Santos

Santa Teresita del Niño Jesús

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

María Francisca Teresa Martin Guérin nació en Alençon (Francia) el 2 de enero de 1873. Sus padres fueron los beatos Luis Martin y Celia Guerin. Fue la última de los nueve hijos de este santo matrimonio de los que sobrevivieron cinco hijas: María, Paulina, Leonia, Celina y Teresa.

Infancia.

El primer año de su vida tuvo que ser criada en el campo por una nodriza, pues su madre no podía alimentarla. Sus primeros años de vida fueron muy felices, pero cuando la niña tenía cuatro años, murió su madre de cáncer. Esto afectó mucho a Teresita, que pasó de ser una niña viva y efusiva, a ser tímida, callada e hipersensible, a pesar de que su padre y hermanas redoblaron su ternura con ella.

La familia se trasladó a Lisieux, cerca de sus tíos, los señores Guérin. Cuando su hermana Paulina ingresa en el Carmelo en 1882, Teresa sufre como una segunda orfandad materna. Al año siguiente le sobreviene una “extraña enfermedad”, con alucinaciones y temblores. Un día, mientras sus hermanas rezaban por ella, le pareció que la sencilla estatua de la Virgen que tenía cerca, le sonreía, y se sintió curada.

A finales de 1879 recibió por primera vez el sacramento de la Penitencia. El día de Pentecostés de 1883, recibió la gracia especial de ser curada de una grave enfermedad por la interseción de Nuestra Señora de las Victorias (La Virgen de la Sonrisa). Educada por las benedictinas de Lisieux, recibió la primera comunión el 8 de mayo de 1884, después de una intensa preparación, culminada con una fuerte experiencia de la gracia de la íntima comunión con Cristo.

Juventud de Santa Teresita.

Algunas semanas más tarde, el 14 de junio del mismo año, recibió la Confirmación, con plena conciencia de acoger el don del Espíritu Santo mediante una participación personal en la gracia de Pentecostés.

Su deseo era abrazar la vida contemplativa, al igual que sus hermanas Paulina y María, en el Carmelo de Lisieux, pero su temprana edad se lo impedía. Durante un viaje a Italia, después de haber visitado la Santa Casa de Loreto y los lugares de la Ciudad Eterna, el 20 de noviembre de 1887, en la audiencia concedida por el Papa León XIII a los peregrinos de la diócesis de Lisieux, pidió al Papa con filial audacia autorización para poder entrar en el Carmelo con 15 años.

En el Carmelo

El 9 de abril de 1888 ingresó en el Carmelo de Lisieux. Tomó el hábito el 10 de enero del año siguiente e hizo su profesión religiosa el 8 de septiembre de 1890, fiesta de la Natividad de la Virgen María.

Teresa entró en el Carmelo con el nombre de Teresa del Niño Jesús. A este nombre le añadiría posteriormente “y de la Santa Faz”.

En el Carmelo, Teresita ahondó en la Sagrada Escritura, fundamentalmente en los Evangelios, donde veía las huellas de Jesús. También las lecturas del antiguo testamento, cuando el profeta Isaías habla del amor maternal de Dios o del “Siervo de Yahvé”, le conmovieron profundamente. San Juan de la Cruz fue su maestro espiritual, con cuya lectura profundizó en el camino del amor.

Sus escritos son las Cartas, unos Poemas, pequeñas obras de teatro para fiestas comunitarias, algunas Oraciones, las anotaciones que hicieron sus hermanas en su enfermedad y la Historia de un alma. Este último escrito, relato de su historia de salvación, elevó la espiritualidad de la Iglesia hasta el punto de ser declarada doctora universal de la Iglesia.

Entrada al Cielo.

En la Pascua de 1896, Teresa tiene una hemoptisis, síntoma de la tuberculosis. Tres días después, comienza la prueba de la fe, que duró hasta su muerte. La sobrelleva con actos mayores de fe y amor. Murió el 30 de septiembre de 1897.

Es innegable que quien se acerca a la vida de Santa Teresa de Lisieux -Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz- queda fascinado con su testimonio e historia de santidad. A través de su “pequeña vía”, el “caminito”, que habla de humildad, sencillez y confianza en Dios Padre, Teresita se hizo grande.

Toda su vida y testimonio de santidad se centra en una sola premisa: vivir la vocación al amor; amar y hacer amar al Amor.

Una entrega total, y amor sin límites, y una cercanía tal a Jesús, que la llevó a tener sed por la salvación de las almas, ofreciendo oraciones y sacrificios para que los pecadores retornasen a buen camino. Así describió la santa ese deseo de salvar aquellas almas perdidas: “Anhelaba dar de beber a mi Amado, me sentía yo también devorada por la sed de almas, y a todo trance quería arrancar de las llamas eternas a los pecadores”.

No en vano, y pese a no haber salido del convento, Santa Teresita fue declarada en 1927 Patrona Universal de las Misiones.

Comentarios

Destacados, Oraciones

Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

mayo 21, 2022

1. Oh Jesús mío, que dijiste: «En verdad os digo: Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, tocad y se os abrirá», he aquí que toco, busco y pido la gracia…

(Colocar aquí la intención).
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

V/. Sagrado Corazón de Jesús.
R/. ¡En Vos confío!

2. Oh Jesús mío, que dijiste: «En verdad os digo: Cualquier cosa que pidáis a mi Padre en mi

nombre Él os lo concederá», he aquí que a vuestro Padre en vuestro nombre pido la gracia…

(colocar aquí la intención).

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

V/. Sagrado Corazón de Jesús.
R/. ¡En Vos confío!

3. Oh Jesús mío, que dijiste: «En verdad os digo: Pasarán el cielo y la tierra pero mis palabras no pasarán jamás», he aquí, que apoyado en la infabilidad de vuestras santas palabras pido la gracia…

(colocar aquí la intención).
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

V/. Sagrado Corazón de Jesús.
R/. ¡En Vos confío!

Oración.

Oh Sagrado Corazón de Jesús, a quien sólo una cosa es imposible, esto es, la de no tener compasión de los infelices, ten piedad de nosotros, miserables pecadores, y concédenos la gracia que os pedimos por intermedio del Corazón Inmaculado de vuestra y nuestra tierna Madre.

V/. San José, amigo del Sagrado Corazón de Jesús.
R/. Ruega por nosotros.

Ángeles, Destacados

La iconografía de los Ángeles del Renacimiento y del barroco, así como ciertas imágenes muy difundidas en el siglo pasado no representan auténticamente los espíritus angélicos; los de la Edad Media y los de Fray Angélico expresan la realidad.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

mayo 21, 2022

El tratar sobre los Ángeles, debemos establecer antes algunos principios que nos ayudarán a profundizar sobre el asunto.

Monasterio del monte Saint-Michel.

El primer principio que conviene recordar es el siguiente: la Providencia está permitiendo al demonio tener un atrevimiento y una amplitud de acción como jamás se vio a lo largo de la Historia. Es normal que tengamos muchas y variadas impresiones a respecto del pasado. La Historia narra los acontecimientos más extraños, más censurables, más condenables. Entretanto, cuando comparamos esos acontecimientos con algunos que se dan en el mundo contemporáneo, vemos que el pasado era simplemente cristalino y encantador, inclusive en sus aspectos más censurables, en comparación con los lados reprobables del presente.

Hace dos mil años la Iglesia rinde culto a los santos Ángeles y, de vez en cuando ellos se aparecen y se manifiestan. Recordemos el Monasterio de Saint-Michel, en Francia, el cual visto en su totalidad es como que la fotografía, en piedra, de un espíritu angelical.

Aquella punta que se yergue, la abadía con sus varias construcciones, junto a aquel mar lleno de variedades, ora más mar que tierra, ora más tierra que mar, a veces restos de mar empozado en medio de brazos de tierra que se van secando y emergiendo en medio de todo aquello; y después se siente un viento aullando y silbando en la parte del mar que es siempre mar. En medio de todo esto el Monasterio de Saint-Michel de pie, solemne, tranquilo y firme, agarrando y dominando las rocas, mostrando a los mares la inutilidad de sus movimientos y con su flecha apuntando al cielo.

Como el espíritu humano conoce mejor las cosas por medio de contrastes, vamos a tomar ciertas nociones comunes y corrientes, poco precisas e infelizmente un tanto infantiles a respeto de los Ángeles, presentes en la mentalidad de todo mundo – oriundas de una apreciación muy sumaria del tema -, y transponerlas para lo que imaginamos de un Ángel. Así trataremos de tener alguna idea de aquellos Ángeles cuya venida e intervención esperamos. Queda así indicada nuestra meta, y nuestras almas, al menos por unos instantes, apuntarán a la hora de su venida, como la torre del campanario del Monte Saint-Michel.

Ángel gordiflón y despreocupado...

¿Cuáles son las ideas que existen a respeto de los Ángeles? El niño recibe y forma una noción sobre la figura del Ángel correspondiente a las ideas que sus padres – y también el párroco – tienen del Ángel. Sobre todo, el niño sabe de un modo instintivo y confuso que, en último análisis, el papá y la mamá ratifican con el sacerdote sus ideas sobre Religión. De manera que juzga más o menos subconscientemente que toda estampa, toda medalla, toda figura que represente a un Ángel, representa la enseñanza de la Iglesia Católica sobre el Ángel.

Entonces debemos reportarnos a las imágenes, a las estampas, a las cosas habituales a respecto de los Ángeles – y que no son muchas. Podemos pensar un poquito también en los magníficos Ángeles de la Edad Media, pasando muy rápidamente por los Ángeles del barroco. Consideremos, en primer lugar, cómo los Ángeles eran presentados en nuestra infancia.

Había dos casas en São Paulo, en el centro viejo, que vendían relojes, algunas joyas y objetos religiosos de lujo: la Joyería Michel y la Casa Benito Loeb. Aquella imagen del Corazón de Jesús que hay en mi residencia, por ejemplo, fue comprada en una de esas tiendas. Yo recuerdo que la comercialización de artículos religiosos para niños de mi tiempo, era realizada por esas dos casas. Y eran, en general, fábricas francesas que enviaban esos objetos a São Paulo.

Entonces, me recuerdo de un medallón que representaba un Ángel y que me llamó mucho la atención. Era circular, bueno para regalarle a una señora que acaba de tener un hijo, para colgarlo en la cabecera de la cuna; para agradar a un bebé de tres, cuatro, cinco años que está de cumpleaños; adecuado también para darle a un niño un poco mayor que recibe la Primera Comunión. No recuerdo más si ese medallón era mío o de mi hermana o de alguno de mis primos. Sé que ese medallón convivió conmigo. Y en la intimidad de una infancia entre parientes, en que la propiedad individual existe confusamente y los objetos son intercambiados, y que pasan del cajón de uno a la mano del otro, en ese remolino, tengo la impresión de que acabó siendo mío, pero no estoy seguro.

Era un Ángel tipo, todavía, Belle Époque: gordiflón, con el rostro relleno, cabellos ligeramente ondulados, brazos bien rollizos, rellenos, y una cara de entera tranquilidad, inclinado sobre algo que era como que la base del medallón, tendiendo un poco al tedio, incapaz y sin deseos de cualquier esfuerzo. Como quien mira desde una terraza hacia un punto vago, sin interés en la escena que se desarrolla abajo y dice: «¡Yo ya combatí en mi batalla y ahora estoy aquí gozando; usted arrégleselas como pueda!»

Recuerdo que yo miraba al Ángel y me venía al espíritu una leve perturbación, en el siguiente sentido: «Si un Ángel es así y conociera bien el interior de su alma, no concordaría con usted; porque usted tiene a respecto del Ángel unas ideas que esta imagen no simboliza.

Luego, o esas ideas son contra la realidad de lo que es un Ángel y usted está equivocado, o ellas coinciden con la realidad; pero entonces el que está incorrecto es aquel Ángel y, por tanto, alguna cosa no encaja bien en esto.» La salida era, naturalmente: «Yo voy a indagar.» Y miraba, miraba, miraba para ver si encontraba en el Ángel alguna cosa que tuviese relación con eso.

...o sentado sobre una nube y tocando harpa

Entonces, una primera idea a respecto de los Ángeles: vida ya realizada, sin futuro, en una eternidad sin grandes atractivos, con un cierto fondo de aburrimiento. ¡Esfuerzo, no! Pero otros cuadros, otras cosas de un arte religioso que ya caminaba a grandes pasos hacia su decadencia, afirmaban eso.

Por ejemplo, cuadro clásico, tantas veces comentado entre nosotros: Ángeles sentados encima de nubes, sobre un cielo azul, tocando harpa. ¿Cuándo acabará de tocar el harpa? ¿Cómo es que esa nube no se hunde?

Al final se tiene la impresión de que ellos estaban pintados con una cara animada, a manera de personas muy bien educadas que estaban atravesando por una etapa de tedio, con aire distraído, pero que en el fondo estaban fastidiados…

Por otro lado, está la idea recta, insinuada, de que ellos son de una naturaleza enteramente superior a la nuestra, presentados en carne y hueso apenas porque el arte no puede pintar el puro espíritu, pero que gozan de la presencia de Dios y de la familiaridad en los inefables del Altísimo y que son muy bien intencionados, muy bien dispuestos en relación a los hombres. Listos a ayudar, a socorrer.

Me hice adulto y las imágenes de Ángeles se fueron repitiendo dentro del mismo estilo. Recuerdo una estampa impresa, bastante popular colocada en el locutorio de un convento que frecuenté mucho, representando un chiquillo atravesando un puente, y el Ángel de la Guarda, por detrás, tomando actitudes para que no se cayera del puente, con una solicitud, un desvelo extraordinario.

Yo miraba y pensaba: «Esa imagen insinúa, sin afirmarlo explícitamente, que el Ángel se preocupa mucho para que el chiquito no se quiebre la pierna, pero de que no peque y ame verdaderamente a Dios, no estoy viendo mucha preocupación. Es más o menos un vigilante. ¿Dónde está el celo del Ángel por la causa de Dios?« No formulaba esto a la manera de censura, sino de perplejidad. Era algo que no encontraba. Entonces, suspendía mi juicio y decía: «No, después veremos.»

Los Ángeles de Fray Angélico.

Algo importante en mi vida fue mi encuentro con los Ángeles de la Edad Media y, sobre todo, con los de Fray Angélico. Y reflexioné: «Aquí hay algo con otro pensamiento, otra altura, otra clase, diferente de aquellos Ángeles que había visto, de una iconografía decadente. Ahora, como Fray Angélico es beato, todo lo hizo bien».

Pero ahí venía otra perplejidad: los Ángeles de Fray Angélico, los de mis recuerdos, están siempre en la bienaventuranza eterna, expresada, es verdad, de una manera perfectamente delicada, noble, sobrenatural, de conmover el alma. Y fue ese el aspecto de los Ángeles que Fray Angélico quiso presentarnos. Yo puse en una de nuestras salas más nobles cuatro copias de Ángeles pintados por él, y me alegro que estén allá. Corresponden a la imagen que yo tendría a respeto de un Ángel.

¿Pero sólo en aquella postura? ¿No hay otras? ¿No relucen en los Ángeles también otras perfecciones que mi alma busca hace mucho tiempo? ¿Cómo son esas perfecciones?

Apenas una idea me quedó en el espíritu: ¿Por qué Fray Angélico los pinta así? El mismo vivió en un período en que la Edad Media ya iba caminando hacia su decadencia, y el heroísmo de los guerreros medievales tenía cualquier resto aún de ferocidad salvaje. Europa iba a hundirse, en breve, en lo que se llama la anarquía feudal, o sea, la explosión de rebeldía de los señores contra sus reyes, de los señores menores contra los señores mayores y una disputa tremenda de unos contra otros, en parte, un fermento de ferocidad revolucionaria que comenzaba a crepitar, y de otro lado una disposición de alma para la lucha que había sido llevada más allá del meridiano común.

Naturalmente se comprende que Fray Angélico no podría presentar a una humanidad así, unos Ángeles en plena acción de batalla, pues acabaría por incitar a algo que no convenía estimular. En aquel tiempo, los Ángeles deberían inspirar mansedumbre, ser distendidos, convidando a la dulzura. Así como San Francisco Solano que tocando el violín tranquilizaba a los indios del Perú; y se comprende que el Santo no les enseñara marchas guerreras, pues ellos ya tenían aquello burbujeando en exceso. Así se entiende porque Fray Angélico pintó de esa forma sus muy admirados Ángeles.

Ángeles del Renacimiento.

A veces vemos pinturas o esculturas de Ángeles del Renacimiento – y del Barroco, continuador en algunos sentidos del Renacimiento – y no sabemos si representan cupidos paganos… Hubo el caso de un gran pintor del Renacimiento, a quien un romano famoso le encargó un San Juan Bautista increpando a los fariseos. El artista dijo que tenía uno casi terminado y podría entregárselo en poco tiempo, digamos en diez días. De hecho, pasado ese plazo, el cuadro estaba terminado.

¿Cómo se explica que un cuadro, que exige mucho tiempo para pintarse – no debido a las pinceladas, sino porque se debe reflexionar en cada trazo, pues se trata de una verdadera composición -, estaba listo en diez días?

Él había pintado un Baco, el Dios indigno del vino y de la borrachera. Como no encontró comprador, le pintó por encima una piel de camello para cubrir un poquito a Baco y, con la misma expresión de fisonomía del Dios de la borrachera, lo presentó como siendo San Juan Bautista.

Se comprende perfectamente que Ángeles concebidos en esa escuela de arte no tengan nada de católico. Son una deformación del concepto de Ángel.

Entonces, debemos dejar de lado esas nociones, conservar en la retina los Ángeles de Fray Angélico y preguntar: Si uno de esos Ángeles se enojara, ¿qué expresión fisonómica tomaría? ¿Colocado frente al mal, a la Revolución, que aspecto tendría?

Esto nos podría dar alguna idea de cómo sería un Ángel, caso lo viésemos. Así preparamos nuestro espíritu para una reflexión sobre cómo debe ser un Ángel.

Plinio Corrêa de Oliveira. Extraído de conferencia del 6/12/1980

Destacados, Historia y Creación

A semejanza del Rey del Universo, que nació en una gélida gruta y murió crucificado por los jefes del mundo, Luis XVII inició su reinado en una prisión.
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

mayo 21, 2022

París, 21 de enero de 1793. El redoble de los tambores suena por toda la ciudad, acompañado del bramido de una multitud sedienta de sangre. De repente, un espantoso silencio se apodera de la plaza cuando el criminal llega al cadalso.

¿Criminal? Sí. ¿Qué ley había quebrantado? La ley que «la libertad, la igualdad y la fraternidad» habían impuesto a la nación: la monarquía era «opresora» y, por tanto, debía ser exterminada. El «crimen» de este reo consistía en ser rey de Francia, razón por la cual estaba siendo tratado como el peor de los delincuentes.

El silencio se prolonga unos instantes más en la plaza, pues en los corazones de los franceses allí presentes, por increíble que parezca, aún palpitan restos de respeto por la jerarquía y de amor a la nobleza. Meses antes aclamaban con entusiasmo al rey Luis XVI, al cual ahora contemplan siendo entregado a la muerte, para luego comparecer ante el justo juicio de Dios.

Se produce un último toque de tambores y la implacable cuchilla de la guillotina cae sobre la cabeza del infeliz monarca.

El «vino bueno» de la realeza francesa

Para unos, la noticia de la muerte del rey les causó terror y consternación; para otros, fue motivo de bailes y canciones, que rápidamente culminaron en verdaderas orgías, propias a la vileza de espíritu que la Revolución francesa propagaba entre sus adeptos.

Sin embargo, la mano de Dios, que tan bondadosamente había conducido a la Hija primogénita de la Iglesia a lo largo de los siglos —desde el Bautismo de Clodoveo, atravesando el reinado del gran Carlos y regocijándose con la virtud de San Luis IX, hasta llegar a aquel horrible día—, no se había apartado de ella. Estaba reservado para Francia, así como para toda la Historia, el «vino bueno» de su realeza: ¡un niño!

Sí, un niño, que lloraba amargamente la pérdida de su padre y yacía prisionero abrazado a su madre, desde entonces una pobre viuda. Sobre este jovencito de tan sólo 7 años recaía el manto de los Reyes Cristianísimos, el cual, a su vez, crecería en dignidad al cubrir a un crío inocente coronado por el dolor y por el martirio.

El delfín Louis-Charles, nacido el 27 de marzo de 1785, hijo de la ilustre princesa de Austria y reina de Francia, María Antonieta, y del rey Luis XVI, ya estaba siendo aclamado como Luis XVII por todas las naciones de Europa y por los franceses que se mantenían fieles a la monarquía.

Un reinado marcado por la fidelidad en medio de la tragedia

«Vive le Roi ! Vive Louis XVII !», era el grito que resonaba en las tropas católicas de la Vendée y en el ejército del duque de Condé. Sin embargo, a semejanza del Rey del Universo, que nació en una gélida gruta perseguido por los jefes del mundo, el pequeño Luis XVII vivió los primeros días de su reinado en una prisión, cargando sobre sí el pesado yugo del odio y de la indignación revolucionaria.

Sabían los fautores de la Revolución que por este niño pasaba la hebra dorada de la realeza de Francia, cuya monarquía casi legendaria había impregnado con su perfume los siglos de la cristiandad. Y sabían, por tanto, que la historia del pequeño monarca definiría el futuro de Europa y de la civilización cristiana.

Ante su deseo de derrumbar cualquier tradición sana, llevar a la ruina el orden establecido por la Santa Iglesia en las costumbres e implantar el caos y la igualdad en las almas y en los pueblos, planearon maquiavélicamente la misteriosa desaparición de ese joven rey. Para tal, comenzaron por separarlo de la única que podría ampararlo, sustentarlo y aconsejarlo en aquellas dramáticas circunstancias: su madre.

Durante la tragedia más sublime de la Historia de los hombres, la Pasión del Señor, se dio una escena lacerante y desgarradora: el encuentro de Jesús con su Madre y la solemne despedida de ambos en el Calvario. Después de entregarla al apóstol Juan, el divino Redentor expiró, separándose físicamente de aquella que, entre todas las criaturas, era la más amada de su Sagrado Corazón.

¿Quién puede hacerse una idea de los dolores que esa separación causó en el Inmaculado Corazón de María? ¡Nadie! Porque no ha habido una madre que amara tanto a su hijo como la Virgen Santísima amó al suyo, ¡que era Dios mismo!

Siglos después hubo una madre que —guardando las debidas proporciones— sufrió en la cárcel de la torre del Temple análogos dolores a los de Nuestra Señora al ver cómo le arrancaban de los brazos a su amado hijito, el delfín de Francia.

Llantos, amenazas, gritos y lamentaciones… Nada conmovió los corazones endurecidos de aquellos revolucionarios. Al ver que todos sus esfuerzos caían en el vacío, María Antonieta, cuya rubia cabellera se había vuelto blanca por los horribles sufrimientos de la prisión, comprendió, finalmente, que aquel tormento era permitido por Dios por razones que ella no lograba entender. Recordando el martirio supremo que Él mismo había abrazado por amor a los hombres, se armó del valor que había animado a la Santísima Virgen a estar de pie ante su Hijo agonizante y, con santo heroísmo, le dijo al pequeño: «Pues sí, hijo mío, hay que obedecer; hay que hacerlo».1 Con su corazón materno traspasado de dolor, soltó la mano del niño, el cual acabó aceptando que su elevada condición de rey le exigía, en ese momento, un cruel padecimiento.

Era necesario, de hecho, que un inocente sufriera por el pecado de su pueblo. Así, arrancado lejos del cariño y de los cuidados maternos, Luis XVII inició su doloroso calvario.

Cruel y lento martirio de Luis XVII, padecido con santidad

Llevado a otro compartimento de la torre del Temple, el delfín fue entregado en las manos de Simón, el zapatero, un «fiel patriota», dado a la borrachera y a las más depravadas costumbres. Este individuo sería el «educador» de Luis XVII, que tan sólo tenía 8 años.

Aprovechándose de su pueril ingenuidad, el zapatero le enseñaba canciones revolucionarias y lo embriagaba en numerosas ocasiones para que pronunciara injurias a la corona y firmara documentos que favorecía al nuevo «Gobierno» francés.2

Es difícil describir en pocas líneas la condición lastimosa en que los malos tratos de Simón habían dejado al pequeño rey… Su salud quedó profundamente afectada; su fisonomía, antes dulce y sonriente, se vio marcada por la tristeza, y su semblante, enflaquecido y pálido; sus miembros alargados y desproporcionados, su espalda, curvada, y su postura, abatida.3

No obstante, la personalidad del joven Luis se mantenía firme. En los momentos de lucidez, se oponía enérgicamente a cualquier sugerencia de Simón y por eso era castigado con injurias furibundas, bofetadas, patadas e incluso agresiones bastante violentas, como la de ser agarrado y sacudido en el aire hasta dejarle todo el cuerpo descoyuntado.4

La cólera del impío zapatero estaba tan descontrolada que un día, al constatar que no conseguiría de ninguna forma obligar al niño a decir un «¡Viva la República!», lo tuvo que sujetar un conocido, que allí estaba presente, para que no acabara matándolo a base de golpes…

Delante de tanto horror, empero, el delfín daba constantes muestras de virtud y paciencia. Un ejemplo conmovedor se dio a propósito del hecho recién narrado. Cuenta la Historia que, «al día siguiente, cuando ese mismo conocido regresó a los aposentos de Simón fue sorprendido por parte de Luis XVII con el obsequio de una manzana, quien le dijo que había guardado el postre de la víspera para dársela de regalo en agradecimiento por haberle salvado la vida».5 De hecho, a pesar de estar exhausto por las torturas y por la prisión, el joven rey jamás perdió su nobleza de alma y de sangre; al contrario, el sufrimiento no hizo más que refinar en su corazón esas cualidades.

En muchas otras circunstancias Luis XVII brilló ante Dios por sus piadosas disposiciones. Una vez, Simón lo pilló rezando de madrugada arrodillado sobre su catre; al día siguiente, al ver al pequeño orando de nuevo, el bruto zapatero le sorprendió por la espalda con una palangana de agua helada que lo dejó completamente empapado, así como su cama. En otra ocasión, dio muestras de profundo desapego de sí mismo cuando, al ser interrogado sobre qué haría si los vandeanos restauraran el trono de Francia, respondió: «Te perdonaría».6 La prueba más grande de su virtud, sin embargo, se encuentra sin duda en que «nunca formuló la mínima censura, ni la más leve acusación contra quienes lo habían torturado».7

Este joven rey fue un auténtico mártir de cuerpo y, ante todo, de alma. Su fidelidad a Dios y a Francia, en medio de tantos tormentos, marcó la Historia para siempre.

Nuevas y más lancinantes pruebas…

Como la Revolución siempre engaña a sus agentes, un cambio de poderes llevó al propio Simón a la guillotina. Entonces al pequeño delfín, casi destrozado por tantos malos tratos y con la salud enteramente depauperada, lo echaron en otra prisión y lo dejaron allí olvidado como enterrado vivo. Durante seis largos meses estuvo únicamente bajo la vigilancia de unos guardias. Ya había combatido, con el mismo heroísmo de sus antepasados, la influencia pecaminosa y satánica de Simón; ahora, tendría que enfrentar adversarios aún más crueles: el abandono, la soledad y el miedo.

Empezaba un nuevo «martirio incesante, de corazón y de espíritu, profundo y lancinante, totalmente inefable, conmovedor para todos, pero que sólo Dios pudo conocer. Aparentemente, al menos, no podía haber dejado de sentirse abandonado por los ángeles y por los suyos y entregado, indefenso, al odio, a la crueldad bárbara y a la grosería injuriosa de sus enemigos que no buscaban otra cosa que destruirlo a él y, en él, Francia, de la cual era su encarnación».8

¿Quién puede desvelar las enormes luchas interiores que esta joven alma libró en su soledad? El tiempo que pasó en prisión le parecía una eternidad… Los fantasmas del pavor atormentaban su tierno corazón y la angustia se apoderaba de su ser, antes tan lleno de fuerza y de coraje. Su cortísima vida se asemejaba a la peor de las pesadillas: alejado del respeto, las pompas y los honores a los que tenía derecho, sin la mínima ocupación que lo pudiera distraer, sin una palabra siquiera que lo animara y, sobre todo, sin nadie que lo amparara en aquella dura situación. Sus días transcurrían como años; y los meses, como décadas…

No obstante, mientras la Revolución esparcía el terror por Francia, la sangre de este rey, víctima de su propio pueblo, era presentada a Dios cual ofrenda de suave e irresistible olor.

Oprobio de la nación, cargó hasta la muerte con los pecados de su pueblo

Los meses pasaban y la dirección del Gobierno tomó, nuevamente, otros rumbos. Los responsables por el delfín —ahora menos radicales y odiosos—, al ver su espantoso estado, iniciaron los procedimientos para su recuperación. Pero la salud del niño estaba tan debilitada que los esfuerzos de los médicos fueron inútiles, que sólo sirvieron para prolongar su agonía…

Hay una lacerante frase de las Escrituras que se aplica al divino Llagado: «Soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 7). Aquel joven rey de Francia, a semejanza de Cristo, tenía el cuerpo cubierto de úlceras, irreconocible, y no podía moverse sin dolor. Habiéndose convertido, como Jesús, en el oprobio de su nación, cargaba igualmente sobre sí los pecados de su pueblo. Por amor a los suyos, había de sorber hasta el final el cáliz que le había sido destinado.

En junio de 1795 llegaba, por fin, la postrera hora del pequeño mártir. En su lecho, con intensos dolores por todo el cuerpo, su fisonomía se volvió de repente plácida y serena. Uno de los que lo acompañaban, sujetándole la mano, le decía: «Espero que no estéis sufriendo en este momento…». Y recibió una respuesta llena de unción: «¡Oh, sí! Aún sufro, pero mucho menos: ¡la música es tan bonita!». Sorprendido y lleno de compasión, su acompañante le preguntó de qué parte venía la música, y le contestó: «¡De lo alto! ¡De entre todas las voces, he reconocido la de mi madre!».9

Poco después hubo relevo de carceleros. Cuando el nuevo guardia se acercó y percibió que el niño se encontraba en los últimos momentos de su existencia le preguntó cómo se sentía. El pobre huerfanito, insistiendo en lo que había dicho anteriormente, le respondió: «¿Crees que mi hermana ha podido escuchar la música? ¡Qué bien le habría hecho!».10 Ante tanta inocencia y nobleza de alma, del corazón de los que lo acompañaban brotó un respetuoso silencio.

Pasados unos instantes, con los ojos brillantes y bien abiertos, dando la impresión de estar en un éxtasis, el joven rey se incorporó con mucha dificultad y dijo: «Tengo que decir una cosa…».11 Pero las fuerzas lo dejaron y los hombres no fueron dignos de oír las últimas palabras concebidas por su virginal corazón; quedaron como un secreto precioso que Dios quiso reservarse para sí. Con mucha calma, el niño recostó nuevamente la cabeza y entregó su alma al Sagrado Corazón de Jesús, aquel que, hacía más de cien años, había concedido a los soberanos de Francia el privilegio de su amistad, de su amor y de su predilección. Era el 8 de junio de 1795.

Finalmente, ¡los Cielos lo acogieron!

Ciertamente, el pequeño rey mártir enseguida pudo encontrar el consuelo y el reposo de todos sus tormentos en los brazos de Nuestra Señora. A este hijo de tantos dolores, a este heredero de tantos tesoros, a este guerrero que concentró en sí los más bellos y osados heroísmos de su linaje, María Santísima, Madre de Misericordia, no podría dejar de abrirle, con ternura, las puertas del Paraíso.

Aunque no ha sido beatificado por la Iglesia, Luis XVII es merecedor de toda nuestra admiración, nuestro arrobo y nuestro encanto, pues dejó un sublime ejemplo para los siglos futuros. Al aceptar con heroica grandeza sufrimientos muy por encima de sus fuerzas y soportar en beneficio de la nación los tormentos que ella misma le había infligido, nos enseñó a proceder como otros Cristos cuando los vientos de la tragedia golpean las puertas de nuestra alma. ◊

Autor: Hna. Patricia Victoria Villegas, EP

Revista Heraldos del Evangelio Año XIX. N.º 215. Junio 2021

 

Notas:
1 ESCANDE, OP, Renaud (Dir.). O livro negro da Revolução Francesa. Lisboa: Alêtheia, 2010, p. 134.
2 Cf. Ídem, p. 137.
3 Cf. BEAUCHESNE, Alcide de. Louis XVII, sa vie, son agonie, sa mort. Captivité de la famille royale au Temple. 8.ª ed. Paris: Hachette, 1871, v. II, p. 163.
4 Cf. ESCANDE, op. cit., pp. 137-138.
5 Ídem, p. 138.
6 Ídem, p. 136.
7 Ídem, p. 143.
8 Ídem, p. 141.
9 Cf. BEAUCHESNE, op. cit., pp. 324-325.
10 Cf. Ídem, p. 325. Referencia a María Teresa Carlota, Madame Royale, hermana mayor de Luis XVII y, como él, prisionera en uno de los compartimentos de la torre del Temple.
11 Ídem, ibídem.

Espiritualidad, Oraciones

A veces nos encontramos ante el Señor sacramentado y pasamos momentos de aridez, sin percibir su voz ni llegar a decirle nada. ¿Qué hacer?
Compartir en facebook
Compartir en twitter
Compartir en whatsapp
Compartir en telegram
Compartir en email
Compartir en print

enero 27, 2022

A veces nos encontramos ante el Señor sacramentado y pasamos momentos de aridez, sin percibir su voz ni llegar a decirle nada. ¿Qué hacer? He aquí una manera excelente de ocupar parte del tiempo en las visitas al Santísimo: hacer una comunión espiritual.

Llamamos comunión sacramental el recibir el cuerpo de Cristo bajo las especies eucarísticas en la Misa o fuera de ella. Es este un momento inefable de unión e intimidad con Dios, por cierto el momento (o el acontecimiento) más importante del día o de la semana.

Pero resulta que además podemos encontrarnos con Nuestro Señor haciendo una comunión espiritual que podrá tener tanto o hasta mayor fruto que la misma comunión eucarística, dependiendo del fervor con que uno se empeñe y de la liberalidad de Dios.

La comunión sacramental se puede recibir hasta dos veces por día, si la segunda vez que comulgo lo hago participando de una Misa, según estipula el Código de Derecho Canónico, canon 917.

En cambio, la comunión espiritual puedo hacerla en todo momento, en cualquier lugar, tantas veces cuantas quiera.

¿En qué consiste la comunión espiritual?

San Alfonso María de Ligorio nos lo explica muy claramente: “consiste en el deseo de recibir a Jesús Sacramentado y en darle un amoroso abrazo, como si ya lo hubiéramos recibido”.
Esta devoción es mucho más provechosa de lo que se piensa y muy fácil de realizar.

“Oh Jesús mío, creo que estas presente en el Santísimo Sacramento, te amo sobre todas las cosas y deseo recibirte en mi alma. Ya que ahora no puedo hacerlo sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Como si ya te hubiese recibido, te abrazo y me uno todo a Ti, No permitas, Señor, que vuelva jamás a abandonarte. Amén”

Pero cada uno pude meditar y realizar la comunión espiritual sin necesidad de acogerse a una receta específica, aunque para que sea bien hecha, se recomienda que se haga:

Un acto de fe en la Eucaristía (creo que estás presente en la Eucaristía);
Un acto de amor (te amo sobre todas las cosas)
Un acto de deseo (deseo recibirte en mi alma).

Por fin, un pedido: (ven espiritualmente a mi corazón, permanece en mí y haz que nunca te abandone). Cuantas veces pensamos y hasta soñamos con cosas que queremos o que nos gustan. Es un imperativo de nuestro ser racional y volitivo. ¿Y cómo no vamos a tener en vista esa presencia tan benéfica que es, además, prenda de vida eterna?
Puede decirse que la comunión espiritual es un termómetro de nuestra fe y de nuestro amor a la Eucaristía. Y si no teníamos claro la factibilidad de esta práctica devocional, se comprende que no hayamos recurrido a ella; pero una vez que hemos comprendido cuán beneficiosa es para el alma, no tenemos más que hacerla parte de nuestros hábitos cotidianos.
Dice Jesús en el Evangelio que es preciso “orar en todo tiempo y no desfallecer” (Lc. 18, 1). La comunión espiritual es una forma excelente de oración que está siempre a nuestro alcance.“Ecclesia de Eucharistía” es el título de una encíclica del beato Juan Pablo II. “La Iglesia vive de la Eucaristía” y sin ella no puede existir. De forma real o virtual, debemos comulgar siempre con el Señor. La Eucaristía fue hecha para los cristianos y los cristianos para la Eucaristía.

Un pagano como el centurión romano (Mt. 8, 5-17) vivió la experiencia de la comunión espiritual cuando dijo: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa pero decid una sola palabra…”. La comunión con el Mesías, a través de un acto de fe, de esperanza y de amor, obtuvo su conversión y la cura de su siervo.

Creer, desear y adorar… ¡ya es comulgar!

Por el P. Rafael Ibarguren EP

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
Si desea contactarse con nosotros, envíenos un mensaje.