María Santísima

Madre de Dios – Historia del Dogma

Afirmaba Nestorio que María es madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y por eso debe ser llamada simplemente Madre de Cristo (Christotokos).

“Que nadie llame a María, Madre de Dios; ella es una mujer, y es imposible que Dios nazca de una mujer”. No sentó nada bien esta afirmación proferida de la boca del presbítero Anastasio; un estremecimiento de sorpresa e indignación recorrió la catedral de Constantinopla ante tal cosa contra el dogma que futuramente se proclamaría.

Hasta entonces a nadie se le había ocurrido nunca poner en duda allí esa verdad en la que la Iglesia creía desde hacía mucho tiempo, y en aquel momento el predicador lo negaba con tanta arrogancia. Filiales y afligidas miradas acribillaron el semblante del Patriarca que, sentado en su cátedra, debería ser el guardián de la Fe. Sin embargo, no sólo guardaba silencio, sino que aprobaba con un enfático movimiento de cabeza dando su apoyo a esa insólita afirmación. El pueblo, escandalizado, comenzó a abandonar la catedral.

El origen de un Patriarca controvertido

En la capital oriental del Imperio Romano, Constantinopla, se mezclaban tumultuosamente la controversia teológica y las intrigas palaciegas, acentuadas por las características del temperamento oriental. Así, tan pronto como la Sede Patriarcal quedó vacante a finales del 427, las facciones representadas en la corte pasaron a promover a sus respectivos candidatos al codiciado puesto.

Teodosio II, no obstante, decidió no prestar atención a ninguna de las partes y, con el fin de evitar discordias, optó por escoger a un extranjero.

Su elección recayó sobre un monje de Antioquía, excelente orador, dotado de sonora voz y con fama de santidad. Algunos lo consideraban como un segundo Crisóstomo. Su nombre era Nestorio.

Infelizmente, la reputación del candidato no correspondía con la realidad. Aunque aparentaba piedad, celo y rectitud de costumbres, el padre Nestorio estaba sediento de adulaciones y lisonjas. Ocupar tan importante cátedra alentaba sus ambiciosos anhelos y, por eso, nada más recibió la invitación viajó a Nova Roma, acompañado de Anastasio, su confidente.

En el camino, se detuvo un momento con el Obispo de Mopsuestia, Teodoro, que se había encaminado por tortuosas sendas en la especulación teológica, aireando tesis cristológicas demasiado temerarias. Y el pensamiento heterodoxo de Nestorio en materia de cristología se originó o se agravó en la convivencia con ese prelado.

La alegría de los constantinopolitanos por la llegada del nuevo Patriarca se transformó en seguida en temor y desconfianza, pues el que prometía ser un celoso pastor no tardó en manifestar orgullo y falta de integridad. Y el sermón mencionado más arriba fue el detonante de la nueva herejía que el recién elegido Patriarca diseminaría por el Oriente cristiano.

Graves repercusiones sobre la doctrina contra María.

Afirmaba Nestorio que María es madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y por eso debe ser llamada simplemente Madre de Cristo (Christotokos).

Hablar de Madre de Dios sería, según sus palabras, “justificar la locura de los paganos, que dan madres a sus dioses”. María habría dado a luz al hombre Jesús en el que el Verbo, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, habitaría como en un templo. Es decir, en Jesucristo habría dos personas, una divina y otra humana, y no solamente la Persona divina, con dos naturalezas distintas, la divina y la humana, como nos enseña la Doctrina Católica.

De ese enunciado se deducen una serie de proposiciones contrarias a la Fe. En primer lugar, los dolores de la Pasión hubieran sido sufridos únicamente por la humanidad de Cristo y, por lo tanto, no podrían haber satisfecho a Dios Padre con méritos infinitos. Si esto fuera así, no habría razón para hablar de Redención, pues “ningún hombre, aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos”.

Por otro lado, la expresión “el Verbo se hizo carne” perdería su sentido, pues por mucho que se afirmase que en Cristo existiría la unión de dos personas, la divina y la humana, no se podría atribuir las acciones de la supuesta persona humana de Cristo a su persona divina.

Y varios pasajes del Evangelio llegarían a ser problemáticos, como: “Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados —dijo al paralítico— levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (Mt 9, 6). Ya que si fuese solamente una persona humana, el Hijo del Hombre nunca tendría ese poder.

Tampoco se comprendería la respuesta de Jesús al llamamiento de Felipe —“Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta”—, cuando le dijo: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y todavía no me conocéis? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?” (Jn 14, 8-10).

Se siembra la discordia en el Oriente católico.

De poco le sirvió a Nestorio las caritativas advertencias de sus conciudadanos e incluso de sus hermanos en el episcopado para disuadirlo de su error. Al contrario, el pertinaz Patriarca condenó públicamente a los opositores de sus ideas y los mandó que les detuvieran y maltrataran, acusados de promover el desorden público.

Mientras tanto, una recopilación escrita de los sermones de Nestorio se difundía por las demás Iglesias de Oriente, sembrando la división en el pueblo fiel.

San Cirilo de Alejandría en defensa de la Maternidad de María.

La nueva herejía no demoró en llegar a la Iglesia de Alejandría, gobernada desde el año 412 por el Patriarca San Cirilo. Decidido como siempre, no tardó en ponerse en acción para cortarle el paso.

A la vez que expedía cartas a obispos, presbíteros y monjes reiterando la doctrina sobre la Encarnación del Verbo y la Maternidad Divina de María, cuidaba prudentemente de no hacer alarde de los errores y el nombre del hereje, pues, “movido de intensa caridad”, insistía en “no permitir que nadie se proclamara más amante de Nestorio, que él mismo”.

A finales del año 429 le escribió mansamente por primera vez, advirtiéndole de los rumores que corrían en la región acerca de sus doctrinas y le pedía explicaciones sobre ello. No habiendo obtenido por respuesta sino una ácida invitación a la moderación cristiana, San Cirilo le expuso en una segunda misiva, con luminosa y sobrenatural clarividencia, el pensamiento universal de la Iglesia.

Sin embargo, Nestorio no cedió y replicó con una nueva carta que contenía el elenco de sus ideas.

Roma entra en la disputa.

En vista de la inutilidad de los recursos de los que disponía, a San Cirilo sólo le quedaba recurrir a Roma y así lo hizo, enviándole al Papa San Celestino I un documentado relato de la controversia con el Patriarca de Constantinopla, en el que figuraban textos de los sermones de Nestorio, acompañados por una síntesis de sus errores, como también un florilegio de textos patrísticos que sustentaban la verdadera doctrina y copias de las cartas que le había enviado al hereje.

Por su parte, Nestorio ya le había informado al Papa San Celestino I sobre la situación, aunque en términos estudiadamente ambiguos, con el objetivo de conquistar su favor.

Reconociendo el peligro que había, San Celestino convocó un sínodo en Roma, en agosto de 430, para tratar de este relevante asunto. Los escritos de Nestorio fueron cuidadosamente examinados, y confrontados con una larga serie de textos de los Padres de la Iglesia. Ante la evidencia de la herejía, la nueva doctrina fue condenada categóricamente.

De su propio puño el Papa le escribió a Nestorio ratificando las enseñanzas cristológicas de San Cirilo y advirtiéndole que incurría en excomunión si no se retractaba por escrito de sus errores en un plazo de diez días.

Igualmente fueron enviadas cartas a los principales obispos de Oriente, al clero y al pueblo de Constantinopla con el fin de que “fuese conocida nuestra sentencia sobre Nestorio, es decir, la divina sentencia de Cristo sobre él”, decía el texto.

Para ejecutarla en nombre del Sumo Pontífice fue designado el propio San Cirilo, quien convocó un sínodo en Alejandría y en nombre de esta asamblea escribió una nueva carta al heresiarca, exponiendo de manera bastante detallada la verdad católica sobre la Encarnación, y enumerando los doce errores de los que Nestorio debería adjurar por escrito, en el caso de que quisiera permanecer en el redil de la Iglesia. Era el tercer y último llamamiento que le hacía para su conversión.

Sin embargo, valiéndose de su influencia en la corte de Constantinopla, intentó obtener el apoyo del emperador, quien —para dirimir las contiendas y dudas y atender a diversos llamamientos— creyó oportuno convocar un concilio ecuménico.

El Papa estaba de acuerdo con la decisión imperial y envió a sus legados, dándoles instrucciones muy precisas sobre la postura que deberían tomar ante los Padres conciliares: les recomendó que defendieran la primacía de la Sede Apostólica, que ejercieran el papel de jueces impolutos y que estuvieran siempre unidos al celoso Patriarca de Alejandría.

En aquella asamblea estaba en juego la Fe de la Iglesia respecto de este atributo esencial de María Santísima, y como subraya el historiador jesuita el P. Bernardino Llorca, “la situación era, en realidad, sumamente delicada.

El Papa había dado ya la sentencia contra la doctrina de Nestorio, por lo cual el concilio no podía hacer otra cosa que proclamar esta declaración pontificia. Cualquiera otra conducta podría traer un cisma”.

El Concilio de Éfeso.

Poco antes del 7 de junio de 431, fiesta de Pentecostés, iban llegando a Éfeso los representantes de las distintas Iglesias particulares. No obstante, el atraso de los legados pontificios y de algunos obispos, motivado por el largo y dificultoso viaje, posponía el comienzo de las sesiones, concurriendo para disminuir el ánimo de algunos Padres conciliares y causar cierta inseguridad en los demás.

Mientras tanto, Nestorio se afanaba por atraer hacia su doctrina a los incautos y desprevenidos, refiriéndose despectivamente a San Cirilo como “el egipcio”.

Entonces el Patriarca de Alejandría decidió empezar el concilio sin más tardanzas, valiéndose de la autoridad que el Papa le había conferido, incluso antes de la llegada de los Padres romanos y sin prestar atención a las enfáticas quejas de la facción contraria.

La primera sesión conciliar.

Se inició el 22 de junio con la proclamación del símbolo de Fe niceno- constantinopolitano. Nestorio, a pesar de que había sido convocado a estar presente, envió un mensaje diciendo que no comparecería mientras no llegasen todos los obispos. Sin embargo, el concilio continuó sus trabajos con la lectura de las doctrinas contenidas en el intercambio de cartas entre San Cirilo y el heresiarca.

En la lectura de la defensa del Patriarca alejandrino estallaron prolongados y calurosos aplausos, siendo su misiva declarada ortodoxa y conforme al símbolo de Nicea, mientras que la de Nestorio fue reprobada como impía y contraria a la Fe católica. Los trabajos y estudios conciliares se completaron con la lectura de la sentencia consignada por el Papa en el sínodo de Roma y una larga serie de textos patrísticos consolidando la posición católica.

Infructíferos fueron los esfuerzos para reconducir a Nestorio a la casa paterna. A todos los que el concilio enviaba para intentar disuadirlo de su error los expulsaba groseramente de su presencia. En vano. Sobre él recayó el anatema: “Nuestro Señor, Jesucristo, del que él ha blasfemado, ha definido por medio de este santo sínodo que el mismo Nestorio sea excluido de toda dignidad episcopal y de toda asamblea de obispos”.

Júbilo en la ciudad bendecida por el paso de María.

Los fieles de Éfeso —ciudad en la cual, según la Tradición, María Santísima habría residido— exultaron al serles anunciada la sentencia definitiva reafirmando la doctrina de la maternidad divina.

Todos acudieron a la Iglesia de Santa María al grito de “ Theotokos! ”, a fin de festejar la decisión, como narra Pío XI en su encíclica conmemorativa del XV centenario del mencionado concilio: “El pueblo de Éfeso estaba asumido de tanta devoción y ardía de tanto amor por la Virgen María, Madre de Dios, que tan pronto como oyó la sentencia pronunciada por los Padres del concilio, los aclamó con alegre efusión de ánimo y, provisto de antorchas encendidas, en apretada muchedumbre los acompañaron hasta sus residencias.

Y seguramente, la misma gran Madre de Dios, sonriendo con dulzura desde el Cielo ante tan maravilloso espectáculo, correspondió con corazón materno y con su benignísimo auxilio a sus hijos de Éfeso y a todos los fieles del mundo católico, perturbados por las insidias de la herejía nestoriana”.

Rebelión y confusión.

Aun así, en una misiva dirigida al emperador, firmada por siete obispos más, Nestorio puso objeciones a su condenación. Junto con Juan —Patriarca de Antioquía, que no había llegado a tiempo de participar en el concilio— se reunió en conciliábulo con una minoría de obispos contrarios a la decisión de San Cirilo de iniciar los trabajos sin esperar a los que se retrasaron.

Declararon depuestos de sus sedes episcopales a San Cirilo y a Memnon, Obispo de Éfeso, y exigieron de todos los demás obispos que se retractaran en lo que respecta a los doce anatemas.

Sin embargo, esta reducida asamblea no trató de rehabilitar a Nestorio, pues Juan de Antioquía, aunque amigo suyo, le consideraba culpable de herejía.

El emperador Teodosio II, confuso antes las noticias contradictorias que le llegaban de Éfeso, emitió un edicto en el que prohibía a los prelados que regresaran a sus ciudades antes de que fuera hecha una investigación sobre todo lo sucedido.

La orden imperial llenó de regocijo al partido de los herejes, quienes se juzgaban bajo el amparo de la autoridad temporal y, en consecuencia, autorizados a tomar todo tipo de medidas arbitrarias. Éstas iban desde la tentativa de consagrar a un nuevo Obispo de Éfeso hasta el uso de la violencia física contra el pueblo sencillo, indignado con el rumbo que habían tomado las cosas, e incluso contra algunos Padres conciliares.

A pesar de eso, tales manifestaciones de prepotencia y de injusticia no durarían mucho.

La decisión final.

Los legados pontificios finalmente llegaron a Éfeso, y el concilio, bajo la presidencia de San Cirilo, que representaba al Sumo Pontífice, inició su segunda sesión el 10 de julio. Los enviados papales llevaban una carta de San Celestino, fechada el mes de mayo, pidiendo a la magna asamblea que promulgase la sentencia proferida por el Sínodo romano contra el Patriarca de Constantinopla.

Al ver claramente expresada la voluntad de Dios en la decisión pontificia, todos los obispos presentes exclamaron: “¡Éste es el justo juicio! A Celestino, nuevo Pablo, a Cirilo, nuevo Pablo, a Celestino custodio de la Fe, a Celestino concorde con el sínodo, a Celestino todo el concilio le da las gracias: un solo Celestino, un solo Cirilo, una sola Fe en el sínodo, una sola Fe en el mundo”.

Las actas de la primera sesión, tras ser examinadas y confirmadas, fueron leídas en público. Según los bellos términos de Rohrbacher, en esa segunda reunión se respiró “todo el perfume de la santa antigüedad: el espíritu de fe, de piedad, de santa cortesía; el espíritu de unión con el sucesor de Pedro; el espíritu de amor y de sumisión filial a su autoridad; en una palabra, el espíritu de la Iglesia Católica”.

En las sucesivas sesiones se trataron los casos de Juan de Antioquía y de otros disidentes, quienes habían sido convocados en tres ocasiones y en vista de su recusa a comparecer, fueron excomulgados. Igualmente se aprobaron seis cánones en los que no sólo se renovaba la condena a Nestorio, sino también la de algunos pelagianos.

Clausurado el concilio, el 31 de julio, quedaba definida para siempre la doctrina católica sobre la Santa Madre de Dios.

María es madre de la Persona de Cristo.

Hasta aquí hemos acompañado los dramáticos acontecimientos y el glorioso desenlace de esa histórica polémica. Ahora cabe preguntarnos cómo explicar esta verdad que nuestra Fe afirma y el sentido católico proclama en nuestros corazones: la maternidad divina de María Santísima.

¿Por qué quiso Dios tener una madre humana? Para abordar adecuadamente esta cuestión, empecemos por recordar un importante aspecto del plan divino para la Redención:

Jesucristo, nuestro Señor, a pesar de que podía haber elegido otro medio para encarnarse juzgó “más conveniente formar de la misma raza vencida al hombre que había de vencer al enemigo del género humano”. Así, de la misma forma que una mujer, por su desobediencia, había cooperado para la ruina de la humanidad, la obediencia de una Virgen cooperaría de forma decisiva para la Redención.

Ahora bien, cuando una mujer concibe a un hijo y lo alumbra, ella es madre de la persona que ha nacido, y no sólo de su cuerpo. Porque estando el alma y el cuerpo substancialmente unidos, ella engendra al ser humano completo, aunque el alma haya sido creada por Dios María era, por tanto, Madre de la Persona de Cristo.

Y en la persona divina de Cristo estaban unidas la naturaleza humana y la naturaleza divina, desde el primer momento de su ser. Por eso, concluye el Papa Pío XI, “si una es la Persona de Jesucristo, y ésta divina, sin ninguna duda María debe ser llamada por todos no solamente Madre de Cristo hombre, sino Madre de Dios, Theotokos”. La Virgen María no engendró a una persona humana a la que, después, se uniera el Verbo, como decía Nestorio, sino, por el contrario, fue el Verbo que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

La grandeza y profundidad de este atributo de María Santísima fueron recientemente puestos de relieve por el Papa Benedicto XVI, cuando afirmaba: “Theotokos es un título audaz.

Una mujer es Madre de Dios. Se podría decir: ¿cómo es posible? Dios es eterno, es el Creador. Nosotros somos criaturas, estamos en el tiempo.

¿Cómo podría una persona humana ser Madre de Dios, del Eterno, dado que nosotros estamos todos en el tiempo, todos somos criaturas?”.

Y discurriendo hermosamente sobre el Misterio de la Encarnación, el Santo Padre responde: “Dios no permaneció en sí mismo: salió de sí mismo, se unió de una forma tan radical con este hombre, Jesús, que este hombre Jesús es Dios; y, si hablamos de Él, siempre podemos también hablar de Dios. No nació solamente un hombre que tenía que ver con Dios, sino que en él nació Dios en la tierra. […] Dios quería nacer de una mujer y ser siempre él mismo: este es el gran acontecimiento”.

Le cupo al gran santo Cirilo —cuya fiesta se conmemora en este mes de marzo—, “invicto asertor y sapientísimo doctor de la divina maternidad de María virgen, de la unión hipostática en Cristo y del primado del Romano Pontífice”, defender la verdadera doctrina en los tiempos de la primitiva Iglesia.

Pidamos, pues, su intercesión para que comprendamos amorosamente el don infinito obtenido por María por su “fiat” en respuesta al pedido del Padre Eterno (cf. Lc 1, 38) y roguémosle a Ella que nos alcance la inestimable gracia de adorar a su divino Hijo por toda la eternidad.

Padre Ignacio Montojo Magro, EP

Comentarios

Destacados, Historia y Creación

La correcta lectura de la Biblia constituye uno de los grandes retos del hombre moderno, dominado por la mentalidad positivista y materialista.

febrero 12, 2022

Corría el año de 1947 cuando algunos beduinos vagaban por las regiones montañosas de Israel, a 12 kilómetros al sur de Jericó, buscando a un animal perdido. Desgastados por la inclemencia del sol, encontraron una cueva, un sitio muy atrayente para descansar. De esta manera tan fortuita, hallaron lo que algunos calificarían como el mayor descubrimiento arqueológico del siglo XX.

En medio de las guerras y las tensiones políticas que asolaban los territorios de Cisjordania, los ojos del mundo se dirigieron, por un momento, hacia el desierto de Judea, en la región de Qumran. A lo largo de nueve años, excavaciones y pesquisas en once grutas sacaron a la luz 930 manuscritos antiguos, datados entre los años 250 a. C. y 68 d. C.

Ante el nuevo panorama que se abría para la investigación arqueológica, con serias e inevitables repercusiones de índole histórica y religiosa, la opinión pública se dividió en, al menos, tres posiciones. Algunos pretendían desacreditar las verdades bíblicas mediante tales hallazgos, otros veían en ellos la oportunidad de comprobar empíricamente la originalidad de los textos sagrados y un tercer grupo se mostraba desinteresado, pues no les parecía que se pudiera aprovechar nada de la arqueología para el estudio exegético.

¿En cuál de estos conjuntos deberían encajar los católicos?

Dejemos un poco al lado la historia de los beduinos de Cisjordania para volver la mirada hacia nuestra fe, tan atacada, incomprendida y menospreciada por los hombres de nuestro tiempo.

Mar muerto

El mar Muerto visto desde las cuevas de Qumran

La Palabra de Dios puesta a prueba por la ciencia

La mentalidad contemporánea está indiscutiblemente impregnada de materialismo, creyéndose capaz de reducir toda la verdad a la verificación científica y pragmática de los objetos. Se trata de una concepción de la «libertad de pensamiento» defendida por la Ilustración y por el positivismo —y expresada en el ámbito religioso por la herejía modernista—, en función de la cual «el dogma o la doctrina de la Iglesia aparecen como uno de los reales obstáculos a la correcta comprensión de la Biblia».1

Pero esta crisis no es tan reciente como parece a primera vista. Veamos en algunas pinceladas el largo proceso por el cual se extinguieron las bellas luces de la exégesis precedente.

Los cambios que afectaron a la sociedad desde el siglo XV influyeron profunda y radicalmente en el interior del hombre, alcanzando un lugar recóndito casi inaccesible: la amorosa relación entre el alma y su Creador.

Tales transformaciones llevaron a hombres como Richard Simon a no considerar ya las Escrituras como Revelación divina de autoría del Espíritu Santo, creencia que le parecía propia a un pasado despreciable. Para él, la Biblia era un conglomerado de textos heterogéneos, escritos por distintos autores, que debía ser explicado en su sentido literal y crítico.2

La nueva perspectiva se vio reforzada por una innovación histórica en el pensamiento occidental: el espíritu científico. A principios del siglo XVIII, la razón y la crítica estrictamente científicas asumieron, por así decirlo, las riendas del estudio sobre la Sagrada Escritura, en busca de explicaciones sobre las «fuentes» y los «géneros literarios» de los libros bíblicos, a fin de deducir el proceso histórico de su composición.

Y no faltó gente que se aprovechara de ese método para atacar militantemente los Libros Sagrados, como Robert Challe, quien afirmaba que no había nada tan mal escrito como la Biblia, repleta de repeticiones inútiles y contradicciones.3

Esta tendencia se presentaba prometedora para los espíritus ávidos de revoluciones, porque abría las puertas a interpretaciones innovadoras sobre aquellos textos envueltos en el misterio, dejando a un lado la monótona hermenéutica tradicional y abrazando «el esfuerzo por establecer, en el campo de la Historia, un nivel de exactitud metodológica que provocaría conclusiones que tuvieran la misma certeza que en el de las ciencias naturales».4

Sin embargo, afortunadamente, el Papa León XIII condenó esos desvíos llamándolos artificio introducido «perversamente y con daño de la religión», por el cual «se juzga del origen, integridad y autenticidad de un libro solamente por las que llaman razones internas».5

La corriente «concordante»

En el siglo XIX despuntó otra corriente, que buscaba una concordancia científica y natural para todos los acontecimientos bíblicos. Se denominaba concordismo.

La presentación de Werner Keller6 para su libro Y la Biblia tenía razón expresa muy bien tal enfoque. Según afirma él, muchos datos descubiertos mediante la pesquisa arqueológica modificaron la manera de considerar la Biblia: de simples «historias piadosas», el Libro Sagrado alcanzó una nueva estatura, pasando a ser considerado un texto sobre acontecimientos reales.

Un ejemplo ilustrará mejor esta tendencia.

El relato bíblico narra con detalles la toma de Jericó por los hijos de Israel, por mandato de Yahvé (cf. Jos 2, 1-6, 25). Las ruinas de esta ciudad milenaria se encuentran en Tell es-Sultan y se convirtieron, desde comienzos del siglo pasado, en el escenario de arduas excavaciones, teorías y desmentidos…

Entre los años 1907 y 1909, el trabajo estaba a cargo de Ernst Sellin y Carl Warzinger, los cuales declararon que una gran muralla descubierta entre los escombros habría caído en el año 1200 a. C., época en que Josué tomó la ciudad. Investigaciones más precisas se pusieron en marcha, bajo la dirección de John Garstang, que halló vestigios de incendios y desmoronamientos. Sus deducciones se inclinaban a la destrucción de las murallas en el año 1400 a. C. Hubo otros estudios, dirigidos por el arqueólogo y sacerdote dominico Louis-Hugues Vincent; pero la británica Kathleen Kenyon tuvo el mérito de concluir: las murallas de Jericó habían sido reconstruidas diecisiete veces durante la Edad de Bronce, pues eran destruidas frecuentemente por terremotos o erosiones.

La interpretación concordante infirió entonces: «Quién sabe, esa poca resistencia de las murallas hizo eco a la leyenda transmitida por la Biblia, que cuenta cómo los hijos de Israel tuvieron que lanzar únicamente sus gritos de guerra y hacer sonar sus trompetas para conquistar Jericó».7

Luego, ¿dónde estaría la mano de Dios para salvar con poderío al pueblo elegido? ¿La Biblia sería la narración de hechos históricos y humanos, cubierta por un velo de religión, fruto de supersticiones y creencias anticuadas?

Por supuesto que no… El estudio científico de los hechos históricos narrados en la Sagrada Escritura debe circunscribir sus conclusiones a sus propias competencias.

La «mano de Dios» no se mide en pulgadas, el soplo del Espíritu Santo no genera energía eólica y la Biblia no es un libro de ciencias… Hemos de asumir con modestia que no toda verdad puede ser verificada en un laboratorio o yacimiento arqueológico, ni tampoco en la opinión unilateral de un científico.

Una teología separada de la exégesis

Con tantas y tan contradictorias teorías sobre la Biblia, algunos teólogos optaron por apartarse de la confusión «en busca de una teología que fuera lo más independiente posible de la exégesis».8 Procuraron tomar la Sagrada Escritura en su pureza literal, excluyendo cualquier esfuerzo de comprensión histórica.

Nuevamente, una desviación. Según un documento de la Pontificia Comisión Bíblica, dicha corriente, llamada fundamentalista, impone una lectura del texto sagrado «que rechaza todo cuestionamiento y toda investigación crítica»,9

negándose a aceptar que fuera expresado en un lenguaje humano, redactado por autores humanos, cuyas capacidades y recursos eran limitados. «Por esta razón, tiende a tratar el texto bíblico como si hubiera sido dictado palabra por palabra por el Espíritu y no reconoce que la Palabra de Dios fue formulada en un lenguaje y una fraseología condicionados por tal o cual época».10

La respuesta de la Iglesia ante la crisis

Si el fundamentalismo, el método histórico-crítico extremo y el concordismo constituyen planteamientos inapropiados de la Sagrada Escritura, ¿cuál es la recta posición ante la Palabra de Dios?

En primer lugar, debemos admitir que la Biblia no es un libro común, escrito para relatar la historia de un pueblo o de un hombre mitificado por las creencias de comunidades altamente religiosas. ¡De ninguna manera! Contiene un tesoro inigualable: la Palabra de Dios revelada y escrita.11

Es revelada porque Dios quiso manifestarse, dando a conocer el misterio de su voluntad a los hombres (cf. Ef 1, 9). Siendo así, nos compete venerar todo cuanto afirma la Biblia, como palabras del Espíritu Santo. Según el magisterio de la Iglesia, «los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra».12

Nuestra seguridad se basa en la virtud teologal de la fe, como una respuesta filial y obediente a Dios que se revela, con «plena obediencia de entendimiento y de voluntad»,13 abriendo la mente y el corazón a la acción del Espíritu Santo.14

La Revelación divina es una manifestación del amor de Dios; y el amor no se mide con experimentos científicos o métodos lógico-críticos. Esto equivaldría a querer calcular el cariño de una madre por su hijo o de un esposo por su esposa a través de utensilios de laboratorio.

Por otra parte, la Biblia es la Palabra de Dios escrita. El Espíritu Santo se valió de hombres como instrumentos materiales, los cuales, por inspiración divina, escribieron el mensaje de la salvación, cada uno con sus propias facultades y capacidades.15

En este sentido, el estudio científico juega un papel importante, junto con la hermenéutica exegética.

El método histórico-crítico y las pesquisas arqueológicas tienen la función de auxiliar al exégeta a comprender las coyunturas históricas, la mentalidad de la época, las costumbres en vigor y las expresiones idiomáticas que concurren a un entendimiento más profundo de la Sagrada Escritura.16

Tal estudio, no obstante, nunca podrá decidir sobre la veracidad de la Palabra de Dios o al respecto del valor de la Revelación, cuya interpretación pertenece, por mandato divino, a la Santa Iglesia Católica.17

¿Y las imprecisiones de la Biblia?

Se nos plantea aquí una cuestión: hay ciertas imprecisiones e incluso contradicciones en el texto sagrado.

Consideremos un ejemplo. Cuando el evangelista San Mateo describe el Sermón de las Bienaventuranzas, afirma: «Al ver Jesús el gentío, subió al monte…» (5, 1). Ahora bien, el mismo hecho es narrado de forma distinta por San Lucas: «Después de bajar con ellos, se paró en una llanura…» (6, 7).

Pergamino del mar muerto

Rollos del mar Muerto conservados en el Santuario del Libro, Jerusalén

Entonces, ¿dónde se realizó el sermón? ¿En un monte o en una llanura? ¿El divino Redentor subió o bajó antes de pronunciar aquellas palabras que impresionaron los siglos por la sabiduría y bondad con que se dirigió a los afligidos y los perseguidos?

Las explicaciones pueden multiplicarse, buscando una alegoría o un lapso en la dimensión humana de quien escribe el relato evangélico. Les corresponde a los exégetas estudiar el caso con métodos de rigor científico.

Sin embargo, con relación a la verdad revelada necesaria para nuestra salvación, no hay error ni discordancia entre los textos, pues, en el monte o en la llanura, la sustancia del mensaje divino no sufre distorsión. En este sentido, es oportuno recordar estas palabras de San Agustín: «El Espíritu de Dios, que hablaba por medio de ellos, no quiso enseñar a los hombres estas cosas que no reportaban utilidad alguna para la vida futura».18

Lo mismo sucede cuando en la Sagrada Escritura se intenta explicar un hecho físico o natural. En este caso, más que una precisa investigación del universo, los autores sagrados describen y tratan estos temas a modo de metáfora o como el lenguaje popular expresa lo que percibe por los sentidos —conforme observó Santo Tomás de Aquino19 al comentar el Libro del Génesis—, a fin de transmitir aquello que Dios quiso enseñar para nuestra salvación.20

Obediencia de la fe aliada a la ciencia

Pergamino del mar muerto

Rollos del mar Muerto conservados en el Museo Arqueológico de Jordania, Amán

Después de este breve repaso histórico y doctrinario, cabe considerar sucintamente el desenlace del hecho que dio origen al presente artículo: los descubrimientos en los alrededores del mar Muerto y su repercusión sobre los textos bíblicos del Nuevo Testamento.

La opinión de muchos estudiosos es que las investigaciones no afectaron a la comprensión de los textos y de la Revelación divina, ni aportaron hallazgos que exigieran la revisión de cualquier punto de la fe cristiana.21

No obstante, asombrosas aproximaciones de vocabulario, de costumbres y de convicciones escatológicas entre los escritos del Nuevo Testamento

y los manuscritos de Qumran arrojan luz sobre una relación entre los cristianos primitivos y la comunidad que habitaba aquellas regiones.22

En resumen, los estudios concurren a formar una idea inédita sobre parte de la sociedad en tiempo de Jesús, añadiendo preciosas informaciones a la historicidad de los textos sagrados. Pero no pudieron alterar lo concerniente al mensaje de la fe enseñado por la Iglesia.

El método científico se presenta, por tanto, como eficaz instrumento para el desarrollo exegético, siempre que esté en armonía con la fe, custodiada por la Santa Madre Iglesia. Por su parte, la exégesis depende en gran medida de la ciencia, en la comprensión de las circunstancias históricas y sociológicas, a fin de completar su investigación sobre los Libros Sagrados.

Como dos alas, fe y razón se unen bajo la dirección de la Iglesia para conducir a los hombres al conocimiento y a la posesión de la vida eterna. ◊

Autor: Max Streit Wolfring

 

Notas


1 RATZINGER, Joseph. La interpretación bíblica en conflicto. Sobre el problema de los fundamentos y la orientación de la exégesis hoy. In: LA POTTERIE, Ignace de et al. Exegese cristã hoje. Petrópolis: Vozes, 1996, p. 111.

2 Cf. GIBERT, SJ, Pierre. Petite histoire de l’exégèse biblique. De la lecture allégorique à l’exégèse critique. Paris: Du Cerf, 1997, pp. 213-215.

3 Cf. Ídem, pp. 223-224.

4 RATZINGER, op. cit., p. 118.

5 LEÓN XIII. Providentissimus Deus: DH 3286.

6 Cf. KELLER, Werner. E a Bíblia tinha razão. São Paulo: Círculo do Livro, 1978, pp. 18-19.

7 Ídem, pp. 179-180.

8 RATZINGER, op. cit., p. 113.

9 PONTIFÍCIA COMISIÓN BÍBLICA. L’interprétation de la Bible dans l’Église. In: FILIPPI, Alfio; LORA, Erminio (Ed.). Enchiridium Biblicum: Documenti della Chiesa sulla Sacra Scrittura. 3.ª ed. Bologna: EDB, 2004, p. 1258.

10 Ídem, ibídem.

11 Cf. CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 9: DH 4212.

12 Ídem, n.º 11: DH 4216.

13 CONCILIO VATICANO I. Dei Filius: DH 3008.

14 Cf. BENEDICTO XVI. Verbum Domini, n.º 25.

15 Cf. CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 12: DH 4218.

16 Cf. PÍO XII. Divino afflante Spiritu: DH 3831; CONCILIO VATICANO II. Dei Verbum, n.º 12; 23: DH 4217-4218; 4230.

17 Cf. CONCILIO VATICANO I. Dei Filius: DH 3007.

18 SAN AGUSTÍN. De Genesi ad litteram. L. II, c. 9, n.º 20. In: Obras. Madrid: BAC, 1957, v. XV, p. 645.

19 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 70, a. 1, ad 3.

20 Cf. LEÓN XIII. Providentissimus Deus: DH 3288.

21 Cf. VANDERKAM, James C. Los rollos del mar Muerto y el cristianismo. In: SHANKS, Hershel (Org.). Para compreender os manuscritos do Mar Morto. Rio de Janeiro: Imago, 1993, pp. 192-193.

22 Cf. Ídem, pp. 194-211.

Santos

La compasión de Doña Lucilia por aquellos a quienes veía sufrir era llena de afecto y respeto, sin nunca esperar retribución.

abril 24, 2022

La compasión de Doña Lucilia por aquellos a quienes veía sufrir era llena de afecto y respeto, sin nunca esperar retribución de parte de sus beneficiados, verdadero reflejo de la misericordia del Sagrado Corazón.

A continuación palabras del Plinio Correa de Oliveira:

Con respecto a mi madre, Doña Lucilia, he dicho varias veces que ella no era más que un ama de casa con una cultura afrancesada, y ligeramente inglesa, de las señoras de buena familia de su tiempo. Ella poseía esa cultura suficientemente, aunque no se destacaba por su inteligencia.

Doña Lucilia - Finura de percepción.

Me llamaba mucho la atención que en cierto sentido ella se mostraba excepcionalmente inteligente, y era una forma de inteligencia ligada a la compasión y a la ayuda. Es decir, ella tenía una noción muy clara de todo lo que pudiese contundir o hacer sufrir a cualquier persona. Ella se daba cuenta inmediatamente.

Era una primera pregunta o una primera mirada – una mirada delicada – que ella ponía sobre la persona. El punto de partida era lo que la persona sufría. Dado que toda criatura humana sufre, ella procuraba ver cuál era el punto dolorido, el lado por donde la persona sufría, etc., y tomaba un cuidado extraordinario para no tener – ni de lejos – una distracción, una referencia en la conversación o cualquier cosa que pudiese hacer sufrir a esa persona de alguna forma, siendo en eso de una penetración y de una delicadeza verdaderamente notable.

Pero Doña Lucilia también entendía muy bien – esto es una obra prima de psicología – dada la persona y las circunstancias, lo que debería hacer para ayudar y cuál era la forma de compasión que debería manifestar para atender esa forma de sufrimiento. En eso ella era muy fina de percepción y muy delicada al brindar su compasión. Porque la compasión se expresaba mucho más por la mirada y por las maneras que por lo que ella decía.

Discreción llena de afecto.

Era casi imposible que ella procurase desvendar el santuario del sufrimiento de cada uno con palabras indiscretas, que la introdujesen en una intimidad que la persona, a veces legítimamente, no quería dar, a veces por amor propio o por mil razones.

Pero en el modo de tratar y de agradar, de tal forma ella realzaba tan discretamente lo que veía de bueno, de honroso en la persona, que ésta se sentía envuelta por su afecto, pero no se sentía para nada solicitada o penetrada, ni invadida por una conmiseración inoportuna. Ella revelaba en eso mucho tacto. Era un modo aristocrático de tener pena.

Sin embargo, dejaba entender a la persona y a todo el mundo con quien trataba, que si quisiesen usar su bondad ella era una puerta que se abriría, pero nunca se abriría y llamaría a alguien hacia adentro. Eso no. A veces eso aparecía en términos explícitos cuando se trataba de tomar la defensa de alguien que a ella le parecía ser objeto de un ataque demasiado cargado, o que no se tomaba en cuenta algún atenuante que la persona tenía.

Por ejemplo, ella tenía un hijo muy categórico, y ese hijo no hacía ceremonia cuando salía lanza en ristre. Ella a veces oía y decía:

– ¡Pobrecito!

Un «pobrecito» que me hacía sentir en qué aquel hombre era un sufridor. «¡Pobrecito!… Tampoco es para tanto…». Casi como quien pedía compasión para ella personalmente.

– Filhão1, ¿no notaste que él tiene tal cualidad?
– Pero, mi bien, mãezinha2 – de acuerdo al momento -, ¿Ud. no nota que, si uno va a ver, eso da en liberalismo?
Ella decía:
– No, piensa lo que quieras, lo que sea la verdad, pero pon la verdad entera, pon también las cualidades.

Naturalmente, eso me impresionaba de un modo muy favorable, no necesito ni decir. Es absolutamente obvio. Y si sucedía que en una situación crítica u otra cualquiera, ella tuviese que aproximarse y hablar con la persona, ella hablaba como quien entra en la punta de los pies en el santuario de la desventura de la persona. Ella trataba en un crescendo gradual y sondeando el terreno, de tal forma que la persona, si quisiese, del modo más fácil del mundo, le haría entender que prefería que no entrase. Ella también cerraba el caso y estaba acabado.

Trato bondadoso y sin ilusiones.

No piensen con eso que ella apenas veía el lado positivo de las personas. No. Ella no sólo veía muy bien las amarguras y las cosas duras que tiene la vida, sino que nos prevenía para estar prontos para eso. Naturalmente, todo era visto según la experiencia de la vida de una señora que vive en el hogar.

Ella nunca fue lo que en mi tiempo de joven llamaban mujer paraíba: una mujer feminista que sale de la casa, toma ciertas actitudes, conoce la vida de los hombres, hace negocios y cosas de ese género. Ella era de un modo que era preciso haber conocido. 

Yo doy un ejemplo que ella contó más de una vez. Mi abuelo tenía una oficina de abogacía, y, entre otros clientes, tenía a una viuda rica y sin hijos. Ella tenía una casa muy buena, grande, con jardines, criadas, etc., pero era una persona muy aburrida.

Mi abuelo tenía pena de esa señora, porque ella tenía buena salud, tenía todo para hacer una vida feliz, pero vivía en una especie de aislamiento por causa de su mal genio. Era una señora de buenas costumbres, pero, por otra parte, era de un trato muy censurable.

Aconteció que un día ella se enfermó de repente y le escribió una carta a mi abuelo, contándole eso y pidiendo si podía conseguirle una criada, algo así, un favor de esa clase. Mi abuelo procuró a mi madre y le dijo:

– Tu madre no está en condiciones de dirigir nuestra casa con tanto movimiento y menos aún para cuidar a esa señora. Es una obligación de caridad nuestra recibirla y tratarla. Aquí hay tal cuarto – un cuarto de huéspedes -; voy a traerla aquí y tú la vas a tratar. Quiero que esa señora salga de nuestra casa encantada con tu caridad.

Mi madre, con pena de esa señora y para agradar a mi padre, aceptó. Mi abuelo quedó tranquilo. Poco después llegó esa señora, mi madre la recibió con mil caricias, la acompañó hasta el cuarto, la trató como mejor no se la podría tratar.

Una hermana de mi madre, seis años más joven pero ya francamente con edad para ayudar, trataba a esa señora con la «punta de los dedos». Entraba en el cuarto una o dos veces al día, cuando ya estaba lista para salir a la calle:

– ¡Ah!, no quise salir a la calle sin saber cómo está Ud. ¿Ya está mejor, no? Conserve el optimismo, que todo saldrá bien.

Lo que equivale a decir al enfermo «no moleste» o «no se queje». Eso una vez o dos por día y se acabó. Y mi madre le decía a su hermana:

– Tú no puedes hacer eso. ¿No ves que papá no quiere eso? Además, pobrecita…
Mi tía decía:
– Vas a ver, estás haciendo por ella absurdos de dedicación sin ningún propósito, y cuando ella salga de aquí, si no sale en un féretro, sino viva, me va a agradecer a mí.

Mi madre ponía en duda que la cosa llegase a ese punto, porque la diferencia de trato era fabulosa. Pero, ¡dicho y hecho!
La señora se sanó y se preparó para volver a su casa. Había varias personas reunidas para despedirse de ella y entre otras estaba esa tía mía. La señora dijo al verla:

– ¡Ven acá! ¡Ah!, tú que fuiste mi ángel durante todo este período… ¡Esa es la maldad humana! De nada vale discutir, ni indagar. ¡Es hasta repugnante, eh! Y le dio un regalo…

Cruz

A mi madre apenas le dijo «gracias». Mi madre no lo decía, pero mientras ella nunca fue bonita, su hermana era muy bonita, en la línea en que mi abuela era bonita y fascinaba. Por lo tanto, cualquier pequeño agrado de mi tía brillaba, y las dedicaciones sin nombre de mi madre, esa señora las tomaba así. En ese punto también está la maldad humana.

Mi madre me contaba eso y una vez me lo contó en presencia de esa tía mía, que acompañó con atención, riéndose en algunos pasajes, y al final dijo que había sido exactamente lo que ella contaba.

Afecto que no esperaba retribución.

La moraleja del caso es que, si yo no hubiese sido formado así, por las faltas de retribución que recibo me volvería un hombre malo, y ella no quería eso. Ella quería que yo fuese bueno como ella lo era, y como consideraba que lo era su padre.

De hecho, mi abuelo tenía gestos como esos, de magnanimidad, de desconcertar. Ella contó varios. En ese punto la formación del padre sobre ella fue muy, muy eficaz. De ahí viene ese afecto que, a propósito, es necesario decir que las tres hijas tenían por el padre, un afecto que no las vi tener por nadie, y no vi que ninguna hija tuviese con su padre. No vi. Era una cosa sin igual. Querían mucho a su madre, la respetaban, pero la veneración era para con su padre.

Mi madre fue quien me formó en ese sentido. No estoy analizando si correspondí o no a la gracia de esa formación. Pero de ese modo casero ella me dio una filosofía. Ella no hablaba del pecado original ni nada de eso, pero contaba ese caso y quedaba entendido.

Una persona que saca esa conclusión de un pequeño hecho como ese, ve mucho más que lo que el común de las señoras ve a ese respecto y manifiesta allí una lucidez de vista, una penetración, un discernimiento – no me atrevo hablar de discernimiento de los espíritus -, de las psicologías y de las mentalidades muy grande. Lo cual es realmente muy bonito.

Si fuese necesario ella haría todo de nuevo, aun sabiendo que el resultado sería ese, pero aprovechando la experiencia de la última vez para preparar formas de servir mejor. ¡No se arrepentiría! Porque ella no lo hacía para recibir una retribución, sino para ser buena. En el fondo está Nuestro Señor Jesucristo, el Sagrado Corazón de Jesús.

Aquella frase del Corazón de Jesús a Santa Margarita María corresponde muy bien a eso: «He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado». Toda actitud de Nuestro Señor durante la Pasión fue eso. A propósito, es uno de los trazos por los cuales se doblan las rodillas ante Él, ¿no? Porque llevó esa perfección moral hasta un grado inimaginable. Por ejemplo, Longinos, que perforó con la lanza su costado y salió un agua que curó a ese soldado de una especie de semi-ceguera. Es decir, eso es Nuestro Señor Jesucristo por entero.

Así habría otros casos de ella para contar, ¡muchas cosas de ese género! Pero muchas, que ella sabía arreglar, mover, calmar; ¡muchas, muchas, muchas!.

Autor : Plinio Correa de Oliveira (Extraído de conferencia de 9/8/1986)

Destacados, María Santísima

Para muchos, quizá el Rosario sea uno de los asuntos sobre los que ya no hay nada más que decir.

enero 20, 2022

Para muchos, quizá el Rosario sea uno de los asuntos sobre los que ya no hay nada más que decir.

Se trata de una oración magnífica, es innegable. Sin embargo, ¿qué rincón habrá en ese esplendoroso palacio aún no minuciosamente explorado, cartografiado y catalogado por la cohorte de santos y teólogos que, hasta el presente, se han aventurado a entrar en él? ¿Qué podría motivarle a alguien el escribir unas cuantas páginas sobre este tema si están destinadas a perderse en medio de los miles —millones, tal vez— que le precedieron?

Aunque esas indagaciones tengan algo de verdadero, no expresan la realidad completa. Jesús compara a un escriba que se hace discípulo del Reino de Dios con un padre de familia que va sacando de su tesoro cosas nuevas y viejas (cf. Mt 13, 52). De manera análoga, todo lo que la Santa Iglesia ha engendrado a lo largo de los siglos posee siempre una aplicación para el presente, la cual les cabe a los católicos manifestarla.

En este sentido, el Rosario es extremadamente actual y no parece difícil demostrarlo. No obstante, para darle el debido valor a las «cosas nuevas» de dicho tesoro, será necesario contemplar antes los quilates de algunas joyas de venerable antigüedad que lo componen.

La excelencia del Santo Rosario según los Papas

¿Conocemos, de hecho, el enorme poder de esa oración aparentemente tan simple, tan sencilla, tan accesible, tan difundida por la devoción popular?

Sin duda, recurrir al magisterio pontificio nos servirá de fundamento para tener una firme idea al respecto.

Los Papas la calificaron de «oración perfecta»,1 «compendio de la doctrina evangélica»,2 «noble distintivo de la piedad cristiana»,3 «dulce cadena que nos liga con Dios, vínculo de amor que nos une a los ángeles, torre de salvación en los asaltos del infierno»,4 «garantía cierta del poder divino, apoyo y defensa de nuestra esperada salvación».5

El Rosario «despierta en el ánimo de quien reza una suave confianza»,6 reanima la fe católica, hace revivir la esperanza e inflama la caridad, conserva la castidad e integridad de vida.7 En suma, es «la gran defensa contra las herejías y los vicios»8 y «el camino para alcanzar la virtud».9

Los teólogos le conceden la primacía

Nossa Senhora revela a devoção do Rosário a São Domingos de Gusmão - Paróquia de Riquewihr (França) - Foto: Sergio Hollmann
La Virgen revela la devoción del Rosario a Santo Domingo de Guzmán – Parroquia de Riquewihr (Francia)

Pero si los abrumadores elogios de los Papas no bastaran para convencernos de que el Rosario constituye la oración «más hermosa, más rica en gracias y gratísima al corazón de María»,10 podemos recurrir también a los doctores. Hay una razón teológica de gran belleza que justifica la elevada posición que ocupa esta plegaria con relación a las demás.

Grosso modo, las formas de oración se dividen en dos bloques: la vocal y la mental. Si empleamos una analogía con el ser humano, diríamos que la primera está para la segunda más o menos como el cuerpo lo está para el alma. En la oración vocal, las palabras que utilizamos para dirigirnos a Dios —sean sacadas de un misal o de un breviario, en el caso de una oración oficial, o incluso de un libro, una estampa o cualquier otra fuente— componen el elemento «material» de la plegaria, con el cual se estimula la oración mental. Esta última, por su parte, es propiamente la elevación de la mente a Dios, es decir, se produce cuando el hombre emplea su inteligencia y su corazón para contemplar y amar las realidades celestiales, con el auxilio de la gracia.

Ahora bien, entre las oraciones vocales, ¿cuál habrá más excelsa que el padrenuestro, compuesto por el propio Hombre Dios (cf. Mt 6, 9-13), la salutación angélica (cf. Lc 1, 28.42) y el gloria al Padre, en honor a la Santísima Trinidad? Y en el campo de la oración mental, ¿qué tema más sublime hallaremos para meditar que no sean los misterios de la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, contemplados a lo largo del Rosario?

Por lo tanto, conforme resume el renombrado teólogo fray Antonio Royo Marín, OP, esta oración «encierra las ventajas de la oración mental y de la vocal en el grado objetivamente más perfecto posible».11

Un gran misterio de la Historia

Otro elemento —quizá aún más sublime que los precedentes— también justifica la grandeza del Rosario: su origen. No yerran los que creen que esta devoción ha bajado del Cielo y ha sido entregada a los hombres personalmente por la Santísima Virgen. Sin embargo, hay controversias sobre si fue o no revelada a Santo Domingo.

La Historia, siempre sujeta a los documentos que sobrevivieron al tiempo, se limita a decir que, en lo que respecta al origen del Rosario, existe un gran misterio. No hay registros del siglo XIII que certifiquen que haya sido Santo Domingo el iniciador de esta devoción, dado que aparece en la pluma de los Papas y de los escritores únicamente a partir del siglo XV. Los precedió tan sólo la piedad católica, la cual, por cierto, siempre antecede de algún modo la proclamación oficial de las más bellas verdades de la mariología.

De hecho, mucho tiempo antes del nacimiento del santo predicador ya existía una piadosa costumbre de rezar ciento cincuenta veces la avemaría en sustitución de los salmos de David, los cuales se rezaban en los primeros tiempos de la Iglesia; eso hizo que la oración se conociera como El Salterio de María.12 Solamente en el siglo XIII —época en que Santo Domingo desarrolló su apostolado— esta práctica se difundió por toda la cristiandad, cuyos principales divulgadores fueron precisamente los dominicos. ¿Mera coincidencia? Nuevamente, un misterio…

La única fuente capaz de proporcionarnos algún dato al respecto —menos a fin con los espíritus incrédulos— es la voz de la mística, la cual, sobre todo en la persona del Beato Alano de la Roche, presenta una narración toda ella hecha de espíritu maravilloso. ¿Será enteramente verídica? La incógnita sigue y tal vez permanezca hasta el fin de los tiempos… No obstante, lo cierto es que el relato del religioso dominico es de tal manera acorde con la vocación profética de Santo Domingo que si en él hay algo incongruente con la realidad, somos llevados a pensar que, probablemente, los acontecimientos hayan ocurrido de un modo aún más sublime.13

Narración del Beato Alano de la Roche

Mucho empeño había puesto Santo Domingo de Guzmán en su intento de convertir a los herejes albigenses, que terriblemente venían devastando Europa desde el siglo XII, sobre todo en la región de Languedoc, al sur de Francia. Sin embargo, su dedicación no había conseguido muchos frutos, pues día a día iba creciendo el número de los que adherían a la secta cátara.

Desolado, el fiel devoto de María se retiró a un bosque cerca de Toulouse, a fin de rogar a los Cielos que pusiera término a esa calamidad. Después de tres días de ayunos y sacrificios, ya no le quedan fuerzas y desfallece.

En el momento en el que su físico alcanza el extremo límite de sí mismo es cuando María Santísima se acerca, envuelta en una intensa luz, y le pregunta:

¿Sabes, mi querido Domingo, de qué arma se vale la Trinidad Santísima para reformar el mundo?

Vos lo sabéis mejor que yo —le responde, maravillado, Santo Domingo.

Santo Domingo de Guzmán - Real Monasterio de Santo

—Pues sabe que la principal pieza de combate es la salutación angélica, que es el fundamento del Nuevo Testamento. Si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, reza mi salterio.

Tras estas palabras, comienza de repente una furiosa tormenta. Rayos, truenos, una lluvia torrencial y temblores de tierra. Llevados por el miedo, los habitantes de la ciudad se refugian en la catedral, al son de las campanas que milagrosamente repican solas.

La tempestad dura bastante tiempo y únicamente para con las oraciones de Santo Domingo, el cual ya se encuentra en la catedral, delante de todos. Consolado por el auxilio de la Reina de los ángeles, les anuncia entonces el Santo Rosario. Casi toda la población de Toulouse lo acepta y abandona sus malas costumbres.14

Así, en medio de milagros estupendos habría surgido esta devoción, dádiva traída desde el Cielo, para beneficio de los hombres, por la propia Virgen María.

El Rosario en momento de crisis

¿Qué importancia tiene eso para el momento presente?

Las horas llave de la historia del Rosario fueron justamente aquellas en las que la calamidad se presentaba más grande. En el período de Santo Domingo, la fe se veía amenazada por la herejía albigense y el santo se valió del Rosario para salvar la ortodoxia. En Lepanto, la estructura visible de la Iglesia y de la civilización cristiana se encontraba al borde del colapso. El Rosario de San Pío V impetró, para Don Juan de Austria, la misma victoria que los brazos de Moisés, extendidos en lo alto del monte, conquistaron para Josué ante los amalecitas (cf. Éx 17, 8-13).

Tanto en un caso como en el otro, la garantía de la victoria fue la insigne devoción.

Poderosa arma para nuestros días

Actualmente la fe y la Santa Iglesia parecen estar tan o más amenazadas que en aquellos tiempos. Sus peores enemigos ya no se sirven de argumentos claros en discusiones abiertas, ni luchan con armas de hierro o de fuego, sino que se aprovechan de la sombra para crecer, de la ambigüedad para conquistar y del relativismo para demoler.

Debemos, por tanto, echar mano de todos los medios a nuestro alcance para hacer frente a esta crisis y el Rosario, como hemos visto, puede conquistar la intervención de Dios en los acontecimientos.

De la misma forma que Santo Domingo y San Pío V se valieron de él como un «arma para derrotar a los enemigos de Dios y de la religión»,17 así también los fieles de hoy, equipados con ese mismo instrumento de guerra, conseguirán destruir fácilmente los monstruosos errores e impiedades que por todas partes se levantan.18

No es sin razón que María Santísima, en dos ocasiones —en Lourdes y en Fátima— preceptuó que todos los hombres lo rezaran. En Cova da Iria —por cierto, durante la aparición de octubre— la Virgen afirmó: «Yo soy la Señora del Rosario». Bajo esta bandera vencieron los cristianos en el pasado y bajo ella vencerán hoy y siempre.

Autor: João Luís Ribeiro Matos

Notas


1 BENEDICTO XV. Carta «Di altissimo pregio», 18/9/1915.

2 LEÓN XIII. Amantissimæ voluntatis.

3 LEÓN XIII. Supremi apostolatus.

4 PÍO XI. Breve apostólico, 20/7/1925.

5 PÍO XII. Carta «Philippinas insulas», 31/7/1946.

6 LEÓN XIII. Iucunda semper.

7 CF. PÍO XI. Ingravescentibus malis.

8 BENEDICTO XV. Carta «In cœtu sodalium», 29/10/1916.

9 PÍO XI. Breve apostólico, 20/7/1925.

10 PÍO IX. Carta «Pium sane», 24/3/1877.

11 ROYO MARÍN, OP, Antonio. La Virgen María. Teología y espiritualidad marianas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1997, p. 467.

12 Cf. SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Le secret admirable du très Saint Rosaire. Montreal: Librarie Montfortaine, 1947, pp. 14-15.

13 Cf. GETINO, Luis G. Alonso. Santo Domingo de Guzmán. Madrid: Biblioteca Nueva, 1939, pp. 172-185.

14 Cf. SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT, op. cit., pp. 2-4. Este opúsculo del gran autor mariano fue alabado por San Juan Pablo II como «preciosa obra sobre el Rosario» (Rosarium Virginis Mariæ, n.º 8). Cabe notar también que el Beato Alano y San Luis Grignion fueron los principales apóstoles del Rosario en Francia, como subraya el teólogo dominicano Réginald Garrigou-Lagrange (cf. La Madre del Salvador y nuestra vida interior. 3.ª ed. Buenos Aires: Desclée de Brouwer, 1954, p. 266).

15 Como suele ocurrir con personajes antiguos, existe divergencia entre los autores sobre el año de nacimiento de Santo Domingo. El dato de que hubiera nacido a finales de 1171 lo hemos sacado de la colección ECHEVERRÍA, Lamberto de; LLORCA, SJ, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis (Org.). Año Cristiano. Madrid: BAC, 2005, v. VIII, p. 197.

16 La celebración de Nuestra Señora del Rosario fue instituida por San Pío V en acción de gracias por el triunfo de las armas cristianas en el golfo de Lepanto, ocurrido el 7 de octubre de 1571, mientras las cofradías de Roma celebraban procesiones del Rosario, una de ellas presidida por el propio sumo pontífice. Originalmente, sin embargo, se invocaba a María Santísima como Señora de las Victorias, lo que poco a poco se fue sustituyendo por Nuestra Señora del Rosario. En 1716 Clemente XI extendió la conmemoración a la Iglesia universal. León XIII la introdujo en la liturgia y San Pío X la fijó definitivamente el 7 de octubre (cf. ROYO MARÍN, op. cit., p. 507).

17 PÍO XI. Ingravescentibus malis.

18 Cf. PÍO IX. Egregiis, 3/12/1856.

Espiritualidad

septiembre 12, 2021

Una humanidad perseverante en su impiedad tiene todo para esperar el rigor de Dios. Pero Dios, que es infinitamente misericordioso, no desea la muerte de esa humanidad pecadora, sino «que se convierta y viva». Y por eso su gracia insistentemente va en busca de todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y regresen al redil del Buen Pastor.

Si no existieran catástrofes que una humanidad impenitente no debiera temer, no existirían misericordias que una humanidad arrepentida no podría esperar. Y para ello no es necesario que el arrepentimiento haya consumado su obra restauradora.

Basta que el pecador, aun en el fondo del abismo, se vuelva hacia Dios con un simple inicio de arrepentimiento eficaz, serio y profundo, para que encuentre inmediatamente el auxilio de Dios, que nunca se ha olvidado de él.

Lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: aunque tu padre y tu madre te abandonaran, yo no me olvidaré de ti. Hasta en los casos extremos en que el paroxismo del mal llega a agotar la propia indulgencia materna, Dios no se cansa.

Porque la misericordia de Dios beneficia al pecador incluso cuando la justicia divina lo hiere con mil y una desgracias en el camino de la iniquidad.

Estas dos imágenes esenciales de la justicia y de la misericordia divinas deben ser constantemente puestas ante los ojos del hombre contemporáneo.

De la justicia, para que no suponga temerariamente salvarse sin méritos. De la misericordia, para que no desespere de su salvación siempre y cuando desee enmendarse. Y, si las hecatombes de nuestros días ya hablan tan claramente de la justicia de Dios, ¿qué mejor visión para contemplar este cuadro que el sol de la misericordia, que es el Sagrado Corazón de Jesús?

Plinio Corrêa de Oliveira. Nossa Senhora do Sagrado Coração.

In: «O Legionário». São Paulo. Año XIV. N.º 410 (21/7/1940); p. 2.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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