Misiones

Misiones en San José de Minas

La imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María visitó la parroquia de San José de Minas.
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noviembre 4, 2021

La imagen peregrina del Inmaculado Corazón de María visitó la parroquia de San José de Minas ubicada al nororiente de la ciudad de Quito.

El padre Cornelio Navarrete, párroco, y el padre Jorge Villalva EP de los Caballeros de la Virgen, celebraron las Eucaristías en honra de la Madre de Dios.

Los Caballeros de la Virgen colaboraron con la animación litúrgica con cantos populares e instrumentales. Se rezó el Santo Rosario antes de cada ceremonia y se realizaron dos pequeñas procesiones con los fieles devotos.

Antes de la bendición final de cada Eucaristía se realizó la coronación de la imagen de la Virgen como signo de fe, devoción y confianza en la Santísima Virgen.

En la despedida los devotos se acercaron para recibir una estampa y elevaron piadosas súplicas a Nuestra Señora.

Comentarios

Santos

En el Huerto de los Olivos los Apóstoles huyeron aterrorizados. María Magdalena, por el contrario, salió en busca de su Amado, y Él fue a su encuentro.
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octubre 22, 2021

¡Pecadora! Por éste y otros epítetos nada elogiosos se le señalaba en Jerusalén y alrededores a María Magdalena, mujer rica, de noble estirpe, notable belleza y vida disoluta.

Se había dejado arrastrar, siendo aún muy joven, por la vanidad, primer paso en la escurridiza rampa que conduce a los barrizales de la impureza. En esa deplorable situación, entró en los Evangelios con el apodo de pecadora pública: in civitate peccatrix, es decir, pecadora conocida como tal en la ciudad (cf. Lc 7, 37).

En determinado momento, sin embargo, sus caminos se cruzaron con los de Jesús. Los evangelistas no informan dónde, cuándo ni cómo se dio ese primer encuentro, pero tiempo después protagonizó uno de los más conocidos episodios del Nuevo Testamento: trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume, irrumpió en el comedor del fariseo Simón, se dirigió en línea recta hacia donde estaba el Maestro, regó sus pies con abundantes lágrimas, se los enjugó con sus cabellos, los cubrió de besos y, finalmente, se los ungió con el refinado perfume (cf. Lc 7, 36-50).

Con sus lágrimas lavó la inmundicia de sus faltas

Emocionante escena, sin duda. Pero no para Simón y los demás comensales. Éstos la miraron con estupor, aunque sin el valor de manifestar la censura que hervía en sus corazones. «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora» (Lc 7, 39), sentenciaba para sus adentros el fariseo.

Obnubilado por la mala fe y por la envidia, no percibió la innegable realidad: quien allí estaba ¡no era la pecadora, sino la santa! Sí, porque tal demostración de arrepentimiento y de amor sólo podría partir de un alma colocada ya decididamente en las vías de la santidad. «Con sus lágrimas lavó la inmundicia de sus faltas. […] Pues a quien en primer lugar el pecado la había mantenido en la frialdad, después el amor la hizo arder enérgicamente»,1 comenta el Papa San Gregorio Magno.

De allí salió Magdalena con un nuevo apodo que resuena hace dos mil años en la Historia: pecadora arrepentida. Y en el mundo entero se la venera como modelo y patrona de todos los que desean liberarse de la más terrible de las esclavitudes, la del pecado.

No obstante, el mismo Jesús le dio ese día un título más glorioso: la que ha amado mucho (cf. Lc 7, 47). Y refulge en el Cielo y en la tierra como la santa del amor apasionado y de la confianza llena de audacia.

El alma apasionada no mide riesgos

La Magdalena lava los píes de Jesús - Giovan Battista Tinti

¿Amor apasionado? Pero… ¿la pasión no es siempre un mal? No. La pasión será buena o mala, noble o vil, de acuerdo con el objeto del amor. Según San Pedro Julián Eymard, sólo el amor apasionado es auténtico amor: «La Eucaristía es la más noble aspiración de nuestro corazón: ¡amémosla apasionadamente! […] No ama sino aquel que siente dentro de sí la pasión del amor».2

El evangelista pone de relieve un importante detalle: «Después de esto», es decir, acto seguido al conmovedor episodio narrado más arriba, Jesús iba «caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres», entre ellas «María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios» (Lc 8, 1-2).

así es como, la ex endemoniada de entre las Santas Mujeres, se convierte en discípula de Jesús. No hay duda alguna de que no necesitó que el Maestro le dijera: «sígueme», pues su corazón no anhelaba otra cosa que acompañarlo por todas partes, oír sus palabras, verlo y ser vista por Él, manifestarle en prolongados o fugaces intercambios de miradas su ilimitado amor.

El alma apasionada desconoce el miedo, no mide riesgos. En el Huerto de los Olivos los Apóstoles huyeron aterrorizados. Magdalena, muy por el contrario, fue en busca de su Amado y lo acompañó en la subida al Calvario. Permaneció a los pies de la cruz hasta el momento del consummatum est. Participó en el cortejo fúnebre y no quiso irse ni siquiera cuando los discípulos se marcharon después de que fuera puesta la enorme losa en la entrada de la tumba: «María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro» (Mt 27, 61). Al respecto, exclama Santa Catalina de Siena: «¡Oh Magdalena, estabas loca de amor! Ya no tenías tu corazón, pues estaba sepultado con tu dulce Maestro».3

Y Jesús fue a su encuentro

Finalmente, por mucho que le pesara, era forzoso que ella también se retirara. Por los relatos evangélicos bien podemos imaginar cuáles eran sus disposiciones de alma aquella noche y al día siguiente. Había comprado aromas para ungir nuevamente aquel cuerpo adorado y, antes incluso de que el sol despuntara, fue hacia el sepulcro con otras dos de las Santas Mujeres.

Para el que ama nada hay de imposible: allí iban ellas de camino sin ni siquiera saber cómo irían a rodar la pesada losa de la entrada. ¡Lo encontraron abierto y vacío! Magdalena echó a correr para darles la noticia a los Apóstoles. Hacia allí salieron corriendo Pedro y Juan, constataron el hecho y… «se volvieron a casa» (Jn 20, 10).

Sin embargo, ella permaneció junto a la tumba, llorando. Nótese la fuerza de la pasión: Jesús había muerto, ella aún no creía en la Resurrección; por tanto, estaba buscando un cadáver.

Mientras lloraba, se asomó de nuevo al sepulcro. ¿Para qué mirar nuevamente si ya sabía que estaba vacío? Porque quien ama de verdad no se cansa de procurar. «Buscaba al que no había hallado, lo buscaba llorando y, encendida en el fuego de su amor, ardía en deseos de Aquel a quien pensaba que se lo habían llevado». 4

¿Lo encontró al final? Mucho mejor que eso, Él fue a su encuentro:
-Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas? -le preguntó el Maestro de tal modo que ella no reconociera su voz.
Tomándolo por el hortelano, le imploró afligida:
-Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.
Él le respondió con una sola palabra, con una entonación que revelaba su infinito amor: «¡María!». Y a ella también le bastó una palabra para contestar: «¡Rabboni!», que quiere decir Maestro. Allí estaba, vivo. ¡Aquel a quien ella lo buscaba muerto!

Lo veía de nuevo, su corazón encontró, por fin, descanso.

"Sin la claridad de esa luz, ninguna luz es luz"

Lo que ella vio en ese intercambio de miradas lo saben únicamente los ángeles y los santos del Cielo. Aunque podemos imaginar que en los ojos de Jesús hubiera contemplado, mucho más esplendorosa esta vez, la misma luz que había brillado con ocasión de su primer encuentro con Él: lux Christi, luz de la divina gracia, a cuyo poder de atracción no se resistió.

En fogosas palabras de amor a la Virgen Santísima el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira nos da una precisa idea del efecto producido por esa luz en el alma de quien no le pone obstáculos: «Oh Madre mía, Medianera de todas las gracias, en tu luz veremos la luz. Madre, antes quedar ciego que dejar de ver tu luz, porque verla es vivir.

Santa María Magdalena en el descenso de la Cruz

En su claridad contemplaremos todas las luces, y sin ella ninguna luz refulge. No consideraré vida los momentos en los que no brille; y de la vida no querré tener nada más que la mente bañada por esa luz. «Oh luz, te seguiré cueste lo que cueste: por valles, montes, desiertos, islas; en las torturas, en los abandonos y olvidos; en las persecuciones y tentaciones, en los infortunios, en las alegrías y los triunfos. Te seguiré de tal manera que, incluso en el cenit de la gloria, no me molestaré con ella, porque sólo me preocuparé de ti. Te he visto y hasta el Cielo no desearé otra cosa, porque una vez te contemplé».5

Esa es la luz que aviva en el alma de todo auténtico santo el incendio del amor apasionado a Nuestro Señor Jesucristo.

Autor : P. Francisco Teixeira de Araújo, EP

Notas:

1 SAN GREGORIO MAGNO. Homiliæ in Evangelia. L. II, hom. 25, n.º 1; 10: PL 76, 1189; 1196.

2 SAN PEDRO JULIÁN EYMARD. A Divina Eucaristia. Escritos e sermões de São Pedro Julião Eymard. São Paulo: Loyola, 2002, v. I, p. 171.

3 SANTA CATALINA DE SIENA. Lettres de Sainte Catherine de Sienne. Lettre 229, a Soeur Agnès Donna. 2.ª ed. Paris: Poussielgue Frères, 1886, t. III, p. 311.

4 SAN GREGORIO MAGNO, op. cit., n.º 1, 1189.

5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Na vossa luz veremos a luz. In: Dr. Plinio. São Paulo. Año VII. N.º 80 (Noviembre,2004); p. 36.

Santos

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septiembre 9, 2021

María Francisca Teresa Martin Guérin nació en Alençon (Francia) el 2 de enero de 1873. Sus padres fueron los beatos Luis Martin y Celia Guerin. Fue la última de los nueve hijos de este santo matrimonio de los que sobrevivieron cinco hijas: María, Paulina, Leonia, Celina y Teresa.

Infancia.

El primer año de su vida tuvo que ser criada en el campo por una nodriza, pues su madre no podía alimentarla. Sus primeros años de vida fueron muy felices, pero cuando la niña tenía cuatro años, murió su madre de cáncer. Esto afectó mucho a Teresita, que pasó de ser una niña viva y efusiva, a ser tímida, callada e hipersensible, a pesar de que su padre y hermanas redoblaron su ternura con ella.

La familia se trasladó a Lisieux, cerca de sus tíos, los señores Guérin. Cuando su hermana Paulina ingresa en el Carmelo en 1882, Teresa sufre como una segunda orfandad materna. Al año siguiente le sobreviene una “extraña enfermedad”, con alucinaciones y temblores. Un día, mientras sus hermanas rezaban por ella, le pareció que la sencilla estatua de la Virgen que tenía cerca, le sonreía, y se sintió curada.

A finales de 1879 recibió por primera vez el sacramento de la Penitencia. El día de Pentecostés de 1883, recibió la gracia especial de ser curada de una grave enfermedad por la interseción de Nuestra Señora de las Victorias (La Virgen de la Sonrisa). Educada por las benedictinas de Lisieux, recibió la primera comunión el 8 de mayo de 1884, después de una intensa preparación, culminada con una fuerte experiencia de la gracia de la íntima comunión con Cristo.

Juventud de Santa Teresita.

Algunas semanas más tarde, el 14 de junio del mismo año, recibió la Confirmación, con plena conciencia de acoger el don del Espíritu Santo mediante una participación personal en la gracia de Pentecostés.

Su deseo era abrazar la vida contemplativa, al igual que sus hermanas Paulina y María, en el Carmelo de Lisieux, pero su temprana edad se lo impedía. Durante un viaje a Italia, después de haber visitado la Santa Casa de Loreto y los lugares de la Ciudad Eterna, el 20 de noviembre de 1887, en la audiencia concedida por el Papa León XIII a los peregrinos de la diócesis de Lisieux, pidió al Papa con filial audacia autorización para poder entrar en el Carmelo con 15 años.

En el Carmelo

El 9 de abril de 1888 ingresó en el Carmelo de Lisieux. Tomó el hábito el 10 de enero del año siguiente e hizo su profesión religiosa el 8 de septiembre de 1890, fiesta de la Natividad de la Virgen María.

Teresa entró en el Carmelo con el nombre de Teresa del Niño Jesús. A este nombre le añadiría posteriormente “y de la Santa Faz”.

En el Carmelo, Teresita ahondó en la Sagrada Escritura, fundamentalmente en los Evangelios, donde veía las huellas de Jesús. También las lecturas del antiguo testamento, cuando el profeta Isaías habla del amor maternal de Dios o del “Siervo de Yahvé”, le conmovieron profundamente. San Juan de la Cruz fue su maestro espiritual, con cuya lectura profundizó en el camino del amor.

Sus escritos son las Cartas, unos Poemas, pequeñas obras de teatro para fiestas comunitarias, algunas Oraciones, las anotaciones que hicieron sus hermanas en su enfermedad y la Historia de un alma. Este último escrito, relato de su historia de salvación, elevó la espiritualidad de la Iglesia hasta el punto de ser declarada doctora universal de la Iglesia.

Entrada al Cielo.

En la Pascua de 1896, Teresa tiene una hemoptisis, síntoma de la tuberculosis. Tres días después, comienza la prueba de la fe, que duró hasta su muerte. La sobrelleva con actos mayores de fe y amor. Murió el 30 de septiembre de 1897.

Es innegable que quien se acerca a la vida de Santa Teresa de Lisieux -Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz- queda fascinado con su testimonio e historia de santidad. A través de su “pequeña vía”, el “caminito”, que habla de humildad, sencillez y confianza en Dios Padre, Teresita se hizo grande.

Toda su vida y testimonio de santidad se centra en una sola premisa: vivir la vocación al amor; amar y hacer amar al Amor.

Una entrega total, y amor sin límites, y una cercanía tal a Jesús, que la llevó a tener sed por la salvación de las almas, ofreciendo oraciones y sacrificios para que los pecadores retornasen a buen camino. Así describió la santa ese deseo de salvar aquellas almas perdidas: “Anhelaba dar de beber a mi Amado, me sentía yo también devorada por la sed de almas, y a todo trance quería arrancar de las llamas eternas a los pecadores”.

No en vano, y pese a no haber salido del convento, Santa Teresita fue declarada en 1927 Patrona Universal de las Misiones.

Oraciones

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús...
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septiembre 12, 2021

Oh San José, escogido para ser el castísimo Esposo de María y Padre del Niño Jesús, y elevado a la condición de Patriarca de la Santa Iglesia.

Vos que sufriseis tremendas perplejidades, me veis en los mismos caminos que transitasteis, pues también estoy en esta Tierra para ser probado. ¿Por cuántas perplejidades y aflicciones deberé pasar?

Por los méritos de la perfección con la cual enfrentasteis todas las perplejidades, y en especial la pérdida del Niño Jesús durante tres días, yo os pido: en mis aflicciones dadme la paz, la serenidad, la tranquilidad y la confianza en Dios que vos tuvisteis en esos momentos. Amén.

Autor: Mons. Joao S. Clá Dias

Fundador de los Caballeros de la Virgen

Espiritualidad

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septiembre 12, 2021

Una humanidad perseverante en su impiedad tiene todo para esperar el rigor de Dios. Pero Dios, que es infinitamente misericordioso, no desea la muerte de esa humanidad pecadora, sino «que se convierta y viva». Y por eso su gracia insistentemente va en busca de todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y regresen al redil del Buen Pastor.

Si no existieran catástrofes que una humanidad impenitente no debiera temer, no existirían misericordias que una humanidad arrepentida no podría esperar. Y para ello no es necesario que el arrepentimiento haya consumado su obra restauradora.

Basta que el pecador, aun en el fondo del abismo, se vuelva hacia Dios con un simple inicio de arrepentimiento eficaz, serio y profundo, para que encuentre inmediatamente el auxilio de Dios, que nunca se ha olvidado de él.

Lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura: aunque tu padre y tu madre te abandonaran, yo no me olvidaré de ti. Hasta en los casos extremos en que el paroxismo del mal llega a agotar la propia indulgencia materna, Dios no se cansa.

Porque la misericordia de Dios beneficia al pecador incluso cuando la justicia divina lo hiere con mil y una desgracias en el camino de la iniquidad.

Estas dos imágenes esenciales de la justicia y de la misericordia divinas deben ser constantemente puestas ante los ojos del hombre contemporáneo.

De la justicia, para que no suponga temerariamente salvarse sin méritos. De la misericordia, para que no desespere de su salvación siempre y cuando desee enmendarse. Y, si las hecatombes de nuestros días ya hablan tan claramente de la justicia de Dios, ¿qué mejor visión para contemplar este cuadro que el sol de la misericordia, que es el Sagrado Corazón de Jesús?

Plinio Corrêa de Oliveira. Nossa Senhora do Sagrado Coração.

In: «O Legionário». São Paulo. Año XIV. N.º 410 (21/7/1940); p. 2.

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