Misiones

Misas de Consagración a la Virgen María

Miles de personas se consagraron a Jesús por las manos de María. A continuación una breve reseña de las Misas Solemnes.
«Consagración de sí mismo a Jesucristo la sabiduría encarnada por las manos de María»
 
Los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen promovieron un curso on-line de Consagración a Nuestro Señor Jesucristo por las manos de María Santísima según el tratado de la verdadera devoción a María escrito por el gran santo mariano San Luis Grignion de Montfort.
 
Una vez concluido el curso las personas tuvieron la oportunidad de realizar su consagración en Misas Solemnes celebradas en: Quito, Guayaquil y Cuenca.
 
Las familias y personas que participaron de las Eucaristías quedaron emocionadas y llenas de bendiciones por haber realizado su Consagración a la Santísima Virgen. Es importante señalar que se rezó el Santo Rosario antes de la Misa y además se atendieron Confesiones en las diferentes ceremonias.
 
Si usted fue una de las personas que participó de la Eucaristía presencial, háganos saber en qué ciudad y deje sus comentarios.

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Santos

La mayoría de los niños sabe responder de dónde viene el famoso Papá Noel: «¡Del Polo Norte!». Sin embargo, pocos conocen a San Nicolás.

diciembre 26, 2021

Noche de paz, noche de amor! Ha nacido el niño Dios en un humilde portal de Belén…».

Después de los cantos que caracterizan la esperada Nochebuena, tan cargada de maravillas para las almas inocentes, y en medio a un ambiente de bienquerencia y expectativa que marca ese período del año ocurre algo insólito en los hogares…

Con la certeza de que todos ya se encuentran inmersos en un profundo sueño, a través de la chimenea de la casa o por alguna otra entrada que muchos hasta hoy no han descubierto, se cuela un personaje. Llega volando desde tierras lejanas montado en un curioso trineo tirado por renos, simulando una especie de carruaje, transporte éste en el cual todo niño ha deseado algún día subirse, aunque fuera en sueños…

Ahora bien, ¿qué hace ese misterioso visitante —curiosamente, al que nunca se le confunde con un ladrón— llegando esa madrugada navideña mientras todos ya están dormidos?

De barba siempre blanca y larga, se presenta con «sorpresas» escondidas en grandes sacos rojos: regalos de todo tipo, los cuales distribuye con abundancia y prodigalidad, como queriendo agradar sin esperar nada a cambio.

A este generoso personaje unos lo llaman Papá Noel y otros Santa Claus. Ambos nombres se refieren al mismo individuo, cuya fama es mundialmente conocida y perdura hasta nuestros días, más viva que nunca, dándonos la impresión de que es eterna.

Todo niño, de cualquier localidad del globo terráqueo, sabe decir de dónde viene: «¡Del Polo Norte!». Pero ¿acaso será éste de verdad su punto de partida? Lo cierto es que su viaje histórico se revela aún más lejano y fantástico que su mítica circunnavegación nocturna alrededor de la Tierra… Y en él nos vamos a adentrar.

San Nicolás bendice
San Nicolás bendicea un niño
Iglesia del Santo Cristo, Ciudadela de Menorca (España)

San Nicolás, defensor de la fe y generoso padre

En realidad, esta figura navideña no es tan imaginaria como parece. Se refiere a un varón de Asia Menor cuyo nacimiento se remonta al siglo III —por tanto, ¡no en el Polo Norte!—, concretamente donde hoy se localiza Turquía.

De nombre Nicolás, nació de una familia acomodada, en Licia, provincia romana situada junto al mar Mediterráneo. Por las virtudes que brillaban en su alma fue elegido obispo de Mira, una de las ciudades más importantes de la región, y ejercía su ministerio con energía y bondad.

Siempre celoso de la sana doctrina, tomó severas medidas contra el paganismo y combatió incansablemente las herejías. Pero sus obras de caridad para con el prójimo fueron las que lo hicieron célebre en todo el orbe cristiano.

Milagros hechos en vida

Uno de esos episodios se volvió conocido aún en vida, valiéndole la devoción de los fieles y una fuerte fama de santidad.

En aquella época había en Mira un juez que, bajo presión de soborno, condenó a muerte a tres hombres inocentes. Ahora bien, en el momento de la ejecución el bondadoso Nicolás apareció en el lugar, arrancó el arma de las manos del verdugo, reprendió al inicuo juez y les dio la libertad a los sentenciados.

Poco después ocurrió en Constantinopla otro hecho similar: tres oficiales fueron indebidamente condenados. ¡Pobre justicia temporal, tan a menudo regida por la infamia de la ambición en lugar del amor a la Verdad! Sin embargo, los reos habían presenciado la escena narrada arriba y no lo dudaron: llenos de devoción por la figura del imponente y paternal San Nicolás, se pusieron a rezar enseguida, rogándole que también los salvara, aunque desde la distancia… He aquí que esa misma noche el emperador Constantino soñó con el santo, que le ordenaba que liberara a aquellos infelices, ¡porque eran inocentes!

Al día siguiente, Constantino llamó a los tres condenados y al interrogarlos se enteró de que habían invocado a «Nicolás de Mira» para pedirle su auxilio. Conmovido, el emperador los soltó.

San Nicolás salvando a los tres inocentes,
por Mariotto di Nardo – Museos Vaticanos

¡Patrón de los niños!

San Nicolás murió el 6 de diciembre, a mediados del siglo IV. Las virtudes practicadas por este varón lo llevaron a alcanzar un alto grado de santidad y sus milagros post mortem le sirvieron para enaltecerlo aún más. De este modo se convirtió rápidamente en uno de los santos más conocidos de la Iglesia Católica.

Con respecto a él existen numerosos hechos cuya memoria ha perdurado por los siglos. Los marineros lo tienen como patrón y en ciertas regiones hasta hoy día conservan la costumbre de desearse unos a otros un buen viaje diciendo: «¡Que San Nicolás lleve tu timón!».

No obstante, el más famoso de sus títulos siempre fue el de «patrón de los niños». Esto se debe principalmente a dos episodios. El primero ocurrió cuando el santo obispo supo que el padre de tres muchachas tenía serios apuros financieros y no conseguía pagar la dote necesaria para el casamiento de sus hijas, lo que las llevaría a adoptar una vida errante…

Lleno de compasión por los miembros de esa familia, Nicolás se dirigió a la casa donde vivían y, escondido entre la penumbra de la noche, lanzó por la chimenea un saquito lleno de monedas de oro, con el fin de ayudarles. Así lo hizo tres veces. Algunas versiones de la historia llegan a afirmar que uno de esos generosos saquitos cayó justo dentro del calcetín de una de las jóvenes que estaba colgado de la chimenea secándose…

El segundo hecho consiste en un magnífico milagro obrado en vida por San Nicolás: la resurrección de tres chiquillos que habían sido ¡asesinados! Este acontecimiento fue el que terminó consagrándolo oficialmente como patrón y protector de los niños.

Así, en varios países se estableció la piadosa tradición de darle regalos a los más pequeños el 6 de diciembre, en honor de San Nicolás.

San Nicolás echando las monedas en el interior de la casa de las tres doncellas,
por Bicci di Lorenzo – Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

¿Cómo pudo transformarse en Papá Noel?

Tras conocer tales maravillas es comprensible, querido lector, que por su cabeza ronde la siguiente duda: ¿Qué tiene que ver Papá Noel con esa descripción sobre San Nicolás? ¿Cómo llegó a convertirse el tan virtuoso obispo de Mira en un habitante del Polo Norte que, en una sola noche, les reparte regalos de Navidad a todos los niños del mundo?

La transformación del santo en una quimera tiene sus más remotos orígenes en la Reforma protestante. Así como muchos siglos atrás el emperador Diocleciano había intentado acabar con la persona de Nicolás, los reformadores trataron de borrar de la Historia y, sobre todo, de los corazones de los fieles el recuerdo de ese gran varón.

A la izquierda, portada de la revista «Harper’s Weekly» del 3 de enero de 1863, con una de las primeras representaciones del moderno Santa Claus;
en el centro , dibujo de Thomas Nast para la misma publicación;
a la derecha, una de las ilustraciones creadas por Haddon Sundblom para Coca-Cola en las décadas de 1920 y 1930

Sin embargo, la devoción a él estaba tan arraigada en Europa que no desapareció por completo. La figura de San Nicolás se mezcló con entes mitológicos, alguno de ellos bastante antipáticos y agresivos, dando origen a personajes como el Sinterklaas holandés, que pasó al Nuevo Mundo con los emigrantes de esa nación.

A lo largo del siglo XIX, fue tomando en Nueva York su actual fisonomía. En 1822 el poeta Clement Moore escribió un libro titulado A Visit from Saint Nicholas, en el cual presentaba a un personaje procedente del norte, en un trineo tirado por renos voladores. Años más tarde, en 1863, el caricaturista político Thomas Nast hizo un dibujo para la revista Harper’s Weekly, en el cual ya presentaba las características que hoy conocemos: un hombre de edad avanzada, corpulento, risueño, de poblada barba blanca.

Desde entonces varias empresas comenzaron a aprovecharse de esa figura navideña como medio de publicidad, incluso Coca-Cola, responsable de consagrar definitivamente su traje rojo y blanco, en 1920.

¡Festejemos la Navidad con auténtico espíritu de fe!

Como puede verse, Santa Claus es, por tanto, la distorsión del santo y generoso obispo de Mira, patrón de los navegantes, de los niños y de muchos lugares.

Aquel virtuoso varón que brilló por su caridad y supo proclamar la verdadera fisonomía cristiana de la Navidad fue sustituido por el laico Papá Noel que hoy conocemos y transformado en propagador del consumismo. Para muchos hombres de hoy, Santa Claus está en el centro de todas las conmemoraciones, ocupando el sitio del Niño Jesús, ¡causa y alegría de la Navidad!…

Por consiguiente, mucho más que simples nomenclaturas históricas, se podría decir que esos personajes —Papá Noel y San Nicolás— simbolizan, ante el sublime hecho del Nacimiento del Divino Infante, dos mentalidades opuestas: una es la de los que, con sus horizontes puestos en este mundo terrenal, «vuelan» por los aires de las fantasías frívolas presentadas por el consumismo; la otra es la de los que con alegría y fe preparan sus almas para recibir en la Navidad no solamente al simpático obispo de Mira con sus regalos, ¡sino al mismo Hombre Dios!

Pidamos, pues, la intercesión de San Nicolás, a fin de que nos conceda en esta Navidad los regalos espirituales de los que carecen nuestras almas, para que, como él, podamos ser generosos, retribuyendo con una vida pura todo el amor que emana del corazoncito del Niño Jesús por cada uno de nosotros.

Así, más que esperar regalos que perecen, sepamos prepararnos para el premio eterno, haciendo nuestra ofrenda de amor y gratitud al Divino Infante en la conmemoración de su natalicio.

Que la Navidad de este año de 2020 sea enaltecida por los coros angélicos como siendo la noche de paz que contempló por primera vez a su Creador y Señor omnipotente en un frágil niñito, rodeado por los brazos virginales de María Santísima. Y que todo el orbe sepa reconocer en esta misteriosa noche la grandeza de un Dios que se hizo hombre, a fin de hacernos como Dios.

Autor: Hna. Antonella Ochipinti, EP

Revista Heraldos del Evangelio.

Destacados, Espiritualidad

La medalla tal como hoy la conocemos , se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a época anterior y tiene su historia.

junio 17, 2022

Origen de la Medalla de San Benito

El origen de esta medalla se fundamenta en una verdad y experiencia del todo espiritual que aparece en la vida de San Benito tal como nos la describe el Papa San Gregorio en el Libro II de los Diálogos. El Padre de los monjes usó con frecuencia del signo de la cruz como signo de salvación, de verdad, y purificación de los sentidos. San Benito quebró el vaso que contenía veneno con la sola señal de la cruz hecha sobre él.

Cuando los monjes fueron perturbados por el maligno, el santo manda que hagan la señal de la cruz sobre sus corazones. Una cruz era la firma de los monjes en la carta de su profesión religiosa cuando no sabían escribir. Todo ello no hace más que invitar a sus discípulos a considerar la Santa Cruz como señal bienhechora que simboliza la pasión salvadora de Nuestro Señor Jesucristo, por la que se venció el poder del mal y de la muerte.

La medalla tal como hoy la conocemos , se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a época anterior y tiene su historia. En el siglo XVII, en Nattenberg de Baviera (Alemania), en un proceso contra unas mujeres acusadas de brujería, ellas reconocieron que nunca habían podido influir malignamente contra el monasterio benedictino de Metten porque estaba protegido por una cruz.

Hechas, con curiosidad, investigaciones sobre esa cruz, se encontró que en las tapias del monasterio se hallaban pintadas varias cruces con unas siglas misteriosas que no supieron descifrar. Continuando la investigación entre los códices de la antigua biblioteca del monasterio, se encontró la clave de las misteriosas siglas en un libro miniado del siglo XIV.

En efecto, entre las figuras aparece una de San Benito alzando en su mano derecha una cruz que contenía parte del texto que se encontraba sólo en sus letras iniciales en las astas cruzadas de las cruces pintadas en las tapias del monasterio de Metten, y en la izquierda portaba una banderola con la continuación del texto que completaba todas las siglas hasta aquel momento misteriosas.

Además de la imagen de la Cruz y la de San Benito, la Medalla tiene cierto número de letras, cada una de las cuales representa una palabra latina. Las diversas palabras, reunidas, da un sentido que manifiesta la intención de la Medalla: expresar las relaciones que existen entre el Santo Patriarca de los Monjes del Occidente y la señal ensangrentada de la redención del género humano; y al mismo tiempo pone al alcance de los fieles un medio eficaz de usar la virtud de la Santa Cruz contra los espíritus malignos.

Medalla de san Benito

Significado de la Medalla de San Benito

Esas letras misteriosas se encuentran en la cara de la Medalla donde se encuentra representada la Santa cruz. Examinemos, en primer lugar, las cuatro que vienen colocadas entre las astas de la Cruz:

C S

P B

Significa: Crux Sancti Patris Benedicti; en Español, Cruz del Santo Padre Benito, estas palabras por sí solas ya explican el objetivo de la Medalla.

En la línea vertical de la Cruz, se lee:

C
S
S
M
L

Lo que quiere decir: Crux sacra sit mihi lux; en Español, La Cruz Sagrada sea mi luz.

En la línea horizontal de la Cruz, se lee:

N. D. S. M. D.

Cuyo significado es: Non draco sit mihi dux; en Español. No sea el dragón mi jefe.

Reuniendo esas dos líneas se forma un verso pentámetro, a través del cual el cristiano expresa su confianza en la Santa Cruz y su resistencia al juego que el demonio le quiere imponer.

Alrededor de la Medalla existe una inscripción más extensa, la cual en primer lugar presenta el santísimo Nombre de Jesús, expresado por el monograma bien conocido: I. H. S. La fe y la experiencia nos certifica la omnipotencia de este nombre divino.

Después viene, de derecha a izquierda, las siguientes letras:

V. R. S. N. S. M. V. S. M. Q. L. l. V. B.

Estas iniciales representan los dos versos que a continuación siguen:

Vade retro satana; nunquam suade mihi vana: Sunt mala quae libas; ipse venena bibas

En Español: Retírate satanás: nunca me des consejos de tus vanidades, la bebida que me ofreces es el mal, bebe tú mismo tus venenos.

Tales palabras se supone haber sido dichas por San Benito: Las del primer verso, por ocasión, de la tentación que sintió y sobre la cual triunfó haciendo la señal de la Cruz; las del segundo verso, en el momento en que sus enemigos le presentaron la bebida mortífera, que descubrió bendiciéndole con la señal de la vida el cáliz donde estaba.

El cristiano puede utilizar estas palabras todas las veces que fuera sorprendido por tentaciones e insultos del enemigo invisible de nuestra salvación.

El propio Jesús Cristo Nuestro Señor santificó las palabras Vade retro, satana -retírate satanás- y su valor es verdadero, ya que esto es confirmado por el Evangelio. Las vanidades que el demonio nos aconseja son las desobediencias a la ley de Dios, las máximas pompas y falsedades del mundo.

La bebida que el Ángel de las tinieblas nos presenta es el pecado, que mata el alma. No la aceptemos, devolvamos para él tan funesto regalo, ya que él mismo lo escogió como herencia.

No hay necesidad de explicar más ampliamente al lector cristiano la fuerza de esa conspiración, que se opone a las artimañas y violencia de satanás lo que el más teme: es la Cruz, el Santo Nombre de Jesús, las propias palabras del salvador cuando fue tentado, así como el recuerdo de las victorias del grande Patriarca San Benito sobre el dragón infernal. Suficiente que alguien pronuncie con fe tales palabras y de inmediato se sentirá fuerte para contrarrestar todos los ataques del infierno.

A pesar de no conocer los hechos que demuestran hasta qué punto satanás teme esa Medalla; la simple apreciación de lo que ella representa y expresa es suficiente para considerarla una de las armas más poderosas que la bondad de Dios puso a nuestro alcance contra la malicia diabólica.

Tomado de: Essai sur l’origine, la signification et les privileges de la Medaille ou Croix de Saint -Benoit. La primera edición de esta obra fue publicada en Poitiers, en 1862.

Autor : Don Próspero Luis Pascal Guéranger

 
 

Historia y Creación

Un hombre reducido a la mitad de sus movimientos naturales dejó para la Historia una lección inolvidable, derrotando a la «invencible» armada inglesa en Cartagena de Indias.

enero 3, 2022

El mar Mediterráneo asistía sereno a la aproximación de una tempestad más. Rayaba el día 24 de agosto de 1704 y cerca de las costas de Gibraltar, al sur de la península Ibérica, dos imponentes Armadas se daban cita. De un lado, ingleses y holandeses, una formidable flota «compuesta por sesenta navíos de línea, varias fragatas, con un total de 3600 cañones y casi 23 000 hombres».1 Del otro, saliendo hacia la conquista del estrecho, franceses y españoles unían sus banderas bajo las órdenes de Luis Alejandro de Borbón, conde de Toulouse e hijo de Luis XIV, y luchaban en nombre de su majestad Felipe V, nieto del Rey Sol recién asentado en el trono de España. Era el inicio de la Guerra de Sucesión.

Las fuerzas estaban equiparadas. En torno a las diez de la mañana las últimas órdenes sonaron, los barcos maniobraron y se dispusieron, de ambos lados, en tres bloques, a fin de cercenar al enemigo.

En la nao capitana franco-española, un joven oficial de 15 años pasaba revista a una línea de cañones. Un sudor frío caía por su frente, pero con paso firme, semblante circunspecto y voz definida inspiraba respeto y mantenía su autoridad, reprimiendo en su interior un miedo rebelde. El silencio agudo que antecede a las grandes calamidades anunciaba los postreros segundos antes de la deflagración general y le oprimía el corazón. Emociones del bautismo de fuego; era su primera batalla.

A lo lejos se oyó el estrépito sordo y grave de los primeros cañonazos. Enseguida, llamas, temblores, humo, destrozos. Silbaban las balas, saltaban las paredes y, con ellas, los hombres. Con dificultad se escuchó la voz de mando: «¡Fuego!».

El joven oficial, ¿dónde estaba? Una inclemente bola de plomo le había llevado mitad de su pierna izquierda. Deprisa fue encaminado hasta el «quirófano» —eufemismo para designar la terrible y mal iluminada mesa de amputaciones que, bajo el nivel del mar, acogía a los heridos en batalla. Se deslizaba en sangre. Toda la pericia del cirujano se medía en cronómetro, pues cuanto más tardara, mayor sería el peligro de que el paciente no resistiera la hemorragia o contrajera alguna infección.

Pusieron al joven sobre la mesa de operaciones: le hicieron tragar una buena «dosis» de aguardiente y, a continuación, le colocaron una cinta de cuero entre los dientes, todo a modo de anestesia.

La operación comenzó por extraerle los últimos trozos de carne que aún colgaban de su rodilla. Después, con una sierra, se le cortó la tibia y el peroné. Finalmente, el muñón fue sumergido en brea hirviendo para detener el sangrado. Todo esto en menos de un minuto.

Blas de Lezo – Museo Naval de Madrid

El muchacho soportó tales horrores con una bravura ejemplar, cuyo eco llegó a oídos de Luis XIV. Admirado, éste le concedió el título de Alférez de Bajel de Alto Bordo, al que Felipe V le acrecentó otras mercedes.

Este pequeño héroe oriundo de una modesta aristocracia de la localidad guipuzcoana de Pasajes de San Pedro, al norte de España, se llamaba Blas de Lezo y Olavarrieta.

La vida en el mar

¿Cómo reaccionaría un joven de 15 años tras semejante desventura? Sin duda, sufriría un trauma irreversible y abandonaría la carrera que ni siquiera había tenido oportunidad de empezar.

Pero no estamos en el siglo XXI. Blas de Lezo contemplaría aún muchas aventuras más. Si su vida se remontara a los tiempos medievales, el hombre moderno la contaría entre las leyendas; no obstante, como nació en febrero de 1689,2 podemos nombrarlo entre los héroes y narrar aquí, con precisión, su fascinante historia.

Blas aprendió a moverse con agilidad sobre una muy incómoda pierna de madera, que enseguida le valió el mote de «anka motz», en lengua vasca, es decir, el «pata palo».3 Bien adiestrado en andar e incluso en cabalgar, lo admitieron de nuevo a bordo.

Su nombre reaparece en la Historia en una misión de defensa de la ciudad de Peñíscola, donde participó del incendio de un barco inglés de 60 cañones. En agosto de 1705 fue convocado al auxilio que la marina franco-española prestaría a la ciudad de Barcelona, asediada por los opositores de Felipe V. En esta ocasión comandaría una pequeña embarcación, rodeada por navíos ingleses. El osado oficial ordenó que se usaran «balas rojas», bolas de plomo incandescentes. Incendió un barco enemigo y escapó del cerco en medio de nubes de humo.

Sediento de proezas por encima del mero deber, don Blas de Lezo fue destinado como teniente de fragata, con tan sólo 18 años, a la defensa del Castillo de Santa Catalina, en Tolón, desde el cual avistó una poderosa flota inglesa que se aproximaba. Parecía que la Providencia ponía a prueba la valentía del joven cojo, que esta vez tuvo la desdicha de perder el ojo izquierdo. Pero también sobrevivió a tan peligrosa lesión, que podría haberle costado la vida.

¿Habrá desistido de una carrera expuesta a tantos riesgos… —diría alguien quizá— «innecesarios»? No. En 1714 estaba al frente del navío Nuestra Señora de Begoña, también conocido como Campanela, de 70 cañones, con el cual participó en las operaciones de bombardeo de la ciudad de Barcelona, durante la guerra de sucesión que asolaba España. En uno de los embates, Blas perdió definitivamente el movimiento del antebrazo derecho, sus huesos y tendones quedaron destrozados.

Aquel «medio hombre», perseguido y tantas veces acariciado por la muerte, no se consideraba malogrado lo suficiente para que su conciencia lo dispensara del deber y de la aventura.

Naos británicas en Cartagena de Indias, por Isaac Basire – Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá

El 3 de febrero de 1737 zarpó hacia una nueva misión, al mando de un convoy con dos navíos principales: Conquistador y Fuerte. Su destino: América. Por segunda vez Blas de Lezo cruzaba el Atlántico. Estos viajes no eran nada fáciles, pero proporcionaban en aquella época grandes períodos de silencio y reflexión. En ese enorme y armonioso claustro llamado mar, ¡cuántas premoniciones no deben haber asaltado al desapegado capitán! El mayor desafío de su vida le esperaba al otro lado del océano.

Cartagena de Indias

El día 11 de marzo Blas pisó tierra firme. Abarcó enseguida, de una sola mirada, la formidable bahía de Cartagena y el lastimoso estado de sus fortificaciones. No había tiempo que perder. La ciudad, puerto «llave» de la colonización española en América Latina, había sido blanco de ataques y amenazas de todo tipo.4 Y las previsiones para el futuro no eran nada alentadoras. Un espía español, conocido por el apodo de El paisano, había obtenido en Jamaica informaciones muy seguras y precisas de que los ingleses pretendían colapsar el comercio y dominio español, cuyo objetivo principal era precisamente Cartagena de Indias.

Retrato de Sebastián de Eslava

Levantando el ánimo de una guarnición indolente, Blas reforzó la defensa de la ciudad. Participaba en los trabajos de construcción «no como corresponde a un general, sino como el último de los grumetes»,5 dando a todos ejemplo y estímulo.

Los planes de reparación y ampliación del general de la armada iban bien encaminados cuando se anunció que estaba próxima la llegada del virrey de Nueva Granada, don Sebastián de Eslava y Lasaga. Militar instruido y experimentado, muy celoso de su gran reputación ante la corte, parecía casi la antítesis de Blas de Lezo, que malamente pudo ocultar su decepción al oír sus primeras palabras. Lo veía quejarse del viaje y llorar sus penas, mientras una tripulación asombrada descargaba el barco en silencio. Ciento cincuenta cuerpos habían sido lanzados al mar durante el trayecto, víctimas del hambre o del escorbuto.

Un viaje terrible. Pero un marino como Blas —para el que el hambre, el escorbuto o el fuego enemigo no eran una novedad, y las privaciones de largos viajes no significaban otra cosa que los deberes de su oficio— no podía empatizar con un comandante que asumía su posición entre lloriqueos y lamentos…

Pese a ello, Blas se adelantó y le informó a Eslava del estado de las defensas de Cartagena y, sobre todo, le transmitió las últimas noticias acerca del avance inglés. No obstante, el virrey le restó importancia a esto último y le manifestó su idea de que el objetivo más probable sería La Habana y no Cartagena…

Hasta el final, Eslava sería de la escuela de los optimistas. Con respecto del trabajo realizado por Blas de Lezo no hizo más que destacar deficiencias —bien observadas, por cierto— con una sonrisa amigable.

Primeras amenazas

El día 13 de marzo de 1740 despuntó en el horizonte una pequeña escuadra inglesa, la cual abrió fuego para tentar a los defensores a salir de sus posiciones y mostrar sus fuerzas. Pero Edward Vernon, vicealmirante de la flota, sabía que aún no era el momento oportuno para el asalto. Estaba aguardando refuerzos y tan sólo quería hacer un reconocimiento de la ciudad. En esa espera, encargó a sus hombres otras misiones por los alrededores, para que el estruendo de pequeñas conquistas resonara aumentado en el Parlamento británico en honor de su nombre.

La flota inglesa regresó entonces a Jamaica para ultimar los preparativos, antes del ataque a Cartagena de Indias. Allí recibió un considerable refuerzo que arrojó «un total de 170 barcos y 30 000 hombres».6

Mientras tanto, continuaban los arreglos y reformas en las fortificaciones de Cartagena. Se levantaron baluartes de madera, se ampliaron las murallas y se verificó el estado de la enorme cadena de hierro que impedía el ingreso en la bahía. Eslava, «aún sin estar plenamente convencido de la eventualidad del ataque inglés», llevaba a cabo lo que desde hacía años venía haciendo Blas de Lezo, «sin que por ello se le reconociese su trabajo».7

Los españoles, por su parte, no habían recibido más refuerzos. Solamente contaban con seis navíos de guerra, con 460 piezas de artillería.

Comienza el ataque inglés

La probable tempestad se convirtió en realidad: el 13 de marzo de 1741 las velas de casi 180 embarcaciones despuntaron en el horizonte.

La armada inglesa se aproximó y bordeó toda la costa hasta el sur de la ciudad. En este recorrido abrió fuego contra las murallas, destruyendo las baterías de Chamba, San Felipe y Santiago.

Blas de Lezo se encontraba en el Castillo de San Luis de Bocachica, importante construcción que defendía la entrada de la bahía al sur. De allí le pidió a Eslava 300 hombres. Éste, molesto, le envió 150, a quienes les ordenó al día siguiente que regresaran a la ciudad…

El día 20 de marzo ocurrió lo más temido: los ingleses iniciaron el desembarco para asaltar la fortaleza de San Luis, incomparablemente más vulnerable por tierra. Con una multitud de nativos de Jamaica, cerca de 1000, empezaron la construcción de un primer campamento y de una batería.

Retrato de Edward Vernon, por Thomas Gainsborough – National Portrait Gallery, Londres

Mientras proseguían la avanzada terrestre, Vernon le ordenó a la armada que bombardeara la fortaleza. Fueron repelidos muchas veces por la artillería de las murallas y de la batería de San José que, desde el otro lado del canal llamado Bocachica, también abría fuego. En un solo día esta última quedó inutilizada por completo. No obstante, cuál no sería la sorpresa de los invasores cuando, en la jornada siguiente, la batería abrió fuego nuevamente, pues había sido reconstruida durante la noche bajo las órdenes del incansable Blas de Lezo ¡con tierra y restos de navíos!

A las siete y cuarto de la mañana del día 2 de abril de 1741 los españoles se llevaron una gran sorpresa. Los árboles en la dirección de Tierra Bomba habían desaparecido en un instante, desvelándose la espantosa escena de veinte cañones de cuatro libras y cuarenta morteros. Blas, semanas antes, le había insistido a Eslava que cortara todos los árboles de la isla, al objeto de evitar esa clase de emboscada… Aun así, como en otras muchas ocasiones, no fue escuchado.

Entonces Eslava convocó un consejo de guerra en la nao capitana Galicia. Durante el caluroso debate entre los oficiales, una bala de cañón entró en el camarote y destrozó la mesa sobre la que estaban trabajando, cuyas astillas se desperdigaron por todas partes, hiriendo levemente a Eslava; pero Blas de Lezo reunió algunas «condecoraciones» más a su cuerpo ya tan honrado por el fuego enemigo.

En su diario, en el cual hace poquísimas menciones de sus hazañas y es aún más lacónico sobre sus dolores, tan sólo anotó: «A las nueve de la mañana fui herido en un muslo y en una mano».8 Se negó a ser evacuado y continuó discutiendo con Carlos Desnaux sobre la mejor manera de abandonar la posición en San Luis.

En poco tiempo los ingleses conquistaron la entrada de la bahía, llegando hasta la última línea de defensa de los españoles. Estos iban abandonando y destruyendo fortalezas que, según la opinión de Eslava, serían posiciones insustentables. Blas, no sin razón, se indignaba, pues quería venderle cara al enemigo cada posición que fuera necesario dejar.

Para colmo de los altercados entre los dos comandantes, Eslava ordenó hundir los últimos dos navíos que les quedaban, para obstaculizarles el paso a los ingleses, lo que no tuvo utilidad alguna. Sin embargo, incluso anticipándose a estos desastres y, a veces, dejando escapar algunos zarpazos de su ira contenida, Blas siempre mantuvo intacta su obediencia a la autoridad legítimamente constituida.

Inesperada victoria

En ese ínterin, Vernon ya estaba cantando victoria. Envió a Inglaterra a la fragata Spence, al mando del capitán Lowes, con la noticia de la inminente toma de Cartagena. Allí «inminente» se tradujo por «indiscutible». Se dispararon salvas desde la Torre de Londres, repicaron las campanas y se llegó a distribuir monedas conmemorativas, en las que Blas de Lezo —con las dos piernas…— figuraba arrodillado ante el comandante británico y con la inscripción: «El orgullo español humillado por el almirante Vernon».

El 20 de abril de 1741, no obstante, se dio un misterioso episodio que decretó el fin de la invasión inglesa.

Vernon se decidió por la toma del Castillo de San Felipe de Barajas, a pesar de las reticencias del general de infantería, Thomas Wentworth, quien veía inviable tal empresa. En el silencio de la noche, dos grupos avanzaron por el bosque cerrado: uno tenía como objetivo alcanzar el castillo por el norte; el otro, por el sur. Pero el resultado fue desastroso. El guía de una de las guarniciones, un español desertor, les hizo girar durante toda la noche por el bosque. Cuando llegaron a los pies de la fortaleza ya era de día y el efecto sorpresa se perdió. De todas formas, siguieron con la operación. Pusieron las escaleras en las posiciones más estratégicas, pero constataron enseguida que éstas no tenían la altura suficiente, porque Blas de Lezo había mandado cavar un foso en torno de la muralla.

Cañones del Castillo de San Felipe de Barajas – Cartagena de Indias (Colombia)

El hecho, casi anecdótico, le costó a la tropa su derrota que, despavorida ante el fuego enemigo, dejó atrás munición, armas, hombres y las escaleras… Los españoles siquiera esperaron órdenes y saltaron en persecución de la infantería a bayoneta calada.

Después de este vergonzoso fracaso, Vernon no tuvo otra elección que la de reunir a sus oficiales en consejo en la Princess Carolina, despotricar contra la incompetencia de Wentworth, culpar al Gobierno por no haberle enviado los refuerzos anhelados y dar orden de batirse en retirada.

¿Qué había sucedido? ¿Cómo, de un momento para otro, pasó la victoria de los atacantes para los defensores?

La verdad es que el ejército inglés estaba en una auténtica calamidad. En las bodegas de sus barcos, transformados en «hospitales», sin médicos ni adecuadas condiciones sanitarias, los hombres se aglutinaban, compartiendo infecciones y gusanos. Mucho antes que Vernon, las tropas exhaustas se habían convencido de que Cartagena costaría más de lo esperado.

Los ingleses se retiraron paulatinamente, inutilizándolo todo por el camino y manteniendo el fuego contra el enemigo para que no fueran perseguidos. La maniobra duró una semana y sirvió, en parte, para no dejar a los hombres ociosos y desmoralizados.

Blas constató la victoria y, con la sencillez de quien no mira hacia sus propios méritos y nada le puede sorprender ya en esta vida, solamente menciona en su diario que los enemigos daban indicios de retirarse.9

El héroe anónimo

Monedas conmemorativas distribuidas en Inglaterra – Museum Rotterdam (Países Bajos)

Las velas enemigas desaparecieron en el horizonte y, finalmente, Cartagena tuvo tiempo para contemplar el precio de la victoria en sus ruinas aún calientes.

El heroísmo refulgente de Blas de Lezo sería prontamente reconocido por sus más allegados. Tantos servicios prestados a su patria, a su rey y —por qué no decirlo— a su religión no podían caer en el olvido.

Sin embargo, el eco natural de su honor fue acallado. El primero que escribió sobre la victoria a la corte española fue el obispo de Cartagena, Mons. Gregorio de Molleda. Contrariando su misión de pastor, defensor y proclamador de la verdad, este clérigo se manchó con la culpa de una poco velada difamación.

En su precipitado relato de la defensa de Cartagena de Indias, todas las alabanzas fueron hechas a la afamada figura del virrey Sebastián de Eslava, que, a pesar de las escandalosas rebeliones de un tal Blas de Lezo, obtuvo un éxito brillante…

A continuación, el propio Eslava pintó su versión de la historia, en la cual Blas adquirió tintes de criminal: «Que se le castigue por su comportamiento»,10 le escribió al rey.

Mientras un vendaval de acusaciones llegaba hasta la corona española y la mayor parte de la opinión pública aplaudía a Sebastián de Eslava, en gloriosa ascensión de elogios y honores, ¿qué hacía el almirante de la armada, don Blas de Lezo y Olavarrieta? Enfermo, olvidado y sufriendo los efectos de la guerra, vivía sus postreros días en un lecho del cual ya no se levantaría. Dedicó sus últimas fuerzas a escribir su versión de los hechos11 y, así, salvaguardar el honor de cuarenta años de servicios prestados en la punta de la lanza de la dedicación y del heroísmo y obtener un digno descanso a la familia que dejaba.

Blas enfrentó su última batalla, la agonía, a las ocho de la mañana del 7 de septiembre de 1741. Su cuerpo, mutilado por el fuego enemigo, fue enterrado; su fama continuó perseguida por la calumnia, y su honor, intacto, permaneció sepultado con él en los alrededores de Cartagena de Indias. Ni siquiera el lugar de su tumba es conocido.

Si bien que en la actualidad no faltan los que se ponen a campo para hacer justicia a la gloria del Almirante Mediohombre. Sus compatriotas de hoy, inconformes con el silencio de sus contemporáneos, reconocen figura tan insigne y lo alaban como uno de los más grandes héroes de la gesta española.

Su última aventura puede enseñarnos muchas cosas. La Historia es obstinada y tiende a repetirse. Cuales nuevos Goliat, grandes potencias se levantan, se juzgan invencibles, se proclaman omnipotentes. Se ríen de los ungidos del Señor, pero por ellos son derrotados en un golpe inesperado y fulminante.

Blas de Lezo, por Salvador Amaya – Plaza de Colón, Madrid

Entonces se tienen que meter en el bolsillo sus propias monedas, acuñadas por los que cantaron victoria antes de tiempo…

Y es que, incluso cuando las apariencias físicas muestran únicamente a un hombre reducido a la mitad de sus capacidades naturales, detrás de las exterioridades puede haber un gigante, un héroe, un vencedor, en el cual las virtudes y el amor a un ideal crecieron hasta el punto de no caber ni en un hombre entero. ◊

Autor: Gabriel Borges Bonfim Silva

Revista Heraldos del Evangelio Año XIX. N.º 216. Julio 2021

 

Notas

1 SARAVIA, Gonzalo M. Quintero. Don Blas de Lezo. Biografía de un marino español del siglo XVIII. 3.ª ed. Madrid: EDAF, 2016, p. 46.

2 Cf. Ídem, p. 27.

3 Ídem, p. 160.

4 Cf. VICTORIA, Pablo. El día que España derrotó a Inglaterra. 3.ª ed. Barcelona: Áltera, 2008, p. 41.

5 SARAVIA, op. cit., p. 160.

6 Ídem, p. 204.

7 Ídem, p. 206.

8 Ídem, p. 222.

9 Cf. Ídem, p. 248.

10 Ídem, p. 257.

11 Cf. CRESPO-FRANCÉS, José Antonio. Blas de Lezo y la defensa heroica de Cartagena de Indias. 4.ª ed. Madrid: Editorial ACTAS, 2016, p. 191.

Misiones

Las ceremonias presenciales se realizaron en Quito, Guayaquil, Cuenca y Machala. En cada ciudad la alegría de las familias se dejaba notar por su fe y devoción.

febrero 27, 2022

«La consagración a la Virgen consiste en que el hombre se dé a ella. Y, ya que él puede realizar en sí de alguna manera las virtudes que en Ella refulgen, darse a la Madre de Dios es para el hombre procurar imitarla y también servirla. El conocimiento de Nuestra Señora, la admiración por Nuestra Señora, la imitación y el servicio de Nuestra Señora son los elementos integrantes de esta completa consagración a Nuestra Señora que queremos verdaderamente realizar.»
Plinio Corrêa de Oliveira

Con esta disposición de alma se consagraron cientos de personas a Jesucristo la Sabiduría eterna y encarnada por las manos de María Santísima. Algo inédito. Después de una preparación virtual, los participantes pudieron realizar su consagración presencialmente.

Las ceremonias presenciales se realizaron en Quito, Guayaquil, Cuenca y Machala. En cada ciudad la alegría de las familias se dejaba notar por su fe y devoción.

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