Historia y Creación

El Órgano de la catedral de Notre Dame

El órgano tiene la virtud de expresar, aquí en la tierra, las melodías del Paraíso.

La voz humana tiene extraordinaria capacidad de expresar las disposiciones interiores de quien la posee. Así, el grito atronador de un general transmite la fuerza y la valentía que deben caracterizar a un buen comandante e inculca ánimo en los soldados que lo siguen; mientras que en la manera de hablar de una madre transparece los torrentes de afecto que emanan de su corazón, tanto si es para corregir a su hijo como para acariciarlo.

Ahora, ¿qué decir de alguien que tuviera más de cien registros para expresar los diferentes imponderables que pueblan su espíritu, con matices propios a representar cada estado de alma?

Pues bien, el Espíritu Santo, deseoso de aproximar a los hombres a las realidades celestiales, inspiró al ingenio humano la creación de un instrumento musical capaz de hacer resonar la rica y matizada voz de la Santa Iglesia. Conteniendo en sí distintos timbres que permiten un sinfín de armonías y combinaciones de sonidos, el órgano tiene la virtud de expresar, aquí en la tierra, las melodías del Paraíso.

¿Cómo nació ese instrumento? ¿Cuándo fue incorporado a las celebraciones litúrgicas?

Cómo se empezó a utilizar el órgano en la liturgia.

En los primeros tiempos de la Iglesia el uso de instrumentos musicales en la liturgia era visto con reserva, debido a su utilización en los eventos profanos o idolátricos, y lo mismo pasaba con el órgano.

No obstante, en el siglo VII el Papa Vitaliano autorizó el uso de este instrumento en las ceremonias religiosas y en el año 757 el envío de un primitivo órgano al rey Pepino el Breve, de parte del emperador Constantino V, marcó un giro en los acontecimientos. El regalo del monarca bizantino permaneció en la capilla dedicada a San Cornelio, que el rey de los francos, padre de Carlomagno, poseía en Compiègne y cuyo hito los cronistas carolingios lo dejaron bien registrado.

En el siglo siguiente la presencia de órganos ya era común en los templos católicos y en los monasterios.1 Y con el paso del tiempo este instrumento se convirtió en el acompañamiento natural de los cantos litúrgicos. Todas las catedrales y las iglesias de cierto porte empezaron a tener al menos uno.

Hoy día, por la falta de tiempo o de recursos para instalar tan complejo instrumento, se recurre a un teclado electrónico que recree, lo más fielmente posible, el timbre y el ambiente del órgano tradicional.

La «suma de las edades» aplicada a un instrumento.

En el desarrollo humano ocurre un fenómeno curioso, denominado por el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira como la «suma de las edades».2 Cada fase de la vida del hombre tiene características propias y, cuando alguien se desarrolla en armonía con la inocencia, no pierde los aspectos buenos de la edad anterior, sino que los suma a la próxima etapa. Así, con el paso de los años el individuo construye un andamiaje de conocimientos y virtudes que marcan definitivamente su personalidad y la hacen capaz de transmitir a sus semejantes el fruto de esa madurez espiritual. 

Esa expresión del Dr. Plino puede ser aplicada, mutatis mutandis, a uno de los órganos más grandes y famosos de la cristiandad, considerado «el más importante de Francia y, sin duda, el más célebre del mundo»3: el de la catedral de Notre Dame de París.

En el transcurso de los siglos ha ido siendo perfeccionado y ampliado sin perder lo que anteriormente había recibido de bueno, hasta alcanzar una elevada cima en el cumplimiento de su misión: embellecer las ceremonias litúrgicas y ayudar a transmitir las realidades sobrenaturales en el interior de la catedral.

Siglos de crecientes mejoras.

La vida del gran órgano comenzó en el siglo XV. Habiendo recibido del duque de Berry una generosa donación, los canónigos se lo encargaron al fabricante Frédéric Schambantz, en sustitución del anterior, construido en el siglo XIII, que era demasiado pequeño para cubrir las necesidades de la majestuosa catedral.

El 25 de octubre de 1403 finalizó su instalación en lo alto de una tribuna de piedra, encima de la gran puerta oeste. Comprendía aproximadamente seiscientos tubos, así como un teclado con cuarenta y seis notas y un pedalero.

Las atribuciones del nuevo organista, Henri de Saxe, eran precisas: debía garantizar la conservación del instrumento y tocar en veintitrés fiestas durante el año, además de participar en algunos eventos excepcionales, como la coronación del rey Enrique VI, realizada en Notre Dame en 1431.

En 1415 empezaron las primeras reparaciones, que consistieron en la limpieza, revisión y ajuste del instrumento. Frecuentemente, tal mantenimiento era combinado con pequeñas modificaciones por parte de los organeros convocados para dicho fin. Así procedieron Jean Robelin y Nicolás Dabenet en 1463 y 1564, respectivamente.

A principios del siglo XVII, el surgimiento del órgano flamenco, que poseía dos teclados y registros separados, convirtió a su congénere medieval en un instrumento arcaico. Por eso, Valéran de Héman añadió al de Notre Dame un nuevo positivo que duplicaba sus capacidades. Así renovado, fue entregado en 1610, en presencia del nuevo organista titular, Charles Thibault.

En posteriores reformas, hechas sobre todo por el propio Héman y por Alexandre Thierry, fabricante de órganos del rey, el gran órgano de Notre Dame fue ampliado a tres y cuatro teclados, de los cuales el primero, que se remontaba aún al período medieval, fue enriquecido con nuevos registros.

Los vientos de la Ilustración soplan sobre París.

En el siglo XVIII, estando París bajo el aliento de una nueva filosofía, la arquitectura de la catedral sufrió significativos cambios cuyo objetivo era adecuarlos a los vientos de la época.

«Francia había entrado en el siglo de las luces; el coro de la catedral se rehízo en estilo barroco, los arcos de la nave son ocultados por grandes cuadros —los “Mays”—, ofrecidos cada año por la corporación de orfebres, y el capítulo se apresuraba a romper todos los vitrales de la parte superior de la nave para reemplazarlos por vidrieras con rombos blancos: las últimas reminiscencias del estilo medieval debían desaparecer».4

En este contexto, el nuevo organista titular, Antoine Calvière, consiguió que se reconstruyera completamente el instrumento, cuyo trabajo se confió al célebre François Thierry. En lo alto se puso, escondiendo una parte del rosetón, un gran aparador a la moda del tiempo, en estilo Luis XV, y la tribuna fue cerrada por una balaustrada de hierro forjado con adornos en oro. En 1733 el órgano de François Thierry tenía cinco teclados de cincuenta notas y cuarenta y siete registros, siendo considerado durante mucho tiempo el órgano clásico francés más completo.

Al cabo de cincuenta años, el organero François-Henri Clicquot fue llamado a trabajar en el instrumento, que se encontraba bastante deteriorado. Clicquot decidió hacer una expansión general: alargó el aparador, amplió el número de registros y añadió un positif de dos.5

El resultado de esta profunda remodelación fue entregado el 5 de mayo de 1788.

Amenazado, pero no destruido, por la Revolución.

Organo

Durante la Revolución francesa el gran órgano corría el riesgo de ser destruido o vendido, pero la Providencia divina, agradada con sus celestiales armonías, decidió salvar este tan importante elemento del patrimonio histórico simbólico de la Hija Primogénita de la Iglesia.

La catedral de Notre Dame fue profanada y transformada en «templo de la razón», pero el grandioso instrumento permaneció de pie.

Tan sólo algunos ornamentos que recordaban a la monarquía y las flores de lis presentes en la base de las columnas del aparador fueron arrancadas a golpes de hacha.

En el año de 1794, el ciudadano Godinot convocó a algunos organistas para que tocaran el instrumento a fin de evitar su deterioro y uno de ellos, el ciudadano Desprez, afirmó: «La mezcla de registros produce diferentes efectos, cada uno más hermoso que el otro, y forma una orquesta que bien puede servir para acompañar nuestros cantos cívicos, prendiendo los sentimientos de los verdaderos republicanos y también la cólera que le reservamos a los tiranos».6 Por increíble que parezca, ese discurso salvó momentáneamente al instrumento de los ataques revolucionarios…

En marzo de 1795 una nueva amenaza flotaba sobre él. La Convención Nacional exigía la venta de los órganos existentes en las iglesias que pertenecía a la República y en agosto del mismo año el gran órgano de Notre Dame era analizado con ese fin por la comisión temporaria de artes. Sin embargo, ésta lo incluyó en la categoría de los que deberían ser conservados por su enorme importancia.

En la sencillez de esos episodios, se ve claramente la mano de la Providencia protegiendo uno de sus amados tesoros terrenos.

La reforma de Viollet-le-Duc y Cavaillé-Coll.

Habiendo resistido a la tempestad de la Revolución francesa, el gran órgano continúa su historia, singlando ahora el período del Romanticismo.

En 1847, cuando Eugène Viollet-le-Duc7 comenzaba las obras de restauración de la catedral, Eugène Sergent era nombrado organista titular. En esa ocasión, no obstante, el polvo en los tubos, el desgaste del mecanismo, la alimentación defectuosa, la lluvia y el viento que entraban por las ventanas habían inutilizado el valioso instrumento.

A petición de Viollet-le-Duc, Aristide Cavaillé-Coll hizo en 1860 un análisis general del estado en que se encontraba. Y como los gastos en los trabajos de arquitectura absorbían casi todo el montante disponible, Viollet-le-Duc le pidió que lo restaurara usando al máximo el material existente. Se trataba de contar con un instrumento digno de una catedral, pero sin lujos innecesarios.

Rechazado por Viollet-le-Duc su proyecto original, en el que el gabinete del positif de dos se mantenía, Cavaillé-Coll optó por diseñar un «órgano revolucionario»8 que rehacía completamente, según su propia concepción, la disposición interna del instrumento.

El gran órgano de Notre Dame pasó a contar con ochenta y seis registros, repartidos en cinco teclados de cincuenta y seis notas y un pedalero de treinta notas. La conclusión de la obra se dio en diciembre de 1867, permitiendo que el órgano fuera tocado la noche de Navidad, pero su inauguración sólo ocurrió el 6 de marzo de 1868.

En la ocasión Mons. Georges Darboy, arzobispo de París, bendijo el nuevo instrumento, mientras un miembro del coro lo aspergía con agua bendita desde lo alto de la tribuna. Varios organistas famosos estaban presentes.

Configuración del órgano contemporáneo.

Una restauración concluida en 1992 incorporó elementos electrónicos al gran órgano. Fue bendecido por el cardenal Jean-Marie Lustigier, arzobispo de París, e inaugurado en diciembre. Se organizó una serie de conciertos, que congregarían a 50 000 personas en el período de una semana.

Las añadiduras que modernizaron la «voz» de Notre Dame no le hicieron perder su nobleza y originalidad. Las bendiciones que marcaron siglos de ceremonias cargadas por la tradición lo impregnaron de tal manera que sus tubos, ahora mecanizados e informatizados, continuaban haciendo resonar su sonido casi angélico en el interior de la histórica catedral.

Por fin, para celebrar el Jubileo de Notre Dame de París, en su 850 aniversario, en 2012 pasó por una renovación de su sistema de transmisión y una limpieza general de sus 7952 tubos, número más de diez veces superior a aquel con el cual había sido fabricado.

Signo de predilección por la hija primogénita de la Iglesia.

El gran órgano de Notre Dame es pieza esencial en la vida litúrgica de la célebre catedral. Testigo de siglos de Historia, elemento destacado del patrimonio religioso-cultural del pueblo francés, fue salvado por la Providencia de las catástrofes que la propia catedral tuvo que sufrir. Y ni siquiera las llamas del incendio que recientemente la azotó alcanzaron su estructura.

¿Tal preservación no será un signo de predilección de Dios por Francia, hija primogénita de la Iglesia, a la cual, por así decirlo, él sirve de grandiosa y matizada voz?

El tiempo lo dirá. Pero una cosa es segura: aunque en ciertos momentos la Iglesia parezca que es alcanzada por las peores catástrofes, nunca podrá ser muerta, vencida y ni siquiera silenciada. En la hora en que menos se espera, su voz resurge gloriosa gritando la Verdad por los cuatro rincones de la tierra.

Hno. Jiordano Gabriel Carraro

Notas


1 Cf. RIGHETTI, Mario. Manuale di Storia Liturgica. 3.ª ed. Milano: Àncora, 2005, v. I, p. 695.

2 Cf. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El don de la sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira. Cittá del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2017, v. V, pp. 18-19.

3 LEFEBVRE, Philippe. Les orgues. In: VINGT-TROIS, André (Dir.). La grâce d’une cathédrale. Notre-Dame de Paris. Strasbourg-Paris: La Nuée Bleue; Place des Victoires, 2012, p. 449. Las informaciones históricas sobre el gran órgano contenidas en el presente artículo fueron sacadas de esta obra.

4 LEFEBVRE, op. cit., p. 451.

5 Literalmente: «positivo de espalda». Un órgano de reducidas dimensiones, réplica de los principales registros del órgano mayor, que en el período del barroco constituía un instrumento independiente de éste, situado a la espalda del organista.

6 Ídem, p. 452.

7 Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879), arquitecto, restaurador e historiador francés del siglo XIX, dedicado especialmente a la arquitectura medieval. Reformó numerosos edificios de Francia, pero sobre todo fue célebre por su trabajo en la catedral de Notre Dame de París, donde, junto con Jean-Baptiste-Antoine Lassus, procuró recuperar con la máxima fidelidad el estilo original del templo.

8 LEFEBVRE, op. cit., p. 453.

Comentarios

Santos

Alfonso Ratisbona, emparentado con la célebre familia Rothschild, tenía 27 años cuando , la Santísima Virgen se le apareció...

diciembre 26, 2021

La Medalla Milagrosa y la conversión de Alfonso Ratisbona

Alfonso Ratisbona, emparentado con la célebre familia Rothschild, tenía 27 años cuando un 20 de enero de 1842, la Santísima Virgen se le apareció y lo convirtió instantáneamente.
Hombre culto, rico y de elegante trato, relacionado con las altas esferas sociales, estaba de novio con una joven de su familia. Tenía frente a sí un futuro promisorio. De paso por Roma visitó, como turista, las ruinas históricas y numerosos monumentos e iglesias.
La víspera de su partida tenía que hacer, a contra gusto, una visita al Barón Teodoro de Bussières, hermano de un viejo conocido suyo. Para librarse del incómodo compromiso, decidió apuntar unas palabras de mera formalidad en su tarjeta de visita y dejarla con el portero. Sin embargo, como éste no entendió bien la pronunciación del extranjero, lo introdujo amablemente al salón y anunció su llegada al señor de casa.

Apóstol ardoroso y hábil

Católico practicante y apóstol ardoroso, recién convertido del protestantismo, Teodoro de Bussières no quiso dejar escapar la oportunidad de conquistar esa alma para Dios. Recibió con mucha cortesía al visitante y hábilmente condujo la conversación para hacerlo discurrir sobre sus paseos por la Ciudad Eterna. A cierta altura, Ratisbona dijo: “Visitando la Iglesia de Araceli, en el Capitolio, sentí una emoción profunda e inexplicable. El guía, dándose cuenta de mi perplejidad, preguntó qué sucedía y si acaso quería retirarme”.

Al oír esto, los ojos de Bussières brillaron de regocijo. Su interlocutor, notándolo, se apresuró a recalcar que dicha emoción nada tenía de cristiana. Y ante el contra argumento de que muy bien podría ser una gracia de Dios llamándolo a la conversión, el israelita, contrariado, le pidió no insistir en el asunto porque jamás se haría católico. “Pierde usted su tiempo. ¡Yo nací en la religión judía y en ella voy a morir!”, afirmó. La conversación caminaba a la discusión. En cierto momento, Bussières tuvo una singular idea, que seguramente muchos tildarían de locura. –Ya que usted es un espíritu tan superior y tan seguro de sí mismo, prométame llevar al cuello un obsequio que quiero darle.

–Veamos. ¿De qué se trata? – preguntó Alfonso.

–Simplemente, esta medalla – replicó el Barón, mostrándole la conocida Medalla Milagrosa.

Ratisbona reaccionó con sorpresa e indignación, pero Bussières añadió con calculada frialdad:

–Según su manera de pensar, esto debe serle perfectamente indiferente; y si acepta usarla, me proporcionará un gran placer.

–Está bien… La usaré. Esto me servirá como un capítulo pintoresco de mis notas e impresiones de viaje – asintió Alfonso, mofándose de la fe de su anfitrión.

Éste le colgó la medalla y, acto seguido, le propuso algo todavía más insólito: que rezara al menos una vez al día la oración “Acordaos, piadosísima Virgen María”, compuesta por San Bernardo.

Ratisbona se rehusó de forma categórica, considerando demasiado impertinente la proposición. Pero una fuerza interior movió a Bussières a insistir. Mostrándole la oración, le rogó que hiciera una copia de su propio pu ño y letra, para que cada uno conservara el ejemplar escrito por el otro, a la manera de un recuerdo.
Para librarse de la importuna insistencia, Ratisbona accedió, diciendo con ironía: “Está bien, voy a escribirla. Usted se quedará con mi copia, y yo con la suya”.

El poder de la oración

Cuando se retiró, Teodoro y su esposa se miraron en silencio. Preocupados con las blasfemias proferidas por Alfonso a lo largo de la conversación, pidieron perdón a Dios por él. Esa misma noche Bussières buscó a su íntimo amigo, el Conde Augusto de La Ferronays –católico fervoroso y embajador de Francia en Roma–, para contarle lo sucedido y pedir oraciones por la conversión de Ratisbona.

“Tenga confianza, que si él reza el ‘Acordaos’, la partida está ganada”– respondió La Ferronays, que rezó con empeño por la conversión del joven israelita; y existen indicios de que hasta haya ofrecido su vida por esa intención.

En cuanto a Alfonso, llegó fatigado al hotel y leyó la oración maquinalmente. Al día siguiente, descubrió sorprendido que la plegaria había tomado cuenta de su espíritu. Más tarde escribiría en su relato: “No podía defenderme. Esas palabras regresaban sin cesar, y yo las repetía continuamente”.

Entre tanto, Bussières fue a visitarlo al hotel. Un impulso profundo lo empujaba a seguir insistiendo, seguro que tarde o temprano Dios abriría los ojos de Alfonso. Al no encontrarlo, le dejó una invitación para volver a su casa por la mañana. Y el joven acudió a la cita, pero lo previno:

–Espero que no me venga con aquellas conversaciones de ayer. Sólo vine a despedirme, pues esta noche parto a Nápoles.

–¿Partir hoy? ¡Jamás! El lunes habrá un pontifical solemne en la Basílica de San Pedro, y usted tiene que ver al Papa oficiando.

–¿Qué me importa el Papa? Yo partiré – replicó Alfonso.

Bussières transigió, insistió, prometió llevarlo a otros sitios pintorescos de Roma y terminó por convencerlo de atrasar la partida.

Y así fue como estuvieron visitando palacios, iglesias, obras de arte. Aunque las conversaciones entre ambos fueron triviales, el infatigable apóstol tenía la convicción de que un día Alfonso sería católico, aunque debiera bajar un ángel del cielo para iluminarlo. Esa noche falleció inesperadamente el Conde de La Ferronays. Bussières marcó su encuentro con Ratisbona para la mañana siguiente frente a la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte. Cuando llegó, le comuni có el deceso del Conde y le pidió que

aguardara unos minutos dentro de la iglesia, mientras él iba a la sacristía para ocuparse de algunos detalles relativos a las exequias.

El joven hebreo permaneció de pie en el templo, mirando impávido en torno a sí, sin prestar atención. No podía pasar a la otra nave debido a las cuerdas y arreglos florales que obstruían el corredor.

Bussières regresó poco después, y al comienzo no pudo localizar a su amigo. Observando mejor, lo descubrió arrodillado frente al altar de San Miguel, bastante lejano al sitio donde lo había dejado. Se acercó y lo tocó varias veces, sin lograr que reaccionara. Finalmente, el joven se volvió hacia él, con el rostro bañado en lágrimas y las manos juntas, diciendo: “¡Oh, cuánto rezó este señor (La Ferronays) por mí!”

“¡Yo la vi! ¡La vi!”

Estupefacto, Bussières sentía la emoción del que presencia un milagro. Levantó solícitamente a Ratisbona, preguntando qué le pasaba y adónde quería ir. “Lléveme donde quiera; luego de lo que vi, yo obedezco” – fue la respuesta.

Aunque instado a explicarse mejor, Alfonso no lograba hacerlo. Pero se sacó del cuello la Medalla Milagrosa y la besó varias veces. Tan sólo pudo exclamar: “¡Ah, qué feliz soy! ¡Qué bueno es Dios! ¡Qué plenitud de gracias y de bondad!” Con una mirada radiante de felicidad, abrazó a su amigo y le pidió que trajera cuanto antes un confesor; preguntó también cuándo podría recibir el Bautismo, sin el cual, afirmaba, ya no conseguía vivir. Agregó que no diría nada más sin la autorización de un sacerdote, pues “lo que tengo que decir sólo puedo hacerlo de rodillas”.

Bussières lo condujo de inmediato a la iglesia de los jesuitas, donde el Padre Villefort lo indujo a explicar lo sucedido.

Alfonso se quitó la Medalla Milagrosa, la besó y se la mostró, diciendo emocionado: “¡Yo la vi! ¡La vi!”.

En seguida, más tranquilo, relató: “Llevaba poco tiempo en la iglesia cuando, de repente, me sentí dominado por una emoción inexplicable. Levanté los ojos. Todo el edificio había desaparecido de mi vista. Solamente una capilla lateral había, por decirlo así, concentrado la luz. Y en medio de ese esplendor apareció de pie sobre el altar, grandiosa, brillante, llena de majestad y dulzura, la Virgen María tal como está en esta medalla. Una fuerza irresistible me empujó hacia Ella. La Virgen me hizo una señal con la mano para que me arrodillara, y pareció decirme:

‘¡Está bien!’ No me habló, pero lo comprendí todo”.

El sacerdote pidió más detalles al feliz convertido, que agregó haber visto a la Reina de los Cielos en todo el esplendor de su belleza inmaculada, pero sin poder contemplar directamente su rostro. Tres veces intentó levantar la vista, pero sus ojos sólo llegaron a posarse en sus manos virginales, de las que brotaban rayos luminosos en su dirección. Era el 20 de enero de 1842.
Bautizado con el nombre de Alfonso María, el joven Ratisbona renunció a la familia, a la fortuna, a la brillante posición social, y se ordenó sacerdote.

Falleció en olor de santidad, tras una vida de intenso apostolado en Jerusalén.

El que visita la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte puede observar un cuadro grande y hermoso de la Virgen en el lugar exacto donde se apareció y produjo tan estupenda conversión.

Los italianos la llaman Madonna del Miracolo .

Destacados, Espiritualidad

Aquellos que abrazan el camino del sacerdocio contraen con la Iglesia un sublime matrimonio.

junio 20, 2022

Entre los temas actualmente en boga destaca el celibato sacerdotal. Como en el Nuevo Testamento no se puede encontrar ningún mandato explícito al respecto, entonces estallan las controversias, las opiniones divergen y el celibato comienza a dividir las aguas en el campo eclesiástico. En la Iglesia latina, los sacerdotes tienen prohibido casarse, pero ¿esto podría cambiar alguna vez?

Hay quien piensa que el problema tiene fácil solución: si el divino Maestro no dio ninguna orden acerca del asunto, en principio bastaría con que un Papa decidiera suprimir dicha norma. En ese caso, no obstante, ¿qué valor se le daría al ejemplo arquetípico de castidad perfecta que el mismo Cristo, Sumo Sacerdote, nos ofreció? Además, la praxis mantenida en Occidente durante siglos no puede ser gratuita. ¿En qué se basa? ¿Cuándo se originó?

Se percibe que la relación matrimonio-sacerdote no es un tema que tenga una explicación rápida, como algunos, para simplificar la realización de sus aspiraciones, lo desearían. Para esclarecer un poco la disputa, se vuelve necesario hacer un análisis no sólo de las Escrituras, sino también de la Tradición.

Sin embargo, ya que toda construcción, incluso la intelectual, empieza por los cimientos, antes habría que entender la idea misma del celibato.

Misa en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, Caieiras (Brasil)

Continencia perfecta y celibato

Desde los primeros siglos de la Iglesia hasta nuestros días, el concepto de continencia es fundamental para designar con claridad la obligación del ministro sagrado. En su etimología latina, significa la facultad de contenerse, de ser dueño de sus inclinaciones carnales y de dominarse a sí mismo, reafirmando la primacía de la ley del espíritu sobre la de la carne.

Esa es la palabra que usó el Concilio Vaticano II al tratar sobre el celibato en el decreto Presbyterorum ordinis: «Continencia perfecta y perpetua por amor al Reino de los Cielos, recomendada por Nuestro Señor».1

Con todo, cabe señalar que la obligación de la continencia perfecta —a la que están vinculados los presbíteros— es aún más profunda que el propio celibato, pues implica la abstención de cualquier acto, interno o externo, contra el sexto y noveno mandamientos del Decálogo.2 Esto quiere decir que mientras la ley del celibato se limita a un impedimento exterior, la continencia consiste en asumir libremente un compromiso de practicar los votos también en el foro interior, de ser continente no sólo a los ojos de los hombres, sino sobre todo a los ojos de Dios.3

Una mirada retrospectiva del celibato

Uno de los aspectos que más admiración despierta de las enseñanzas de la Iglesia es su continuidad histórica, fenómeno que revela una importante verdad: pese a las vicisitudes inherentes a la condición del hombre en esta tierra después del pecado original, quien guía al pueblo de Dios es el propio Espíritu Santo. Por consiguiente, la comprensión del celibato sacerdotal adoptada por el Concilio Vaticano II no tiene nada de contradictorio con lo que ha sido enseñado por el magisterio a lo largo de los siglos.

En sus «primeros pasos», el Cuerpo Místico de Cristo encontró sin duda escollos para establecer esta nueva forma de vida, porque la mayoría de los candidatos a la vida sacerdotal estaba compuesta, en aquellos tiempos, por varones casados. ¿Qué hacer entonces?

Como excelente madre y fidelísima esposa, la Iglesia supo estimular con dulzura y custodiar con firmeza esta dádiva de Cristo, sacerdote y virgen, conforme leemos en un documento de principios del siglo IV, redactado en el Concilio de Elvira, en la actual España:

«Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos; y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía».4

Aunque este canon —la legislación más antigua que nos ha llegado sobre el asunto— no marca el comienzo de la historia del celibato: más bien consistió en un remedio contra la decadencia. Como leemos en una encíclica de Pío XI,5 todo indica que, en aquella época, el celibato era ya una obligación tradicional notoria. El sínodo, de hecho, no hizo más que recordarlo y añadir una sanción para quienes no cumplieran.

Luego, ¿dónde se origina tal praxis?

Según cierta opinión teológica bastante seria,6 una declaración formulada por el Segundo Concilio Africano, del año 390, y después repetida por el importante Concilio de Cartago del 419 —el cual contó con la presencia de doscientos cuarenta obispos, entre ellos San Agustín—, quizá arroje luz sobre la cuestión. En efecto, en ella leemos: «Conviene que los sagrados obispos y sacerdotes de Dios, así como los levitas, es decir, los que están al servicio de los divinos sacramentos, observen una continencia completa, para que puedan obtener fácilmente lo que le piden al Señor; para que también guardemos nosotros lo que los Apóstoles enseñaron y lo que la antigüedad misma ha mantenido».7

Afirmación osada. Si creemos en las palabras del concilio —a las cuales asintieron el legado pontificio y los demás prelados que lo componían— hemos de admitir que la ley del celibato encuentra su origen en la predicación de los Apóstoles, o sea, en aquel cuerpo de enseñanzas que forman parte de la divina Revelación, la cual no puede ser alterada ni siquiera por el Soberano Pontífice.8

San Agustín en el Concilio de Cartago – Convento de San Agustín, Quito.

El sacerdote y su misión

Conocidos los posibles orígenes históricos del celibato eclesiástico, pasemos ahora a considerar sus razones teológicas. ¿Por qué es necesario que el ministro del altar sea continente?

En realidad, la propia misión sacerdotal lo conduce a ello. Como lo atestiguan las palabras del Concilio Vaticano II mencionadas anteriormente, el sacerdote abraza este estado —oneroso desde el punto de vista humano— «por amor al Reino de los Cielos».

De hecho, muchas son las preocupaciones que tiene el hombre casado. Al sacerdote, no obstante, solamente se le pide una, que no comporta divisiones: amar el Reino de Dios, esto es, dejarse consumir por el celo apostólico que inflama a los servidores de Jesús, salvar a las almas y unir el Cielo a la tierra como mediador entre el Creador y la humanidad.

El sacerdote, como Cristo, vive para presentarle al Padre las peticiones de perdón y las súplicas del pueblo. Y no podría haber nada más conforme a la sabiduría divina que elegir por intercesor, de entre los seres humanos, a alguien que padece las mismas necesidades de la naturaleza debilitada por el pecado original y que, precisamente por eso, comprende perfectamente la flaqueza ajena, pues él mismo se siente débil.

De la santidad del presbítero depende la de la humanidad

Aunque igualmente cierto es el verso del poeta portugués Camões: «Un rey débil debilita a los fuertes».9 Para santificar al pueblo y ser agradable a Dios en sus oraciones y sacrificios, el sacerdote no puede ser causa de comentarios que desdoren la imagen de la persona de Cristo, en la cual él actúa, dejándose apegar por los malos hábitos que escandalizan a los pequeñuelos (cf. Mc 9, 24).

Debe mostrarse «como un modelo de buena conducta», «íntegro y grave en la enseñanza», «irreprochable en la sana doctrina, a fin de que los adversarios sientan vergüenza al no poder decir nada malo» de él. (cf. Tit 2, 7-8). A fin de cuentas, representa a Nuestro Señor ante los hombres: «Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros» (2 Cor 5, 20). De esta forma, el clérigo fervoroso huye de la medianía y busca ser respetado por los suyos, permitiendo así que su actuación tenga más influencia junto a los fieles.

Una condición indispensable para todo lo que significa ese «amor al Reino de los Cielos» es vivir en continencia perfecta e inexpugnable, como Cristo, que «permaneció toda la vida en el estado de virginidad».10 De modo que la integridad de los presbíteros debe ser un arma contra las malas lenguas, porque de su santidad depende la de toda la humanidad.

«Una cosa noble»

Efectivamente, pocos hombres son llamados por Dios a configurarse con su Hijo en el sacerdocio. Este grupo de élite no puede llevar una existencia melancólica o ensimismada, sino que debe mirar hacia la grandeza de su misión y la dignidad que de ella emana. Sólo así estarán suficientemente compenetrados de que su alma debe ser más pura que los rayos del sol, para que el Espíritu Santo nunca los abandone, como afirma San Juan Crisóstomo.11

Y con inmensa amistad el Paráclito les dice por boca del Apóstol: «Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer […]. Os digo todo esto para vuestro bien; no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones» (1 Cor 7, 32-33.35).

Pero ¿este compromiso no constituirá un peso insoportable? El sacerdote se configura con Cristo, pero no deja de ser hombre, con sus legítimas tendencias… Eso pensarán seguramente algunos que no entienden cómo Dios puede dar un consejo y la Iglesia imponer una regla que contradice las inclinaciones naturales del ser humano. Ignoran, sin duda, que aquel mismo que le coloca la carga, lo sustenta con su brazo, enviándole gracias a su elegido. O tal vez se acostumbraron a contar exclusivamente con las meras fuerzas de la naturaleza.

Lejos de buscar un quimérico término medio por el cual logre satisfacer las solicitaciones de la carne y los anhelos del espíritu, el ministro sagrado debe procurar apoyo en el propio ideal mismo al que dedica su vida, como lo expresó Pablo VI: «El que ha escogido ser todo de Cristo hallará ante todo en la intimidad con Él y en su gracia la fuerza de espíritu necesaria para disipar la melancolía y para vencer los desalientos; no le faltará la protección de la Virgen, Madre de Jesús, los maternales cuidados de la Iglesia a cuyo servicio se ha consagrado».12

Un sublime matrimonio

La Virgen y San Juan Evangelista al pie de la cruz, detalle de «La crucifixión», por Fra Angélico – Museo de San Marcos, Florencia (Italia)

Superlativamente feliz es el sacerdote que puede decir, al terminar el decurso de su existencia terrena: «Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2, 20). A ese fin glorioso se ha encaminado y se encamina el magisterio de la Iglesia, cuando dicta normas y reglas indicando la práctica de la continencia a los sacerdotes.

En este sentido, es muy elocuente la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, de Juan Pablo II, en la cual resalta el vínculo ontológico específico que liga al sacerdote a Cristo: «El presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, una participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza: es una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote. […] La referencia a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria para la comprensión de las realidades sacerdotales».13

 

La ley eclesiástica del celibato encuentra su fundamento último en la ordenación sagrada, que configura al sacerdote con Nuestro Señor, Cabeza de la Iglesia. Ésta, «como Esposa de Jesucristo, desea ser amada por el sacerdote de modo total y exclusivo como Jesucristo la ha amado».14

Por tanto, el Señor Jesús confía a los varones castos su Esposa Santísima, como confió al apóstol virgen su Madre Inmaculada. Desea de los sacerdotes una fidelidad conyugal intachable, en la que no haya divisiones en la práctica de la caridad: «Encontré al amor de mi alma. Lo abracé y no lo solté» (Cant 3, 4). He aquí lo que les dice la Iglesia a quienes abrazan el camino del sacerdocio y contraen con ella un sublime matrimonio. ◊

Autor: Víctor Hugo Morais

Notas


1 CONCILIO VATICANO II. Presbyterorum ordinis, n.º 16: AAS 58 (1966), 1015.

2 Cf. HORTAL, SJ, Jesús. «Comentário ao cânon 277». In: CÓDIGO DE DERECHO CANÔNICO. (12.ª edición revisada y ampliada con la legislación complementaria de la CNBB). 20.ª ed. São Paulo: Loyola, 2011, p. 151.

3Aclarados los conceptos, en adelante utilizaremos el celibato como sinónimo de continencia, ya que ambos son inseparables en la vida del sacerdote.

4 CONCILIO de ELVIRA, can. 33: DH 118-119.

5 «La ley del celibato eclesiástico, cuyo primer rastro consignado por escrito, lo cual supone evidentemente su práctica ya más antigua, se encuentra en un canon del Concilio de Elvira a principios del siglo IV, viva aún la persecución, en realidad no hace sino dar fuerza de obligación a una cierta y casi diríamos moral exigencia, que brota de las fuentes del Evangelio y de la predicación apostólica» (PÍO XI. Ad catholici sacerdotii: AAS 28 [1936], 25).

6 Para más detalles, recomendamos la sólidamente argumentada obra: STICKLER, Alfons Maria. Il celibato ecclesiastico. La sua storia e i suoi fondamenti teologici. Napoli: Chirico, 2010, pp. 36-42.

7 CONCILIO DE CARTAGO. De continentia, 3: CCSL 259, 117-118.

8 En cuanto a la disciplina en las Iglesias orientales, donde los diáconos y los sacerdotes pueden seguir utilizando el matrimonio después de la ordenación, siempre que cumplan con ciertos requisitos, Stickler explica que fue establecida en el Segundo Concilio Trullano, no ecuménico. Según el autor, se hicieron modificaciones en el texto auténtico de los citados cánones de Cartago, a través de las cuales se pudo introducir la praxis divergente. Aún en sus palabras, aunque Roma nunca diera su aprobación a tales determinaciones, respetó noblemente el cambio en la antigua regla de la continencia (cf. STICKLER, op. cit., pp. 97; 110).

9 CAMÕES, Luis Vaz de. «Os Lusíadas». Canto III, 138. In: Obras completas. Porto: Imprensa Portuguesa, 1874, t. III, p. 129.

10 SAN PABLO VI. Sacerdotalis cælibatus, n.º 21: AAS 59 (1967), 665.

11 Cf. SAN JUAN CRISÓSTOMO. Sur le sacerdoce, VI, 2: SC 272, 307.

12 SAN PABLO VI, op. cit., n.º 59, 680-681.

13 SAN JUAN PABLO II. Pastores dabo vobis, n.º 12: AAS 84 (1992), 676-677.

14 Ídem, n.º 29, 704.

María Santísima

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la Doctrina de que la Bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente.."

diciembre 26, 2021

La Inmaculada Concepción de María Virgen –singular privilegio concedido por Dios, desde toda la eternidad, a Aquella que sería la Madre de su Hijo Unigénito, preside todas las alabanzas que le rendimos en la recitación de su Pequeño Oficio. Siendo así, nos parece oportuno recorrer rápidamente la historia de esa “piadosa creencia” que atravesó los siglos, hasta encontrar en las inefables palabras de Pío IX, su solemne definición dogmática.

Once siglos de tranquila aceptación de la “piadosa creencia”

Los más antiguos Padres de la Iglesia, a menudo se expresan en términos que se interpretan como su certeza en la absoluta inmunidad de pecado, incluso el Original, concedida a la Virgen María. Así, por ejemplo, San Justino, San Irineo, Tertuliano, Firmio, San Cirilo de Jerusalén, San Epifanio, Teodoro de Ancira, Sedulio y otros más, comparan a María Santísima con Eva antes del Pecado Original. San Efrén, insigne devoto de la Santísima Virgen, la exalta como habiendo sido “siempre de cuerpo y de espíritu íntegra e inmaculada”. Para San Hipólito Ella es un “tabernáculo exento de toda corrupción”. Orígenes la Aclama “inmaculada entre inmaculadas, nunca afectada, por la ponzoña de la maldita serpiente”. San Ambrosio la declara “Vaso celestial, incorrupta, Virgen inmune por gracia de toda mancha de pecado”. San Agustín afirma, disputando con Pelagio, que “todos los justos conocieron el pecado, menos la Santa Virgen María, la cual, por la honra del Señor, no quiero que entre nunca en cuestión cuando se trate de pecados”.

Temprano comenzó la Iglesia –con primacía de la Oriental, a conmemorar en sus funciones litúrgicas, la Inmaculada Concepción de María. Passaglia, en su De Inmaculato Deiperae Conceptu, cree que a principios del siglo V ya s celebraba la fiesta de la Concepción de María (con el nombre de concepción de Santa Ana) en el Patriarcado de Jerusalén. El documento fidedigno más antiguo es el canon de dicha fiesta compuesto por San Andrés de Creta, monje del monasterio de San Sabas, cercano a Jerusalén y que escribió sus himnos litúrgicos en la segunda mitad del s.VII.

Los Padres de la Iglesia y la Inmaculada Concepción.

Tampoco faltan autorizadísimos testimonios de los Padres de la Iglesia reunidos en Concilio, para probar que ya en el s.VII era común y recibida por tradición la “piadosa creencia”, esto es, la devoción de los fieles al gran privilegio de María (Concilio de Letrán en el 649 y Concilio Constantinoplano III en el 680).

En España, que se enorgullece de haber recibido con la fe el conocimiento de ese misterio, conmemora su fiesta desde el s.VII. Doscientos años después, esta solemnidad aparece inscrita en los calendarios de Irlanda, bajo el título de “Concepción de María”

También en el s. IX era ya celebrada en Nápoles y Sicilia según consta en el calendario gravado en mármol y editado por Mazzocchi en 1774.

En tiempos del Emperador Basilio II (976-1025), la fiesta de la “Concepción de Santa Ana” pasó a figurar en el calendario oficial de la Iglesia y del Estado, en el Imperio Bizantino.

En el s. XI parece que la conmemoración de la Inmaculada estaba establecida en Inglaterra y por esa misma época, fue recibida en Francia. Por una escritura de donación de Hugo de Summo, consta que era festejada en Lombardía (Italia) en 1047. También es cierto que a finales del s. XI o principios del XII, se celebraba en todo el antiguo Reino de Navarra.

Oposición al Dogma.

En el mismo s. XII comenzó a ser combatido en Occidente, este gran privilegio de María Santísima.

Tal oposición se acentuaría todavía más y con mayor precisión, en el siglo siguiente, período clásico de la escolástica. Entre los que pusieron en duda la Inmaculada Concepción –por la poca exactitud de las ideas al respecto de la materia, se encontraban doctos y virtuosos varones como San Bernardo, San Buenaventura, San Alberto Magno y el angélico Santo Tomás de Aquino.

Reacción a favor de la Inmaculada Concepción.

El combate a esta augusta prerrogativa de la Virgen no hizo sino acrisolar el ánimo de sus partidarios. Así, el siglo XIV se inicia con una gran reacción a favor de la Inmaculada, en la cual se destacó como uno de sus más ardorosos defensores, el beato español Raimundo Lulio.

Otro de los primeros y más denodados campeones de la Inmaculada Concepción fue el Venerable Juan Duns Escoto (su país natal es incierto: Escocia, Inglaterra o Irlanda; murió en 1308), gloria de la Orden de los Menores Franciscanos, quien, tras afirmar bien los verdaderos términos en cuestión, estableció con admirable claridad los sólidos fundamentos para deshacer las dificultades que los contradictores ponían a la singular prerrogativa mariana.

Acerca del impulso dado por Escoto a la causa de la Inmaculada, existe una bella leyenda. Habría él venido desde Oxford hasta Paris, precisamente para hacer triunfar la tesis de la Inmaculada Concepción en la universidad de la Sorbona en 1308, donde pública y solemnemente disputó a favor del privilegio de la Virgen. El día de ese gran encuentro académico y teológico, cuando Escoto llegó al aula de la discusión, se topó al paso con una imagen de la Virgen a la que le hizo una gran reverencia diciéndole en latín Dignareme laudarete Virgo Sacrata, da mihi virtutem contra hostes tuos, entonces la imagen de la Virgen también inclinó la cabeza para saludarlo contenta y así quedó actualmente en esa posición todavía hoy: “Permíteme alabarte Sagrada Virgen y dadme fuerzas contra tus enemigos”.

Aumentan los defensores del Dogma.

Después de Escoto, la solución teológica de las dificultades levantadas contra la Inmaculada Concepción, se hizo cada día más clara y perfecta, con lo cual sus defensores se multiplicaron prodigiosamente. A su favor escribieron innumerables hijos de San Francisco, entre los que se puede citar a los franceses Fray Aureolo (m. en 1320) y Fray Mayron (m. en 1325). Al fraile escocés Bassolins y al español Guillermo Rubión. Se tiene por cierto que estos ardorosos propaganditas del santo misterio, estén en el origen de su celebración en Portugal hacia comienzos del siglo XIV.

El documento más antiguo de la institución de la fiesta de la Inmaculada Concepción en ese país, es un decreto del Obispo de Coimbra Mons. Edmundo Evrard, fechado el 17 de octubre de 1320. Con los doctores franciscanos, cumple mencionar, entre los defensores de la Inmaculada Concepción en los siglos XIV y XV al Carmelita Juan Bacon (m. 1340), al agustiniano Tomás de Estrasburgo, a Dioniso el Cartujo (m. 1429), a Nicolás de Cusa (m. 1.464) y a otros muy esclarecidos teólogos pertenecientes a diferentes escuelas y naciones.

Inmaculada Concepción en debates.

A mediados del s. XV la Inmaculada Concepción fue objeto de reñido combate durante el Concilio de Basilea, terminando en un decreto definitorio, pero sin valor dogmático ya que este Sínodo perdió su legitimidad al separarse del Papa. Mientras tanto crecía más y más el número de ciudades y naciones enteras que celebraban la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. Y con tal fervor que en las cortes catalanas se decretó pena de destierro perpetuo a quien públicamente atacara el santo privilegio de la Virgen.

El auténtico Magisterio de la Santa Iglesia, no tardó en darles satisfacción a los defensores del dogma y de la fiesta. Con la Bula Cum Pro Exccelsa, del 27 de febrero de 1.477, el Papa Sixto IV aprobó la fiesta de la Concepción de María, la enriqueció con indulgencias semejantes a las de las fiestas del santísimo Sacramento y autorizo Oficio y Misa especial para esa solemnidad.

A finales del siglo XV, sin embargo, la disputa sobre la Inmaculada Concepción, de tal manera enardeció los ánimos que el propio Papa Sixto IV se vio obligado a publicar con fecha de 4 de septiembre de 1483 la Constitución Grave nimis prohibiendo bajo pena de excomunión que los de una parte llamaran herejes a los de la otra.

Para esa época festejaban ya la Inmaculada Concepción célebres universidades como las de Oxford, Cambridge y Sorbona, instituyendo esta última en 1497, un juramento para todos sus doctores con el voto de defender perpetuamente el misterio de la Inmaculada Concepción, excluyendo de sus cuadros a quien no lo hiciere. De igual manera procedieron las universidades de Colonia (1499), Maguncia (1509) y Valencia (1530).

Nuevas ocasiones para combates dobre el Dogma.

En el Concilio de Trento (1545-1563) se ofreció nueva ocasión para denodado combate entre los dos partidos. Sin proferir una definición dogmática de la Inmaculada Concepción, esta asamblea confirmó de modo solemne las decisiones de Sixto IV. Así, el 15 de junio de 1546, en la V Sesión, a continuación de los cánones sobre el Pecado Original, se añadieron estas significativas palabras: “El Sagrado Concilio declara que no es su intención, incluir en este decreto, que trata sobre el Pecado Original, a la Inmaculada y Bienaventurada Virgen María Madre de Dios, pero que deben seguir observándose las Constituciones del Papa Sixto IV de feliz memoria, bajo las penas que en ellas se conminan y que este Concilio renueva”.

Por aquellos tiempos comenzaron a reforzar las filas de los defensores de la Inmaculada Concepción los teólogos de la recién fundada Compañía de Jesús, entre los que nunca se encontró uno solo de opinión contraria. Fue debido a los primeros misioneros jesuitas que en Brasil se tuvo noticia que ya en 1554 se celebraba el singular privilegio mariano en nuestro país. Además de la fiesta que se conmemora el 8 de diciembre, capillas, ermitas e iglesias eran edificadas bajo el título de Nuestra Señora de la Concepción.

Sin embargo, la “piadosa creencia” seguía suscitando polémicas, moderadas siempre por la intervención del Sumo Pontífice. Fue así que, en 1557, San Pío V, condenado una proposición de Bayo que afirmaba haber muerto Nuestra Señora a consecuencia del pecado de nuestro padre Adán, prohibió nuevamente las disputas acerca del augusto privilegio de la Virgen.

Siglos XVII y siguientes: consolidación de la Inmaculada Concepción

En el siglo XVII, el culto a la Inmaculada Concepción conquista a Portugal entero, desde los reyes y los teólogos hasta los más humildes hijos del pueblo. Así, el 9 de diciembre de 1617, la Universidad de Coimbra, reunida en claustro pleno, resuelve escribir al Papa manifestándole su convicción en la Inmaculada Concepción de María Santísima.

Aquel mismo año, Pablo V, decretó que nadie se atreviese a enseñar públicamente que María Santísima tuvo Pecado Original. Igual fue la actitud de Gregorio XV en 1622.

Por esa época la Universidad de Granada se comprometió a defender la Inmaculada Concepción con voto de sangre, es decir, comprometiéndose a dar la vida y derramar la sangre, si fuese necesario, en la defensa del misterio. Magnífico ejemplo que fue imitado sucesivamente, por gran número de cabildos, ciudades, reinos y Órdenes Militares.

A partir del siglo XVII se fueron también multiplicando las corporaciones y sociedades, tanto religiosas como civiles, e incluso Estados, que adoptaron a la Virgen como Patrona en la advocación del misterio de su Inmaculada Concepción.

Digna de particular referencia es la iniciativa de Don Juan IV rey de Portugal, proclamando a Nuestra Señora de la Concepción Patrona de sus “Reinos y Señoríos”, al tiempo que jura defenderla hasta la muerte, según se lee en la Propuesta regia del 25 de marzo de 1646. A partir de ese momento, en homenaje a su Inmaculada concepción soberana, los reyes de Portugal nunca más se pusieron corona en sus cabezas.

En 1648 aquel mismo monarca mandó acuñar monedas de oro y plata. Fue con ellas que se pagó el primer feudo a Nuestra Señora. Denominadas Concepción, tales monedas tenían en el anverso la leyenda: JOANES IIII D.G. PORTUGALIAE ET ALBARBIAE REX con la Cruz de Cristo y el escudo de armas lusitano. En el reverso estaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción sobre el globo terráqueo y la media luna, con la fecha 1648. A los lados de la imagen estaban el sol, el espejo, el huerto, la casa de oro, la fuente sellada y el Arca de la Alianza, símbolos bíblicos de la Santísima Virgen.

Otro decreto de Don Juan IV, firmado el 30 de junio de 1654, ordenaba que “en todas las puertas de entrada a las ciudades, villas y lugares de sus reinos” fuese colocada una laja de piedra con una inscripción que expresase la fe del pueblo portugués en la Inmaculada Concepción de María.

Del mismo modo, a partir del s. XVII emperadores, reyes y Cortes de los Reinos comenzaron a pedir con admirable constancia y con una insistencia de la que hay pocos ejemplos en la historia, la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción. La pidieron también al Papa Urbano VIII (m. en 1644), el Emperador Fernando II de Austria; Segismundo, Rey de Polonia; Leopoldo, Archiduque del Tirol; el Príncipe Elector de Maguncia; Ernesto de Baviera, Príncipe Elector de Baviera.

El mismo Papa Urbano VIII, a solicitud del Duque de Mantua y otros Príncipes, creó la Orden Militar de los Caballeros de la Inmaculada Concepción, aprobándoles al mismo tiempo sus Estatutos. Por devoción a la Virgen Inmaculada, quiso ser el mismo Papa el primero quien celebrara la primera misa en la primera iglesia bajo el título de la Inmaculada para uso de los frailes menores de los capuchinos de san Francisco.

Sin embargo, el acto más importante emanado de la Santa Sede en el s. XVII, a favor de la Inmaculada Concepción, fue la bula Pontificia Sollicitude Omnium Ecclesiarum, del Papa Alejandro VII en 1661. En este documento, escrito de su propio puño y letra, el Pontífice ratifica y renueva las constituciones a favor de María Inmaculada, al tiempo que impone gravísimas penas a quien sustente o enseñe opinión contraria a los dichos decretos y constituciones. Esta memorable bula precede, sin otro documento intermediario, la decisiva y magnífica bula del papa Pío IX.

En 1713, Felipe V de España y las Cortes de Aragón y Castilla pidieron la solemne definición a Clemente XI. Y el mismo Rey con casi todos los obispos españoles, las universidades y las Órdenes Religiosas, la solicitaron a Clemente XII en 1732.

En el pontificado de Gregorio XVI, y en los primeros años de Pío IX, se elevaron a la Sede Apostólica más de 220 peticiones de Cardenales, Arzobispos y Obispos (sin contar las de Cabildos y Órdenes Religiosas) para que se hiciese la definición dogmática.

El triunfo de la Inmaculada Concepción

Al fin llegó el tiempo. El 2 de febrero de 1849, Pío IX, desterrado en Gaeta, escribió a todos los Patriarcas Primados, Arzobispos y Obispos del orbe la Encíclica Ubi Primum, preguntándoles acerca de la devoción de sus cleros y pueblos al misterio de la Inmaculada Concepción y su deseo de verlo definido. De un total de 750 Cardenales, Obispos y Vicarios Apostólicos que en su seno contaba en ese entonces la Iglesia, algo más de 600 le respondieron al Sumo Pontífice. Teniéndose en cuenta las diócesis que estarían vacantes (tiempos de persecución a la iglesia en varios países del mundo), los Prelados enfermos y las respuestas que se perdieron en el camino, se puede decir que todos atendieron la solicitud del Papa, manifestando unánimemente que la fe de su pueblo era completamente favorable a la Inmaculada Concepción, y apenas cinco (5) se dijeron dudosos en cuanto a lo oportuno de esa declaración dogmática.

Se afirmaba la “creencia” universal de la Iglesia. Roma hablaría. La causa estaba juzgada.

“Ahora -son palabras de un testigo de la bella fecha del 8 de diciembre de 1854- transportémonos al augusto templo del jefe de los Apóstoles (Basílica de san Pedro de Roma). Bajo sus amplias naves se comprime y confunde una inmensa multitud impaciente pero recogida. Es hoy en Roma, como otrora en Éfeso: las celebraciones a María son en todas partes populares. Los romanos se preparan para recibir la definición de la Inmaculada Concepción, como en otro tiempo los efesianos acogieron la definición de la Maternidad Divina de María: con cantos de júbilo y manifestaciones del más vivo entusiasmo.

En el umbral de la Basílica, el Soberano Pontífice. Lo circundan 54 Cardenales, 42 Arzobispos y 98 Obispos de los cuatro puntos cardinales del orbe Cristiano, dos veces más vasto que el antiguo mundo romano. Los ángeles de todas las iglesias están presentes como testigos de la fe de sus pueblos en la Inmaculada Concepción. Súbitamente retumban las voces en sensibles y reiteradas aclamaciones. El cortejo de los Obispos atraviesa solemnemente el ancho corredor del Altar de la Confesión. Sobre la Cátedra de San Pedro está sentado ahora su 258° sucesor. Iníciase la celebración de los Santos Misterios. El Santo Evangelio es cantado en diversas lenguas del Oriente y Occidente. He aquí el solemne momento indicado para la proclamación del Decreto Pontificio. Un Cardenal cargado de años y de méritos, se aproxima al trono: es el decano del Sacro Colegio Cardenalicio; está feliz -como una vez el viejo Simeón, de ver el día de la gloria de Marí- En nombre de toda la Iglesia, dirige él al Vicario de Cristo una postrera petición. El Papa, los Obispos y toda la gran asamblea caen de rodillas; la invocación al Divino Espíritu Santo se hace oír en alto; este sublime himno es repetido por más de cincuenta mil voces al mismo tiempo, subiendo a los cielos como un inmenso concierto. Terminado el cántico, se yergue el Pontífice sobre la Cátedra de San Pedro; su faz es iluminada por celestial rayo de luz, visible efusión del Espíritu de Dios; y con voz profundamente emocionada, en medio de lágrimas de alegría, pronuncia él las solemnes palabras que colocan la Inmaculada Concepción de María en el número de los artículos de nuestra fe:

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la Doctrina de que la Bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, esa doctrina fue revelada por Dios, y debe ser, por lo tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles”.

El Cardenal Decano, postrado por segunda vez a los pies del Pontífice, le suplica entonces que publique las Cartas Apostólicas que contienen la definición. Y como promotor de la fe, acompañado de los protonotarios apostólicos, pide también que se erija un proceso verbal de ese gran acto. Al mismo tiempo, el cañón del Castillo del Sante Ángelo y las campanas de todas las iglesias de la Ciudad Eterna anuncian la glorificación de la Virgen Inmaculada.

Después de la Glorificación de la Virgen Inmaculada.

En la noche, Roma, llena de ruidosas y alegres orquestas por las calles, embanderada, iluminada, coronada de inscripciones y emblemas, fue imitada por millares de villas y ciudades en toda la superficie del globo.

El siguiente año pudo ser llamado el año de la Inmaculada Concepción: casi todos los días de él fueron marcados por fiestas en honor de la Santísima Virgen. En 1904, San Pío X celebró, juntamente con toda la Iglesia Universal, en medio de gran solemnidad y regocijo, el cincuentenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción. El Papa Pío XII, a su vez, en 1954, conmemoró el primer centenario de esa gloriosa verdad de fe, decretando el Año Santo Mariano. Celebración esta coronada por la Encíclica Ad Coeli Reginam, en la que el mismo Pontífice proclama la soberanía de la Santísima Virgen, y establece la fiesta anual de Nuestra Señora Reina.

Mons. Joao Clá Dias. Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción Comentado. Artpress. Sao Paulo, 1997, pps. 494 a 502

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Novena y Misa a la Inmaculada Concepción

Le invitamos a participar de la Misa por la Inmaculada Concepción este 8 de diciembre  a las 11:00 y a las 18:00 horas (GMT-5), antecedidas por el rezo del Santo Rosario.

Misiones

Las ceremonias presenciales se realizaron en Quito, Guayaquil, Cuenca y Machala. En cada ciudad la alegría de las familias se dejaba notar por su fe y devoción.

febrero 27, 2022

«La consagración a la Virgen consiste en que el hombre se dé a ella. Y, ya que él puede realizar en sí de alguna manera las virtudes que en Ella refulgen, darse a la Madre de Dios es para el hombre procurar imitarla y también servirla. El conocimiento de Nuestra Señora, la admiración por Nuestra Señora, la imitación y el servicio de Nuestra Señora son los elementos integrantes de esta completa consagración a Nuestra Señora que queremos verdaderamente realizar.»
Plinio Corrêa de Oliveira

Con esta disposición de alma se consagraron cientos de personas a Jesucristo la Sabiduría eterna y encarnada por las manos de María Santísima. Algo inédito. Después de una preparación virtual, los participantes pudieron realizar su consagración presencialmente.

Las ceremonias presenciales se realizaron en Quito, Guayaquil, Cuenca y Machala. En cada ciudad la alegría de las familias se dejaba notar por su fe y devoción.

Si usted fue una de las personas que participó de la Eucaristía presencial, háganos saber en qué ciudad y deje sus comentarios.
Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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