Misiones

Misión a la Parroquia San José de El Inca

Visita de la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María a la parroquia San José de El Inca.
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Visita de la imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María a la parroquia San José de El Inca, organizada por el P. Santiago Vaca.

Los Heraldos del Evangelio colaboraron con la animación litúrgica en las cuatro eucaristías.

Un sacerdote Heraldo colaboró en la atención a confesiones de los fieles. Al final de cada Eucaristía se realizó la coronación de la imagen de la Virgen como un homenaje a la Madre de Dios.

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Misiones

Misa de acción de gracias por el aniversario 59 del Ala de Combate # 22 de la FAE.
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noviembre 4, 2021

Los Heraldos del Evangelio fueron invitados el mes pasado para solemnizar con la presencia de la Imagen Peregrina del Inmaculado Corazón de María y el conjunto musical, la misa de acción de gracias por el aniversario 59 del Ala de Combate # 22 de la FAE.

Compartimos con ustedes unas fotos de la Visita de Nuestra Señora de Fátima

Santos

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septiembre 9, 2021

Sobre la trágica muerte de San Maximiliano Kolbe en el campo de concentración de Auschwitz se comenta y se sabe mucho. Sin embargo, menos conocida es su vida, llena de inteligentes y osados proyectos apostólicos, fruto de un espíritu con amplios horizontes iluminado por una entrañada devoción a la Virgen Santísima.

Talis vita, finis ita, 1 reza un conocido adagio romano. Si Maximiliano tuvo un gesto heroico al final de su existencia que lo llevó al martirio fue porque María Inmaculada se lo había inspirado. Desde pequeño supo corresponder enteramente a tan hermosa y elevada vocación.

Nacía en una época de prosperidad

La Polonia de los últimos años del siglo XIX y principios del XX se encontraba, como el resto de Europa y toda América, en plena prosperidad material. La sociedad de entonces se deleitaba en la euforia y el esplendor de la Belle Époque , en la abundancia y el bienestar, más preocupada por gozar la vida que por lo concerniente a la Religión. El laicismo dominaba las mentes y las costumbres.

En este contexto histórico, el 8 de enero de 1894, nacía Raimundo Kolbe en la ciudad polaca de Zdu ? ska Wola y ese mismo día recibía el Bautismo. Sus padres, Julio Kolbe y María Dabrowska, eran auténticos cristianos y muy devotos de la Virgen María. Dos de sus cinco hijos murieron siendo niños y los otros tres abrazaron la vida religiosa.

Una visión que marcó el rumbo de su vida

Raimundo era un niño espabilado y travieso, por ello cierto día recibió una reprimenda de su madre que le marcó su vida:
– Si a los diez años eres un niño tan malo, peleador y malcriado, ¿qué serás cuando grande?
Estas palabras calaron profundamente en su alma. Se quedó afligido y pensativo. Quería cambiar de vida y recurrió a Nuestra Señora. De rodillas ante una imagen, de la iglesia parroquial, le preguntó:
– ¿Qué va a pasar conmigo?
Cuán enorme no fue su sorpresa al ver que se le aparecía la Madre de Dios. Tenía en las manos un par de coronas y sonriéndole maternalmente le preguntó cuál de ellas escogía. Una era blanca y significaba que preservaría en la castidad; la otra roja, que sería mártir. Esa gran alma que era, escogió las dos.

La vocación religiosa.

Así surgía en él, por gracia de la Inmaculada, su vocación religiosa. Decidió ser capuchino franciscano. A los 14 años empezó sus estudios ¿en dónde? , en la casa de los Hermanos Menores Conventuales, junto a su hermano mayor Francisco.
Con 16 años fue admitido en el noviciado y eligió el nombre de Maximiliano, en honor a un gran mártir africano; quizás con ello estuviera pensando ya en su futuro…
Al año siguiente pronunció los votos simples. Por su privilegiada inteligencia, sus superiores decidieron enviarlo a la Ciudad Eterna, para que continuara sus estudios en el Colegio Seráfico Internacional, de los franciscanos, y que cursara seguidamente Filosofía en la famosa Universidad Gregoriana.
Como había oído hablar de las especiales dificultades que había en la Roma de entonces para mantener la pureza, el joven fraile solicitó no ir allí. Pero en nombre de la santa obediencia tuvo que viajar a la capital de la Cristiandad, en donde además de terminar los estudios hizo la profesión solemne el 1 de noviembre de 1914, acrecentando a su nombre de religioso el de María, la Virgen Inmaculada.

Empiezan los años de lucha

En aquella ciudad se topó con la insolencia con la que los enemigos de la Iglesia la atacaban sin la proporcionada reacción de los católicos. Se decidió a entrar en la lucha antes incluso de ser ordenado presbítero. Reunió a seis condiscípulos suyos y fundaron en 1917 la asociación apostólica Milicia de María Inmaculada, cuyos estatutos declaraban primeramente sus objetivos: la conversión de los pecadores, incluso de los enemigos de la Iglesia, la santificación de todos sus miembros, bajo la protección de María Inmaculada. Sólo aceptaba a jóvenes intrépidos y verdaderamente dispuestos a acompañarlo en esa empresa; llevaban por título “Caballeros de Vanguardia”.

Su sed de almas quedó registrada en las actas de su ordenación sacerdotal, que fue el 28 de abril de 1918. A la mañana siguiente, quiso celebrar su primera Misa en el altar de la Madonna del Miraccolo, de la iglesia de San Andreas delle Fratte, porque allí, en 1842, ocurrió el célebre episodio con Alfonso Ratisbona quien ante la aparición de la Santísima Virgen, se arrodilló judío y se levantó católico, una milagrosa e instantánea conversión. En la agenda de Misas de aquellos primeros días de su sacerdocio, el P. Kolbe escribió que quería celebrar el Santo Sacrificio para “impetrar la conversión de los pecadores y la gracia de ser apóstol y mártir“.2

El progreso al servicio de la Fe.

De regreso a Polonia, en 1919, fue internado en un sanatorio por causa de graves problemas de salud. Tan pronto como se restableció fundó la gaceta El Caballero de la Inmaculada , una publicación mensual de su asociación. Aprovechaba así el progreso técnico de su tiempo, en lo que a artes gráficas se refiere, para ponerlo al servicio de la Fe.

La víspera de su inauguración reunió a los operarios, colaboradores y redactores, un total de 327 personas, para pasar ese día en ayuno y oración. Aquella noche fue organizada una gran vigilia de Adoración al Santísimo Sacramento y de plegarias a la Santísima Virgen para que bendijeran este nuevo proyecto. A la noche siguiente las rotativas imprimían el primer número del periódico, “hijo” de esas oraciones. Su obra recibiría un gran impulso en 1927 cuando el príncipe Juan Drucko- Lubecki les cedió un terreno situado a 40 Km. de Varsovia. Allí el P. Kolbe empezaría a construir una Niepokalanów, Ciudad de la Inmaculada. Planeaba la edificación de un enorme convento y nuevas instalaciones para su imprenta. ¿Con qué dinero? “María proveerá, ésta es una empresa suya y de su Hijo” —decía el santo.

Y no fue defraudado en esa confianza suya. Su boletín había alcanzado en 1939 el sorprendente tiraje de un millón de ejemplares; además a ése se sumaron otros diecisiete diarios de menor porte y una emisora de radio. La Ciudad de la Inmaculada contaba con 762 habitantes: 13 sacerdotes, 18 novicios, 527 hermanos legos, 122 seminaristas menores y 82 candidatos al sacerdocio. También residían allí médicos, dentistas, agricultores, mecánicos, sastres, albañiles, impresores, jardineros y cocineros. Además poseía un parque de bomberos.

El dinamismo que alimentaba a su obra apostólica no era otra cosa sino la sólida piedad que había inculcado a sus discípulos. El motor propulsor de todo ello era el amor entusiasta y militante a María Inmaculada, de quien se sentía más que un esclavo una simple propiedad. En la Eucaristía se encontraba la fuente de la fecundidad de sus iniciativas, por eso instituyó la Adoración Perpetua en Niepokalanów y él mismo no empezaba una tarea sin un acto de adoración al Santísimo Sacramento.

Expedición a Oriente

Su anhelo por difundir en todo el orbe su misión evangelizadora le llevó a realizar una expedición a Oriente con el propósito de editar su revista en diversos idiomas para que llegara a millones de personas en el mundo entero. Su aspiración era que hubiera una “Ciudad de la Inmaculada” en cada país.

De entrada, consiguió que se fundara una en Japón, en Nagasaki. En 1930 la Niepokalanów japonesa ya disponía de una tipografía donde fueron impresos los primeros 10 mil ejemplares de El Caballero de la Inmaculada. Hasta hoy en día se mantiene esta fructífera labor con trabajadores nativos y numerosos sacerdotes.

Más tarde les contó a sus discípulos, antes de los trágicos acontecimientos de la guerra, que había recibido una gracia mística en tierras niponas. Quizás esa gracia fuera decisiva para fortalecerse en las tribulaciones por las que tuvo que pasar. En el refectorio de la Ciudad de la Inmaculada, tras la cena, les dijo: “Voy a morir y vosotros vais a quedaros aquí. Antes de despedirme de este mundo, os quiero dejar un recuerdo […] , contándoos una cosa, pues mi alma desborda de alegría: el Cielo me ha sido prometido con toda seguridad, cuando estaba en Japón. […] Acordaros de lo que os digo y aprended a estar listos para grandes sufrimientos”.3

La Segunda Guerra Mundial.

Al estallar la II Guerra Mundial, en 1939, la Ciudad de la Inmaculada se vio expuesta a un gran peligro, ya que estaba situada en las inmediaciones de la carretera entre Potsdam y Varsovia, una ruta que podía ser utilizada en un eventual ataque de los nazis. Por este motivo la alcaldía de Varsovia ordenó que fueran evacuados con urgencia. El P. Kolbe había conseguido realojar en un lugar seguro a todos los hermanos, aunque él se quedó con cincuenta de sus colaboradores más próximos.

En septiembre las tropas de ocupación se los llevaron y los encarcelaron en Amtitz. Pero en la fiesta de la Inmaculada, el 8 de diciembre, fueron liberados y regresaron a Niepokalanów, convirtiéndola en un refugio y hospital para los heridos de guerra, los prófugos y los judíos.

También retomaron sus tareas, ya que los invasores les permitieron continuar con sus publicaciones, a la espera de tener algún pretexto para acabar con su apostolado. Con una valentía muy grande, el P. Kolbe escribiría en el último número de El Caballero de la Inmaculada , las siguientes palabras, de admirable honestidad intelectual e integridad de convicciones: “Nadie en el mundo puede cambiar la verdad. Lo que podemos hacer es buscarla y cuando la hayamos encontrado servirla. El conflicto real de hoy es un conflicto interno. Más allá de los ejércitos de ocupación y de las hecatombes de los campos de concentración, existen dos enemigos irreconciliables en lo más hondo de cada alma: el bien y el mal, el pecado y el amor. ¿De qué sirven las victorias en el campo de batalla si somos derrotados en lo más profundo de nuestras almas?”.4

A causa de ello, en febrero de 1941 la Gestapo irrumpió en la Ciudad de la Inmaculada y arrestó al P. Kolbe y a otros cuatro frailes más ancianos. En la prisión de Pawiak, en Varsovia, fue sometido a injurias y vejaciones y trasladado después a Auschwitz.

En el campo de Auschwitz.

Comenzaban de esta manera las estaciones de su “Vía Crucis”. La primera noche la pasó en un recinto con otras 320 personas. A la mañana siguiente los desnudaron, y fueron rociados con fuertes chorros de agua helada. A todos le dieron una chaqueta con un número y a él le correspondió el 16.670.

Un oficial se quedó enfurecido al percatarse de su hábito de religioso. Le arrancó violentamente el crucifijo que llevaba al cuello y le gritó:

– ¿Tú crees en esto?

Ante su afirmativa y categórica respuesta, le propinó una soberana bofetada. Tres veces le hizo la misma pregunta y en las tres el santo religioso confesó su Fe, recibiendo el mismo brutal ultraje. San Maximiliano daba gracias a Dios, a ejemplo de los Apóstoles, por ser digno de sufrir por Cristo: “salieron del Sanedrín, dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús” (Hch 5, 41).

María no lo abandonó ni siquiera un instante.

Los guardias del campo de concentración revisaban a los prisioneros minuciosamente al entrar y les quitaban todos los objetos personales. No obstante, el soldado que examinó al P. Kolbe le devolvió el Rosario y le dijo:

– Quédate con tu Rosario. ¡Y métete ya dentro!

Era una sonrisa de la Virgen que le decía que estaría con él en todo momento.

Martirio en el “búnker de la muerte".

Conocidos muy bien son los demás episodios que ocurrieron en el campo de Auschwitz: el comportamiento del santo sacerdote franciscano, su incansable actividad apostólica, en cada barracón a donde era mandado, etc.

Al final de julio de 1941 fue transferido al Bloque 14, cuyos prisioneros se dedicaban a faenas agrícolas. En determinado momento uno de ellos se dio a la fuga y en represalia eligieron a 10 que fueron condenados a ir al “búnker de la muerte”, en un subterráneo a donde eran echados desnudos y permanecían sin agua ni alimento, esperando la muerte por inanición.

Ante la desesperación de aquellos infelices, San Maximiliano se ofreció para cambiarse por uno de ellos que era padre de familia. Aceptaron el canje porque era sacerdote. El odio de los esbirros contra el religioso era notorio, aunque se quedaban estupefactos al darse cuenta hasta donde puede llegar el valor, la fortaleza y el heroísmo de un presbítero católico, en cuya fisonomía se revelaba la de un varón con toda la fuerza de este término. Una auténtica caridad para con su coterráneo le movía a ello, sin duda, pero una razón también noble le llevó a tomar esa decisión: el deseo de ayudar a aquellos condenados a que tuvieran una buena muerte, salvándoles su alma.

Una vez que el búnker se cerraba, el contacto con el mundo exterior estaba clausurado para siempre. En aquellas horas terribles sin otra expectativa que la de la muerte, era el momento en que cada uno pusiera en orden su conciencia. Nos hacemos una idea del miedo que habría allí a la muerte, al Juicio, al sufrimiento, a la tentación de desesperación… Sin embargo, ¡qué privilegio que en esa situación tuvieran por compañero a un sacerdote santo! Gracias a él, el “búnker de la muerte” se transformó en una capilla de oración y cánticos… con voces cada día más débiles. Las autoridades juzgaban que aquella situación se prolongaba demasiado y decidieron aplicarles una inyección letal de ácido muriático.

El P. Kolbe fue el último que murió en aquel terrible subterráneo. Alargó espontáneamente el brazo para que le pincharan. Momentos después un funcionario del campo entró en la celda y lo encontró ya muerto con “los ojos abiertos y la cabeza inclinada. Su rostro, sereno y bello, estaba radiante”. 5

Cumpliría así su misión: se salvó a sí mismo y a los demás. Ese día era el 14 de agosto de 1941, la víspera de la Asunción de María.

La inspiración de su vida fue la Inmaculada

El 10 de octubre de 1982, en la Plaza de San Pedro, una multitud de 200 mil personas oían a un Papa, también polaco, que declaraba mártir a ese ejemplar sacerdote que no murió sólo por salvar una vida, sino que vivió, sobre todo, para salvar muchas almas. Jamás se cansó de decir: “No tengáis miedo de amar demasiado a la Inmaculada; nosotros nunca podremos igualar el amor que le tuvo Jesús: e imitar a Jesús es nuestra santificación. Cuanto más pertenezcamos a la Inmaculada, tanto mejor comprenderemos y amaremos al Corazón de Jesús, a Dios Padre, a la Santísima Trinidad”. 6

Ya que, como afirmaba Juan Pablo II cuando lo canonizó, “la inspiración de toda su vida fue la Inmaculada, a quien confiaba su amor a Cristo y su deseo de martirio“.7

(Revista Heraldos del Evangelio, Agosto/2009, n. 73, p. 34 a 37)

Notas:

1 Tal como haya sido la vida así es la muerte.
2 LLABRÉS Y MARTORELL, Pere-Joan. San Maximiliano María (Raimundo) Kolbe . Año Cristiano. Madrid: BAC, 2005. vol. 8. p.454.
3 KALVELAGE, FI, P. Francis M. Kolbe – Saint of the Inmaculate . Minnesota: Park Press, 2001, p. 77-78.
4 MLODOZENIEC, Fr. Juventino. Conheci o bem-aventurado Maximiliano Maria Kolbe . Ejemplar mimeografiado en el Jardín de la Inmaculada, Misión Católica de San Maximiliano Kolbe. Ciudad Occidental, Goiás, 1980.
5 LLABRÉS Y MARTORELL, Op. cit., p. 459.
6 Idem, p. 456.
7 Homilía en la Misa de canonización, 10/10/1982.

Historia y Creación

La civilización será tanto más verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más sea claramente cristiana.
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noviembre 6, 2021

La Iglesia, al predicar a Cristo crucificado, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1 Cor 1, 23), vino a ser la inspiradora y principal promotora de la civilización; y la ha difundido por todos los lugares donde predicaron sus apóstoles, conservando y perfeccionando los buenos elementos de las antiguas civilizaciones paganas, arrancando de la barbarie y educando para una convivencia civil a los nuevos pueblos que se refugiaban en su seno maternal, y dándole a la sociedad entera, aunque poco a poco, pero con un trazo seguro y cada vez más progresivo, esa marcada huella que aún hoy se conserva universalmente.

La civilización del mundo es civilización cristiana; tanto más es verdadera, duradera y fecunda en frutos preciosos, cuanto más es claramente cristiana; tanto más decadente, con un inmenso daño del bien social, cuanto más se aleja del ideal cristiano.

La paz se establecería en el mundo si en él se realizara el ideal de la civilización cristiana

Así que por la fuerza intrínseca de las cosas, la Iglesia se convirtió efectivamente en la guardiana y defensora de la civilización cristiana. Tal hecho fue reconocido y admitido en otros siglos de la Historia y hasta formó el fundamento inquebrantable de las legislaciones civiles. En ese hecho estribaron las relaciones entre la Iglesia y los Estados, el reconocimiento público de la autoridad de la Iglesia en todos los asuntos que de algún modo afecten a la conciencia, la subordinación de todas las leyes del Estado a las divinas leyes del Evangelio, la concordia de los dos poderes, civil y eclesiástico, procurando de tal modo el bien temporal de los pueblos, que el eterno no padeciera quebranto.

No hace falta deciros, Venerables Hermanos, qué prosperidad y bienestar, qué paz y concordia, qué respetuosa sumisión a la autoridad y qué acertado gobierno se lograría y se mantendría en el mundo si se pudiera realizar íntegro el perfecto ideal de la civilización cristiana.

Mas, dada la continua lucha de la carne contra el espíritu, de las tinieblas contra la luz, de Satanás contra Dios, no es de esperar tal felicidad, al menos en su extensión. De ahí que a las pacíficas conquistas de la Iglesia se van haciendo continuos ataques, tanto más dolorosos y funestos cuanto más la humana sociedad tienda a regirse por principios adversos al concepto cristiano y, aún más, a separarse totalmente de Dios.

Restaurarlo todo en Cristo, incluso la civilización

No por eso se ha de perder el ánimo. La Iglesia sabe que contra ella no prevalecerán las puertas del infierno; pero también sabe que en este mundo sufrirá presiones, que sus apóstoles son enviados como corderos entre lobos, que sus seguidores serán siempre el blanco del odio y del desprecio, como de odio y desprecio fue víctima su divino Fundador. No obstante, la Iglesia marcha adelante imperturbable y, mientras propaga el Reino de Dios en donde todavía no ha sido predicado, procura por todos medios reparar las pérdidas sufridas en el Reino ya conquistado.

«Restaurarlo todo en Cristo» ha sido siempre el lema de la Iglesia y es principalmente el Nuestro en los perturbados tiempos que atravesamos. Restaurarlo todo, no de cualquier manera, sino en Cristo: «Recapitular en Cristo todas las cosas del Cielo y de la tierra» (Ef 1, 10), agrega el Apóstol; restaurar en Cristo no sólo cuanto propiamente pertenece a la divina misión de la Iglesia, que es guiar las almas a Dios, sino también, como ya hemos explicado, todo cuanto se ha derivado espontáneamente de aquella divina misión, esto es, la civilización cristiana con el conjunto de todos y cada uno de los elementos que la constituyen.

Y por hacer un alto en esta última parte de la anhelada restauración, bien veis, Venerables Hermanos, cuánto ayudan a la Iglesia aquellas falanges de católicos que precisamente se proponen reunir todas sus fuerzas vivas para combatir por todos los medios justos y legales contra la civilización anticristiana; reparar a toda costa los gravísimos desórdenes que de ella provienen; introducir de nuevo a Jesucristo en la familia, en la escuela, en la sociedad; restablecer el principio de la autoridad humana como representante de la de Dios; tomar sumamente en serio los intereses del pueblo, particularmente los de la clase obrera y agrícola, no sólo infundiendo en el corazón de todos la verdad religiosa, único verdadero manantial de consuelo en los trances de la vida, sino cuidando de enjugar sus lágrimas, suavizar sus penas, mejorar su condición económica con medidas bien concertadas; trabajar por conseguir que las leyes públicas se acomoden a la justicia y se corrijan o se destierren las que le son contrarias; defender, finalmente, y mantener con ánimo verdaderamente católico los derechos de Dios y los no menos sagrados derechos de la Iglesia. […]

Adaptación a lo que es contingente, fidelidad a lo que es inmutable

Conviene notar que no todo lo que en los siglos pasados pudo ser útil, o incluso únicamente eficaz, sea posible restablecerlo hoy en la misma forma, pues radicales son los cambios que con el correr de los tiempos se introducen en la sociedad y en la vida pública y tantas las nuevas necesidades que las circunstancias cambiantes suscita continuamente.

Pero la Iglesia, en el largo curso de su historia, ha demostrado siempre luminosamente que poseía una maravillosa virtud de adaptación a las variables condiciones de la sociedad civil, de suerte que, salvada siempre la integridad e inmutabilidad de la fe y de la moral, así como sus sacrosantos derechos, fácilmente se adapta y se ajusta, en todo cuanto es contingente y accidental, a las vicisitudes de los tiempos y a las nuevas exigencias de la sociedad.

La piedad, dice San Pablo, se acomoda a todo, pues posee las promesas divinas, así en orden a los bienes de la vida actual como a los de la futura: «La piedad aprovecha para todo. Tiene la promesa de la vida, la presente y la futura» (1 Tim 4, 8). ◊

Fragmentos de: SAN PÍO X.
Il fermo proposito, 11/6/1905.

Ángeles, Destacados

El ángel custodio nos fue dado no apenas para las horas del peligro y probación, como también para rezar e interceder por nosotros a todo instante.
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febrero 22, 2022

El ángel custodio nos fue dado no apenas para las horas del peligro y probación, como también para rezar e interceder por nosotros a todo instante. El es nuestro mediador y abogado junto al trono del Altísimo y ruega continuamente en favor de su protegido.

Por lo tanto, nos aconseja Dr. Plinio: «Es de todo conveniente implorar siempre ese patrocínio de nuestro ángel de la guarda.»

A continuación sigue un artículo de Dr. Plinio:

De acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia, los ángeles se dividen en nueve categorías superpuestas: Serafines, Querubines, Tronos, Dominaciones, Virtudes, Potestades, principados, Arcángeles y Ángeles.

Aunque todos esos espíritus celestiales contemplan a Dios directamente, no lo hacen con igual amplitud de conocimiento. O sea, los que se encuentran en un nivel superior tienen una visión más plena e inmediata de Él, discerniendo una serie de perfecciones divinas que los menores no alcanzan a distinguir. Sin embargo, esta diferencia de intelección es compensada por la infinita bondad del Creador, el cual dispuso que los primeros revelen a los segundos todo lo que consiguen aprender sobre Él. Y así, esas nociones con respecto a Dios van siendo transmitidas de un ángel a otro, y de una jerarquía angélica a otra, desde la más elevada, donde se encuentran los Serafines, hasta la menos excelsa, que es la de los ángeles.

Se admite que a esos espíritus puros Dios les confió el gobierno de los astros, de tal forma que cada estrella y cada planeta del Universo posee un ángel que lo rige, según los sabios deseos del Altísimo. De ahí la perfección del orden sideral.

Ahora bien, así como cada estrella del firmamento tiene un ángel designado para dirigirla, así también cada hombre cuenta con la tutela y la protección de una criatura angélica: su Ángel de la Guarda. ¡Tan esplendoroso, tan magnífico, que, a veces, cuando él aparece a su protegido, este piensa que está delante del propio Dios! Al mismo tiempo – creo yo – tan parecido espiritualmente con su pupilo que, si cada uno de nosotros conociese a su Ángel de la Guarda, quedaría pasmado al constatar cuánto él es conforme a sus buenos sentimientos y a sus voliciones ordenadas, y se sentiría como un pariente próximo de ese grandioso Príncipe Celestial…

Nuestros Ángeles de la Guarda no nos pierden de vista un solo instante, ni de día, ni de noche, pues aún cuando dormimos velan por nosotros. A todo momento ellos hablan a nuestras almas, susurran con cariño y bondad consejos que nos llevan por las sendas del bien; y cuando se ven obligados a hablarnos con vigor, lo hacen a la manera de un buen padre que a veces reprende a su hijo, justamente porque lo ama.

Nuestros guardianes celestiales se encuentran, por lo tanto, continuamente de bruces sobre nosotros.

Cuando nos sintamos solos, cuando estemos, por ejemplo, transitando por las calles de las ciudades contemporáneas, tan cercadas de inmoralidades, tan sucias, tan impregnadas de polución y de inmundicias de toda especie, roguemos la protección de nuestros angeles de la Guarda. Antes de salir de casa, digamos: «Mi Santo Ángel, acompañadme, venid conmigo, protegedme, habladme al alma y ayudadme a evitar las malas miradas, a las personas que quieran causarme daño, los accidentes que me puedan masacrar; ¡traedme, en fin, todo bien!»

Ejerciendo una de las misiones propias de los ángeles, de ser
mensajeros de Dios, San Gabriel anuncia a María que
Ella será la Madre del Verbo Encarnado.

Y cuando estemos en cualquier apuro, acordémonos de esa verdad reconfortante: un Ángel de la Guarda nunca abandona a su protegido. Por lo tanto, mientras caminamos y oímos resonar nuestros pasos sobre el cemento de la acera, pensemos: «Mi Ángel de la Guarda me está viendo». Si sufriéremos una tentación, digamos incontinenti: «¡Mi Santo Ángel, protegedme, apartad de mí ese demonio que me tienta!»

Es interesante notar que, mientras vigilan así a los hombres sobre la Tierra, los Ángeles de la Guarda continúan contemplando a Dios cara a cara. Y ahí, en la presencia del Altísimo, permutan impresiones con respecto a lo que sucede en el mundo, a la lucha entre buenos y malos, al desarrollo del plan de Dios para la humanidad, etc. Aunque no tengan una noticia exacta de los designios divinos sobre la creación terrena, los ángeles, sin embargo, como están dotados de una inteligencia superior, levantan entre sí hipótesis y conjeturas acerca de tales designios. Y esa interlocución angélica sube al Trono del Creador como un extraordinario e indescriptible cántico de alabanza y de glorificación.

Sepamos, entonces, que cada uno de nosotros se beneficia de la tutela de uno de esos seres maravillosos. Sepamos, también, agradecer a nuestro Ángel de la Guarda la protección incansable que nos dispensa, y decir, todos los días, esta bella jaculatoria formulada por la Iglesia: «Ángel de Dios, que eres mi custodio, ya que la soberana piedad me ha encomendado a ti, ilumíname, guárdame, rígeme y gobiérname. Amén».

(Revista Dr. Plinio, No. 5, agosto de 1998, pp. 21-22, Editora Retornarei Ltda., São Paulo).

Los Caballeros de la Virgen, constituyen una Asociación Internacional de Derecho Pontificio fundada por Monseñor João Clá Dias, EP.
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