Misiones

Misión puerta a puerta en Tutupali

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Los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen en Cuenca realizaron una «Misión Mariana» en la parroquia de Tutupali Grande, sector ubicado en las periferias de la ciudad de Cuenca. 
 
La misión consistió en visitar todas las casas posibles en un determinado horario; se recorrieron varias cuadras invitando a las personas a que reciban por unos instantes a la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María.
 
La alegría y emoción era muy notorio en las personas al recibir una visita tan especial. Las familias quedaban muy agradecidas por ese gesto de tanta caridad con el prójimo.
 
En cada casa un joven Heraldo se encargaba de transmitir un mensaje de fe y esperanza, además, rezaba por las intenciones del hogar visitado.

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Ángeles

La prueba que decidió el destino eterno de los ángeles fue el anuncio de la Encarnación del Verbo.
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noviembre 6, 2021

Al hacer de la nada el universo, quiso el Divino Artífice hacer de éste un reflejo suyo, espejándose en el hombre, rey de la creación y microcosmos, creándolo «a su imagen y semejanza» (Gn l, 26).

En el ápice de esta obra, superando en perfección a todas las criaturas visibles, se encuentran los Ángeles, seres dotados de inteligencia y puros espíritus, con personalidad propia y exclusiva, distribuidos por Dios en nueve coros: Serafines, Querubines, Tronos, Virtudes, Dominaciones, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles. Forman estos la milicia de la Jerusalén celeste, con la misión de adorar continuamente a la Santísima Trinidad, ejecutar los designios de Dios y guardar el género humano, así como gobernar toda la creación material. 1

¡Inmensa e inimaginable es esta corte celeste! «¿Por ventura pueden ser contadas sus legiones?» – indaga el libro de Job (25, 3). Y el profeta Daniel, maravillado exclama: «¡Millares y millares lo servían, decenas de millares lo asistían!» (Dn 7, 10).

La Prueba de los Ángeles

A tanta diversidad y belleza quiso Dios colocar un punto monárquico, un ser que representase de modo inigualable la luz eterna. Obra prima, esplendor de los esplendores, brillaba en lo más alto del universo angélico, todos se extasiaban delante de él: el primero de los Serafines y su nombre era Lucifer, «Aquel que portaba la luz».

A él se aplicaban las palabras de Ezequiel: «¡Tú eres el sello de la semejanza de Dios, lleno de sabiduría y perfecto en la belleza; tú vivías en las delicias del paraíso de Dios y todo fue empleado en realzar tu hermosura!» (Ez 28, 12-13).

Entretanto, a seres tan excelsos, reservada también estaba una prueba. A pesar de la perfección de la naturaleza angélica, no podían los Ángeles gozar de la esencia de la bienaventuranza: la posesión de la visión beatífica.

Delante de ellos el rostro del Señor se encontraba como envuelto en velos, y apenas sus reflejos animaban el ardiente amor de los Ángeles.

Según exégetas y teólogos, la prueba que decidió el destino eterno de los ángeles fue el anuncio de la Encarnación del Verbo: Dios habría de enviar a su Hijo Unigénito, nacido de una mujer, criatura que tendría su trono elevado por encima de las Potestades: María Santísima, Regina Angelorum.

A ese propósito, nos dice el Padre Pedro Morazzani: «El Creador eterno, inaccesible, todopoderoso, se uniría hipostáticamente a la naturaleza humana, elevándola así hasta el trono del Altísimo; y una mujer, la Madre de Dios, se tornaría medianera de todas las gracias, sería exaltada por encima de los coros angélicos y coronada Reina del universo». 2

El momento decisivo: ¡amar sin entender; someter los propios criterios a los criterios de lo Absoluto! ¡He aquí el acto que los confirmaría, in perpetuo, en la gracia y en la gloria!

«Fueron ellos sometidos a una prueba. En el momento de la prueba, muchísimos de estos espíritus permanecieron fieles a Dios; pero muchos otros pecaron. Su pecado fue de soberbia, queriendo ser iguales a Dios y no depender de Él» (CCE 3399).

La soberbia de Lucifer

San Miguel con el demonio - Giovanni Luteri

Lucifer, soberbio y dudoso, quiso sobrepasar el misterio que su entendimiento no alcanzaba… Creía que el Señor ignoraba la superioridad de la naturaleza angélica al preferir unirse a un ser tan inferior. Y al constatar que él, el arquetipo de los Ángeles, se vería en la obligación de adorar a un Hombre – aunque Divino -, esta unión hipostática le pareció intolerable.

El orgullo se había apoderado de aquel que era el perfecto desde el día de la creación, imaginando que, dándose la Encarnación del Verbo, se tornaría, así, el mediador entre Creador y criatura… «Aquel que de la nada fuera sacado, comparándose, lleno de altivez, pretendió robar lo que pertenecía al propio Unigénito del Padre». 3 «El Ángel pecó queriendo ser como Dios». 4

Un odioso grito de revuelta – inspiración de todos los gritos de insumisión de la Historia – se escuchó en el Cielo: «¡Nom Serviam!»

¡Subiré hasta el cielo, estableceré mi trono por encima de los astros de Dios, me sentaré sobre el monte de la alianza! ¡Seré semejante al Altísimo!» (Is 14,13-14).

«¡Quis ut Deus!» – gritó, ¡levantándose como una antorcha ardiente de fidelidad, un Serafín fuerte y esplendoroso! ¿Quién desafiaba al mayor entre los Ángeles? ¡Miguel, perfecto adorador de Verbo Divino, guerrero irresistible y de santa tenacidad!

«Hubo en el Cielo una gran batalla. Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón, y el dragón y sus secuaces luchaban contra» (Ap 12, 7). Arrastrando la tercera parte de los Ángeles, el «Portador de la luz» fue precipitado al infierno, convirtiéndose en el príncipe de las tinieblas, y su lugar no se encontró más en los Cielos.

¿Cómo caíste, oh astro resplandeciente, que en la aurora brillabas? «Tu soberbia fue abatida hasta los infiernos» (Is 14, 11-12).

En el mismo acto, el Arcángel San Miguel era elevado a la más alta jerarquía celestial, condestable de los ejércitos celestes, baluarte de la Santísima Trinidad.

Notas:

1 Cf. GILSON, Etienne. A filosofia na Idade Média. Trad. Eduardo Brandão. São Paulo: Mantins Fontes, 2007.
2 ARRA1Z, Padre Pedro Morazzani. Quem como Deus? In: Revista Arautos do Evangelho. São Paulo: n 69, set. (2007, p.l9.)
3 SAN BERNARDOP. Homilia sobre las excelencias de la Virgen Madre. In: Madrid: BAC, 1953, v. J, p. 215
4 SÃO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica I, q. 65, a. 5.

Espiritualidad

El 2 de noviembre la Iglesia conmemorará a los Fieles Difuntos, siendo una oportunidad para orar de modo especial por aquellos que nos han precedido en el camino hacia el cielo.
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noviembre 14, 2021

 El  2 de noviembre la Iglesia conmemorará a los Fieles Difuntos, siendo una oportunidad para orar de modo especial por aquellos que nos han precedido en el camino hacia el cielo y en el encuentro en la Casa del Padre. Una manera de interceder por ellos es a través de la sana oración por las benditas Almas del Purgatorio.

Pero ¿Qué dice la Iglesia al respecto?

El Catecismo de la Iglesia Católica en el capítulo tercero de la Primera Parte, referido a La Profesión de la Fe, habla de la purificación final o Purgatorio que los difuntos han de pasar antes de llegar al cielo.

«Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo», dice el Catecismo.

También recuerda que la Iglesia ha dado por nombre «Purgatorio» a aquella purificación final que han de pasar los hijos de Dios fallecidos que sí están en amistad con Dios, que es muy diferente al Infierno al que llegan los condenados quienes mueren en enemistad con Dios.

«Respecto a ciertas faltas ligeras, es necesario creer que, antes del juicio, existe un fuego purificador, según lo que afirma Aquel que es la Verdad, al decir que si alguno ha pronunciado una blasfemia contra el Espíritu Santo, esto no le será perdonado ni en este siglo, ni en el futuro (Mt 12, 31). En esta frase podemos entender que algunas faltas pueden ser perdonadas en este siglo, pero otras en el siglo futuro (San Gregorio Magno, Dialogi 4, 41, 3)», dice la doctrina de la fe relativa al Purgatorio, según los Concilios de Florencia y de Trento.

Asimismo, el Catecismo se refiere a la sana práctica de la oración por los fieles difuntos, recordando que desde los primeros tiempos la Iglesia ha honrado su memoria y ofrecido sufragios en su favor, de modo especial, el santo sacrificio de la Eucaristía, «para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios».

No en vano una de las Obras de Misericordia,  es la de orar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Además de esto, la Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y obras de penitencia en favor de los fallecidos.

La visión mística de Santa Gertrudis

También, de acuerdo con una tradición, en una visión mística que tuvo Santa Gertrudis la Grande -religiosa benedictina propagadora de la devoción al Sagrado Corazón-, Nuestro Señor Jesucristo se le presentó entregándole una oración y señalándole que quien la rece podrá librar mil almas del Purgatorio.

Esta es la oración:

Padre eterno, yo te ofrezco la preciosísima sangre de tu Divino Hijo Jesús, en unión con las Misas celebradas hoy día a través del mundo por todas las benditas ánimas del purgatorio por todos los pecadores del mundo. Por los pecadores en la iglesia universal, por aquellos en propia casa y dentro de mi familia. Amén.

Autor : Gaudium Press

Misiones

La imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María visitó la parroquia de San José de Minas.
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noviembre 4, 2021

La imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María visitó la parroquia de San José de Minas ubicada al nororiente de la ciudad de Quito.

El padre Cornelio Navarrete, párroco, y el padre Jorge Villalva EP de los Caballeros de la Virgen, celebraron las Eucaristías en honra de la Madre de Dios.

Los Caballeros de la Virgen colaboraron con la animación litúrgica con cantos populares e instrumentales. Se rezó el Santo Rosario antes de cada ceremonia y se realizaron dos pequeñas procesiones con los fieles devotos.

Antes de la bendición final de cada Eucaristía se realizó la coronación de la imagen de la Virgen como signo de fe, devoción y confianza en la Santísima Virgen.

En la despedida los devotos se acercaron para recibir una estampa y elevaron piadosas súplicas a Nuestra Señora.

Historia y Creación

La civilización será tanto más verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más sea claramente cristiana.
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noviembre 6, 2021

La Iglesia, al predicar a Cristo crucificado, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 23), vino a ser la inspiradora y principal promotora de la civilización; y la ha difundido por todos los lugares donde predicaron sus apóstoles, conservando y perfeccionando los buenos elementos de las antiguas civilizaciones paganas, arrancando de la barbarie y educando para una convivencia civil a los nuevos pueblos que se refugiaban en su seno maternal, y dándole a la sociedad entera, aunque poco a poco, pero con un trazo seguro y cada vez más progresivo, esa marcada huella que aún hoy se conserva universalmente.

La civilización del mundo es civilización cristiana; tanto más es verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más es claramente cristiana; tanto más decadente, con un inmenso daño del bien social, cuanto más se aleja del ideal cristiano.

La paz se establecería en el mundo si en él se realizara el ideal de la civilización cristiana

Así que por la fuerza intrínseca de las cosas, la Iglesia se convirtió efectivamente en la guardiana y defensora de la civilización cristiana. Tal hecho fue reconocido y admitido en otros siglos de la Historia y hasta formó el fundamento inquebrantable de las legislaciones civiles. En ese hecho estribaron las relaciones entre la Iglesia y los Estados, el reconocimiento público de la autoridad de la Iglesia en todos los asuntos que de algún modo afecten a la conciencia, la subordinación de todas las leyes del Estado a las divinas leyes del Evangelio, la concordia de los dos poderes, civil y eclesiástico, procurando de tal modo el bien temporal de los pueblos, que el eterno no padeciera quebranto.

No hace falta deciros, Venerables Hermanos, qué prosperidad y bienestar, qué paz y concordia, qué respetuosa sumisión a la autoridad y qué acertado gobierno se lograría y se mantendría en el mundo si se pudiera realizar íntegro el perfecto ideal de la civilización cristiana.

Mas, dada la continua lucha de la carne contra el espíritu, de las tinieblas contra la luz, de Satanás contra Dios, no es de esperar tal felicidad, al menos en su extensión. De ahí que a las pacíficas conquistas de la Iglesia se van haciendo continuos ataques, tanto más dolorosos y funestos cuanto más la humana sociedad tienda a regirse por principios adversos al concepto cristiano y, aún más, a separarse totalmente de Dios.

Restaurarlo todo en Cristo, incluso la civilización

No por eso se ha de perder el ánimo. La Iglesia sabe que contra ella no prevalecerán las puertas del infierno; pero también sabe que en este mundo sufrirá presiones, que sus apóstoles son enviados como corderos entre lobos, que sus seguidores serán siempre el blanco del odio y del desprecio, como de odio y desprecio fue víctima su divino Fundador. No obstante, la Iglesia marcha adelante imperturbable y, mientras propaga el Reino de Dios en donde todavía no ha sido predicado, procura por todos medios reparar las pérdidas sufridas en el Reino ya conquistado.

«Restaurarlo todo en Cristo» ha sido siempre el lema de la Iglesia y es principalmente el Nuestro en los perturbados tiempos que atravesamos. Restaurarlo todo, no de cualquier manera, sino en Cristo: «Recapitular en Cristo todas las cosas del Cielo y de la tierra» (Ef 1, 10), agrega el Apóstol; restaurar en Cristo no sólo cuanto propiamente pertenece a la divina misión de la Iglesia, que es guiar las almas a Dios, sino también, como ya hemos explicado, todo cuanto se ha derivado espontáneamente de aquella divina misión, esto es, la civilización cristiana con el conjunto de todos y cada uno de los elementos que la constituyen.

Y por hacer un alto en esta última parte de la anhelada restauración, bien veis, Venerables Hermanos, cuánto ayudan a la Iglesia aquellas falanges de católicos que precisamente se proponen reunir todas sus fuerzas vivas para combatir por todos los medios justos y legales contra la civilización anticristiana; reparar a toda costa los gravísimos desórdenes que de ella provienen; introducir de nuevo a Jesucristo en la familia, en la escuela, en la sociedad; restablecer el principio de la autoridad humana como representante de la de Dios; tomar sumamente en serio los intereses del pueblo, particularmente los de la clase obrera y agrícola, no sólo infundiendo en el corazón de todos la verdad religiosa, único verdadero manantial de consuelo en los trances de la vida, sino cuidando de enjugar sus lágrimas, suavizar sus penas, mejorar su condición económica con medidas bien concertadas; trabajar por conseguir que las leyes públicas se acomoden a la justicia y se corrijan o se destierren las que le son contrarias; defender, finalmente, y mantener con ánimo verdaderamente católico los derechos de Dios y los no menos sagrados derechos de la Iglesia. […]

Adaptación a lo que es contingente, fidelidad a lo que es inmutable

Conviene notar que no todo lo que en los siglos pasados pudo ser útil, o incluso únicamente eficaz, sea posible restablecerlo hoy en la misma forma, pues radicales son los cambios que con el correr de los tiempos se introducen en la sociedad y en la vida pública y tantas las nuevas necesidades que las circunstancias cambiantes suscita continuamente.

Pero la Iglesia, en el largo curso de su historia, ha demostrado siempre luminosamente que poseía una maravillosa virtud de adaptación a las variables condiciones de la sociedad civil, de suerte que, salvada siempre la integridad e inmutabilidad de la fe y de la moral, así como sus sacrosantos derechos, fácilmente se adapta y se ajusta, en todo cuanto es contingente y accidental, a las vicisitudes de los tiempos y a las nuevas exigencias de la sociedad.

La piedad, dice San Pablo, se acomoda a todo, pues posee las promesas divinas, así en orden a los bienes de la vida actual como a los de la futura: «La piedad aprovecha para todo. Tiene la promesa de la vida, la presente y la futura» (1 Tim 4, 8). ◊

Fragmentos de: SAN PÍO X.
Il fermo proposito, 11/6/1905.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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