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Santos

Santa Bernardita de Lourdes

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad.

¡Lourdes!

¿Dónde encontraremos las palabras que alcancen a explicar todo cuanto ese nombre significa para la piedad católica en el mundo entero? ¿Quién podrá traducir en palabras el ambiente de paz que envuelve la gruta sagrada en la cual, hace más de 150 años, vino la Santísima Virgen para estar con la humilde Bernardette e inaugurar, de modo definitivo, un nuevo vínculo con la humanidad sedienta de consuelo y de paz?

Por designio de la Divina Providencia, a ese lugar se asoció una acción intensa de gracia, especialmente capaz de transmitir a los millares de peregrinos, venidos de lejos, la certeza interior de que sus oraciones son benignamente oídas, sus dramas apaciguados, y sus esperanzas fortalecidas. En efecto, a lo largo de este siglo y medio, las ásperas rocas de Massabielle se han convertido en palco de las más espectaculares conversiones y curas, legando a la Santa Iglesia Católica un tesoro espiritual de valor incalculable.

En Lourdes tales curas y conversiones se revisten de una grandiosidad peculiar, delante de la cual nuestra lengua enmudece. Allí está, delante de todos, la sublimidad del milagro. Mientras tanto, no se puede hablar de Lourdes sin recordar con veneración a la protagonista ligada de modo indisociable a esa historia de bendición y misericordias.

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad a los llamamientos a la conversión y penitencia, que aquellos días fueron lanzados por la Reina de los Cielos, y que habrían de llegar a los más alejados rincones de la Tierra.

Santa Bernardita. Infancia marcada por la Fe

Bernardette nació en un siglo de profundas transformaciones. Animada, por un lado, por la oleada de devoción mariana que el pontificado del Beato Pío IX estaba suscitando, la segunda mitad del siglo XIX presenciaba el avance insolente del ateísmo y del materialismo.

Los espíritus estaban divididos y, a fin de actuar precisamente en esa encrucijada de la Historia, María Santísima quiso servirse de la hija primogénita del matrimonio Soubirous.

¡Qué alejados, pues, de esta suerte de consideraciones, estaban François y Louise, el 7 de enero de 1844! Ese día les nacía su hija Bernardette en el Molino Bolli, en las cercanías de Lourdes, durante los días felices de abundancia que ellos allí pasaron.

La niña fue bautizada, recibiendo el nombre de su madrina Bernarde, al que se sumó el de Nuestra Señora que se le habría de aparecer. Marie- Bernarde, es como se llamaba Bernardette, que no escapó al diminutivo cariñoso que le acompañaría por el resto de su vida.

Santa Bernardita
Santa Bernadette Soubirous
La imagen de arriba y abajo

En el Molino Bolli transcurrió su primera infancia, marcada por una religiosidad auténtica y sincera, además de la frecuencia a los sacramentos, la oración en conjunto a los pies del crucifijo era una eximia práctica de los principios cristianos a la que correspondían como un deber moral el matrimonio de campesinos. Bernardette creció, por así decir, respirando la santa fe católica del mismo modo que respiraba el aire puro de la montañosa región de los Pirineos.

La miseria visitó el hogar de los Soubirous.

La época era difícil y los negocios de François Soubirous iban mal. A los ocho años de edad Bernardette se trasladadó a un molino más sencillo, y al cabo de tres años alquilaron una cabaña al lado del camino. Ya crecida, ella acompañaba las progresivas desgracias de los padres y enfrentaba, con admirable resignación, la situación de indigencia a la que se vieron reducidos en 1856, hasta el punto de tener que mudarse hasta la antigua cárcel de Petits- Fósees: un cubículo húmedo y pestilente que las autoridades habían juzgado inadecuado hasta para los presos.

La pobreza allí era completa. El habitáculo medía menos de cinco por cuatro metros y la familia no poseía absolutamente nada excepto el mobiliario más indispensable y las ropas. La luz del sol nunca penetraba en el lugar, marcado por la reja de la ventana y por el cerrojo de la pesada puerta -reminiscências del antiguo calabozo. Allí vivían los padres y los cuatro hijos, constantemente atormentados por el hambre.

bernardita

Cuando conseguían comprar pan, la madre lo dividía entre los pequeños, que aún así se sentían insatisfechos. Bernardette, no pocas veces, se privaba de su pequeña parte a favor de los más jóvenes, sin nunca demostrar el menor desacuerdo por eso. Por la noche, sin conseguir dormir, atormentada por el asma, Bernardette lloraba. La causa principal de aquél desahogo, sin embargo, no era la enfermedad o las duras privaciones materiales.

El único deseo de la angelical niña era hacer la primera comunión, pero la necesidad de cuidar de los hermanos y de la casa le impedía frecuentar el catecismo, aprender a leer y a escribir y hasta hablar el francés. De hecho, cuando la Santísima Virgen le dirigió la palabra, lo hizo en patois, el dialecto de la región de Lourdes.

Si Bernardette deseó algo para sí misma, en los días de su infancia, fue únicamente recibir el Santísimo Sacramento, el Señor ofendido por los pecados de los hombres, que ella aprenderá tan pronto a consolar.

Días de pastoreo en Bartrès.

Las pocas veces que Bernardette frecuentó las aulas de catecismo en Lourdes fueron desaprovechadas, porque no conseguía acompañar al resto, más jóvenes y adelantadas que ella. Louise Soubirous estaba preocupaba por la hija, de 13 años, que todavía no había hecho la primera comunión, y resolvió pedir a su amiga, María Lagües, que la aceptase en Bartrès -aldea no muy distante de Lourdes- con el objetivo de que Bernardette allí pudiese frecuentar las aulas de catecismo.

Por consideración y amistad, María Lagües la recibió en su casa, pero no fue tan fiel a su promesa como sería de esperar -enseguida ocupó a Bernardette en los servicios de la casa y en el cuidado de los hijos. Y su marido encontró en ella su pastora ideal para su rebaño de corderos. Fue en ese periodo de pastoreo cuando Bernardette se solidificó en la oración, durante las largas horas transcurridas en el más completo silencio en medio del privilegiado panorama Pirenaico. Contemplativa, ella montaba un pequeño altar en honra de la Santísima Virgen y allí pasaba horas de gran fervor recitando el Rosario, la única oración que conocía.

Un hecho que le ocurrió a Bernardette en esta época demuestra la pureza cristalina de su corazón. Cierto día, cuando François Soubirous fue a visitar a su hija, la encontró triste y cabizbaja. Le preguntó qué era lo que le afligía. – Todos mis corderos tienen los costados verdes- respondió ella.

El padre, dándose cuenta de que se trataba de la marca hecha por un intermediario, hizo un comentario gracioso: – Ellos tienen los costados verdes porque comieron mucha hierba. – ¿Y pueden morir? -preguntó asustada Bernardette. – Tal vez… Apenada, comenzó a llorar en el mismo instante, entonces el padre le contó la verdad: – Vamos, no llores. Fue el intermediario que los marcó así.

Más tarde, cuando le llamaron boba por haber creído en semejante disparate, su respuesta constituyó una demostración involuntaria de su elevada virtud: – Yo nunca mentí; no podía suponer que aquello que mi padre me decía no era verdad. Los días pasaban lentamente en la pequeña aldea, y ya habían pasado siete meses desde la llegada de Bernardette.¡Cuánta esperanza de aproximarse a la mesa eucarística traía en la llegada, y qué decepción experimentaba, después de las pocas aulas de insignificante instrucción! Aquella espera interminable la afligía, pero, como todo en la vida del hombre, fue permitido por Nuestro Señor.

«Sufre los retrasos de Dios; dedícate a Dios, espera con paciencia, con el fin de que, en el último momento, tu vida se enriquezca» (Eclo 2, 3) Esas palabras, desconocidas para Bernardette, significaban exactamente como Dios procedió con respecto a ella. Al mismo tiempo en que la gracia inspiraba en su alma un ardiente deseo de las cosas elevadas, éstas parecían serle retiradas.

Con eso, su ansia se robustecía, y todo lo que era terrenal empezaba a ser poco a sus ojos, cada vez más aptos para comprender las realidades sobrenaturales. Como suele pasar con las almas que Dios prueba por medio de largas esperas, le estaban reservadas gracias mucho mayores.

Celestial sorpresa.

De vuelta a la casa paterna, Bernardette retomó los antiguos quehaceres.

En la mañana inolvidable del 11 de febrero de 1858, salió con la hermana Toinette y la amiga Jeanne Abadie para el bosque, con el fin de recoger leña para la chimenea y huesos que vender para comprar algún alimento. Anduvieron bastante hasta llegar a la gruta de Massabielle, donde Bernardette nunca había estado. En el momento en que las despiertas niñas atravesaban el agua helada del río Gave, Bernardette se preparaba para hacer lo mismo.

gruta lourdes
Gruta de las Apariciones

Ésta es la narración de Bernardette de lo que entonces sucedió: «Escuché un barullo, como si fuese un rumor. Entonces, volví la cabeza hacia la orilla del prado; vi que los árboles no se movían en absoluto. Seguí descalzándome. Volví a escuchar el mismo barullo. Levanté la cabeza, mirando hacia la gruta. Vi a una Señora toda de blanco, con el vestido blanco, un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie, del color de la cadena de su rosario: las cuentas del rosario eran blancas»

Era la Santísima Virgen que le sonreía y le llamaba para que se aproximara. Temerosa, Bernardette no se adelantó, sino que sacó su tercio y comenzó a rezar. Lo mismo hizo la «bella Señora», que aunque no moviese los labios la acompañaba con su propio rosario. Después, al terminar el Rosario, Ella desapareció.

La impresión que esa primera aparición produjo en Bernardette fue profunda. Sin reconocer en Ella a la Madre celeste, la niña se sentía irresistiblemente atraída por esa figura tan amable y admirable, en la cual no podía parar de pensar. Cuando una monja le preguntó, años más tarde, en la enfermería del convento, si la Señora era bella, ella respondió: – ¡Sí! ¡Tan bella que, cuando se ve una vez, se desea la muerte sólo para volver a verla!

Dieciocho encuentros en Massabielle.

Por más que Bernardette hubiese pedido que guardaran el secreto a sus dos compañeras, a las que contó lo que viera, ellas no se mantuvieron calladas en ningún momento.

Poco más tarde, eran decenas de personas las que comentaban en la vecindad el sobrenatural acontecimiento. Y era apenas El comienzo: la impresionante popularidad de las apariciones asumió proporciones tales, que el día 4 de marzo, estaban junto a Bernardette nada menos que 20.000 peregrinos.

Antes de cada visita de Nuestra Señora, Bernardette sentía un enorme deseo de ir a Massabielle. Fue lo que ocurrió los días 14 y 18 de febrero, cuando un presentimiento interior la condujo hasta la gruta. En la segunda aparición, la Virgen Santísima permaneció nuevamente en silencio; dijo apenas alguna palabra el día 18, como nos lo narra la obediente niña: «La Señora sólo me habló en la tercera vez. Me preguntó si quería ir allí durante 15 días. Le respondí que sí, después de pedir permiso a mis padres»

El santuario de Lourdes es uno de los mayores centros de peregrinación del mundo católico, acogiendo cerca de 6 millones de peregrinos todos los años

La quincena de apariciones, que se dio entre el 18 de febrero y el 4 de marzo, con excepción de los días 22 y 26, constituyó el gran foco de irradiación del mensaje confiado a Bernardette. Cada día se multiplicaba el número de asistentes que emprendían penosos viajes, atraídos por los celestiales coloquios. Aunque nadie más que Bernardette viese a la «Señora», todos sentían Su presencia y se conmovían con los éxtasis de la campesina.

– Ella no parecía de este mundo -dijo un testigo. Las palabras de Nuestra Señora no fueron muchas, aunque de expresivo significado. Dijo a Bernardette el mismo día 18: «No prometo hacerte feliz en este mundo, pero sí en el otro». Y otras veces: «Yo quiero que venga aquí mucha gente». «¡Pide a Dios por los pecadores! ¡Besa la tierra por los pecadores!». «¡Penitencia, penitencia, penitencia!». «Ve y di a los sacerdotes que construyan aqui una capilla. Quiero que todos vengan en procesión». Todavía durante la quincena, la Reina de los Cielos confió tres secretos y enseñó una oración a Bernardette, que ella recitó con insuperable fervor todos los días de su vida.

Después de un largo silencio con respecto a su identidad, la Señora reveló su nombre a Bernardette en la decimosexta aparición, el 25 de marzo de 1858: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Era una solemne confirmación del dogma proclamado por el Beato Pío IX cuatro años antes; la pureza de doctrina sería coronada, de aquí en adelante, por la belleza de los milagros.

Transformada por Nuestra Señora.

Uno de los criterios de prudencia adoptados por la Santa Iglesia para verificar la autenticidad de las revelaciones como las que recibió Bernardette, es observar atentamente la conducta de los videntes. En ellos, se refleja invariablemente la veracidad y el tenor de lo que dicen ver: su testimonio personal es decisivo.

Los enfermos no tardaron en servirse de ella y las curas inexplicables se iniciaron el 1 de marzo. Enfermos desahuciados «por la razón y por la ciencia» veían sus males desaparecer en un instante, y los argumentos de innumerables corazones reticentes se transformaron en cánticos de fe.

Cuando Bernardette, más tarde, probó esta agua para sus penosas dolencias, no le fue eficaz. Le preguntaron, entonces: – Esa agua cura a otros enfermos: ¿Por qué no te cura a ti? – Tal vez la Santísima Virgen quiera que yo sufra- fue su respuesta.

Lourdes aguas

De hecho, su vocación era sufrir y expiar por la conversión de los pecadores. La fuente no era para ella. Esa hija predilecta de María comprendió con profundidad su singular llamada.

Todo cuanto habría de padecer física y moralmente de ahí en adelante -que no fue poco- ella deseaba unirlo a los méritos infinitos del Redentor crucificado, para que fuese pleno el efecto de las gracias derramadas en la gruta. Nunca un murmullo, una queja o un acto de impaciencia se desprendieron de sus resignados labios, acostumbrados al silencio y a la inmolación.

En el asilo de Nevers.

Después del ciclo de las apariciones, todos querían ver a Bernardette y tocarla. Le pedían bendiciones, le robaban reliquias… Hombres ilustres emprendían largos viajes para conocerla y altas figuras eclesiásticas no escondían su admiración delante de ella.

Pero, ¡cuánto le hacían sufrir por causa de eso! En su acrisolada humildad, Bernardette se sentía incómoda delante de tantas manifestaciones de deferencia. Su mayor deseo era ser olvidada, quería que sólo la Virgen Santísima fuese objeto de encanto y amor. En Lourdes, ella vivió todavía nueve años en el Asilo, administrado por las Hermanas de la Caridad y de la Instrucción Cristiana, de Nevers.

Ayudaba en la atención a los enfermos, en los servicios de la cocina, cuidando de los niños. A los 23 años partió hacia la Casa Madre de la Congregación, en Nevers, deseando ávidamente la vida de recogimiento y oración: – Vine aquí para esconderme -dijo.

Sus trece años de vida religiosa fueron acentuados por la práctica de todas las virtudes y, de modo especial, el desprendimiento de sí misma y el amor al sufrimiento. De ese período, pasó nueve años de ininterrumpidas enfermedades: el asma inclemente, un doloroso tumor en la rodilla, que evolucionó hasta una terrible infección de los huesos. El día 16 de abril de 1879, a los 35 años de edad, ella entregó su alma al Creador.

"Me encontraréis junto al peñasco"

Sus restos mortales incorruptos constituyen uno de los más bellos vestigios de la felicidad eterna que Dios haya otorgado a los pobres mortales en este Valle de Lágrimas.

Intacto, puro, angélico es el cuerpo de Bernardette, delante del cual el peregrino se siente atraído a pasar horas seguidas en oración, y levantarse con la dulce impresión de haber penetrado en la felicidad eterna de la que goza la vidente de Massabielle.

Bernardette
Cuerpo incorrupto de Santa Bernardette Soubirous - Nevers (Francia)

Allí están, cerrados, pero elocuentes, los ojos que otrora contemplaran a la Santísima Virgen, para enseñarnos que los únicos que son exaltados son los mansos y los humildes de corazón; para recordarnos que, para realizar Sus grandes obras, Dios no precisa de las fuerzas humanas, sino de la fidelidad a la voz de Su gracia.

Sabemos que la misión de Bernardette no terminó. La acción beneficiosa de su intercesión se hace sentir junto a la gruta, como ella misma predijo: «Me encontraréis junto al peñasco que tanto amo». Que ella nos obtenga, en este año de jubileo y acción de gracias, una confianza inquebrantable en el poder de Aquella que dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción».

Tamara Victório Penin

Comentarios

Misiones

abril 6, 2022

 
Los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen en Cuenca realizaron una «Misión Mariana» en la parroquia de Tutupali Grande, sector ubicado en las periferias de la ciudad de Cuenca. 
 
La misión consistió en visitar todas las casas posibles en un determinado horario; se recorrieron varias cuadras invitando a las personas a que reciban por unos instantes a la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María.
 
La alegría y emoción era muy notorio en las personas al recibir una visita tan especial. Las familias quedaban muy agradecidas por ese gesto de tanta caridad con el prójimo.
 
En cada casa un joven Heraldo se encargaba de transmitir un mensaje de fe y esperanza, además, rezaba por las intenciones del hogar visitado.

Misiones

Parroquia San Andrés Kim - Quito, recibió a la Imagen Peregrina de Nuestra Señora de Fátima.

marzo 9, 2022

Fieles de la parroquia San Andrés Kim, ubicada en el sector de Turubamba al sur de Quito, recibieron la visita de la imagen de Nuestra Señora de Fátima.

El padre Ramiro Rodríguez agradeció a los Caballeros de la Virgen por esta ayuda evangelizadora.

Ángeles

En la Sagrada Biblia se menciona el nombre de tres Arcángeles; Miguel, Rafael y Gabriel, cada uno con un significado y una misión.

enero 28, 2022

Aproximadamente desde el siglo VI se conmemora la existencia de los tres Arcángeles: Miguel, Gabriel y Rafael. La fiesta es celebrada por la iglesia el 29 de Septiembre de cada año; ya que según la Sagrada Escritura son los mensajeros de Dios y «poderosos ejecutores de sus órdenes, prontos a la voz de su palabra» (Sal 103, 20), y «enviados para servir a los que deben heredar la salvación» (Heb 1, 14).

Numerosas son las situaciones en las que las escrituras nos cuentan como los ángeles cumplen una misión importante en la vida de Jesús; como cuando el Arcángel Gabriel anuncia a María la venida de Jesús y luego a José le revela también el misterio de la maternidad de la Virgen. Mediadores de grandes acontecimientos e intercesores que batallan espiritualmente por toda la humanidad.

En la Sagrada Biblia se menciona el nombre de tres Arcángeles; Miguel, Rafael y Gabriel, cada uno con un significado y una misión.

San Miguel "Quien como Dios" del hebreo "Mija-El"

El pimero de los tres Arcángeles es el Príncipe de los demás ángeles, defensor de los cristianos que gana victorias ante el enemigo; por lo que la Iglesia Católica le tiene gran devoción al pedir ayuda contra los ataques de satanás.

El Dr. Plinio Correa de Oliveira comentó: «San Miguel comandó la lucha contra los demonios y los precipitó al Infierno. El es el jefe de los Ángeles de la Guarda de los individuos y de las instituciones. El es el mismo Ángel de la Guarda de la Institución por excelencia, la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.» (Extraído de conferencia del 28/09/1966)

Oración

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla: sé nuestra protección contra la malicia y las acechanzas del diablo. Reprímalo Dios, suplicamos humildemente: y tú, oh príncipe de la milicia celestial, arroja a los infiernos a satanás y a los otros espíritus malignos que andan sueltos por el mundo, para causar la perdición de las almas. Amén.

San Gabriel "Dios es mi protector" "Fortitudo Dei" (Fortaleza de Dios)

El Arcángel mensajero; quien trajo al mundo la bella noticia, quien anuncia a Zacarías el nacimiento de Juan Bautista y quien declara «Yo soy Gabriel que asisto a la vista de Dios» (Lc, 1, 19).

Oración

Dios, señor nuestro, imploramos tu clemencia para que habiendo conocido tu Encarnación por el anuncio del Arcángel San Gabriel, con el auxilio suyo consigamos también sus beneficios. Por Jesucristo nuestro señor. Amén.

San Rafael "Dios te sana"

El Arcángel que aleja enfermedades y protege en los viajes; aparece en las escrituras en el libro de Tobías, curándolo de su ceguera y acompañando al hijo de este en un peligroso viaje para luego conseguirle una esposa.

Oración

Arcángel San Rafael, que dijiste: bendecid a Dios todos los días y proclamad sus beneficios. Practicad el bien y no tropezareis en el mal. Buena es la oración con ayuno y hacer limosna mejor que atesorar oro, te suplico me acompañes en todos mis caminos y me alcances gracias para seguir tus consejos. Amén.

Santos

La compasión de Doña Lucilia por aquellos a quienes veía sufrir era llena de afecto y respeto, sin nunca esperar retribución.

abril 24, 2022

La compasión de Doña Lucilia por aquellos a quienes veía sufrir era llena de afecto y respeto, sin nunca esperar retribución de parte de sus beneficiados, verdadero reflejo de la misericordia del Sagrado Corazón.

A continuación palabras del Plinio Correa de Oliveira:

Con respecto a mi madre, Doña Lucilia, he dicho varias veces que ella no era más que un ama de casa con una cultura afrancesada, y ligeramente inglesa, de las señoras de buena familia de su tiempo. Ella poseía esa cultura suficientemente, aunque no se destacaba por su inteligencia.

Doña Lucilia - Finura de percepción.

Me llamaba mucho la atención que en cierto sentido ella se mostraba excepcionalmente inteligente, y era una forma de inteligencia ligada a la compasión y a la ayuda. Es decir, ella tenía una noción muy clara de todo lo que pudiese contundir o hacer sufrir a cualquier persona. Ella se daba cuenta inmediatamente.

Era una primera pregunta o una primera mirada – una mirada delicada – que ella ponía sobre la persona. El punto de partida era lo que la persona sufría. Dado que toda criatura humana sufre, ella procuraba ver cuál era el punto dolorido, el lado por donde la persona sufría, etc., y tomaba un cuidado extraordinario para no tener – ni de lejos – una distracción, una referencia en la conversación o cualquier cosa que pudiese hacer sufrir a esa persona de alguna forma, siendo en eso de una penetración y de una delicadeza verdaderamente notable.

Pero Doña Lucilia también entendía muy bien – esto es una obra prima de psicología – dada la persona y las circunstancias, lo que debería hacer para ayudar y cuál era la forma de compasión que debería manifestar para atender esa forma de sufrimiento. En eso ella era muy fina de percepción y muy delicada al brindar su compasión. Porque la compasión se expresaba mucho más por la mirada y por las maneras que por lo que ella decía.

Discreción llena de afecto.

Era casi imposible que ella procurase desvendar el santuario del sufrimiento de cada uno con palabras indiscretas, que la introdujesen en una intimidad que la persona, a veces legítimamente, no quería dar, a veces por amor propio o por mil razones.

Pero en el modo de tratar y de agradar, de tal forma ella realzaba tan discretamente lo que veía de bueno, de honroso en la persona, que ésta se sentía envuelta por su afecto, pero no se sentía para nada solicitada o penetrada, ni invadida por una conmiseración inoportuna. Ella revelaba en eso mucho tacto. Era un modo aristocrático de tener pena.

Sin embargo, dejaba entender a la persona y a todo el mundo con quien trataba, que si quisiesen usar su bondad ella era una puerta que se abriría, pero nunca se abriría y llamaría a alguien hacia adentro. Eso no. A veces eso aparecía en términos explícitos cuando se trataba de tomar la defensa de alguien que a ella le parecía ser objeto de un ataque demasiado cargado, o que no se tomaba en cuenta algún atenuante que la persona tenía.

Por ejemplo, ella tenía un hijo muy categórico, y ese hijo no hacía ceremonia cuando salía lanza en ristre. Ella a veces oía y decía:

– ¡Pobrecito!

Un «pobrecito» que me hacía sentir en qué aquel hombre era un sufridor. «¡Pobrecito!… Tampoco es para tanto…». Casi como quien pedía compasión para ella personalmente.

– Filhão1, ¿no notaste que él tiene tal cualidad?
– Pero, mi bien, mãezinha2 – de acuerdo al momento -, ¿Ud. no nota que, si uno va a ver, eso da en liberalismo?
Ella decía:
– No, piensa lo que quieras, lo que sea la verdad, pero pon la verdad entera, pon también las cualidades.

Naturalmente, eso me impresionaba de un modo muy favorable, no necesito ni decir. Es absolutamente obvio. Y si sucedía que en una situación crítica u otra cualquiera, ella tuviese que aproximarse y hablar con la persona, ella hablaba como quien entra en la punta de los pies en el santuario de la desventura de la persona. Ella trataba en un crescendo gradual y sondeando el terreno, de tal forma que la persona, si quisiese, del modo más fácil del mundo, le haría entender que prefería que no entrase. Ella también cerraba el caso y estaba acabado.

Trato bondadoso y sin ilusiones.

No piensen con eso que ella apenas veía el lado positivo de las personas. No. Ella no sólo veía muy bien las amarguras y las cosas duras que tiene la vida, sino que nos prevenía para estar prontos para eso. Naturalmente, todo era visto según la experiencia de la vida de una señora que vive en el hogar.

Ella nunca fue lo que en mi tiempo de joven llamaban mujer paraíba: una mujer feminista que sale de la casa, toma ciertas actitudes, conoce la vida de los hombres, hace negocios y cosas de ese género. Ella era de un modo que era preciso haber conocido. 

Yo doy un ejemplo que ella contó más de una vez. Mi abuelo tenía una oficina de abogacía, y, entre otros clientes, tenía a una viuda rica y sin hijos. Ella tenía una casa muy buena, grande, con jardines, criadas, etc., pero era una persona muy aburrida.

Mi abuelo tenía pena de esa señora, porque ella tenía buena salud, tenía todo para hacer una vida feliz, pero vivía en una especie de aislamiento por causa de su mal genio. Era una señora de buenas costumbres, pero, por otra parte, era de un trato muy censurable.

Aconteció que un día ella se enfermó de repente y le escribió una carta a mi abuelo, contándole eso y pidiendo si podía conseguirle una criada, algo así, un favor de esa clase. Mi abuelo procuró a mi madre y le dijo:

– Tu madre no está en condiciones de dirigir nuestra casa con tanto movimiento y menos aún para cuidar a esa señora. Es una obligación de caridad nuestra recibirla y tratarla. Aquí hay tal cuarto – un cuarto de huéspedes -; voy a traerla aquí y tú la vas a tratar. Quiero que esa señora salga de nuestra casa encantada con tu caridad.

Mi madre, con pena de esa señora y para agradar a mi padre, aceptó. Mi abuelo quedó tranquilo. Poco después llegó esa señora, mi madre la recibió con mil caricias, la acompañó hasta el cuarto, la trató como mejor no se la podría tratar.

Una hermana de mi madre, seis años más joven pero ya francamente con edad para ayudar, trataba a esa señora con la «punta de los dedos». Entraba en el cuarto una o dos veces al día, cuando ya estaba lista para salir a la calle:

– ¡Ah!, no quise salir a la calle sin saber cómo está Ud. ¿Ya está mejor, no? Conserve el optimismo, que todo saldrá bien.

Lo que equivale a decir al enfermo «no moleste» o «no se queje». Eso una vez o dos por día y se acabó. Y mi madre le decía a su hermana:

– Tú no puedes hacer eso. ¿No ves que papá no quiere eso? Además, pobrecita…
Mi tía decía:
– Vas a ver, estás haciendo por ella absurdos de dedicación sin ningún propósito, y cuando ella salga de aquí, si no sale en un féretro, sino viva, me va a agradecer a mí.

Mi madre ponía en duda que la cosa llegase a ese punto, porque la diferencia de trato era fabulosa. Pero, ¡dicho y hecho!
La señora se sanó y se preparó para volver a su casa. Había varias personas reunidas para despedirse de ella y entre otras estaba esa tía mía. La señora dijo al verla:

– ¡Ven acá! ¡Ah!, tú que fuiste mi ángel durante todo este período… ¡Esa es la maldad humana! De nada vale discutir, ni indagar. ¡Es hasta repugnante, eh! Y le dio un regalo…

Cruz

A mi madre apenas le dijo «gracias». Mi madre no lo decía, pero mientras ella nunca fue bonita, su hermana era muy bonita, en la línea en que mi abuela era bonita y fascinaba. Por lo tanto, cualquier pequeño agrado de mi tía brillaba, y las dedicaciones sin nombre de mi madre, esa señora las tomaba así. En ese punto también está la maldad humana.

Mi madre me contaba eso y una vez me lo contó en presencia de esa tía mía, que acompañó con atención, riéndose en algunos pasajes, y al final dijo que había sido exactamente lo que ella contaba.

Afecto que no esperaba retribución.

La moraleja del caso es que, si yo no hubiese sido formado así, por las faltas de retribución que recibo me volvería un hombre malo, y ella no quería eso. Ella quería que yo fuese bueno como ella lo era, y como consideraba que lo era su padre.

De hecho, mi abuelo tenía gestos como esos, de magnanimidad, de desconcertar. Ella contó varios. En ese punto la formación del padre sobre ella fue muy, muy eficaz. De ahí viene ese afecto que, a propósito, es necesario decir que las tres hijas tenían por el padre, un afecto que no las vi tener por nadie, y no vi que ninguna hija tuviese con su padre. No vi. Era una cosa sin igual. Querían mucho a su madre, la respetaban, pero la veneración era para con su padre.

Mi madre fue quien me formó en ese sentido. No estoy analizando si correspondí o no a la gracia de esa formación. Pero de ese modo casero ella me dio una filosofía. Ella no hablaba del pecado original ni nada de eso, pero contaba ese caso y quedaba entendido.

Una persona que saca esa conclusión de un pequeño hecho como ese, ve mucho más que lo que el común de las señoras ve a ese respecto y manifiesta allí una lucidez de vista, una penetración, un discernimiento – no me atrevo hablar de discernimiento de los espíritus -, de las psicologías y de las mentalidades muy grande. Lo cual es realmente muy bonito.

Si fuese necesario ella haría todo de nuevo, aun sabiendo que el resultado sería ese, pero aprovechando la experiencia de la última vez para preparar formas de servir mejor. ¡No se arrepentiría! Porque ella no lo hacía para recibir una retribución, sino para ser buena. En el fondo está Nuestro Señor Jesucristo, el Sagrado Corazón de Jesús.

Aquella frase del Corazón de Jesús a Santa Margarita María corresponde muy bien a eso: «He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado». Toda actitud de Nuestro Señor durante la Pasión fue eso. A propósito, es uno de los trazos por los cuales se doblan las rodillas ante Él, ¿no? Porque llevó esa perfección moral hasta un grado inimaginable. Por ejemplo, Longinos, que perforó con la lanza su costado y salió un agua que curó a ese soldado de una especie de semi-ceguera. Es decir, eso es Nuestro Señor Jesucristo por entero.

Así habría otros casos de ella para contar, ¡muchas cosas de ese género! Pero muchas, que ella sabía arreglar, mover, calmar; ¡muchas, muchas, muchas!.

Autor : Plinio Correa de Oliveira (Extraído de conferencia de 9/8/1986)

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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