Misiones

Misión puerta a puerta en Tutupali

 
Los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen en Cuenca realizaron una «Misión Mariana» en la parroquia de Tutupali Grande, sector ubicado en las periferias de la ciudad de Cuenca. 
 
La misión consistió en visitar todas las casas posibles en un determinado horario; se recorrieron varias cuadras invitando a las personas a que reciban por unos instantes a la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María.
 
La alegría y emoción era muy notorio en las personas al recibir una visita tan especial. Las familias quedaban muy agradecidas por ese gesto de tanta caridad con el prójimo.
 
En cada casa un joven Heraldo se encargaba de transmitir un mensaje de fe y esperanza, además, rezaba por las intenciones del hogar visitado.

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Santos

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad.

febrero 12, 2022

¡Lourdes!

¿Dónde encontraremos las palabras que alcancen a explicar todo cuanto ese nombre significa para la piedad católica en el mundo entero? ¿Quién podrá traducir en palabras el ambiente de paz que envuelve la gruta sagrada en la cual, hace más de 150 años, vino la Santísima Virgen para estar con la humilde Bernardette e inaugurar, de modo definitivo, un nuevo vínculo con la humanidad sedienta de consuelo y de paz?

Por designio de la Divina Providencia, a ese lugar se asoció una acción intensa de gracia, especialmente capaz de transmitir a los millares de peregrinos, venidos de lejos, la certeza interior de que sus oraciones son benignamente oídas, sus dramas apaciguados, y sus esperanzas fortalecidas. En efecto, a lo largo de este siglo y medio, las ásperas rocas de Massabielle se han convertido en palco de las más espectaculares conversiones y curas, legando a la Santa Iglesia Católica un tesoro espiritual de valor incalculable.

En Lourdes tales curas y conversiones se revisten de una grandiosidad peculiar, delante de la cual nuestra lengua enmudece. Allí está, delante de todos, la sublimidad del milagro. Mientras tanto, no se puede hablar de Lourdes sin recordar con veneración a la protagonista ligada de modo indisociable a esa historia de bendición y misericordias.

La modesta pastorcita a quien Nuestra Señora apareció es el primero y mayor milagro de Lourdes: ella simboliza la íntegra fidelidad a los llamamientos a la conversión y penitencia, que aquellos días fueron lanzados por la Reina de los Cielos, y que habrían de llegar a los más alejados rincones de la Tierra.

Santa Bernardita. Infancia marcada por la Fe

Bernardette nació en un siglo de profundas transformaciones. Animada, por un lado, por la oleada de devoción mariana que el pontificado del Beato Pío IX estaba suscitando, la segunda mitad del siglo XIX presenciaba el avance insolente del ateísmo y del materialismo.

Los espíritus estaban divididos y, a fin de actuar precisamente en esa encrucijada de la Historia, María Santísima quiso servirse de la hija primogénita del matrimonio Soubirous.

¡Qué alejados, pues, de esta suerte de consideraciones, estaban François y Louise, el 7 de enero de 1844! Ese día les nacía su hija Bernardette en el Molino Bolli, en las cercanías de Lourdes, durante los días felices de abundancia que ellos allí pasaron.

La niña fue bautizada, recibiendo el nombre de su madrina Bernarde, al que se sumó el de Nuestra Señora que se le habría de aparecer. Marie- Bernarde, es como se llamaba Bernardette, que no escapó al diminutivo cariñoso que le acompañaría por el resto de su vida.

Santa Bernardita
Santa Bernadette Soubirous
La imagen de arriba y abajo

En el Molino Bolli transcurrió su primera infancia, marcada por una religiosidad auténtica y sincera, además de la frecuencia a los sacramentos, la oración en conjunto a los pies del crucifijo era una eximia práctica de los principios cristianos a la que correspondían como un deber moral el matrimonio de campesinos. Bernardette creció, por así decir, respirando la santa fe católica del mismo modo que respiraba el aire puro de la montañosa región de los Pirineos.

La miseria visitó el hogar de los Soubirous.

La época era difícil y los negocios de François Soubirous iban mal. A los ocho años de edad Bernardette se trasladadó a un molino más sencillo, y al cabo de tres años alquilaron una cabaña al lado del camino. Ya crecida, ella acompañaba las progresivas desgracias de los padres y enfrentaba, con admirable resignación, la situación de indigencia a la que se vieron reducidos en 1856, hasta el punto de tener que mudarse hasta la antigua cárcel de Petits- Fósees: un cubículo húmedo y pestilente que las autoridades habían juzgado inadecuado hasta para los presos.

La pobreza allí era completa. El habitáculo medía menos de cinco por cuatro metros y la familia no poseía absolutamente nada excepto el mobiliario más indispensable y las ropas. La luz del sol nunca penetraba en el lugar, marcado por la reja de la ventana y por el cerrojo de la pesada puerta -reminiscências del antiguo calabozo. Allí vivían los padres y los cuatro hijos, constantemente atormentados por el hambre.

bernardita

Cuando conseguían comprar pan, la madre lo dividía entre los pequeños, que aún así se sentían insatisfechos. Bernardette, no pocas veces, se privaba de su pequeña parte a favor de los más jóvenes, sin nunca demostrar el menor desacuerdo por eso. Por la noche, sin conseguir dormir, atormentada por el asma, Bernardette lloraba. La causa principal de aquél desahogo, sin embargo, no era la enfermedad o las duras privaciones materiales.

El único deseo de la angelical niña era hacer la primera comunión, pero la necesidad de cuidar de los hermanos y de la casa le impedía frecuentar el catecismo, aprender a leer y a escribir y hasta hablar el francés. De hecho, cuando la Santísima Virgen le dirigió la palabra, lo hizo en patois, el dialecto de la región de Lourdes.

Si Bernardette deseó algo para sí misma, en los días de su infancia, fue únicamente recibir el Santísimo Sacramento, el Señor ofendido por los pecados de los hombres, que ella aprenderá tan pronto a consolar.

Días de pastoreo en Bartrès.

Las pocas veces que Bernardette frecuentó las aulas de catecismo en Lourdes fueron desaprovechadas, porque no conseguía acompañar al resto, más jóvenes y adelantadas que ella. Louise Soubirous estaba preocupaba por la hija, de 13 años, que todavía no había hecho la primera comunión, y resolvió pedir a su amiga, María Lagües, que la aceptase en Bartrès -aldea no muy distante de Lourdes- con el objetivo de que Bernardette allí pudiese frecuentar las aulas de catecismo.

Por consideración y amistad, María Lagües la recibió en su casa, pero no fue tan fiel a su promesa como sería de esperar -enseguida ocupó a Bernardette en los servicios de la casa y en el cuidado de los hijos. Y su marido encontró en ella su pastora ideal para su rebaño de corderos. Fue en ese periodo de pastoreo cuando Bernardette se solidificó en la oración, durante las largas horas transcurridas en el más completo silencio en medio del privilegiado panorama Pirenaico. Contemplativa, ella montaba un pequeño altar en honra de la Santísima Virgen y allí pasaba horas de gran fervor recitando el Rosario, la única oración que conocía.

Un hecho que le ocurrió a Bernardette en esta época demuestra la pureza cristalina de su corazón. Cierto día, cuando François Soubirous fue a visitar a su hija, la encontró triste y cabizbaja. Le preguntó qué era lo que le afligía. – Todos mis corderos tienen los costados verdes- respondió ella.

El padre, dándose cuenta de que se trataba de la marca hecha por un intermediario, hizo un comentario gracioso: – Ellos tienen los costados verdes porque comieron mucha hierba. – ¿Y pueden morir? -preguntó asustada Bernardette. – Tal vez… Apenada, comenzó a llorar en el mismo instante, entonces el padre le contó la verdad: – Vamos, no llores. Fue el intermediario que los marcó así.

Más tarde, cuando le llamaron boba por haber creído en semejante disparate, su respuesta constituyó una demostración involuntaria de su elevada virtud: – Yo nunca mentí; no podía suponer que aquello que mi padre me decía no era verdad. Los días pasaban lentamente en la pequeña aldea, y ya habían pasado siete meses desde la llegada de Bernardette.¡Cuánta esperanza de aproximarse a la mesa eucarística traía en la llegada, y qué decepción experimentaba, después de las pocas aulas de insignificante instrucción! Aquella espera interminable la afligía, pero, como todo en la vida del hombre, fue permitido por Nuestro Señor.

«Sufre los retrasos de Dios; dedícate a Dios, espera con paciencia, con el fin de que, en el último momento, tu vida se enriquezca» (Eclo 2, 3) Esas palabras, desconocidas para Bernardette, significaban exactamente como Dios procedió con respecto a ella. Al mismo tiempo en que la gracia inspiraba en su alma un ardiente deseo de las cosas elevadas, éstas parecían serle retiradas.

Con eso, su ansia se robustecía, y todo lo que era terrenal empezaba a ser poco a sus ojos, cada vez más aptos para comprender las realidades sobrenaturales. Como suele pasar con las almas que Dios prueba por medio de largas esperas, le estaban reservadas gracias mucho mayores.

Celestial sorpresa.

De vuelta a la casa paterna, Bernardette retomó los antiguos quehaceres.

En la mañana inolvidable del 11 de febrero de 1858, salió con la hermana Toinette y la amiga Jeanne Abadie para el bosque, con el fin de recoger leña para la chimenea y huesos que vender para comprar algún alimento. Anduvieron bastante hasta llegar a la gruta de Massabielle, donde Bernardette nunca había estado. En el momento en que las despiertas niñas atravesaban el agua helada del río Gave, Bernardette se preparaba para hacer lo mismo.

gruta lourdes
Gruta de las Apariciones

Ésta es la narración de Bernardette de lo que entonces sucedió: «Escuché un barullo, como si fuese un rumor. Entonces, volví la cabeza hacia la orilla del prado; vi que los árboles no se movían en absoluto. Seguí descalzándome. Volví a escuchar el mismo barullo. Levanté la cabeza, mirando hacia la gruta. Vi a una Señora toda de blanco, con el vestido blanco, un cinturón azul y una rosa amarilla en cada pie, del color de la cadena de su rosario: las cuentas del rosario eran blancas»

Era la Santísima Virgen que le sonreía y le llamaba para que se aproximara. Temerosa, Bernardette no se adelantó, sino que sacó su tercio y comenzó a rezar. Lo mismo hizo la «bella Señora», que aunque no moviese los labios la acompañaba con su propio rosario. Después, al terminar el Rosario, Ella desapareció.

La impresión que esa primera aparición produjo en Bernardette fue profunda. Sin reconocer en Ella a la Madre celeste, la niña se sentía irresistiblemente atraída por esa figura tan amable y admirable, en la cual no podía parar de pensar. Cuando una monja le preguntó, años más tarde, en la enfermería del convento, si la Señora era bella, ella respondió: – ¡Sí! ¡Tan bella que, cuando se ve una vez, se desea la muerte sólo para volver a verla!

Dieciocho encuentros en Massabielle.

Por más que Bernardette hubiese pedido que guardaran el secreto a sus dos compañeras, a las que contó lo que viera, ellas no se mantuvieron calladas en ningún momento.

Poco más tarde, eran decenas de personas las que comentaban en la vecindad el sobrenatural acontecimiento. Y era apenas El comienzo: la impresionante popularidad de las apariciones asumió proporciones tales, que el día 4 de marzo, estaban junto a Bernardette nada menos que 20.000 peregrinos.

Antes de cada visita de Nuestra Señora, Bernardette sentía un enorme deseo de ir a Massabielle. Fue lo que ocurrió los días 14 y 18 de febrero, cuando un presentimiento interior la condujo hasta la gruta. En la segunda aparición, la Virgen Santísima permaneció nuevamente en silencio; dijo apenas alguna palabra el día 18, como nos lo narra la obediente niña: «La Señora sólo me habló en la tercera vez. Me preguntó si quería ir allí durante 15 días. Le respondí que sí, después de pedir permiso a mis padres»

El santuario de Lourdes es uno de los mayores centros de peregrinación del mundo católico, acogiendo cerca de 6 millones de peregrinos todos los años

La quincena de apariciones, que se dio entre el 18 de febrero y el 4 de marzo, con excepción de los días 22 y 26, constituyó el gran foco de irradiación del mensaje confiado a Bernardette. Cada día se multiplicaba el número de asistentes que emprendían penosos viajes, atraídos por los celestiales coloquios. Aunque nadie más que Bernardette viese a la «Señora», todos sentían Su presencia y se conmovían con los éxtasis de la campesina.

– Ella no parecía de este mundo -dijo un testigo. Las palabras de Nuestra Señora no fueron muchas, aunque de expresivo significado. Dijo a Bernardette el mismo día 18: «No prometo hacerte feliz en este mundo, pero sí en el otro». Y otras veces: «Yo quiero que venga aquí mucha gente». «¡Pide a Dios por los pecadores! ¡Besa la tierra por los pecadores!». «¡Penitencia, penitencia, penitencia!». «Ve y di a los sacerdotes que construyan aqui una capilla. Quiero que todos vengan en procesión». Todavía durante la quincena, la Reina de los Cielos confió tres secretos y enseñó una oración a Bernardette, que ella recitó con insuperable fervor todos los días de su vida.

Después de un largo silencio con respecto a su identidad, la Señora reveló su nombre a Bernardette en la decimosexta aparición, el 25 de marzo de 1858: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Era una solemne confirmación del dogma proclamado por el Beato Pío IX cuatro años antes; la pureza de doctrina sería coronada, de aquí en adelante, por la belleza de los milagros.

Transformada por Nuestra Señora.

Uno de los criterios de prudencia adoptados por la Santa Iglesia para verificar la autenticidad de las revelaciones como las que recibió Bernardette, es observar atentamente la conducta de los videntes. En ellos, se refleja invariablemente la veracidad y el tenor de lo que dicen ver: su testimonio personal es decisivo.

Los enfermos no tardaron en servirse de ella y las curas inexplicables se iniciaron el 1 de marzo. Enfermos desahuciados «por la razón y por la ciencia» veían sus males desaparecer en un instante, y los argumentos de innumerables corazones reticentes se transformaron en cánticos de fe.

Cuando Bernardette, más tarde, probó esta agua para sus penosas dolencias, no le fue eficaz. Le preguntaron, entonces: – Esa agua cura a otros enfermos: ¿Por qué no te cura a ti? – Tal vez la Santísima Virgen quiera que yo sufra- fue su respuesta.

Lourdes aguas

De hecho, su vocación era sufrir y expiar por la conversión de los pecadores. La fuente no era para ella. Esa hija predilecta de María comprendió con profundidad su singular llamada.

Todo cuanto habría de padecer física y moralmente de ahí en adelante -que no fue poco- ella deseaba unirlo a los méritos infinitos del Redentor crucificado, para que fuese pleno el efecto de las gracias derramadas en la gruta. Nunca un murmullo, una queja o un acto de impaciencia se desprendieron de sus resignados labios, acostumbrados al silencio y a la inmolación.

En el asilo de Nevers.

Después del ciclo de las apariciones, todos querían ver a Bernardette y tocarla. Le pedían bendiciones, le robaban reliquias… Hombres ilustres emprendían largos viajes para conocerla y altas figuras eclesiásticas no escondían su admiración delante de ella.

Pero, ¡cuánto le hacían sufrir por causa de eso! En su acrisolada humildad, Bernardette se sentía incómoda delante de tantas manifestaciones de deferencia. Su mayor deseo era ser olvidada, quería que sólo la Virgen Santísima fuese objeto de encanto y amor. En Lourdes, ella vivió todavía nueve años en el Asilo, administrado por las Hermanas de la Caridad y de la Instrucción Cristiana, de Nevers.

Ayudaba en la atención a los enfermos, en los servicios de la cocina, cuidando de los niños. A los 23 años partió hacia la Casa Madre de la Congregación, en Nevers, deseando ávidamente la vida de recogimiento y oración: – Vine aquí para esconderme -dijo.

Sus trece años de vida religiosa fueron acentuados por la práctica de todas las virtudes y, de modo especial, el desprendimiento de sí misma y el amor al sufrimiento. De ese período, pasó nueve años de ininterrumpidas enfermedades: el asma inclemente, un doloroso tumor en la rodilla, que evolucionó hasta una terrible infección de los huesos. El día 16 de abril de 1879, a los 35 años de edad, ella entregó su alma al Creador.

"Me encontraréis junto al peñasco"

Sus restos mortales incorruptos constituyen uno de los más bellos vestigios de la felicidad eterna que Dios haya otorgado a los pobres mortales en este Valle de Lágrimas.

Intacto, puro, angélico es el cuerpo de Bernardette, delante del cual el peregrino se siente atraído a pasar horas seguidas en oración, y levantarse con la dulce impresión de haber penetrado en la felicidad eterna de la que goza la vidente de Massabielle.

Bernardette
Cuerpo incorrupto de Santa Bernardette Soubirous - Nevers (Francia)

Allí están, cerrados, pero elocuentes, los ojos que otrora contemplaran a la Santísima Virgen, para enseñarnos que los únicos que son exaltados son los mansos y los humildes de corazón; para recordarnos que, para realizar Sus grandes obras, Dios no precisa de las fuerzas humanas, sino de la fidelidad a la voz de Su gracia.

Sabemos que la misión de Bernardette no terminó. La acción beneficiosa de su intercesión se hace sentir junto a la gruta, como ella misma predijo: «Me encontraréis junto al peñasco que tanto amo». Que ella nos obtenga, en este año de jubileo y acción de gracias, una confianza inquebrantable en el poder de Aquella que dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción».

Tamara Victório Penin

Destacados, Oraciones

febrero 22, 2022

Oh mi Santo Ángel de la Guarda personal, ya que la Providencia te destinó a protegerme contra todo mal, peligro y acción preternatural; yo, …… deseo consagrarme a ti. Te entrego mi cuerpo con todos sus miembros, mi alma con todas sus potencias y con todos sus méritos pasados, presentes y futuros, como también todos los bienes materiales que me pertenecen. En este momento en que entrego en tus manos todo mi ser y sus haberes, te ruego que tomes entera cuenta y posesión de mí, y asumiéndome, me des el obsequio de participar de tus dones, virtudes, potencias y gracias. Así sea.

Autor: Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

Historia y Creación

Pese a que muchos titubeaban o incluso rehusaban creérselo, el Titanic estaba a punto de consumar su carrera. En breve se encontraría sepultado bajo las aguas.

enero 7, 2022

Estaba concluyendo la Belle Époque,1 un tiempo marcado por la búsqueda del disfrute de la vida, de la alegría liviana y relajada y por grandes adelantos científicos e industriales que le proporcionaban al hombre la sensación de seguridad, estabilidad y autosuficiencia. Sin embargo, todo caminaba a pasos agigantados hacia un trágico final: la Primera Guerra Mundial.

En ese contexto histórico fue cuando la empresa naviera White Star Line, a iniciativa de su presidente, Joseph Bruce Ismay, terminó la construcción del Titanic, cuyo viaje inaugural, con destino a Nueva York, partiría del puerto de Southampton el 10 de abril de 1912.

Aquel día el sol había despuntado particularmente luminoso, el cielo se mostraba límpido y una suave brisa recorría la ciudad, mientras que las aves parecían volar con más vivacidad que la de costumbre. Todo concurría a presagiar el éxito del mayor transatlántico jamás construido.

Se dice que una ilustre dama de la sociedad inglesa, apellidada Cadwell, mientras observaba cómo el personal de cubierta cargaba el equipaje, le preguntó a uno de los mozos:

—¿Es verdad que este barco es insumergible?

—Así es, señora. ¡Ni Dios lo hunde! —le contestó.

Osada afirmación… No obstante, aquellas palabras no sólo representaban la opinión de un simple marinero, sino que reflejaba el estado de espíritu laico y cautivado por el progreso que impregnaba la sociedad inglesa de la época. El gigantesco buque alucinó a las mentes tanto de los que lo construyeron como de aquellos que en él embarcaron.

Grande y diversa reunión social

El Titanic salió de Southampton con más de 2000 pasajeros a bordo, entre ellos nobles y millonarios, miembros de la alta sociedad de la época y el propio Bruce Ismay. Varios eran habituales en los viajes liderados por el renombrado capitán Edward Smith, que, a sus 62 años, navegaría por última vez al mando.

A parte de los magnates y gente adinerada que constituían la primera y la segunda clase, a bordo iba una tercera, compuesta por emigrantes que se dirigían a Estados Unidos llenos de esperanza, confiados en obtener en el Nuevo Mundo una considerable fortuna que les permitiera escapar de su condición obrera.

Más que una común y corriente travesía por el Atlántico, ese viaje podría ser considerado como una grande y diversa reunión social. En las distintas cubiertas del moderno barco, personas de todas las condiciones recorrían optimistas el delicioso «mar de los sueños» que el mundo ilusamente les ofrecía.

Despreocupados, rumbo al desastre

El domingo 14 de abril el día rayó también sereno y soleado. A las 9 h, no obstante, el radiotelegrafista recibió un mensaje del Caronia, una embarcación que navegaba por aquella zona, en el que se les avisaba de la presencia de hielo en la superficie marina. Nadie, sin embargo, le dio mucha importancia al asunto.

A las 13:40 h, un nuevo recado, esta vez enviado por el Baltic, otro transatlántico de la White Star Line, en donde se alertaba acerca de una gran cantidad de icebergs exactamente en la ruta que el Titanic estaba siguiendo. El telegrafista transmitió la noticia al puente de mando y el oficial responsable la encaminó al capitán Smith.

Éste, como era la hora de la comida, decidió terminarla tranquilamente y después se dirigió al castillo de popa en busca del presidente de la compañía, que paseaba por allí; tras recibir el mensaje se guardó el papel en el bolsillo y siguió andando.

A lo largo de la cadena de mando nadie quiso preocuparse con el peligro. Todos preferían endosárselo a un superior o dejar de lado aquel «fastidio» que amenazaba con estropearles tan agradable travesía.

No tardaron en llegar nuevas advertencias, en esta ocasión del SS Amerika y del SS Californian, pero el operador de radio, Jack Philips, optimista como todos, no los tomó en cuenta.

La falta de vigilancia y la vergonzosa despreocupación que tantas veces preceden a los grandes desastres ocurridos en la Historia se extendían por aquella tripulación… Su actitud omisa y absurda anunciaba la inevitable tragedia: en unos instantes tendría lugar la colisión.

Investigaciones posteriores levantaron la sospecha de que la decisión de no reducir la velocidad del barco ni alterar su rumbo se debió a la presión ejercida sobre el comandante por el presidente de la compañía, Bruce Ismay2… La amplia experiencia del capitán Smith le hacía consciente del peligro que los icebergs significaban en aquellas aguas. Pero le pareció más importante colaborar en mantener el prestigio de la compañía y evitar maniobras que impidieran finalizar la travesía en el tiempo estimado…

Además, no era plausible pensar que aquel buque tan grande, potente y bien construido llegara a hundirse en plena época de éxitos y desarrollo.

Por la noche, el capitán se retiró sin darle mayor importancia a la gravedad de la situación. Mientras las estrellas cintilaban en la bóveda oscura de un cielo sin luna, las luces de los salones y los camarotes se iban apagando poco a poco. En el barco reinaba la calma; en el mar los icebergs se acercaban amenazadores…

Astuta acción del demonio

La ceguera y consecuente inacción ante el peligro tan inminente nos resultan angustiadoras y nos llevan a preguntarnos qué motivo habría para tan grande «bobada» colectiva.

Ahora bien, analizando los hechos más profundamente, se percibe en ese episodio histórico la presencia discreta, casi inapreciable del demonio, maestro en usar una táctica sagaz y muy eficaz en sus confabulaciones.

Para que se entienda mejor, pensemos cómo actúa el cáncer sobre una persona. Se trata de una enfermedad potencialmente mortal, cuyo principal peligro está en el hecho de ser, al comienzo, imperceptible. Las células afectadas van formando silenciosamente tumores en el organismo y cuando el individuo empieza a sentir sus síntomas, el daño ya es, muchas veces, irreversible.

Así también se comporta Satanás. Su trampa consiste en influenciar a las almas al actuar con discreción. Cuando la persona se da cuenta de su presencia, mil y un defectos y miserias ya han echado raíces en su alma, haciéndose dificilísimo combatirlos.

Ahora bien, esa no es la peor artimaña del enemigo infernal. Existe un medio más nocivo para atentar contra los hijos de Dios: ¡revestirse con apariencias de bien! Son los «lobos rapaces» que se disfrazan de «buenas ovejas» contra los cuales nos alerta el divino Redentor en el Evangelio (cf. Mt 7, 15).

En esas ocasiones, el mal se presenta bajo el velo de supuesta virtud para corroer sin obstáculos a su presa. Embriagada por la belleza, suavidad y blancura que cree constatar en la falsa oveja, la víctima no logra discernir nada de malo o peligroso y se deja devorar. De nada sirven, habitualmente, las advertencias que le son hechas.

Siendo así, se podría afirmar que el estado de espíritu de los tripulantes y pasajeros del Titanic tuvo su origen en un terrible «cáncer» llamado mundanismo. O, tal vez, que fueron atacados por un lobo feroz disfrazado de inocente oveja, conocido como progreso humano.

Veían este mundo traicionero como un mar de placeres inofensivos, maravillosos e interminables, cuando, en realidad, es sólo el campo de batalla transitorio en el cual se decide nuestro destino eterno. Confiaban en los avances de la ciencia y de la tecnología hasta el punto de considerarse inmunes a cualquier desastre, como si nuestras vidas no fueran gobernadas desde lo alto por el Dios omnipotente. Cuando se dieron cuenta de su ilusión, ya era demasiado tarde…

Y sucedió lo inevitable…

En torno a las 23:30 h de aquella noche sin luna, aparentemente tranquila, los vigías Frederick Fleet y Reginald Lee divisaron desde la atalaya una imagen siniestra: ¡un gigantesco bloque oscuro flotaba a unos 500 metros de distancia de la proa del barco! El monstruoso obstáculo no pudieron verlo antes porque los responsables no disponían de prismáticos…3

Enseguida sonaron tres toques de alarma y el puesto de mando recibió un aviso por teléfono: «¡Iceberg a la vista!». El primer oficial, William McMaster Murdoch, no tuvo tiempo de tomar ninguna medida preventiva; únicamente gritó: «¡Apaguen los motores! ¡Giren todo a babor!».

La orden fue obedecida de inmediato, pero el obstáculo se encontraba demasiado cerca. Lo que parecía imposible se volvió inevitable: el Titanic colisionó de forma violenta contra el hielo y fue perdiendo velocidad poco a poco, hasta detenerse… ¡Estaba mortalmente herido!

El armador del barco, el ingeniero naval Thomas Andrews, acompañado por el capitán Smith, se apresuró a hacer una inspección y confesó al instante que estaba todo perdido. Con tres de sus dieciséis compartimentos estancos dañados, el Titanic podría continuar flotando, y aún lo haría, en caso extremo, hasta con cuatro de ellos totalmente inundados. Sin embargo, el iceberg había chocado con el navío con tanta fuerza y en un ángulo tal que fueron cinco los compartimentos que se vieron afectados de una sola vez.

La gravedad de la situación los llevó a despertar a la tripulación que no estaba de servicio en ese momento: «¡Vamos compañeros, salid! No nos queda ni media hora de vida. Esto nos lo dice el Sr. Andrews. Pero guardáoslo para vosotros, que nadie lo sepa»4.

No hubo, de hecho, ni campanas, ni sirenas, ni ningún tipo de alarma general. La noticia fue comunicada de persona a persona, y se les pedía a todos los pasajeros que se reunieran en la cubierta principal con los chalecos salvavidas puestos.

¿Cómo reaccionaron los pasajeros?

En el interior del barco, el golpe fatal solamente redundó en una leve sacudida. Se cuenta que en la sala de fumadores aún estaban algunos jugando al póker a esas horas. Sintieron un ligero impacto y vieron desfilar por las ventanas una montaña de hielo de más de 20 metros. No obstante, la noche les parecía bella y tranquila. No se tomaron la molestia de salir a ver qué estaba pasando. A fin de cuentas, se encontraban en el Titanic, el gran transatlántico que «ni Dios lo podía hundir»…

Poco a poco la realidad se fue volviendo indiscutible. Mientras la mayor parte de las personas dormía, el mar iba inundando el barco. En escasos minutos dos metros y medio de agua cubrían la sala de máquinas. Y ni siquiera eso consiguió sacudir el optimismo absurdo de buena parte de los pasajeros; muchos aún dudaban si de verdad se estaba hundiendo… Cuando los empleados los despertaban y les ayudaban a ponerse el chaleco salvavidas, algunos sonreían, creyendo que se trataba de una medida exagerada.

Media hora después de la medianoche daban la orden: «Mujeres y niños a los botes salvavidas». Quince minutos después, el primero de ellos descendía al mar. Pero la evacuación fue hecha de forma lenta y desorganizada.

Varios de los marineros no sabían siquiera a cuáles de los botes tenían que ir, porque nunca habían sido entrenados a reaccionar en caso de emergencia… Por falta de pericia de los responsables, solamente cuatro de los veinte botes disponibles fueron llenados a más del 70% de su capacidad.

Además de la incompetencia de la tripulación otro factor concurrió al fracaso de la operación: ¡muchos pasajeros se negaron a entrar en los botes! Se sentían mucho más seguros en el Titanic y no creían en el inminente hundimiento. Muchas mujeres, que deberían haber sido las primeras en evacuar la embarcación, rechazaban hacerlo al juzgar que fuera imposible que el buque llegara a hundirse.

Al principio, no hubo entre los pasajeros ninguna señal de pánico. Uno de los motivos para ello es el hecho de que la propia tripulación del barco les hizo que creyeran que todo se trataba de un mero simulacro… Además, la orquesta seguía tocando melodías alegres, con el fin de mantener la calma.

¿Hasta qué punto persistiría aquella obstinación general que ya superaba todos los límites de lo inimaginable?

¡Finalmente se dieron cuenta!…

Pese a que muchos titubeaban o incluso rehusaban creérselo, el Titanic estaba a punto de consumar su carrera. En breve se encontraría sepultado bajo las aguas.

A las dos de la madrugada, el lento y dramático descenso del titán de los mares a las profundidades del Atlántico se aproximaba del momento final. Únicamente entonces, al toparse de frente con la seriedad de la muerte, se deshicieron las irrisorias ilusiones de los más recalcitrantes y se desmoronó su confianza mundana. Algunos se acordaron de Dios y empezaron a rezar. Otros corrían desorientados por los pasillos y salones de la embarcación, presos de la desesperación.

A los 2:17 h todas las luces del buque se habían apagado. En medio de la oscuridad nada más que se percibía gente lanzándose desde todas partes al mar helado como último intento de salvarse.

A las 2:20 h del 15 de abril, las aguas del océano se cerraban para siempre sobre el orgulloso navío y, con él, se hundía el estúpido optimismo de toda una generación. El naufragio del Titanic ponía de relieve, en cierto sentido, el fraude de ese way of life5 ateo y hedonista.

El mundo de hoy: un «nuevo Titanic»

Tan sólo 660 personas de las más de 2000 que habían embarcado en Southampton sobrevivieron al naufragio. Pero ¡ay!, ¡cuántas oportunidades hubo de evitar o minimizar tan enorme catástrofe!

Si los comandantes les hubieran dado verdadera importancia a los mensajes recibidos el domingo alertándoles sobre los icebergs… Si la presencia de prismáticos en el equipo de los vigías les hubiera permitido avistar un minuto antes aquel enorme bloque de hielo… Si la tripulación hubiera sido entrenada para actuar correctamente en aquella emergencia… Si los pasajeros hubieran creído en el peligro inminente… ¡Cuántas de esas 1500 vidas perdidas no se podrían haber salvado!

Ahora bien, ¿quién sabe si, a semejanza de lo ocurrido milenios antes en la Torre de Babel, Dios no habría permitido que, en el hundimiento del Titanic, el hombre fuera víctima de su propio orgullo? ¿No habrá consentido Él en ese fracaso como un merecido castigo a la arrogancia humana de principios de siglo, que osaba desafiar al Creador con sus conocimientos científicos?

Analogías no faltan tampoco entre los días de hoy y el naufragio del poderoso buque. Ante la decadencia moral, social e intelectual en que vivimos inmersos, antes las cada vez más frecuentes catástrofes naturales sean o no causadas por el ser humano, ante las pandemias y misteriosas enfermedades que amenazan al mundo entero, el hombre hodierno insiste en quedarse mirando hacia sí mismo.

Y «ese optimismo a toda prueba, que no se altera ante las más evidentes manifestaciones de que las cosas van mal, indica una insensibilidad ante los planos de la Providencia y, en último análisis, un divorcio entre los hombres y Dios»6.

La humanidad ya ha recibido numerosas advertencias con respecto al peligro que la amenaza. La principal de ellas fue dada por la propia Virgen Santísima en Fátima, pocos años después del episodio histórico que acabamos de recordar. ¿Habrá sido Ella escuchada por los que se dicen hijos suyos? ¿O los hombres creen, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la Historia, que la «poderosa embarcación» del mundo es «insumergible» como supuestamente lo era el Titanic?

Lo cierto es que, desde la expulsión de nuestros primeros padres del paraíso terrenal, Dios juró que la estirpe de la Virgen vencería a la de la serpiente. Y por eso Nuestra Señora prometió: «¡Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará!».

No nos preocupemos, por tanto, con la solidez de nuestro navío, ni con la violencia de las olas que lo sacuden en medio de la victoria, ni con los icebergs traicioneros. Sean cuales fueren las dificultades que encontremos a lo largo del camino, la promesa de María Santísima nos garantiza el éxito de la travesía.

Autor: Hna. Antonella Ochipinti, EP

Notas


1 Período comprendido entre los años 1890 y 1914, caracterizado por la prosperidad económica y cultural inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial.

2 Cf. VALLS SOLER, Xavier. Titanic: el naufragio del orgullo. In: www.lavanguardia.com.

3 Ídem, ibídem.

4 UNITED STATES SENATE INQUIRY. Testimony of Samuel Hemming, 25 abr. 1912. In: www.titanicinquiry.org

5 Del inglés: estilo de vida.

6 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 25/7/1969.

Oraciones

abril 18, 2022

Oración - Stella Caeli

¡Oh! Estrella del Cielo, que nutriste al Señor y extirpaste la peste de la muerte que el primer hombre implantó.
Que esta Estrella se digne ahora calmar el Cielo, cuya ira hiere al pueblo con la plaga de la muerte.
¡Oh! Piadosísima Estrella del Mar, socórrenos de la peste. Óyenos, Señora, pues Tu hijo te honra nada negándote.
Salva, Jesús, a aquellos por quienes Tu Madre Virgen intercede.

Amén.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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