bellísima Señora, resplandeciente de luz, que tenía en su mano izquierda al Niño Jesús y en la derecha un báculo todo de oro pulido, adornado con piedras preciosas.

—Hermosa Señora, ¿quién sois y qué queréis? —le preguntó, rebosante de felicidad.

—Soy María del Buen Suceso, la Reina del Cielo y de la tierra. Vengo a consolar tu corazón afligido. Empuño en el brazo derecho el báculo que ves, porque quiero gobernar este mi monasterio como Priora y Madre.

Duró cerca de dos horas el coloquio de la humilde monja con la celestial Visitante. Cuando ésta se retiró, tan sólo la tenue luz del candil iluminaba la capilla, pero la Madre Mariana se sentía tan fortalecida como deseosa de luchar y sufrir por amor a Nuestro Señor Jesucristo.

“Es voluntad de mi Hijo que mandes ejecutar una estatua mía”

¡Y no le faltaron sufrimientos y pruebas! Cinco años después, la madrugada del 16 de enero de 1599, se le apareció de nuevo la Santísima Virgen para reconfortarla. Le comunicó los designios de Dios en relación con aquel monasterio, le hizo proféticas revelaciones acerca del futuro de Ecuador y de las persecuciones que allí sufrirían las comunidades religiosas, y agregó:

—Por eso es voluntad de mi Hijo Santísimo que tú misma mandes ejecutar una estatua mía, tal como me ves, y la coloques sobre la cátedra de la priora para que yo desde ahí gobierne mi monasterio, poniendo en mi mano derecha el báculo y las llaves de la clausura en señal de propiedad y autoridad. A mi divino Niño lo harás colocar en mi mano izquierda: primero, para que los mortales entiendan que soy poderosa para aplacar la justicia divina y alcanzar piedad y perdón a toda alma pecadora que a mí acuda con corazón contrito; y segundo, para que mis hijas comprendan que les muestro y les doy como modelo de su perfección religiosa a mi Hijo Santísimo; vengan ellas a mí para que yo les conduzca a Él.

Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa

“Ningún otro escultor será digno de esta gracia”

La religiosa ponderó con timidez:

Linda Señora, vuestra hermosura me encanta. ¡Oh, si me fuera dado dejar la tierra ingrata para elevarme con Vos al Cielo! Mas permitidme que os haga saber que ninguna persona humana, por más entendida que fuese en el arte de la escultura, podrá trabajar en madera vuestra encantadora imagen, tal como me pedís. Enviad para esto a mi Seráfico Padre a fin de que él labre esta obra en madera escogida, teniendo como oficiales a los ángeles del Cielo, porque no sabría explicar ni menos podría saber y dar la estatura de vuestra talla.

Nada te atemorice, hija mía — contestó la Virgen—, atenderé tu petición. En cuanto a mi altura mídela tú misma con el cordón seráfico que traes a tu cintura.

La joven priora hizo una reverente objeción:

—Hermosa Señora, mi Madre querida, ¿atreverme yo a tocar vuestra frente divina, cuando los espíritus angélicos pueden hacerlo? Vos sois el arca viva de la alianza entre los pobres mortales y Dios; y si Osa cayó muerto sólo por el hecho de haber tocado el Arca santa para evitar que cayese al suelo [cf. 2 Sam 6, 6-7], cuán-to más yo, mujer pobre y débil…

—Me alegra tu humilde temor y veo el amor ardiente a tu Madre del Cielo que te habla; trae y pon en mi mano derecha tu cordón y tú con la otra extremidad toca mis pies.
Temblando de júbilo, de amor y reverencia, la religiosa hizo lo que María Santísima le ordenaba, y ésta prosiguió:

—Aquí tienes, hija mía, la medida de tu Madre del Cielo; entrégala a mi siervo Francisco del Castillo, explicándole mis facciones y mi postura. Él trabajará exteriormente mi imagen porque es de conciencia delicada y observa escrupulosamente los Mandamientos de Dios y de la Iglesia; ningún otro escultor será digno de esta gracia. Tú ayúdalo con tus oraciones y con tu humilde sufrimiento.

“Recurriendo a mí, aplacarán la ira divina”

En otra aparición, en la misma hora de las anteriores, es decir, poco después de las doce campanadas de la medianoche, la Virgen Madre de Dios prenunció una época calamitosa para la Iglesia en Ecuador, tiempos en los que casi no se encontraría inocencia en los niños, ni pudor en las mujeres, y añadió:

—Con todo esto sufrirán tus sucesoras; ellas aplacarán la ira divina recurriendo a mí bajo la advocación del Buen Suceso, cuya imagen pido y mando que hagas ejecutar para consuelo y sustento de mi monasterio y de los fieles de ese tiempo. Esta devoción será el pararrayo colocado entre la justicia divina y el mundo prevaricador. Hoy mismo, cuando amanezca, irás a hablar con el obispo y le dirás que yo te pido que mandes esculpir mi imagen para que sea colocada a la cabeza de mi comunidad, a fin de tomar posesión completa de aquello que por tantos títulos me pertenece. Él deberá consagrar mi imagen con el sagrado óleo y le pondrá el nombre de María del Buen Suceso de la Purificación o Candelaria.

E insistió:

—Ahora es preciso que mandes ejecutar con presteza mi santa imagen, tal cual me ves, y te apresures a colocarla en el lugar que te indiqué.

“La perfección de la obra corre por mi cuenta”

La humilde religiosa repitió la misma tímida objeción que había hecho cinco años antes:

—Bella Señora y Madre querida de mi alma, la imperceptible hormiguita que tenéis ante vuestra presencia, no podrá referir al artista ninguna de vuestras bellas facciones, vuestra hermosura, ni vuestra estatura; no tengo palabras para explicarlo, y no hay nadie en la tierra capaz de hacer la obra que me solicitáis.

—Nada de esto te preocupe, hija querida. La perfección de la obra corre por mi cuenta. Gabriel, Miguel y Rafael tomarán a su cargo secretamente la fabricación de mi imagen. Deberás llamar a Francisco del Castillo, que entiende de arte, para darle una sucinta descripción de mis facciones, exactamente como me viste, pues con esta finalidad me aparecí tantas veces a ti.

Y por segunda vez la Virgen Santa le ordenó que midiera su altura:

—En cuanto a mi estatura, trae acá el cordón que te ciñe y mídeme sin temor, pues a una Madre como yo le agrada la confianza respetuosa y la humildad de sus hijas.

—Reina del Cielo y Madre querida, aquí tienes la cuerda para mediros. ¿Quién la sostendrá en vuestra hermosa frente, adornada por esa linda corona, con la que la Santísima Trinidad os coronó? Yo no me atrevo, ni podría alcanzar vuestra altura por mi pequeña estatura.

—Hija querida, pon en mis manos una de las puntas de tu cuerda y yo la colocaré en mi frente, y tú aplicarás la otra a mi pie derecho.

Nuestra Señora tomó una de las extremidades del cordón y la puso en su frente, dejando a la extasiada monja que hiciera otro tanto en el pie derecho. El cordón era un poco corto, pero se estiró milagrosamente, como elástico, hasta alcanzar la estatura de la celestial Dama.

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

Facciones semejantes a las de la Madre que está en el Cielo

“Hoy mismo, cuando amanezca, irás a hablar con el obispo”, le había mandado la Virgen Santísima a la Madre Mariana. No obstante, previendo diversos obstáculos iba atrasando el cumplimiento de la orden recibida. Doce días después se le apareció de nuevo, resplandeciente de luz como siempre, pero esta vez silenciosa y mirándola con amable severidad.

Tras oír una maternal advertencia, seguida de explicaciones que deshicieron todos sus temores, respondió la religiosa:

—Bella Señora, justa es vuestra reprensión. Os pido perdón y misericordia, y prometo enmendarme. Hoy mismo hablaré con el obispo para comenzar la ejecución de vuestra imagen.

De hecho, ese mismo día expuso a Mons. Salvador de Ribera la orden recibida de la Reina del Cielo. Él oyó con atención el relato de la santa priora, puso a prueba su objetividad, por medio de muchas preguntas capciosas, y, por fin, dio su aprobación al proyecto; se comprometió incluso a ayudar en todo lo necesario para su pronta realización.

Entonces la Madre Mariana se apresuró a contratar al escultor Francisco del Castillo:

Sabiendo que usted es ante todo un buen católico y después hábil escultor, quiero confiarle una obra muy especial que requiere un aplicado esmero: esculpir una imagen de la Virgen María, la cual deberá tener facciones celestiales, semejantes a las de Nuestra Madre Santísima que está en el Cielo en cuerpo y alma; yo le daré la medida, pues tendrá la estatura exacta de nuestra celestial Reina.

Francisco del Castillo recibió esa incumbencia como una insigne gracia de Nuestra Señora y rechazó categóricamente cualquier pago por sus servicios. Dedicó varios días buscando en Quito y en los alrededores la mejor madera, y enseguida se puso manos a la obra. Trabajaba con tanto amor, y sentía tamaña consolación que no conseguía contener las lágrimas.

Pronto surgieron bienhechores para las tres importantes piezas de orfebrería: las llaves, la corona y el báculo. A petición de las monjas, el escultor realizó todo el servicio no en su taller, sino en el coro alto del monasterio.

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorSor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador
Imagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorImagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador
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Imagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorImagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

De su rostro salían rayos de luz

Se había fijado para el día 2 de febrero de 1611 la solemne bendición litúrgica de la imagen sagrada. Tres semanas antes de ese plazo, faltaba solamente un “pequeño” detalle: darle al rostro un colorido digno de la cara de la Santa Virgen de las vírgenes. Decidió el maestro Del Castillo hacer una última pesquisa en busca de las mejores tintas; marchó con ese objetivo, y prometió estar de vuelta el 16 de enero para ejecutar la delicada operación, de lejos la más importante de sus obras.

Grande era la expectativa de las religiosas cuando, al amanecer del día 16 se dirigían a la capilla para, como de costumbre, alabar a Nuestra Señora con el canto del Pequeño Oficio. Al acercarse al coro alto comenzaron a escuchar melodiosas armonías que las dejaron llenas de emoción. Entraron presurosas y… ¡oh prodigio!, una luz celestial inundaba todo el recinto, en el cual resonaban arrebatadoras voces de ángeles que cantaban el himno Salve Sancta Parens (Dios te Salve, Santa Madre).

Entonces se dieron cuenta del portentoso hecho: la imagen estaba milagrosamente concluida.

Desbordantes de admiración, contemplaban aquel celestial rostro, del que salían rayos de luz que iluminaban toda la iglesia. Aureolada por esa luz vivísima, la fisonomía de la santa imagen se mostraba majestuosa, serena, dulce, amable y atrayente, como invitando a sus hijas a que se acercaran con confianza a darle un filial abrazo de júbilo y de bienvenida. El semblante del Niño Jesús expresaba amor y ternura para con aquellas esposas suyas tan amadas por Él y por su Madre. Ese día todas progresaron en la vida espiritual, y comprendiendo mejor su propia vocación, pasaban a amar más y más a su divino Esposo y se empeñaban en el cumplimiento exacto de la Regla y de las obligaciones particulares.

Autor: Padre Ricardo del Campo, EP

María Santísima

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septiembre 9, 2021

  Las apariciones de Nuestra Señora en Fátima, son consideradas como las más proféticas apariciones de los últimos tiempos.

  En Fátima, la Santísima Virgen no se dirigió solamente a la generación de comienzos del siglo XX, sino, sobre todo, a las que vinieron después.

  Y a medida que las décadas fueron pasando y el segundo milenio fue agonizando entre aprensiones y tragedias, las palabras proféticas de la Madre de Dios se tornan más reales.

  Ya en la época de las apariciones de Fátima, en los primeros años del siglo XX, los acontecimientos mundiales hacían entrever lo que sería la triste historia contemporánea. Por un lado, un progreso material casi ilimitado, parejo a una decadencia en las costumbres como nunca se vio antes.

  Por otro lado, guerras y convulsiones sociales de proporciones terribles. La Primera Guerra Mundial fue un ejemplo de esa realidad, ampliamente superada por la Segunda Guerra Mundial y por todo cuanto la siguió.

  A todos esos males, como Madre solícita y afectuosa, María Santísima quiso poner remedio, evitándoselos a sus hijos. Por eso descendió del Cielo a fin de alertar a la humanidad de los riesgos que corría si continuase en las vías tortuosas del pecado. Vino, al mismo tiempo, a indicar los medios de salvación: el rezo del Rosario, la práctica de los Cinco Primeros Sábados, la devoción al Inmaculado Corazón de María.

Antes del 13 de Octubre.

Así, el día 13 de septiembre se verificó una afluencia extraordinaria de peregrinos al lugar bendito, una multitud llena de respeto, calculada entre 15 y 20 mil personas, o tal vez más.

“Continuad rezando el Rosario para alcanzar el fin de la guerra. En octubre vendrán también Nuestro Señor, Nuestra Señora de los Dolores y Nuestra Señora del Carmen, y San José con el Niño Jesús, para bendecir al mundo. Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda, usadla sólo durante el día

Aunque breve, la aparición de la Virgen dejó a los pequeños videntes muy felices, consolados y fortalecidos en su fe. Francisco se sentía especialmente inundado de alegría ante la perspectiva de ver, de allí a un mes, a Nuestro Señor Jesucristo, como les prometió la Reina del Cielo y de la Tierra.

Sexta y última aparición: 13 de octubre de 1917

  Llegó, por fin, el día tan esperado de la sexta y última aparición de la Santísima Virgen a los tres pastorcitos. El otoño estaba avanzado. La mañana era fría. Una lluvia persistente y abundante había transformado la Cova de Iría en un inmenso lodazal, y calaba hasta los huesos a la multitud de 50 a 70 mil peregrinos que habían acudido de todos los rincones de Portugal.

  Es la Hermana Lucía quien nos relata lo que sucedió:

“Llegados a Cova de Iría, junto a la encina, llevada por un movimiento interior, pedí al pueblo que cerrase los paraguas para rezar el Rosario. Poco después vimos el reflejo de la luz y, enseguida, a Nuestra Señora sobre la encina.

– Quiero decirte que hagan aquí una capilla en mi honor; que soy la Señora del Rosario, que continuéis rezando el rosario todos los días. La guerra va a terminar y los militares volverán en breve a sus casas.

– Quería pedirle muchas cosas. Si curaba unos enfermos y convertía unos pecadores…

– A algunos sí, a otros no. Es preciso que se enmienden, que pidan perdón por sus pecados.

  Y tomando un aspecto más triste, [Nuestra Señora agregó]: No ofendan más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido.

  Enseguida, abriendo las manos, Nuestra Señora las hizo reflejar en el sol y, mientras se elevaba, su propia luz continuaba reflejándose en el sol”.

  Había llovido durante toda la aparición. Lucía, al terminar su coloquio con la Santísima Virgen, había gritado al pueblo: “¡Miren el sol!”. Se entreabrieron las nubes, y el sol apareció como un inmenso disco de plata.

  A pesar de su brillo intenso, podía ser mirado directamente sin herir la vista. La multitud lo contemplaba absorta cuando, súbitamente, el astro se puso a “bailar”. Giró rápidamente como una gigantesca rueda de fuego. Se detuvo de repente y, poco después, comenzó nuevamente a girar sobre sí mismo a una velocidad sorprendente. Finalmente, en un torbellino vertiginoso, sus bordes adquirieron un color escarlata, esparciendo llamas rojas en todas direcciones.

Éstas se reflejaban en el suelo, en los árboles, en los rostros vueltos hacia el cielo, reluciendo con todos los colores del arco iris. El disco de fuego giró locamente tres veces, con colores cada vez más intensos, tembló espantosamente y, describiendo un zig-zag descomunal, se precipitó sobre la multitud aterrorizada.

  Un único e inmenso grito escapó de todas las gargantas. Todos cayeron de rodillas en el lodo, pensando que serían consumidos por el fuego. Muchos rezaban en voz alta el acto de contrición. Poco a poco, el sol comenzó a elevarse trazando el mismo zig-zag, hasta el punto del horizonte desde donde había descendido. Se hizo entonces imposible fijar la vista en él. Era de nuevo el sol normal de todos los días.

  El ciclo de las visiones de Fátima había terminado. Los prodigios duraron cerca de 10 minutos. Todos se miraban estupefactos. Después, hubo una explosión de alegría: “¡El milagro, los niños tenían razón!”. Los gritos de entusiasmo hacían retumbar sus ecos en las colinas adyacentes, y muchos notaron que sus ropas, empapadas minutos antes, estaban completamente secas.

  El milagro del sol pudo ser observado a una distancia de hasta 40 kilómetros del lugar de las apariciones.

  Casi se podría decir que, cuanto más importante es el acontecimiento previsto, tanto mayor la grandeza de las señales que lo preceden, la autoridad de los profetas que lo anuncian, y el tiempo de espera.

  Es fácil, a la luz de esta regla, evaluar la importancia de las previsiones de Fátima, pues quien nos las anuncia no es un ángel, ni un gran santo, sino la propia Madre de Dios.

Lacrimación de una Imagen Peregrina de los Caballeros de la Virgen en Centroamérica.

Espiritualidad

Cuántas veces somos movidos por un ímpetu de entusiasmo, de buenos deseos y propósitos, y no sabemos explicar de dónde proceden.
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octubre 20, 2021

Cuántas veces somos movidos por un ímpetu de entusiasmo, de buenos deseos y propósitos, y no sabemos explicar de dónde proceden. En otras ocasiones, por el contrario, nos sentimos ácidos o desanimados y, de pronto —sin ninguna acción de nuestra parte—, nos invade una profunda consolación. En ambas circunstancias, tales impulsos interiores proceden del Espíritu Santo, que actúa sobre nuestras almas como otrora sobre los Apóstoles, predisponiéndonos a la práctica del bien y haciéndonos capaces, por el poder de su fuerza transformadora, de alcanzar incluso la heroicidad.

En el Espíritu Santo nos hacemos divinos.

Espiritu Santo

Son conocidas las palabras de Tertuliano: “O testimonium animæ naturaliter christianæ (¡Oh testimonio del alma, que es naturalmente cristiana!) 1”, las cuales expresan una gran verdad, ya que cada alma ha sido creada en función de Jesucristo. Sin embargo, antes de recibir las aguas regeneradoras del Bautismo, sin poseer la vida divina, de su naturaleza manchada por la culpa original brotan el egoísmo, el exclusivo cuidado consigo mismo y una desmedida preocupación por sus intereses, de donde dimanan las amargas experiencias que nos proporciona la convivencia humana, en el transcurso de nuestros años.

Por lo tanto, es preciso que el hombre “nazca de agua y de Espíritu” (Jn 3, 5). Lleno de fe, esperanza y caridad, adquiere una profunda comprensión de los panoramas sobrenaturales, que se refleja después en el empeño de hacer el bien y de entregarse, si fuera necesario, a un verdadero holocausto en favor de los demás. Así es la vida de la gracia, mantenida, desarrollada y robustecida por la acción del Espíritu Paráclito. En ese sentido, dice San Agustín: “El Dios Amor es el Espíritu Santo. Cuando este Espíritu, Dios de Dios, se da al hombre, le inflama en amor de Dios y del prójimo, pues Él es amor”.2

¿Cómo se verifica esa participación en la vida divina?

¿Cómo se verifica esa participación en la vida divina? En el Hombre Dios, modelo supremo de toda la Creación, el Verbo sirve de soporte —del griego ὑπόστασις (hipóstasis)— para la unión de la naturaleza humana con la divina. Algo semejante y misterioso se opera en nuestro interior, por la acción de la gracia santificante recibida en el Bautismo: guardando las debidas proporciones, el papel que desempeña la segunda Persona de la Santísima Trinidad en Jesús lo ejerce en nosotros la tercera Persona, haciéndonos partícipes de la vida increada de Dios y pertenecientes al Cuerpo Místico de Cristo.

Adoptados como hijos de Dios.

Entonces podemos afirmar que por el Bautismo pasamos a formar parte de la familia divina. Mientras que Jesucristo, en lo que respecta a su origen es el Unigénito de Dios, engendrado por el Padre desde toda la eternidad, nosotros, aunque no fuimos engendrados en la Trinidad, por la gracia nos convertimos en hijos de Dios por adopción.

Para facilitar la comprensión de tan elevada verdad, analicemos, por ejemplo, la diferencia que existe entre ser adoptado por alguien de condición modesta o por una persona acomodada.

Sin duda, si nos dieran a elegir, la gran mayoría de las personas optaría por la segunda posibilidad, pues significaría un aumento de proyección social y una herencia mucho mayor. Ahora bien, ser recibido por Dios como hijo es algo infinitamente más que conquistar cualquier dignidad o poseer bienes materiales. Esta adopción sobrenatural no se efectúa a la manera humana, registrada en una notaría: mientras que los padres no pueden dar su vida biológica a sus hijos adoptivos, Dios, por el contrario, nos confiere una participación física y formal en su propia vida.

A diferencia de lo que ocurre con el vestuario, que varía de acuerdo con los gustos y las ocupaciones de cada uno, cambiando la apariencia exterior de la persona, pero sin alterar su organismo, la gracia ennoblece el interior, revistiendo nuestra alma y configurándonos con Cristo, conforme las palabras del Apóstol: “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Ga. 2, 20)

Revista Heraldos del Evangelio nº 118, Mayo de 2013; pp.13-14

Notas:

1- TERTULIANO. Apologeticum XVII: ML 1, 377.

2 SAN AGUSTÍN. De Trinitate. L. XV, c. 17, n.o 31. In: Obras. 3.a ed. Madrid: BAC, 1968, v. V, p. 716.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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