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Misiones

Misión a la Parroquia San José de El Inca

Visita de la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María a la parroquia San José de El Inca.

Visita de la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María a la parroquia San José de El Inca, organizada por el P. Santiago Vaca.

Los Heraldos del Evangelio colaboraron con la animación litúrgica en las cuatro eucaristías.

Un sacerdote Heraldo colaboró en la atención a confesiones de los fieles. Al final de cada Eucaristía se realizó la coronación de la imagen de la Virgen como un homenaje a la Madre de Dios.

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Misiones

Miles de personas se consagraron a Jesús por las manos de María. A continuación una breve reseña de las Misas Solemnes.

diciembre 2, 2021

«Consagración de sí mismo a Jesucristo la sabiduría encarnada por las manos de María»
 
Los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen promovieron un curso on-line de Consagración a Nuestro Señor Jesucristo por las manos de María Santísima según el tratado de la verdadera devoción a María escrito por el gran santo mariano San Luis Grignion de Montfort.
 
Una vez concluido el curso las personas tuvieron la oportunidad de realizar su consagración en Misas Solemnes celebradas en: Quito, Guayaquil y Cuenca.
 
Las familias y personas que participaron de las Eucaristías quedaron emocionadas y llenas de bendiciones por haber realizado su Consagración a la Santísima Virgen. Es importante señalar que se rezó el Santo Rosario antes de la Misa y además se atendieron Confesiones en las diferentes ceremonias.
 
Si usted fue una de las personas que participó de la Eucaristía presencial, háganos saber en qué ciudad y deje sus comentarios.

Santos

septiembre 12, 2021

La vida de San Martín de Porres se ubica en las vastedades del Nuevo Mundo deslumbraron al hombre europeo en el lejano amanecer del siglo XVI. Tierras fértiles, abundantes riquezas naturales y la esperanza de un futuro prometedor se convirtieron en poco tiempo en una irresistible atracción para los hidalgos ibéricos, que veían en las Américas una oportunidad de expandir la Iglesia de Dios, los dominios de su rey y abrillantar el honor de su linaje.

El entusiasmo que los animaba no carecía de fundamento, porque Dios parecía sonreír a los bravos expedicionarios, soplando viento favorable en las velas de sus frágiles embarcaciones y coronando de éxito temerarias empresas, movidas en muchas ocasiones por el deseo de conquistar almas para Cristo, aunque otras veces también por motivos mucho menos elevados.

¿Qué les había reservado la Providencia a esas interminables tierras, habitadas por pueblos de muy diversa índole? ¿Qué deseaba para esos nativos, ora pacíficos, ora belicosos, ora de temperamento salvaje, ora dotados de cultura y técnicas muy desarrolladas? Algo más elevado que cualquier consideración política o sociológica: darles el tesoro de la fe, la Celebración Eucarística, la gracia santificante infundida a través de los sacramentos.

Fruto de la heroica acción de los misioneros, enseguida empezaron a surgir en el Nuevo Continente los santos más ilustres, que con el buen olor de Cristo perfumaban los recientes dominios y en éstos esparcían las semillas del Reino mediante la oración y el apostolado. Pensemos, por ejemplo en la Lima del siglo XVI. En ella convivían Santa Rosa, terciaria dominica y hoy patrona de América Latina; San Juan Macías, incansable evangelizador; o aquel modelo de Pastor que fuera Santo Toribio de Mogrovejo.

San Juan MacíasSanta Rosa de LimaSanto Toribio de Mogrovejo

Contemporáneo de todos ellos, superándolos en el don de los milagros y en manifestaciones sobrenaturales, en el convento del Santísimo Rosario —conocido hoy día por el de Santo Domingo— brilló un humilde hermano lego llamado Martín de Porres. “Una mezcla de hidalgo  y de hombre del pueblo, sus esplendentes virtudes contribuyeron a conferirle a la civilización peruana de su tiempo una belleza y una ordenación católicas hasta hoy insuperables”. 

San Martín de Porres - El deseo de servir, a imitación de Cristo.

Nació el 9 de diciembre de 1579 en la floreciente Lima del tiempo colonial, capital del virreinato del Perú, hijo natural de Juan de Porres, caballero español, y Ana Velázquez, panameña libre de origen africano.

Durante su infancia experimentó unas veces las larguezas y exigencias de la vida noble junto a su padre en Guayaquil —que en la actualidad forma parte de Ecuador—, y en otras ocasiones la sencillez y el trabajo con su madre en Lima, sin apegarse a una forma de vida ni protestar por la otra. Pero tanto en una como en otra circunstancia se sentía atraído por la vida de piedad, siendo monaguillo en las Misas parroquiales o pasando noches en vela rezando de rodillas ante Jesús crucificado.

Con tan sólo 14 años se dirigió al convento de Santo Domingo para hacerle una petición al provincial de la Orden de los Predicadores, fray Juan de Lorenzana. ¿Qué desearía al llamar a la puerta de esa casa de Dios? Hacerse un siervo de los frailes, en calidad de “donado”, como les denominaban por entonces a los que se dedicaban a las tareas domésticas y se hospedaban en las dependencias de los dominicos. El superior, que discernió en él un auténtico llamamiento, lo recibió gustosamente.

En adelante sus funciones serían barrer salones y claustros, la enfermería, el coro y la iglesia de la gran propiedad que albergaba alrededor de doscientos religiosos, entre novicios, hermanos legos y doctos sacerdotes. A fray Martín no le avergonzaba de ninguna manera tal condición. La visión sobrenatural que tenía de las cosas le hacía entender correctamente la gloria que existe en servir, a imitación de Jesucristo, que se encarnó para darnos ejemplo de completa sumisión.

Tras dos años en el ejercicio de esas arduas tareas, vinculado a la comunidad únicamente como terciario, un día un hermano le comunica que debía ir a la portería. Le estaban esperando el superior y su padre, que quería reencontrarse con su hijo después de un largo período de ausencia al servicio del virrey en Panamá. El hidalgo manifestó su disgusto al ver que su hijo ocupaba un puesto tan humilde y exigió al provincial que lo promoviera por lo menos a hermano lego. El prior accedió, pero los ojos de fray Martín, en vez de iluminarse de contento, se humedecieron de lágrimas. Era su humildad la que estaba alzando la voz, llevándolo a implorar a su superior que no lo privase de la alegría de poder dedicarse a la comunidad como venía haciéndolo hasta entonces.

La vocación de San Martín de remediar los males ajenos

El 2 de junio de 1603 hacía la profesión solemne de los votos religiosos. Además de las funciones de campanero, barbero y ropero, recibió el encargo de la enfermería. Aquí ejercía, a falta de médico, el oficio de cirujano, cuyos conocimientos básicos había aprendido antes de entrar en el convento.

Fray Juan de LorenzanaClaustro del convento en la actualidad

Sus certeros diagnósticos sobre el verdadero estado de los pacientes pronto empezaron a comprobarse mediante los hechos, a menudo en contra de las apariencias. Por ejemplo, a un enfermo al que todos lo consideraban al borde de la muerte le anuncia que en esa ocasión no va a morir; y, en efecto, unos días después ya está curado. Otra vez, al ver a fray Lorenzo de Pareja andando por el claustro, se le acerca para comunicarle que en breve va a dejar su cuerpo mortal y éste sale en busca de un sacerdote para que le administre los sacramentos. Instantes después de recibirlos el fraile expira en su cama.

Las numerosas curaciones milagrosas que realiza hacen que su fama sobrepase los muros del convento. Pequeños y grandes, españoles e indígenas, ricos y pobres van a pedirle auxilio al santo enfermero.

Así empieza a manifestarse la vocación de Martín que “parece haber sido la de remediar los males ajenos”, sin escatimar esfuerzos para darles buen ejemplo, bienestar físico y espiritual en el ejercicio de sus funciones.

“Excusaba las faltas de los demás; perdonaba duras injurias, estando persuadido de que era digno de mayores penas por sus pecados; procuraba traer al buen camino con todas sus fuerzas a los pecadores; asistía complaciente a los enfermos; proporcionaba comida, vestidos y medicinas a los débiles; favorecía con todas sus fuerzas a los campesinos, a los negros y a los mestizos que en aquel tiempo desempeñaban los más bajos oficios, de tal manera que fue llamado por la voz popular Martín de la Caridad”.

Frecuentes manifestaciones sobrenaturales.

¿De dónde venían esas cualidades inusuales? Sin duda, de una intensa espiritualidad, porque “una vida como la de Martín, consagrada por entero al servicio de los demás, con perfecto olvido de sí mismo, no se explica sin una intensa vida interior, sin el acicate de la caridad, que […] aun abrumada por la fatiga, no llega a sentir el cansancio”.

Una noche, cuando ya era bien tarde, el cirujano Marcelo Rivera, huésped del convento, lo andaba buscando y no conseguía dar con él; le pregunta a uno, le pregunta a otro, pero nadie lo ha visto. Por fin, lo encuentra en la sala capitular “suspenso en el aire y puesto en cruz. Y tenía sus manos pegadas a las de un santo Cristo crucificado, que está en un altar. Y todo el cuerpo tenía así mismo pegado al del santo Crucifijo como que le abrazaba. Estaba elevado del suelo más de tres varas”.

Innumerables testigos presenciaron episodios similares. Así, por ejemplo, una noche en la que pocos conseguían conciliar el sueño en el edificio del noviciado, a causa de una epidemia que había dejado a la mayoría de los frailes en cama con fiebres muy altas, se oye en una de las celdas:

– Oh fray Martín, ¡quién me diera una camisa para mudarme!

Era fray Vicente que se revolvía en su lecho entre los sudores de la fiebre y llamaba al enfermero, pero sin esperanzas de que fuera atendido, pues las puertas de aquel edificio ya se habían cerrado y fray Martín vivía fuera del mismo. Pero apenas había terminado de hablar cuando ve al hermano enfermero a su lado y que le está llevando lo que le había pedido. Sorprendido, le pregunta por dónde había entrado.

– Callad y no os metáis en eso —le responde con bondad fray Martín mientras con el dedo le indica silencio.

No muy lejos de ahí el maestro de novicios, fray Andrés de Lisón, oye la voz de fray Martín y se pone en el pasillo para comprobar por donde había entrado. El tiempo corre y no pasa nada. Entonces resuelve abrir la puerta del enfermo: estaba a solas y dormía profundamente… La admiración se extendió por todo el convento.

Los frailes Francisco Velasco, Juan de Requena y Juan de Guía también recibieron visitas análogas. En otra ocasión, un fraile que velaba de noche en el claustro vio una gran luz y mirando qué era aquello vio a fray Martín que pasaba volando envuelto en esa luz.

Una madrugada, como de costumbre, al toque de la campana toda la comunidad se reúne en la iglesia para cantar Maitines. De pronto, una claridad procedente del fondo ilumina todo el recinto sagrado. Los religiosos se vuelven para atrás y descubren el foco de tan intensa luminosidad: el rostro de fray Martín que había ido a ayudar al sacristán y allí estaba oyendo el canto sacro.

«Dios sea bendito que toma tan vil instrumento»

Episodios como éstos ocurrían en cantidad y se volvían públicos y notorios. Poco a poco la fama del santo se difundió por toda Lima, llegando incluso hasta el virrey y el arzobispo. Sin embargo, nada de eso perturbó su humildad. De ninguna manera consintió perder la convivencia con lo sobrenatural volviéndose hacia sí mismo para disfrutar una gloria humana que pasa “como un sueño mañanero” (Sal 89, 5).

En una ocasión fue a visitar a la esposa de su antiguo maestro barbero, la cual padecía una enfermedad grave. Ésta lo invita a sentarse a los pies de su cama y entonces con disimulo estiró el brazo hasta tocar con su mano el manto del santo. En ese mismo instante se sintió curada y exclamó llena de asombro:

– ¡Ay, padre fray Martín, qué gran siervo de Dios es: pues hasta su vestidura tiene gran virtud! Con la astucia propia a la humildad, el santo le respondió: 

– ALa mano de Dios anda por aquí señora. Él lo ha hecho y el hábito de nuestro Padre Santo Domingo. Dios sea bendito que toma tan vil instrumento para tan grande maravilla y no pierde su valor y devoción el hábito de nuestro Padre, por vestirle tan grande pecador como soy yo.

"No soy digno de estar en la casa de Dios"

Otro hecho, esta vez dentro de los muros del convento, da testimonio de la mansedumbre de fray Martín para soportar las flaquezas que a menudo sus hermanos de hábito manifestaban, y que él las sufría con excepcional cordura, asumiéndolas como merecidas y útiles para la expiación de sus pecados. Sucedió que un anciano religioso encamado pidió que fueran a buscarlo a la enfermería, pero como fray Martín se encontraba ocupado en  un asunto urgente, tardó en llegar. Mientras los minutos iban transcurriendo el enfermo se llenó de impaciencia y empezó a bramar contra el santo, diciendo toda clase de injurias, exteriorizando sus quejas sin sentido, fruto del egoísmo.Tan pronto como acudió le pidió disculpas, pero tuvo que oír una nueva catilinaria, esta vez dicha en voz alta, de modo que los demás frailes también lo escucharon. Preocupados, algunos hermanos se acercaron y uno de ellos al ver a fray Martín arrodillado ante el enfermo preguntó qué estaba pasando.- Padre —contestó el humilde Hermano—, tomar ceniza sin ser miércoles de ella. Este padre me ha dado con el polvo de mi bajeza y me ha puesto la ceniza de mis culpas en la frente y yo, agradecido a tan importante recuerdo, no le beso las manos, porque no soy digno de poner en ellas mis labios, pero me quedo a sus pies de sacerdote. Y créanme que este día ha sido para mí de provecho porque he caído en la cuenta de que no soy digno de estar en la casa de Dios y entre sus siervos.7Durante una etapa de privaciones por las que pasaba la comunidad, el padre prior se encontraba muy afligido al no poder disponer de la cantidad necesaria para hacer frente a las deudas de la casa, que eran numerosas. Entonces fray Martín le preguntó si no quería venderlo como esclavo, porque debería costar un precio considerable y se sentiría muy honrado por haber sido útil al convento.El sacerdote, conmovido con esa heroica actitud de amor a su Orden, le respondió:- Dios se lo pague Hermano Martín, pero el Señor que lo ha traído aquí se encargará del remedio.

El camino que Cristo nos enseña.

La vida del desprendido hermano transcurría serena, consumiéndose en prolongadas vigilias de oración ante el crucifijo y en servicios aparentemente muy comunes, pero siempre realizados con la intención de glorificar a Dios y con frecuencia  coronados con milagros. Faltaba un mes para que cumpliera los 60 años y una fiebre violenta y continuos desmayos le obligan a mantener reposo. Todo parecía indicar que se acercaba el fin de su estado de prueba.

La noticia corrió como pólvora por toda la ciudad y su celda enseguida se convirtió en objeto de continua peregrinación. Esa misma noche entró en agonía. Los que estaban allí lo veían debatiéndose con gestos violentos y apretando el crucifijo contra su pecho increpando al maligno:

– ¡Quita maldito! ¡Vete de aquí, que no me han de vencer tus amenazas!

9 Días después, el 3 de noviembre de 1639, ante sus hermanos de vocación que rezaban el Credo a su lado, nacía San Martín de Porres a la verdadera vida, dejando detrás de sí un rastro luminoso que aún hoy suscita la veneración de numerosos fieles.

“Este santo varón, que con su ejemplo de virtud atrajo a tantos a la religión, ahora también, a los tres siglos de su muerte, de una manera admirable, hace elevar nuestros pensamientos hacia el Cielo”, recordaba el Papa Juan XXIII cuando lo canonizó. Porque, con el ejemplo de su vida, había demostrado que es posible conseguir la santidad por el camino que Cristo enseña: amando a Dios, en primer lugar, de todo corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y, en segundo lugar, amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Hna. Maria Teresa Ribeiro Matos, EP

Espiritualidad

La historia del festivo árbol comienza en los densos bosques de Alemania, en el siglo VIII.

diciembre 26, 2021

La historia del festivo árbol comienza en los densos bosques de Alemania, en el siglo VIII. El gran San Bonifacio, obispo y apóstol de aquellas tierras, había estado atrayendo un buen número de tribus paganas al rebaño de Jesucristo. Pero su labor no era fácil. A veces, los conversos, cuya fe todavía era vacilante, recaían en las perversas costumbres de sus antepasados.

En cierta ocasión, Bonifacio tuvo que realizar un largo viaje a Roma, donde fuera para pedir consejo al Papa Gregorio II. Meses después, al volver a la región del Bajo Hesse, sorprendió horrorizado a algunos nativos que estaban a punto de realizar uno de los holocaustos humanos exigidos por la religión primitiva. Liberando a los nueve niños que iban a ser víctimas, el celoso obispo quiso entonces dar un testimonio público de lo impotentes que son los falsos dioses delante del Cordero de Dios.

San Bonifacio y el dios Thor.

Mandó talar un enorme roble de Thor, bajo el que se iba a realizar el sangriento sacrificio. Los sacerdotes paganos le amenazaron con ser fulminado por los rayos del dios del trueno. Sin embargo, derrumbado el árbol, nada sucedió, para humillación de los paganos.

Los relapsos se arrepintieron entonces, y muchos idólatras pidieron el sacramento del bautismo. La caída del árbol de Thor representó la caída del paganismo en aquellas regiones.

Los germanos, ya pacificados y convertidos, adoptaron entonces el pino como símbolo cristiano. Él siempre apunta al cielo y su ramaje eternamente verde nos recuerda Aquél que nos concedió la vida eterna. Bajo sus ramas ya no hay ofrendas crue les, sino los regalos en honra de Cristo recién nacido.

El Árbol de Navidad Hoy...

Años y años más tarde, el árbol de Navidad traspuso las fronteras de Alemania. En los siglos XVIII y XIX se hizo habitual entre la nobleza europea, alcanzando las cortes de Austria, Francia e Inglaterra, hasta la lejana Rusia. De los palacios se extendió al pueblo de Europa, y, por fin, en los días de hoy, lo encontramos por todo el orbe.

(Revista Heraldos del Evangelio, Dic./2007, No. 72)

Espiritualidad

La sabiduría de la Iglesia propone a los fieles el 1 de noviembre el recuerdo de todos "los elegidos que se encuentran en la gloria de Dios", hayan sido ellos canonizados oficialmente o no

noviembre 14, 2021

La Iglesia reserva el día primero de noviembre para cada año celebrar la solemnidad litúrgica de Todos los Santos.

En esta ocasión la sabiduría de la Iglesia propone a los fieles el recuerdo de todos «los elegidos que se encuentran en la gloria de Dios», hayan sido ellos canonizados oficialmente o no.

Todos los Santos

Ya en el siglo IV, las Iglesias de Oriente iniciaron la promoción de celebraciones conjuntas que recordaban y conmemoraban a todos los Santos. Era recomendado que estas celebraciones debiesen ser durante las alegrías de la Pascua o en la semana que la siguiese.

En el Occidente la introducción de estas celebraciones fueron hechas un poco más tarde.

Esta devoción fue introducida por el Papa Bonifacio IV al dedicar a la Santísima Virgen y a todos los mártires el Panteón de Roma, en el día 13 de mayo del año 610, cuando, a partir de entonces, la conmemoración fuese realizada anualmente.

Entonces, por todo el mundo, la solemnidad pasó a ser conmemorada, en fechas diferentes, pero teniendo todas las celebraciones un contenido idéntico.

La fecha de 1º de noviembre fue adoptada por primera vez en Inglaterra, en siglo VIII y, a los pocos, se esparció por el imperio de Carlos Magno que se tornó obligatoria en el reino de los Francos en el tiempo del Rey Luis, el Piadoso, en el año 835.

Todo lleva a creer que el acto del Emperador Carlos Magno haya sido el acatamiento de un pedido a el hecho por el Papa Gregorio IV (790-844).

Todos los santos

Celebración de los Fieles difuntos

Desde el segundo siglo, los cristianos habían iniciado la práctica de rezar por los fallecidos.

Era muy común visitar las tumbas de los mártires y rezar por aquellos que los precedieron derramando su sangre en defensa de la Fe.

La Iglesia, ya en el siglo V, dedicaba un día del año a rezar por todos los muertos para los cuales nadie rezaba y de los cuáles nadie se acordaba.

Fue el Abad de Cluny, San Odilón, quién determinó hacia el final del primer milenio, en el año 998 que, en todos los monasterios de su Orden, en la fecha del 2 de noviembre, fuese realizada la evocación de todos los fallecidos «desde el principio hasta el fin del mundo».

Por el siglo XI los Papas Silvestre II (1009), Juan XVII (1009) y León IX (1015) recomiendan a toda la comunidad cristiana a dedicar un día a los muertos.

En el siglo XIII ese día anual pasa a ser conmemorado el 2 de noviembre, porque el 1º de noviembre es la Fiesta de Todos los Santos.

La costumbre de conmemorar los fieles difuntos se generalizó y fue oficializada por Roma en el siglo XIV.

En el siglo XV la Iglesia concedió a los frailes dominicos de Valencia, en España, el privilegio de celebrar tres Misas en este día. Esta práctica se difundió por los dominios de España y Portugal y también en Polonia.

Más recientemente, todavía durante la I Guerra Mundial, el Papa Benedicto XV, en el año 1915, generalizó ese privilegio para toda la Iglesia.

Doctrina Católica

La doctrina católica evoca algunos pasajes bíblicos para fundamentar su posición: Tobías 12,12; Job 1,18-20; Mt 12,32 y II Macabeos 12,43-46, y se apoya en la tradición de una práctica piadosa ya dos veces milenaria.

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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