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Misiones

Misa por Navidad – Vicealcadía de Cuenca

Por ocasión de la Navidad, en la Vicealcaldía de la ciudad de Cuenca se celebró una Misa Solemne

El Padre Marlon Jiménez, de los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen, celebró una Misa solemne, por ocasión de la Navidad, en la Vicealcaldía de la ciudad de Cuenca con la presencia del señor Alcalde, Ing. Pedro Palacios, y del Vicealcalde, Arq. Pablo Burbano y demás miembros de la alcaldía; los hermanos de la comunidad colaboraron con la animación litúrgica y en el ceremonial de la Eucaristía.

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Misiones

diciembre 13, 2021

Los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen ayudaron al P. Juan Miguel Cajamarca, párroco, en las Misas de este Primer Domingo de Adviento en la parroquia de San Juan Bautista de Sangolquí. El coro y banda de los Caballeros de la Virgen animaron la liturgia en las 8 eucaristías. La imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María fue especialmente homenajeada con el acto de coronación en cada celebración. El padre Mauricio Galarza E.P. también colaboró en confesiones y en la celebración de una Misa. Los fieles devotos quedaron muy contentos con la visita de Nuestra Señora de Fátima.

Espiritualidad

La historia del festivo árbol comienza en los densos bosques de Alemania, en el siglo VIII.

diciembre 26, 2021

La historia del festivo árbol comienza en los densos bosques de Alemania, en el siglo VIII. El gran San Bonifacio, obispo y apóstol de aquellas tierras, había estado atrayendo un buen número de tribus paganas al rebaño de Jesucristo. Pero su labor no era fácil. A veces, los conversos, cuya fe todavía era vacilante, recaían en las perversas costumbres de sus antepasados.

En cierta ocasión, Bonifacio tuvo que realizar un largo viaje a Roma, donde fuera para pedir consejo al Papa Gregorio II. Meses después, al volver a la región del Bajo Hesse, sorprendió horrorizado a algunos nativos que estaban a punto de realizar uno de los holocaustos humanos exigidos por la religión primitiva. Liberando a los nueve niños que iban a ser víctimas, el celoso obispo quiso entonces dar un testimonio público de lo impotentes que son los falsos dioses delante del Cordero de Dios.

San Bonifacio y el dios Thor.

Mandó talar un enorme roble de Thor, bajo el que se iba a realizar el sangriento sacrificio. Los sacerdotes paganos le amenazaron con ser fulminado por los rayos del dios del trueno. Sin embargo, derrumbado el árbol, nada sucedió, para humillación de los paganos.

Los relapsos se arrepintieron entonces, y muchos idólatras pidieron el sacramento del bautismo. La caída del árbol de Thor representó la caída del paganismo en aquellas regiones.

Los germanos, ya pacificados y convertidos, adoptaron entonces el pino como símbolo cristiano. Él siempre apunta al cielo y su ramaje eternamente verde nos recuerda Aquél que nos concedió la vida eterna. Bajo sus ramas ya no hay ofrendas crue les, sino los regalos en honra de Cristo recién nacido.

El Árbol de Navidad Hoy...

Años y años más tarde, el árbol de Navidad traspuso las fronteras de Alemania. En los siglos XVIII y XIX se hizo habitual entre la nobleza europea, alcanzando las cortes de Austria, Francia e Inglaterra, hasta la lejana Rusia. De los palacios se extendió al pueblo de Europa, y, por fin, en los días de hoy, lo encontramos por todo el orbe.

(Revista Heraldos del Evangelio, Dic./2007, No. 72)

María Santísima

Soy María del Buen Suceso, la Reina del Cielo y de la tierra. Vengo a consolar tu corazón afligido.

abril 18, 2022

Medianoche. En el Real Monasterio de la Inmaculada Concepción, de Quito, el silencio fue roto por las doce campanadas del reloj que indicaba el comienzo del día 2 de febrero de 1594. Poco después entraba en la capilla la joven priora, la Madre Mariana de Jesús Torres.

Con el corazón repleto de amarguras, había ido a implorarle al divino Redentor que por intercesión de su bendita Madre solucionara los problemas que dificultaban la evangelización de aquellas tierras: los malos ejemplos que daban algunos sacerdotes y religiosos indignos, los injustificables desmanes de las autoridades eclesiásticas y civiles, agravado todo ello por manifestaciones de desobediencia en su propio convento. Prosternada con la frente en el duro suelo de piedra, oraba con fervor cuando una dulce voz interrumpió sus plegarias llamándola por su nombre:

Mariana de Jesus Torres

Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa

—Mariana, hija mía.

Se levantó rápidamente y vio delante de ella a una bellísima Señora, resplandeciente de luz, que tenía en su mano izquierda al Niño Jesús y en la derecha un báculo todo de oro pulido, adornado con piedras preciosas.

—Hermosa Señora, ¿quién sois y qué queréis? —le preguntó, rebosante de felicidad.

—Soy María del Buen Suceso, la Reina del Cielo y de la tierra. Vengo a consolar tu corazón afligido. Empuño en el brazo derecho el báculo que ves, porque quiero gobernar este mi monasterio como Priora y Madre.

Duró cerca de dos horas el coloquio de la humilde monja con la celestial Visitante. Cuando ésta se retiró, tan sólo la tenue luz del candil iluminaba la capilla, pero la Madre Mariana se sentía tan fortalecida como deseosa de luchar y sufrir por amor a Nuestro Señor Jesucristo.

“Es voluntad de mi Hijo que mandes ejecutar una estatua mía”

¡Y no le faltaron sufrimientos y pruebas! Cinco años después, la madrugada del 16 de enero de 1599, se le apareció de nuevo la Santísima Virgen para reconfortarla. Le comunicó los designios de Dios en relación con aquel monasterio, le hizo proféticas revelaciones acerca del futuro de Ecuador y de las persecuciones que allí sufrirían las comunidades religiosas, y agregó:

—Por eso es voluntad de mi Hijo Santísimo que tú misma mandes ejecutar una estatua mía, tal como me ves, y la coloques sobre la cátedra de la priora para que yo desde ahí gobierne mi monasterio, poniendo en mi mano derecha el báculo y las llaves de la clausura en señal de propiedad y autoridad. A mi divino Niño lo harás colocar en mi mano izquierda: primero, para que los mortales entiendan que soy poderosa para aplacar la justicia divina y alcanzar piedad y perdón a toda alma pecadora que a mí acuda con corazón contrito; y segundo, para que mis hijas comprendan que les muestro y les doy como modelo de su perfección religiosa a mi Hijo Santísimo; vengan ellas a mí para que yo les conduzca a Él.

Mariana Francisca de Jesús Torres y Berriochoa

“Ningún otro escultor será digno de esta gracia”

La religiosa ponderó con timidez:

Linda Señora, vuestra hermosura me encanta. ¡Oh, si me fuera dado dejar la tierra ingrata para elevarme con Vos al Cielo! Mas permitidme que os haga saber que ninguna persona humana, por más entendida que fuese en el arte de la escultura, podrá trabajar en madera vuestra encantadora imagen, tal como me pedís. Enviad para esto a mi Seráfico Padre a fin de que él labre esta obra en madera escogida, teniendo como oficiales a los ángeles del Cielo, porque no sabría explicar ni menos podría saber y dar la estatura de vuestra talla.

Nada te atemorice, hija mía — contestó la Virgen—, atenderé tu petición. En cuanto a mi altura mídela tú misma con el cordón seráfico que traes a tu cintura.

La joven priora hizo una reverente objeción:

—Hermosa Señora, mi Madre querida, ¿atreverme yo a tocar vuestra frente divina, cuando los espíritus angélicos pueden hacerlo? Vos sois el arca viva de la alianza entre los pobres mortales y Dios; y si Osa cayó muerto sólo por el hecho de haber tocado el Arca santa para evitar que cayese al suelo [cf. 2 Sam 6, 6-7], cuán-to más yo, mujer pobre y débil…

—Me alegra tu humilde temor y veo el amor ardiente a tu Madre del Cielo que te habla; trae y pon en mi mano derecha tu cordón y tú con la otra extremidad toca mis pies.
Temblando de júbilo, de amor y reverencia, la religiosa hizo lo que María Santísima le ordenaba, y ésta prosiguió:

—Aquí tienes, hija mía, la medida de tu Madre del Cielo; entrégala a mi siervo Francisco del Castillo, explicándole mis facciones y mi postura. Él trabajará exteriormente mi imagen porque es de conciencia delicada y observa escrupulosamente los Mandamientos de Dios y de la Iglesia; ningún otro escultor será digno de esta gracia. Tú ayúdalo con tus oraciones y con tu humilde sufrimiento.

“Recurriendo a mí, aplacarán la ira divina”

En otra aparición, en la misma hora de las anteriores, es decir, poco después de las doce campanadas de la medianoche, la Virgen Madre de Dios prenunció una época calamitosa para la Iglesia en Ecuador, tiempos en los que casi no se encontraría inocencia en los niños, ni pudor en las mujeres, y añadió:

—Con todo esto sufrirán tus sucesoras; ellas aplacarán la ira divina recurriendo a mí bajo la advocación del Buen Suceso, cuya imagen pido y mando que hagas ejecutar para consuelo y sustento de mi monasterio y de los fieles de ese tiempo. Esta devoción será el pararrayo colocado entre la justicia divina y el mundo prevaricador. Hoy mismo, cuando amanezca, irás a hablar con el obispo y le dirás que yo te pido que mandes esculpir mi imagen para que sea colocada a la cabeza de mi comunidad, a fin de tomar posesión completa de aquello que por tantos títulos me pertenece. Él deberá consagrar mi imagen con el sagrado óleo y le pondrá el nombre de María del Buen Suceso de la Purificación o Candelaria.

E insistió:

—Ahora es preciso que mandes ejecutar con presteza mi santa imagen, tal cual me ves, y te apresures a colocarla en el lugar que te indiqué.

“La perfección de la obra corre por mi cuenta”

La humilde religiosa repitió la misma tímida objeción que había hecho cinco años antes:

—Bella Señora y Madre querida de mi alma, la imperceptible hormiguita que tenéis ante vuestra presencia, no podrá referir al artista ninguna de vuestras bellas facciones, vuestra hermosura, ni vuestra estatura; no tengo palabras para explicarlo, y no hay nadie en la tierra capaz de hacer la obra que me solicitáis.

—Nada de esto te preocupe, hija querida. La perfección de la obra corre por mi cuenta. Gabriel, Miguel y Rafael tomarán a su cargo secretamente la fabricación de mi imagen. Deberás llamar a Francisco del Castillo, que entiende de arte, para darle una sucinta descripción de mis facciones, exactamente como me viste, pues con esta finalidad me aparecí tantas veces a ti.

Y por segunda vez la Virgen Santa le ordenó que midiera su altura:

—En cuanto a mi estatura, trae acá el cordón que te ciñe y mídeme sin temor, pues a una Madre como yo le agrada la confianza respetuosa y la humildad de sus hijas.

—Reina del Cielo y Madre querida, aquí tienes la cuerda para mediros. ¿Quién la sostendrá en vuestra hermosa frente, adornada por esa linda corona, con la que la Santísima Trinidad os coronó? Yo no me atrevo, ni podría alcanzar vuestra altura por mi pequeña estatura.

—Hija querida, pon en mis manos una de las puntas de tu cuerda y yo la colocaré en mi frente, y tú aplicarás la otra a mi pie derecho.

Nuestra Señora tomó una de las extremidades del cordón y la puso en su frente, dejando a la extasiada monja que hiciera otro tanto en el pie derecho. El cordón era un poco corto, pero se estiró milagrosamente, como elástico, hasta alcanzar la estatura de la celestial Dama.

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

Facciones semejantes a las de la Madre que está en el Cielo

“Hoy mismo, cuando amanezca, irás a hablar con el obispo”, le había mandado la Virgen Santísima a la Madre Mariana. No obstante, previendo diversos obstáculos iba atrasando el cumplimiento de la orden recibida. Doce días después se le apareció de nuevo, resplandeciente de luz como siempre, pero esta vez silenciosa y mirándola con amable severidad.

Tras oír una maternal advertencia, seguida de explicaciones que deshicieron todos sus temores, respondió la religiosa:

—Bella Señora, justa es vuestra reprensión. Os pido perdón y misericordia, y prometo enmendarme. Hoy mismo hablaré con el obispo para comenzar la ejecución de vuestra imagen.

De hecho, ese mismo día expuso a Mons. Salvador de Ribera la orden recibida de la Reina del Cielo. Él oyó con atención el relato de la santa priora, puso a prueba su objetividad, por medio de muchas preguntas capciosas, y, por fin, dio su aprobación al proyecto; se comprometió incluso a ayudar en todo lo necesario para su pronta realización.

Entonces la Madre Mariana se apresuró a contratar al escultor Francisco del Castillo:

Sabiendo que usted es ante todo un buen católico y después hábil escultor, quiero confiarle una obra muy especial que requiere un aplicado esmero: esculpir una imagen de la Virgen María, la cual deberá tener facciones celestiales, semejantes a las de Nuestra Madre Santísima que está en el Cielo en cuerpo y alma; yo le daré la medida, pues tendrá la estatura exacta de nuestra celestial Reina.

Francisco del Castillo recibió esa incumbencia como una insigne gracia de Nuestra Señora y rechazó categóricamente cualquier pago por sus servicios. Dedicó varios días buscando en Quito y en los alrededores la mejor madera, y enseguida se puso manos a la obra. Trabajaba con tanto amor, y sentía tamaña consolación que no conseguía contener las lágrimas.

Pronto surgieron bienhechores para las tres importantes piezas de orfebrería: las llaves, la corona y el báculo. A petición de las monjas, el escultor realizó todo el servicio no en su taller, sino en el coro alto del monasterio.

Sor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorSor mariana de Jesus Torres mide la altura de Ntra Sra - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador
Imagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorImagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador
magen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuadormagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador
Imagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, EcuadorImagen de Nuestra Senora del Buen Suceso - Real Convento de la Inmaculada Concepcion - Quito, Ecuador

De su rostro salían rayos de luz

Se había fijado para el día 2 de febrero de 1611 la solemne bendición litúrgica de la imagen sagrada. Tres semanas antes de ese plazo, faltaba solamente un “pequeño” detalle: darle al rostro un colorido digno de la cara de la Santa Virgen de las vírgenes. Decidió el maestro Del Castillo hacer una última pesquisa en busca de las mejores tintas; marchó con ese objetivo, y prometió estar de vuelta el 16 de enero para ejecutar la delicada operación, de lejos la más importante de sus obras.

Grande era la expectativa de las religiosas cuando, al amanecer del día 16 se dirigían a la capilla para, como de costumbre, alabar a Nuestra Señora con el canto del Pequeño Oficio. Al acercarse al coro alto comenzaron a escuchar melodiosas armonías que las dejaron llenas de emoción. Entraron presurosas y… ¡oh prodigio!, una luz celestial inundaba todo el recinto, en el cual resonaban arrebatadoras voces de ángeles que cantaban el himno Salve Sancta Parens (Dios te Salve, Santa Madre).

Entonces se dieron cuenta del portentoso hecho: la imagen estaba milagrosamente concluida.

Desbordantes de admiración, contemplaban aquel celestial rostro, del que salían rayos de luz que iluminaban toda la iglesia. Aureolada por esa luz vivísima, la fisonomía de la santa imagen se mostraba majestuosa, serena, dulce, amable y atrayente, como invitando a sus hijas a que se acercaran con confianza a darle un filial abrazo de júbilo y de bienvenida. El semblante del Niño Jesús expresaba amor y ternura para con aquellas esposas suyas tan amadas por Él y por su Madre. Ese día todas progresaron en la vida espiritual, y comprendiendo mejor su propia vocación, pasaban a amar más y más a su divino Esposo y se empeñaban en el cumplimiento exacto de la Regla y de las obligaciones particulares.

Autor: Padre Ricardo del Campo, EP

Destacados, Espiritualidad

Después de recibir la sagrada Eucaristía, debemos recogernos a fin de aprovechar mejor las gracias de tan sublime misterio. ¿Cómo compenetrarnos en esos instantes de sublime convivencia con Nuestro Señor Jesucristo?

febrero 20, 2022

Las realidades inferiores siempre reflejan otras superiores. Esa fue la regla que ha regido la creación del incontable número de seres salidos de las manos de Dios, los cuales son, al mismo tiempo, diversos y armónicos entre sí.

Esto sucede, por ejemplo, con la perfecta constitución del organismo humano, que espeja el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia. Esta sagrada institución, pese a ser posterior en el tiempo, constituye el modelo según el cual fue creado nuestro cuerpo. Por así decirlo, Dios pensó primero en lo más importante.

Algo similar también ocurre con la alimentación del hombre.

La convivencia es más importante que la comida.

La vida de todos nosotros es, en gran parte, hecha de rutina. Tal sería que el sueño de la noche, el aseo personal, el caminar y todo lo que realizamos diariamente constituyera una novedad…

También la alimentación forma parte de lo cotidiano. Sin embargo, hay gran diferencia entre la comida de un día corriente y un banquete festivo. En las ocasiones especiales, el esmero en la preparación es indispensable. Imaginemos una conmemoración importante, como la cena de Navidad, el cumpleaños de un familiar o cualquier otra efeméride. Se planea todo con antelación: el lugar de la fiesta, si deberá ser una comida o una cena, el número de invitados, el horario de inicio, el menú con sus distintos platos y bebidas, etc.

En esas ocasiones solemnes, no obstante, hay algo que se aprecia aún más que el manjar y las iguarias puestas a la mesa: es la convivencia entre los comensales, sean parientes o amigos.

Terminada la comida, esa convivencia se vuelve más intensa. ¿Quién no se ha valido nunca del famoso cafelito como excusa para, concluido el postre, prolongar apaciblemente la conversación? Y, en sentido contrario, ¿qué pensar del que se marcha deprisa, nada más haberse alimentado? Difícil será considerar buen amigo a quien no le gusta convivir con los demás y ni siquiera intenta disfrazarlo…

Agradable conversación al término del Banquete.

Por la reversibilidad entre las realidades inmateriales y materiales mencionada arriba, las comidas que saboreamos en esta tierra pueden ayudarnos a comprender mejor ciertos aspectos del Sagrado Banquete que es la Santa Misa.

Así pues, si al término de una cena que compartimos con los otros hombres procuramos el legítimo placer de una agradable conversación, ¿no debemos hacer algo similar después de que el propio Cristo se da a nosotros como alimento?

Pues bien, la acción de gracias después de la comunión es ese momento auge de convivencia en que culmina el Banquete divino. Y debemos preguntarnos: ¿le damos la debida importancia?

Algunos de los inmensos beneficios de la Eucaristía.

Antes de tratar acerca de cómo hacer con fruto la acción de gracias, conviene que recordemos algunos de los inmensos beneficios espirituales que la Santísima Eucaristía nos aporta en la comunión.

En la sagrada hostia recibimos no solamente una gracia enorme, sino al Creador y Fuente de toda gracia. Este es el principal motivo que hace de la Eucaristía el sacramento más excelente: en ella está substancialmente contenido el propio Cristo, mientras que los otros sacramentos no contienen sino una virtud instrumental participada de Cristo.1

Como si esto no bastara, con el Verbo Encarnado —en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad— nos son dados en la Eucaristía el Padre y el Espíritu Santo, a causa del inefable misterio de la pericoresis que los hace inseparables.

De modo que, al comulgar, nos convertimos de hecho en templos vivos de la Beatísima Trinidad. Y de tal manera somos asociados misteriosa y verdaderamente a la vida íntima de las tres Personas divinas, que en nuestra alma el Padre engendra al Hijo unigénito y de ambos procede el Espíritu Santo por el infinito acto de amor mutuo.

Dios nos diviniza y transforma.

Si la santidad consiste en la unión perfecta con Cristo, no cabe duda de que la vida de todo católico debe tener como centro la Eucaristía. Nada hay de más saludable que la comunión de la sagrada hostia. Se trata del más sublime sustento espiritual y, a diferencia de lo que ocurre con el alimento material —asimilado por el cuerpo—, es Cristo quien nos diviniza y transforma en sí mismo cuando recibimos las sagradas especies.

Por este motivo, San Juan Bosco, cuando estudiaba en el seminario, no se contentaba con comulgar sólo los domingos. Se ausentaba con frecuencia del desayuno y se dirigía, a escondidas, a una iglesia contigua. Después de recibir la Eucaristía y hacer la acción de gracias regresaba a tiempo de entrar en clase junto con sus compañeros. En esas ocasiones permanecía en ayunas hasta la comida y, aunque el cuerpo sufriera, su alma se beneficiaba enormemente. Como el mismo declaraba, ese fue el alimento más eficaz de su vocación.

Habiendo dilucidado y recordado algunos de los beneficios que recibimos en la comunión, se hace más fácil entender la importancia de un compenetrado acto de agradecimiento a Dios por la inmensa bondad manifestada al otorgarnos una participación del premio celestial ya en esta tierra.

Pautas para aprovechar esta inefable convivencia.

Después de comulgar el Cuerpo de Cristo debemos reservar un tiempo para la acción de gracias. Aunque sea un momento de mucha seriedad, visto el gran don que recibimos, de ninguna manera se trata de algo pesado o difícil para nuestro espíritu, como se podría pensar. Al contrario, consiste en una expresión de amor y gratitud nacidos de un corazón filial.

Ejemplo de ello nos lo da Santa Gema Galgani que, tras haber comulgado por la mañana temprano —lo cual hacía diariamente—, invertía la mitad del día en acción de gracias por la comunión recibida y la otra mitad para prepararse para la del día siguiente, tal era su devoción por el Santísimo Sacramento.

Ahora bien, tanto los que tienen la costumbre de recibir con frecuencia la Eucaristía, como esta mística italiana, como los que comulgan esporádicamente se beneficiarán al recordar ciertos puntos que hacen disminuir en nuestros corazones el fervor por Jesús Sacramentado.

Especialmente peligroso para los primeros es el espíritu de rutina, que hace estéril ese momento de intensa oración, reduciéndolo a formas preconcebidas. Algunas personas no se quedan tranquilas hasta que no han rezado, a menudo mecánicamente, fórmulas escritas en breviarios.

Para los segundos, la falta de frecuencia a la Eucaristía, a veces porque nos les parece una práctica importante, les puede causar dificultades en saber qué decirle a Dios. Su atención termina siendo llevada por el viento de otras preocupaciones y pensamientos, inevitablemente terrenos…

Las oraciones contenidas en libros piadosos deben ser para nosotros un auxilio y no un fin. Usémoslas en la medida en que nos ayuden a elevar el espíritu, de modo que se vuelvan una «pista de despegue» para que nuestra alma vuele hasta la sublime convivencia con Nuestro Señor Jesucristo.

Un Amigo que desea escucharnos y también hablarnos.

Los instantes que siguen a la comunión deben ser, para nosotros, los más preciosos del día: llenos de seriedad, pero también de sencillez e intimidad.

¿Quién no desea tener un confidente a quien contarle sus problemas y dificultades, alegrías y anhelos? Pues bien, eso sucede durante la acción de gracias: Dios entra en nosotros, como alguien que visita a su mejor amigo. Sólo que ese amigo con el cual conversamos es, ni más ni menos, que Nuestro Señor Jesucristo. Realmente, cuesta imaginar algo superior…

Dios quiere escucharnos, pero también desea que le oigamos. Por eso es necesario mantener el recogimiento a toda costa, tratando de apartar cualquier pensamiento que desvíe nuestra atención.

Sin duda, el demonio intentará servirse de las cosas corrientes para molestarnos y llevarnos a descuidar esa convivencia con lo sobrenatural. Oigamos el consejo de Santa Teresa de Jesús a sus monjas: «No perdáis tan buena sazón de negociar [con Dios] como es la hora después de haber comulgado».

Por cierto, ¿qué hemos de «negociar» si sólo podemos ganar? Cristo está presente en nuestro corazón y nada desea tanto como inundarnos de gracias y bendiciones.

Cuatro actos que ayudan a hacer la acción de gracias

Afirma el P. Antonio Royo Marín que «la mejor manera de dar gracias consiste en identificarse por el amor con el mismo Cristo y ofrecerle al Padre, con todas sus infinitas riquezas, como oblación suavísima por las cuatro finalidades del sacrificio: como adoración, reparación, petición y acción de gracias».

De hecho, muchos autores se valen de esos cuatro puntos —elementos constituyentes del acto de religión o de culto— como base para realizar una completa acción de gracias.

Y, aunque haya fórmulas escritas que auxilian en la meditación de cada uno de ellos, no podemos dejar de lado nuestras propias palabras. Dios desea escucharlas porque son únicas, exclusivas, pues Él creó a cada hombre para que lo amara de una forma específica e irrepetible.

Debo, por tanto, adorarlo por ser Él quien es: el Dios de infinita misericordia y justicia, a quien amo inmensamente. Preciso agradecerle el haber derramado su amor sobre mí al crearme, al concederme la filiación divina por el Bautismo, al vivir en mi interior por la comunión.

Estoy obligado a suplicar el perdón por mis pecados, faltas, ingratitudes y por las veces que le he ofendido; soy merecedor del Infierno, pero tengo fe en su perdón infinito, el cual invoco a fin de que los pecados del mundo sean reparados. Finalmente, cabe pedir todo lo que necesito, las gracias que me hacen falta para mi santificación y para aquellos por quienes tengo la obligación de rezar.

El «secreto» para una buena acción de gracias

Pedir el auxilio y la intercesión de la Virgen al comulgar es, sin duda alguna, el «secreto» para hacer una buena acción de gracias.

¿Quién mejor que Ella sabrá adorar, agradecer y amar a su divino Hijo y pedirle lo que necesitamos? Debemos, pues, recurrir siempre a María Santísima, para que inspire en nuestro interior una forma de acción de gracias enteramente consonante con la realizada por Ella cuando recibió la Eucaristía en el Cenáculo.

Que la propia Madre de Dios consuele, en nuestra alma, a Jesucristo en su Pasión dolorosa, la cual se renueva en cada Misa de manera incruenta. Que Ella nos diga palabras de afecto a la altura de tan digno Huésped y nos haga, por fin, participar de la sublime y eterna convivencia entre el Sagrado Corazón de Jesús y su Inmaculado Corazón, modelo de la perfecta unión de un alma virtuosa con el Santísimo Sacramento en la comunión.

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 65, a. 3.
2 Cf. ROYO MARÍN, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. Madrid: BAC, 2018, p. 453.3 Cf. CERIA, SDB, Eugenio. Don Bosco con Dios. 4.ª ed. Madrid: CCS, 2001, p. 39.
4 Cf. GERMAN DE SAN ESTANISLAO, CP; BASILIO DE SAN PABLO, CP. Santa Gema Galgani. Vida de la primera Santa del siglo XX. 5.ª ed. Madrid: Palabra, 2010, p. 298.
5 SANTA TERESA DE JESÚS. Camino de perfección, c. 34, n.º 10.
6 ROYO MARÍN, op. cit., p. 457.

Hno. Carlos María de Oyarzábal

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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