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Oraciones

Novena a Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa

Para todos los días de la Novena

Acto de Contrición

Señor mío, Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido. Propongo firmemente nunca más volver a pecar y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos; confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Os ofrezco mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados. Y así como os lo suplico, así confío en que por vuestra infinita bondad me has de conceder el perdón de mis culpas, y me has de llevar a la vida eterna. Amén.

Primer día - Primera aparición

Contemplemos a la Virgen Inmaculada en su primera aparición a Santa Catalina Labouré. Guiada por su Ángel de la Guarda, la piadosa novicia es presentada a la Inmaculada Señora. Consideremos su inefable alegría. Nosotros también seremos felices como Santa Catalina, si trabajamos con ardor en nuestra santificación. Gozaremos de las delicias del Paraíso, si no ponemos nuestro corazón en las cosas materiales.

 Tres Avemarías.

“Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”

Segundo día - Lágrimas de María

Contemplemos a María llorando por las calamidades que vendrían sobre el mundo, pensando que el Corazón de su Hijo sería ultrajado, escarnecida la cruz y perseguidos sus hijos predilectos. Confiemos en la Virgen compasiva y también participaremos del fruto de sus lágrimas.

Tres Avemarías.

“Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”

Tercer día - Protección de María

Contemplemos a nuestra Madre Inmaculada diciendo a Santa Catalina en sus apariciones: Yo misma estaré con vosotros: no os pierdo de vista y os concederé abundantes gracias. Sed para mí, Virgen Inmaculada, el escudo y la defensa en todas las necesidades.

Tres Avemarías.

“Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”

Cuarto día - Segunda Aparición

Estando Santa Catalina Labouré en oración el 27 de noviembre de 1830, se le apareció la Virgen María, hermosísima, aplastando la cabeza de la serpiente infernal. En esta aparición se ve su inmenso deseo de protegernos siempre contra el enemigo de nuestra salvación. ¡Invoquemos con confianza y amor a la Madre Inmaculada!

Tres Avemarías.

“Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”

Quinto día - Las manos de María

Contemplemos hoy a María despidiendo rayos luminosos de sus manos. Estos rayos, dijo Ella, son la figura de las gracias que derramo sobre todos aquellos que me las piden y a los que llevan con fe mi medalla. ¡No desperdiciemos tantas gracias! Pidamos con fervor, humildad y perseverancia, y María Inmaculada nos las alcanzará.

Tres Avemarías.

“Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”

Sexto día - Tercera Aparición

Contemplemos a María apareciendo a Santa Catalina, radiante de luz, llena de bondad, rodeada de estrellas, mandando acuñar una medalla y prometiendo muchas gracias a todos los que la lleven con devoción y amor. Guardemos fervorosamente la Santa Medalla, y cual escudo, ella nos protegerá en los peligros.

Tres Avemarías.

“Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”

Séptimo día de la Novena

¡Oh, Virgen Milagrosa, Reina excelsa, Señora Inmaculada!, sed mi abogada, mi refugio y asilo en la tierra, mi fortaleza y defensa en la vida y en la muerte, mi consuelo y mi gloria en el cielo.

Tres Avemarías.

“Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”

Octavo día de la Novena

¡Oh, Virgen Inmaculada de la Medalla Milagrosa!, haced que esos rayos luminosos que irradian vuestras manos virginales, iluminen mi inteligencia para conocer mejor el bien y abrasen mi corazón con vivos sentimientos de fe, esperanza y caridad.

Tres Avemarías.

“Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”

Noveno día de la Novena

¡Oh, Madre Inmaculada!, haced que la cruz de vuestra Medalla siempre brille ante mis ojos, suavice las penas de la vida presente y me conduzca a la vida eterna.

Tres Avemarías.

“Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos”

Súplica a la Santísima Virgen

¡Oh, Inmaculada Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra!, al contemplaros con los brazos abiertos esparciendo gracias sobre los que os las piden, lleno de la más viva confianza en vuestra poderosa y segura intercesión, manifestada innumerables veces por la Medalla Milagrosa, aunque reconociendo nuestra indignidad por causa de nuestras numerosas culpas, osamos acercarnos a vuestros pies para exponeros durante esta novena nuestras más apremiantes necesidades. (Se piden las gracias deseadas) Escuchad, pues, ¡oh, Virgen de la Medalla Milagrosa!, este favor que confiantes os solicitamos para la mayor gloria de Dios, engrandecimiento de vuestro Nombre y bien de nuestras almas. Y para servir mejor a vuestro Divino Hijo, inspiradnos un profundo odio al pecado y dadnos el coraje de afirmarnos siempre verdaderos cristianos.

Así sea.

Comentarios

Santos

Santo ecuatoriano, gran modelo de virtud que se caracterízó por su pureza y sabiduría.

febrero 10, 2022

Francisco Febres Cordero, el conocido Santo Hermano Miguel de los Lasallistas, nace en Cuenca, Ecuador, el 7 de noviembre de 1854.

En su juventud no gozó de buena salud, por el contrario, nació con una grave deformación de sus pies que le impidió caminar a la edad normal, por lo que no pudo gozar de los juegos y entretenimientos de los niños de su edad. Tampoco pudo asistir normalmente a la escuela, por lo que sus primeras enseñanzas las recibió de labios de sus padres, en su propia casa.

De niño jugó en los patios de la casa de sus abuelos maternos  -convertida hoy en el Palacio Arzobispal de la ciudad de Cuenca-, con sus primos Alberto Muñoz Vernaza y Antonio Vega Muñoz, pero en 1863, cuando gracias a las gestiones realizadas por el presidente García Moreno, se fundó en Cuenca la Misión Lasallana de los Hermanos Cristianos, pidió, a pesar de su corta edad, ingresar a dicha comunidad, y obedeciendo al llamado de su vocación religiosa tomó su decisión más importante: «Sólo seré feliz en mi vida si me dejan ser Hermano Cristiano».

Su familia es una que siempre tuvo relieve en esta nación suramericana.

Tal vez justamente por eso, porque los suyos esperaban brillo en el mundo del futuro Santo, le hicieron oposición a su entrada a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, los fundados por San Juan Bautista de la Salle. Pero él terminó venciendo esa oposición, y fue el primer ecuatoriano que entró al Instituto.

Era un estudiante aplicado, que se convirtió en un gran maestro.

Santo Hermano Miguel

Aún siendo muy joven, no tenía todavía los 20 años, publica su primera de sus muchas obras, una gramática que alcanza rápidamente el nivel de popular.

Sus estudios e investigaciones en los campos de la lingüística y la literatura, lo ponen en contacto con eruditos del mundo entero.

Es nombrado miembro de Academias de Ecuador y de España.

Pero el norte de su vida lo da la fidelidad al carisma lasalliano y por ello la enseñanza en él es algo prioritario, particularmente las clases de religión.

También se destaca en la preparación de los jóvenes a la primera comunión.

Los alumnos elogian en el Hermano Miguel sus varias cualidades, su sencillez, su franqueza, la emoción que pone en la difusión de la devoción al Corazón de Cristo y a la Madre de Dios.

Viaje a Europa

En 1907 parte a Bélgica, pues debía trabajar en la traducción al español de textos usados por los hermanos franceses que recientemente habían tenido que huir de su patria. Su salud, siempre delicada, tiene dificultades para adaptarse a los rigores del clima europeo.

No hay vida sin cruz, y menos la de los santos, y en el caso del Santo Hermano Miguel, una de esas cruces era su frágil salud.

Se le transfiere al noviciado menor de Premià de Mar, en España, y ahí se ocupa de evacuar por mar, hacia Barcelona, a los jóvenes que están bajo su responsabilidad, durante los desórdenes revolucionarios de 1909.

Poco después podrán volver a Premià de Mar.

Después de esto, contrae una neumonía y fallece el 9 de febrero de 1910 en Premià de Mar, dejando tras él fama de sabio, de maestro y de santo.

Es canonizado por San Juan Pablo II el 21 de octubre de 1984.

Misiones

Miles de personas se consagraron a Jesús por las manos de María. A continuación una breve reseña de las Misas Solemnes.

diciembre 2, 2021

«Consagración de sí mismo a Jesucristo la sabiduría encarnada por las manos de María»
 
Los Heraldos del Evangelio – Caballeros de la Virgen promovieron un curso on-line de Consagración a Nuestro Señor Jesucristo por las manos de María Santísima según el tratado de la verdadera devoción a María escrito por el gran santo mariano San Luis Grignion de Montfort.
 
Una vez concluido el curso las personas tuvieron la oportunidad de realizar su consagración en Misas Solemnes celebradas en: Quito, Guayaquil y Cuenca.
 
Las familias y personas que participaron de las Eucaristías quedaron emocionadas y llenas de bendiciones por haber realizado su Consagración a la Santísima Virgen. Es importante señalar que se rezó el Santo Rosario antes de la Misa y además se atendieron Confesiones en las diferentes ceremonias.
 
Si usted fue una de las personas que participó de la Eucaristía presencial, háganos saber en qué ciudad y deje sus comentarios.

Espiritualidad

Al final de cada ciclo litúrgico la Iglesia celebra la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, una de las fiestas más bellas de su calendario.

noviembre 22, 2021

¡Cristo Rey verdadero!

Al final de cada ciclo litúrgico la Iglesia celebra la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, una de las fiestas más bellas de su calendario. Torrentes de gracias nos son concedidas en esa conmemoración, compenetrándonos de nuestra nobleza en cuanto hijos de Dios por el Bautismo: «Levanta del polvo al desvalido […], para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo» (Sal 112, 7-8). Todos nosotros, nacidos en la basura del pecado original, somos elevados a la categoría de príncipes por la gracia, pues la sangre del propio Rey se derrama en nuestro favor convirtiéndonos en hermanos suyos, miembros de la familia divina.

Nos conmueve pensar que el Hijo unigénito del Padre, rey desde toda la eternidad por naturaleza divina, también en la Encarnación se hiciera rey en cuanto hombre, descendiendo desde los espacios siderales en busca de su rebaño y cuidar de él (cf. Ez 34, 11), situación ésta que retrata la emotiva profecía de Ezequiel recogida en la primera lectura. Una simbólica imagen del extraordinario celo del Buen Pastor para con las almas, hablándole a la conciencia de los que caen en el lodo del pecado, moviéndolos al arrepentimiento y llevándolos sobre sus hombros de vuelta al redil. El salmo responsorial retoma esa figura y la sublima: «El Señor es mi pastor, nada me falta» (Sal 22, 1).

A Nuestro Señor le corresponde asimismo el título de rey por derecho de conquista porque, al redimir a la humanidad por la Pasión y Muerte en la cruz, la liberó del yugo del demonio que la esclavizaba desde la falta de Adán. Y, por su Resurrección gloriosa, triunfó sobre la muerte, «el último enemigo en ser destruido» (1 Cor 15, 26), como afirma San Pablo en la segunda lectura. El Redentor es, por tanto, rey de todos los hombres, incluso de los que lo rechazan y se precipitan en el Infierno. Aunque éstos no tengan a Cristo como cabeza, al no pertenecer a su Cuerpo Místico, Él los juzgará en el fin del mundo.

Después del Juicio, «cuando le haya sometido todo, entonces también el mismo Hijo se someterá al que se lo había sometido todo. Así Dios será todo en todos» (1 Cor 15, 28), prosigue el Apóstol. En ese momento de plenitud de su realeza, Jesús, Hijo fidelísimo, habiendo extirpado el dominio de Satanás en el universo, le dirá al Padre: «He aquí el poder que conquisté. Os lo entrego, y pongo nuevamente en vuestras manos la obra de la Creación restaurada».

Este maravilloso panorama teológico se completa con las palabras de Nuestro Señor en el Evangelio, las cuales describen de manera detallada y abarcadora el gran acontecimiento que encerrará la Historia y separará definitivamente a los buenos de los malos.

La Iglesia, manifestación suprema del Reinado de Cristo.

El júbilo e incluso la emoción inundan nuestros corazones al oir estas palabras inflamadas de San Pablo: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla. Él la purificó con el bautismo del agua y la palabra, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada” (Ef 5, 25-27).

Pero cuando miramos la Iglesia militante, en la que vivimos hoy, con mucho dolor descubrimos imperfecciones –o peor aún, faltas veniales– en los más justos, confiriendo opacidad a la gloria que menciona San Pablo.

Entre las ardientes llamas del Purgatorio está la Iglesia padeciente purificándose de sus manchas; y hasta la triunfante posee lagunas, puesto que con excepción de la Santísima Virgen, las almas de los bienaventurados se fueron al Cielo dejando sus cuerpos en estado de corrupción en esta tierra, en la que esperan el gran día de la Resurrección.

Por lo tanto, la “Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada” , manifestación suprema de la Realeza de Cristo, aún no llegó a su plenitud.

¿Y cuándo triunfará definitivamente Cristo Rey? ¡Sólo después de derrotar a su último enemigo, es decir, la muerte! Por la desobediencia de Adán, el pecado y la muerte se introdujeron en el mundo. Con su Preciosísima Sangre Redentora, Cristo infunde en las almas su gracia divina y con ello se produce el triunfo sobre el pecado. Pero la muerte será derrotada con la resurrección al final del mundo, según nos enseña el propio San Pablo:

“Porque es necesario que Cristo reine ‘hasta que ponga a todos los enemigos debajo de sus pies’. El último enemigo que será vencido es la muerte, ya que Dios ‘todo lo sometió bajo sus pies’” (1 Cor. 15, 25-26).

Cristo Rey, por fuerza de la resurrección que obrará Él mismo, arrebatará de las garras de la muerte a la humanidad entera, así como también iluminará a los que purgan en las regiones sombrías. Al recobrar sus respectivos cuerpos, las almas bienaventuradas los harán poseer su gloria, y así los elegidos serán también otros tantos reyes, llenos de amor y veneración al Gran Rey. Se presentará el Hijo del Hombre en pompa y majestad al Padre, acompañado de un numeroso séquito de reyes y reinas, llevando escrito en su manto: “Rey de los reyes y Señor de los señores” (Apoc. 19, 16).

Si Cristo es Rey, María es Reina

Cristo Rey

Si Cristo es Rey por ser Hombre-Dios y recibió poder sobre toda la Creación en el momento que fue engendrado, se deduce entonces que la excelsa ceremonia de unción regia que lo elevó al trono de Rey natural de toda la humanidad, se realizó en el purísimo claustro materno de María Virgen. El Verbo asumió de María Santísima nuestra humanidad, y adquirió así la condición jurídica necesaria para ser llamado Rey con toda propiedad. En ese mismo acto, también la Virgen pasó a ser Reina. Una sola solemnidad nos dio un Rey y una Reina.

Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino

Ahora sí estamos aptos para entender y amar a fondo el significado del Evangelio de hoy. La respuesta al pueblo y a los príncipes de los sacerdotes que hacían escarnio de Jesús: “Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo si es el Mesías de Dios, el Elegido!” (v.35), así como a los soldados romanos en sus insultos: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!” (v.37), reluce claramente en las premisas ya expuestas.

Aquellos hombres, sin fe y desprovistos de amor a Dios, juzgaban los acontecimientos de acuerdo a su egoísmo y por eso tendían a olvidar su propia fragilidad.

Ciegos a Dios, de hace mucho lejanos a su primitiva inocencia, habían perdido la capacidad de distinguir la verdadera realidad existente detrás y encima de las apariencias de derrota que revestían al Rey eterno transido de dolor sobre el madero, despreciado hasta por las blasfemias de un mal ladrón.

No recordaban ya los portentosos milagros que había obrado, ni siquiera las palabras: “¿Piensas que no puedo recurrir a mi Padre? Él pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles” (Mt. 26, 53).

Si fuera cosa de voluntad, en una fracción de segundo podría revertir gloriosamente aquella situación y manifestar la omnipotencia de su realeza, pero no quiso, tal como en anterio res ocasiones: “Jesús, sabiendo que querían apoderarse de él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña” (Jn. 6, 15).

Quien sí discernió en su sustancia misma la Realeza de Cristo fue el buen ladrón, al dejarse llevar por la gracia. Arrepentido hasta el extremo, aceptó compungido las penas que sufría, y reconociendo la inocencia de Jesús en lo más profundo de su corazón, proclamó los secretos de su conciencia para defenderla de las blasfemias de todos: “¿Ni siquiera temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? En nosotros se cumple la justicia, pues recibimos el digno castigo de nuestras obras; pero éste nada malo ha hecho” (vv.40-41).

He ahí la verdadera rectitud. Primero, humildemente sentir dolor por los pecados cometidos; enseguida, aceptar con resignación el castigo respectivo; por fin, venciendo el respeto humano, desplegar muy alto la bandera de Cristo Rey para suplicar: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”

Tengamos siempre claro que únicamente los méritos infinitos de la Pasión de Cristo y el auxilio de la poderosa mediación de la Santísima Virgen, nos harán dignos de entrar al Reino.

Siguiendo los pasos de la conversión final del buen ladrón, podremos esperar con confianza escuchar un día la voz de Cristo Rey diciéndonos también: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso” (v.43).

Cristo Rey

He ahí la verdadera rectitud. Primero, humildemente sentir dolor por los pecados cometidos; enseguida, aceptar con resignación el castigo respectivo; por fin, venciendo el respeto humano, desplegar muy alto la bandera de Cristo Rey para suplicar: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”

Tengamos siempre claro que únicamente los méritos infinitos de la Pasión de Cristo y el auxilio de la poderosa mediación de la Santísima Virgen, nos harán dignos de entrar al Reino.

Siguiendo los pasos de la conversión final del buen ladrón, podremos esperar con confianza escuchar un día la voz de Cristo Rey diciéndonos también: “En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso” (v.43).

Autor: Mons. Joa Clá Dias, EP

Revista Heraldos del Evangelio

Destacados, Espiritualidad

La medalla tal como hoy la conocemos , se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a época anterior y tiene su historia.

agosto 18, 2022

Origen de la Medalla de San Benito

El origen de esta medalla se fundamenta en una verdad y experiencia del todo espiritual que aparece en la vida de San Benito tal como nos la describe el Papa San Gregorio en el Libro II de los Diálogos. El Padre de los monjes usó con frecuencia del signo de la cruz como signo de salvación, de verdad, y purificación de los sentidos. San Benito quebró el vaso que contenía veneno con la sola señal de la cruz hecha sobre él.

Cuando los monjes fueron perturbados por el maligno, el santo manda que hagan la señal de la cruz sobre sus corazones. Una cruz era la firma de los monjes en la carta de su profesión religiosa cuando no sabían escribir. Todo ello no hace más que invitar a sus discípulos a considerar la Santa Cruz como señal bienhechora que simboliza la pasión salvadora de Nuestro Señor Jesucristo, por la que se venció el poder del mal y de la muerte.

La medalla tal como hoy la conocemos , se puede remontar al siglo XII o XIV o quizá a época anterior y tiene su historia. En el siglo XVII, en Nattenberg de Baviera (Alemania), en un proceso contra unas mujeres acusadas de brujería, ellas reconocieron que nunca habían podido influir malignamente contra el monasterio benedictino de Metten porque estaba protegido por una cruz.

Hechas, con curiosidad, investigaciones sobre esa cruz, se encontró que en las tapias del monasterio se hallaban pintadas varias cruces con unas siglas misteriosas que no supieron descifrar. Continuando la investigación entre los códices de la antigua biblioteca del monasterio, se encontró la clave de las misteriosas siglas en un libro miniado del siglo XIV.

En efecto, entre las figuras aparece una de San Benito alzando en su mano derecha una cruz que contenía parte del texto que se encontraba sólo en sus letras iniciales en las astas cruzadas de las cruces pintadas en las tapias del monasterio de Metten, y en la izquierda portaba una banderola con la continuación del texto que completaba todas las siglas hasta aquel momento misteriosas.

Además de la imagen de la Cruz y la de San Benito, la Medalla tiene cierto número de letras, cada una de las cuales representa una palabra latina. Las diversas palabras, reunidas, da un sentido que manifiesta la intención de la Medalla: expresar las relaciones que existen entre el Santo Patriarca de los Monjes del Occidente y la señal ensangrentada de la redención del género humano; y al mismo tiempo pone al alcance de los fieles un medio eficaz de usar la virtud de la Santa Cruz contra los espíritus malignos.

Medalla de san Benito

Significado de la Medalla de San Benito

Esas letras misteriosas se encuentran en la cara de la Medalla donde se encuentra representada la Santa cruz. Examinemos, en primer lugar, las cuatro que vienen colocadas entre las astas de la Cruz:

C S

P B

Significa: Crux Sancti Patris Benedicti; en Español, Cruz del Santo Padre Benito, estas palabras por sí solas ya explican el objetivo de la Medalla.

En la línea vertical de la Cruz, se lee:

C
S
S
M
L

Lo que quiere decir: Crux sacra sit mihi lux; en Español, La Cruz Sagrada sea mi luz.

En la línea horizontal de la Cruz, se lee:

N. D. S. M. D.

Cuyo significado es: Non draco sit mihi dux; en Español. No sea el dragón mi jefe.

Reuniendo esas dos líneas se forma un verso pentámetro, a través del cual el cristiano expresa su confianza en la Santa Cruz y su resistencia al juego que el demonio le quiere imponer.

Alrededor de la Medalla existe una inscripción más extensa, la cual en primer lugar presenta el santísimo Nombre de Jesús, expresado por el monograma bien conocido: I. H. S. La fe y la experiencia nos certifica la omnipotencia de este nombre divino.

Después viene, de derecha a izquierda, las siguientes letras:

V. R. S. N. S. M. V. S. M. Q. L. l. V. B.

Estas iniciales representan los dos versos que a continuación siguen:

Vade retro satana; nunquam suade mihi vana: Sunt mala quae libas; ipse venena bibas

En Español: Retírate satanás: nunca me des consejos de tus vanidades, la bebida que me ofreces es el mal, bebe tú mismo tus venenos.

Tales palabras se supone haber sido dichas por San Benito: Las del primer verso, por ocasión, de la tentación que sintió y sobre la cual triunfó haciendo la señal de la Cruz; las del segundo verso, en el momento en que sus enemigos le presentaron la bebida mortífera, que descubrió bendiciéndole con la señal de la vida el cáliz donde estaba.

El cristiano puede utilizar estas palabras todas las veces que fuera sorprendido por tentaciones e insultos del enemigo invisible de nuestra salvación.

El propio Jesús Cristo Nuestro Señor santificó las palabras Vade retro, satana -retírate satanás- y su valor es verdadero, ya que esto es confirmado por el Evangelio. Las vanidades que el demonio nos aconseja son las desobediencias a la ley de Dios, las máximas pompas y falsedades del mundo.

La bebida que el Ángel de las tinieblas nos presenta es el pecado, que mata el alma. No la aceptemos, devolvamos para él tan funesto regalo, ya que él mismo lo escogió como herencia.

No hay necesidad de explicar más ampliamente al lector cristiano la fuerza de esa conspiración, que se opone a las artimañas y violencia de satanás lo que el más teme: es la Cruz, el Santo Nombre de Jesús, las propias palabras del salvador cuando fue tentado, así como el recuerdo de las victorias del grande Patriarca San Benito sobre el dragón infernal. Suficiente que alguien pronuncie con fe tales palabras y de inmediato se sentirá fuerte para contrarrestar todos los ataques del infierno.

A pesar de no conocer los hechos que demuestran hasta qué punto satanás teme esa Medalla; la simple apreciación de lo que ella representa y expresa es suficiente para considerarla una de las armas más poderosas que la bondad de Dios puso a nuestro alcance contra la malicia diabólica.

Tomado de: Essai sur l’origine, la signification et les privileges de la Medaille ou Croix de Saint -Benoit. La primera edición de esta obra fue publicada en Poitiers, en 1862.

Autor : Don Próspero Luis Pascal Guéranger 

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