Misiones

Aniversario 59 del Ala de Combate # 22 de la FAE.

Misa de acción de gracias por el aniversario 59 del Ala de Combate # 22 de la FAE.
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Los Heraldos del Evangelio fueron invitados el mes pasado para solemnizar con la presencia de la Imagen Peregrina del Inmaculado Corazón de María y el conjunto musical, la misa de acción de gracias por el aniversario 59 del Ala de Combate # 22 de la FAE.

Compartimos con ustedes unas fotos de la Visita de Nuestra Señora de Fátima

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Espiritualidad

Para muchos, la oración es meramente la recitación de palabras memorizadas o leídas. Entretanto, ella posee un sentido más profundo y sobrenatural.
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enero 27, 2022

La Oración es el diálogo con Dios.

Para muchos, la oración es meramente la recitación de palabras memorizadas o leídas. Entretanto, ella posee un sentido más profundo y sobrenatural: es «el diálogo del hombre con Dios» 1, la «elevación de la mente a Dios» 2.

La oración, el diálogo con Dios, es un bien incomparable, porque nos pone en comunión íntima con Dios. Así como los ojos del cuerpo son iluminados cuando reciben la luz, el alma que se eleva para Dios es iluminada por su luz inefable. Hablo de la oración que no es solo una actitud exterior, sino que proviene del corazón y no se limita a ocasiones u horas determinadas, prolongándose día y noche, sin interrupción. 3

El hombre puede convertir un simple trabajo en oración, pues cualquier acto de virtud, cuando realizado por un motivo sobrenatural, es considerado como tal. 4

No debemos orientar el pensamiento hacia Dios apenas cuando nos aplicamos a la oración; también en medio de las más variadas tareas […] es preciso conservar siempre vivos el deseo y el recuerdo de Dios. Y así, todas nuestras obras, condimentadas con la sal del amor de Dios, se tornarán un alimento dulcísimo para el Señor del universo. Podemos, entretanto, gozar continuamente en nuestra vida del bien que resulta de la oración, si le dedicamos todo el tiempo que nos es posible. 5

«Venid a Mi, vosotros todos que estáis afligidos bajo el fardo de vuestros pecados, y Yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Bien sabe el Divino Maestro cuáles son nuestros combates en este valle de lágrimas y cuánto el yugo de nuestras debilidades nos fatiga y deprime. Desea Él que, por medio de la oración, depositemos nuestra confianza en su poderoso auxilio para, así, aplastar nuestras debilidades y edificar un templo espiritual agradable a sus ojos.

La Oración es el alimento del alma.

«Venid a Mi, vosotros todos que estáis afligidos bajo el fardo de vuestros pecados, y Yo os aliviaré» (Mt 11, 28). Bien sabe el Divino Maestro cuáles son nuestros combates en este valle de lágrimas y cuánto el yugo de nuestras debilidades nos fatiga y deprime. Desea Él que, por medio de la oración, depositemos nuestra confianza en su poderoso auxilio para, así, aplastar nuestras debilidades y edificar un templo espiritual agradable a sus ojos.

Es propio a la naturaleza humana alimentarse, una vez que, sin los nutrientes necesarios, acaba por desfallecer. Lo mismo ocurre con el alma, la cual, para subsistir, precisa de un alimento espiritual que la robustezca y anime. Ese nutriente divino es la oración conforme atestigua San Agustín:

«La oración es todavía el alimento del alma, porque así como el cuerpo no se puede sustentar sin alimento; sin la oración no se puede conservar la vida del alma. Como el cuerpo, por la comida, así el alma del hombre es conservada por la oración». 6

Lo que hay de más elevado en el hombre no es el cuerpo, sino el alma, visto que el cuerpo languidece y se corrompe, y el alma, entretanto, es inmortal. ¡Cómo somos celosos en sustentar el cuerpo y relajados en el deber de vivificar el alma!

Si supiésemos tomar la oración como remedio para nuestra debilidad, mucho más haríamos para la gloria de Dios.

La oración es, por tanto, la fuerza de los débiles y socorro de aquellos que caen en el abismo del pecado, vencedora de los incrédulos, fortaleza de los Santos, verdadero vigor del alma.

El más fuerte de los guerreros, adornado de la más preciosa armadura, será considerado como incapacitado para la guerra si no sabe doblar las rodillas y con humildad recurrir a Aquel de quien procede toda victoria. Ese es el tesoro que nos «concede todas las gracias pedidas, vence todas las fuerzas del enemigo; […] transforma a los ciegos en iluminados, los débiles en fuertes, los pecadores en santos». 7

Luego, ¿quién no recurrirá a tan valioso don? «¿Quién hay en el mundo más excelente que la oración? ¿Qué cosa más útil y provechosa? ¿Qué cosa más dulce y más suave? ¿Qué cosa más alta y más sublime en toda nuestra religión cristiana?» 8

Hna. Lays Gonçalves de Sousa, EP

Notas:

1 SAN JUAN CLÍMACO. In: LOARTE, José Antonio. El tesoro de los Padres: Selección de textos de los Santos Padres para el tercer milenio. Madrid: Rialp, 1998, p. 345. (Tradução da autora).
2 SAN JUAN DAMASCENO, apud ROYO MARÍN, Antonio. La oración del cristiano. Madrid: BAC, 1975, p. 4. (Tradução da autora).
3 PSEUDO-CRISÓSTOMO. A oração é a luz da alma. In: COMISSÃO EPISCOPAL DE TEXTOS LITÚRGICOS. Liturgia das horas. São Paulo: Vozes; Paulinas; Paulus; Ave Maria; 2000, v. II, p. 58.
4 Cf. ROYO MARÍN. Op. cit. p. 4.
5 PSEUDO-CRISÓSTOMO. Op. cit. 58.
6 SAN AGUSTÍN, apud SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO. Op. cit. p. 22.
7 SAN LORENZO JUSTINIANO, apud SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO. A Oração. Trad. Henrique Barros. 24. ed. São Paulo: Santuário, 2012, p. 47.
8 SAN AGUSTÍN, apud RODRIGUES, Alfonso. Exercícios de perfeição e virtudes cristãs. Trad. Pedro de Santa Clara. 4. ed. Lisboa: União Gráfica, 1947, p. 8. v. II.

Santos

San Juan Bosco es uno de los Santos más populares de la Iglesia y del mundo. Su misión específica fue la educación cristiana de la juventud.
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febrero 1, 2022

San Juan Bosco nació el 16 de agosto de 1815 en Castelnuovo de Asti, y recibió de su madre Margarita Occhiena una sólida educación cristiana y humana. Dotado de inteligencia, memoria, voluntad y agilidad física no comunes, desde niño fue seguido por sus coetáneos, a quienes organizaba juegos que interrumpía al toque de las campanas para llevarlos a la iglesia. Fue ordenado sacerdote en Turín en 1841, y allí comenzó su actividad pastoral con San José Cafasso.

Su programa, o mejor, su pasión era la educación de los jóvenes, los más pobres y abandonados. Reunió un grupito que llevaba a jugar, a rezar y a menudo a comer con él. La incómoda y rumorosa compañía de Don Bosco (así se lo llamaba y se lo llama familiarmente) tenía que estar cambiando de lugar continuamente hasta que por fin encontró un lugar fijo bajo el cobertizo Pinardi, que fue la primera célula del Oratorio.

Con la ayuda de mamá Margarita, sin medios materiales y entre la persistente hostilidad de muchos, Don Bosco dio vida al Oratorio de San Francisco de Sales: era el lugar de encuentro dominical de los jóvenes que quisieran pasar un día de sana alegría, una pensión con escuelas de arte y oficios para los jóvenes trabajadores, y escuelas regulares para los estudios humanísticos, según una pedagogía que sería conocida en todo el mundo como “método preventivo” y basada en la religión, la razón y el amor.

“La práctica del método preventivo se base toda en las palabras de San Pablo que dice: La caridad es benigna y paciente; sufre todo, pero espera todo y aguanta todo”.

San Juan Bosco

Para asegurar la continuidad de su obra, San Juan Bosco fundó la Pía Sociedad de San Francisco de Sales (los Salesianos) y Hijas de María Auxiliadora (las Salesianas). Fue un fecundísimo escritor popular, fundó escuelas tipográficas, revistas y editoriales para el incremento de la prensa católica, la “buena prensa”.

Fue un santo risueño y amable, se sentía “sacerdote en la casa del pobre; sacerdote en el palacio del Rey y de los Ministros”. Buen polemista contra la secta de los Valdeses, según la mentalidad del tiempo, nunca se avergonzó de sus amistades con los protestantes y los hebreos de buena voluntad: “Condenamos los errores, escribió en el “Católico”, pero respetamos siempre a las personas”. San Juan Bosco murió el 31 de enero de 1888 y fue canonizado por Pío XI en 1934.

San Juan Bosco encontró la llave que abre el alma del joven a la influencia del bien.

Mantener la disciplina en una sala de clases formada por adolescentes es una dificultad que, con algunas variantes, se muestra tan antigua como la civilización. Los maestros de san Agustín podrían dar un valioso testimonio al respecto. En otros tiempos, los métodos usados eran muchos más directos que los actuales y daban resultados inmediatos, proporcionales a la energía y la fuerza de personalidad del profesor. Pero el problema de fondo no deja de ser el mismo, hoy como ayer.

La educación no se restringe a mantener en silencio y en orden a todos los alumnos dentro de la sala de clases, para que el profesor pueda comunicar sus enseñanzas con eficacia. El buen educador debe saber moldear la personalidad de sus discípulos, corrigiendo los defectos, estimulando las cualidades, haciéndolos amar los principios que orientarán sus vidas. En una buena educación, la formación religiosa ocupa un lugar principal, porque sin amor a Dios y auxilio de la gracia nadie logra vencer las malas inclinaciones y practicar duraderamente la virtud.

De la teoría a la práctica...

Todo esto es muy fácil en teoría…

Pero, ¿cómo llevarlo a la práctica en el mundo actual, en que las invitaciones al mal son tan numerosas y atractivas, y donde los educadores sienten una creciente dificultad para ejercer influencia sobre los jóvenes?

El problema ya era candente en la época de san Juan Bosco. La sociedad de entonces atravesaba grandes transformaciones, sobre todo de mentalidad. Y la juventud, siempre ávida de novedades, se apartaba de la religión y perdía el rumbo.

Don Bosco hacía el “milagro” –muy superior a todos los demás que realizó– de atraer y educar jóvenes que ya no se dejaban moldear por los antiguos métodos educativos y evadían la acción de la Iglesia.

El instrumento del buen educador

En Roma con el cardenal Tosti, una mañana de 1858, san Juan Bosco le dijo: “Mire, Eminencia, es imposible educar bien a la juventud si no se gana su confianza”. En seguida, para darle un ejemplo concreto, lo invitó a acompañarlo a la Plaza del Popolo, donde fácilmente encontrarían grupos de jóvenes jugando y podría demostrar la eficacia de su método. Pero cuando bajó del carruaje, la tropa de niños que jugaba en la plaza huyó corriendo. Seguramente pensaron que ese cura les iba a hacer un pequeño sermón o a reprenderlos por alguna falta.

El cardenal se quedó en el interior del vehículo mirando la escena, y se divertía creyendo que ese primer fracaso haría desistir a Don Bosco de la prueba.

Pero éste no se dejó abatir y en pocos minutos, con su vivacidad e irresistible bondad, había reunido una pequeña multitud de jovencitos a su alrededor, divirtiéndose con sus juegos y entusiasmados con su bondad.

Cuando llegó el momento de partir, formaron dos hileras delante del coche para aclamar al sonriente sacerdote mientras pasaba. Al cardenal le costaba dar crédito a lo que veían sus ojos…

San Juan Bosco

Evitar el pecado: la esencia del método preventivo

A fin de cuentas, ¿cómo cautivaba Don Bosco a la juventud? El primer objetivo que pretendía era evitar todo género de pecado, usando para ellos una gran vigilancia acompañada por una amorosa solicitud.

No de una manera aplastante y glacial, sino paterna y afectuosa. Esa táctica para llevar a los jóvenes fue bautizada por el santo educador como “método preventivo”, en contraposición a otro por entonces en boga, denominado “método represivo” y basado en el castigo.

Este ejemplar educador de la juventud no perdía la ocasión de cortar el avance del mal. Incluso en los recreos su atenta mirada descubría en seguida dónde estaba la riña o de dónde salían palabras censurables, y sin demora deshacía la confusión con una hábil jovialidad, ya que, como atestiguaban sus alumnos, él era el alma de la diversión. No raras veces desafiaba a todos los niños, de una sola vez, a una carrera.

Se arremangaba entonces la sotana, contaba hasta tres y dejaba atrás la turba de jóvenes. Don Bosco siempre llegaba en primer lugar. Ya tenía 53 años y todavía su agilidad dejaba atónitos a los espectadores, porque nunca perdía una carrera con los alumnos del oratorio.

Dulzura en la reprensión

San Juan Bosco

San Juan Bosco jamás aplicaba castigos corporales, convencido de que con eso sólo sublevaría los corazones y cerraría el alma del joven a los saludables consejos. La manera con que reprendía era una palabra fría, una mirada triste, una mano esquiva o cualquiera otra discreta señal de disgusto por alguna falta. Los resultados demostraban que era una forma de corrección extremadamente eficaz.

Cierta noche, después de las oraciones, Don Bosco quería dirigir a los niños algunas palabras benéficas antes de ir a dormir, pero era tan grande la algarabía que no pudo imponer silencio. Después de esperar unos minutos, les comunicó: “¡No estoy contento con ustedes! Vayan a dormir. Esta noche no les diré nada”.

Desde ese día nunca más hizo falta la campanita para que los muchachos guardaran silencio. Podría aparecer una duda contra este método. Esta vigilancia por evitar el pecado, ¿no termina quitándole libertad al joven? La naturaleza humana está hecha para el equilibrio: no sofocar la libertad, ni mucho menos permitir una indisciplina desatada. San Juan Bosco fue admirable en lograr esta conjugación.

A pesar de toda la vivacidad y afecto en su trato con los jóvenes, éstos mantenían siempre una actitud de respeto y admiración hacia su maestro.

Alegría, condimento indispensable

El ambiente en el comedor del Oratorio era una demostración de esta relación armoniosa, cuando Don Bosco se demoraba un poco más en acabar su comida, a la que había llegado atrasado. Apenas los otros superiores salían, una nube de jóvenes entraba corriendo y ocupaba todo el recinto sin dejar espacios vacíos. Algunos se acercaban tanto que casi pegaban sus cabezas en los hombros del santo, otros se apoyaban en el respaldo de su silla y los más pequeñitos se deslizaban bajo la mesa.

Cuánto se sorprendía y emocionaba Don Bosco al ver salir esas pequeñas cabecitas desde abajo, con la única finalidad de estar más cerca de su padre. La libertad con que se le acercaban esos jovencitos y la veneración que sentían por él pintaban un cuadro verdaderamente conmovedor.

Ocasiónes como ésta era una excelente oportunidad para hacer el bien. El ferviente sacerdote aprovechaba entonces para contar una historia, dar un buen consejo, hacer preguntas, hasta que la campana señalara la hora de la oración de la noche, es decir, el fin de esa convivencia enternecida.

Como se podrá ver, la alegría ocupaba un gran papel en el método educativo de Don Bosco. Con ella, el santo pretendía aligerar la vida y predisponer a los niños para abrir el alma a su influencia y a lo sobrenatural.

Uno de los medios que utilizaba eran los juegos y diversiones en los que participaba el propio educador. En una de estas recreaciones, alineaba a todos los niños en una única fila y les recomendaba: “¡Atención! Hagan todo lo que yo haga. Quien no me siga, sale del juego”.

Dicho esto, empezaba su recorrido, corriendo con los brazos al aire, haciendo gestos espectaculares, batiendo palmas, saltando con una sola pierna, amenazando detenerse en un árbol para luego salir corriendo otra vez. De este modo entretenía y creaba un ambiente de alegría para los jóvenes.

Con tales recursos, y sobre todo con la gracia divina, san Juan Bosco conseguía hacerlos amar a Dios con alegría. La música era un valioso instrumento para lograr este efecto, al punto de decir que una casa sin música es como un cuerpo sin alma.

Frecuencia en los sacramentos y devoción a María

En la confesión, Don Bosco pacificaba las conciencias, infundía confianza en las almas, conducía a sus juveniles penitentes a Dios. Huysmans, escritor católico del siglo XIX, hace una bella descripción de estas confesiones: «Nuestro santo, trayendo en el semblante la bonachonería de un viejo cura de pueblo, tiraba hacia sí al niño que había acabado el examen de conciencia, y tomándolo por el cuello lo rodeaba con el brazo izquierdo y hacía que el pequeño penitente apoyara su cabeza en su corazón. Ya no era el juez. Era el padre que ayudaba a los hijos en la confesión tantas veces penosa de las faltas más diminutas.

Por medio de la comunión frecuente, san Juan Bosco quería fortificar el alma de los jóvenes contra las embestidas infernales. A su juicio, la Primera Comunión debía hacerse lo más temprano posible: “Cuando un niño sabe distinguir entre el pan común y el Pan Eucarístico, cuando está lo suficientemente instruido, no es preciso mirar la edad. Que el Rey del Cielo venga de inmediato a reinar en esa alma».

Siguiendo los sabios consejos maternales, Don Bosco hizo de la devoción a María Santísima, bajo la hermosa invocación de María Auxiliadora, una columna de la espiritualidad salesiana. “Si llegaras a ser sacerdote –le repetía afectuosamente mamma Margarita– propaga sin cesar la devoción a la Virgen».

En realidad, el método preventivo de Don Bosco es una forma adaptada a las nuevas generaciones –y plenamente actual– de disponer a los jóvenes a ser flexibles a la acción de la gracia divina.

Ésta es verdaderamente la causa del éxito sorprendente de ese gran educador que marcó su época, hasta nuestros días, con su innovador método transmitido a sus seguidores, los sacerdotes salesianos y las hijas de María Auxiliadora.

Revista Heraldos del Evangelio, Enero/2007, n. 61, pag. 22 a 25
Catholic.net

Santos

¿De dónde viene la costumbre particular, de pedir a San Blas la cura de las enfermedades de la garganta?
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febrero 4, 2022

Vida de San Blas .

Este día recordamos la vida de San Blas, venerado desde Oriente hasta Occidente, que nació en Armenia, en el siglo III, fue médico y obispo en Sebaste. Como doctor, usaba sus conocimientos para rescatar la salud, no sólo del cuerpo, sino también del alma, pues se ocupaba de la evangelización de sus pacientes.

Cuando las persecuciones comenzaron bajo el Emperador Diocleciano (284 – 305). San Blas huyó a una caverna donde cuidó algunos animales salvajes.
 

Un día, los soldados de Agrícola, gobernador de Capadocia, buscaban fieras y bestias en los campos de Sebaste, para martirizar a los cristianos en la arena, y se encontraron a muchos animales feroces de todas las especies: leones, osos, tigres, hienas, lobos y gorilas conviviendo en la mayor armonía.

Mirando estupefactos y asombrados, se preguntaban que era lo que ocurría, cuando de una negra gruta surgió, de la oscuridad a la luz, un hombre caminando entre las fieras, levantando la mano, como bendiciéndolas. Tranquilas y en orden regresaron para sus cuevas y lugares de donde vinieron.

Un enorme león de melena rubia permaneció en el lugar. Los soldados muertos de miedo, lo vieron levantar una pata y poco después, San Blas se aproximó para extraerle una astilla que tenía clavada. El animal, tranquilo, se fue.

Al enterarse del hecho, el gobernador Agrícola ordenó capturar al hombre de la caverna. Blas fue puesto preso sin la menor resistencia.

Al no conseguir doblegar al santo anciano, que rechazó adorar a los ídolos paganos, Agrícola ordenó castigarlo con latigazos y que después lo encerrasen en la más negra y húmeda de las mazmorras.

En varias ocasiones el santo fue llevado delante de Agrícola, pero siempre perseveraba en la fe de Jesucristo. En represalia era torturado.

Movido por su fidelidad y amor a Nuestro Señor Jesucristo, San Blas curaba y bendecía.

Siete mujeres que cuidaron sus heridas – provocadas por los suplicios de Agrícola – fueron también castigadas. Después el gobernador fue informado que ellas habían lanzado sus ídolos al fondo de un lago cercano, y mandó matarlas.

San Blas fue torturado con hierros candentes y después fue decapitado.

san blas

Origen de la bendición de San Blás

Una pobre mujer, afligida y desconsolada, rompió como pudo por medio de la muchedumbre, y llena de confianza se arrojó a los pies del santo, presentándole a un hijo suyo que estaba agonizando por una espina que se le había atravesado en la garganta, y sin remedio humano le ahogaba.

Compadecido el piadoso obispo del triste estado del hijo y del dolor de la madre, levantó los ojos y las manos al cielo, haciendo esta fervorosa oración:

San Blas

«Señor mío, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, dignaos oír la humilde petición de vuestro siervo y restituid a este niño la salud, para que conozca todo el mundo que sólo Vos sois el Señor de la muerte y de la vida.

Y pues Vos sois el Dueño soberano de todos, misericordiosamente liberal para con todos cuantos invocan vuestro santo nombre, humildemente os suplico que todos los que en adelante recurrieren a mí para conseguir de Vos, por la intercesión de vuestro siervo, la curación de semejantes dolencias, experimenten el efecto de su confianza y sean benignamente oídos y favorablemente despachados».

Apenas acabó el santo su oración, cuando el muchacho arrojó la espina y quedó del todo sano. Éste es el origen de la particular devoción que se tiene a San Blas en todos los males de garganta.

San Blas un ejemplo para de santidad.

Blás, brasa, llama de amor de Dios, de la fe, de amor al prójimo. La vida heroica de San Blas es un estimulo para que mantengamos también en nuestras almas encendida la brasa de la fe, que en medio de las tinieblas siempre arda el celo, fidelidad y valentía en favor del bien.

Sus reliquias se encuentran en Brunswick, Mainz, Lubeck, Trier y Colonia en Alemania. En Francia en Paray-le-Monial. En Dubrovnik en la antigua Yugoslavia y en Roma, Tarento y Milán en Italia.

Oración a San Blas

Oh! Grandioso San Blas, acudo ante ti como médico por excelencia para que me des tu intercesión Divino San Blas, obispo y mártir, para que Dios me libre de las dolencias de la garganta que estoy padeciendo en estos momentos y me cuide y libere de cualquier otro mal. En el Nombre de nuestro Señor Jesucristo que vive y reina en todos nosotros. Amén.

Santos

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septiembre 12, 2021

La vida de San Martín de Porres se ubica en las vastedades del Nuevo Mundo deslumbraron al hombre europeo en el lejano amanecer del siglo XVI. Tierras fértiles, abundantes riquezas naturales y la esperanza de un futuro prometedor se convirtieron en poco tiempo en una irresistible atracción para los hidalgos ibéricos, que veían en las Américas una oportunidad de expandir la Iglesia de Dios, los dominios de su rey y abrillantar el honor de su linaje.

El entusiasmo que los animaba no carecía de fundamento, porque Dios parecía sonreír a los bravos expedicionarios, soplando viento favorable en las velas de sus frágiles embarcaciones y coronando de éxito temerarias empresas, movidas en muchas ocasiones por el deseo de conquistar almas para Cristo, aunque otras veces también por motivos mucho menos elevados.

¿Qué les había reservado la Providencia a esas interminables tierras, habitadas por pueblos de muy diversa índole? ¿Qué deseaba para esos nativos, ora pacíficos, ora belicosos, ora de temperamento salvaje, ora dotados de cultura y técnicas muy desarrolladas? Algo más elevado que cualquier consideración política o sociológica: darles el tesoro de la fe, la Celebración Eucarística, la gracia santificante infundida a través de los sacramentos.

Fruto de la heroica acción de los misioneros, enseguida empezaron a surgir en el Nuevo Continente los santos más ilustres, que con el buen olor de Cristo perfumaban los recientes dominios y en éstos esparcían las semillas del Reino mediante la oración y el apostolado. Pensemos, por ejemplo en la Lima del siglo XVI. En ella convivían Santa Rosa, terciaria dominica y hoy patrona de América Latina; San Juan Macías, incansable evangelizador; o aquel modelo de Pastor que fuera Santo Toribio de Mogrovejo.

San Juan MacíasSanta Rosa de LimaSanto Toribio de Mogrovejo

Contemporáneo de todos ellos, superándolos en el don de los milagros y en manifestaciones sobrenaturales, en el convento del Santísimo Rosario —conocido hoy día por el de Santo Domingo— brilló un humilde hermano lego llamado Martín de Porres. “Una mezcla de hidalgo  y de hombre del pueblo, sus esplendentes virtudes contribuyeron a conferirle a la civilización peruana de su tiempo una belleza y una ordenación católicas hasta hoy insuperables”. 

San Martín de Porres - El deseo de servir, a imitación de Cristo.

Nació el 9 de diciembre de 1579 en la floreciente Lima del tiempo colonial, capital del virreinato del Perú, hijo natural de Juan de Porres, caballero español, y Ana Velázquez, panameña libre de origen africano.

Durante su infancia experimentó unas veces las larguezas y exigencias de la vida noble junto a su padre en Guayaquil —que en la actualidad forma parte de Ecuador—, y en otras ocasiones la sencillez y el trabajo con su madre en Lima, sin apegarse a una forma de vida ni protestar por la otra. Pero tanto en una como en otra circunstancia se sentía atraído por la vida de piedad, siendo monaguillo en las Misas parroquiales o pasando noches en vela rezando de rodillas ante Jesús crucificado.

Con tan sólo 14 años se dirigió al convento de Santo Domingo para hacerle una petición al provincial de la Orden de los Predicadores, fray Juan de Lorenzana. ¿Qué desearía al llamar a la puerta de esa casa de Dios? Hacerse un siervo de los frailes, en calidad de “donado”, como les denominaban por entonces a los que se dedicaban a las tareas domésticas y se hospedaban en las dependencias de los dominicos. El superior, que discernió en él un auténtico llamamiento, lo recibió gustosamente.

En adelante sus funciones serían barrer salones y claustros, la enfermería, el coro y la iglesia de la gran propiedad que albergaba alrededor de doscientos religiosos, entre novicios, hermanos legos y doctos sacerdotes. A fray Martín no le avergonzaba de ninguna manera tal condición. La visión sobrenatural que tenía de las cosas le hacía entender correctamente la gloria que existe en servir, a imitación de Jesucristo, que se encarnó para darnos ejemplo de completa sumisión.

Tras dos años en el ejercicio de esas arduas tareas, vinculado a la comunidad únicamente como terciario, un día un hermano le comunica que debía ir a la portería. Le estaban esperando el superior y su padre, que quería reencontrarse con su hijo después de un largo período de ausencia al servicio del virrey en Panamá. El hidalgo manifestó su disgusto al ver que su hijo ocupaba un puesto tan humilde y exigió al provincial que lo promoviera por lo menos a hermano lego. El prior accedió, pero los ojos de fray Martín, en vez de iluminarse de contento, se humedecieron de lágrimas. Era su humildad la que estaba alzando la voz, llevándolo a implorar a su superior que no lo privase de la alegría de poder dedicarse a la comunidad como venía haciéndolo hasta entonces.

La vocación de San Martín de remediar los males ajenos

El 2 de junio de 1603 hacía la profesión solemne de los votos religiosos. Además de las funciones de campanero, barbero y ropero, recibió el encargo de la enfermería. Aquí ejercía, a falta de médico, el oficio de cirujano, cuyos conocimientos básicos había aprendido antes de entrar en el convento.

Fray Juan de LorenzanaClaustro del convento en la actualidad

Sus certeros diagnósticos sobre el verdadero estado de los pacientes pronto empezaron a comprobarse mediante los hechos, a menudo en contra de las apariencias. Por ejemplo, a un enfermo al que todos lo consideraban al borde de la muerte le anuncia que en esa ocasión no va a morir; y, en efecto, unos días después ya está curado. Otra vez, al ver a fray Lorenzo de Pareja andando por el claustro, se le acerca para comunicarle que en breve va a dejar su cuerpo mortal y éste sale en busca de un sacerdote para que le administre los sacramentos. Instantes después de recibirlos el fraile expira en su cama.

Las numerosas curaciones milagrosas que realiza hacen que su fama sobrepase los muros del convento. Pequeños y grandes, españoles e indígenas, ricos y pobres van a pedirle auxilio al santo enfermero.

Así empieza a manifestarse la vocación de Martín que “parece haber sido la de remediar los males ajenos”, sin escatimar esfuerzos para darles buen ejemplo, bienestar físico y espiritual en el ejercicio de sus funciones.

“Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias, estando persuadido de que era digno de mayores penas por sus pecados; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; asistía complaciente a los enfermos; proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad”.

Frecuentes manifestaciones sobrenaturales.

¿De dónde venían esas cualidades inusuales? Sin duda, de una intensa espiritualidad, porque “una vida como la de Martín, consagrada por entero al servicio de los demás, con perfecto olvido de sí mismo, no se explica sin una intensa vida interior, sin el acicate de la caridad, que […] aun abrumada por la fatiga, no llega a sentir el cansancio”.

Una noche, cuando ya era bien tarde, el cirujano Marcelo Rivera, huésped del convento, lo andaba buscando y no conseguía dar con él; le pregunta a uno, le pregunta a otro, pero nadie lo ha visto. Por fin, lo encuentra en la sala capitular “suspenso en el aire y puesto en cruz. Y tenía sus manos pegadas a las de un santo Cristo crucificado, que está en un altar. Y todo el cuerpo tenía así mismo pegado al del santo Crucifijo como que le abrazaba. Estaba elevado del suelo más de tres varas”.

Innumerables testigos presenciaron episodios similares. Así, por ejemplo, una noche en la que pocos conseguían conciliar el sueño en el edificio del noviciado, a causa de una epidemia que había dejado a la mayoría de los frailes en cama con fiebres muy altas, se oye en una de las celdas:

– Oh fray Martín, ¡quién me diera una camisa para mudarme!

Era fray Vicente que se revolvía en su lecho entre los sudores de la fiebre y llamaba al enfermero, pero sin esperanzas de que fuera atendido, pues las puertas de aquel edificio ya se habían cerrado y fray Martín vivía fuera del mismo. Pero apenas había terminado de hablar cuando ve al hermano enfermero a su lado y que le está llevando lo que le había pedido. Sorprendido, le pregunta por dónde había entrado.

– Callad y no os metáis en eso —le responde con bondad fray Martín mientras con el dedo le indica silencio.

No muy lejos de ahí el maestro de novicios, fray Andrés de Lisón, oye la voz de fray Martín y se pone en el pasillo para comprobar por donde había entrado. El tiempo corre y no pasa nada. Entonces resuelve abrir la puerta del enfermo: estaba a solas y dormía profundamente… La admiración se extendió por todo el convento.

Los frailes Francisco Velasco, Juan de Requena y Juan de Guía también recibieron visitas análogas. En otra ocasión, un fraile que velaba de noche en el claustro vio una gran luz y mirando qué era aquello vio a fray Martín que pasaba volando envuelto en esa luz.

Una madrugada, como de costumbre, al toque de la campana toda la comunidad se reúne en la iglesia para cantar Maitines. De pronto, una claridad procedente del fondo ilumina todo el recinto sagrado. Los religiosos se vuelven para atrás y descubren el foco de tan intensa luminosidad: el rostro de fray Martín que había ido a ayudar al sacristán y allí estaba oyendo el canto sacro.

«Dios sea bendito que toma tan vil instrumento»

Episodios como éstos ocurrían en cantidad y se volvían públicos y notorios. Poco a poco la fama del santo se difundió por toda Lima, llegando incluso hasta el virrey y el arzobispo. Sin embargo, nada de eso perturbó su humildad. De ninguna manera consintió perder la convivencia con lo sobrenatural volviéndose hacia sí mismo para disfrutar una gloria humana que pasa “como un sueño mañanero” (Sal 89, 5).

En una ocasión fue a visitar a la esposa de su antiguo maestro barbero, la cual padecía una enfermedad grave. Ésta lo invita a sentarse a los pies de su cama y entonces con disimulo estiró el brazo hasta tocar con su mano el manto del santo. En ese mismo instante se sintió curada y exclamó llena de asombro:

– ¡Ay, padre fray Martín, qué gran siervo de Dios es: pues hasta su vestidura tiene gran virtud! Con la astucia propia a la humildad, el santo le respondió: 

– ALa mano de Dios anda por aquí señora. Él lo ha hecho y el hábito de nuestro Padre Santo Domingo. Dios sea bendito que toma tan vil instrumento para tan grande maravilla y no pierde su valor y devoción el hábito de nuestro Padre, por vestirle tan grande pecador como soy yo.

"No soy digno de estar en la casa de Dios"

Otro hecho, esta vez dentro de los muros del convento, da testimonio de la mansedumbre de fray Martín para soportar las flaquezas que a menudo sus hermanos de hábito manifestaban, y que él las sufría con excepcional cordura, asumiéndolas como merecidas y útiles para la expiación de sus pecados. Sucedió que un anciano religioso encamado pidió que fueran a buscarlo a la enfermería, pero como fray Martín se encontraba ocupado en  un asunto urgente, tardó en llegar. Mientras los minutos iban transcurriendo el enfermo se llenó de impaciencia y empezó a bramar contra el santo, diciendo toda clase de injurias, exteriorizando sus quejas sin sentido, fruto del egoísmo.Tan pronto como acudió le pidió disculpas, pero tuvo que oír una nueva catilinaria, esta vez dicha en voz alta, de modo que los demás frailes también lo escucharon. Preocupados, algunos hermanos se acercaron y uno de ellos al ver a fray Martín arrodillado ante el enfermo preguntó qué estaba pasando.- Padre —contestó el humilde Hermano—, tomar ceniza sin ser miércoles de ella. Este padre me ha dado con el polvo de mi bajeza y me ha puesto la ceniza de mis culpas en la frente y yo, agradecido a tan importante recuerdo, no le beso las manos, porque no soy digno de poner en ellas mis labios, pero me quedo a sus pies de sacerdote. Y créanme que este día ha sido para mí de provecho porque he caído en la cuenta de que no soy digno de estar en la casa de Dios y entre sus siervos.7Durante una etapa de privaciones por las que pasaba la comunidad, el padre prior se encontraba muy afligido al no poder disponer de la cantidad necesaria para hacer frente a las deudas de la casa, que eran numerosas. Entonces fray Martín le preguntó si no quería venderlo como esclavo, porque debería costar un precio considerable y se sentiría muy honrado por haber sido útil al convento.El sacerdote, conmovido con esa heroica actitud de amor a su Orden, le respondió:- Dios se lo pague Hermano Martín, pero el Señor que lo ha traído aquí se encargará del remedio.

El camino que Cristo nos enseña.

La vida del desprendido hermano transcurría serena, consumiéndose en prolongadas vigilias de oración ante el crucifijo y en servicios aparentemente muy comunes, pero siempre realizados con la intención de glorificar a Dios y con frecuencia  coronados con milagros. Faltaba un mes para que cumpliera los 60 años y una fiebre violenta y continuos desmayos le obligan a mantener reposo. Todo parecía indicar que se acercaba el fin de su estado de prueba.

La noticia corrió como pólvora por toda la ciudad y su celda enseguida se convirtió en objeto de continua peregrinación. Esa misma noche entró en agonía. Los que estaban allí lo veían debatiéndose con gestos violentos y apretando el crucifijo contra su pecho increpando al maligno:

– ¡Quita maldito! ¡Vete de aquí, que no me han de vencer tus amenazas!

9 Días después, el 3 de noviembre de 1639, ante sus hermanos de vocación que rezaban el Credo a su lado, nacía San Martín de Porres a la verdadera vida, dejando detrás de sí un rastro luminoso que aún hoy suscita la veneración de numerosos fieles.

“Este santo varón, que con su ejemplo de virtud atrajo a tantos a la religión, ahora también, a los tres siglos de su muerte, de una manera admirable, hace elevar nuestros pensamientos hacia el Cielo”, recordaba el Papa Juan XXIII cuando lo canonizó. Porque, con el ejemplo de su vida, había demostrado que es posible conseguir la santidad por el camino que Cristo enseña: amando a Dios, en primer lugar, de todo corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y, en segundo lugar, amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Hna. Maria Teresa Ribeiro Matos, EP

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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