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Destacados, Historia y Creación

Una desconocida historia…

Pese a que muchos titubeaban o incluso rehusaban creérselo, el Titanic estaba a punto de consumar su carrera. En breve se encontraría sepultado bajo las aguas.

Estaba concluyendo la Belle Époque,1 un tiempo marcado por la búsqueda del disfrute de la vida, de la alegría liviana y relajada y por grandes adelantos científicos e industriales que le proporcionaban al hombre la sensación de seguridad, estabilidad y autosuficiencia. Sin embargo, todo caminaba a pasos agigantados hacia un trágico final: la Primera Guerra Mundial.

En ese contexto histórico fue cuando la empresa naviera White Star Line, a iniciativa de su presidente, Joseph Bruce Ismay, terminó la construcción del Titanic, cuyo viaje inaugural, con destino a Nueva York, partiría del puerto de Southampton el 10 de abril de 1912.

Aquel día el sol había despuntado particularmente luminoso, el cielo se mostraba límpido y una suave brisa recorría la ciudad, mientras que las aves parecían volar con más vivacidad que la de costumbre. Todo concurría a presagiar el éxito del mayor transatlántico jamás construido.

Se dice que una ilustre dama de la sociedad inglesa, apellidada Cadwell, mientras observaba cómo el personal de cubierta cargaba el equipaje, le preguntó a uno de los mozos:

—¿Es verdad que este barco es insumergible?

—Así es, señora. ¡Ni Dios lo hunde! —le contestó.

Osada afirmación… No obstante, aquellas palabras no sólo representaban la opinión de un simple marinero, sino que reflejaba el estado de espíritu laico y cautivado por el progreso que impregnaba la sociedad inglesa de la época. El gigantesco buque alucinó a las mentes tanto de los que lo construyeron como de aquellos que en él embarcaron.

Grande y diversa reunión social

El Titanic salió de Southampton con más de 2000 pasajeros a bordo, entre ellos nobles y millonarios, miembros de la alta sociedad de la época y el propio Bruce Ismay. Varios eran habituales en los viajes liderados por el renombrado capitán Edward Smith, que, a sus 62 años, navegaría por última vez al mando.

A parte de los magnates y gente adinerada que constituían la primera y la segunda clase, a bordo iba una tercera, compuesta por emigrantes que se dirigían a Estados Unidos llenos de esperanza, confiados en obtener en el Nuevo Mundo una considerable fortuna que les permitiera escapar de su condición obrera.

Más que una común y corriente travesía por el Atlántico, ese viaje podría ser considerado como una grande y diversa reunión social. En las distintas cubiertas del moderno barco, personas de todas las condiciones recorrían optimistas el delicioso «mar de los sueños» que el mundo ilusamente les ofrecía.

Despreocupados, rumbo al desastre

El domingo 14 de abril el día rayó también sereno y soleado. A las 9 h, no obstante, el radiotelegrafista recibió un mensaje del Caronia, una embarcación que navegaba por aquella zona, en el que se les avisaba de la presencia de hielo en la superficie marina. Nadie, sin embargo, le dio mucha importancia al asunto.

A las 13:40 h, un nuevo recado, esta vez enviado por el Baltic, otro transatlántico de la White Star Line, en donde se alertaba acerca de una gran cantidad de icebergs exactamente en la ruta que el Titanic estaba siguiendo. El telegrafista transmitió la noticia al puente de mando y el oficial responsable la encaminó al capitán Smith.

Éste, como era la hora de la comida, decidió terminarla tranquilamente y después se dirigió al castillo de popa en busca del presidente de la compañía, que paseaba por allí; tras recibir el mensaje se guardó el papel en el bolsillo y siguió andando.

A lo largo de la cadena de mando nadie quiso preocuparse con el peligro. Todos preferían endosárselo a un superior o dejar de lado aquel «fastidio» que amenazaba con estropearles tan agradable travesía.

No tardaron en llegar nuevas advertencias, en esta ocasión del SS Amerika y del SS Californian, pero el operador de radio, Jack Philips, optimista como todos, no los tomó en cuenta.

La falta de vigilancia y la vergonzosa despreocupación que tantas veces preceden a los grandes desastres ocurridos en la Historia se extendían por aquella tripulación… Su actitud omisa y absurda anunciaba la inevitable tragedia: en unos instantes tendría lugar la colisión.

Investigaciones posteriores levantaron la sospecha de que la decisión de no reducir la velocidad del barco ni alterar su rumbo se debió a la presión ejercida sobre el comandante por el presidente de la compañía, Bruce Ismay2… La amplia experiencia del capitán Smith le hacía consciente del peligro que los icebergs significaban en aquellas aguas. Pero le pareció más importante colaborar en mantener el prestigio de la compañía y evitar maniobras que impidieran finalizar la travesía en el tiempo estimado…

Además, no era plausible pensar que aquel buque tan grande, potente y bien construido llegara a hundirse en plena época de éxitos y desarrollo.

Por la noche, el capitán se retiró sin darle mayor importancia a la gravedad de la situación. Mientras las estrellas cintilaban en la bóveda oscura de un cielo sin luna, las luces de los salones y los camarotes se iban apagando poco a poco. En el barco reinaba la calma; en el mar los icebergs se acercaban amenazadores…

Astuta acción del demonio

La ceguera y consecuente inacción ante el peligro tan inminente nos resultan angustiadoras y nos llevan a preguntarnos qué motivo habría para tan grande «bobada» colectiva.

Ahora bien, analizando los hechos más profundamente, se percibe en ese episodio histórico la presencia discreta, casi inapreciable del demonio, maestro en usar una táctica sagaz y muy eficaz en sus confabulaciones.

Para que se entienda mejor, pensemos cómo actúa el cáncer sobre una persona. Se trata de una enfermedad potencialmente mortal, cuyo principal peligro está en el hecho de ser, al comienzo, imperceptible. Las células afectadas van formando silenciosamente tumores en el organismo y cuando el individuo empieza a sentir sus síntomas, el daño ya es, muchas veces, irreversible.

Así también se comporta Satanás. Su trampa consiste en influenciar a las almas al actuar con discreción. Cuando la persona se da cuenta de su presencia, mil y un defectos y miserias ya han echado raíces en su alma, haciéndose dificilísimo combatirlos.

Ahora bien, esa no es la peor artimaña del enemigo infernal. Existe un medio más nocivo para atentar contra los hijos de Dios: ¡revestirse con apariencias de bien! Son los «lobos rapaces» que se disfrazan de «buenas ovejas» contra los cuales nos alerta el divino Redentor en el Evangelio (cf. Mt 7, 15).

En esas ocasiones, el mal se presenta bajo el velo de supuesta virtud para corroer sin obstáculos a su presa. Embriagada por la belleza, suavidad y blancura que cree constatar en la falsa oveja, la víctima no logra discernir nada de malo o peligroso y se deja devorar. De nada sirven, habitualmente, las advertencias que le son hechas.

Siendo así, se podría afirmar que el estado de espíritu de los tripulantes y pasajeros del Titanic tuvo su origen en un terrible «cáncer» llamado mundanismo. O, tal vez, que fueron atacados por un lobo feroz disfrazado de inocente oveja, conocido como progreso humano.

Veían este mundo traicionero como un mar de placeres inofensivos, maravillosos e interminables, cuando, en realidad, es sólo el campo de batalla transitorio en el cual se decide nuestro destino eterno. Confiaban en los avances de la ciencia y de la tecnología hasta el punto de considerarse inmunes a cualquier desastre, como si nuestras vidas no fueran gobernadas desde lo alto por el Dios omnipotente. Cuando se dieron cuenta de su ilusión, ya era demasiado tarde…

Y sucedió lo inevitable…

En torno a las 23:30 h de aquella noche sin luna, aparentemente tranquila, los vigías Frederick Fleet y Reginald Lee divisaron desde la atalaya una imagen siniestra: ¡un gigantesco bloque oscuro flotaba a unos 500 metros de distancia de la proa del barco! El monstruoso obstáculo no pudieron verlo antes porque los responsables no disponían de prismáticos…3

Enseguida sonaron tres toques de alarma y el puesto de mando recibió un aviso por teléfono: «¡Iceberg a la vista!». El primer oficial, William McMaster Murdoch, no tuvo tiempo de tomar ninguna medida preventiva; únicamente gritó: «¡Apaguen los motores! ¡Giren todo a babor!».

La orden fue obedecida de inmediato, pero el obstáculo se encontraba demasiado cerca. Lo que parecía imposible se volvió inevitable: el Titanic colisionó de forma violenta contra el hielo y fue perdiendo velocidad poco a poco, hasta detenerse… ¡Estaba mortalmente herido!

El armador del barco, el ingeniero naval Thomas Andrews, acompañado por el capitán Smith, se apresuró a hacer una inspección y confesó al instante que estaba todo perdido. Con tres de sus dieciséis compartimentos estancos dañados, el Titanic podría continuar flotando, y aún lo haría, en caso extremo, hasta con cuatro de ellos totalmente inundados. Sin embargo, el iceberg había chocado con el navío con tanta fuerza y en un ángulo tal que fueron cinco los compartimentos que se vieron afectados de una sola vez.

La gravedad de la situación los llevó a despertar a la tripulación que no estaba de servicio en ese momento: «¡Vamos compañeros, salid! No nos queda ni media hora de vida. Esto nos lo dice el Sr. Andrews. Pero guardáoslo para vosotros, que nadie lo sepa»4.

No hubo, de hecho, ni campanas, ni sirenas, ni ningún tipo de alarma general. La noticia fue comunicada de persona a persona, y se les pedía a todos los pasajeros que se reunieran en la cubierta principal con los chalecos salvavidas puestos.

¿Cómo reaccionaron los pasajeros?

En el interior del barco, el golpe fatal solamente redundó en una leve sacudida. Se cuenta que en la sala de fumadores aún estaban algunos jugando al póker a esas horas. Sintieron un ligero impacto y vieron desfilar por las ventanas una montaña de hielo de más de 20 metros. No obstante, la noche les parecía bella y tranquila. No se tomaron la molestia de salir a ver qué estaba pasando. A fin de cuentas, se encontraban en el Titanic, el gran transatlántico que «ni Dios lo podía hundir»…

Poco a poco la realidad se fue volviendo indiscutible. Mientras la mayor parte de las personas dormía, el mar iba inundando el barco. En escasos minutos dos metros y medio de agua cubrían la sala de máquinas. Y ni siquiera eso consiguió sacudir el optimismo absurdo de buena parte de los pasajeros; muchos aún dudaban si de verdad se estaba hundiendo… Cuando los empleados los despertaban y les ayudaban a ponerse el chaleco salvavidas, algunos sonreían, creyendo que se trataba de una medida exagerada.

Media hora después de la medianoche daban la orden: «Mujeres y niños a los botes salvavidas». Quince minutos después, el primero de ellos descendía al mar. Pero la evacuación fue hecha de forma lenta y desorganizada.

Varios de los marineros no sabían siquiera a cuáles de los botes tenían que ir, porque nunca habían sido entrenados a reaccionar en caso de emergencia… Por falta de pericia de los responsables, solamente cuatro de los veinte botes disponibles fueron llenados a más del 70% de su capacidad.

Además de la incompetencia de la tripulación otro factor concurrió al fracaso de la operación: ¡muchos pasajeros se negaron a entrar en los botes! Se sentían mucho más seguros en el Titanic y no creían en el inminente hundimiento. Muchas mujeres, que deberían haber sido las primeras en evacuar la embarcación, rechazaban hacerlo al juzgar que fuera imposible que el buque llegara a hundirse.

Al principio, no hubo entre los pasajeros ninguna señal de pánico. Uno de los motivos para ello es el hecho de que la propia tripulación del barco les hizo que creyeran que todo se trataba de un mero simulacro… Además, la orquesta seguía tocando melodías alegres, con el fin de mantener la calma.

¿Hasta qué punto persistiría aquella obstinación general que ya superaba todos los límites de lo inimaginable?

¡Finalmente se dieron cuenta!…

Pese a que muchos titubeaban o incluso rehusaban creérselo, el Titanic estaba a punto de consumar su carrera. En breve se encontraría sepultado bajo las aguas.

A las dos de la madrugada, el lento y dramático descenso del titán de los mares a las profundidades del Atlántico se aproximaba del momento final. Únicamente entonces, al toparse de frente con la seriedad de la muerte, se deshicieron las irrisorias ilusiones de los más recalcitrantes y se desmoronó su confianza mundana. Algunos se acordaron de Dios y empezaron a rezar. Otros corrían desorientados por los pasillos y salones de la embarcación, presos de la desesperación.

A los 2:17 h todas las luces del buque se habían apagado. En medio de la oscuridad nada más que se percibía gente lanzándose desde todas partes al mar helado como último intento de salvarse.

A las 2:20 h del 15 de abril, las aguas del océano se cerraban para siempre sobre el orgulloso navío y, con él, se hundía el estúpido optimismo de toda una generación. El naufragio del Titanic ponía de relieve, en cierto sentido, el fraude de ese way of life5 ateo y hedonista.

El mundo de hoy: un «nuevo Titanic»

Tan sólo 660 personas de las más de 2000 que habían embarcado en Southampton sobrevivieron al naufragio. Pero ¡ay!, ¡cuántas oportunidades hubo de evitar o minimizar tan enorme catástrofe!

Si los comandantes les hubieran dado verdadera importancia a los mensajes recibidos el domingo alertándoles sobre los icebergs… Si la presencia de prismáticos en el equipo de los vigías les hubiera permitido avistar un minuto antes aquel enorme bloque de hielo… Si la tripulación hubiera sido entrenada para actuar correctamente en aquella emergencia… Si los pasajeros hubieran creído en el peligro inminente… ¡Cuántas de esas 1500 vidas perdidas no se podrían haber salvado!

Ahora bien, ¿quién sabe si, a semejanza de lo ocurrido milenios antes en la Torre de Babel, Dios no habría permitido que, en el hundimiento del Titanic, el hombre fuera víctima de su propio orgullo? ¿No habrá consentido Él en ese fracaso como un merecido castigo a la arrogancia humana de principios de siglo, que osaba desafiar al Creador con sus conocimientos científicos?

Analogías no faltan tampoco entre los días de hoy y el naufragio del poderoso buque. Ante la decadencia moral, social e intelectual en que vivimos inmersos, antes las cada vez más frecuentes catástrofes naturales sean o no causadas por el ser humano, ante las pandemias y misteriosas enfermedades que amenazan al mundo entero, el hombre hodierno insiste en quedarse mirando hacia sí mismo.

Y «ese optimismo a toda prueba, que no se altera ante las más evidentes manifestaciones de que las cosas van mal, indica una insensibilidad ante los planos de la Providencia y, en último análisis, un divorcio entre los hombres y Dios»6.

La humanidad ya ha recibido numerosas advertencias con respecto al peligro que la amenaza. La principal de ellas fue dada por la propia Virgen Santísima en Fátima, pocos años después del episodio histórico que acabamos de recordar. ¿Habrá sido Ella escuchada por los que se dicen hijos suyos? ¿O los hombres creen, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la Historia, que la «poderosa embarcación» del mundo es «insumergible» como supuestamente lo era el Titanic?

Lo cierto es que, desde la expulsión de nuestros primeros padres del paraíso terrenal, Dios juró que la estirpe de la Virgen vencería a la de la serpiente. Y por eso Nuestra Señora prometió: «¡Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará!».

No nos preocupemos, por tanto, con la solidez de nuestro navío, ni con la violencia de las olas que lo sacuden en medio de la victoria, ni con los icebergs traicioneros. Sean cuales fueren las dificultades que encontremos a lo largo del camino, la promesa de María Santísima nos garantiza el éxito de la travesía.

Autor: Hna. Antonella Ochipinti, EP

Notas


1 Período comprendido entre los años 1890 y 1914, caracterizado por la prosperidad económica y cultural inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial.

2 Cf. VALLS SOLER, Xavier. Titanic: el naufragio del orgullo. In: www.lavanguardia.com.

3 Ídem, ibídem.

4 UNITED STATES SENATE INQUIRY. Testimony of Samuel Hemming, 25 abr. 1912. In: www.titanicinquiry.org

5 Del inglés: estilo de vida.

6 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 25/7/1969.

Comentarios

María Santísima

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la Doctrina de que la Bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente.."

diciembre 26, 2021

La Inmaculada Concepción de María Virgen –singular privilegio concedido por Dios, desde toda la eternidad, a Aquella que sería la Madre de su Hijo Unigénito, preside todas las alabanzas que le rendimos en la recitación de su Pequeño Oficio. Siendo así, nos parece oportuno recorrer rápidamente la historia de esa “piadosa creencia” que atravesó los siglos, hasta encontrar en las inefables palabras de Pío IX, su solemne definición dogmática.

Once siglos de tranquila aceptación de la “piadosa creencia”

Los más antiguos Padres de la Iglesia, a menudo se expresan en términos que se interpretan como su certeza en la absoluta inmunidad de pecado, incluso el Original, concedida a la Virgen María. Así, por ejemplo, San Justino, San Irineo, Tertuliano, Firmio, San Cirilo de Jerusalén, San Epifanio, Teodoro de Ancira, Sedulio y otros más, comparan a María Santísima con Eva antes del Pecado Original. San Efrén, insigne devoto de la Santísima Virgen, la exalta como habiendo sido “siempre de cuerpo y de espíritu íntegra e inmaculada”. Para San Hipólito Ella es un “tabernáculo exento de toda corrupción”. Orígenes la Aclama “inmaculada entre inmaculadas, nunca afectada, por la ponzoña de la maldita serpiente”. San Ambrosio la declara “Vaso celestial, incorrupta, Virgen inmune por gracia de toda mancha de pecado”. San Agustín afirma, disputando con Pelagio, que “todos los justos conocieron el pecado, menos la Santa Virgen María, la cual, por la honra del Señor, no quiero que entre nunca en cuestión cuando se trate de pecados”.

Temprano comenzó la Iglesia –con primacía de la Oriental, a conmemorar en sus funciones litúrgicas, la Inmaculada Concepción de María. Passaglia, en su De Inmaculato Deiperae Conceptu, cree que a principios del siglo V ya s celebraba la fiesta de la Concepción de María (con el nombre de concepción de Santa Ana) en el Patriarcado de Jerusalén. El documento fidedigno más antiguo es el canon de dicha fiesta compuesto por San Andrés de Creta, monje del monasterio de San Sabas, cercano a Jerusalén y que escribió sus himnos litúrgicos en la segunda mitad del s.VII.

Los Padres de la Iglesia y la Inmaculada Concepción.

Tampoco faltan autorizadísimos testimonios de los Padres de la Iglesia reunidos en Concilio, para probar que ya en el s.VII era común y recibida por tradición la “piadosa creencia”, esto es, la devoción de los fieles al gran privilegio de María (Concilio de Letrán en el 649 y Concilio Constantinoplano III en el 680).

En España, que se enorgullece de haber recibido con la fe el conocimiento de ese misterio, conmemora su fiesta desde el s.VII. Doscientos años después, esta solemnidad aparece inscrita en los calendarios de Irlanda, bajo el título de “Concepción de María”

También en el s. IX era ya celebrada en Nápoles y Sicilia según consta en el calendario gravado en mármol y editado por Mazzocchi en 1774.

En tiempos del Emperador Basilio II (976-1025), la fiesta de la “Concepción de Santa Ana” pasó a figurar en el calendario oficial de la Iglesia y del Estado, en el Imperio Bizantino.

En el s. XI parece que la conmemoración de la Inmaculada estaba establecida en Inglaterra y por esa misma época, fue recibida en Francia. Por una escritura de donación de Hugo de Summo, consta que era festejada en Lombardía (Italia) en 1047. También es cierto que a finales del s. XI o principios del XII, se celebraba en todo el antiguo Reino de Navarra.

Oposición al Dogma.

En el mismo s. XII comenzó a ser combatido en Occidente, este gran privilegio de María Santísima.

Tal oposición se acentuaría todavía más y con mayor precisión, en el siglo siguiente, período clásico de la escolástica. Entre los que pusieron en duda la Inmaculada Concepción –por la poca exactitud de las ideas al respecto de la materia, se encontraban doctos y virtuosos varones como San Bernardo, San Buenaventura, San Alberto Magno y el angélico Santo Tomás de Aquino.

Reacción a favor de la Inmaculada Concepción.

El combate a esta augusta prerrogativa de la Virgen no hizo sino acrisolar el ánimo de sus partidarios. Así, el siglo XIV se inicia con una gran reacción a favor de la Inmaculada, en la cual se destacó como uno de sus más ardorosos defensores, el beato español Raimundo Lulio.

Otro de los primeros y más denodados campeones de la Inmaculada Concepción fue el Venerable Juan Duns Escoto (su país natal es incierto: Escocia, Inglaterra o Irlanda; murió en 1308), gloria de la Orden de los Menores Franciscanos, quien, tras afirmar bien los verdaderos términos en cuestión, estableció con admirable claridad los sólidos fundamentos para deshacer las dificultades que los contradictores ponían a la singular prerrogativa mariana.

Acerca del impulso dado por Escoto a la causa de la Inmaculada, existe una bella leyenda. Habría él venido desde Oxford hasta Paris, precisamente para hacer triunfar la tesis de la Inmaculada Concepción en la universidad de la Sorbona en 1308, donde pública y solemnemente disputó a favor del privilegio de la Virgen. El día de ese gran encuentro académico y teológico, cuando Escoto llegó al aula de la discusión, se topó al paso con una imagen de la Virgen a la que le hizo una gran reverencia diciéndole en latín Dignareme laudarete Virgo Sacrata, da mihi virtutem contra hostes tuos, entonces la imagen de la Virgen también inclinó la cabeza para saludarlo contenta y así quedó actualmente en esa posición todavía hoy: “Permíteme alabarte Sagrada Virgen y dadme fuerzas contra tus enemigos”.

Aumentan los defensores del Dogma.

Después de Escoto, la solución teológica de las dificultades levantadas contra la Inmaculada Concepción, se hizo cada día más clara y perfecta, con lo cual sus defensores se multiplicaron prodigiosamente. A su favor escribieron innumerables hijos de San Francisco, entre los que se puede citar a los franceses Fray Aureolo (m. en 1320) y Fray Mayron (m. en 1325). Al fraile escocés Bassolins y al español Guillermo Rubión. Se tiene por cierto que estos ardorosos propaganditas del santo misterio, estén en el origen de su celebración en Portugal hacia comienzos del siglo XIV.

El documento más antiguo de la institución de la fiesta de la Inmaculada Concepción en ese país, es un decreto del Obispo de Coimbra Mons. Edmundo Evrard, fechado el 17 de octubre de 1320. Con los doctores franciscanos, cumple mencionar, entre los defensores de la Inmaculada Concepción en los siglos XIV y XV al Carmelita Juan Bacon (m. 1340), al agustiniano Tomás de Estrasburgo, a Dioniso el Cartujo (m. 1429), a Nicolás de Cusa (m. 1.464) y a otros muy esclarecidos teólogos pertenecientes a diferentes escuelas y naciones.

Inmaculada Concepción en debates.

A mediados del s. XV la Inmaculada Concepción fue objeto de reñido combate durante el Concilio de Basilea, terminando en un decreto definitorio, pero sin valor dogmático ya que este Sínodo perdió su legitimidad al separarse del Papa. Mientras tanto crecía más y más el número de ciudades y naciones enteras que celebraban la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. Y con tal fervor que en las cortes catalanas se decretó pena de destierro perpetuo a quien públicamente atacara el santo privilegio de la Virgen.

El auténtico Magisterio de la Santa Iglesia, no tardó en darles satisfacción a los defensores del dogma y de la fiesta. Con la Bula Cum Pro Exccelsa, del 27 de febrero de 1.477, el Papa Sixto IV aprobó la fiesta de la Concepción de María, la enriqueció con indulgencias semejantes a las de las fiestas del santísimo Sacramento y autorizo Oficio y Misa especial para esa solemnidad.

A finales del siglo XV, sin embargo, la disputa sobre la Inmaculada Concepción, de tal manera enardeció los ánimos que el propio Papa Sixto IV se vio obligado a publicar con fecha de 4 de septiembre de 1483 la Constitución Grave nimis prohibiendo bajo pena de excomunión que los de una parte llamaran herejes a los de la otra.

Para esa época festejaban ya la Inmaculada Concepción célebres universidades como las de Oxford, Cambridge y Sorbona, instituyendo esta última en 1497, un juramento para todos sus doctores con el voto de defender perpetuamente el misterio de la Inmaculada Concepción, excluyendo de sus cuadros a quien no lo hiciere. De igual manera procedieron las universidades de Colonia (1499), Maguncia (1509) y Valencia (1530).

Nuevas ocasiones para combates dobre el Dogma.

En el Concilio de Trento (1545-1563) se ofreció nueva ocasión para denodado combate entre los dos partidos. Sin proferir una definición dogmática de la Inmaculada Concepción, esta asamblea confirmó de modo solemne las decisiones de Sixto IV. Así, el 15 de junio de 1546, en la V Sesión, a continuación de los cánones sobre el Pecado Original, se añadieron estas significativas palabras: “El Sagrado Concilio declara que no es su intención, incluir en este decreto, que trata sobre el Pecado Original, a la Inmaculada y Bienaventurada Virgen María Madre de Dios, pero que deben seguir observándose las Constituciones del Papa Sixto IV de feliz memoria, bajo las penas que en ellas se conminan y que este Concilio renueva”.

Por aquellos tiempos comenzaron a reforzar las filas de los defensores de la Inmaculada Concepción los teólogos de la recién fundada Compañía de Jesús, entre los que nunca se encontró uno solo de opinión contraria. Fue debido a los primeros misioneros jesuitas que en Brasil se tuvo noticia que ya en 1554 se celebraba el singular privilegio mariano en nuestro país. Además de la fiesta que se conmemora el 8 de diciembre, capillas, ermitas e iglesias eran edificadas bajo el título de Nuestra Señora de la Concepción.

Sin embargo, la “piadosa creencia” seguía suscitando polémicas, moderadas siempre por la intervención del Sumo Pontífice. Fue así que, en 1557, San Pío V, condenado una proposición de Bayo que afirmaba haber muerto Nuestra Señora a consecuencia del pecado de nuestro padre Adán, prohibió nuevamente las disputas acerca del augusto privilegio de la Virgen.

Siglos XVII y siguientes: consolidación de la Inmaculada Concepción

En el siglo XVII, el culto a la Inmaculada Concepción conquista a Portugal entero, desde los reyes y los teólogos hasta los más humildes hijos del pueblo. Así, el 9 de diciembre de 1617, la Universidad de Coimbra, reunida en claustro pleno, resuelve escribir al Papa manifestándole su convicción en la Inmaculada Concepción de María Santísima.

Aquel mismo año, Pablo V, decretó que nadie se atreviese a enseñar públicamente que María Santísima tuvo Pecado Original. Igual fue la actitud de Gregorio XV en 1622.

Por esa época la Universidad de Granada se comprometió a defender la Inmaculada Concepción con voto de sangre, es decir, comprometiéndose a dar la vida y derramar la sangre, si fuese necesario, en la defensa del misterio. Magnífico ejemplo que fue imitado sucesivamente, por gran número de cabildos, ciudades, reinos y Órdenes Militares.

A partir del siglo XVII se fueron también multiplicando las corporaciones y sociedades, tanto religiosas como civiles, e incluso Estados, que adoptaron a la Virgen como Patrona en la advocación del misterio de su Inmaculada Concepción.

Digna de particular referencia es la iniciativa de Don Juan IV rey de Portugal, proclamando a Nuestra Señora de la Concepción Patrona de sus “Reinos y Señoríos”, al tiempo que jura defenderla hasta la muerte, según se lee en la Propuesta regia del 25 de marzo de 1646. A partir de ese momento, en homenaje a su Inmaculada concepción soberana, los reyes de Portugal nunca más se pusieron corona en sus cabezas.

En 1648 aquel mismo monarca mandó acuñar monedas de oro y plata. Fue con ellas que se pagó el primer feudo a Nuestra Señora. Denominadas Concepción, tales monedas tenían en el anverso la leyenda: JOANES IIII D.G. PORTUGALIAE ET ALBARBIAE REX con la Cruz de Cristo y el escudo de armas lusitano. En el reverso estaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción sobre el globo terráqueo y la media luna, con la fecha 1648. A los lados de la imagen estaban el sol, el espejo, el huerto, la casa de oro, la fuente sellada y el Arca de la Alianza, símbolos bíblicos de la Santísima Virgen.

Otro decreto de Don Juan IV, firmado el 30 de junio de 1654, ordenaba que “en todas las puertas de entrada a las ciudades, villas y lugares de sus reinos” fuese colocada una laja de piedra con una inscripción que expresase la fe del pueblo portugués en la Inmaculada Concepción de María.

Del mismo modo, a partir del s. XVII emperadores, reyes y Cortes de los Reinos comenzaron a pedir con admirable constancia y con una insistencia de la que hay pocos ejemplos en la historia, la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción. La pidieron también al Papa Urbano VIII (m. en 1644), el Emperador Fernando II de Austria; Segismundo, Rey de Polonia; Leopoldo, Archiduque del Tirol; el Príncipe Elector de Maguncia; Ernesto de Baviera, Príncipe Elector de Baviera.

El mismo Papa Urbano VIII, a solicitud del Duque de Mantua y otros Príncipes, creó la Orden Militar de los Caballeros de la Inmaculada Concepción, aprobándoles al mismo tiempo sus Estatutos. Por devoción a la Virgen Inmaculada, quiso ser el mismo Papa el primero quien celebrara la primera misa en la primera iglesia bajo el título de la Inmaculada para uso de los frailes menores de los capuchinos de san Francisco.

Sin embargo, el acto más importante emanado de la Santa Sede en el s. XVII, a favor de la Inmaculada Concepción, fue la bula Pontificia Sollicitude Omnium Ecclesiarum, del Papa Alejandro VII en 1661. En este documento, escrito de su propio puño y letra, el Pontífice ratifica y renueva las constituciones a favor de María Inmaculada, al tiempo que impone gravísimas penas a quien sustente o enseñe opinión contraria a los dichos decretos y constituciones. Esta memorable bula precede, sin otro documento intermediario, la decisiva y magnífica bula del papa Pío IX.

En 1713, Felipe V de España y las Cortes de Aragón y Castilla pidieron la solemne definición a Clemente XI. Y el mismo Rey con casi todos los obispos españoles, las universidades y las Órdenes Religiosas, la solicitaron a Clemente XII en 1732.

En el pontificado de Gregorio XVI, y en los primeros años de Pío IX, se elevaron a la Sede Apostólica más de 220 peticiones de Cardenales, Arzobispos y Obispos (sin contar las de Cabildos y Órdenes Religiosas) para que se hiciese la definición dogmática.

El triunfo de la Inmaculada Concepción

Al fin llegó el tiempo. El 2 de febrero de 1849, Pío IX, desterrado en Gaeta, escribió a todos los Patriarcas Primados, Arzobispos y Obispos del orbe la Encíclica Ubi Primum, preguntándoles acerca de la devoción de sus cleros y pueblos al misterio de la Inmaculada Concepción y su deseo de verlo definido. De un total de 750 Cardenales, Obispos y Vicarios Apostólicos que en su seno contaba en ese entonces la Iglesia, algo más de 600 le respondieron al Sumo Pontífice. Teniéndose en cuenta las diócesis que estarían vacantes (tiempos de persecución a la iglesia en varios países del mundo), los Prelados enfermos y las respuestas que se perdieron en el camino, se puede decir que todos atendieron la solicitud del Papa, manifestando unánimemente que la fe de su pueblo era completamente favorable a la Inmaculada Concepción, y apenas cinco (5) se dijeron dudosos en cuanto a lo oportuno de esa declaración dogmática.

Se afirmaba la “creencia” universal de la Iglesia. Roma hablaría. La causa estaba juzgada.

“Ahora -son palabras de un testigo de la bella fecha del 8 de diciembre de 1854- transportémonos al augusto templo del jefe de los Apóstoles (Basílica de san Pedro de Roma). Bajo sus amplias naves se comprime y confunde una inmensa multitud impaciente pero recogida. Es hoy en Roma, como otrora en Éfeso: las celebraciones a María son en todas partes populares. Los romanos se preparan para recibir la definición de la Inmaculada Concepción, como en otro tiempo los efesianos acogieron la definición de la Maternidad Divina de María: con cantos de júbilo y manifestaciones del más vivo entusiasmo.

En el umbral de la Basílica, el Soberano Pontífice. Lo circundan 54 Cardenales, 42 Arzobispos y 98 Obispos de los cuatro puntos cardinales del orbe Cristiano, dos veces más vasto que el antiguo mundo romano. Los ángeles de todas las iglesias están presentes como testigos de la fe de sus pueblos en la Inmaculada Concepción. Súbitamente retumban las voces en sensibles y reiteradas aclamaciones. El cortejo de los Obispos atraviesa solemnemente el ancho corredor del Altar de la Confesión. Sobre la Cátedra de San Pedro está sentado ahora su 258° sucesor. Iníciase la celebración de los Santos Misterios. El Santo Evangelio es cantado en diversas lenguas del Oriente y Occidente. He aquí el solemne momento indicado para la proclamación del Decreto Pontificio. Un Cardenal cargado de años y de méritos, se aproxima al trono: es el decano del Sacro Colegio Cardenalicio; está feliz -como una vez el viejo Simeón, de ver el día de la gloria de Marí- En nombre de toda la Iglesia, dirige él al Vicario de Cristo una postrera petición. El Papa, los Obispos y toda la gran asamblea caen de rodillas; la invocación al Divino Espíritu Santo se hace oír en alto; este sublime himno es repetido por más de cincuenta mil voces al mismo tiempo, subiendo a los cielos como un inmenso concierto. Terminado el cántico, se yergue el Pontífice sobre la Cátedra de San Pedro; su faz es iluminada por celestial rayo de luz, visible efusión del Espíritu de Dios; y con voz profundamente emocionada, en medio de lágrimas de alegría, pronuncia él las solemnes palabras que colocan la Inmaculada Concepción de María en el número de los artículos de nuestra fe:

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la Doctrina de que la Bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, esa doctrina fue revelada por Dios, y debe ser, por lo tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles”.

El Cardenal Decano, postrado por segunda vez a los pies del Pontífice, le suplica entonces que publique las Cartas Apostólicas que contienen la definición. Y como promotor de la fe, acompañado de los protonotarios apostólicos, pide también que se erija un proceso verbal de ese gran acto. Al mismo tiempo, el cañón del Castillo del Sante Ángelo y las campanas de todas las iglesias de la Ciudad Eterna anuncian la glorificación de la Virgen Inmaculada.

Después de la Glorificación de la Virgen Inmaculada.

En la noche, Roma, llena de ruidosas y alegres orquestas por las calles, embanderada, iluminada, coronada de inscripciones y emblemas, fue imitada por millares de villas y ciudades en toda la superficie del globo.

El siguiente año pudo ser llamado el año de la Inmaculada Concepción: casi todos los días de él fueron marcados por fiestas en honor de la Santísima Virgen. En 1904, San Pío X celebró, juntamente con toda la Iglesia Universal, en medio de gran solemnidad y regocijo, el cincuentenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción. El Papa Pío XII, a su vez, en 1954, conmemoró el primer centenario de esa gloriosa verdad de fe, decretando el Año Santo Mariano. Celebración esta coronada por la Encíclica Ad Coeli Reginam, en la que el mismo Pontífice proclama la soberanía de la Santísima Virgen, y establece la fiesta anual de Nuestra Señora Reina.

Mons. Joao Clá Dias. Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción Comentado. Artpress. Sao Paulo, 1997, pps. 494 a 502

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Novena y Misa a la Inmaculada Concepción

Le invitamos a participar de la Misa por la Inmaculada Concepción este 8 de diciembre  a las 11:00 y a las 18:00 horas (GMT-5), antecedidas por el rezo del Santo Rosario.

Santos

Soñando con los escenarios de Hollywood, una talentosa joven recibió una propuesta inesperada…

mayo 21, 2022

En pleno siglo XXI, a más de dos mil años del supremo sacrificio obrado en el Calvario, a menudo se cree que la santidad es un ideal del pasado incompatible con la vida de nuestros días, intangible en medio de la globalización, impensable en el mundo de la mensajería instantánea y de las redes sociales.

Era lo que también pensaba una disipada joven irlandesa hasta que, un Viernes Santo, la mirada del Crucificado cambió el destino de su existencia…

Una irlandesa talentosa

Clare Theresa Crockett nació en Derry, Irlanda del Norte, el 14 de noviembre de 1982. Primera hija del matrimonio Gerard Crockett y Margaret Doyle, desde temprana edad mostró poseer un carácter fuerte, encantador y vivaz. Llena de dotes y talentos naturales, esparcía una alegría contagiosa y siempre estaba rodeada de amigos, aunque su temperamento fogoso provocara, muchas veces, peleas y desacuerdos…

Actriz nata, acostumbrada a ser el centro de las atenciones y conocida como una niña desafiante, Clare ponía en aprieto a sus profesores con sus ingeniosas salidas. Muy inteligente, llevaba bien sus estudios sin grandes esfuerzos. No obstante, frecuentemente usaba métodos poco loables: en una ocasión, llegó a robar el libro de respuestas de su profesora, para hacer los deberes con más rapidez…

Como era de esperar, Clare no siempre utilizaba sus capacidades para el bien. Se aprovechaba de ellas también para mentir, fingir, dramatizar… Para ella, todo estaba justificado cuando se trataba de lograr sus objetivos.

La niña creció en un ambiente de relativa catolicidad, hasta que su familia se vio afectada por ciertas adversidades que la llevaron a un profundo alejamiento de la fe. A pesar de continuar cumpliendo algunos deberes que sus padres le exigían por conveniencia social, fue abandonando cada vez más el camino verdadero para iniciar otro, marcado por el vicio y por el pecado. Muy pronto conoció el tabaco, el alcohol y las malas compañías; frecuentaba discotecas valiéndose de documentos falsos y bebía descontroladamente.

Pese a ello, en su personalidad floreció una cualidad singular: la determinación. «O todo o nada» fue, de hecho, el lema que orientó su vida.

Clare el día de su Primera Comunión

Soñando con los escenarios de Hollywood

Habiendo desarrollado sus dones artísticos, Clare desempeñó diversos papeles en teatros, anuncios y programas de televisión, con vistas a la realización de su mayor sueño: ser una actriz famosa. Se dedicó al estudio de las artes escénicas y aprovechó cada oportunidad para demostrar su talento, en el cual los que la rodeaban depositaban grandes esperanzas.

Sin embargo, con el paso del tiempo, lejos de sentirse feliz con sus conquistas, Clare empezó a darse cuenta del inmenso y constante vacío que habitaba su corazón: cada nuevo éxito conllevaba profundas depresiones. Aunque todavía le atrajeran mucho el prestigio y las glorias mundanas, sentía que había algo más allá de aquella felicidad que tanto anhelaba. Si bien que al no lograr comprender de qué se trataba, se hundía cada vez más en sus vicios.

En un retiro espiritual y no en la playa…

En el año 2000, Clare recibió una invitación. En realidad, se debió a un malentendido, detrás del cual estaba la mano de la Providencia deseosa de atraerla hacia sí.

Con una amiga durante la peregrinación a Florencia (Italia)

Su mejor amiga, Sharon Doherty, había planeado viajar a España la semana de Pascua. Pero unos días antes una operación de apendicitis se lo impidió. Como no quería perder el billete, que ya estaba pagado, se lo ofreció a Clare. Ilusionada por el atractivo turístico del lugar, aceptó la propuesta, segura de que la esperaban agradables playas y agitadas discotecas.

Lo que no imaginaba era que marchaba a un retiro de Semana Santa con el Hogar de la Madre,1 y a una peregrinación a varios santuarios de Europa. El susto que se llevó al hallarse ante unos días de oración forzosa ¡fue monumental! Al no poder librarse del compromiso ya asumido, decidió, entonces, disfrutar del viaje tanto como pudiera, asistiendo lo menos posible a las reuniones y meditaciones.

El Viernes Santo, no obstante, Clare tuvo que comparecer a la ceremonia litúrgica, por ser una fecha muy especial. En determinado momento, sin saber muy bien de qué se trataba, entró como todos en una fila para adorar la Santa Cruz. Imitando tan sólo lo que hacían las personas que tenía delante, se arrodilló y besó el crucifijo. Sin embargo, este acto le causó un fuerte impacto interior.

Así describe ella misma la gracia que la tocó: «Yo no sé explicar exactamente lo que pasó, no vi ningún coro de ángeles ni ninguna paloma blanca que venía desde el techo hacia mí, pero tuve la certeza de que por mí el Señor estaba en la cruz. Y junto con esta convicción, me acompañó un vivo dolor […]. Al regresar a mi banco, yo ya tenía una huella dentro que no tenía antes. Yo tenía que hacer algo por Él, que había dado su vida por mí».2

Besando el crucifijo durante la ceremonia de Viernes Santo en el
monasterio de San Miguel de las Victorias, Priego (España)

Sin esperárselo, Clare se vio en esa ocasión a solas con Jesús, sintió un inmenso dolor por sus pecados —cometidos contra aquel Amor que se derramaba sobre ella— y comprendió que nada podría hacer para consolarlo, excepto darle su vida.

«Ha muerto por mí; me ama», era la única frase que conseguía articular entre lágrimas después de la bendecida celebración. Extrañamente, y según su carácter aún muy superficial, Clare quiso unir su ansia de celebridad a su nuevo deseo de santidad, explicándoselo a todos los peregrinos, el mismo día en que la gracia la visitó: «Quiero ser famosa. […] Pero hace una hora yo quería ser monja también. Así que me he dicho a mí misma: “Seré una monja famosa”».3

Nuevas caídas y la decisión final

No obstante, el camino de esta alma sería aún largo y lleno de dificultades. Poseía, mezclados en su interior, la flaqueza de la naturaleza humana caída y el corazón de un águila, que vacilaba en echar a volar.

Tras haber hecho un segundo viaje con las Siervas del Hogar de la Madre, rama femenina de la asociación, regresó a Irlanda y su lucha se volvió feroz: los estudios y las fiestas de nuevo eran lo cotidiano, mes tras mes, sin que se decidiera a cortar con el mundo; y las malas amistades y los vicios la arrastraron, cual otra Magdalena, a abismos aú

Como postulante de las Siervas del Hogar de la Madre

Clare quería borrar de su memoria las gracias que había recibido con las hermanas del Hogar, pero el Señor la «perseguía» con amor paterno. Cierta vez, estando en una discoteca, sintió la mirada reprensora y afectuosa del Salvador diciéndole: «¿Por qué me sigues hiriendo?». Era el Buen Pastor en busca de la oveja descarriada, implorándole que se abandonara a sus divinos cuidados, los cuales la podían curar.

El demonio, sin embargo, jugaría su última gran baza en la dura conquista de ese corazón: haría que se abrieran ante éste las tan soñadas puertas de Hollywood. En febrero de 2001, Clare consiguió un papel en un documental realizado por la BBC. 

Aunque era una interpretación secundaria, podría ser el prometedor inicio de su carrera como actriz profesional. El rodaje de la película sería en Manchester y se hospedaría en un hotel de cinco estrellas, en compañía de varias celebridades.

Desde el punto de vista mundano, no podría anhelar más en aquel momento de su vida. Tocaba con las manos un futuro brillante… Pero se sentía infeliz y, finalmente, comprendió que su sitio estaba lejos de allí. Entonces resolvió marcharse.

El paso decisivo hacia la vida religiosa le costó mucho. Desprenderse de su familia, enfrentar la oposición de amigos y conocidos y abandonar tantos vicios fueron algunos de los embates que, fortalecida por Dios, logró vencer. Y pronto discernió qué debería ser en la asociación: «Una santa sierva, que esté muy unida a Él, dispuesta a sufrir todo y a ir a cualquier sitio por amor a Él».4

Anhelando conquistar esa meta, empezó a rogar con insistencia el don de la fidelidad: «Ayúdame a odiar el pecado que tú odias, que me mancha y me aleja de ti. No quiero darte más espinas, no quiero que mi Dios llore por mí».5

Escuela del amor

Gracias insignes y un profundo conocimiento de su nada y de su miseria personal llenaron los primeros meses de su vida como religiosa y fueron motivo de muchas explicaciones, que fue anotando en sus cuadernos con la sencillez propia a los amigos de Dios.

Cabe señalar que tenía una absoluta ignorancia en materia religiosa, pero lo que por la inteligencia aún no sabía, Dios se lo comunicaba misteriosamente en su alma: «Papá, aunque yo no lo merezco y soy una hija ingrata, tú me has hecho experimentar a veces el monte Tabor, la gloria de Cristo y de la Trinidad dentro de mí, en lo profundo de mi alma».6

No obstante, la santidad fue un duro combate para Clare. Se sentía débil, reincidía con frecuencia en las mismas miserias de antaño y se reconocía necesitada de una gran purificación, como se puede ver en las anotaciones de su itinerario espiritual: «A pesar de mis esfuerzos de unión con el Señor, a veces caí en el egoísmo»;7 «¿Quiero vencerme a mí misma? Sí. ¿Qué es lo que me hace sufrir? No ser reflejo de Él, no ser como Él. Mi mucha falta de caridad y humildad».8

La nota dominante de su vida de santificación siempre fue el amor, con el cual buscaba retribuir el amor infinito de Dios por ella. Y, consciente de que amar implica sufrir y negarse a sí mismo, enseñaba: «El amor es sacrificado; no superficial ni sentimental».9 Su devoción a la Santísima Virgen era también muy entrañada: «Sé que soy muy querida por su Corazón y algunas veces me ha dejado descansar allí».10

En la profesión de los votos temporales, el 18 de febrero de 2006

En medio de las luchas y un decidido progreso espiritual, el 8 de septiembre de 2010, Clare hacía, finalmente, los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia. Por su unión con Nuestra Señora y las tres Personas divinas, decidió tomar el nombre de Hna. Clare María de la Trinidad y del Corazón de María.

Fiel hasta el final

Sin perder nada de su alegría radiante, de su talento artístico y de su carisma personal, la Hna. Clare se transformó, poco a poco, en un auténtico ejemplo de generosidad para todos los que convivían con ella. A lo largo de sus quince años de vida religiosa, donde quiera que estuviera se destacaba por su obediencia, su donación de sí misma y su radicalidad de entrega y de observancia de la moral católica.

No temía en señalar el camino correcto a los que dirigía, ni de mostrar con claridad las exigencias de la virtud, como fruto de sus insistentes peticiones al Señor: «Dame la gracia de nunca tener miedo de dar testimonio de ti, de jamás esconder el rosario cuando salgo. […] Ayúdame a nunca huir del lobo».11

Las pruebas con las que Dios quiso purificarla a menudo asombran por su dureza; sin embargo, su alma sensible y flaca se hizo fuerte dejándose crucificar con el Crucificado y, por eso, jamás manifestaba la desolación interior en que no raras veces se encontraba.

Habiendo avanzado de forma muy definida en la vía de la renuncia a sí misma, del amor a Dios y de la entrega sacrificada al prójimo, el 16 de abril de 2016 la Providencia vino a recoger su alma, cual fruto de agradable aspecto, madurado por los sufrimientos y endulzado por la caridad. Un terremoto en la ciudad de Playa Prieta (Ecuador), donde por entonces residía, puso fin a su trayectoria terrenal. Fue la única religiosa fallecida en esa ocasión y, por bondad de la Virgen, estaba muy bien preparada para ello.

¡Entreguémonos a Dios por entero!

Con el hábito de trabajo en Priego (España), en 2009

Clare fue para la humanidad de nuestro siglo un modelo de auténtica conversión. Probó, con su propia vida, que la santidad es el único camino hacia el Cielo y que está al alcance de todos, por los méritos infinitos de la Pasión del Redentor.

Hoy, cada uno de nosotros es llamado a seguir su ejemplo, entregando todo lo que somos y poseemos en las manos de Dios, sin reservar nada para nuestro egoísmo. Que ella interceda por nosotros y nos conceda comprender a fondo que al Cordero Divino no se le ofrece nada a medias; se trata de entregarle «o todo o nada». ◊

Por:  Hna. Diana Milena Burbano, EP

Notas


1 Asociación pública de fieles fundada en España por el P. Rafael Alonso Reymundo.

2 GARDNER, SHM, Kristen. Hermana Clare Crockett, sierva del Hogar de la Madre. Sola con el Solo. Zurita: Fundación E.U.K. Mamie, 2020, p. 63.

3 Ídem, pp. 65-66.

4 Ídem, p. 143.

5 Ídem, p. 147.

6 Ídem, p. 165.

7 Ídem, p. 153.

8 Ídem, p. 145.

9 Ídem, p. 231.

10 Ídem, p. 167.

11 Ídem, p. 158.

Destacados, Espiritualidad, María Santísima

Quien rece diariamente tres avemarías, tendría su auxilio durante la vida y su especial asistencia a la hora de la muerte.

enero 3, 2022

¿En qué consiste la devoción de las tres Avemarías?

En rezar tres veces el Avemaría a la Santísima Virgen, Madre de Dios y Señora nuestra, bien para honrarla o bien para alcanzar algún favor por su mediación.

¿Cuál es el fin de esta devoción?

Honrar los tres principales atributos de María Santísima, que son:

1.- El poder que le otorgó Dios Padre por ser su Hija predilecta.

2.- La sabiduría con que la adornó Dios Hijo, al elegirla como su Madre.

3.- La misericordia con que la llenó Dios Espíritu Santo, al escogerla por su Inmaculada Esposa.

De ahí viene que sean tres las Avemarías a rezar y no otro número diferente.

¿Cuál es la forma de rezar las tres Avemarías?

“María Madre mía, líbrame de caer en pecado mortal.

1. Por el poder que te concedió el Padre Eterno.

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

2. Por la sabiduría que te concedió el Hijo.

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


3. Por el Amor que te concedió el Espíritu Santo

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre por los
siglos de los siglos. Amén.

¿Cuál es el origen de la devoción de las tres Avemarías?

Santa Matilde, religiosa benedictina, suplicó a la Santísima Virgen que la asistiera en la hora de la muerte. La Virgen María le dijo lo siguiente: “Sí que lo haré; pero quiero que por tu parte me reces diariamente tres Avemarías.

 

La primera, pidiendo que así como Dios Padre me encumbró a un trono de gloria sin igual, haciéndome la más poderosa en el cielo y en la tierra, así también yo te asista en la tierra para fortificarte y apartar de ti toda potestad enemiga.

 

Por la segunda Avemaría me pedirás que así como el Hijo de Dios me llenó de sabiduría, en tal extremo que tengo más conocimiento de la Santísima Trinidad que todos los Santos, así te asista yo en el trance de la muerte para llenar tu alma de las luces de la fe y de la verdadera sabiduría, para que no la oscurezcan las tinieblas del error e ignorancia.

 

Por la tercera, pedirás que así como el Espíritu Santo me ha llenado de las dulzuras de su amor, y me ha hecho tan amable que después de Dios soy la más dulce y misericordiosa, así yo te asista en la muerte llenando tu alma de tal suavidad de amor divino, que toda pena y amargura de muerte se cambie para ti en delicias.”

Y esta promesa se extendió en beneficio de todos cuantos ponen en práctica ese rezo diario de las tres Avemarías.

¿Cuáles son las promesas de la Virgen a quienes rezasen diariamente las tres avemarías?

Nuestra Señora prometió a Santa Matilde y a otras almas piadosas que quien rezara diariamente tres avemarías, tendría su auxilio durante la vida y su especial asistencia a la hora de la muerte, presentándose en esa hora final con el brillo de una belleza tal que con sólo verla la consolaría y le transmitiría las alegrías del Cielo.

María renueva su promesa de protección:

Cuando Sor María Villani, religiosa dominica (siglo XVI), rezaba un día las tres Avemarías, oyó de labios de la Virgen estas estimulantes palabras:

“No sólo alcanzarás las gracias que me pides, sino que en la vida y en la muerte prometo ser especial protectora tuya y de cuantos como tú PRACTIQUEN ESTA DEVOCIÓN”

También dijo la Santísima Virgen: La devoción de las tres Avemarías siempre me fue muy grata… No dejéis de rezarlas y de hacerlas rezar cuanto podáis. Cada día tendréis pruebas de su eficacia…”
Fue la misma Santísima Virgen la que dijo a Santa Gertrudis que “quien la venerase en su relación con la Beatísima Trinidad, experimentaría el poder que le ha comunicado la Omnipotencia del Padre como Madre de Dios; admiraría los ingeniosos medios que le inspira la sabiduría del Hijo para la salvación de los hombres, y contemplaría la ardiente caridad encendida en su corazón por el Espíritu Santo”.

Refiriéndose a todo aquel que la haya invocado diariamente conmemorando el poder, la sabiduría y el amor que le fueron comunicados por la Augusta Trinidad, dijo María a Santa Gertrudis que, “a la hora de su muerte me mostraré a él con el brillo de una belleza tan grande, que mi vista le consolará y le comunicará las alegrías celestiales”.

¿Cuál es el fundamento de esta devoción?

La afirmación católica de que la Santísima Virgen poseyó, en el más alto grado posible a una criatura, los atributos de poder, sabiduría y misericordia.

Esto es lo que enseña la Iglesia al invocar a María como Virgen Poderosa, Madre de Misericordia y Trono de Sabiduría.

Para reforzar esta devoción contamos un bello testimonio de fe.

En un país situado detrás del «telón de acero», en el que, en los primeros meses del año 1968, se recrudeció la persecución religiosa, uno de los Obispos allí radicados recibió una misiva comunicándole confidencialmente que se preparaba un atentado contra su vida, por lo cual debía huir sin pérdida de tiempo y ocultarse.

Obedeciendo la consigna recibida, el aludido señor Obispo salió de su residencia vestido de aldeano y huyó a campo traviesa, caminando durante todo un día, alcanzándole la noche, divisando una amplia vega.

Aprovechando la oscuridad, se aproximó a una casa que vio poco distante y pidió a sus habitantes le permitiesen descansar unas horas sentado en una silla.

Los ocupantes de la casa -un matrimonio con varios hijos pequeños- acogieron la petición de hospedaje del que consideraron labriego viajero, pero no sólo le ofrecieron silla, sino que le hicieron cenar con ellos y luego le acomodaron en una habitación con buena cama.

Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja; informándosele entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera conveniente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse, y, por tanto, no se preparaba…

Hubo unos breves comentarios del caso, pero ninguno se atrevió a hacer mención del aspecto religioso del asunto.

Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo, para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y le acompañaron.

Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: «Mire usted, yo sé que estoy muy malo y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré».

Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas, añadió éste: «Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora… Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?… Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad:

Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años de persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las Tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen María que, a la hora de la muerte, esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero».

Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: «Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios, rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí… No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted… Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis, que va hacia el exilio»

La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande, que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia…

Seguidamente, el señor Obispo realizó las confesiones, ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo…

Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional.

Destacados, Historia y Creación

Pese a que muchos titubeaban o incluso rehusaban creérselo, el Titanic estaba a punto de consumar su carrera. En breve se encontraría sepultado bajo las aguas.

agosto 26, 2022

Estaba concluyendo la Belle Époque,1 un tiempo marcado por la búsqueda del disfrute de la vida, de la alegría liviana y relajada y por grandes adelantos científicos e industriales que le proporcionaban al hombre la sensación de seguridad, estabilidad y autosuficiencia. Sin embargo, todo caminaba a pasos agigantados hacia un trágico final: la Primera Guerra Mundial.

En ese contexto histórico fue cuando la empresa naviera White Star Line, a iniciativa de su presidente, Joseph Bruce Ismay, terminó la construcción del Titanic, cuyo viaje inaugural, con destino a Nueva York, partiría del puerto de Southampton el 10 de abril de 1912.

Aquel día el sol había despuntado particularmente luminoso, el cielo se mostraba límpido y una suave brisa recorría la ciudad, mientras que las aves parecían volar con más vivacidad que la de costumbre. Todo concurría a presagiar el éxito del mayor transatlántico jamás construido.

Se dice que una ilustre dama de la sociedad inglesa, apellidada Cadwell, mientras observaba cómo el personal de cubierta cargaba el equipaje, le preguntó a uno de los mozos:

—¿Es verdad que este barco es insumergible?

—Así es, señora. ¡Ni Dios lo hunde! —le contestó.

Osada afirmación… No obstante, aquellas palabras no sólo representaban la opinión de un simple marinero, sino que reflejaba el estado de espíritu laico y cautivado por el progreso que impregnaba la sociedad inglesa de la época. El gigantesco buque alucinó a las mentes tanto de los que lo construyeron como de aquellos que en él embarcaron.

Grande y diversa reunión social

El Titanic salió de Southampton con más de 2000 pasajeros a bordo, entre ellos nobles y millonarios, miembros de la alta sociedad de la época y el propio Bruce Ismay. Varios eran habituales en los viajes liderados por el renombrado capitán Edward Smith, que, a sus 62 años, navegaría por última vez al mando.

A parte de los magnates y gente adinerada que constituían la primera y la segunda clase, a bordo iba una tercera, compuesta por emigrantes que se dirigían a Estados Unidos llenos de esperanza, confiados en obtener en el Nuevo Mundo una considerable fortuna que les permitiera escapar de su condición obrera.

Más que una común y corriente travesía por el Atlántico, ese viaje podría ser considerado como una grande y diversa reunión social. En las distintas cubiertas del moderno barco, personas de todas las condiciones recorrían optimistas el delicioso «mar de los sueños» que el mundo ilusamente les ofrecía.

Despreocupados, rumbo al desastre

El domingo 14 de abril el día rayó también sereno y soleado. A las 9 h, no obstante, el radiotelegrafista recibió un mensaje del Caronia, una embarcación que navegaba por aquella zona, en el que se les avisaba de la presencia de hielo en la superficie marina. Nadie, sin embargo, le dio mucha importancia al asunto.

A las 13:40 h, un nuevo recado, esta vez enviado por el Baltic, otro transatlántico de la White Star Line, en donde se alertaba acerca de una gran cantidad de icebergs exactamente en la ruta que el Titanic estaba siguiendo. El telegrafista transmitió la noticia al puente de mando y el oficial responsable la encaminó al capitán Smith.

Éste, como era la hora de la comida, decidió terminarla tranquilamente y después se dirigió al castillo de popa en busca del presidente de la compañía, que paseaba por allí; tras recibir el mensaje se guardó el papel en el bolsillo y siguió andando.

A lo largo de la cadena de mando nadie quiso preocuparse con el peligro. Todos preferían endosárselo a un superior o dejar de lado aquel «fastidio» que amenazaba con estropearles tan agradable travesía.

No tardaron en llegar nuevas advertencias, en esta ocasión del SS Amerika y del SS Californian, pero el operador de radio, Jack Philips, optimista como todos, no los tomó en cuenta.

La falta de vigilancia y la vergonzosa despreocupación que tantas veces preceden a los grandes desastres ocurridos en la Historia se extendían por aquella tripulación… Su actitud omisa y absurda anunciaba la inevitable tragedia: en unos instantes tendría lugar la colisión.

Investigaciones posteriores levantaron la sospecha de que la decisión de no reducir la velocidad del barco ni alterar su rumbo se debió a la presión ejercida sobre el comandante por el presidente de la compañía, Bruce Ismay2… La amplia experiencia del capitán Smith le hacía consciente del peligro que los icebergs significaban en aquellas aguas. Pero le pareció más importante colaborar en mantener el prestigio de la compañía y evitar maniobras que impidieran finalizar la travesía en el tiempo estimado…

Además, no era plausible pensar que aquel buque tan grande, potente y bien construido llegara a hundirse en plena época de éxitos y desarrollo.

Por la noche, el capitán se retiró sin darle mayor importancia a la gravedad de la situación. Mientras las estrellas cintilaban en la bóveda oscura de un cielo sin luna, las luces de los salones y los camarotes se iban apagando poco a poco. En el barco reinaba la calma; en el mar los icebergs se acercaban amenazadores…

Astuta acción del demonio

La ceguera y consecuente inacción ante el peligro tan inminente nos resultan angustiadoras y nos llevan a preguntarnos qué motivo habría para tan grande «bobada» colectiva.

Ahora bien, analizando los hechos más profundamente, se percibe en ese episodio histórico la presencia discreta, casi inapreciable del demonio, maestro en usar una táctica sagaz y muy eficaz en sus confabulaciones.

Para que se entienda mejor, pensemos cómo actúa el cáncer sobre una persona. Se trata de una enfermedad potencialmente mortal, cuyo principal peligro está en el hecho de ser, al comienzo, imperceptible. Las células afectadas van formando silenciosamente tumores en el organismo y cuando el individuo empieza a sentir sus síntomas, el daño ya es, muchas veces, irreversible.

Así también se comporta Satanás. Su trampa consiste en influenciar a las almas al actuar con discreción. Cuando la persona se da cuenta de su presencia, mil y un defectos y miserias ya han echado raíces en su alma, haciéndose dificilísimo combatirlos.

Ahora bien, esa no es la peor artimaña del enemigo infernal. Existe un medio más nocivo para atentar contra los hijos de Dios: ¡revestirse con apariencias de bien! Son los «lobos rapaces» que se disfrazan de «buenas ovejas» contra los cuales nos alerta el divino Redentor en el Evangelio (cf. Mt 7, 15).

En esas ocasiones, el mal se presenta bajo el velo de supuesta virtud para corroer sin obstáculos a su presa. Embriagada por la belleza, suavidad y blancura que cree constatar en la falsa oveja, la víctima no logra discernir nada de malo o peligroso y se deja devorar. De nada sirven, habitualmente, las advertencias que le son hechas.

Siendo así, se podría afirmar que el estado de espíritu de los tripulantes y pasajeros del Titanic tuvo su origen en un terrible «cáncer» llamado mundanismo. O, tal vez, que fueron atacados por un lobo feroz disfrazado de inocente oveja, conocido como progreso humano.

Veían este mundo traicionero como un mar de placeres inofensivos, maravillosos e interminables, cuando, en realidad, es sólo el campo de batalla transitorio en el cual se decide nuestro destino eterno. Confiaban en los avances de la ciencia y de la tecnología hasta el punto de considerarse inmunes a cualquier desastre, como si nuestras vidas no fueran gobernadas desde lo alto por el Dios omnipotente. Cuando se dieron cuenta de su ilusión, ya era demasiado tarde…

Y sucedió lo inevitable…

En torno a las 23:30 h de aquella noche sin luna, aparentemente tranquila, los vigías Frederick Fleet y Reginald Lee divisaron desde la atalaya una imagen siniestra: ¡un gigantesco bloque oscuro flotaba a unos 500 metros de distancia de la proa del barco! El monstruoso obstáculo no pudieron verlo antes porque los responsables no disponían de prismáticos…3

Enseguida sonaron tres toques de alarma y el puesto de mando recibió un aviso por teléfono: «¡Iceberg a la vista!». El primer oficial, William McMaster Murdoch, no tuvo tiempo de tomar ninguna medida preventiva; únicamente gritó: «¡Apaguen los motores! ¡Giren todo a babor!».

La orden fue obedecida de inmediato, pero el obstáculo se encontraba demasiado cerca. Lo que parecía imposible se volvió inevitable: el Titanic colisionó de forma violenta contra el hielo y fue perdiendo velocidad poco a poco, hasta detenerse… ¡Estaba mortalmente herido!

El armador del barco, el ingeniero naval Thomas Andrews, acompañado por el capitán Smith, se apresuró a hacer una inspección y confesó al instante que estaba todo perdido. Con tres de sus dieciséis compartimentos estancos dañados, el Titanic podría continuar flotando, y aún lo haría, en caso extremo, hasta con cuatro de ellos totalmente inundados. Sin embargo, el iceberg había chocado con el navío con tanta fuerza y en un ángulo tal que fueron cinco los compartimentos que se vieron afectados de una sola vez.

La gravedad de la situación los llevó a despertar a la tripulación que no estaba de servicio en ese momento: «¡Vamos compañeros, salid! No nos queda ni media hora de vida. Esto nos lo dice el Sr. Andrews. Pero guardáoslo para vosotros, que nadie lo sepa»4.

No hubo, de hecho, ni campanas, ni sirenas, ni ningún tipo de alarma general. La noticia fue comunicada de persona a persona, y se les pedía a todos los pasajeros que se reunieran en la cubierta principal con los chalecos salvavidas puestos.

¿Cómo reaccionaron los pasajeros?

En el interior del barco, el golpe fatal solamente redundó en una leve sacudida. Se cuenta que en la sala de fumadores aún estaban algunos jugando al póker a esas horas. Sintieron un ligero impacto y vieron desfilar por las ventanas una montaña de hielo de más de 20 metros. No obstante, la noche les parecía bella y tranquila. No se tomaron la molestia de salir a ver qué estaba pasando. A fin de cuentas, se encontraban en el Titanic, el gran transatlántico que «ni Dios lo podía hundir»…

Poco a poco la realidad se fue volviendo indiscutible. Mientras la mayor parte de las personas dormía, el mar iba inundando el barco. En escasos minutos dos metros y medio de agua cubrían la sala de máquinas. Y ni siquiera eso consiguió sacudir el optimismo absurdo de buena parte de los pasajeros; muchos aún dudaban si de verdad se estaba hundiendo… Cuando los empleados los despertaban y les ayudaban a ponerse el chaleco salvavidas, algunos sonreían, creyendo que se trataba de una medida exagerada.

Media hora después de la medianoche daban la orden: «Mujeres y niños a los botes salvavidas». Quince minutos después, el primero de ellos descendía al mar. Pero la evacuación fue hecha de forma lenta y desorganizada.

Varios de los marineros no sabían siquiera a cuáles de los botes tenían que ir, porque nunca habían sido entrenados a reaccionar en caso de emergencia… Por falta de pericia de los responsables, solamente cuatro de los veinte botes disponibles fueron llenados a más del 70% de su capacidad.

Además de la incompetencia de la tripulación otro factor concurrió al fracaso de la operación: ¡muchos pasajeros se negaron a entrar en los botes! Se sentían mucho más seguros en el Titanic y no creían en el inminente hundimiento. Muchas mujeres, que deberían haber sido las primeras en evacuar la embarcación, rechazaban hacerlo al juzgar que fuera imposible que el buque llegara a hundirse.

Al principio, no hubo entre los pasajeros ninguna señal de pánico. Uno de los motivos para ello es el hecho de que la propia tripulación del barco les hizo que creyeran que todo se trataba de un mero simulacro… Además, la orquesta seguía tocando melodías alegres, con el fin de mantener la calma.

¿Hasta qué punto persistiría aquella obstinación general que ya superaba todos los límites de lo inimaginable?

¡Finalmente se dieron cuenta!…

Pese a que muchos titubeaban o incluso rehusaban creérselo, el Titanic estaba a punto de consumar su carrera. En breve se encontraría sepultado bajo las aguas.

A las dos de la madrugada, el lento y dramático descenso del titán de los mares a las profundidades del Atlántico se aproximaba del momento final. Únicamente entonces, al toparse de frente con la seriedad de la muerte, se deshicieron las irrisorias ilusiones de los más recalcitrantes y se desmoronó su confianza mundana. Algunos se acordaron de Dios y empezaron a rezar. Otros corrían desorientados por los pasillos y salones de la embarcación, presos de la desesperación.

A los 2:17 h todas las luces del buque se habían apagado. En medio de la oscuridad nada más que se percibía gente lanzándose desde todas partes al mar helado como último intento de salvarse.

A las 2:20 h del 15 de abril, las aguas del océano se cerraban para siempre sobre el orgulloso navío y, con él, se hundía el estúpido optimismo de toda una generación. El naufragio del Titanic ponía de relieve, en cierto sentido, el fraude de ese way of life5 ateo y hedonista.

El mundo de hoy: un «nuevo Titanic»

Tan sólo 660 personas de las más de 2000 que habían embarcado en Southampton sobrevivieron al naufragio. Pero ¡ay!, ¡cuántas oportunidades hubo de evitar o minimizar tan enorme catástrofe!

Si los comandantes les hubieran dado verdadera importancia a los mensajes recibidos el domingo alertándoles sobre los icebergs… Si la presencia de prismáticos en el equipo de los vigías les hubiera permitido avistar un minuto antes aquel enorme bloque de hielo… Si la tripulación hubiera sido entrenada para actuar correctamente en aquella emergencia… Si los pasajeros hubieran creído en el peligro inminente… ¡Cuántas de esas 1500 vidas perdidas no se podrían haber salvado!

Ahora bien, ¿quién sabe si, a semejanza de lo ocurrido milenios antes en la Torre de Babel, Dios no habría permitido que, en el hundimiento del Titanic, el hombre fuera víctima de su propio orgullo? ¿No habrá consentido Él en ese fracaso como un merecido castigo a la arrogancia humana de principios de siglo, que osaba desafiar al Creador con sus conocimientos científicos?

Analogías no faltan tampoco entre los días de hoy y el naufragio del poderoso buque. Ante la decadencia moral, social e intelectual en que vivimos inmersos, antes las cada vez más frecuentes catástrofes naturales sean o no causadas por el ser humano, ante las pandemias y misteriosas enfermedades que amenazan al mundo entero, el hombre hodierno insiste en quedarse mirando hacia sí mismo.

Y «ese optimismo a toda prueba, que no se altera ante las más evidentes manifestaciones de que las cosas van mal, indica una insensibilidad ante los planos de la Providencia y, en último análisis, un divorcio entre los hombres y Dios»6.

La humanidad ya ha recibido numerosas advertencias con respecto al peligro que la amenaza. La principal de ellas fue dada por la propia Virgen Santísima en Fátima, pocos años después del episodio histórico que acabamos de recordar. ¿Habrá sido Ella escuchada por los que se dicen hijos suyos? ¿O los hombres creen, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la Historia, que la «poderosa embarcación» del mundo es «insumergible» como supuestamente lo era el Titanic?

Lo cierto es que, desde la expulsión de nuestros primeros padres del paraíso terrenal, Dios juró que la estirpe de la Virgen vencería a la de la serpiente. Y por eso Nuestra Señora prometió: «¡Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará!».

No nos preocupemos, por tanto, con la solidez de nuestro navío, ni con la violencia de las olas que lo sacuden en medio de la victoria, ni con los icebergs traicioneros. Sean cuales fueren las dificultades que encontremos a lo largo del camino, la promesa de María Santísima nos garantiza el éxito de la travesía.

Autor: Hna. Antonella Ochipinti, EP

Notas


1 Período comprendido entre los años 1890 y 1914, caracterizado por la prosperidad económica y cultural inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial.

2 Cf. VALLS SOLER, Xavier. Titanic: el naufragio del orgullo. In: www.lavanguardia.com.

3 Ídem, ibídem.

4 UNITED STATES SENATE INQUIRY. Testimony of Samuel Hemming, 25 abr. 1912. In: www.titanicinquiry.org

5 Del inglés: estilo de vida.

6 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 25/7/1969.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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