Misiones

Misas de Consagración a la Virgen María

Miles de personas se consagraron a Jesús por las manos de María. A continuación una breve reseña de las Misas Solemnes.
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«Consagración de sí mismo a Jesucristo la sabiduría encarnada por las manos de María»
 
Los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen promovieron un curso on-line de Consagración a Nuestro Señor Jesucristo por las manos de María Santísima según el tratado de la verdadera devoción a María escrito por el gran santo mariano San Luis Grignion de Montfort.
 
Una vez concluido el curso las personas tuvieron la oportunidad de realizar su consagración en Misas Solemnes celebradas en: Quito, Guayaquil y Cuenca.
 
Las familias y personas que participaron de las Eucaristías quedaron emocionadas y llenas de bendiciones por haber realizado su Consagración a la Santísima Virgen. Es importante señalar que se rezó el Santo Rosario antes de la Misa y además se atendieron Confesiones en las diferentes ceremonias.
 
Si usted fue una de las personas que participó de la Eucaristía presencial, háganos saber en qué ciudad y deje sus comentarios.

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Santos

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septiembre 12, 2021

Teresa de Cepeda y Ahumada nació el 28 de marzo de 1515, en Gotarrendura, provincia de Ávila, en el seno de una familia numerosa de la pequeña nobleza castellana.

Desde muy niña se interesaba por episodios de la vida de los santos, y cuando supo de los hechos de los primeros mártires, pensó que ese camino era una línea derecha al Cielo. Entonces decidió huir con su hermanito Rodrigo a “tierra de moros”, para entregar allí sus vidas en defensa de la fe. Estaban ya bastante lejos de la ciudad cuando un tío suyo consiguió alcanzarlos y devolverlos a casa.

Al haber perdido a su madre con tan sólo 14 años, Teresa se entregó en las manos de la Virgen, tomándola como única Madre.

Santa Teresa ingresa al Carmelo.

A los 20 años ingresó en el monasterio carmelita de la Encarnación, en Ávila —al principio contra la voluntad de su padre—, donde un año después hizo sus votos. Allí vivían casi doscientas religiosas bajo la regla mitigada de la Orden del Carmen. Sor Teresa recibió una espaciosa celda, junto con la libertad de recibir visitas a cualquier hora e ir a la ciudad por el motivo que fuere. Era habitual que las monjas estuvieran horas charlando en el locutorio, convertido en una especie de centro de reuniones sociales.

En el crisol de las probaciones.

Sin embargo, la cruz, elemento esencial de la grandeza, no tardó en presentarse a esa alma escogida. Poco después de su profesión religiosa, su salud se debilitó tanto que su padre, Alonso de Cepeda, consiguió permiso para llevarla al pueblo de Becedas, donde vivía una mujer cuyos tratamientos médicos tenían fama de eficaces.

Durante el viaje, Teresa conoció la oración mental a través del libro Tercer alfabeto espiritual, del P. Francisco de Osuna, sintiéndose invitada a la vida de contemplación.

De regreso a la casa paterna, una contracción muscular fortísima la dejó sin sentido durante casi cuatro días. La habrían enterrado si su padre no se hubiese opuesto. Incluso en esas condiciones, Teresa deseaba volver pronto al convento. Su alma, como la de Job (cf. 2, 10), se encontraba en excelentes disposiciones: “Estaba muy conforme con la voluntad de Dios, aunque me dejase así siempre. Paréceme que toda mi ansia era de sanar para estar a solas en oración como estaba acostumbrada”.

Después de tres años de parálisis, sus oraciones a San José le obtuvieron la curación y a partir de ese momento la devoción al santo Patriarca se volvió primordial en su vida.

La Vida Mística de Santa Teresa

“Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles”, fueron las palabras que oyó Teresa en el primer éxtasis que le concedió la gracia divina. “Desde aquel día yo quedé tan animosa para dejarlo todo por Dios como quien había querido en aquel momento —que no me parece fue más— dejar otra a su sierva”.

Al par de las pruebas, ahora Cristo continuaba hablándole con frecuencia y parecía andar siempre a su lado: “Ninguna vez que me recogiese un poco, o no estuviese muy distraída, podía ignorar que estaba cabe mí”. No era raro, en esas intimidades con Jesús, sentir en su alma el fuego del amor divino.

En más de una ocasión llegó a tener su corazón transverberado por un ángel, dejándole las marcas físicas de una perforación: “Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión: veía un ángel cabe mí […]. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Éste me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarlo, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios”.

Reforma Carmelita

Sobre todo, veía la necesidad de reformar el Carmelo y sentía la llamada de la Providencia para realizar esta misión. Deseaba comunidades que no fueran mero refugio de almas contemplativas, preocupadas en fruir y gozar de la convivencia divina, sino verdaderas antorchas de amor ocupadas en reparar el mal que era hecho a la Iglesia. “Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo. […] No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia”.

Santa Teresa... Ayer y Hoy

Finalmente, con las debidas autorizaciones, el 24 de agosto de 1562 se celebró la primera Misa en el Monasterio de San José, el primogénito de los Carmelos reformados. En la más estricta pobreza y clausura, Teresa se puso a instruir a sus monjas, mostrándoles la fuerza de la vida comunitaria bien llevada, en la obediencia y en la alegría. Siempre les recordaba el principal motivo por el cual habían consagrado sus vidas: “Y si en esto podemos algo con Dios, estando encerradas peleamos por Él, y daré yo por muy bien empleados los trabajos que he pasado por hacer este rincón, adonde también pretendí se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección que se comenzó”.

Transcurridos 450 años de la fundación del primero de esos monasterios, el Papa Benedicto XVI creyó conveniente recordar la coyuntura en la cual vivió la santa mística y cómo aquella situación nos parece familiar. Para el Santo Padre, la reflexión de la santa carmelita permanece muy actual, luminosa e interpelante. “También hoy, como en el siglo XVI, y entre rápidas transformaciones, es preciso que la plegaria confiada sea el alma del apostolado, para que resuene con meridiana claridad y pujante dinamismo el mensaje redentor de Jesucristo.

Desde la Eternidad...

Ese radical modo de vivir atrajo enseguida a muchas jóvenes vocaciones. Cuando Santa Teresa entró en la eternidad, en 1582, había dejado fundados más de veinte monasterios de la rama reformada, femeninos y masculinos. Y como suele ocurrir con los muy llamados, el árbol que ella plantó continuó, tras su muerte, dando inestimables frutos a la Iglesia en los cinco continentes.

Es apremiante que la Palabra de vida vibre en las almas de forma armoniosa, con notas sonoras y atrayentes. […] Siguiendo las huellas de Teresa de Jesús, permitidme que diga a quienes tienen el futuro por delante: Aspirad también vosotros a ser totalmente de Jesús, sólo de Jesús y siempre de Jesús. No temáis decirle a Nuestro Señor, como ella: ‘Vuestra soy, para vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?’ (Poesía 2)”.

Atendiendo al llamamiento divino, Santa Teresa supo identificar con gallardía los objetivos de su vida con los de Dios, pasando a la Historia como “una gran dama, una gran mujer, una gran monja y una gran santa”.27 Por eso, el introito de la Misa votiva canta con propiedad: “Le dio el Señor sabiduría y prudencia en abundancia, y la grandeza de corazón como las arenas de la playa del mar”.

Hna. María Teresa Ribeiro Matos, EP

Oración:

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda,

la paciencia

todo lo alcanza;

quien a Dios tiene

nada le falta.

Solo Dios basta.

Historia y Creación

El órgano tiene la virtud de expresar, aquí en la tierra, las melodías del Paraíso.
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septiembre 12, 2021

La voz humana tiene extraordinaria capacidad de expresar las disposiciones interiores de quien la posee. Así, el grito atronador de un general transmite la fuerza y la valentía que deben caracterizar a un buen comandante e inculca ánimo en los soldados que lo siguen; mientras que en la manera de hablar de una madre transparece los torrentes de afecto que emanan de su corazón, tanto si es para corregir a su hijo como para acariciarlo.

Ahora, ¿qué decir de alguien que tuviera más de cien registros para expresar los diferentes imponderables que pueblan su espíritu, con matices propios a representar cada estado de alma?

Pues bien, el Espíritu Santo, deseoso de aproximar a los hombres a las realidades celestiales, inspiró al ingenio humano la creación de un instrumento musical capaz de hacer resonar la rica y matizada voz de la Santa Iglesia. Conteniendo en sí distintos timbres que permiten un sinfín de armonías y combinaciones de sonidos, el órgano tiene la virtud de expresar, aquí en la tierra, las melodías del Paraíso.

¿Cómo nació ese instrumento? ¿Cuándo fue incorporado a las celebraciones litúrgicas?

Cómo se empezó a utilizar el órgano en la liturgia.

En los primeros tiempos de la Iglesia el uso de instrumentos musicales en la liturgia era visto con reserva, debido a su utilización en los eventos profanos o idolátricos, y lo mismo pasaba con el órgano.

No obstante, en el siglo VII el Papa Vitaliano autorizó el uso de este instrumento en las ceremonias religiosas y en el año 757 el envío de un primitivo órgano al rey Pepino el Breve, de parte del emperador Constantino V, marcó un giro en los acontecimientos. El regalo del monarca bizantino permaneció en la capilla dedicada a San Cornelio, que el rey de los francos, padre de Carlomagno, poseía en Compiègne y cuyo hito los cronistas carolingios lo dejaron bien registrado.

En el siglo siguiente la presencia de órganos ya era común en los templos católicos y en los monasterios.1 Y con el paso del tiempo este instrumento se convirtió en el acompañamiento natural de los cantos litúrgicos. Todas las catedrales y las iglesias de cierto porte empezaron a tener al menos uno.

Hoy día, por la falta de tiempo o de recursos para instalar tan complejo instrumento, se recurre a un teclado electrónico que recree, lo más fielmente posible, el timbre y el ambiente del órgano tradicional.

La «suma de las edades» aplicada a un instrumento.

En el desarrollo humano ocurre un fenómeno curioso, denominado por el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira como la «suma de las edades».2 Cada fase de la vida del hombre tiene características propias y, cuando alguien se desarrolla en armonía con la inocencia, no pierde los aspectos buenos de la edad anterior, sino que los suma a la próxima etapa. Así, con el paso de los años el individuo construye un andamiaje de conocimientos y virtudes que marcan definitivamente su personalidad y la hacen capaz de transmitir a sus semejantes el fruto de esa madurez espiritual. 

Esa expresión del Dr. Plino puede ser aplicada, mutatis mutandis, a uno de los órganos más grandes y famosos de la cristiandad, considerado «el más importante de Francia y, sin duda, el más célebre del mundo»3: el de la catedral de Notre Dame de París.

En el transcurso de los siglos ha ido siendo perfeccionado y ampliado sin perder lo que anteriormente había recibido de bueno, hasta alcanzar una elevada cima en el cumplimiento de su misión: embellecer las ceremonias litúrgicas y ayudar a transmitir las realidades sobrenaturales en el interior de la catedral.

Siglos de crecientes mejoras.

La vida del gran órgano comenzó en el siglo XV. Habiendo recibido del duque de Berry una generosa donación, los canónigos se lo encargaron al fabricante Frédéric Schambantz, en sustitución del anterior, construido en el siglo XIII, que era demasiado pequeño para cubrir las necesidades de la majestuosa catedral.

El 25 de octubre de 1403 finalizó su instalación en lo alto de una tribuna de piedra, encima de la gran puerta oeste. Comprendía aproximadamente seiscientos tubos, así como un teclado con cuarenta y seis notas y un pedalero.

Las atribuciones del nuevo organista, Henri de Saxe, eran precisas: debía garantizar la conservación del instrumento y tocar en veintitrés fiestas durante el año, además de participar en algunos eventos excepcionales, como la coronación del rey Enrique VI, realizada en Notre Dame en 1431.

En 1415 empezaron las primeras reparaciones, que consistieron en la limpieza, revisión y ajuste del instrumento. Frecuentemente, tal mantenimiento era combinado con pequeñas modificaciones por parte de los organeros convocados para dicho fin. Así procedieron Jean Robelin y Nicolás Dabenet en 1463 y 1564, respectivamente.

A principios del siglo XVII, el surgimiento del órgano flamenco, que poseía dos teclados y registros separados, convirtió a su congénere medieval en un instrumento arcaico. Por eso, Valéran de Héman añadió al de Notre Dame un nuevo positivo que duplicaba sus capacidades. Así renovado, fue entregado en 1610, en presencia del nuevo organista titular, Charles Thibault.

En posteriores reformas, hechas sobre todo por el propio Héman y por Alexandre Thierry, fabricante de órganos del rey, el gran órgano de Notre Dame fue ampliado a tres y cuatro teclados, de los cuales el primero, que se remontaba aún al período medieval, fue enriquecido con nuevos registros.

Los vientos de la Ilustración soplan sobre París.

En el siglo XVIII, estando París bajo el aliento de una nueva filosofía, la arquitectura de la catedral sufrió significativos cambios cuyo objetivo era adecuarlos a los vientos de la época.

«Francia había entrado en el siglo de las luces; el coro de la catedral se rehízo en estilo barroco, los arcos de la nave son ocultados por grandes cuadros —los “Mays”—, ofrecidos cada año por la corporación de orfebres, y el capítulo se apresuraba a romper todos los vitrales de la parte superior de la nave para reemplazarlos por vidrieras con rombos blancos: las últimas reminiscencias del estilo medieval debían desaparecer».4

En este contexto, el nuevo organista titular, Antoine Calvière, consiguió que se reconstruyera completamente el instrumento, cuyo trabajo se confió al célebre François Thierry. En lo alto se puso, escondiendo una parte del rosetón, un gran aparador a la moda del tiempo, en estilo Luis XV, y la tribuna fue cerrada por una balaustrada de hierro forjado con adornos en oro. En 1733 el órgano de François Thierry tenía cinco teclados de cincuenta notas y cuarenta y siete registros, siendo considerado durante mucho tiempo el órgano clásico francés más completo.

Al cabo de cincuenta años, el organero François-Henri Clicquot fue llamado a trabajar en el instrumento, que se encontraba bastante deteriorado. Clicquot decidió hacer una expansión general: alargó el aparador, amplió el número de registros y añadió un positif de dos.5

El resultado de esta profunda remodelación fue entregado el 5 de mayo de 1788.

Amenazado, pero no destruido, por la Revolución.

Organo

Durante la Revolución francesa el gran órgano corría el riesgo de ser destruido o vendido, pero la Providencia divina, agradada con sus celestiales armonías, decidió salvar este tan importante elemento del patrimonio histórico simbólico de la Hija Primogénita de la Iglesia.

La catedral de Notre Dame fue profanada y transformada en «templo de la razón», pero el grandioso instrumento permaneció de pie.

Tan sólo algunos ornamentos que recordaban a la monarquía y las flores de lis presentes en la base de las columnas del aparador fueron arrancadas a golpes de hacha.

En el año de 1794, el ciudadano Godinot convocó a algunos organistas para que tocaran el instrumento a fin de evitar su deterioro y uno de ellos, el ciudadano Desprez, afirmó: «La mezcla de registros produce diferentes efectos, cada uno más hermoso que el otro, y forma una orquesta que bien puede servir para acompañar nuestros cantos cívicos, prendiendo los sentimientos de los verdaderos republicanos y también la cólera que le reservamos a los tiranos».6 Por increíble que parezca, ese discurso salvó momentáneamente al instrumento de los ataques revolucionarios…

En marzo de 1795 una nueva amenaza flotaba sobre él. La Convención Nacional exigía la venta de los órganos existentes en las iglesias que pertenecía a la República y en agosto del mismo año el gran órgano de Notre Dame era analizado con ese fin por la comisión temporaria de artes. Sin embargo, ésta lo incluyó en la categoría de los que deberían ser conservados por su enorme importancia.

En la sencillez de esos episodios, se ve claramente la mano de la Providencia protegiendo uno de sus amados tesoros terrenos.

La reforma de Viollet-le-Duc y Cavaillé-Coll.

Habiendo resistido a la tempestad de la Revolución francesa, el gran órgano continúa su historia, singlando ahora el período del Romanticismo.

En 1847, cuando Eugène Viollet-le-Duc7 comenzaba las obras de restauración de la catedral, Eugène Sergent era nombrado organista titular. En esa ocasión, no obstante, el polvo en los tubos, el desgaste del mecanismo, la alimentación defectuosa, la lluvia y el viento que entraban por las ventanas habían inutilizado el valioso instrumento.

A petición de Viollet-le-Duc, Aristide Cavaillé-Coll hizo en 1860 un análisis general del estado en que se encontraba. Y como los gastos en los trabajos de arquitectura absorbían casi todo el montante disponible, Viollet-le-Duc le pidió que lo restaurara usando al máximo el material existente. Se trataba de contar con un instrumento digno de una catedral, pero sin lujos innecesarios.

Rechazado por Viollet-le-Duc su proyecto original, en el que el gabinete del positif de dos se mantenía, Cavaillé-Coll optó por diseñar un «órgano revolucionario»8 que rehacía completamente, según su propia concepción, la disposición interna del instrumento.

El gran órgano de Notre Dame pasó a contar con ochenta y seis registros, repartidos en cinco teclados de cincuenta y seis notas y un pedalero de treinta notas. La conclusión de la obra se dio en diciembre de 1867, permitiendo que el órgano fuera tocado la noche de Navidad, pero su inauguración sólo ocurrió el 6 de marzo de 1868.

En la ocasión Mons. Georges Darboy, arzobispo de París, bendijo el nuevo instrumento, mientras un miembro del coro lo aspergía con agua bendita desde lo alto de la tribuna. Varios organistas famosos estaban presentes.

Configuración del órgano contemporáneo.

Una restauración concluida en 1992 incorporó elementos electrónicos al gran órgano. Fue bendecido por el cardenal Jean-Marie Lustigier, arzobispo de París, e inaugurado en diciembre. Se organizó una serie de conciertos, que congregarían a 50 000 personas en el período de una semana.

Las añadiduras que modernizaron la «voz» de Notre Dame no le hicieron perder su nobleza y originalidad. Las bendiciones que marcaron siglos de ceremonias cargadas por la tradición lo impregnaron de tal manera que sus tubos, ahora mecanizados e informatizados, continuaban haciendo resonar su sonido casi angélico en el interior de la histórica catedral.

Por fin, para celebrar el Jubileo de Notre Dame de París, en su 850 aniversario, en 2012 pasó por una renovación de su sistema de transmisión y una limpieza general de sus 7952 tubos, número más de diez veces superior a aquel con el cual había sido fabricado.

Signo de predilección por la hija primogénita de la Iglesia.

El gran órgano de Notre Dame es pieza esencial en la vida litúrgica de la célebre catedral. Testigo de siglos de Historia, elemento destacado del patrimonio religioso-cultural del pueblo francés, fue salvado por la Providencia de las catástrofes que la propia catedral tuvo que sufrir. Y ni siquiera las llamas del incendio que recientemente la azotó alcanzaron su estructura.

¿Tal preservación no será un signo de predilección de Dios por Francia, hija primogénita de la Iglesia, a la cual, por así decirlo, él sirve de grandiosa y matizada voz?

El tiempo lo dirá. Pero una cosa es segura: aunque en ciertos momentos la Iglesia parezca que es alcanzada por las peores catástrofes, nunca podrá ser muerta, vencida y ni siquiera silenciada. En la hora en que menos se espera, su voz resurge gloriosa gritando la Verdad por los cuatro rincones de la tierra.

Hno. Jiordano Gabriel Carraro

Notas


1 Cf. RIGHETTI, Mario. Manuale di Storia Liturgica. 3.ª ed. Milano: Àncora, 2005, v. I, p. 695.

2 Cf. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El don de la sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira. Cittá del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2017, v. V, pp. 18-19.

3 LEFEBVRE, Philippe. Les orgues. In: VINGT-TROIS, André (Dir.). La grâce d’une cathédrale. Notre-Dame de Paris. Strasbourg-Paris: La Nuée Bleue; Place des Victoires, 2012, p. 449. Las informaciones históricas sobre el gran órgano contenidas en el presente artículo fueron sacadas de esta obra.

4 LEFEBVRE, op. cit., p. 451.

5 Literalmente: «positivo de espalda». Un órgano de reducidas dimensiones, réplica de los principales registros del órgano mayor, que en el período del barroco constituía un instrumento independiente de éste, situado a la espalda del organista.

6 Ídem, p. 452.

7 Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879), arquitecto, restaurador e historiador francés del siglo XIX, dedicado especialmente a la arquitectura medieval. Reformó numerosos edificios de Francia, pero sobre todo fue célebre por su trabajo en la catedral de Notre Dame de París, donde, junto con Jean-Baptiste-Antoine Lassus, procuró recuperar con la máxima fidelidad el estilo original del templo.

8 LEFEBVRE, op. cit., p. 453.

Destacados, Espiritualidad

¿En qué consisten? ¿Cuáles son sus diferencias con los Sacramentos o con los meros actos de piedad?
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enero 3, 2022

Nuestro día a día está inundado por una multitud de actos, muchas veces sencillos, que santifican las más variadas circunstancias de la vida. Nos alcanzan, por la acción de la Iglesia, abundantes beneficios espirituales e incluso materiales. Para facilitar el bien de nuestras almas, la Iglesia nos deja los sacramentales.

¿Cuántas veces, querido lector, no habrá hecho usted la señal de la cruz, usado el agua bendita o recibido la bendición de algún ministro de Dios? Acciones aparentemente sencillas, tan habituales en el transcurso de la vida cotidiana de un católico, sin duda practicadas en muchas ocasiones movidos por la piedad o la convicción de que eran medios para una unión más íntima con el Señor.

Ahora bien, los gestos mencionados más arriba forman parte de una realidad mucho más profunda y maravillosa: los sacramentales.

¿En qué consisten? ¿Cuáles son sus diferencias con los Sacramentos o con los meros actos de piedad?

Santificación de las circunstancias más variadas de la vida cristiana

Los sacramentales son definidos por el Catecismo como “signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los Sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia”. “Comprenden siempre una oración, con frecuencia acompañada de un signo determinado, como la imposición de la mano, la señal de la cruz, la aspersión con agua bendita”.

Más adelante nos detendremos en explicar mejor algunos elementos de esta definición, como la semejanza con los Sacramentos y la fuerza impetratoria de la Iglesia para que consigan sus efectos.

Pero, de momento, prestemos atención al hecho de que “han sido instituidos por la Iglesia en orden a la santificación de ciertos ministerios eclesiales, de ciertos estados de vida, de circunstancias muy variadas de la vida cristiana, así como del uso de cosas útiles al hombre”.

En efecto, en el término sacramental, se incluye una voluminosa cantidad de acciones y cosas, ya que “hay una gama entera de situaciones que afectan a individuos, familias, sociedades y naciones que necesitan la oración de la Iglesia y la bendición de Dios.

Algunas de éstas no son directa e inmediatamente cubiertas por los Sacramentos. Una profesión religiosa, consagración de una virgen, un funeral, la bendición de un nuevo hogar, la dedicación de una iglesia parroquial, son algunos puntos importantes de viraje en la vida del fiel.

La Iglesia y los Sacramentales

La Iglesia los acompaña no sólo con la Eucaristía y los Sacramentos, sino también por la celebración de los sacramentales”.

Ofrecen, entonces, a los fieles bien dispuestos, la posibilidad de santificar casi todos los acontecimientos de la vida por medio de la gracia divina que fluye de los méritos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Hoy en día, explica Vagaggini, “se tiende a reservar la noción de sacramentales a ciertos ritos de la Iglesia que, por sí, no forman parte de la celebración del sacrificio y de la administración de los siete Sacramentos, sino que son de estructura similar a aquella de los Sacramentos y que la Iglesia acostumbra a usar para conseguir con su impetración efectos principalmente espirituales”.

Aunque, de hecho, los sacramentales pueden ser tantos como tantas sean las necesidades de los hombres de cualquier época. “En los fieles bien dispuestos”, enseña el Catecismo, hace que “casi todos los acontecimientos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, de quien reciben su poder todos los Sacramentos y sacramentales, y que todo uso honesto de las cosas materiales pueda estar ordenado a la santificación del hombre y a la alabanza de Dios”.

Tres categorías de Sacramentales.

De esta distinción entre acciones y objetos, emana una primera clasificación de los sacramentales.

Hay algunos que no permanecen, tales como rituales o ceremonias que cesan con la acción misma que los ha constituido. Forman parte de los llamados sacramentales acciones y comprenden las diversas bendiciones invocativas —como las bendiciones nupciales, de los enfermos, de las casas, etcétera— hechas sobre cosas o personas para atraer un auxilio especial o determinados beneficios celestiales; así como también ciertos ritos que acompañan a la administración de los Sacramentos, tales como la imposición de la sal y el Effetá del Bautismo; o los exorcismos, por los que la Iglesia invoca la protección divina para alejar la influencia del demonio.

Otros Sacramentales.

Por otro lado, existen acciones que, siendo sacramentales, también hacen sacramental aquello sobre lo que se aplican. Son, por ejemplo, la dedicación de una iglesia o la consagración de una virgen, por las cuales la Iglesia entrega a Dios y a su culto, de modo permanente, personas o cosas; o las bendiciones constitutivas, cuya ejecución produce un efecto que perdura.

De estas acciones surgen los llamados sacramentales permanentes —o sacramentales cosas — sobre los que es impreso, por la consagración o bendición constitutiva, un casi-carácter que los hace aptos para que de ellos los fieles puedan hacer uso, especialmente ordenados a efectos espirituales; y que continúan siendo perpetuamente sacramentales tras la acción que los ha constituido.

En esta categoría se incluye el agua bendita, que, después de la realización del ritual por el cual ha dejado de ser agua común, permanece por sí misma como un sacramental con diversos efectos para el fiel que la usa.

Lo mismo ocurre con determinados escapularios y medallas, con las velas benditas del día de la Presentación o con las palmas y ramos de olivo bendecidos el Domingo de Resurrección, entre otros.

Eficacia de un Sacramental: El agua bendita.

Cuenta Santa Teresa de Jesús en su Libro de la vida cómo, en cierta ocasión, el demonio se le apareció dos veces, huyendo inmediatamente tan pronto como ella hizo la señal de la cruz, pero volvía poco después. Sin embargo, cuando añadió el agua bendita a la señal de la cruz, desapareció definitivamente.

Por eso, muchas veces, con el fin de que las monjas hicieran sus oraciones en paz, la santa reformadora del Carmelo les pedía que se aspergieran reiteradamente.

Por la acción de la Iglesia, en unión con Cristo.

Aunque creamos que la ceremonia de dedicación de una iglesia la convierte en sagrada, que la medalla de San Benito tiene poderes especiales contra las celadas del maligno, que el uso de la sagrada correa agustiniana nos ayuda y protege en las tentaciones contra la castidad o que el agua bendita, además de perdonar los pecados veniales, también ahuyenta a los ángeles malos, no está de más que analicemos de dónde proviene la eficacia para que puedan ser realmente alcanzados tales efectos.

Nos enseña la Teología que los Sacramentos producen su efecto ex opere operato (“por la obra realizada”), cuando son debidamente administrados y recibidos. Es decir, su eficacia proviene ante todo del valor de la acción en sí misma. “Tienen una virtud intrínseca en cuanto son acciones del mismo Cristo, que comunica y difunde la gracia de la Cabeza divina en los miembros del Cuerpo místico”.

Oraciones personales.

Otras acciones producen sus efectos ex opere operantes (“por la acción de quien la obra”), o sea, no poseen virtud propia, sino que dependen de las disposiciones de la persona que las realiza. Esto es lo que ocurre con la comunión espiritual o con la oración personal y con todos los actos sobrenaturales de los justos.

Sin embargo, ninguna de estas dos opciones explica exactamente lo que ocurre con los sacramentales.

No se encuadran en ambos casos, pero actúan principalmente por la impetración de la Iglesia, independientemente de las disposiciones del ministro y, en muchos casos, tampoco del propio sujeto que los recibe.

En efecto, al ser Jesucristo “la Cabeza del Cuerpo, es decir, de la Iglesia” (Col 1, 18), forma una sola unidad con ella. “La cabeza y los miembros son como una sola persona mística”, afirma Santo Tomás.

Y un célebre biblista jesuita, el P. Bover, añade: “El Cuerpo Místico de Cristo es, a manera del cuerpo humano, un organismo espiritual que, unido a Cristo como a su cabeza, vive la vida misma de Cristo, animado por el Espíritu de Cristo”.

“Es necesario que nos acostumbremos a ver en la Iglesia al mismo Cristo”, aconseja Pío XII. “Porque Cristo es quien vive en su Iglesia, quien por medio de ella enseña, gobierna y confiere la santidad”.

Así, las obras de la Iglesia son actos del propio Cristo, y la oración de la Iglesia no es otra cosa que la oración de Cristo a la derecha del Padre, a la que se asocia y de la que participa, o mejor, a la cual Cristo la asocia y la hace participar.

De hecho, como signos de la Fe intercesora y orante de la Santa Iglesia y de los efectos que esa oración produce, los sacramentales son tan dotados de una eficacia superior a la de cualquier buena obra privada.

Riqueza espiritual y material puesta a nuestra disposición

Al atribuir al sacramental un determinado efecto e invocar, sobre este signo sagrado, su poder de impetración, la Santa Iglesia espera obtener a través de él principalmente gracias actuales y, secundariamente, gracias temporales otorgadas con miras a un bien espiritual.

Por eso, nos recuerda San Alfonso María de Ligorio, “cuando pedimos a Dios gracias temporales, debemos pedirlas con resignación y a condición de que sean útiles para nuestra salvación eterna. Si por ventura el Señor no nos las concediera estemos seguros que nos las niega por el amor que nos tiene, pues sabe que serían perjudiciales para nuestro progreso espiritual”.

De esta manera, siguiendo las mismas leyes generales que regulan la oración, los efectos de los sacramentales son “sobre todo espirituales”.

Por medio de ellos la Iglesia pide gracias actuales para dar auxilio al ejercicio de las virtudes —especialmente de la Fe, Esperanza y Caridad—, como también para alcanzar el perdón de los pecados veniales, la mejor preparación de la recepción de los Sacramentos y la protección contra los demonios.

Las Indulgencias ¿Sacramentales?

Las indulgencias también son sacramentales y, como tales, es a través del poder impetratorio de la Iglesia —administradora, en cuanto ministra de la Redención, del tesoro de los méritos de Cristo y de los Santos— que consigue la remisión de las penas temporales que serían satisfechas en el Purgatorio. Lo mismo ocurre con las bendiciones duraderas, aquellas que consagran de manera permanente una cosa o una persona para el servicio de Dios.

Pero, quien dice efectos “sobre todo espirituales” admite implícitamente la posibilidad de obtener gracias materiales, mientras éstas cooperen para la obtención de un bien espiritual mayor. Tales pedidos podrán ser, por ejemplo, el alivio de nuestros sufrimientos, el alejamiento de los castigos divinos, la cura de dolencias, una abundante cosecha o un viaje exitoso, etcétera, siempre que sean conforme a la voluntad del Padre Celestial e, insistimos, para mayor santificación del alma. Estas condiciones hacen que tales pedidos materiales, siguiendo las reglas de la oración expuestas más arriba, aunque no sean infalibles, vengan a ser atendidos, si son hechos con sana intención y justa causa.

Dentro de esta perspectiva, no existe uso de las cosas materiales (de acuerdo a la recta moral) que no pueda ser dirigido a la santificación de los hombres y a la alabanza de Dios, pues los méritos redentores de Cristo extienden, felizmente, su benéfica influencia sobre la criatura y no sólo sobre la humanidad.

Auxilio en nuestros embates espirituales

Finalmente, es necesario considerar que, aunque los efectos de los sacramentales no dependan principalmente de la disposición con la que son administrados o recibidos, tal disposición puede concurrir a una eficacia superior. De hecho, el Señor otorga sus dones en mayor cantidad y calidad en virtud de nuestro mérito al identificarnos, por nuestra religiosidad profunda y admirativa, con la Iglesia santa e inmaculada que opera a través de ellos.

Porque somos hijos de Dios, también y necesariamente somos, por condición de esa afiliación divina, enemigos del primer y peor de entre los enemigos suyos, que es el demonio. Por tanto, del sincero y filial amor a Dios, sólo puede brotar la disposición para vivir en estado de lucha en este campo de batalla que es la Tierra y alcanzar el Reino de los Cielos que los violentos intentan arrebatarlo (Cf. Mt 11, 12).

Echemos mano, pues, a esas “armas” sobrenaturales que nos auxilian a ser victoriosos en las duras, incesantes y, sobre todo, santificantes faenas que tenemos que trabar inevitablemente cada día y, como el Apóstol, podamos decir al fin de esta vida: “He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la Fe” (2 Tm 4, 7). ¡Dadme, Señor, el premio de vuestra gloria!

Bendición de San Blas ¿Sacramental?

El día 3 de febrero muchos fieles van a sus parroquias para recibir la bendición de San Blas, implorando la protección de Dios contra los males de garganta.

Mientras pronuncia la fórmula, el sacerdote o diácono les pone en el cuello dos velas bendecidas el día anterior —fiesta de la Presentación del Niño Jesús en el Templo y de Nuestra Señora de la Candelaria— atadas en forma de cruz.

El origen de este hermoso ritual es atribuido por la tradición al hecho ocurrido con el venerado Obispo de Sebaste (actual Armenia) que vivió en el siglo IV. Cierto día, fue llevado hasta un niño que estaba en estado grave, con una espina de pescado atravesada en su garganta. Viendo esto, el santo cogió dos velas, que la madre había ofrecido anteriormente a la Iglesia, y las puso cruzadas sobre el cuello del pequeño que, al ser bendecido, quedó súbitamente aliviado del mal.

Padre Ignacio Montojo Magro, EP

Oraciones

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús...
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septiembre 12, 2021

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús, y elevado a la condición de Patriarca de la Santa Iglesia.

Vos que sufriseis tremendas perplejidades, me veis en los mismos caminos que transitasteis, pues también estoy en esta Tierra para ser probado. ¿Por cuántas perplejidades y aflicciones deberé pasar?

Por los méritos de la perfección con la cual enfrentasteis todas las perplejidades, y en especial la pérdida del Niño Jesús durante tres días, yo os pido: en mis aflicciones dadme la paz, la serenidad, la tranquilidad y la confianza en Dios que vos tuvisteis en esos momentos. Amén.

Autor: Mons. Joao S. Clá Dias

Fundador de los Caballeros de la Virgen

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