Destacados, Oraciones

Consagración al Ángel de la Guarda

Oh mi Santo Ángel de la Guarda personal, ya que la Providencia te destinó a protegerme contra todo mal, peligro y acción preternatural; yo, …… deseo consagrarme a ti. Te entrego mi cuerpo con todos sus miembros, mi alma con todas sus potencias y con todos sus méritos pasados, presentes y futuros, como también todos los bienes materiales que me pertenecen. En este momento en que entrego en tus manos todo mi ser y sus haberes, te ruego que tomes entera cuenta y posesión de mí, y asumiéndome, me des el obsequio de participar de tus dones, virtudes, potencias y gracias. Así sea.

Autor: Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

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Misiones

Las ceremonias presenciales se realizaron en Quito, Guayaquil, Cuenca y Machala. En cada ciudad la alegría de las familias se dejaba notar por su fe y devoción.

febrero 27, 2022

«La consagración a la Virgen consiste en que el hombre se dé a ella. Y, ya que él puede realizar en sí de alguna manera las virtudes que en Ella refulgen, darse a la Madre de Dios es para el hombre procurar imitarla y también servirla. El conocimiento de Nuestra Señora, la admiración por Nuestra Señora, la imitación y el servicio de Nuestra Señora son los elementos integrantes de esta completa consagración a Nuestra Señora que queremos verdaderamente realizar.»
Plinio Corrêa de Oliveira

Con esta disposición de alma se consagraron cientos de personas a Jesucristo la Sabiduría eterna y encarnada por las manos de María Santísima. Algo inédito. Después de una preparación virtual, los participantes pudieron realizar su consagración presencialmente.

Las ceremonias presenciales se realizaron en Quito, Guayaquil, Cuenca y Machala. En cada ciudad la alegría de las familias se dejaba notar por su fe y devoción.

Si usted fue una de las personas que participó de la Eucaristía presencial, háganos saber en qué ciudad y deje sus comentarios.

Espiritualidad

¿Sabía que en una de las revelaciones que recibió Santa Margarita María Alacoque, Jesús le entregó 12 promesas?

agosto 6, 2022

A propósito de la solemnidad, ¿sabía que en una de las revelaciones que recibió Santa Margarita María Alacoque, Jesús le entregó 12 promesas para los devotos de su Sagrado Corazón?

Todo ocurrió en mayo de 1673. Según escribió la santa, en sus promesas está encerrado el gran misterio del amor de Dios: «Jesús me mostró cómo esta devoción es, por así decirlo, el esfuerzo final de su amor, el último invento de su caridad ilimitada»

La santa también cuenta: «Me hizo ver, que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición (…) le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios».

Las 12 promesas del Sagrado Corazón de Jesús:

  1. Daré a las almas devotas, todas las gracias necesarias para su estado de vida.
  2. Voy a establecer la paz en sus hogares.
  3. Voy a consolarlos en todas sus aflicciones.
  4. Voy a ser refugio seguro en la vida y, sobre todo, en la hora de la muerte.
  5. Voy a conceder abundantes bendiciones, sobre todo a sus empresas temporales y espirituales.
  6. Los pecadores encontrarán en Mi Corazón la fuente y el océano infinito de la misericordia.
  7. Las almas tibias se harán fervorosas.
  8. Las almas fervorosas alcanzarán mayor perfección.
  9. Bendeciré a cada lugar en el que se exponga y se venere una imagen de mi Sagrado Corazón.
  10. Daré a los sacerdotes y a todos aquellos que se ocupan de la salvación de las almas, el don de tocar los corazones más endurecidos.
  11. Los que propaguen esta devoción tendrán sus nombres escritos en Mi Corazón, nunca serán borrados.
  12. A los que comulguen el primer viernes de cada mes, durante nueve meses consecutivos, les concederé la gracia de la perseverancia final: no morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquel último momento.

Santos

La compasión de Doña Lucilia por aquellos a quienes veía sufrir era llena de afecto y respeto, sin nunca esperar retribución.

abril 24, 2022

La compasión de Doña Lucilia por aquellos a quienes veía sufrir era llena de afecto y respeto, sin nunca esperar retribución de parte de sus beneficiados, verdadero reflejo de la misericordia del Sagrado Corazón.

A continuación palabras del Plinio Correa de Oliveira:

Con respecto a mi madre, Doña Lucilia, he dicho varias veces que ella no era más que un ama de casa con una cultura afrancesada, y ligeramente inglesa, de las señoras de buena familia de su tiempo. Ella poseía esa cultura suficientemente, aunque no se destacaba por su inteligencia.

Doña Lucilia - Finura de percepción.

Me llamaba mucho la atención que en cierto sentido ella se mostraba excepcionalmente inteligente, y era una forma de inteligencia ligada a la compasión y a la ayuda. Es decir, ella tenía una noción muy clara de todo lo que pudiese contundir o hacer sufrir a cualquier persona. Ella se daba cuenta inmediatamente.

Era una primera pregunta o una primera mirada – una mirada delicada – que ella ponía sobre la persona. El punto de partida era lo que la persona sufría. Dado que toda criatura humana sufre, ella procuraba ver cuál era el punto dolorido, el lado por donde la persona sufría, etc., y tomaba un cuidado extraordinario para no tener – ni de lejos – una distracción, una referencia en la conversación o cualquier cosa que pudiese hacer sufrir a esa persona de alguna forma, siendo en eso de una penetración y de una delicadeza verdaderamente notable.

Pero Doña Lucilia también entendía muy bien – esto es una obra prima de psicología – dada la persona y las circunstancias, lo que debería hacer para ayudar y cuál era la forma de compasión que debería manifestar para atender esa forma de sufrimiento. En eso ella era muy fina de percepción y muy delicada al brindar su compasión. Porque la compasión se expresaba mucho más por la mirada y por las maneras que por lo que ella decía.

Discreción llena de afecto.

Era casi imposible que ella procurase desvendar el santuario del sufrimiento de cada uno con palabras indiscretas, que la introdujesen en una intimidad que la persona, a veces legítimamente, no quería dar, a veces por amor propio o por mil razones.

Pero en el modo de tratar y de agradar, de tal forma ella realzaba tan discretamente lo que veía de bueno, de honroso en la persona, que ésta se sentía envuelta por su afecto, pero no se sentía para nada solicitada o penetrada, ni invadida por una conmiseración inoportuna. Ella revelaba en eso mucho tacto. Era un modo aristocrático de tener pena.

Sin embargo, dejaba entender a la persona y a todo el mundo con quien trataba, que si quisiesen usar su bondad ella era una puerta que se abriría, pero nunca se abriría y llamaría a alguien hacia adentro. Eso no. A veces eso aparecía en términos explícitos cuando se trataba de tomar la defensa de alguien que a ella le parecía ser objeto de un ataque demasiado cargado, o que no se tomaba en cuenta algún atenuante que la persona tenía.

Por ejemplo, ella tenía un hijo muy categórico, y ese hijo no hacía ceremonia cuando salía lanza en ristre. Ella a veces oía y decía:

– ¡Pobrecito!

Un «pobrecito» que me hacía sentir en qué aquel hombre era un sufridor. «¡Pobrecito!… Tampoco es para tanto…». Casi como quien pedía compasión para ella personalmente.

– Filhão1, ¿no notaste que él tiene tal cualidad?
– Pero, mi bien, mãezinha2 – de acuerdo al momento -, ¿Ud. no nota que, si uno va a ver, eso da en liberalismo?
Ella decía:
– No, piensa lo que quieras, lo que sea la verdad, pero pon la verdad entera, pon también las cualidades.

Naturalmente, eso me impresionaba de un modo muy favorable, no necesito ni decir. Es absolutamente obvio. Y si sucedía que en una situación crítica u otra cualquiera, ella tuviese que aproximarse y hablar con la persona, ella hablaba como quien entra en la punta de los pies en el santuario de la desventura de la persona. Ella trataba en un crescendo gradual y sondeando el terreno, de tal forma que la persona, si quisiese, del modo más fácil del mundo, le haría entender que prefería que no entrase. Ella también cerraba el caso y estaba acabado.

Trato bondadoso y sin ilusiones.

No piensen con eso que ella apenas veía el lado positivo de las personas. No. Ella no sólo veía muy bien las amarguras y las cosas duras que tiene la vida, sino que nos prevenía para estar prontos para eso. Naturalmente, todo era visto según la experiencia de la vida de una señora que vive en el hogar.

Ella nunca fue lo que en mi tiempo de joven llamaban mujer paraíba: una mujer feminista que sale de la casa, toma ciertas actitudes, conoce la vida de los hombres, hace negocios y cosas de ese género. Ella era de un modo que era preciso haber conocido. 

Yo doy un ejemplo que ella contó más de una vez. Mi abuelo tenía una oficina de abogacía, y, entre otros clientes, tenía a una viuda rica y sin hijos. Ella tenía una casa muy buena, grande, con jardines, criadas, etc., pero era una persona muy aburrida.

Mi abuelo tenía pena de esa señora, porque ella tenía buena salud, tenía todo para hacer una vida feliz, pero vivía en una especie de aislamiento por causa de su mal genio. Era una señora de buenas costumbres, pero, por otra parte, era de un trato muy censurable.

Aconteció que un día ella se enfermó de repente y le escribió una carta a mi abuelo, contándole eso y pidiendo si podía conseguirle una criada, algo así, un favor de esa clase. Mi abuelo procuró a mi madre y le dijo:

– Tu madre no está en condiciones de dirigir nuestra casa con tanto movimiento y menos aún para cuidar a esa señora. Es una obligación de caridad nuestra recibirla y tratarla. Aquí hay tal cuarto – un cuarto de huéspedes -; voy a traerla aquí y tú la vas a tratar. Quiero que esa señora salga de nuestra casa encantada con tu caridad.

Mi madre, con pena de esa señora y para agradar a mi padre, aceptó. Mi abuelo quedó tranquilo. Poco después llegó esa señora, mi madre la recibió con mil caricias, la acompañó hasta el cuarto, la trató como mejor no se la podría tratar.

Una hermana de mi madre, seis años más joven pero ya francamente con edad para ayudar, trataba a esa señora con la «punta de los dedos». Entraba en el cuarto una o dos veces al día, cuando ya estaba lista para salir a la calle:

– ¡Ah!, no quise salir a la calle sin saber cómo está Ud. ¿Ya está mejor, no? Conserve el optimismo, que todo saldrá bien.

Lo que equivale a decir al enfermo «no moleste» o «no se queje». Eso una vez o dos por día y se acabó. Y mi madre le decía a su hermana:

– Tú no puedes hacer eso. ¿No ves que papá no quiere eso? Además, pobrecita…
Mi tía decía:
– Vas a ver, estás haciendo por ella absurdos de dedicación sin ningún propósito, y cuando ella salga de aquí, si no sale en un féretro, sino viva, me va a agradecer a mí.

Mi madre ponía en duda que la cosa llegase a ese punto, porque la diferencia de trato era fabulosa. Pero, ¡dicho y hecho!
La señora se sanó y se preparó para volver a su casa. Había varias personas reunidas para despedirse de ella y entre otras estaba esa tía mía. La señora dijo al verla:

– ¡Ven acá! ¡Ah!, tú que fuiste mi ángel durante todo este período… ¡Esa es la maldad humana! De nada vale discutir, ni indagar. ¡Es hasta repugnante, eh! Y le dio un regalo…

Cruz

A mi madre apenas le dijo «gracias». Mi madre no lo decía, pero mientras ella nunca fue bonita, su hermana era muy bonita, en la línea en que mi abuela era bonita y fascinaba. Por lo tanto, cualquier pequeño agrado de mi tía brillaba, y las dedicaciones sin nombre de mi madre, esa señora las tomaba así. En ese punto también está la maldad humana.

Mi madre me contaba eso y una vez me lo contó en presencia de esa tía mía, que acompañó con atención, riéndose en algunos pasajes, y al final dijo que había sido exactamente lo que ella contaba.

Afecto que no esperaba retribución.

La moraleja del caso es que, si yo no hubiese sido formado así, por las faltas de retribución que recibo me volvería un hombre malo, y ella no quería eso. Ella quería que yo fuese bueno como ella lo era, y como consideraba que lo era su padre.

De hecho, mi abuelo tenía gestos como esos, de magnanimidad, de desconcertar. Ella contó varios. En ese punto la formación del padre sobre ella fue muy, muy eficaz. De ahí viene ese afecto que, a propósito, es necesario decir que las tres hijas tenían por el padre, un afecto que no las vi tener por nadie, y no vi que ninguna hija tuviese con su padre. No vi. Era una cosa sin igual. Querían mucho a su madre, la respetaban, pero la veneración era para con su padre.

Mi madre fue quien me formó en ese sentido. No estoy analizando si correspondí o no a la gracia de esa formación. Pero de ese modo casero ella me dio una filosofía. Ella no hablaba del pecado original ni nada de eso, pero contaba ese caso y quedaba entendido.

Una persona que saca esa conclusión de un pequeño hecho como ese, ve mucho más que lo que el común de las señoras ve a ese respecto y manifiesta allí una lucidez de vista, una penetración, un discernimiento – no me atrevo hablar de discernimiento de los espíritus -, de las psicologías y de las mentalidades muy grande. Lo cual es realmente muy bonito.

Si fuese necesario ella haría todo de nuevo, aun sabiendo que el resultado sería ese, pero aprovechando la experiencia de la última vez para preparar formas de servir mejor. ¡No se arrepentiría! Porque ella no lo hacía para recibir una retribución, sino para ser buena. En el fondo está Nuestro Señor Jesucristo, el Sagrado Corazón de Jesús.

Aquella frase del Corazón de Jesús a Santa Margarita María corresponde muy bien a eso: «He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado». Toda actitud de Nuestro Señor durante la Pasión fue eso. A propósito, es uno de los trazos por los cuales se doblan las rodillas ante Él, ¿no? Porque llevó esa perfección moral hasta un grado inimaginable. Por ejemplo, Longinos, que perforó con la lanza su costado y salió un agua que curó a ese soldado de una especie de semi-ceguera. Es decir, eso es Nuestro Señor Jesucristo por entero.

Así habría otros casos de ella para contar, ¡muchas cosas de ese género! Pero muchas, que ella sabía arreglar, mover, calmar; ¡muchas, muchas, muchas!.

Autor : Plinio Correa de Oliveira (Extraído de conferencia de 9/8/1986)

María Santísima

Aquellos que mueran con este Escapulario no padecerán el fuego del Infierno.

julio 18, 2022

Los grandes privilegios del Escapulario

El día 16 de julio de 1251San Simón Stock suplicaba a Nuestra Señora ayuda para resolver un problema de la Orden  Carmelita, de la cual era Prior General. Mientras él rezaba, la Virgen apareció, trayendo el Escapulario en las manos y dijo estas confortantes palabras:

“Hijo amadísimo, recibe el Escapulario de tu Orden, señal especial de mi amistad fraterna, privilegio para ti y todos los carmelitas. Aquellos que mueran con este Escapulario no padecerán el fuego del Infierno. Es señal de salvación, amparo y protección en los peligros, y alianza de paz para siempre".

La Iglesia asumió al Escapulario e hizo de él una de las devociones más difundidas entre el pueblo de Dios.

En nuestra época de supersticiones, no es superfluo esclarecer que el Escapulario está lejos de ser un signo “mágico” de salvación. No es una especie de amuleto cuyo uso nos dispensa de las exigencias de la vida cristiana. No basta, por tanto, ponerlo al cuello y decir: “¡Estoy salvado!»

Es verdad que Nuestra Señora no puso condición alguna al hacer su promesa. Simplemente afirma: “Quien muera con el Escapulario no padecerá el fuego del infierno”. No obstante, para beneficiarse de este privilegio, es necesario usar el Escapulario con recta intención. En este caso, si en la hora de la muerte la persona estuviera en estado de pecado, Nuestra Señora providenciará, de alguna forma, que ella se arrepienta y reciba los sacramentos. ¡Es en esto que la misericordia de la Madre de Dios se muestra verdaderamente insondable!

Quien usa el Escapulario puede beneficiarse también de indulgencia plenaria (remisión de todas las penas del Purgatorio) el día en que lo recibe, en la fiesta de Nuestra Señora del Carmen, 16 de julio; de San Elías, 20 de julio; Santa Teresita, 1 de octubre; de los santos carmelitas, 14 de noviembre; San Juan de la Cruz, 14 de diciembre; San Simón Stock, 16 de mayo.

Protección en los peligros de la vida cotidiana

Nuestra Señora, la mejor de todas las madres, quiere para sus hijos devotos no solamente los beneficios espirituales, sino también los temporales. Así, quien porta su Escapulario recibe de Ella una protección especial en los peligros de la vida cotidiana.

Señal de alianza con Nuestra Señora

El Escapulario es una señal de alianza de Nuestra Señora y expresa nuestra consagración a Ella. Su uso es un poderoso medio de enfervorizar a los que viven en estado de gracia y de convertir a los pecadores.

Dios no deja sin recompensa ningún beneficio hecho a una persona necesitada, incluso un simple pedazo de pan dado a un indigente. Imagínese, entonces, como Él recompensará a quien ayude en la ¡salvación de un alma!

Como recibir y usar el Escapulario

1 – Cualquier sacerdote tiene poder para bendecir e imponer el Escapulario.

2 – Esa bendición e imposición valen para toda la vida, por lo tanto, basta recibirlo una vez.

3 – Cuando el Escapulario se desgaste, basta sustituirlo por uno nuevo.

4 – Aún cuando alguien tenga la infelicidad de dejar de usarlo durante algún tiempo, puede simplemente retomar su uso, no es necesaria otra bendición.

5 – Una vez recibido, él debe ser usado siempre, de preferencia en el cuello, en todas las ocasiones, aún mientras la persona duerme.

6 – En casos de necesidad extrema, como enfermos en hospitales, si el Escapulario le fuere retirado, el fiel no pierde los beneficios de la promesa a Nuestra Señora.

7 – En casos de peligro de muerte, aún un laico puede imponer el Escapulario. Basta recitar una oración a Nuestra Señora y colocar en la persona un escapulario ya bendecido por algún sacerdote.

8 – El Papa San Pío X autorizó sustituir el Escapulario por una medalla que tenga de un lado el Sagrado Corazón de Jesús y del otro una imagen de Nuestra Señora. Pero la recepción debe ser hecha con el escapulario de tela.

Oración a Nuestra Señora del Carmen

Oh, Virgen del Carmen! Madre amorosa de todos los fieles, pero especialmente de los que visten vuestro sagrado Escapulario, en cuyo número tengo la alegría de estar incluido, interceded por mí junto a vuestro Divino Hijo.

Obtenedme que, después de una vida verdaderamente cristiana, expire revestido del santo Escapulario y, librándome del fuego del infierno, conforme prometisteis, merezca salir cuanto antes, por vuestra intercesión poderosa, de las llamas del purgatorio.

¡Oh, Virgen misericordiosa! Vos dijisteis que el Escapulario es nuestra defensa en los peligros, es señal de vuestro amor y de alianza para siempre entre Vos y vuestros hijos. Haced, pues, que el Escapulario me una perpetuamente a vos y libre para siempre mi alma del pecado.

En prueba de mi reconocimiento y fidelidad, me ofrezco todo a vos consagrándoos en este día mis ojos, mis oídos, mi boca, mi corazón y todo mi ser.

Y porque os pertenezco enteramente, guar­dadme y defendedme como hijo y siervo vuestro. Amém.

Nuestra Señora del Carmen, ruega por nosotros.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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