María Santísima

La Inmaculada Concepción

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la Doctrina de que la Bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente.."

La Inmaculada Concepción de María Virgen –singular privilegio concedido por Dios, desde toda la eternidad, a Aquella que sería la Madre de su Hijo Unigénito, preside todas las alabanzas que le rendimos en la recitación de su Pequeño Oficio. Siendo así, nos parece oportuno recorrer rápidamente la historia de esa “piadosa creencia” que atravesó los siglos, hasta encontrar en las inefables palabras de Pío IX, su solemne definición dogmática.

Once siglos de tranquila aceptación de la “piadosa creencia”

Los más antiguos Padres de la Iglesia, a menudo se expresan en términos que se interpretan como su certeza en la absoluta inmunidad de pecado, incluso el Original, concedida a la Virgen María. Así, por ejemplo, San Justino, San Irineo, Tertuliano, Firmio, San Cirilo de Jerusalén, San Epifanio, Teodoro de Ancira, Sedulio y otros más, comparan a María Santísima con Eva antes del Pecado Original. San Efrén, insigne devoto de la Santísima Virgen, la exalta como habiendo sido “siempre de cuerpo y de espíritu íntegra e inmaculada”. Para San Hipólito Ella es un “tabernáculo exento de toda corrupción”. Orígenes la Aclama “inmaculada entre inmaculadas, nunca afectada, por la ponzoña de la maldita serpiente”. San Ambrosio la declara “Vaso celestial, incorrupta, Virgen inmune por gracia de toda mancha de pecado”. San Agustín afirma, disputando con Pelagio, que “todos los justos conocieron el pecado, menos la Santa Virgen María, la cual, por la honra del Señor, no quiero que entre nunca en cuestión cuando se trate de pecados”.

Temprano comenzó la Iglesia –con primacía de la Oriental, a conmemorar en sus funciones litúrgicas, la Inmaculada Concepción de María. Passaglia, en su De Inmaculato Deiperae Conceptu, cree que a principios del siglo V ya s celebraba la fiesta de la Concepción de María (con el nombre de concepción de Santa Ana) en el Patriarcado de Jerusalén. El documento fidedigno más antiguo es el canon de dicha fiesta compuesto por San Andrés de Creta, monje del monasterio de San Sabas, cercano a Jerusalén y que escribió sus himnos litúrgicos en la segunda mitad del s.VII.

Los Padres de la Iglesia y la Inmaculada Concepción.

Tampoco faltan autorizadísimos testimonios de los Padres de la Iglesia reunidos en Concilio, para probar que ya en el s.VII era común y recibida por tradición la “piadosa creencia”, esto es, la devoción de los fieles al gran privilegio de María (Concilio de Letrán en el 649 y Concilio Constantinoplano III en el 680).

En España, que se enorgullece de haber recibido con la fe el conocimiento de ese misterio, conmemora su fiesta desde el s.VII. Doscientos años después, esta solemnidad aparece inscrita en los calendarios de Irlanda, bajo el título de “Concepción de María”

También en el s. IX era ya celebrada en Nápoles y Sicilia según consta en el calendario gravado en mármol y editado por Mazzocchi en 1774.

En tiempos del Emperador Basilio II (976-1025), la fiesta de la “Concepción de Santa Ana” pasó a figurar en el calendario oficial de la Iglesia y del Estado, en el Imperio Bizantino.

En el s. XI parece que la conmemoración de la Inmaculada estaba establecida en Inglaterra y por esa misma época, fue recibida en Francia. Por una escritura de donación de Hugo de Summo, consta que era festejada en Lombardía (Italia) en 1047. También es cierto que a finales del s. XI o principios del XII, se celebraba en todo el antiguo Reino de Navarra.

Oposición al Dogma.

En el mismo s. XII comenzó a ser combatido en Occidente, este gran privilegio de María Santísima.

Tal oposición se acentuaría todavía más y con mayor precisión, en el siglo siguiente, período clásico de la escolástica. Entre los que pusieron en duda la Inmaculada Concepción –por la poca exactitud de las ideas al respecto de la materia, se encontraban doctos y virtuosos varones como San Bernardo, San Buenaventura, San Alberto Magno y el angélico Santo Tomás de Aquino.

Reacción a favor de la Inmaculada Concepción.

El combate a esta augusta prerrogativa de la Virgen no hizo sino acrisolar el ánimo de sus partidarios. Así, el siglo XIV se inicia con una gran reacción a favor de la Inmaculada, en la cual se destacó como uno de sus más ardorosos defensores, el beato español Raimundo Lulio.

Otro de los primeros y más denodados campeones de la Inmaculada Concepción fue el Venerable Juan Duns Escoto (su país natal es incierto: Escocia, Inglaterra o Irlanda; murió en 1308), gloria de la Orden de los Menores Franciscanos, quien, tras afirmar bien los verdaderos términos en cuestión, estableció con admirable claridad los sólidos fundamentos para deshacer las dificultades que los contradictores ponían a la singular prerrogativa mariana.

Acerca del impulso dado por Escoto a la causa de la Inmaculada, existe una bella leyenda. Habría él venido desde Oxford hasta Paris, precisamente para hacer triunfar la tesis de la Inmaculada Concepción en la universidad de la Sorbona en 1308, donde pública y solemnemente disputó a favor del privilegio de la Virgen. El día de ese gran encuentro académico y teológico, cuando Escoto llegó al aula de la discusión, se topó al paso con una imagen de la Virgen a la que le hizo una gran reverencia diciéndole en latín Dignareme laudarete Virgo Sacrata, da mihi virtutem contra hostes tuos, entonces la imagen de la Virgen también inclinó la cabeza para saludarlo contenta y así quedó actualmente en esa posición todavía hoy: “Permíteme alabarte Sagrada Virgen y dadme fuerzas contra tus enemigos”.

Aumentan los defensores del Dogma.

Después de Escoto, la solución teológica de las dificultades levantadas contra la Inmaculada Concepción, se hizo cada día más clara y perfecta, con lo cual sus defensores se multiplicaron prodigiosamente. A su favor escribieron innumerables hijos de San Francisco, entre los que se puede citar a los franceses Fray Aureolo (m. en 1320) y Fray Mayron (m. en 1325). Al fraile escocés Bassolins y al español Guillermo Rubión. Se tiene por cierto que estos ardorosos propaganditas del santo misterio, estén en el origen de su celebración en Portugal hacia comienzos del siglo XIV.

El documento más antiguo de la institución de la fiesta de la Inmaculada Concepción en ese país, es un decreto del Obispo de Coimbra Mons. Edmundo Evrard, fechado el 17 de octubre de 1320. Con los doctores franciscanos, cumple mencionar, entre los defensores de la Inmaculada Concepción en los siglos XIV y XV al Carmelita Juan Bacon (m. 1340), al agustiniano Tomás de Estrasburgo, a Dioniso el Cartujo (m. 1429), a Nicolás de Cusa (m. 1.464) y a otros muy esclarecidos teólogos pertenecientes a diferentes escuelas y naciones.

Inmaculada Concepción en debates.

A mediados del s. XV la Inmaculada Concepción fue objeto de reñido combate durante el Concilio de Basilea, terminando en un decreto definitorio, pero sin valor dogmático ya que este Sínodo perdió su legitimidad al separarse del Papa. Mientras tanto crecía más y más el número de ciudades y naciones enteras que celebraban la fiesta de la Inmaculada Concepción de María. Y con tal fervor que en las cortes catalanas se decretó pena de destierro perpetuo a quien públicamente atacara el santo privilegio de la Virgen.

El auténtico Magisterio de la Santa Iglesia, no tardó en darles satisfacción a los defensores del dogma y de la fiesta. Con la Bula Cum Pro Exccelsa, del 27 de febrero de 1.477, el Papa Sixto IV aprobó la fiesta de la Concepción de María, la enriqueció con indulgencias semejantes a las de las fiestas del santísimo Sacramento y autorizo Oficio y Misa especial para esa solemnidad.

A finales del siglo XV, sin embargo, la disputa sobre la Inmaculada Concepción, de tal manera enardeció los ánimos que el propio Papa Sixto IV se vio obligado a publicar con fecha de 4 de septiembre de 1483 la Constitución Grave nimis prohibiendo bajo pena de excomunión que los de una parte llamaran herejes a los de la otra.

Para esa época festejaban ya la Inmaculada Concepción célebres universidades como las de Oxford, Cambridge y Sorbona, instituyendo esta última en 1497, un juramento para todos sus doctores con el voto de defender perpetuamente el misterio de la Inmaculada Concepción, excluyendo de sus cuadros a quien no lo hiciere. De igual manera procedieron las universidades de Colonia (1499), Maguncia (1509) y Valencia (1530).

Nuevas ocasiones para combates dobre el Dogma.

En el Concilio de Trento (1545-1563) se ofreció nueva ocasión para denodado combate entre los dos partidos. Sin proferir una definición dogmática de la Inmaculada Concepción, esta asamblea confirmó de modo solemne las decisiones de Sixto IV. Así, el 15 de junio de 1546, en la V Sesión, a continuación de los cánones sobre el Pecado Original, se añadieron estas significativas palabras: “El Sagrado Concilio declara que no es su intención, incluir en este decreto, que trata sobre el Pecado Original, a la Inmaculada y Bienaventurada Virgen María Madre de Dios, pero que deben seguir observándose las Constituciones del Papa Sixto IV de feliz memoria, bajo las penas que en ellas se conminan y que este Concilio renueva”.

Por aquellos tiempos comenzaron a reforzar las filas de los defensores de la Inmaculada Concepción los teólogos de la recién fundada Compañía de Jesús, entre los que nunca se encontró uno solo de opinión contraria. Fue debido a los primeros misioneros jesuitas que en Brasil se tuvo noticia que ya en 1554 se celebraba el singular privilegio mariano en nuestro país. Además de la fiesta que se conmemora el 8 de diciembre, capillas, ermitas e iglesias eran edificadas bajo el título de Nuestra Señora de la Concepción.

Sin embargo, la “piadosa creencia” seguía suscitando polémicas, moderadas siempre por la intervención del Sumo Pontífice. Fue así que, en 1557, San Pío V, condenado una proposición de Bayo que afirmaba haber muerto Nuestra Señora a consecuencia del pecado de nuestro padre Adán, prohibió nuevamente las disputas acerca del augusto privilegio de la Virgen.

Siglos XVII y siguientes: consolidación de la Inmaculada Concepción

En el siglo XVII, el culto a la Inmaculada Concepción conquista a Portugal entero, desde los reyes y los teólogos hasta los más humildes hijos del pueblo. Así, el 9 de diciembre de 1617, la Universidad de Coimbra, reunida en claustro pleno, resuelve escribir al Papa manifestándole su convicción en la Inmaculada Concepción de María Santísima.

Aquel mismo año, Pablo V, decretó que nadie se atreviese a enseñar públicamente que María Santísima tuvo Pecado Original. Igual fue la actitud de Gregorio XV en 1622.

Por esa época la Universidad de Granada se comprometió a defender la Inmaculada Concepción con voto de sangre, es decir, comprometiéndose a dar la vida y derramar la sangre, si fuese necesario, en la defensa del misterio. Magnífico ejemplo que fue imitado sucesivamente, por gran número de cabildos, ciudades, reinos y Órdenes Militares.

A partir del siglo XVII se fueron también multiplicando las corporaciones y sociedades, tanto religiosas como civiles, e incluso Estados, que adoptaron a la Virgen como Patrona en la advocación del misterio de su Inmaculada Concepción.

Digna de particular referencia es la iniciativa de Don Juan IV rey de Portugal, proclamando a Nuestra Señora de la Concepción Patrona de sus “Reinos y Señoríos”, al tiempo que jura defenderla hasta la muerte, según se lee en la Propuesta regia del 25 de marzo de 1646. A partir de ese momento, en homenaje a su Inmaculada concepción soberana, los reyes de Portugal nunca más se pusieron corona en sus cabezas.

En 1648 aquel mismo monarca mandó acuñar monedas de oro y plata. Fue con ellas que se pagó el primer feudo a Nuestra Señora. Denominadas Concepción, tales monedas tenían en el anverso la leyenda: JOANES IIII D.G. PORTUGALIAE ET ALBARBIAE REX con la Cruz de Cristo y el escudo de armas lusitano. En el reverso estaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción sobre el globo terráqueo y la media luna, con la fecha 1648. A los lados de la imagen estaban el sol, el espejo, el huerto, la casa de oro, la fuente sellada y el Arca de la Alianza, símbolos bíblicos de la Santísima Virgen.

Otro decreto de Don Juan IV, firmado el 30 de junio de 1654, ordenaba que “en todas las puertas de entrada a las ciudades, villas y lugares de sus reinos” fuese colocada una laja de piedra con una inscripción que expresase la fe del pueblo portugués en la Inmaculada Concepción de María.

Del mismo modo, a partir del s. XVII emperadores, reyes y Cortes de los Reinos comenzaron a pedir con admirable constancia y con una insistencia de la que hay pocos ejemplos en la historia, la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción. La pidieron también al Papa Urbano VIII (m. en 1644), el Emperador Fernando II de Austria; Segismundo, Rey de Polonia; Leopoldo, Archiduque del Tirol; el Príncipe Elector de Maguncia; Ernesto de Baviera, Príncipe Elector de Baviera.

El mismo Papa Urbano VIII, a solicitud del Duque de Mantua y otros Príncipes, creó la Orden Militar de los Caballeros de la Inmaculada Concepción, aprobándoles al mismo tiempo sus Estatutos. Por devoción a la Virgen Inmaculada, quiso ser el mismo Papa el primero quien celebrara la primera misa en la primera iglesia bajo el título de la Inmaculada para uso de los frailes menores de los capuchinos de san Francisco.

Sin embargo, el acto más importante emanado de la Santa Sede en el s. XVII, a favor de la Inmaculada Concepción, fue la bula Pontificia Sollicitude Omnium Ecclesiarum, del Papa Alejandro VII en 1661. En este documento, escrito de su propio puño y letra, el Pontífice ratifica y renueva las constituciones a favor de María Inmaculada, al tiempo que impone gravísimas penas a quien sustente o enseñe opinión contraria a los dichos decretos y constituciones. Esta memorable bula precede, sin otro documento intermediario, la decisiva y magnífica bula del papa Pío IX.

En 1713, Felipe V de España y las Cortes de Aragón y Castilla pidieron la solemne definición a Clemente XI. Y el mismo Rey con casi todos los obispos españoles, las universidades y las Órdenes Religiosas, la solicitaron a Clemente XII en 1732.

En el pontificado de Gregorio XVI, y en los primeros años de Pío IX, se elevaron a la Sede Apostólica más de 220 peticiones de Cardenales, Arzobispos y Obispos (sin contar las de Cabildos y Órdenes Religiosas) para que se hiciese la definición dogmática.

El triunfo de la Inmaculada Concepción

Al fin llegó el tiempo. El 2 de febrero de 1849, Pío IX, desterrado en Gaeta, escribió a todos los Patriarcas Primados, Arzobispos y Obispos del orbe la Encíclica Ubi Primum, preguntándoles acerca de la devoción de sus cleros y pueblos al misterio de la Inmaculada Concepción y su deseo de verlo definido. De un total de 750 Cardenales, Obispos y Vicarios Apostólicos que en su seno contaba en ese entonces la Iglesia, algo más de 600 le respondieron al Sumo Pontífice. Teniéndose en cuenta las diócesis que estarían vacantes (tiempos de persecución a la iglesia en varios países del mundo), los Prelados enfermos y las respuestas que se perdieron en el camino, se puede decir que todos atendieron la solicitud del Papa, manifestando unánimemente que la fe de su pueblo era completamente favorable a la Inmaculada Concepción, y apenas cinco (5) se dijeron dudosos en cuanto a lo oportuno de esa declaración dogmática.

Se afirmaba la “creencia” universal de la Iglesia. Roma hablaría. La causa estaba juzgada.

“Ahora -son palabras de un testigo de la bella fecha del 8 de diciembre de 1854- transportémonos al augusto templo del jefe de los Apóstoles (Basílica de san Pedro de Roma). Bajo sus amplias naves se comprime y confunde una inmensa multitud impaciente pero recogida. Es hoy en Roma, como otrora en Éfeso: las celebraciones a María son en todas partes populares. Los romanos se preparan para recibir la definición de la Inmaculada Concepción, como en otro tiempo los efesianos acogieron la definición de la Maternidad Divina de María: con cantos de júbilo y manifestaciones del más vivo entusiasmo.

En el umbral de la Basílica, el Soberano Pontífice. Lo circundan 54 Cardenales, 42 Arzobispos y 98 Obispos de los cuatro puntos cardinales del orbe Cristiano, dos veces más vasto que el antiguo mundo romano. Los ángeles de todas las iglesias están presentes como testigos de la fe de sus pueblos en la Inmaculada Concepción. Súbitamente retumban las voces en sensibles y reiteradas aclamaciones. El cortejo de los Obispos atraviesa solemnemente el ancho corredor del Altar de la Confesión. Sobre la Cátedra de San Pedro está sentado ahora su 258° sucesor. Iníciase la celebración de los Santos Misterios. El Santo Evangelio es cantado en diversas lenguas del Oriente y Occidente. He aquí el solemne momento indicado para la proclamación del Decreto Pontificio. Un Cardenal cargado de años y de méritos, se aproxima al trono: es el decano del Sacro Colegio Cardenalicio; está feliz -como una vez el viejo Simeón, de ver el día de la gloria de Marí- En nombre de toda la Iglesia, dirige él al Vicario de Cristo una postrera petición. El Papa, los Obispos y toda la gran asamblea caen de rodillas; la invocación al Divino Espíritu Santo se hace oír en alto; este sublime himno es repetido por más de cincuenta mil voces al mismo tiempo, subiendo a los cielos como un inmenso concierto. Terminado el cántico, se yergue el Pontífice sobre la Cátedra de San Pedro; su faz es iluminada por celestial rayo de luz, visible efusión del Espíritu de Dios; y con voz profundamente emocionada, en medio de lágrimas de alegría, pronuncia él las solemnes palabras que colocan la Inmaculada Concepción de María en el número de los artículos de nuestra fe:

“Declaramos, pronunciamos y definimos que la Doctrina de que la Bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, esa doctrina fue revelada por Dios, y debe ser, por lo tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles”.

El Cardenal Decano, postrado por segunda vez a los pies del Pontífice, le suplica entonces que publique las Cartas Apostólicas que contienen la definición. Y como promotor de la fe, acompañado de los protonotarios apostólicos, pide también que se erija un proceso verbal de ese gran acto. Al mismo tiempo, el cañón del Castillo del Sante Ángelo y las campanas de todas las iglesias de la Ciudad Eterna anuncian la glorificación de la Virgen Inmaculada.

Después de la Glorificación de la Virgen Inmaculada.

En la noche, Roma, llena de ruidosas y alegres orquestas por las calles, embanderada, iluminada, coronada de inscripciones y emblemas, fue imitada por millares de villas y ciudades en toda la superficie del globo.

El siguiente año pudo ser llamado el año de la Inmaculada Concepción: casi todos los días de él fueron marcados por fiestas en honor de la Santísima Virgen. En 1904, San Pío X celebró, juntamente con toda la Iglesia Universal, en medio de gran solemnidad y regocijo, el cincuentenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción. El Papa Pío XII, a su vez, en 1954, conmemoró el primer centenario de esa gloriosa verdad de fe, decretando el Año Santo Mariano. Celebración esta coronada por la Encíclica Ad Coeli Reginam, en la que el mismo Pontífice proclama la soberanía de la Santísima Virgen, y establece la fiesta anual de Nuestra Señora Reina.

Mons. Joao Clá Dias. Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción Comentado. Artpress. Sao Paulo, 1997, pps. 494 a 502

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Novena y Misa a la Inmaculada Concepción

Le invitamos a participar de la Misa por la Inmaculada Concepción este 8 de diciembre  a las 11:00 y a las 18:00 horas (GMT-5), antecedidas por el rezo del Santo Rosario.

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¿En qué consisten? ¿Cuáles son sus diferencias con los Sacramentos o con los meros actos de piedad?

enero 3, 2022

Nuestro día a día está inundado por una multitud de actos, muchas veces sencillos, que santifican las más variadas circunstancias de la vida. Nos alcanzan, por la acción de la Iglesia, abundantes beneficios espirituales e incluso materiales. Para facilitar el bien de nuestras almas, la Iglesia nos deja los sacramentales.

¿Cuántas veces, querido lector, no habrá hecho usted la señal de la cruz, usado el agua bendita o recibido la bendición de algún ministro de Dios? Acciones aparentemente sencillas, tan habituales en el transcurso de la vida cotidiana de un católico, sin duda practicadas en muchas ocasiones movidos por la piedad o la convicción de que eran medios para una unión más íntima con el Señor.

Ahora bien, los gestos mencionados más arriba forman parte de una realidad mucho más profunda y maravillosa: los sacramentales.

¿En qué consisten? ¿Cuáles son sus diferencias con los Sacramentos o con los meros actos de piedad?

Santificación de las circunstancias más variadas de la vida cristiana

Los sacramentales son definidos por el Catecismo como “signos sagrados con los que, imitando de alguna manera a los Sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia”. “Comprenden siempre una oración, con frecuencia acompañada de un signo determinado, como la imposición de la mano, la señal de la cruz, la aspersión con agua bendita”.

Más adelante nos detendremos en explicar mejor algunos elementos de esta definición, como la semejanza con los Sacramentos y la fuerza impetratoria de la Iglesia para que consigan sus efectos.

Pero, de momento, prestemos atención al hecho de que “han sido instituidos por la Iglesia en orden a la santificación de ciertos ministerios eclesiales, de ciertos estados de vida, de circunstancias muy variadas de la vida cristiana, así como del uso de cosas útiles al hombre”.

En efecto, en el término sacramental, se incluye una voluminosa cantidad de acciones y cosas, ya que “hay una gama entera de situaciones que afectan a individuos, familias, sociedades y naciones que necesitan la oración de la Iglesia y la bendición de Dios.

Algunas de éstas no son directa e inmediatamente cubiertas por los Sacramentos. Una profesión religiosa, consagración de una virgen, un funeral, la bendición de un nuevo hogar, la dedicación de una iglesia parroquial, son algunos puntos importantes de viraje en la vida del fiel.

La Iglesia y los Sacramentales

La Iglesia los acompaña no sólo con la Eucaristía y los Sacramentos, sino también por la celebración de los sacramentales”.

Ofrecen, entonces, a los fieles bien dispuestos, la posibilidad de santificar casi todos los acontecimientos de la vida por medio de la gracia divina que fluye de los méritos de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Hoy en día, explica Vagaggini, “se tiende a reservar la noción de sacramentales a ciertos ritos de la Iglesia que, por sí, no forman parte de la celebración del sacrificio y de la administración de los siete Sacramentos, sino que son de estructura similar a aquella de los Sacramentos y que la Iglesia acostumbra a usar para conseguir con su impetración efectos principalmente espirituales”.

Aunque, de hecho, los sacramentales pueden ser tantos como tantas sean las necesidades de los hombres de cualquier época. “En los fieles bien dispuestos”, enseña el Catecismo, hace que “casi todos los acontecimientos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, de quien reciben su poder todos los Sacramentos y sacramentales, y que todo uso honesto de las cosas materiales pueda estar ordenado a la santificación del hombre y a la alabanza de Dios”.

Tres categorías de Sacramentales.

De esta distinción entre acciones y objetos, emana una primera clasificación de los sacramentales.

Hay algunos que no permanecen, tales como rituales o ceremonias que cesan con la acción misma que los ha constituido. Forman parte de los llamados sacramentales acciones y comprenden las diversas bendiciones invocativas —como las bendiciones nupciales, de los enfermos, de las casas, etcétera— hechas sobre cosas o personas para atraer un auxilio especial o determinados beneficios celestiales; así como también ciertos ritos que acompañan a la administración de los Sacramentos, tales como la imposición de la sal y el Effetá del Bautismo; o los exorcismos, por los que la Iglesia invoca la protección divina para alejar la influencia del demonio.

Otros Sacramentales.

Por otro lado, existen acciones que, siendo sacramentales, también hacen sacramental aquello sobre lo que se aplican. Son, por ejemplo, la dedicación de una iglesia o la consagración de una virgen, por las cuales la Iglesia entrega a Dios y a su culto, de modo permanente, personas o cosas; o las bendiciones constitutivas, cuya ejecución produce un efecto que perdura.

De estas acciones surgen los llamados sacramentales permanentes —o sacramentales cosas — sobre los que es impreso, por la consagración o bendición constitutiva, un casi-carácter que los hace aptos para que de ellos los fieles puedan hacer uso, especialmente ordenados a efectos espirituales; y que continúan siendo perpetuamente sacramentales tras la acción que los ha constituido.

En esta categoría se incluye el agua bendita, que, después de la realización del ritual por el cual ha dejado de ser agua común, permanece por sí misma como un sacramental con diversos efectos para el fiel que la usa.

Lo mismo ocurre con determinados escapularios y medallas, con las velas benditas del día de la Presentación o con las palmas y ramos de olivo bendecidos el Domingo de Resurrección, entre otros.

Eficacia de un Sacramental: El agua bendita.

Cuenta Santa Teresa de Jesús en su Libro de la vida cómo, en cierta ocasión, el demonio se le apareció dos veces, huyendo inmediatamente tan pronto como ella hizo la señal de la cruz, pero volvía poco después. Sin embargo, cuando añadió el agua bendita a la señal de la cruz, desapareció definitivamente.

Por eso, muchas veces, con el fin de que las monjas hicieran sus oraciones en paz, la santa reformadora del Carmelo les pedía que se aspergieran reiteradamente.

Por la acción de la Iglesia, en unión con Cristo.

Aunque creamos que la ceremonia de dedicación de una iglesia la convierte en sagrada, que la medalla de San Benito tiene poderes especiales contra las celadas del maligno, que el uso de la sagrada correa agustiniana nos ayuda y protege en las tentaciones contra la castidad o que el agua bendita, además de perdonar los pecados veniales, también ahuyenta a los ángeles malos, no está de más que analicemos de dónde proviene la eficacia para que puedan ser realmente alcanzados tales efectos.

Nos enseña la Teología que los Sacramentos producen su efecto ex opere operato (“por la obra realizada”), cuando son debidamente administrados y recibidos. Es decir, su eficacia proviene ante todo del valor de la acción en sí misma. “Tienen una virtud intrínseca en cuanto son acciones del mismo Cristo, que comunica y difunde la gracia de la Cabeza divina en los miembros del Cuerpo místico”.

Oraciones personales.

Otras acciones producen sus efectos ex opere operantes (“por la acción de quien la obra”), o sea, no poseen virtud propia, sino que dependen de las disposiciones de la persona que las realiza. Esto es lo que ocurre con la comunión espiritual o con la oración personal y con todos los actos sobrenaturales de los justos.

Sin embargo, ninguna de estas dos opciones explica exactamente lo que ocurre con los sacramentales.

No se encuadran en ambos casos, pero actúan principalmente por la impetración de la Iglesia, independientemente de las disposiciones del ministro y, en muchos casos, tampoco del propio sujeto que los recibe.

En efecto, al ser Jesucristo “la Cabeza del Cuerpo, es decir, de la Iglesia” (Col 1, 18), forma una sola unidad con ella. “La cabeza y los miembros son como una sola persona mística”, afirma Santo Tomás.

Y un célebre biblista jesuita, el P. Bover, añade: “El Cuerpo Místico de Cristo es, a manera del cuerpo humano, un organismo espiritual que, unido a Cristo como a su cabeza, vive la vida misma de Cristo, animado por el Espíritu de Cristo”.

“Es necesario que nos acostumbremos a ver en la Iglesia al mismo Cristo”, aconseja Pío XII. “Porque Cristo es quien vive en su Iglesia, quien por medio de ella enseña, gobierna y confiere la santidad”.

Así, las obras de la Iglesia son actos del propio Cristo, y la oración de la Iglesia no es otra cosa que la oración de Cristo a la derecha del Padre, a la que se asocia y de la que participa, o mejor, a la cual Cristo la asocia y la hace participar.

De hecho, como signos de la Fe intercesora y orante de la Santa Iglesia y de los efectos que esa oración produce, los sacramentales son tan dotados de una eficacia superior a la de cualquier buena obra privada.

Riqueza espiritual y material puesta a nuestra disposición

Al atribuir al sacramental un determinado efecto e invocar, sobre este signo sagrado, su poder de impetración, la Santa Iglesia espera obtener a través de él principalmente gracias actuales y, secundariamente, gracias temporales otorgadas con miras a un bien espiritual.

Por eso, nos recuerda San Alfonso María de Ligorio, “cuando pedimos a Dios gracias temporales, debemos pedirlas con resignación y a condición de que sean útiles para nuestra salvación eterna. Si por ventura el Señor no nos las concediera estemos seguros que nos las niega por el amor que nos tiene, pues sabe que serían perjudiciales para nuestro progreso espiritual”.

De esta manera, siguiendo las mismas leyes generales que regulan la oración, los efectos de los sacramentales son “sobre todo espirituales”.

Por medio de ellos la Iglesia pide gracias actuales para dar auxilio al ejercicio de las virtudes —especialmente de la Fe, Esperanza y Caridad—, como también para alcanzar el perdón de los pecados veniales, la mejor preparación de la recepción de los Sacramentos y la protección contra los demonios.

Las Indulgencias ¿Sacramentales?

Las indulgencias también son sacramentales y, como tales, es a través del poder impetratorio de la Iglesia —administradora, en cuanto ministra de la Redención, del tesoro de los méritos de Cristo y de los Santos— que consigue la remisión de las penas temporales que serían satisfechas en el Purgatorio. Lo mismo ocurre con las bendiciones duraderas, aquellas que consagran de manera permanente una cosa o una persona para el servicio de Dios.

Pero, quien dice efectos “sobre todo espirituales” admite implícitamente la posibilidad de obtener gracias materiales, mientras éstas cooperen para la obtención de un bien espiritual mayor. Tales pedidos podrán ser, por ejemplo, el alivio de nuestros sufrimientos, el alejamiento de los castigos divinos, la cura de dolencias, una abundante cosecha o un viaje exitoso, etcétera, siempre que sean conforme a la voluntad del Padre Celestial e, insistimos, para mayor santificación del alma. Estas condiciones hacen que tales pedidos materiales, siguiendo las reglas de la oración expuestas más arriba, aunque no sean infalibles, vengan a ser atendidos, si son hechos con sana intención y justa causa.

Dentro de esta perspectiva, no existe uso de las cosas materiales (de acuerdo a la recta moral) que no pueda ser dirigido a la santificación de los hombres y a la alabanza de Dios, pues los méritos redentores de Cristo extienden, felizmente, su benéfica influencia sobre la criatura y no sólo sobre la humanidad.

Auxilio en nuestros embates espirituales

Finalmente, es necesario considerar que, aunque los efectos de los sacramentales no dependan principalmente de la disposición con la que son administrados o recibidos, tal disposición puede concurrir a una eficacia superior. De hecho, el Señor otorga sus dones en mayor cantidad y calidad en virtud de nuestro mérito al identificarnos, por nuestra religiosidad profunda y admirativa, con la Iglesia santa e inmaculada que opera a través de ellos.

Porque somos hijos de Dios, también y necesariamente somos, por condición de esa afiliación divina, enemigos del primer y peor de entre los enemigos suyos, que es el demonio. Por tanto, del sincero y filial amor a Dios, sólo puede brotar la disposición para vivir en estado de lucha en este campo de batalla que es la Tierra y alcanzar el Reino de los Cielos que los violentos intentan arrebatarlo (Cf. Mt 11, 12).

Echemos mano, pues, a esas “armas” sobrenaturales que nos auxilian a ser victoriosos en las duras, incesantes y, sobre todo, santificantes faenas que tenemos que trabar inevitablemente cada día y, como el Apóstol, podamos decir al fin de esta vida: “He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la Fe” (2 Tm 4, 7). ¡Dadme, Señor, el premio de vuestra gloria!

Bendición de San Blas ¿Sacramental?

El día 3 de febrero muchos fieles van a sus parroquias para recibir la bendición de San Blas, implorando la protección de Dios contra los males de garganta.

Mientras pronuncia la fórmula, el sacerdote o diácono les pone en el cuello dos velas bendecidas el día anterior —fiesta de la Presentación del Niño Jesús en el Templo y de Nuestra Señora de la Candelaria— atadas en forma de cruz.

El origen de este hermoso ritual es atribuido por la tradición al hecho ocurrido con el venerado Obispo de Sebaste (actual Armenia) que vivió en el siglo IV. Cierto día, fue llevado hasta un niño que estaba en estado grave, con una espina de pescado atravesada en su garganta. Viendo esto, el santo cogió dos velas, que la madre había ofrecido anteriormente a la Iglesia, y las puso cruzadas sobre el cuello del pequeño que, al ser bendecido, quedó súbitamente aliviado del mal.

Padre Ignacio Montojo Magro, EP

Espiritualidad

He aquí la sugerencia de un método para aquellos que desean hacer un examen de conciencia serio, honesto y fructífero.

abril 18, 2022

La vida espiritual, sobre todo en su fase primaveril, nos ofrece alegrías verdaderamente indescriptibles para el vocabulario humano. Es una oración que nos encanta, una adoración al Santísimo Sacramento en la cual nos sentimos atendidos. Será, tal vez, el contacto con una persona en la cual vemos reflejadas las perfecciones del propio Dios… En fin, son torrentes de gracias que nos son distribuidas por la bondad de Dios y que nos preparan para la lucha. Para la lucha, sí, pues «militia est vita hominis super terram» – la vida del hombre sobre la tierra es una lucha -, según nos enseña Job (7, 1).

Sin embargo, como en toda guerra, es necesario atacar y defenderse. Atacar los defectos y defenderse de las insidias del demonio. Y, para eso, la Divina Providencia puso a disposición de todos, un arma casi invencible, cuando bien usada: el examen de conciencia.

¿Cómo hacerlo bien?

Grandes doctores y espiritualistas -San Ignacio de Loyola, el P. Alonso Rodríguez y otros- indican: recomiendan ellos el examen de conciencia particular, o sea, aquel en el cual analizamos apenas uno de nuestros defectos y hacemos todo lo posible para de él corregirnos.

¿Pero no sería más útil hacer eso con todos los defectos que notamos en nosotros mismos? Veremos…

Todo hombre puede ser comparado a una fortaleza gobernada por un rey. Ella está siempre cercada por un enemigo que la rodea buscando alguna brecha por la cual pueda entrar. Si no la encuentra, va, sin duda, buscarla a fin de encontrar un punto vulnerable en el cual concentrará todos los tiros de sus cañones con la intención de invadirla. Por eso es necesario fortificar la parte débil con mucho más empeño que las partes en las cuales es suficiente una buena vigilancia. De lo contrario la derrota es segura.

Esto es lo que se da, análogamente, con nosotros. La fortaleza es nuestra alma, las murallas son las virtudes y el Rey es Dios que habita en nosotros por la Gracia Santificante.

Estamos siempre cercados por nuestros enemigos -los demonios- que, por así decir, buscan alguna laguna en esa fortificación, o sea, nuestras malas tendencias, en la cual empleará todos sus engaños.

Y nuestra obligación es hacer todo para defender al Rey, comenzando por robustecer la virtud que juzgamos más débil en nosotros -lo que no es tan difícil de desvendar… Esto hecho -con los medios que el propio Soberano de nuestra alma nos da- el demonio tendrá un poder mucho menor sobre nosotros.

Solidificando una virtud, todas las otras lucran, pues ellas son hermanas. Vigilando poco o cediendo en pequeños puntos, nuestra vida espiritual corre el riesgo de ser, tarde o temprano, llevada a la ruina.

Método para hacer un buen Examen de Conciencia.

He aquí la sugerencia de un método para aquellos que desean hacer un examen de conciencia serio, honesto y fructífero:

1) Descubrir en nosotros mismos un defecto moral que particularmente nos dificulta la perfecta práctica de la virtud y escogerlo como materia de examen particular. En esa elección, debemos dar prioridad a los defectos que puedan ofender o desedificar a los hermanos.

2) Realizar el examen diariamente antes de dormir -o inclusive otras veces durante el día, caso sea posible- de preferencia en lugares recogidos, del siguiente modo:

a) Pedir gracias para bien reconocer los defectos y de ellos hacer un buen examen.

b) Analizar el día, viendo las fallas cometidas contra las virtudes que buscamos fortificar.

c) Pedir fuerzas para de ellos enmendarnos, y para hacer y cumplir buenos propósitos.

Tomemos como ejemplo la bellísima virtud de la Obediencia. Se podría hacer los siguientes propósitos para fortalecerla, como aconseja el P. Alonso Rodríguez:

1) Ser puntual en la obediencia exterior: a la orden del superior, interrumpir trabajos comenzados, dejándolos para después. Buscar cumplir la voluntad del superior sin incluso esperar orden expresa;

2) Obedecer de corazón, teniendo una misma voluntad y querer con el superior;

3) Tener siempre el mismo parecer del superior, nunca dar lugar a razones contrarias a aquellas que nos manda;

4) Tomar la voz de todo y cualquier superior como si fuese la voz del propio Dios;

5) Obedecer ciegamente, esto es, sin procurar inquirir o examinar el porqué de la orden dada, bastando para obedecer la obediencia;

6) Colocar todo el gusto en obedecer y no en hacer la propia voluntad.
Evidentemente, para la confesión el examen de consciencia debe ser general, apuntando todos los pecados para de ellos recibir el perdón.

Pidamos, pues, a nuestra Madre celestial la gracia de un perfecto uso de esa arma casi infalible. Así, creceremos en la unión con Su Hijo, con Ella y con todos los santos y, al final de nuestros días en esta Tierra podremos decir como San Pablo: «Combatí el buen combate, guardé la fe: dadme ahora el premio de Vuestra gloria». (II Tim 4, 7-8)

Padre Rodrigo Fugyama, EP

Santos

La compasión de Doña Lucilia por aquellos a quienes veía sufrir era llena de afecto y respeto, sin nunca esperar retribución.

abril 24, 2022

La compasión de Doña Lucilia por aquellos a quienes veía sufrir era llena de afecto y respeto, sin nunca esperar retribución de parte de sus beneficiados, verdadero reflejo de la misericordia del Sagrado Corazón.

A continuación palabras del Plinio Correa de Oliveira:

Con respecto a mi madre, Doña Lucilia, he dicho varias veces que ella no era más que un ama de casa con una cultura afrancesada, y ligeramente inglesa, de las señoras de buena familia de su tiempo. Ella poseía esa cultura suficientemente, aunque no se destacaba por su inteligencia.

Doña Lucilia - Finura de percepción.

Me llamaba mucho la atención que en cierto sentido ella se mostraba excepcionalmente inteligente, y era una forma de inteligencia ligada a la compasión y a la ayuda. Es decir, ella tenía una noción muy clara de todo lo que pudiese contundir o hacer sufrir a cualquier persona. Ella se daba cuenta inmediatamente.

Era una primera pregunta o una primera mirada – una mirada delicada – que ella ponía sobre la persona. El punto de partida era lo que la persona sufría. Dado que toda criatura humana sufre, ella procuraba ver cuál era el punto dolorido, el lado por donde la persona sufría, etc., y tomaba un cuidado extraordinario para no tener – ni de lejos – una distracción, una referencia en la conversación o cualquier cosa que pudiese hacer sufrir a esa persona de alguna forma, siendo en eso de una penetración y de una delicadeza verdaderamente notable.

Pero Doña Lucilia también entendía muy bien – esto es una obra prima de psicología – dada la persona y las circunstancias, lo que debería hacer para ayudar y cuál era la forma de compasión que debería manifestar para atender esa forma de sufrimiento. En eso ella era muy fina de percepción y muy delicada al brindar su compasión. Porque la compasión se expresaba mucho más por la mirada y por las maneras que por lo que ella decía.

Discreción llena de afecto.

Era casi imposible que ella procurase desvendar el santuario del sufrimiento de cada uno con palabras indiscretas, que la introdujesen en una intimidad que la persona, a veces legítimamente, no quería dar, a veces por amor propio o por mil razones.

Pero en el modo de tratar y de agradar, de tal forma ella realzaba tan discretamente lo que veía de bueno, de honroso en la persona, que ésta se sentía envuelta por su afecto, pero no se sentía para nada solicitada o penetrada, ni invadida por una conmiseración inoportuna. Ella revelaba en eso mucho tacto. Era un modo aristocrático de tener pena.

Sin embargo, dejaba entender a la persona y a todo el mundo con quien trataba, que si quisiesen usar su bondad ella era una puerta que se abriría, pero nunca se abriría y llamaría a alguien hacia adentro. Eso no. A veces eso aparecía en términos explícitos cuando se trataba de tomar la defensa de alguien que a ella le parecía ser objeto de un ataque demasiado cargado, o que no se tomaba en cuenta algún atenuante que la persona tenía.

Por ejemplo, ella tenía un hijo muy categórico, y ese hijo no hacía ceremonia cuando salía lanza en ristre. Ella a veces oía y decía:

– ¡Pobrecito!

Un «pobrecito» que me hacía sentir en qué aquel hombre era un sufridor. «¡Pobrecito!… Tampoco es para tanto…». Casi como quien pedía compasión para ella personalmente.

– Filhão1, ¿no notaste que él tiene tal cualidad?
– Pero, mi bien, mãezinha2 – de acuerdo al momento -, ¿Ud. no nota que, si uno va a ver, eso da en liberalismo?
Ella decía:
– No, piensa lo que quieras, lo que sea la verdad, pero pon la verdad entera, pon también las cualidades.

Naturalmente, eso me impresionaba de un modo muy favorable, no necesito ni decir. Es absolutamente obvio. Y si sucedía que en una situación crítica u otra cualquiera, ella tuviese que aproximarse y hablar con la persona, ella hablaba como quien entra en la punta de los pies en el santuario de la desventura de la persona. Ella trataba en un crescendo gradual y sondeando el terreno, de tal forma que la persona, si quisiese, del modo más fácil del mundo, le haría entender que prefería que no entrase. Ella también cerraba el caso y estaba acabado.

Trato bondadoso y sin ilusiones.

No piensen con eso que ella apenas veía el lado positivo de las personas. No. Ella no sólo veía muy bien las amarguras y las cosas duras que tiene la vida, sino que nos prevenía para estar prontos para eso. Naturalmente, todo era visto según la experiencia de la vida de una señora que vive en el hogar.

Ella nunca fue lo que en mi tiempo de joven llamaban mujer paraíba: una mujer feminista que sale de la casa, toma ciertas actitudes, conoce la vida de los hombres, hace negocios y cosas de ese género. Ella era de un modo que era preciso haber conocido. 

Yo doy un ejemplo que ella contó más de una vez. Mi abuelo tenía una oficina de abogacía, y, entre otros clientes, tenía a una viuda rica y sin hijos. Ella tenía una casa muy buena, grande, con jardines, criadas, etc., pero era una persona muy aburrida.

Mi abuelo tenía pena de esa señora, porque ella tenía buena salud, tenía todo para hacer una vida feliz, pero vivía en una especie de aislamiento por causa de su mal genio. Era una señora de buenas costumbres, pero, por otra parte, era de un trato muy censurable.

Aconteció que un día ella se enfermó de repente y le escribió una carta a mi abuelo, contándole eso y pidiendo si podía conseguirle una criada, algo así, un favor de esa clase. Mi abuelo procuró a mi madre y le dijo:

– Tu madre no está en condiciones de dirigir nuestra casa con tanto movimiento y menos aún para cuidar a esa señora. Es una obligación de caridad nuestra recibirla y tratarla. Aquí hay tal cuarto – un cuarto de huéspedes -; voy a traerla aquí y tú la vas a tratar. Quiero que esa señora salga de nuestra casa encantada con tu caridad.

Mi madre, con pena de esa señora y para agradar a mi padre, aceptó. Mi abuelo quedó tranquilo. Poco después llegó esa señora, mi madre la recibió con mil caricias, la acompañó hasta el cuarto, la trató como mejor no se la podría tratar.

Una hermana de mi madre, seis años más joven pero ya francamente con edad para ayudar, trataba a esa señora con la «punta de los dedos». Entraba en el cuarto una o dos veces al día, cuando ya estaba lista para salir a la calle:

– ¡Ah!, no quise salir a la calle sin saber cómo está Ud. ¿Ya está mejor, no? Conserve el optimismo, que todo saldrá bien.

Lo que equivale a decir al enfermo «no moleste» o «no se queje». Eso una vez o dos por día y se acabó. Y mi madre le decía a su hermana:

– Tú no puedes hacer eso. ¿No ves que papá no quiere eso? Además, pobrecita…
Mi tía decía:
– Vas a ver, estás haciendo por ella absurdos de dedicación sin ningún propósito, y cuando ella salga de aquí, si no sale en un féretro, sino viva, me va a agradecer a mí.

Mi madre ponía en duda que la cosa llegase a ese punto, porque la diferencia de trato era fabulosa. Pero, ¡dicho y hecho!
La señora se sanó y se preparó para volver a su casa. Había varias personas reunidas para despedirse de ella y entre otras estaba esa tía mía. La señora dijo al verla:

– ¡Ven acá! ¡Ah!, tú que fuiste mi ángel durante todo este período… ¡Esa es la maldad humana! De nada vale discutir, ni indagar. ¡Es hasta repugnante, eh! Y le dio un regalo…

Cruz

A mi madre apenas le dijo «gracias». Mi madre no lo decía, pero mientras ella nunca fue bonita, su hermana era muy bonita, en la línea en que mi abuela era bonita y fascinaba. Por lo tanto, cualquier pequeño agrado de mi tía brillaba, y las dedicaciones sin nombre de mi madre, esa señora las tomaba así. En ese punto también está la maldad humana.

Mi madre me contaba eso y una vez me lo contó en presencia de esa tía mía, que acompañó con atención, riéndose en algunos pasajes, y al final dijo que había sido exactamente lo que ella contaba.

Afecto que no esperaba retribución.

La moraleja del caso es que, si yo no hubiese sido formado así, por las faltas de retribución que recibo me volvería un hombre malo, y ella no quería eso. Ella quería que yo fuese bueno como ella lo era, y como consideraba que lo era su padre.

De hecho, mi abuelo tenía gestos como esos, de magnanimidad, de desconcertar. Ella contó varios. En ese punto la formación del padre sobre ella fue muy, muy eficaz. De ahí viene ese afecto que, a propósito, es necesario decir que las tres hijas tenían por el padre, un afecto que no las vi tener por nadie, y no vi que ninguna hija tuviese con su padre. No vi. Era una cosa sin igual. Querían mucho a su madre, la respetaban, pero la veneración era para con su padre.

Mi madre fue quien me formó en ese sentido. No estoy analizando si correspondí o no a la gracia de esa formación. Pero de ese modo casero ella me dio una filosofía. Ella no hablaba del pecado original ni nada de eso, pero contaba ese caso y quedaba entendido.

Una persona que saca esa conclusión de un pequeño hecho como ese, ve mucho más que lo que el común de las señoras ve a ese respecto y manifiesta allí una lucidez de vista, una penetración, un discernimiento – no me atrevo hablar de discernimiento de los espíritus -, de las psicologías y de las mentalidades muy grande. Lo cual es realmente muy bonito.

Si fuese necesario ella haría todo de nuevo, aun sabiendo que el resultado sería ese, pero aprovechando la experiencia de la última vez para preparar formas de servir mejor. ¡No se arrepentiría! Porque ella no lo hacía para recibir una retribución, sino para ser buena. En el fondo está Nuestro Señor Jesucristo, el Sagrado Corazón de Jesús.

Aquella frase del Corazón de Jesús a Santa Margarita María corresponde muy bien a eso: «He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado». Toda actitud de Nuestro Señor durante la Pasión fue eso. A propósito, es uno de los trazos por los cuales se doblan las rodillas ante Él, ¿no? Porque llevó esa perfección moral hasta un grado inimaginable. Por ejemplo, Longinos, que perforó con la lanza su costado y salió un agua que curó a ese soldado de una especie de semi-ceguera. Es decir, eso es Nuestro Señor Jesucristo por entero.

Así habría otros casos de ella para contar, ¡muchas cosas de ese género! Pero muchas, que ella sabía arreglar, mover, calmar; ¡muchas, muchas, muchas!.

Autor : Plinio Correa de Oliveira (Extraído de conferencia de 9/8/1986)

Historia y Creación

Un hombre reducido a la mitad de sus movimientos naturales dejó para la Historia una lección inolvidable, derrotando a la «invencible» armada inglesa en Cartagena de Indias.

enero 3, 2022

El mar Mediterráneo asistía sereno a la aproximación de una tempestad más. Rayaba el día 24 de agosto de 1704 y cerca de las costas de Gibraltar, al sur de la península Ibérica, dos imponentes Armadas se daban cita. De un lado, ingleses y holandeses, una formidable flota «compuesta por sesenta navíos de línea, varias fragatas, con un total de 3600 cañones y casi 23 000 hombres».1 Del otro, saliendo hacia la conquista del estrecho, franceses y españoles unían sus banderas bajo las órdenes de Luis Alejandro de Borbón, conde de Toulouse e hijo de Luis XIV, y luchaban en nombre de su majestad Felipe V, nieto del Rey Sol recién asentado en el trono de España. Era el inicio de la Guerra de Sucesión.

Las fuerzas estaban equiparadas. En torno a las diez de la mañana las últimas órdenes sonaron, los barcos maniobraron y se dispusieron, de ambos lados, en tres bloques, a fin de cercenar al enemigo.

En la nao capitana franco-española, un joven oficial de 15 años pasaba revista a una línea de cañones. Un sudor frío caía por su frente, pero con paso firme, semblante circunspecto y voz definida inspiraba respeto y mantenía su autoridad, reprimiendo en su interior un miedo rebelde. El silencio agudo que antecede a las grandes calamidades anunciaba los postreros segundos antes de la deflagración general y le oprimía el corazón. Emociones del bautismo de fuego; era su primera batalla.

A lo lejos se oyó el estrépito sordo y grave de los primeros cañonazos. Enseguida, llamas, temblores, humo, destrozos. Silbaban las balas, saltaban las paredes y, con ellas, los hombres. Con dificultad se escuchó la voz de mando: «¡Fuego!».

El joven oficial, ¿dónde estaba? Una inclemente bola de plomo le había llevado mitad de su pierna izquierda. Deprisa fue encaminado hasta el «quirófano» —eufemismo para designar la terrible y mal iluminada mesa de amputaciones que, bajo el nivel del mar, acogía a los heridos en batalla. Se deslizaba en sangre. Toda la pericia del cirujano se medía en cronómetro, pues cuanto más tardara, mayor sería el peligro de que el paciente no resistiera la hemorragia o contrajera alguna infección.

Pusieron al joven sobre la mesa de operaciones: le hicieron tragar una buena «dosis» de aguardiente y, a continuación, le colocaron una cinta de cuero entre los dientes, todo a modo de anestesia.

La operación comenzó por extraerle los últimos trozos de carne que aún colgaban de su rodilla. Después, con una sierra, se le cortó la tibia y el peroné. Finalmente, el muñón fue sumergido en brea hirviendo para detener el sangrado. Todo esto en menos de un minuto.

Blas de Lezo – Museo Naval de Madrid

El muchacho soportó tales horrores con una bravura ejemplar, cuyo eco llegó a oídos de Luis XIV. Admirado, éste le concedió el título de Alférez de Bajel de Alto Bordo, al que Felipe V le acrecentó otras mercedes.

Este pequeño héroe oriundo de una modesta aristocracia de la localidad guipuzcoana de Pasajes de San Pedro, al norte de España, se llamaba Blas de Lezo y Olavarrieta.

La vida en el mar

¿Cómo reaccionaría un joven de 15 años tras semejante desventura? Sin duda, sufriría un trauma irreversible y abandonaría la carrera que ni siquiera había tenido oportunidad de empezar.

Pero no estamos en el siglo XXI. Blas de Lezo contemplaría aún muchas aventuras más. Si su vida se remontara a los tiempos medievales, el hombre moderno la contaría entre las leyendas; no obstante, como nació en febrero de 1689,2 podemos nombrarlo entre los héroes y narrar aquí, con precisión, su fascinante historia.

Blas aprendió a moverse con agilidad sobre una muy incómoda pierna de madera, que enseguida le valió el mote de «anka motz», en lengua vasca, es decir, el «pata palo».3 Bien adiestrado en andar e incluso en cabalgar, lo admitieron de nuevo a bordo.

Su nombre reaparece en la Historia en una misión de defensa de la ciudad de Peñíscola, donde participó del incendio de un barco inglés de 60 cañones. En agosto de 1705 fue convocado al auxilio que la marina franco-española prestaría a la ciudad de Barcelona, asediada por los opositores de Felipe V. En esta ocasión comandaría una pequeña embarcación, rodeada por navíos ingleses. El osado oficial ordenó que se usaran «balas rojas», bolas de plomo incandescentes. Incendió un barco enemigo y escapó del cerco en medio de nubes de humo.

Sediento de proezas por encima del mero deber, don Blas de Lezo fue destinado como teniente de fragata, con tan sólo 18 años, a la defensa del Castillo de Santa Catalina, en Tolón, desde el cual avistó una poderosa flota inglesa que se aproximaba. Parecía que la Providencia ponía a prueba la valentía del joven cojo, que esta vez tuvo la desdicha de perder el ojo izquierdo. Pero también sobrevivió a tan peligrosa lesión, que podría haberle costado la vida.

¿Habrá desistido de una carrera expuesta a tantos riesgos… —diría alguien quizá— «innecesarios»? No. En 1714 estaba al frente del navío Nuestra Señora de Begoña, también conocido como Campanela, de 70 cañones, con el cual participó en las operaciones de bombardeo de la ciudad de Barcelona, durante la guerra de sucesión que asolaba España. En uno de los embates, Blas perdió definitivamente el movimiento del antebrazo derecho, sus huesos y tendones quedaron destrozados.

Aquel «medio hombre», perseguido y tantas veces acariciado por la muerte, no se consideraba malogrado lo suficiente para que su conciencia lo dispensara del deber y de la aventura.

Naos británicas en Cartagena de Indias, por Isaac Basire – Biblioteca Nacional de Colombia, Bogotá

El 3 de febrero de 1737 zarpó hacia una nueva misión, al mando de un convoy con dos navíos principales: Conquistador y Fuerte. Su destino: América. Por segunda vez Blas de Lezo cruzaba el Atlántico. Estos viajes no eran nada fáciles, pero proporcionaban en aquella época grandes períodos de silencio y reflexión. En ese enorme y armonioso claustro llamado mar, ¡cuántas premoniciones no deben haber asaltado al desapegado capitán! El mayor desafío de su vida le esperaba al otro lado del océano.

Cartagena de Indias

El día 11 de marzo Blas pisó tierra firme. Abarcó enseguida, de una sola mirada, la formidable bahía de Cartagena y el lastimoso estado de sus fortificaciones. No había tiempo que perder. La ciudad, puerto «llave» de la colonización española en América Latina, había sido blanco de ataques y amenazas de todo tipo.4 Y las previsiones para el futuro no eran nada alentadoras. Un espía español, conocido por el apodo de El paisano, había obtenido en Jamaica informaciones muy seguras y precisas de que los ingleses pretendían colapsar el comercio y dominio español, cuyo objetivo principal era precisamente Cartagena de Indias.

Retrato de Sebastián de Eslava

Levantando el ánimo de una guarnición indolente, Blas reforzó la defensa de la ciudad. Participaba en los trabajos de construcción «no como corresponde a un general, sino como el último de los grumetes»,5 dando a todos ejemplo y estímulo.

Los planes de reparación y ampliación del general de la armada iban bien encaminados cuando se anunció que estaba próxima la llegada del virrey de Nueva Granada, don Sebastián de Eslava y Lasaga. Militar instruido y experimentado, muy celoso de su gran reputación ante la corte, parecía casi la antítesis de Blas de Lezo, que malamente pudo ocultar su decepción al oír sus primeras palabras. Lo veía quejarse del viaje y llorar sus penas, mientras una tripulación asombrada descargaba el barco en silencio. Ciento cincuenta cuerpos habían sido lanzados al mar durante el trayecto, víctimas del hambre o del escorbuto.

Un viaje terrible. Pero un marino como Blas —para el que el hambre, el escorbuto o el fuego enemigo no eran una novedad, y las privaciones de largos viajes no significaban otra cosa que los deberes de su oficio— no podía empatizar con un comandante que asumía su posición entre lloriqueos y lamentos…

Pese a ello, Blas se adelantó y le informó a Eslava del estado de las defensas de Cartagena y, sobre todo, le transmitió las últimas noticias acerca del avance inglés. No obstante, el virrey le restó importancia a esto último y le manifestó su idea de que el objetivo más probable sería La Habana y no Cartagena…

Hasta el final, Eslava sería de la escuela de los optimistas. Con respecto del trabajo realizado por Blas de Lezo no hizo más que destacar deficiencias —bien observadas, por cierto— con una sonrisa amigable.

Primeras amenazas

El día 13 de marzo de 1740 despuntó en el horizonte una pequeña escuadra inglesa, la cual abrió fuego para tentar a los defensores a salir de sus posiciones y mostrar sus fuerzas. Pero Edward Vernon, vicealmirante de la flota, sabía que aún no era el momento oportuno para el asalto. Estaba aguardando refuerzos y tan sólo quería hacer un reconocimiento de la ciudad. En esa espera, encargó a sus hombres otras misiones por los alrededores, para que el estruendo de pequeñas conquistas resonara aumentado en el Parlamento británico en honor de su nombre.

La flota inglesa regresó entonces a Jamaica para ultimar los preparativos, antes del ataque a Cartagena de Indias. Allí recibió un considerable refuerzo que arrojó «un total de 170 barcos y 30 000 hombres».6

Mientras tanto, continuaban los arreglos y reformas en las fortificaciones de Cartagena. Se levantaron baluartes de madera, se ampliaron las murallas y se verificó el estado de la enorme cadena de hierro que impedía el ingreso en la bahía. Eslava, «aún sin estar plenamente convencido de la eventualidad del ataque inglés», llevaba a cabo lo que desde hacía años venía haciendo Blas de Lezo, «sin que por ello se le reconociese su trabajo».7

Los españoles, por su parte, no habían recibido más refuerzos. Solamente contaban con seis navíos de guerra, con 460 piezas de artillería.

Comienza el ataque inglés

La probable tempestad se convirtió en realidad: el 13 de marzo de 1741 las velas de casi 180 embarcaciones despuntaron en el horizonte.

La armada inglesa se aproximó y bordeó toda la costa hasta el sur de la ciudad. En este recorrido abrió fuego contra las murallas, destruyendo las baterías de Chamba, San Felipe y Santiago.

Blas de Lezo se encontraba en el Castillo de San Luis de Bocachica, importante construcción que defendía la entrada de la bahía al sur. De allí le pidió a Eslava 300 hombres. Éste, molesto, le envió 150, a quienes les ordenó al día siguiente que regresaran a la ciudad…

El día 20 de marzo ocurrió lo más temido: los ingleses iniciaron el desembarco para asaltar la fortaleza de San Luis, incomparablemente más vulnerable por tierra. Con una multitud de nativos de Jamaica, cerca de 1000, empezaron la construcción de un primer campamento y de una batería.

Retrato de Edward Vernon, por Thomas Gainsborough – National Portrait Gallery, Londres

Mientras proseguían la avanzada terrestre, Vernon le ordenó a la armada que bombardeara la fortaleza. Fueron repelidos muchas veces por la artillería de las murallas y de la batería de San José que, desde el otro lado del canal llamado Bocachica, también abría fuego. En un solo día esta última quedó inutilizada por completo. No obstante, cuál no sería la sorpresa de los invasores cuando, en la jornada siguiente, la batería abrió fuego nuevamente, pues había sido reconstruida durante la noche bajo las órdenes del incansable Blas de Lezo ¡con tierra y restos de navíos!

A las siete y cuarto de la mañana del día 2 de abril de 1741 los españoles se llevaron una gran sorpresa. Los árboles en la dirección de Tierra Bomba habían desaparecido en un instante, desvelándose la espantosa escena de veinte cañones de cuatro libras y cuarenta morteros. Blas, semanas antes, le había insistido a Eslava que cortara todos los árboles de la isla, al objeto de evitar esa clase de emboscada… Aun así, como en otras muchas ocasiones, no fue escuchado.

Entonces Eslava convocó un consejo de guerra en la nao capitana Galicia. Durante el caluroso debate entre los oficiales, una bala de cañón entró en el camarote y destrozó la mesa sobre la que estaban trabajando, cuyas astillas se desperdigaron por todas partes, hiriendo levemente a Eslava; pero Blas de Lezo reunió algunas «condecoraciones» más a su cuerpo ya tan honrado por el fuego enemigo.

En su diario, en el cual hace poquísimas menciones de sus hazañas y es aún más lacónico sobre sus dolores, tan sólo anotó: «A las nueve de la mañana fui herido en un muslo y en una mano».8 Se negó a ser evacuado y continuó discutiendo con Carlos Desnaux sobre la mejor manera de abandonar la posición en San Luis.

En poco tiempo los ingleses conquistaron la entrada de la bahía, llegando hasta la última línea de defensa de los españoles. Estos iban abandonando y destruyendo fortalezas que, según la opinión de Eslava, serían posiciones insustentables. Blas, no sin razón, se indignaba, pues quería venderle cara al enemigo cada posición que fuera necesario dejar.

Para colmo de los altercados entre los dos comandantes, Eslava ordenó hundir los últimos dos navíos que les quedaban, para obstaculizarles el paso a los ingleses, lo que no tuvo utilidad alguna. Sin embargo, incluso anticipándose a estos desastres y, a veces, dejando escapar algunos zarpazos de su ira contenida, Blas siempre mantuvo intacta su obediencia a la autoridad legítimamente constituida.

Inesperada victoria

En ese ínterin, Vernon ya estaba cantando victoria. Envió a Inglaterra a la fragata Spence, al mando del capitán Lowes, con la noticia de la inminente toma de Cartagena. Allí «inminente» se tradujo por «indiscutible». Se dispararon salvas desde la Torre de Londres, repicaron las campanas y se llegó a distribuir monedas conmemorativas, en las que Blas de Lezo —con las dos piernas…— figuraba arrodillado ante el comandante británico y con la inscripción: «El orgullo español humillado por el almirante Vernon».

El 20 de abril de 1741, no obstante, se dio un misterioso episodio que decretó el fin de la invasión inglesa.

Vernon se decidió por la toma del Castillo de San Felipe de Barajas, a pesar de las reticencias del general de infantería, Thomas Wentworth, quien veía inviable tal empresa. En el silencio de la noche, dos grupos avanzaron por el bosque cerrado: uno tenía como objetivo alcanzar el castillo por el norte; el otro, por el sur. Pero el resultado fue desastroso. El guía de una de las guarniciones, un español desertor, les hizo girar durante toda la noche por el bosque. Cuando llegaron a los pies de la fortaleza ya era de día y el efecto sorpresa se perdió. De todas formas, siguieron con la operación. Pusieron las escaleras en las posiciones más estratégicas, pero constataron enseguida que éstas no tenían la altura suficiente, porque Blas de Lezo había mandado cavar un foso en torno de la muralla.

Cañones del Castillo de San Felipe de Barajas – Cartagena de Indias (Colombia)

El hecho, casi anecdótico, le costó a la tropa su derrota que, despavorida ante el fuego enemigo, dejó atrás munición, armas, hombres y las escaleras… Los españoles siquiera esperaron órdenes y saltaron en persecución de la infantería a bayoneta calada.

Después de este vergonzoso fracaso, Vernon no tuvo otra elección que la de reunir a sus oficiales en consejo en la Princess Carolina, despotricar contra la incompetencia de Wentworth, culpar al Gobierno por no haberle enviado los refuerzos anhelados y dar orden de batirse en retirada.

¿Qué había sucedido? ¿Cómo, de un momento para otro, pasó la victoria de los atacantes para los defensores?

La verdad es que el ejército inglés estaba en una auténtica calamidad. En las bodegas de sus barcos, transformados en «hospitales», sin médicos ni adecuadas condiciones sanitarias, los hombres se aglutinaban, compartiendo infecciones y gusanos. Mucho antes que Vernon, las tropas exhaustas se habían convencido de que Cartagena costaría más de lo esperado.

Los ingleses se retiraron paulatinamente, inutilizándolo todo por el camino y manteniendo el fuego contra el enemigo para que no fueran perseguidos. La maniobra duró una semana y sirvió, en parte, para no dejar a los hombres ociosos y desmoralizados.

Blas constató la victoria y, con la sencillez de quien no mira hacia sus propios méritos y nada le puede sorprender ya en esta vida, solamente menciona en su diario que los enemigos daban indicios de retirarse.9

El héroe anónimo

Monedas conmemorativas distribuidas en Inglaterra – Museum Rotterdam (Países Bajos)

Las velas enemigas desaparecieron en el horizonte y, finalmente, Cartagena tuvo tiempo para contemplar el precio de la victoria en sus ruinas aún calientes.

El heroísmo refulgente de Blas de Lezo sería prontamente reconocido por sus más allegados. Tantos servicios prestados a su patria, a su rey y —por qué no decirlo— a su religión no podían caer en el olvido.

Sin embargo, el eco natural de su honor fue acallado. El primero que escribió sobre la victoria a la corte española fue el obispo de Cartagena, Mons. Gregorio de Molleda. Contrariando su misión de pastor, defensor y proclamador de la verdad, este clérigo se manchó con la culpa de una poco velada difamación.

En su precipitado relato de la defensa de Cartagena de Indias, todas las alabanzas fueron hechas a la afamada figura del virrey Sebastián de Eslava, que, a pesar de las escandalosas rebeliones de un tal Blas de Lezo, obtuvo un éxito brillante…

A continuación, el propio Eslava pintó su versión de la historia, en la cual Blas adquirió tintes de criminal: «Que se le castigue por su comportamiento»,10 le escribió al rey.

Mientras un vendaval de acusaciones llegaba hasta la corona española y la mayor parte de la opinión pública aplaudía a Sebastián de Eslava, en gloriosa ascensión de elogios y honores, ¿qué hacía el almirante de la armada, don Blas de Lezo y Olavarrieta? Enfermo, olvidado y sufriendo los efectos de la guerra, vivía sus postreros días en un lecho del cual ya no se levantaría. Dedicó sus últimas fuerzas a escribir su versión de los hechos11 y, así, salvaguardar el honor de cuarenta años de servicios prestados en la punta de la lanza de la dedicación y del heroísmo y obtener un digno descanso a la familia que dejaba.

Blas enfrentó su última batalla, la agonía, a las ocho de la mañana del 7 de septiembre de 1741. Su cuerpo, mutilado por el fuego enemigo, fue enterrado; su fama continuó perseguida por la calumnia, y su honor, intacto, permaneció sepultado con él en los alrededores de Cartagena de Indias. Ni siquiera el lugar de su tumba es conocido.

Si bien que en la actualidad no faltan los que se ponen a campo para hacer justicia a la gloria del Almirante Mediohombre. Sus compatriotas de hoy, inconformes con el silencio de sus contemporáneos, reconocen figura tan insigne y lo alaban como uno de los más grandes héroes de la gesta española.

Su última aventura puede enseñarnos muchas cosas. La Historia es obstinada y tiende a repetirse. Cuales nuevos Goliat, grandes potencias se levantan, se juzgan invencibles, se proclaman omnipotentes. Se ríen de los ungidos del Señor, pero por ellos son derrotados en un golpe inesperado y fulminante.

Blas de Lezo, por Salvador Amaya – Plaza de Colón, Madrid

Entonces se tienen que meter en el bolsillo sus propias monedas, acuñadas por los que cantaron victoria antes de tiempo…

Y es que, incluso cuando las apariencias físicas muestran únicamente a un hombre reducido a la mitad de sus capacidades naturales, detrás de las exterioridades puede haber un gigante, un héroe, un vencedor, en el cual las virtudes y el amor a un ideal crecieron hasta el punto de no caber ni en un hombre entero. ◊

Autor: Gabriel Borges Bonfim Silva

Revista Heraldos del Evangelio Año XIX. N.º 216. Julio 2021

 

Notas

1 SARAVIA, Gonzalo M. Quintero. Don Blas de Lezo. Biografía de un marino español del siglo XVIII. 3.ª ed. Madrid: EDAF, 2016, p. 46.

2 Cf. Ídem, p. 27.

3 Ídem, p. 160.

4 Cf. VICTORIA, Pablo. El día que España derrotó a Inglaterra. 3.ª ed. Barcelona: Áltera, 2008, p. 41.

5 SARAVIA, op. cit., p. 160.

6 Ídem, p. 204.

7 Ídem, p. 206.

8 Ídem, p. 222.

9 Cf. Ídem, p. 248.

10 Ídem, p. 257.

11 Cf. CRESPO-FRANCÉS, José Antonio. Blas de Lezo y la defensa heroica de Cartagena de Indias. 4.ª ed. Madrid: Editorial ACTAS, 2016, p. 191.

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